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  • "Lo peligroso que es enderezar un clavo a martillazos" / Julio Cortázar

    A Oliveira el sol le daba en la cara a partir de las dos de la tarde. Para colmo con ese calor se le hacía muy difícil enderezar clavos martillándolos en una baldosa (cualquiera sabe lo peligroso que es enderezar un clavo a martillazos, hay un momento en que el clavo está casi derecho, pero cuando se lo martilla una vez más da media vuelta y pellizca violentamente los dedos que lo sujetan; es algo de una perversidad fulminante), martillándolos empecinadamente en una baldosa (pero cualquiera sabe que) empecinadamente en una baldosa (pero cualquiera) empecinadamente. «No queda ni uno derecho», pensaba Oliveira, mirando los clavos desparramados en el suelo. «Y a esta hora la ferretería está cerrada, me van a echar a patadas si golpeo para que me vendan treinta guitas de clavos. Hay que enderezarlos, no hay remedio.» Cada vez que conseguía enderezar a medias un clavo, levantaba la cabeza en dirección a la ventana abierta y silbaba para que Traveler se asomara. Desde su cuarto veía muy bien una parte del dormitorio, y algo le decía que Traveler estaba en el dormitorio, probablemente acostado con Talita. Los Traveler dormían mucho de día, no tanto por el cansancio del circo sino por un principio de fiaca que Oliveira respetaba. Era penoso despertar a Traveler a las dos y media de la tarde, pero Oliveira tenía ya amoratados los dedos con que sujetaba los clavos, la sangre machucada empezaba a extravasarse, dando a los dedos un aire de chipolatas mal hechas que era realmente repugnante. Más se los miraba, más sentía la necesidad de despertar a Traveler. Para colmo tenía ganas de matear y se le había acabado la yerba: es decir, le quedaba yerba para medio mate, y convenía que Traveler o Talita le tiraran la cantidad restante metida en un papel y con unos cuantos clavos de lastre para embocar la ventana. Con clavos derechos y yerba la siesta sería más tolerable. «Es increíble lo fuerte que silbo», pensó Oliveira, deslumbrado. Desde el piso de abajo, donde había un clandestino con tres mujeres y una chica para los mandados, alguien lo parodiaba con un contrasilbido lamentable, mezcla de pava hirviendo y chiflido desdentado. A Oliveira le encantaba la admiración y la rivalidad que podía suscitar su silbido; no lo malgastaba, reservándolo para las ocasiones importantes. En sus horas de lectura, que se cumplían entre la una y las cinco de la madrugada, pero no todas las noches, había llegado a la desconcertante conclusión de que el silbido no era un tema sobresaliente en la literatura. Pocos autores hacían silbar a sus personajes. Prácticamente ninguno. Los condenaban a un repertorio bastante monótono de elocuciones (decir, contestar, cantar, gritar, balbucear, bisbisar, proferir, susurrar, exclamar y declamar) pero ningún héroe o heroína coronaba jamás un gran momento de sus epopeyas con un real silbido de esos que rajan los vidrios. Los squires ingleses silbaban para llamar a sus sabuesos, y algunos personajes dickensianos silbaban para conseguir un cab. En cuanto a la literatura argentina silbaba poco, lo que era una vergüenza. Por eso aunque Oliveira no había leído a Cambaceres, tendía a considerarlo como un maestro nada más que por sus títulos; a veces imaginaba una continuación en la que el silbido se iba adentrando en la Argentina visible e invisible, la envolvía en su piolín reluciente y proponía a la estupefacción universal ese matambre arrollado que poco tenía que ver con la versión áulica de las embajadas y el contenido del rotograbado dominical y digestivo de los Gainza Mitre Paz, y todavía menos con los altibajos de Boca Juniors y los cultos necrofílicos de la baguala y el barrio de Boedo. «La puta que te parió» (a un clavo), «no me dejan siquiera pensar tranquilo, carajo». Por lo demás esas imaginaciones le repugnaban por lo fáciles, aunque estuviera convencido de que a la Argentina había que agarrarla por el lado de la vergüenza, buscarle el rubor escondido por un siglo de usurpaciones de todo género como tan bien explicaban sus ensayistas, y para eso lo mejor era demostrarle de alguna manera que no se la podía tomar en serio como pretendía. ¿Quién se animaría a ser el bufón que desmontara tanta soberanía al divino cohete? ¿Quién se le reiría en la cara para verla enrojecer y acaso, alguna vez, sonreír como quien encuentra y reconoce? Che, pero pibe, qué manera de estropearse el día. A ver si ese clavito se resistía menos que los otros, tenía un aire bastante dócil. «Qué frío bárbaro hace», se dijo Oliveira que creía en la eficacia de la autosugestión. El sudor le chorreaba desde el pelo a los ojos, era imposible sostener un clavo con la torcedura hacia arriba porque el menor golpe del martillo lo hacía resbalar en los dedos empapados (de frío) y el clavo volvía a pellizcarlo y a amoratarle (de frío) los dedos. Para peor el sol empezaba a dar de lleno en la pieza (era la luna sobre las estepas cubiertas de nieve, y él silbaba para azuzar a los caballos que impulsaban su tarantás), a las tres no quedaría un solo rincón sin nieve, se iba a helar lentamente hasta que lo ganara la somnolencia tan bien descrita y hasta provocada en los relatos eslavos, y su cuerpo quedara sepultado en la blancura homicida de las lívidas flores del espacio. Estaba bien eso: las lívidas flores del espacio. En ese mismo momento se pegó un martillazo de lleno en el dedo pulgar. El frío que lo invadió fue tan intenso que tuvo que revolcarse en el suelo para luchar contra la rigidez de la congelación. Cuando por fin consiguió sentarse, sacudiendo la mano en todas direcciones, estaba empapado de pies a cabeza, probablemente de nieve derretida o de esa ligera llovizna que alterna con las lívidas flores del espacio y refresca la piel de los lobos. Fuente: Cortázar, J (1963) Fragmento del capítulo 41 en Rayuela. Ed. Sudamericana

