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- Gregorio Baremblitt. Fuegos klínicos, utopías activas / Mariano Tejo Arroyo
En la constelación Baremblitt habitan la generosidad, el respeto al silencio y a la palabra, la ternura clínico revolucionaria y galaxias de pensamientos y prácticas imprescindibles. Pudiendo ejercer la arrogancia del saber, él, como Bartebly, prefería no hacerlo. No importa quién o qué introdujo el pensamiento de Deleuze y Guattari en América Latina, pero sin dudas él fue partícula molecular fundamental en ese movimiento. Una vida Baremblitt, que vivió tanto, podía comentar al pasar, en medio de una conversación, anécdotas con René Lourau, Felix Guattari y otras potencias pensantes con las que trató, debatió, intercambió. Recuerdo ahora uno de esos episodios, al intentar que Felix Guattari le firme una copia del AntiEdipo, Así lo contó alguna vez: “Le pedí que me dedicase mi ejemplar del AntiEdipo que estaba enteramente subrayado en cinco colores diferentes. Él me dijo: "no lo estudies así, cortá un pedazo de una página y tratá de inventar algo al respecto". A partir de ahí me volví a sentir sólo millares de veces. Pero ya nunca me sentí solo teóricamente”. En otra ocasión, refiriéndose a las modulaciones que presenta el deseo, se preguntaba sobre las formas en que una vida podría elegir, si eso fuese posible, la disposición deseante que quisiera experimentar, advirtiendo acerca de las versiones del deseo que los sentidos comunes, la historia de la filosofía y las psicologías académicas pretendían hegemonizar. Agitaba de modo insurgente, como una posibilidad de vida, otras versiones de deseo que produzcan lo real y no se limiten a definirse por la falta. Esquizoanálisis y esquizodrama. Campos vitales y originales por los que transitó esa vida que se llamó Gregorio Baremblitt. Agenciamientos colectivos de enunciación para encender utopías activas, modos de creación o creaAcción, en el mar del caos o caosmos. Baremblitt como espacio de formación y praxis, al cual no le gustaba definir como Escuela. Baremblitt como usina nuclear de invenciones posibles para lidiar y transformar la realidad normativizada. Baremblitt como ReAlteridades nómades de lo sutil y lo bravío. Construcción de n realidades, n posibilidades, n vidas. Baremblitt como proliferaciones klínicas, con derivas y desvíos atomizados, más allá de ejercicios clínicos académicos consagrados. Baremblitt como madeja de multiplicidades, devenires y producción de diferencias. No solo estados de sensibilidad pensante, sino disposiciones realizativas, afectivas, éticas, políticas. Baremblitt también como máquina de guerra exiliada por el Estado Terrorista argentino. Agenciamiento amoroso, hospitalario e inventivo en Brasil, a donde “Fui a parar, y en donde fundé, con otros desterrados, una organización "casi" esquizoanalítica.”. Baremblitt como crítica lúcida y respetuosa del psicoanálisis; como práctica militante del análisis institucional y los ddhh; como conjugación inmanente en las esquizias del campo clínico, artístico, político, lúdico, imaginativo, ético, rebelde. Baremblitt como polémica pre-socrática. Alguna vez escribió: “No se trata de que el Ser sea inmóvil o eterno, ni tampoco que el Ser devenga, sino que el Ser es devenir… o el Devenir es el Ser. Dicho de otro modo: El Ser del devenir es la incesante producción de lo nuevo absoluto”. Estimado Gregorio, componen con tu vida los Pichones, los Artaud, los Rimbaud, los Lautremontt, los Tato, los Gilles, los Guattari y tantos otrxs. Viejo zorro, guerrero amigo. Hasta siempre, querido Gregorio
- Adynata Octubre / MP
Citas Recuerdo una mañana húmeda, gris, maloliente, en una de las tumultuosas asambleas del pabellón cuatro del hospital Cabred. Alguien dijo que, en la vida, se había sentido “como un barrilete sin cola”. Entonces un compañero susurró los versos del tango Sueño de barrilete que compuso Eladia Blázquez: “Y he sido igual que un barrillete, / al que un mal viento puso fin, / no sé si me falló la fe, la voluntad, / o acaso fue que me faltó piolín”. En eso, una voz recordó al Diego, nuestro barrilete cósmico. Y alguien desde las sombras expresó: “¡Cuántas ganas de remontar una gran cometa en la que podamos irnos de aquí!”. Y así, entre risas y recuerdos, una enfermera propuso hacer un taller de barriletes. Un muchacho al que nadie le conocía el nombre dijo que solo se necesitaban cañas, telas, papel, pegamentos, muchos metros de hilo. Y que él podía ayudar. Una psicóloga sugirió llevar el taller a la escuela que estaba en la entrada del hospital, y otra voz dijo que se podía invitar a vecinas y vecinos del pueblo. Por fin, se decidió que los barriletes tenían que tener cola. Y alguien quiso que, en cada tira de tela, se escriban nuestros deseos. El más viejo del Pabellón propuso juntarnos una tarde ventosa y hacer la gran fiesta de las cometas frente a la Basílica de Luján. Muchas soledades todavía esperamos día y hora de tan anhelada cita.
- Relampagueos 2001 – 2021: de la situación a lo situado / Verónica Scardamaglia
1. ¿Qué disponibilidades activó 2001 y qué actualizaciones encontramos en 2021? 2. 2001 en tanto crisis y revuelta nos obligó al desafío de nuevas maneras para habitar el colapso entre democracias. Impulsó nuevas formas ante lo estallado de los espacios. Si ya en los 90 trabajar en espacios institucionales implicaba convivir con el desarmado y el pasaje de formas que la llamada crisis de la modernidad venía discutiendo, esto se radicalizó para el 2001 con la necesidad, en plena crisis institucional, de volver a pensar el trabajo institucional. En el ámbito de educación, aquella crisis volvió a dejar a la vista todo lo otro que hace a lo pedagógico con las múltiples formas que se inventaron, y que en pandemia se volvieron a inventar, para acompañar, contener y alimentar, además de enseñar. 3. Uno de los enunciados que circulaba casi como denuncia sufriente del desacople ante el estallido social, familiar, institucional era “yo no fui preparadx para esto”, dando cuenta de los choques de formas que irrumpían en las escuelas. Escuelas del siglo XIX, formación docente del siglo XX y jóvenes del siglo XXI. Escuelas estalladas, familias estalladas, formas estalladas que dejaron ver que, para algunas cosas, ya no hubo vuelta atrás. Casi como respuesta a aquel enunciado Ignacio Lewkowicz planteaba en Pensar sin Estado. La subjetividad en la era de la fluidez” en el capítulo Instituciones perplejas: “Pues la irregularidad de los estímulos, el aluvión de provocaciones, solicitaciones y destituciones obliga a operar permanentemente sobre términos, sobre condiciones, sobre circunstancias para las que la institución no está preparada. Destaquemos, de paso, una condición actual: antes de la circunstancia, nadie ni nada está preparado para tratarla; estrictamente, nada está a la altura de las circunstancias. Para tratar sus problemas la organización ha de configurarse ad hoc.” 4. Hace unos días en una reunión de trabajo, refiriéndose a todo el trabajo administrativo online al que obligó la pandemia, una secretaria afirmó “Yo no estaba preparada para eso”. 5. Desde 2001 y casi como enunciado perforador de certidumbres y arrogancias, “Unx nunca está a la altura de las circunstancias” pasó a transformarse en uno de los criterios para trabajar posibilitando o acompañando intervenciones clínicas, pedagógicas, institucionales. 6. Desde la revuelta, quedó más que claro que “todo lo sólido se desvanece en el aire”, que trabajar en espacios institucionales implica, en diferentes dosis, dispersión, contingencia, simultaneidad, vértigo e incertidumbre. Que producir intervenciones, dar clases y acompañar dolores acontece entre los filos del desencanto que trae saber que muchos acuerdos duran lo que duran y los de la posibilidad que traen los encuentros con alianzas insólitas. 2001 nos legó la potencia de la disposición asamblearia en tanto fuerza de pensar en situación, de habitar la situación, de aprender a inventar entre fragmentos de formas vitales tantas veces deshilachadas y desgarradas. Quizás estas hayan sido, en términos de Foucault, algunas de las tecnologías que cada época histórica inventa para resistir a las técnicas de gobierno, para plegar la fuerza. 7. 2001 también nos alertó sobre qué operaciones tener en cuenta ante las formas de existencias que produce el neoliberalismo. Si los modos de relación instituidos se activan desde velocidad y aceleración como formas de estar en fluidez. Si las operaciones políticas promueven condiciones para producir fragmentación de lo articulado, choques, desligaduras de lo ligado, desgarros, amontonamientos, sustitución, flexibilidad e inmediatez, la interpelación pasa por encontrar modos situacionales de habitar / construir, desacelerar, suspender. Aprendimos de aquellas discusiones que decir situación puede significar considerar la producción / fundación de una demarcación, la determinación de un espacio-tiempo habitables y de un habitante. “Una situación constituye a su habitante”. 8. 2001 como velo descorrido que dejó a la vista, entre otras cosas, que en las escuelas y aún hoy, se repiten funciones que ya no funcionan, que se siguen sucediendo más choques que encuentros y que sigue constando pasar del fragmento a la situación. Quedó a la vista que conviene pensar lo institucional desde una lógica situacional. Y sobre todo, la necesidad de seguir dando discusión en torno a la inclusión. Escribía el Colectivo Situaciones en 2002 en Hipótesis 891. Más allá de los piquetes (2002) una conversación entre el MTD se Solano y el Colectivo Siutuaciones: “Se construye así la representación de la paradójica figura del excluido. Porque el excluido no es realmente tal. La exclusión es el lugar que nuestras sociedades biopolíticas producen para poder incluir a personas, grupos y clases sociales de manera subordinada. En palabras de Agamben, el excluido es el nombre del incluido como excluido”. Discusiones y avances de libros que, como las que traían Mujeres Creando, Cristina Corea e Ignacio Lewkowicz y muchxs otrxs que publicaban por aquellos años en revista Campo Grupal. 9. 2001 también funcionó en aquel momento como anuncio de que muchas las prácticas y las lecturas habían quedado viejas y ajenas ante eso que estaba irrumpiendo. Así como sucedió el año pasado, nos vimos interpeladxs a pensar cómo se nombra lo que sucede cuidándonos de no reducirlo a lo ya conocido pero tensionándolo con ello desde las dificultades y delicadezas de nombrar, de pensar lo que está pasando con el cuidado de dejarlo abierto a lo que trae en su diferir. 10. Quizás en la revuelta del 2001 y a través de sus desacoples volvamos a encontrar anclajes paridos en estos territorios para pensar (nos). 11. Escribir, leer, hacer clínica, trabajar en educación, vivir implican juegos de desacople de tiempos, de invención de encuentros y de recorridos posibles en un mundo que arma condiciones ideales para que se desplieguen enfrentamientos, discusiones, ataques y devastación de lo vivo. Cada tanto, entre estas regularidades, irrumpen saltos que invitan a revueltas, insurgencias en tanto destiempos que cuando llegan, llegan a tiempo. Así también al producir intervenciones, inventar conceptos, confabular mundos posibles conviene desmalezar los automatismos del sentido común, automatismos psi, automatismos de clase, de raza, adultocéntricos, egoheroicos, heteronormativos. 12. 2001 nos devolvió la disponibilidad de las calles y nos llenó de experimentaciones de prácticas colectivas de cuidado ante la desesperación, la pobreza y el dolor. Las palabras y las formas en las que veníamos no nos alcanzaron y se hizo necesario inventar algunas estrategias, algunos enunciados provisorios en tanto criterios y alertas desde donde trabajar en clínica, en educación y, tal vez, para vivir. Delicadeza con las maneras de nombrar. En las maneras de escribir, de leer. En la amistad, en los amores, en el vivir. Precauciones ante interpretaciones, ante atribuciones fijas y clasificaciones. Delicadeza para alojar el dolor y acunar con palabras eso que cuesta nombrarse. ¿Cómo nombrar lo que desborda? ¿Cómo trabajar para hacer lugar a lo desalojado? Leemos en “Sensibilidades en tiempos de hablas del capital” (Marcelo Percia, 2020): “Insinuaciones Discutir cómo nombrar la vida no alcanza para liberar lo vivo de las celdas en las que se conserva embalsamado; sin embargo, otros modos de vivir reclaman otras formas de nombrar. Intentar nombrar de otra manera no significa solo nombrar otra vez, también quiere decir volver a sentir en los bordes de lo ya nombrado.” 13. 2021 nos encuentra entre debates transfeministas que, desde hace algunos años vienen recuperando conceptos ya planteados que encuentran en estos escenarios mayores posibilidades de despliegue para ser alojados y reutilizados, quizás, que cuando fueron planteados. Escribía Donna Haraway en Ciencia, cyborgs y mujeres. La invención de la naturaleza (1995) “La objetividad feminista trata de la localización limitada y del conocimiento situado, no de la trascendencia y el desdoblamiento del sujeto y el objeto. Caso de lograrlo, podremos responder de lo que aprendemos y de cómo miramos.” 14. 2001 - 2021, entonces, como rememoración y afirmación situada de la vida como potencia de producción de formas, como decía en la inauguración de la cátedra “Políticas y estéticas de la memoria. Violencias, miedos y afectos” del Museo Reina Sofía, a cargo de Nelly Richards, este lunes 20 de setiembre, Suely Rolnik. 15. 2001 – 2021 en crisis, en las calles o desde nos encuentre hoy, con lo que hemos vivido en estos 20 años. Quizás en lucha contra la tendencia a la abstracción generalizante como envoltura que impulsa el neoliberalismo. Quizás releyendo aquello que planteaba Donna Haraway (1995) “No buscamos las reglas conocidas del falogocentrismo (que son la nostalgia de un mundo único y verdadero) ni la visión desencarnada, sino las que están regidas por la visión parcial y por la voz limitada. No buscamos la parcialidad porque sí, sino por las conexiones y aperturas inesperadas que los conocimientos situados hacen posibles la única manera de encontrar una visión más amplia es estar en algún sitio en particular.“ *parte del texto fue presentado en Diálogos en el IIGG 2021: A veinte años del 2001 el 22 de septiembre en el marco de las jornadas 2001: el futuro detrás. deseos /fracasos /derivas /saqueos. Organizadas por el Grupo de Estudio sobre Arte, Cultura y Política en la Argentina Reciente coordinado por Ana Longoni y Cora Gamarnik
- Octubre Adynata / VPS
¿Dónde te encuentra Octubre? ¿Dónde alguna revolución? ¿Dónde los sonidos que te despiertan? ¿Dónde el ritmo que te hace mover? ¿Dónde los caminos? ¿los apuros? ¿Dónde los colores, las imágenes que querés quedarte en la mirada? ¿las visiones? ¿Dónde la piel? ¿Dónde? ¿Dónde las lluvias, los sueños los dolores? ¿Dónde lo vivo?
