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- Escribir para el vecino / Jeremías Cufré
Apuntes sobre narrativas audiovisuales contemporáneas Hay una idea del turista como entidad universal, se inventa un personaje global que es el turista, al que hay que venderle una aventura, un descubrimiento, siempre en los márgenes de lo que se considera culturalmente interesante, en un sitio geográfico específico. La pregunta es ¿Qué es la cultura? Todos decimos que es importante, pero ¿qué define? ¿Se diferencia de lo que nos muestra el turismo? ¿A qué necesidades responde? Se habla de valores, tradiciones… ¿Desde donde concebimos ese “pasado que debe preservarse” ? La cultura es más barata que la guerra. Tiene los mismos objetivos: establecer lo que está bien, lo que se debe hacer. Hoy en día la cultura de las provincias argentinas tiene el mismo carácter prescriptivo y omisiones que un folleto turístico. La denominada cultura está llena de automatismos para no molestar al status quo. De esta manera funciona una especie de guerra por las buenas: se va preformando lo que llamamos cultura, copiamos de otros lugares los highlights (lo más llamativo) de lo que debe ser resaltado, para apropiarlo, sin entender cuál es nuestro propio folklore, lenguaje. La cultura es el intercambio simbólico que permite comprendernos, trascender la triste posición de individuo, entender hacia dónde vamos como comunidad. La potencia de la cultura es obligar a creer en algo, esa emoción de escuchar el himno nacional y sentirse parte de un conjunto. ¿Vamos a usar esta cultura y modos de ver el mundo como folleto? ¿Qué intercambios simbólicos estamos dando? Cuando las narrativas audiovisuales se vuelven simplonas, con la enorme cantidad de prescripciones en la industria audiovisual que surgen sólo de una sola cultura (EEUU) podríamos preguntarnos ¿nos estaremos enriqueciendo al consumirla? En un marco de poca dirigencia política y crisis económica ¿nos vamos a encerrar y ver estas narrativas? O será mejor agarrar un papel en blanco y decir ¿qué hago? ¿Para qué obedecer? si ya estamos en el fondo… Abracemos las narrativas que tenemos a mano y filmemos para nuestros vecinos. Si nuestros vecinos lo entienden, los demás lo entenderán. La pregunta al parecer es: ¿Qué es lo específico nuestro que vale la pena ser contado? Pensemos la NADA: el deambular de los jóvenes insatisfechos. Lo PREFABRICADO. Es interesante pensar que hoy en día lo “bien hecho” ya no es suficiente. Es difícil encontrar diversidad en los productos culturales masivos de la actualidad. Las nociones de “nostalgia” son las mismas… las narrativas folleto nos limitan nuestra experiencia, nuestra posibilidad de disfrute. Quizás sería bueno reparar en nuestra capacidad contemplativa como audiencia y reflexionar acerca de cómo nos cuesta ver cosas que no estén organizadas de ciertas maneras, con ciertos formatos e hilos narrativos. Una curva dramática es una subida y una caída… La idea lineal del tiempo genera expectativas que nos frustran. La narrativa es generar una expectativa y existe alguien que determina el itinerario de esa narrativa, hay una previsión del camino y una desición de dónde ir. Esa DETERMINACIÓN de lo que un personaje pueda hacer está regida por parámetros de personas que no viven nuestras realidades. Hay que encontrar la forma de lograr que lo que a uno le importa pueda ser motivo del trabajo de uno. No es una alquimia sencilla. Hay que evitar el cansancio de no obtener una respuesta inmediata de lo que uno está buscando. Es muy fácil cansarse, por eso el GRUPO HUMANO con el que uno se rodea es muy importante. Es preferible hacer algo y tener errores, equivocarse, peor es no hacer nada. La cultura de la cancelación no ayuda ni contempla los errores históricos; errores que hay que asumir porque siempre los vamos a tener. La idea es equivocarse, revisarnos, pero seguir. Es abrumadora la oferta de lo parecido. ¿Cuántas horas estamos para ver algo que nos conmueva? La sorpresa la tenemos, porque la ocurrencia en redes es mucha… pero las ideas, las semillas que nos quedan para volver sobre una idea… lo que deja una mella… no todo tiene esa potencia. Esa sensación de quedarse días reflexionando sobre lo que se vio en una trama, haciéndonos preguntas, teniendo ganas de involucrarnos desde otro lado. En conclusión, cuando me doy cuenta que invento algo que creo que tiene sentido, ahí estoy operando algo de lo que merece la pena vivir… No dejemos que nos acorralen los folletos. Referencias bibliográficas: apuntes basados en la charla virtual de Lucrecia Martel titulada “Imágenes, sonidos, el turismo y la guerra” organizada por Alternativa teatral el 22.04.2023
- Parábola / Wislawa Szymborska
Ciertos pescadores sacaron del fondo una botella. Había en la botella un papel, y en el papel estas palabras: «¡Socorro!, estoy aquí. El océano me arrojó a una isla desierta. Estoy en la orilla y espero ayuda. ¡Dense prisa. Estoy aquí!» —No tiene fecha. Seguramente es ya demasiado tarde. La botella pudo haber flotado mucho tiempo, dijo el pescador primero. —Y el lugar no está indicado. Ni siquiera se sabe en qué océano, dijo el pescador segundo. —Ni demasiado tarde ni demasiado lejos. La isla Aquí está en todos lados, dijo el pescador tercero. El ambiente se volvió incómodo, cayó el silencio. Las verdades generales tienen ese problema. Fuente: Versión de Gerardo Beltrán. Poesía no completa, con edición y traducción de Gerardo Beltrán y Abel Murcia, Fondo de Cultura Económica, 2021. Publicado en "Sal", 1962.
- Como tantas / Claudia López Mosteiro
El perro El marido se murió hace unos meses. El perro desde entonces duerme en la cama con ella, la sigue por todos lados. Cuenta que cuando él ya estaba muy mal, el perro aullaba. Y que dos días antes de que él se muera, el perro no quería entrar al cuarto. A veces el perro se quedaba en el lugar donde él se sentaba en la cama, y miraba algo, como hacía cuando miraba a alguien hablando, como si estuviera siguiendo una conversación. Dice que parece que los perros perciben cosas que nosotras no. Cuenta que va casi todas las semanas al cementerio y le pide a su marido que la ayude con los chicos. Y luego de la última vez que fue, al mayor lo llamaron de Coto, y también para trabajar en una pizzería, donde finalmente quedó. A veces va con el perro, y cuando llegan a la tumba del marido, el perro empieza a olfatear y a ella le da mucha ternura. Como tantas Una mujer ha vivido, como tantas, a la sombra de su marido. Él siempre le pegaba, también a sus hijos. Eran cinco. La mayor, de adolescente, empezó a hacerle frente. Ahora tiene más de sesenta, y lo recuerda a menudo. Me contaba que cuando se murió el padre, la madre soñaba que él aparecía, y entonces no se podía dormir. Ni muerto la dejó tranquila. Tiempo de leer Hace un tiempo en el centro de salud donde trabajo se abrió un espacio de lectura en la sala de espera. Lo llaman "Tiempo de leer". Inauguraron una mesita donde se exhiben libros para que la gente se los pueda llevar, y si quieren, devolver. Pero no es necesario. Lo importante es que el que lo desee, lea. Es dulce ver cómo algunas personas se toman unos instantes para mirar los libros, lentamente los hojean, eligen alguno y se lo llevan. A solas casi siempre, antes o después de salir de una consulta, en ese pasillo que comunica varios consultorios; hace un rato pacientes, devienen allí posibles lectores. Hay una mujer a quien atiendo hace años. Va y vuelve. Intentaba separarse, no podía, lo logró este año. Dice que se siente culpable. Tiene cuatro hijos, dos chicas mayores y dos más chicos. Su único hijo varón, de diez años, le recrimina que “es todo culpa suya”. Ella dice que el padre le llena la cabeza, y es muy probable. Un día le pregunté si les lee cuentos a sus hijos, y casi con vergüenza, con sorpresa, dice que les leía a los hijos de su patrona, pero nunca a los suyos. La invito a hacerlo, a llevarse libros de aquí. Mi compañera del espacio de lectura la