• Revista Adynata

Golpe ciego / Oscar del Barco

Al final volvemos al comienzo, al útero, al golpe ciego de la materia. Miramos y se abren las alas de un pájaro fúnebre; levantamos la mano y en las grietas del acto de levantar la mano vemos la muerte. Sentimos que ese acto simple y escuálido se transforma en el acto. Sentimos la fascinación del ser que está en todo acto. Cavamos hasta que de sus profundidades surge eso que lo hace un sol, un sol único, conocido y desconocido, propio y extraño. Algún día podremos mirar, oír, pensar, amar, odiar, sacarnos de este cadáver, encontrarnos como seres vivos en esta podredumbre donde vivimos sin saber que adentro hay otra cosa que reproduce todo como distinto. Para ver hay que perder los ojos y para sentir perder la piel. Hay que quedar sin manos para alguna vez poder tocar, y tener dos muñones secos en lugar de piernas para poder caminar. Sólo quien muere de sed sabe lo que es una gota de agua. Hay que agonizar, cargar con todas las guerras en el alma y con todos los dolores en el cuerpo, sentir la rebeldía de todos los rebeldes y la miseria de los miserables, para comenzar a deletrear un lenguaje aún no escrito y que, de pronto, es uno mismo. Me destrozo. No puedo eternizar cada segundo. Soy el náufrago de infinitos “yo” que se despedazan sin jamás alcanzarse. Siempre es el último aliento quien nos sostiene. Para vivir tendríamos que tener una condena perentoria, suicidarnos o enloquecer, estar en la vida con los movimientos de la muerte, en el éxtasis de esa otra parte desprendida de todo. Sólo así la vida dejaría de ser una máscara para alzar su verdadero rostro hacia la limpidez de un cielo sin historia. La vida no es una flecha lanzada hacia un blanco invisible, ni un itinerario que abriéndose paso entre los azares engarza estas figuras ciegas. El feto ahogado en su impotencia no es este sonámbulo que se babea mientras grita y mueve en el aire sus miembros carcomidos. No hay pasado ni futuro sino el estallido de todo, esta instancia donde millones de cosas explotan en mi mente dejando sus huellas en el vacío psíquico. Nada. No puedo recogerme a mí mismo como a un náufrago que viene desde el pasado convertido en una calavera de polvo, ni como el fantasma demente que me espera en las avenidas del tiempo. ¿Qué, quién es uno? ¿En qué instante puedo decir “esto soy yo"? Uno es la muerte, sin nadie que la soporte. Uno no habla sino que está el habla, ni llora sino que hay lágrimas, ni odia sino que hay el odio, ni camina, ni ama, ni vive, ni muere. El espejismo está metido hasta en los huesos, y de allí hay que sacarlo. ¿Por qué "mi mente''? No hay “mi mente” sino la lluvia que cae allí, entre árboles; hay el viento que lleva nubes hacia las montañas, hay esa mosca volando, este polvo impalpable que penetra todos los cuerpos, los astros que giran sin sentido, la insignificancia de esta partícula que corre hacia su inmolación. No hay nada, adentro no hay nada. Somos un animal que atraviesa la noche con los ojos en blanco; las piezas de un juego perdido de antemano. No me explico cómo pude caer en esta trampa. Más allá de los actos sólo podemos avizorar lo desconocido, la noche oceánica por donde nuestros restos avanzan hacia otras playas vacías. Siento crecer una brizna y me desplomo, enloquecido por ese movimiento único universal. El espacio de desolación. La línea recta que sale de mí pero que algún día me atravesará la espalda al término de su curva misteriosa. Miro y veo lo visible, pero mi grito de angustia comienza en la boca de lo invisible. Soy un animal herido, un ser encadenado, devorado por el incendio, una planicie vacía, una pupila que levanta su párpado para mirar sin mirada, algo que vive sin vida y muere sin muerte, algo que no necesita de mí, pero que soy yo, el enigma que transita por la cabeza de los hombres y sólo sabe repetir su melopea de loco a los pies de su cuerpo crucificado. Engendrar otra odisea absurda para que nuestro corazón explote y salpique con su sangre hasta los rincones más lejanos del universo. Arrojar esta llamarada de polvo a los espacios. Ser un cuerpo: la boca de un cráter, una montaña, una selva, los torrentes que horadan la tierra, los astros, las moles de hielo, los desiertos, las águilas, las moscas, las flores, los