- El camuatí (fragmento) / Edgardo Gili
Delta del Paraná, 1995 Natalia: Luna se dio cuenta de que en el bulto de las provisiones estaba tu olor. Y yo lo supe al ver el movimiento de su oreja derecha y oír el gemido que inventó para vos. Cuando encontré la carta (venía prensada entre el paquete de yerba y el de harina) me miró como preguntando ¿dónde está ella?. La leí junto al remanso, en voz alta, con una voz que me costó reconocer como mía. Luna descansó su cara sobre mis rodillas y emitió algún suspiro de esos que te hacían decir que deberíamos aprender su lenguaje. Cuando terminé la lectura nos quedamos en silencio, quietos, por largo tiempo. Nos interrumpió un cliente que necesitaba saber cuánto le cobraría por reformar un altillo. El sol ya estaba bien alto. Después de despachar el asunto caminé despacio hasta el “Camuatí”, quería prolongar ese momento. Debajo del ceibo imaginé tu mano sobre cada página, observé la forma de cada letra, te retuve conmigo. Cuando empecé a sentir frío, regresé. No podría decirte si estaba triste o alegre. Había salido de mí, había llegado a un estado en que las cosas cambian de nombre y los nuevos nombres aún no se conocen. Eso fue hace tres días. El mundo volvió a poblarse. Igual que las otras veces, fui tomado por asalto, me convertí en otro. Soy un instrumento ejecutado por una mano que está más allá, resueno y vibro con sonidos que no creí que existieran; los percibo desde adentro, como si su origen no estuviera en esa mano, sino en mí. Hasta que, en cierto límite, cuando la nota más intensa es la del terror, regreso. Así ocurre desde que te conocí. Así sucedió al leer tus palabras. Sé que no había forma, para mí, de conocerte sin quedar vulnerado. Y que no puedo contar tu historia sino la mía. O la de algo que entre nosotros anduvo, anda, como un resto sin nombre ni dueño. Fuente: Gili, Edgardo. El camuatí. La Cebra. Buenos Aires, 2012.
- Sesiones en el naufragio (12) Contentos y zozobras de una conversación / Marcelo Percia
1. Se dice que una embarcación está zozobrando cuando por la fuerza del viento o por una gran carga se inclina hasta casi hundirse. La misma palabra alude a estados de inquietud, aflicción, desasosiego, inseguridad. Interesan aquí zozobras conversacionales: ventarrones que hacen tambalear monólogos resguardados en sus certezas, soliloquios que simulan conversar. Interesan aquí contentos que sumen pretenciosos y creídos parlamentos personales en un común decir. 2. Muchas veces se lee para entrar en una conversación; tal vez se escriba para no abandonarla. 3. Una conversación clínica no consiste en una descarga desaforada en la que alguien dice, sin omisión, todo lo que le pasa por la cabeza. No se trata de la hazaña individual de decirlo todo. Acontece como vértigo sin barandas en el que, de repente, se escucha un común decir hablando solo. 4. No se trata de escuchar lo que el yo dice, el tú dice o el nosotros decimos, sino de escuchar qué se está diciendo cuando hablamos. Ni el yo, ni el tú, ni el nosotros. El se como potencia impersonal de un común decir. 5. El vocablo griego parresia se traduce como decirlo todo. Un habla libre de expresar lo que piensa. Un habla abierta, confiada, audaz, atrevida. Pero, más que otra cosa, un habla que desafía al poder. 6. Foucault piensa la idea de parresia en La hermenéutica del sujeto (1981-1982). La retoma en El gobierno de sí y de los otros (1982-1983) y en El coraje de la verdad (1984) También en un seminario que se publica con el título Discurso y verdad (1983). Escribe Foucault (1983): “En parresia, el hablante usa su libertad y elige la franqueza en vez de la persuasión, la verdad en vez de la falsedad o el silencio, el riesgo de muerte en vez de la vida y la seguridad, la crítica en vez de la adulación y el deber moral en vez del auto-interés y la apatía moral”. 7. Sinceridades dicen lo que sienten sin reparos ni inhibiciones, sin dobleces ni malicias. No se inclinan por temor a la autoridad ni pretenden convencer. 8. Judith Butler (2008) en una conferencia que titula Discurso valiente y resistencia traduce parresia como “discurso valiente”. Subraya que se trata de un habla que dice lo que piensa a pesar del miedo. Advierte que no se trata solo de decir todo, sino de poner en juego todo en el decir, incluso la vida. Aunque esa valentía para enfrentar al poder político necesita de un concierto: la composición de una acción en común concertada entre cercanías en estado de paridad. 9. La paridad también se realiza como zozobra y contento. Muchas veces conversaciones clínicas están por irse a pique. Se trata de circunstancias en las que no se sabe qué pensar. Momentos de silencio ante lo irremediable. Bamboleos callados entre presencias que, no obstante, no se retiran, que siguen estando ahí, aun cuando las palabras naufragan. La paridad clínica acontece como momento de una común vulnerabilidad, de un común no poder. 10. Borges (1952) cita a Chesterton para recordar que un “mecanismo arbitrario de gruñidos y de chillidos” nunca alcanzará a representar la vida. Ironía que compara la arbitrariedad de las lenguas que hablamos con sonidos inarticulados de grillos, cigarras, cerdos, abejas, cocodrilos, moscas, gatos, ballenas. Sin embargo, con esos sonidos arbitrarios de gruñidos y chillidos abrigamos, calmamos, celebramos, criaturas recién nacidas. Sin olvidar que volvemos a nacer otras tantas veces balbuceando porvenires. La vida se ríe de todas las hablas, pero más de las solitarias. 11. Muchas conversaciones persuaden, exhortan, recomiendan; en fin: tabican vacíos con mamparas de certezas. Una zozobra de las conversaciones consiste en la caída de las certezas. Y, sin embargo, sus contentos residen en las incertidumbres que nos hacen hablar, hablar y seguir hablando. 12. A veces, hablantes solo comunican lo que sienten; otras, conversan para llegar a saber lo que están sintiendo. 13. Importa, ahora, otro matiz: no tanto el decirlo todo, sino una común pasión en todo decir. La parresia como habla encarnada y estremecida, trémula y emocionada, que desafía la autoridad de un Amo, a la vez que reta al hablar que solo pretende afirmar lo que ya cree saber. Una de las zozobras de la conversación adviene tras un abandono sin precauciones. Cuando eso sucede, una tranquila confianza compone su contento. 14. Conversaciones clínicas interesan como hablas encendidas que se entregan a lo no planeado. Importan como fugaces esplendores que alumbran momentos de una común sorpresa. Sorpresa que se topa con imprevistos tropezando o saltando entre palabras. Sorpresa como soberanía de lo vivo. Sorpresa como repentina emergencia de un fabuloso cuerpo marino en el continuo movimiento de un océano. Una de las zozobras de la conversación reside en el asombro ante lo inesperado. Se dice: “Me encontré diciendo…”. “Las palabras salieron de mi boca”. Momento de pasmo: irrupción de lo impensado que estremece, perturba, alegra. Su contento reside en que ese momento recuerda que no habitamos un mundo cerrado. 15. Una común sorpresa que contrasta con la gesta de la libre asociación personal y la proeza de las ocurrencias solitarias. Una común sorpresa de ideas libradas al decir que contrasta con la confesión que arranca culpabilidades o inocencias retenidas. Una común sorpresa desafectada de las relaciones de poder. 16. Tute (2021) dibuja la escena de un psicoanalista, en su consultorio, sentado en un sillón con las piernas cruzadas que, dirigiéndose a una joven recostada en el diván, dice: “Dígame lo primero que se le cruce por la cabeza”. A lo que la mujer, mirando al techo, responde: “¿Podría ser lo segundo?”. No se trata de decirlo todo, sino de poder estar toda en el decir. Incluso avisando que algo no se está diciendo. Un común decir que incluye lo que no se puede, no se quiere, no se sabe decir. 17. Uno de los contentos y zozobras de una conversación reside en el miedo a perder el hilo, en su repentino olvido, en constatar que no hay un hilo. 18. Tal vez la primera conversación del psicoanálisis antes del psicoanálisis se encuentre en la correspondencia entre Freud y Fliess que se inicia en 1887. Doscientas ochenta y cuatro cartas, a lo largo de diecisiete años, en las que se leen indagaciones, balbuceos, insinuaciones, conjeturas. Zozobras y contentos de una conversación en la que el amor enciende el deseo de decir. Deseo de decir pulsado por un saber presentido en las cartas que se mezclan, en las letras que se adelantan, en las esperas que también hablan. 19. Se conoce poco sobre cómo transcurre el psicoanálisis entre Beckett y Bion. En una de sus cartas, Beckett cuenta que comienza a sentirse inmovilizado tras la muerte de su padre en 1933. Escribe: “Me aislé más y más, hice menos y menos y me presté a un crescendo de desprecio de los demás y de mí mismo. (...) En todo eso no había nada que me resultara mórbido. El sufrimiento y la soledad y la apatía y las burlas eran los elementos de un índice de superioridad. (...) No fue sino hasta que esa forma de vida, o más bien de negación de la vida, desarrolló esos aterradores síntomas físicos, que dejó de ser posible insistir en la misma, que tomé conciencia de que había algo mórbido en mí”. El corazón se le acelera, tiembla, suda, siente terror cuando entra en la noche. Pasa los días en una habitación mirando la pared sin hablar ni comer. Un médico sugiere una terapia del inconsciente. La madre ofrece pagarla, Beckett acepta. Como no hay psicoanalistas en Irlanda, viaja a Londres donde conoce a Bion en la clínica Tavistock. Se analiza durante dos años. Interesaría saber más sobre esos encuentros. No para curiosear angustias de un joven de veintiocho años ni para considerar conjeturas de un psicoanalista de treinta y siete. Interesaría saber qué ocurrencias brotaron entre confidencias y suposiciones. No se trata de romantizar una conversación espontánea, inteligente, deslumbrante, entre exquisitas sensibilidades que narraron una época. Entre una voz que unos años después interroga “¿Qué importa quién habla?” y una voz que desde entonces se propuso la práctica de un habla sin memorias y sin deseos individuales. Interesaría saber cómo hizo Bion para no impedir la conversación. Cómo evitó normalizar ese diálogo. Cómo sorteó impaciencias, patrones morales, consejos resolutivos. No importa qué dijo Beckett ni qué dijo Bion. Interesa algo que nadie podría relatar: la común demora en la que estuvieron mientras hablaban. Un respetuoso silencio resguarda ese hervidero. 