top of page

Búsquedas

Buscar en este sitio

Se encontraron 1563 resultados sin ingresar un término de búsqueda

  • Zaratustreanas XIV: Zaratustra y las ciudades por venir / Fernando Stivala

    Una nueva forma de pensar. Intuimos que queremos dejar de ser esta humanidad, pero a la vez no queremos caer en un nihilismo constante. No podemos dejar de ver lo que no funciona y criticarlo. Nos volvemos quejosas, insatisfechos, victimas. Ese mundo ya no produce nada. La segregación por parte de las fuerzas débiles, con una suerte de veneno, capaces de infantilizar, neurotizar, angustiar, deprimir a las fuerzas creativas o constructivas. ¿Cómo puede dominar la fuerza más débil? El débil en tanto débil que debilita al otrx. No se trata de sostener una postura de la fuerza, tampoco de tener que elegir entre debilidad y fuerza. Allí la máquina de valores de binarismos se repone. Zaratustra vuelve, a redimir haber inventado el Bien y el Mal, la Fuerza y la Debilidad. Se va a tratar de encontrar matices y salidas donde no las hay. Más allá del bien y del mal. Nihilismo: incapacidad de afirmar, incapacidad de afirmar el cuerpo en la tierra. Más que incapacidad deseo de eso. Deseo de terminar el día, voluntad de morir. Debilitación de creación de existencia. Dicho de otro modo, somos personas que quieren sus ciudades llenas de cámaras. El Poder, como diría Foucault, no está puesto por un poder exterior. Se concreta nuestro deseo de ser controlados. Nietzsche trae el martillo y nos pone de frente a una serie de problemas. Zaratustra, un viento que los recorre. Entonces la pregunta que se impone es: ¿cómo se pasa de un nihilismo activo a una transvaloración? El cambio de signo de la voluntad. ¿Cómo se hace de la vida algo capaz de crear? Deleuze se hace cargo del programa nietzscheano, nos trae nuevas pistas, y nos toca a nosotrxs llevarlas a cabo. Un querer que quiere crear, no destruir. Solo se critica y se violenta como corolario secundario de querer crear algo. Deseo de pasaje de una situación a la otra. Necesitamos inventar otras categorías, verlas en co-existencia con lo que hay. ¿Cómo ser otra humanidad —si es que podemos seguir llamándola así— evitando una postura negadora, optimista, ingenua, de felicidad de mercado y de consumo? ¿Cómo se pasa de lo reactivo a lo activo, piensa Nietzsche? ¿Cómo se pasa de una pasión a una acción, piensa Spinoza? Podemos afinar el problema y principalmente encontrar sus salidas. Entender y experimentar el programa político nietzscheano: zaratustra y el superhumano. O mejor dicho, las ciudades por venir. No como futuro, utopía, o posición melancólica. Lo que también hay y existe pero invisibilizado. Buscar en las prácticas territoriales nuevas dinámicas de movimiento social. Experiencias desde abajo, no invisibilizadas desde arriba. Sino la hegemonía de lo que hay, contada por miles, se narra despotenciada. Los valores de esta Moral ya no dicen nada. Normalidades opinando de normalidades. Imágenes unicondicionando la multiplicidad toda. Así opera la invisibilización. La máquina de producir valores al servicio de la ya producido. La máquina de producir binarismos produce variedades pero el funcionamiento general no se trastoca. Solo queda venerar o rechazar. Hace falta un nuevo instrumento político. Alumbrar dimensiones desconocidas darán nuevos funcionamientos. No sin antes experimentarlos, no sin antes someterlos a lo que nuestros amigos de la sabiduría llaman potencia: lo que pueden las cosas y todavía no; ese aumento o disminución individuocolectiva es materia prima de transformación de valores. Llamamos izquierda, como Diego Sztulwark nos comparte, a un saber de que esa voluntad de transformación está entrampada, a un uso del lenguaje para crear salidas concretas y no quedar en el comentarismo, y a conectar con la desesperación. Las ciudades por venir tampoco son los pueblos ideales. Nunca se trató de eliminar lo otro. Amor fati (Nietzsche), o convertir la mayor cantidad posible de pasiones en acciones (Spinoza). Un programa político que sepa y esté a la altura de incorporar aquello que le duele, que le extraña, que lo entorpece, que lo debilita. Las llamadas anomalías no son desviaciones de un humano súper normal; lo anómalo es pista que si se la puede escuchar se convierte en puente y pasaje de esa nueva sensibilidad. Por eso podemos reivindicar nuestras monstruosidades, al decir de Susy Shock, no solo como orgullos excéntricos, sino como llamamientos políticos que habitan en nuestros cuerpos. Cuando aparece algo que se llama sin reglas se debería hacer el esfuerzo de ver cómo aparece eso que se lo llama así. Más allá de los patrones que lo reglen tiene su propia potencia. Reconocerle potencia a fenómenos anómalos o desconocidos. Ahí entramos en la multiplicidad. Poder pensar formas de consistencia no organizadas jerárquicamente. La unidad a eso le llama dispersión. La unidad diría: a eso le falta conducción. Desde la regla se la llama caos, locura, patología, falla, error. Pero el punto es entenderla, porque todo lo que existe tiene verdadero derecho para existir, y cuando aparecen anomalías aparecen lógicas a pensar. No es inventar subjetivamente, es aceptar que cuando aparece una nueva conducta en la naturaleza le aparece un nuevo pensamiento. Si calza demasiado bien no es novedad, es adaptación consumista. Si lo propio de una sociedad o del deseo, como dice Deleuze, es fugar; tenemos que preguntarnos cómo fuga de sí misma, de sus estructuras, de sus estadísticas, de sus hábitos, de sus reglas, de lo que hace de Uno, de lo que hace de Poder. Conocernos individual y colectivamente a partir de movimientos que tienden a salirse de los lugares que solemos ocupar. Pero las líneas de fuga no son solo las románticas. No están destinadas a salir bien. También hay mortuorias. Las drogas son líneas de fuga, pero la sobredosis te mata. La movilización de masas son líneas de fuga, pero pueden ser Hitler. El trabajo será el de distinguir líneas, superficies, cuerpos y ver cómo funcionan. La analítica al servicio no de imponer modelos, sino de ver funcionamientos. Poder ver como la multiplicidad es el comienzo de la filosofía significa ver la potencia de anomalía donde parece no haberla. Encontrar y crear un programa de transformación individual y colectivo, subjetivo y político, donde parece no haberlo. Comentaristas, pesimistas, nihilistas, comunicadores de lo obvio abstenerse. Las ciudades por venir en lo que ya hay. En lo que está siendo. En lo que vive mutando.

  • Del rigor en la ciencia / Jorge Luis Borges

    En aquel Imperio, el Arte de la Cartografía logró tal Perfección que el mapa de una sola Provincia ocupaba toda una Ciudad, y el mapa del Imperio, toda una Provincia. Con el tiempo, estos Mapas Desmesurados no satisficieron y los Colegios de Cartógrafos levantaron un Mapa del Imperio, que tenía el tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él. Menos Adictas al Estudio de la Cartografía, las Generaciones Siguientes entendieron que ese dilatado Mapa era Inútil y no sin Impiedad lo entregaron a las Inclemencias del Sol y los Inviernos. En los desiertos del Oeste perduran despedazadas Ruinas del Mapa, habitadas por Animales y por Mendigos; en todo el País no hay otra reliquia de las Disciplinas Geográficas. Suárez Miranda, Viajes de Varones Prudentes, Libro Cuarto, Cap. XLV, Lérida, 1658. Fuente: Publicado por primera vez en la edición de marzo de 1946 de Los Anales de Buenos Aires, año 1, núm. 3 como parte de una pieza llamada "Museo" bajo el nombre B. Lynch Davis, un seudónimo usado en conjunto entre Borges y Adolfo Bioy Casares; dicha pieza fue citada como la obra de "Suarez Miranda". Compilado en 1946 en la segunda edición de Historia universal de la infamia de Borges donde luego deja de incluirse para formar parte de El hacedor desde 1961.

  • Una vez tuve un corazón en la mano / Agustina Falco

    — El arquero ni el caballo, la flecha no pregunta: Señor ¿no tuviste suficiente fe en mi? Susana Villalba Una vez tuve un corazón en la mano. Podría haber sido más de una vez, pero en un arrebato de pasmo y pudor, el acontecimiento decidió que debería quedarse tal cual se presenta: único. No porque, necesariamente, la repetición de una acción lleve a la equivalencia de experiencias, sino para dar paso a esas múltiples sobrevidas que nacen a partir de un relato de lo vivido. Claudia Masin dice, en un poema que se llama “Una película de amor”: “La mirada vive, en lo que ve, / una segunda vida, más real que la primera, más intensa”. Esa cualidad intensiva, a veces, tarda años en recorrerse. Sucede algo curioso: por un lado se aparece como una información instantánea, insoslayable, sentida, vivenciada, y por otro lado no llega a revelar todos sus matices si no se presta a una historia, a la creación de unos márgenes que referencien un mapa de lo aún imposible. Recuerdo perfectamente ese día, recuerdo la perfecta correspondencia entre una mano y un corazón; como dos cosas que sin estar llamadas a juntarse, de repente, lo hacían. Recuerdo la impresión, ese gesto casi involuntario de un cuerpo que se sabe con todos sus órganos frente a un órgano sin cuerpo, pero también la impresión, esas marcas, esas entradas y salidas, esas ramificaciones tubulares que antes servían como conductos. Recuerdo la fragilidad, la viscosidad, lo mínimo. Recuerdo ahora a Susana Villalba, cuando en un poema que se llama “Rikyu” dijo: “Es imposible / atravesar un corazón / si no hay deseo / de matarlo”. Me veo obligada a pensar en qué lugares cabrían unos signos de pregunta: ¿sería circunscribiendo el “¿es imposible?”? ¿Entrarían mejor en “¿hay deseo?”? Seguro no podrían preguntarse si se puede atravesar un corazón. ¿La muerte será dada por el acto de atravesar o tendrá que ver con el acto de querer reparar ese daño? Difícil no pensar en los manuales para la supervivencia en la intemperie, en los torniquetes, en la siempre incisiva indicación de que cuando un objeto se incrusta en alguna zona vital mejor dejarlo allí porque de esa manera se evita que la sangre se escape por el hueco que queda. ¿Se habrá hecho el daño y se habrá querido deshacer? ¿Habrá habido alguna señal en el preciso momento en que la sangre empieza a chorrearse? Lo rojo puede significar amor y también puede significar muerte. ¿Podrá el arquero algún día abandonarse, y fugar de su incesante labor? La confianza de quien pone en funcionamiento toda una maquinaría vibrátil —el arco, la flecha, el cuerpo— con la terrible convicción de que si no se da en el objetivo será una tarea malograda, que de nada habrá servido ese disparo. Solo por los efectos puede, quizá, llegar a saberse algo de las causas, mas nunca es al revés. ¿Cómo podría una flecha, en vez de presentarse obstinada en su blanco, portar en su recorrido cierta estela, cosa de ir regando de efectuación aquello que atraviesa pero no toca? ¿Sería posible que el roce mínimo, la cercanía con su trayectoria, el viento que la circunda, produjeran efectos semejantes a los que, hasta ahora, solo logró mediante la desgarradura?

