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  • El secreto (2007) selección / Claudia Masin

    Las voces de las mujeres que se fueron dicen cosas todavía. Pequeñas cosas acerca del funcionamiento del hogar, secretos para que todo siga andando sin ellas como si ellas todavía anduvieran, silenciosas y diligentes, caminando por la casa. De la casa sólo quedan ruinas, campo ralo donde uno, o unos pocos, sobreviven se miran a sí mismos o entre sí sin entender qué cosa es la que falta. … Decía: cuando se rompe un objeto querido que guardábamos en un lugar secreto de la casa, el mundo entero pierde el orden que tenía hasta entonces. Cada cosa que hemos tocado con la delicadeza del amor, al desaparecer se lleva nuestras huellas, nos arroja consigo allá lejos, donde es abandonado aquello que ya no es útil, que está incompleto. Decía: dónde vivir si se ha roto... decía algo acerca de las cosas que se quiebran, cosas en las que una había aprendido a vivir, no se sabe cómo, porque eran tan pequeñas algunas que cabían en la palma de una mano, y otras ni siquiera podían ser vistas o tocadas. Decía, sin embargo, que esas cosas eran más poderosas que el principio de gravedad cuando se trataba de mantener un cuerpo anclado a la tierra. …. Decía: a veces, cada vez con más frecuencia, olvido cosas. Pierdo algo que un segundo antes había dejado sobre la mesa, cuento una historia de mi infancia una vez y al poco rato la repito textual: por la expresión cansada de los otros me doy cuenta. Mi vida es como esos sueños que tienen los chicos cuando se duermen bajo un árbol, a la siesta: luminosos y frágiles, llenos de pequeños y leves incidentes que al despertar-no se recuerdan. Decía que algunas veces, cada vez más seguido, olvida cosas. Yo quisiera recordárselas, pero no sé cuáles son esas cosas que viven en su cuerpo, cuáles incluso ella preferiría que no le fueran mencionadas por nadie, porque quizás le ha llevado años hacer ese arduo y minucioso trabajo de olvido, por un camino que no desea desandar. …. Dice: ahora soy una pendiente por donde cae la dicha, a veces frágil, de no tener la pena de mi cuerpo atada a mi. Dice que el hilo se ha roto y, suelta al fin, ya no responde a fuerza alguna que se quiera ejercer sobre ella. Que ahora es ligera y joven otra vez, y habla en voz muy alta, y como ya no le da miedo por las noches sale a ver cómo era el mundo que perdió. …. Dice: ya no hay nada que temer. Si cosas tan frágiles como el olor de la tierra mojada, permanecen, y hasta crecen, en medio de la tormenta, es porque lo invisible está a salvo de la prepotencia. Fuente: El secreto (2007) en La desobediencia. Poesía reunida. Resistencia, ConTexto Libros. 2018.

  • Historias incendiándose en el aire. Mimos al FAB / Verónica Scardamaglia

    La piedra Para conocer la poesía comienza por elegir un lugar no habitual cercano a una laguna o río donde puedas lavar tu rostro con gracia de niño donde el suelo sea de arena para dibujar una palabra digamos piedra después recogerás la piedra y con ella defenderás la vida esa noche la poesía dormirá contigo. Vicente Zito Lema Una invitación también puede devenir un viaje en el tiempo. Si bien, nunca sabemos, de antemano, a qué tiempos -como la hermosa fantaciencia nos ha enseñado- viajar con la confianza de las amistades garantiza la amabilidad del viaje. Volver a disfrutar de una obra del taller de mimo Adentro y Afuera del Frente de Artistas del Borda: “Historias incendiándose en el aire”. Volver a abrir por unas horas un adentro que decide interpelarse con un afuera que se cree estar allí. Volver a estar en un pliegue de fuerzas que acompasan potencias que estallan sentidos. Un frío que decide un fuego. Un fuego que se busca compartido pero que se amarroca como un baile, un abrazo, una idea, una mirada, un billete. Un tiempo que se disloca: el pasado puede estar adelante. El futuro sentirse como atrás. El ritmo de las agujas, eternos y pasajeros. Agujas que acusan, obedecen, obligan, señalan, menosprecian. Tiempos conocidos y desconocidos al mismo tiempo. Quizás, estas simultaneidades de lo insoportable estén tramando este presente en el que estamos. Quizás, estas necesidades de retener un poquito más esos ardores que nos entusiasman, hagan también a estas tramas vitales en las que andamos. Quizás no, y nuevamente las pesadeces urbanas nublen y centralicen los pensamientos que nos piensan. En el taller de Mimo vienen construyendo -y lo saben- contra los centralismos y los personalismos desde hace muchísimos años. Éstos no sólo desaparecen y mutan en las distintas escenas, sino también en las diferentes obras que han parido. Nos encontramos con múltiples protagonistas que entran y salen en cada acto, que se constituyen y se diluyen con el pasar de las escenas (y de las obras). Y desatan un semillero de dudas: ¿quién o quiénes protagonizan los actos? ¿el reloj o el ritmo marcado por la música o los cuerpos que ven pasar y transmiten la pesadez del tiempo o la muchachita paseando un perro o los cuerpos detenidos en esa plaza o el jefe tan jefe, tan extractivista y explotador o la carretilla insurgente o la rayuela, la piedra, la soga, el fuego? ¿o eso que sentimos expectantes? Quizás todo y además más y otra cosa. Volver a estar espectadora, en el Borda. Reiterar la calidez de aquellos-estos abrazos en el frío tan frío de este invierno patrio, tan patrio. Volver a disfrutar de las irrupciones ocurrentes que las patologías siguen pretendiendo atrapar, reducir, medicar, encerrar. Dicen que varios otros espectadores también husmeaban por ahí. Andaban unos anteojos gruesos y negros que enmarcaban unos expresivos ojos negros sonrientes. Se escuchaban unos murmullos arrugados haciendo reverencias y bendiciendo a quien pasara cerca. Unas largas barbas blancas se paseaban orondas, como antes, como siempre. Y unos poetas -malditos y entrañables- que se conocieron allí y se reencontraron en el viento, hace ya un par de años. Y también estuvo, esta vez actuando ya no coordinando, esa calidez tan inmensa como sabionda que - dicen- aportó, con la suavidad de unos pétalos de sal, los trinos de unos pajaritos justito al finalizar una escena. ¿Las vibraciones de este preestreno también quedarán latiendo entre esas paredes, en esos jardines?. ¿Cómo se miden en los relojes vitales 40 años? Y allí anduvimos, otra vez, con las hijas y las canas crecidas, expectantes, conmovidxs, entre asaltos de risas, sorpresas y conmociones, atentxs y desentendidxs, entre atracciones y distracciones, buscando fuegos y buscando, también, ganas de que todo se encienda alguna vez, otra vez en el aire, entre historias.

