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- ¿Quién defiende al niñx queer? / Paul B. Preciado
Los adversarios de la propuesta de enmienda de ley de matrimonio homosexual y de la extensión de la adopción y de la procreación médicamente asistida a las parejas homosexuales manifestaron en Francia el 13 de enero de manera multitudinaria: más de 600000 personas juzgaron pertinente salir a la calle para preservar su hegemonía político sexual. Este ha sido el mayor outing nacional de heterócratas. Católicos, judíos y musulmanes integristas, los católicos supuestamente “progres” representados por Fridige Barjot, la derecha liderada por François Copé, los psicoanalistas edípicos, los socialistas de la diferencia sexual e incluso buena parte de la izquierda radical se han puesto de acuerdo para hacer del derecho del niño a tener un padre y una madre el argumento central que permitiría limitar los derechos de los homosexuales. Sus últimas manifestaciones públicas se han caracterizado por los lemas injuriosos y por la violencia de sus “servicios de orden”. No es extraño que defiendan sus privilegios con un hacha de guerra en la mano. Lo que resulta filosófica y políticamente problemático es que lo hagan en nombre de la defensa de la infancia. sin embargo resulta inadmisible que sean los niños los que tengan que llevar el hacha. El niño que Frigite Barjot pretende proteger no existe. Los defensores de la infancia y de la familia invocan la figura política de un niño que construyen de antemano como heterosexual y género-normado. Un niño al que privan de la energía de la resistencia y de la potencia de usar libre y colectivamente su cuerpo, sus órganos y sus fluidos sexuales. Esa infancia que pretenden proteger está llena de terror, de opresión y de muerte. Frigite Barjot juega con la ventaja de que al niño no se le considera capaz de sublevación política contra el discurso de los adultos: el niño sigue siendo considerado como un cuerpo que no tiene derecho a gobernar. Permítanme inventar retrospectivamente una escena de la enunciación, responder como el niño gobernado que fui un día y proponer otra forma de gobierno de los niños que no son como los otros. Yo fui un día el niño al que pretende proteger Frigide Barjot. Y me sublevo ahora en nombre de los niños a los que su falacioso discurso se dirige. ¿Quién defiende los derechos del niño diferente? ¿Los derechos del niño al que le gusta vestirse de rosa? ¿De la niña que sueña con casarse con su mejor amiga? ¿Los derechos del niño homosexual, del niño transsexual o transgénero? ¿Quién defiende los derechos del niño a cambiar de género si así lo desea? ¿Los derechos del niño a la libre autoderminación de género y sexual? ¿Quién defiende los derechos del niño a crecer en un mundo sin violencia de género y sexual? El invasivo discurso de Frigide Barjot y de los protectores de los “derechos del niño a tener una madre y un padre” me devuelve tristemente al lenguaje del nacionalcatolicismo de mi infancia. Nací en la España franquista y crecí en una familia heterosexual católica de derecha. Una familia ejemplar que los Copeistas podrían erigir en emblema de la virtud moral. Tuve un padre y una madre que operaron virtuosamente como garantes domésticos del orden heterosexual. En los actuales discursos franceses contra el matrimonio homosexual y la adopción y la procreación asistida reconozco las ideas y los argumentos de mi padre. En la intimidad del espacio doméstico, mi padre ponía en marcha un silogismo que invocaba la naturaleza y la ley moral y acababa justificando la exclusión, la violencia e incluso la muerte de los homosexuales, travestis y transexuales. Empezaba a menudo con “un hombre tiene que ser hombre y una mujer mujer, así lo ha querido dios,” continuaba con “lo natural es la unión de un hombre y una mujer, por eso los homosexuales son estériles”… Al final venía la implacable conclusión: “si tengo un hijo maricón lo mato.” Y ese hijo era yo. El niño que Fridige Barjot pretende proteger es el efecto de un insidioso dispositivo pedagógico, el lugar de proyección de todos los fantasmas, la cuartada que permite al adulto naturalizar la norma. La biopolítica es vivípara y pedófila. Está en juego el futuro de la nación heterosexual. El niño es un artefacto biopolítico que permite normalizar al adulto. La policía de género vigila las cunas para transformar todos los cuerpos en niños heterosexuales. O eres heterosexual o lo que te espera es la muerte. La norma hace la ronda alrededor de los recién nacidos, reclama cualidades femeninas y masculinas distintas a la niña y al niño. Modela los cuerpos y los gestos hasta diseñar órganos sexuales complementarios. Prepara e industrializada la reproducción, de la escuela al parlamento. El niño que Frigite Barjot pretende proteger es el hijo de la máquina despótica: un naturalista miniaturizado que hace campaña por la muerte en nombre de la protección de la vida. Recuerdo el día en el que en mi colegio de monjas Reparadoras, la madre Pilar nos pidió que dibujáramos nuestra familia en el futuro. Tenía siete años. Me dibujé en pareja con mi mejor amiga Marta, con tres hijos y varios gatos y perros. Yo había diseñado mi propia utopía sexual en la que regía el amor libre, la procreación colectiva, en la que los animales gozaban de estatuto humano. Pocos días después, el colegio envió una carta a mi casa aconsejando a mis padres que me llevaran a visitar a un psiquiatra para atajar cuanto antes un problema de identificación sexual. La visita al psiquiatra vino acompañada de fuertes represalias. Del desprecio de mi padre y de la vergüenza y la culpabilidad de mi madre. Se extendió en el colegio la idea de que yo era lesbiana. Una manifestación de Copeistas y Frigide Barjotianos me esperaba cada día al salir de clase. “Puta tortillera”, me decían, “Te vamos a violar para enseñarte a follar como dios manda.” Tuve padre y madre y sin embargo no fueron capaces de protegerme de la represión, del oprobio, de la exclusión y de la violencia. Lo que mi padre y mi madre protegían no era mis derechos de “niño” sino las normas sexuales y de género que ellos mismos habían aprendido con dolor a través de un sistema educativo y social que castigaba toda forma de disidencia con la amenaza, la intimidación e incluso con la muerte. Tuve padre y madre pero ninguno de ellos pudo proteger mi derecho a la libre autodeterminación de género y sexual. Yo huí de ese padre y esa madre que Frigide Barjot hubiera querido para mí, porque de ello dependía mi supervivencia. Así que aunque tuve padres, la ideología de la diferencia sexual y de la heterosexualidad normativa me privó de ellos. Mi padre se vio reducido a un representante represivo de la ley de género. A mi madre la despojaron de toda función que excediera la de útero gestante y reproductor de la norma sexual. La ideología de Frigite Barjot (articulada entonces por el nacionalcatolicismo franquista) me privó del derecho a tener un padre y una madre que pudieran amarme y protegerme. Nos ha costado muchos años, muchas broncas y muchas lágrimas superar esa violencia. Cuando el gobierno socialista de Zapatero propuso en 2005 la ley del matrimonio homosexual, mis padres, que siguen siendo católicos practicantes y de derecha, votaron socialista por primera vez en sus vidas. No lo hicieron únicamente por defender mis derechos. Sino por su propio derecho a ser padre y madre de un hijo no-heterosexual. Por su derecho a la paternidad de todos los hijos, independientemente de su género, sexo, u orientación sexual. Mi madre confiesa que fue ella la que arrastró a mi padre, más reticente, hasta a la manifestación y a las urnas. Me decía: “Nosotros también tenemos derecho a ser tus padres.” No nos engañemos. Los manifestantes del 13 de enero no defienden los derechos del niño. Protegen el poder de educar a sus hijos en la norma sexual y de género, como presuntos heterosexuales, dándose el derecho de discriminar toda forma de disenso o desviación. Lo que es preciso defender es el derecho de todo cuerpo, independientemente de su edad, de sus órganos sexuales o genitales, de sus fluidos reproductivos y sus órganos gestantes, a la autodeterminación de género y sexual. El derecho de todo cuerpo a no ser educado exclusivamente para convertirse en fuerza de trabajo o fuerza de reproducción. Es preciso defender el derecho de los niños a ser considerados como subjetividades políticas irreductibles a una identidad de género, sexual o racial. París, 13 de enero 2013 * publicado en Un apartamento en Urano. (2019) Anagrama, Barcelona 2019
- ManiFiesta "Populismo Rosa" (2019) / Sudor Marika
Por qué seremos tan sirenas, tan reinas abroqueladas por los infinitos marasmos del romanticismo tan lánguidas, tan magras Por qué tan quebradizas las ojeras, tan pajiza la ojeada tan de reaparecer en los estanques donde hubimos de hundirnos salpicando, chorreando la felonía de la vida tan nauseabunda, tan errática Néstor Perlongher. La cumbia puede ser la fuerza de una pueblada por venir. Música que entra fácil, aunque algunas de sus letras tengan la virtud de corroer oídos. La puta, la marika, la rapidita. No te das cuenta y ya estas moviendo el pie. Entra al toque, es bien gauchita, popular. El nombre del disco, Populismo rosa, surge a partir de una idea que un varón cis heterosexual militante convidó en los comentarios de una entrevista que nos hicieran pocos días después del lanzamiento de Las yeguas del apocalipsis. Un varón frunce el seño, entrecierra los ojos y lanza al aire esa pregunta: «¿Qué es esto? ¿Qué es esta mierda de Sudor Marika?». A continuación escupe el comentario acusatorio atiborrado de sentencias lapidarias: «funcional al mercado como Queen y Village People, la proxeneta de lujo Madonna y la ‘transgresión’ cultural queer. Mero populismo “rosa” bien berreta»1. Entrenadxs para convertir la injuria en bandera de guerra, abrazamos esa idea con entusiasmo. Intentamos sacudirla, conmoverla, toquetear su afinación. ¿Qué es eso que tanto molesta? Eso que provoca el odio visceral, la respuesta reactiva, el deseo de extinción, ¿será acaso lo mismo que suscita ese desborde gozoso que palpita en las fiestas? Un derroche irreverente que jamás pide permiso. Puro despilfarro, berreta y popular. ¿Qué otras palabras concentran tanta historia, tantos sentidos, tantas tensiones, como «populismo»? Para los gerentes de la miseria es puro insulto. Entre tanto, decimos que es palabra que nombra, también, una irrefrenable sed de vida. A menudo se nos reprocha por demasiado intensxs, demasiado escandalosxs, demasiado putas, demasiado demostrativxs, demasiado furiosxs, demasiado todo. Exceso, exageración, catarata de afectos inoportunos. Furia de heridas que no callan. Celebración, derroche, gasto; libre de deuda. Es que no le debemos nada a nadie. No hay deuda perpetua e impagable. Y aunque por momentos el populismo se quiera o se perciba religioso, nos encanta su ateísmo. Así lo sentimos. Nada de sacrificio. Nada de esforzarse para llegar, nada de meritocracia. Ninguna deuda que pagar. Y no sabemos si fue magia, brujería, gualicho o lo que sea. Pero cada vez que la derecha diga que «alguien tiene que pagar la fiesta», contestaremos: «¡¿Qué?! ¡¿Qué fiesta?! ¡Si esto recién empieza! ¡Acabamos de recibir el flyer de la previa!» Enfangadxs en sus sueños de pureza, les decimos que vivimos corrompidxs, que no hay estado de normalidad que esperemos recuperar. ¡Pureza 0! Aunque, cuidado, ¡claro que también esperamos la lluvia de inversiones!:que vengan lxs invertidxs, que todo se de vuelta de una vez. El discurso de la transparencia y la incorruptibilidad no puede más que estar sostenido por gerentes de las muertes. Manos manchadas de sangre, lavadas con discursos vacíos. Ni transparencia ni números exactos. Opacos garabatos. Trazos vagos, mamarrachos, borradores que no buscan la forma ideal. Nos queremos yeguas, indómitas, vivas y desendeudadas mientras llenamos los signos más queridos del populismo de glitter. De la «Pesada herencia» a la cuidada errancia. ¡Fuera de todos los closets! «¿Qué es esto de universidades por todos lados?», dice la derecha. «¡Están vacías!» «¡Es puro gasto!». ¡No están vacías! ¿Y no se enteraron, todavía, que no sólo queremos trabajar para el presente sino también para un pueblo por venir? Inventamos bancos para estudiantes imaginarios mientras lxs gerentes del ajuste aniquilan vidas presentes para que cierren números. Escuchar el murmullo del pueblo que no existe, no con el cálculo estadístico del timbrazo, no con la frialdad especulativa del focus group. Aullar en lenguas desconocidas. Inventar oídos, memorias y cuerpos que no existen. Nada de optimismo y de esperanza ciega. Por estos días el sabor de nuestras bocas es amargo. Todas las decisiones que hicieron más vivibles los días –aún aquellas más queridas, las que abrazamos y defendemos– se sienten como políticas de reducción de daños. Nos rehusamos a pensar que lo vivido sea el techo de lo posible. Nos rehusamos a pensar que eso que se nombra como «avance del fascismo» sea un movimiento que marcha hacia adelante, sin más, como si se tratara de un destino inexorable. Creemos que no es posible propiciar una interrupción sin incomodarnos, sin trazar alianzas con aquellxs con quienes aunque tal vez no compartamos exactamente la misma visión del mundo, sí compartimos el deseo de inventar otros paisajes más habitables para todxs. Más aún para lxs desertorxs de las normalidades y para todas las existencias portadoras de precariedades que el mismo sistema produce; cuerpos acostumbrados a caminar entre las brasas y encantar infiernos. Tal vez sea necesario afirmar las diferencias sin hacer crecer muros impenetrables; mantenernos cerca sosteniendo las tensiones. No esperamos que todxs vibren con los signos que ha lanzado y lanza el populismo sino más bien con un grito antifascista y con el deseo de inventar lo que no existe. Que ese grito nos acerque sin cancelar las distancias. Mantenernos en ese umbral incómodo que tironea por todos lados. Que podamos ensayar críticas a nuestros movimientos más queridos, aquellos que entusiasman, apasionan, que dan aire y que también están hechos de la miseria que nos habita y habitamos. Necesitamos ficciones que alojen lo heterogéneo, lo