orienta y le da varios libros, para ella y para sus hijos. A la semana siguiente me cuenta que les estuvo leyendo a sus hijos, lo disfrutan todos, le piden más. Tiempo después me cuenta regocijada que empezaron un juego, como una teatralización: mueve las manos como asustándolos: “ahora vamos a leer cuentos ¡de terror!”, sus hijos se ríen y empiezan a escuchar. El hijo ya no se angustia, ya no le recrimina. Sucede que tiene más tiempo, un tiempo libre de peleas. Cuántas horas, cuántas noches de “vida en familia” -esa vida que a veces añora, a pesar de saber que ya ni se acercaba a quién sabe qué ideal de familia-; cuántas cenas temiendo tener que tener relaciones sin desearlo; y tal vez venga el quinto hijo. Recuerda entonces una escena en la que cuando iban todos en colectivo, el marido subía y se iba para atrás, y la dejaba a ella cargando con los chicos, los cochecitos, todo, sola. Sin “ayudarla”, como suelen decir algunas mujeres. Entonces expresa un deseo: le gustaría escribir. Pese a que no terminó la escuela primaria, “no tengo faltas de ortografía, porque siempre leí mucho”, dice. Eso nunca lo había contado. Ahora que están separados, él le cuenta que un día en la plaza escuchó a un padre que le comentaba a otro –varios varones con sus hijos en la plaza- que su mujer se había ido al gimnasio. ¿Cómo habrá impactado esta frase en él? “Yo antes no te hubiera dejado, le dice, pero ahora, si vos quisieras, te dejaría”, confiesa, en su afán insistente para reconquistarla. Por suerte, por ahora, esto no la hace vacilar. Basta de misas Aquél día me había dicho que estaba muy triste. Luego me di cuenta que era el discurso que se escuchaba en esos días, del lado de la iglesia. Fue el día en que ganó en Diputados la Ola Verde. Dice que hace un mes que no va a misa. Que está harta de los fanatismos; pienso en los religiosos, pero no se refiere a ellos, porque agrega que está harta de las mujeres que dicen que odian a los hombres. Recuerdo -pero no se le digo- a una paciente, feminista. Ella, que en un encuentro de mujeres en el que estaban diseñando una gráfica, le pareció mucho que se propusiera una licuadora llena de penes. Y eso que también me contó que su papá mató a su mamá, cuando ella era muy chica. Pero ahora ella duda. No ha de ser fácil ir a misa con dudas. Dice que no puede anteponer sus ideas religiosas, sus creencias, a lo que les pasa a las mujeres a las que atiende como ginecóloga. Hace un tiempo se declaró objetora de conciencia; no quiere sentirse partícipe de las decisiones de las mujeres que abortan. Dice que le gusta hablar conmigo y a veces hasta nos abrazamos al final de una charla. Me digo que es bueno poder conversar con las que no piensan como una. Sobre todo cuando empiezan a dudar. Cuando el COVID Los equipos de salud mantuvieron la atención presencial a las mujeres que deseaban interrumpir un embarazo. Yo estaba en contra de esto Una chica estudiante de abogacía, separada, se había quedado sin trabajo con la pandemia en un estudio de abogados, no pudo seguir pagando el alquiler. Vivía con su hija de cuatro años a quien llevó a vivir con el padre, y ella se fue a una residencia estudiantil. Quiere interrumpir su embarazo, veo en la historia clínica que ya había consultado en otro CESAC dos veces –la orientaron bien, le dieron orden para ecografía, que trae ese día, y turno para los días siguientes. Era la última mujer que veía (estaba medio pasada de vueltas ya). Como estaba de 6 semanas y muy ansiosa, tomó la decisión de derivarla al CESAC donde la vieron primero, los tiempos dan bien, y sospecho que si le doy el tratamiento hoy, lo va a hacer sin esperar a la semana 7 –como sabemos que es lo mejor-. Me da a entender que no se sintió bien atendida allá, “no me dijeron nada, no me dieron nada”, llora, y dice “es que yo estaba en contra de esto”. Trato de calmarla, le digo que le dijeron y le dieron lo adecuado (orden para Ecografía, turno para siguiente consulta); y que todos los que trabajamos en esto lo hacemos con convicción, porque nosotros sí creemos en esto. Luego me pareció que fue un poco excesivo, pero me generó una reacción coorporativa/verde (defender o sostener al equipo que la atendió), a su vez intentar tranquilizarla (los equipos sabemos lo que hacemos, lo hacemos bien, y con convicción). Al despedirla le pregunte si tenía amigas, alguien que la acompañe, y me dijo: “es que todas están en contra”. Le sugerí que intente hablarlo con alguna, que tal vez se sorprendía con que alguna la entendía y podía cambiar de opinión, como a ella le había sucedido. Le dije también: te daría un abrazo, pero no puedo, y le hice un gesto de abrazo. Todes tenemos nuestros secretos Una mujer no se presenta a la consulta posterior al tratamiento para interrumpir su embarazo. Miro en la Historia Clínica, leo que estuvo hace seis días en un hospital, fue hisopada por sospecha de COVID; pero no figura el resultado. La llamo por teléfono, me cuenta que está desde entonces en un hotel con el marido en aislamiento, luego de confirmarse el resultado positivo. Sus hijos quedaron en la casa, todos negativos. Lo que la preocupa es que los vecinos tienen miedo a contagiarse, y ella teme lo que les puedan decir a su regreso; o a sus hijos, mientras están allí; ellos no tienen culpa de nada, me dice. El aborto quedó en segundo plano, ya. Ella me había dicho que no le pensaba contar nada al marido. Trato de imaginarlos juntos en una habitación de hotel, solos, aislados, con tantas preocupaciones. Le pregunto si ahora se lo contó, afirma que no. Ese silencio me deja algo inquieta; cuando se lo comento a una compañera, me dice: quedate tranquila, todes tenemos nuestros secretos. Vacilaciones Llega al equipo ILE* (hablábamos aún de ILE -interrupciones legales de embarazos- en 2020, previo a la sanción de la Ley de IVE en 2021), una mujer de 42 años, se encuentra en pareja, él tiene 50 años, con él no tienen hijos. Ella tiene dos hijos de 22 y 7 años, de dos relaciones anteriores. Él tuvo cuatro hijos, uno falleció hace dos años, a los 24, de un infarto. Viven con el hijo menor de ella, y perdieron un embarazo hace 3 años. Ella trabaja de peluquera, él es encargado en un edificio. Vivienda alquilada. Viene derivada de un hospital, tiene un embarazo de riesgo de 14 semanas, por hipertensión arterial, que se manifestó en su segundo embarazo, tuvo un parto prematuro. Manifiesta ambivalencia, quisiera tenerlo, pero su marido no quiere. Llora, está angustiada, se la ve indecisa, presionada, sin saber qué hacer. Se indaga sobre posible violencia en la pareja, dice que no, que se llevan bien. Pero él dice que ya perdió un hijo: “mirá si te pasa algo, o si sucede de nuevo”. Acá se mezcla la pérdida del embarazo anterior y la muerte del hijo del marido. Cuesta despejar las causales que se mezclan (hipertensión, riesgo, el marido no quiere, ¿ella quiere interrumpir, o no quiere tenerlo porque es él quien no quiere tenerlo?) Se encuentra también afectada por el fallecimiento de su padre, que coincidió con su segundo embarazo. Se la cita a otra entrevista, ante las dudas que presenta, y se le explica que en caso de decidirse a interrumpir se haría una derivación al 2º nivel. En la siguiente entrevista imagino que no va a venir, pero viene. Llega tarde y dice que estuvo caminando horas, haciendo tiempo. Dice que no le contó a nadie salvo a su hermano, quien se ofreció a ir a la casa para hablar con su marido. El hermano le ofrece acompañarla si decide tener el hijo, tiene una casa grande, podría ir a vivir con su familia: “si vos ya criaste a tus hijos sola”, le recuerda. Al segundo, porque el novio la dejó cuando estaba embarazada. La familia de él y él le ofrecieron casarse y tenerlo, pero a condición de que no vivieran con su hija mayor, que la llevara a vivir con su madre. Ella, no aceptó. Ahí conoció a su actual pareja, y al tiempo se fueron a vivir juntos. Se percibe, y lo expresa, que le costaría muchos más sobrellevar un aborto, que criar otro hijo. Cuenta