  • Diapasón (fragmentos)/ Victoria Larrosa

    etimología clínica Toda palabra es neologismo que fuerza a los afectos a hacerle un lugar. Un fractal de sonoro que es testigo en peligro de los riesgos de vivir. Un pedacito de ámbar con un mosquito que cuenta malherido una historia desteñida de luchas y pasiones, que cuenta sonámbula los agobios de insistir y se burla de la pulcritud de la genealogía en itálica. En la escucha clínica una palabra no viene del lat. ¿De dónde vienen las palabras transf(h)eridas? Vienen de un afecto, de unas esperas, de un grito, de una malaria, de unas manos, de los perros de la vecina, de los muertos de ayer, de lo que no tienen tumba, nombre, silencio, canción de cuna, brazos mutilados, de lo que abre el cielo de la tarde. Vienen solas y nadie las espera, del té que se enfrió, de un padre suyo en el cajón, de lo que no es propio y suena, de la astucia, de la alegría, del spam, del espanto, de la sorpresa de cómo puede ser!, de todo lo que también pasó sin ocurrir. En A la escucha, Jean-Luc Nancy abre el juego con una aclaración del título que es que, a la escucha, designa una destinación -ir hacia la escucha- y también una dedicatoria. Escuché, a alguien que, a los tres años, me pedía que le escribiera una delicatoria en un libro que se le regalaba. Si dedicar consiste, también, en declinar, dedicarse delicadamente a escuchar es declinar, perder y rechazar toda fe en los sinónimos y embarcarse en una incierta y pequeña barca que flota para no caer en las profundidades en las que está todo dicho. Escuchar como destinación y no como destino, como orientación y como delicatoria -porque, además entre otras cosas, la escucha nos salva la vida- está más bien entre una ars menor y un oficio que entre una ciencia y una técnica. Si la escucha no se orienta en lo intempestivo y no se dedica hacia un Afuera, se interioriza servilmente en una ficción moribunda. El agujero interior de la escucha tiene un afán colonialista, conquistador, normativo. Pensar a la escucha clínica requiere diversas texturas que involucren fuerzas que la impulsen a salir del agujero interior. Miguel Morey, con otros como Foucault, Derrida, Michel Serres, entiende que el pensar, como una forma de patología superior- no es una actividad que parta de un sujeto (mucho menos si el sujeto es una forma personal), hacia otra forma personal. Se trata más bien una intensidad que puede llevarse puesto a alguien, enhebrarlo o conjugarlo con otras intensidades vivientes, pero de ningún modo es una actividad tranquilizante. Poético, perverso, polimorfo, son algunas de las características que, tuneadas de las pinceladas freudianas acerca de la sexualidad, encuentra para referirse a eéste movimiento sin agente y sin destino que corre a contrapelo de la doxa, de las ficciones que se dan por únicas, eternas y medidas de todas las cosas. En Foucault esto está dicho de esta manera: pensar siempre es pensar de otro modo. ¿Qué orientación seguir, entonces, para pensar a la escucha sino aquella que esté en la tónica de una actividad compositiva? ¿Cuál es el cuerpo de la escucha? La escucha clínica no es fisiológica, la audición lo es -aunque no sólo- y lo sabemos muy bien cuando la perdemos. La escucha a la que me quiero referir es la escucha en la que uno se pierde en otro cuerpo. En Artaud, con su creación de cuerpo sin órganos, se advierte más contra la organización de los órganos que contra los organismos, contra la entronización de lo fisiológico como regulador de todo sentido. Escuchando se navega entre la vertiente del sentido y el sinsentido, entre la orientación y la debacle, traccionando, yendo a contrapelo como el salmón, de la organización de los órganos hechos de ideales y clichés. Entre el articulado y secuenciado y el tejido conectivo de la sonoridad que enlaza sensorialidades, afecciones, ideas y simulacros. No se trata tanto de proponer desorientarse sino de habitar ese desoriente construyendo cada vez alguna referencia provisoria. La construcción es obra del we transfer. La única persona que le cabe a ese trans que nos embarca es el We no demasiado humano que encarna en lo que pasa. Atención flotante y asociación libre son dos oximorones en los que en el we transfer se teje a crochet, alrededor de un vacío que no carece de nada. Al silencio, también, hay que componerlo. ¿pueden los reik ejercer el análisis? voce com sua musica esqueçeu o principal que no peito dos desafinados no fundo do peito bate calado que no peito dos desafinados/ tambeim bate um coraçao. Antonio Carlos Jobim, Newton Mendoça Freud se pregunta en ¿Pueden los legos ejercer el análisis?, en diferido, por eso que tiene lugar en la escucha analítica, por eso a lo que se hace lugar, presente, en la talking cure. Son preguntas que soportan un delay y deben soportarlo en virtud de la materialidad sonora que al hacer pasar convierte a ese encuentro en una ocasión clínica. El diferido del relato en cronos pone en vivo la simultaneidad del tiempo. Lo inconsciente que no pasa en cronos sino en un cromo, simultaneidad de meseta afectiva que permanece allí, sujeto de los avatares compositivos del cada vez - tenga la medida cronológica que tenga ese cada vez- para la desmesura propia de ese tiempo de lo inconsciente. En la clínica, lo que pasa es contemporáneo a lo que lo hace pasar, que no es una persona sino una transfHerida enlazada a una transfHerencia. Yo autor, usted lector; la escritura y la lectura implican y componen puntos intensivos-interferenciales que, antes de individualizarnos, nos singularizan. Escribe Goyo Kaminsky en uno de los materiales más precisos y preciosos acerca de la composición conjunta entre memoria/olvido/escritura/heridas. Freud se pregunta en su escritura por lo propio del trabajo de escuchar. ¿Qué es preguntarse sino habilitarse el eco del coro desafinado del mundo? Curador profano de almas quizás sea el pseudónimo que mejor describe el oficio de la orilla clínica en la escucha analítica. Theodor Reik, el acusado de curandero, discípulo y analizante de Freud, ilegal, que inspira la escritura de la más hermosa novela corta clínica escrita jamás: ¿Pueden los legos ejercer el análisis? localiza la escucha clínica en un cuerpo sin órganos que llama tercer oído. La curandería, la curaduría analítica, no escucha la forma persona, interior, intrapsíquica texto en el mundo contexto, sino paisajes de fuerzas que componen o descomponen, matices, coagulaciones de mundo siempre otro, siempre texto. Es en esta vertiente en la que hallamos a la escucha en la clínica editando lo incunable y el porvenir en la producción simultánea de cada verbo. En El habla analítica o La palabra analítica, según edición, Blanchot refiere una escucha que no es un asunto interpersonal. En el plano de las razones imaginativas nietzscheanas, Freud inventa, en esa pieza, lo que Deleuze-Guattari llamaron un personaje conceptual para dirigirse, que es el juez imparcial. Un personaje que como cualquier personaje, o como cualquier concepto, es un viviente que está entre la existencia y el invento. El juez imparcial un poco existe, cualquiera lo puede imaginar, dice Freud, es un hombre de ley, es un hombre gris, sostenido en la certeza de lo que sabe, que le habla todo el tiempo a esa certeza, y tiene que hacerlo para que Freud, allí devenido personaje conceptual, pueda decir de qué se trata eso que trata el dolor sin más que con palabras. El escrito freudiano le pregunta a la escucha analítica cosas que ninguna otra pluma, salvo la que está marcando la cancha, se animaría a preguntar. ¿Cómo puede ser que usted -interpela el Juez- confíe tanto en una técnica de curación que esté solamente sostenida por la escucha? Esto ya se inventó hace muchos siglos, y se llama confesión. Freud responde que hay algo de una confesión, en términos de un hablar que declara. Pero que el analista, a diferencia del cura, no escucha pecados. Y que no se han observado remisiones sintomáticas en la escucha de confesión. El anillado Reik, cuando se escapa de la guerra viaja a Estados Unidos y funda la primera asociación psicoanalítica de Nueva York. Lleva la peste. Y una oreja nueva. pasajera en trance El devenir no es del orden de la representación, pero puede pasar por ella, haciéndola añicos, o saturándola, doblándola, extrayendo sus partículas de tragedia y artefacto político y estético. El devenir es del orden de los simulacros fantasmas. Una perspectiva interiorizante de lo inconsciente -no solamente no representativa, ni de propiedad privada, como si se tratara de aquella instancia donde a la razón le es permitida alguna fluctuación o descanso- nos invita a preguntar ¿cómo escuchar eso que pasa cada vez que el quién no es necesariamente una instancia personal? La pregunta por lo que pasa no es una pregunta subjetiva. Mucho menos es una pregunta intersubjetiva. No es una pregunta por el sentimiento ni procede por un trabajo de reflexión. Más bien la pregunta por qué ha pasado tiene mucho más que ver con lo que Nietzsche llama una antimemoria en un tejido segmentado. Deleuze-Guattari nos advierten de los siguientes problemas atinentes a las segmentaridades. En principio un problema axiológico: basta con un poco de flexibilidad para ser mejores. Esto implica en principio una lectura moral de las líneas, y new age. La segmentariedad flexible puede generar una percepción del fuera de foco, de umbrales, la opacidad, movimientos y demás. Pero justamente es en la línea de segmentariedad flexible donde tenemos que estar más atentos porque operan sobre la segmentariedad dura, de lo moral y lo molar, y lo que puede cada una de estas líneas. Lo que puede la segmentariedad flexible es remitir aquellos puntos que está interceptando, y reproducirlos en el plano de lo micro. Todos los microfascismos, y lo que ellos van a llamar los microedipos, se sitúan en el plano de la segmentariedad flexible, no en el plano de la segmentariedad molar. Por eso son tan cuidadosos y van a repetir a lo largo de toda la obra que no es lo mismo el totalitarismo que el fascismo. El problema es el fascismo porque es canceroso. Trabajan a partir del concepto de cuerpo sin órganos de Artaud, el contagio vía cancerígeno de los microfascismos. Es la línea flexible la que puede reproducir a nivel micro lo mismo que está atacando y denunciando a nivel de lo macro. Por eso cualquier cosa conecta con cualquier otra cosa. Por eso son tan insistentes Deleuze-Guattari con los peligros de la línea flexible, más que con las líneas duras. Inclusive que con las líneas de fuga. El segundo error para pensar la lógica de las líneas, es psicológico. Consiste en creer que lo molecular corresponde a la psicología de los individuos, o de los inter individuos. Y que lo real social corresponde a lo molar. Ellos van a plantear que hay el mismo real social en una perspectiva micropolítica, que en una perspectiva macropolítica. El tercer error que habría que poder evitar está referido a las dimensiones. Como si lo molar, su presencia de lo molar, sólo fuera efectuable en el plano de los grandes conjuntos. Hay estados de soledad, y estados de enamoramientos que se sitúan en líneas molares. Donde lo que se hace presente es un aparato estatal, mucho más que una máquina de guerra. Y el cuarto error es llamado cualitativo, ya no de dimensiones. Consistiría en pensar que por la diferencia de naturaleza entre los segmentos, molares y moleculares, no tienen algún tipo de conexión. Los autores creen que se van a vincular según modos de proporcionalidad que es al mismo tiempo directa e indirecta. Es decir, cuanto mayor es la presencia de la atmósfera macropolítica o macrosegmentaria, mayor es la posibilidad en el tejido de un avance, y de una efervescencia de lo micro. Y al mismo tiempo van a plantear que también tenemos que decir todo lo contrario, que cuánto más rígido está el tejido, es más asfixiante, y eso es una condición local de relación entre las líneas, que son tres y no existen por separado. Describen paquetes de líneas que no tienen un orden de presentación: segmentariedad pura, molar; irrupción o fisura –como diría Fitzgerald, hacia un paso de lo flexible; tercer momento, el estallido. En Deleuze-Guattari el estallido está antes. Y, como dice Cabrera: el tiempo está después. Deligny, la etnografía, Fitzgerald, y Tarde son referencias fundamentales al respecto. En De la magia, de los vínculos en general, Gabriel Tarde, microsociólogo, se monta en una sociología que se interesa no por las grandes estructuras, sino por los movimientos de contagio afectivo. Gabriel Tarde pensaba que todo lo que existe puede ser pensado en términos de creencias y deseos. Es, también, sobre esta distinción de creencias y deseos que Deleuze-Guattari van a crear los dos planos de todo agenciamiento. Un plano de composición y/o un plano de consistencia, y un plano organizativo y/o un plano de estratificaciones. Todas las creencias corresponden al plano de lo organizativo, los deseos corresponden al plano de lo maquínico. Planos planes en permanente compenetración, tensión, fermentación, materias pluridimensionales y heteróclitas de los agenciamientos maquínicos de conexión y colectivos de enunciación. kéfir La Meseta de devenir plantea que la historia natural siempre pensó las relaciones entre las especies bajo dos movimientos: de analogía en términos de series, o en términos de estructura. Así se plantean semejanzas que van difiriendo en una serie, o se piensa en diferencias que se van asemejando en términos de analogía de proporcionalidad. El elemento ‘a’, por ejemplo, es semejante al elemento ‘b’, es semejante al elemento ‘c’, es semejante a... Esta forma de la serie, dicen Deleuze-Guattari, fue tildada bajo el mote de una lectura imaginaria. La otra forma en la que se pensó la relación entre los elementos heterogéneos fue bajo la forma de una analogía de proporcionalidad. ‘a’ es a ‘b’ lo que ‘c’ es a ‘d’. Los pulmones son a los hombres como las branquias a los peces. Es necesariamente verdadera, es netamente axiomática la analogía de proporcionalidad. Se ha pensado como un discurso ligado a lo real: si la proporción es verdadera entonces la proporción es real. Un devenir no es una relación de semejanzas que difieren en una serie, ni tampoco es una relación estructural que difiere en una estructura o de estructura en estructura. El movimiento del devenir es un movimiento de lo real. Hay juego lingüístico sobre lo real, lo imaginario, y lo simbólico. El devenir es real, y es real lo que produce, sin que se transforme realmente cualquiera de los elementos que componen la aventura de lo deviniente. El devenir pájaro en Mozart, es tan real como lo que produce sin que Mozart realmente se convierta en ningún pájaro, y ningún pájaro se convierta realmente en música. El devenir animal, o el devenir mujer, o el devenir niño, es exactamente lo que no es, y lo que Deleuze-Guattari dicen hasta el cansancio, creo hay una resistencia de lectura respecto de lo que es el devenir, como si se tratara de imitación. El devenir es el entre, ese es otro nombre del devenir: entre. No es un promedio, no hay un promedio entre estas figuras. Todo devenir atañe a las constelaciones moleculares, y todo devenir es imperceptible al aparato perceptual de la forma humana. ¿cómo ecualizar la escucha, la escucha clínica, no la escucha de la persona del analista, hacia esos devenires? Zourabichvili entiende que el devenir, lo que revela es una relación con el tiempo. Plantea que el acontecimiento es eso que ocurre entre un relleno de la forma vivida hacia otro relleno de la forma vivida: Es preciso pues no sólo reenlazar sentido y tiempo, sino pensar el sentido como tiempo, o más bien como relación de tiempos. Decíamos que la verdad era inseparable de una hora porque no preexistía al acto del pensar, a su revelación, aquí y ahora. En el presente, debemos comprender que la verdad es ella misma una hora. Lo que revela no es otra cosa que una relación de tiempo…El contrasentido estaría en creer que Deleuze asigna un contenido a la verdad. Verdad del tiempo no significa por cierto a propósito del tiempo. La revelación es una presentación del tiempo mismo en su multiplicidad. Lo verdadero es el tiempo en tanto se presenta. La verdad es pensada aquí como devenir. Con independencia de todo contenido. Y más adelante: Los hechos que llenan nuestra vida tienen lugar pues en dimensiones heterogéneas, y llamamos acontecimiento al paso de una dimensión a la otra, una efectuación en los cuerpos lo bastante singular, como para implicar una mutación intensiva a escala de una vida. Enamorarse, dejar de amarse... no se alojan en ningún presente, más allá de los actos y de los sentimientos son crisis temporales, subversiones del presente de las que el sujeto no sale indemne, idéntico a lo que era. No se trata de una imitación, ni de hacer el niño, ni de hacer el loco, ni de hacer la figura estereotipia que parece que va en una relación reactiva a los modos molares del hecho social, donde el socius vía los tres estratos formatea la materia en un más de lo mismo, en un suplemento. El modo de producción del capitalismo es una figura que reprime no solamente por su presión, violencia física, torturas múltiples, sino también por inclusión, en un +1. Actúa dicotómicamente, abriendo cada vez más las ramificaciones de opciones. Esto es lo que se llama opciones de mercado. El capitalismo va a dar no todas, pero muchas de las opciones de relleno. El agenciamiento para Zourabichvili se ubica en ese punto de suspensión de sentido, entre una opción de relleno y otra opción de relleno. Fuente: Diapasón. Entre lo oído, de Victoria Larrosa. Editorial Archivida. Buenos Aires, 2022.

