Lágrimas del Ñorquinco / Sun Wukong - El mono consciente del vacío
- Revista Adynata

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He visitado parte del territorio Wallmapu, llamado Araucanía por la modernidad. He sido testigo de su magnífica belleza y de su desoladora tristeza. Los hermosos paisajes de lagos, ríos, volcanes, cerros y montañas boscosas van acompañados de montes quemados y arrasados por los incendios.
La araucaria — o en mapudungun: el pehuén — árbol milenario de profundas raíces, testigo de tiempos inmemoriales se encuentra hoy en peligro de extinción. Así como es posible caminar por bosques rebosantes de ellos, también es posible deambular por bosques muertos. Algunos troncos yacen muertos y abatidos en el suelo, otros, a pesar de estar completamente quemados, continúan en pié, firmemente agarrados con sus raíces a la tierra. Como si se negaran a rendirse, permanecen inmutables, orgullosos, sin hojas, sin color, sin vida pero aún así imponentes. ¿Será acaso el consumo de su fruto, el piñón, lo que nutre de esa fuerza milenaria llamada newen que le permitió al pueblo mapuche mantenerse ingobernable y ser el único pueblo capaz de resistir la dominación de dos imperios: el Inca y el Español?
Así es el Lago del Ñorquinco, lugar donde la belleza y la catástrofe conviven. El cielo está arriba, la tierra abajo y en medio se encuentra lo humano, protagonista de la tragedia. Trastabillando, a los tumbos y tropezones, desorientado y cegado por las luces del progreso. Culpable, testigo y cómplice. Víctima, victimario y juez. Director, actor y espectador de un proceso de autodestrucción inconsciente que no logra entender y mucho menos transformar.
Así, maravillado por la belleza y horrorizado por la tragedia, regreso a la metrópolis, a la babilonia, al corazón del Leviatán argentino. Aquí las noticias de la periferia devastada llegan todos los días de forma lejanamente cerca, como un eco débil, distante, casi como un rumor. Alejado de las fuentes de vida que sustentan el cemento y los bocinazos, intento mantener la calma y no desesperar. Confiando en que, más temprano que tarde, lo humano podrá, finalmente, reconocerse en el espejo y encontrar su lugar en el mundo.




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