Búsquedas
Buscar en este sitio
Se encontraron 1563 resultados sin ingresar un término de búsqueda
- Amor a primera vista / Wislawa Szymborska
Ambos están convencidos de que los ha unido un sentimiento repentino. Es hermosa esa seguridad, pero la inseguridad es más hermosa. Imaginan que como antes no se conocían no había sucedido nada entre ellos. Pero ¿qué decir de las calles, las escaleras, los pasillos en los que hace tiempo podrían haberse cruzado? Me gustaría preguntarles si no recuerdan -quizá un encuentro frente a frente alguna vez en una puerta giratoria, o algún "lo siento" o el sonido de "se ha equivocado" en el teléfono-, pero conozco su respuesta. No recuerdan. Se sorprenderían de saber que ya hace mucho tiempo que la casualidad juega con ellos, una casualidad no del todo preparada para convertirse en su destino, que los acercaba y alejaba. que se interponía en su camino y que conteniendo la risa se apartaba a un lado. Hubo signos, señales, pero qué hacer si no eran comprensibles. ¿No habrá revoloteado una hoja de un hombro a otro hace tres años o incluso el último martes? Hubo algo perdido y encontrado. Quién sabe si alguna pelota en los matorrales de la infancia. Hubo picaportes y timbres en los que un tacto se sobrepuso a otro tacto. Maletas, una junto a otra, en una consigna. Quizá una cierta noche el mismo sueño desaparecido inmediatamente después de despertar. Todo principio no es más que una continuación, y el libro de los acontecimientos se encuentra siempre abierto a la mitad. Fuente: Fin y principio (1993). Y en Poesía no completa. Traducción Abel A. Murcia Soriano. Fondo de Cultura Económica, 2002
- Trans / Daniel Rubinsztejn
Sin “ceder primero en las palabras para luego ceder en los hechos” (Freud dixit), decido pensar en mi texto la palabra trans, trabajar sus deslizamientos en nuestro campo psicoanalítico. Hay múltiples vocablos que inician su trayecto con esta palabra, entonces trabajemos en sus derivas. Transferencia- transliteración-transcripción Estas operaciones de lectura tienen su singularidad: Transcribir: es ajustar el escrito al sonido (voz) Transliterar: es cuando el escrito se ajusta a la letra[i] Transferir: otorga las condiciones de lectura de lo que se escucha en un análisis. Estamos sometidos al lugar que la transferencia nos otorga y es desde ahí, que leemos escuchando y escuchamos leyendo. Desde ese lugar, la palabra que cae como producto de las asociaciones -interpretación- es escuchada por el analizante: ni objetividad ni subjetividad, un lugar más allá, trans. Política, estrategia y táctica dibujan la estancia del analista en la transferencia; política del síntoma, estrategia en la transferencia, táctica en la interpretación. Los grados de libertad de estos movimientos del análisis son ceñidos por el lugar al que la libido -sustancia explosiva- nos somete. Trans/individual: El Inconsciente es el discurso del Otro El deseo es el deseo del Otro La libido, la pulsión, mortifican al cuerpo desde el Otro El yo se estructura con la imagen del otro (para/noia) Transicional: Un objeto que está entre la madre y el niño y que ambos pierden, a ninguno le pertenece. Transitoriedad: El sujeto del psicoanálisis es transitorio, cuando súbitamente estaba por aparecer -acto fallido- la llama se apaga dejando una estela de humo, indicando que algo sucedió, algo perecedero, se borra, pero queda indiciado en un cabo aún brillante listo para volver a encender. Nuestro sujeto, cuando está, no es; irrumpe trans, más allá del principio del placer en los intersticios de la repetición. Analista ex/siste -cae- cuando su silencio, su voz… dicen. [i] El sueño escribe en figuras elementos literales. Figurabilidad.
- Una vez más, muerdo / v. Nicolás Koralsky
Una vez más muerdo anzuelo de lo que me hace estar vivo. Muerdo pezones que me recuerdan algo que no sabía que podía existir. Soy un pez manso atragantado por el metal. Observo como un pescado sin la opción del parpadeo. Entre acciones descoordinadas de lo que me gustaría que suceda me pregunto si los peces se enamoran. Entiendo por fin que la acción de morder es una pulsión para apagar el hambre. Morder, una vez más refleja un mecanismo de subsistencia alimentarse de algo que llama la atención. La trampa, el señuelo es la tracción hacia Él (deseo). Eso, que parecería estar al alcance de la boca al morderlo engancha el cuerpo, y tira con el movimiento del oleaje, la tensión del hilo. Me pregunto si los peces se enamoran puedo asegurar que sí lo hacen, no lo hacen por placer. Sé que los peces caen en las redes del amor por hambre. El amor de los peces es una necesidad que no distingue si lo que brilla es oro o alimento.
- Sesiones en el naufragio (35): Paranoias / Marcelo Percia
Paranoias forman parte del sentido común de esta época. Certifican amenazas, señalan malicias en todas partes, reclutan desesperaciones que no saben qué hacer con la desesperación. Paranoias no designan, acá, fijezas enfermizas de soledades que deliran. Paranoias en todos sus plurales nombran desquicias interpretativas. Afectividades signadas por sospechas sin fin, impedidas del descanso de las confianzas, descreídas de la imparcialidad del azar o de la no intencionalidad de lo accidental. Paranoias vienen en auxilio de una vida en común insegura y amenazante. El subtítulo de El Anti-Edipo. Capitalismo y esquizofrenia de Deleuze y Guattari (1972) bien podría haber sido Capitalismo y paranoia. Recordemos que ambos autores presentaban “la paranoia y la esquizofrenia como bordes de amplitud de un péndulo que oscila…”. Y preguntaban “¿Por qué estas palabras, ‘paranoia’ y ‘esquizofrenia’, como pájaros parlantes y nombres de muchachas?”. Paranoias anudan las figuras de Freud y Lacan con la de Dalí. Desde que lee La interpretación de los sueños, Dalí vive obsesionado por conocer a Freud. Quiere interesarlo por su idea de la paranoia como método crítico. Viaja tres veces a Viena sin poder verlo. A fines del otoño de 1938, tras la invasión nazi, Freud huye de Austria, junto con su esposa y su hija Anna, ayudados por una de sus discípulas, la princesa Marie Bonaparte. Escapan en tren a París y luego en barco hacia Inglaterra. Apenas un mes después, a comienzo del verano de ese mismo año, por intermediación del escritor Stefan Zweig, por fin se produce el encuentro en Londres: Freud tiene ochenta y dos años; Dalí, treinta y cuatro. Freud recibe una breve carta de Zweig, también exiliado: “Hay alguien más que quisiere acompañarme la semana próxima, uno de sus mayores admiradores, que a pesar de todas sus pequeñas locuras, es quizás el único genio de la pintura moderna”. Durante la visita, Dalí habla sin parar de la paranoia como procedimiento creativo, mientras Freud, sorprendido por su gran entusiasmo, trata de observar el óleo Metamorfosis de Narciso que el pintor catalán llevó al encuentro para ilustrar su teoría. Unos días