vulnerable, lo precario. Ficciones capaces de expandir lo posible, de acoger lo extraño, de avivar las llamas. Ficciones que agiten los cuerpos, que hagan sudar las caderas, y qué también custodien la pereza, la calma y el silencio. Que interroguen lugares comunes minados de slogans y estribillos de autoayudas. Ficciones para arrasar cuatro años de saturación de marketing emocional. ¿Cómo interrumpir? ¿Cómo interrumpir ese automatismo sensible que escupe, tras una percepción “x”, una certeza fascista? ¿Cómo pervertir la percepción? Cómo desconfiar de nosotrxs mismxs, cómo abandonar la máscara de la identidad por la que tanto hemos luchado, cómo estar permeables a las manadas que nos habitan y que no sólo piden nuevas luchas, nuevos amores, nuevos mundos, sino también pausas, silencios y retiradas. Cómo abandonar la ilusión que sostiene a esto que supuestamente somos para devenir otrxs, para renunciar a la monogamia con nosotrxs mismxs, e inventar un poliamor que no trate tanto de la cantidad de cuerpos que haya que amar, como de la disposición a estar en la vida de otra manera. ¿Cómo interrumpir el deseo de castigo que habita los cuerpos? ¿Cómo propiciar otros afectos que destronen el odio y la resignación que ha instalado esa nefasta «revolución de la alegría»? El odio a lxs migrantes, las «feminazis», las disidencias, los populismos, la yegua. Esclavxs del odio, saturadxs de (re)sentimientos que obturan el paso a otros afectos. Queremos compartir con quienes deliren maneras de interrumpir el odio, el horror. Crear imágenes, ficciones, relatos para desquiciar al presente. Yendo y viniendo de la trinchera de las identidades, también decimos que «no somos nada», porque si las palabras para nombrarnos son las que existen, si es la lengua de lxs enemigxs, preferimos el exilio, la nada, la finitud. No nos desvela ser una letra más reconocida por la norma, queremos que la norma caiga, como esa masa de injusticias que nombramos como «patriarcado», como el neoliberalismo, y más. Rosa sí, pink(washing) no: entendemos que la idea de «populismo rosa» como acusación alude al «pink washing». Estrategia de marketing que encontró el capitalismo para asimilar diferencias adaptándolas y desapropiándolas de su fuerza disidente e insurrecta. Un como si que busca aplastar desobediencias. No, no vamos a ser nosotras las que vengamos a lavar nada: si somos algo que sea ese «sudor que te avergüenza, por tu aburrida buena conciencia». De nuevo: nada de optimismo y esperanza ciega. La tierra rozada no es la tierra PROmetida. Habitamos una tierra arrasada. Vidas precarizadas que viven en el límite. No queremos alegrías reguladas, felicidad a cuentagotas ni técnicas para llegar al paraíso. No hay paraíso perdido, no hay nada que recuperar. La tierra prometida no existe. No hay comunidad a la que volver. Hay cuerpos de tierra, de agua, hay pieles: territorios a cuidar. Está la poesía intentado rozar instantes inapresables. Como la que Claudia Masin dedica a Milagro Sala; presa política, sensibilidad furiosa que habita un territorio ocupado por la derecha y que sigue injustamente privada de su libertad, a la vista de un pueblo anestesiado: En los pueblos anestesiados, adormecidos por un sol violento, cada vez que llueve se levanta de las calles de tierra una nube de vapor, un humo viejo que trae el olor picante de la pólvora vencida, disparada hace décadas sobre cuerpos desarmados o en enfrentamientos desiguales de cientos contra pocos, un humo que condensa el olor de todos los fuegos encendidos a la noche, jornada tras jornada, mes tras mes, año tras año, para asar la carne o calentar la comida que hubiera, unos junto a otros reunidos alrededor del fogón como luciérnagas que se han ido apagando para dejar su brillo en una caja que otros construyeron, sin agujeros por donde respirar porque no todos, se sabe, tienen derecho a la vida y a la belleza. Es denso ese humo y es tóxico, y se nos cierra la garganta cuando llega, porque guarda el olor corrosivo que se adhiere a los cuerpos de tanto andar juntando los desperdicios que otros dejan, la basura ajena, para seguir sobreviviendo. El olor de ese humo, a pobreza y a miedo, a veces crece y crece y llega a las ciudades ricas donde apesta más que nunca y hay que espantarlo con las manos como a un insecto. No tiene historia, no duele, a nadie le pertenece ese olor cuando entra a las casas y molesta, lo único que importa es apagarlo, taparlo, hacer que vuelva a donde pertenece, porque no se puede invadir la propiedad de los otros con la propia miseria. Sin embargo es más grande todavía el desprecio y el asco cuando esos hombres y mujeres un día se atreven a salir a las calles, a invadir el centro de ciudades que no fueron construidas para ellos: aunque han venido de tan lejos, y están sucios y cansados, no traen ese olor animal con ellos, no es pobreza ni miedo eso que los circunda como un halo imposible y los protege como una empalizada, como una fuerza torrencial y serena que los sostiene con la delicadeza con que debe ser sostenido algo que ha sido roto y recompuesto mil veces, algo a la vez infinitamente poderoso y frágil, porque ha conocido la experiencia de su propio derrumbe y ha vuelto. No es pobreza ni miedo, no están vencidos porque vienen cantando, se los oye desde lejos, nadie puede no oírlos, su canción tiene raíces tan hundidas en la tierra que a algunos les toca el corazón, les hace nacer una alegría que no conocían, tan intensa que pareciera que les rompe el pecho, pero en otros despierta una violencia incurable y quisieran arrancar ese canto y arrancarlos a ellos como a la mala hierba para que algo así, capaz de transmitir una esperanza tan tremenda, no pueda propagarse y contaminar a los demás, a los que bajan la cabeza y aceptan porque no saben, no les han dicho, nunca han escuchado una canción como esa. Que no existen los milagros es algo evidente. Pero sí existen algunos –poquísimos- seres con el coraje, la terquedad, la furia de insistir en lo que no se puede: caminan sobre el agua o multiplican los panes y los peces como si no estuvieran haciendo nada extraordinario, apenas lo justo, lo que tenía que ser hecho. Una sola de estas personas puede lograr que el mundo se ahueque como los ventrículos del corazón enorme y violento de las fieras del monte, cuyo latido retumba adentro de la tierra hasta que incluso los seres más mansos, más pequeños, lo escuchan y entonces despiertan y escapan de una vez y para siempre de su cautiverio2. Incomodarse con esos olores, estos sudores, estas irreverencias. Rozar la tierra: quemarla, prepararla para la próxima siembra. Entre el fuego que invita a empezar todo de nuevo y el desafiante llamamiento de otra Rosa (Luxemburgo) que grita que no hay modo de sentir la esclavitud sin inquietarse. Rosa que pincha, roza que quema, roza que esparce suavidades. ¡Sude y vuelve! Junio de 2019. 1 El comentario completo decía así: «Esta propuesta cultural es tan funcional al mercado rosa como lo fueron en su momento Queen y Village People, como lo sigue siendo la proxeneta de lujo Madonna y como lo es ahora toda la ‘transgresión’ cultural queer. No hacen más que perpetuar estereotipos ultrasexistas y denigrarnos con "glamour". ¿Esa gente es "de izquierda"? Mmmm... ¡Listo! soy un tarro de nutella, o yo qué sé, un tornillo... Sudor Marika no quieras vender gato por liebre :) Lo suyo es mero populismo "rosa" bien berreta :)» 2 Claudia Masin, Una canción como esa (A Milagro Sala) Inédito.
- Matar a mamá / Bernardo Kononovich
Cuando estoy de guardia los jueves, me instalo en esta antigua habitación que alguna vez fue la biblioteca y la oficina de admisión de este hospital. Me gusta mirar los viejos archivos que reposan en los estantes de roble, llenos de polvo y humedad, cargados de historias clínicas, informes y materiales aportados por los pacientes. Ese lugar solitario, sumido en el polvo del olvido tiene, para mí, un especial atractivo porque acoge historias narradas durante más de cincuenta años. Casi en todas las noches recorro los estantes sobre el que yacen antiguas enciclopedias fuera de moda, una sección de libros en francés y en inglés. También una docena de libros escritos en alemán. Así, en la penumbra de la vieja biblioteca, curioseando antigüedades, espero la llegada de la madrugada. El hospital está en silencio envuelto en un vaho penetrante. Hay un par de horas, ¿de tres a cinco? que por mi ventana se deslizan partículas portadoras de luz. Haces de luz, pequeñísimas fosforescencias. ¿Es una alucinación? No lo sé. Lo que sí sé es que son momentos únicos en los que logro concentrar una gran atención, una especie de agudeza extrema que me permite imaginar movimientos entre los papeles, en especial los que están anillados o entintados, manchados de amarillo viejo. Como si fuera un juego o una ensoñación, imagino esos papeles llegando a mis manos tras largas estadías en la enfermería de este hospicio. Llegan hacinados en cajas de cartón, destripados, agotados, cada uno con su bombín de oxígeno para no caer en las listas de los que se ahogan, ya que estos van directamente a la trituradora. Solo en el archivo Los jueves, en la guardia estoy solo, el archivo suele estar sin llave y puedo acceder a las cartas que fueron escritas en los años veinte, treinta y cuarenta. Cartas obligadas a mentir - estoy muy bien - censuradas -seguro este mes me dan el alta- ilusas - estoy de novio, ya la van a conocer. Cartas a la familia habladas en castellano, catalán, gallego, idish, polaco, nunca enviadas y nunca reclamadas. Me topo, muchas veces, con fotografías de matronas y jefes de familia, con sus levitas, tiradores y sombreros alquilados, pulseras y relojes que exhiben orgullosos. Otras veces me ruborizo al ver retratados fotos de personas discapacitadas, con deformidades pocas veces vistas. ¿Resabios lombrosianos? Algunos le sonríen a la cámara. Me pregunto ¿de qué se ríen? Pero cuando me acerco y las contemplo detenidamente se notan en sus rostros, pequeños surcos abiertos, llenos de tristeza. Yo llamo a esos surcos faciales, las vías dolorosas. ¿Quién se habría dedicado a cultivar ese género fotográfico siniestro? Hay también retratos tomados en la Morgue, de cuerpos que pasaron la mitad de sus vidas en instituciones como estas. Murieron sin poder borrar de su rostro el rictus de las psicosis. Además de las fotos hay cantidad de escritos, cuentos, poemas. ¿Serían parte acaso del mítico y famoso salón literario de los locos? Así se llamó ese grupo a si mismo mientras los más talentosos aún vivían. Hay poemas ya casi ilegibles. Algunos bellos, otros temibles y delirantes. Leo algunos párrafos de un poema - este mar sólo pudo crear ángeles de irresistible seducción. Eva los servía desplegando su belleza en la danza, pero Adán, no tan dotado seducía con su canto. Por las noches, sus canciones llegaban a iluminar casi todo el Edén – Seguramente Jacobo Fijman, fallecido en 1970 se habría cruzado con ellos. –Decía Fijman - se acerca Dios en pilchas de loquero y ahorca mi gañote con sus enormes manos sarmentosas; y mi canto se enrosca en el desierto. Piedad!- Averigüé algo interesante. A fines de la época de los cuarenta hubo tres escritores del salón a los que se le atribuye la autoría de “En las puertas del Edén”: al ruso Bercovich, a Jair Salgado y al Malevo Torres. Heterogéneos y armónicos se juntaron a escribir de a tres manos. Caso único en la historia de la literatura bizarra en la que describen el jardín del Edén como un campamento, una suerte de feria de ángeles, angelinas, serafines y querubines. Comienzo a leer y me percato que son casi las siete. Debo irme. Queda pendiente su lectura. Pasada una semana retorno a mi guardia y retomo la lectura de este manuscrito anónimo atribuido a los heterogéneos armónicos, según consta en una pequeña tarjeta adherida al documento por un enorme clip. Los tres son moradores de la sala 7. Bercovich dice que el número 7 es sagrado “Kadosh”. Y comienza a delirar. Nadie protesta, lo toleran por su conocimiento de la Biblia. Me sorprende la modernidad de la escritura. El lenguaje se sostiene en la metáfora de modo sutil, con humor y sin entrar en la blasfemia. - Se trata ni más ni menos de uno de los mitos fundantes de Occidente!– En las puertas del Edén En las puertas del Edén el alboroto crece. Se escucha cada vez con mayor nitidez el pedido de la apertura. - Los ángeles más rebeldes exigen que se abran las puertas ya - Abran las puertas!- ¿Qué pasa? -preguntan los más viejos.- Acaso temen quedar encerrados en el Edén? Aprecien la belleza de este jardín. Qué privilegio! Soy claustrofóbico y yo agorafóbico, nosotros dos asmáticos y yo diabético - y así más y más. - Queremos bajarnos del cielo, no nos interesa la creación ni sus misterios -. Voy, llevado por cierta inquietud a otros párrafos - un grupo de serafines comandados por Refuel, exhorta a sus congéneres a mantener la dignidad. - Les dice en un castellano muy castizo - acaso olvidasteis que sois candidatos a obtener alguna mención en la Santa Biblia? ¿Dejareis pasar así como así semejante oportunidad? -Esto es cosa de las ángelas. Se pasan el día exigiendo reivindicaciones. No tienen vello en sus pubis, ni cavidades entre sus piernas! Sólo aceptan socializar con las serpientes- El griterío amaina y los ánimos se van pacificando. Grupitos de querubines corren hacia una gran tarima que parece un escenario. Están buscando una buena ubicación, como si fueran a un recital. Adán llega tarde. Humanizado, despojado del aura sagrada, se mueve con torpeza como cualquier humano en crisis. Se va quedando atrás, casi sin aliento. Está agobiado. Qué tupé - gritaba Rujiel- tratar de llegar a la escena de Adán y Eva comiéndose la manzana, antes que Adán y Eva mismos! Qué espectáculo lastimoso daban los jóvenes serafines despojándole a Adán el don de haber sido el primer transgresor, el primero en haberse animado a comer el fruto del conocimiento del bien y del mal. Claro que después de Eva. Sois ángeles pero no tenéis nada de angelicales, parecéis una manga de langostas luchando por dar una dentellada a la manzana! -Adán, desesperado les grita - es mía, langostas voraces, respeten el guión tal como fue escrito originalmente, ignorantes envidiosos, sólo mía y no la comparto con nadie, y menos con vulgares pajarracos. Sois apenas una estampida de híbridos. Miraos al espejo: un grupo de gordos, calvos y encorvados, con vuestro culo pintado de rojo, sólo sabéis hacer monerías! Seguramente osareis decir de Eva, que no fue Adán el primero en conocerla y que Eva ya sabía cómo moverse en el Paraíso teniendo a la serpiente como coartada. Y de la serpiente qué diréis? Que fue una vulgar culebra? Estáis provocando actos que obligarán a modificar los mitos de la Historia, gritaba hasta la afonía el pobre Rujiel. Tras este bochornoso espectáculo, el Serafín Mayor, Ángel de la muerte medita cabizbajo acerca de Adán, Eva y la serpiente. Dios le encomendó, como ángel más añoso, la tremenda misión de discernir si Adán, Eva y la serpiente son merecedores de la vida eterna. - Tras esta pregunta queda un espacio en blanco, sin palabras como si no hubiera habido acuerdo entre los heterogéneos armónicos acerca de una respuesta consensuada. Solo aparece escrito con lápiz el nombre de un tal Cayetano Pereyra que se hizo cargo de la respuesta - La respuesta es obvia, muchachos, nos perdonó la vida pero nos trajo el dolor, la locura, la angustia, la enfermedad, el desasosiego, el terror y no sé cuántas cosas más. Imagino que en resonancia con esos dichos Salgado, oriundo de Copacabana, comienza a canturrear “la tristeza no tiene fin, la felicidad sí”. - Pone cara de filósofo y vaticina un futuro terrible. Peor que un electroshock. Será como una bomba atómica. –agrega- Lo imagino también, parado sobre alguna de estas sillas profetizando – nos tocará vivir años terribles en los cuales el espanto obligará a habitar nuestro planeta hecho de noche y niebla, sin ventanas al universo. Solo visitable a través de sus agujeros negros.