  • Carta de Lord Chandos / Hugo Von Hofmannsthal (1902)

    Nota de edición: En 1902 Hofmannsthal dio a conocer un escrito titulado “Ein Brief” (Una carta), que se conoce como “Carta de Lord Chandos”. Se trata de una epístola imaginaria de Lord Chandos, joven noble de la época isabelina, a Francis Bacon, en la que transmite a su amigo, quien le reclamaba por la ausencia de sus palabras, las disculpas por su renuncia irrevocable a la escritura, al lenguaje, a intentar pronunciar un sentido sobre alguna cosa. Está fechada el 22 de agosto de 1603, pero en realidad fue escrita en 1901. Después de “Una carta”, Hofmannsthal abdica de la poesía. Esta es la carta que Philip, lord Chandos, hijo menor del conde de Bach, escribió a Francis Bacon, más tarde lord Verulam y vizconde de St. Alban, para disculparse ante este amigo por su renuncia total a la actividad literaria. Es usted muy benévolo, mi apreciado amigo, en pasar por alto mi silencio de dos años y escribirme de este modo. Es más que benévolo al dar su preocupación por mí, a su extrañeza por el entumecimiento mental en que cree que estoy cayendo, la expresión de la ligereza y la broma que sólo dominan a los grandes hombres que están persuadidos de la peligrosidad de la vida, y sin embargo no se desaniman. Concluye usted con el aforismo de Hipócrates Qui gravi morbo correpti dolores non sentiunt, iis mens aeggrotat (Quienes no sienten que una grave enfermedad les aqueja están mentalmente enfermos), y opina que necesito la medicina no sólo para domeñar mi mal, sino más aun para aguzar mi mente para el estado de mi interior. Quisiera contestarle como le merece de mí, quisiera abrirme del todo a usted y no sé cómo proceder. (...) ¡Quién es el hombre para hacer planes! Yo también juegue con otros planes. Su benévola carta también los resucita. Hinchados con una gota de mi sangre, revolotean todos ante mí como mosquitos tristes junto a un muro sombrío sobre el que ya no cae el sol luminoso de los días felices. Quería descifrar como jeroglíficos de una sabiduría inagotable y secreta, cuyo hálito creía percibir a veces como detrás de un velo, las fábulas, los relatos míticos que nos han legado los antiguos y por los que sienten un gusto infinito e irreflexivo los pintores y escultores. Recuerdo aquel proyecto. Se basaba en no sé qué placer sensual y espiritual: así como el ciervo acosado ansía sumergirse en el agua, ansiaba yo sumergirme en esos cuerpos rutilantes, desnudos, en esas sirenas y dríadas, en esos Narcisos y Proteos, Perseos y Acteones: desaparecer quería en ellos y hablar desde ellos con el don de las lenguas. Yo quería. Yo quería muchas cosas más. Pensaba reunir una colección de apotegmas, como la que recopiló Julio César; usted recuerda la cita en una carta de Cicerón. Allí pensaba recoger las frases más curiosas que hubiese conseguido juntar en mis viajes a través del trato con los hombres sabios y las mujeres ingeniosas de nuestro tiempo o con gentes excepcionales del pueblo o personas cultas y notables; a ellas quería añadir hermosas sentencias y reflexiones de las obras de los antiguos y de los italianos, y todas las joyas intelectuales que encontrase en libros, manuscritos o conversaciones; además, la clasificación de fiestas y procesiones de especial belleza, crímenes y casos de demencia curiosos, la descripción de los edificios más grandes y singulares de los Países Bajos, Francia e Italia, y muchas cosas más. La obra entera se titularía Nosce te ipsum[i] En pocas palabras: sumido en una especie de embriaguez, toda la existencia se me aparecía en aquella época como una gran unidad: entre el mundo espiritual y el mundo físico no veía ninguna contradicción, como tampoco entre la naturaleza cortesana y animal, el arte y la carencia de arte, la soledad y la compañía; en todo sentía la naturaleza, en las aberraciones de la locura tanto como en el refinamiento extremos del ceremonial español; en las torpezas de unos jóvenes campesinos no menos que en las dulces alegorías; en toda la naturaleza me sentía a mí mismo; cuando en mi cabaña de caza bebía de un cuenco de madera la leche espumeante y tibia que una mujeruca greñuda ordeñaba de las ubres de una hermosa vaca de ojos tiernos, aquello no era para distinto cuando, sentado en el banco de la ventana de mi estudio, bebía de un infolio el alimento dulce y espumeante del espíritu. Una experiencia era como la otra; ninguna era inferior, ni en naturaleza sobrenatural y fantástica, ni en fuerza material, y eso se repetía a todo lo ancho de la vida, a un lado y a otro; por todas parte estaba yo justo en medio y jamás percibí en ello una mera apariencia; o intuía que todo era una metáfora y cada criatura una llave de la otra y sentía que sería afortunado quien fuese capaz de empuñar unas tras otras y abrir con ellas tantas de las otras como pudiese abrir. Hasta aquí se explica el título que pensaba dar a aquel libro enciclopédico. Es posible que quien esté abierto a tales puntos de vista crea que se debe al plan bien trazado de una providencia divina el hecho de que mi espíritu tuviese que caer desde una arrogancia tan hinchada a este extremo de pusilanimidad e impotencia que es ahora el estado permanente de mi interior. Pero tales apreciaciones religiosas no tienen ningún poder sobre mí; pertenecen a las telarañas por las que mis pensamientos pasan raudo al vacío, mientras tantos compañeros suyos se quedan atrapados allí y encuentra un descanso. Los misterios de la fe se me han condensado en una alegoría sublime que se tiende sobre los campos de mi vida como un arco iris, en una lejanía constante, siempre dispuesto a retroceder si se me ocurriese correr hacia él para envolverme en el borde de su manto. Sin embargo, mi estimado amigo, también los conceptos terrenales se me escapan de la misma manera. ¿Cómo tratar de describirle esos extraños tormentos del espíritu, ese brusco retirarse de las ramas cargadas de frutos que cuelgan sobre mis manos extendidas, ese retroceder ante el agua murmurante que fluye ante mis labios sedientos? Mi caso es, en resumen, el siguiente: he perdido por completo la capacidad de pensar o hablar coherentemente sobre ninguna cosa. Al principio se me iba haciendo imposible comentar un tema profundo o general y emplear sin vacilar esas palabras de las que suelen servirse habitualmente todas las personas. Sentía un incomprensible malestar a la hora de pronunciar siquiera las palabras "espíritu", "alma", o "cuerpo". En mi fuero interno me resultaba imposible emitir un juicio sobre los asuntos de la corte, los acontecimientos del parlamento o lo que usted quiera. Y no por escrúpulos de ningún género, pues usted conoce mi franqueza rayana en la imprudencia, sino más bien porque las palabras abstractas, de las que conforme a la naturaleza, se tiene que servir la lengua para manifestar cualquier opinión, se me desintegraban en la boca como saetas mohosas. Me ocurrió que por una mentira infantil, de la que se había hecho culpable mi hija de cuatro años Katharina Pompilia, quise reprenderla y guiarla hacia la necesidad de siempre sincera y, al hacerlo, los conceptos que afluyeron a mis labios adquirieron de pronto un color tan cambiante y se confundieron de tal modo que, balbuciendo, terminé la frase lo mejor que pude como si me sintiese indispuesto y, de hecho, con la cara pálida y una violenta presión en la frente, dejé sola a la niña, cerré de golpe la puerta detrás de mí y no me repuse suficientemente hasta que di a caballo una buena galopada por el prado solitario. Sin embargo, poco a poco se fue extendiendo esa tribulación como la herrumbre que corroe todo lo que tiene alrededor. Hasta en la conversación familiar y cotidiana se me volvieron dudosos todos los juicios que suelen emitirse con ligereza y seguridad sonámbula, que tuve que dejar de participar en tales conversaciones. Una ira inexplicable, que a duras penas podía ocultar, me invadía cuando escuchaba frases como: este asunto ha terminado bien o mal para tal y tal; el sheriff N. es una mala persona, el predicador T. es un buen hombre; el aparcero M. es digno de compasión, sus hijos son unos derrochadores; otro es digno de envidia porque sus hijas son hacendosas; una familia está prosperando, otra decayendo. Todo esto me parecía sumamente indemostrable, falso e inconsistente. Mi espíritu me obligaba a ver con una proximidad inquietante todas las cosas que aparecían en tales conversaciones: igual que en una ocasión había visto a través de un cristal de aumento un trozo de piel de mi dedo meñique que semejaba una llanura con surcos y cuevas, me ocurría ahora con las personas y sus actos. Ya no lograba aprehenderlas con la mirada simplificadora de la costumbre. Todo se me desintegraba en partes, las partes otra vez en partes, y nada se dejaba ya abarcar con un concepto. Las palabras aisladas flotaban alrededor de mí; cuajaban en ojos que me miraban fijamente y de los que no puedo apartar la vista: son remolinos a los que me da vértigo asomarme, que giran sin cesar y a través de los cuales se llega al vacío. Hice un esfuerzo por liberarme de ese estado refugiándome en el mundo espiritual de los antiguos. Evité a Platón; pues me aterraban los peligros de su vuelo metafórico. Sobre todo, pensé en guiarme por los textos de Séneca y Cicerón. Esperaba curarme con esa armonía de conceptos limitados y ordenados. Pero no podía llegar hasta ellos. Comprendía esos conceptos: veía ascender ante mí su maravilloso juego con bolas doradas. Podía moverme a su alrededor y ver cómo jugaban entre sí; pero sólo ocupaban de ellos mismos, y lo más profundo, lo personal de mi pensamiento quedaba excluido de su corro. Entre ellos me invadió una sensación terrible de soledad; me sentía como alguien que estuviese encerrado en un jardín lleno de estatuas sin ojos; huí de nuevo al exterior. Desde entonces llevo una existencia que transcurre tan trivial e irreflexiva que usted, me temo, apenas podrá comprenderla; una existencia que, desde luego, apenas se diferencia de la de mis vecinos, mis parientes y la mayoría de los nobles terratenientes de este reino y que no está del todo exenta de momentos dichosos y estimulantes. No me resulta fácil explicarle a grandes rasgos en qué consisten esos buenos momentos; las palabras me vuelven a faltar. Pues es algo completamente innominado y probablemente apenas nominable lo que se me anuncia en tales momentos llenando como un recipiente cualquier aparición de mi entorno cotidiano con un caudal desbordante de vida superior. No puede esperar que me comprenda sin un ejemplo y debo pedirle indulgencia por la ridiculez de mis ejemplos. Una regadera, un rastrillo abandonado en el campo, un perro tumbado al sol, un cementerio pobre, un lisiado, una granja pequeña, todo eso puede convertirse en el recipiente de mi revelación. Cada