  • Vicky, Corrientes y Medrano / Milva Pentito

    - ¡Vicky! ¡Vicky! El hombre, que aparenta unos sesenta y pocos años, grita desencajado a la salida de un pequeño supermercado. La escena dura tan sólo unos minutos, pero puedo apreciar sus componentes con detalle. El hombre está aterrado. Hay un sentimiento de desgarro en sus ojos, y en el tono de su voz. No sabe bien qué hacer. Quiere pedir ayuda, pero estamos en el sitio equivocado. La Ciudad de Buenos Aires, a pocas cuadras de Corrientes y Medrano. La gente no es solidaria a pocas cuadras de Corrientes y Medrano. Puede, sí, hacer actividades de caridad, pero en rigor a la verdad, no existen lazos comunitarios que incluyan a la empatía como rasgo principal. No hay, en general, demasiado espacio para que la solidaridad se cuele en situaciones cotidianas como esta. Y el hombre lo sabe. Lo advierto en su lenguaje corporal. Sin embargo, decide intentarlo - ¡Se me perdió mi perrita! - grita al aire. Gira la vista hacia la calle Humahuaca, y toma de interlocutor obligado a un muchacho treintañero que pasa caminando - ¿Viste una perrita marrón? Por entonces considero que algo de lo que estoy viendo debería conmoverme, o incluso dolerme, como si el dolor fuera un estadío superior de la empatía. No sucede. No siento nada. Alcanzo apenas a experimentar una discreta picazón, ante la posibilidad de que alguno de mis seres queridos se vea alguna vez en la situación del hombre: gritando en la calle con ojos de desgarro, ante un problema eminentemente afectivo, y sin lazos comunitarios que lo sostengan para intentar algo. La picazón, como digo, es por mis seres queridos. No es ni siquiera por mi. El muchacho treintañero le hace al hombre un gesto con los brazos. “¿Dónde pensás que puedo haber visto una perrita marrón?”, parece decirle , “Si yo recién pasaba caminando por acá” En algún tipo de honor a la picazón que siento, yo también podría intervenir. No lo hago. El hombre retrocede, confirmándose no ayudado. Llega gritando a la esquina de la calle Bulnes. Vicky no está allí. No va a acudir tampoco al llamado. Algo me dice a mi, aunque no la conozco, que las distancias son demasiado grandes, y que el bullicio del barrio y su cosa estimulante, no harán más que complejizar todo. Entonces, alguien se asoma serenamente desde el supermercado. - Está acá adentro – le dice al hombre, cuya mirada y tono de voz se transforman de inmediato y por completo. - ¡La concha de su madre! – resopla él, repentinamente, y entra Vuelve a salir llevando a Vicky en los brazos: es en efecto una perrita marrón, una cruza algo añosa de chihuahua con pequinés. Tiene puesto un pullover, como la mayoría de los perros del barrio en los meses de invierno. No está asustada. El hombre le dice algo. No llego a entender qué. La baja de sus brazos, después, un poco enérgicamente. Y entonces, sucede ante mis ojos el final inesperado. El hombre vuelve a entrar al supermercado, deduzco yo que a seguir con la compra que interrumpió cuando dejó de ver a Vicky. Vicky se queda sola en la vereda, con pullover, y sin correa. Quizás le hayan comunicado la expectativa de que se quede allí, en un idioma español que ella no comprende; y ahora pese sobre sus hombros, pequeños y añosos, la responsabilidad de cumplirla. Quizás no haya sido su ausencia, o su eventual pérdida, una cosa desgarradora de veras para el hombre. Quizás lo verdaderamente desgarrador haya sido, durante aquellos breves minutos, la certeza de haber defraudado la expectativa de alguien más, que esperaba que él cuidara bien de Vicky. Alguien más, que lo esperaba incluso aunque él no quisiera cuidarla. Me creo en condiciones de divagar sobre aquella posibilidad, mientras me alejo caminando hacia la calle Corrientes. Pienso que puedo estar ante la representación de aquello: un compendio de expectativas dañosas, e insatisfechas, y de amor mal direccionado. Mientras tanto, Vicky espera sola en la vereda, con pullover y sin correa. Quiero volver sobre mis pasos, para decirle algo al hombre al respecto. Ahora sí, quiero intervenir la escena. Pero tampoco lo hago. En territorios vaciados de empatía, y sin lazos comunitarios, no siempre se siente seguro hablar.

  • Caligrafía Nómade XXII / Patricia Mercado

    Llegaron puntuales. Venían todos los meses a escribir un libro. Poner en estado de letra los quehaceres como equipo de cuidados paliativos. Una tarea que, desde hacía diez años, abrazaban con pasión en un barrio lastimado de pobrezas rancias. Calladas, subieron la escalera de mármol hasta el primer piso. Cuando terminamos de acomodarnos en los almohadones alrededor de la alfombra, una dijo: murió Claudia. Era una compañera del equipo que había venido al espacio de escritura pocas veces. Después, un silencio grisáceo cruzó el espacio. Esperé. Siguieron diciendo: hace apenas dos semanas nos enteramos de que tenía un cáncer diseminado en el cuerpo. No sabíamos nada. Ella no hablaba mucho. Trabajaba como siempre. No entendimos porqué se había chequeado recién ahora. Había aceptado que Mabel le haga los análisis. Algo en nosotras se activó, como cuando estamos con un paciente, ¿viste? No tenía familia ni amigos, sólo nosotras, y sus perros que ya había dado en adopción los días anteriores. No sabíamos dónde vivía. No sabíamos casi nada de ella. Era muy parca. Hacía muchos años que trabajábamos juntas. Las palabras rodaban en el aire. La angustia sacaba filo a cada consonante. Las bocas sangraban. Buscaban dar forma a ese brusco destejerse de la existencia. Alguna ponía la voz y las otras la rodeaban con la mirada: sostenían el borde de lo indecible. Una pausa les permitía tomar valor y seguir hablando. Hablar en el hueco infinito de una ausencia. Había que inventar un lugar para cuidar esa vida de la que se sabía tan poco y con la que se había convivido tanto. Acompañar el tiempo lento, y vertiginoso a la vez, del morir. Ni paciente, ni pariente, ni amiga, ni dolor anónimo de una guardia: Claudia, su cuerpo herido, la soledad. Hurgar el misterio con los gestos menesterosos aprendidos en otras muertes: conseguir una ropa mínima, una cama en un hospital público saturado, una sonda. Tomar su mano, organizar relevos para acompañarla, hacer preguntas, esconder lágrimas que igual brotaban. Lejos de cualquier protocolo se asomaban al vértice abisal en que una vida se desprende. En que el rictus cotidiano de la convivencia cae desgajado. Y esa desnudez silente nos contempla. Cuando murió se preguntaron cómo despedirla. Juntaron plata entre todas para costear el entierro. A Claudia, la muerte la había despeinado. Tan distinto de su cuidado aspecto cotidiano. Urgidas de volver a dibujar el rostro que la muerte borraba, revisaron con pudor su cartera hasta hallar un peine. Le hicieron la trenza primorosa que solía lucir antes de que la colocaran en el cajón de madera apoyado en el piso de la morgue del hospital. Cuando volvieron del cementerio y subieron un piso por la escalera de mármol, se abrió el espacio de las palabras. Como un río sonoro donde flotar en la consternación. Donde preguntar por qué. Como si la muerte hubiera roto un pacto fundacional. Ellas no. Y ahora palparan en carne viva la herida de la finitud con que se acompaña a morir. Con que se vive.

  • Las nadies / Guardianas Floreseremos

    Las nadies sin palabra, No se escucha, Nadie quiere ver... Las nadies no llegamos a fin de mes sin deudas que pateamos para el próximo, cuidamos y agenciamos la continuidad de la trama de la vida. Las nadies poco indiferentes, Sensibles hasta los dientes, comadreándose entre otras. Morimos cuando vamos a parir, porque -se supone- podríamos: esperar, gritar menos, doler mejor, resolvernos solas, no pedir asistencia cuando la necesitamos... Al fin de cuentas queda a la vista que lo que se ha inventado como mundo no nos contempla en sus estadísticas. Salvo, salvo, salvo, que sea para contarnos muertas... para ser una vez más, un número entre miles de historias silenciadas, resumidas, que no incomoden lo suficiente, que no interpelen a nadie por negociarnos una y otra vez en sus mesas chicas de la gran política. A la que nunca llegamos, nunca ilesas, nunca enteras, nunca sin antes haber negociado otras urgencias en el camino. Las nadies, nunca nadie sabe, nadie ha visto nada. A narices de todos. Nos están matando cuando vamos a exigir nuestro derecho de acceder a la salud, a una vida digna, a ser tratadas por lo que somos: mujerescuerposconposibilidaddegestardiversidades trabajyuuadorxs en un universo que nos borra y silencia continuamente. Muere otra mujer, una más, Y otra vez nos vamos sumando las nadies, En los distintos territorios, con complicidad estatal. . Tal vez si las guardias expulsivas, repulsivas, resonarán más con guaridas, espacios para guarecerse... cuando no se puede o no se sabe cómo estar en la vida... En vez de su revés, de guardias tan de seguridad, tan con sabor a ejército o milicia alerta de malestares... tal vez viviríamos en un mundo más vivible... Un día en el loop de un tiempo injusto, las nadies también celebramos un guiño reparador, la perpetua al médico Bergés y sus aliados del terror y la tortura. En este intersticio de duelo y resistencia les decimos que a dónde vayan los iremos a buscar, que el aparato represivo se reedita con su grosera impunidad todos los días de nuestras vidas. Incluso y dramáticamente cuando vamos a parir. No son errores, no son excesos, es la estructura nodal de un sistema perverso. Alguna vez las nadies, de la misma manera que parimos al mundo pararemos el sistema. Y la tortilla se va a volver. La casa no está en orden, está en llamas. Nota: Guardianas Floreseremos, espacio de doulas feministas @guardianasfloreseremos.