- Encuentro otro poema, también apócrifo - “Forzados estaremos a caminar sobre suelo minado de agujeros Nos enseñarán a palpar los cuerpos sin poder reconocerlos a deslizarnos sólo sobre superficies planas sin bordes, sin dobleces ni puntos de fuga.” -Alguien agregó con tinta – Aprender todo ello será fácil, lo difícil va a ser olvidarlo No hubo noche En la hora de la terapia, trabajando con los internos, el aire se aliviana. Todo se hace más luminoso. Sube un calorcito y la atmósfera se hace menos rancia. El patio permite que circule una agradable brisa y el salón de los desayunos se torna una pista de desplazamientos. Se habla de futbol, de política, en voz más bajita de minas y de sexo. Todo parece retrotraerse a una suerte de normalidad, como si no hubiera habido noche. Como si sólo hubiera transcurrido la guardia de los jueves, considerada por parte de mis colegas un espacio burocrático, inútil donde los residentes van a dormir simulando estar trabajando. Nadie parece saber los secretos que guarda la vieja y destartalada biblioteca, por ejemplo. Los pisos que durante las altas horas de la madrugada durmieron amortajados, ahora recobran vida, vuelven a nutrirse de pasos y de pisadas humanas. A media mañana se vuelven a escuchar los crujidos familiares e inofensivos y cerca del mediodía las paredes de durlock que separan los consultorios se contornean en un zigzag de monotonía. Durante el almuerzo los pisos parecen ser los de siempre, vuelven a desnudar sus irregularidades, sus pequeñas gibas y los agujeros que se abren por las noches que nunca llegan a cerrarse presagiando la caída de los cuerpos que, sólo con la emergencia de la aurora, recobran su volumen y su forma. Ocurría también que cuando las voces se acallaban, las vibraciones que subían de las alcantarillas del hospital se hacían audibles. Una especie de eco, una erupción de corrientes subterráneas que transportan ríos de lava candente de angustia y desasosiego. Los pacientes más delirantes son los únicos que se animan a hacer o decir algo gracioso cuando gente armada, grupos de tareas, irrumpían en la sesión con absoluta impunidad. Ninguno de nosotros, los terapeutas, osábamos hacer otra cosa que aparentar que hacíamos alguna cosa. La tensión que se generaba en esos segundos era casi insostenible. La sesión obviamente se interrumpía y ese grupo comando, trajeado de negro, o con campera de motociclista, anteojos oscuros, pelo muy corto, desarmaban nuestro círculo, atropellando las sillas, creando un pequeño caos. Pasaban diciendo: “laburen, laburen muchachos, el trabajo libera el espíritu, arbeitmachtfrei, decía uno de ellos en correcto alemán. Los pacientes ajenos al riesgo lo festejaban gritándoles Gooool! Reían a carcajadas y se burlaban haciéndose la venia con las dos manos en posición de firmes o bien alguno imitando el sonido de una ruidosa ventosidad. Carcajadas nuevamente. Ese juego no les gustaba a los comandos que tenían tomado el hospital. De haber podido hubieran sacado la metralleta que se dejaba ver y que llevaban escondida en un bolso. Se contenían, rabiosos. Dirigían una mirada que helaba la sangre, mostraban la pistola como si exhibieran el miembro. Pero siempre alguno de ellos se imponía y con voz de mando impedía que el episodio pasase a mayores. Decía con autoridad: “ boludo, guardá eso, no ves que es un loco?” Cuando puedo “arrastro” mi horario de guardia para poder examinar esos pequeños tesoros posiblemente ya olvidados y desclasificados. Encuentro en los cajones y en los estantes recortes de diarios, fotos de principio del siglo pasado, dos cajas de fósforos “Ranchera” que se deshacen entre los dedos, un set de los 26 tomos del Tesoro de la Juventud, al lado de una pequeña colección de la revista “Leoplán”. Descubro folletos y programas del hospital de diferentes jornadas y congresos. ¿Quién se tomó el trabajo de reunir este cambalache y para qué? De todo ese rejunte de papeles, una pequeña esquela atrae mi atención. Escrita con lapicera a fuente, tinta negra que debió haber sido redactado de apuro para ser inmediatamente ocultada. Leo el texto para mis adentros. La letra es pequeña pero legible. Describe al hospital de aquellos años. ¿Difiere del presente? ¿Lo habrá escrito otro de los poetas locos? El texto dice así: Almitas “El mismo olor tumefacto de lo que alguna vez fueron calderos humeantes de comida para los internos, la misma mugre adherida a las paredes, las mismas humedades, los mismos vidrios astillados que albergaron gritos de delirio, el mismo espanto de saberse invisible, insensible, muerto y no poder dar paso a la oleada de fluidos que recorren los cuerpos y envenenan las arterias. Todo parece lo mismo pero nada es igual en esta casa extraña, capaz de fagocitarse como caníbal desbocado, desdentado, a decenas de miles de almas sensibles, “almitas”, que lastimadas lloran por las noches y elevan sus voces desde las gruesas capas de pintura sobre madera pintada y repintada. “Almitas” - así se llaman a sí mismos los internos- que saben que tarde o temprano serán volcadas a los vertederos del nosocomio” Era una esquela subversiva, una denuncia, una consigna arrojada por algún interno, no había dudas. Alguien lanzaba un mensaje hacia el otro lado del muro presumiendo que allí se erige un mundo libre y justo y que alguien, algún día vendrá a liberarlo. De pronto, a las tres de la mañana descubrí una minúscula inscripción en el extremo derecho superior: marzo de 1976. Los prolegómenos del golpe de estado en la Argentina. Fecha en la que, como se verá, tendrá algunas similitudes con episodios acaecidos en tiempos más lejanos, a principios del siglo pasado: en los primeros años de la revolución bolchevique, el caos tras el asesinato de los zares, los grandes traslados poblacionales, las persecuciones, etc. También en este caso habrá perseguidos, asesinos, violadores y degolladores de corderos. Curiosear mis cuadernos A Julián Morales, el paciente estrella de la sala, le hubiera encantado curiosear esos apuntes que yo escribía durante mis guardias. Apuntes que cuidaba celosamente pero que, de tanto en tanto, dejaba olvidados en algún lugar del hospital. Era una especie de diario, casi íntimo, muy desordenado en el cual volcaba todo tipo de reflexiones y fantasías acerca de mí, de mis compañeros y pacientes. Cuando se me perdía alguno de esos papeles, me deprimía. Mi cabeza ardía en auto-reproches y sentía que no habría para mi perdón posible. Jacobo Fijman Julián Morales se consideraba un poeta de la talla de Jacobo Fijman, el “poeta del hospicio” fallecido en 1970. Fijman, en sus momentos desesperados, solía pasar breves estadías confinado en alguna de las salas. Allí se lo toleraba y se intentaba disciplinarlo. Allí escribía en el desgarro, como un ángel desplumado. Aprendió a vivir en el silencio de la invisibilidad. En cambio Julián Morales se regodeaba en su verborragia. Aseguraba conocer personalmente a Pichon Riviere, juraba haberse carteado con Althusser, decía atesorar una postal que le perteneció a Freud. Sin embargo, a pesar de todos esos “galardones”, vivía atento, casi obsesionado por cualquier paso que daba. Cuando se sentía afectado por la nube de la agorafobia, tal como él llamaba a su estado de pánico, se recluía, se aislaba del mundo hasta desaparecer. Su escena más temida era entrar, adonde fuere y no poder salir, nunca más, literalmente. Jugaba en él el fantasma de la agorafobia que podía de inmediato transformarse en claustrofobia. “Claustro-agorafobia in extremis”, la llamaban los enfermeros con un dejo de sorna y haciéndose guiñaditas con los ojos. Lo cierto es que cuando ese terror se le instalaba, decía, con el rostro demudado: “sólo me queda la locura”. Descubrirse desarraigado, sin sostén, perdido en un universo sin fin, flotando hasta el desmayo por el espacio sin postas ni mojones. “Soy como el astronauta que se ha desprendido del cordón que lo une a la nave madre” -solía decir-. Sólo me queda la locura A Julián le pasaba que todos los intentos por externarlo se convertían en conatos de expulsión. Julián Morales no sólo dejaba de salir de su habitación, no salía ni a la puerta de calle. Consigue ser admitido en nuestro servicio tras haber permanecido varios meses internado en una clínica psiquiátrica privada de Buenos Aires. Acababa de salir de otra de sus periódicas crisis. Al atardecer su discurso se serenaba y por las noches se dejaban oír través de las rendijas de su cuarto una andanada de quejidos y gemidos. Demasiado para un solo cuerpo. Frente a este nuevo ciclo de agorafobia, su familia decide finalmente cortarle el suministro de fondos. Sus hermanos se hartaron de pagar honorarios de psiquiatras, psicoanalistas, acompañantes terapéuticos y en especial de lidiar con las clínicas de internación. Su tiempo ahí se había terminado. El administrador al enterarse que nadie estaría dispuesto a pagar los gastos de la internación envía un comando, una especie de SWAT a la criolla, un grupito de tres empleados, con la misión de despejar el terreno, es decir expulsar a Morales de la clínica y liberar esa plaza. Por la noche de ese mismo día irrumpe en su cuarto un pequeño grupo de tareas compuesto por los más corpulentos de la clínica: el jefe de enfermería, el contador que alguna vez había practicado cach as can y el terapeuta de guardia que seguía los acontecimientos con cierta distancia. Lo amenazaban y al mismo tiempo le hablaban casi con dulzura: “Pero Julián, un hombre como usted, tan fino, tan culto…. mejor hablemos, seamos razonables, no podemos alojarlo aquí, esto no es una pensión”. Y así, sin más, comenzaba un forcejeo muy violento y algo cómico. Al principio parecía que bailaban ya que estaban los cuatro tomados de los hombros contorneándose. De a ratos parecían abrazarse, incluso cuando se daban algunos golpes. Pero ya Julián Morales estaba atornillado a su catre, a su mesita metálica, al cajoncito en el que guardaba sus poemas, a su pequeño ropero. ¿Quién se iba a atrever a sacarlo por la fuerza? Una mañana le dijeron: Julián, hay que ganarse el pan de cada día, esto no es un asilo para desamparados. De hoy en más te encargas de que las historias clínicas estén al día. A la mañana siguiente le trajeron una chaqueta azul de enfermero y pasó de inmediato a ser parte del staff. Y no lo hacía mal. Los que lo conocían desde aquella época cuentan que permaneció enclaustrado más de un año y que desde esa cueva revisaba las historias clínicas, leía a Pichón Riviere, a Freud incluso, a veces, participaba de los ateneos clínicos. En esta oportunidad y tras una recaída recobra su status de paciente, paciente raso, se incorpora a a nuestro hospital temiendo volver a enfrentar su odisea -Julián decía – la puedo oler, se me viene otra crisis! Almafuerte Julián se incorpora a la sala como un veterano de guerra, como alguien que se las sabe todas. A los pocos días de ser incorporado a la sala ya había contado que pertenecía al grupo fundado por Hernán Almafuerte, grupo litoraleño de escritores, pintores, escultores y poetas de variado calibre, algunos buenos y otros no tanto. No quedaba claro cómo era catalogado allí entre sus pares, siendo él por entonces un señor de cuarenta largos, voluminoso, ojos saltones, un tanto panzón, portador de una melena envidiable y una voz grave que siempre se hacía escuchar. Medía un metro ochenta o más. Hasta ese momento había cruzado con él una o dos palabras. Se había incorporado a la sala hacía sólo un par de semanas pero parecía un habitante de la zona, afincado en un terreno cómodo y dominador. Al principio no me percaté que me seguía como queriendo decirme algo, aunque cuando nos acercábamos, se quedaba con el gesto nomás, prendía de apuro un cigarrillo y seguía viaje. Rescatando a Clarice Cuando lo vi por primera vez estábamos compartiendo un espacio grupal comunitario al que llamábamos asamblea. En ella se dirimían los conflictos surgidos en la convivencia. Se votaba y se tomaban decisiones por consenso. Era una verdadera democracia utópica. Nuestro equipo estaba compuesto mayormente por psicólogos y médicos psicoanalizados, pertenecientes a cierta elite del progresismo psicoanalítico. Eran años en los cuales las instituciones oficiales psicoanalíticas parecían resquebrajarse y los vientos soplaban hacia la formación asistemática. Era el auge de “La Escuela de Pichón”. Fue tal nuestra sorpresa al escuchar a Julián Morales hablando de “tarea” de “emergente”, y del “grupo operativo”, que como sucedía en los comics, casi nos caemos