  • Y el fútbol contó un sueño / Sebastián Salmún

    "En una cancha de fútbol se juegan todos los dramas humanos" Albert Camus “Así, esta vez pudimos comprobar que el folklore interpreta símbolos oníricos de la misma manera que el psicoanálisis, y que, en oposición a opiniones populares expresas, reconduce un grupo de sueños a necesidades que han devenido actuales” Sigmund Freud "En el fútbol, ritual sublimación de la guerra, once hombres de pantalón corto son la espada del barrio, la ciudad o la nación” Eduardo Galeano I Son días agitados por la fiebre mundialista. Sube la temperatura con la ola de calor veraniega y sube la temperatura en el “cuerpo” social, ahora, futbolero (más futbolero que su habitual cotidianeidad). Calor que intercede así en un cuero fragmentado, tejido colectivo de hilos cada vez más finitos e hilvanado de tramas cada vez más frágiles. Cuero hoy hinchado de tribunas abiertas, de multitudes callejeras hechas de oleadas de hablantes intergeneracionales. Cuerpos cada vez más individualizados e individualistas, es decir menos amalgamados en la siempre compleja y apasionante vida en comunidad. ¿Sensibilidades elaborando una escena que exalta el lugar multívoco de lo común i? Son días ajetreados y otra vez, un mundial de fútbol. Otra vez, un analizador colectivo. Otra vez una experiencia pasible (conceptualmente) de ser ligada por medio de las enseñanzas del psicoanálisis a la llamada psicología de las masas con sus efervescencias e idealizaciones, con su historia no siempre amorosa (véase aquello que sucedió en los mundiales de 1978 y 1982 mientras duró la cruel dictadura), con sus “bondis” identificatorios (bondi por lo colectivo y bondi por lo problemático) y afectividades. ii Otra vez una vida, la social, que deja de estar cosificada y coagulada por el miedo y el dolor ligado a lo peor de la Pandemia y su diario de cifras, restricciones, cuidados y ciertas mezquindades y comienza a abrirse definitivamente una nueva era. Otra vez diciembre y sus días agitados. Por fin y fortuna un diciembre distinto. Un diciembre de ilusiones épicas, de burbujas de anímicas, de masivas festividades. Un diciembre de noches entrecortadas, de canciones populares, de gritos descomunales. Un diciembre de deseo decidido, de convicción pseudo supersticiosa, de rituales cuasi sagrados, de creencias religiosos (como demostró ser el “anulo mufa” o el “elijo creer” que nos acompañó durante todo el mundial). Un mes, diciembre, de búsquedas de coincidencias, de contingencias articulables, de piezas sueltas unidas en la tracción de una esperanza gregaria. Un diciembre, al decir del escritor Alejandro Dolina, de “fe poética”. Vivimos un mes de pasiones desenfrenadas por espejismos ópticos que nublaron sin negar otros deseos colectivos poniéndolos (¿exageradamente?) en suspenso. Treinta días de ensoñaciones coloreadas por pantallas espectaculares, en ocasiones omnipresente (reels, videos y “reacciones” de momentos caseros e íntimos). Un mes de desmesurado, reiterativo y conmovedor folklore popular. Y otra vez el teatro de la argentinidad.iii Ese teatro al sur del mundo donde nacimos, como “Diego y Lionel”, claro, nuestros “muchachos” como revela la canción que aparece en nuestros oídos de manera involuntaria y en nuestras voces de manera inexorable. Otra vez la ilusión. Otra vez los sueños diurnos. Y en ocasiones, los otros sueños, los de la otra escena, los sueños nocturnos. II Otra vez los nombres: Diego, Lionel, Leonel, Emiliano, etc. Es que así llamamos a los protagonistas de la selección argentina de fútbol dando cuenta que el uso de los nombres propios merece alguna reflexión especial. Sus nombres nos acercan me parece, a ellos, jugadores de la elite del fútbol mundial tan lejanos y por esos nombres (y sus apodos: Fideo, Dibu, Papu, Pulga, etc) tan familiares. Pero ¿Qué representan esos cuerpos que portan esos nombres? ¿Qué efecto produce el hecho de saberlos nacidos en nuestro territorio y fundamentalmente, en nuestra lengua? Si el territorio no es sólo la geografía y la lengua no es el sólo el idioma. Si el territorio no es sólo la nomenclatura cifrada de tantos kilómetros cuadrados y la lengua no es la enciclopedia de palabras ordenadas. Si el territorio desborda el manual cartográfico de los dibujos mapeados y la lengua va más allá del diccionario. Si la lengua es el territorio y el territorio es un territorio significante, entonces dichos nombres no son sólo nombres, no son solo propios. Son a la vez un modo de significar y sensibilizar el mundo y sus juegos, nuestros juegos. Y son, pese al empuje clasificatorio del lenguaje, pese a su recreación a la letra, una forma astuta del nosotros. Quiero decir entonces que los nombres de los jugadores de la elite del fútbol mundial los ubica en la serie de los barrios que anduvimos y andamos, de las canchitas en las que jugamos con nuestros amigos y amigas, de las cercanías que co construimos diariamente con los llamados a las presencias del otro y de la otra en la necesaria y mortificante vida en común. Los nombres (y los lugares donde nacieron Pujato, Rosario, Mar del Plata, La Pampa, Buenos Aires, Córdoba, etc.) que para cada uno de ellos ha de tener una historia familiar, personal, singular los acerca a quienes también estamos afiliados a esa lengua, la castellana. Y hoy sus nombres: Lionel, Leonel, Ángel, Emiliano, etc. constituyen mediante la lengua y sin utilitarismos el lugar de las ensoñaciones diurnas y sus juguetes. Vale decir, el lugar de la ilusión colectiva. Pero entonces ¿Cómo se entrama lo colectivo con lo individual? III Una de las noches previas al inicio del camino de la Selección Argentina en el Mundial Qatar 2022 un paciente soñó que la albiceleste ganaba 5 – 0 al equipo árabe. El sueño en las vísperas del difícil debut (Argentina perdió con Arabia Saudita 2 -1) trajo una imperceptible alegría silenciosa entre ambos, así como una serie de ideas y asociaciones relacionadas a su historia biográfica y reflexiones latentes (que retomé luego de la sesión) acerca del lazo entre lo popular y folklórico con el mundo onírico. Desde el punto de vista del soñante, punto de vista relevante para el tratamiento psicoanalítico, los elementos de dicha formación del inconsciente le permitieron abrir algunas preguntas acerca de su “gritar goles”. Lo curioso del sueño es que se iban sucediendo los goles uno a uno mientras el soñante (acompañado por Di María) se encontraba en la escena onírica sin poder verlos, aunque festejando cada uno de ellos. El deseo de festejar goles, es decir, logros personales, reflexionar sobre el modo en que los hace públicos, observar su a veces no tan habitual valoración de ello sucedieron en la sesión. Luego de la misma, como decía, recordé la importancia que Freud le otorgaba a lo popular para pensar lo individual articulando ambos campos ni desde una simultaneidad transitiva ni desde una identidad extendida. Recordé que para Freud el folklore y los cuentos, así como los mitos y el teatro son parte de una suerte de memoria colectiva, sustancia con la que los hablantes trabajan en sus sueños. El fútbol es en estos días un punto de cruce de instancias individuales y sociales. Los sueños, también. IV Pichón Riviere fue un cronista de su tiempo. Mentor de la psicología de los grupos y de la psicología social argentina, autor de la psicoterapia familiar y teoría de los vínculos, fue además un gran impulsor de la introducción del psicoanálisis en las instituciones asistenciales. Quiero recuperar de su autoría con Ana Quiroga algunos fragmentos de un texto titulado “La Pelota” teniendo en cuenta que algunas de las intervenciones más audaces de “El francesito” era jugar al fútbol con los pacientes en el antes llamado Hospicio de las Mercedes hoy conocido como Hospital Borda. Dicen los autores en dicho texto lo siguientes: “Hasta ahora, de todo lo dicho sobre el fútbol queda aún por esclarecer la pieza fundamental, el objeto de la disputa: la pelota. El significado y la función que ella juega en el contexto estructural del espectáculo pueden ser encarados desde un punto de vista antropológico, psicosocial y sociológico. Estas disciplinas deben apoyarse en un detenido análisis del vínculo entre el sujeto y la pelota. Esta última adquiere un carácter fascinante ligado a la perfección de su recorrido y a la incertidumbre que abre su caída, en contraste con la euforia producida por su ascenso”. Agregan así que el fútbol “es también un ritual que congrega a espectadores y equipos en una ceremonia que tiene algo de magia y algo de catarsis. Sólo desde hace pocos años, el fútbol ha llegado a comprenderse en su estructura interna y en su dimensión filosófica. Los investigadores que se ocuparon del tema —entre los cuales nos incluimos—, partiendo de diferentes enfoques, han llegado a configurar una teoría general que podríamos llamar psicoanalítica y estructuralista. Estos estudios conceden gran importancia a la pelota”. Finalizando entonces observan que “Desde otro punto de vista, es importante profundizar en esa fascinación que la pelota ejerce sobre cualquier sujeto y a cualquier edad, particularmente en aquellos que han jugado al fútbol, que sienten compulsivamente la necesidad de intervenir en situaciones fortuitas. La persona mayor, a cuyos pies llega la pelota que unos chicos mueven sobre una vereda, siente irresistiblemente la necesidad de devolverla. Tiene la noción de haber realizado una tarea útil y hasta un oscuro y gastado sentimiento de pertenencia a un club de su juventud.”. Concluyen enfatizando en la importancia de la pelota: En el campo de juego la pelota es la que configura el espacio en el que se desarrolla la acción. Ella sitúa a los jugadores, los agrupa y los dispersa, es el motivo de esa estrategia que tiene como objeto ubicarla dentro del arco contrario. La pelota se convierte en algo a la vez deseado y temido, cuya posesión es un privilegio y su pérdida un imperdonable fracaso. Si el fútbol es una forma de la comunicación, la pelota es el contenido de un mensaje. Es también el líder que moviliza a veintidós jugadores sobre una cancha y atrae durante más de una hora las miradas y los pensamientos de miles de espectadores”. V Como no podía ser de otra manera, el personaje del psicólogo estuvo presente en el Mundial “argentino”. No sólo a través de notas periodísticas de opinión (hablando de la pasión, del Edipo, de la muerte del padre, de la dinámica de los grupos, de las nuevas masculinidades, etc.) sino y acá un punto muy interesante, en los testimonios de los protagonistas. Un testimonio anterior al mundial llegó a través de un jugador exquisito, Di María, quien parece haber sufrido una serie de lesiones físicas y dolores anímicos en momentos de mucha presión futbolística que lo llevó a pedir a ayuda terapéutica. Pero fundamentalmente el personaje del psicólogo se hizo presente a través del arquero Emiliano “Dibu” Martínez cuando luego de la derrota con Arabia Saudita (nombrada anteriormente) y del triunfo a México (2 – 0) confiesa: “Hablé con mi psicólogo” dando cuenta de ese lazo de la cultura en nuestra lengua con la psicología (con cierta forma de la psicología, por cierto). El fútbol, los memes y la psicología trajeron así el recuerdo de una actividad que realizamos en el marco de la materia Teoría y Técnica de Grupos (conocida como gruposdos) que se dicta en la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires. Se trataba de un taller de escritura que intentó articular el fútbol con nociones de lo grupal.iv Citábamos en el preámbulo e invitación a dicha actividad al dramaturgo Ricardo Bartis para quien el fútbol es la primera escena política. En su texto el referente del Sportivo Teatral afirma que "A veces hay niebla en la cancha. Se hace difícil jugar. Las distancias cambian (...)". Su forma de concebir el juego escénico puede encontrar antecedentes en su pasaje de juventud por potreros con iluminación precaria. Agrega: "Dependerá de qué lado jugabas y por momento tenías una sensación surrealista de poder perderte. De que en ese partido organizado, si la pelota