después, Freud escribe a su amigo Zweig: “Me inclinaba a considerar a los surrealistas, quienes aparentemente me han elegido como su santo patrón, como excéntricos incurables. El joven español, sin embargo, me ha hecho reconsiderar mi opinión. Sería muy interesante investigar analíticamente cómo una imagen como esa llegó a ser pintada”. El segundo encuentro no se lleva a cabo. Freud muere al año siguiente. Después de aquella reunión, Dalí esboza un retrato de Freud que intenta, a través de Zweig, que llegue a manos del creador del psicoanálisis. Pero eso no ocurre. Zweig no se atreve entregar a Freud ese dibujo que de alguna manera presagia su muerte. Dalí concibe la paranoia como pasadizo para sumergirse en el manantial inconsciente y poder bucear en sus inventivas secretas. Freud la piensa como defensa. Como proyección de una amenaza. Como mudanza de un reproche nacido en el teatro interior que retorna en forma de ataque desde el mundo exterior. Para el psicoanálisis, paranoias alteran la percepción de la realidad. A partir de mínimos detalles, editan mundos, decretan obsesiones, verifican peligros inminentes. A su vez, Dalí y Lacan se conocen unos años antes en París. Lacan lee un artículo de Dalí sobre la paranoia como método creativo y Dalí está interesado en hablar con Lacan sobre las visiones delirantes. Las circunstancias de las cercanías entre el joven pintor y el autor, en 1932, de la tesis De la psicosis paranoica en sus relaciones con la personalidad, se explican -entre otras cosas- por los avatares de la recepción del psicoanálisis en Francia. Las lógicas interpretativas freudianas cautivan más a poetas y artistas que a médicos y científicos. Dalí y Lacan no piensan lo mismo sobre la paranoia, pero, en ese momento, sienten simpatías recíprocas. En todo caso, el método paranoico y la interpretación delirante, tienen en común la pasión por lo inconsciente. Así como el interés por captar sus derivas a través de un método sensible a los vértigos asociativos. Paranoias ponen a la vista cómo percepciones, realidades, verdades, se configuran como formaciones angustiosas a la vez que como figuraciones creativas. Asimismo, en tiempos de las contiendas y genocidios europeos, sobrevienen como sensibilidades exasperadas ante una vida planetaria insegura. Como afectividades que no soportan prevenciones dubitativas. Como desamparos que reaccionan con violencias. Sospechas advienen como presagios o aguijones lanzados desde el futuro; y, también, como hendiduras de luz en un universo que se suponía cerrado y completo. Se podrían distinguir sospechas reactivas (formaciones defensivas ante los peligros de la credulidad) y sospechas críticas o activas (acciones del pensamiento frente a las doctrinas que impone un poder). Paranoias forman parte de las hermenéuticas de la sospecha. Paul Ricoeur (1965) llama maestros de la sospecha a Marx, Nietzsche y Freud, tres torbellinos que piensan el drama de la conciencia y sus falsificaciones. Las relaciones dudosas e improbables con algo que hasta el momento, y todavía hoy, se sigue nombrando como realidad y verdad. Michel Foucault (1964), en su ponencia Marx, Nietzsche, Freud, considera a estas constelaciones autorales como tres de las políticas de la interpretación más productivas del ideario europeo entre mediados del siglo diecinueve y las primeras tres décadas del veinte. Pensamientos que comparten con las paranoias descentramientos respecto de las verdades y realidades instituidas por los cánones vigentes. Sin embargo, paranoias no se reducen a hermenéuticas de la sospecha. Paranoias componen despotismos de la interpretación. Practican desenfrenos interpretativos que, igual, nunca alcanzan para apaciguar a la vida que se siente amenazada. A propósito, para la misma época, Susan Sontag (1964) objeta abusos interpretativos de las críticas literarias y estéticas. Escribe: “La obra de Kafka, por ejemplo, ha estado sujeta a secuestros por no menos de tres ejércitos de intérpretes. Quienes leen a Kafka como alegoría social ven en él ejemplos clínicos de las frustraciones y la insensatez de la burocracia moderna, y su expresión definitiva en el estado totalitario. Quienes leen a Kafka como alegoría psicoanalítica ven en él desesperadas revelaciones del temor de Kafka a su padre, sus angustias de castración, su sensación de impotencia, su dependencia de los sueños. Quienes leen a Kafka como alegoría religiosa explican que K. intenta, en El castillo, ganarse el acceso al cielo; que José K., en El proceso, es juzgado por la inexorable y misteriosa justicia de Dios...”. Su escrito Contra la interpretación termina con esta célebre sentencia: “En lugar de una hermenéutica, necesitamos una erótica del arte”. Paranoias prevalecen como afectividades de la vida en común en épocas de pestes y guerras, en tiempos de extremas desigualdades y catástrofes planetarias. Paranoias se agazapan detrás de un ideal de la fuerza, se represente como se represente. Paranoias no pueden la risa, no pueden eróticas, no pueden suavidades, no pueden delicadezas. Paranoias siguen consignas, prescripciones, protocolos defensivos. Paranoias no piensan, reaccionan. Clarice Lispector (1967) recuerda que para pensar hace falta confianza, entrega, desaprensión, la recepción de otro corazón. No se pueden explorar sentimientos teniendo miedo. Se necesitan ternuras habladas, sin restricciones ni confiscaciones interpretativas. Respiramos paranoias. No se trata de trastornos personales, sino de respuestas posibles en épocas trastornadas. Paranoias como recursos de sensibilidades no totalmente blindadas o de blindajes porosos. Afectividades todavía no completamente indolentes, ni indiferentes, ni anestesiadas, ni impasibles. Paranoias no como acepción psiquiátrica de una catástrofe interior, sino como segunda piel de desesperaciones llagadas en tiempos de capitalismos que ponen en peligro la vida. Paranoias, aunque no pueden, tratan de anticipar todas las amenazas. Presentimientos, a veces, forman parte del arte las adivinaciones desesperadas: leen indicios, inventan señales, interpretan lo ya interpretado. Paranoias encuentran estallado el punto de vista apaciguador, razón por la que los peligros pueden venir desde cualquier lado. Paranoias no hacen el pasaje tranquilizador desde el no saber al saber. Trajinan incansables desde el no saber hasta el tampoco saber o hasta el cada vez saber menos. No pasan de la inquietud a la calma, sino de la inquietud al desasosiego sin fin. Paranoias viven en la inminencia de que está por ocurrir lo peor. Incertidumbres que zarandean la normalidad de los días. No saben lo que va a pasar ni por dónde puede venir, pero olfatean secretas inteligencias siempre listas para atacar. Paranoias actúan en momentos de irresoluciones brutales, caprichosas, insoportables. Paranoias padecen la existencia de otras vidas. Trazan círculos de protección para