uno de esos objetos, y los otros mil similares sobre los que suele vagar un ojo con natural indiferencia, puede de pronto adoptar para mí en cualquier momento, que de ningún modo soy capaz de propiciar, una singularidad sublime y conmovedora; para expresarla todas las palabras me aparecen demasiado pobres. Es más, también puede ser la idea determinada de un objeto ausente, a la que se depara la increíble opción de ser llenada hasta el borde con aquel caudal de sentimiento divino que crece suave y súbitamente. Así había dado yo recientemente la orden de echar abundante veneno a las ratas que había en los sótanos de una mis granjas. Partí a caballo hacia el atardecer y no pensé más en el asunto, como bien puede usted imaginar. Entonces, cuando voy cabalgando al paso por la profunda tierra arada, sin nada más grave a mi alrededor que una cría de codorniz espantada y a lo lejos, sobre los campos ondulados, el gran sol poniente, se abre de pronto a mi interior ese sótano lleno de la agonía de esa manada de ratas. Todo estaba dentro de mí: el aire fresco y lóbrego del sótano, saturado de olor fuerte y dulzón del veneno, y el eco de los chillidos de muerte que se estrellaban contra los muros enmohecidos; esas convulsiones apelotonadas de impotencia, de desesperaciones frenéticas; la búsqueda enloquecida de las salidas; la mirada fría de la cólera cuando coinciden dos ante la rendija taponada. Pero ¿por qué intento emplear de nuevo unas palabras de las que he renegado? ¿Recuerda, amigo mío, en Livio el maravilloso relato de Alba Longa? ¡Cómo vagan sus habitantes por las calles que no han de volver a ver...cómo se despiden de las piedras del suelo! Le digo, amigo mío, que yo llevaba eso dentro de mí y, al mismo tiempo, Cartago en llamas; pero era más, era más divino, más animal; y era presente, el presente más pleno y sublime. ¡Allí estaba una madre que tenía alrededor a sus crías moribundas y temblorosas, y que dirigía sus miradas no a los muros implacables, sino al aire vacío o, a través del aire, al infinito, y que acompañaba esas miradas con un rechinar de dientes! Si un esclavo que servía se encontró lleno de horror impotente cerca de la Niobe petrificada, debió sufrir lo que yo sufrí cuando, dentro de mí, el alma de aquel animal enseñaba los dientes al atroz destino. Perdóneme esta descripción, pero no piense que era compasión lo que me llenaba. No debe pensarlo de ningún modo: si no, habría elegido mi ejemplo muy torpemente. Era mucho y mucho menos que compasión; una enorme participación, un transfundirse en aquellas criaturas o un sentimiento de que un fluido de la vida y la muerte, del sueño y la vigilia había pasado por un instante a ella...pero ¿de dónde? Pues que tiene que ver con la compasión, con una asociación de ideas humanas comprensible, si otro atardecer encuentro bajo un nogal una regadera medio llena que ha olvidado allí un jardinero, y si esa regadera, y el agua dentro de ella, obscurecida por la sombra del árbol, y un ditisco que rema en la superficie de esa agua de una obscura orilla a la otra, si esa combinación de nimiedades me estremece con tal presencia de lo infinito, me estremece desde las raíces de los pelos hasta los tuétanos del talón de tal manera que desearía prorrumpir en palabras de las que sé que, si las encontrase, subyugarían a esos querubines en los que no creo; y que luego me aparte en silencio de aquel lugar y al cabo de las semanas, cuando divise ese nogal, pase de largo con una esquiva mirada, porque no quiero ahuyentar la postrera sensación de lo maravilloso que flota allí alrededor del tronco, porque no quiero expulsar lo más que terrenales escalofríos que todavía siguen vibrando cerca de allí, alrededor de los arbustos. En esos momentos, una criatura insignificante, un perro, una rata, un escarabajo, un manzano raquítico, un camino de carros que serpentea por la colina, una piedra cubierta de musgos, se convierte en más de lo que haya podido ser jamás la amada más apasionada y hermosa de la noche más feliz. Esas criaturas mudas y a veces animadas se alzan hacia mí con tal abundancia, con tal presencia de amor, que mi mirada dichosa no es capaz de caer sobre ningún lugar muerto alrededor de mí. Todo, todo lo que existe, todo lo que recuerdo, todo lo que tocan mis pensamientos más confusos, me parece ser algo. También mi propia pesadez, el restante embotamiento de mi cerebro, se me aparece como algo; siento en mí y alrededor de mí una equivalencia maravillosa, absolutamente infinita y entre las materias que juegan contraponiéndose no hay ninguna en la que yo no pudiese transfundirme. Entonces es como si mi cuerpo estuviese compuesto de claves que me lo revelasen todo. O como si pudiésemos establecer una nueva y premonitoria relación con toda la existencia, si empezásemos a pensar con el corazón. Pero cuando me abandona ese extraño embelesamiento, no sé decir nada sobre ello; y entonces no podría describir con palabras razonables en qué había consistido esa armonía que me invade a mí y al mundo entero no como se me había hecho perceptible, del mismo que tampoco podría decir algo concreto sobre los movimientos internos de mis entrañas o los estancamientos de mi sangre. Aparte de estas curiosas casualidades, que, por cierto, no sé si debo atribuir al espíritu o al cuerpo, vivo una vida de un vacío apenas imaginable y me cuesta ocultar ante mi mujer el entumecimiento de mi interior o ante mis gentes la indiferencia que me infunden los asuntos de la propiedad. La buena y severa educación que debo a mi difunto padre y el haberme habituado tempranamente a no dejar desocupada ninguna hora del día, es, así me parece, lo único que, hacia afuera, sigue dando a mi vida una consistencia suficiente y una apariencia adecuada a mi condición y a mi persona. Estoy reformando un ala de mi casa y de cuando en cuando logro departir con el arquitecto sobre los progresos de su trabajo; administro mis fincas, y mis aparceros y empleados me encontrarán probablemente más parco en palabras, pero no menos amable que antes. Ninguno de los que están con la gorra quitada delante de la puerta de su casa, cuando paso cabalgando al atardecer, se imaginara que mi mirada, que están acostumbrados a acoger respetuosamente, vaga con callada añoranza sobre los tablones podridos, bajo los cuales suelen buscar los gusanos para pescar; que se sumerge a través de la estrecha ventana enrejada en el lúgubre cuarto donde, en un rincón, la cama baja con sábanas multicolores parece esperar siempre a alguien que quiere morir o a alguien que debe nacer; que mi ojo se detiene largamente en los feos perros jóvenes o en el gato que se desliza elástico entre macetas; y que, entre todos los objetos pobres y toscos de una vida campesina, busca aquello cuya forma insignificante, cuyo estar tumbado o apoyado no advertido por nadie, cuya muda esenciase puede convertir en fuente de aquel enigmático, mudo y desenfrenado embelesamiento. Pues mi dichoso e innominado sentimiento surgirá para mí antes de un solitario y lejano fuego de pastores que de la visión del cielo estrellado; antes del canto de un último grillo próximo a la muerte cuando el viento de otoño arrastra nubes invernales sobre los campos desiertos, que del majestuoso fragor del órgano. Y a veces me comparo en pensamiento con aquel Craso, el orador, del que cuentan que tomó un cariño tan extraordinario a una morena mansa de su estanque, un pez opaco, mudo, de ojos rojos, que se convirtió en tema de conversación de la ciudad; y cuando en cierta ocasión, Domiciano, queriendo tacharle de chiflado, le reprochó en el senado haber vertido lágrimas por la muerte de aquel pez, Craso le contestó: "De ese manera hice yo a la muerte de mi pez lo que vos no hicisteis al morir vuestra primera, ni vuestra segunda mujer". No sé cuántas veces ese Craso con su morena me viene a la cabeza como un reflejo de mi propio yo, arrojado sobre mí por encima del abismo de los siglos. Pero no por la respuesta que dio a Domiciano. La respuesta puso a los reidores de su lado, de manera que el asunto se disolvió en una broma. Pero a mí el asunto me afecta, el asunto, que habría seguido siendo el mismo, aunque Domiciano hubiese vertido por sus mujeres lágrimas de sangre del más sincero dolor. En tal caso, Craso aún seguiría estando enfrente de él con sus lágrimas por su morena. Y sobre esa figura, cuya ridiculez y abyección salta tanto a la vista en medio de un senado que dominaba el mundo, que debatía las cuestiones más sublimes, sobre esa figura, un algo innombrable me obliga a pensar de una manera que me parece completamente insensata en el momento en que trato de expresarla con palabras. La imagen de ese Craso está a veces en mi cerebro como una astilla alrededor de la que todo supura, pulsa y hierve. Entonces siento como si yo mismo entrase en fermentación, formase pompas, bullese y reluciese. Y el conjunto es una especie de pensar febril, pero un pensar con un material que es más directo, líquido y ardiente que las palabras. Son también remolinos, pero no parecen conducir, como los remolinos del lenguaje, a un fondo sin límite sino, de algún modo, a mí mismo y al más profundo seno de la paz. Le he molestado en demasía, mi querido amigo, con esta extendida descripción de un estado inexplicable que normalmente permanece encerrado en mí. Fue usted muy benévolo al manifestar su descontento por el hecho de que ya no llegue a usted ningún libro escrito por mí "que le resarza de verse privado de mi trato". Yo sentí en ese momento, con una certeza que no estaba del todo exenta de un sentimiento doloroso, que tampoco el año que viene, ni el otro, ni en todos los años de mi vida escribiré un libro en inglés ni en latín; y eso por un solo motivo cuya rareza, para mí, dejo a la discreción de su infinita superioridad mental el ordenarla, con mirada no cegada, en el reino de los fenómenos espirituales y corpóreos extendido armónicamente ante usted: es decir, porque la lengua, en que tal vez me estaría dado no sólo escribir sino también pensar, no es ni el latín, ni el inglés, ni el italiano, ni el español, sino una lengua de cuyas palabras no conozco ni un sola, una lengua en la que me hablan las cosas mudas y en la que quizá un día, en la tumba, rendiré cuentas ante un juez desconocido. Quisiera que me fuera dado comprimir en las últimas palabras de esta probablemente última carta que escribo a Francis Bacon, todo el amor y agradecimiento, toda la inmensa admiración que por el benefactor de mi espíritu, por el primer inglés de mi época, llevo en mi corazón y llevaré en él hasta que la muerte lo haga estallar. Anno Domini 1603, este 22 de agosto Phi. Chandos Fuente: Hugo von Hofmannsthal (1902). Carta de Lord Chandos, Alba editorial. Barcelona. traducción Antón Dieterich. [i] N. de E.: Conócete a ti mismo

