Búsquedas
Se encontraron 1440 resultados sin ingresar un término de búsqueda
- Agosto en Trelew / Glorias / Vicente Zito Lema
Las hojas de aquel agosto se mueven de aquí para allá (aún en el encierro, desolados, de aquí para allá) como si la mano del pasado todavía temblara... nos protegiera, sacándonos del encierro para entrar en el dolor gigante que movió la historia... ¿Qué fue de la gloria que alumbró los firmes sueños en la fuga de la cárcel de Rawson / a pura conciencia? ¿Qué de los fusilados en la Base Naval de Trelew, pagando con sangre hasta el hartazgo la victoria de la libertad que pudo ser y no fue? ¿Habrá respuesta en nuestras palabras, en los actos de quienes no entregan la belleza de la vida? La memoria le gana la eterna disputa al cementerio del olvido... Ellos están con nosotros y las estrellas relucen... Lejanas, muy lejanas, pero relucen... Imagen de tapa de Trelew una ardiente memoria, libro editado y compilado por Vicente Zito Lema en 2015
- Glorias / Juan Gelman
¿Era rubia la pulpera de Santa Lucía? ¿tenía los ojos celestes? ¿y cantaba como una calandria la pulpera? ¿reflejaban sus ojos la gloria del día? ¿era ella la gloria del día inmensa luz? son preguntas inútiles para este invierno no se las puede echar al fuego para que ardan no sirven para calentarse en el país no sirven para calentar al país helado de sangre. por una sábana de luz iría la pulpera santa de voz graciosamente moviendo sus alrededores sus invitaciones y el olor de sus pechos y la penumbra de sus pechos hacían bajar el sol sobre la pampa bajaban a la noche como un telón. ¿quién no se iba a perder en esa noche? ¿quién no se iba a encontrar allí mesmo pasando su furia por la suavidad que la pulpera fundó? horas se podría estar contando esta historia y otras parejamente tristes sin calentar un solo gramo del país sin calentarle ningún pie ¿acaso no está corriendo la sangre de los 16 fusilados en Trelew? por las calles de Trelew y demás calles del país ¿no está corriendo la sangre? ¿hay algún sitio del país donde esa sangre no está corriendo ahora? ¿no están las sábanas pegajosas de sangre amantes? ¿y llena de sangre la pulpera y sus ojos celestes? ¿ahogados en sangre? ¿y la calandria hundida en sangre y la gloria del día con las alas empapadas de sangre sin poder volar? ¿no hay sangre en la penumbra de tus pechos amada? ¿y dónde no la hay esa sangre caída de los 16 fusilados en Trelew? ¿y no habría que ir a buscarla? ¿y no se la habría de oír en lo que está diciendo o cantando? ¿no está esa sangre acaso diciendo o cantando? ¿y quién la va a velar? ¿quién hará el duelo de esa sangre? ¿quién le retira amor? ¿quién le da olvido? ¿no está ella como astro brillando amurada a la noche? ¿no suelta acaso resplandores de ejército mudo bajo la noche del país? con sangre verdaderamente están regando el país ahora oh amores 16 que todavía volarán aromando la justicia por fin conseguida el trabajo furioso de la felicidad oh sangre así caída condúcenos al triunfo como calandria de sus pechos caía y como sangre para apagar la muerte y como sangre para apagar la noche y como sol como día. *Publicado en Relaciones, escrito en 1973
- El gusto del secreto (fragmentos) / Jacques Derrida
Estoy tentado de decir que mi experiencia de la escritura me lleva a pensar que no siempre se escribe con el deseo de que a uno lo entiendan; al contrario, hay un paradójico deseo de que eso no suceda... *** … si la transparencia de la inteligibilidad estuviera garantizada, destruiría el texto, demostraría que no tiene porvenir, que no rebasa el presente, que de inmediato se consume; entonces, cierta zona de desconocimiento e incomprensión es también una reserva y una posibilidad excesiva: una posibilidad para el exceso de tener un porvenir y, por consiguiente, de generar nuevos contextos. *** En la escritura subyace la exigencia de un exceso aun respecto de aquello que puedo comprender de cuanto digo: la necesidad de dejar una suerte de apertura, de juego, de indeterminación, que significa hospitalidad para el porvenir (...), apertura de un lugar dejado vacante para quien ha de venir, para el adviniente. *** Si se da a leer algo completamente inteligible, plenamente saturado de sentido, no se lo da a leer al otro. Dar de leer al otro significa también dejar desear, o dejar al otro el lugar de una intervención con la cual podrá escribir su interpretación: el otro deberá poder firmar en mi texto. Y es en ese punto donde el deseo de que a uno no lo entiendan significa, simplemente, hospitalidad para la lectura del otro, y no rechazo del otro. Fuente: Derrida, Jacques y Ferraris, Maurizio (1993). El gusto por el secreto. Entrevistas. Amorrortu. Buenos Aires, 2010.
- La culpa se parece mucho a la propiedad privada / Juliana Colángelo
Un relato que puede singularizarse en términos de sí mismx, da cuenta de una “correlación, dentro de una cultura, entre campos de saber, tipos de normatividad y formas de subjetividad” (Foucault, 1984: 10). Lo que nos permite analizar modos de subjetivación que se entraman allí, donde unx dice Yo. Por ejemplo, en ciertas prácticas y discursos actuales llamados “terapéuticos” donde lo privado, muchas veces, deviene propio, deviene culpa. Históricamente y mediante el montaje de una serie de dispositivos (religiosos, médicos, psi terapéuticos y/o confesionales) lxs sujetxs se han visto llevadxs a prestarse atención, a buscar el origen-causa de su sufrimiento, la verdad de su ser como realidad experiencial donde pueda pensarse y reconocerse. Lo que Foucault denominó: técnicas de sí. En palabras del autor: La constitución de sí como sujeto moral, en la que el individuo circunscribe la parte de sí mismo que constituye el objeto de esta práctica moral, define su posición en relación con el precepto que sigue, se fija un determinado modo de ser que valdrá como cumplimiento moral de sí mismo y para ello actúa sobre sí mismo, busca conocerse, se controla, se perfecciona, se transforma (1984: 34). Ese montaje idealista y performático fija la norma, el “cómo se debe ser” interviniendo directamente en los modos en los que cada unx se relaciona consigo: aspirando ser la norma o declinándola, de un modo u otro sujetadx a la misma con su consecuente padecimiento. La sujeción o sumisión a una norma fija, trascendental y exterior deviene propia. Esta privatización al interior de unx mismx instala el germen parasitario del padecimiento en forma de culpa. “Han vuelto al Yo una causa del ser, determinando que las cosas debían ser de una manera, ¿Es de extrañar que luego de encontrarse en las cosas lo que antes habían puesto en ellas?” (Nietzsche, 1998: 75). La culpa ya instalada deviene causa propia de algo que nos merecemos, pues sino, no nos sucedería. En términos nietzscheanos, “lo que en realidad nos asquea no es el sufrimiento, sino la falta del sentimiento de sufrimiento” (Nietzsche, 1945:50). Y ya no importa si es dios el que contempla como testigo el sufrimiento de lxs mortales, el cura, le terapeuta o unx mismx. Todo un montaje perfecto y occidental de padecimientos, culpas, deudas y sacrificios. “¿¡Más os habéis interrogado a qué precio ha costado siempre en este mundo la edificación de todo ideal!?" (1945:74) interroga Nietzsche con su martillo. Pagamos el alto precio de la mala conciencia, esa culpa interiorizada que nos recuerda constantemente que algo no encaja, que no es suficiente, que es excesivo, que no. El día que mi mamá me pidió perdón "Fija su retrato en una pared y dice: He aquí a una madre" 1 Los actuales modos de producción de soledades han empatizado fuertemente con el reciente boom de ciertas prácticas (alternativas y