se iba muy lejos, podías ''cruzarte'' a otra escena, otro campo, otra cancha"v. Para ingresar al taller habíamos propuesto que cada alumno y alumna trajera una camiseta de fútbol. Pero a diferencia de armar consignas que apelaran a que cada uno y una de ellas hablara del fútbol desde el discurso más o menos consciente del yo propusimos algo diferente: hicimos hablar a las camisetas. Y así fue como sucedió. En un aula universitaria en el marco de unas jornadas de trabajo de cátedra un grupo de docentes y un grupo de alumnos y alumnas le pusimos voz a las camisetas de fútbol como si ellas hablaran. Y fundamentalmente como si nosotros y nosotras pudiéramos lúdicamente, escuchar lo que allí tenían para decir. VI ¿Es posible asociar al fútbol con el ejercicio de cierta memoria colectiva? Sin caer en falsas desmesuras románticas de supuestos epílogos generados por la pluma biográfica de la auto referencia. Y por ello, sin sobresaltar (y de esa manera forzar o demandar) el valor que este deporte (el fútbol) impregna en el acervo popular y cultural de nuestra compleja y esquirlada argentinidad. Aún más, advirtiendo que el reflejo especular de la alegría por la obtención de la tercera copa del mundo pueda jugarnos un exceso conjetural nos preguntamos si el fútbol y más precisamente algunas de sus canciones relativas al elenco que representa a la selección nacional podría articularse con cierto ejercicio de cierta remembranza. Vayamos al punto: ¿Cómo entender que la canción más cantada e incluso reversionada del mundial de Qatar cuando incluye a “los pibes de Malvinas que jamás olvidaré” sino como una narración del recuerdo por lo acontecido durante el conflicto bélico en el Atlántico Sur de 1982? Esa marca mnémica en las palabras unánimes de la hinchada ¿Por qué poética de la elaboración histórica está movilizada? En una sociedad que sostiene aún su campo minado entre aquella infame guerra y el ofensivo olvido y su tenaz indiferencia. ¿Qué sentido coral podemos inferir si en una cancha de Doha, en la Avenida 9 de Julio de la Ciudad de Buenos Aires o en el Monumento a la Bandera de la ciudad de Rosario la “banda” de la hinchada vocifera que “nunca se olvidará de las Islas Malvinas”? Sabiendo que una canción (no) es sólo una canción: ¿Qué une el fútbol con aquel acontecimiento traumático que seguimos elaborando desde la música, obras de teatro, literaturas, ensayos, cinematografía, etc.? El lazo entre el fútbol y los “pibes de Malvinas” (los chicos de la guerra, los soldados que murieron en combate, los iluminados por el fuego, los pichiciegos) requiere desde luego de otros elementos que con mayor rigurosidad y precisión posibiliten construir mejores preguntas y así mejores conclusiones a las balbuceadas aquí. Desde luego. Pero si queremos enfatizar que la presencia evocativa de la guerra de Malvinas y sus soldados caídos y sobrevivientes en la canción futbolera no es un dato azaroso. ¿Una primera estrofa de esa evocación fue cantada (en un discurso sin palabras, aunque con un bellísimo relato) en una cancha de México en el Mundial de 1986 cuando Argentina le ganó a su par inglés 2 – 1 en uno de los partidos mas conmovedores de la historia del fútbol? Vale recordar, que fue el mismo relator que embelleció la jugada de todos los tiempos, el segundo gol de Maradona, aquel que dijo al finalizar el partido “sin golpes bajos lo voy a decir por única vez, ganó Argentina y ese triunfo es también por los pibes de Malvinas que hoy no pudieron estar”. Las canciones no saldan las deudas pendientes de una democracia, así como un logro deportivo no resuelve la insoportable y escandalosa vivencia mortificante de la pobreza en nuestras instituciones (tan bien descrita por Fernando Ulloa). Las canciones no reducen la brecha de las asimetrías socioeconómicas ni resuelven la dolorosa desigualdad. Como dijimos, son poéticas de la memoria que no se traducen necesariamente en políticas. Pero hay quienes reconocen en estos días emotivos que ante la histórica movilización en las calles y autopistas de la vida social cantando y festejando “nos volvimos a ilusionar” con aquella traducción. Se dan así conexiones del fútbol con la historia, con nuestra historia que dibujamos en las ideas mientras en la Avenida 9 de julio de Buenos Aires un hombre de unos sesenta años camina con uniforme militar en su torso y una bandera argentina colgada en sus hombros. Mientras festeja el logro deportivo en la multitud lleva un cartel que dice “dedicado a los soldados de Malvinas”. Conexiones de las historias con el fútbol. Esos mismos días y en tono de broma se despliega en las red masiva Twitter una frase que dice, mientras los jugadores festejan el logro obtenido acompañados por millones de personas “sigamos hasta las Malvinas. Así, las recuperamos”. VII Ahora bien, notemos que el fútbol no es sólo ayer. Es también presencia actual, razón y emoción del presente, agenda del ahora. No es solo un potencial o eventual ejercicio del recordar o proyectar colectivo. Es también papeles diarios del durante, bandera izada en las escuelas de las crianzas al sol de cada amanecer, en el patio de las infancias. Es también angustias encarnadas en estados coronarios de emergencia sensible. Es murmullo, festejo y puteada compartidas en un instante eterno desde el balcón minúsculo del anónimo ventanal. El fervor de las complicidades es también del fútbol y su presente. Los festejos del domingo 18 de Diciembre y Martes 20 de diciembre en las distintas ciudades del país descritas como la fiesta popular más importante de la historia argentina constatan esa enorme potencia que genera el fútbol en su relación (ya no sólo con la historia) sino con la vida actual. En palabras de María Pía López “La emoción colectiva es oceánica. Tiene algo de mar, sacude y arrastra. Deja jugar en ella, puro despliegue de una fuerza indómita”. Y así, las calles fueron hace unos días escenario notable de un festejo colectivo. El sueño diurno se hizo realidad. Para algunos y algunas, representación del desahogo. Para otros y otras, el traspaso generacional de la camiseta y sus identificaciones amorosas. Para muchos y muchas el culto a la amistad. Sentirnos por un rato los mejores del mundo. Aunque sea por un rato. Habiendo tantos asuntos pendientes en nuestra sociedad mirar al mundo futbolístico desde la cima imaginaria del mundo ¿Será esa la causa del desborde por la que algunos osados y osadas ascienden como trapecistas improvisados a cuanta altura sea posible: postes, semáforos, techos, árboles, hasta el mismísimo obelisco de la ciudad? ¿Será que configuran con su cuerpo literal un hecho de la emoción colectiva en el inatrapable instante del presente? VIII La plaza que está enfrente al consultorio tiene una canchita de fútbol. Después del partido contra Polonia (2 – 0 arriba) decido pasar para sentir el pulso de la cuadra mientras realizo, claro, un corte en la atención de pacientes. Veo que el partido en la canchita está más concurrido de lo habitual y mientas los bocinazos auguran el festejo el partido de la canchita (continuidad del partido que acaba de ganar la selección, sostengo) está pronto a comenzar. Me quedo. Hay en la cancha un número considerable de pibes y algunas pibas. Noto que algo pasa, algo demora el inicio del cotejo. No es la ausencia de pelota. Veo rodar rodar de aquí para allá. No es eso. “Dios es redondo” recuerdo con Juan Villoro y su hipótesis de que el fútbol recupera la escena lúdica de la infancia y por eso cuando jugamos de adultos revivimos algo de ese tiempo pasado vi. Pero vuelvo rápidamente a la canchita. Parece haber un problema con los jugadores y jugadoras, con la división de los rivales, con el ejercicio de la separación de quienes integran un equipo y quienes integran el otro. Claro. Entiendo el problema. Creo hacerlo entendido: todos los pibes y pibas dispuestos y dispuestas a jugar llevan la misma camiseta con el número 10 en la espalda. La celesta y blanca. X Me cuenta una paciente que su hijo está muy “manija” con el mundial. “Está como loco” agrega. Retengo esos dos significantes “manija” y “loco” hiper presentes en la lengua cotidiana, hoy codificada, de las redes sociales. Relata la paciente que por fin consiguió las figuritas del mundial. Sé que hizo un esfuerzo económico y logístico como tantas madres, padres y familiares en el extraño suceso de las figuritas para este mundial que nos hace recordar la crítica de ciertos pensadores (como Barthes) a la industria del juguete mercantilizado y objeto de consumo mediado por la rentabilidad. Pero conseguir los deseados paquetes ella, la paciente, “movió cielo y tierra”. Pero nosólo consiguió las figuritas del mundial, sino que luego de unos días apareció en un paquete la figurita de Messi. “La difícil ma, la difícil” le dijo el hijo a quien estaba destinado dicho esfuerzo, hecho que ella cuenta con lágrimas en los ojos. “La conseguimos, Sebastián” decía sollozando. Marco que no es solo azar, intervención ligada a su posición a veces dominada por cierta creencia impotente respecto de su condición y actos (Acaso una cara encontrada en el mar de papelitos ¿Restituye a una madre o a un padre en su función?). Ahora bien, agrega que de tanta alegría el niño esa noche no podía dormir. Síntoma que los aqueja a ambos hace algún tiempo. Él se acuesta esa noche y le cuenta a la mamá las figus que tiene, las que le faltan, las “repes” y las “nola”. Ella le pide que se duerma de una vez, pero no hay caso. El éxtasis e inquietud parecen soplar las sábanas como una tormenta de insomnio en los ojos abiertos del niño apasionado. Pasados unos minutos “le dije, Sebastián. Le dije: Es hora de dormir, de dormir y de soñar”. Cuenta ella que él la miró atento frenando así su verborragia mundialista. “Su cuerpo dejó de moverse” cuenta. Decide ahí agarrar con suavidad la cabeza del niño y acariciando agrega “Terminó el partido por hoy. Ahora al vestuario a dormir y soñar. A soñar con los goles de Messi. Soñá con los goles de Messi, hijo”. El niño finalmente, con la figurita en la mano y el álbum debajo de la almohada, se durmió. Nota: El título es un homenaje al precioso modo de articular literatura y fútbol propiciado, a través de espacios radiales, proyectos literarios y espectáculos, por el periodista y cuentista Alejandro Apo cuando dice que “El fútbol contó un cuento”. En la contratapa del libro homónimo que compila cuentos escritos en torno al fútbol por los más variados autores se puede leer el espíritu de aquello la frase “el fútbol, contó un cuento” busca transmitir: “Desde ángulos y perspectivas diferentes con cálida voz, cada una de las historias aquí reunidas abre un espacio para la memoria, el humor la emoción”. i Respecto de lo común afirma Marcelo Percia: “La condición parlante avisa de un estar en común antes de cualquier existencia” (Percia, 2017: 434). ii Teniendo en cuenta este significante Bondi vale recordar cómo un chofer de la línea 26 en la Avenida Corrientes de la Ciudad de Buenos Aires no dudó en abrir la puerta del transporte a un grupo de jóvenes, todos ellos vistiendo la camiseta de la selección de fútbol, que querían llegar a los festejos en el centro porteño en una Buenos Aires colmada de tránsito supliendo así la nerviosidad cotidiana de las arterias y avenidas por un acto de profunda y momentánea generosidad. iii Afirma Pablo Alabarces en su libro Fútbol y Patria que “El fútbol, espacio de la identidad cálida que solo pide una inversión de pasión a cambio de un relato de pertenencia sin mayores riesgos, se torna identidad primaria; no un relato entre los otros, sino el único sentido trágico de la vida” (Alabarces, 2008: 29). iv La actividad “Sujeto, decime que se siente” la coordinamos entonces con el colega Mariano Tejo Arroyo. v Bartis, R. (2003). Cancha con Niebla. Buenos Aires. Atuel. vi En sus palabras afirma el escritor: “Es posible que el fútbol represente la última frontera de la intransigencia emocional; rebasarla significa traicionar la infancia, negar al niño que entendió que los héroes se visten de blanco o azulgrana” (Villoro, 2006:19)