mantenerse a salvo de lo extraño, lo extranjero, lo desconocido. Todas las ideaciones bélicas sostienen hipótesis persecutorias. Lo mismo que competencias y rivalidades deportivas entre naciones. Paranoias viven sospechando. Agudizan cautelas y suspicacias ante todos los entramados institucionales: familias, parejas, escuelas, fábricas, policías, justicias. Optan por soltarse de los arraigos. Conocen el peligro de los anclajes. Construyen refugios subterráneos para mantenerse apartadas o se arman ansiosas para salir a matar en defensa propia. Paranoias no oscilan entre la hospitalidad y la hostilidad, se les ha congelado la sangre en el ártico de la enemistad. No toleran movimientos constantes de la vida en común que van de la acogida a la expulsión y de la expulsión a la acogida. Sin darnos cuenta cultivamos complacencias y paranoias. Nos entregamos a las tapas de los diarios, a los informes de los noticieros, a las inteligencias de las publicidades, a las versiones de las redes, a los horizontes de deseo que diseñan los algoritmos, como afectividades conformes y satisfechas con lo que nos destinan. Y, también, asistimos a todas esas fuentes como suspicacias que se preguntan: ¿qué quieren que piense?, ¿de qué me están convenciendo?, ¿qué necesidades me están creando?, ¿a qué deseos me empujan? Muchas empresas obtienen ganancias administrando paranoias: fabricantes de armas, compañías de seguros, medicinas privadas, diseñadores de virus y antivirus informáticos, productores de cámaras y alarmas, herrerías que hacen rejas para puertas y ventanas, entrenadores de perros guardianes, instructores en artes marciales, distribuidores de gas pimienta. Cerraduras y cajas fuertes componen predilecciones de las paranoias. El culto por mecanismos y artefactos que sirven para cerrar y blindar. Paranoias, a veces, prefieren apartarse por el desgaste que significa estar en alerta permanente. Se exasperan con azares, accidentes, huecos de la razón. No se preguntan qué sucedió o qué nos pasa, están pendientes de lo que está por pasar. Vislumbran lo peor en cosas inadvertidas que ya están pasando. Vivir en espacios superpoblados en los que nadie se conoce transforma al anonimato en una protección y en una amenaza. El vocablo paranoia nace en el momento en que comienzan a consolidarse las sociedades de masas alrededor de la segunda mitad del siglo diecinueve europeo. En la psiquiatría alemana, lo emplea por primera vez Johann Christian Heinroth (1842) para indicar una modalidad de las psicosis. Enseguida forma parte del vocabulario de Griesinger, Kraepelin, Bleuler, Clérambault. Paranoias están activas en Freud como falsificaciones defensivas de una supuesta realidad. En Melanie Klein como primeras fantasías de las infancias que escenifican angustias todavía sin lenguaje. En Bion como gramáticas protectoras de los grupos ante ansiedades que reactivan, en la vida en común, peligros de los inicios. En Lacan como increencia de afectividades sin garantía, sin ley, sin confiabilidad, que no tienen de qué asirse. En Pichón Rivière como terror automático que se pone en marcha ante situaciones de cambio o abandono de redes de cuidados conocidas. En Deleuze y Guattari como modelos sentimentales de familias burguesas en las que los padres fantasean con matar a los hijos porque suponen que los quieren sustituir y los hijos fantasean con matar a los padres para quedarse con un ansiado botín de amor y erotismo. Paranoias se expanden como disposición de las afectividades para la misma época en que la novela policial se difunde como género. Edgar Allan Poe (1841) crea al detective Auguste Dupin en su relato Los crímenes de la Calle Morgue. Los sitios seguros en las ciudades también representan lugares vulnerables. Paranoias no salen de sus asombros: te pueden destruir hasta en una habitación con ventanas y puertas cerradas desde adentro. Pero si la novela policial investiga qué ocurrió, paranoias sustituyen los abigarrados y tediosos caminos de las indagaciones compartidas por la contundencia automática de certezas pretéritas y anticipatorias de lo que ocurrirá. Paranoias presienten que miserias sociales engendran monstruosidades. Sobrevienen como últimas defensas de afectividades desquiciadas por las desigualdades capitalistas. No se trata solo de delirios de poder que sospechan que una conspiración les quiere arrebatar el trono, sino de desesperaciones que temen morir, estar impedidas de pagar la luz, terminar en la calle, o que las ataque una criatura inconcebible trasportada a la ciudad por un marinero irresponsable. La amenaza no se presenta como circunstancia excepcional, sino como lluvia ácida que humedece los días. El momento de peligro no termina: se extiende como un tic tac perpetuo. Paranoias escuchan incertidumbres que el capital deposita bajo las almohadas. Paranoias viven la amenaza como sensación expandida. La enemistad como principio para conversar. La trampa o la emboscada como verosímil de cualquier relación. El descanso como descuido imperdonable. Sienten la secreta conspiración de las cosas inanimadas llenas de micrófonos y cámaras. Leyendas de los antivirus que irrumpen en computadoras y teléfonos dicen: Su dispositivo no está protegido. Hemos detectado amenazas. Pueden estar viendo lo que está haciendo. Pruebe nuestro servicio gratis por treinta días. Paranoias ponen a la vista que en toda interpretación hay una razón que delira. Aunque los delirios no se llamen delirios y se los nombren con palabras normalizadas como guerras, cárceles, manicomios, paraísos fiscales, ultra riquezas. Algoritmos de las redes sociales materializan una las más tremendas fantasías del presente: actúan como si leyeran pensamientos y deseos. Como si supieran la injerencia que tienen sobre los sueños. Medicinas inventan un nombre para las interpretaciones catastróficas de los signos de los cuerpos: hipocondrías. Hipocondrías, a veces, se presentan como lucideces aterrorizadas que presienten la vulnerabilidad. Paranoias saben la salud como campo minado, como albur genético, como apacible costa en espera de un maremoto, como volcán dormido. Como gratitud y desdicha amorosa. Tal vez en las paranoias haya una culpa secreta, inconfesada. Incluso una falta ajena que se lleva como herencia vergonzante y memoria imborrable de un hecho atroz e irrepresentable que retorna no como recuerdo ni como conciencia, sino como ataque exterior. O tal vez paranoias inventan interioridades asustadas para escapar de la percepción insoportable de la vida que sufre, del planeta que agoniza, de las poéticas aplanadas por los lugares comunes. Paranoias no se presentan como creencias en una amenaza o peligro, sino como certezas. Como adhesiones indisolubles a esas certezas. Un saber se presenta como una creencia que duda y sospecha de sí. La fe cuenta con la garantía de un Dios mayúsculo. Se confía en su protección y en su