hegemónicas) llamadas “para el alma, psicologías positivas o del arte del buen vivir”, que proclaman intensamente ¡Vive!, ¡siente! ¡Ama! ¡Piensa en positivo! ¡Viaja! y que insisten en llamar al encierro en unx mismo, bien adentro, y si queda tiempo ahondar en vidas pasadas o aún más atrás, o arriba o abajo pero nunca acá, y mucho menos en las calles. El imperativo es ahondar en unx mismx porque es allí donde se espera hallar cierta garantía de equilibrio espiritual que otorgue paz y bienestar. Y el problema, claro está, no son las prácticas que cada unx ejerza para sentirse mejor, sino la moral desde donde se ofrecen. Estos dispositivos de poder operan como máquinas de producción discursiva y modos de subjetivación que regulan, normativizan y producen cierto tipo de sujetxs: culposxs, aisladxs. Son prácticas performativas del deseo, lo invisten, regulan y normativizan. Parten de la premisa de que lxs sujetxs son dueñxs de sí mismxs, y por ende culpables de sus pesares y padeceres, aislándolxs de una realidad contextual actual que cala los huesos (y a veces fractura), más allá de que algunxs pretendan hablar de un “afuera” que nada tiene que ver con este “adentro”. La culpa se ha vuelto propia, se ha interiorizado, la mala conciencia “entonces vino al mundo la más grande y peligrosa de todas las enfermedades, el hombre enfermo de si” (Nietzsche, 1945: 65). Dentro de estos discursos morales (psico – médicos – biodecodificantes – religiosos – espirituales – del alma) encontramos “el supuesto trauma de haber abortado”. Nuevamente por la línea del árbol genealógico o la de moda constelación familiar (que claro está, el único problema que tiene es ser –solo– familiar) donde unx hunde sus supuestas raíces (únicamente biológicas) donde hallar puntos traumáticos desde donde reconstruir SU historia (siempre propia) y sortear los riesgos de repetir, cuasi de manera lineal-heredada, Lo mismo. Como si lo familiar fuese la línea hereditaria genética, afectiva y sintomática por excelencia, sostienen que abortar, en algún momento de tu vida (actual o pasada), implica irremediablemente un daño profundo y espiritual que necesita ser trasmutado y regenerado. Ya no sólo por sí, sino también por el supuesto riesgo que implicaría a generaciones venideras. Es decir, ya no solo se carga con la propia culpa, sino que se expande inter-generacionalmente y a veces hacia “vidas pasadas”. Desde ya, que no estoy negando el padecimiento subjetivo que cada cuerpo pueda sentir, sino que estoy afirmando que el supuesto sobre el cual se monta este padecimiento no es “neutral ni individual” sino moral-social-patriarcal-religioso-clasista-etc. En tanto suponen de manera Universal, que cualquier cuerpo gestante que abortó alguna vez en su vida posee (necesariamente) un trauma en su historia, una huella imborrable, origen (de algunos) de sus males actuales. Dichos supuestos marcan y producen subjetividades, anudan deseos y ofrecen culpas. Y sin duda los cuerpos sienten, padecen esa carga culposa y dolorosa que el patriarcado y los discursos religiosos (morales por excelencia) instalaron allí. Es decir, las representaciones ya estaban ahí, producidas de ante mano como origen causal de otra cosa y no hemos hecho más que jugar el juego de la búsqueda del tesoro en nosotrxs mismxs. “Queremos disponer de una razón que nos explique por qué nos encontramos de este o de aquel modo, por qué nos sentimos bien o mal” (Nietzsche, 1998:76). Nunca no saber. La interpretación causal y moral se instala como dispositivo de poder regulador y productor de modos de subjetivación que reinstalan la culpa. Ofreciendo la calma de saber de si, prestando sentidos verdaderos, allí donde la incertidumbre tiene mala prensa. Una verdad que tranquiliza y brinda la sensación de cierto poder sobre sí, ya que lo desconocido nos inquieta, intranquiliza y resulta peligroso. La causa es algo que ya conocemos (la hemos aprehendido muy bien), por lo tanto, su búsqueda estará sujeta a un modo habitual o conocido –podríamos decir heteropatriarcal– de responder. Entonces: culpa, ser una mala madre, poca o mucha mujer. La mala conciencia nos recuerda que no se cumplió con lo que se esperaba de unx, la sensación de saber que algo anda mal y necesita ser curado porque allí radica el origen de otra cosa, la llamada falta o falla estructural –que el capitalismo y el psicoanálisis entendieron muy bien– aquello que nunca se colma, por lo que vivirá “insatisfecha”. El sistemasexo-génerico modelizador de cuerpos y deseos, instala la culpa,la falla como contingente de aquello que produce. La moral terapéutica como dispositivo tecnológico de poder (re)produce lo mismo: deseos anudados a una moral, productos llenos de culpa, cuerpos normales y generizados sujetxs a determinadas normas sociales, políticas, económicas, etc. Y la madre siempre tiene la culpa. Que quede claro, no se trata de culpar a quien se culpa sino de genealogizar sus producciones. Son éstas supuestas terapias (y aquí esta lo peligroso) las que en lugar de anular o contextualizar la pretendida culpa y angustia de quien padece “por haber abortado” como parte un sistema excesivamente familiarista patriarcal –capitalista hetero-cis-normativo (que sostiene la maternidad obligatoria, que reduce los cuerpos y los deseos a un útero y a una identidad) reafirman, sostienen y vuelven a colocar la culpa a "quien pertenece": al sujetx individual, responsable y culpable de haber (se/nos) “hecho” eso, reafirmando la culpa de no haber tenido a ese “hijx”, y por ende merecedorx de sufrimiento, angustia y castigo. Es “la psicología de la tendencia a imputar responsabilidades” (Nietzsche, 1998:79) atribuyen la culpa a un modo de ser por lo tanto merecedora de un castigo o sufrimiento que permita expiar las culpas o purificar su conciencia. "Su terapia consiste en castrar, la moral consiste en matar las pasiones, regular los deseos, exterminarlos. La moral… es el mismo instinto de decadencia que hace de sí mismo un imperativo, y que ordena: ¡Perece! Es el juicio de quienes están condenados” (Nietzsche, 1998: 68) El día que mi mamá me pidió perdón, perdón por haber matado a mis supuestxs hermanxs, y a quien encontré con un bebé de plástico (de esos que “usan las niñas” para jugar y aprender su rol en la vida), al que tenía que hacerle un ritual tipo duelo (como lo indicaron) para lavar y aliviar sus penas (culpas) y resolver el supuesto trauma que conllevaba haber abortado... ese día escupí este escrito. Como necesidad, ética y urgente de escuchas clínicas – terapéuticas anti-patriarcales y sin morales. En este sentido, Percia refiere que “la angustia puede ser señal de la inminencia del desastre existencial o llamado de lucidez, golpe derribador de fetiches” (2009: 9). La angustia, entonces, puede ser aquello que (aun habiendo sido traducida e individualizada como culpa) resiste a ser normada-capturada-interpretada por la moral-normal. Entonces, que la escucha clínica sea otra cosa, por favor. Aquello que habilite su potencia, su devenir, su expresión y no su reafirmación mortífera, silenciosa e individual. Notas 1 La cita fue modificada, la original dice: “(…) He aquí a un Hombre” (Foucault, 1984: 68) Bibliografía · Foucault, M. Historia de la sexualidad II. El uso de los placeres, trad. M. Soler, Buenos Aires, Siglo XXI, 1996. · Nietzsche, F., El ocaso de los ídolos. España, Edimat, 1998. · Nietzsche, F., La génesis de la moral, Buenos Aires, Editorial Tor, 1945. · Percia, Marcelo (2009). La angustia como afección anticapitalista. · Preciado, P., “¿Qué es la contra-sexualidad?” en Manifiesto contrasexual, trad. J. Díaz y C. Meloni, Barcelona, Anagrama, 2002.