  • Seguimos luchando en contra de la impunidad de ayer y de hoy ¡Memoria y Justicia! / Marianela Saavedra

    Llegar antes de hora por las dudas y quedarse hasta que se vayan toditos. Comprar lápices, cuadernos, reglas de más, todo de más. Preparar y servir el desayuno, el almuerzo, la merienda. Preguntar quién tiene un par de zapatillas para donar. Enterarse antes que nadie que esa piba quedó embarazada, con 13 años nada más. Llamar a la policía porqué ese pibe llegó golpeade otra vez. Reclamar el pan que hace semanas ya no mandan. Ir el sábado a pintar pizarrones. Llevarse el trabajo y las angustias a casa. Quedarse a las asambleas después de hora. Hacer de nuevo la lista con las cosas rotas. Poner la cara cada vez qué a otres se les da por culparnos de todo o usarnos como variable de ajuste. Hacer los paros, ir a las marchas con toda la ilusión del mundo de qué ésta vez el gobierno sí va a escuchar el noticiero sí va a decir la verdad y el pueblo va defender lo público y lo gratuito junto a nosotres. Hacer los paros, ir a las marchas, enseñar con el cuerpo creer en las luchas luchar por todes. Hacer los paros, ir a las marchas, tomar las escuelas, las calles. Cortar una ruta y recibir un tiro. Prender una cocina y que explote. Morir enseñando. Morir reclamando. Morir en manos del Estado. Morir. Educar y morir en el intento de hacer un mundo mejor. 4/04/07 el docente Carlos Fuentealba es asesinado por la espalda a quemarropa por un policía de la provincia del Neuquén. Reclamaba junto a sus compañerxs, condiciones dignas de trabajo. 2/08/18 la docente Sandra Calamano y el auxiliar Rubén Rodríguez mueren por la explosión de una garrafa en una escuela de Moreno donde trabajaban, estaban preparando el desayuno, sus cadáveres quedaron tirados en el patio de la escuela. 17/09/19 Jorgelina y María Crisitna mueren en un accidente de autos, regresaban de una marcha dónde reclamaban salarios adecuados. Para mí, el 4 de Abril, es el día de la defensa de la educación pública, el verdadero día de lxs maestrxs.

  • Actualidad del huevo y la gallina (Final) / Clarice Lispector

    19 de julio Los huevos estallan en la sartén, y sumergida en el sueño preparo el desayuno. Sin ningún sentido de la realidad, grito por los niños que salen de varias camas, arrastran sillas y comen, y el trabajo del día amanecido se inicia, gritado y reído y comido, clara y yema, alegría entre peleas, día que es nuestra sal y nosotros somos la sal del día, vivir es sumamente tolerable, vivir ocupa y distrae, vivir hace reir. Y me hace sonreír en mi misterio. Mi misterio que es ser tan sólo un medio, y no un fin, haberme entregado a la más maliciosa de las libertades: no soy boba y aprovecho. Incluso, hago un mal a los otros que, francamente. El falso empleo que me dieron para disfrazar mi verdadera función, bien que aprovecho el falso empleo y hago de él mi verdadero, incluso el dinero que me dan como jornal para facilitar mi vida para que el huevo se haga, pues ese dinero lo vengo usando para otros fines y lo he cambiado en el mercado negro, desvío de partidas, últimamente compré acciones de Brahma y estoy rica. A todo eso lo llamo tener la necesaria modestia de vivir. Y también el tiempo que me dieron, y que nos dan sólo para que en el ocio honrado el huevo se haga en mí, pues estoy usando ese tiempo para placeres ilícitos y dolores ilícitos, por completo olvidada del huevo. Ésta es mi simplicidad de agente humano. ¿O es esto lo que ellos quieren que me suceda, exactamente para que el huevo se cumpla? ¿Es libertad o me están mandando? Pues vengo notando que todo lo que es error mío se aprovecha. Mi rebelión viene porque para ellos yo no soy nada, soy tan sólo preciosa: ellos me cuidan segundo a segundo, con la más completa falta de amor, soy tan sólo preciosa. Con el dinero que me dan, últimamente estoy tomando. ¿Abuso de confianza? Pero es que nadie sabe cómo se siente por dentro aquel cuyo empleo consiste en fingir que está traicionando, y que termina creyendo en la propia traición. Cuyo empleo consiste en diariamente olvidar. Aquel de quien se exige la aparente deshonra. Ni mi espejo refleja ya un rostro que sea el mío. O soy un agente, o soy la propia traición. Pero duermo el sueño de los justos por saber que mi vida fútil no incomoda la marcha del gran tienipo. Por el contrarios parece que se exige de mí que yo sea exactamente fútil, se exige de mí incluso que yo duerma como un justo. Ellos me quieren ocupada y distraida, y no les importa cómo. Pues, con mi atención equivocada y mi y estupidez grave, podría perturbar lo que se está formando dentro de mí. Es que yo misma, yo propiamente dicha, sólo sirvo para hacer lío. Lo que me revela que tal vez yo sea un agente es la Idea de que mi destino me sobrepasa: por lo menos eso ellos tuvieron que dejarme adivinar, yo era de aquellos que perjudicarían el trabajo si no adivinaban por lo menos algo: me hicieron olvidar lo que me habían dejado adivinar, pero vagamente me quedó la noción de que mi destino me sobrepasa, y de que soy un instrumento del trabajo de ellos. Pero de cualquier manera era sólo instrumento lo que yo podía ser, pues el trabajo no podía ser mío. Ya probé a establecerme por cuenta propia y no resultó bien; me quedó hasta ahora esta mano trémula. Si hubiera insistido un poco más, habría perdido para siempre la salud. Desde entonces, desde esa malograda experiencia, trato de razonar de este modo: que ya me fue concedido mucho, que ellos ya me concedieron todo lo que puede concederse; y que otros agentes, muy superiores a mí, también trabajaron sólo por lo que no sabían. Y con las mismas poquísimas instrucciones, y, como yo, siendo empleados públicos subalternos o no. Ya me fue dado mucho; esto: una u otra vez, con el corazón latiendo por el privilegio, yo por lo menos sé que no estoy reconociendo! con el corazón latien-do de emoción, yo por lo menos ¡no comprendo! con el corazón latiendo de confianza, yo por lo menos no sé. Pero ¿y el huevo? Éste es exactamente uno de los subterfugios de ellos: mientras yo hablaba sobre el huevo, me había olvidado del huevo. "Habla, habla", me instruyeron. Y el huevo queda por completo protegido por tantas palabras. Habla mucho es una de las instrucciones, y estoy tan cansada. Por devoción al huevo, lo olvidé. Mi necesario olvido. Mi interesado olvido. Pues el huevo es esquivo. Ante mi adoración posesiva él podría retraerse y no volver nunca más, lo cual me mataría de dolor. Pero si él fuera olvidado, si yo hiciera el sacrificio de vivir libre, delicado, sin mensaje alguno para mí -tal vez todavía él se mueva del espacio hasta la ventana que siempre dejé abierta. Y tal vez a la madrugada baje a nuestro edificio el huevo. Sereno hasta la cocina. Iluminándola con mi palidez.