excrementos, la luz del sol, la noche… En el cuerpo no hay otro cuerpo que busque deshacerse de él. Nadie domina la explosión de los cuerpos porque el cuerpo es todo, hay transición, somos manos, ojos, piel, nubes, rayos que caen sobre los hombres y los convierten en esqueletos humeantes. Lo uno es una multiplicidad aterradora. Lo uno es el mar que corroe los restos del naufragio. Lo uno retuerce adentro. Lo uno jamás descansa, vive de su destrucción, devora su propio cadáver para seguir existiendo y devorándose. Lo uno ríe de nosotros que somos un sueño que vive soñando y que sólo despierta para pudrirse en sus abismos. La pesadilla dura el tiempo que une el nacimiento con la muerte. Llévenme al suplicio y hagan conmigo lo que quieran. No existo. Soy este instante acorralado sin saber qué hacer. Soy la cresta de una ola que llega arrastrándose desde lo arcano. Asumo toda la podredumbre que los hombres depusieron en la sucesión de los tiempos. Soy el alarido del mono que un día enloqueció y que ahora, en nosotros, quiere regresar de nuevo a las sombras. Ese espacio de millones de años está hecho de segundos, de respiraciones, de miradas, de gestos que se encimaron unos sobre otros y se pudrieron y se olvidaron totalmente hasta aparecer hoy en mis palabras, en mis deseos. Entre yo y el ser que surgió del mono prendiéndose fuego, hay la continuidad de una bocanada de aire, mi mano que baja continúa el bajar de su propia mano, mis ojos están tejidos con la misma materia que los suyos, mi mirada continua mirando lo que ellos miraban, mis manos ahogan al ser que ellos destruían y todo yo, curvado por el dolor y la angustia, repito la crispación de aquel animal que un día se espantó de sí mismo y empezó a morir, a morirse con esta muerte que prolongará hasta quién sabe cuándo la primer agonía. Me arranco las manos, me ciego, me reduzco a una masa de carne, a un trozo de madera, a un pedazo de hierro. Soy un perro, un tigre, ese hombre que agoniza, ese feto al que meten en un frasco lleno de alcohol. Todos somos lo mismo. Nada nos distingue. Hoy me arrastré por innumerables calles y fallecí mil veces. ¿Qué es esto que en la carnaza aúlla "yo soy"? ¿Por qué, además del pulpo, está este ojo? ¿Qué pájaros son los que alzan vuelo desde la grieta que nos atraviesa? ¿Cómo separarnos de alguien en esta danza macabra? ¿Cómo desunirnos si nada nos separa, si en mí están todos y yo estoy en todos? De una u otra manera estoy en todos, soy todos. En los ojos del juez que juzga al criminal está el criminal juzgándolo al juez. Nos arrastramos buscando un oasis que no existe. Somos esa búsqueda que sólo encuentra el desierto, sus arenas y espejismos repitiéndose. Un cuerpo se abraza a otro cuerpo, pero sólo es un hueco retorciéndose contra otro hueco. Detrás no hay nadie. Todas las muertes pasan por el hombre. No existe ninguna enfermedad, ninguna tortura, ningún suicido que no lo estén atravesando. La muerte lo lleva en sus brazos desde que nació: es ese fantasma que surge en la noche y entre los alaridos de los sueños arroja su enigma sobre el cuerpo del cadáver dormido. Montada sobre mi espalda la muerte me hunde sus uñas en la garganta y me roe la nuca mientras agita dos alas que se pierden más allá de las nubes. La muerte estremece el universo con succiones y espasmos ululantes. La historia son los estertores de un animal que huye por dentro de esta huida gigantesca y que de pronto muestra sus pétalos ensangrentados. De noche despierto y la encuentro sobre mi cuerpo, chupándolo, comiéndolo, vomitándolo. De día como acabo de decir, la llevo a todas partes, prendida a la espalda y royéndome la nuca, con las garras hundidas en mi garganta y penetrándome con una verga enorme. Durante el día vivo en su ebriedad, y de noche, cuando no gimo extraviado en la red de sus sueños, estoy despierto entre sus brazos repugnantes y me posee sin descanso, labio sobre labio, dientes y gusanos que trituran la mortalidad de una carne espantada, uñas debajo de las uñas, salivas humeantes bajo los besos, manos que todo lo destrozan con otras manos, brazos que levantan a su criatura para estrellarla como una cáscara vacía contra el fin del mundo. Ella enciende su carbón y es un fantasma implacable que avanza por las sombras. Sus