gracia. Paranoias, sin fe, sospechan de la malicia de lo común. Viven vigilando, tomando precauciones, adivinando malos pensamientos. A esta altura, se necesita hacer lugar a una vacilación que insiste a pesar de todas las distinciones que se intentan: ¿acaso paranoias no expresan lucideces de porvenires que negamos? Después de todo, ideologías se diferencian de las paranoias clínicas por su capacidad de entramar consensos entre soledades que buscan respuestas. Mientras ideologías se componen como fantasías, ficciones políticas, hermenéuticas compartidas, sentido común; paranoias habitan fantasmas, interpretaciones privadas, pesadillas cerradas, sentidos enrarecidos. Paranoias están presentes en todas las literaturas, no solo las policiales. También en las fantasías distópicas que narran afectividades sobrevivientes al fin del mundo. Si se deja de lado Los siete locos de Arlt (1929), tal vez se pueda mencionar un inmenso relato de Julio Cortázar (1959), El perseguidor y una inclasificable novela de Alberto Laiseca (1998), Los Sorias, como referencias, entre tantas, de una posible metafísica de las paranoias en nuestro tiempo. En Cortázar encontramos la figura del perseguidor como cazador y como animal acosado. La persecución como una insistencia de ir más allá de lo establecido y como derrumbe del mundo sobre una frágil y solitaria conciencia. Y, también, la persecución como invención de otro tiempo en el tiempo. En Laiseca asistimos a una narrativa sobre las conspiraciones y las defensas. A un estado de acoso que arranca con los enemigos en la pieza de una pensión. Una crónica de amenazas que crecen. La construcción de realidades que deliran. Un vértigo de demasías asociativas. Quizás paranoias confundan las amenazas. Malinterpreten algo que no pueden o se resisten a saber. Lo que sienten como riesgo personal, anuncia algo todavía peor: la cruda visión de que la vida toda está en peligro. Ricardo Piglia señala proximidades entre paranoias y parodias. Paranoias, a veces, no hacen más que exagerar sospechas admitidas. Se pueden entrever como caricaturas hermenéuticas, como groserías de los despropósitos de la fuerza, como afectividades de personajes de comics que desarrollan superpoderes para reducir puntos de vulnerabilidad. Tal vez paranoias compongan un capítulo de una posible historia universal de las masculinidades. Nos cruzamos. Me dice sonriendo: “¡Buenos días!”. Me quedo pensando: ¿me conoce?, ¿se trata de un encuentro casual?, ¿me dedicó una sonrisa forzada? ¿Qué me quiso decir con “buenos días”?
- Sesiones en el naufragio (36) Providencias / Marcelo Percia
Viene caminando por los jardines del hospital. Cuando nos estamos por cruzar, me detengo con precaución. Enseguida comienza a hablar. Voy a decirle algo: hay cosas que no se eligen, se heredan. Mi abuelo anduvo toda su vida perseguido. Siempre estaba sospechando que alguien lo quería matar. A mi papá lo internaron el año en que yo nací. Intentó suicidarse tomando veneno para ratas en el sótano del almacén que había dejado mi abuelo. Y, a mí, ya me ve, tengo que andar, así, tapándome la cabeza y con estos lentes oscuros hasta de noche. Una enfermera, que dice tenerme aprecio, me encaró los otros días: “¡Relajate un poco, querés! ¡Tenés que confiar más en la gente!”. Reconozco que acá trabajan personas que tienen buenas intenciones, pero no entienden nada. Lo mismo que ese psicólogo afamado que me dijo que tenía que aprender a dudar de mis certezas. Dígame, ¿cómo terminaría si me soltara de lo único que tengo para protegerme?
- Jugar a pensar / Clarice Lispector
El arte de pensar sin riesgos. Si no fuese por los caminos de emoción adonde el pensamiento conduce, el pensar ya se habría catalogado como uno de los modos de divertirse. No se invita a los amigos al juego a causa de la ceremonia que se cumple al pensar. El mejor modo es invitar sólo a una visita, y, como quien nada pide, pensar juntos, con el disimulo de las palabras. Esto, en tanto juego liviano. Pues para pensar en profundidad —quemes el máximo grado del hobby— es necesario estar solo. Porque entregarse a pensar es una gran emoción, y solamente se tiene el valor de pensar delante de otro cuando la confianza es tan grande que no hay inhibición en usar, de ser necesario, la palabra otro. Además se exige mucho de quien nos ve pensar: que tenga un corazón grande, amor, cariño, y la experiencia de haberse entregado también a pensar. Se exige tanto de quien oye las palabras y los silencios —como se exigiría en el sentir. No, no es cierto. En el sentir se exige más. Bueno, pero, en cuanto al pensar como diversión, la ausencia de riesgos lo pone al alcance de todos. Algún riesgo existe, es claro. Se juega y se puede salir con el corazón ensombrecido. Pero por lo general, si se toman los recaudos intuitivos, no hay peligro. Como hobby, presenta la ventaja de ser por excelencia transportable. Aunque en el seno del aire sea aún mejor, a mi ver. En ciertas horas de la tarde, por ejemplo, cuando la casa llena de luz más parece vaciada por la luz, mientras la ciudad entera se estremece trabajando y sólo nosotros trabajamos en casa pero nadie lo sabe —en esas horas en que la dignidad se reharía si contáramos con un taller de arreglos o una sala de costura—, en esas horas: se piensa. Así: se empieza desde el punto exacto donde uno se encuentre, aunque no sea por la tarde; sólo por la noche no lo aconsejo. Una vez por ejemplo —en el tiempo en que mandábamos la ropa a lavar afuera— estaba yo haciendo la lista. Tal vez por el hábito de poner título o por unas súbitas ganas de tener un cuaderno prolijo como en la escuela, escribí: lista de… Y fue en ese instante cuando aparecieron las ganas de no ser seria. Es ésta la primera señal del animus brincandi, en materia de pensar —como hobby. Y escribí aguda: lista de sentimientos. Lo que quería decir con esto tuve que dejarlo para más adelante —señal de que estaba en el camino correcto y que no me afligía por no entender; la actitud debe ser: no se pierde por esperar, no se pierde por no entender. Entonces empecé una listita de sentimientos de los cuales no sé el nombre. Si recibo un regalo hecho con cariño por una persona que no quiero, ¿cómo se llama lo que siento? La falta que se siente de una persona que ya no queremos, ese dolor y ese rencor, ¿cómo se llaman? Estar ocupada y de pronto detenerme por haber sido invadida por una súbita indolencia dulcificadora y venturosa, como si una luz de milagro hubiese entrado en la sala: ¿cómo se llama lo que se ha sentido? Pero debo aclarar. A veces se empieza a jugar a pensar, y he aquí que inesperadamente es el juguete el que empieza a jugar con nosotros. No es bueno. Es sólo fructífero. Fuente: Lispector, Clarice (1967). Jugar a pensar. En Revelaciones de un mundo. Selección de textos, presentación, revisión y notas de Amalia Sato. Editorial Adriana Hidalgo. Buenos Aires, 2005.