  • La hipótesis cibernética -puntos X y XI.- (2001) / Tiqqun

    X Se ha insistido a menudo —y T. E. Lawrence no es una excepción— en la dimensión cinética de la política y de la guerra, en tanto que contrapunto estratégico a una concepción cuantitativa de las relaciones de fuerza. Esta es la perspectiva típica de la guerrilla, por oposición a la guerra tradicional. Se ha dicho que, a falta de ser masivo, un movimiento debería ser rápido, más rápido que la dominación. Es así por ejemplo como la Internacional Situacionista formula su programa en 1957: «Es preciso comprender que vamos a asistir a una carrera de velocidad entre los artistas libres y la policía para experimentar y desarrollar las nuevas técnicas de condicionamiento. En esta carrera, la policía ya tiene una considerable ventaja. De su resultado depende sin embargo la aparición de entornos apasionados y liberadores, o el refuerzo —científicamente controlable, sin brecha— de ese entorno de opresión y horror del mundo viejo. […] Si el control de estos nuevos medios no es totalmente revolucionario, podemos ser conducidos al ideal civilizado [policé] de una sociedad de abejas.» Frente a esta última imagen, evocación explícita pero estática de la cibernética consumada, tal y como el Imperio le da figura, la revolución debiera consistir en una reapropiación de las herramientas tecnológicas más modernas, reapropiación que debiera permitir contestar a la policía en su mismo terreno, creando un contra-mundo con los mismos medios que ella emplea. Se concibe aquí la velocidad como una de las cualidades más importantes para el arte político revolucionario. Pero esta estrategia implica atacar fuerzas sedentarias. Ahora bien, bajo el Imperio, éstas tienden a pulverizarse mientras que el poder impersonal de los dispositivos deviene nómada y atraviesa todas las instituciones haciéndolas implosionar. Inversamente, la lentitud es quien ha informado otra cara de las luchas contra el Capital. El sabotaje ludista no debe ser interpretado bajo una perspectiva marxista tradicional, como una simple rebelión primitiva con respecto al proletariado organizado, como una protesta del artesanado reaccionario contra la expropiación progresiva de los medios de producción provocada por la industrialización. Se trata de un acto deliberado de lentificado de los flujos de mercancías y personas, que anticipa la característica central del capitalismo cibernético en tanto que es movimiento hacia el movimiento, voluntad de potencia [puissance], aceleración generalizada. Taylor por otra parte concibe la Organización Científica del Trabajo como una técnica de combate contra el «frenado» obrero que representa un obstáculo efectivo a la producción. En el orden físico, las mutaciones del sistema dependen también de una cierta lentitud, como indican Prigogine y Stengers: «cuanto más rápida sea la comunicación en el sistema, mayor será la proporción de fluctuaciones insignificantes, incapaces de transformar el estado del sistema, luego más estable será dicho estado». Las tácticas de lentificación son portadoras por tanto de una potencia suplementaria en la lucha contra el capitalismo cibernético, puesto que no lo atacan solamente en su ser, sino también en su proceso. Pero hay más: la lentitud también es necesaria para vincular entre sí formas-de-vida de una forma que no sea reducible a un intercambio de informaciones. Expresa la resistencia de la relación a la interacción. Más acá o más allá de la velocidad y de la lentitud de la comunicación, existe el espacio del encuentro, que permite trazar un límite absoluto a la analogía entre el mundo social y el mundo físico. Los fenómenos de ruptura no pueden ser deducidos en el laboratorio, ya que en efecto dos partículas nunca se encontrarán. El encuentro es ese instante duradero en que se manifiestan intensidades entre las formas-de-vida en presencia en cada cual. Es, más acá de lo social y la comunicación, el territorio que actualiza las potencias de los cuerpos y que se actualiza en las diferencias de intensidad que ellos desprenden, que ellos son. El encuentro se sitúa más acá del lenguaje, sin palabras [outre-mots], en las tierras vírgenes de lo no-dicho, en el nivel de una puesta en suspenso, de esta potencia del mundo que es también su negación, su «poder-no-ser». ¿Qué es el otro? «Otro mundo posible», responde Deleuze. El otro encarna esa posibilidad que tiene el mundo, la de no ser o la de ser otro. Por ello es por lo que en las sociedades llamadas «primitivas» la guerra tiene la primordial importancia de aniquilar cualquier otro mundo posible. Sin embargo no sirve para nada pensar el conflicto sin pensar el gozo, pensar la guerra sin pensar el amor. En cada tumultuoso nacimiento al amor, renace el fundamental deseo de transformarse transformando el mundo. El odio y la sospecha que los amantes suscitan en torno a ellos son la respuesta automática y defensiva con respecto a la guerra que éstos, por el solo hecho de amarse, mantienen contra un mundo en el que toda pasión debe autodespreciarse o morir. La violencia es justo la primera regla de juego del encuentro. Y es ella quien polariza las diversas errancias del deseo cuya libertad soberana invoca Lyotard en su Economía libidinal. Pero precisamente porque se niega a ver que los goces se acuerdan entre sí sobre un territorio que los precede, y donde se encuentran también las formas-de-vida; precisamente porque se niega también a comprender que la neutralización de toda intensidad es ella misma una intensificación, nada menos que la del Imperio; porque no puede deducir de ello que, siendo inseparables, pulsiones de muerte y pulsiones de vida no son neutras de cara a un otro singular…, Lyotard no puede finalmente dejar atrás el hedonismo más compatible con la cibernetización: ¡desresponsabilizaos, abandonaos, dejad que os atrapen los deseos! ¡Gozad, gozad, siempre quedará algo! No cabe duda de que la conducción [en el sentido de conducción de cargas eléctricas], el abandono, o la movilidad en general, son cosas que pudieran acrecentar la amplificación de los desvíos con respecto a la norma, a condición de reconocer qué es lo que interrumpe los flujos en el seno mismo de la circulación. Frente a la aceleración que provoca la cibernética, la velocidad, el nomadismo, solo pueden representar elaboraciones secundarias vis-a-vis con las políticas de lentificación. La velocidad hace que las instituciones se revuelvan. La lentitud corta los flujos. El problema propiamente cinético de la política no es por tanto el de elegir entre dos tipos de revuelta sino el de abandonarse a una pulsación, el de explorar otras intensificaciones que no sean las controladas por la temporalidad de la urgencia. El poder de los cibernéticos ha consistido en dar un ritmo al cuerpo social que impide tendencialmente cualquier respiración. El ritmo, tal y como Canetti propone para su génesis antropológica, viene precisamente asociado con la andadura: «El ritmo en su origen es un ritmo de los pies. Debido a que camina sobre dos piernas y a que alternativamente golpea el suelo con sus pies, toda persona que anda produce, con o sin intención, un ruido rítmico, ya que para avanzar debe hacer siempre el mismo movimiento de pies». Pero esta andadura no es previsible, como sí sería la de un robot: «Nunca se posan ambos pies con la misma fuerza. Las diferencias entre ambos pueden ser mayores o menores, según las disposiciones y el humor personales. Pero también se puede marchar más rápido o más lento, se puede correr, pararse súbitamente, saltar.» Esto quiere decir que el ritmo es lo contrario de un programa, que depende de las formas-de-vida, y que los problemas de velocidad pueden ser reducidos a cuestiones de ritmo. Todo cuerpo, en tanto que cojo [que no va 'recto' en general, no co-rrecto: boiteux: esta palabra en sentido figurado, boiteux, es persona débil, imperfecta…], porta consigo un ritmo que manifiesta que está en su naturaleza el sostener posiciones insostenibles. Acerca de este ritmo, que viene de los cojeos del cuerpo, del movimiento de los pies, Canetti añade que se encuentra en los orígenes de la escritura, es decir, de la Historia, en tanto que huellas de la marcha de los animales. El acontecimiento no es otra cosa que la aparición de tales huellas, y hacer la Historia es por tanto improvisar a la búsqueda de un ritmo. Cualquiera que sea el crédito que se otorgue a las demostraciones de Canetti, indican, como hacen las ficciones verdaderas, que la cinética política se comprendería mejor en tanto que política del ritmo. Esto significa, a mínima [latinajo: pongamos…: 'al menos'], que al ritmo binario y tecno impuesto por la cibernética deben oponérsele otros ritmos. Pero esto también significa que dichos otros ritmos, en tanto que manifestaciones de una cojera ontológica, siempre han tenido una función política creadora. Canetti, también él, cuenta que por un lado «la repetición rápida por la cual los pasos se suman a los pasos da la ilusión de un número mayor de seres. No se mueven del mismo lugar, prosiguen la danza siempre en el mismo. El ruido de sus pasos no muere, se repiten y conservan por mucho tiempo siempre la misma sonoridad y vivacidad. Por su intensidad reemplazan el número que les falta». Por otro lado «cuando su pataleo se refuerza, es como si pidieran un refuerzo. Ejercen, sobre los hombres que se encuentran cerca, una fuerza de atracción que no se debilita a no ser que se abandone la danza». Por tanto, buscar el buen ritmo abre tanto a una intensificación de la experiencia tanto como a un incremento numérico. Es tanto un instrumento de agregación como una acción ejemplar a imitar. Tanto a escala del individuo como a la de la sociedad, los propios cuerpos pierden su sentimiento de unidad para desmultiplicarse en tanto que armas potenciales [ver si se quiere 'desmultiplicar' en p.ej. www.mesetas.net]: «La equivalencia de los participantes se ramifica en la equivalencia de sus miembros. Todo aquello que un cuerpo humano puede tener de móvil adquiere una vida propia, cada pierna, cada brazo, viven como por sí solos». La política del ritmo es por tanto la búsqueda de una reverberación, de otro estado, comparable a un trance del cuerpo social, mediante la ramificación de cada cuerpo. Y es que existen dos regímenes posibles del ritmo en el Imperio cibernetizado. El primero, al que se refiere Simondon, es el del hombre técnico, que «asegura la función de integración y prolonga la auto-regulación hacia fuera de cada mónada de automatismo», hombres técnicos cuya «vida está compuesta por el ritmo de las máquinas que los rodean, y que liga éstas a aquéllos». El segundo ritmo apunta a minar dicha función de interconexión: es profundamente desintegrador sin ser simplemente ruidista. Es un ritmo de la desconexión. La conquista colectiva de este tempo exacto disonante [juste temps dissonant] pasa por un previo abandono a la improvisación. «Levantado el telón de las palabras, la improvisación deviene gesto, acto aún no declarado, forma aún no nombrada, normada, honrada. Abandonarse a la improvisación para liberarse ya —por bellos que sean— de los relatos ya ahí, musicales, del mundo. Ya ahí, ya bellos, ya relatos, ya mundo. Deshacer, oh Penélope, las fajitas musicales que conforman nuestro capullo sonoro, que no es el mundo, sino el hábito ritual de mundo. Abandonada, ella se ofrece a lo que flota en torno al sentido, en torno a las palabras, en torno a las codificaciones, se ofrece a las intensidades, a los contenidos [retenues: de estar contenido, reprimido], a los impulsos [élans], a las energías, en suma, a lo escasamente nombrable. […] La improvisación acoge la amenaza y va más allá de ella, la desposee de sí misma, la registra, potencia y riesgo». XI En la cibernética, la amenaza no puede ser acogida y a fortiori menos aún superada. Es preciso que sea absorbida, eliminada. Ya he dicho que la certeza definitiva sobre la cual pueden fundamentarse prácticas de oposición a este mundo gobernado por dispositivos, es la imposibilidad, infinitamente prorrogada, de la destrucción del acontecimiento. La amenaza, y su generalización bajo la forma de pánico, plantea problemas energéticos irresolubles a quienes sostienen la hipótesis cibernética. Simondon explica, así, que las máquinas que tienen un alto rendimiento en información, que controlan con precisión su ambiente, tienen un rendimiento energético débil. Inversamente, las máquinas que demandan poca energía para poder llevar a cabo su misión cibernética, producen un mal reflejo de la realidad. La transformación de formas en informaciones contiene en efecto dos imperativos opuestos: «La información es, en un sentido, aquello que aporta una serie de estados imprevisibles, nuevos, no formando parte de ninguna sucesión definida por anticipado; es por tanto lo que exige, del canal de información, una disponibilidad absoluta para con respecto a todos los aspectos de la modulación que ella remite; el canal de información no debe aportar por sí mismo ninguna forma predeterminada, no debe ser selectivo. […] En un sentido opuesto, la información se distingue del ruido porque se le puede asignar un cierto código, una relativa uniformización; en todos los casos en que no se pueda hacer descender el nivel de ruido por debajo de uno determinado, se lleva a cabo una reducción del margen de indeterminación y de imprevisión de las señales». Dicho de otro modo, para que un sistema físico, biológico o social tenga la suficiente energía como para poder asegurar su reproducción, es preciso que sus dispositivos de control recorten de entre la masa de lo desconocido, diferencien de entre el conjunto de los posibles, aquello que se deriva del azar puro y que se excluye del