- Váyanse a la mierda o derecho a la locura / Fernando Stivala
“El tinglado de demasías se llama normalidades” (Percia) Váyanse a la mierda. ¿Tiene peligros? Sí. Váyanse a la mierda que hay un lugar para volver. Puntos de referencia. Nietzsche en Aurora dice: “Si pese al formidable yugo de la moral de las costumbres bajo el que han vivido todas las sociedades humanas; si durante miles de años antes de nuestra era, e incluso en el transcurso de ésta hasta la actualidad (y téngase en cuenta que vivimos en un pequeño mundo excepcional y, en cierto sentido, en la peor de las zonas), las ideas nuevas y divergentes, y los instintos opuestos han resurgido siempre, ello se ha debido a que se hallaban protegidos por un terrible salvoconducto: casi siempre ha sido la locura la que ha abierto el camino a las nuevas ideas, la que ha roto la barrera de una costumbre o de una superstición venerada.” Váyanse a la mierda. No se pierdan la posibilidad. Esa relación con lo vital. Claro que hay peligros ¡Ayy diosas del irse muy lejos! Vengan a mí, búsquenme, llévenme hacia allá, no tengan miedo, por estos lados nos dicen q si nos alejamos demasiado nos vendrán a buscar. Sigue Nietzsche: “¿Comprendéis por qué ha sido necesaria la ayuda de la locura; esto es, de algo tan terrorífico e indefinible, en la voz y en los gestos, como los demoníacos caprichos de la tempestad y del mar; de algo que fuese a un tiempo digno de miedo y de respeto; de algo que, como las convulsiones y los espumarajos del epiléptico, llevara el sello visible de una manifestación totalmente involuntaria; de algo que pareciera que imprimía al enajenado la marca de una divinidad, de la que él sería la máscara y el portavoz; de algo que infundiese incluso al promotor de la nueva idea veneración y miedo de sí mismo, en lugar de remordimiento y le impulsara a ser el profeta y el mártir de dicha idea? Aunque hoy se nos esté constantemente diciendo que el genio tiene un grado más de locura que de sentido común, los hombres de otros tiempos se acercaban mucho más a la idea de que en la locura hay algo de genio y de sabiduría, algo de divino, como se decía en voz baja. A veces esta idea se expresaba a las claras. «Lo que más beneficios ha deparado a Grecia ha sido la locura», decía Platón, acorde con toda la humanidad antigua. Demos un paso más y veremos que todos los humanos supremos impulsados a romper el yugo de una moral cualquiera y a proclamar nuevas leyes, si no estaban realmente locos, se sintieron forzados a fingirlo o se volvieron verdaderamente tales.” Sí. Váyanse a la mierda. Si se quedan mucho los vamos a ir a buscar. No nos vamos a olvidar. “El desafío consiste en vivir como se piensa; y también vale preguntarse: ¿cómo vivir lo que no se piensa, lo que no se sabe, lo que irrumpe y se impone, lo que arrasa como ansiedad, pánico, violencia?” (Percia) ¿Cómo vivir esas incomodidades con lo extraño, lo loco, lo disímil, lo inaudito, lo desconocido? Continúa Nietzsche: “¿Cómo volverse loco cuando no se está ni se tiene la valentía de aparentarlo? Casi todos los grandes humanos de la civilización antigua se han hecho esta pregunta, y se ha conservado una doctrina secreta, compuesta de artificios y reglas para lograr este fin, a la vez que se mantenía el convencimiento de que semejante intención y semejante ensueño eran algo inocente e incluso santo. Las fórmulas para llegar a ser médico entre los indios americanos, santo entre los cristianos de la Edad Media, anguecoque entre los groenlandeses, paje entre los brasileños, son, en sus preceptos generales, las mismas: ayunos continuos, abstinencia sexual constante, retirarse al desierto o a un monte, o incluso encaramarse a lo alto de una columna, o «vivir junto a un viejo sauce a orillas de un lago», y, sobre todo, el mandato de no pensar más que en lo que pueda provocar el rapto y la perturbación del espíritu.” Váyanse a la mierda No olvidar q la vida es esa atracción peligro. No se van a quedar solos en la isla de los delirios. “La crisis consiste en el hecho de que lo viejo está muriendo y lo nuevo no puede nacer: en este interregno, aparecen diferentes síntomas de enfermedad”. (Gramsci) Y sigue Percia: “Manicomios no terminan de desaparecer y otras formas de estar en común entre demasías liberadas apenas comienzan a vislumbrarse.” Termina Nietzsche: “¿Quién es capaz de fijar los ojos en el infierno de angustias morales —las más amargas e inútiles que se han podido dar— en el que se consumen probablemente los hombres más fecundos de todas las épocas? ¿Quién tendría valor para escuchar los suspiros de los solitarios y de los extraviados?: «¡Concededme, Dios mío, la locura, para que llegue a creer en mí! ¡Mándame delirios y convulsiones, momentos de lucidez y de oscuridad repentinas! ¡Asústame con escalofríos y ardores tales que ningún mortal los haya sentido jamás! ¡Rodéame de estrépitos y de fantasmas! ¡Déjame aullar, gemir y arrastrarme como un animal, si de ese modo puedo llegar a tener fe en mí mismo! La duda me devora. He matado la ley, y ésta me inspira ahora el mismo horror que a los seres vivos un cadáver. Si no consigo situarme por encima de la ley, seré el más réprobo de los réprobos. ¿De dónde viene si no de ti este espíritu nuevo que late en mi interior? ¡Demostradme que os pertenezco, poderes divinos! ¡Sólo la locura me lo puede probar!».” Les pedimos a las diosas del perderse que nos vengan a buscar. A las manías. ¿Hay peligros? Sí. Ese miedo es real. No lo romantizamos, ni lo subestimamos, ni lo negamos. Corremos los riesgos. A la vez, desde las tierras del entendimiento, a veces racional, somos capaces de alojar lo que desborda. Estamos hechos de lo mismo. Y con ese saber de lo que no se sabe, más allá del tinglado-techo de las racionalidades, prometemos ir a buscarles si no vuelven. Con el chorro de las palabras y los silencios. Desconociendo lo conocido, les prometemos alojo. Esa promesa la hacemos hoy. Y también nos las garantizan los pliegues de la historia. Un saber estar ahí más allá de las racionalidades televisadas. ¡Oh diosas de los alojos!, gracias x la confianza. Allí me embarcaré. En los mares embravecidos cerca de urano y dyonisos.
- Sesiones en el naufragio (10) Sobreentendidos / Marcelo Percia
Se suele escuchar en relatos clínicos la expresión “El paciente refiere…”. Sin embargo, las referencias con las que contamos lo que nos pasa burbujean escurridizas. Los términos que aluden a cómo nos sentimos no interesan como convención, sino como vocablos enjabonados. Empatías funcionan como sobreentendidos emocionales. Súbitas inferencias que borran sus huellas. Inmediateces calculadas que se hacen pasar por percepciones directas o consonancias que no necesitan de las palabras. Suposiciones previas (presuposiciones) anteceden a las palabras. En una conversación clínica concurren momentos inferenciales, transferenciales, interferenciales. Sobreentendidos se presentan como paradojas del sentido: pretenden decir algo en forma plena o transparente, a la vez que dicen algo que permanece esquivo o aplazado. El enunciado “A buen entendedor, pocas palabras bastan” se emplea para indicar que alcanza una alusión para entender algo sin entrar en detalles. Paranoias transitan parajes repletos de signos confiscados por alevosías interpretativas. Paranoias sienten amenazas de un mundo insinuado. Habitamos cuerpos sobreentendidos. Musculaturas incrustadas en posturas rigidizadas, osamentas estiradas y contraídas, flujos sanguíneos cronometrados. Hacemos residencia en pieles estampadas con planchas de géneros clasificados que regulan y disciplinan placeres impropios. Compulsivas correspondencias entre estereotipos biológicos y deseos normalizados imponen sobreentendidos que laceran la vida. Dos sobreentendidos exitosos: el sí mismo y el nosotros. Si consideramos eso que llamamos yo como una ficción atormentada, el pronombre de la primera persona del plural (en masculino, femenino o neutro) convendría pensarse como un barquito de papel en una tempestad. Sueños apoyan sus oídos en los sobreentendidos. A veces, tremendos dolores -sentidos de apuro durante el día- se escabullen detrás de los ojos cerrados para hacerse atender. Sobreentendidos se levantan como lápidas vibrátiles, como cicatrices del habla, como signos de lo que se considera muy conocido. Sobreentendidos se imponen como falsos consentimientos. Sobreentendidos se imponen como prerrogativas o convenciones de un poder. Sobreentendidos hacen suponer que lo que se opta por callar se compone de lugares previsibles y desarrollos innecesarios. Implícitos que suelen estar al servicio de cansancios que no tienen ganas de volver a pensar lo ya pensado o de cautelas que prefieren evitar asperezas de un diálogo. Sobreentendidos y malentendidos tienen afinidades: se mueven entre equívocos, ambigüedades, desencuentros. Se podría considerar al sobreentendido como un malentendido exitoso. Malentendido que pudo burlar el detector de lo inconmensurable. Sobreentendidos y malentendidos suelen pensarse como distorsiones: como males que se terminarían con comunicaciones codificadas. A veces, en un análisis para abreviar se evitan detalles. Se dan por sabidas pequeñeces o nimiedades. Se escucha en una sesión: “No creo que sirva volver a contar lo de siempre…”. “Y… no voy a hablar del contexto, porque eso ya lo sabemos…”. “Con todo lo que está pasando…no voy a detenerme en cuestiones insignificantes”. “Bueno, esto ya lo hablamos…”. “Me cansa escucharme repetir lo mismo…”. Sobreentendidos chirrían como cerrojos en una conversación. Persuaden de que no hace falta volver a abrir un cajón en el que ya se buscó miles de veces. Se especializan en pasar por alto, inhibir preguntas o colmar lo no sabido dando por sentado lugares comunes. A veces, se escudan en pudores o disimulan omisiones deliberadas. Sobreentendidos pueden actuar como tapas de ollas que maceran presiones. Perspicacias clínicas están atentas al momento en que pueden desestabilizar un sobreentendido con la inocencia de una pregunta oportuna. Perspicacias no como agudezas o penetraciones, sino como prácticas de deshabituación. Labores clínicas practican la remoción de lo tácito. Demoras no solo hurgan en los detalles, dan tiempo a lo silenciado para que se haga escuchar en el silencio.
