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- Anamnesis / Silvina Ocampo
Mi paciente tiene una idiosincrasia extravagante, un organismo con memoria, una sensibilidad, una presciencia infatigables. Preparada desde la más tierna infancia para el contagio absorbe gérmenes y contaminaciones a velocidades incontrolables. Mejor sería no hablarle de incestos. Un rencor ancestral duerme, más bien vela, en sus entrañas. Séquitos de materias inalienables cuyos orígenes oscuros se desconocen hacen abortar sus mejores planes. No puede abrir un cajón para buscar un lápiz violeta. ¿Por qué violeta? Dice que las palomas tienen algunas plumas de ese color sobre el pecho. Si interrogo extrañado: -¿Violetas? -protesta. -No. No son violetas. Si insisto en preguntarle: -Entonces ¿por qué dice que son violetas? Responde: -Son como si fueran violetas. No puede tapar el pomo de la pasta de dientes, ni recordar la fecha del cumpleaños de una persona que ofende el olvido. Cualquier pluma la mortifica severamente salvo las del pavo real que colecciona y guarda en una enorme caja de bombones. El incumplimiento variado de sucesivos suicidios (saltos en el abismo, venenos, tajos en las venas, tiros en el abdomen) modifica el esquema interior de su esqueleto. Quien no la oyó reír no conoce la emoción de su fragilidad capilar. Una aguja viajó por su cuerpo durante muchas horas. Antes de llegar al pecho se detuvo: con un brillo helado cambió de rumbo y se clavó sobre la rosa artificial que sostenía en ese momento la mano delicada de mi paciente creyendo que formaba parte de la mano. Amó hasta el delirio una voz, una mirada detrás de un vidrio, sin otros aditamentos, una frase que una persona jamás llegó a decir pero que tal vez habría pensado sin expresarla con un leve suspiro pensando en otras cosas. Teme la giba de la ancianidad, el insomnio de la hipertensión en los espejos de tres cuerpos. Presiente la incongruencia de los espasmos abdominales el servilismo del riñón flotante en la epidermis de una fotografía de pasaporte, que no fue aceptada en el departamento central de policía. El pelo sufre las más extremas transformaciones: de noche sobre la almohada suena como la cuerda de un arpa. Pasa del rosa al verde asomado a la ventana del día, eléctrico, estremece a quien lo toca. He oído decir a mi paciente que adopta voz de nena y a veces hasta de laucha para narrar su sensibilidad. -Mi pelo tiene orejitas tiene también ojos (como la cola del pavo real). Teme ver a una persona que desea ver con ansias; en cambio se apresura a ver a las que le son desagradables. Como usted. Un hombre que la mira mata a mi paciente. Un perro que la sigue la esclaviza. Un niño que la busca la obnubila. Un durazno maduro la hipnotiza. Una tumbergia en flor la vuelve loca. Convendría no perturbarla. Transcribo nuestro diálogo: -Los médicos me nutren de enfermedades numerosas para distraerme de las mías. Los caramelos sirven para esos fines: me convidan con microbios seleccionados porque me creen golosa y no quiero defraudarlos. Yo la interrumpo. -¿Defraudar a quién? ¿A los caramelos o a los médicos? A esta pregunta capciosa invariablemente contesta: -A los caramelos porque los médicos no existen. Llego a una triste conclusión: Mi paciente es mentirosa. Mas ¿cómo desentrañar la verdad de la mentira? Si existe una verdad. Mejor sería no ofrecerle caramelos sino comerlos en su presencia para despertarle el apetito. Mi paciente ama con el páncreas con el plexo solar y con la médula. Espera con la garganta y con las rodillas. Teme con las recónditas venas. Con el sexo promete ¿qué? nada que el sexo pueda dar. Oye con los pies y las axilas (aunque mienta diciendo que es con la boca). Aborrece con las arterias y con el riñón derecho (el izquierdo lo ha donado). Arbitraria, muerde con los omóplatos, operación difícil pero posible. Ningún cromosoma es tan sutil, ninguna fístula tan corrosiva, ningún virus tan arcano como su corazón, único órgano perfectible del cuerpo. Tuvo relaciones íntimas con tres estafilococos dorados sobre almohadones de damasco amarillo. De un examen de fondo de ojo logré extraer sin modificaciones aparentes el diminuto cairel de una araña y un dije de plata minúsculo, con una figura grabada que no descifró ni pudo descifrar ninguno de mis colegas. Irritadas amebas, prestigiosos virus le anularon insustituibles años que ningún médico por competente que sea le devolvió. Los movimientos del colon dibujaron graciosas figuras televisadas en blanco y negro parecidas al fondo del mar. -En cada ser está el universo -exclamó con indiferencia. Sus excrementos olieron a jazmín cosa que no es frecuente, aunque el jazmín llegue a tener olor a excremento. Masticó lentamente en un cerebro ilusorio los nombres propios que molestan la memoria de cualquier ser humano capaz de escribir una palabra sobre un papel de seda. Huyó del escorbuto y del carbunclo con las alas que da el tiempo. Huyó de la malaria en sucesivas reencarnaciones sin contar la viruela la lepra y la fiebre amarilla que buscó entre las rosas de un jardín oriental en las orillas crecientes de la putrefacción. Y todo eso para seguir viviendo, muriendo, ignorando a veces que la voluntad del alma es una sola. Heredó la barriga de una ninfa de bronce que sostenía una antorcha para iluminar el descanso antiguo de una escalera los celos incontenibles de la cocinera por toda voz telefónica la aguda vista de la bordadora que hacía las veces de institutriz francesa el remolino de la ceja derecha en un retrato del tatarabuelo la afición por los caramelos ácidos del consabido portero que le enseñó a jugar al truco a los cinco años con naipes húmedos y bolitas de vidrio la agilidad de la tía Clorinda que era capaz de treparse a una palmera para juntar huevos de urraca o de paloma a la hora de la siesta. Heredó y esto parece una utopía el cutis de las magnolias que en los floreros daban con su perfume dolor de cabeza para el resto del día. Heredó con toda reserva el ímpetu avasallador de algunos adornos encerrados en la vitrina de una sala: un tigre de marfil rodeado por una serpiente con flores perversas. Heredó la belleza ¡quisiera saber de quién! ella dice que la heredó de un plato sopero donde en el fondo de la sopa de tapioca, brillaba siempre Diana Cazadora. De las consecutivas mañanas de primavera la mentira. De un gato la entrega aparente de sí misma a cualquiera o a nadie. De Narciso en un libro de mitología amarse por sobre todas las cosas. Heredó del lebrel la elasticidad y la dulzura el color de los dientes y de la lengua y ese apetito incontenible frente a cualquier plato de carne condimentada. Heredó el vaivén de la mecedora y del columpio de la plaza donde grabó en la madera del asiento sus iniciales. De los sapos la voracidad sexual que dura tanto en apagarse como las noches de Alcmena. Aunque nunca trabajó en un circo de contorsionista como era su vocación sus articulaciones tan flojas podían desmembrarse, lo he comprobado, en pocos minutos, sin instrumentos quirúrgicos ni la habilidad técnica que ya he olvidado pero que inspiraba la admiración de mis condiscípulos. Fuente: Ocampo, Silvina (1970). Anamnesis. Cuentos completos, Volumen II. Editorial Emecé. Buenos Aires, 1999.
- Autobiografía / Rodolfo Walsh (1965)
Me llaman. Cuando chico, ese nombre no terminaba de convencerme: pensaba que no me serviría, por ejemplo, para ser presidente de la República. Mucho después descubrí que podía pronunciarse como dos yambos aliterados, y eso me gustó. Nací en Choele–Choel, que quiere decir “corazón de palo”. Me ha sido reprochado por varias mujeres. Mi vocación se despertó tempranamente: a los ocho años decidí ser aviador. Por una de esas confusiones, el que la cumplió fue mi hermano. Supongo que a partir de ahí me quedé sin vocación y tuve muchos oficios. El más espectacular: limpiador de ventanas; el más humillante: lavacopas; el más burgués: comerciante de antigüedades; el más secreto: criptógrafo en Cuba. Mi padre era mayordomo de estancia, un transculturado al que los peones mestizos de Río Negro llamaban Huelche. Tuvo tercer grado, pero sabía bolear avestruces y dejar el molde en la cancha de bochas. Su coraje físico sigue pareciéndome casi mitológico. Hablaba con los caballos. Uno lo mató, en 1945, y otro nos dejó como única herencia. Este se llamaba “Mar Negro”, y marcaba dieciséis segundos en los trescientos: mucho caballo para ese campo. Pero ésta ya era zona de la desgracia, provincia de Buenos Aires. Tengo una hermana monja y dos hijas laicas. Mi madre vivió en medio de cosas que no amaba: el campo, la pobreza. En su implacable resistencia resultó más valerosa, y durable, que mi padre. El mayor disgusto que le causo, es no haber terminado mi profesorado en letras. Mis primeros esfuerzos literarios fueron satíricos, cuartetas alusivas a maestros y celadores de sexto grado. Cuando a los diecisiete años dejé el Nacional y entré en una oficina, la inspiración seguía viva, pero había perfeccionado el método: ahora armaba sigilosos acrósticos. La idea más perturbadora de mi adolescencia fue ese chiste idiota de Rilke: si usted piensa que puede vivir sin escribir, no debe escribir. Mi noviazgo con una muchacha que escribía incomparablemente mejor que yo me redujo a silencio durante cinco años. Mi primer libro fueron tres novelas cortas en el género policial, del que hoy abomino. Lo hice en un mes, sin pensar en la literatura aunque sí en la diversión y en el dinero. Me callé durante cuatro años más porque no me consideraba a la altura de nadie. Operación Masacre cambió mi vida. Haciéndola, comprendí que además de mis perplejidades íntimas, existía un amenazante mundo exterior. Me fui a Cuba, asistí al nacimiento de un orden nuevo, contradictorio, a veces épico, a veces fastidioso. Volví, completé un nuevo silencio de seis años. En 1964 decidí que en todos mis oficios terrestres, el violento oficio de escritor era el que más me convenía. Pero no veo en eso una determinación mística. En realidad, he sido traído y llevado por los tiempos; podría haber sido cualquier cosa, aun ahora hay momentos en que me siento disponible para cualquier aventura, para empezar de nuevo, como tantas veces. En la hipótesis de seguir escribiendo, lo que más necesito es una cuota generosa de tiempo. Soy lento, he tardado quince años en pasar del mero nacionalismo a la izquierda; lustros en aprender a armar un cuento, a sentir la respiración de un texto; sé que me falta mucho para poder decir instantáneamente lo que quiero, en su forma óptima; pienso que la literatura es, entre otras cosas, un avance laborioso a través de la propia estupidez. Fuente: Ese hombre y otros papeles personales. Seix Barral.1996.