que cuando estaba en tratamiento psicológico “la psicóloga siempre me decía que tengo que tomar mis decisiones”. Le digo que por lo que expresa se muestra más decidida a tenerlo que a interrumpir. Que así como acompañamos en las ILEs*, la podemos acompañar en su decisión de continuar con el embarazo. Que ya se está imaginando cómo sería, cómo se organizaría, los apoyos con los que cuenta, etc. A pesar de eso me pide: “pero si vuelvo sin el papelito de la derivación, mi marido se va a enojar”. Vuelve a afirmar que no hay violencia, pero se percibe que le cuesta confrontarlo, y afrontar esa diferencia. Trato de acompañar ese recorrido vacilante, a tientas, para la toma de una decisión crucial, casi sin tiempo, entre dos opciones excluyentes, sin incidir en la decisión, intentando abrir luz allí donde aparece una brizna de claridad en la imaginación de lo porvenir, con el menor sufrimiento posible. Le sugiero que puede contar con el equipo ILE* si decide interrumpir, volver al hospital para el seguimiento de su embarazo de riesgo, si así lo decide, y contar con nosotros para apoyo psicológico. Esta fue primera situación que vi de este tipo. Era el primer año de la pandemia, estaba trabajando sola, cuando antes lo hacíamos de a dos. Tratábamos de minimizar los recorridos de las mujeres a la vez que garantizar el acceso a la atención, tanto del embarazo como de la decisión de interrumpir. La mayoría de las mujeres que acuden al equipo de IVE/ILE* llegan decididas, con más o menos dudas, pero en algunos pocos casos, la entrevista les permite clarificar su deseo de continuar ese embarazo. Esta situación sería casi la antípoda a la de la mujer que no le contó al marido acerca del embarazo ni de su interrupción, y luego del tratamiento para interrumpir, terminaron ambos aislados en un hotel por COVID. Muy determinada, antes, durante y después, en su decisión, su silencio y su secreto. Fugaz Una trabajadora social trata de conseguir un hotel para una familia que está en situación de calle. Cuando está a punto de lograrlo, la familia recibe diagnóstico de Covid positivo y los envían a un hotel para permanecer en aislamiento. Con alegría le mandan fotos del hotel 4 estrellas al que los confinaron. Ella se agarra la cabeza –teme que se pierda la gestión que le llevó tanto tiempo- ante esta felicidad pasajera. Pero en verdad ¿cuál no lo es? * ILE: Interrupciones Legales de Embarazos. IVE Interrupciones Voluntarias de Embarazos
- Yo no tengo una personalidad / Oliverio Girondo
Yo no tengo una personalidad; yo soy un cocktail, un conglomerado, una manifestación de personalidades. En mí, la personalidad es una especie de furunculosis anímica en estado crónico de erupción; no pasa media hora sin que me nazca una nueva personalidad. Desde que estoy conmigo mismo, es tal la aglomeración de las que me rodean, que mi casa parece el consultorio de una quiromántica de moda. Hay personalidades en todas partes: en el vestíbulo, en el corredor, en la cocina, hasta en el W. C. ¡Imposible lograr un momento de tregua, de descanso! ¡Imposible saber cuál es la verdadera! Aunque me veo forzado a convivir en la promiscuidad más absoluta con todas ellas, no me convenzo de que me pertenezcan. ¿Qué clase de contacto pueden tener conmigo —me pregunto— todas estas personalidades inconfesables, que harían ruborizar a un carnicero? ¿Habré de permitir que se me identifique, por ejemplo, con este pederasta marchito que no tuvo ni el coraje de realizarse, o con este cretinoide cuya sonrisa es capaz de congelar una locomotora? El hecho de que se hospeden en mi cuerpo es suficiente, sin embargo, para enfermarse de indignación. Ya que no puedo ignorar su existencia, quisiera obligarlas a que se oculten en los repliegues más profundos de mi cerebro. Pero son de una petulancia... de un egoísmo... de una falta de tacto... Hasta las personalidades más insignificantes se dan unos aires de trasatlántico. Todas, sin ninguna clase de excepción, se consideran con derecho a manifestar un desprecio olímpico por las otras, y naturalmente, hay peleas, conflictos de toda especie, discusiones que no terminan nunca. En vez de contemporizar, ya que tienen que vivir juntas, ¡pues no señor!, cada una pretende imponer su voluntad, sin tomar en cuenta las opiniones y los gustos de las demás. Si alguna tiene una ocurrencia, que me hace reír a carcajadas, en el acto sale cualquier otra, proponiéndome un paseíto al cementerio. Ni bien aquélla desea que me acueste con todas las mujeres de la ciudad, ésta se empeña en demostrarme las ventajas de la abstinencia, y mientras una abusa de la noche y no me deja dormir hasta la madrugada, la otra me despierta con el amanecer y exige que me levante junto con las gallinas. Mi vida resulta así una preñez de posibilidades que no se realizan nunca, una explosión de fuerzas encontradas que se entrechocan y se destruyen mutuamente. El hecho de tomar la menor determinación me cuesta un tal cúmulo de dificultades, antes de cometer el acto más insignificante necesito poner tantas personalidades de acuerdo, que prefiero renunciar a cualquier cosa y esperar que se extenúen discutiendo lo que han de hacer con mi persona, para tener, al menos, la satisfacción de mandarlas a todas juntas a la mierda. Fuente: Espantapájaros, al alcance de todos (1932) Editorial Proa.
- Borges y yo / Jorges Luis Borges
Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y solo algún instante de mí podrá sobrevivir en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar. Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en el laborioso rasgueo de una guitarra. Hace años yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con lo infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro. No sé cuál de los dos escribe esta página.
- El niño bueno / Julio Cortázar
No sabré desatarme los zapatos y dejar que la ciudad me muerda los pies no me emborracharé bajo los puentes, no cometeré faltas de estilo. Acepto este destino de camisas planchadas, llego a tiempo a los cines, cedo mi asiento a las señoras. El largo desarreglo de los sentidos me va mal. Opto por el dentífrico y las toallas. Me vacuno. Mira qué pobre amante, incapaz de meterse en una fuente para traerte un pescadito rojo bajo la rabia de gendarmes y niñeras. Fuente: Salvo el crepúsculo (1984) Editorial Alfaguara.
- Notas / Javier Alan Romero
“Lo que escinde” En cada elección, la falta de garantías, anticipa un cierto desdoblamiento. Un doble movimiento o trabajo, que diferencia el decir con el hacer. A veces, hay que decir que se ama para saber si se quiere, hay que irse para saber si quedarse, hay que elegir para elegir. La primera se sostiene en la palabra, la segunda en el acto. Si este último se adelanta, se hace presente sin necesidad de giros o promesas, que abundan cuando en caso contrario, es la palabra la que intenta forzar al acto, promulgando una elección que aún escinde. “Sobre intercambios” En ocasiones, las conversaciones e intercambios más fluidos, se dan entre las personalidades más dispares. En cambio, entre personas que todo comparten y lo mismo sienten, el silencio es un merecido, momento de descanso. “A un amor desconocido” “Ni yo ni nadie conoce del amor”. Lejos de ser esta una afirmación pesimista como decir lo contrario, es el propio desconocimiento el que encarna al asunto. ¿Qué otra cosa lo representa más que la incertidumbre? ¿No será el inverso de lo que llegado el día decidimos llamar amor? ¿No será ésta su primera muestra de decadencia? Poner en palabras, finalmente nombrar lo que hasta hace poco no sabíamos cómo. ¿No es acaso cuando las palabras escasean cuando más se ama? Será un detalle superfluo, que lo sumerge a uno en el absorto. Donde, desde todos los puntos, reconoce al otro en el más puro vacío que nos refleja el conocimiento. Donde lo cancela, lo debela y finalmente cae insostenible, pero esta vez, por la única razón de que ya no se desea sostener. Porque ya no se desea, porque ya no se desconoce.