control por vocación [d'office], de lo que se encuentra en tanto que riesgo [aléa], y que es por consiguiente susceptible de entrar en un cálculo de probabilidades. Se sigue que, para todo dispositivo, como en el caso específico de los aparatos de registro sonoro, «se debe adoptar un compromiso que conserve el suficiente aporte de información para cubrir las necesidades prácticas y un rendimiento energético lo suficientemente elevado como para mantener el ruido de fondo a un nivel que no entorpezca el nivel de la señal». Por ejemplo, en el caso de la policía, se tratará de hallar el punto de equilibrio que existe entre la represión —que tiene como cometido disminuir el ruido de fondo social— y la inteligencia [renseignement] —que informa sobre el estado y los movimientos de lo social a partir de las señales que éste emite. Provocar el pánico querrá por tanto decir de entrada extender la niebla de fondo, tal que se sobreimponga al activado de los bucles retroactivos y que dificulte, a los aparatos cibernéticos, el registro de los desvíos de comportamiento. El pensamiento estratégico ha comprendido tempranamente el alcance ofensivo de esta niebla. Cuando Clausewitz se percata por ejemplo de que la «resistencia popular evidentemente no es apta para proporcionar grandes golpes», sino que, «en tanto que algo vaporoso y fluido, no debe condensarse en ninguna parte». O cuando Lawrence opone a los ejércitos profesionales que «se asemejan a plantas inmóviles», a la guerrilla, comparable a una «influencia, una idea, una especie de entidad intangible, invulnerable, sin frente ni retaguardia, y que se expande por doquier a la manera de un gas». La niebla es el vector privilegiado de la revuelta. Transplantada al mundo cibernético, la metáfora hace referencia entonces a la resistencia con respecto a esa tiranía de la transparencia que viene impuesta por el control. La bruma transforma [bouleverse] todas las coordenadas habituales de la percepción. Provoca la indiscernibilidad de lo visible y lo invisible, de la información y del acontecimiento. Por ello es por lo que representa una condición de posibilidad de este último. La niebla hace posible la revuelta. En un relato breve titulado «El amor es ciego», Boris Vian imagina lo que constituirían los efectos de una niebla bien real sobre los vínculos existentes. Los habitantes de una ciudad se levantan una mañana invadidos por una «avalancha opaca» que progresivamente modifica todos los comportamientos. Las necesidades que imponen las apariencias devienen rápidamente caducas y la ciudad deja que se extienda una experimentación colectiva. Los amores devienen libres, facilitados por la desnudez permanente de todos los cuerpos. Las orgías se extienden. La piel, las manos, las carnes, recobran sus prerrogativas puesto que «el dominio de lo posible se extiende cuando no se tiene miedo de que la luz se encienda». Incapaces de hacer que dure una niebla que no han contribuido a formar, los habitantes se ven entonces desamparados cuando «la radio informa de que los científicos notan una regresión regular del fenómeno». Visto lo cual, todos deciden reventarse los ojos con el fin de que la vida continúe feliz. Paso al destino [Passage au destin]: la niebla de la que habla Vian se conquista. Se conquista por una reapropiación de la violencia, una reapropiación que puede llegar hasta la mutilación. Esta violencia que no quiere educar nada, que no quiere construir nada, no es ese terror político objeto de tantas glosas de almas buenas. Esta violencia consiste por entero en el desmonte de las defensas, en la apertura de recorridos, de los sentidos, de los espíritus. «¿Es siempre pura?», pregunta Lyotard. «¿Una danza es verdadera? Se podría decir eso, siempre. Pero no está ahí su poder [puissance]». Decir que la revuelta debe devenir niebla significa que debe ser a la vez diseminación y disimulo. Así como la ofensiva debe hacerse opaca para tener éxito, así la opacidad debe hacerse ofensiva para durar: así es la cifra de la revuelta invisible. Pero esto también indica que su primer objetivo será el resistir a toda tentativa de reducción por exigencia de representación. La niebla es una respuesta vital frente al imperativo de claridad, de transparencia, que es la primera huella del poder imperial sobre los cuerpos. Devenir niebla quiere decir que asumo en fin la parte de sombra que me dirige y me impide creer en todas las ficciones de la democracia directa en tanto que éstas querrían ritualizar una transparencia de cada uno con respecto a sus intereses y de todos con respecto a los intereses de todos. Devenir opaco, como la niebla, es reconocer que uno no representa nada, que no se es identificable, es asumir el carácter no totalizable del cuerpo físico tanto como del político, es abrirse a posibles aún no conocidos. Es resistir con todas las fuerzas a toda lucha por el reconocimiento. Lyotard: «lo que nos pedís, teóricos, es que nos constituyamos en identidades, en responsables. Ahora bien, si de algo estamos seguros es de que esta operación (de exclusión) es una farsa, que las incandescencias no son lo propio de nadie y no pertenecen a nadie». No se tratará por tanto de volver a formar sociedades secretas o conspiraciones triunfadoras como fue el caso de la francmasonería o la carbonería, o como lo que aún fantaseaban las vanguardias del último siglo —pienso especialmente en el Collège de Sociologie. Constituir una zona de opacidad o circular y experimentar libremente sin conducir los flujos de información del Imperio es producir «singularidades anónimas», recrear las condiciones de una experiencia posible, de una experiencia que no sea inmediatamente aplanada por una máquina binaria que le asigne un sentido, de una experiencia densa que transforme los deseos y su ejemplificación [instantiation] en un más allá de los deseos, en un relato, en un cuerpo ensanchado. Así, cuando Toni Negri interroga a Deleuze sobre el comunismo, éste se guarda bien de asimilarlo a una comunicación conseguida y transparente: «Preguntas si las sociedades de control y comunicación no suscitarán acaso formas de resistencia capaces de volverle a dar oportunidades a un comunismo concebido como 'organización transversal de individuos libres. No lo sé, quizás. Pero no lo será en la medida en que las minorías puedan retomar la palabra. Quizá la palabra, la comunicación, estén podridas. Están completamente penetradas por el dinero: no por accidente, sino por naturaleza. Es preciso un desvío [détournement] de la palabra. Crear siempre ha sido otra cosa que comunicar. Lo importante quizá vaya a ser crear vacuolas de no-comunicación, interruptores para escapar al control.» En efecto, lo importante para nosotros son esas zonas de opacidad, la apertura de cavidades, de intervalos vacíos, de bloques negros en el enmallado cibernético del poder. La guerra irregular con el Imperio, a la escala de un lugar, de una lucha, de un motín, comienza desde ese momento por la construcción de zonas opacas y ofensivas. Cada una de estas zonas será a la vez núcleo a partir del cual experimentar sin ser aprehensible, y nube propagadora del pánico en el conjunto del sistema imperial, máquina de guerra coordinada y subversión espontánea a todos los niveles. La proliferación de estas zonas de opacidad ofensiva (ZOO), la intensificación de sus relaciones, provocará un desequilibrio irreversible. A fin de indicar bajo qué condiciones se puede «crear opacidad», como arma y como interruptora de los flujos, conviene tornarse una vez más hacia la crítica interna del paradigma cibernético. Provocar el cambio de estado en un sistema físico o social necesita que el desorden, los desvíos respecto a la norma, se concentren en un espacio, real o virtual. Para que las fluctuaciones del comportamiento se contagien es preciso en efecto que primero alcancen un «tamaño crítico», cuya naturaleza precisan Prigogine y Stengers: «resulta del hecho de que el mundo exterior, el medio ambiente de la región fluctuante, tiende siempre a amortiguar la fluctuación. El tamaño crítico mide la relación entre el volumen, donde tiene lugar las reacciones, y la superficie de contacto, lugar del acoplamiento. El tamaño crítico está determinado entonces por una competición entre el 'poder de integración' del sistema y los mecanismos químicos que amplifican la fluctuación en el interior de la sub-región fluctuante». Esto quiere decir que todo despliegue de fluctuaciones en un sistema está abocado al fracaso si no dispone previamente de un anclaje local, de un lugar a partir del cual, las fluctuaciones que ahí se revelen, puedan contaminar al conjunto del sistema. Lawrence lo confirma, una vez más: «la rebelión debe tener una base inatacable, un lugar a refugio no solo de un ataque, sino del temor de un ataque». Para que exista tal lugar precisa de «independencia en las vías de abastecimiento», sin la cual ninguna guerra es factible. Si la cuestión de la base es central en toda revuelta, es también en razón de los principios mismos del equilibrado de sistemas. Para la cibernética, la posibilidad de un contagio que hiciera bascular el sistema debe ser amortiguada por el medio ambiente más inmediato a la zona de autonomía donde tienen lugar las fluctuaciones. Esto significa que los efectos de control son más potentes en la periferia más próxima a la zona de opacidad ofensiva que se crea, en torno a la región fluctuante. Por consiguiente, el tamaño de la base deberá ser tanto más grande cuanto más insistente sea el control de proximidad. Estas bases deben estar inscritas tanto en el espacio como en las cabezas: «La revuelta árabe, explica Lawrence, existía en los puertos del mar Rojo, en el desierto, o en el espíritu de los hombres que la suscribían». Son territorios tanto como mentalidades. Denominémoslos planos de consistencia. Para que se formen y se refuercen zonas de opacidad ofensiva es preciso de entrada que tales planos existan, que conecten los intervalos entre ellos, que hagan palanca, que lleven a cabo la inversión del miedo. La Autonomía histórica —por ejemplo la de la Italia de los años 70— así como la Autonomía posible no es otra cosa que el movimiento continuo de perseverancia de los planos de consistencia que se constituyen en espacios irrepresentables, en bases de secesión para con la sociedad. La recuperación, por los cibernéticos críticos, de la categoría de autonomía —con sus nociones derivadas, auto-organización, auto-poiesis, auto-referencia, auto-producción, auto-valorización, etc.— es, desde este punto de vista, la maniobra ideológica central de estos veinte últimos años. A través del prisma cibernético, darse a sí mismo sus propias leyes, producir subjetividades, no contradice para nada la producción del sistema y su regulación. Convocando, hace diez años, a las zonas de autonomía temporal (TAZ), Hakim Bey permanecía víctima del idealismo de aquellos que quieren abolir lo político sin haberlo pensado previamente. Se veía obligado a separar en la TAZ el lugar de las prácticas hedonistas, de expresión «libertaria» de las formas-de-vida, del lugar de la resistencia política, de la forma de lucha. Si la autonomía es aquí pensada como temporal, significa que pensar su duración exigiría pensar una lucha que se articule con la vida, considerar por ejemplo la transmisión de saberes guerreros. Los liberales-libertarios del tipo de Bey ignoran el campo de intensidades en que su soberanía se ve llamada a desplegarse, y su proyecto de contrato social sin Estado postula en el fondo la identidad de todos los seres, ya que en definitiva de lo que se trata es de maximizar sus placeres en paz, hasta el fin de los tiempos. Por un lado los TAZ son definidos como «enclaves libres», lugares cuya ley es la libertad, las buenas cosas, lo Maravilloso. Por otro, la secesión respecto al mundo, de la que resultan, los «pliegues» en los que se alojan entre lo real y su código, solo deberían constituirse tras una sucesión de «rechazos». Esta «ideología californiana», planteando a la autonomía en tanto que atributo de sujetos individuales o colectivos, confunde a propósito dos planos inconmensurables, la «auto-realización» de las personas y la «auto-organización» de lo social. Debido a que la autonomía es, en la historia de la filosofía, una noción ambigua, que expresa a la vez la liberación de toda constricción y la sumisión a leyes naturales superiores, es como ella puede servir de alimento para discursos híbridos y reestructurantes de los cyborgs «anarco-capitalistas». La autonomía de la que hablo no es temporal ni simplemente defensiva. No es una cualidad sustancial de los seres sino la condición misma de su devenir. No parte de la unidad supuesta del Sujeto sino que engendra multiplicidades. No acomete solo las formas sedentarias del poder, como el Estado, para seguidamente surfear sobre sus formas circulantes, «móviles», «flexibles». Se da los medios tanto de durar como de desplazarse, de retirarse como de atacar, de abrirse como de cerrarse, de enlazar cuerpos mudos tanto como voces sin cuerpo. Ella piensa esta alternancia en tanto que resultado de una experimentación sin fin. «Autonomía» quiere decir que hacemos crecer los mundos que somos. El Imperio, ejército de la cibernética, reivindica para él solo la autonomía en tanto que sistema unitario de la totalidad: así, se ve obligado a destruir toda autonomía en lo que le sea heterogéneo. Decimos que la autonomía es para todo el mundo, y que la lucha por la autonomía debe amplificarse. La forma que actualmente cobra la guerra civil es de entrada la de una lucha contra el monopolio de la autonomía. Esa experimentación de la que hablamos aquí será el «caos fecundo», el comunismo, el fin de la hipótesis cibernética.