de espaldas. Un día decidió encararme. Nos conocíamos además por compartir el mate cocido de la mañana. A mí me provocaba una mezcla de ternura, curiosidad y risa. Me sorprendía fuertemente su manera de pensar y de hablar. Un personaje totalmente atípico por esos pagos. También esta vez esperó agazapado detrás de la columna central del estacionamiento y ni bien puse llaves, me encaró con determinación: “Licenciado, rescaté a Clarice de las manos de esos salvajes cosacos. El viernes pasado se dejó el libro olvidado entre el mate del enfermero y la lata de galletitas de la cocina. Se refería a un libro de Clarice Lispector, poetisa y prosista que por aquellos años admiraba hasta la veneración. Inmediatamente recordé de ella esta frase que me gustaba muchísimo: “Afortunadamente siempre existe otro día. Y otros sueños. Y otras risas y otras personas y otras cosas… Fue tan grata mi sorpresa por la reaparición de mis apuntes y el libro de Clarice, que me dieron ganas de abrazarlo y darle un beso. Puro agradecimiento. Le pregunté con un gesto de suspicacia si había leído mis apuntes y mis notas. Con cara de indignado y negando con la cabeza hizo la cruz sobre sus labios para reforzar credibilidad. A la semana siguiente me enteré que Morales era ateo. Un pogrom en Chechelnik Hoy recuerdo aquellos años y me sorprendo de la audacia del juego que le propusimos a Morales y que él aceptó jugar. A ello voy a referirme, sólo que antes me gustaría cerrar el capítulo de Clarice que, al igual que mi madre, nació en un pequeño poblado de Ucrania llamado Chechelnik. Notable coincidencia. Hasta que se consolidó la Revolución Rusa, el caos reinante entre fracciones incitaba a bandas armadas de cosacos a llevar a cabo actos de pillaje y matanza, contra la población judía, desarmada y desamparada. Cientos de civiles, mujeres y niños fueron asesinados en esos años, quemadas sus casas, violadas las mujeres y degollados los niños. Masacre genocida a la que solemos llamar: pogrom. Mi madre y su familia lograron permanecer escondidos en los fondos de la casa; mi abuelo se metió en un arcón y mi abuela con los pequeños corrieron a protegerse dentro de una baulera llena de trastos viejos. Mi madre recuerda también que no se podía hablar, ni llorar, ni moverse en demasía. Sólo rezar pidiendo al cielo que no los descubran y esperar que se fueran con el botín lo antes posible. Fueron dos ataques feroces, comenzaron al amanecer y terminaron a medianoche del día siguiente. Dice que recuerda los disparos y los gritos de hurrá-hurrá! Mientras incendiaban la sinagoga y destruían los rollos sagrados. Mi familia salvó su vida. No fue encontrada. Según mi abuelo los cosacos temieron caer en una emboscada, que según parece, a veces ocurría. La casa les resultaba sospechosa, tenía un pasillo largo y temían toparse con algún grupo de bolcheviques agazapados armados con metralla. Trágico fue el destino de la familia Lispector. El abuelo de Clarice fue asesinado, su madre fue violada y contagiada de sífilis, enfermedad venérea incurable por aquellos años. También se creía que las mujeres tenían chance de curarse la sífilis si volvían a parir. ¿No será esa una de las razones del nacimiento de Clarice, en Chechelnik, en condiciones tan difíciles, teniendo ella dos hermanas mayores? Dos años después emigran a Maceió, Brasil, donde desde muy joven, se consagra como figura relevante de la literatura brasileña y mundial. Jaia Lispector (*) pasó a ser Clarice Lispector. Gris Pasaron muchísimos años desde que dejé de soñar con el hospital. Solía verme asediado por sueños recurrentes marcados por la violencia. Todas las tramas me llevaban hacia un mismo escenario, hacia allí, un lugar indefinido, inubicable por mi memoria. Nunca pude estar allí. Mis sueños perdían rápidamente las pistas y las coordenadas para saber dónde había estado. Los sueños eran siempre de otros, eran siempre ajenos, aún si emanaran de mi. Eran sueños inútiles. Alguien los había soñado antes. Algún otro los había soñado y yo estaba obligado a vivirlo. Me vi forzado a habitar esos sueños como un sonámbulo. En el sueño me miro en un espejo. Tengo puesto un uniforme que parece el uniforme del laguer (**). Parado en una fila de prisioneros, hombres y mujeres esperando. Tienen la señal en sus rostros de terror acumulado, de dolor reprimido, de angustia desasosegada. Todo es gris, muy gris. De pronto suena un silbato y una jauría de sicarios vestidos de negro se lanza sobre nosotros. Gritan y empujan en un lenguaje extraño. Presionan, comprimen los cuerpos, empujan pero los prisioneros se niegan a subir a los trenes que como dice en el cartel se dirige al Guehenem (***). En ese viaje no habrá agua, ni comida, ni consuelo para nadie. Sólo gris. Cuando le pregunté al jefe del servicio qué podría significar semejante sueño me miró socarronamente y me dijo: ”ya lo vas a saber Bernardo, un poco de paciencia”. Durante las primeras semanas en las que Julián fuera admitido como paciente exhibió su histrionismo, sus conocimientos de literatura, que no eran pocos, incluso de psicología. Podría ser considerado un paciente interesante y sumamente llamativo. Sin embardo mis colegas prefirieron que el terapeuta tratante fuese otro. No querían implicarse en lo que suponían una terapia densa y trabajosa. A mí, por momentos me daban ganas de hacerme cargo de esa empresa, sus conocimientos literarios, en especial acerca de Clarice Lispector y las historias que la hermanaban con mi madre me alentaban a tomarlo en terapia. En esos días de duda apareció en la sala, el Dr. Raffo invitado por la dirección del hospital como didacta. Su misión era mostrar cómo operar con este tipo de pacientes: ni neuróticos, ni psicóticos ni border-line, ni, ni, ni. Venía también a supervisar la marcha de los tratamientos. Cuando habló con nosotros nos dijo: “no tengan miedo, si bien son pacientes habituados a vivir prisioneros de sus pasiones, dependerá de nosotros encontrar una vía de rescate. Deberán salir al ruedo como esos toreros bravos que incitan a la bestia a que corneen blandiéndole una capa con agujeros. Seré el lazarillo, no se asusten de la angustia de ellos ni de la que pueda brotar en ustedes aunque hierva y burbujee como la lava en un volcán”. El Dr. Raffo Mis compañeros, psicólogos y médicos treintañeros, nos miramos azorados ya que todo parecía indicar que iba a darse una eclosión de interesados. La oportunidad de esa experiencia con el Dr. Raffo sería única. Costearse un supervisor didacta de ese nivel, fuera del marco institucional era impensable para nuestros magros salarios. Pero no. Nadie se movió de su silla, cabizbajos evitaban la mirada penetrante del Dr. Raffo. Nadie quería decepcionarlo ni decepcionar a nuestro jefe pero el silencio inundó el salón de reuniones. No puedo explicar qué es lo que me llevó a dar un paso adelante, como hacen los valientes en los filmes de la 1º Guerra Mundial. Casi sin querer se me salió de la garganta un raro “Yo señor”. Me ofrecí como voluntario para ir a la guerra. El Dr. Raffo me miró divertido y me dijo: “espero sepa donde se está metiendo. Habrá que ver qué hay dentro de la cáscara de Julián. Tal vez sea un caparazón vacío, tal vez la morada de un asesino” Ese día me fui a mi casa inquieto y angustiado. No podía digerir mi almuerzo. Las palabras del Dr. Raffo me resultaron muy enigmáticas. ¡Un asesino! ¿Lo habría dicho en serio o estaba tratando de asustarme? Julián fue citado para el día siguiente a las 10 de la mañana y yo, el terapeuta designado como su analista, ese mismo día por la tarde. A Julián le brillaron los ojos cuando se enteró quien iba a ser su terapeuta. Durante el primer mes veía a Julián tres veces por semana y nuestros encuentros parecían una danza de dos bailarines que se evitan con ingenio y gracia. Mírame y no me toques. - El Dr. Raffo se reía de nosotros- “mírenlos, parecen dos caballeros”. Incluso, agobiado por mi búsqueda errática llegué a proponerles a él y a su mujer, Margarita, entrevistas de pareja. Verdadero dislate. El miedo calibraba mis pasos. El susto orientaba mi confusión.- Cuando iba a la sesión y lo veía esperándome me hacía recordar a la famosa frase del boxeador Bonavena - “cuando suena el gong, te sacan el banquito y te quedas solo en el cuadrilátero.” Escuchaba la voz de mi mentor que me alentaba “dale Bernardo, no tengas miedo”. Me azuzaba a que siempre diera un paso más. El momento más temido y el que me hacía sentir más expuesto aunque también el más divertido y ocurrente, era el de las supervisiones a cargo del mismo Dr. Raffo. Era un espacio lleno de imaginación en el cual el Dr. Raffo parecía inspirarse. Lo llenaba con alucinaciones, delirios, pensamientos bizarros de centenares de pacientes que el doctor había escuchado y atendido. Sin duda el Dr. Raffo provocaba inhibición entre los integrantes del equipo terapéutico que hacían esfuerzos por pasar desapercibidos durante el par de horas que duraba este evento en el cual debían mostrar ante el Dr. Raffo de qué manera trabajan y qué cosas le dicen a sus pacientes. Mis compañeros se reían de mi, consideraban que me exponía en demasía y que iba a terminar dado vuelta. Pero al segundo o tercer mes, no recuerdo exactamente, Julián me dice en la sesión: “Bernardo, debo contarle algo que me reservé hasta ahora”. Puse cara de analista y me propuse escucharlo sin demasiadas expectativas de descubrir nada verdaderamente nuevo. - Me dice- “me parece horrible lo que hace el Tupa con el patrullero de la policía que para en la puerta del nosocomio”. “¿Qué hace el Tupa?” pregunto verdaderamente sorprendido. “Se hace pegar cachetazos”. “¿En la cara?”. “No sería en el culo Licenciado, en la cara ¡claro!” Me lo dice de una forma que me hace sentir un poco tonto. En ese momento recuerdo que más de una vez el Tupa venía a la sala acompañado por un policía que lo traía esposado. Entraba tranquilo, aliviado sonriendo y guiñando los ojos. Averigüé que el Tupa sale del hospital caminando tranquilo, de repente cuando pasa al lado del patrullero comienza a correr. Allí es donde salen dos policías a perseguirlo y de paso a cachetearlo. “¡Confesá carajo! ¿por qué corres? ¿de qué te escapás? ¿a quién querés evitar? ¿qué es lo que hiciste, zurdo de mierda? Tras esa escena, el Tupa se suele distender y desanda el camino, vuelve a la sala. “¿No le dijiste Bernardo que de esta manera, con ese jueguito se alivia de la culpa que, calculo, sería agobiante? - Su tono suena a reprimenda.- No te das cuenta muchacho lo que significa padecer la angustia sin palabras, sin imágenes para hacerse matar.? - Tal vez un día de estos lo logre - Homicidio Las escenas que se generaban en la terapia eran por lo general reservadas. Es decir, que sólo los miembros del servicio podían presenciarlas. En esta oportunidad la sala estaba completa. Nadie quería perderse esta sesión que pintaba como muy interesante. Estaba el Jefe, Dr. Merón, y el mismísimo Dr. Raffo ¿Fue un intento de homicidio frio y calculado? ¿Fue acaso el desliz de un femicida o, más aún, de un matricida en potencia? “Cayó su cabeza como un carozo que se desliza del fruto y tras las cortinas temblorosas por la brisa, las voces como coro, inducen a Eros a convertirse en asesino” decía el último poema de Julián antes de penetrar en la escena del crimen. O bien “¿fueron mis brazos, fueron mis manos las que se deslizaron con sigilo hacia su cuello para convertirla en cisne?” Todos quedamos estupefactos, cohibidos, angustiados frente a la probable consumación de ese acto que nos hacía testigos obligados de una escena ficcional tan real, tan incestuosa, exhibida sin pudores.- Nos preguntábamos, ¿no habría que parar esta locura?- “¿Quien es cuerdo, quién es loco?” gritaba Julián. Pero era tarde para plantearse semejantes preguntas. Estábamos ya hermanados en la complicidad. “La va a matar Bernardo, tienes que evitarlo, si no te apuras, la va a matar” “¿A quién, a quién? A cualquiera de las dos o a las dos, a su madre o a su mujer Margarita. El Dr. Raffo me lo decía al oído con una expresión de alarma y urgencia que acrecentaba el dramatismo de la escena. “¿Pero cómo va a matar a su madre, si su madre está muerta?”, digo con la ingenuidad de un principiante que desconoce el universo de los fantasmas. “Si, si, - y en voz alta- eso es lo que cree Bernardo”. Está muerta pero también está vivita y coleando en las entrañas de Julián, horadándole la cabeza, burlándose de su psicología social y de su maestro Pichón Riviere. ¿Qué vio mi mentor para afirmar la inminencia de un crimen? ¿qué vio en esta escena?.