- Derecho a la irreductibilidad / Costanza Banús
"Quizás un día se declare el derecho a la irreductibilidad. Una convicción en común que afirme que la vida no puede reducirse a un compendio de explicaciones. Que ninguna existencia puede quedar ceñida a diagnósticos, clasificaciones, desciframientos, ejecutados por un poder. Una convicción, tejida entre proximidades, que acentúe que las potencias delo vivo residen en la indeterminación y en la inconmensurabilidad. Una convicción, hilada entre cercanías, que impida que se condenen sensibilidades a tener que cargar con identidades que estrechan el porvenir.” Marcelo Percia “Los enfermos mentales son como picaflores. Nunca se posan. Están a dos metros del suelo". Arthur Bispo do Rosário (*) Los colibríes, también conocidos como picaflores, chuparrosas, tucusitos, pájaros mosca, ermitaños o quindes, nunca se posan, llegan con cicatrices, heridas aún frescas, dolores ardiendo, aprendieron un diccionario que los describe: adicto, recaí, consumí, consumo, endiablada, pasta base, pastillas alcohol, porro, crack, nevados, transas, detenidos, presa, unidad penitenciaria, patronato de liberados, servicio local, policía, buchón, cachivache, buche, loca, tóxica, chismosa, malamadre, tengoquéhacerterapia. Han ido de manera veloz, curiosa, imponente, de veneno en veneno. Los venenos no empiezan con el llamado “consumo problemático” vienen con familias de familias signadas por abusos violaciones, golpes carencias y laberintos donde se han chocado contra los vidrios de las relaciones y las instituciones chocan contra las ventanas de las escuelas, de los hospitales, de las casas, de la justicia, de las familias, de los trabajos, cargan abandonos, golpes, violencias, abusos, pobrezas, excesos, aturdimientos, vociferaciones desesperantes, ternuras agrietadas por supervivencias-a, ante, contra, de, desde, para por según sin, sobre, tras-las vidas que, no requieren inclusión, ya están incluidas en la sociedad (la de consumo también) ¿Cómo tratamos esas vidas? Colibríes no saben cómo llegaron “hasta acá” y el sabor amargo de las sustancias arden en las lenguas de lo que no sabe a felicidad, la dulzura del olvido que les presta el aturdimiento, se monta como un escenario donde se prenden fuego los teatros, y ya no se sabe quien escribe esa obra que se incendia. Los espacios de escucha se entrecruzan y pasan por teléfonos, recepciones administrativas, pedidos de internaciones urgentes, familiares desesperados, el juez lo manda, la policía pide informe, la jueza le dijo. ¿La libertad siempre es condicional? Reuniones de equipo que re formulan marcos de atención para “alojar la demanda” entre espacios, muchas veces “sin disponibilidad”. Las puertas se abren a un amplio espectro diagnóstico, vidas no caben en un diagnóstico, las puertas de los centros de atención y las buenas intenciones no alcanzan cuando los turnos no alcanzan, cuando no alcanza para la medicación, cuando no alcanzan los horarios de psiquiatría, ni las articulaciones, la familia no sabe cómo, o ya no quiere nunca, o llegamos tarde a vidas tomadas por “las voces” que la insultan y la maltratan, como la insulta y la maltrata la mirada de una sociedad que la pretende blanca pura casta, de espuma de nácar como los versos de Alfonsina Storni. Dejar de consumir drogas sin dejar de consumir dolor. El Estado llega tarde, cuenta una colibrí que le sacaron los hijos, que se apuñaló con un vidrio toda la panza, y casi se desangra, que son tres pero son seis porque algunos se los dio a la familia del hombre con el que se prostituía, en esa casa, dice, la del chabón, la familia cría los hijos que él tiene con otras, pero ellos saben, y los crían bien. Dice que ella ahora quiere dejar de drogarse y recuperar a los hijos que los tiene una familiar, quiere ser buena y estar bien para sus hijos dice, llora, dice que no llora nunca, que ahora llora y no sabe qué le pasa, después de 15 años sin parar de fumar paco y tomar alcohol, hace un mes que no se droga, dice, que a la madre le gusta que ya no esté endiablada. Nunca volvió. Un colibrí llega con cortes en el antebrazo, su hijita de meses murió mientras él estaba detenido, quería que a sus hijos no les falte nada, terminó preso, su mujer y su suegra dieron los chicos al servicio local, dice que para recuperarlos no se droga más y quiere “hacer las cosas bien”. Se cortó, se cortó tan profundo como pudo los antebrazos, la primera vez detenido, la última afuera, en el cementerio, junto a la tumba de su pequeña, los otros chicos (sus otros hijos) están en un hogar, y el Estado les exige una casa, un lugar en condiciones, pero no hay condiciones para alquilar ni casas para habitar, los lazos familiares y laborales se fueron oxidando y carcomiendo día tras día estallido tras estallido, un tratamiento para que pueda, pide. Muchos de ellos ellas y elles no tienen dientes, ni lugar, ni dinero para solucionar ese otro problema, uno más, pero sí traen risas y llantos. Los colibríes se pierden a veces, entre las espinas que crecen hacia adentro, que les llaman depresión, y son maltratos, violencias, agobios, andares donde la culpa va espinando “acá adentro” dicen, como aguijones desesperados. Una existencia llega y cuenta que después de 8 años presa “la mandaron a terapia”, su (ex)pareja mató a golpes a su hijito menor, ella salió a buscar ayuda, la procesaron por culpable y por participe necesaria, culpable del golpeador que nadie culpó antes. Después de años detenida y otros tantos de libertad, algunos meses de “terapia” y otra hijita que termina el primario, viajó kilómetros para verle la cara a esos otros hijos que el Estado dio en adopción, atrás de un discurso que demoniza las redes sociales, ella los buscó, los encontró ahí, y luego de algún tiempo de hablar “por chat”, los fue a ver, yo no supe qué decir, ella sí. Algunos picaflores dicen: que en la operación le robaron todos los órganos, que cuando era chico sus hermanitas se murieron en un incendio y a él lo salvaron, que tiene 40 años y no sabe leer ni escribir, otro que estudia 8 ó 9 carreras, uno que solo toma dos cervecitas a la mañana y dos al mediodía y dos a la noche, otro que dejó de tomar cuando pasó toda una noche viendo hombres con motos dentro de su casa, uno que dicen que abusó de una chica en el colectivo pero no sabe que le pasó porque estaba re loco por la droga, una que cuando fue a vivir con el padre y tomaban juntos cocaína se acostó con él pero no sabe si eso pasó o no, otros otres otras dicen que la madre lo trajo, que la madre la trae, que la madre le cuida los chicos, que la madre los está criando, que la madre no se le despega ni a sol ni a sombra, que como no puede salir sin drogarse se puso en un sitio de servicios de contenidos que van de lo erótico a lo pornográfico a cambio de dinero, otra que vive en la calle, otro que se escapó de la internación que le robó a la familia, una que la hija la insulta, que la sacó de la casa, que no quiere que vuelva, que no puede más que la madre que los parió no da más. Picaflor pica sesos pica piedra. La vida pica y envenena o venenos recorren vidas que no se resisten? Colibríes se acercan llorando a mares los naufragios, o secos de todo lo no llorado por los siglos de los siglos, lógicas de aquello que no logra anclar ni andar a la deriva. Arthur Bispó do Rosario decía: "cuando dejo de trabajar me vuelvo transparente pero normalmente estoy lleno de colores". Vidas no caben en una fórmula, ni en una institución. Nosotres también somos “El Estado”, en el Centro Comunitario pusimos algunos recipientes llamados talleres, terapias, espacios de escuchas, que, entre polen pétalos e insectos, se brinden como un antídoto posible y provisorio ante lo inconmensurable, como una posibilidad entre un estar transparentes y llenos de colores. (*) Brasileño, descendiente de esclavos africanos; natural de Japaratuba-Sergipe, fue carabinero de la Marina y pugilista, en 1938 después de peregrinar por varias iglesias del entonces Distrito Federal, terminó subiendo al Monasterio de Sao Bento, donde anunció que era un enviado de Dios, encargado de juzgar a los vivos y a los muertos. Dos días después detenido y fichado por la policía como negro, indocumentado e indigente, fue conducido al Hospicio Pedro II de Praia Vermelha, primera institución oficial de ese tipo en el país, destinada a albergar sujetos clasificados como anormales o indeseables. Un mes después de su internación, fue transferido con el diagnóstico de Esquizofrenia Paranoide, a la Colonia Juliano Moreira, en el suburbio de Jacarepaguá, donde permaneció por más de 50 años. (https://www.youtube.com/watch?v=8MzFTaOvsCQ)
- Amistar, respiraciones del tiempo / gonzalo sanguinetti