- Caligrafía nómade IX / Patricia Mercado
La llave colgada al lado de la puerta, en ese gancho de bronce incrustado en la madera oscura. En realidad no uno sino una serie de ganchos donde se amontonan, como racimos fuera de estación, llaves que comparten destino atadas a una argolla plateada. Familias abigarradas, gregarias en demasía, donde va una, van todas sin chistar. La mano, presurosa, memoriza como buscar en ese rejunte tintineante. Pesan en el bolso. Y a veces se enredan con otros objetos. Como transidas de un inexorable afán de compañía. ¿Qué puertas abrirán? De algunas pueden darse explicaciones casi certeras: la puerta de calle, el cajón del escritorio donde está guardada la escritura. Y así. Pensado con detenimiento las llaves llegaron con los años. Como si el tiempo trajera puertas y puertas y puertas. ¿Qué hubo que cerrar? Acaso pudor de que cuerpos andariegos crucen fronteras inasibles al idioma con que se deletrea el día. Porque cada cosa yace en una constelación cuyas órbitas custodia una puerta y su llave. Y así cada universo ordena sus miedos, sus silencios, su soberbia. Cruzar en la torsión de una llave que deje atrás lo demás. Una puerta se abre a condición de cerrar otra. El ojo de la cerradura una aduana, silente silueta que aguarda la vigorosa incrustación que abra el horizonte de los pasos. Llaves que cifran la espera como bailarines derviches, mientras respiran infinitos giros. Algunas cerraduras anhelan en vano llaves extraviadas para siempre. Inmóvil la puerta abriga el pestillo, ímpetu de una semilla acurrucada en la tierra un largo invierno. Abrir y cerrar eso que la vida guarda. ¿Qué llave abrirá la puerta ignota de una voz aletargada? Cada cosa yace huérfana sin la caricia de un aliento: Plato, silla, cuchara, libro, reloj, tijera, sábana, zapato, manzana, azúcar, piano, cebolla, carta, lámpara, cajón, escoba, caramelo, taza. Las cosas terminan de nacer al abrigo de una órbita que las acune recitando su nombre. En cada habitación un universo se abre tras la puerta. La potencia de un vaivén se arraiga a la inmovilidad. Las llaves vacilan entre cerrar y abrir, duda en que germinan inesperadas potencias y desfallecen oportunidades a partes desiguales. Poner bajo llave el áspero alfabeto cotidiano donde se recitan las argumentaciones del ser.Cuelgan las llaves en la vacuidad de la rutina. Cada puerta sella un universo de contigüidades que oscilan entre piso y techo. Espesura en que gravitan los nombres de las cosas pronunciadas por bocas que retornan como memoria y reverberan contra paredes y vidrios, granizo lo dicho estrellado sobre el silencio. La llave en la puerta retiene cada átomo de esa arquitectura para que el viento no se lleve todo, para que el artefacto de lo cotidiano abrigue duraciones. Agua del tiempo, las llaves dibujan puntuaciones, rendijas por donde los cuerpos pasan y esperan remanidos e inesperados pasos dibujando senderos donde la vida arrastra su pollera.
- Seis fragmentos a favor de lo indócil / María Negroni
1. Cultivar un jardín La decisión coincide con el diagnóstico. Una vez confirmado que tiene sida, el cineasta inglés Derek Jarman se lanza a dos tareas: escribir un diario y cultivar un jardín. Precisamente ahí donde se mueven sin pausa el sexo y la muerte –los más naturales de los estados—levanta un edén de piedras y otro de palabras. Las piedras parecen la partitura de una música olvidada. Las palabras también. Quién sabe, quizá sea posible aún convertir el terror en arte, hacer de la desdicha una ocasión florida. Ha comprado una casa al sur de Londres, a orillas de una costa ventosa y hostil. Allí consigue lo que siempre quiso: hacer cine, no películas. Blue es su testamento. Un film sin imágenes, despojado a extremos inauditos, que durante 90 minutos se niega a mostrar otra cosa que una pantalla azul. Sólo de vez en cuando, en off, los sonidos escalofriantes del hospital. O su propia voz, desafiando a los espectadores: “No pienso protegerlos del silencio con notas falsas, ni inventarles senderos a través del vacío. Otros les construirán autopistas con carriles de circulación rápida en ambas direcciones. Yo les ofrezco un viaje sin garantías, sin certezas de ningún tipo, sin dirección ni meta.” Hay aquí una figura de artista en profundo conflicto con su instrumento, alguien que ha comprendido, de pronto, que la materia misma de su arte, las imágenes –en tanto meros sustitutos de la vida— no le alcanzan. Un cineasta como un ermitaño en la tierra salvaje de la enfermedad. “Estoy harto del cine”, escribe, “de las obras amables pero espantosas, de los que hacen posgrados de autopromoción, de la codicia de los funcionarios del arte.” Del hospital al jardín, del jardín al hospital, la travesía, sin embargo, es unidireccional. Su objetivo: habitar plenamente la contingencia, dirigirse hacia atrás por la espiral antigua. Todavía no quiero morir, dice. Y vuelve a unir las piedras a las palabras. Luz sobre el deseo de un niño indócil. Sobre el enigma del dolor, que es insoluble y fértil. Sobre la idea –loca— de hacer una película sobre la muerte viva. 2. De la docta ignorancia Algo similar se propuso hace más de diez siglos el poeta provenzal Guillaume d’ Aquitaine, cuando dijo: Haré un verso de absolutamente nada. Esa ha sido siempre la ambición del poema: hablar de nada. Es decir, ser la voz de la cosa ausente, la acústica del alma para oír, no lo que dicen las palabras sino aquello –vinculado al origen, la escisión, la finitud— que siempre se sustrae a las redes del lenguaje. Quien escribe entiende, como nadie, que las palabras son insuficientes, a menudo tramposas, incluso nocivas. Por eso, se para ante ellas con recelo. Desconfía del pacto utilitario, comunicativo u ornamental que proponen. Lucha contra ellas, a pesar de tener plena consciencia de que no existe, como advirtió el poeta vietnamita Ocean Vuong, una lengua para salirse de la lengua. Toda escritura que se precie reflexiona, tarde o temprano, sobre la inadecuación entre lenguaje y mundo. En algunos casos, la operación es más visible, aparece en los ensayos que acompañan a la obra del autor o autora (pienso en Octavio Paz, Marina Tsvetáieva, y más cerca de nosotros, en Mario Montalbetti o Tamara Kamenszain). En otros, la poesía piensa adentro de la poesía misma. Un verso del poeta español Aníbal Núñez dice con sencillez brutal: “Para ser río, al río le sobra el nombre”. Y otro, de José Ángel Valente: “Las palabras crean espacios agujereados, cráteres, vacíos. Eso es el poema.” Yo agregaría que esos huecos, fisuras, agujeros son puertas, modos extremos de abrirse al mundo. También son avanzadas contra la doxa, la frase hecha y el espíritu mayoritario, que siempre embalsaman la vida, impidiendo a las criaturas el contacto con su propia inadecuación. Como el deseo, la poesía es díscola por naturaleza. No se deja encuadrar, gobernar, restringir. Se niega a la madurez. Hace que estalle la diferencia en el centro mismo de lo homogéneo. Entre la ley y el desacato, elige siempre el desacato. Quizá esto explique por qué es tan difícil, de leer y de escribir. En ella, todo se trastoca: la emoción piensa, la sintaxis se emociona, la obsesión se hace forma, la forma defiende la soledad en que estamos, y el silencio alcanza el difícil estatuto de la palabra muda. Néstor Sánchez, uno de los narradores argentinos que más admiro, propuso y practicó una insularidad radical que alcanzó su punto álgido cuando vivió de homeless en Manhattan, buscando que la calle fuera la puntuación de la vida, que su yo no solo fuera otro, sino mejor, ninguno. La postura de Sánchez es extrema. No sólo la expresión fácil le parecía inmoral, abogaba por una escritura sin personajes ni historias evidentes, contraria al testimonio, el consenso, la miseria informativa. La expresión del dolor está siempre afuera de su anécdota, decía. Por eso, tal vez, abominaba de la exigencia de representar. Le interesaba lo incomunicable, no el confort de la inocencia estética. La memoria que está afuera del tiempo, no la indigencia del yo chiquito. La voz, no el aparato discursivo. Una voz articulada con el vacío de sentido y con la dimensión de lo sagrado, que surgen en la exploración de aquello que ignoramos. La prosa no debería ser, escribió, más que una excusa para llegar a la poesía. 3. El discreto encanto de los activismos Toqué el tema en El corazón del daño. La poesía pertenece a la política de un modo singular. Esa pertenencia consiste en sostener una no pertenencia. ¿Y en qué consiste esa no pertenencia? En producir un cortocircuito entre el sentido y las palabras, para que el ruido de lo convencional, siempre repetitivo y asfixiante, pueda ser puesto en silencio. La poesía es un inutensilio, escribió Paulo Leminski. El neologismo es un hallazgo y una provocación. La poesía, tiene razón Leminski, se niega a servir para algo. Aparte de eso, es una casa o un aula o un cofre que aspira a la inadhesión, a mostrar lo incompleto, lo fuera de lugar de nuestra condición en el mundo. Eso, en sí, ya es altamente volátil. No conozco mejor antídoto contra el autoritarismo. Un poema, escribió Vicente Huidobro, es hermoso porque crea hechos extraordinarios que necesitan del poema para existir en algún lado. Sería un error pensar que la literatura va en busca de la verdad (la verdad es la más peligrosa de las mentiras). Se trata, más bien, de percibir que el lenguaje se construye en torno a un hueco y que siempre falta algo en toda representación. Esa conciencia es crucial para quien escribe. No sólo frente al Estado (que siempre quiere entender todo y fijar de una buena vez las ataduras entre significantes y significados), sino también frente al asedio de las agendas sociales que, aun siendo justas, acaban perdiendo su fuerza transgresora apenas el mercado (y otras instituciones culturales) las recogen, transformando la desavenencia en moda, la discrepancia en ocasiones de financiamiento. Theodor Adorno, si cabe, fue más lejos. El arte, dijo, no necesita afiliarse a nada. Le basta con preocuparse de su propio material –donde, dicho sea de paso, está contenida la sociedad entera— e instalar allí su crítica del poder. El arte, en definitiva, no es de orden ideológico sino pulsional. Ninguna reglamentación le sirve. Ninguna militancia. Salvo, tal vez, la que busca restituir al mundo como materia opaca, dejarlo a merced de su propia exigüidad, o, en el caso de la escritura, explorar la lengua, como quería Juan José Saer, con prepotencia y rigor, sin más interés en la moral que la moral de la forma misma. A esto se le llama: aporía mayor. Fantasía exacta de la literatura. 