¿Vio acaso lo que nadie había visto? Dos semanas atrás, en voz bajita casi inaudible Julián me confiesa algo que, según dice, lo hace sufrir hasta el desgarro: es el recuerdo de su madre en el lecho de muerte despidiéndose de cada hijo. Llevaba toda la mañana en esa triste tarea hasta que manda a llamar a Julián y con la solemnidad del caso le dice, con su voz aflautada pero no dulce: “hijo, debo decirte algo: Tu padre no es tu padre” y se muere, exhalando la última bocanada de oxígeno que aún manaba de sus pulmones. Esa frase que sonó como una sentencia, lo dejó anonadado. Julián, tapándose los oídos corre al baño y vomita, hasta agotar sus fuerzas. Gritaba hasta desgañitarse: “mataron a mi padre, mataron a mi padre. Quedé huérfano de padre, no sé quien fui y no sé quien soy.” A partir de ese momento, Julián sufre su gran ataque de agorafobia in extremis. El Dr. Raffo dirá, “atención Bernardo, esta es una agorafobia que lo puede dejar tapiado en su cuarto convertido en una cárcel. Va a elegir la peor sentencia: la de la prisión perpetua. Esa mujer acaba de dejarlo sin padre, sin nombre, sin historia, sin genealogía. Sólo puede albergar deseo de matarla, y si no es a ella será a la primer mujer que se le cruce, será una repetición del encuentro de Agamenón con Ifigenia.” Su esposa Margarita será el cordero sacrificial. Está ahora en el centro de la escena y sabe que se acerca su momento. Será el minuto, su minuto de gloria, el de la heroína desfalleciente. Tal vez su mujer, muy perceptiva y enamorada esté dispuesta a inmolarse y acepte el juego de la escena en el patíbulo erigido en un apacible living de una casa de provincia. Allí eligió Julián jugar la escena del crimen. La llama: “¿Margarita querida podrías estar en la sesión de hoy”? “Claro mi amor, ya voy, ya voy” dice con dulzura forzada mientras va entrando a la sala de sesiones y se ubica, directamente en la silla destinada a su persona, o personaje, mejor dicho. “¿Estoy bien aquí?” “Si Margarita, está perfecto” respondo. Todos me miran expectantes. Julián me dice: “Proceda Bernardo, ayúdeme porque estoy envenenado. Debería matarla pero no puedo, ya está muerta. Y ahora, ¿dónde podría encontrarla?” . “En Margarita, ¡su esposa!” “¿Qué me quiere decir, que debería matar a Margarita en ausencia de mi madre?” Matar a mamá En la escena estamos Julián, Margarita y yo. Son muchos los colegas y los pacientes que vinieron a presenciar esta sesión. Julián, ubicado en un extremo de la sala, se dirige hacia su esposa mientras formula un extraño soliloquio. - Dice:- “Me acerco a ella con sigilo, como si flotara en el espacio. Ella es mi ángel y me pertenece. Estamos en el Edén del Litoral, allí el Paraná aquí el Uruguay”. Exclama como parte de un recitado: “¡Vengan angelitos acérquense que habrá un espectáculo”! Voy a sacrificar a una mujer posesiva, capaz de despojarle a los hombres toda su vitalidad”. Margarita espera con absoluta lealtad la llegada de “su hora”. Sin protestar. Menea con suavidad su espalda y su agraciado cuello que se ofrece mansamente a las manos de un virtual asesino. Continúa el soliloquio: “Mientras voy al encuentro de mi cordero se escuchan los patos de la laguna, y los saltos del zurubí. Sopla una cálida brisa. Desde la terraza el gramófono reproduce la voz cálida de una mujer cantando “Berlín, yo te amo Berlín”. “¿Es Marlene Dietrich?”, se pregunta Morales. Sigue: ”Me acerco un poco más a ella y ella lo sabe. Su cuello está a mi alcance, la tomo de atrás sin violencias dejando que mi brazo derecho se deslice hacia su nuez. Estoy muy cerca de ambos, huelo sus perfumes, escucho mi taquicardia, estoy alerta, atento a lo que va sucediendo. Llegado a este punto Julián se detiene, desarma la escena y parece despertar de un sueño. Me busca con la mirada y me mira negando con la cabeza: “No Bernardo, no es mamá, no es mamá”. Margarita y Julián se abrazan en silencio. La escena tiene algo de película con un buen final. Podría ser burda pero no lo es. Más bien es cálida y emotiva. Nadie habla. Algún colega lagrimea, otro, en cambio, se acerca para decirme: “vos y el Dr. Raffo están un poco locos”. Habla rápido, en voz muy bajita y su tono es de desaprobación y reproche. Quizás mi colega tenga razón. Cargamos junto a mi mentor, el Dr. Raffo el mote de profesionales insensibles, osados, irresponsables a pesar de que el Dr. Raffo era una eminencia en neurología, en psiquiatría y en psicoanálisis. Yo si era un principiante. Se reían de mi y se preguntaban ¡por qué acepté complicarme con el Dr. Raffo? Yo pensaba, ¿cuándo se me iba a presentar una oportunidad como esta? De cualquier manera y a pesar de las críticas nadie osó poner en duda los efectos terapéuticos generados en Julián. Poder salir y entrar en la vida cuantas veces quisiera sin verse atrapado en la locura. Un mes después de esta sesión Julián Morales fue dado de alta. “Curado”. Sé que podría abrirse una interminable polémica acerca de la cura y otros temas caros a la clínica psicoanalítica. No es mi deseo abordar esa temática en estos momentos. Nos acusaron a mi y al Dr. Raffo de haber inducido a Julián a matar. A matar ¿a quién? Preguntaba yo. ¡A su madre muerta! ¿Es un delito? A muchos colegas les inquieta salirse de la vía oficial, “la línea recta”. Se sienten perdidos, solos, sin soporte si no transitan por los surcos ya arados. Querían saber qué clase de terapia era esta, qué nombre tiene. Y comenzaron a inventar nombres: escena virtual, crimen mímico, asesinato gestual, ensueño inducido, intervención imaginaria, acción en el vacío y otros tantos que no recuerdo ahora. Allá ellos. Mi despedida con el Dr. Raffo fue sencilla. Un darnos la mano y un fugaz abrazo. Estuvo genial Dr., aprendí con usted un toco. Y vos estuviste corajudo, Bernardo. ¡Te animaste a trabajar conmigo que soy insoportable! Mientras se iba me pareció escuchar un llanto. ¿Era mío, era de Julián? Cuando me dirigía hacia las cocheras con toda la intención de relajarme un poco y fumarme un cigarrillo, veo a Julián agazapado detrás de una columna. Licenciado Bernardo, “¿no se está olvidando algo?” No que yo sepa, ¿qué és? Con una sonrisa saca de su mochila mi cuaderno de apuntes y el libro de Clarice Lispector. “Licenciado, los dejó olvidados en la cocina del servicio.” “Uy, ¡gracias Julián!”. “Que sería de ustedes si no estuviéramos nosotros, los pacientes”. (*) Laguer campo de concentración (**) Jaia, nombre habitual en hebreo y en idish. Significa: la que tiene vida. (***) Guehenem del hebreo, infierno.
- Poder / Leonardo Dománico
“El Poder es el tercer peligro, puesto que está en las dos líneas a la vez. Va de los segmentos duros, de su sobrecodificación y resonancia, a las segmentaciones finas, a su difusión e interacciones, y a la inversa. No hay hombre de poder que no salte de una línea a otra, y que no haga alternar un pobre y un gran estilo, el estilo populachero y el estilo Bossuet, la demagogia de café y el imperialismo del alto funcionario. Pero toda esta cadena y esta trama de poder están inmersas en un mundo que les escapa, mundo de flujos mutantes. Y es precisamente su impotencia la que hace que el poder sea tan peligroso. El hombre de poder no cesará de intentar frenar las líneas de fuga, y para ello tomará, fijará la máquina de mutación en la máquina de sobrecodificación. Pero sólo puede hacerlo creando el vacío, es decir, fijando primero la propia máquina de sobrecodificación, manteniéndola en el agenciamiento local encargado de efectuarla, en resumen, dando al agenciamiento las dimensiones de la máquina: así sucede en las condiciones artificiales del totalitarismo o del aislamiento”.(Deleuze, Guattari, 2002: 232). Se lee en Las enseñanzas de don Juan que quien venza a su segundo enemigo: "Sabrá entonces que el poder tanto tiempo perseguido es suyo por fin. Puede hacer con él lo que se le antoje. Su aliado está a sus órdenes. Su deseo es la regla. Ve claro y parejo todo cuanto hay alrededor. Pero también ha tropezado con su tercer enemigo: ¡el poder! El poder es el más fuerte de todos los enemigos. Y naturalmente, lo más fácil es rendirse; después de todo, el hombre es de veras invencible. Él manda; empieza tomando riesgos calculados y termina haciendo reglas, porque es el amo del poder. Un hombre en esta etapa apenas advierte que su tercer enemigo se cierne sobre él. Y de pronto, sin saber, habrá sin duda perdido la batalla. Su enemigo lo habrá transformado en un hombre cruel, caprichoso. -¿Perderá su poder? -No, nunca perderá su claridad ni su poder. -¿Entonces qué lo distinguirá de un hombre de conocimiento? -Un hombre vencido por el poder muere sin saber realmente cómo manejarlo. El poder es sólo una carga sobre su destino. Un hombre así no tiene dominio de sí mismo, ni puede decir cómo ni cuándo usar su poder. -¿Cómo puede vencer a su tercer enemigo, don Juan? -Tiene que desafiarlo, con toda intención. Tiene que llegar a darse cuenta de que el poder que aparentemente ha conquistado no es nunca suyo en verdad. Debe tenerse a raya a todas horas, manejando con tiento, y con fe todo lo que ha aprendido. Si puede ver que, sin control sobre sí mismo, la claridad y el poder son peores que los errores, llegará a un punto en el que todo se domina. Entonces sabrá cómo y cuándo usar su poder. Y así habrá vencido a su tercer enemigo”. (Castaneda, 2010: 90). Sostenemos que cuando Mil mesetas establece esta alianza entre Nietzsche y Castaneda lo hace respondiendo a la necesidad de resistir a la opresión capitalista contemporánea: ellos no conciben su pensamiento por fuera de la crítica al régimen de producción de subjetividad capitalista. Hay en Nietzsche un temperamento, cierta propensión vital que deja una profunda huella en los autores. Pero al volverlo a traer a escena no hacen historia de la filosofía, no explican a Nietzsche (como tampoco analizan a Castaneda), sino que más bien le rinden un homenaje al usar las huellas que en ellos quedan de él para fabricar conceptos como máquinas de guerra. ¿Pero qué conceptos? ¿Qué extraña herencia se trama? ¿Qué le brindan éstos autores? Se podría responder inicialmente diciendo que la salida del dispositivo moderno de lo humano, la posibilidad de pensar por fuera de una forma de vida moral. En éste sentido afirmamos que Nietzsche opera una crítica radical al sujeto en tanto principio arquimédico desde el cual se piensa. Lo cual es fundamental pues en la Modernidad el sujeto es fundamento no solamente a nivel gnoseológico, cuando se plantea que el sujeto es el ente cognoscente que conoce la realidad objetivándola mediante representaciones propias; sino también a nivel metafísico, en tanto el sujeto es quien reúne la diversidad de uno mismo; igualmente fundamento desde un punto de vista moral, ya que el sujeto es quien puede actuar autónomamente porque es propietario de sus deseos y de sus acciones; y, por supuesto, el sujeto es fundamento a nivel político bajo la figura del propietario. Situados en este escenario, la creación de conceptos no es sino una praxis de resistencia a la opresión capitalista. En ¿Qué es la filosofía? (1993), Deleuze sostiene que la función de la filosofía, de la ciencia y del arte es la creación de conceptos, de funciones y de perceptos respectivamente. Para comprender mejor esto, es necesario ubicar a Deleuze en el marco del debate que se daba en el campo intelectual francés del siglo XX respecto de la filosofía de la ciencia. Pues, creemos, existe una diferencia de proyecto si comparamos la tradición filosófica francesa con la filosofía anglosajona de la ciencia –caracterizada por el positivismo lógico que se introduce con el Circulo de Viena- y con la teoría crítica alemana. La epistemología francesa no entiende la ciencia como una forma de conocimiento y tampoco tiende a asimilar lo científico a un elemento meramente teórico (Gallego, 2014). Desde la perspectiva francesa, el problema de lo científico no reside en la cuestión de lo cierto, de lo seguro, de lo certero; no toma como punto de partida la duda ni el contexto de justificación. Más bien se concentra en la creación que rompe con lo dado, otorgándole importancia a las condiciones históricas y ontológicas que permiten la aparición de lo nuevo. Asimismo, se rompe el compromiso con la voluntad de hacer de la ciencia un ejercicio de re-presentación de lo regular, para reconvertirla en una práctica profundamente cercana al arte en tanto intenta captar el momento en que las cosas cambian de dirección (Díaz, 2014). Finalmente, en cuanto a los riesgos, la ciencia francesa no comparte con la ciencia anglosajona la preocupación por la posibilidad de engañarse respecto de un resultado que se creía cierto y resultaría falso (o viceversa), ni tampoco comparte el miedo de la epistemología alemana respecto de que la ciencia resulte un soporte de procesos de destrucción o alienación social, sino que el valor científico es asignado a la creación de verdades significativas. En efecto, es significativa aquella creación que alude a problemas relevantes en un momento histórico dado y que permite nuevas formas de subjetivación. De lo que se deriva que la metafísica es ya política o, para decirlo en términos deleuzeanos, que los conceptos implican modos de vida. De aquí que los postulados de Nietzsche sobre la subjetividad sean decisivos para comprender el aporte de Deleuze y Guattari al debate político contemporáneo. Un lugar importante para pensar la crítica que Nietzsche le hace al sujeto moderno y a la sociedad de su tiempo puede encontrarse en el prologo de Así Habló Zaratustra. En donde ésta figura del hombre moderno se plantea en términos de lo que Nietzsche llama el último hombre. Allí Nietzsche hace un largo discurso utilizando la voz de Zaratustra para hablar del ultrahombre, el hombre por venir. Y quien recibe ese discurso es, justamente, el último hombre. El último hombre: efecto de homogeneización, violencia del predominio atroz de las fuerzas unitivas. La sociedad que conforman aquellos últimos hombres es aquella donde todos quieren lo mismo, donde todos hacen lo mismo. Vidas vividas por las palabras que se prepararon para ellos no quieren al ultrahombre, se ríen de él, satisfechas de sí mismas. Como señala Mónica Cragnolini (2000) el concepto de “Übermensch”, no señala tanto al “superhombre” sino más bien al “ultrahombre”. El ultrahombre no es una “versión mejorada” del hombre, sino un más allá de éste. El ultrahombre es una figura que no se resuelve, que no se deja totalizar, resultado de un pensamiento de la tensión como es el de Nietzsche. Sobre el ultrahombre tan sólo disponemos de algunas metáforas que permiten pensarlo. La metáfora del caminante es tal vez una de las más bellas y relevantes para dicho cometido, pues el caminante nietzscheano es aquel que nos devuelve la imagen de un yo múltiple, que camina simplemente por el placer de caminar, pues su caminar no tiene meta ni final. De este modo, la conceptualización del wanderer en Nietzsche quiebra con el modelo de viaje –literario- de la modernidad, es decir, el viaje de formación, el viaje que propone mostrar los avatares de un sujeto hasta el momento definitivo de encuentro con sí mismo, que hace que todo cobre sentido cuando se mira hacia el pasado. Es así que, en el viaje moderno, el sujeto busca reconocer(se): todo transcurre como si él se desplazara en el espacio para sumergirse en las profundidades de su ser, como si dejara el hogar para poder tener, finalmente, un hogar. En detrimento del viaje de formación, como señala Cragnolini, la noción de wanderer supone la paradoja de la des-identificación en la constitución de sí. Ya no hay punto de regreso, no hay reunificación posible en el ser. Al caer el sentido, la vida se transforma en un caminar errante. El desasimiento parece erigirse como el gesto que impone la subjetividad nietzscheana: no quedar atado a nada, ni a los padres, ni a los valores reinantes, ni siquiera al mismo desasimiento. Tal vez por eso Deleuze señala en Pensamiento nómada (2005) que no es posible que emerja una burocracia nietzscheana, a causa de que las figuras mediante las cuales Nietzsche pretende poner en juego la subjetividad no admiten una llegada, una enseñanza, una jerarquía de valores. La metáfora del amigo es igual de sugerente. Un amigo tiene que tener un atributo fundamental: debe estar a la altura. ¿Por qué un amigo es alguien que debe estar a la altura? Porque cumple la misión de impedir que la conversación entre yo y mí se hunda hasta las profundidades. ¿Qué implica estar a la altura? Hacernos la guerra a nuestro favor. Y para ello es necesario que él se convierta en nuestro enemigo. El momento en que reconocemos que un amigo es nuestro enemigo es cuando más estima debemos sentir por él, pues es a través de esta voluntad pleitista que nos empuja hacia el ultrahombre. Frente a la idea tan arraigada en nuestros días de la figura del amigo como “nuestro hermano”, como aquel que es nuestro igual, Nietzsche plantea al amigo como distancia. En su filosofía el amigo no es “otro yo”, sino aquel que puede promover una disrupción de mi yo, aquel que me desconcierta, aquel que impide el cierre en la mismidad. Igualmente podemos afirmar respecto de la metáfora del niño: que el sujeto devenga niño implica revalorizar el papel del juego y del olvido. La figura del ultrahombre que presentan estas tres metáforas de la subjetividad nos brinda una imagen del mundo como caos, como una pluralidad de fuerzas que se condensan y se disgregan. Y, por tanto, se sostiene la necesidad de logicizarlo para darle cierta unidad, aunque cualquier unidad que se le dé no es fundamento último sino tan solo un momento transitorio, una ficción útil o inútil. Mónica Cragnolini (2010) escribe que en Zaratustra la imagen del desierto es el desierto del sinsentido1. Nos armamos caminos en el sinsentido. Hay un sinsentido, pero las palabras hacen frente a la nada. Para Nietzsche la vida es la voluntad de poder. La interpretación habitual, al menos la que nos hereda el siglo antepasado, es la que sostiene que a partir de esta igualación entre vida y voluntad de poder se puede concluir fehacientemente que Nietzsche es un pensador individualista, que plantea la idea de voluntad de poder como dominio de lo existente. Frente a ésta interpretación, preferimos pensar que voluntad de poder es el termino, la ficción, a la que recurre Nietzsche para caracterizar el fondo último de la realidad, su modo de escabullirse, de pensar por fuera del dispositivo del “ser”. Escribe Nietzsche en los Escritos póstumos que: “El hombre es una multiplicidad de voluntades de poder, cada una con una multiplicidad de medios de expresión y formas. Las pretendidas pasiones singulares (por ejemplo: el hombre es cruel) son tan solo unidades ficticias en la medida que lo que llega a la conciencia como homogéneo desde los diferentes instintos fundamentales es compuesto conjunta y sintéticamente en un “ser” o “capacidad”, en una pasión. Igual que el “alma” misma es una expresión para todos los fenómenos de la conciencia, pero nosotros la interpretamos como la causa de todos esos fenómenos (¡la autoconciencia es ficticia!) (…) Interpretación, no explicación. No hay ningún estado de hecho, todo es fluido, inaprensible, huidizo; lo más duradero todavía son nuestras opiniones. Proyectar sentido en la mayoría de los casos: una nueva interpretación sobre una vieja interpretación devenida incomprensible, pero que ahora es tan sólo un signo (…) ¿Qué es lo que únicamente puede ser el conocimiento? Interpretación, no explicación” (Nietzsche, 1998: 25, 27, 28). Es interesante observar que Nietzsche nos habla de “voluntades de poder” con lo cual está hablando en plural. No hay una voluntad de poder detrás de todo lo real, sino que hay multiplicidades pero, además de esto, está diciendo que aquello no es más que una interpretación. Esto es muy importante para entender a Nietzsche porque él dice que “no hay hechos sino interpretaciones”. Entonces si no hay hechos sino interpretaciones aun la frase que dice “no hay hechos sino interpretaciones” tiene que ser asumida como una interpretación. Y ahí hay como una piedra de toque del pensamiento nietzscheano. El problema a nivel filosófico, nos dice Nietzsche, es que nosotros estamos acostumbrados a pensar en términos metasistémicos, metalingüísticos, en términos de saltar por encima de algo. Siempre tendemos a pensar con bajo la idea de fundamento, de que hay algo que está por debajo y garantiza lo que se yergue. Eso seria lo metalingüístico (lo que le da sentido a lo lingüístico) o lo meta sistémico (en el sentido de que la unidad metasistémica explica el sistema). Lo que Nietzsche plantea es que no hay un adentro y un afuera, un interior y un exterior, entonces lo que hay que pensar es lo mismo que está siendo pensado. Nietzsche inaugura algo que después se llamará el “círculo hermenéutico” y tal vez sea esto lo que a toda una tradición de la filosofía no le gusta, lo que no comprende, pues en definitiva prefiere vivir en un mundo donde hay hechos, donde reinan los fundamentos. De ahí las acusaciones a Nietzsche por relativista, sin ver que cuando se acusa a una posición de relativista es porque se asume que hay posibilidad de lo absoluto. En términos del circulo hermenéutico no habría relativismo. El modelo explicativo es un modelo de pensamiento pero no el único: es necesario aprender a quedarse en el circulo hermenéutico asumiendo que no hay verdad y que solo disponemos de un criterio que es ficcional para dirimir si una ficción es más útil que otra. Nietzsche piensa la realidad en términos devinientes, de constante movimiento, en donde la voluntad de poder sería una pluralidad de fuerzas en constante movimiento. La voluntad de poder tiene dos aspectos: el aspecto de unificación, que es el que crearía la idea de yo, porque el yo es una unidad de densificación, y el aspecto disgregante que es el que rompe continuamente con las densificaciones y las ficciones. ¿Por que es importante tener en cuenta en la voluntad de poder estos dos aspectos? Pero también, ¿Por que Nietzsche juega con la idea de que la fuerza mas fuerte no es la que une sino la que disgrega? Afirmamos que para pensar la realidad en términos de interpretación es necesario que sea mas importante la fuerza que dispersa. Porque si primara la fuerza que une estaríamos muertos porque precisamente la muerte es el predominio de la fuerza unitiva, lo que deriva en un estado de inercia. Cuando las unidades de sentido se tornan demasiado constantes lo que acontece es la muerte. Lo vemos en la vida cotidiana, en las relaciones humanas, en las instituciones. La vida en sociedad implica un fuerte predominio de las tendencias unitivas que se asumen como instancias fundacionales. Hay una tendencia a la inercia en la vida cotidiana, que tiene su lado practico, pero que se puede convertir en algo intolerable si uno se acomoda demasiado a eso. Si uno considera que la mejor vida es la vida acomodada a ciertas instancias unitivas pierde la capacidad de transformación de la existencia. Klossowski sostiene que el predominio de éste aspecto disgregante en Nietzsche hace posible pensar su pensamiento como una práctica del complot y del delirio: “...este pensamiento, a medida que se desarrolla, abandona la esfera propiamente especulativa para adoptar, o en todo caso simular, los preliminares de un complot. (…) Hay un complot nietzscheano que no es el de una clase sino el de un individuo aislado (como en Sade) con los medios de esta clase, no sólo contra su propia clase, sino también contra las formas existentes de la especie humana en conjunto (…) ¿Pero que es lo que se quiere atenuar? El hecho de que este pensamiento gire sobre el delirio como sobre su eje. Por otra parte desde sus comienzos, Nietzsche aprende esta propensión en sí mismo, todo su esfuerzo reside en combatir la atracción irresistible que ejerce sobre él el Caos: hiato que, desde la infancia, procura colmar y atravesar por medio de su autobiografía” (Klossowski, 1972:12). Al respecto, consideramos interesante concebir que Nietzsche plantea (al igual que Castaneda en el conjunto de su obra), una autobiografía hecha con múltiples estratos que lejos están de lo que se entiende usualmente por tal, es decir, la autobiografía en tanto afirmación inexorable respecto de la existencia de un sujeto ordenado a partir de una esencia, de un destino o una tarea. Las autobiografías que llevan adelante Nietzsche y Castaneda proponen al igual que las otras autobiografías el recorrido de la propia vida a través de la letra, con la diferencia de que allí la vida aparece desde otra perspectiva: en aquellos libros cuando se mira retrospectivamente en el tiempo no se ve orden sino caos y los acontecimientos, aquellos que remiten al nombre propio, aparecen mas bien como puntos de intensidad, gustos o potencia y no como sujetos que se forman. Así, en el Ecce homo (2011) lejos de afirmarse como sujeto, Nietzsche opta por diseminarse, por mostrar todas sus contradicciones a punto tal que ya no parece ser la autobiografía de un filósofo. Habla, por ejemplo, de lo que le gusta comer y de lo que no le gusta comer. “Tanto la escritura como la lectura son ejercicios de la memoria y del olvido. El ejercicio de la escritura a lo largo de toda la obra nietzscheana permite la aproximación a otro modo del Selbst en el que se hace visible este entrecruzamiento. Escribir y leer implican modos de constitución del yo en un continuo diferimiento de una supuesta intencionalidad de la figura del autor, como a un tiempo de su presencia (…) La escritura y la lectura son modos de la desaparición del sí y del olvido, como también, de la apropiación del sí mismo mediante la continua desapropiación”. (Sabino, 2012 :141). Nietzsche nos señala que conceptos como materia, cosa, sustancia, finalidad, son nada más que ficciones. Ahora bien, es dable pensar que si no tuviéramos esas palabras que organizan la percepción, el pensamiento, las sensaciones, habría un devenir constante, estaríamos como siendo arrastrados por un río sin posibilidad de estar en común. Esta parcelación que hace el lenguaje, este tejido que el lenguaje tiende sobre el mundo, es lo que nos hace mínimamente comprendernos, fijar la atención sobre alguna cosa. Simétrica es la advertencia presente en Mil mesetas con respecto a la relación del organismo y el cuerpo sin órganos: hay que evitar los cuerpos cancerosos, vacíos, cuerpos de nada. No se trata de destruir todo, de borrar el lenguaje, sino más bien de asumir que no hay una correspondencia bidireccional entre las palabras y las cosas para darnos la posibilidad luego de buscar ficciones vitales útiles, asumiendo que son simplemente eso, ficciones. No es de extrañar que Deleuze y Guattari recurran a Nietzsche y Castaneda cuando se están preguntando, en Micropolítica y segmentariedad, sobre los centros de poder. El aspecto unitivo de la voluntad de poder tiene que ver con la segmentariedades duras de lo molar, el aspecto disgregante evidentemente con lo molecular. Los segmentos duros que constituyen los poderes de Estado, Iglesia, ejército, escuela, se ven inmersos en todo tipo de movimientos, de alianzas, de encuentros, de agenciamientos que escapan a su telaraña. Cada centro de poder está hendido molar y molecularmente; está atravesado por tendencias molares y moleculares. “Evidentemente, los centros de poder conciernen a los segmentos duros. (…) el punto central común no actúa como un punto en el que se confundirían los otros puntos, sino como un punto de resonancia en el horizonte detrás de todos los otros puntos. El Estado no es un punto que carga con los otros, sino una caja de resonancia para todos los puntos. E incluso cuando el Estado es totalitario, su función de resonancia para los centros y segmentos distintos no cambian (…) Cada centro de poder también es molecular, se ejerce sobre un tejido micrológico en el que ya sólo existe como difuso, disperso, desmultiplicado, miniaturizado, constantemente desplazado, actuando por segmentaciones finas, operando en el detalle y en el detalle de detalles. El análisis de las disciplinas o micropoderes según Foucault (escuela, ejército, fábrica, hospital, etc.) da cuenta de esos núcleos de inestabilidad en los que se enfrentan reagrupamientos y acumulaciones, pero también escapadas y fugas, y en los que se producen inversiones. Ya no es el maestro, sino el jefe de estudios, el mejor alumno, el vago, el conserje, etc. Ya no es el general, sino los oficiales subalternos, los suboficiales, el soldado que hay en mí, y también el tarambana, cada cual con sus tendencias, sus polos, sus conflictos, sus relaciones de fuerza. E incluso el brigada, el conserje, sólo son invocados para que se comprenda mejor; pues tienen un lado molar y un lado molecular, y ponen de manifiesto que el general, el propietario, ya tenían también los dos lados. Diríase que el nombre propio no pierde su poder; sino que encuentra uno nuevo cuando entra en esas zonas de indiscernibilidad(...) los centros de poder se manifiestan en los puntos en los que los flujos se convierten en segmentos: son permutadores, convertidores, osciladores. Sin embargo, no quiere decir que los segmentos dependan de un poder de decisión (…) ¡Antes ser un minúsculo cuanto de flujo que un convertidor, un oscilador, un distribuidor molar!”. (Deleuze, Guattari, 2002: 227,228,229). Es la misma textura de los centros de poder la que explica que el oprimido pueda tener un papel activo en la opresión y no se debe buscar su causa en la ignorancia o el masoquismo. Por tanto es cada vez mas importante para las existencias darse una relación con el afuera, es decir, una relación de la fuerza con la fuerza. Creemos que la única manera de franquear los poderes establecidos es componiendo una relación con el afuera, ¿Pero qué símbolo más grande del afuera absoluto podemos encontrar sino la muerte? 1“Somos habitantes del desierto desde el momento en que hemos asumido el carácter transitorio del hombre, la pérdida de las grandes totalidades y de los grandes significados, y la ausencia de los principios aseguradores. La cuestión es cómo transitamos ese desierto, y cómo lo habitamos, sin convertir en desierto la propia vida” (Cragnolini, 2010: 184).