  • Contra los que provocan la peste en la tierra / Ezequiel Buyatti

    Está bien que el proletariado desconfíe de los intelectuales. Pero tome de aquellos realmente sinceros, de los que han demostrado saber arriesgar en algunas actitudes que muy pocos han tenido, el fervor que ofrecen Raúl González Tuñón, Contra, N° 2, mayo de 1933 En 1935 Raúl González Tuñón publica Todos bailan, un poemario a partir del cual se puede leer un nuevo modo de pensar la poesía en relación con los imperativos revolucionarios y una imagen de escritor comprometido con la transformación de la realidad social. El libro puede ser pensado dentro de los cambios y reconfiguraciones que se producen a partir de la década de 1930 en el interior del campo intelectual y que, en González Tuñón, se traducen en un posicionamiento político e ideológico ligado a su adscripción al comunismo. Puede ser leído como un escenario de pruebas de los nuevos caminos que va tomando el poeta en el momento de pensar las relaciones de la poesía con la política y el rol que debe asumir en las circunstancias de su tiempo: “un rol que supone dotar de un valor y de una función política a la propia práctica de escritura” (Alle, 2011, p. 2). En Todos bailan presenciamos una propuesta poética novedosa que intenta unir los recursos de la vanguardia poética y los contenidos ideológicos de la vanguardia política. En este sentido, se puede afirmar que se trata de una obra que es el resultado de los debates e intereses plasmados en las páginas de la revista Contra, La revista de los franco-tiradores, dirigida por González Tuñón en 1933, acerca de los principios estéticos e ideológicos del arte político-revolucionario, ya que Contra fue una experiencia de escritura que vinculó vanguardia estética con vanguardia política en la Argentina: “Las páginas de Contra fueron el escenario donde un grupo de escritores argentinos provenientes tanto de la experiencia vanguardista como de la literatura social de los años veinte buscó respuestas formales a los problemas suscitados por la intervención política” (Saítta, 2005, p. 3). Dichos tópicos se pueden observar en esa construcción de una “mentalidad revolucionaria” que involucra una búsqueda poética y supone una serie de presupuestos valorativos respecto de la función de la escritura y del poeta. Desde la primera página de Todos bailan nos encontramos con un dato que constituye una de las muestras más claras de estos nuevos rumbos por los que comienza a transitar la poesía de González Tuñón. En ella, el autor explica la causa de la falta de un poema: “En este libro no figura el poema ‘Las brigadas de choque’. No puede figurar por imposición del proceso que, a raíz de la publicación de ese poema en Contra, se me sigue. Después de permanecer cinco días detenido” (Tuñón, 2005, p. 86). Contra sostiene, entonces, un proyecto en el cual los procedimientos formales de la vanguardia estética son inseparables de sus contenidos ideológicos. En este sentido, el poema censurado funciona como el manifiesto literario y el programa estético-político de la revista: “No pretendo realizar únicamente el poema político. / No pretendo que mis camaradas poetas / sigan por este camino. / Que cada uno cultive en su intimidad el Dios que quiera. / Pero reclamo de cada uno la actitud revolucionaria / frente a la vida. / Pero reclamo el puño cerrado / frente a la burguesía / (Saítta, 2004, p. 7). Por otra parte, en la repetición anafórica de la palabra “contra”, el poema diseña un “nosotros” y un “ellos” a través del cual se arma un mapa del cual, salvo los revolucionarios, todos quedan excluidos: "Nosotros contra la democracia burguesa / contra / contra / contra la demagogia burguesa, / contra la pedagogía burguesa, / contra la academia burguesa [...] / Contra / contra / contra las ligas patrióticas y las inútiles / [...] Contra el radicalismo embaucador de masas / –fuente de fascismo– / dopado con el incienso de vagas palabras / –sufragio libre, democracia, libertad– / ellos, los masacradores de la Semana de Enero, / ellos, los metralleros de Santa Cruz. [...] Los social-demócratas, los católicos, los nacionalistas, / tienen también el vuelo de los cuervos. / Cerca de ellos, hay que destrozarlos con un tiro de escopeta. / Porque ellos anuncian y provocan la peste en la tierra". (Saítta, 2005, p. 8) Contra representa una propuesta que, literariamente, fue novedosa en la Argentina. Trató de unir vanguardia estética y política, convirtiéndose en un punto importante de articulación entre la vanguardia estética revolucionaria y una práctica política militante. Ya en el primer número de Contra que apareció el viernes 28 de abril de 1933 González Tuñón sostuvo que entre él y los camaradas “hay una diferencia de sensibilidad” y que no pretende “pasar por un marxista ortodoxo”; por el contrario, postula la autonomía del artista cuya función es la de servir a la idea de revolución a través de su arte: el artista revolucionario “debe hacer propaganda desde el libro, el diario, la revista, la calle, para tratar de crear una conciencia colectiva revolucionaria”. González Tuñón busca ser comprendido, pero a través de la confrontación: es comunista, pero sin carnet de afiliación; es comunista pero no por eso pone su arte bajo las directivas del partido. Carlos Moog, voz oficial del Partido Comunista en cuestiones vinculadas al arte y la literatura, exigía precisamente aquello que una revista como Contra no podía proponer: “la eliminación de todo confusionismo en el terreno de las ideas y los principios”. Aquellas cuestiones que Moog considera propias del “confusionismo” resultan, en realidad, constitutivas del espíritu que anima la fundación de la revista: “ser un espacio de debate y no de certezas, convertirse en un ámbito donde coexistan las diferencias ideológicas” (Saítta, 2005, p. 5). Volviendo a Todos bailan, el sentido de la historia se deriva del anuncio de un futuro al que la revolución dará paso. En esta dirección, el primer poema del libro, titulado “Historia de veinte años”, resulta fundamental para pensar la construcción de una historia y de un sentido que pueda explicar la sucesión acelerada de los acontecimientos. En él, el poeta hace un repaso por la historia del mundo, construye un archivo en el que confluyen, detalladamente año tras año, los acontecimientos políticos, económicos, artísticos de esos veinte años y su historia personal: “Nos echan todo abajo, / nos hablan en otro idioma, / nos consideran muertos, / nos voltean los dioses, / nos destruyen los dogmas” (Tuñón, 2005, p. 92). Sin embargo, en este poema, existe un acontecimiento histórico en el que el poeta-intelectual deposita todo su optimismo, la Revolución rusa: “Fíjate cuánto acontecimiento junto. Y el más grande y el único –el hombre de la bicicleta– el hombre del pan bajo el brazo, el dulce amigo de los niños camino de Petrogrado (Tuñón, 2005, p. 90)”. Por último, si “Las brigadas de choque” diseña un espacio de enunciación colectivo, una identidad revolucionaria y un programa estético-político, “El poema internacional” resume poéticamente el imaginario político y social de una revolución bajo los parámetros del socialismo de Estado: “y solo un hombre claro y científico que respira / –oh, que respira todavía en la Plaza Roja– / nos ha de guiar hacia las grandes usinas, hacia los altos hornos, / hacia las montañas de acero, / hacia los clubs y hacia la higiene, / hacia la libertad sexual, hacia la electricidad, / hacia el petróleo y el agua [...] / hacia la dignidad humana” (Tuñón, 2005, p. 99). Existe en el poeta una férrea fe en los procedimientos de racionalidad extrema y progreso tecnológico que profesan y sostienen todos los Estados. Para Lenin –quien todavía respira en la Plaza Roja–, el socialismo era el poder soviético más el orden prusiano de los ferrocarriles y la tecnología estadounidense. El socialismo, para Lenin, no era otra cosa que la dictadura más la tecnología. En conclusión, la escritura de González Tuñón puede ser pensada como un escenario de un nuevo modo de concebir la poesía y la función del poeta en relación con los acontecimientos históricos de su tiempo; como un lugar donde las potencialidades revolucionarias de la poesía se cultivan, y donde la palabra toma posición frente a la vida. Referencias bibliográficas Alle, M. F. (2011). “Me fui detrás de los obreros cantando”: poesía, historia y revolución en Todos bailan de Raúl González Tuñón en Anclajes XV, Versión digital. González Tuñón, R. (1994). Todos bailan. Buenos Aires: Espasa Calpe. Saítta, S. (2005). “Polémicas ideológicas, debates literarios en Contra. La revista de los franco-tiradores”, Estudio Preliminar a Contra. La revista de los franco-tiradores. Bernal: Universidad Nacional de Quilmes.