20. Si hubiera un alma de la clínica se llamaría demora, morada, entrada en el tiempo: estar presentes en una conversación en la que dialogan todas las memorias. 21. Otras existencias no interesan como semejanzas o espejos, sino como extrañezas encarnadas, como cálculos escurridizos, como imágenes que fantasmean. Interesan como citas, llamados, silencios, misterios, ternuras, desconciertos, repentinos vértigos: todo eso que hace sentir que estamos en la vida. 22. Zozobras de una conversación sobrevienen cuando lo que se está diciendo amenaza lo ya sabido. Pero, justamente, ahí reside el contento de la conversación. 23. El deseo de conversar, a veces, tiene la misma urgencia que el sexo. 24. Pavlovsky cautiva relatando historias. Una vez cuenta algo que leyó o le contaron. En un encuentro entre amigos, un psicoanalista de Nueva York le pide a Henry Miller que atienda a sus pacientes durante las vacaciones. El inclasificable autor de los Trópicos, sorprendido, le recuerda que sabe poco sobre psicoanálisis y que no le simpatizan los burgueses freudianos. Pero, el otro insiste. Aclara que solo le pide que escuche con atención y diga lo que piensa. A la vuelta de las vacaciones, el psicoanalista encuentra que sus pacientes están mucho mejor. Entonces, propone otro encuentro, para tomar una copa, con el escritor de Sexus, Plexus y Nexus, esta vez para pedirle que lo atienda a él. Pavlovsky dramatiza esta parte de la historia. -¿Así que, ahora, querés que te analice? -Sí, eso te estoy pidiendo. (Silencio prolongado) -Está bien… son quinientos dólares…y dejamos por hoy acá (dice poniéndose de pie). -Pero, Henry, ¿me cobrás y te vas? -Vos, ¿te querés curar? (mirándolo casi con desdén). -¡Sí, claro! -Entonces, comencemos: ¡Tenés que pagar! (Silencio) Pavlovsky respira complacido por el remate de la anécdota. No agrega más. No explica nada. No concluye con una moraleja: entrega lo inconcluso. Deja pensando. ¿La observación depredadora del escritor, que sabe la lengua del sexo, percibe que el psicoanalista cree más en la seguridad que le da el dinero que en una felicidad literaria? 25. A veces una conversación prospera con la suspensión de la conversación. 26. Las sorpresas se urden. Practican la desprevención, la alegría de lo inesperado, la búsqueda de lo accidental. Pero, ¿quién urde lo que sorprende en una conversación? El diálogo mismo urde lo inesperado cuando la confianza entre hablantes asiste al momento en que pensamientos y memorias comienzan a pensar y a evocar por su cuenta. 27. Una de las zozobras de la conversación se llama anticipación: alerta, a veces involuntaria, de hablantes que se adelantan a pensar lo que presienten que se está por decir. Uno de sus contentos reside en las primicias que la vida siempre reserva a lo que se está por decir. 28. Clínicas practican conversaciones sin persuasión. No tratan de convencer ni de propiciar cambios de opinión o de conductas. Formas clínicas incitan a comenzar a hablar sin saber lo que se va a decir. No se desgastan en argumentaciones que pretenden mover montañas. 29. En Protágoras, una de las obras de Platón, Sócrates tras un encuentro casual con un amigo se dispone a contar el diálogo que tuvo con el gran retórico griego. Relata que Hipócrates acude para consultarlo sobre su intención de iniciarse como discípulo de Protágoras. Sócrates, a través de preguntas insidiosas, desalienta ese impulso falto de meditación. Dice: “¿El sofista viene a ser un traficante o un tendero de las mercancías de las que se nutre el alma? A mí, al menos, me parece que es algo así”. Recomienda, antes, despejar dudas y tomar precauciones. Dice “se necesita cuidar más la compra de enseñanzas que la compra de alimentos”. Entonces, acepta acompañar a Hipócrates a visitar a Protágoras que está en la ciudad invitado por Calias junto con seguidores que lo veneran, encantados y hechizados por sus palabras. Al llegar Sócrates le explica a Protágoras el motivo del encuentro. Así, el anfitrión de Protágoras propone organizar una asamblea en la que Sócrates dialogue ante todos con su gran invitado. Se inicia una exhibición argumental acerca de si la virtud puede enseñarse o no. Platón se llena de gusto anotando las intervenciones. En un momento, Sócrates se declara incapacitado de seguir los largos parlamentos de Protágoras que se alargan tanto que los oyentes olvidan las preguntas. Protágoras aduce que tiene derecho a dialogar cómo quiere y Sócrates amaga con retirarse. Despliegan astucias expositivas, sutilezas, lógicas imperturbables, revelan contradicciones, por momentos se elogian u objetan con ironías y respetos. El final del diálogo desconcierta: los protagonistas cambian de posición durante la conversación. Protágoras que comienza postulando sin dudar que la virtud puede enseñarse, termina desestimando esa posibilidad; mientras Sócrates que comienza descreyendo en esa afirmación, se va inclinando a admitir que la virtud puede enseñarse. 30. La persuasión trata de evitar zozobras apelando al poder, a la seducción, a la inducción, al consejo cerrado. La persuasión no duda ni se queda en silencio. En Protágoras, Platón ironiza sobre el poder de la argumentación. Pone a la vista un diálogo en el que la persuasión actúa como chiste de la conversación. 31. El arte del convencimiento pone en juego relaciones de poder entre hablantes. Recordemos el fragmento de Lewis Carroll (1865) en Alicia a través del espejo: -Cuando yo empleo una palabra -insistió Humpty Dumpty en tono desdeñoso-, significa lo que yo quiero que signifique. Ni más, ni menos. -La cuestión está en saber -repuso Alicia- si usted puede conseguir que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes. -La cuestión está en saber- replicó Humpty Dumpty- quién manda aquí. Eso es todo”. 32. Zozobras y contentos de una conversación acontecen cuando la magia hablante no está regulada por relaciones de poder. 33. Edgardo Gili escucha hablar de Sándor Ferenczi, un médico húngaro del círculo estrecho de Freud, a principio de los años sesenta cuando hace su residencia en el servicio que coordina Mauricio Goldenberg. En ese tiempo, Ferenczi nombra el atrevimiento de interrogar las relaciones de poder en la práctica psicoanalítica. La insolencia de imaginar la posibilidad de una simetría clínica que llama análisis recíproco. Desde entonces, Gili se interesa por las iniciativas de ese joven socialista de origen judío que sugiere a Freud en 1908 el término contratransferencia. Gili duda, en esos años, entre comenzar un análisis didáctico o dedicarse a las prácticas grupales y a la salud pública. Elije esto último y la literatura. En esos años, Edgardo proyecta escribir una obra de teatro basada en la propuesta que Ferenczi hace a Freud de practicar, entre ellos, un psicoanálisis mutuo y alternado. Se sabe que, a pesar de las insistencias del médico de Budapest, la idea no prosperó. Sin embargo, en la pieza de Gili, Freud aceptaba la invitación de su amigo diecisiete años menor. Cuando en 1988 aparece en castellano una edición del Diario Clínico de Ferenczi (1932), busca referencias sobre la ocurrencia de un análisis recíproco. Edgardo nunca deja de interesarse por la idea, aunque no considera ese intercambio de posiciones, al pie de la letra, en una sesión. Se divierte imaginando el momento en el que el analista pasa al diván y se pone a asociar cosas de su vida (que considera pertinentes para la ocasión) mientras el paciente escucha desde el sillón. Sin embargo, estima posible un análisis recíproco entre amigos que practican el psicoanálisis. Intersecciones entre quienes se ponen a hablar sobre lo que les está pasando en las consultas, en las clases, en la escritura, en los cuerpos que envejecen, en los amores que vuelven, en las casas que dejan, en los sueños. Cuando Edgardo enferma terminan nuestras conversaciones. El correr de los días le arrebata los pensamientos. De a poco, desaparece la voracidad con que escuchaba y el modo que tenía de esconder los ojos cuando contaba lo que le estaba pasando. La última vez que lo ayudo a salir, llegamos -con tremenda dificultad- hasta una plaza que está a cien metros de su casa. No emite palabras ni reconoce las cosas. Nos sentamos en un banco. Al rato comienzo a contar lo que me está pasando sin esperar nada. En eso, señala algo y se vuelve a apagar. Quiero creer que indica una flor de ceibo. Cada vez que extraño esas conversaciones, vuelvo a recordar que señala algo que no alcanzo a distinguir. Muchas veces decido que se trata del mar. 34. Una de las zozobras de una conversación se llama interrupción: arrebato que corta la continuidad de lo que se está diciendo. Interrupciones molestan a los monólogos y, a la vez, los salvan. En otra de las tiras de Tute (2021) se ve a una mujer sentada frente a una tumba con las manos sobre sus rodillas, que dirigiéndose a la lápida, dice: “Extraño que me interrumpas”. 35. Se lee que recíproco aludía en latín al movimiento de las aguas del mar hacia atrás y hacia adelante. De alguna manera, se transforma con el tiempo para significar una forma de intercambio entre iguales. Aunque en la amistad, en el amor, en la clínica no se cambie una cosa por otra. Se prefiere pensar en momentos de entrega al fluir de un común estar sin jerarquías ni mandos. 36. De Brasi habla mientras camina. Andar sin rumbo -dice- libera del sopor moral. En estado inmóvil el cuerpo se siente como un error de la razón. Objeta el supuesto de que un pensamiento tendría que completarse con su reverso, con su parte maldita, con el resto de su división. Considera que un pensamiento interesa cuando “excede de sí mismo hacia todo aquello que abre y no le pertenece”. Por suerte -agrega- el saber nos llega, de tanto en tanto, como un viento que golpea avanzando de frente cuando nos perdemos en una conversación.