- Reb Feter Meier refuta al Gramático / Alberto Szpunberg
Las sílabas se gastan de boca en boca, hay frases enteras que caen de golpe en un bostezo, letras borradas de un plumazo, sintaxis que tartamudea, concordancias imposibles, tiempos verbales que ya no son hay mayúsculas de bronce que pesan más que el remordimiento hay estructuras de la lengua condenadas para siempre a la voz pasiva hay sujetos que se creen la acción del verbo, versículos encaramados en un discurso, capítulos finales que no resuelven nada, silencios que se traducen a sí mismos, páginas en blanco que aún esperan, singulares que en plural cambiarían la vida, futuros perfectos que están en la punta de la lengua y no atinamos, gerundios que postergan y no definen, participios moridos de nacimiento, puntos suspensivos sobre el abismo, lenguas muertas, filologías clásicas, hay frases hechas que arropan peligrosamente a los amantes y amantes que desnudan nuevos lenguajes: mar de amar, rama que es arma, ama que amarra, telos que hotelan con haches que sobran y hechos que echan y que hachan, mientras quien calla traga saliva, pero no siempre otorga. Está demostrado que una palabra puede luchar contra otra palabra -memoria y olvido, hambre y piedra, caricia y ausencia, muerte y dolor, amor y conocimiento, gota y océano- pero difícilmente contra un gesto de desprecio o, mucho peor, de indiferencia: en última instancia, toda oración, aun la principal y más devota, es una proposición subordinada. * Publicado en La academia de Piatock. Fundación Editorial el perro y la rana, Caracas, 2008.
- Texto surrealista / Antonin Artaud
El mundo físico todavía está allí. Es el parapeto del yo el que mira y sobre el cual ha quedado un pez color ocre rojizo, un pez hecho de aire seco, de una coagulación de agua que refluye. Pero algo sucedió de golpe. Nació una arborescencia quebradiza, con reflejos de frentes, gastados, y algo como un ombligo perfecto, pero vago y que tenía el color de sangre aguada y por delante era una granada que derramaba también sangre mezclada con agua, que derramaba sangre cuyas líneas colgaban; y en esas líneas, círculos de senos trazados en la sangre del cerebro. Pero el aire era como un vacío aspirante en el cual ese busto de mujer venía en el temblor general, en las sacudidas de ese mundo vítreo, que giraba en añicos de frentes, y sacudía su vegetación de columnas, sus nidadas de huevos, sus nudos en espiras, sus montañas mentales, sus frontones estupefactos. Y, en los frontones de las columnas, soles habían quedado aprisionados al azar, soles sostenidos por chorros de aire como si fueran huevos, y mi frente separaba esas columnas, y el aire en copos y los espejos de soles y las espiras nacientes, hacia la línea preciosa de los senos, y el hueco del ombligo, y el vientre que faltaba. Pero todas las columnas pierden sus huevos, y en la ruptura de la línea de las columnas nacen huevos en ovarios, huevos en sexos invertidos. La montaña está muerta, el aire está eternamente muerto. En esta ruptura decisiva de un mundo, todos los ruidos están aprisionados en el hielo, el movimiento está aprisionado en el hielo; y el esfuerzo de mi frente se ha congelado. Pero bajo el hielo un ruido espantoso atravesado por capullos de fuego rodea el silencio del vientre desnudo y privado de hielo, y ascienden soles dados vuelta y que se miran, lunas negras, fuegos terrestres, trombas de leche. La fría agitación de las columnas divide en dos mi espíritu, y yo toco el sexo mío, el sexo de lo bajo de mi alma, que surge como un triángulo en llamas. *Publicado en "La Révolution Surréaliste", N° 92 (1925). Traducción Aldo Pellegrini para su compilación Antología de la poesía surrealista, reeditada en 2012 por Editorial Argonauta.
- Adynata Noviembre / VPS
Hay veces que... tabla de surf vital en el mar de la pandemia. ¿Cómo seguir cuando...? burocracias institucionales, destratos, odios, vedetismos e hipocrecías. El otro día recordaba cómo... ráfagas refrescantes, de a ratos, entre zozobras y estupores. Sigo sin poder creerlo... universos de imágenes que atraen, amplifican y dialogan. No sé cómo voy a hacer con... quizás, ir más allá del rendimiento y de los resultados. Me preguntaba que haría sin... un desafío: esquivar la soledad o la familia como predestinación. Hay veces, cómo seguir, recordaba sin poder creerlo, cómo voy a hacer, me preguntaba. Tabla mar pandemia institucionales ráfagas, estupores imágenes más allá predestinación.
- Gestos y gestas cumbieras / La Kory
Cumbias, glitter y después Hay veces en que el tiempo se distorsiona. Hay veces que, en una sola noche y en un mismo lugar, confluye una superposición de capas temporales, una mixtura de signos y gestos que abren una bocanada de sentidos y te despeinan. Algo así sucedió hace algunas noches en Pompeya, en este momento de remarcado de territorios del “después del encierro”. Ya las redes anunciaban casi una fiesta garantizada: Sudor en la zanja. Rebelión marika. El barrio quedaba avisado: en el sur también vive el perreo y el glitter además de los bandoneones y la gomina. También Kory, la ex megadisco bailanta de la comunidad boliviana, nos ofrecía el brillo en su nombre: kory en quechua significa oro. Además, aquella megadisco te transportaba directamente a los destellos de los 80: por sus amplitudes, por el escenario elevado a dos metros del suelo ladeado por grandes columnas de sonido, por la larga barra a los costados y por la enorme bola de cristales en el centro tan digna de New York City como de Palladium. Recordemos que allá por 2019 Sudor Marika también tocó con Los besos en lo que fuera La France, sobre la calle Sarmiento al 1600, casi como anunciando su capacidad de puente agujereador de estratos fiesteros. Pero a diferencia de que, en aquellos boliches, el principio de no uniformidad rige, sin saberlo, montones de las vidas que con esta banda se sacuden. No sólo porque la moda no funciona como parámetro de vestimentas y decisiones sino porque en los modos de estar se respiran los fracasos de los ímpetus normalizadores. A la ambientación que el espacio ofrecía en la ex Kory se sumaba que esa noche de viernes, los 80 sobretodo venían por lo que traía el clima que allí se respiraba, se transpiraba. Como siempre que toca Sudor y casi como marca fundacional de la banda, la moral andaba suspendida. Casi como una misa ricotera sin rey, casi como aquellos guiños redondos que la fiesta irrumpía abajo y arriba del escenario. Podrá hablar aquí la exageración, pero los cuerpos transpirados de aquellos pogos sabemos cuando estamos en lugares donde la moral se queda afuera y la fiesta vibra. Mientras la fiesta la comandaba Rebelión en la zanja, Santa Gilda y el Gauchito Gil engalanaban con sus figuras esta nueva celebración pagana post encierro. Fiesta que arengaba, a todo ritmo de bajo cumbiero a quemar patrulleros y sacarse lo neoliberal acompañadxs de una sensual e inagotable bailarina que hizo brillar la alegría de esas cumbias dedicadas al tío-abuelo de 81 años que disfrutaba orgulloso entre el público. Cuando el brillante despliegue de Sudor Marika okupó el escenario, plantándose con todos los yeites de una banda de cumbia, quedaron a la vista estos 6 años de experiencias y escenarios que abrieron camino para las cumbias disidentes y antipatriarcales. No sólo por la confianza ganada al moverse, sino y, sobre todo, por el derroche de disfrute que emanaban. “La marca de Sudor” tiene múltiples potencias como una marca fractal que trae tanto esa capacidad desfachatada de reírse de la solemnidad impostaba de la moral, como ese despliegue de provocación ante su sola presencia, engalanando esta noche de octubre con atuendos de camisas de animal print junto al negro vinílico de las calzas. Un cambio de piel, metamorfosis animal, devenires felinos y texturados. Trae también una capacidad de afirmación del desakato hasta queerizar la guerrilla “somos guerrilla de la subversión sexual”, de subvertir las fórmulas hasta reclamar “¡reforma agraria trasnfeminista ya!”, “queremos semillas, pero no las de Monsanto” como arengaron frente al congreso ante los azorados muchachos que acompañaban el reclamo de la UTT y se veían mucho más cómodos con las chacareras que con los perreos de las disidencias sexuales. Otra vez la mirada paki que vislumbra, parpadea y se le mete una pestaña postiza en el ojo; que salta del pogo marika, de la cumbia lesbiana, del agite trans. El monopolio de las fuerzas se distribuye y confunde-conmueve también a esos que piden por la tierra, pero que no se habían cuestionado aún, quizás hasta esa noche, por la distribución de los placeres y la equidad gozosa. Megadisco sudando y perreando, destellos kory de amores planeros y tijeras piqueteras con la fuerza movediza cien por ciento pluma que ya fracasó en el amor libre porque, en esta especie de salida de los encierros de la pandemia necesitamos hacer lugar a todas estas múltiples capas tempororespaciales que la magia bruja convoca porque desde aquella noche los cuerpos saben que el deseo es una bailanta. Y el deseo salió de la casa, del adentro, del miedo, del protocolo, del dato, la cifra, la interioridad, el corralito y la burbuja. Los hits que sonaron desde el comienzo de la pandemia no eran bailables, ni generaban lazos, ni risas, ni afecto alegre alguno. Se vaciaron desde los teatros hasta las fábricas, y los fantasmas se multiplicaron. El deseo quedo solo, atrapado en teatros donde se repiten tragedias y dramas y, si bien alguna vez pensamos que en la fábrica se puede devenir más vital, allí también se dejó de producir, entonces, ¿dónde hay lugar para el deseo? En la bailanta y bien al Sur. Sabemos que la fuga suele ser por el Sur, en el norte está el centro, el rostro, el patrón, el amo y el macho, todos fantasmas reales que la pandemia no logró exorcizar, al contrario, proliferaron y ahora se llaman libertarios. Otra vez miran al norte y hacen covers como si fueran raros peinados nuevos. Ellos quieren volver a los 90 como paraíso perdido, pero algunxs sabemos que no hay donde volver. Ellos detestan la memoria, pero algunxs sabemos que en la memoria pueblan y laten gestos para inventar un porvenir. El futuro está detrás, empujándonos. En los 90, las fábricas vaciadas por las políticas neoliberales devinieron en bailantas donde las masas desempleadas se amuchaban para compartir algo de la vitalidad que aún no habían logrado privatizar. Los cuerpos saben encontrar en medio del sinsentido, algún espacio para sentir otros afectos. Cuerpo clase media, tan zombie ella en los 90, enceguecida por ese uno a uno, entregó su vitalidad toda, a cambio de objetos de todo por dos pesos y el deme dos. Cuerpos clase baja y desempleada que, en cambio, resistió por ese beso a beso de la mona o ese pasito a pasito de Gilda. Gestos como pases mágicos que se llevaron la tristeza por una o dos noches. Esos gestos compartidos en jarras locas, en vasos enormes, en rondas danzantes, en cuartetos de cuerpos apretadísimos. Las bailantas crecieron como portales incompresibles para la clase media, pero ella en su voracidad del deme dos, también quiso bailar cumbia. Pero sin sudar, sin mezclarse, sin extraviar nada, porque ya había perdido toda conciencia de clase a cambio de espejitos importados. Cumbia de gente bien, cumbia para entretenerse. Hijxs de toda esa clase media que pudieron quemar con la farándula berreta, el fin de la historia, las privatizaciones y los viajes a Disney, se apropian de lo mejor de esa cumbia; la de las fábricas vaciadas. Gestos que se quedaron en esas pieles y despertaron cuando otra vez sonaron los estribillos del individualismo, de menos estado, del derrame, del dios mercado, de la meritocracia. La vuelta del neoliberalismo y la pandemia, como su hija pródiga, ha vaciado otra vez las fábricas y quiso volver a privatizar el deseo, pero no saben que a algunxs creyentes de la Santa Gilda, lxs une la memoria colectiva, impersonal, ancestral. Esa que sabe que el Deseo es una bailanta, ni personal, ni individual, ni interior. Colectivo, multitudinario, anónimo, heterogéneo, expansivo y cumbiero.