- Pensamientos desordenados / Simone Weil
En primer lugar, no hay que creer que el porvenir sea depositario de un bien capaz de colmarnos. El porvenir está hecho de la misma substancia que el presente. Es bien sabido que todo lo que se posee en cuanto a bienes, riquezas, poder, prestigio, conocimiento, amor de aquellos a quienes se ama, y otras cosas semejantes no basta para satisfacer a nadie. Pero se piensa que la satisfacción llegará por el incremento en la posesión de todas esas cosas; ahora bien, pensar así es mentirse a sí mismo. Si se reflexiona seriamente sobre ello por unos momentos, se comprende que es falso. De la misma forma, si se sufre a consecuencia de la enfermedad, la miseria o la desdicha, se cree que el día en que ese sufrimiento cese se estará satisfecho. También esto es falso; en cuanto se está habituado a la ausencia de sufrimiento, se quiere otra cosa. En segundo lugar, no debería confundirse la necesidad con el bien. Hay cantidad de cosas que habitualmente se consideran necesarias para vivir. A menudo esa idea es falsa, pues se sobrevive a su pérdida. Pero incluso si fuera cierto, si su pérdida pudiese ocasionar la muerte, o al menos, un daño a la energía vital, no por ello serían bienes. Pues nadie siente satisfacción durante mucho tiempo del hecho puro y simple de vivir. Se pretende siempre algo más. Basta no mentirse para saber que no hay nada en este mundo por lo que se pueda vivir. Basta imaginarse que todos los deseos encuentran su satisfacción. Al cabo de algún tiempo, se volvería a la insatisfacción. Se querría otra cosa y se sentiría la desdicha de no saber qué se quiere. De cada cual depende mantener la atención fija en esta cuestión. Fuente: Weil, Simone (1943). Pensamientos desordenados. Editorial Trotta. Madrid, 1995.
- El oído absoluto (fragmento) / Marcelo Cohen
Esa sinfonía [la 2ª de Sibelius], así como empieza con partículas de sonido, acaba en la indefinición; desde el tema fastuoso del Finale se contrae, se oscurece como… un tarareo de madrugada después de una fiesta. Y a pesar de todo esa también es una forma de acabar. Uno no necesita el chimpún, la definición…, ¿me entienden? Y entonces yo me dije… Hace un rato, me dije, pensando en esa música… Me dije: A lo mejor no solamente lo rotundo está completo. A lo mejor yo mismo, acá, sin encontrar un final para lo que estuve contando… ¿Por qué no?, me dije. ¿Por qué no? -¿Por qué no qué? – dijo Clarisa, y se agarró de la mesa-. ¿De qué cuerno estás hablando? -Del descubrimiento –dijo él-. De no ser una obra sino un sonido acaso… O una fuente de sonidos. Un arpa eolia. Eso. Un arpa eolia… Una boca de la naturaleza, un instrumento solitario colgado de la rama de un árbol en un claro del bosque, con las cuerdas movidas por el viento… Eso tendría que haber querido ser yo. Un arpa eolia… Pero, en cambio, ¿para dónde agarré? En cambio… quise ser oído absoluto, qué codicia. El oído absoluto es una dádiva del azar… Es la facultad de cantar ahí nomás cualquier nota que a uno le pidan o reconocer sin titubeos el sonido que alguien toca. Hay gente capaz de oír un piano y descubrir ipso facto que está afinado un semitono más bajo… Es casi magia… Mozart tenía ese don a los siete años… No sé qué músico famoso decía que el padre se sonaba la nariz en sol… Extraordinario, ¿no? No todos los genios están así dotados. Wagner, por ejemplo, o Schumann… Y yo tampoco quería… No… Porque en realidad yo era más obtuso… Más desaforado… Yo no quería tener… Quería ser el oído absoluto… El germen de la afinación universal quería ser yo; el compadre del fuelle de los sonidos… Y miren lo que pasó… Adónde fui a parar. Miren… Acá estamos…”. Fuente: Cohen Marcelo (1989). El oído absoluto. Editorial Eudeba. Buenos Aires, 2013
- Un oído feminista / Sara Ahmed
Era importante para mí comenzar este libro mostrando cómo se desoyen las quejas o los modos en que no nos oyen cuando nos oyen como si nos estuviéramos quejando. Mi objetivo aquí es contrapesar esta historia dándole a la queja una audiencia, un lugar, una escucha. Una historia puede volverse rutina; una historia puede ser cómo aquellas personas que se quejan son desestimadas o consideradas poco creíbles. Creo que mi método en este proyecto se trata de escuchar, de prestar mi oído o devenir un oído feminista. Presenté por primera vez la idea de un oído feminista en mi libro Vivir una vida feminista. Estaba describiendo una escena de la película feminista El silencio de Christine M. (A Question of Silence, dirigida por Marlene Gorris en 1982). En la escena, una secretaria está sentada en una mesa. Hace una sugerencia. Los varones de la mesa no dicen nada. Es como si ella no hubiera dicho nada. Un hombre en la mesa, luego, hace la misma sugerencia. Todos se lanzan a felicitarlo por su gran idea. Ella se queda sentada en silencio. Una cuestión de silencio: puede oír cómo no la oyeron; sabe cómo y por qué la pasaron por alto. Es una simple secretaria: es la única mujer en una mesa de hombres. No se supone que tenga ideas propias; se supone que escribe las ideas de ellos. Oír con un oído feminista es oír a quien no es oída, oír cómo no nos oyen. Si nos enseñan a silenciar a algunas personas, un oído feminista es un logro. Nos volvemos amplificadoras de aquellas voces que han sido silenciadas, y así podemos ser ellas, lo que significa que levantar la voz por nosotras mismas también puede ser un logro. Cuando observamos quiénes son escuchados aprendemos quiénes son considerados importantes, o de quiénes se piensa que hacen un “trabajo importante”, para volver al afilado análisis del feminismo negro de Cary. Aprendemos que algunas ideas solo pueden ser escuchadas si vienen de las personas correctas; “correctas” puede significar “blancas”. ¿Qué dirías o qué harías si fueras la persona que es pasada por alto? ¿Qué dirías o qué harías si tus ideas fueran oídas como si provinieran de otra persona? ¿Te quejarías? ¿Dirías algo, expresarías algo? La cuestión de la queja está íntimamente vinculada a la de la escucha, a la pregunta sobre cómo nos expresamos teniendo en cuenta qué o quiénes son pasados por alto. Escuchar la queja es ponerse a tono con las distintas maneras en que puede ser expresada. Podemos hacer aquí una pausa y considerar los distintos sentidos de la palabra queja. Una queja puede ser una expresión de pena, dolor o insatisfacción, algo que es causa de protesta o reclamo, un malestar del cuerpo o una denuncia formal. Mi investigación sobre la queja empieza por esta última acepción. Sin embargo, como mostraré a lo largo de este libro, el sentido de la queja como denuncia formal trae a colación otros sentidos, más afectivos y más