- Lo peligroso de la cultura filicida / Eduardo Pavlovsky
Elaboración surrealista contratransferencial por contraidentificación proyectiva de un diagnóstico de psicosis epiléptica o Lo peligroso de la cultura filicida o Auras epilépticos de un segundo o Lo sincrético o La simbiosis o Las peleas que “los otros” nos preparan antes de nacer o La crisis desde el núcleo o Cariocinesis de la locura o Lo imaginario Eduardo Pavlovsky (en Adolescencia y mito. Ed. Búsqueda, Buenos Aires, 1977) Es probable que lo supiera. Tal vez que lo hubiera sabido alguna vez. Alguna vez. Recuerdo vago de algún cuerpo que debió haber estado solo. Pero no era su impresión actual. Intentaba a veces recordar qué lo había llevado a esa situación. Eran años de preguntar sin respuestas. Años de espera. No podía dudar porque tampoco había tiempo para pensar. Un golpe. Eso era común. Un golpe que lo volvía a la lucha. Ese era el motivo de su existencia cotidiana. Existencia cotidiana. Se preguntaba por qué el contacto con alguien. Intentaba zafarse. Sabía que era imposible. Otro golpe. Dudaba si hubo algún momento que hubiera habido reconciliación. Tal vez una hora de reconciliación. No podía recordar. Tampoco sabía cómo se había iniciado todo. Si en algún momento no había sido así. Pero cada vez que intentaba un proceso de reconstrucción otro golpe lo llevaba a golpear con toda su fuerza. Sabía que respondía mecánicamente. Pero también recordaba haber empezado muchas veces la pequeña batalla cotidiana. Lo que sabía era la ausencia del descanso y de toda posibilidad de estrategias conducentes a conductas posteriores. No había posibilidad de tomar la distancia suficiente para entender algo más que las primitivas sensaciones que lo ocupaban en el día. Sabía que la transpiración venía después. Pero no sabía a veces si era antes o después. Porque el antes y el después se sucedían a un ritmo tan vertiginoso que le era difícil precisar el tiempo. Sólo sus intestinos le marcaban el ritmo de lo que él creía era un trozo del tiempo. Pero desconfiaba porque a veces no distinguía sus intestinos o mejor dicho el olor de sus deposiciones con... otro golpe. Furia. Una terrible mordedura en la rodilla. Un movimiento que conocía porque en ese momento él sabía colocar su cuerpo hacia atrás y golpeaba ferozmente sobre la nuca del mordedor. Discriminaba que su boca no mordía y que su rodilla sangraba para saber que era él el mordido y no el mordedor. No era tan fácil a veces el proceso. Porque tenía antecedentes de haber sentido un fuerte mordiscón en su mano y luego darse cuenta que su boca había sido la atacante. Era en los momentos que dudaba. Pero generalmente esos gestos, pensaba, eran reflejos de luchas anteriores. De modo que no sabía si morderse no era una consecuencia directa de haber sido mordido. Si por lo menos pudiera recordar otro estado anterior. En los sueños le parecía a veces encontrar alguna posibilidad de... Pero ya le era difícil distinguir cuándo soñaba y cuándo estaba despierto. Sangre coagulada en su boca. Sólo dos dientes en su dentadura. Cosas concretas. “Esta es mi boca sangrante”. “Esta es mi boca sin dientes”. Intentaba aferrarse a lo concreto. Pero lo único concreto era su cuerpo y tampoco podía imaginarse los límites, quiero decir dónde empezaba y dónde terminaba. Sólo el dolor a veces le servía como pequeñas señales. Pero muchas veces oía quejidos y no sabía si los quejidos eran suyos o eran ecos de otros quejidos. De otro tiempo. De otros cuerpos. Le parecía a veces recordar la figura humana, vagamente pensaba por algo que creía en su momento un recuerdo, alguna imagen de hombre. Y digo de hombre porque en una época recordaba haber hablado. Había pasado la época de las puteadas. De los gritos infernales. Ya sus sonidos eran pequeños gemidos indescifrables. Dos golpes más. Pensaba en una pausa, en un grito de basta o por qué, pero su cuerpo reflejamente lo llevaba a devolver golpe por golpe. Recibía dos y daba dos. Recibía tres y daba tres. Pensaba también en la simetría de su contestación. Simetría. Alguna vez intentaba romper la paridad. Pero eso que no era él, que estaba fuera de él, parecía también adaptarse a la simetría. Como si se necesitase una paridad para poder detenerse. Digo eso que no era él, porque percibía que si bien podía ser él, había algo que le era “menos familiar”. A esto “menos familiar” él le adjudicaba en sus momentos lúcidos una posición por “fuera de él”. Aunque a veces llegaba a pensar que podía corresponder a una parte menos sensible o tal vez deteriorada de él mismo. Otras veces imaginaba que su figura, si así podía llamarse eso que sentía que era él, estaba formada por dos círculos. Un círculo más pequeño y sensible y otro más grande y menos sensible. Otro golpe. Parecía provenir de la parte menos sensible a la más sensible. O de lo “menos familiar” a lo “más familiar”. O de “fuera de él hacia él”. Esta precaria distinción a veces le parecía de fundamental importancia. Pero apenas llegaba a delinear algún boceto de estructura comenzaban sus dudas. Porque se confundía al pensar si lo “menos familiar”, lo “menos sensible” o lo “fuera de él”, sería algo parecido o por lo menos algo semejante a lo que creía ser él, o si por el contrario fuesen estructuras diferentes, o más confusamente si él mismo no formaría parte de una estructura más amplia, de la que nunca podría tomar cabal conciencia. Esta última posibilidad le producía malestar. Prefería ser el centro de algo y tener preferentemente zonas menos sensibles periféricamente, que ser la periferia de algo cuyo centro desconocía. Algo parecido a la vanidad. Se reía, o por lo menos esa mueca que su boca hacía a veces, cuando la sangre coagulada le permitía una buena abertura. Otro golpe. Devuelve otros dos y agrega otro. Recibe otro. Sangre. Y una larga pausa que le parecía lógica. Se pregunta si se... Qui... Aff... Fff... Unkkk... respiración profunda ‘AAA’ ‘AAK’ ‘AAAK’. Evita inspiración, después espiración. La hace corta para evitar puntada. Duele menos, UUU, UUU, uu. Respiración, inspiración breve. Merecido descanso se dice después de haber dolido en zonas sensibles agujas infiltrantes en puntos álgidos desesperados. Pausa con boca entreabierta. Pausa de la desesperanza porque sabe que al descanso le sigue un período de pelea. En realidad es como si temiera descansar y prefiriera pelear, porque después de la pelea viene la pausa y después de la pausa la pelea. Su parte menos sensible le duele... les duele... Afuera de él... No como de él... Periferia... De afuera algo así como un hedor que no corresponde a su... Hedor... Sí... En ese momento es hedor... descomponer de periferia a centro... Le vienen ganas de vomitar, acto que define en este momento pero no recuerda nunca sino cada vez que ocurre y que es la salida de algo de su parte sensible superior entiéndase superior por arriba de... de acuerdo a la estadística de las veces arriba y abajo. Si estar seguro si hay abajo y arriba aunque debe ser importante la diferencia dice la salida de algo de su parte sensible superior hacia fuera teniendo en cuenta que afuera es una circunstancia especial que define contornos o si se quiere a veces separar lo duro de lo blando... Si es que esta diferencia le permite... La importancia de la teoría... Sabía que había habido algún momento que él intentaba a veces definir como comienzo... porque pensaba que debía haber algún gesto iniciador aunque a veces temía no hubiese ningún estado que se pudiese definir como primer momento... Le desesperaba si esta era la palabra que podía sintetizar dolores-humedad-pinchazos y ardores, no saber si había algo así o todo era así... No entender si eso que... eso que... Experimentaba... era todo siempre por siempre o quedaba antes o después algo fuera del todo. Sólo tenía ese gesto que entendía como parte del misterio. Quería conocer, dudaba si lo “fuera él” experimentaba de la misma manera, es decir con la misma intensidad por llamar intensidad algo más amplio que la simple descripción de lo físico, si es que había otra cosa referente a querer saber si hubo otro tiempo, otro lugar, otro antes u otro después. Había con todo un cierto sentimiento de orgullo de saberse solo aunque dudaba de su soledad o de una presencia inabarcable que lo rodeaba. Odiaba ese medio nivel de conciencia de no saber nada y sin embargo de saber tanto. Se preguntaba qué utilidad tenía el conocimiento de parcialidades, si es que podía llamar a eso parcialidad. Había con todo una vieja sensación de haber estado antes o después fuera de ese lugar, aunque a veces pensaba que era muy comprometida esa suposición. Pavadas se decía, cosas sin importancia, pasar el tiempo. ¿Tiempo? Había palabras, a veces ideas, con las que jugaba sus horas más felices, tomando la definición de horas más felices la que correspondía a la de sus dolores menos agudos, menos punzantes. Una cosa que intentaba a veces discriminar no sin esfuerzo era la diferencia entre lo que comúnmente sentía como dolor psíquico y dolor físico. Su estado a veces le hacía confundirlos. No sabía si su desesperación era anterior a sus dolores o consecuencia de los mismos. Dato importante se decía porque preferentemente hubiera deseado que su permanente desesperación se debiera a su cuerpo maltratado en su parte menos periférica, que el suponer que esa angustia abismal fuera un estado independiente de sus dolores. Esta segunda idea le atormentaba tanto que muchas veces se golpeaba a sí mismo para poder relacionar su angustia con el dolor físico. Le atormentaba la angustia sola, sin causa alguna, o por otras causas tan ajenas a él, tan distantes de sí mismo. También en esos pequeños momentos teóricos se preguntaba no sin temor si su angustia no sería todo eso, es decir que la angustia fuese eso todo, o si eso todo fuese la corporeidad de su angustia o si él (sólo) todo junto con sus humores fuese la angustia de Alguien. La sola idea de que la angustia fuese tan física o como él silenciosamente se decía, ser el espacio físico de la angustia le parecía atractivo, como si quisiese transmitir este nuevo descubrimiento. Tampoco le era sencillo tener que soportar todas esas incógnitas durante los intervalos de la lucha que a veces le parecía agobiante e injustificada. Pero en vano había tratado muchas veces de filosofar acerca de este punto. La lucha le había terminado de parecer tan suya como su angustia. A veces suponía que la lucha formaba parte de su metabolismo normal digestivo cuando sus deposiciones se concretaban en períodos de pelea. La dificultad como en este caso de poder establecer una línea divisoria entre lo exterior y lo interior o si formaba parte de lo de afuera o de lo de adentro le impedía muchas veces filosofar con autoridad. Había pocas cosas que distinguía con nitidez, pero a fe cierta que algo parecido a lo que creía entender como “inundarlo algunas veces”. Para decirlo de mejor manera, había momentos que tenía la impresión de detener alguna fuerza incontenible que partía desde lo más hondo de sí, al exterior de sí; y que de no contener esa tensión algo podría quebrarse o romperse; la posibilidad de poder controlar a tiempo la tensión que podría en caso de no ser contenida, producir la fractura del estallido le restablecía interiormente uno de los placeres más intensos de su cotidianeidad. El hecho de no entender el sentido de la dirección de la fuerza ni el orden de la misma, no le impedía sentir una inmensa sensación de bienestar cuando pensaba que detenía la marcha de los acontecimientos. A veces le parecía un verdadero incentivo para encarar la lucha siguiente con más optimismo. Cosa, cosas simplemente cosas se decía, juegos de palabras infames que no resolvían sus problemas fundamentales. Un juego de preguntas que correspondían al mito, y otros juegos de preguntas que correspondían al misterio, al gran misterio de lo inexplicable, de lo inabarcable, de lo... Se preguntaba acaso si esto que él consideraba el juego de preguntas hacia lo inabarcable eran preguntas que intentaban buscar respuestas o si eran respuestas por sí mismas; quería decir con esto que le resultaba estúpido buscar respuestas. Uff, le molestaba este trajinar de palabras a que lo llevaban sus momentos de angustia. Porque le resultaba difícil... No era esto... Tal vez una palabra que lo expresara mejor... Un simple comienzo... Cárcel de sonidos... Ya no pronunciaba exteriormente, pero pensaba en palabras, él sugería conceptos. Angustia sin palabras... El origen de... Cuando. Silencio... Cosas tan importantes como su angustia y tan menos trascendentes como el hedor de los restos de su boca, o sus gases tóxicos muchas veces. Todo ese conjunto de cosas estarían ordenadas... Pero no era obligatorio pensar en un orden... Se podía transcurrir decía, porque vivir era palabra demasiado ambiciosa, sin intentar deducir orígenes y relaciones. Odiaba ese nivel de... conciencia, si conciencia se podía decir de ese resto de... Si pudiera al menos dejar... Ordenación... Semi ordenación... Preciso... Quiere decir... Si piensa. Otra vez cautelosamente... Juntar... Algo de eso... Juntar... Algo de eso... (bis) Algo así como romper tabiques... No es ésta la, lo que... lo que... a veces pensaba... le atormentaban las imágenes porque a veces se le presentaban como simples imágenes visuales, y otras imágenes le remitían ideas... Imagen sin idea. Imagen con idea. Una simple sensación asco-vergüenza; el miedo le inspiraba una imagen que a su vez le remitía una idea. “Deduce que y a pesar suyo el asco le lleva a una comprensión de una idea... de algo, seamos cautos de su existencia, experiencia de su transcurrir... que es experiencia... como incluir la vanidad, o la lucha en este tipo de razonamiento. No le era fácil la pausa, al tener tanta recopilación de datos que a veces le parecían verdaderos torbellinos... Sucesión... No se atrevía a las preguntas fundamentales porque temía a un miedo que no soportaba... la caída al abismo le decía a ese tipo de miedos... que paradójicamente le resultaba más intenso que todos los otros temores. Muchas veces se reprochaba de cobarde al no intentar formular esas preguntas fundamentales... aunque la palabra cobardía le parecía demasiado teórica en relación a su estadía-experiencia... De lo que se deduce que el miedo no era algo a lo que podía tan fácilmente acostumbrarse. Las circunstancias a veces le hacían pensar que podría haber adquirido con el tiempo una especie de entrenamiento para sus miedos. Miedo voraz. Miedo voraz. Miedo sin lí-mites. Miedo abertura. Miedo plano. Si hubiera habido algún antecedente... Algún momento inicial... Algo parecido a un comienzo... Tal vez un nacimiento... Deducía de su EXPERIENCIA que se podría llegar al acostumbramiento o tal vez para decirlo decía de una manera más precisa a un entrenamiento de... No era fácil... Intentaba... Repetía... Daba vueltas... Se enroscaba (a medias) Giraba (sobre sí) Volvía sobre sí mismo... Un intenso tirón acompañado de un dolor punzante le hizo sentir que había llegado la hora de un nuevo enfrentamiento. Durante los primeros minutos de ese duelo, que nunca comprendió genuinamente, no dejaba o no podía dejar... Ocurriendo entonces que los primeros momentos de la lucha le sorprendían en medio de sus razonamientos filosóficos... Esto lo colocaba en una situación de aparente desventaja frente a su adversario, si ésta podía ser la palabra de aquello que golpeaba desde afuera de él hacia él. A veces se sorprendía de esa mezcla de placer y dolor que le producía seguir filosofando y sentir los punzantes golpes en su organismo. Algo parecido a un doble momento sucesivo y simultáneo de intensidades diferentes que confluían en su ser. Algunos de los golpes parecían haber sido muy arteros porque tenía la impresión de haber olvidado transitoriamente todo tipo de razonamiento. Sangre de alguna parte central que no podía distinguir. Se desconcentraba, siempre le ocurría lo mismo cuando los golpes que recibía eran de tanta intensidad... Y era este tipo de golpes lo que despertaba en él reflejamente el repertorio de movimientos que parecían desencadenar el contrataque o contragolpe. Su cuerpo parecía estremecerse en una especie de movimiento total, algo parecido a una convulsión, de la que sentía que se liberaba o así lo pensaba, de lo que desde afuera lo golpeaba hacia adentro. Esta convulsión, que él definía irónicamente como su contraataque más agudo, lo llenaba de orgullo y satisfacción, porque sentía que era un movimiento liberador, liberador, liberador... Le parecía recuperar violentamente su identidad. A veces los golpes cesaban y luego cedían del todo... Triunfo, se decía, después de un largo silencio... Triunfo, se repetía, sin entender bien a que se refería, cuando ni siquiera podía saber si todo lo ocurrido no era un simple estremecimiento de todo su ser. Prefería por supuesto pensar después de esas jornadas brillantes que tenía un rival o que había alguien que era el derrotado. OTRO. Necesitaba de la humillación de ESE OTRO que suponía fuera de él para poder lograr esa felicidad transitoria. Esta misma situación los colocaba en una encrucijada, o en una serie de pensamientos posteriores. Si no hubiera OTRO, ¿por qué no podría gozar ese estado de LIBERACIÓN? ¿Acaso los movimientos no eran los mismos, existiese o no ESE OTRO? ¿Qué o quién era ese OTRO, de quien tanto dependía para su estado de felicidad? Era sólo el aniquilamiento del OTRO lo que le producía felicidad. Su orgullo correspondía al sentimiento de humillación que lo invadía cuando EL OTRO era el poseedor de un triunfo transitorio. Una inmensa vergüenza o pudor lo invadía cuando se sentía a veces extenuado y vencido frente al OTRO en algún momento de la lucha. A veces pensaba en los significados de sus sentimientos de orgullo y TODO QUEDABA DENTRO de él. Esta misma situación lo colocaba en un estado de absurdidad y de perplejidad que... Ese maldito, decía, estado o semiestado de conciencia, era el origen de tantas emociones contradictorias. Porque decía sentirse feliz. Porque decía sentirse humillado. Para qué ilusionarse. Para qué desesperarse. Adónde lo llevaban todas estas diferentes situaciones...