Quiero llorar porque me da la gana como lloran los niños del último banco, porque yo no soy un hombre, ni un poeta, ni una hoja, pero sí un pulso herido que ronda las cosas del otro lado Federico García Lorca Después del “amor después del amor” pienso en la amistad. Una serie de 3 escenas se concatena después de que Fito recibe la muerte de lo amado que lo había amado. Tres escenas sobre el tiempo, el aire y la amistad. En la primera escena Fabi lo desahoga del mar, le hace de respiración, lo devuelve al aire. La siguiente transcurre en el ambiente sórdido de una habitación de hotel ensombrecida como si hubiera sido ordenada por un caos desolado. Al pie de la cama Charly y Fito miran una película muda de Chaplin. Están pero al mismo tiempo no están ahí. Charly señala un chiste obvio que vendrá, un gag gastado y previsible. Eso provoca risa en Fito, y ese inesperado reír exige entrar en otro ritmo respiratorio. Ese ritmo, ese cambio súbito en los compases de la respiración, anima el cuerpo, introduce una sutura mínima en el desgarro del tiempo disyunto por el dolor. Fito carcajea en espasmos, suspira y exhala. Es un momento casi imperceptible. Charly capta en acto esa sutileza del cuerpo reaparecido, desacompasado y afectado, entonces lo envuelve con el brazo, lo besa en la frente, lo asila en su pecho, como si estuviera recién llegado de haber recorrido lo inconmensurable. Una escena de invencible belleza. En la última, Spinetta llega a la casa de Fito, está ahí para sostener el estar ahí. Lee un libro que suena como a una enciclopedia astronómica, habla, a un Fito afantasmado, sobre colisiones y canibalismos entre galaxias, fusiones caóticas y estallidos de materia estelar que dieron lugar a la vía láctea. Habla sobre la improbable maravilla de que toda esa destrucción haya derivado en la producción de las condiciones de posibilidad para que ocurra lo vivo. Nota el aburrimiento de Fito y ofrece ver algunas películas. Entre lágrimas, Fito hace referencia a lo ocurrido por primera vez en el capítulo: “Ni siquiera les robaron, Luis”. El flaco asiente y vuelve sobre la lectura del caos y el cosmos. Una lectura que habla en forma oblicua de la relación entre destrucción, tiempo y creación. ¿Qué hacen las amistades en esos paisajes de desolación? No distraen, no entretienen, no convencen de que todo va estar bien, no desmienten lo ocurrido, ni intentan atenuar, moderar, mitigar lo irreparable. Apenas hacen pasar el tiempo, en eso reside todo. Ahí donde lo doliente disloca las junturas del tiempo, deteniendo el tiempo, infligiendo una herida en el tiempo, fijando el cuerpo en un tiempo sin respiro, las amistades se hacen aire donde respirar el tiempo de lo invivible. Se abisman en la indeterminada extensión del dolor, Un respiro a la vez, sin ninguna pretensión más que confiar en el próximo pequeño respiro que posibilite seguir en el tiempo a la espera de que arribe algún después. Serenan la hondura del tiempo. Amistar es la formulación de una obstinada promesa del después: habrá un después, va a pasar tiempo, volveremos a contar el tiempo, podremos contar este tiempo en otro tiempo. Derrida (1998) escribe que “la condición de posibilidad de la amistad, es el acto en duelo de amar. Así, este tiempo del sobrevivir da el tiempo de la amistad”. Conviene agregar que la amistad también da un tiempo donde sobrevivir. Las amistades son aire, la materialidad afectiva a través de la que la vida puede respirar, puede pulsar en el tiempo. Fito respira a través de las amistades que se disponen como respiro del tiempo en el sin-tiempo de lo irrespirable. Porfía de una paciencia aérea, tejida en la tenuidad de lo mínimo, frente a la inabarcable espesura que cobra el tiempo de cara a lo irreparable. Ese respirar no es una figura retórica, es una efectuación concreta: la materialidad de un cuerpo extensivo, un agenciamiento compositivo constituido por un ensamble de vitalidades que amplían una capacidad de alojar afectividades que resultarían devastadoras si quedaran contraídas en la angostura de “un cuerpo personal”, un nombre, una biografía individual llamada Fito. En palabras de Spinoza (1677): “cuanto más apto es un cuerpo para ser afectado y afectar de múltiples maneras a los cuerpos externos, más apta es el alma para pensar”. Amistar, como materia aérea, como respiro del tiempo no constituyen analogías, alegorías o juegos metafóricos, a menos que se entienda por metáfora lo que una metáfora es: hacer pasar una cosa a través de otra, decir una cosa a través de otra, habitar un cuerpo a través de otro: Existir a través de otra existencia. Disposición de un don que obra como apertura para el advenimiento de lo inconcebido. A través quiere decir gracias a, a partir de, lo imposible del sin. Es decir, la intercesión inexorable de lo otro en la constitución de cualquier cosa que busque afirmar existencia. David Abraham (2022) piensa la psyché no como aparato psíquico individual, interior, propio, esencia secreta de cada quien, sino como el modo en el que habitamos una común sensibilidad con toda la materia con la que se compone el mundo, una antigua historia de la respiracion como pulso afectivo de la materia, encarnándose en la memoria de los cuerpos que respiran: “la describo como una enorme ‹‹imaginación››, como una ‹‹psique›› y una ‹‹mente››, como el aliento del planeta, como una historia que nos abarca, el gran ‹‹sueño›› en el que estamos corporalmente inmersos. Voy variando los términos a propósito, para indicar que no es una mera palabra de la que hablo sino la experiencia enigmática hacia la cual apuntan todas las palabras, un medio palpable pero invisible que yace más allá de todos nuestros conceptos. (...) Aquí hay mucho más que una metáfora: se trata de un parentesco ancestral entre el aire y la conciencia, entre la mente y el viento. Es un parentesco que queda demostrado por la etimología eólica de palabras como psique, espíritu y anima (el término latino para el alma, que deriva del anemos del griego antiguo, que significa ‹‹viento››), y por la etimología indoeuropea de la palabra atmósfera (que comparte el mismo origen que la palabra atman del sánscrito, que significa ‹‹alma››). Estando ya el aire surcado por afectividades de lo vivo, alcanza con respirar para habitar una vida lastimada. Embelesado por el súbito paisaje espectral de una polvareda que flota en los entreveros de luz de un crepúsculo en campos de arrozales del Japón preindustrial, Lafcadio Hearn (1897) se pregunta: "¿Existe algo visible, tangible, mensurable, que no se haya mezclado nunca con la sensibilidad? ¿Átomo que no haya vibrado nunca ante el placer o el dolor? ¿Aire que no haya sido alguna vez llanto o habla? ¿Gota que no haya sido lágrima? Con toda seguridad, este polvo ha sentido. Ha sido todo lo que conocemos y también mucho de lo que no podemos conocer. Ha sido nebulosa y estrella, planeta y luna, tiempos indecibles." Se reconoce una amistad en el segundeo. Quizás su acción específica, el verbo que la constituye y distingue de cualquier otro modo de lo común, sea el segundear. En el segundeo se deja escuchar una solicitación o cesión de unos segundos, un dar el tiempo, darse como tiempo, hacerse tiempo, abrir un tiempo en el tiempo-sin-tiempo que propone el capitalismo como experiencia vital inexorable. Ese abrir no es necesariamente apacible, puede ser desgarro, latigazo, zarpazo, mordedura, arrebato, raspadura, velocidad, corte, agite, fuga del tiempo. El segundeo también enuncia la indiferencia con el triunfalismo, el éxito, la ganancia y la capitalización del tiempo. Al segundeo no le interesa primerear Se segundea para nada, no pretende un fin, un sentido de lo hecho. Se trata de una acción aneconómica: el segundeo no gana tiempo, se pierde en el tiempo. Segundear: devenir tiempo de amistad. Cuando se edita la obra poética completa de Juan L. Ortiz, la editorial le solicita notas autobiográficas. Juanele responde: "¿Referencias concretas de mi vida? Permítaseme que no les dé ninguna importancia. Soy un hombre sin biografía. Apenas si los años y el estudio y la experiencia, sobre todo la experiencia poética (...) Lo demás es historia de la amistad y de la ilusión de los amigos" Cuánta maravilla en que se hayan encontrado, se hayan buscado, Fito, Charly, Fabi, El Flaco ¿qué les hubiera pasado si no? ¿Qué les hubiera hecho este mundo? Con mucha probabilidad, este pulso de catástrofe que llamamos mundo les hubiera devastado. ¿Qué de lo vivo sin el tiempo del sobrevivir que da la amistad? Juanele escribe: “Es el momento adorable de una amistad delicada y triste con el mundo. Luchamos por afirmar esta amistad profunda para todos. ¿Por qué aún en la lucha de las sombras entre sí o de las sombras unidas contra la estrella en la humana angustia de nuestras colinas puras y otoñales, hemos de despreciar el gesto envolvente o musical de la común dicha indefensa frente al sueño o la muerte] el gesto amigo y triste de las cosas que respiran con nuestro mismo sueño, con el sueño en que todos, criaturas salidas de la noche y asidas de la mano, podrán entrar mañana?" El después del amor después del amor, es historia de la amistad. Historia de un tiempo, confabulado por las amistades para doler, para reír, para suspirar o para nada. Intervalar la vida con la promesa de un adverbio. Un a destiempo del compás del capital. Amistar una conspiración contra el mundo del capitaloceno que ultraja, abusa, explota depreda, usura, daña, lastima, ahoga, extenúa, desvela, enloquece y enferma toda la extensión de lo vivo. El tango compuesto por los hermanos Expósito, Naranjo en flor (1944), sugiere una temporalidad del después: “primero hay que saber sufrir, después amar, después partir…”. Pero ese primer después requiere un con quiénes componer el sufrir, quizá amistar fragüe ese pasaje por el tiempo sin el cual no termina lo primero, ni comienza lo venidero. Aunque sepamos que terminar y comenzar se relevan incesantemente, si es que alguna vez algo termina, tal vez se trata de los modos en los que eso puede entrar en variación a partir del contacto con el tiempo. Primero hay que saber sufrir, amistar amar, amistar partir y, al fin, andar sin pensamiento. Gesto envolvente o musical de una común dicha indefensa. Promesas de porvenir anidan en respiraciones de la amistad.