  • Duelen sin Gloria / V. Nicolás Koralsky

    I. La muerte tan solo duele. Dicen que la muerte duele y solo duele más. ¿quién ha vuelto de ella para atestiguar su dolor? II. Una cama un hospital ella, Gloria sostiene la mano de Él que no tiene qué o quién lo ancle a Tierra. Su incontinencia ya no es verbal: se hace encima antes sabía aguantar llenándose de todo lo que le ayudaba a olvidar la muerte. III. Una vez le escuché decir que los de mi estirpe “pechaban mierdai”. ahí rencoroso despecho al varón que descuida de sí y vive gracias al cuidado de otras. Otra vez, hace pocos años lo escuché decir: aprendo mucho de vos y de a poco vi como el temblequear de su pulso desprendía sus últimas vibraciones de vitalidad. Una vez lo ví creyéndose libre independiente de todo. Otra vez, hace unos días escuché que no podía hacer nada sin la ayuda de otras. IV. Una hermana con vi(d)rus de llanto, se deshidrata baja azúcar, baja presión y su poca respiración la dejan en el mismo escenario donde Él partía. Otra hermana, más joven es llenada de gracia altas cargas de FSHii alta LHiii y una inhalación ansiosa la dejan a paredes de por medio donde la otra, nuevamente, respira. V. Un hermanito le dice a otro: “Cuando llegamos al mundo nos pegan en un álbum de figuritas. Estamos vivos mientras la figurita está pegada.” El más pequeño replica: “¿Quien se encarga de despegarnos del álbum?” El más sabiondo responde: “La muerte despega la vida”. El otro piensa y entre pregunta y exclamación, dice : “(¡¿)Cómo despegan los aviones y llegan al cielo(?!)” El primero agrega a su cavilación: “Hay algunos que son difíciles de despegar de la vida como el Diego”. El otro cree que una mano de Él solo aparece cuando todo se siente ya perdido. Una mano sostiene una vida muerta. Otra aferra la ilusión que despertará Gloria. VI. En la Creación iv el contacto, solo una aproximación es un dedo cercano a otro que infecta vida. Imagen antropocéntrica representación de una partida donde el Dios es la creación de un hombre. Imaginaría humana que se nos va de las manos. Manos entrelazadas para llamar a una presencia divina. Dar una mano, dar la mano no soltar una mano para dar un milagro que dé vida a un pueblo. Dar una mano, dar la mano no soltar una mano para que se dé el pasaje de un futuro finito a uno “sin pena ni gloria”. Argentina suda desigualdad un diez transpira magias varios son los dioses encargados de traer estrellas y uno en volverse una. VII. No llegaste a celebrar como te hubiese gustado. Quizás partiste sabiendo que ya no podías gritar que ya no podías festejar que ya no podías caminar que ya no podías llegar que ya no podías que ya no Gloria hecha tierra. Pueblo de gloria. Allá, imaginariamente, la que te recibe es la que viste en el 86. Dios hecho de tierra y pelota de trapo. Un dios de huesos y carne que murió abrasado por los excesos que espero ahora compartan juntos. VIII. Celebrar la vida llena una copa para emborracharse brindando para celebrar una victoria para tomar una medicación para no estar tan solo. IX. La muerte tan solo duele. Dicen que la muerte duele y tan solo duele más. ¿Solo duele la muerte? i Pechar en el noroeste de Argentina es sinónimo de empujar. ii Hormona foliculoestimulante. iii Hormona luteinizante iv Miguel Ángel: La creación de Adán, 1511, fresco, 280 × 570 cm, Capilla Sixtina, Ciudad del Vaticano.

  • El acontecimiento; la hiperpresencia / Anne Dufourmantelle

    El riesgo crea materia de acontecimiento. Da forma a una pura singularidad, a aquello que advendrá una sola vez. El acontecimiento deshace la temporalidad requerida para inventar otro tiempo, aquello a partir de lo cual otro mundo, otra mirada se inaugura. Tal comienzo es otro nombre del riesgo. Sin el cual no tendría lugar la invención del mundo renovada a cada instante, y el mundo que conocemos ya se habría acabado. Esta capacidad prodigiosa de producir algo sin huella, irrepresentable, mantiene este mundo que conocemos en su posibilidad de ser. El acontecimiento es en este sentido siempre catastrófico, como el anillo de un humo que inicia en línea recta antes de emprender su fina torsión: llega al lugar exacto donde se quiebre la trayectoria. El riesgo precipita el acontecimiento en su corporeidad, en lo que podrá causar que digas: “ya está, ya ocurrió”. Ningún raciocinio podrá acabar con esta suerte de penumbra que permanece opaca para el sujeto. Al que corre el riesgo (uno debería decir más bien: el que es corrido por el riesgo) lo convierte en jugador. El apostador entabla con lo desconocido una lucha del que espera salir más vivo que antes, y esta apuesta es lo que honrará el acto como riesgo. Por ejemplo, lo que transforma un encuentro amoroso en acontecimiento es el deseo. El deseo en la inteligencia y en cada punto del cuerpo, escondido en el repliegue del ser, en el misterio imposible de lo que se oculta y que no obstante comienza allí. Esta cosa que tiene lugar en secreto y de la que los dos protagonistas no se repondrán, viene de aquello que sin saberlo, sin preverlo, han arriesgado de sí mismos, lo que los ha comprometido de por vida en este acontecimiento que está teniendo lugar. El acontecimiento del encuentro es un objeto fugaz. Habría que pensarlo en sus comienzos casi inaudibles. Te veo, te reconozco, te rozo, y el amor se condensa a una velocidad fulgurante en estos dos o tres intervalos, mi mano, tu gesto, tu respuesta que la emoción desfasa por algunos segundos, este silencio que atraviesa nuestros cuerpos como una prohibición de ir más allá. Desde este momento, cultivar autocrítica y burla non sirve de nada, como tampoco sirve el sufrimiento que se inflige uno por el intermediario de lo real, tan diligente para hacerse brazo armado de los miedos. El sujeto cartesiano de las Meditaciones es hecho presente a sí mismo por el acontecimiento de la duda. Derrida propone ver en dicho acontecimiento, de entrada, la marca de un sujeto atravesado por la locura. El sujeto cartesiano dejo allí, de cierta manera, su razón, su saber y su fe. La duda, pensada por Descartes en su potencia (suspender lo real, cuestionarlo radicalmente), es una experiencia que hace posible un mundo fiable. Propongo nombrar “hiperprescencia” a esta facultad de ser devuelto a sí mismo por el rodeo del “arrebato” de la duda. Uno puede experimentarlo en un accidente, en un momento de vida decisivo o incluso de contemplación: en tal acontecimiento, uno está de forma “extraordinaria”, es decir, no del todo uno mismo. Y esta hiperpresencia es de hecho bastante poco frecuente en la existencia. El acontecimiento nos permite ser un cuerpo de percepción de emociones, de afectos. Uno de los únicos vínculos posibles que hemos tenido con el traumatismo es una memoria disembodied (es, decir, literalmente des-encarnada, puesto que si uno debiera realmente pensar el trauma -y aquí hablo de “pensar” como de un vivir-, sería un nuevo drama) que nos permite referirnos a él como a algo que en cierto sentido hubiera sucedido “a alguien más”. Al mismo tiempo, uno sólo puede capturar algo del trauma, atravesarlo y librarse de él si uno lo recorporeiza. Si acontece de nuevo para nosotros, si corremos este riesgo, en consciencia, en presencia. Me parece que sucede algo similar con el acontecimiento político o cultural. Si algo pasó, es que tuvo lugar en algo corporal; pero dicho cuerpo no tiene que ser como el cuerpo físico del bailarín, por ejemplo, sino que también puede ser el cuerpo de una obra, de una instalación. Y tal vez sea allí donde reside el peligro de la “acontecimentación” (événementialité) que ofrece la tentación de quedar fuera del cuerpo, de colocar un horizonte lo más perfecto posible, de recrear todo el protocolo, las condiciones de llegada del acontecimiento pero que en realidad lo reprime esencialmente. Tanto más se adentra uno en una presencia total en sí mismo y en el mundo, cuanto más lo que se desprende de ello es, paradójicamente, imprevisible; colectivamente hablando también. ¿Por qué será que la hiperpresencia constituye un acontecimiento? Quizás porque una cierta cualidad de ser, en el sentido en que uno habla de la cualidad de un sonido o de una intensidad luminosa, impone o provoca, como en la experiencia de la duda cartesiana, una suerte de epifanía, quiero decir, una coincidencia de acto y de ser. Fuente: Elogio del riesgo (2019). Nocturna editora. Bs. As.