  • Cantos Proféticos IV / Vicente Zito Lema

    Ah, necesidad que urge de los Cantos que aún con balbuceos el alma nos reclama… Iluminaciones de los sentidos, que se pagan con los artificios de la crueldad sobre la carne; y todavía así, desde los umbrales de la desesperación, subiendo nuestros antiguos Cantos… Cantos anhelados y como materia de los sueños alguna vez puestos de pie… Fueron agua para la sed del poseído… Fueron caricia en la frente de fuego, alivio del alborear, cuando sólo se escucha bajo la bóveda terciopelada del silencio monstruoso el estertor del moribundo. ¿O no hay memoria sino vana ilusión, delirio sin pausa ni artificio tras las rejas abandonadas de un hospicio? ¿O todo sucede en un barco a la deriva, curtido en las blasfemias que desata la peste, y el anhelo de belleza donde transcurren los Cantos es apenas el detritus de un sueño de ángeles tan ciegos como vengativos…? ¿Nadie se arroja a las aguas del Canto, son esas rocas que estremecen y atan de pies y manos nuestro miedo? ¿Nadie se arroga, se arriesga, se lanza, danza y canta con la garganta abierta, a borbotones sobre la piel extendida, hasta tocar el alma todavía sangrante del viejo Dios…? ¡Cuánto tarda! ¡Por qué no viene y se escucha al correr de los astros esa voz de mujer dulce y dolorosa; tan dulce y dolorosa como los mismos Cantos en la noche sublime y sin naufragio…! ¡Cantos! Animarnos a decir que el bien supremo son los Cantos, para que lo opacado brille, lo sujetado estalle, el vacío se colme de existencia y el reconcilio sea perfume entre los cuerpos y las almas mutuamente resucitados; allí, en el foco expreso del dolor, donde el que mata muere, y el que muere ya mató, también sin saberlo, porque todo es muerte en los confines del silencio, mientras la mirada del otro resbala, igual que la lluvia por el vidrio… ¿No era el alma del otro nuestra alma, cuando el último estallido de luz se pierde entre las nubes… tan doradas que lastiman…? ¡Cantos!... memoria en el aire y en el fuego de las sagradas palabras que podían darnos guarida sagrada y aliento firme en el despertar de la inocencia… ¡Qué nos queda, Cantos, si la inocencia del mundo despierta a la hora en que el cuerpo del inocente es llevado de la mano por el hambre hasta el umbral de la casa de la muerte…! (¿Todo es lejos, todo es inmenso y lejos… y esas manos frías…?) ¡Cantos!... La belleza siempre nos estremece como pecado, nos desespera en las vías de la agonía… duerme como una sombra a nuestro lado… Hay una melodía en el aire y después estalla la música en el rocío que no marchita… Retumban las campanas, el alma las escucha, todo lo que se mueve se detiene, lo que nunca llegó, llega… nuestras manos ahora están llenas de bruma… Fue un alerta de tragedia sobre los desconsuelos de cada día… y en el potrero final, ante la frontera misma del abismo, los Cantos caen como lluvia del milagro… Sin embargo la tierra rechaza el milagro, nuestro corazón se cierra, ruedan piedras gigantes en el socavón, todo es polvo, gritos y después negrura… La negrura es el abismo y es el cielo sin cielos ante el hambre sin luz de los sepulcros, donde hora tras hora los niños de la pobreza se destierran en la tierra, lejos del amor y para siempre; son frutos caídos demasiado temprano, o demasiado tarde, jamás fueron la pregunta que recibe su respuesta en la necesidad, ni la alegría que abre al sol las puertas del deseo; todo vino turbio y más tarde fue negado y maldecido y ahora es el horror que aprisiona y esas lágrimas que no redimen… Tampoco redime la piedad, menos el olvido, que ensucia y agrava las heridas, que sólo es palada humillada de tanta tierra humillada sobre los cuerpitos humillados, grandes para cualquier cajón y más muertos y más abandonadas que la propia muerte… Fuente: Cantos oscuros, días crueles (2019) Ediciones La Cebra.