4. Entrevista falsa a Paul Valéry ¿Podría decirme, Monsieur, qué significa para usted escribir? Suprimirse. ¿En qué sentido? En el más desesperado. ¿Y qué piensa de su trayectoria como escritor? Mire, joven, he perdido, en los últimos años, casi todo: el vigor del cuerpo, la agilidad mental, la habilidad de sonreír socialmente y otros equívocos que atañen a nuestra profesión, no sé qué más decirle. Pero alguna repercusión espera de su obra, ¿no? Ninguna. A decir verdad, me considero un escritor ínfimo, que apenas alcanza a detestar, en su conjunto y sin matices, todo lo que sigue al acto mismo de escribir. ¿Cómo funciona un poema? En un poema las palabras torpemente buscan lo que, sin ellas, no sería. Y, a veces también, lo que, con ellas, se pierde para siempre. Tarea paradójica: decir lo que se dice sin decirlo y no decir, diciéndolo. En esa noche oscura, las palabras cantan, se alzan contra el lenguaje que, sin embargo, les dicta el próximo verso. ¿Cosas que le desagradan? Me repugna la exaltación del margen. Como criterio literario, prefiero las obras no del todo infieles al parto nocturno de los griegos. Para terminar, ¿qué opina de la tríada hablar, escribir, existir? Perdón, joven, eso no es una tríada, es una verdadera trinidad. Una trinidad falaz, pero trinidad al fin. Déjeme decírselo como lo hubiera dicho Poe: Las palabras, como las imágenes, son sepulcros animados. Uno ejercita, en ellas, ritos de resurrección. Entra a escondidas en panteones y deambula entre los huesos para ver si puede hacer salir el sol en París. No entiendo. Yo tampoco, no se preocupe. Sólo piense que, en los tres casos, uno no se mueve hacia delante sino hacia atrás, donde están los teatros traumáticos que ayudan a iluminar las ruinas venideras. El único discurso legítimo es la pérdida. La única intransigencia: la infancia. La única certeza: la perfección de las palabras rotas. Cualquiera que tenga un ojo fanático podrá apreciar allí a ese animal que somos, espléndido en cenizas. Sabrá también que su carencia real engendra su riqueza imaginaria. El círculo siempre acaba donde empezó. Lo demás es Literatura. ¿No son sus pensamientos demasiado oscuros? No creo. A veces, me pregunto cosas, nada más: cuántas vidas llevo ya vividas; en cuáles aprendí, de veras, algo; y hacia dónde ahora quiero no ir. Por lo demás, siempre estuve a favor del progreso de las almas y a todo le pongo el cuerpo, incluso a las heridas de la acción. ¿Podría usted decirme en qué está trabajando ahora? En mí mismo. ¿Algo que agregar? Sí, me gustaría conocer a Erik Satie. Siempre me lo imaginé encerrado, componiendo silencios para su simpático perro. 5. Bienvenidos al encanto de correr hacia atrás Escribo para que me lean en 1640, dijo Pascal Quignard. También Héctor Murena, autor de un libro excepcional, La metáfora y lo sagrado, propuso practicar el arte de volverse anacrónico. Se refería, sin duda, al arte de percibir aquello que está más próximo al origen. Aclárese que el origen no está ubicado en ningún pasado cronológico: convive con el devenir histórico y no cesa de operar en él, del mismo modo que el embrión continúa actuando en los tejidos del organismo maduro y el niño en la vida psíquica del adulto. Esta relación atípica que se establece con el propio tiempo adhiriendo a él, a través de un desfasaje, es lo que Giorgio Agamben llamó “lo contemporáneo”. Obras contemporáneas, en su visión, serían aquellas que trabajan en contra de su propio tiempo para ser después, paradójicamente, su tiempo mismo. Estar siempre en otro lugar. Hablar del mundo sin hablar de él. Aullar sin ruido. No se trata de mantenerse al margen de la desdicha, las cóleras políticas, o las distorsiones brutales del presente. Se trata de lidiar con todo eso adentro de la realidad textual que se está creando, sin tener que rendir cuentas a nadie, porque el libro es la noche, lo cerrado, lo felizmente desconocido y está lleno de errores e insubordinaciones y dudas, y eso está bien, está muy bien para quien va en busca de una aventura literaria. Lo actual, en cambio, es territorio de la oferta y la demanda, tiene que ver con los trayectos comerciales del marketing, no con los proyectos de escritura. El resultado suelen ser libros que se retroalimentan y disimulan en medio de la vorágine de las redes sociales y la confusión general. Marguerite Duras diría: “libros de un día, sin silencio, sin pozo. Sin auténtico autor”. De lo actual, en suma, mejor ausentarse. Un libro, en cualquier caso, es algo brusco: cae, busca herir el acuerdo, desbaratar las definiciones, fundar un lugar donde quepan el bies, el borde, la cojera, el silencio y la infancia antes de la palabra. A eso, sin duda, se refería Clarice Lispector cuando dijo: Me gustaría que me lean en los renglones vacíos. O la norteamericana Louise Glück, en estos versos brevísimos: En una época solo la certeza me daba alegría. Imagínense… La certeza, una cosa muerta. Ni la frase de Lispector ni los versos de Glück son inofensivos. Son más bien piedras lanzadas contra la estupidez, lo políticamente correcto y la calamidad didáctica. Faulkner solía decir que, como escritor, apenas disponía de un territorio del tamaño de un sello de correos. Ese bastión minúsculo alcanza. Lo que se busca es siempre un carozo de infancia. Una unidad de medida que marque el advenimiento escueto y absoluto de un sí. A mí también me gusta pensar que la miniatura tiene algo en común con el poema, como los juguetes, las postales viejas, los caballos de las calesitas. Me gusta pensar que esas formas breves, e indiferentes a las peripecias, permiten moverse rápido entre el incípit y la cadencia final. No tengo más raíces que la letra, pareciera afirmar el poema. No insisto más que en lo anónimo. Los poemas son centros adentro de un centro, micrografías del deseo. No hay más asunto en ellos que la habitación del abismo, más privilegio que la posibilidad –única— de encontrar nuevos enigmas. En esa cacería, incansable y fallida, el poema apuesta a lo absoluto, que no es sino la dicha de encarnar una primera persona, cada vez más imbuida de su propia ausencia. Y esa tarea es incómoda y lúcida, como todo lo que está abocado a persistir en el mundo, para escuchar el silencio, para darlo a escuchar. 6. Una última indisciplina Que yo sepa, no hay razones válidas, ni siquiera lógicas, para esas nociones expandidas que vinculan a la poesía –exclusivamente—con la emoción, a la novela con la trama argumental, y al ensayo con el pensamiento. En materia de escritura, nos guste o no, el único personaje que cuenta es el lenguaje, allí donde quien escribe pone a prueba su voluntad de crear y donde mide (para desmentirlos o ampliarlos) los límites de su instrumento verbal que son también, como nos enseñó Wittgenstein, los de su propio mundo. Ya dije que las palabras viajan siempre desde lo que no saben hacia lo que no saben, como pequeños animales cuya única ambición fuera perderse, mejorar la calidad de su ignorancia. ¿No es acaso el arte, el arte por excelencia de preguntar? Fabulosa tautología que prueba –si fuera necesario— que, allí donde se vuelve posible lo insólito y el hábito se interrumpe, hay lugar para esa conciencia más fina donde se refugia desde siempre el espíritu. Realidad textual, entonces, no suma de contenidos triviales ni anorexias de la reflexión. El arte empieza allí donde la trama cede el puesto al trauma (la expresión es de Miguel Dalmaroni). O bien, lo que es igual: donde el lenguaje se vuelve falta de lenguaje y hace de esa falta un don. Las escrituras que me interesan conocen el peso y la urgencia de estas premisas. Son obras poliédricas que se mueven entre lo acabado y lo arisco, lo estilizado y lo híbrido, a fin de llegar más rápido a la meditación sobre el lenguaje. Su convicción de que la literatura es un ejercicio de la inteligencia, su negativa a dejarse marear por el elogio fácil, y su ambición de alucinar con lo perdido, constituyen su sello inconfundible. Por eso, tal vez, no figuran en las mesas más visibles de las librerías ni acceden siempre a los circuitos internacionales. Su música, sin embargo, no está sola: sale de un coro inquieto que postula un viaje a zonas que aún no existen. “Escribir es como abrazar un cuerpo que no se ve”, propuso Bernard Noël. A esta fiel persistencia en el deseo, a este riesgo de apostar una y otra vez a “lo que no se parece a nada”, le debe la literatura su privilegio mayor, su más alta felicidad. Fuente: Discurso de apertura de María Negroni en FILBA 2022. 29/09/2022.
