• Revista Adynata

Naufragamos GruposDos / Fernando Stivala

Orilla, orilla desde la que te veo venir.

¿Se habrá venido venir este naufragio, esta llegada, esta orilla?

Mejor algo que pájaros volando.

Materializar lo que pensamos, lo que nos piensa.

¡Que tarea! todo un ejercicio, un trabajo, un hacer, la definición de ética.

¿La moral? Lo que ya está hecho.


Hay otro conocimiento posible, también. Claro que está el hegemónico, no se queden comparándolos. También existe otro conocimiento.

¿Cómo lo saben? Las guías entre intuitivas y de interés, pulsión de conocimiento, pasión y lenguaje, dos expresividades de lo mismo.

Aprender a aprender.


Una nota va y viene. Deja el placer o el dolor momentáneo, muy supeditado al momento.

El termómetro, recuperar algo de el termómetro, si es sentido, si lo comprobaron con sus cuerpos, creemos, intuimos, que son herramientas más a largo plazo.

Cambiar lo personal, y cambiar el mundo. Son dos posibles entradas de lo mismo. Si recuperamos algo del termómetro, ponemos en jaque al poder. El poder lo pueden representar personas pero están anclados en dispositivos. El dispositivo no se cambia a voluntad, sino metiéndose molecularmente en los asuntos donde opera. Puede operar a control remoto, teniendo en su poder los registros sensibles de la cultura.

Recuperar eso (aunque parezca solamente personal) es el problema de los grupos, de la política, de los cambios culturales y de dispositivos.

Ya no se distingue el trabajo personal del trabajo colectivo.

Sabemos que el problema del conocimiento a base de nota es muy adictivo como para ocuparse de los registros sensibles. Mejor dejarlo en manos de otros.

Sabemos que el patriarcado es adictivo, sabemos que tener padres es adictivo, sabemos de que ley, pensamiento escolar, dirigentes, orden, líderes, jefes, familias, Estado, o cualquier escritorio construido a base de yo y pertenencia caen en la adicción de la guía, la receta, el diagnostico, el Saber.


El control es adictivo, embriaguez de cercanía.

Necesitamos de la distancia de la incertidumbre.


Sabemos que es adictivo dejarnos en manos de otros, por eso proponemos una materia abstinente de notas.

Recuerden que nos pasa porque somos antenas moduladoras de signos de una cultura. El borde del movimiento entre lo establecido y lo diferenciante se juega en nuestros cuerpos con sus signos. Se confunden por personales porque no les queda otra que pasar por nuestra antena, pero son vibras de lo mucho.


Demasías.


Si nos animamos a no silenciarlos, algo pasa. Si los negamos algo se estanca. Si solo los dejamos fluir como relato de una historia personal, pasan muy pocos matices.


Crítica-creación

Delirar-derivar.

Genealogía no es árbol.


No se trata de saber lo que somos, sino más bien la pregunta por lo qué somos y no somos cuando no estamos colonizados por las hablas del capital, del patriarcado, de las normalidades, del sentido común, de la moral de época.

Eso se resuelve por la vía de la creación y no por la vía de la obediencia o repetición.


No nos sirve la dicotomía deseo/obligatoriedad, como ninguna otra dicotomía. Pero sabemos que como están dadas, la obligatoriedad es contagiosa y adictiva; se olvida del deseo, lo naturaliza, se lo deja del lado del ocio.

Ya que estábamos obligados a vernos, convoquemos al conatus. Ojalá algo de eso hayamos contagiado.

Afirmar el azar. No es conformarse, no es resignarse. Es no ejercitar el musculo quejoso con lo que viene.

Sí, la queja es un musculo. Como otras fuerzas reactivas.

Quizás en el porvenir, no impere en la imagen de pensamiento la fuerza como potencia máxima, sino una común debilidad.

Afirmar el azar permite dar el próximo movimiento. En el juego que es la vida, quejarse o negar o responsabilizar lo que viene es de un mal jugador. Un buen jugador es quien desde lo que viene, mientras se afirma, va moviendo.