- Escrituras / Vicente Zito Lema
“La ira es la hermana de la tristeza” Tristezas de estos tiempos desnudos en su pobreza que muele los grandes sueños que ayer mismo sobre esta tierra hubo (queda el rescoldo…) Ya no sabemos escribir sonetos de amor… Tampoco escuchamos las músicas del silencio… En las flores vemos pálidas gigantes coronas… y más que pasión de ira nos mueve la urgente necesidad de una voz de piedad que nos reciba… ¿En qué escondrijo de nuestras almas se oculta aún viva la poesía? Agosto de 2021
- Esbozos de una micropolítica del lazo / Silvia Duschatzky
Esto es una escuela, esto no es una escuela, se me perdió la función, ¿vamos al rescate? … Cómo estar en el tiempo de las cosas, en el tiempo de las que tal vez (si una percepción que menos supone “ve” posibles que navegan entre luces y sombras). Habrá que ya no darle la espalda a la tierra, a sus vibraciones. Inclinarnos hacia el cielo sólo para pensar cómo caminar en el pantano descubriendo los vericuetos por donde hacer otros mundos. Lo que sigue se pensó a partir de un escrito que una maestra chilena comparte. El que lea estas notas verá que las ideas que dispara no hace “caso” a la anécdota sino a sus resonancias y entonces valdrá para pensar zona chilena como cualquier otra circunstancia en la que los pasos ya perciben que caminan en tierras movedizas. 1- Profes relatando, en una especie de secuencia de fotogramas, episodios en los que transcurre el intercambio con los pibxs, o con alguna madre, o con el que azarosamente se cruza en el camino, ahora en tiempo de pandemia. 2- Ellxs están “ahí” escuchando el relato de las chapas de una casa volándose por efecto de la marejada, el de lxs pibxs que dan testimonio del trabajo de reconstrucción de su vivienda , el de chicxs que duermen hasta tarde para pasar de largo una de las comidas, el de los que tienen conexión y los que no…el de pedidos de niñxs dirigiéndose a su maestra llamándola “tía” (vocablo que suena a una atmósfera afectiva más que a un signo referencial). Ellas - docentes devenidas tías, las que ya no cargan con atributos, al estilo del hombre que en la novela de Musil decide perderlos - también relatan su estado de shock cuando la muerte real se impone a la vista diaria durante días aciagos. Ellas que cruzan la calle para evitar, más que la mirada aterrorizada, la excesiva cercanía con aquello que necesitamos mantener en la sombra, o en estado adormecido, para no negarlo, para no desritualizarlo, para que no le gane a las ganas mientras late el corazón. Maestrxs, tías, mezclando, en una escritura emparentada al diario, lo que escuchan de sí mismas y de lxs pibxs, cuya condición también parece emular al personaje sin atributos de Musil. Más pibxs que alumnxs, aun recordando que habría alguna tarea escolar que realizar. 3- Lo que sucede no solo prescinde del espacio físico, no solo derriba el tiempo como apuesta a un futuro ilusorio, no solo hace tambalear las jerarquías en la proximidad de vivencias acontecidas por un tembladeral que no distingue frontera alguna, no solo difumina la semblanza de una igualación entre lxs alumnxs cuando participan de un aula - sentados unxs junto a otrxs, poblando el mismo espacio, exponiendo rechazos interrupciones intempestivas, risas, lenguas no escolarizadas, eventualmente atención, en ocasiones con el mismo guardapolvo, destinatarixs de un mismo discurso - sino que viene a exponer el carácter de velo que porta toda institución. Nada hasta el 2019 parecía amenazar un plafón perceptivo apoyado en la imagen visual, las impresiones olfativas y el roce de los cuerpos. 4- En la escuela contamos con artificios que, aunque infructuosamente en los últimos tiempos, nos hacen creer que podemos mantener a raya la caotización ambiente. La escuela es por el montaje de sus escenas (aula, actos patrios, capacitación, reuniones, planilleo físico, sala de profesores, recreos, personajes distinguibles). Habría cierta eficacia - claramente no simbólica, no se realiza lo que se enuncia - que en su reiteración ritual (aunque agrietada) desplegada en su escenario físico hace consistir - tal vez de modo espectral - una subjetividad, sobre todo en lo que respecta a los agentes educativos. Podríamos sintetizarlo así: soy maestrx, me lo confirma no solo el título acreditado sino el espacio codificado al que acudo, el aula que piso diariamente, esos cuerpos ahí (no necesariamente a la espera pero ahí, aún como mascarada). El sonido del timbre, la sala de profesores, etc., etc. Lo confirma más la especificidad espacial que abona un imaginario aún consistente, que los atributos particulares derivados de la función de cada ámbito. 5- Hoy, pandemia. ¿Qué recogemos? No hay aglutinamiento en un espacio físico que centraliza la labor, pero sí enlaces que suceden en el éter o en territorio. Las estériles planificaciones (dada por el concepto mismo de plan) son avasalladas por los episodios intempestivos y repentinos que, si siempre acontecieron, hoy se viven de manera arrasadora. No habría línea de tiempo a seguir, reforzada mediante ritos (ya vaciados), ni retóricas de un futuro a alcanzar, pero sí tiempo de hacerse y rehacerse. Tiempo real, tiempo en el que devienen diferencias en el pasaje de una casa desbarrancada a otra puesta en pie mediante fuerzas en colaboración, diferencias entre la desprotección y la construcción colectiva de alguna guarida en la que ampararse juntxs. No habría soliloquio escolarizante, emisores de saberes previamente sancionados, ni un énfasis en interpretaciones que acentúan lo que ven como déficit y sí la emergencia de relatos en los que prevalece la resonancia de los choques involuntarios y la diseminación de fronteras que distinguían esferas domésticas de aquellas destinadas al trabajo, tiempos de intimidad de otrxs públicos. Lo banal, lo cotidiano, los ánimos, la materialidad cruda de las vidas tiene lugar como balbuceos desconcertantes y al mismo tiempo ineludibles. Balbuceos nacidos de una mezcla en la que no cabe oponer las históricas divisiones producidas en lógica institucional; doxa y episteme, culto y popular, vida callejera y vida escolar, inmediatez y proyección. Y un plus. Ya no son lxs pibxs y las familias las que solo exponen vidas rotas o estados anímicos complejos, ahora también lxs maestrxs, de modo más solapado o más expuesto, comparten un suelo pantanoso que atraviesa cuerpo y alma. 6- La tan mentada “continuidad pedagógica” provocó un cráter en el ya desvencijado imaginario educativo. Digna de la mejor película de ciencia ficción el aula “se fue a negro” y las voces se mutean. Un simple clik en poder de lxs alumnxs borró la escena escolar o mejor todo indicio de escena. Algo pide ser pensado en interlocución. 7- La escuela como sujeto con atributos está en decadencia. Sin embargo, como nodo, como circunstancia que enlaza, como cita a la que acudir, como materialidad en la que conectar con alguien disponible a alojar, como complicidades y tensiones devenidas del cuerpo a cuerpo, como juego que bucea en filtraciones convocantes, aún en el negro dela pantalla…parece no desfallecer. Probablemente no es tiempo de envolverla con nuevos relatos, ni de adjudicarle innovadoras funciones pero acaso sí de preguntarnos si no habría en esos frágiles enlaces un germen de una micropolítica del lazo. La micropolítica del lazo no tiene referente ni meta, todo se cuece, se gesta, se despliega, se diferencia, se multiplica, se bifurca en el acto mismo de explorar lo común en la experiencia de ser afectados. 8- Como sugiere la escritura de Musil en El hombre sin atributos, se trata de un presente sin dirección (que no obstante admite bifurcaciones en su carácter abierto), un presente que está ahí, en sus capas más palpables y en la opacidad de sus sutilezas, con su tono enigmático y su cualidad de hervidero. Un presente multiforme sin centro que lo aglutine y en condiciones de tramar en-redados, “…la única palabra bella es menor, de allí que el ojo se ensañe con ella” (Beckett) Agosto 2021- Pandemia