- Incertidumbre del narrador (fragmento) / W.G. Sebald
Creo que la ficción que no reconoce la incertidumbre del narrador mismo es una forma de impostura que encuentro muy, muy difícil de asumir. Cualquier forma de escritura de autor en la cual el narrador se establece ya de antemano como tramoyista y director, juez y ejecutor en un texto, la encuentro de alguna manera inaceptable. No puedo leer libros de ese tipo […]. Si nos referimos a Jane Austen, nos referimos a un mundo en el que había unas normas de propiedad que todo el mundo aceptaba. Si tenemos un mundo en el cual las normas están claras, y en el que se sabe cuándo empieza la transgresión, creo que es legítimo, dentro de ese contexto, ser un narrador que sabe cuáles son las normas y quién sabe las respuestas a determinadas preguntas. Pero creo que esas certezas nos han sido arrebatadas a lo largo del curso de la historia, y que debemos reconocer nuestra sensación de ignorancia e insuficiencia en estos temas, y por tanto, intentar escribir de acuerdo con ello. Fuente: Emerge, memoria (conversaciones con W.G. Sebald). Lynne Sharon Schwartz (editora). KRK Ediciones. Asturias, España, 2021.
- El primer libro de cada una de mis vidas / Clarice Lispector
Me preguntaron una vez cuál fue el primer libro de mi vida. Prefiero hablar del primer libro de cada una de mis vidas. Busco en la memoria y tengo en las manos la sensación casi física de sostener aquella preciosura: un libro finito que contaba la historia del Patito Feo y la de la lámpara de Aladino. Yo leía y releía las dos historias, los niños no tienen eso de leer sólo una vez: los niños aprenden casi de memoria y, aún sabiendo de memoria, releen con mucho de la excitación de la primera vez. La historia del patito que era feo en medio de los otros lindos, pero cuando creció se reveló el misterio: no era un pato sino un bello cisne. Esa historia me hizo meditar mucho, y me identifiqué con el sufrimiento del patito feo; ¿quién sabe si yo no era un cisne? En cuanto a Aladino, soltaba mi imaginación hacia las distancias de lo imposible a las que era proclive: en aquella época lo imposible estaba a mi alcance. La idea del genio que decía: pídeme lo que quieras, soy tu siervo -eso me hacía caer en el delirio. Quieta en mi rincón, pensaba si algún genio me diría: «Pídeme lo que quieras». Pero desde entonces se revelaba que soy de aquellos que tienen que utilizar los propios recursos para obtener lo que desean, cuando lo logran. Tuve varias vidas. En otra de mis vidas, mi libro sagrado me fue prestado porque era carísimo: Traversuras de Varicita. Ya conté el sacrificio de humillaciones y perseverancias por el que pasé, pues, estando preparada ya para leer a Monteiro Lobato, el grueso libro pertenecía a una niña cuyo padre tenía una librería. La nena gorda y muy pecosa se vengó volviéndose sádica y, al descubrir cuánto me significaría leer ese libro, hizo el juego de «ven mañana a casa que te lo presto». Cuando yo iba, con el corazón literalmente saltando de alegría, ella me decía: «Hoy no te lo puedo prestar, ven mañana». Después de cerca de un mes de ven mañana, que yo, altiva como era, recibía con humildad para que la nena no me cortara de una vez por todas la esperanza, la madre de aquel primer monstruito de mi vida comprendió lo que pasaba y, un poco horrorizada de su propia hija, le ordenó que en ese mismo momento me prestara el libro. No lo leí de un tirón: lo leí de a poco, algunas páginas por vez para no gastarlo. Creo que fue el libro que me dio más alegría en esa vida. En otra vida que tuve, era socia de una biblioteca popular circulante. Sin guía, elegía los libros por el título. Y he aquí que un día escogí un libro llamado El lobo estepario, de Hermann Hesse. El título me gustó, pensé que se trataba de un libro de aventuras del tipo Jack London. El libro que leí cada vez más deslumbrada, era de aventuras, sí, pero de otras aventuras. Y yo, que ya escribía cuentos cortos, de los 13 a los 14 años fui germinada por Hermann Hesse y empecé a escribir un cuento largo imitándolo: el viaje interior me fascinaba. Había entrado en contacto con la gran literatura. En otra vida que tuve, a los 15 años, con el primer dinero ganado con mi trabajo, entré altiva porque tenía dinero en una librería que me pareció el mundo donde me gustaría vivir. Hojeé casi todos los libros de los estantes, leía algunos renglones y pasaba a otro. Y de repente uno de los que abrí contenía frases tan diferentes que me quedé leyendo, presa, allí mismo. Emocionada, pensaba: ¡pero este libro soy yo! Y, conteniendo un estremecimiento de profunda emoción, lo compré. Sólo después supe que la autora no era anónima, y que, por el contrario, se la consideraba una de las mejores escritoras de su época: Katherine Mansfield. Fuente: Lispector, Clarice. Revelación de un mundo. Adriana Hidalgo editora. Buenos Aires, 2004.
- Esa luz / Patricia Fogelman
¿Se huele la vergüenza escondida en una bolsita celeste cuadrillé? Tenía cinco años y Silvana Rosso brillaba como un sol. Si fuera varón, ¿ella me querría? Y cada noche pedir que esta pesadilla se terminara. Los poemas románticos y elípticos. Ella cambiaba en otra ella pero yo seguía atrapade en ese cuerpo y en esa espesa oscuridad. Hasta que –por fin– sucedió. Fue entre Cerdos y peces. Salió de la lectura y la ví aparecer: tenía ojos verdes, resplandecía abril en las copas de los árboles. Hablamos todo el día como supe después que hacen las lesbianas. Hubo castañas saladas al laurel y vino blanco. Y esa noche, junto al río estrellado, me dio un beso me tomó de la mano y fuimos al fuego, con los compañeros. Era una Semana Santa de universitarios acampando y, de pronto, un alzamiento militar me sacó de El Palmar y del primer romance. La chica tenía novia. El poliamor no existía… Lloré hectolitros a escondidas hasta que una mañana mi hermana me acorraló para saber “el nombre del tipo que me estaba haciendo sufrir tanto…”. Sorprendida, me dijo que me fuera para poder pensar. Apenas lloré. Al final de la tarde, fue a la universidad a buscarme. Me encontró en la hemeroteca. Y me dio un libro. No sé si me abrazó, pero sé que cuando todo temblaba, mi hermana me sostenía el techo, el cielo, lo que fuera. También me dio sermones sobre cómo respetar a una mujer. Emilia fue la primera en saberlo una mañana soleada. Lo que más recuerdo de salir del encierro, es esa luz. Fuente: Patricia Fogelman (Buenos Aires, 1966) “Esa Luz” en: Autorxs varixs. Alguien muerde el extremo de su nombre: Poemas lesbianos de salida del clóset. Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Elemento Disruptivo, 2022. Pp. 42-43.
- Melón vino / Valentín Oliva - Wos
Estoy sentado esperando que se pase el rato Estas palabras se parecen a mi autorretrato Ey, hoy ya no quiero hablar Si las sensaciones que en serio cambiaron mi vida No creo que las pueda explicar Voy a amarte y a tocarte Solo te pido que no me apuñales Cuando abra mi cuerpo pa' darte un lugar Y el mar se va con mis secretos Los va a llevar marea adentro Siempre vuelvo con mi sombra (ah) Te invito a que la conozcas, ah Me revuelco con mi sombra (ah) Te pido que no la rompas Tengo estudio y un colchón, tengo amigos, un montón Tengo vino y un melón, ready para el vacilón, ey Tengo, gano, busco, voy, rompo todo lo que soy Tengo estudio y un colchón, tengo amigos, un montón Tengo vino y un melón, ready para el vacilón, ey Tengo, gano, busco, voy, rompo todo lo que soy, wah Estoy sentado, esperando que se pase el rato Estas palabras se parecen a mi autorretrato Ey, hoy ya no quiero hablar Si las sensaciones que en serio cambiaron mi vida No creo que las pueda explicar Voy a convidarte una parte de mí Para ir por ahí, vamo' en mi zepelín Si el mundo está roto que traigan otro, o mejor nos vamos to' nosotros No quiero vivir con sabor a poco, no quiero morir sin volverme loco Cuando miremos y no entendamos nada de todo lo que ahora vemos Voy a quedarme con vos al lado cuando todo se nos ponga feo Cuando esta vida rara y descarada se lleve puesto a algún amigo Cuando lo más común pierda sentido, siempre vas a poder venir conmigo Mmm-mmm, nuestra mirada es la fuerza más linda de todas Quiero esconderme en tu pecho, que nada me joda Dale, vámonos y perdámonos Tirame una magia y llevame en tu escoba Tengo estudio y un colchón, tengo amigos, un montón Tengo vino y un melón, ready para el vacilón, ey Tengo, gano, busco, voy, rompo todo lo que soy Tengo estudio y un colchón, tengo amigos, un montón Tengo vino y un melón, ready para el vacilón, ey Tengo, gano, busco, voy, rompo todo lo que soy, wah Tengo estudio y un colchón, tengo amigos, un montón Tengo vino y un melón, ready para el vacilón, ey Tengo, gano, busco, voy, rompo todo lo que soy Video oficial https://www.youtube.com/watch?v=BZNtxpO9DoA
- Villaguay / Juan L. Ortiz