  • Plaza Miserere I: Cuidar la lengua / Sebastián Salmún

    “El deseo de cuidar o pensar la vida, ¿se potencia o debilita en proximidad de otras abundancias que, también, sufren?” Marcelo Percia “Pero a nosotros, que no somos ni caballeros de la fe ni superhombres, sólo nos resta, si puedo así decirlo, hacer trampas con la lengua, hacerle trampas a la lengua” Roland Barthes ¿Caminaron alguna vez por Plaza Miserere? Plaza Miserere, plaza de las plazas, reina de las plazas. Conocida también como Plaza Once es uno de los espacios urbanos más relevantes de Buenos Aires. Si. Más relevantes. Central de ómnibus en nuestra ciudad, desanuda los enredos que el cuadro diversificado de sus calles, de sus aceras y caminos hace circular ordenando un tránsito como si fuera un geógrafo que dibuja en su mapa ríos anómalos y llanuras exóticas. Once y sus ríos. Cauces sujetados de un cemento asfáltico donde la Avenida Pueyrredón se cruza con la Avenida Rivadavia hasta toparse con las montañas de edificios (como la pizzería Odeón, como el supermercado C, como el Banco x) cuyas laderas (con ojos de vidrio) delimitan el curso de las aguas grises. ¿Hacia dónde nada esa fauna incalculable de autos, motos, camiones y bondis? El Once de los Bondis. Bondis: Dícese del transporte colectivo del que habla Cortázar en su ilustre cuento (también conocido como ómnibus, guagua, etc.). Y bondis: dícese del conflicto subyacente a los colectivos, a los grupos comunitarios en tensión, a las comunidades en pugna barrial. “Alto bondi” suele decirse para hacernos recordar que lo colectivo es conflictivo. Once y sus innumerables conflictividades, espejo no algorítmico de la vida en la ciudad. La plaza entonces abarca tantos puntos cardinales como historias (no olvidemos Bartolomé Mitre y Catamarca). Parque centralizado en el ombligo del cuerpo portuario, es el eje administrativo de una burocracia del transporte que a través de los números 98, 132, 101 pretende sellar con cifras, su indescifrable función. Y es por ello, el sitio de una babel cultural inasimilable por el diccionario de la real academia argentina (¿Difícil de atrapar por nuestra universidad?). Sus pliegues plebeyos son indómitos para los monárquicos edictos del sentido común apalabrado porque Once parece renacer sus lenguas con cada sol. ¿Y cuántas lenguas se habla en eleven park? ¿Cuántos migrantes balizan su extra territorio? El ruido de la plaza nos permite escuchar diversas lenguas entonces, distintos idiomas, complejas comunicaciones. Son alternas procedencias de extranjeras sensibilidades. Son palabras jugando con sus raíces en múltiples sentidos que recuerdan cómo la inmigración es una pauta social en el siempre candil de nuestro fundacional “crisol”. Recuerdan a su vez que los orígenes de una nación es a la vez un acuerdo ficcional sobre lo colectivo. Recuerdan finalmente que es necesario “no olvidar” y así interrumpir los impulsos segregativos de este nuevo siglo. Once es la barbarie civilizada de la Argentina forjada por los tanxs, gallegxs, judíxs. También por los bolivianxs, paraguayxs, afrxs, chinxs, peruanxs, dominicanxs, venezolanxs, etc. La argentinidad como síntesis del acervo nacional. Eso es Once. Eso palpita en el corazón de una ciudad diversa y dispersa. Al detener sus palabras escurridizas el sabor y el fervor que se agolpan en los bordes y en centro de la plaza ¿Acaso es la plaza de los aplazados? Sí es la Plaza de las creencias proverbiales, de los dioses antiguos, de los diositos corrientes y de las comidas paganas al paso. Un pebete de jamón y queso, una bebida refrescante, unas tutucas, 3 alfajores al precio de 2, un pancho con papitas. Evangelistas, pastores y viajeros del mundo se autoayudan en Once como obreros solidarios, como hormiguitas de carne y hueso que caminan (caminamos) por la plaza llevando hojitas y sueños. También frustraciones. Vamos y venimos ¿A dónde? ¿De dónde? Venimos y vamos. De allá para aquí, de aquí para allá. Y entonces algunas preguntas: ¿Qué relación guarda la Plaza Miserere con nuestra universidad? ¿Qué asociación nos permite pensar respecto de la vida en común? Once es también el número maldito de las “tragedias” 30/12/2004 República de Cromagñon y 22/02/2012 El tren Sarmiento. La vida colectiva tiene dolores que no se pueden nombrar fácilmente. Son demasiado hirientes. No alcanza con numerarlos cronológica y necrológicamente. Porque son puñales que se clavaron en la carne joven de los ruidos devenidos silencios musicales o en las pieles deshilachadas por el metal de los trabajadores y las trabajadoras. El sepulcro inesperado que fue ese lugar lleno de vida llamado Once. La memoria merece decir que nuestra plaza miserere no tiene que volver a ser parque de las muertes, el insospechado cementerio de la pulsión de vida, la boca avara de la negligencia. No. Once tiene que poder escapar del maldito destino que lastima con sangre las letras de la oración popular. Porque no es una plaza más. Porque no es una plaza más. Porque es la plaza representativa de un barrio donde el comercio (entre otras actividades) teje las telas de una vida común que dice también lo que sucede más allá del válido principio de realidad de origen europeo. ¿Acaso no hay psicoanalistas nacidos en Once, che? ¿Acaso la lengua hispana es una lengua menor respecto del alemán o del francés? Once es por cierto un espacio público y gratuito. Si bien no está atravesada por el Rio Sena, ni es fotografiada por sus Arcos o Torres luminosas. Si bien no porta estatuas de rascacielos, ni venturosas catedrales con Gárgolas barrocas sí es un espacio que tendríamos que aprender a cuidar (permítanme el consejo). Porque Once es un espacio público, repito, que nos interpela a ser cuidado desde la facultad de psicología, apenas a unas cuadras. Pero ¿cómo cuidar una plaza desde la universidad? ¿Cómo integrar esta pseudo ciudad hecha de pasillos, aulas, pizarrones y saberes dentro a la Gran Ciudad? La facultad de psicología, a unos metros de la plaza “ten compasión” (Miserere) ¿Es su anexo? ¿Su “patio trasero”? ¿Qué lazo une nuestras aulas con la verba de dicha plaza? ¿Qué entramados nos alejan? Creo que, para eso, entre otras cosas, estamos en la universidad. Para enlazar lo que sucede en las diversas plazas de la comuna, con lo común que sucede en el artificio intelectual que llamamos clases. Para que las fábulas del intelectualismo europeo no nos distraigan malamente y se solidaricen con el esfuerzo de proyectar asilos de conceptos que hospeden la singular manera de vivir acá. En Once, en Balvanera donde la gente es “mitad bonita, mitad fulera” como cantan Pulice y De Vicenso en el precioso tango “con un conventillo en el corazón”. Porque una facultad también es una gran plaza pública donde caminantes vienen de aquí para allá, de allá para aquí. Con sus lenguas, con sus redes de idiomas, glosarios, conceptos. Detengámonos en la facultad de psicología. Los apuntes de clase dibujan promesas, expectativas, fantasías de intervenciones clínicas porque en cada cuaderno hay una futura intervención, un germen de intervención, un deseo de intervención. En las aulas se fantasean invenciones, tesoros preciosos de la solidaridad con el otro, con la otra. En las aulas, palabras del inicio, caminos infinitos. Ayudar, calmar, escuchar, alojar, curar, sanar, intervenir son verbos que circulan entre nosotros y nosotras cuando estamos en la Facultad. Terapia, tratamiento, cura, comunidad, psicoanálisis, grupos, instituciones, psicología, estancias, lo común, asambleas también. Es que somos deudores de los que en plaza Once viven su vida diaria, fundamentalmente de aquellos que la viven al compás de la intemperie. De aquellos y aquellas que bañan sus cuerpos debajo de la lluvia enemistada al sol, del amnésico calor del invierno, del viento negro, hostil y cagón de la noche. Ese refugio que es estudiar, enseñar, leer, pensar la lengua en las aulas nos hace deudores. Pero no es una deuda moral teñida de la gran culpa ancestral, marcada por la purga de la prédica religiosa en nombre de algún padre o prócer. Tampoco es una deuda que carga una masa de frustraciones acumuladas en la historia heredada. Es una deuda que tiene como contracara la gratitud, la posibilidad, el pago no mercantilista. Es una deuda laica que reconoce la convicción de afirmar que todas las plazas merecen cuidado. Acaso el futuro empieza en las plazas, donde la niñez explora la potencia de los juegos ¿No creen? ¿Qué creen? Quizás, nos debamos imaginar otras plazas, otros lugares, otros asientos. Imaginar y decir que la plaza Once está en la facultad de psicología y que la facultad de psicología está en Plaza Once, en Plaza Miserere. Quizás así paguemos de una vez y para siempre, nuestra deuda. Quizás así podamos escuchar voces, silencios, gritos, bailes, murmullos. Quizás así podamos, cuidar la lengua.