- Golpe ciego / Oscar del Barco
Al final volvemos al comienzo, al útero, al golpe ciego de la materia. Miramos y se abren las alas de un pájaro fúnebre; levantamos la mano y en las grietas del acto de levantar la mano vemos la muerte. Sentimos que ese acto simple y escuálido se transforma en el acto. Sentimos la fascinación del ser que está en todo acto. Cavamos hasta que de sus profundidades surge eso que lo hace un sol, un sol único, conocido y desconocido, propio y extraño. Algún día podremos mirar, oír, pensar, amar, odiar, sacarnos de este cadáver, encontrarnos como seres vivos en esta podredumbre donde vivimos sin saber que adentro hay otra cosa que reproduce todo como distinto. Para ver hay que perder los ojos y para sentir perder la piel. Hay que quedar sin manos para alguna vez poder tocar, y tener dos muñones secos en lugar de piernas para poder caminar. Sólo quien muere de sed sabe lo que es una gota de agua. Hay que agonizar, cargar con todas las guerras en el alma y con todos los dolores en el cuerpo, sentir la rebeldía de todos los rebeldes y la miseria de los miserables, para comenzar a deletrear un lenguaje aún no escrito y que, de pronto, es uno mismo. Me destrozo. No puedo eternizar cada segundo. Soy el náufrago de infinitos “yo” que se despedazan sin jamás alcanzarse. Siempre es el último aliento quien nos sostiene. Para vivir tendríamos que tener una condena perentoria, suicidarnos o enloquecer, estar en la vida con los movimientos de la muerte, en el éxtasis de esa otra parte desprendida de todo. Sólo así la vida dejaría de ser una máscara para alzar su verdadero rostro hacia la limpidez de un cielo sin historia. La vida no es una flecha lanzada hacia un blanco invisible, ni un itinerario que abriéndose paso entre los azares engarza estas figuras ciegas. El feto ahogado en su impotencia no es este sonámbulo que se babea mientras grita y mueve en el aire sus miembros carcomidos. No hay pasado ni futuro sino el estallido de todo, esta instancia donde millones de cosas explotan en mi mente dejando sus huellas en el vacío psíquico. Nada. No puedo recogerme a mí mismo como a un náufrago que viene desde el pasado convertido en una calavera de polvo, ni como el fantasma demente que me espera en las avenidas del tiempo. ¿Qué, quién es uno? ¿En qué instante puedo decir “esto soy yo"? Uno es la muerte, sin nadie que la soporte. Uno no habla sino que está el habla, ni llora sino que hay lágrimas, ni odia sino que hay el odio, ni camina, ni ama, ni vive, ni muere. El espejismo está metido hasta en los huesos, y de allí hay que sacarlo. ¿Por qué "mi mente''? No hay “mi mente” sino la lluvia que cae allí, entre árboles; hay el viento que lleva nubes hacia las montañas, hay esa mosca volando, este polvo impalpable que penetra todos los cuerpos, los astros que giran sin sentido, la insignificancia de esta partícula que corre hacia su inmolación. No hay nada, adentro no hay nada. Somos un animal que atraviesa la noche con los ojos en blanco; las piezas de un juego perdido de antemano. No me explico cómo pude caer en esta trampa. Más allá de los actos sólo podemos avizorar lo desconocido, la noche oceánica por donde nuestros restos avanzan hacia otras playas vacías. Siento crecer una brizna y me desplomo, enloquecido por ese movimiento único universal. El espacio de desolación. La línea recta que sale de mí pero que algún día me atravesará la espalda al término de su curva misteriosa. Miro y veo lo visible, pero mi grito de angustia comienza en la boca de lo invisible. Soy un animal herido, un ser encadenado, devorado por el incendio, una planicie vacía, una pupila que levanta su párpado para mirar sin mirada, algo que vive sin vida y muere sin muerte, algo que no necesita de mí, pero que soy yo, el enigma que transita por la cabeza de los hombres y sólo sabe repetir su melopea de loco a los pies de su cuerpo crucificado. Engendrar otra odisea absurda para que nuestro corazón explote y salpique con su sangre hasta los rincones más lejanos del universo. Arrojar esta llamarada de polvo a los espacios. Ser un cuerpo: la boca de un cráter, una montaña, una selva, los torrentes que horadan la tierra, los astros, las moles de hielo, los desiertos, las águilas, las moscas, las flores, los excrementos, la luz del sol, la noche… En el cuerpo no hay otro cuerpo que busque deshacerse de él. Nadie domina la explosión de los cuerpos porque el cuerpo es todo, hay transición, somos manos, ojos, piel, nubes, rayos que caen sobre los hombres y los convierten en esqueletos humeantes. Lo uno es una multiplicidad aterradora. Lo uno es el mar que corroe los restos del naufragio. Lo uno retuerce adentro. Lo uno jamás descansa, vive de su destrucción, devora su propio cadáver para seguir existiendo y devorándose. Lo uno ríe de nosotros que somos un sueño que vive soñando y que sólo despierta para pudrirse en sus abismos. La pesadilla dura el tiempo que une el nacimiento con la muerte. Llévenme al suplicio y hagan conmigo lo que quieran. No existo. Soy este instante acorralado sin saber qué hacer. Soy la cresta de una ola que llega arrastrándose desde lo arcano. Asumo toda la podredumbre que los hombres depusieron en la sucesión de los tiempos. Soy el alarido del mono que un día enloqueció y que ahora, en nosotros, quiere regresar de nuevo a las sombras. Ese espacio de millones de años está hecho de segundos, de respiraciones, de miradas, de gestos que se encimaron unos sobre otros y se pudrieron y se olvidaron totalmente hasta aparecer hoy en mis palabras, en mis deseos. Entre yo y el ser que surgió del mono prendiéndose fuego, hay la continuidad de una bocanada de aire, mi mano que baja continúa el bajar de su propia mano, mis ojos están tejidos con la misma materia que los suyos, mi mirada continua mirando lo que ellos miraban, mis manos ahogan al ser que ellos destruían y todo yo, curvado por el dolor y la angustia, repito la crispación de aquel animal que un día se espantó de sí mismo y empezó a morir, a morirse con esta muerte que prolongará hasta quién sabe cuándo la primer agonía. Me arranco las manos, me ciego, me reduzco a una masa de carne, a un trozo de madera, a un pedazo de hierro. Soy un perro, un tigre, ese hombre que agoniza, ese feto al que meten en un frasco lleno de alcohol. Todos somos lo mismo. Nada nos distingue. Hoy me arrastré por innumerables calles y fallecí mil veces. ¿Qué es esto que en la carnaza aúlla "yo soy"? ¿Por qué, además del pulpo, está este ojo? ¿Qué pájaros son los que alzan vuelo desde la grieta que nos atraviesa? ¿Cómo separarnos de alguien en esta danza macabra? ¿Cómo desunirnos si nada nos separa, si en mí están todos y yo estoy en todos? De una u otra manera estoy en todos, soy todos. En los ojos del juez que juzga al criminal está el criminal juzgándolo al juez. Nos arrastramos buscando un oasis que no existe. Somos esa búsqueda que sólo encuentra el desierto, sus arenas y espejismos repitiéndose. Un cuerpo se abraza a otro cuerpo, pero sólo es un hueco retorciéndose contra otro hueco. Detrás no hay nadie. Todas las muertes pasan por el hombre. No existe ninguna enfermedad, ninguna tortura, ningún suicido que no lo estén atravesando. La muerte lo lleva en sus brazos desde que nació: es ese fantasma que surge en la noche y entre los alaridos de los sueños arroja su enigma sobre el cuerpo del cadáver dormido. Montada sobre mi espalda la muerte me hunde sus uñas en la garganta y me roe la nuca mientras agita dos alas que se pierden más allá de las nubes. La muerte estremece el universo con succiones y espasmos ululantes. La historia son los estertores de un animal que huye por dentro de esta huida gigantesca y que de pronto muestra sus pétalos ensangrentados. De noche despierto y la encuentro sobre mi cuerpo, chupándolo, comiéndolo, vomitándolo. De día como acabo de decir, la llevo a todas partes, prendida a la espalda y royéndome la nuca, con las garras hundidas en mi garganta y penetrándome con una verga enorme. Durante el día vivo en su ebriedad, y de noche, cuando no gimo extraviado en la red de sus sueños, estoy despierto entre sus brazos repugnantes y me posee sin descanso, labio sobre labio, dientes y gusanos que trituran la mortalidad de una carne espantada, uñas debajo de las uñas, salivas humeantes bajo los besos, manos que todo lo destrozan con otras manos, brazos que levantan a su criatura para estrellarla como una cáscara vacía contra el fin del mundo. Ella enciende su carbón y es un fantasma implacable que avanza por las sombras. Sus animales tienen el espesor baboso de los verdugos. Es un criminal en cuya piel yace la víctima. Salta sobre mí, me domina, me desgarra... Pero lo más terrible es la idea que se abre paso en las tinieblas de mi mente para gritar que yo, que solamente yo soy la muerte, que ese animal del cual huyo poseído por el horror, soy yo mismo, ¡yo mismo! Veo lo incomprensible … el cielo, los árboles, la tierra … adivino un hueco horroroso en la totalidad que me rodea... Lo presiento en el pasado y en el porvenir. Estoy aquí y no sé qué es esto que se desliza como una ola sobre otra ola, en un mar sin playas. Soy la tierra desgranándose, las nubes huyendo por los espacios, estas flores, estas sombras. Nada nos diferencia. Yo, frente a los vientos. Yo desprendiendo de mí el pájaro que renace del olvido y es el olvido. Hay la luz y el sonido que atraviesan esta cáscara y la hacen proclamar que oye y ve, cuando en realidad todo es silencio y absoluta sombra inmóvil. Del caos surge una cabeza sangrante. Enloquecida mira lo invisible y trata de nombrar lo sin nombre. Pero se engaña y se hunde con su secreto, un secreto guardado en la profundidad, en la transparencia que al interrogar el hombre destruye, este cristal que no resiste ni el aliento de una boca, pero que es habitado por la nada. Vemos con los ojos de la muerte, oímos con sus oídos y tocamos con sus únicas manos. No somos un alma encerrada en una cárcel sino la piedra de esa cárcel vacía: ni una garganta que aúlla sino el aullido que atraviesa el absurdo; ni hombres que sueñan con otros mundos y otras vidas y otros amores, sino un sueño sin nadie que lo sueñe. No somos sádicos que odian y matan sino el odio y la muerte deslizando sobre la nada sus tentáculos inertes. En el porvenir siempre será la noche. Bajo los párpados y desaparecen las nubes; aprieto con fuerza las mandíbulas y caigo en el vacío. Necesito destruir todo, destruirme, quemar el papel donde la confusión quiso ser algo claro sin ver la mentira oculta bajo sus signos, incendiar el mundo para después emprender la misma marcha sobre el mismo desierto, para avizorar: otra vez paisajes sin enigmas pero sabiendo de antemano que en la cima de la claridad encontraré el mismo círculo de sombras donde agonizo. Soy la víctima que se abraza al verdugo y lo besa en la boca; y soy el verdugo dominado por el pánico de saber que el hacha abatida sobre la víctima también cortará su cabeza, porque no hay verdugos ni víctimas sino una fuerza ciega que nos hace arrodillar a todos sobre el cadalso y nos ajusticia de un solo golpe y todos estamos unidos por su movimiento instantáneo. El gesto se repite en un eco sin fin. Las escenas se suceden iguales y distintas, sin continuidad. Caen a lo largo de lo insospechado que bulle en su propio ser. Lo continuo engendra espejismos cada cual más bello, pero detrás de lo continuo avanza la erosión que nos convertirá en polvo. Somos fragmentos de aquello que nos parecieron manos, labios, fuego, espíritu. Bajo la calma aparente del cielo crece la destrucción. La podredumbre avanza bajo la piel con sus jaurías invencibles. Veo morir a alguien y grito horrorizado. En los ojos danzan los viejos círculos. El espíritu se estremece en víspera de su transformación en lo distinto, en lo impensado. Estamos rotos. Nos invade la conmoción del caos. Nos come la lepra del ser. Avanzamos hacia una ciénaga absoluta. Somos masticación, defecación. El todo tiene sus bulbos podridos. Somos víctimas incógnitas que marchan a través de la materia. Flotamos en el silencio de la noche como esqueletos en la inmensidad del mar. ¿Cómo volver si soy el náufrago aferrado al madero de su propia muerte? ¿Cómo recomenzar si cuando quiero tocarme sólo toco otras cosas, si nunca soy yo sino esta red, este nudo deshecho, estos pasos sin rumbo, si esto que escribo ya está escrito, si mis palabras ya fueron dichas, si mis lágrimas ya cayeron y mi vida está muerta desde el comienzo, desde antes del comienzo? Es imposible ser algo, alguien. No obstante seguimos haciendo señales que nadie verá nunca… Fuente: Revista Literal, nro. 2/3, mayo de 1975. Buenos Aires.