- Post Guardia XXXII / Débora Chevnik
Imposible despertarla. Tan imposible como la vigilia. Duerme en la cama de al lado de la de su hijo. Horas pasaron. Y seguía durmiendo. La noche anterior nadie supo de ella. Horas. Horas. Horas de dormir. Como quien consigue al fin algún calzado en medio de la arena ardiente. El nene juega con legos. Hace un arma enorme. Cuando intentamos despertar a su mama (porque, claro, es un hospital y hace falta evaluar, decidir, resolver), nos hunde la espada en la panza. Yo me morí. Gran pausa antes que ir a romper una frágil vitalidad soñante; quizá la última guarida.
- Breve historia de la micropolítica / José Luis Pardo
Aunque seguramente no fue el primero en utilizar esta expresión, la consagración del término "micropolítica" como consigna y emblema de la revolución de Mayo del 68 se debe a Pierre-Félix Guattari: en su doble condición de psicoanalista y de militante de izquierda involucrado en aquel movimiento, estaba en condiciones inmejorables para captar lo específicamente nuevo del saldo político de la revuelta parisiense. Esta novedad puede describirse como una redefinición del terreno de juego mediante la cual ingresaban en la arena de lo político toda una serie de ámbitos (las relaciones sexuales, familiares, laborales, institucionales, clínicas o escolares) que hasta ese día habían quedado excluidas de ella por su presunta pertenencia a la esfera privada. En la década siguiente, esta aguda percepción de Guattari recibiría una triple confirmación teórica y práctica. En primer lugar, las obras de Michel Foucault Vigilar y castigar y La voluntad de saber elevaron aquella intuición hasta el umbral de la positividad histórica al poner de relieve la constitución, en las sociedades industriales, de toda una serie de microrredes de poder y disciplina que infectaban a la democracia avanzada y que inyectaban un régimen político miniaturizado, hasta entonces invisible, en los confines más íntimos del individuo socialmente forjado. Guattari se asoció con otro de los grandes pensadores de la segunda mitad del XX, Gilles Deleuze, para escribir una obra monumental (los dos volúmenes de Capitalismo y esquizofrenia) que canonizaba filosóficamente la micropolítica y esbozaba el programa de una inminente revolución molecular. Finalmente, los movimientos feministas de la época, que llevaban décadas teorizando el carácter de relaciones de dominación de los vínculos supuestamente "privados" entre varones y mujeres, encontraron en el nuevo descubrimiento un apoyo para su convicción de que lo personal es político. Los mismos Deleuze y Foucault figuraron entre los garantes intelectuales de una gran corriente con vocación de multiplicar sus frentes: persuadidos de que la "macropolítica" (la de los parlamentos, los gobiernos, los tribunales y la prensa) carecía de poder real de transformación social, los nuevos militantes optaron por intervenciones "micropolíticas" en las prisiones, en los manicomios, en los hospitales, en las escuelas y en las familias, intervenciones que habían de subvertir en sentido progresista esas instituciones, sin respetar fronteras nacionales. Debido a su radicalidad, estos movimientos llegaron rápidamente a un impasse: como les horrorizaba ser "recuperados" por los mecanismos "revisionistas" de las democracias de masas, no podían presentar programas ni alternativas, y tenían que asegurarse de que sus reivindicaciones no pudieran ser negociadas por ningún gobierno, incorporadas por ningún partido, admitidas por ningún tribunal ni toleradas por ninguna opinión pública. Este fundamentalismo comportó la disolución de aquellos colectivos o, en los casos más lamentables, su complicidad intelectual con la violencia antidemocrática. Pero, bajo esta apariencia de fracaso (¿quién podía imaginar entonces que el fundamentalismo tenía un gran futuro ante sí?) se oculta un éxito posterior, aunque seguramente de signo muy distinto al que imaginaban sus patrocinadores filosóficos. La revolución del 68 terminó a su pesar siendo "cultural" y originando una nueva constelación intelectual: la izquierda universitaria posmarxista, que compensó la escasez de sus éxitos prácticos con la magnitud de su producción teórica. Desde un primer momento, esta nueva izquierda optó por un modelo de pensamiento aristocrático-estético que, apoyado como estaba en las figuras de Nietzsche y Bataille, compartía con las vanguardias artísticas su capacidad de "escandalizar al burgués" (y al proletario integrado en el "Estado del bienestar") por su absoluta aversión hacia la ética y el derecho. Tal connivencia propició el lento tránsito de los vocabularios técnicos de Deleuze y Guattari (las "máquinas deseantes" o el "nomadismo"), de Foucault (la "microfísica del poder" y la "estética de la existencia"), de Lyotard (los "dispositivos pulsionales" y la "condición posmoderna") o de Derrida al territorio de unas artes que aún se querían subversivas pero que habían sido abandonadas por los "grandes relatos" críticos que antaño sostuvieron su impulso renovador. Sin embargo, sólo tras su colonización del mundo académico estadounidense, en los años ochenta, la micropolítica empezó a nutrir mayoritariamente el discurso teórico de muchos artistas visuales contemporáneos y de sus críticos especializados. El motivo es que, en esa migración transatlántica, la revolución molecular acabó por encontrar una coartada ética, que es la que hoy la legitima socialmente y la etiqueta como "progresista" y democrática, también en el catálogo que acompaña a la muestra que ahora se clausura en el Espai d'Art Contemporani de Castelló (EACC) y que presenta un largo recorrido histórico por el arte contemporáneo acertadamente compilado. Se trata -nadie podría haberlo previsto en 1968- de la doctrina de lo políticamente correcto y del advenimiento de las llamadas políticas de la identidad, que se han convertido a ojos vistas en la ideología de recambio para una izquierda que se quedó huérfana en Bad Godsberg. ¿Quién iba a decirles a aquellos jóvenes alborotadores de Mayo del 68 que, tras un discreto periodo de reclusión universitaria, acabarían imponiéndose en los burós políticos y que su reclamación de lo imposible sería finalmente atendida? Porque una cosa es segura: el argumento es clásico en su apariencia (alude a la justicia social que merecen los menos favorecidos, a la reparación de los daños causados a minorías marginadas, etcétera), pero la situación a la que se aplica es radicalmente no-clásica: este reconocimiento ya no tiene como horizonte la emancipación de los individuos mediante su elevación al plano público de la ciudadanía, sino su repliegue hacia lo que de más incivil hay en ellos (sus servidumbres biológicas, étnicas, lingüísticas, genéricas o culturales), que es precisamente su identidad; y estas identidades que demandan reconocimiento chocan a veces frontalmente con los principios de la democracia. Más que una prolongación del Estado del bienestar, parece que esta micropolítica estética de la diversidad señala el nacimiento de un nuevo Estado del malestar. Pero quizá haya que ser realista e irse acostumbrando a lo imposible: que por estar la política denodadamente ocupada en lo "micro" y en lo privado, lo público se ha convertido en cosa personal y más bien minoritaria. Fuente: Babelia. El País. Viernes 5 de septiembre de 2003.