(Para Justo Miranda) ¿Dónde está mi corazón, al fin? Ah, mi corazón está en todo. En las vidas más increíbles, próximas y lejanas. Está en las más hermanas de aquí y de allá, caídas o incorporadas sobre sí mismas, en el límite del martirio, con la sonrisa de la fe. En todo, mis amigos. En los finos tallos que tiemblan al anochecer en una apenas blanca luz que va a morir, medio desamparada: ¿qué presentimientos los de las maduras hierbas altas? Está en todo mi corazón pero allí estuvo también-mi infancia. Allí las siestas del monte, dulces para siempre de ubajay, con su silencio lleno de flores raras y de lazos invisibles, verde sobre los tajamares y sus fantásticas criaturas de luz... Allí las primeras heridas de la crueldad inútil que aún me sangran la adhesión a los “amiguitos inocentes...”. Allí en el pueblo otra vez el monte, y el arroyo que he vuelto a ver y oír en su purísimo sueño discretamente abierto o misteriosamente sensible bajo los arcos de las ramas con enredaderas estrelladas... El canto del arroyo en la tarde que de repente se pierde en su propio olvido y vuelve con una pena imposible: la paloma... ¿Qué secreto alado o íntimo, quiebra, eterno, sobre las piedras, ese canto? Allí bajo los naranjos la noche me hablara una vez, y me llevara, con mano de azahar, hacia el país del vértigo, y allí, después, las sombras del jardín vecino palpitaron de velos celestes como de otras señales... Allí en el cerco junto al cual había pasado la niña la búsqueda de lo que quedara de ella, entre los jazmines como un aura... Allí en la cañada del baldío la gracia de la lluvia destrenzándose entre las pálidas biznagas... (La lluvia que allí también nos internaba aún más en las cosas primeras, y en un raro desplazamiento, al crepúsculo, nos acercaba el monte: el monte, todavía, como una sutil alma de fondo que da nobleza a los gestos y a la vez los hace algo defensivos en su misma fuga gentil, en su desvío ligero... El vago pavor del monte cuando el cielo se cerraba sobre él, lleno de largos brazos negros y de miradas lívidas, de figuras de niebla, enormes, que flotaban, extrañas, sobre una ahumada plata... Y el niño solo, solo, solo, no había encontrado aún la vaca...). Allí ‘la señorita Amelia” con el canto grave de su voz y sus puros dedos de nácar en la armonía de los trozos oportunos y esperados, oh esperados... Delgada sombra allá, en el más allá, seguirás poniendo alas a los tiernos espíritus? A ti el ramo de siemprevivas o la corona del mirto nuestro con el rocío debido... Allí los 25 madrugados y el olor del merino nuevo, azul, y el chocolate cálido en la escuela iluminada y la plaza bicolor toda cantada bajo el primer oro helado, y las dianas a las puertas y la patria, en fin, de “cuadros vivos" y bengalas... Allí las retretas con “tucos” en los altos peinados o en las cabelleras sueltas, y las casas con quintas profundas asomándose casi al zaguán sombrío con todas las delicias del estío final ofrecidas a la sed... Allí el senderito que bajaba de mi casa por la vereda de tierra, hacia el este, y los juegos vespertinos, y las competiciones vespertinas, entre una polvareda épica o de irisada gloria tenue que demoraba en la calle una franja casi mística en que las claras muselinas últimas ya entonces no me parecían de este mundo... Allí la fantasía anónima encendiendo sobre el camino puentes de leyenda entre los álamos nocturnos, y los “idos” miserables en que no se sabía qué de la selva murmuraba o se dolía... Allí las veladas leídas, con Manuel Acuña y Manuel Flores, bajo la lámpara amarilla, más inspirados todavía, y más tristes y fatales todavía, en los labios de mi hermana que suspiraba también a Jorge Isaacs en aquel: “soñé vagar por bosques de palmeras”... Allí la Biblia de las 2 de la tarde de Enero, escondido por ahí, con su movimiento y su ritmo caminados como otras aguas por los pies milagrosos... Allí el más allá del color y de la forma con su sonrisa a través de las hojas azoradas, y los lápices y las plumas y los pinceles, simples, tímidos y pacientes... Y allí los amigos, oh los amigos, que he vuelto a ver como el monte y el arroyo. Las manos fieles que quedan, ay, de la aventura aquella en ia comarca sin nombre"... Los amigos cariñosos inclinados conmigo sobre el hondo paraíso común y encontrando juntos, en la rueda convivial, la fuente límpida de todos en que se mira la fe nueva... Los Antonio, los Román, los Pepe, los Juan Ángel, los Alberto, los Armando, los Justo... Los Justo... qué paisaje esencial mejor se da en una flor humana? Y esa flor se abrió para mí cuando las otras flores dormían tras las tapias sobre el tierno minuto, ¿en qué reloj? de sus primeros escalofríos aéreos... Y conocí su perfume viril y suave de helechos y de musgos, de preciosas maderas vírgenes, sus efluvios humildes de yo no sé qué incienso ideal y telúrico... Ah, mis amigos, hemos hallado juntos la fuente original que llevábamos oculta y en ella se miró nuestra fe más segura así en la otra claridad: éramos todos diáfanos y lo seremos más en la profunda gran relación sin trabas: una la raíz, la delicada raíz, una, y los hilos cada vez más lejanos, más hondos, más activos... Ya el destino, otra fuente, otra fuente imantada, en el espacio del anhelo, con la línea del día cierto, y Ia misma fe que “hacen” ya y miden y exploran por allá, bien viviente, y encarnada, anudan una nueva, vastísima niñez, alegremente tendida hacia una transparente amistad inédita, o una muy ancha, anchísima amistad vuelta esta vez hacia una niñez aún no nacida... Fuente: Ortiz, J.L. (2005) Obra Completa. Universidad Nacional del Litoral. Santa Fe.
- El monolingüismo del otro / Jacques Derrida
4 Bajo este título, el monolingüismo del otro, figurémonos. Esbocemos una figura. No tendrá más que un vago parecido conmigo mismo y con el género de anamnesis autobiográfica que siempre parece de rigor cuando uno se expone en el espacio de la relación. Entendamos “relación” en el sentido de la narración, por ejemplo del relato genealógico, pero también, más en general, con el que Édouard Glissant dota a este término cuando habla de la Poétique de la Relation [Poética de la relación], lo mismo que podría hablarse de una política de la relación. Así, pues, me atrevo a presentarme aquí a ti, ecce homo, parodia, como el franco‐maghrebí ejemplar, pero desarmado, con acentos más ingenuos, menos cuidados, menos pulidos. Ecce homo, ya que verdaderamente se trataría de una “pasión” —no hace falta sonreír—, el martirio del franco‐maghrebí que al nacer, desde el nacimiento pero también de nacimiento, en el otro lado, el suyo, en el fondo no escogió ni comprendió nada, y que aún sufre y testimonia. En cuanto al valor tan enigmático de la atestación, incluso de la ejemplaridad en el testimonio, he aquí una primera pregunta, sin duda la más general. ¿Qué pasa cuando alguien llega a describir una “situación” presuntamente singular, la mía por ejemplo, a describirla dando testimonio de ella en unos términos que la superan, en un lenguaje cuya generalidad asume un valor en cierta forma estructural, universal, trascendental u ontológico? ¿Cuando cualquier recién llegado sobreentiende: “Lo que vale para mí, irreemplazablemente, vale para todos. La sustitución está en curso, ya se ha efectuado, cada uno puede decir, para sí y de sí, lo mismo. Basta con escucharme, soy el rehén universal”? ¿Cómo describir esta vez, entonces, cómo designar esta única vez? ¿Cómo determinar esto, un esto singular cuya unicidad obedece justamente al mero testimonio, al hecho de que ciertos individuos, en ciertas situaciones, atestiguan los rasgos de una estructura que, empero, es universal, la revelan, la indican, la dan a leer “más en carne viva”, más en carne viva como suele decirse y porque se dice sobre todo de una herida, más en carne viva y mejor que otros, y a veces únicos en su género? ¿Únicos en un género que —cosa que además lo hace más increíble— se vuelve a su vez ejemplo universal, cruzando y acumulando así las dos lógicas, la de la ejemplaridad y la del huésped como rehén? —No es eso lo que más me asombra. Puesto que no se puede dar testimonio más que de lo increíble. En todo caso, de lo que solamente puede ser creído, de lo que, tras pasar por alto la prueba, la indicación, la constatación, el saber, apela únicamente a la creencia, por lo tanto a la palabra dada. Cuando uno pide que crean en su palabra, ya está, quiéralo o no, sépalo o no, en el orden de lo que sólo es creíble. Se trata siempre de lo que se ofrece a la fe, que exige la fe, de lo que es únicamente “creíble” y por ende tan increíble como un milagro. Increíble por ser solamente “acreditable”. El mismo orden de la atestación da testimonio de lo milagroso, de lo creíble increíble: de lo que hay que creer de todos modos, creíble o no. Tal es la verdad que invoco y en la cual hay que creer, aun, y sobre todo, si miento o perjuro. Esa verdad supone la veracidad, incluso en el falso testimonio, y no a la inversa. —Sí, y lo que lo hace más increíble, decía yo, es que tales individuos atestiguan así en una lengua que hablan, es cierto, que se las arreglan para hablar, de cierta manera y hasta cierto punto… —…de cierta manera y hasta cierto punto, como debe decirse de toda práctica de la lengua… —… pero que ellos hablan, presentándola, en esa lengua misma, como la lengua del otro. Tal habrá sido la experiencia, esta vez, cuando la mayoría de nosotros hablábamos inglés en esa reunión. ¿Pero cómo podría hacerlo yo mismo, aquí mismo, al hablarte en francés? ¿Con qué derecho? Un ejemplo. ¿Qué hice hace un rato, al pronunciar una frase como “no tengo más que una lengua, no es la mía”, o bien “nunca se habla más que una sola lengua”? ¿Qué quise hacer al proseguir más o menos así: “Por lo tanto, no hay bilingüismo o plurilingüismo”? ¿O también —con lo que multiplicaba las contradicciones—, “nunca se habla una sola lengua”, por lo tanto “no hay más que plurilingüismo”? Otras tantas afirmaciones en apariencia contradictorias (no hay X, no hay más que X), otras tantas aseveraciones cuyo valor universal, sin embargo, creo que sería verdaderamente capaz de demostrar si me dieran tiempo para hacerlo. Cualquiera debe poder decir “no tengo más que una sola lengua y (ahora bien, pero, en lo sucesivo, permanentemente) no es la mía”. Una estructura inmanente de promesa o deseo, una espera sin horizonte de espera informa toda palabra. Desde el momento en que hablo, aun antes de formular una promesa, una espera o un deseo como tales, y allí donde todavía no sé qué me sucederá o qué me espera al final de una frase, ni quién ni lo que espera quién o qué, me encuentro en esta promesa o esta amenaza, que reúne desde ese momento la lengua, la lengua prometida o amenazada, prometedora hasta la amenaza y viceversa, así reunida en su misma diseminación. Habida cuenta de que los sujetos competentes en varias lenguas tienden a hablar una sola lengua, allí mismo donde ésta se desmembra, y porque ella no puede sino prometer y prometerse amenazando desmembrarse, una lengua no puede por sí misma más que hablar de sí misma. Sólo se puede hablar de una lengua en esa lengua. Aunque sea poniéndola fuera de sí misma. Lejos de cerrar lo que fuere, este solipsismo condiciona