- Umbrales de la memoria / Gonzalo Sanguinetti
¿Podremos redirigir las disputas políticas que nos ocupan hacia sus formas elementales? ¿Hacia las posiciones que palpitan detrás del sibilino y laberíntico aparataje discursivo que las esconde? ¿Alcanzaremos esas pocas palabras en las que caben deseos de mundo? Hay dos exclamaciones compuestas por las fuerzas en juego: Hay quienes exclaman “No vuelven más”, contra eso se oponen en solidaridad “vamos a volver” y “Nunca más”. En ambas se expresan formas de una política del no-retorno, entonces ¿dónde la diferencia? “No vuelven más”: Declaración de muerte que da-la-muerte. Deseo de desaparición, erradicación, expulsión, irretornabilidad de lo arrojado al aniquilamiento. Ya-no-es, Ya-no-será. Conjuro fronterizo para la abolición de los fantasmas de aquello a lo que se la ha-dado-muerte. Comun(inmun)idad fundada a partir de la desaparición absoluta de lo otro (insumisiones, insurgencias, monstruosidades, rarezas, indoblegables, indecidibles indecibles…), de su eterno no-retorno. Comun(inmun)idad que nace a partir del dar-muerte. Deseo de que no retornen los muertos a quienes se les ha dado-la-muerte. Aberrancia de la memoria por la retornancia de lo finiquitado, de lo que se quiere olvidado y olvidable. Memorar es invocar retornos. Restituir umbrales. De allí el ataque a políticas de la memoria. “La obsesión que tenemos por analizar el presente en función del pasado no es normal. Está bueno saber que eso es una patología nuestra (risas del auditorio). Lo más lindo que hicimos fue poner animales en los billetes. Es la primera vez en la historia argentina que hay seres vivos en la moneda nacional, que dejamos la muerte en paz. Que la muerte esté tranquila, que descanse en paz y vivamos nuestra vida.” (Jefe de Gabinete, Marcos Peña – 15/10/2017 – Coloquio Idea con Carlos Pagni) El deseo de irretornabilidad de lo dado-por-muerto es el centro de las guerras modernas. Lo que la guerra materializa es el dualismo vida/muerte (Pinochet1976-Piñera2019: “Estamos en guerra”). Se trata de afirmarlo categórico e inapelable, de acentuar con todo el furor del horror la disyunción vida o muerte, apostando a que la vida sea un bien dominable y la muerte discipline al derrotado al confinarlo tras el límite infranqueable de su desintegración material. La relación vida / muerte se afirma desde la exclusión de los términos, su desacople y su irreversibilidad. La cifra elemental del fascismo clama: “Darle-muerte acabará con ello. De allí no hay retorno”. Por eso el fascismo se anuncia en nombre de la vida, pero sólo de la vida. La muerte es despreciable por ser el sitio de lo ignominioso. Territorio ominoso porque allí mora –inmortal- lo dado-por-muerto. Un poema Aymara canta: “¿La muerte puede ser mortal?” Una escena de la Guerra Civil Española: Un miliciano de una brigada internacional cae fulminado por balas franquistas. Su compañera corre hacia el cuerpo ultimado, lo abraza con fuerza, le implora: “Háblame”. No pide que se detenga la muerte, pide que, en la muerte, hable todavía. César Vallejo testimonia esto en varios pasajes de “España aparta de mí ese cáliz”. Hacer hablar la vida en la muerte, recuperar la palabra de ese porvenir arrojado al abismo de la desaparición. Vallejo da vida a la paradoja del testimonio al saber que él no es quien puede hablar esa palabra-testimonio, sabe que no puede hablar en nombre de-. Quienes pueden testimoniar son lxs que ya no están, quienes han sido aniquiladxs junto a la República. Entonces habrá que darle lugar a la forma extraña de una palabra presente-ausente: “vamos a ver hombre / cuéntame lo que me pasa”, “Entró su boca en nuestro aliento” escribe. Aquél poemario-testimonio desmiente esa afirmación presente en todo fascismo que dice “darle-muerte acabará con ello”. No considera que el final de la palabra coincida con el final de la vida, la muerte no hace de punto final. Vallejo lee lo que escribe la muerte, lo que escribe esa muerte sobre la vida. De allí que al encontrarse el cuerpo fulminado de un campesino devenido defensor improviso de la República, el poema cante “su cadáver estaba lleno de mundo”. Benjamin escribe en la sexta tesis de filosofía de la historia que “ni siquiera los muertos[1] estarán a salvo del enemigo, si éste vence. Y este enemigo no ha dejado de vencer”. No deja de resultar inquietante que dejara señalada esa frase “ni siquiera los muertos”. Allí queda entreabierta la puerta para pensar que la voluntad política de la crueldad supone, además de un gobierno de lo vivo, un gobierno de lxs muertxs, que se haría necesario por el hecho de que lxs vencidxs, “a quienes su vida ha sido robada”, no cesan de agitarse, de aparecer, de reaparecer y de asediar desde todos los tiempos. Tal vez la crueldad lo sepa: Nunca vence del todo, hay espectros. “Vamos a volver”: Promesa de retorno infinita de aquello a lo que se le ha dado-muerte. No lo muerto, sino lo dado-por-muerto. Pregunta Derrida: “¿Se está seguro de poder distinguir entre la muerte (llamada natural) y el dar muerte, después entre el asesinato sin más (todo crimen contra la vida, aunque sea puramente «animal», como se dice cuando se cree saber dónde comienza y acaba lo viviente) y el homicidio, después entre el homicidio y el genocidio (primero en la persona de cada individuo representante del género, después más allá del individuo: con qué número comienza un genocidio, el genocidio propiamente dicho o su metonimia?, y ¿por qué la cuestión del número tendrá que insistir en el centro de todas estas reflexiones?”[2] Nunca más: Declaración de la imposibilidad de abolición de lo otro (insumisiones, insurgencias, monstruosidades, rarezas, indoblegables, indecidibles indecibles…). Grito común que decreta indecretable el dar-muerte. Herida infinita que se abre al retorno de lo desaparecido para recordar la posibilidad de una comunidad fundada en la apertura a lo otro (insumisiones, insurgencias, monstruosidades, rarezas, indoblegables, indecidibles indecibles…). Comunidad nacida del haber sido declarada muerta (una y otra vez) Exclamación que impugna la desaparición como principio comunitario. Deseo de que no retornen quienes quieren dar-la-muerte, quienes afirman la muerte, quienes firman la muerte, quienes se han arrogado dar-la-muerte, quienes pretenden legislar la muerte. Invocación a los fantasmas, amor a los fantasmas, comunidad con/entre espectros. Común rasgado por todas las heridas de los tiempos. Insiste Derrida: “Pero habrá hecho falta hacer la prueba del crimen. Entre estas incriminaciones o recriminaciones, entre estas formas del agravio en las que la acusación se mezcla con el duelo para gritar una herida infinita. Como si nada pudiese pasar ni pensarse sino entre crímenes imputables, entre culpabilidades, responsabilidades, compasiones, testamentos y espectros: procesiones y procesos sin fin”[3] Nunca más: Pervivencia de lo dislocado, incorrespondencia del hoy consigo mismo. (Re)aparición de todos los tiempos en el tiempo de hoy. Imposibilidad de una muerte-en-paz. Sospecha interminable de que cada muerte, pudo haber sido dada por los modos de vivir. Se trata de una pregunta insomne ¿sobre qué muertes se sostiene lo que llamamos vida? Derrida: “Lo propio del espectro, si lo hay, es que no se sabe si, (re)apareciendo, da testimonio de un ser vivo pasado o de un ser vivo futuro, pues el (re)aparecido ya puede marcar el retorno del espectro de un ser vivo prometido. Intempestividad, y desajuste de lo contemporáneo.”[4] Allí la diferencia: ya no la vida contra la muerte, sino todo vivir es vida-muerte. No vuelven más es una política de clausura de ese pasaje, el intento de conjurar lo espectral de la memoria, “dejar la muerte en paz”. Nunca más es política que abre umbral. Un indeclinable amor a los espectros-de-lo-que-fue-será, disposición a lo que está no estando, respuesta imperecedera a sus llamados sin fin. Nunca más: política nacida de las heridas infinitas que pueblan las vidas que vivimos desde antes que vivamos. Y también después. [1] Benjamin, W. (1942) Tesis de la filosofía de la historia. El subrayado es original del texto. [2] Derrida, J. (1998) Políticas de la amistad. Ed. Trotta. Madrid. [3] Ibid. 4] Derrida, J. (1995) Espectros de Marx. El estado de la deuda, el trabajo del duelo y la nueva internacional. Ed. Trotta. Madrid
- Heridas de aire / Gonzalo Sanguinetti