animales tienen el espesor baboso de los verdugos. Es un criminal en cuya piel yace la víctima. Salta sobre mí, me domina, me desgarra... Pero lo más terrible es la idea que se abre paso en las tinieblas de mi mente para gritar que yo, que solamente yo soy la muerte, que ese animal del cual huyo poseído por el horror, soy yo mismo, ¡yo mismo! Veo lo incomprensible … el cielo, los árboles, la tierra … adivino un hueco horroroso en la totalidad que me rodea... Lo presiento en el pasado y en el porvenir. Estoy aquí y no sé qué es esto que se desliza como una ola sobre otra ola, en un mar sin playas. Soy la tierra desgranándose, las nubes huyendo por los espacios, estas flores, estas sombras. Nada nos diferencia. Yo, frente a los vientos. Yo desprendiendo de mí el pájaro que renace del olvido y es el olvido. Hay la luz y el sonido que atraviesan esta cáscara y la hacen proclamar que oye y ve, cuando en realidad todo es silencio y absoluta sombra inmóvil. Del caos surge una cabeza sangrante. Enloquecida mira lo invisible y trata de nombrar lo sin nombre. Pero se engaña y se hunde con su secreto, un secreto guardado en la profundidad, en la transparencia que al interrogar el hombre destruye, este cristal que no resiste ni el aliento de una boca, pero que es habitado por la nada. Vemos con los ojos de la muerte, oímos con sus oídos y tocamos con sus únicas manos. No somos un alma encerrada en una cárcel sino la piedra de esa cárcel vacía: ni una garganta que aúlla sino el aullido que atraviesa el absurdo; ni hombres que sueñan con otros mundos y otras vidas y otros amores, sino un sueño sin nadie que lo sueñe. No somos sádicos que odian y matan sino el odio y la muerte deslizando sobre la nada sus tentáculos inertes. En el porvenir siempre será la noche. Bajo los párpados y desaparecen las nubes; aprieto con fuerza las mandíbulas y caigo en el vacío. Necesito destruir todo, destruirme, quemar el papel donde la confusión quiso ser algo claro sin ver la mentira oculta bajo sus signos, incendiar el mundo para después emprender la misma marcha sobre el mismo desierto, para avizorar: otra vez paisajes sin enigmas pero sabiendo de antemano que en la cima de la claridad encontraré el mismo círculo de sombras donde agonizo. Soy la víctima que se abraza al verdugo y lo besa en la boca; y soy el verdugo dominado por el pánico de saber que el hacha abatida sobre la víctima también cortará su cabeza, porque no hay verdugos ni víctimas sino una fuerza ciega que nos hace arrodillar a todos sobre el cadalso y nos ajusticia de un solo golpe y todos estamos unidos por su movimiento instantáneo. El gesto se repite en un eco sin fin. Las escenas se suceden iguales y distintas, sin continuidad. Caen a lo largo de lo insospechado que bulle en su propio ser. Lo continuo engendra espejismos cada cual más bello, pero detrás de lo continuo avanza la erosión que nos convertirá en polvo. Somos fragmentos de aquello que nos parecieron manos, labios, fuego, espíritu. Bajo la calma aparente del cielo crece la destrucción. La podredumbre avanza bajo la piel con sus jaurías invencibles. Veo morir a alguien y grito horrorizado. En los ojos danzan los viejos círculos. El espíritu se estremece en víspera de su transformación en lo distinto, en lo impensado. Estamos rotos. Nos invade la conmoción del caos. Nos come la lepra del ser. Avanzamos hacia una ciénaga absoluta. Somos masticación, defecación. El todo tiene sus bulbos podridos. Somos víctimas incógnitas que marchan a través de la materia. Flotamos en el silencio de la noche como esqueletos en la inmensidad del mar. ¿Cómo volver si soy el náufrago aferrado al madero de su propia muerte? ¿Cómo recomenzar si cuando quiero tocarme sólo toco otras cosas, si nunca soy yo sino esta red, este nudo deshecho, estos pasos sin rumbo, si esto que escribo ya está escrito, si mis palabras ya fueron dichas, si mis lágrimas ya cayeron y mi vida está muerta desde el comienzo, desde antes del comienzo? Es imposible ser algo, alguien. No obstante seguimos haciendo señales que nadie verá nunca…



Fuente: Revista Literal, nro. 2/3, mayo de 1975. Buenos Aires.


Gertrudis Chale, "Bocacalle de Sarandí”, 1940. Pintura en tempera sobre cartón, 62 x 74,5 cm.

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