- La canción de Haroldo / Vicente Zito Lema
Para Haroldo Conti, desaparecido no dejes callar la música de tu corazón la muerte no calma la fiebre de estar vivo la muerte no es amor viento de octubre trae la vibración suave y dorada de otros días viento de octubre en una rama y lleva y lleva y desparrama sin tino las cenizas sobre la tierra aunque tiemble de gozo la tierra no es humana no dejes callar la música de tu corazón de un momento para otro llegará la nieve y aguas negras en el Norte me sorprenderá a mí no a los pájaros ¡ellos son tantos! se habrán marchado dejarán una estela moverán el cielo lo callado pesará como eterno por favor amigo nuestro deja que escuchemos la música de tu corazón le has pedido al ciruelo de tu puerta que florezca aunque no volvieras tú que florezca él ¿quién ha dicho que las flores calman a los muertos? la muerte no es belleza la muerte no es amor no dejes callar la música no dejes callar la música de tu corazón. *Escrito en Amsterdam en 1980, publicado nuevamente en Peste y Memoria, Poéticas (2021) Editorial Gráfica 29 de mayo.
- Cacerolas, multitud, pueblo. Entrevista de María Moreno a Horacio González
¿Qué está pasando? El editor de “El Ojo Mocho”, autor de varios libros sobre nuestra cultura política, reflexiona sobre sujetos, multitudes y pueblo, desde las teorías internacionales y lo que él llama “los folios argentinos”. -Un reportaje al filósofo Paolo Virno en donde éste analiza como fuerza política fundante a la multitud que integra los cacerolazos argentinos generó una serie de intervenciones polémicas, ¿Cuál es su posición? –Me pareció interesante el concepto de “multitud” que no puede dejar de pensarse junto al de “pueblo”. Hay un interlineado en pueblo-multitud. Acepto la idea de que hay, como se dice, un poder constituyente que está latente en la multitud pero al que la multitud le presenta sus propios obstáculos. Es un concepto de una nueva iniciación política. A eso tenemos que pasarlo por el cedazo de la tradición popular argentina. Por lo tanto el concepto de masa y de clase también tienen que aparecer. Cuando uno habla de multitud, espero que no se entienda como una fácil concesión bibliográfica a una última lectura a la Toni Negri. A mí me interesa este hombre italiano, aunque tanto él como Agamben y Virno –de éste me entero recién ahora que existe, siempre se está conociendo gente– me resultan algo así como la fatalidad de lectura de un profesor argentino un tanto errabundo. Pero no me inspiro en ellos para hablar de multitud o de hombre sacrificial, sino en la experiencia y en los anaqueles nacionales, en los folios argentinos, digamos así, donde incluso un hombre de las clases aristocráticas como José María Ramos Mejía demostró que se podía usar el concepto de multitud como sinónimo o síntoma de emancipación, y no a la manera asustadiza de su maestro Le Bon, que las veía en nombre del temor a la revuelta. –Su Ramos Mejía no hablaba de “multitud” sino de “multitudes” y las asociaba a una hembra fácil, seducible por cualquier tiranía. –Por supuesto, es mejor hablar de multitudes y no de multitud, usando un cauteloso plural. Así se puede señalar el carácter volátil y al mismo tiempo enérgico de estas formas excitables de la conciencia pública. No sustituyen al pueblo, ni dejan en el desván de las antiguallas a las clases sociales. Al contrario, son como el marcador de un libro que nos gusta, que corta inquieto los distintos capítulos e indican que la lectura tiene momentos de detención, crispación y avance. Son una aguja sensible de los pensamientos sobre la historia y la justicia. Y también una advertencia a los abstractos poderes técnicos, bélicos y financieros que muestran su rostro imperial. Frente a él las multitudes son la angustia del desposeído y del indefenso, contada a partir de la pedagogía incierta pero efectiva de un individuo ampliado. Ramos Mejía asocia el concepto de inconsciente colectivo de Le Bon al tema maquiaveliano de la mujer deseante como primer umbral del pensamiento de la multitud. Mujer fogosa, ardiente y veleidosa, llega a decir Ramos Mejía, que ve a la multitud entre la profecía emancipadora y los nuevas moléculas y ácidos descubiertos por los biólogos. Estos temas tan equívocos recorrerían todo el siglo veinte y darían fundamento a la idea de la política como seducción, que tiene una interpretación autoritaria y otra libertaria. Pero el concepto de multitud, antes que nada, es una forma de problematizar la razón, las pasiones políticas, la primera emotividad del que sale a la plaza pública. Si uno lee “La luna roja” de Arlt puede percibir de qué modo se puede utilizar el concepto de multitud temerosa, castigada y a la vez esperanzada. ¿La multitud sale a la calle sólo por resguardo de intereses inmediatos? Puede ser así, sobre todo en el caso del pequeño ahorrista, que entre otras cosas, lo que ahorra es su “yo colectivo”, establece un principio de ahorro respecto a lo que por ser de incumbencia colectiva, no lo rozaría. La cacerola incluso podría ser el símbolo de que aún en la calle deseamos la pronta reclusión en el ámbito doméstico. –O una cristalización de esa feminidad peligrosa que leía en las multitudes Ramos Mejía. La cacerola es uno de los alias del sexo femenino. Eso también parecería indicar un cambio en este movimiento. El “pueblo” abusa de los cantos pletóricos de genitales masculinos. –Vamos, que hasta ahora la conversación tenía su nivel. Mi amigo Nicolás Casullo se equivoca en la nota que leí hace unas semanas en Página/12 y en un reportaje que leí en La Capital de Rosario, cuando cree que describiendo con sorna la historia cultural de la clase media argentina con sus hábitos alimentarios, sexuales y bancarios (que vendrían a ser lo mismo), se puede desmerecer una de las experiencias prácticas más importantes de las últimas décadas de historia política argentina. Hay en este ensayo de estigmatizar a una genérica “clase media” –claro que descripta por Nicolás con la argucia del buen novelista que la ve enamorada de la salsa golf y del viaje tilingo a Miami– un cierto tilde aristocrático. –¿En qué sentido? –En el sentido de que el aristócrata nunca ve con buenos ojos la defensa obstinada del mundillo inmediato de los intereses directos. Y es cierto. Cuando vemos a los hombres de los sectores medios (y este concepto es mucho más un concepto cultural referido a símbolos de conocimiento que una posición de clase) salir a defender lo suyo, se presenta una escena de temor. Es el temor por la pérdida que señala el horizonte angosto de la propiedad privada. Simbolizada por la cuenta bancaria y su secreto de Polichinela. Mientras el filisteo pequeño burgués existiría cuando se vuelca sin rubor a decir esto es mío, no me indexen la cuota del Duna rojo, el aristócrata es el que se moriría de vergüenza si lo descubren defendiendo su corazón íntimo de propietario. El no tiene propiedades, sólo tiene el honor paradojal de dejar anular porciones de su honor de propietario, para espiritualizarse sin problemas. Incluso dejando que su crítica al infortunado burgués, al que con desprecio llama clasemediero, (¿eso qué es? ¿qué concepto es ése, sacado de una fábrica de calcetines?), se confunda por un nuevo amor neopiquetero y hasta con ademanes o toques elegantes de reperonización. ¡Qué horror defender un depósito bancario! Nicolás es muy baudelaireano cuando muestra su sarcasmo contra estos pobres hombres ahorristas, puestos bajo la lupa ácida del crítico cultural. Pero su prosa punzante, con una gracia que me apresuro a festejar, nos quiere dar a pensar que abandonó al poeta francés en nombre de las legendarias masas sudorosas de Avellaneda. No lo creo. Se pierde la posibilidad, sin duda más plebeya, de considerar la novedad de lo que está ocurriendo. Y todo por criticar, con razón, a una de las tantas modas intelectuales que desembarcan periódicamente. Eso lo lleva a desaprovechar lo que él mismo expone con mucha precisión, que es el ineludible suelo de historia nacional que tiene todo esto y que en última instancia permite nuestras interpretaciones y este debate. –El que usted considera “desembarcado” Virno liga el pueblo con la demanda al Estado y a la multitud como algo sin dirección, puro presente, la amistad en fuga. –El pueblo tiene una forma donde se expresa en la multitud y la multitud tiene un rostro de pueblo. Me parece que tendríamos que pensar en una suerte de consonancia donde haya que construir una revalidación de la tradición dialéctica. Porque lo que hay en Toni Negri, por ejemplo, es un rechazo de esa tradición, basándose en la idea de un materialismo del acontecimiento que no veo adecuado a la historia argentina. El problema es si sigue habiendo historia argentina. ¿Sigue habiendo historia argentina? Es decir una cierta historia que se sostiene en un acotamiento a la historia universal. Yo creo que tiene que seguir habiéndola, algo inglobalizable que garantiza pensar mejor el mundo entero. –Daniel Link escucha la palabra “Caseros” en “cacerolazo”. –Justamente es eso lo que está en juego. Porque me parece que ahora no podemos hablar de multitud sin revisar la fuerte presencia de este concepto en nuestra historia cultural. Entre nosotros no puede ser una lectura de último momento, sacada de algún anaquel recién llegado. Si existe una historia argentina es interesante que la idea de multitud dialogue con la idea de pueblo. Y que ese diálogo consiga agitar nuevamente la tradición dialéctica. De la confrontación, de la presencia de uno cuando el otro tiene una especie de ausencia llamativa, enigmática. –¿Por qué relaciona a la multitud con algo que llama “iniciación política”? –Porque el pueblo no es una iniciación política. El pueblo siempre está iniciado y es una categoría ya conquistada. Este dilema es lo que ha sido cuestionado. La idea de pueblo fue muy castigada en los últimos años en nombre de relaciones carentes de fijeza. Porque pensar a partir de un sujeto ya constituido, se supone que quita la libertad de la reconstitución del sujeto. Pueblo, Clase y Nación se decía que estaban constituidos en una subjetividad ya declarada que originaba una historia en forma de destino desde un punto de vista considerado esencialista y sustancialista. De ahí que el concepto de multitud mantuviera una idea de vivacidad, de presente y de creatividad permanentes. –¿Eso le daba un valor negativo? –Si fuera negativa hubiera sido dialéctica. Incluye sacar de circulación que la historia tiene un sentido y que hay un sujeto capaz de definirlo: formula una especie de retirada de todos los finalismos de la historia. En ese sentido es un gran desafío a la tradición de Hegel y Marx, y el más grande intento de reescribir la historia del siglo XIX. Sacarse de encima a Hegel y Marx es atacar la idea de sentido de la historia, pero la cuestión es ver cómo el pueblo se rehace interrogado por la multitud. –Alejandro Kaufman, en un reportaje que le hizo este diario, hablaba de damnificados en lugar de oprimidos. –La multitud no tiene proyección de conciencia, mientras que la dialéctica sigue el modelo que llamaría Potemkin. Marineros en un acorazado se rebelan primero porque la comida es mala, o sea partiendo de una primera sensibilidad de damnificados. El damnificado tiene una conciencia pobre de la historia. La dialéctica es una esperanza de que la gente comprenda mejor en el futuro. La multitud no tiene esa cuerda hacia el futuro. Ocupa el lugar de la paradoja. Ahora, sólo con paradojas también nos quedamos sin historia argentina. La multitud no sabe si el divino ahorrista está en condiciones de cargar a sus espaldas una historia mayor o de sólo actuar en base a intereses personales. Porque la política exige superar la inmediatez del interés personal. Y la multitud de ahorristas siempre deja la sospecha de que no la supera. Pero basta verlos en la ciudad, en la Avenida de Mayo frente al Tortoni para darse cuenta de que siempre está en la inminencia de superar la inmediatez del interés personal. El “Que se vayan” es muy interesante porque no deja alternativa. La multitud piensa sobre la base del abismo. El pueblo, en cambio, lo hace sobre la base de una