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  • Revista Adynata

El acontecimiento; la hiperpresencia / Anne Dufourmantelle

El riesgo crea materia de acontecimiento. Da forma a una pura singularidad, a aquello que advendrá una sola vez. El acontecimiento deshace la temporalidad requerida para inventar otro tiempo, aquello a partir de lo cual otro mundo, otra mirada se inaugura. Tal comienzo es otro nombre del riesgo. Sin el cual no tendría lugar la invención del mundo renovada a cada instante, y el mundo que conocemos ya se habría acabado. Esta capacidad prodigiosa de producir algo sin huella, irrepresentable, mantiene este mundo que conocemos en su posibilidad de ser. El acontecimiento es en este sentido siempre catastrófico, como el anillo de un humo que inicia en línea recta antes de emprender su fina torsión: llega al lugar exacto donde se quiebre la trayectoria.


El riesgo precipita el acontecimiento en su corporeidad, en lo que podrá causar que digas: “ya está, ya ocurrió”. Ningún raciocinio podrá acabar con esta suerte de penumbra que permanece opaca para el sujeto. Al que corre el riesgo (uno debería decir más bien: el que es corrido por el riesgo) lo convierte en jugador. El apostador entabla con lo desconocido una lucha del que espera salir más vivo que antes, y esta apuesta es lo que honrará el acto como riesgo. Por ejemplo, lo que transforma un encuentro amoroso en acontecimiento es el deseo. El deseo en la inteligencia y en cada punto del cuerpo, escondido en el repliegue del ser, en el misterio imposible de lo que se oculta y que no obstante comienza allí. Esta cosa que tiene lugar en secreto y de la que los dos protagonistas no se repondrán, viene de aquello que sin saberlo, sin preverlo, han arriesgado de sí mismos, lo que los ha comprometido de por vida en este acontecimiento que está teniendo lugar. El acontecimiento del encuentro es un objeto fugaz. Habría que pensarlo en sus comienzos casi inaudibles. Te veo, te reconozco, te rozo, y el amor se condensa a una velocidad fulgurante en estos dos o tres intervalos, mi mano, tu gesto, tu respuesta que la emoción desfasa por algunos segundos, este silencio que atraviesa nuestros cuerpos como una prohibición de ir más allá. Desde este momento, cultivar autocrítica y burla non sirve de nada, como tampoco sirve el sufrimiento que se inflige uno por el intermediario de lo real, tan diligente para hacerse brazo armado de los miedos.


El sujeto cartesiano de las Meditaciones es hecho presente a sí mismo por el acontecimiento de la duda. Derrida propone ver en dicho acontecimiento, de entrada, la marca de un sujeto atravesado por la locura. El sujeto cartesiano dejo allí, de cierta manera, su razón, su saber y su fe. La duda, pensada por Descartes en su potencia (suspender lo real, cuestionarlo radicalmente), es una experiencia que hace posible un mundo fiable. Propongo nombrar “hiperprescencia” a esta facultad de ser devuelto a sí mismo por el rodeo del “arrebato” de la duda. Uno puede experimentarlo en un accidente, en un momento de vida decisivo o incluso de contemplación: en tal acontecimiento, uno está de forma “extraordinaria”, es decir, no del todo uno mismo. Y esta hiperpresencia es de hecho bastante poco frecuente en la existencia.


El acontecimiento nos permite ser un cuerpo de percepción de emociones, de afectos. Uno de los únicos vínculos posibles que hemos tenido con el traumatismo es una memoria disembodied (es, decir, literalmente des-encarnada, puesto que si uno debiera realmente pensar el trauma -y aquí hablo de “pensar” como de un vivir-, sería un nuevo drama) que nos permite referirnos a él como a algo que en cierto sentido hubiera sucedido “a alguien más”. Al mismo tiempo, uno sólo puede capturar algo del trauma, atravesarlo y librarse de él si uno lo recorporeiza. Si acontece de nuevo para nosotros, si corremos este riesgo, en consciencia, en presencia.


Me parece que sucede algo similar con el acontecimiento político o cultural. Si algo pasó, es que tuvo lugar en algo corporal; pero dicho cuerpo no tiene que ser como el cuerpo físico del bailarín, por ejemplo, sino que también puede ser el cuerpo de una obra, de una instalación. Y tal vez sea allí donde reside el peligro de la “acontecimentación” (événementialité) que ofrece la tentación de quedar fuera del cuerpo, de colocar un horizonte lo más perfecto posible, de recrear todo el protocolo, las condiciones de llegada del acontecimiento pero que en realidad lo reprime esencialmente. Tanto más se adentra uno en una presencia total en sí mismo y en el mundo, cuanto más lo que se desprende de ello es, paradójicamente, imprevisible; colectivamente hablando también. ¿Por qué será que la hiperpresencia constituye un acontecimiento? Quizás porque una cierta cualidad de ser, en el sentido en que uno habla de la cualidad de un sonido o de una intensidad luminosa, impone o provoca, como en la experiencia de la duda cartesiana, una suerte de epifanía, quiero decir, una coincidencia de acto y de ser.

Fuente: Elogio del riesgo (2019). Nocturna editora. Bs. As.


Sylvia Palacios Whitman, De paso, 1977 manos de papel, escaleras de papel, escaleras de plexiglás, escaleras de alambre dos hojas: 8 × 10 pulg (20,3 × 25,4 cm)

Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.

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