encarnados. Fue un oído feminista el que me trajo hasta aquí; aquello que escuché en la queja o desde la queja me condujo a este proyecto. Lo que me inspiró fue mi participación en una serie de investigaciones sobre acoso sexual y conductas sexuales inapropiadas impulsada por una denuncia colectiva radicada por un grupo de alumnas. Otra forma de decir lo mismo: el proyecto fue inspirado por las estudiantes. Si mi tarea en estas páginas es escuchar quejas, oírlas, trabajar con ellas y a través de ellas, este libro es una continuación de una tarea que empecé con las estudiantes. Importa dónde oímos la queja; importa cuándo oímos la queja. Todavía recuerdo el día en que escuché por primera vez algo sobre las alumnas que habían presentado una denuncia colectiva. Habían pedido una reunión. Me solicitaron asistir en mi calidad de académica feminista perteneciente a otro departamento. Las estudiantes habían requerido esta reunión porque una investigación sobre un caso de acoso sexual que había ocurrido en el verano no encontró suficiente evidencia, o evidencia presentada correctamente, para que la denuncia avanzara. Las alumnas que conocí ese día ya habían conformado un colectivo para escribir una queja. Por ellas supe cómo y por qué habían creado ese colectivo. (...) Además, me enteré de que habían tenido lugar varias investigaciones anteriores, impulsadas por denuncias previas. Desde entonces he comprobado que esto es muy común: cuando una se involucra en una denuncia, se termina enterando de denuncias previas. Una llega a escuchar algo que antes no conocía. Fui a la reunión de las estudiantes junto con otra académica. Antes del encuentro, le escribí para decirle que me habían “enfatizado” que “la voluntad institucional es que cualquier denuncia formal presentada por escrito tenga consecuencias inmediatas”. Transmití este énfasis antes de la reunión, pero las alumnas me enseñaron a ponerlo en cuestión. Al insistir en que las estudiantes presentaran individualmente quejas formales por escrito, la universidad les estaba pidiendo que renunciaran a su anonimato, que se hicieran incluso más vulnerables de lo que ya lo habían hecho. Al día siguiente volví a escribirle a la colega con la que había ido a la reunión para manifestarle que si la posición oficial era que necesitábamos quejas formales por escrito firmadas por personas individuales para reabrir las investigaciones, quizá nos convendría “estratégicamente” intentar “conseguir esa evidencia”; pero también estuvimos de acuerdo en la necesidad de hacer un esfuerzo por modificar esa posición. Nos dimos cuenta de que nuestra tarea no debía ser la de convencer a las estudiantes de presentar denuncias por escrito, sino la de convencer a la universidad de que escuchara las quejas que ya se habían presentado. Escribimos un informe detallando sobre lo que las estudiantes habían compartido con nosotras. Citamos a una autoridad en derecho que nos confirmó que una declaración formal presentada por escrito no debería ser necesaria para establecer “el balance de probabilidad” de que el acoso hubiera sucedido, que era lo único que hacía falta establecer en términos legales. Cerramos el informe con la afirmación de que quienes habían sido víctimas de acoso “no deberían ser las responsables de buscar su reparación”. Al escuchar a las estudiantes, habíamos comprendido cuánto trabajo, tiempo y energía habían invertido ya en identificar y documentar el problema. Como exploraré a lo largo de este libro, presentar una queja nunca consiste en una única acción: muchas veces requiere que trabajes más y más. Es agotador, en especial teniendo en cuenta que las razones por las que nos quejamos ya son agotadoras. El informe que escribimos después de la reunión produjo más intercambios entre académicos y autoridades, la reapertura de la investigación, y luego más investigaciones. Podemos identificar un problema en esta secuencia de eventos. Para que la denuncia de las alumnas fuera oída, o para que fuera oída con un compromiso más fuerte de actuar, debía ser presentada por docentes. Las denuncias, parece, llegan más lejos en la medida en que aquellas personas con mejores posiciones en la organización deciden expresarlas o apoyarlas. El camino que sigue una queja, adónde y cuán lejos llega, nos enseña algo sobre el funcionamiento de las instituciones, lo que en la primera parte de este libro llamo la mecánica institucional. No debería ser necesario el apoyo de personas más reconocidas para que una queja se haga oír. Pero cuando efectivamente es así, ese apoyo puede ser vital para evitar que una denuncia se estanque. Trabajar en una denuncia se trata a menudo de entender cómo se estanca una denuncia. Fue a partir de la indefinición en el curso del proceso que llegamos a una solución de consenso: los y las estudiantes podrían presentar denuncias anónimas. Una vez que los requisitos formales para denunciar se flexibilizaron, aparecieron muchos más estudiantes para testificar en las investigaciones. Este proceso no tuvo nada de automático; las quejas no nos inundaron como el agua de una cañería recién desobstruida. Las estudiantes tuvieron que hacer un esfuerzo consciente y colectivo para presentar quejas que fueran, en sus términos, “legibles para la universidad”. No es solamente que una denuncia no se completa con una única acción; muchas veces hay que hacer las mismas denuncias de maneras diferentes antes de que sean oídas o para que sean oídas. Muchas de las alumnas que testificaron en estas investigaciones compartieron sus historias conmigo. Esas historias siguen siendo suyas. No las relato aquí; pero he escrito ¡Denuncia! con ellas en mente. Las escucho junto con otras que he recogido para escribir este libro. Volverse un oído feminista es oír las quejas todas juntas. Un oído feminista puede pensarse como una táctica institucional. Para oír las quejas hay que desarmar las barreras que nos impiden oírlas, y cuando digo barreras me refiero a barreras institucionales: las puertas y las paredes que hacen que mucho de lo que se dice y se hace se vuelva invisible e inaudible. Si para oír las quejas tenemos que desmantelar las barreras, oír las quejas nos hará más conscientes de esas barreras. En otras palabras, oír las quejas puede ser también el modo en que aprendemos cómo son desoídas esas quejas. Oír las quejas implica trabajo, porque hace falta trabajo para que otras personas te contacten. Devenir un oído feminista no se trató solamente de escuchar las denuncias de las estudiantes; fue también una cuestión de compartir el trabajo. Implicó también hacerse parte de su colectivo. Su colectivo se volvió nuestro. Pienso en ese nuestro como la