  • La acción subversiva de la poesía / Aldo Pellegrini

    Hay una fuerza en el hombre, proveniente del simple hecho de vivir, que condiciona su destino de modo fatal. Esta fuerza se vuelve visible a cada momento a través de las manifestaciones del amor, que tiende a trascender del individuo en una comunión con el todo, tiene sus propias leyes irreductibles a los esquemas racionales. La poesía aparece como expresión de ese impulso hacia el cumplimiento de un destino vital, y la fatalidad de ese destino se revela en la poesía como un hecho indiscutible. La poesía no es, por consiguiente, un lujo o un divertimiento, sino una necesidad, del mismo modo que lo es el amor. Todas las otras necesidades, aún las más perentorias, están subordinadas a esos dos, que en definitiva son los dos aspectos de una misma energía primordial que le confiere su verdadero sentido a la vida. Si penetramos profundamente en el significado del viejo refrán "No sólo de pan vive el hombre" comprobaremos que la lúcida sabiduría popular llega a una convicción análoga. Prescindir de la poesía equivaldría a renunciar a la vida. Considerado así, lo poético no reside sólo en la palabra; es una manera de actuar, una manera de estar en el mundo y convivir con los seres y las cosas. El lenguaje poético en sus distintas formas (forma plástica, forma verbal, forma musical) no hace más que objetar de un modo comunicable, mediante los signos propios de cada lenguaje particular, esa fuerza expansiva de lo vital. Como consecuencia, el mundo poético está en todos, en la medida en que cada hombre es un ser integral. La clara consigna de Lautréamont, "La poesía debe ser hecha por todos", no tiene otro sentido. Aquel que ignora la poesía es un mutilado, tal como lo es aquel que ignora el amor. La última afirmación podría sugerirnos la idea de que vivimos en un mundo de mutilados, pero no es así: lo que habitualmente encontramos no es la falta de impulso poético sino su represión. Y está reprimido porque vivir hacia lo ilimitado, como exige la poesía, es decir, vivir en la dimensión total, no resulta conveniente para las fuerzas opresoras que dominan el mundo. Aceptar ese modo de vivir significaría prestarle al hombre un carácter casi divino, lo que no interesa a los detentadores del poder, que prefieren considerar al hombre como un objeto, como algo inmóvil y sin dimensión. Para anular a la poesía se ha creado toda una organización de falso pudor, parecida a la que existe para limitar la extensión del amor. Por el crimen de pornografía se condena al amor sin trabas. Parecida condena de pornografía amenaza a la poesía auténtica, sin trabas. Los dos procesos que abren el camino de la libertad, de la aventura, de lo imprevisto y de la exaltación, se ven constreñidos a la categoría de parias sociales. Abierto el camino de la libertad por la poesía, se establece automáticamente su acción subversiva. La poesía se convierte entonces en instrumento de lucha en pro de una condición humana en consonancia con las aspiraciones totales del hombre. Ceder a la exigencia de la poesía significa romper las ataduras creadas por el mundo cerrado de lo convencional. Esta función de ruptura no pasa inadvertida para quienes aspiran a una convivencia basada en la sumisión. Tampoco pasa inadvertida la importancia, la verdadera necesidad de la poesía como factor de expresión vital. La solución contemporánea de estos dos problemas la logran los detentadores del poder domesticando a los poetas, volviéndolos inofensivos, para que ofrezcan un producto falsificado o desnaturalizado que con el título de poesía reciba los honores oficiales, las prebendas. Así se logra un alimento sustitutivo de la pasión poética, que puede designarse con el nombre de poesía "oficial" y que es la negación total de la poesía. Así se alcanza el ideal de los carceleros: lanzar a los poetas contra la poesía. Por este mecanismo de sustitución, el verdadero poeta queda fuera de la ley, y para darle a su engañifa características de consenso, los carceleros someten a los poetas a la repulsa de la opinión pública. Los detentadores del poder fabrican la llamada opinión pública, y ésta actúa dócilmente en defensa de los intereses que propician la sumisión. La opinión pública es la opinión de los hombres sin opinión, y éstos condenan la poesía. En el momento en que la poesía es colocada fuera de la ley aparece como consecuencia ineludible la figura del poeta repudiado: la poesía se vuelve maldita. No todos los poetas ceden a la presión del poder y de la opinión pública. Dante, Villon, Blake, Rimbaud, Lautréamont, Artaud, agitaron en una u otra forma el látigo liberador. Pero hay poetas que se rinden, que claudican, y esta claudicación se obtiene a veces por los medios más indirectos. Uno de los medios indirectos de sumisión, en el que caen a menudo verdaderos poetas es el esteticismo. El arte por el arte significa siempre un arte sometido, que rehúye el peligro y busca el calor de los aplausos. Pero esto no quiere decir que la acción subversiva de la poesía se realice mediante el tratamiento directo de los temas de subversión. No necesita, por ejemplo, cantar a la libertad (palabra degradada por los falsarios de todos los colores) pues cantar a la libertad ha demostrado ser uno de los recursos de los propiciadores de la esclavitud. La libertad vive en la poesía misma, en su manera de expandirse sin trabas, en su poder explosivo. Está implícita en el acto de la creación, en ese modo de surgir de las zonas del espíritu donde reina la insumisión, donde es libre en todas las dimensiones. Libre de los esquemas de la razón, libre de las normas sociales, libre de las prohibiciones, libre de los prejuicios, libre de los cánones, libre del miedo, libre de las rigideces morales, libre de los dogmas, libre de sí misma. En esa zona del espíritu vive la experiencia milenaria de la especie, vive el sentido del hombre, se forman los deseos y las formas impulsoras de la dinámica vital. Allí se establece el vínculo real con el mundo a través de la única vía libre que lleva al universo todo. En esa zona se gesta el milagro, nace la excepción. La poesía tiene allí su imperio, y allí están las fuentes de la imaginación creadora que participa con las potencias del amor en la construcción del ser auténtico, que cuando se lo percibe dentro de sí determina la aparición de un orgullo silencioso y secreto, un orgullo que toma frecuentemente la apariencia de la humildad, y que es patrimonio casi exclusivo, en su monstruosa magnitud, de los santos y de los poetas. La acción subversiva se manifiesta al ofrecernos la poesía la imagen de un universo en metamorfosis en oposición al universo rígido que nos imponen las conversaciones. La imagen poética en todas sus formas actúa como desintegradora de ese mundo convencional, nos muestra su fragilidad y su artificio, lo sustituye por otro palpitante y viviente que responde al deseo del hombre. Por eso la poesía auténtica degrada a quienes aspiran a existir en un medio dominado por la quietud, un medio pasivo, sin riesgos y sin imprevistos. Ese medio es un esquema irreal, abstracto, desvitalizado; es el falso mundo de la seguridad, que se parece más a un mundo de fantasmas que las más desaforadas creaciones de la imaginación poética. Para completar la paradoja, los defensores de ese mundo irreal se llaman a sí mismos, realistas. Una actitud disconformista señala el paso inicial que dirige al hombre hacia el centro de acción de la poesía. El poeta se coloca frente a la sociedad aceptada y manejada por los conformistas. La maquinaria social al servicio de una organización deshumanizada reduce a los hombres a números, y cierra todos los caminos. Los que sueñan con el poder, cualquiera que fuere el mecanismo de éste (el dinero, la fuerza, el soborno, el chantaje, la política, el terror) tienden a reducir la conciencia de los hombres a cero. El mundo se convierte así en un reducto sin puertas ni ventanas, domine el patrón oro, o domine la burocracia. La poesía abre puertas y ventanas tanto hacia afuera, hacia el mundo, como hacia adentro, hacia el hombre. Pero indudablemente la poesía, al introducirnos en el misterio de lo real, nos descubre una vasta zona de peligro, una región inquietante y turbadora. Muchas veces lo poético toma la forma de un acto de violenta provocación y aparece como antipoético, como negador de la creación. Cuando Marcel Duchamp expuso una rueda de bicicleta o un portabotellas con la pretensión de que constituyesen obras de arte, realizó un acto poético del más alto valor subversivo. Lo mismo Rimbaud, al renunciar a la poesía, lleva a su extremo límite la actitud subversiva del poeta. La insumisión alcanza ese límite extremo en el momento en que proclama la negación de la poesía, y ese momento aparece cuando la poesía está seriamente amenazada de domesticidad. Así, lo antipoético se convierte en el valor supremo de subversión y en el mecanismo utilizado por los verdaderos poetas en defensa de la poesía en peligro, para reconquistar su fuerza liberadora. Mediante lo antipoético, se retorna al punto cero, en contacto con la fuente originaria, con el fuego central. En el proceso utilizado para domesticar a los poetas, el aplauso, el consenso elogioso, la popularidad, son los factores más peligrosos. El poeta que sucumbe a la tormenta de los aplausos debe pensar que los imbéciles, que forman la gran masa de los llamados entendidos, no se equivocan nunca: sólo aclaman lo inofensivo. El poeta debe desconfiar de ese aplauso, de ese elogio unánime, con el que fabrican las rejas de su prisión. Por eso Bretón lanzó un alerta lúcido a los poetas al decir: "La aprobación del público debe rehuirse por encima de todo". Pues un poeta domesticado por el elogio tiene más valor para los predicadores de la sumisión que los inocentes versificadores que ellos presentan como sustituto. El poeta domesticado se convierte en ejemplo de la inutilidad de ser libre. Como el león domesticado, es una caricatura grotesca de un gran señor de la libertad, y sus rugidos adquieren entonces acentos de canto de ruiseñor. No es la confortable y estéril placidez de los parques artificiales la que conviene al poeta; su poder combativo y creador se exalta en la sorda lucha de la selva, y para el poeta de hoy la selva ha encontrado residencia en las grandes metrópolis, donde brotan del suelo gigantescos rascacielos, donde la vida se ve vuelta en la mañana inextricable y despiadada de un mundo mecanizado, y hombres-serpientes y hombres-chacales pululan por las calles. El humor es el elemento que provee a la poesía de su mayor virulencia. Acerado como la luz, el humor se constituye en la vanguardia combativa en pro de la autenticidad del ser. Con su filo luminoso corta la oscuridad, y aporta el fuego que consume lo muerto y reanima lo vivo. Contiene el feroz deseo del hombre en su virtualidad renovadora, que corroe el mundo de lo inmóvil y lo opaco. Latente o concreta, la subversión contenida en la poesía auténtica no ofrece dudas; pero la poesía no se reduce a un acto negativo puro: contemporáneamente a su acción provocadora afirma su fe en un mundo mejor que responda a la íntima realidad del hombre. Por eso sostiene una posición de recuperación de todos los antiguos mitos que ofrecen salida al desamparo: el mito del paraíso terrenal, el mito de la edad de oro. La poesía cree en esos mitos, así como cree en la fuerza todopoderosa del amor. En esa común pasión coinciden los poetas con los fundadores de religiones. Esa es la causa por la que El sermón de la montaña se reúne con Así hablaba Zaratustra en la misma defensa del hombre. También los poetas hacen suya la memoria de los mártires que buscaron cambiar la condición humana, pues las torturas infligidas a los santos, a los revolucionarios y a los poetas, tienen todas el mismo significado de persecución del espíritu poético, de aniquilación del hombre que no se resigna a un destino sórdido. En una misma veneración se engloba a Jesucristo, Giordano Bruno, el obrero-poeta Bartolomeo Vanzetti y Antonin Artaud. En una época como la actual, en la que la poesía tiende a la domesticación por los más variados mecanismos en los más variados regímenes sociales, los poetas auténticos se encuentran siempre alertas, aunque estén reducidos a la soledad o compelidos por la fuerza y el terror. De pronto aparecen los Vosnesensky, los Evtuchenko para recordar los derechos inalienables del hombre. Estamos próximos al momento en que la revolución en defensa del hombre se desarrollará en el plano de lo poético. Fuente: Publicado en Para contribuir a la confusión general, 1965. Ediciones Siglo Veinte SACEI.