pero respirar, esa herida de aire… pero latir, esa herida de vida… pero amorar, esa herida de luciérnagas… “La peor de todas” anuncia que sale al aire. Si esta salida no hubiese ocurrido en tiempos en los que el aire carga con sospechas de muerte, tal vez no hubiéramos percibido el temblor que produce escucharnos decir que salimos al aire. Salir al aire, hoy, se escucha como la formulación de un riesgo decidido, un pequeño enunciado dislocado de su sentido acostumbrado que desgarra el tejido de sentidos con los que nos abrigábamos de la vida. Por esa rasgadura de la percepción, salir al aire podría ser la cifra de un problema filosófico, ético, clínico y político, ¿por qué? Porque revela la estrechez de las ideas con las que pensa(ba)mos, habita(ba)mos, escucha(ba)mos y da(ba)mos testimonio de la vida. Súbitamente percibimos la presencia ubicua del aire, constituyendo el gesto más elemental de las vidas que vivimos: el soplo. Qué conmoción para los modos de vivir centrados en la preeminencia de la mirada. Esos que limitan el pensamiento de la vida al plano de lo visible. Podríamos demorarnos en esto ¿cuánto de la organización de la vida se encuentra sostenida por el fundamento de los ojos? ¿cuánta vida habrá en el amparo de lo imperceptible? Aire es una materia invisible e intangible, y que sin embargo constituye la condición de posibilidad de todo lo viviente. Se ha llamado tierra al espacio de mixtura radical en el que vivimos, tal vez por ser el suelo sobre el que se afirma lo humano. Tal vez porque de allí vemos que brotan vidas. No obstante, nada podría brotar de la tierra si el aire no la tornara fecunda. Decimos que salimos al aire, pero ¿no estábamos ya ahí? ¿Hemos podido salir del aire? ¿Cómo es que nos hemos resguardado del aire? ¿Nos hemos adentrado en un fuera del aire? De ser así ¿dónde hemos entrado? ¿de qué estaría hecho un tal adentro, un tal resguardo, un tal aislamiento, una tal separación, un tal desaire? Salir al aire es una redundancia en la que incurrimos tras muchos siglos de sostener una fábula trascendental que nos convence de que separarnos del mundo es posible y necesario. Esta fábula podría llevar por título metafísica del sujeto de la razón, un sistema de ideas pretendidamente universal y definitivo que instituye cuáles son los grados de prioridad e importancia de las formas de vida. Proponiendo un amo para toda la materia-mundo, al tiempo que separa a ese amo de su pertenencia a la materia-mundo. Otros nombres de esa fábula: individuo, sujeto, yo, subjetividad, mismidad, hombre. Salir al aire se convierte en un enunciado necesario si nos suponemos susceptibles de separarnos del aire, si nos suponemos ajenidades del aire, es decir, si incurrimos en la arrogancia de sostener que autoengendramos las vidas que vivimos. Esto es posible por una antigua porfía, aún no descentrada, que ubica lo humano como forma superior de la vida, y por eso, forma a la que el resto de lo vivo debe someterse. Así, nos situamos no tanto como la porción de materia más importante en el mundo, sino como la materia imprescindible, aquella sin la cual la vida no tendría sentido, o peor, aquella sin la cual la vida no sería posible. Y sin embargo, devenimos susceptibles de vida gracias a la hospitalidad que nos otorga el soplo de otros vivientes: las plantas. El soplo que nos anima, antes que lleguen la palabra y la caricia, es la respiración vegetal. Habitar el mundo es llegar a la vida ya como huéspedes de la exhalación de las plantas. El don de lo vivo sucede desde y por el aire, y como tal, nunca lo tenemos, nos es dado antes de que lleguemos, su imperceptible darse es nuestro llegar. Emmanuele Coccia, a partir de pensar desde la vida que dan las plantas, escribe “Estar en el mundo significa encontrarse en la imposibilidad de no compartir el espacio ambiental con otras formas de vida, imposibilidad de no estar expuesto a la vida de los otros”. Hay muchas razones por las que hablas del capital desmienten el envenenamiento y la destrucción permanentes del aire, pero una de ellas es que el soplo es el testimonio de que cualquier vida supone ya una irreductible metafísica de lo común, en toda vida ya está plegado el mundo. Reconocer tal cosa tornaría inmediatamente impracticables los modos de muerte que impone el capital. (Creo que es preciso decirlo así, el capital propone más modos de morir que de vivir, incluso cuando habla de hacer vivir ya está dando muertes) Salir al aire es una forma de narrar un abandono para situarse en la intemperie sin fin. Abandonar las fábulas del dominio, del cálculo, del control, de la apropiación, del sometimiento, de la explotación, del consumo de lo vivo. Fábulas que instituyen un modo de vida que se realiza a través del sacrificio de innumerables modos otros de habitar la vida, y de modos en los que lo vivo se realiza. Pero la intemperie nos interesa no como una carencia de dolorosa radicalidad que haría insoportable la vida, sino como estado ineludible para que ocurra cualquier vida, en exposición permanente a lo abierto. Pedro Bonifacio Palacios, poeta conocido como Almafuerte y nacido en La Matanza escribió: “Nada de lo que hacemos o decimos se pierde en el vacío: el aire está lleno del pensamiento de todos”. Salir al aire para destituir separaciones, fronteras, limitrofías mortíferas del yo, tú, ellxs, nosotrxs. Restituir sensaciones de una común inmersión entre lo viviente. Salir al aire: como amabilidades que recuerdan lo inolvidable: no hay vivir sin exposición permanente a las caricias de lo invisible. Ya siempre estamos heridxs de aire. Hechuras de temblor ante el desmesurado roce de la vida. ¿Qué sucederá con los saberes y prácticas que se proponen pensar cuidados para lo vivo dolorido tras esta torsión filosófica, ética y política, que piensa la vida ya no como gestión de una propiedad privada, sino como acogida en la gentileza silente de incontables vidas que precisan las sutilezas de algún común cuidado para seguir hospedando lo vivo?
- Roces de la noche / Gonzalo Sanguinetti
Hay en el corazón de la noche un roce. Cómo es de sensible la noche! Juan L. Ortiz La noche es la apertura a lo que conmueve Anne Dufourmantelle La proposición “hablas de la noche” sugiere que las noches hablan. Pero ¿cómo habla lo nocturno? Quizás a la manera de las visitaciones, hablas de la noche irrumpen intempestivas, impredecibles, imprevisibles, trayendo extensiones de memorias insomnes, fulgores de percepciones encantadas. Hablas de la noche recuerdan que una lengua es una morada habitada por espectros. Cada palabra que pretende instituir una definición que aquiete lo nombrado, está desde entonces asediada por la diferencia que esa definición ha pretendido conjurar. Una lengua puede realizarse como caza de fantasmas: intentando aniquilar lo que la hace diferir de sí. O bien, puede ensayarse como casa de fantasmas: procurando hospitalar lo que provoca su efracción. Aquello que mantiene viva la posibilidad de que una conversación pueda abrir la lengua a su acontecimiento. Para pensar la hospitalidad incondicional con lo radicalmente extraño Anne Dufourmantelle (1997) encuentra necesario pasar por la noche, escribe: “Cuando un habla participa de la noche, nos hace oír las palabras de otro modo” i De cara a la noche sensibilidades tremulan: la promesa extendida de silencio, la súbita hondura del tiempo, la inquietante presencia que lo oscuro da a lo sabido, componen un tembladeral para vidas que se afirman en el mundo a través de los dominios. Lo nocturno relumbra refractando toda intimación. No es posible intimidar a la noche, hacer que retroceda, conquistarla, someterla a través de ninguna amenaza. No es posible dar-miedo a la noche. La noche abisma lo insabido. se abisma en lo insabido. nos abisma en lo insabido. Y sin embargo es ahí donde descansan vivires. Huellas de la noche cuentan que lo vivo reposa en lo insabido. Sin el tiempo urdido por la noche, sin la necesaria acogida de lo insabido, la vida se agotaría extenuada de sí. Si persistiera sin intermitencias, lo vivo sufriría el daño de la insistencia de sí. Lo viviente precisa de los modos de existencia que brotan en lo nocturno. Ese obrar minoritario de los sueños, lo desconocido, lo imperceptible, lo invisible, lo espectral, sin lo cual no habría otros posibles más que lo ya existente. Noche como diferencia que torna vivible un común vivir entretanto. Demasiada la demasiada vida sin morada en los pliegues donde la noche gesta lo insabido. En “A puerta cerrada”, Sartre sitúa que ante la ausencia de una discontinuidad que instaure intermitencias, estar en la vida ocurre como un infierno de la continuidad. La perennidad de la mirada como una forma de lo invivible. Quizás sea posible leer de otro modo aquella línea que tanto se recuerda: “El infierno son los otros”. Si lo que allí se ausenta son los roces de diferición que dan las noches, lo infernal no serían los otros, sino la eterna permanencia de lo mismo. Lo infernal sería la ausencia de lo otro. Ausencia del tiempo en que la materia de la noche compone lo desconocido como indeterminación de lo vivido. Dislocación entre el presente y lo presente, que extranjeriza lo sabido, lo afantasma. Blanchot (1969), en conversación con la noche y con René Char, escribió: “lo desconocido, en esta ‘presencia’, se hace presente, pero siempre como desconocido. Esta relación debe dejar intacto -no tocado- lo