promesa de los feminismos, un nosotras que más que una posesión es una invitación, una apertura, una combinación de fuerzas. Trabajamos juntas para confrontar más directamente a la institución que desde su rol habilitaba y reproducía una cultura del acoso. Cuanto más difícil de atravesar, más cosas hay que hacer. En la medida en que más intentábamos confrontar el problema del acoso sexual como problema institucional, más nos negábamos a aceptar declaraciones endebles sobre lo que la universidad se comprometía a hacer; cuanto más cuestionábamos el modo en que la universidad modificaba sus políticas sin comunicarle a nadie las razones de esos cambios más resistencia encontrábamos. Denunciar: el camino más resistido. La institución se convierte en aquello que hay que enfrentar. En algunos momentos parecía que estábamos llegando a alguna parte; en otros, la pared se derrumbaba y descubríamos que no importaba cuán lejos intentase ir la institución, porque nunca llegaría lo suficientemente lejos. Ni siquiera conseguimos que las autoridades reconocieran públicamente que las investigaciones existían. Era como si nunca hubieran sucedido. Escuchar la queja puede ser escuchar ese silencio: lo que no se dice, lo que no se hace, lo que no se resuelve. Fue en una de esas ocasiones, con los muros colapsando (el sonido del silencio puede ser el de paredes derrumbándose), que decidí que quería investigar sobre la experiencia de otras personas en relación con las denuncias. Mi propia experiencia trabajando con las estudiantes condujo a este proyecto. Gran parte de lo que hacemos, el trabajo, la lucha, sucede a puertas cerradas: nadie lo sabe, nadie debe saberlo. Mi deseo de realizar esta investigación surgió de un sentimiento de frustración, la sensación de hacer mucho y lograr poco. La frustración puede ser un registro feminista. Mi deseo provenía también de mi propia convicción de que preguntándoles a las personas que denuncian por su experiencia, podemos aprender mucho sobre las instituciones y el poder: la queja como pedagogía feminista. Sí, la frustración puede ser un registro feminista. Otra forma de decir lo mismo: cuídense, tenemos los datos. El conocimiento que adquirimos por estar en una situación a veces puede requerir que abandonemos esa situación. Lo que aprendí acerca de las instituciones a partir de apoyar una denuncia me impulsó a irme; en ese momento no lo sentí como una elección sino como lo que tenía que hacer. Vuelvo mentalmente a esa sala en la que escuché a las estudiantes por primera vez. Cuando estás involucrada en una denuncia, todavía estás en el trabajo; todavía estás haciendo tu trabajo. Entraba a esa sala una y otra vez, la misma en la que habíamos tenido la reunión. Era la sala de reuniones del departamento al que yo pertenecía, un lugar muy concurrido. Hubo otros encuentros allí, encuentros académicos, papeleo, personas y páginas que había que organizar. Era la misma sala, pero bien podría haber sido otra; quizá de hecho fuera otra. Estaba llena de recuerdos, ocupada por una historia que se sentía tan tangible como las paredes. Lo que una escucha en una habitación termina llenando esa habitación. Sencillamente ya no podía aparecer en esas mismas reuniones, ni hacer las cosas de siempre. Fuente: Ahmed, Sara (2021): Un oído feminista. En ¡Denuncia! El activismo de la queja frente a la violencia institucional. Traducción Tamara Tenembaum. Editorial Caja Negra. Buenos Aires, 2022.
- Zen en el arte de escribir (prefacio) / Ray Bradbury
Cómo trepar al árbol de la vida, / tirar piedras contra uno mismo / y bajar sin romperse / los huesos ni el espíritu. A veces me anonada la capacidad que tuve a los nueve años para comprender que estaba en una trampa y escaparme. ¿Cómo fue que el niño que era yo en octubre de 1929 pudo, por las críticas de unos compañeros del cuarto curso, romper sus historietas de Buck Rogers y un mes más tarde pensar que esos compañeros eran todos un montón de idiotas y volver a coleccionar? ¿De dónde me venían la fuerza y el discernimiento? ¿Qué clase de proceso me ayudó a decir: Más me valdría estar muerto? ¿Qué me está matando? ¿De qué estoy enfermo? ¿Cuál es la medicina? Obviamente, yo era capaz de responder. Designé la enfermedad: haber roto las historietas. Encontré la medicina: volver a coleccionar, no importaba qué. Lo hice. Y bien hecho que estuvo. Pero de todos modos: ¿a esa edad? ¿Acostumbrado como está uno a responder a la presión de sus iguales? ¿De dónde saqué el valor para rebelarme, cambiar de vida, vivir solo? No quiero sobrevalorar el asunto, pero maldita sea, me encanta ese niño de nueve años, quien demonios fuese. Sin su ayuda yo no habría sobrevivido para presentar estos ensayos. Parte de la respuesta, desde luego, radica en que, perdidamente enamorado como estaba de Buck Rogers, no podía ver destruido mi amor, mi héroe, mi vida. Casi así de simple. Era como si a uno le ahogaran o le mataran a balazos al amigo del alma, al compinche que es el centro de la vida. A un amigo muerto así no se le puede ahorrar el funeral. Quizá Buck Rogers, comprendí, conociera una segunda vida si yo se la daba. Así que le respiré en la boca y, ¡vaya!, hete aquí que se sentó y empezó a hablar y dijo… ¿qué cosa? Grita. Salta. Juega. Deja atrás a esos hijos de puta. Ellos nunca vivirán como tú. Anda, hazlo. Salvo que yo nunca usé las palabras HDP. No estaban permitidas. Mis protestas no superaban el tamaño y la fuerza de un caray. ¡Sigue viviendo! De modo que coleccioné comics, me enamoré de las ferias ambulantes y las ferias universales y empecé a escribir. ¿Y qué se aprende escribiendo?, preguntarán ustedes. Primero y principal, uno recuerda que está vivo y que eso es un privilegio, no un derecho. Una vez que nos han dado la vida, tenemos que ganárnosla. La vida nos favorece animándonos y pide recompensas. Así que si el arte no nos salva, como desearíamos, de las guerras, las privaciones, la envidia, la codicia, la vejez ni la muerte, puede en cambio revitalizarnos en medio de todo. Segundo, escribir es una forma de supervivencia. Cualquier arte, cualquier trabajo bien hecho lo es, por supuesto. No escribir, para muchos de nosotros, es morir. Debemos alzar las armas cada día, sin excepción, sabiendo quizá que la batalla no se puede ganar del todo, y que debemos librar aunque más no sea un flojo combate. Al final de cada jornada el menor esfuerzo significa una especie de victoria. Acuérdense del pianista que dijo que si no practicaba un día, lo advertiría él; si no practicaba durante dos, lo advertirían los críticos, y que al cabo de tres días se percataría la audiencia. Hay de esto una variante válida para los escritores. No