  • Cantos Proféticos V / Vicente Zito Lema

    ¡Tumbas! ¡Más que islas del dolor, tumbas! ¡Profanación del cielo! ¡El tiempo y el espacio están repletos de tumbas! ¡Los dioses exudan tumbas, igual que desprecio para los cuerpitos del sacrificio! He aquí el ritual de la humana, bienaventurada y profética acumulación de la riqueza: ¡Tumbas! ¡Unas tras otras: Tumbas! (Las máscaras de uso en la ceremonia también se registran como riqueza y se enumeran al final de las tumbas… allí en la sombra, donde dormitan los gatos…) …Malditas todas las tumbas en la boca del que jamás saciado las nombra con la mismísima naturalidad con que cuenta las cabezas de ganado en el feedlot, a espaldas de la puesta del sol… despellejando también el horizonte… Esas bocas poderosas, que abruman con su parafernalia, no tienen Cantos ni cargan glorias en la mochila; son un espacio yermo las almas sin amor; el bien suyo que las mueve, supremo y familiar, es poner en actos la lengua filosa del mal; acunar el susodicho mal con sinfonías macabras, con sonidos de madera seca, se trata de arrojar sal a la llaga… y esperar el sollozo, y después el quejido… Esas bocas poderosas / esas almas sin amor / ese fruto profano anterior a los dioses ha madurado con fervor de vía crucis, hasta depositar sin dudas ni escrúpulos el pecado en la inocencia, la culpa en la víctima que se desangra y tiembla, el deseo en la criatura violada, la deuda en el pobre de toda pobreza que roe y roe su corazón a horcajadas de la rama del árbol, mirando sus pies desnudos y en carne abierta… Esas bocas que nos quitan el sueño con dentelladas de lobos y aullidos de perros, hablan por el demonio, tienen sus labios en punta, las garras y el fuego, si pienso en la tradición del niño de primigenia fe que fui… O bien, si tapo los cielos y enmudezco las epifanías, si salto el charco que divide mi cabeza y me planto en los avatares del día, frente al plato humeante del día, puedo verlo, me atrevo a sentirlo y hasta olerlo, el discurso y la boca, la lengua negra y la carcajada roja, como un monstruoso ejemplo de una razón de la eficacia… Esa razón, que profesa la naturaleza humana sucumbida en poder, y que ni siquiera el crepúsculo que todo lo bendice aquí bendice; y esa eficacia, nutrida en devorar vivo y entero, sin separar una migaja para los dioses, y sin miedo de contagio, al niño que nació más débil, o hicieron más débil, en los huesos y en el alma, sea porque antes hubo hambre y sed en el vientre que lo cobijó, o porque los nuevos dioses montados en las montañas de la riqueza bajaron su pulgar…. (mientras la vida que sigue y sigue, que no se detiene, seguía, y la sangre se escurría como arena entre la arena, y la luna se ahogaba en las bajuras plateadas del río… y la voz subía: ¡bienaventurados los niños!, porque de ellos será la gloria y la dicha, y ese fue el final, que se perdió entre las nubes, como las lluvias que anticipan las tormentas …) Las grandes bocas (¡bocazas!) reniegan de los Cantos, o los pervierten como moneda de cambio; las grandes bocas silencian con bóvedas y catedrales los Cantos, niegan las delicias del mañana para las frentes tenues y asustadas... Las grandes bocas ungen los gritos, clavan por la espalda la moral de la desdicha, adornan con flores de incienso los brazos caídos, hacen de la tristeza el pantano de todas las tristezas, para que también el alma fallezca en la tristeza, que ya es desesperación… Esas bocas del no amor, anchas de manducar vísceras, flacas a la hora de cumplir las promesas de la verdad, nunca comulgaran con los panes de la alegría; sólo mueven la lengua para acompañar el brazo que hunde hasta el mango su cuchillo entre las aguas del cuerpito que resiste en las agonías de la interrogación, que aún a balbuceos increpa a la vida – que poco suya fue: ¡No mía! ¡No mía! –, en el instante eterno en que el alma se aleja de los astros y del firmamento y pasa a ser cenizas, sobre el ajado terciopelo, en la noche sin memoria y sin súplicas… (La belleza será aquí una tormenta de lágrimas de piedras que jamás palidece, como no menguan ni palidecen las letanías en el rincón más lúgubre de una iglesia de provincias…). Fuente: Cantos oscuros, días crueles (2019) Ediciones La Cebra.