que lleva y no develado lo que descubre. No será una relación de revelación. Lo desconocido no será revelado sino indicado.” Ambivalente, ambigua, suspensiva, se extiende la noche sobre las definiciones de la luz. Penumbra podría ser el presente indicativo de la noche: el tacto de la noche penumbra lo conocido. Lo nocturno quizá sea menos tocable que tocante. No se alcanza a tocarlo, al tiempo que no se puede sino estar en exposición al alcance de sus roces. Darse a lo nocturno implica devenir vulnerabilidades, fragilidades, desamparos en exposición a la materia incógnita de lo umbrío. Eso supone una radical desposesión frente al acontecimiento de una noche. En la asunción de la noche, vivir ya no puede ocurrir como gestión personal de una propiedad que se posee, se comanda, se controla, sino como un común desconcierto en el que ocurrimos como huéspedes de lo que nos anima. Dufourmantelle (2011) arriesga que la destitución de lo propio es nuestra noche común. Anota: “El despojamiento de toda función, toda clase de reconocimientos, de regateos, nos hace alcanzar esa vertiente de noche donde ya no somos reconocidos más que por la singularidad de una voz, de un cuerpo, de una presencia”. ii No es que haya otro reconocimiento mediante otra cosa. Sino más bien hay advenimiento de un llamado, un requerimiento de la noche, a nombre de alguna voz, de algún cuerpo, de alguna presencia indefinidas. Solicitación de alguna escucha que dé asilo a las hablas de la noche. Voces, cuerpos, presencias aún sin o ya sin voces, cuerpos, presencias, morosidades que Juan L. Ortiz (2015) llama delicadamente “el llamado vivo, vivo, que nos rodea, y tiembla en la sombra…”.iii Quizás por eso haya tan variadas formas de detener y de temer el advenimiento de la noche. Al fotografiar la morada a la que confiamos la fragilidad de ese umbral errátil de memorias y olvidos que llamamos cuerpo, se tornan perceptibles las texturas del desamparo presentes en cada noche. Fotografiar ese antes y después detiene el tiempo de una escena por la que transcurrimos demasiado rápido. Detener el tiempo precisamente allí, es un modo de dar el tiempo de una mirada que se demora en lo frágil. Ese antes y después puntúa la duración del intervalo en el que ocurrimos como desamparos mecidos por la noche. ¿Quizás de allí que pasemos tan velozmente por los umbrales de la noche? ¿Aceleraciones que huyen de la vulnerabilidad manifiesta sobre la que descansa lo vivo? Costumbres de normalidades imponen hacer la cama ni bien resabios de la noche retornan a la vigilia. Hacer la cama se realiza como borradura de la noche: un silenciamiento de esas hablas que se extienden murmurantes hasta que su estela se pierde tras los ruidos de lo diurno. Esa premura por alisar las arrugas, tersar los pliegues, borrar las huellas, estirar la piel estriada de su envoltura, ocurre como interrupción del pulso de vida de la noche. Ímpetu de suprimir el testimonio de que lo vivo compone vivir sin necesidad de una conciencia, una razón, una conducción, una voluntad, que le den permiso. Compone, incluso, a condición de que se ausenten las fuerzas que procuran someter lo vivo a alguna forma reducida y lastimosa de inteligibilidad. Como si simuláramos venir de otro lugar que el de una común fragilidad a merced de los roces de la noche. Como si insistiéramos en elidir el común desamparo del que venimos (y que cada vez la noche nos llama a recordar). Esa persistencia nocturna de lo vivo se dice en estos versos de Vicente Zito Lema (2021): crece vida continúa rosa crece árbol del rosal entero crece aunque ya no sea mi mano la que te arrime el agua Y aún con aquella escritura de la luz como registro de lo acontecido, su resto visible son las huellas tenues que ese común desamparo escribe en la arena de la noche. Cuánta memoria de lo vivo en una arruga de la noche. Pliegues de la noche podría ser un modo de poner en relieve caligrafías de la noche. Una escritura hecha de arrugas, arabescos, entreveros, simultaneidades, informas, rastros, huellas, fragmentos, roces, gestos, humedades con los que hablas de la noche garabatean trayectorias de lo vivo. ¡Qué imponderable riesgo darse a la noche! Para ingresar a la noche, es preciso que nos sea dado un pasaje a la noche. Hubo que inventar ritos de pasaje, amuletos y talismanes de confianzas urdidos por amorosas suavidades para darse a tal travesía. Sin ello no soportaríamos el paso de noche. De allí algunos de los infinitivos más delicados de los que la lengua castellana ha sido capaz, tal vez de las escasas palabras que han sabido abstenerse de la crueldad: arrullar, acurrucar, acunar. Cómo no señalar que arrullar no proviene de ninguna raíz lingüística. Se trata de una palabra provenida de la onomatopeya rrru rrru que hace alusión al sonido que hacen las palomas al cortejarse. Una palabra nacida no de significaciones previas, sino de una musicalidad, que quiere decir la acción de cantar suavemente para adormecer un desamparo. Es preciso que haya sido dado algún asilo en la lentitud, esa velocidad de la caricia que acompasa desamparos, para transcurrir por los vértigos de la noche. Pretende encontrar una ausencia irrevocable. Quisiera decir el adiós. Sabe que las alquimias de la noche y del sueño trabajan con lo imposible. Confía en lo nocturno. Intenta soñar. Hacer ir el sueño hacia. Recoge fragmentos. Restos acaracolados que la marea de la noche dispersa en errátiles despertares. La vigilia habla otra lengua. En un fragmento legible descubre: “Y yo desperté queriendo soñarla”. ¿El sueño se divierte con su intención? Despierta pensando: “Conozco bien esa canción, nunca di cuenta que era una canción de duelo” Recuerda haber leído en esos días un fragmento de la primera elegía del Duino. El poema traza una relación entre duelo y el nacimiento de la música como vibración que hace consuelo.iv Entrenoches, llega la visitación de una ausencia más antigua, amada por la ausencia buscada. Le dice: “Aún no ha venido a visitarme”. Asume que puede hacerle llegar esa espera: “Pero, ¿cómo le digo dónde encontrarte?”, “-Estoy aquí abajo-“ responde lo antiguo. Despierta. Se presiente cerca de algo, no sabe qué. Se le ocurre componer, con quienes fueron urdidos con el hilo de la hermandad por la mano de la ausencia, un común soñar. Cuenta lo soñado, lo vivido, lo vívido. Las hablas de la noche, sabe, no son personales. Ensayan una comunidad de soñantes de lo ausente. Prueban extender el plano sensible donde podría alojarse la noche. Quizás antes que extender, deshacen las limitrofías de lo propio, ese cuento que nos contamos antes de ir a vivir. Una noche, en el punto de umbral entre despertar y dormir lo nocturno le dice al oído: “No se ingresa al sueño queriendo, sino abandonando querer”. Esa noche no llueve, pero es alcanzado un relámpago. Así las noches, hasta que la ocasión del adiós se emplaza en otro de los puntos del plano. Aunque cada punto reúne todos los puntos. Aquel (primer) adiós ocurre en ocasión de un común soñar, morada donde se habla la lengua de la noche. Esa en la que conversan los fantasmas, después del amor. Urdimbres entre noche, hospitalidad, duelo tejen arrugas de amparo donde lo porvenir pueda hacer la espera, hasta que lo vivo arribe a la cita. Bibliografía: Blanchot, Maurice (1969): René Char y el pensamiento de lo Neutro, en La Conversación Infinita. Editorial Arena, Madrid, 2008. Dufourmantelle A. (2011) Elogio del riesgo. Nocturna Editora. Bs As. 2019 Dufourmantelle A. & Derrida J. (1997) La hospitalidad. Ediciones de la Flor. Bs. As. 2017 Ortiz, J.L. (2015) Obra Completa. Ediciones UNL. Santa Fe. Zito Lema, V. (2021) Peste y memoria. Ed. Gráfica 25 de Mayo. i Dufourmantelle A. & Derrida J. (1997) La hospitalidad. Ediciones de la Flor. Bs. As. 2017. P 48 ii Dufourmantelle A. (2011). Elogio del riesgo. Nocturna Editora. Bs As. 2019. P 248 iii Juan L. Ortiz (2015). Obra Completa. Ediciones UNL. Santa Fe. iv El fragmento del poema dice así: “Pero nosotros, que necesitamos tan grandes secretos, nosotros que tan frecuentemente obtenemos del duelo progresos dichosos, ¿podríamos existir sin ellos? ¿Es inútil el mito de que, en la antigüedad, durante las lamentaciones fúnebres por Linos, una atrevida música primitiva se abrió paso en la árida materia inerte; y entonces, por primera vez, en el espacio sobresaltado, en el que un muchacho casi divino de pronto se perdió para siempre, el vacío produjo esa vibración que ahora nos entusiasma y nos consuela y ayuda?” En la Ilíada se narra el mito de Linos: Semidiós de la lamentación, la música y la elegía fúnebres. Murió de muerte terrible —asesinado por Apolo o por Hércules, o destrozado por perros, según varias leyendas—; al morir, su terrible lamentación dio nacimiento a la música; o bien, la naturaleza entera, al llorar su muerte, creó la música.
Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.