el dirigirse al otro, da su palabra o más bien da la posibilidad de dar su palabra, da la palabra dada en la experiencia de una promesa amenazante y amenazada:[i] monolingüismo y tautología, imposibilidad absoluta de metalenguaje. Imposibilidad de un metalenguaje absoluto, al menos, pues unos efectos de metalenguaje, efectos o fenómenos relativos, a saber, relevos de metalenguaje “en” una lengua, ya introducen en ella la traducción, la objetivación en curso. Dejan temblar en el horizonte, visible y milagroso, espectral pero infinitamente deseable, el espejismo de otra lengua. —Lo que me cuesta entender es todo ese léxico del tener, del hábito, la posesión de una lengua que sería o no sería la de uno, la tuya por ejemplo. Como si aquí el pronombre y el adjetivo posesivos estuvieran, en lo que se refiere a la lengua, proscriptos por la lengua. —Del lado de quien habla o escribe la susodicha lengua, esa experiencia de solipsismo monolingüe nunca es de pertenencia, de propiedad, de facultad de control, de pura “ipseidad” (hospitalidad u hostilidad), cualquiera sea su tipo. Si el “no dominio de un lenguaje apropiado” del que habla Édouard Glissant califica en primer ligar, más literal y sensiblemente, situaciones de alienación ”colonial” o de servidumbre histórica, esta definición, siempre que se le impriman las inflexiones requeridas, también lleva mucho más allá de esas condiciones determinadas. Vale también para lo que se llamaría la lengua del amo, del hospes o del colono. Muy lejos de disolver la especificidad, siempre relativa, por más cruel que sea, de las situaciones de opresión lingüística o expropiación colonial, esta universalización prudente y diferenciada debe dar cuenta —diría incluso que es la única que puede hacerlo— de la posibilidad determinable de una servidumbre y una hegemonía. Y aun de un terror en las lenguas (existe, leve, discreto o escandaloso, un terror en las lenguas; es nuestro tema). Puesto que contrariamente a lo que la mayor parte de la veces uno se siente tentado a creer, el amo no es nada. Y no tiene nada que le sea propio. Porque no es propia del amo, no posee como propio, naturalmente, lo que no obstante llama su lengua; porque, no importa qué quiera o haga, no puede mantener con ella relaciones de propiedad o identidad naturales, nacionales, congénitas, ontológicas; porque sólo puede acreditar y decir esta apropiación en el curso de un proceso no natural de construcciones político‐fantasmáticas; porque la lengua no es su bien natural, por eso mismo, históricamente puede, a través de la violación de una usurpación cultural —vale decir, siempre de esencia colonial—, fingir que se apropia de ella para imponerla como “la suya”. Ésa es su creencia, y él quiere hacerla compartir por la fuerza o la astucia, quiere hacer que crean en ella, como en el milagro, por la retórica, la escuela o el ejército. Le basta con hacerse oír por cualquier medio, hacer que funcione su “speech act“, crear las condiciones para ello, para ser “feliz” (“felicitous“, lo que en ese código quiere decir eficaz, productivo, eficiente, generador del acontecimiento buscado, pero a veces cualquier cosa menos “feliz”), y la jugada está hecha o, en todo caso, se habrá hecho una primera jugada. La liberación, la emancipación, la revolución serán necesariamente la segunda jugada. Ésta liberará de la primera al confirmar su herencia mediante su interiorización, su reapropiación, pero sólo hasta cierto punto, pues mi hipótesis es que nunca hay apropiación o reapropiación absoluta. Dado que no hay propiedad natural de la lengua, ésta no da lugar más que a la furia apropiadora, a los celos sin apropiación. La lengua habla estos celos, la lengua no es más que los celos desatados. Se toma su revancha en el corazón de la ley. De la ley que, por otra parte, es ella misma —la lengua—, y loca. Loca por sí misma. Loca de atar. (Como esto es obvio, y no merece aquí un desarrollo demasiado largo, recordemos con una palabra, al pasar, que ese discurso sobre la ex-apropiación de la lengua, más precisamente de la “marca”, da acceso a una política, un derecho y una ética; incluso es —atrevámonos a decirlo— el único que puede hacerlo, cualesquiera sean los riesgos, y justamente porque el equívoco indecidible corre sus ries‐gos y por lo tanto apela a la decisión, allí donde, antes de todo programa e incluso de toda axiomática, ella condiciona el derecho y los límites de un derecho de propiedad, de un derecho a la hospitalidad, de un derecho a la ipsidad en general, al “poder” del hospes mismo, amo y poseedor, y en particular de sí mismo, ipse, com‐pos, ipsissimus, despotes, potior, possidere, para citar desordenadamente los pasajes de una cadena reconstruida por Benveniste, de la que antes hablé.) De manera tal que el “colonialismo” y la “colonización” no son más que relieves, traumatismo sobre traumatismo, sobrepuja de violencia, arrebato celoso de una colonialidad esencial, como lo indican los dos nombres, de la cultura. Una colonialidad de la cultura y sin duda también de la hospitalidad, cuando ésta se condiciona y autolimita en una ley, aunque sea “cosmopolita”, como lo quería el Kant de la paz perpetua y el derecho universal a la hospitalidad. Cualquiera debe poder declarar bajo juramento, entonces: no tengo más que una lengua y no es la mía, mi lengua “propia” es una lengua inasimilable para mí. Mi lengua, la única que me escucho hablar y me las arreglo para hablar, es la lengua del otro. Como la “falta”, esta “alienación” permanente parece constitutiva. Pero no es ni una falta ni una alienación, no le falta nada que la preceda o la siga y no aliena ninguna ipseidad, ninguna propiedad, ningún sí mismo [soi] que alguna vez haya podido representar su vigilia. Aunque esta conminación declara en mora permanentemente[ii], ninguna otra cosa “está allí”, nunca, para velar su pasado o su futuro. Esta estructura de alienación sin alienación, esta alienación inalienable no es solamente el origen de nuestra responsabilidad sino que estructura lo propio y la propiedad de la lengua. Instituye el fenómeno del escucharse-hablar para querer‐decir. Pero es preciso decir aquí que es el fenómeno como fantasma. Hagamos refe‐rencia por lo pronto a la afinidad semántica y etimológica que asocia el fantasma al pháinesthai, a la fenomenalidad, pero también a la espectralidad del fenómeno. Phantasma es también el fantasma, el doble o el aparecido. Allí estamos. —¿En eso estamos, quieres decir? —En leernos y entendemos como se debe, aquí… —¿Aquí? —… o allá; ¿quién se atreverá a hacer creer lo contrario? ¿Quién tendría el coraje de pretender probarlo? Por el hecho de que estemos aquí en un elemento cuya fantasmaticidad espectral no puede reducirse en ningún caso, la realidad del terror político e histórico no por ello se ve mitigada; al contrario. Puesto que hay situaciones, experiencias, sujetos que están justamente en situación (¿pero qué quiere decir situar en este caso?) de dar ejemplarmente testimonio de ello. Esta ejemplaridad ya no se reduce simplemente a la del ejemplo en una serie. Sería más bien la ejemplaridad —remarcable y remarcante— que da a leer de manera más fulgurante, intensa, incluso traumática, la verdad de una necesidad universal. La estructura aparece en la experiencia de la herida, de la ofensa, de la venganza y de la lesión. Del terror. Acontecimiento traumático porque aquí se trata nada menos que de golpes y heridas, de cicatrices, a menudo de crímenes, a veces de asesinatos colectivos. Es la realidad misma, el alcance de toda ferancia [férance], de toda referencia como diferancia [différance]. ¿Qué estatuto asignar a partir de ello a esta ejemplaridad de remarca? ¿Cómo interpretar la historia de un ejemplo que permite reinscribir, directamente sobre el cuerpo de una singularidad irreemplazable, para darla así a remarcar, la estructura universal de una ley? Problema abismal, ya, que no podríamos tratar aquí, en lo que tiene de clásico. Al menos hay que poner de relieve, pero desde el abismo, una posibilidad que no dejará de complicar el reparto de las cartas o el plegado, de comprometer al pliegue en la diseminación, como diseminación. Puesto que es justamente como un pensamiento de lo único, y no de lo plural —como se creyó con demasiada frecuencia— como se presentó no hace mucho un pensamiento de la diseminación en un pensamiento plegable del pliegue, y plegado al pliegue.[iii] Debido a que existe el pliegue de una re-marca semejante, la réplica o la reaplicación de lo cuasi trascendental o lo cuasi ontológico en el ejemplo fenoménico, óntico o empírico, y en el fantasma mismo, allí donde éste supone la huella en la lengua, estamos justamente obligados a decir a la vez “nunca se habla más que una sola lengua” y “nunca se habla una sola lengua”, o bien “yo no hablo más que una sola lengua (y, pero, ahora bien), no es la mía”. Puesto que, ¿no es la experiencia de la lengua (o más bien, antes de todo discurso, la experiencia de la marca, de la remarca o del margen), justamente, lo que hace posible y necesaria esta articulación? ¿No es lo que da lugar a esta articulación entre la universalidad trascendental u ontológica y la singularidad ejemplar o testimonial de la existencia martirizada? Cuando evocamos aquí las nociones aparente‐mente abstractas de la marca o de la remarca, pensamos también en los estigmas. El terror se ejerce al precio de heridas que se inscriben directamente en el cuerpo. Hablamos aquí de martirio y pasión, en el sentido estricto y casi etimológico de estos términos. Y cuando aludimos al cuerpo, nombramos tanto el cuerpo de la lengua y la escritura como lo que hace una cosa del cuerpo. Apelamos por lo tanto a lo que se denomina con tanta ligereza el cuerpo propio y se ve afectado por la misma exapropiación, la misma “alienación” sin alienación, sin propiedad perdida para siempre o de la que nunca se reapropiará. Nunca: ¿escuchas esa palabra en nuestra lengua? ¿Y sin? Sin comprender nunca, ¿escuchas? He aquí lo que hay que demostrar en lo sucesivo en la escena así construida. ¿En qué aspecto puede la pasión de un mártir franco‐maghrebí dar testimonio, por lo tanto, de ese destino universal que nos asigna a una sola lengua pero nos prohíbe su apropiación, prohibición que se liga a la esencia misma de la lengua o más bien de la escritura, la marca, el pliegue de la remarca? 