elaboración de la cual existen antecedentes. La multitud no tiene antecedentes. Pero sí la esperanza de un momento posterior al cual concurro aprendiendo de los logros del acontecimiento anterior. –Los del cacerolazo no asocian lo que los oprime a los tres chicos muertos en la estación de servicio. –Lo que sucedió en la estación de servicio fue aciago y sorprendente. Los jóvenes estaban haciendo comentarios mientras veían por televisión lo que había ocurrido en el cacerolazo. Representaron ahí el teatro del cacerolazo. Cuando dijeron que estaba bien pegarle a la policía, uno de sus integrantes representó más allá de lo concebible el papel de represor. Mató al espectador en una obra de teatro. No estoy seguro de que los caceroleros no se reconozcan en ese acontecimiento. Es cierto que hay piqueteros que también aceptan asociarse a los caceroleros. Pero los caceroleros no han hablado todavía de los piqueteros y cuando lo hagan todos estaremos más cerca de la historia nacional. –¿De qué modo? –A través del grito “Argentina, Argentina”. Abstractamente están dentro de la historia nacional. Quiero decir: los piqueteros que concretamente son los restos de la clase obrera argentina y que están en la historia nacional, no necesitan pensarla y los caceroleros que están apelando a la idea de Argentina desde el cajero automático hacen de la idea de historia nacional una idea abstracta. Haría falta que la historia nacional se convierta en una historia concreta en los caceroleros y que los que pertenecen desde ya a la historia nacional que son los piqueteros, adquieran una idea de ciudad y movilización que impacte sobre la memoria entera de la sociedad argentina. –¿Usted tiene esperanza de que eso vaya sucediendo? –Había una gran diferencia en el primer cacerolazo con las multitudes del peronismo. No había, como decía Nicolás Rosa, el “pathos del final”. ¿Cómo podía terminar eso? Sin duda estaba presente la caída del gobierno. Pero ¿cuándo se iba a ir la gente? ¿A las cuatro, a las cinco de la mañana? De la Casa de Gobierno no podía salir nadie. Entonces de la Casa de Gobierno salieron gases lacrimógenos. En el peronismo alguien salía de la Casa de Gobierno. Indicaba como era la desconcentración. Acá hubo más bien fuga, no desconcentración. –Kaufman decía también que la multitud es mansa y que en este caso huía cuando se enrarecía el ambiente. –Es mansa pero con un lugar de violencia interna muy fuerte. Porque llenar la Plaza de Mayo a las dos de la mañana es uno de los efectos más violentos de la historia política argentina. No puede no ser violento. Ahora insisto ¿Cómo podía terminar? Porque no había nadie que representara al Estado. No había Estado. El Estado era un símbolo vacío, un gas. Me pareció fascinante porque yo tenía la experiencia en el inconsciente de la historia nacional donde siempre alguien salía al balcón. Y como acá no había posibilidad de que alguien saliera al balcón tenía que terminar como terminó: con gases lacrimógenos, corridas, tiros. Si no ¿qué iba a pasar?¿La gente se iba a poner a acampar? ¿Iba a dormir varias noches en la plaza? También se planteaba el problema ¿de quién es la plaza? Y la plaza en realidad no está siendo de nadie como la calle está siendo de esta manera de la multitud. Yo creo que esto separa por primera vez la idea de pueblo y la de peronismo. El peronismo tuvo la calle y el hecho desesperado de poner mil personas en el Congreso, y tirar piedras contra la izquierda indica que ya no la tiene. Pero no se puede decir que éste no sea el pueblo. Claro que es el pueblo bajo la idea de una multitud que surge en problemas con los bancos, de una ristra de damnificados, de afectados por una situación. La ciudad, la calle, el grito de Argentina, el que no pueda hablar nadie en nombre de una unidad política son todas situaciones abismales. Algo tiene que ocurrir porque la política no puede existir de esa forma. La multitud no puede ser más intensamente política y al mismo tiempo no aceptar consignas políticas. –Virno había evocado en el cacerolazo argentino a la Comuna de París. –Yo creo que se cae de maduro pensar sobre Comuna de París. En primer lugar por el fuego. Porque la Comuna de París, cuando se retiraba, incendió, dejó una marca fuerte de abominación en la ciudad. Durante tres meses gobernó París, después quemó Las Tullerías, el Hotel de Ville. Decir multitud a la Comuna de París es muy provocativo porque la Comuna de París eran 200.000 hombres en armas. Fue la obra de proudhonianos, socialistas moderados, socialistas frenéticos, jacobinos nostálgicos y por supuesto blanquistas. Estos eran formidables conspiradores, seguidores de August Blanqui que luego se transformaría en un héroe místico de Walter Benjamin y también le interesaría a Borges por la idea del tiempo circular. Tenían también un toque republicano garibaldino y esencialmente era el pueblo de París en armas, enrolado en la Guardia Nacional comandada por un ingenuo biólogo como Flourens o grandes aventureros libertarios polacos como Dombrowsky. El propio Nietzsche la contempla a la distancia, enrolado, creo, en un batallón Bávaro o de la Baja Sajonia –pues al mismo tiempo los alemanes sitiaban París– y no mucho después hace una escéptica alusión a ella en Así hablaba Zarathustra. Desde Londres Marx se agarraba la cabeza ante tantas fascinantes quimeras y poéticas de la historia, apoyadas en un ejército de doscientos mil hombres que sin embargo no atinaba a definir una política que para él fuera razonable. El rastro de la Comuna, con su leyenda deslumbrante, recorre todo el pensamiento político de las décadas siguientes. Por supuesto Gustav Le Bon la consideraba un peligro y a las multitudes amenazadoras las ve surgir de allí. El argentino Ramos Mejía también la condena y compara la Mazorca de Juan Manuel de Rosas con la Comuna de París, todo lo cual le evocaba “la locura en la historia” sin notar que Rosas, exiliado en Southampton, también veía a la Comuna como el “acabóse” y llamaba contra ella a levantar un gobierno mundial del Orden encabezado por el Papa, o algo así. En cambio Lugones e Ingenieros, jovenzuelos ambos, retoman treinta años después los motivos de la Comuna en sus primeras publicaciones y reviven su mito antes que su teoría. Al revés, esto último es lo que décadas después haría Lenin. A mí me parece que el tema de la Comuna de París es el tema del pueblo francés. Actúa como multitud pero es el pueblo francés. No hay ningún pueblo que no pueda actuar revisando motivos anteriores. En la Argentina el capítulo anterior: el Cabildo, el yrigoyenismo, el peronismo han de ser revisados. –¿Esta multitud pensó en aquel cabildo? –Si salió con bandera argentina sí. –¿Incluso una señora de consorcio? –Es que la bandera argentina inmaculada no pudo ser inmaculada nunca. Surge de un oscuro trato con la existencia. Los ahorros en el banco, el crédito hipotecario. La bandera no surge de otro lado. Es un intento de redimir y ennoblecer el aspecto oscuro de la vida. El Cabildo, la Plaza de Mayo, los puentes del Riachuelo, la consabida ciudad de Junín, son las palabras o los íconos que corresponden a nuestro diccionario de multitudes, que es un concepto de la poética política popular que significa un umbral de emotividad para la acción pública y de reconstitución de una democracia en las vidas personales y colectivas. Se sale de casa como ahorrista y a las veinte cuadras ya hay disponibilidad colectiva, ya los “ahorros” se invirtieron en un cuerpo social nuevo que no “ahorra” inventiva social. Y todo esto más allá de la conciencia literal de cada cacerolero. Porque veo un defecto de literalidad cuando se interpreta en términos de la “clase media” la penuria del tendero que se quedó sin crédito y no de una promesa de frente social más amplio. Y la Argentina está en las vísperas de una nueva composición y amalgama social popular, para decirlo con nombres territoriales, entre La Matanza y Floresta, entre Villa Dominico y Villa del Parque, entre Camino Centenario y Parque Centenario, entre Avellaneda y Parque Lezama, estos dos últimos barrios también unidos por la historia del poeta Perlongher. Por eso habría que ser menos literal y por supuesto menos agrio, a pesar de la bien humorada sátira contra la petit burguoisie. Menos agrio y hostil con lo que se escucha en la calle, esa banda de sonido, el espeso tic toc de la cuchara sobre la cacerola, aunque sean voces propias de la ira del plazo fijo decomisado. Hay que percibir una nueva relación de la ciudad con los cuerpos y con las ideas en esas expansiones, que tienen un hondo contenido de justicia y dignidad nacional. Entre paréntesis, aunque esto no sea para poner, le recomendaría a Nicolás que relea Las luchas de clases en Francia de Marx. Describiendo un caso similar de incautación de depósitos en la Francia de 1848, Marx consigue ser mucho más condescendiente que Nicolás con los pequeños rentistas de París, a los que percibe en medio de un gran drama histórico. Uno desconfía del cacerolazo si acepta una sociología política clásica que consiste en inscribir a los caceroleros en su clase social. Eso es un primer impulso del pensamiento que está en todos lados: en el periodismo, en la universidad, en la familia. No pensaría a la clase media al estilo Sebrelli. Y lo digo con cariño por Sebrelli, que expone un conjunto de pensamientos que pertenecen a la sociología tradicional. Yo escuché que la CNN lo presentaba como un sociólogo a Sebrelli y aparecía leyendo un libro que era La tercera Vía, de Giddens. Decía que la clase media se equivoca si cree que golpea al Gobierno, ella es el adorno de algo que deciden otros. Es fuerte decir eso: es lo contrario a la idea de multitud que crea situaciones nuevas. Casullo retoma una especie de desconfianza hacia la clase media de los ambientes bohemios de los años sesenta y Sebrelli retoma la sociología fuerte de esos mismos años donde rechaza la capacidad crítica de la clase media. Yo discutiría con ambos porque a esta altura no creo que haya discusión más importante. –Utilizan diferentes vajillas. –Otra cosa es si uno acepta que hay gestos que preferiríamos considerar en su condición de signos sobre la ciudad y privarnos de hacer la traducción inmediata a la clase social y el barrio al que pertenecen. Si no tenemos la prudencia de dejar que el pensamiento vague en cuanto a los signos que producen historia, no hay más posibilidad que ver al cacerolazo como una rutina social irrelevante. –Habría que dejar un silencio. –Hacer silencio es comenzar a pensar de otra manera. * Publicado en Página 12, 11 de febrero de 2002
- Resurgir / Fernando Ceballos
Desgarbado por herencia, flacucho por las energías mal gastadas rumiando malestares, empalidecido por las sombras de su habitación, solitario por sus miedos a estar con otros. Llega pleno. Caminando cansinamente un caminar que lo deposita en los umbrales de lo desconocido. "¿Y vos, por qué venís a este espacio? Yo vengo para salir de mi zona de confort. Para no quedarme encerrado en mi dormitorio. Ese claustro sombrío que me dependiza y me chupa para adentro. Para no quedarme atrapado por esa telaraña que me teje la inmediatez del sufrimiento. Vengo porque acá se respira, se mira, se escucha, se siente, se juega, se respeta, se comparte, se toca, se habla, se ríe, se llora, se cuida. Vengo acá, porque es tan grande las ganas de quedarme allá, que dan miedo. Entonces tomo coraje, mucho coraje. Y salgo. Intento saltar esas vallas que me dicen “quédate, acá vas a estar mejor”. Hago ese descomunal esfuerzo de resurgir desde esas tensiones que me sujetan, y aparezco caminando tranquilamente por la puerta sur del hospital. Cuando recorro todo ese trayecto, de casi una cuadra que hay entre la puerta sur y la puerta norte, me siento enorme, invencible, tremendamente alegre. Llego, e intento sostenerme al margen para que no noten mucho mi alegría. Van a decir que me río solo. Me contengo en las palabras y en los gestos, pero al rato ya estoy en el medio de una juntada de iguales jugando un juego que me suelta, me libera, me independiza. Y ahí, definitivamente ahí, me siento yo mismo. Por eso vengo. Para ser yo mismo.