Un tronco en la corriente. Un punto de referencia en el universo.

O como escribe William Blake:

“ver el mundo en un grano de arena,

Y el cielo en una flor silvestre,

Contener el infinito en la palma de tu mano,

Una eternidad en una hora”


Si seguimos la línea de pintar las fuerzas, escribir los movimientos, materializar la transformación, y lo hacemos con el diploma que están construyendo, hagamos el ejercicio.

¿Qué va a decir el titulo? Va a decir algo así como: se certifica que tal persona se recibe de licenciada en: tener una memoria gigante, aprender muy bien a volver a decir los enunciados creados por otros, decir tal cual lo que ya dijeron algunes, en repetir enunciados muy bien argumentados pero con poca resonancia en el campo sensible, en los cuerpos concretos.

No está mal, pero necesitamos que también diga: la licenciada tal se recibe en: haber utilizado el pensamiento y moverlo para elaborar nuevas cosas, para darle vida a la psicología y a la mente que no son nunca campos cerrados, para poder hacer uso de teorías de manera creativa, para imaginar otros mundos posibles.

Se recibe por: curiosear en el pensamiento, por animarse a ir mas allá aunque no se sepa como, por no quedar tomada por los reconocimientos y castigos de la academia, por no quedar embelesada por el reconocimiento de una clínica efectivista que se reconoce por sus logros. Por propiciar una clínica que sabe que no puede definir ya que la mente es versátil, ya que existen las pasiones, las demasías. Y por saber esto, igual investiga y se mira de frente con lo desconocido o el mal llamado No saber.

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Misma corriente, mismos problemas.

No tiene sentido discutir desde acá en la soledad de una materia la psicopatologización de la vida cotidiana.

Hay un riesgo más adictivo que cualquier otro: el de diagnosticar.

Ojo que los convenzan, con armas viles, que hay una binarización estructural de las vidas. Ellos o nosotros, carne de cañón para cualquier diferenciación, para cualquier grieta, para cualquier desprecio. El pasado ya mostró que lo máximo de esa división de grupos se llamó genocidios de razas. En grupos podemos enseñar eso. El riesgo adictivo de formar parte, de la pertenencia.

Formamos parte de los diagnosticadores; entonces ustedes, los enfermos. Acá los de guardapolvo blanco.


¿Este mundo más binarizado vamos a construir? ¿Así vamos a atender rarezas, locuras, extrañezas, inconmensurables, demasías, contagios, franknesteins, pulsiones, inentendibles, múltiples, ambigüedades?

Salgamos de este par, denunciemos este escritorio, Interrumpámoslos. Inventemos la clínica.

Clínica itinerante, insurgente, desprendida del imperio de cura.

Espacios de tránsito.

Recuperemos los espacios, públicos, individuales, colectivos, políticos, íntimos.

Es en movimiento, no la construcción de lugares fijos. Lugares por los que se pueda pasar.


Lo personal es político, frase de Janisch, que nos llevó por la idea de mayorías, luchas, chivo emisario, y tantos cruces entre los ex llamados sujetos y objetos, entre las ex llamados exterior/interioridad, entre los ex llamados yo/nosotros.

¿Vamos a atender lo múltiple con un binarismo?

¿Vamos a no estar a la altura del cuerpo modulador, y vamos a atender como si fuésemos tartas con moldes?


´No señor, ordénese o nada.

Mejórese sí o sí y como yo le digo.

No señora, sino la interno, o la medico. No la entiendo. Usted no encaja, no entra en el código. Encaje a la fuerza, adáptese, vuélvase normal. Inclúyase. Trabaje lo más que pueda. Si usted no puede más, haga como que no, exprima al máximo sus potenciales, y regáleselo a trabajar para vivir y vivir para trabajar. Use el tiempo exprimiéndolo, si está cansado, espere al final del día, solo ahí sentirá alguna recompensa. Acostúmbrese a querer irse de donde está. Tenga una relación duradera pero no se ocupe del deseo, si no prospera, siéntase mal. Trate de adaptar su vida a la película del yo más vista y narrada por la cultura: alégrese por acá, entristezca por allá, emociónese aquí, guste de estas cosas, tenga estos logros, y sus dolores manténgalos dentro de un parámetro de duelos normales. Consuma pero no mucho, ria pero hasta ahí, llore de vez en cuando. Sea empático un poquito.´


Inclusión. Desmanicomialización. Integración.