- A Primo Levi, nacido el 31 de julio de 1919 / Alejandro Kaufman
- pues el judío, tú sabes, qué tiene él que le pertenezca realmente, que no sea prestado, tomado prestado y no devuelto. Paul Celan O vi si sfaccia la casa, / La malattia vi impedisca, / I vostri nati torcano il viso da voi. Primo Levi Somos famosos porque ustedes son nuestros enemigos. (…) El mundo está interesado en ustedes, no en nosotros. No tengo ninguna ilusión. Mahmoud Darwish ¿Qué efectos ejerce sobre el sentido la proliferación masiva de producción de sentido? ¿Qué consecuencias tiene sobre las memorias, las conmemoraciones y las conversaciones en general que la disponibilidad pública de discurso se haya vuelto incontable? Lo multitudinario atraviesa como variable independiente la difícil homología entre exterminio y vida en común. El primero clandestino, ignorado y negado por su contemporaneidad, luego objeto de testimonio; después también de negacionismo y banalización. La vida en común enfrentada con nociones del límite y de lo ilimitado, de la demasía civilizatoria sobre las propias condiciones de la existencia, una existencia autofágica, pulsiones tanáticas que confirman cada vez el hito del unicum solo para replicarlo de mil maneras que parecen inspiradas en aquello. Sobre el testimonio de Primo Levi, en efecto, se ha escrito, hablado y comentado de manera innumerable, sin que ello nos conduzca a la conclusión de que “todo ha sido dicho, qué más se puede decir”, no tanto porque algo más se pueda decir, o porque no sea mejor el silencio, sino porque tantas palabras no han sido sin consecuencias. ¿Cuánto podemos comentar, interpretar, extrapolar, enseñar, explicar sobre lo intransferible e intraducible del testimonio? ¿Cuánto -y hasta cuándo- podemos habitar la extenuación a que se somete a la escritura de Primo Levi? ¿Cuánto no tiene de abusivo, vano, denegatorio hacer otra cosa que leerlo y atender a lo que Primo Levi nos solicita? Porque si el título de su libro principal se manifiesta en condicional, Si esto es un hombre, en el epígrafe que precede al texto, el condicional despliega una de sus consecuencias. No es un condicional logicista sino ético, un llamado, la concertación de una obligación. Primo Levi llama con su testimonio a quien quiera que lo escuche a comprometerse con la memoria, a grabarla, a considerar el condicional como acto de memoria. El acto de memoria que Levi solicita no es el registro de los sucesos evocados sino la consideración sobre la ruptura del sentido que contienen, y su contrastación con el supuesto de que la vida en común prosigue su curso, no obstante lo acontecido y sus consecuencias inenarrables. El condicional del título no es su parecer, ni aun su sola referencia sobre lo que tiene para decir sino una solicitud: considerate se questo è un uomo. Solicitud que se requiere omnipresente en la vida cotidiana, en la vida en común, no porque se la pretenda introducir como desde afuera sino porque está ahí, y no lo sabremos, pretenderemos no saberlo si no escuchamos su grito. Y no carece de violencia tal pedido intempestivo porque si así no se hiciera, lo que se solicita, dice Primo Levi, seremos responsables. No nos creamos prescindentes de lo que sucedió y sigue sucediendo con su irrevocable secuela de horror, cernido sobre nuestro tiempo como una maldición. Nos falta todavía mucho trabajo en común para inteligir que las sentencias de exterminio no se detienen. En ello reside más que en ninguna otra cosa su carácter de crimen contra la especie. Son impersonales. Configuran una identidad a ser eliminada, pero no hay tales identidades que puedan culparse, como seguramente concordaremos, pero en consecuencia tampoco absolverse. Fue Kafka quien anticipó en todos sus detalles éticos lo que iba a suceder: no importa el nombre propio, la culpa es una premisa y el castigo su consecuencia irreparable. No hay absolución. Es la magnitud del problema, no una descripción pesimista. Es lo que nos resistimos a reconocer porque no sabemos qué hacer con ello. En cambio, en la entrelínea de los discursos circulantes se adivina una premisa sobre lo sucedido: pasó, dejó de ocurrir, no volverá a ocurrir, nada de lo que ahora sucede tiene que ver con aquello. Este es uno de los términos. El otro es antagonista especular, todo aquello es como si estuviera sucediendo y lo que ahora acontece responde directamente a aquello. Si de uno de los polos se desprende un ineluctable y final negacionismo, del otro, una insensibilidad, una ceguera frente a nuevas injusticias en tiempos en que suponemos o deseamos que las podamos articular de modo inteligible y encontrar amparo. O habría que suponer si no, que ningún cambio posterior a 1945 fue suficiente para establecer una discontinuidad con el horror. El poema epígrafe de Primo Levi es elocuente al respecto porque describe la vida en común tal como tiene lugar o como entendemos deseable cuando circunstancias de injusticia o calamidades nos privan de ella. “Consideren si esto es un hombre” podría ser no obstante el propósito, y lo es, de la infinita hermenéutica prodigada bajo su invocación. Lo es, pero también verificamos en buena parte de las crecientes bibliotecas engendradas por nuestras industrias de producción de sentido, unas exegesis del olvido, unos juegos que colocan capas sobre capas de palabras que sepultan más bien el testimonio antes que encarnarlo, que lo vuelven un eco indistinguible y un objeto mucho más cercano a la desvitalización caminante, zombi, que Levi describe y denuncia, que a la consideración que nos solicita. No pretende esta observación atribuir más responsabilidades que las infructuosas a que nos encomendamos en este mundo trazado por designios algorítmicos tan homólogos a las consabidas contabilidades de las fábricas de la muerte. Solo se trataría, no obstante, de despejar el campo conversacional de tantas hostilidades crecientes, de tanto belicismo y de tanta propaganda, de tanto odio y prejuicio por doquier. ¿Deben las memorias y las defensas de los derechos humanos proveer y proveerse de disputas de prestigio? ¿No nos alerta sobre una profunda descomposición cuando en su nombre se proceden maneras ostensiblemente contradictorias con lo que se proclama? ¿Puede el deber de memoria al que nos llama Primo Levi dirimirse como disputa con iguales métodos con que proceden el mercado, la industria, las finanzas? ¿Pueden memoria y derechos humanos devenir crematística? ¿Puede devenir el comentario en inmersión forense en detalles, en minucia exegética, en competencia académica? Sin eximir a lo realmente existente de su ineluctabilidad, digamos que en alguna parte, en algún momento, necesitamos detenernos, escuchar, guardar silencio. Rehusarnos a que la corriente nos arrastre sin más. Es una intención promovida por la conmemoración. Concentrarnos cada vez en escuchar el testimonio en sus propios términos de verdad, sin subordinarlo a sesgos hermenéuticos, aun cuando no habremos de prescindir de la hermenéutica como método privilegiado de una conversación conducente a la esperanza de una verdad. Atención entonces a lo que nos indique habernos desviado en direcciones que nos conduzcan a la opacidad, lo hostil, la crispación entrampada en palabras vanas. Así sucede con los principales hallazgos de Primo Levi, sus reflexiones que inspiraron grandes intelecciones teóricas y conceptuales. La condición vital desvitalizada, la emaciación despojada de aliento, resignada de hecho en su abyección a la muerte, fue una de ellas. La condición de abyección impensable que Levi relata no es nueva en su carácter deviniente, pero sí lo son los designios que la producían. Tal condición recibió varios nombres en las jergas de los Lager (habladas en reciente arribo y espera de la muerte), aunque Levi utilizó aquel al que asistió, y que lleva el nombre de una fe religiosa que omitiremos pronunciar aquí, porque lo que aquí se trata de decir es cómo el uso de esa expresión, analizable, susceptible