5 —Vaya manera bien abstracta de contar una historia, esta fábula que tú llamas celosamente tu historia, y que sería solamente la tuya. —En su concepción corriente, la anamnesis autobiográfica presupone la identificación. No la identidad, justamente. Una identidad nunca es dada, recibida o alcanzada; no, sólo se sufre el proceso interminable, indefinidamente fantasmático de la identificación. Cualquiera sea la historia de un retorno a uno mismo o a su hogar [chez soi], a la “choza” del chez‐soi (chez es la casa),[iv]se trate de una odisea o un Bildungsroman, de cualquier manera que se fabule una constitución del sí mismo [soi], del autos, del ipse, uno siempre se figura que aquel o aquella que escribe debe saber ya decir yo [je]. En todo caso, ya, o en lo sucesivo, tiene que estar asegurada la modalidad identificadora: segura de la lengua y en la lengua. Es preciso, se estima, que esté resuelta la cuestión de la unidad de la lengua, y dado el Uno de la lengua en sentido estricto o amplio, un sentido amplio que se extenderá hasta incluir todos los modelos y todas las modalidades identificatorias, todos los polos de proyección imaginaria de la cultura social. Allí, cada región está representada como configuración, la política, la religión, las artes, la poesía y las letras, la literatura en sentido estricto (moderno). Ya hay que saber en qué lengua yo [je] se dice, yo me digo. Se alude aquí tanto al yo pienso como al yo [je] gramatical o lingüístico, al yo [moi o al nosotros en su estatuto identificatorio, tal como lo esculpen figuras culturales, simbólicas, socioculturales. Desde todos los puntos de vista, que no son sólo gramaticales, lógicos, filosóficos, se sabe claramente que el yo [je] de la anamnesis llamada autobiográfica, el yo me [je] del yo me acuerdo, se produce y se profiere de manera diferente según las lenguas. Nunca las precede; por lo tanto, no es independiente de la lengua en general. He aquí algo bien conocido pero rara vez tomado en consideración por quienes abordan la autobiografía en general, ya este género sea literario o no y, por otra parte, ya se lo considere un género o no. Ahora bien, sin siquiera adentramos aquí hasta el fondo sin fondo de las cosas, tal vez deberíamos atenernos a una sola consecuencia. Ella concierne a lo que durante el coloquio fue nuestro lugar común, a partir de su mismo título, a saber, el otra parte y la remisión, suponiendo que alguna vez puedan dar un lugar común. El yo [je] en cuestión se formó, sin duda —es posible creerlo—, si al menos pudo hacerlo y si el trastorno de la identidad del que hablábamos hace un rato no afecta precisamente la constitución misma del yo [je], la formación del decir‐yo, del yo [moi]‐yo [je] o la aparición, como tal, de una ipseidad pre-égológica. Ese yo [je] se habría formado, entonces, en el sitio de una situación inhallable, que siempre remite a otra parte, a otra cosa, a otra lengua, al otro en general. Se habría situado en una experiencia insituable de la lengua, de la lengua en el sentido amplio, por ende, de esta palabra. Esta experiencia no fue ni monolingüe ni bilingüe ni plurilingüe. No fue ni una ni dos ni dos + n. En todo caso, no había yo [je] pensable o pensante antes de esta situación extrañamente familiar y propiamente impropia (uncanny, un‐heimlich) de una lengua innumerable. Es imposible contar las lenguas: eso es lo que quería sugerir. No hay posibilidad de cálculo, desde el momento en que el Uno de una lengua, que escapa a toda contabilidad aritmética, nunca es determinado. El Uno de la monolengua de la que hablo, y del que hablo, no será por lo tanto una identidad aritmética y ni siquiera una identidad a secas. La monolengua sigue siendo incalculable, entonces, al menos en ese rasgo. Pero el que las lenguas parezcan estrictamente inenumerables no les impide desaparecer a todas. Durante este siglo, cada día, se hunden por centenares, y esta perdición da acceso a la cuestión de otro salvataje u otra salvación. Para hacer otra cosa que archivar los idiomas (lo que a veces hacemos científicamente, si no suficientemente, en una urgencia cada vez más apremiante), ¿cómo salvar una lengua? ¿Una lengua viva y “salva”? ¿Qué pensar de esta nueva soteriología? ¿Es buena? ¿En nombre de qué? ¿Y si, para salvar a unos hombres perdidos en su lengua, para liberar a los hombres mismos, excepción hecha de su lengua, valiera más la pena renunciar a ésta, renunciar al menos a las mejores condiciones de supervivencia “a cualquier precio” de un idioma? ¿Y si valiera más la pena salvar a unos hombres que a su idioma, allí donde, ¡ay!, hubiera que elegir? Pues vivimos un tiempo en que a veces se plantea esta pregunta. En la tierra de los hombres de hoy, algunos deben ceder a la homo‐hegemonía de las lenguas dominantes, deben aprender la lengua de los amos, el capital y las máquinas, deben perder su idioma para sobrevivir o para vivir mejor. Economía trágica, consejo imposible. No sé si la salvación‐salutación al otro supone la salvación‐salutación del idioma. Volveremos a hablar de ello, así como de esta palabra extraña en francés, el salut.[v] Volvamos a empezar, entonces. Lo que digo, el que digo, ese yo [je] del que hablo, en una palabra, es alguien —según me acuerdo, poco más o menos— a quien le fue interdicto el acceso a toda lengua no francesa de Argelia (árabe dialectal o literario, berebere, etcétera). Pero ese mismo yo [je] es además alguien a quien también le fue interdicto el acceso al francés. De otra manera, aparentemente indirecta y perversa. De otra manera, es cierto, pero igualmente interdicto. Mediante una interdicción que, por eso mismo, prohibía el acceso a las identificaciones que permiten la autobiografía sosegada, las “memorias” en el sentido clásico. ¿En qué lengua escribir memorias, cuando no hubo lengua materna autorizada? ¿Cómo decir un “yo me acuerdo” que valga cuando hay que inventar la lengua y el yo [je], inventarlos al mismo tiempo, más allá de ese despliegue, ese desencadenamiento de la amnesia que desató la doble interdicción? —¿Despliegue desatado de una interdicción? Qué lengua extraña usas para esto; también para esto, en realidad… —Despliegue desatado, puesto que aquí es conveniente pensar en tensiones y juegos de fuerza, en la physis celosa, vengadora, oculta, en el furor generador de esta represión; y es por eso que, en cierto modo, esta amnesia sigue activa, dinámica, potente, otra cosa que un simple olvido. La interdicción no es negativa, no incita meramente a la pérdida. Ni a la perdición la amnesia que organiza desde el fondo en las noches del abismo. Rueda, se extiende como una ola que lo arrastra todo, en playas que conozco demasiado. Este mar lo arrastra todo, y de los dos lados; se enrosca, arrastra y se enriquece con todo, aporta, transporta, deporta y se hincha incluso con lo que arranca. La cabezonada de un capital sin cabeza. Y además me gusta la palabra francesa “déferlement” [despliegue, desencadenamiento]; lo explico en otra parte… Sin duda más cabría evitar aquí dar crédito a las categorías familiares, tranquilizarnos con ellas, en cualquier ámbito al que pertenezcan. Por ejemplo, se cede a la facilidad o al mecanismo al hablar de interdicción. Si bien el nombre sigue siendo ése, si bien nos atenemos a él, la interdicción fue de un tipo a la vez excepcional y fundamental. Desencadenante. Cuando se prohíbe el acceso a una lengua, no se prohíbe ninguna cosa, ningún gesto, ningún acto. Se prohíbe el acceso al decir, eso es todo, a cierto decir. Pero justamente en eso radica la interdicción fundamental, la interdicción absoluta, la interdicción de la dicción y el decir. La interdicción de la que hablo, la interdicción desde la que digo, me dice y me lo dice, no es por lo tanto una interdicción entre otras. Por otra parte, el nombre “interdicción” parece aún demasiado riesgoso. Sigue siendo fácil o equívoco en la medida en que este límite nunca se planteó, nunca se estableció en un edicto como un acto de ley —un decreto oficial, una sentencia— ni como una barrera física, natural, orgánica. No había allí ni frontera natural ni límite jurídico. Teníamos la opción, el derecho formal de aprender o no aprender el árabe o el berebere. O el hebreo. No era ilegal, ni un delito. Al menos en el liceo; y el árabe más que el berebere. No me acuerdo de nadie que alguna vez haya aprendido hebreo en el liceo. La interdicción operaba por lo tanto por otros caminos. Más solapados, pacíficos, silenciosos, liberales. Se tomaba otras revanchas. En la manera de permitir y dar, pues en principio todo se daba o, en todo caso, se permitía. Por último, y sobre todo, la experiencia de esa doble interdicción no le dejaba ningún recurso a nadie. No me dejó ninguno. No podía no ser la experiencia de un paso del límite. Tampoco digo “transgresión”, la palabra es a la vez demasiado fácil y está demasiado cargada, pero se comprende mejor por qué hace un instante hablaba de despliegue, de desencadenamiento. En ese paso del límite veré también, en cierto sentido de esta palabra, una escritura; un sentido en torno del cual merodeo desde hace décadas. La “escritura”, sí: entre otras cosas, se designaría así cierto modo de apropiación amante y desesperada de la lengua, y a través de ella de una palabra tan interdictora como interdicta (la francesa fue ambas cosas para mí), y a través de ella de todo idioma interdicto, la venganza amorosa y celosa de un nuevo adiestramiento que intenta restaurar la lengua, y creo que reinventarla a la vez, darle por fin una forma (en principio deformarla, reformarla, transformarla), y de tal modo hacerla pagar el tributo de la interdicción o, lo que sin duda viene a ser lo mismo, satisfacer ante ella el precio de la interdicción. Esto da lugar a extrañas ceremonias, celebraciones secretas e inconfesables. Por lo tanto a operaciones cifradas, a una palabra sellada que circula en la lengua de todos. Pero, ¿cómo orientar esta escritura, esta apropiación imposible de la lengua interdictora‐interdicta, esta inscripción de sí mismo en la lengua prohibida‐defendida, prohibida‐defendida para mí, en mí, pero también por mí (puesto que, como puede saberse, a mi manera soy un defensor de la lengua francesa)?