Desmentida cultural.

No se niega lo percibido, hace que lo percibido dude de sí mismo hasta sentirse culpable de su mirada.

Hasta dudar de la confiabilidad de quienes denuncian el horror en sus cuerpos antenas.

Se sigue reponiendo el binarismo: psicopatologización o inserción. Necesitamos una clínica inventora de lo mucho.

Dadora de tiempo. Del estar ahí. Del dar el estar ahí.

Amorosa transfusión de ánimo.

El encanto, ni el miedo ni la amenaza ni la autoridad ni el protocolo ni la estructura alcanzan para un acto clínico.

La fuerza del encanto.


Misma corriente, una única pulsión, perseverar en el ser, conatus, tendencia a, movimiento.

Misma corriente, la de los curioseantes de las psiquis.

Políticas de la amistad.

Islotes respirables desde donde tomar impulso.


La hoja en blanco, todos los clichés binarios que se nos aparecen ante cada situación. Ese problema a enfrentar cada vez, está en el inicio, esa imposibilidad primera. Para no pasar por esa frustración nos volvemos adictos al Saber guía.

Ante la primer imposibilidad, nos quedamos igual, la manchamos, la saturamos de lo que viene. Forzar la catástrofe es desarmar el cuadro de coordenadas de lo que pensamos y sentimos tal como viene dado.


Otra vez darse al tiempo, algo que no sea pedido por la gestión. Si hay algo que grupos dos tiene para aportarle a la política de gestión es esto. Esa relación con la llamada frustración, error, que no pase nada, no productividad. Una acción no neoliberal. Darse al tiempo más allá de exprimirlo como valor de mercancía.

La política de gestión no nos ofrece la posibilidad de analizar esos momentos de impotencia como fundamentales. Levantar la cabeza, esperar, no concluir, tartamudear, balbucear, rumiar.


Silencios.


¿Cómo es que una sensación nueva puede ocurrir?

¿Cómo se escapa a una normalización profunda de los sentimientos y sensaciones?

¿Qué en el cuerpo permite crear sensaciones?


Fuerzas invisibles.

Detectives de esos signos deformantes de la forma. Nos interesa ese signo por su movimiento transformador. Ese signo es la pista sin finalidad, o una finalidad que no cierra, que no paraliza. Signo que nos muestra la parte blanda, fluida, contagiosa, disponible de los cuerpos que también contienen durezas impenetrables.

Otra vez, no nos interesa confirmarnos en lo que ya sabemos, hay un múltiple en cada paso.

Hay una suerte de descubrimiento de lo que somos, de la potencia, de lo que no se sabe en función de los encuentros no programados (y programados) que la vida inevitablemente nos depara.


Crear no es un lujo o un momento lúdico.

Es un hacer, un diseñar.

Son las fuerzas que desde un cierto afuera de la experiencia nos tocan la puerta, nos seducen, nos inquietan, activan la pulsión como una ramita al fuego, y nos obligan a pensar lo que no sabemos pensar.

Sigamos esas fuerzas del afuera, no queramos con el Yo remar contra corriente de esos devenires.

Seguir esa fuerza no es dejarse llevar por la corriente sin más, es dejarse llevar por el río y mientras afirmarse en algún tronco, y mientras construir una balsa.


Ojalá grupos dos sea algo parecido a eso, un punto de referencia, lugares por los que se pueda pasar, al que puedan acudir, en este mar en el que nos encontramos.


Naufragamos, señal de que navegamos bien.


Silvia Brewda Sin título 1977 37 x 35,5 cm Lápiz grafito y sanguina sobre papel

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