  • 29 segundos / Giuliana D’Esposito

    Leí que después de la muerte el cerebro tarda veintinueve segundos en morir Medio minuto Medio minuto donde la conciencia sigue activa hay actividad cerebral, pero no vital veintinueve segundos . Veintinueve me levanto sabiendo que queda un día un día y veintinueve segundos siempre me preguntan cómo lo supe y nunca sé qué contestar. Veintiocho también dicen que en ese medio minuto tenemos viajes que nos llevan a la muerte. Veintisiete te gustaba mucho viajar. Veintiséis que fluctuamos entre la conciencia y la inconciencia. Veinticinco tenías planeado ir a Roma. Veinticuatro no llegaste. Veintitrés lloro. Veintidós el cáncer es una mierda. Veintiuno podemos llegar a tener alucinaciones durante estos segundos. Veinte ojalá te hayas reencontrado a tu papá y haya sido la mejor locura del mundo. Diecinueve “hoy va a ser el día más largo de mi vida” me confesaste. Dieciocho yo sabía a qué te referías Diecisiete me susurraste qué me amabas me dejó más tranquila. Dieciséis yo también. Quince me saqué un pasaje a Italia. Catorce me voy en un año. Trece tuvimos que reconocer el cuerpo para sacarte del hospital fui yo. Doce los meses que pasaron desde que te fuiste. Once tenías la sonrisa más linda del mundo. Diez en el funeral vi gente que pensé que nunca iba a volver a ver en mi vida. Nueve capaz en Roma te encuentre. Ocho nunca había visto llorar a la abuela. Siete los médicos te determinan muerta clínicamente. Seis el cuerpo se relaja. Cinco los meses que viviste enferma. Cuatro llaman a mi casa para avisarle a mi familia. Tres se me termina el día. Dos caigo. Uno no quiero soltarte. Cero ojalá nunca me olvide de tu voz.

  • Naturaleza muerta con globo / Wislawa Szymborska

    En lugar de que vuelvan los recuerdos en el instante de la muerte solicito el regreso de las cosas perdidas. Por las puertas y ventanas: los paraguas, la maleta, los guantes, el abrigo, para poder decir: qué me importa todo eso. Alfileres, este peine, aquél, la rosa de papel, la cuerda, el cuchillo, para poder decir: nada de eso echo de menos. Dondequiera que estés, llave, trata de llegar a tiempo, para poder decir: la herrumbre, querida, la herrumbre. Descenderá una nube de constancias, de pases, de expedientes, para poder decir: el sol se pone. Reloj, fluye desde el río, deja que te tome en mi mano, para poder decir: finges la hora. Aparecerá también el globo secuestrado por el viento, para poder decir: aquí no hay niños. Vuela por la ventana abierta, vuela por el amplio mundo, que alguien exclame: ¡Ay! para poder llorar. Fuente: Publicado en Llamando al Yeti (1957). Y en Poesía no completa. Fondo de Cultura Económica, 2002. Traducción Gerardo Beltrán

  • Adynata Diciembre / VPS

    Hay veces en que la alegría está cansada. Y el entusiasmo muchas veces no se (me) enciende. Los disfrutes padecen, como nunca, de intermitencias. El ánimo se descalibra y vive entre pantanos y honduras donde, con esfuerzo, la inmovilidad se va sacudiendo. El aire se espesa hasta que alguna ráfaga sacude la piel. Pero pasa fugaz. (¿Será -como dice mi amigx musical- que tocaron el cosito del tiempo?) El cuerpo duele, los bosques, duelen humedales, montes, desesperación y hambre también hasta el fastidio. (¿Será que ya ni el hartazgo resulte suficiente?) La devastación avanza ¿y si, esta vez llegara hasta derribar estos tics civilizatorios? ¿y si llegara esta vez sí hasta animalizarnos al menos un poco?

  • Para nosotrxs / Ezequiel Buyatti

    Una fuerza revolucionaria solo puede construirse en red, de lo cercano a lo cercano, apoyándose en amistades seguras, tejiendo furtivamente complicidades inesperadas, hasta llegar al corazón del aparato adverso Comité invisible, Ahora Raoul Vaneigem sostiene en el Tratado que la civilización occidental es una civilización del trabajo y, como dice Diógenes: el amor, entonces, resulta la ocupación de los perezosos. El trabajo nunca dignificó la existencia, solo la redujo al hastío generalizado, al automatismo ciudadano. Con la gradual desaparición del trabajo forzado, el amor está llamado a reconquistar el terreno perdido. Y esto no deja de ser peligroso para todas las formas de autoridad. Y no solo el amor, sino también el odio. Nuestro odio —posible vehículo necesario para imaginar otros mundos sin la máscara de la paz social capitalista, genocida y ecocida que tanto se pregona— resulta, sin dudas, una vitalidad imprescindible. Vitalidad tan imprescindible como esa mirada que enhebra compañerismo. Vitalidad tan inexorable como la complicidad ofensiva contra lo existente. Vitalidad tan imperceptible como el aire y el fuego que queda entre los cuerpos durante el próximo abrazo. Nadie puede determinar lo que puede en encuentro. La amistad acontece con el rechazo de la fábrica universal que intenta convertirnos en unidades productivas, ciudadanos demócratas y obedientes. El sabotaje contra ella permite el placer de encontrarse, charlar, beber, comer, soñar, conspirar, preparar la revuelta de la vida cotidiana sin descuidar lo más mínimo los placeres que todavía no están totalmente alienados, escuchamos en De la huelga salvaje a la autogestión generalizada. La afinidad es el sustrato social de la anarquía, pero desde siempre se lo llama amistad, sostienen las cabezas de tormenta. Amistad como amparo. Afinidad como cobijo. Asociarse para desorganizar el principio de gobierno que rige la vida. Potenciar, entonces, esta idea-práctica de cuidar del otrx mientras afilamos comunitariamente las armas que nos propician la recuperación de la vida. Partir de la presencia, de los lugares que habitamos, de los territorios que vamos conociendo, de los vínculos que nos unen. La lógica del incremento de potencia: todo lo que se puede oponer a la lógica de la toma del poder. Habitar plenamente: todo lo que se puede oponer al paradigma de gobierno, nos dice el Comité Invisible. Una insurrección que viene con nuestrxs amigxs ahora. Pequeñas revueltas cotidianas y situadas que dignifican la existencia. Solo hay nosotrxs y el conjunto de vínculos, de amistades, enemistades y proximidades. Solo hay nosotrxs, potencias eminentemente situadas y su capacidad para extender sus ramificaciones en el seno del cadáver social. Un hormigueo de mundos, un mundo hecho de todo un cúmulo de mundos. Y si la destrucción es una pasión creadora, la creación apasionada erosiona el cemento civilizado aquí y ahora. Con nuestrxs amigxs vamos a seguir insistiendo: es en el fondo de cada situación y en el fondo de cada unx que hay que buscar la época. Es ahí en donde nosotrxs nos encontramos, en donde tienen lugar las amistades verdaderas, dispersas en los cuatro puntos del globo pero caminando juntas. Abandonar la idea de paz es la única paz verdadera. Para ellxs tenemos guerra, para nosotrxs (A)mor.

  • El pañuelo / Horacio González

    Un famoso escritor del siglo XIX francés declaró el temor ante la página en blanco. Se trataba de una forma festejable del miedo ante lo incógnito de lo que allí se podría escribir. Los pañuelos blancos de las Madres de Plaza de Mayo significan lo opuesto y lo complementario de esa blancura. En los pañuelos de las Madres ya ha sido escrito todo. Si hay que sentir angustia, es por todo lo que allí está escrito, y que sin embargo no ofrece signos visibles de escritura que faciliten la interpretación. Como sabemos, pueden permitirnos leer un nombre, bordado con delicadeza. En letras azules que forman una insignia que nos es familiar por sus colores. Que finalmente, como se dice en el más famoso poema nacional, son los colores de una pena extraordinaria. Por eso el pañuelo desciende de una bandera que conocemos bien. Y cuando leemos un nombre, es un nombre embanderado, que sobre la cabeza maternal hace flamear su ausencia. Quizás una ráfaga inquieta de viento permite imaginar que esos nombres de muchachas y muchachos nos visitan para preguntarnos por ellos en nosotros. Es así que el color blanco, potencialidad de todos los demás colores, ha exigido en la Argentina la forma del pañuelo maternal, la señal propiciatoria de la imaginación política y el sentimiento de búsqueda inagotable del hijo que no está. ¿Qué se sabe de ese hijo? Se sabe todo y no se sabe nada, pues cuando se sabe todo aparece la imagen más sufriente, que se desearía apartar, y cuando no se sabe nada, aparece la figura de un dolor inconsolable, que también se intenta alejar. Por eso, el pañuelo blanco de las Madres de Plaza de Mayo es el nácar más brillante de la congoja argentina. Está dentro de la historia nacional y también la excede. Nos habla de las militancias juveniles más enfáticas, en singular y plural. Es el extenso palimpsesto donde leemos ahora las insignias de un pasado próximo y de lo que ocurre en las calles de Chile o de Bolivia. Y en toda Latinoamérica. Son imágenes fugaces, inscriptas en un tiempo dramático, que hoy nos siguen mirando. Imágenes movedizas, corriendo entre plomizos nubarrones. Muchas de ellas para decir que sabían demasiado de sus propias esperanzas y poco de los horrores que abrigaba silenciosamente el mundo que querían transformar. Incluso Hebe propuso en su momento que el pañuelo no contuviera los nombres desaparecidos, pues en el propio pañuelo ya estaba escrito el destino de esas vidas. En signos imborrables pero invisibles. En lo abstracto, como en las mejores filosofías de la historia, estaba lo más concreto. Por eso, como cada nombre es todos los nombres, Hebe propuso el gesto de des-individualizarlos. Todos estaban en cada uno y cada uno recibía en forma indivisible el todo. Cada nombre silencioso es un signo que aún espera ser descifrado. Si la hoja en blanco estremecía al escritor, el pañuelo en planco estremecía a las crueldades de la historia ya acontecida. El pañuelo blanco de las Madres no es una tela belicosa sino un lienzo cuya vecindad con rituales sacros nos dirige hacia el corazón de una resistencia activa contra todas las injusticias del mundo. Antes cité a un escritor como Mallarmé, tomando la página en blanco como un combate entre el silencio y la letra, el escollo y el nombre, la tipografía y la música. Todo esto lo podemos asociar al infinito vigor que conserva el pañuelo blanco de las madres. Pero ahora quisiera terminar invocando a otro autor, un argentino para el que parecería que su época ya ha pasado, y sin embargo, al releerlo siempre lo encontramos de pie. Se trata de Julio Cortázar. Hablaba de cuando del viento arrecia sobre las velas de una embarcación. Se podría considerar entonces que se genera allí un nudo vélico, pero vélico de velas, no de ofensa o agresividad. Un nudo vélico con v corta, esto es, el punto máximo de resistencia que en un punto específico oponían las velas al poderoso soplido entrecruzado de los vientos. Donde todo parece desmoronarse. Pero esa vela sigue encendida. Es este pañuelo que sigue diciéndonos que un viento que puede ser destructivo, sin embargo, encuentra la intransigencia del propio pañuelo. Que así puede seguir navegando. Querida Hebe y Madres de Plaza de Mayo, este pañuelo de los ausentes obliga a redoblar nuestra presencia. Si navegar es preciso, vivir también es preciso y seguimos viviendo, resistiendo y navegando gracias a los torbellinos que le siguen dando vida a estas velas desveladas, a estos insomnes pañuelos. Fuente: https://www.pagina12.com.ar/424318-el-panuelo. Texto leído al recibir el Pañuelo de las Madres de Plaza de Mayo. Publicado el 15 de noviembre de 2019.

Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.

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