  • Vivir sólo cuesta vidas / Verónica Scardamaglia

    Decime cosas lindas que hoy estoy sensible Y que no quiero acordarme que vivo en un mundo horrible “Manicomio” Emanero, 2020.i El capitalismo con todas sus formas nos lanza a una carrera en la que extrae, extrae y extrae: centavos, gotas de agua, granos de arena, moléculas de oxígeno, partículas de tierra, pestañeos de vidas. Desde la irrupción de la pandemia, un tufillo a lo respirado en los 90 flota en el aire. Lo confirma cierta moda retro con buzos, camperas y pantalones aggiornados con algo de brillosa novedad que se aviva al compás de un revival de ritmos sampleados y remixados. Pero esta época no sólo trae la cosa neoliberal que ya supimos, sino que algo de aquel desfondamiento cacerolero del que se cumplieron 20 años, también se hace presente, esta vez con la desazón inquietante de esta pospandemia. Pareciera que el alud que comenzó en 2020 ha caído de lleno, obligando a registros de todo lo ya vivido, recién ahora. El peso resulta agobiante y, muchas veces, aplasta. Las quejas y discusiones en pasillos institucionales también hacen volver aquellas estelas de lo ya vivido. Se recrea la polarización moralizante entre adultos y jóvenes, libros y tecnologías, rock y trap, entre tantas otras. Mientras las juventudes intentan armarse mundos conversando a través de fotos, videos, gifts y memes. Decía Bifo Berardi en 2019: “¿Y qué pasa en el territorio de la política? La decisión racional y secuencial se sustituye por una forma de comunicación que llamamos “memética”. Es el meme lo que produce los efectos de la política contemporánea. ¿Qué es un meme? Un meme es una unidad mínima hiperintensa e hipersugerente, pero no racional, de comunicación política.”1 Afirma también que “El meme es la forma mediática del pensamiento mitológico, que no conoce la crítica ni la temporalidad histórica”.2 Juventudes lanzadas a sacudir los cuerpos desde las diferentes formas que los bailes de hoy proponen, vía challenge de tik tok, vía convenciones de kpop, vía fiestas -comercializadas, clandestinas, en discotecas, esquinas y playas; con jagger, gin tonic, fernet, spritz, cerveza o vino-. Juventudes que recurren al ensimismamiento, ya no como orden de aislamiento mundial sino como decisión de auriculares invisibles o que agigantan las orejas, tapándolas, ya sea en el rincón de una pieza, de un aula, de una calle. “No me escuchan”, “nadie me quiere”, “no le importo a nadie”, “no nos escuchan” antes o después de enojos que estallan o implosionan vidas. Escuchas sordas que tantas veces acontecen bajo el manto aplastante de las interpretaciones, siempre avasallantes. En un encuentro a fines de noviembre del 2022 con profesorxs tutorxs, muchxs afirmaban, refiriéndose a lxs estudiantes actuales, que a diferencia de antes de la pandemia, ahora lxs notan con mucha más intensidad, con relaciones afectivas mucho más aferradas, muy corporales y con emociones más a flor de piel. Notan también ya instalada una apertura y respeto a diferentes géneros. Y relatan diferentes situaciones en las que aparece mucho dolor y mucho enojo por no ser escuchadxs. Y refieren que muchxs jóvenes afirman “ya no tenemos de qué agarrarnos”. Afirmaciones que resuenan como ecos de los 90, tiempo en el que los intentos de suicidio habían aumentado en Argentina, al igual que ahora. Tema que ya alarmaba a familias y escuelas. Ante el hecho consumado, una catarata de arrepentimientos, culpabilizaciones, llantos, enojos, búsqueda de explicaciones chorrea y chorrea en lxs adultxs. Familias y escuelas se desesperan otra vez… Una serie de interrogantes producen vértigo: ¿qué hace que se nublen y se resquebrajen esos mecanismos que ayudan a sostener los tejidos de esta vida en la que estamos? ¿Qué formas de esto que se llama el mundo adulto se densifican tanto que obturan posibilidades de mirar, escuchar, acompañar a lxs jóvenes y llegan, tantas veces a llevarlos al borde de la muerte - cuando no a ella-? ¿Cómo resulta que lo evidente de la necesidad de cuidados se pasea pornográficamente ante muchos ojos y, aún así, pasa desapercibido? Y cuando los velos caen, tantas veces a costa del dolor desangrado de lxs jóvenes, las vestiduras rasgadas dejan al desnudo la futilidad de esas vilezas que entorpecían los movimientos y los cuidados. No sé trata sólo de una maternidad desquiciada o descuidada o drogadicta o exigente o que trabaja noche y día o de un paternidad violenta o que no puede hablar o abusadora o descuidada o que sólo piensa en la guita. Figuras en las crianzas que hacen marca: cuando están porque están y cuando no están porque no están. No se trata sólo de lo familiarista. Tampoco sólo de cuestiones económicas o de clase. Sino de la complejidad de esto y más que se encarna y desespera, que se sustancializa y duele. En tiempos de crisis económicas y políticas, el futuro se torna incierto y angustia. Esa incertidumbre cuando no queda maquillada por las promesas del marketing, queda ninguneada y cargada de un imaginario apocalíptico y postapocalíptico que alimenta el miedo a zombis y monstruos, cuando los peligros vienen de estas formas de vida... La dictadura de la apariencia y del aparecer que Debord concpetualizara hacia 1967, hoy se encuentra individualmente dirigida desde cada dispositivo celular en el que se multiplica a través de cada app. A movimiento mínimo de un dedo te paseas por una galería de frustraciones posibles en secuencia casi inmediata con otra galería de idealizaciones posibles, entreveradas con gatitos, escenas cotidianas de estrellas de la música, del deporte, recetas de cocinas, tips de maquillaje, ofertas de ropa, recomendaciones de restaurantes y bares, guías de turismo, entre mil otras cosas según las preferencias que el algoritmo te arroje. Todas las variedades con el roce mágico de un dedo. Afirma Bifo Berardi en la Revista Crisis “una máquina técnica reticular prolifera y multiplica los automatismos a través de la colección masiva de datos y la integración de la inteligencia artificial. Estos automatismos tecnolingüísticos hacen posible la continuación de la acumulación capitalista y de una normalidad social cada vez más deshumana y psicopatógena.”3 “Miedo, a la policía” Estas maquinarias patriarcales de producción de daños, de silenciamientos, de opresiones y violencias; instituyen modos de criar y de educar que no ven, no escuchan, no hablan o que obligan a ver, a escuchar, a hablar que están arrasando con las juventudes. Insiste el desafío de deconstruir lo avasallante de este capitalismo patriarcal y extractivista en lo íntimo de cada modo de relación. En lo sutil de cada mirada. En lo respetuoso de cada escucha y cada pregunta. En cada uno de esas palabras y movimientos mínimos que sentimos nuestras. Por supuesto de esos pensamientos que nos piensan. En tantos años de trabajo profesional con juventudes, crece y crece una montaña de dolores escuchados y acompañados que han llevado a levantar críticas radicales hacia la organización democrática de la vida y sus instituciones. Con un cotidiano que no para de ofrecer indignidad y despojos para vivir, repleto de intervenciones que no intervienen, funciones que no funcionan, remedios que no remedian. "El éxito de las instituciones es su fracaso" escribía Foucault. Un cotidiano que, en muchísimas vidas, ilusiona para frustrar garantizándose así que la rueda de promesas hipoteque la vitalidad, la imaginación y las ganas de seguir intentando vivir de otras maneras. Que hospitales, prisiones, lugares de trabajo, amores, escuelas y familias se desborden casi sistemáticamente no implica solo dato de que esas formas están estalladas sino evidencia de que estos funcionamientos consisten en formas de gobierno de las vidas al servicio de los consumos y la devastación. Con cada crisis neoliberal, la obscenidad asquerosa de la parodia democrática que las sostiene, se vuelve evidente e impacta, arrasando vidas que no importan, no porque antes esto no estuviera a la vista sino porque cuando queda poco por explotar, acumular y extraer, la rapiña crece. Y las juventudes ya no importan. Afirma Boaventura de Sousa Santos en un reportaje publicado en Telam en diciembre 2020 que "la democracia muere democráticamente". Mientras un año electoral comienza, en la conmemoración por los 10 años del asesinato de Omar Cigarán por parte del policía Diego Walter Flores, Marta Ramallo dice: “Tuvieron casi el mismo destino con Johanna. El destino de nuestras pibas no puede ser una red de trata ni una bala en la cabeza que luego despedazan a las familias… Por más que lo hayan gatillado a Omar, hoy sigue vivo". Un allanamiento equivocado o un desalojo implosionan, un encierro en un manicomio o en una cárcel. La certeza en la piel que hogar no implica necesariamente un cálido refugio donde estar. Crecen los intentos de suicidios en jóvenes y desde hace tiempo se viene contruyendo al nuevo enemigo, el bullying. Un adulto, un fiscal, un juez otra vez no le cree a una criatura abusada. Una jueza dictamina la restitución de Arcoiris a los violadores (padre y abuelo). Tehuel sigue desaparecidx. Necesitamos reinventar acciones para desnublar, despejar, desnaturalizar, descubrir y sacudir -de cuajo- esas viejas formas desde donde sea que nos toque, contando con el auxilio de vientos furiosos y también suaves, de fuegos ardientes y también brasas, y de aguas turbulentas y también calmas. No queremos más violaciones ni asesinatos ni intentos de suicidio. Ya no soportamos vivir así. Necesitamos destruir esas máquinas de putrefacción alimentadas por mecanismos de aparentar, silenciar, interpretar, culpabilizar que viajan en lo íntimo de las relaciones para que ya y de una vez por todas, dejen de aplastar vidas. i Emanero, Manicomio 2020 https://www.youtube.com/watch?v=7p1lOrTQyGA 1 “Volver a aburrirnos es la última aventura posible”: entrevista con Franco Berardi, Bifo 2 Revista Crisis “La política en la era del contagio” por Facundo Carmona 4 de noviembre 2020. “Las perillas de la razón que orientaban la vida social e individual del ciudadano, parecen ir desactivándose ante la sobrecarga de información. Las producciones de alta rotación viral se consumen sin distancia crítica, mientras el “contagio memético” –afirma Berardi– toma el lugar de la persuasión política. El orden de la razón, que se propuso como objetivo identificar “la regularidad del mundo natural y su mensurabilidad mediante el conocimiento”, tuvo su correlato en “la ley política” que proyectó esta “supuesta regularidad en la acción social”. Este orden se recodifica en ambos ejes, se fractaliza y recombina a través de las “reglas de conexión inscriptas en las interfaces técnicas de la comunicación social”. La hipótesis que cruza todo el trabajo de Bifo señala el reemplazo de la razón crítica por la facultad mitológica. “ 3 Revista Crisis “La política en la era del contagio” por Facundo Carmona 4 de noviembre 2020.