  • Le Guin con Scardamaglia / Marcelo Percia

    Para pensar otra vida se necesita imaginar otros porvenires y otros pasados. Para pensar otra vida se necesita, también, imaginar otros presentes en el presente. Lo primero lo hace la narrativa de Úrsula Le Guin, lo segundo la poética de Verónica Scardamaglia. Así imagina otros porvenires Le Guin en su novela Los desposeídos, publicada en 1975, en la que relata una utopía anarquista en la que vislumbra una vida posible sin relaciones de propiedad, sin relaciones de posesión, sin relaciones de dominio. O lo hace en otra novela de ciencia ficción feminista, La mano izquierda de la oscuridad, publicada en 1969, en la que narra un mundo no binario sin clasificaciones de género y sin la existencia de la palabra guerra. Y, del mismo modo lo hace cuando se inclina por otras conjeturas del pasado en un breve ensayo, publicado en 1986 que se llama La teoría de la ficción como red. Voy a contar la idea de ese texto para pensar Mar de hormigas de Verónica. Le Guin se apoya en un libro de la antropóloga Elizabeth Fisher (1975) que se llama Women’s Creation (Creación de mujeres). Se interesa por la hipótesis que postula que las primeras existencias que se pararon sobre dos pies con los pulgares aptos para la prensión, en las regiones templadas y tropicales, recogían, para alimentarse, semillas, raíces, brotes, pequeñas plantas, hojas, frutos y cereales. Y quizás añadían insectos y moluscos o atrapaban pájaros, peces, ratas, conejos y otros animales pequeños para aumentar proteínas. No cazaban mamuts con largos colmillos. Le Guin prefiere imaginar, en los comienzos, una vida en común sostenida en lo que se recoge más que en lo que se caza matando. Prefiere imaginar que las primeras invenciones comunitarias residen en la red, la cesta, la bolsa, el saco contenedor, que sirven para transportar semillas y frutos, antes que la lanza y el cuchillo que sirven para causar heridas y asesinar. Prefiere imaginar que las primeras invenciones consisten en recipientes que alojan antes que en filos que cortan. Vimos la escena muchas veces en la película de Stanley Kubrick, 2001 Odisea del espacio, estrenada en 1968. La fundación de la civilización como relato de tecnologías de guerra. En una de las primeras escenas del film de Kubrick se muestra cómo un primate descubre, en forma accidental, que un hueso de un gran animal muerto puede servir de herramienta y de arma. Y, en seguida, el mismo hueso volando en los aires se transforma en nave espacial. Volvamos a Le Guin con Scardamaglia. Metáforas de la muerte requieren lanzas filosas y cortantes, empuñadas por fuerzas valientes y heroicas. Así nace la ficción épica que cautiva al occidente europeo y a civilización del norte. Le Guin se interesa por una teoría de la ficción como red que recoge pequeñas semillas. Toma distancia de la idea de comunidad como fortaleza armada. Prefiere pensar lo común como tejido, red, recipiente, bolsa, para trasladar lo recolectado o transportarlo hasta un fuego que abriga y reúne. Así la veo a Vero: acarreando redes con saberes recolectados. Trajinado con bolsos cargados de libros y citas. Trasportando mochilas con cosas que todavía no sabemos. Así la veo a Scardamaglia: llegando con lo conseguido hasta un fuego que abriga y aproxima. Así la veo a a la autora de Mar de hormigas: recolectando entusiasmos y alentando posibles salidas aun cuando no las haya, todavía. Trasportadora, tal vez, de una única afirmación: no habrá salida, sin una común salida. Mar de hormigas se expone al riesgo de muchas poéticas (asunto que, también, preocupa a Le Guin): las narrativas de los heroísmos del yo, las épicas sentimentales de las vidas sintientes. La recolectora Scardamaglia se pelea con esas tentaciones, se mueve como si las vanidades no le importaran. (“Porque la lengua se me atraganta/ de tan colonizada/ porque lo binario corre/ por mis venas/ por mi piel/ y me entrampa”): Leo Mar de hormigas como bolsa, red, recipiente, de saberes. Presento algunos (entre paréntesis anoto el número de página de cada referencia): El saber amores como tempestades. El saber lo incordioso y lo discutidor (19) El saber enviones o empujones aliados. (21) El saber el runrún de quienes no quieren ser más esta humanidad (22) El saber arrebatos. (23) El saber pensamientos que faltan a la cita y que saltan sin cita (me gustaría aprender de memoria estos versos: “pensamientos / faltan a la cita/ saltan sin cita”). (24) El saber alojarse en multitudes de adjetivos (“Un día, algunas horas, unas vidas. / Andar feliz y triste y enojada y molesta y aburrida, y loca… / ¿Cuántos adjetivos te asaltaron hoy?”). (25) En su novela 1984, Orwell escribe un apéndice que titula Neolengua, allí pone a la vista que si se controlan los adjetivos que califican nuestras acciones, se controla el pensamiento. El saber de los abrazos probables e improbables. (“¿podemos vivir en un abrazo?”). (26) El saber los finales (“Eso no está naciendo de esto”) (27). El saber la noche de las delicadezas que desendurecen (28). El saber los amores que no (29). El saber el amor romántico, al cabo, desteñido, astillado, desvencijado (31). El saber el peligro de los sueños de amor que se vuelven pesadillas (32). El saber lo que, de pronto, enloquece de júbilo y placer, sin que sepamos por qué (33). El saber de las complicidades. (36) El saber de los rulos en pijama. (37). El saber que nunca se sabe del todo por dónde anda otra vida (39) El saber que sabe que no sabe el descanso, el reposo, la convalecencia, la espera. (45). El saber la pena de muerte por otros medios (“La burocracia es la pena de muerte por otros medios”). (46). El saber otras escuelas en la escuela (49). El saber cómo duelen las voces no escuchadas (50). El saber el miedo y una Soldati sin ley (52). El saber jugar a piedra, papel o tijera mientras el lobo no está (53). El saber el recorrido del 46 entre Pompeya y Parque Avellaneda. (54). El saber los rostros de la insolencia (55). El saber la indignación ante la autoridad y la autoridad de la indignación (61) El saber viajes en colectivos y taxis (“en cada viaje se me gasta esta vida”) (62). El saber los hartazgos (63). El saber pensamientos automáticos que nos entrampan (65). El saber estar, vivir, andar, habitar, disfrutar, okupar, la calle. (67). El saber los cuerpos que se agitan, se entregan, fantasmean en las noches y los días (68). El saber no dejar de preguntar por lo acontecido.(71) El saber los miedos (72) El saber los cuerpos culpabilizados, manoseados, acosados, sometidos, pero todavía ardiendo de insolencias. (73). El saber los participios de todas las dominaciones (“Abatida, abusada, acabada, acongojada, acribillada, advertida, agobiada…”). (75). La proposición Le Guin con Scardamaglia se presenta como cita encubierta del artículo de Lacan Kant con Sade (1966). Tal vez el texto que más cerca está de pensar una posible ética del psicoanálisis. Lacan sugiere que las filosofías de Kant y Sade se aproximan cuando interrogamos la relación entre deseo y goce. Lacan piensa que tanto la propuesta de Sade como la moral kantiana componen crueldades: la crueldad dirigida hacia otras víctimas en Sade y el deber moral, como crueldad interiorizada, dirigido hacia el sí mismo en Kant. Si en enunciado Kant con Sade revela el drama de una civilización que goza con el ensañamiento y la crueldad, el enunciado Le Guin con Scardamaglia anuncia el deseo de sensibilidades recolectoras de invenciones de mundos que no dañan. El enunciado Le Guin con Scardamaglia afirma la urgencia de contar con ficciones que discutan el pasado y el porvenir (como lo hace Le Guin) y también la urgencia de contar con poéticas que discutan el presente (como lo hace Scardamaglia). El enunciado Le Guin con Scardamaglia dice una pulsión o querencia discutidora. El enunciado Le Guin con Scardamaglia dice una ética anarco sensible que interroga todas las formas de crueldad. Una furia recolectora alerta contra los relatos de dominación de todos los pasados, de todos los presentes, de todos los porvenires. Fuente: Texto leído en la presentación del libro Mar de hormigas de Verónica Scardamaglia. Buenos Aires, diciembre 2022.

  • Marcelo Percia y el incendio de los corazones / Tomi Baquero Cano

    Habría que comparar el final de las clases de Marcelo Percia en la universidad pública con el momento en que Quintiliano abandonó su oficio docente en la Roma imperial. Decirlo con más cautela o menos pasión sería cobarde, privilegio de momentos más calmos que estos. Hoy hay que decirlo así: para la Facultad de psicología de la UBA supone la pérdida de una fuente de energía. Nos toca la pregunta de cómo mantener deseante el corazón. Las clases de Marcelo conocen el antiguo arte de encender a la vez el pensamiento y el corazón, a través de la palabra hablada. A veces se le dijo a esto retórica, dialéctica, oratoria, incluso teatro. El pensamiento hablado es un género en sí mismo, probablemente uno en decadencia. Hace unos años pensábamos que alcanzaba con leer libros en silencio, ahora, con leer papers. Mañana mismo, me imagino, el resumen de una IA será suficiente. Para un alumno de Quintiliano, hubiera sonado completamente absurda la idea de aprender a pensar sin al mismo tiempo aprender a hablar, era imposible separar una cosa de la otra. No se trataba de vender algo; la belleza de las palabras importa, pero no es lo central. La gran cuestión es el misterio de cómo encender un corazón con las palabras. El pensamiento no era una propiedad, no era una cosa que podías tener, era algo que te pasaba, un acontecimiento. A veces (muy pocas veces), te pasaba a solas, pero casi siempre era gracias a escuchar en común a un orador ardiente. No sólo porque no todos pudieran leer, decir eso sería imaginarnos individuos emprendedores en el medioevo. Pensar era otra cosa, algo que ocurre y que depende más de los dioses que de nuestra vida finita, como en nosotres el amor o el deseo. El pensamiento ocurría o no, como un terremoto o una tormenta. Escuchar a Marcelo es un viaje a este antiguo arte que consiste en que, después de escuchar hablar a alguien, puedas decir que te pasó algo. ¡Lograr esto, hoy, es tremendamente difícil! ¿Qué es lo que toca nuestros corazones? Aunque a veces nos olvidemos, al final, todos los pensamientos tienen que decidir cómo hablar. Y, a la hora de hablar, ya no existen más las excusas. Ya nadie puede decir "me vi obligado a decir esto porque lo decía en el libro", "no me apasiona, no amo esto verdaderamente, pero igual voy a decirlo, qué más da". Todas las clases son políticas, pero las de Marcelo lo son también porque no olvidan nunca esto. Saben que, a veces, una palabra puede salvar a un corazón del fondo del océano, y no dejan pasar una sola posibilidad de intentar que la vida sea un poco más vivible hoy. Y no sólo vivible: hermosa, atrevida, amante. El pensamiento y la vida se mezclan en el momento de hablar. No es de extrañarse que nos hayamos ido tantas veces de la clases de Marcelo con más ganas de vivir que esas con que habíamos llegado. Siempre en el antiguo sentido: no sobrevivir, vivir; el deseo de una vida valga la pena ser vivida. Hablar de sus clases es como hablar de una asamblea o una declaración de amor: esos momentos en que las palabras van por todo, a ver qué pasa, porque no se soportarían a sí mismas si no dieran el salto. Tengo, además, una confesión: hay cosas que solamente puedo decir imitando a Marcelo. Pero no copiando sus palabras, en verdad lo que copio son sus manos. Imitar los gestos nos ayuda a invitar a que ciertos demonios nos tomen el cuerpo. ¿Vieron que, a veces, tenemos que hablar de cosas tan sutiles como mariposas, y tenemos la sensación de que cualquier palabra podría dañar eso de lo que hablamos? En ese momento se necesita del espíritu de Marcelo Percia. Mover las manos es una especie de danza para entrar en un cuerpo a cuerpo con las palabras con la mayor delicadeza posible. Son manos en forma de hoja que cae: quieren ser livianas para que el aire demore todo lo posible la caída. Pero también es una palabra encendida. Sabe que, si no logra contagiar un pequeño incendio, al final nada habrá sido dicho. La clases de Marcelo suceden en ese pasaje entre las mariposas y los incendios. El deseo de que, al terminar de hablar -hayamos o no logrado que pase algo- sepamos que al menos sostuvimos nuestro corazón con las manos. Para muchas de nosotras, las clases de Marcelo fueron la ocasión de volver a aprender a hablar otra vez, de insistir en una lengua tan tierna de que la vida sonría al escucharla, tan fogoza que parezcan las acaricias de un cuerpo que amamos. Ojalá pudiera leerse en estas palabras el agradecimiento y el asombro sincero de haber descubierto que una clase puede ser la chispa que encienda un deseo apasionado de vivir. Es decir, que la dulzura de las palabras a veces coincide con el incendio de los corazones.

Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.

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