[vi] Más bien debería decir: ¿cómo orientar la inscripción de sí mismo ante esta lengua prohibida y no simplemente en ella: ante ella, como una queja presentada ante ella, un reclamo [grief] y ya un recurso de apelación? En mi caso, esa inscripción no podía orientarse desde el espacio y el tiempo de una lengua materna hablada, puesto que, justamente, yo no la tenía, no tenía otra que el francés. No tenía lengua para el grief, esa palabra que ahora me gusta escuchar en inglés, en el que significa más la queja sin acusación, el sufrimiento y el duelo. Habría que pensar aquí en un grief casi originario, ya que ni siquiera lamenta una pérdida: según mi conocimiento, no tuve nada que perder salvo el francés, la lengua enlutada del duelo. En un grief semejante se lleva así, permanentemente, el luto por lo que nunca se tuvo. Puesto que nunca pude llamar al francés, esta lengua que te hablo, “mi lengua materna”. Esas palabras no me vienen a los labios, no me salen de los labios. “Mi lengua materna”: de los otros. He aquí mi cultura, que me enseñó los desastres hacia los cuales una invocación encantatoria de la lengua materna habrá precipitado a los hombres. Mi cultura fue de entrada una cultura política. “Mi lengua materna” es lo que dicen y lo que hablan; los cito y los interrogo. Les pregunto —en su lengua, es cierto, para que me entiendan, porque es grave— si saben con claridad qué dicen y de qué hablan. Sobre todo cuando celebran con tanta ligereza la “fraternidad”: en el fondo es el mismo problema, los hermanos, la lengua materna, etcétera. Es un poco como si pensara en despertarlos para decirles: “Escuchen, atención, ya basta con eso, hay que levantarse y partir, si no caerá sobre ustedes la desdicha o, lo que en parte viene a ser lo mismo, no les pasará absolutamente nada. Salvo la muerte. Su lengua materna, la que ustedes llaman así, algún día —lo verán— ya ni siquiera les contestará. Escuchen… no crean tan pronto, créanme, que son un pueblo, dejen de escuchar sin protestar a quienes les dicen ‘escuchen’…”. [i] Lo que se formula de este modo sobre la promesa como amenaza corría el riesgo entonces, y sin duda sigue corriéndolo todavía, de parecer bastante dogmático y oscuro. Permítaseme remitir sobre este punto a una argumentación más sostenida y espero que más convincente en “Avances”, prefacio a Serge Margel, Le Tombeau du dieu artisan, París, Minuit, 1995. [ii] Para aclarar un poco este uso insistente del idioma ligado a demeure, me permito remitir a “Demeure”, en Passions de la littérature, París, Galilée, 1996. [La referencia es a la expresión “mette en demeure à demeure”, aquí traducida como “declara en mora permanentemente” (n. del t.).] [iii] Sobre la diseminación como experiencia de la unicidad y sobre la diseminación según pliegues, o pliegue sobre pliegue, cf. La Dissémination, París, Seuil, 1972, págs. 50, 259, 283, 291 y sigs. y passim [traducción castellana: La diseminación, Madrid, Fundamentos, 1990]. [iv] La referencia es al latín casa,‐æ, choza o cabaña, en francés case y en castellano casa (n. del t.). [v] Que tiene la doble acepción de salvación y de salutación o saludo (n. del t.). [vi] Para entender este pasaje hay que tener en cuenta que défendre tiene en francés el doble significado de defender y prohibir (n. del t.). Fuente: Derrida, J. (1996) Capítulos 4 y 5 en El monolingüismo del otro o la prótesis de origen. Ed. Manantial
- Zaratustreanas X De adicciones y voluntades / Fernando Stivala
Una nueva voluntad “Una nueva voluntad enseño yo a los humanos ¡querer ese camino que el humano ha recorrido a ciegas, y considerarlo bueno y no apartarse furtivamente de él, como hacen los enfermos y las moribundas! * ¿De qué se trata esta nueva voluntad propuesta? La voluntad de seguir por el camino del más acá, aunque nos perdamos y estemos expuestos a los peligros del cuerpo. La otra voluntad quiere descansar, está enferma y moribunda, se inventó un cielo. Eran enfermos y moribundos los que despreciaban el cuerpo y la tierra, y los que inventaron lo celestial y las gotas de sangre redentoras: ¡pero también estos dulces y aciagos venenos los tomaron del cuerpo y la tierra! * El vino que supuestamente es sangre de trascendencias sale de la tierra, aunque lo vendan como algo del más allá. Una experimentación ¿Alcanza con ser conscientes de que estamos pobladas de clichés para romper con algo? ¿Si somos conscientes de que somos oprimidos vamos a dejar de serlo? No se trata de tomar consciencia, sino de hacer una práctica. Esa voluntad es voluntad de cuerpo, de práctica, de experimentación. No es voluntad de pensar las diez cosas que hicimos durante el día para dormir tranquilas. Hacerlas, experimentarlas. Experimentar = Decisión. Un ritmo. La experimentación se da a partir de colapsos. Una práctica más que una reflexión. Aquí situamos a la voluntad. En nuestras prácticas damos con rupturas. ¿Dónde y cuándo se dan las rupturas? ¿Cuáles son? La pregunta conviene sostenerla y no anticiparla previa a la práctica. Y dos dudas El delirio de la razón era semejanza con Dios, y la duda, pecado. * La duda conocedora, que para el delirio de la razón es pecado, es la que se pone en el borde de lo desconocido. La que hay que recuperar. Termómetros. Esa sensación de tener una intuición. Se duda porque esas sensaciones e imágenes no vienen con la mayoría de las normalidades. Pulsión de investigar siempre en relación con ese borde, ese afuera que no sabe, atrae, seduce. Podemos llamarla conatus, quizás deseo, motor. Hay otro tipo de duda: la completadora. La duda que nos dice que está mal dudar, que tenemos que saber quiénes somos. La duda insatisfecha, chusma. La duda que se siente inferior y se mide frente a las certezas. La que no se corre de los valores de normalidad. Pregunta solo para confirmar respuestas ya sabidas, respuestas ya conocidas. Se la podría llamar mejor: inseguridad sobre las variaciones que ofrece la vida, búsqueda de control de lo mucho disfrazada de preguntas, respuesta cerrada por temor a experimentar o diseñar relaciones. Esa sensación que llega a decir: ´¿Para qué preguntas si igual haces lo que querés?´ o ´¿Para qué nos reunimos si ya está todo cocinado?´. El show del entrevistador. Asistimos al espectáculo de la duda. Adictos Siempre hubo mucha gente enferma entre quienes fantasean y son adictos a la divinidad; con furia odian al conocedor y a la más joven de las virtudes, que se llama: honestidad. * Adictos de solo ideas, pobres y enfermas. La adicción ya no del lado del cuerpo. Contagiarse de excesos de normalidades es adictivo. Odian el movimiento de conocerse-desconocerse. Odian lo que cambia y varía. Odian la pulsión que mueve, la pulsión de curiosear. La más joven de las virtudes. *Friedrich Nietzsche, Así habló Zaratustra (Primera parte ´De los trasmundanos´)
- Espera de un lunar / Eduardo Magoo Nico
¡Ay! De debajo del agua Siguen tirando y tirando Unas enormes ruedas de tractor (¿Mágico Zeus o Magirus Deutz?) ¿Por qué no harán huelga, digo yo, los de la cuerda? ¡Que se aten con ella al reflejo de un neutrón! (Pobre reflejo de lana / tan atada tiene a su ama) ¿Qué hacer con este nuevo fastidio? ¿Jardines rodantes? ¿Círculos de yerba buena? ¿Hamacas para gigantes? Como si no tuviésemos ya bastante con el Mundo (Con toda su redondez) Para ocuparnos, además De estos otros horrendos agujeros... ¿De las rosquillas voladoras, de las arandelas, o de las tablas de toilete También habremos de ocuparnos? ¡Y si dejaran de una vez en paz a ese hombre Con su bonita cabeza de pato! ¡Es que no ven que tengo ya los pies empalmetados! ¡Que sólo quisiera bañarme En las tibias aguas del cálculo egoísta! (Se han enfriado bastante últimamente) ¡Un partidito de fútbol cada tanto, joder! ¡Ver al Inter en tevé! ¿Qué dicen esas voces? ¿Qué debería hablar con un ser humano Al menos una vez al mes? Podría ser agradable... (pues) Quizás con alguien que tuviera verdaderas ambiciones De parecer humano ¡Que tenga orejas, como Rainer! Que finja al menos entender... ¡Pero no tiren más de esa cuerda, por dios! ¡Tanto es el botín que pretenden estos pelafustanes! Que cargan sobre sus hombros bastante más De lo que podrían seguir arrastrando Y (¡ay!) con el reflujo Terminarán, otra vez en el fondo... Sin embargo A pesar de todos los pesares Allí enfrente Coronada por el abrazo más ceñido (Plena de su noche) Ella recorre las tres cuadras Que son cada vez Como tres enormes estadios en la nieve ¿Hallará de regreso y junto al fuego En el muelle fuelle, ese suave soplo Que la hará feliz? Tímida / Endeble / Vulnerable ¡Análogamente inmensa! Contemplarla desde el charco Me acarrea algo de culpa... (poca) (¿No será el cínico una especie de cretino al revés?) En ese blanco sobre el blanco Del salar bajo la nieve Y en esas ubres como cuernos De la luna de sus toros (Que la están siempre deseando) Aún más bella e insolente que en mi sueño Ella sigue su camino Y como agua gira su indolencia Y así también las sombras Que se vuelven contrarias En el cadauno-es-cadacual De sus dos hemisferios Como diosa-pajarillo O colibrí de turba O como deshabitada aún (de su deshabillé vienés) Así quisiera dejarla "Entre comillas" ¡Ay, de mí! Cerrar éste mi aleteado cielito (del sí) Con un gran cielo en su frente Que me fija y clava: ¿Habrá que morir otra vez? (Espera de un lunar para tocar cuando duermo) Fuente: Agradecemos cariñosamente a Magoo las ganas de compartir su libro Servidumbres. (2022).
Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.