  • Nunca llegamos a la India (fragmento) / Juan Sklar

    La belleza está en la resistencia. Una parte del cuerpo empuja hacia un lado y otra parte responde. El esfuerzo y el estiramiento son producto de ese enfrentamiento, que en el fondo es colaboración. Las piernas hacia un lado, los brazos hacia el otro. La gravedad hacia abajo, el equilibrio hacia arriba. La cintura hacia allá, mis codos hacia acá. Cada postura de yoga es una forma producida por la tensión de opuestos. Y en ese sentido, es lo mismo a contar historias. Alguien desea algo y otra fuerza (una persona, el mundo o sí mismo) se opone. Pero no es siempre la misma resistencia. En una postura, el lado izquierdo del cuerpo se extiende y el derecho se contrae. En la siguiente, es al revés. En un asana nos flexionamos hacia arriba, y en la siguiente, hacia abajo. El contrapunto en el yoga se produce dentro de cada asana y también entre una postura y la siguiente. En ese sentido, también es igual a contar historias. Las cosas no salen todo el tiempo bien o todo el tiempo mal. No es siempre el mismo polo el que atrae. Avanzamos y retrocedemos. No se puede arrancar por cualquier lado. Para entrar en el mundo de la práctica hacemos algo que marque el comienzo. Algo que separe el mundo profano de ruido y rutina del mundo sagrado del silencio y la trascendencia. Una vez dentro, de la práctica o de la historia, se avanza. Las fuerzas en tensión están balanceadas, pero transforman al cuerpo del yogui, lo mismo que la narración afecta al protagonista. Las tensiones se vuelven más fuertes, o más sutiles, o más complejas. No hay una sola forma de avanzar. Lo que sucede en lo grande, sucede en lo pequeño. Cada postura, como cada escena, tiene su momento de entrada, su crecimiento y su resolución. Todas son diferentes, pero cada una transforma una parte del todo. Los cuerpos y las historias son conjuntos colaborativos de tensiones armónicas. Al entrar en la práctica se abandona el mundo de la vida diaria. La historia, si está bien contada, debería hacer lo mismo: lograr, aunque sea por un momento, que el mundo desaparezca. Su deber es abolir el tiempo. Una vez adentro, crecemos. Nos movemos en un espacio diferente. Sin saberlo, vamos hacia un lugar. Hay un movimiento y ese movimiento tiene un orden. Secuencia en la práctica, progresión dramática en la historia. No se puede pensar en ese destino, porque eso destruiría el viaje. Cada estación se siente única. Al mismo tiempo, cada momento resuena en el anterior. Ninguna postura es igual en solitario que dentro de la secuencia. Hasta que el crecimiento ya no puede sostenerse a sí mismo. Como la ola creció y como la ola rompe, ahora el agua sigue avanzando, pero diferente, más tranquila. El yogui entrega su cuerpo por completo al suelo y el lector cierra el libro. Sin saberlo, ambos viven exactamente lo mismo: un minuto de silencio íntimo de armonía con el mundo. Efímero y poderoso. Vuelven a la vida diaria y ya no son los mismos. Dios, o la Belleza, ha dejado su huella." Fuente: Juan Sklar (2020). Nunca llegamos a la India. Buenos Aires: Emecé Editores. Muchas gracias a la profesora Ana María Delacroix por convidarnos con este texto.

  • Marzo Adynata / VPS

    “He construido un jardín para dialogar allí, codo a codo en la belleza, con la siempre muda pero activa muerte trabajando el corazón.” Diana Bellessi ¿Cómo viajan escrituras clínicas entre poemas, fragmentos, ensayos? ¿De dónde se bebe para decir lo clínico cuando la academia nos deja con sed? Quizás necesitemos de esa “sabiduría entre-pieles”, de “leer con los dedos”, de esa “destreza felina” y esa “ paciencia vegetal” a la que nos asoma Vir Cano. Podemos sostenernos también en esa afirmación que abre el fragmento de “Nunca llegamos a la India” (que enlaza practicar yoga y contar historias): “la belleza está en la resistencia“. Modos que nos acompañan para escribir y hacer una clínica, que -como escribe y hace Cynthia Eva Szewach- invita a “agitar preguntas para tomar alguna decisión”, que sitúe ante hedores administrativos, “la transferencia como apuesta”, esa red que recibe cuerpos que se arrojan al tembladeral de las palabras. Una clínica también capaz de inventar formas y acompañar a abrir otras sensibilidades. Una clínica, como escribe gonzalo sanguinetti, capaz de una “gestura como sutileza urdida entre delicadezas y gentilezas que se abren para dar lugar, para hacer recepción de la radical extrañeza en la que algunas sensibilidades pueden encontrar una querencia, siempre vacilante y provisoria, donde cultivar vida.” Una clínica que se permita “inmersar, inventar, acudir a una ocasión encontrada” como dice Cynthia. Una conmovedora afirmación asoma en estas Sesiones en el naufragio: “La clínica que hacemos atiende lo inexplicable (...) Atiende la vida carente de explicación”. En este viaje en las aguas de marzo, hay “pequeñas anécdotas sobre las instituciones”, están “los zapatos de tacos finos y altos fueron encontrados en las vías” y las botas locas. Está la novia que “camina sobre las vías envuelta en los tules de su vestido blanco“, el fumigador queduerme debajo del sauce, el yogui que “entrega su cuerpo por completo al suelo” y el lector que “cierra el libro”. Mientras una mujer de medio oriente nos recuerda que por falta de aliento varias veces se pierde el equilibrio; Narciso nos muestra “la imposibilidad de besarse, de abrazarse” y unas sirenas que “ululan calle abajo”. Se escucha: “Mientras estés en mis brazos, nada podrá hacerte daño.” Y está “el hombre cargado de estrellas, eterno encargado de las máquinas del universo”. También está el alcohol que “hace resonar la soledad” y que, dice Marguerite Duras, “ha sido hecho para soportar el vacío del Universo”. Además hay deseos “una conspiración entre dos”, un “ofrecerle al otro un respiro que aplace el dolor del mundo”. Deseos que “se mimetizan como insectos fabulosos”. Y está la justicia, que parece un banquete de sangre y dolor. Y la adaptología a “las líneas rectas de la arquitectura de la normalidad para la gestión, administración y explotación de lo viviente” y a “la dictadura de la apariencia y del aparecer”. Están los naufragios y las palabras y las cosas y los cuerpos y los insectos y los mundos y las caricias y las flores y las preguntas. Hay montones de preguntas. Se pregunta Preciado: “¿Es la pandemia un modo de paralizar los cuerpos frente a la toma violenta del poder de los regímenes tecnoautoritarios? ¿Funciona el covid como lo hizo la heroína en los años setenta, como un frenazo químico a las aspiraciones revolucionarias de los cuerpos destituidos?” Se pregunta sanguinetti: “¿cómo concebir la consistencia de pieles que se nutren del polvillo que diluvia eterno entre ignorancias de la imperceptibilidad, para guarecerse de la violencia de un rayo de sol? ¿Cómo concebir condiciones de disponibilidad para atender al punto infinitesimal en el que lo infinito se posa sobre una vida? ¿desde dónde fraguar hospitalidades con lo radicalmente extraño e indeterminado, que no pretendan convencer que el polvo o la luz no hacen daño, sino que tiendan escuchas como gesturas que amplíen el rango existencial de vidas que viven asediadas, a veces, por lo infrasensible?” Se pregunta Scardamaglia “¿qué hace que se nublen y se resquebrajen esos mecanismos que ayudan a sostener los tejidos de esta vida en la que estamos? ¿Qué formas de esto que se llama el mundo adulto se densifican tanto que obturan posibilidades de mirar, escuchar, acompañar a lxs jóvenes y llegan, tantas veces a llevarlos al borde de la muerte - cuando no a ella-? ¿Cómo resulta que lo evidente de la necesidad de cuidados se pasea pornográficamente ante muchos ojos y, aún así, pasa desapercibido?” Se pregunta Percia: “¿cómo se explica que, mientras algunos deseos abren gustosos sus bocas para morder anzuelos que dañan, otros detecten y se aparten de los lazos que lastiman? ¿Cómo se explica que, mientras algunos deseos se satisfacen acumulando posesiones, otros se muevan por la sola alegría de moverse? Y, ¿cómo se explica que, mientras algunos deseos se excitan olfateando sangre, otros se sientan convocados por ternuras de lo común?” Tenemos necesidad de una clínica que abreve en aguas, aires, tierras y fuegos para encontrar allí, en lo viviente, acciones que acunen y no impidan la vida. Una clínica que sepa que, como susurra Marcelo “al final, se escribe para alcanzar una calma. La serenidad que habita en lo no sabido, en lo no profanado, en lo que permanece indiferente a todo conocimiento.”