- La ascesis freudiana: las cartas a Fliess / Eric Laurent
Si la teoría freudiana no se inscribe naturalmente en el espíritu vienés, ¿de dónde proviene? La relación con Fliess recuerda esta dificultad de interpretación. ¿Es necesario ver en Fliess un amigo con el cual Freud compartía un programa científico positivista antes que se separaran, o tal vez, el gran Otro forjado para las necesidades del autoanálisis? En Freud existen tres correspondencias importantes. Primeramente la que mantuvo durante sus cuatro años y medio de noviazgo (1882-1886); una carta por día, aproximadamente, más de un millar de cartas que el actual presidente de los archivos de Freud, Harold Blum, calificó en 1986 como la "más importante correspondencia amorosa de la cultura occidental" [1]. Es el único juez, puesto que esas cartas no han sido aún ni publicadas ni son accesibles. Después está la correspondencia mantenida luego del nacimiento del primer niño Freud, Matilde, (16 de octubre de 1887) con quien se transformaría en su otro por excelencia. La primera carta de Freud a Wilhelm Fliess está fechada en noviembre de 1887. Esta correspondencia durará 17 años, la conforman 284 cartas de Freud, en la edición completa. Y finalmente están las otras correspondencias, ya sea con Jung, con Abraham o con Ferenczi, por nombrar las más importantes. Tienen diversos destinatarios, pero Freud escribe desde una misma posición, la de fundador del psicoanálisis. La correspondencia con Fliess, contrariamente a la primera, no permaneció inédita, fue publicada dos veces. Primero por su descubridor, como se dice de un tesoro, en los años 50. Luego, en los años 80, según las reglas universitarias comunes, integralmente. Solo la última edición tiene valor testimonial. Las circunstancias del descubrimiento explican la primera publicación. Ellas contienen los ingredientes de un cuento de hadas moderno, y por lo tanto atroz: una princesa, las investigaciones científicas, un viejo sabio judío, los nazis. Nos serán relatadas luego por Jones, pero con las cartas de la princesa como un plus, en su biografía. Ocho años después de la muerte de Fliess, y tres años después de que Adolf Hitler tomara el poder, el 30 de diciembre de 1936, Marie Bonaparte recibe la oferta de un marchand de arte a quien la Sra. Fliess le había vendido las cartas de Freud. Ella quería dárselas a la Biblioteca de Berlín, pero como se quemaban los libros de Freud, entonces, las vende. Freud, al enterarse le propone inmediatamente comprárselas y a partir del 7 de enero de 1937 Marie lo rechaza: "las cartas y los manuscritos me fueron ofrecidos con la condición que no las revendiera a ningún precio a la familia Freud de forma directa o indirecta, porque tememos la destrucción de ese material importante para la historia del psicoanálisis". Marie alcanza a extraerlas de un cofre del banco Rothschild en Viena luego de Anschluss, ante los ojos de la GESTAPO, para dejarlas, a partir de 1914, en la delegación del Danemark, en París. Se vuelve a juntar con ellas en Londres en 1945, y llegan a ser publicadas en alemán en 1950, en inglés en 1954 y en francés en 1956, editadas como una bella formación de compromiso por Anna Freud, Marie Bonaparte y Ernst Kris, precedidas por un prefacio-guía de lectura de Kris, que es traducido con el resto. [2] La formación de compromiso logra la publicación de 168 cartas, una vez cortados los pasajes que amenazan con contravenir la discusión médica o personal... los esfuerzos que hizo Freud por captar las teorías científicas y los cálculos de períodos elaborados por Fliess... ciertas circunstancias familiares y ciertos incidentes acontecidos en el círculo de sus amigos. Cuando 35 años más tarde las cartas fueron publicadas integralmente, primero en inglés, luego en alemán [3], sabríamos que los "incidentes acontecidos en el círculo de sus amigos", hace referencia sobre todo a las aventuras que protagonizó Emma Eckstein, personaje central del sueño denominado "la inyección de Irma". Ahora sabemos todo sobre la falta profesional de Fliess, sobre la forma en que Freud quiso cubrirla, y también sobre el hecho que Irma se volvió luego psicoanalista. Sabemos también que esas cartas no ocultan escándalos mayores ni revelan sensación alguna. Sabemos también que el problema de la traducción de esas cartas en francés es mayúsculo, que la traducción hecha por una amiga de la princesa en 1956 resulta cada vez menos precisa. Sabemos finalmente que el problema central que nos plantean esas cartas es el de su interpretación. Hay que distinguir radicalmente la recepción que las cartas tuvieron en el mundo anglosajón y en el espacio de lengua francesa. En lo que concierne al mundo anglosajón, la lectura de Kris predominará hasta la publicación de un artículo de Schur y la adopción parcial de las tesis de la "escuela francesa" [4]. Del lado francés, la lectura propuesta por Jacques Lacan, según premisas totalmente distintas a partir de 1955, es la más fecunda. Para Kris, en esas cartas de lo que se trata es de una discusión científica entre dos sabios unidos por una amistad profunda. Freud nos lo había dicho, tenía siempre la necesidad de un amigo y de un enemigo íntimo. La situación social y científica de Fliess, otorrinolaringólogo berlinés apasionado por hipótesis fundamentalistas eran muy similares. Freud lo encuentra por intermedio de un amigo en común, el Dr. Breuer (cf. El caso Anna O.). El culto del ideal científico del tiempo, el programa reduccionista de Helmholtz-Brücke los une. En el momento en que Breuer se distancia de Freud, este encuentra a su relevo. En medio de esta amistad científica, Freud comienza su autoanálisis (verano de 1897) donde encuentra por primera vez el Complejo de Edipo. Y es así que se produce la caída de Fliess: "Analizándose a sí mismo Freud abre la vía a la comprensión de los conflictos de la primera infancia, algo que implicaba una modificación de sus intereses científicos... veía atenuarse en él la necesidad de explicar por factores fisiológicos los procesos psicológicos... cada vez que había tenido necesidad de información sobre las bases fisiológicas, Freud se dirigió a Fliess... a partir de esta época, esa necesidad decrece". Freud puede entonces darse cuenta hasta que punto las doctrinas de Fliess "se estaban alejando cada vez más de los hechos y de la observación". He aquí el punto de vista resumido de Kris, tal y como se expone en su introducción. Para Lacan se trata de otra cosa. Las relaciones Fliess-Freud no es una amistad entre pares compartiendo el mismo saber, se trata de un amor del mismo orden que aquel que se instalaba con sus pacientes, una transferencia. Freud descubre a Fliess y "hace esfuerzos" por comprender las teorías de Fliess, si "sobreestima" su saber sobre el sexo es para llegar a decir, a ubicar en el interior de esta relación, lo imposible de decir sobre el sexo y su falta. Es por esto que "no es para nada como intenta hacérnoslo creer Kris, que Freud haya pasado del pensamiento mecanicista al pensamiento psicológico... es siempre el mismo pensamiento que se continúa... pero completa su esquema haciendo entrar allí algo totalmente diferente que es la noción de información" [5]. A la energía constante, mínima que Freud hereda del programa de Brücke, Lacan le da su verdadero nombre: "la entropía en tanto que tal se realiza en este acto original de comunicación que es la situación analítica". Al comienzo de su correspondencia con Fliess, Freud reconstruye la memoria, el juicio a partir de la sensación, no considerando el problema del encuentro con el objeto más que como un problema secundario. Es en el curso de la conversación fundamental con Fliess que Freud encuentra el problema mayor de la falta (la inyección dada a Irma), y el de la pérdida de su padre (la falta (faute) de Edipo). Encontrará en sueños y en Irma y su padre, lo que lo llevará a rechazar en primer lugar todo abordaje a partir de la sensación para centrarse sobre el cerebro como "máquina de soñar". El cerebro no es simplemente un órgano de homeostasis sino una máquina de producir el símbolo y el encuentro. En términos contemporáneos diríamos que Freud, según Lacan, describe que el cerebro, en su proceso primario procede según algoritmos acabados que contienen en ellos mismos una condición de imposibilidad. La reconstrucción mecánica de la realidad por Freud que conduce no obstante al sueño, y al descubrimiento de su enigma, de su ombligo, lo distanciará de Fliess. En el mundo anglosajón es Max Schur, médico de los últimos momentos de Freud cuya amistad con la familia le dio acceso a las cartas en su totalidad, quien será el primero en reformular la "amistad" Freud-Fliess. En su artículo de 1966 sobre las circunstancias del affaire Emma Eckstein, y sobre todo su libro de 1972 La muerte en la vida de Freud, la describe más bien como una transferencia tomando en cuenta, sobre todo, las manifestaciones somáticas de Freud. Sin embargo retrocede en última instancia respecto del misterio: ¿"Cómo pudo desarrollarse una transferencia en el caso de Freud? Era su propio analista y no obstante, la necesidad esencial, el deseo irresistible de un objeto transferencial se manifestó en su autoanálisis y apareció en su relación con Fliess" [6]. Esta idea de autoanálisis que Freud mismo califica de "imposible" hace enigmática la presencia de Fliess. Hay que destacar que la biografía de Freud de Peter Gay, aunque muy schuriana, insiste mucho más sobre la alteridad psicoanalítica de Fliess (cf. nota 4). Lo que queda es que solo Lacan responde a la pregunta de Schur sobre "el deseo irresistible de un objeto transferencial" caracterizando el saber en juego en un análisis como una "suposición" que no puede ser propiedad de ninguno de los partenaires y mostrando su determinación a lo largo del análisis como valor pulsional y lógico que termina por reducir a nada la hipótesis transferencial. Para captar la ascesis de Freud en su larga relación con Fliess, tal vez, no hay mejor palabra que la que Freud aplicaba al retorno de las cartas a manos de Marie Bonaparte: "un extraordinario trabajo del amor". Todo análisis exitoso lo repetirá. 1.Citado en Gay, Peter: Freud, una vida de nuestro tiempo, Ed. Paidós, 1989, especialmente el Cap.2. 2.Freud, Sigmund: nacimiento del psicoanálisis, edición establecida por Marie Bonaparte, Anna Freud, Ernst Kris. (ed.P.U.F. 1956) 3.Freud, Sigmund: The complete letters of Sigmund Freud to Wilhelm Fliess (1887/1904), Translated and edited by J.M.Masson, ed. Harvard University Press, London 1995. Un año más tarde, publicado por los mismos cuidadores en alemán. 4.Leer los pasajes sobre Fliess como gran Otro de Freud en Gay Peter, op. cit., así como el elogio de la biografía de Octave Manonni y las frecuentes referencias al "autoanálisis de Freud" de D. Anzieu. 5.Lacan, Jacques, El Seminario, libro II, El yo en la teoría de Freud (1954/55) Ed. Paidós, 1992. 6.Schur, Max: La muerte en la vida de Freud, Ed. Gallimard, 1975, pág. 102. Fuente: Magazine Littéraire, hors-série nº 1, FREUD et ses héritiers, l'aventure de la psychanalyse, Paris, 2º trimestre de 2000. La revista del psicoanálisis. Subjetividad de la época, Año I/Nro 3/Septiembre de 2000. Traducción: Liliana Bilbao
Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.