es que en esos pocos días se vaya a fundir el estilo, sea lo que fuere. Pero el mundo le daría alcance a uno, e intentaría asquearlo. Si no escribiese todos los días, uno acumularía veneno y empezaría a morir, o desquiciarse, o las dos cosas. Uno tiene que mantenerse borracho de escritura para que la realidad no lo destruya. Porque escribir facilita las recetas adecuadas de verdad, vida y realidad, que permiten comer, beber y digerir sin hiperventilarse y caer en la cama como un pez muerto. En mis viajes he aprendido que si dejo de escribir un solo día me pongo inquieto. Dos días y empiezo a temblar. Tres y hay sospechas de locura. Cuatro y bien podría ser un cerdo varado en un lodazal. Una hora de escritura es un tónico. De nuevo en pie, corro en círculos clamando por un par de polainas limpias. Pues bien: de un modo u otro, de eso trata este libro. De tomar una pizca de arsénico cada mañana para sobrevivir hasta el atardecer. Y otra pizca al atardecer para sobrevivir y algo más hasta el alba. La micro dosis de arsénico así ingerida lo prepara a uno para no ser envenenado y destruido por entero. Trabajar en medio de la vida es administrarse esa dosis. Manipular la vida, lanzar brillantes orbes coloridos a que se fundan con los oscuros, mezclar una diversidad de verdades. Recurrimos a la grandeza y hermosura de la existencia para soportar los horrores que nos dañan directamente en nuestros familiares y amigos, o a través de los periódicos y la tele. No hay que negar los horrores. ¿Quién de nosotros no ha visto morir de cáncer a un amigo? ¿Qué familia no tiene un pariente muerto o lisiado por un automóvil? En mi propio círculo el coche ha destruido a una tía, un tío, un primo y seis amigos. La lista es interminable y aplastante si uno no la enfrenta creativamente. Lo que significa escribir como cura. No completa, claro. Nadie supera del todo el hecho de tener a los padres en el hospital o a la persona amada en la tumba. No quiero usar la palabra terapia; es demasiado limpia, demasiado estéril. Sólo digo que cuando la muerte reduce la marcha de otros, uno tiene que preparar de prisa un trampolín y saltar de cabeza a la máquina de escribir. Los poetas y artistas de tiempos lejanos sabían muy bien lo que acabo de decir o puse en los ensayos que siguen. Aristóteles lo dijo para los siglos. ¿Lo han escuchado últimamente? Estos ensayos fueron escritos en distintos momentos, a lo largo de treinta años, para expresar descubrimientos especiales, para servir a especiales necesidades. Pero en todos resuenan las mismas verdades de auto revelación explosiva y asombro continuo ante lo que el hondo pozo contiene cuando uno se arma de valor y da un grito. Acabo de escribir esto cuando me llega una carta de un escritor joven, desconocido, diciendo que va a adoptar un lema que encontró en mi Convector Toynbee. “Mentir dulcemente y probar que la mentira es verdad… Todo, al fin y al cabo, es una promesa. Lo que parece una mentira es una ruinosa necesidad que desea nacer…”. Y ahora: últimamente he dado con un nuevo símil para describirme. Puede ser de ustedes. Todas las mañanas salto de la cama y piso una mina. La mina soy yo. Después de la explosión, me paso el resto del día juntando los pedazos. Ahora les toca a ustedes. ¡Salten! Fuente: Bradbury,Ray (1990). Zen en el arte de escribir. Editorial Minotauro, 2020.
- Arreglo de cuentas / Ezequiel Buyatti
Santiago dejó su huella anárquica en 25 de Mayo. Tomó como propias las palabras de otro anarquista asesinado por el Estado: arrastrar una masa inerte de carne y huesos no es vivir, es solamente vegetar. Ambos caminaron hacia la nada creadora y la ruptura total. A los Estados siempre les ha incomodado lo que no se ajusta a sus márgenes estériles, por eso mismo son Estados: niegan la vida que existe por fuera de ellos. Los mecanismos varían, las lógicas persisten. Primero de febrero. Primero de agosto. Antes fusilaban mediante pelotones en lúgubres patíbulos suavizados con climas festivos; ahora desaparecen y plantan un cuerpo 78 días después en tierras que saben de resistencias. Si antes el arreglo de cuentas lo ocupó Severino, ahora lo ocupa Santiago. David Viñas lee la crónica “He visto morir” de Roberto Arlt y nos advierte: “Y si la fiesta era un despilfarro con desplazamientos y coqueteos, aquí solo se asiste a un ‘arreglo de cuentas’. En verdad, a una clausura después de un balance que jamás tuvo moratorias”. Y si la clausura siempre fue propiciada por los negadores de lo vivo; si la escena en la cual “Todos vamos en busca de Severino Di Giovanni para verlo morir” se convierte en una dimensión temporal-espacial perpetua contra los cuerpos que incomodan a la normalidad del Capital, entonces, seguiremos siendo insistencias: habitando el cuerpo, dándole oxígeno y partiendo de la presencia. Movimiento, alianzas y afectos: armas que nos cuidan del arte de gobernar y de la memoria estatizada. En esta guerra, nuestra memoria es negra como la tierra. Por eso mismo, seguimos las huellas de quienes interrumpieron la paz del cemento muerto e insistimos en brindarle a la vida la elevación exquisita de la rebelión del brazo y de la mente. Insistimos en una escucha atenta de ese jardín en capullo que se abre como miles de rosas en el corazón de la tiranía. Raúl González Tuñón nos dijo que América Scarfó le llevará flores a Severino, y cuando estemos todos muertos, América Scarfó también nos llevará flores. Escuchamos el aullido del lobo en el silencio de la madrugada y el aroma a poesía lo inunda todo. Cuando los poetas del mañana nos lleven esas flores, ¿tendremos algo más para recibirlos que tumbas de inocentes?
- Sobrevivir / Primo Levi
El hecho de haber sobrevivido y de haber vuelto indemne se debe en mi opinión a que tuve suerte. En muy pequeña medida jugaron los factores preexistentes, como mi entrenamiento para la vida en la montaña y mi oficio de químico, que me acarreó algún privilegio durante mis últimos meses de prisión. Quizás también me haya ayudado mi interés, que nunca flaqueó, por el ánimo humano y la voluntad no sólo de sobrevivir (común a todos), sino de sobrevivir con el fin preciso de relatar las cosas a las que habíamos asistido y que habíamos soportado. Y finalmente quizás haya desempeñado un papel también la voluntad, que conservé tenazmente, de reconocer siempre, aun en los días más negros, tanto en mis camaradas como en mí mismo, a personas y no a cosas, sustrayéndome de esa manera a aquella total humillación y desmoralización que condujo a muchos al naufragio espiritual. Fuente: Primo Levi. Si esto es un hombre. Apéndice de 1976.
Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.