de estudio como cualquier otra cuestión, ha sido objeto de un uso abusivo, ofensivo, hiriente y prejuicios para quienes alude. El abuso hermenéutico no se priva de especulaciones interminables sobre una palabra que, insisto, es analizable en su genealogía y dentro de sus límites, discretos en relación con la proliferación infinita a que se la somete. En italiano, Levi la consigna diez veces en total en su trilogía de Auschwitz y cinco en su equivalente alemán. No hace una investigación científica sobre la palabra, solo da testimonio de ella, de lo que ella designa en el Lager, que es lo que tiene inmenso valor cognitivo y así fue considerado por incontables lecturas e interpretaciones. Tales intelecciones no tienen un mero interés historiográfico sino que adquieren significación por la potencia crítica que inspiran en cómo pensamos nuestra actualidad moderna en todas sus variantes del presente, pasadas e inminentes. Qué se hizo de lo humano en los Lager, qué existencias se forjaron de manera industrial y con procedimientos sistemáticos nos congela el alma frente al mundo que vivimos, desde el feedlot hasta los regímenes escolares o las terapias intensivas. No son comparaciones, no son analogías ni son metáforas. Acerca de qué son reside la dificultad sustancial e irresuelta. Aquello que describe y de lo que da testimonio Primo Levi es narrado en su inmanencia. Apreciar lo sucedido para desenvolver la escritura contiene todo lo analógico y comparatista que es inherente al lenguaje como tal, pero no es cómo Levi nos hace saber lo que nos quiere decir. En el sentido común se despliegan modos banales, burdos de cotejar identificaciones, experiencias, eventos. Tal cosa es como tal otra. Y tal otra no requiere a su vez definirse o explicarse porque se da por sentado. El unicum no es una exclusividad, ni por tal razón habrá de otorgar prestigio. No se puede pensar algo más ajeno a Primo Levi que la noción del prestigio por haber sufrido, por haber sido víctima. La atribución de privilegios al protagonismo por padecimientos es una aberración digna de los Lager antes que un evento que se nos antoje asimilable a la vida en común. La otra noción aun más difícil a la que rendir tributo como testimonio ofrecido por Primo Levi es la de la zona gris. Noción devenida etnografía trivial, sociologismo descriptivo. En lugar de todo ello nos exige, demanda, solicita el mismo compromiso con la consideración de si esto es un hombre. Hay que decir aquí que todo lo deplorable que parece ser el haberse diseminado una versión degradada del testimonio no es más que inferencia de lo que el testimonio da cuenta. Zona gris es la que habitamos entre el suceso y nuestro incierto futuro forjado por nuestra especie, otra de las palabras motivo de los testimonios del horror. Y todo esto cuando ya hay habilitadas grandes superficies disponibles para el estacionamiento de nuestro habitar un mundo infernal, apocalíptico, Antropoceno. La acción destructora de la especie como corolario último del horror es nuestro signo de época. Digamos entonces que transitamos al menos dos dimensiones heterogéneas y desencontradas de lo que el testimonio inspira como deber de memoria. Uno concierne a la especie, a aquello que en los Lager fue descreación tanática. El otro concierne a vidas específicas, identidades, territorios, a conflictos cuyo suceder procede de lo que hizo posible la existencia de los Lager y fue su consecuencia directa sin que ello sea reconocido. Es más frecuente e instalado sumergirnos en océanos de culpas y hostilidades, denegaciones y mentiras, odios y pretextos. Los Lager dejaron una herencia maldita entre hostilidades heterogéneas que parecen inconciliables, hostilidades que recurren en forma constante a comparaciones injuriosas solo atribuibles a prejuicios inviables, incompatibilidades plagadas de insinceridad, ausencia de deseo de verdad, y negativa a la asunción de lo conflictivo en sus términos genuinos. El llamado de la memoria y el testimonio es un llamado a la paz y a la convivencia, al nunca más. No puede servir para disputas, ni para privilegios, ni para nuevos horrores, ni para justificaciones, no puede servir para consolidar poder alguno que se auto perciba en su legitimación excluyente. Lejos como estamos de todo ello, más bien habitamos un retroceso generalizado. Solo al invocar el deber de memoria puede la conmemoración hallar su destino. Publicado en Revista Haroldo La revista del Conti https://revistaharoldo.com.ar/nota.php?id=633
- Naufragamos GruposDos / Fernando Stivala
Orilla, orilla desde la que te veo venir. ¿Se habrá venido venir este naufragio, esta llegada, esta orilla? Mejor algo que pájaros volando. Materializar lo que pensamos, lo que nos piensa. ¡Que tarea! todo un ejercicio, un trabajo, un hacer, la definición de ética. ¿La moral? Lo que ya está hecho. Hay otro conocimiento posible, también. Claro que está el hegemónico, no se queden comparándolos. También existe otro conocimiento. ¿Cómo lo saben? Las guías entre intuitivas y de interés, pulsión de conocimiento, pasión y lenguaje, dos expresividades de lo mismo. Aprender a aprender. Una nota va y viene. Deja el placer o el dolor momentáneo, muy supeditado al momento. El termómetro, recuperar algo de el termómetro, si es sentido, si lo comprobaron con sus cuerpos, creemos, intuimos, que son herramientas más a largo plazo. Cambiar lo personal, y cambiar el mundo. Son dos posibles entradas de lo mismo. Si recuperamos algo del termómetro, ponemos en jaque al poder. El poder lo pueden representar personas pero están anclados en dispositivos. El dispositivo no se cambia a voluntad, sino metiéndose molecularmente en los asuntos donde opera. Puede operar a control remoto, teniendo en su poder los registros sensibles de la cultura. Recuperar eso (aunque parezca solamente personal) es el problema de los grupos, de la política, de los cambios culturales y de dispositivos. Ya no se distingue el trabajo personal del trabajo colectivo. Sabemos que el problema del conocimiento a base de nota es muy adictivo como para ocuparse de los registros sensibles. Mejor dejarlo en manos de otros. Sabemos que el patriarcado es adictivo, sabemos que tener padres es adictivo, sabemos de que ley, pensamiento escolar, dirigentes, orden, líderes, jefes, familias, Estado, o cualquier escritorio construido a base de yo y pertenencia caen en la adicción de la guía, la receta, el diagnostico, el Saber. El control es adictivo, embriaguez de cercanía. Necesitamos de la distancia de la incertidumbre. Sabemos que es adictivo dejarnos en manos de otros, por eso proponemos una materia abstinente de notas. Recuerden que nos pasa porque somos antenas moduladoras de signos de una cultura. El borde del movimiento entre lo establecido y lo diferenciante se juega en nuestros cuerpos con sus signos. Se confunden por personales porque no les queda otra que pasar por nuestra antena, pero son vibras de lo mucho. Demasías. Si nos animamos a no silenciarlos, algo pasa. Si los negamos algo se estanca. Si solo los dejamos fluir como relato de una historia personal, pasan muy pocos matices. Crítica-creación Delirar-derivar. Genealogía no es árbol. No se trata de saber lo que somos, sino más bien la pregunta por lo qué somos y no somos cuando no estamos colonizados por las hablas del capital, del patriarcado, de las normalidades, del sentido común, de la moral de época. Eso se resuelve por la vía de la creación y no por la vía de la obediencia o repetición. No nos sirve la dicotomía deseo/obligatoriedad, como ninguna otra dicotomía. Pero sabemos que como están dadas, la obligatoriedad es contagiosa y adictiva; se olvida del deseo, lo naturaliza, se lo deja del lado del ocio. Ya que estábamos obligados a vernos, convoquemos al conatus. Ojalá algo de eso hayamos contagiado. Afirmar el azar. No es conformarse, no es resignarse. Es no ejercitar el musculo quejoso con lo que viene. Sí, la queja es un