  • Sesiones en el naufragio (37) Deseos / Marcelo Percia

    A Foucault no le gusta la palabra deseo, Deleuze trata de rescatarla del platonismo de la carencia y la falta, la recrea como productividad compositiva no natural, portadora del misterio de la atracción. El psicoanálisis vislumbra el deseo como embarcación en medio de un tembladeral, como vértigo que se asoma a una inmensidad, como enredo que desconoce sus razones, como marioneta de un dominio que llama inconsciente. Lacan lo piensa persiguiendo lo inalcanzable, reflejado en un objeto sin forma, sin referencia, sin materialidad. Dialogando con fantasmas. Quizás para Foucault la palabra deseo tiene, ya a mediados del siglo veinte europeo, un gusto rancio. El sabor amargo de la moral de occidente. El sudor endurecido de los cuerpos supliciados. El paladar ácido del miedo y, también, el gusto picante de la trasgresión. La sensación corrosiva de la ira. La retenida dulzura de la discreción. Los últimos cien años trataron de diferenciar el deseo de la necesidad, del ansia, del apetito, del impulso, del placer, de la excitación, del amor, del goce, del enunciado mi propio deseo, del deber de la voluntad, de la publicidad, del capitalismo. Pero deseos se mimetizan como insectos fabulosos. Sobrevienen como picaduras, mordeduras, pinchazos, de una extraña potencia que hace obrar y padecer. La vida no es cruel, crueldades emponzoñan la vida. No es injusta, injusticias la estrangulan. No es indolente, indolencias la secan. La vida no es cruel, ni injusta, ni indolente. No es de ninguna manera. Sortea clausuras y desciframientos: sopla, amanece, respira. Crueldades, injusticias, indolencias, capturan deseos. Arrojan sus redes en la aguas de la desolación. Se suele escuchar que hay que liberar a los deseos de todas las formas de sumisión. El escándalo consiste en que deseos deseen la sumisión. Sumisiones, a veces, seducen prometiendo la protección de pertenecer a una supuesta mayoría: la fortaleza de una pasión numérica. Algunos deseos forman fila embobados ante imponentes despliegues del poder. La fascinación los pone de rodillas. Otros andan sueltos, confiados, desprevenidos, inocentes, como si todavía formaran parte de los comienzos de la vida. También están los que incendian pasiones. Deseos giran como hormigas sin reina. Cada época coloca cebos en sus recorridos erráticos, pero no todos se adhieren como ventosas a la ilusión de un mando: algunos, vagan sin objeto. Deseos impersonales en estado infinitivo. Deseos sin metas ni para qué. Deseos que no persiguen ni alcanzan nada. Deseos que flotan en la historia sin conjugar. Deseos que se mecen agradecidos de los días. Deseos que no se llaman, que solo llegan planeando hasta posarse en un suspiro o en extensiones escarpadas. Deseos que sucumben como flores de un solo día sin que nadie los sienta. Deseos que no tienen ni fijan puntos de encuentro, pero cuando -de pronto- contingencias hacen que se rocen entre sí, estremecen planetas y disuelven cautiverios. Pero, ¿cómo se explica que, mientras algunos deseos abren gustosos sus bocas para morder anzuelos que dañan, otros detecten y se aparten de los lazos que lastiman? ¿Cómo se explica que, mientras algunos deseos se satisfacen acumulando posesiones, otros se muevan por la sola alegría de moverse? Y, ¿cómo se explica que, mientras algunos deseos se excitan olfateando sangre, otros se sientan convocados por ternuras de lo común? La solicitud de explicaciones, si no forma parte del pedido de una autoridad que proceda a imponer y dictaminar, pertenece al género que dialoga con lo inexplicable. La clínica que hacemos no atiende personas, pacientes, sujetos, analizantes, consultantes, clientes, ante todo atiende lo inexplicable. Lo que sobrevuela como pregunta, como extrañeza, como sinsabor. Atiende sensibilidades aturdidas, resentimientos exhaustos, perplejidades que sospechan de lo que sienten. Atiende la vida carente de explicación. Deseos participan de lo imprevisible, caprichosos e indisciplinados, aunque en ocasiones, disciplinas, si no se piensan como castigos o sufrimientos, actúan como insistencias que incitan, invitan, esperan. Que zarandean indecisiones, que las arrancan de la inacción. Virginia Woolf (1934) piensa que el amor no soporta el aburrimiento. El cansancio del deseo. Pero, a pesar de que cueste admitirlo, el amor muchas veces soporta el aburrimiento. Convive con el cansancio, consolida rutinas y, cada tanto, procura alguna diversión para avivar los ánimos. Tal vez abulias se presenten como secretas voluntades del deseo o como constataciones de que todos los objetos terminan teniendo sabor a nada. Entonces, sobreviene otro sentimiento que también merece el nombre de amor: el de los cansancios que se refugian en la suavidad de las caricias, el de las eróticas que persisten en la memoria de esas mismas suavidades. Erotismos que sobreviven en apacibles cansancios recorren, cada vez, pasadizos entre la eternidad y la muerte. Aunque los cuerpos no lo sepan. Erotismos dan sensualidad y tiempo al deseo. Dan la imaginación que, a veces, le falta. Cuando se vive en la urgencia del hambre y el miedo, deseos quedan reducidos a reflejos de supervivencia. Supervivencia que no se presenta como mero reflejo, sino como abatimiento extremo que no deja lugar para más. Entonces, estremece cuando -en el límite de lo que todavía llamamos vida- deseos se abren paso, a través del miedo, para acercarse a otra desesperación, apretarle la mano, dedicarle una mirada, susurrar una canción. Al final, se escribe para alcanzar una calma. La serenidad que habita en lo no sabido, en lo no profanado, en lo que permanece indiferente a todo conocimiento. Monique Wittig y Sande Zeig (1976) en Borrador para un diccionario de las amantes, anotan: “A todas las que le preguntaban cuál era la cosa más misteriosa del mundo, Fenérates les contestaba: ‘No conozco nada más misterioso que el deseo, por la forma en que se manifiesta, por cómo aparece y desaparece. Ninguna de ustedes, hermosas mías, lo ignora’”. Aunque no se sepa el deseo, hace bien conservar esa palabra cansada, suponer un movimiento ajeno a cualquier voluntad o ficción mayúscula, a cualquier nerviosismo realizador. Sentir la tibieza de las conjunciones. La embriaguez del aire. Spinoza (1677) vincula el deseo con la libertad. Advierte que nos creemos libres porque conocemos lo que deseamos, pero que solo se trata de una fachada de libertad porque nunca llegamos a saber qué hace que deseemos aquello que deseamos. Ese no saber qué hace desear al deseo lo vuelve asunto predilecto de conjeturas. Pero esas presunciones no restituyen libertades que nunca se tuvieron, apenas calculan las posibles cerraduras de los encierros. La belleza de su momento pleno no necesita de una presencia que la nombre o la piense. Tal vez en esa no necesidad resida su plenitud. La sujeción más lograda consiste en hacernos sentir voluntades libres. Necesitamos llegar a sabernos casi sin autonomía, protagonistas de anhelos dudosos que no distinguen deseos de consumos, de compulsiones sin freno, de las instrucciones de un época, o de suspiros secretos intuidos en las infancias. Necesitamos llegar a sabernos con poca capacidad de decisión. Responsables de mínimas iniciativas como salir a caminar, rascarnos la cabeza, declarar un amor, confesar una fantasía perturbadora o un sentimiento indebido. La libertad se presenta como una desconfianza en nuestra supuesta libertad. Como escribe Lévinas (1971), en Totalidad e Infinito: “La libertad consiste en saber que la libertad está en peligro”. En ese sentido la proposición de Lacan El deseo es el deseo del Otro, más allá de lo que esté representando ese Otro señalizado con mayúscula, vuelve a reponer que el deseo no se pertenece a sí mismo o que no goza de la libertad de pertenecerse. Escribe Kōbō Abe (1993): “La libertad no consiste solo en seguir la propia voluntad, sino también a veces en huir de ella”. Tal vez el problema resida en la expresión “la propia voluntad”. El psicoanálisis localiza en una voluntad inconsciente la otra escena de una intencionalidad, en ocasiones, más poderosa que la voluntad. Sin embargo, la fórmula de Kōbō Abe indica que no hay libertad sin posibilidad de una huida, sin la opción de un no, sin un posible aplazamiento. Sin decisión. No conviene pensar el deseo como impulso exterior o interior. Tampoco como esencia o inoculación. Se lo puede pensar como umbral de ebulliciones compositivas. No hay mi deseo ni tu deseo, sino enlaces entre inclinaciones de una época, caprichos escurridizos, silencios. Deseos no se poseen ni tienen ética, se inclinan hacia el amor, la gratitud, la benevolencia y también hacia el odio, la venganza, la crueldad. Masotta (1977) pensó deseos como peces que muerden carnadas de la historia. Aleteos resbaladizos que se resisten enganchados por la boca o el paladar. Spinoza en otro pasaje de la parte tercera de la Ética menciona otro avatar del deseo: la pusilanimidad. La pusilanimidad no se explica por la represión de un deseo, ni por el miedo a su realización, ni por querer evitar las consecuencias de sus actos. Se asemeja más a una repentina renuncia o claudicación del ánimo en circunstancias de una confrontación. Pusilanimidad se podría pensar como momento de un deseo que deserta de sí, que declara desconocerse, que baja la vista para acatar a su contrario. La pusilanimidad pone en escena una de las circunstancias más tristes del deseo: el deseo que retrocede interpelado, que se desmiente desafiado. Deseos pusilánimes alardean envalentonados cuando andan mezclados en las muchedumbres, pero se inclinan dóciles cuando tienen que sostener sus ímpetus en soledad. En definitiva, todo deseo tiene que decidir si se sostiene (o no) en la sola soledad. Simone Weil (1943) intuye que no conviene empeñar la vida buscando colmarse con algo. Anota: “Basta imaginarse que todos los deseos encuentran su satisfacción. Al cabo, se volvería a la insatisfacción. Se querría otra cosa y se sentiría la desdicha de no saber qué se quiere”. A este curioso comportamiento del deseo se lo suele describir como tensión sin fin entre saciedad e insaciabilidad. Se dice que la insaciabilidad quiere más. No importa qué ni cómo, siempre quiere más y otra cosa. Se la describe a la vez como motor y como ruina del deseo. Hasta se conjetura que tal vez hay deseos que buscan no alcanzar lo que persiguen. Algo así como si Sísifo no estuviera sufriendo una condena sino gozando del impulso renovado de ir una y otra vez hasta el momento efímero de la cumbre. Sin embargo, se puede leer en Weil otra cosa. Quizás el pensamiento europeo inventa épicas del deseo para no dejar al desnudo “la desdicha de no saber qué se quiere”. Pero, ¿por qué desdicha y no vida sin un qué?, ¿por qué desdicha y no existencia asentada en la posibilidad del solo estar? En este punto retorna la pregunta sobre si la vida en común puede pensarse de otras maneras. Si otras culturas silenciadas o destruidas portan otras figuras de deseo. Roland Barthes (1977) en el seminario Cómo vivir juntos interroga el porvenir del deseo de una vida en común. Se pregunta qué distancia mantener con otras existencias para tramar con ellas cercanías sin alienación y soledades sin exilio. Proximidades sin ataduras ni coerciones. Sin embargo, distancias y cercanías no se pueden calcular. Tampoco se pueden medir las proporciones justas de locuacidad y silencio para caer bien ante un pequeño público. Como le ocurre a Kafka cuando desea saber en qué momento y cuántas veces, cuando ocho personas están conversando, conviene tomar la palabra si no se quiere pasar por una persona callada. La vida en común transita por lo incalculable, aunque instituciones y disciplinas de todo tipo intentan regularla. ¿Podrían imaginarse cercanías sin confusiones, sin violencias, sin destierros de la soledad? ¿Parpadeos de proximidades y lejanías alternantes, superpuestas, erráticas? ¿Podrían habitarse deseos que pulsen así? Acaso deseos se puedan pensar como súbitas visiones de huellas en un desierto, como detecciones de instantes únicos e inapropiables, como ansias pasajeras que se necesitan contar porque da pena que se disipen en agujereadas memorias o en el olvido de las soledades. Un relato sin gestas ni hazañas, sin maravillas ni deslumbramientos: nubes, espumas, brisas, sonidos de pájaros, la vida flotando. Deseos no se poseen, a veces se narran para retenerlos un poco más. Fuente:https://lateclaenerevista.com/deseos-por-marcelo-percia/