musculo. Como otras fuerzas reactivas. Quizás en el porvenir, no impere en la imagen de pensamiento la fuerza como potencia máxima, sino una común debilidad. Afirmar el azar permite dar el próximo movimiento. En el juego que es la vida, quejarse o negar o responsabilizar lo que viene es de un mal jugador. Un buen jugador es quien desde lo que viene, mientras se afirma, va moviendo. Un tronco en la corriente. Un punto de referencia en el universo. O como escribe William Blake: “ver el mundo en un grano de arena, Y el cielo en una flor silvestre, Contener el infinito en la palma de tu mano, Una eternidad en una hora” Si seguimos la línea de pintar las fuerzas, escribir los movimientos, materializar la transformación, y lo hacemos con el diploma que están construyendo, hagamos el ejercicio. ¿Qué va a decir el titulo? Va a decir algo así como: se certifica que tal persona se recibe de licenciada en: tener una memoria gigante, aprender muy bien a volver a decir los enunciados creados por otros, decir tal cual lo que ya dijeron algunes, en repetir enunciados muy bien argumentados pero con poca resonancia en el campo sensible, en los cuerpos concretos. No está mal, pero necesitamos que también diga: la licenciada tal se recibe en: haber utilizado el pensamiento y moverlo para elaborar nuevas cosas, para darle vida a la psicología y a la mente que no son nunca campos cerrados, para poder hacer uso de teorías de manera creativa, para imaginar otros mundos posibles. Se recibe por: curiosear en el pensamiento, por animarse a ir mas allá aunque no se sepa como, por no quedar tomada por los reconocimientos y castigos de la academia, por no quedar embelesada por el reconocimiento de una clínica efectivista que se reconoce por sus logros. Por propiciar una clínica que sabe que no puede definir ya que la mente es versátil, ya que existen las pasiones, las demasías. Y por saber esto, igual investiga y se mira de frente con lo desconocido o el mal llamado No saber. . Misma corriente, mismos problemas. No tiene sentido discutir desde acá en la soledad de una materia la psicopatologización de la vida cotidiana. Hay un riesgo más adictivo que cualquier otro: el de diagnosticar. Ojo que los convenzan, con armas viles, que hay una binarización estructural de las vidas. Ellos o nosotros, carne de cañón para cualquier diferenciación, para cualquier grieta, para cualquier desprecio. El pasado ya mostró que lo máximo de esa división de grupos se llamó genocidios de razas. En grupos podemos enseñar eso. El riesgo adictivo de formar parte, de la pertenencia. Formamos parte de los diagnosticadores; entonces ustedes, los enfermos. Acá los de guardapolvo blanco. ¿Este mundo más binarizado vamos a construir? ¿Así vamos a atender rarezas, locuras, extrañezas, inconmensurables, demasías, contagios, franknesteins, pulsiones, inentendibles, múltiples, ambigüedades? Salgamos de este par, denunciemos este escritorio, Interrumpámoslos. Inventemos la clínica. Clínica itinerante, insurgente, desprendida del imperio de cura. Espacios de tránsito. Recuperemos los espacios, públicos, individuales, colectivos, políticos, íntimos. Es en movimiento, no la construcción de lugares fijos. Lugares por los que se pueda pasar. Lo personal es político, frase de Janisch, que nos llevó por la idea de mayorías, luchas, chivo emisario, y tantos cruces entre los ex llamados sujetos y objetos, entre las ex llamados exterior/interioridad, entre los ex llamados yo/nosotros. ¿Vamos a atender lo múltiple con un binarismo? ¿Vamos a no estar a la altura del cuerpo modulador, y vamos a atender como si fuésemos tartas con moldes? ´No señor, ordénese o nada. Mejórese sí o sí y como yo le digo. No señora, sino la interno, o la medico. No la entiendo. Usted no encaja, no entra en el código. Encaje a la fuerza, adáptese, vuélvase normal. Inclúyase. Trabaje lo más que pueda. Si usted no puede más, haga como que no, exprima al máximo sus potenciales, y regáleselo a trabajar para vivir y vivir para trabajar. Use el tiempo exprimiéndolo, si está cansado, espere al final del día, solo ahí sentirá alguna recompensa. Acostúmbrese a querer irse de donde está. Tenga una relación duradera pero no se ocupe del deseo, si no prospera, siéntase mal. Trate de adaptar su vida a la película del yo más vista y narrada por la cultura: alégrese por acá, entristezca por allá, emociónese aquí, guste de estas cosas, tenga estos logros, y sus dolores manténgalos dentro de un parámetro de duelos normales. Consuma pero no mucho, ria pero hasta ahí, llore de vez en cuando. Sea empático un poquito.´ Inclusión. Desmanicomialización. Integración. Desmentida cultural. No se niega lo percibido, hace que lo percibido dude de sí mismo hasta sentirse culpable de su mirada. Hasta dudar de la confiabilidad de quienes denuncian el horror en sus cuerpos antenas. Se sigue reponiendo el binarismo: psicopatologización o inserción. Necesitamos una clínica inventora de lo mucho. Dadora de tiempo. Del estar ahí. Del dar el estar ahí. Amorosa transfusión de ánimo. El encanto, ni el miedo ni la amenaza ni la autoridad ni el protocolo ni la estructura alcanzan para un acto clínico. La fuerza del encanto. Misma corriente, una única pulsión, perseverar en el ser, conatus, tendencia a, movimiento. Misma corriente, la de los curioseantes de las psiquis. Políticas de la amistad. Islotes respirables desde donde tomar impulso. La hoja en blanco, todos los clichés binarios que se nos aparecen ante cada situación. Ese problema a enfrentar cada vez, está en el inicio, esa imposibilidad primera. Para no pasar por esa frustración nos volvemos adictos al Saber guía. Ante la primer imposibilidad, nos quedamos igual, la manchamos, la saturamos de lo que viene. Forzar la catástrofe es desarmar el cuadro de coordenadas de lo que pensamos y sentimos tal como viene dado. Otra vez darse al tiempo, algo que no sea pedido por la gestión. Si hay algo que grupos dos tiene para aportarle a la política de gestión es esto. Esa relación con la llamada frustración, error, que no pase nada, no productividad. Una acción no neoliberal. Darse al tiempo más allá de exprimirlo como valor de mercancía. La política de gestión no nos ofrece la posibilidad de analizar esos momentos de impotencia como fundamentales. Levantar la cabeza, esperar, no concluir, tartamudear, balbucear, rumiar. Silencios. ¿Cómo es que una sensación nueva puede ocurrir? ¿Cómo se escapa a una normalización profunda de los sentimientos y sensaciones? ¿Qué en el cuerpo permite crear sensaciones? Fuerzas invisibles. Detectives de esos signos deformantes de la forma. Nos interesa ese signo por su movimiento transformador. Ese signo es la pista sin finalidad, o una finalidad que no cierra, que no paraliza. Signo que nos muestra la parte blanda, fluida, contagiosa, disponible de los cuerpos que también contienen durezas impenetrables. Otra vez, no nos interesa confirmarnos en lo que ya sabemos, hay un múltiple en cada paso. Hay una suerte de descubrimiento de lo que somos, de la potencia, de lo que no se sabe en función de los encuentros no programados (y programados) que la vida inevitablemente nos depara. Crear no es un lujo o un momento lúdico. Es un hacer, un diseñar. Son las fuerzas que desde un cierto afuera de la experiencia nos tocan la puerta, nos seducen, nos inquietan, activan la pulsión como una ramita al fuego, y nos obligan a pensar lo que no sabemos pensar. Sigamos esas fuerzas del afuera, no queramos con el Yo remar contra corriente de esos devenires. Seguir esa fuerza no es dejarse llevar por la corriente sin más, es dejarse llevar por el río y mientras afirmarse en algún tronco, y mientras construir una balsa. Ojalá grupos dos sea algo parecido a eso, un punto de referencia, lugares por los que se pueda pasar, al que puedan acudir, en este mar en el que nos encontramos. Naufragamos, señal de que navegamos bien.
Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.