  • Un otro lado del deseo /John Berger

    “Hallé una isla en tus brazos / un país en tus ojos, / brazos que encadenan, / ojos que se tienden. / Abrámonos paso hacia el otro lado”. Jim Morrison. El deseo. El deseo erótico. Erótico es mejor adjetivo que sexual, pues es menos reduccionista. Cuando el deseo es recíproco (entre dos), las nociones de lujuria o incluso de libido se tornan obsoletas, porque, por definición, éstas son singulares, no dobles. La energía inicial de un deseo así proviene, por supuesto, de la necesidad biológica de reproducirnos. El deseo es también una invitación a, y un esperar, placeres imaginados. Lo que se inicia como deseo erótico puede traducirse súbitamente en el deseo de tener y poseer. El contenido social del deseo es, de hecho, la posesión, y es por eso que en el teatro el deseo irrefrenable nunca es ajeno al conflicto o a la tragedia. La fuerza potencial del deseo es proverbial en toda cultura. Tal vez porque la conciencia de ser deseados nos confiere un sentido único de invulnerabilidad. Cuando este sentido se multiplica por dos, se puede arriesgar casi cualquier cosa. El deseo comienza pronto y continúa hasta tarde. Puede ocurrir en todas las edades entre, digamos, los cinco y los ochenta. La edad puede tener efectos sobre las prioridades del deseo. Y empero, estas prioridades no son nunca estándares o uniformes. Cualquier deseo se conforma de una multitud de ofrecimientos y anhelos, y, finalmente, habrá tantas variedades de deseo como encuentros eróticos. No obstante hay ingredientes comunes, y lo que yo llamo un otro lado del deseo está, creo, presente en todo deseo, aunque pueda variar el grado de su importancia o la posibilidad de su reconocimiento. En las sociedades de consumo este ingrediente (la reciprocidad) se reconoce poco a nivel público, excepto en el rock, donde con frecuencia es central. “Siempre habrá sufrimiento / fluye por la vida como agua / pongo mi mano sobre su mano / en la enramada de limoneros”. Nick Cave. Cuando es recíproco, el deseo es una trama, urdida por dos, y enfrenta o desafía todas las otras tramas que determinan al mundo. Es una conspiración de dos. El propósito es ofrecerle al otro un respiro que aplace el dolor del mundo. No la felicidad (¡!), pero sí un respiro que alivia al cuerpo del riesgo enorme de sufrir dolor. En todo deseo hay compasión y hay apetito; ambos, no importa su proporción relativa, se entretejen. El deseo es inconcebible sin una herida. Si hubiera seres sin heridas en este mundo, vivirían sin deseo. La conspiración es entonces para crear juntos un lugar, un locus, de exención, necesariamente momentáneo, que nos libre de la lastimadura sin sosiego de la cual la carne es heredera. El cuerpo humano contiene arrojo, gracia, jugueteo, dignidad y otras incontables sutilezas, pero también es intrínsecamente trágico, como no lo es el cuerpo de animal alguno. (Ningún animal está desnudo.) El deseo anhela escudar el cuerpo deseado de la tragedia que aloja, y lo que es más, cree que puede. Esta es su fe. No hay naturalmente altruismo en el deseo. Ofrecer escudo, conferir salvedad, se logra en el ofrecimiento de todo el ser, física e imaginativamente, pero desde el inicio dos cuerpos se involucran y así la salvedad, cuando se logra, si se logra, los cubre a ambos. Esta tiende a ser breve y no obstante lo promete todo, por eso logra abolir la brevedad -y junto con ella las lesiones asociadas a la amenaza de lo breve. Si lo observa una tercera persona, el deseo es un paréntesis corto; si se experimenta desde dentro es algo trascendental. En ambos casos, sin embargo, la vida cotidiana continúa en su entorno, antes y después. El deseo promete liberarnos. Empero, eximirnos del orden natural existente es equivalente a desaparecer. Y es eso precisamente lo que el deseo propone en su punto de mayor éxtasis: desvanezcámonos. “Mientras sube la marea / (y) cada uno rememora / llevo al vacío de mi sombra / destellos de ti. El viento los llevará / cuando todo se desvanezca / el viento nos llevará”. Noir Desir. La desaparición de los amantes no puede considerarse una evasión, un vuelo; es más un viraje a otra parte: la entrada en una plenitud. Comúnmente se piensa en la plenitud como acumulación. El deseo insiste en que es un regalarse: la plenitud de un silencio, una oscuridad en donde todo está en paz. De algún modo pienso en un sueño antiguo, la leyenda del Vellocino de Oro. (Este permitió que Phrixus y Helle se libraran de un sacrificio.) A nivel simbólico representa tanto la inocencia como la sabiduría. Reposa tendido en su refugio, rizado, inviolado, completo, sin que nadie lo rinda. Una vez compartida y experimentada, la salvedad que ya no exime permanece inolvidable, y las desapariciones semejan ser más reales, más precisas que lo aparente o lo legible. Las sirenas ululan calle abajo. Mientras estés en mis brazos, nada podrá hacerte daño. Fuente: La Jornada. México, 22 de junio de 2002. Traducción: Ramón Vera Herrera. https://www.lainsignia.org/2002/junio/cul_048.htm.

  • He construído un jardín / Diana Bellessi

    He construido un jardín como quien hace los gestos correctos en el lugar errado. Errado, no de error, sino de lugar otro, como hablar con el reflejo del espejo y no con quien se mira en él. He construido un jardín para dialogar allí, codo a codo en la belleza, con la siempre muda pero activa muerte trabajando el corazón. Deja el equipaje repetía, ahora que tu cuerpo atisba las dos orillas, no hay nada, más que los gestos precisos dejarse ir para cuidarlo y ser, el jardín. Atesora lo que pierdes, decía, esta muerte hablando en perfecto y distanciado castellano. Lo que pierdes, mientras tienes, es la sola compañía que te allega, a la orilla lejana de la muerte. Ahora la lengua puede desatarse para hablar. Ella que nunca pudo el escalpelo del horror provista de herramientas para hacer, maravilloso de ominoso. Sólo digerible al ojo el terror si la belleza lo sostiene. Mira el agujero ciego: los gestos precisos y amorosos sin reflejo en el espejo frente al cual, la operatoria carece de sentido. Tener un jardín, es dejarse tener por él y su eterno movimiento de partida. Flores, semillas y plantas mueren para siempre o se renuevan. Hay poda y hay momentos, en el ocaso dulce de una tarde de verano, para verlo excediéndose de sí, mientras la sombra de su caída anuncia en el macizo fulgor de marzo, o en el dormir sin sueño del sujeto cuando muere, mientras la especie que lo contiene no cesa de forjarse. El jardín exige, a su jardinera verlo morir. Demanda su mano que recorte y modifique la tierra desnuda, dada vuelta en los canteros bajo la noche helada. El jardín mata y pide ser muerto para ser jardín. Pero hacer gestos correctos en el lugar errado, disuelve la ecuación, descubre páramo. Amor reclamado en diferencia como cielo azul oscuro contra la pena. Gota regia de la tormenta en cuyo abrazo llegas a la orilla más lejana. I wish you were here amor, pero sos, jardinera y no jardín. Desenterraste mi corazón de tu cantero. Fuente: (2009). El Jardín. Editorial Bajo la luna. 2021

  • La ocasión hace / Cynthia Eva Szewach

    Y si después de tantas palabras no sobrevive la palabra… César Vallejo ¡Una palabra hubiera bastado, lástima ocasión perdida!, dice Moritz en la obra Despertar de Primavera escrita en 1891, por F. Wedekind. El joven finalmente se suicida. ¿Qué palabra hubiera bastado? La obra muestra el clima de opresión moral de la época, en una educación dominada por autoritarismos destituyentes de cualquier debilidad o fragilidad sensible. El personaje apodado “El enmascarado” les ofrece a dos adolescentes, ser uno entre otros, un giro en el camino y sostiene una presencia nominante. No se trata de elegir la bolsa o la vida, eso ya está jugado, se trata de agarrarse. Freud en 1910, en el Simposio sobre el suicidio, alude, sin acusar, a la idea de no exonerar a la escuela secundaria de una responsabilidad respecto de los jóvenes: la Institución no solo no los debe empujar al suicidio, sino que tiene también la función de infundir el deseo de vivir. Los jóvenes en soledad, agrega, no pueden asumir el carácter implacable de la vida ni pretender necesariamente otra cosa que el jugar del vivir, escenificación del vivir, lebensspiel. En “Sensible” (Petitenature), película de S. Theis, el maestro pregunta a cada alumna y alumno: ¿Qué te imaginas para tu vida dentro de veinte años? Se trata de infancias en una escuela de bajos recursos en un pueblo de Francia actual. Aliosha, el protagonista de diez años, no puede responder… El maestro le cuenta en un aparte, qué es la poesía, y frente a una pregunta del niño le relata algo de su historia personal. “Ese chico no era mío...”, dice el padre en el entierro de Moritz en la obra de teatro de Wedekind. Una filiación quebrada, desanidada de amor. Negacionismo de genealogía. Desaferrarse de esta vida parece ser, en ese momento desesperado, enceguecido quizás, reflexionado o rabioso, algunas veces, una figura de “salida” para poner fin a lo que agobia, a lo que pone a prueba algún récord de los cuerpos, en ocasiones arrollados por las pantallas, performances, atrapamientos sin ilusión, inmolaciones o heridas para desanestesiarse en sí lo indoloro del Otro. Desamarrarse paradójicamente para encontrar un lugar. Insistencias preocupantes: intentos de suicidio adolescentes, cortes, ayunos extremos, caídas del anhelo de seguir de ese modo. Forma de gritar algo atragantado, mudo, excedido, sobrepasado por la vida, diría Camus. Efectos en la sociedad de ciertas sombras oscuras, avances tecnocientíficos, pérdida del valor de la poética del decir, potencias salvajes sobre los cuerpos, afectación por los modos en que se ubica o estigmatiza a los jóvenes desde ciertos sectores. Luego cada joven desde ya es un universo singular, enigmático, promisorio, plagado de verdades, de historicidad, de desarraigos, de luchas o de voracidad lúdica escondida que invitamos a hacer hablar y que nos interpela. Dos niñas se arrojan de un balcón. Violentas segregaciones les recaían a diario. A nuestro alcance: una política de lectura que no patologice ni moralice la acción, ni consuma soluciones burocratizadas, ni someterse a una mirada protocolizada. Respuestas colectivas, redes institucionales, un buceo. Lo colectivo junto al cada quién. Agitar preguntas para tomar alguna decisión que atienda el desamparo, el desasosiego, lo atiborrado de sentidos o indiferencias. No se trata de una alerta protocolar de hedor administrativo sino, en lo que nos concierne, de alertas de alternativas ligadas a la escucha. La transferencia como apuesta. El entrelace muerte y sexualidad en la trama ficcional, real, simbólica e imaginaria. La lengua, el espejo, el cuerpo. Es un envite, nada sencillo, con límites, con imposibilidades: inmersar, inventar, acudir a una ocasión encontrada.

Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.

bottom of page