- Noviembre Adynata / MP
La pandemia amenazó, hirió, arrasó, la vida que teníamos, dejando (dieciocho meses después) todo como estaba, lo que quiere decir: mucho peor a cómo estaba. No se puede seguir como si no hubiera pasado nada (extirpando emociones y silenciando terrores). Se puede seguir sí, con ilusiones y deseos, pero con la vida rota. ¿Cuánto tarda una civilización en aprender lo vivido? ¿Qué más hace falta para una común percepción planetaria de la fragilidad no eterna de lo vivo? Los días pasan sin que pase nada. Salvo el calendario del hambre, las desesperaciones que no cesan, las pérdidas irremediables. Salvo, quizás, la súbita fiesta de quienes se encuentran en una común protesta.
- Sesiones en el naufragio (13) Con quienes la soledad / Marcelo Percia
Recuerdo un grupo con infancias que no se llevaban bien con la escuela. Comenzábamos sentados en ronda sobre el piso. Antes de que cada cual se pusiera a hacer lo que quería, preguntábamos si alguien tenía ganas de contar una cosa. Ante la pregunta ¿Qué cosa?, decíamos: Una cosa o una cosa o alguna cosa. A veces, relataban algo; otras, nadie decía nada. Una vez, un nene dijo que quería contar una cosa, pero en secreto. Apoyó las dos manos haciendo un muro en mi oído y susurró algo que le pasó. Pregunté si podía contar lo que me dijo y respondió que no. Insistí si podía decir si se trataba de una cosa triste o alegre y respondió en voz alta: “¡Triste!”. En eso, alguien dijo: “Yo sé el secreto: un auto atropelló a su perrita y la mató”. El nene del secreto aclaró, fastidiado, que no tenía ninguna perrita. “Ah… yo pensé que ese era el secreto. Pero, ¿por qué se te ocurrió que podía haber pasado eso? Porque mi papá contó que atropelló a una perrita haciendo el reparto”. Y, entonces, en ese momento, se encienden las voces y, de a poco, comienzan contar otras historias: un perro perdido, otro que mordía, el novio de una prima que se murió por andar sin casco en una moto, que en la calle insultan a las chicas que pasan, que no me dejan cruzar para ir a hasta la panadería. Y así hasta que, de a poco, se van yendo a jugar. Al rato, vuelve el nene del secreto y me dice al oído: “¿Sabés una cosa?, a mí también me dieron ganas de contar mi secreto, pero no lo conté porque era un secreto”. Y volvió al juego. Tal vez estar en común solo resida en la invención de momentos de intimidad y confianza, instantes de conexión y desconexión, invitaciones y resguardos, oportunidades de entrar y de salir de las palabras, mientras el juego. El enunciado tener con quien jugar expresa uno de los grandes asuntos de las infancias. Desde entonces, la vida trascurre teniendo con quienes estar, con quienes hablar, con quienes salir, con quienes llorar, con quienes esperar, con quienes amar, con quienes reír, con quienes bailar, con quienes trabajar, con quienes pensar. Soledades necesitan tener con quienes la soledad.
- Destellos / Alejandro Kaufman
El presente libro surge de la calamidad 2019 y durante todavía su transcurso. A fines de ese año se inició el porvenir aciago que nos mantiene en cautividad, mientras leemos las páginas que siguen y escribimos las que acompañan a los Destellos. Designación, destellos, de aquello que titila entre sombras, emerge de la oscuridad y ofrece una dirección hacia dónde ir en incertidumbre. ¿No necesitaremos nuevos conceptos?¿Algo así como una teoría de la indigencia? Más que nueva normalidad y “convivir con el virus”, una incipiente indigencia. No solo por cómo se distribuyó aun más injustamente la riqueza y las estadísticas señalaron un empobrecimiento general, sino porque aquello que para el mundo fue una ínfima dislocación ultramicroscópica -hasta conveniente para buena parte del propio mundo- para la especie humana resultó en algo para lo que no tenemos palabras. ¿Qué es no tener palabras? Saber algo que no sabemos cómo decir. Sabernos ante una presencia innominada y silente. Es uno de los rostros de lo que llamamos catástrofe. Entre sus pliegues habita una cotidianidad dotada de los rasgos de lo impensado, una normalidad recurrente, día a día, solo sustentada en lo que la corporeidad tiene como ley: sobrevivir. Cuando sobrevivir se convierte en una meta excluyente porque no hay otra que pueda considerarse sin tal condición esencial, volvemos, si es que eso fuera un retorno, o más bien, nos despojamos de nuestras pertenencias, como quien en el trance de ahogarse en las aguas intenta desprenderse de su indumentaria. En tal situación de supervivencia toda pertenencia que no sea el solo cuerpo es una sentencia. De ahí que cuando nos acercamos a la muerte se nos adhiere la desnudez como inminencia de una verdad, la de que solo en el aliento que ritma la existencia con el límite con que nuestros pulmones devoran la atmósfera reside esa verdad. Es por ello que las prácticas sapienciales recurren a situarnos en la respiración, concreción del límite con que cada inhalación desmiente a las desmesuras con que nuestras ilusiones nos engañan y referencia decisiva, la respiración, para definirnos con vida o sin vida hasta que desde hace unos dos o tres siglos comenzó la saga que ahora encuentra su culminación. Desde hace tan poco liquidamos el aliento como signo de la vida y lo sustituimos por artificios que nos la mantienen de modo ilimitado. Tal la demasía que la calamidad vino a enmudecer. Indigencia entonces del mundo que habíamos elevado en estos últimos dos o tres siglos (número que puede variar según los hitos elegidos: nos inquieta ahora el concepto, no su periodización discutible) y que en este último año y medio entró en colisión con algo no menos banal que un gran trozo desprendido de hielo, un corpúsculo reproductible en cuerpos que comparten una fuente aérea. En un mundo donde no ha quedado ángulo por transitar, la fuente aérea es el mundo todo, y no hay afuera. Indigencia de la cultura, designada antes como malestar; pero para mal estar hay que tener algo que discutir y calificar, y la indigencia en cambio designa la desnudez, la desposesión de todo aquello que se daba por sentado. Se daba por sentado respirar, la gratuidad del aire, la autonomía corporal, el lazo social. Que nos causemos la muerte recíprocamente sin enterarnos siquiera designa una pugna peculiar. Que una civilización orgullosa de emprender abordajes a Marte sea humillada por tan poca cosa... Y que la interconexión de todas partes con todas partes, no solo como suceso técnico, sino como deseo de hollar todas las superficies, aspirar todos los climas, degustar todas las comidas, y sonreír ante todos los crepúsculos se haya convertido, como en la pesadilla más inimaginable, en un veredicto sin fin y sin remedio para millones de almas. Pero si mentamos una nueva pobreza es por muchas otras razones, excedentes de estas líneas. Una de ellas, no menos decisiva de la indigencia de la cultura, reside en el colapso civilizatorio que transitamos. La llamada cultura reposaba su exterioridad solidaria con un mundo no exento de desastres, infortunios con los que limitaba la propia exterioridad que la hacía posible. Una conjunción operosa se había trazado entre horrores y cultura. Inflexiones que auguraban mundos infames eran refutadas, como dice la autora en una de sus entradas, por otras voces que hilaban la continuidad de las interlocuciones. Algo así sucederá seguramente en un futuro no lejano, ciertos como estamos de que la calamidad, de un modo u otro, con una resolución más o menos gravosa, concluirá en algún momento, y lo penoso aquí señalado será olvidado de las tantas maneras en que tienen lugar los olvidos, tal vez saturando hasta el agotamiento todas las superficies de inscripción con palabras vanas o plenas -al menos algunas, quizás-. Indigencia es algo sobradamente dotada de palabras vanas, que es lo que les sucede a las palabras cuando no se pueden pronunciar con serenidad frente a la muerte. Finalmente palabras plenas, poéticas, como las de este libro, son aquellas que se saben, y nos hacen saber que se saben, en el umbral. Haber atribuido a las palabras un estatuto ineludible de barbarie como éxito de los acontecimientos del horror necesitó la voz que refutara la literalidad del enunciado y los invistiera de carnadura radical mediante su escritura. Celan es quien restituye en la barbarie al lenguaje de su plenitud, y es por ello que solo puede manifestarse a contracorriente, como una nueva lengua. En la sucesión de la catástrofe, la lengua que al poema compete es la lengua del silencio y la fragilidad, la que da testimonio de la pérdida, y de una esperanza “que no es para nosotros”, pero que sin tal testimonio ni aun sería concebible para un futuro. Ante las soberbias que destruyen todo a su paso: en espera de la palabra que salva, no importa dónde ni cómo se inscriba. Los acontecimientos del horror, como los naufragios y los estragos, destituyen las superficies de inscripción que el poder determina para el registro. Así desde que existe la escritura, vicaria de la corporeidad, largamente debatida. Sea la piedra, el bronce, o aun el papel y demás medios de conservación de la palabra escrita en la larga era de la escritura -no tan larga en comparación con el inasible tiempo de la oralidad precedente- se ausentan en la adversidad y se escribe sobre cualquier superficie y con cualquier tinta con tal de dar el salto entre corporeidades en esas situaciones condenadas o limítrofes. En tiempos de superficies fotónicas, los nuestros, inscribirnos en pantallas con palabras no vanas puede ser un intento de supervivencia de la lengua a contramano. Algunas plumas lo intentan dentro de la llamada cultura que desfallece a manos del hiperobjeto corona. Sin pretensiones sublimes, solo en estado de vigilia, prevenidas frente al estupor en cuyo pliegue la desolación digital se prende a nuestras neuronas para dejarlas exangües. Que en tales circunstancias, semejantes superficies de inscripción hayan albergado las palabras que este libro redime de su origen, es un acontecimiento de supervivencia que nos llena de esperanzas en la íntima intemperie1. Fuente: Kaufman, Alejandro. "Prólogo" en Ortiz Maldonado, Natalia. Destellos. Cielo invertido ediciones. Córdoba, 2021.
- Te lo juro por Batato. Biografía oral de B. Barea (fragmentos) / Fernando Noy
María Elena Walsh ...para que sigan hablando... Me llamó por teléfono para invitarme a ver su espectáculo. Mucha gente ya me había hablado de él y a mí, en lo que había visto por los medios, realmente me causaba gracia su humor tan original. Nos conocimos durante una fiesta en lo de Ruth Benzacar. Estaba mirando a los invitados que entraban, de pronto veo aparecer una espalda rosada enorme y digo en voz alta: “Ay, esa chica, qué calor inmenso debe tener para andar así escotada”. Era B., que llevaba un vestido color naranja muy ajustado, chico para él. En solfa, le comenté al acercarse: “No hay que descubrirse tanto”. Su mirada, al volverse, en verdad me traspasó por completo. Era exactamente como yo lo imaginaba. Hilarante pero además tierno. A lo largo de mi vida conocí algunos muy pocos personajes así. Incluso dos eran curas: el Padre Elizalde de Ciudadela y un párroco de San Nicolás, muy flaco y alto con quien una vez, sólo una vez y ya no sé por qué causa, tuve una charla. Al volver a mi casa me dije: “Este es un santo”, como una impresión que surge naturalmente, tal vez del conocimiento por lo que te dice. Algo transmitido más allá de las palabras. A estos seres además les di el rango de ángeles. Es como poder conservar a través de alguien tu propia inocencia. Al mismo tiempo, de B. me sorprendía ese modo valiente de plantarse ante todo, su desparpajo, la chispa insolente. También intuía otras cosas. Él no era así, sino más natural, de verdad muy humilde. Parecía alguien que al final jamás te iría a arrollar, ni a tratar de imponerse ni querer enseñarte alguna cosa. Él ni sabía quién era. De algún modo u otro, la desmemoria en general nos inunda, esto pasa aquí y es terrible. Al final no se va a saber más nada de nadie, no sólo de B. Descubrí que una de las causas de nuestro trabajo (no me gusta utilizar la militar palabra lucha), es recuperar la memoria de esos artistas tan queridos. Muchos creadores generalmente tienen una elaboración previa muy grande, o si no desde los propios personajes. Pero B. estaba como encarnado y nacido en su “rol” y además no aparecía la típica sobreactuación del travesti. Para nada. Era otra historia. Siempre lo vi despertando la sonrisa de un modo casi involuntario. Quizás tenía todo un trabajo anterior pero, si había escuela o conservatorio, eso no se notaba. Poseía el toque secreto que tienen sólo algunas marcadas figuras con los misterios de la representación. Yo también pienso escribir sobre este asunto de la desmemoria. Por otro lado, nunca nos van a permitir que olvidemos a Marilyn Monroe o a Kennedy. Nadie duda que se lo merezcan, pero es una serie de memorias, diríamos, previsibles. Ahora, ¿quién se acuerda de tantos aniversarios de nuestra propia gente? No se trata de sobrevalorar, sino de recordar con vehemencia que existieron seres como Batato Barea. Y cómo fueron. Y qué hicieron para que se siga hablando tanto de ellos. Un globo inmenso o su Historieta Obvia Nadie puede amar la verdad y el bien sinceramente, si no abjura de la multitud y el artista, aunque puede utilizarla y estudiarla, debe aislarse de ella para evitar el contagio. Giordano Bruno (escrito en su agenda 1978) Si te llamaba B. para acompañarlo en sus andanzas por los escenarios casi siempre improvisados, seguro no serías capaz de sustraerte y te entregarías por completo a su séquito. Pero incluso si no te invitaba igual ibas a verlo, a palparlo, en camarines abiertos como calles, querido al extremo. Sólo bebía jugos de frutas y las pocas veces que probó la merca nunca dijo nada. Yo me drogaba de él y de su amistad incomparable, incluso con odio y amor entrecruzándose como destellos para espantar el habitual hastío, como una mosca con la máscara de su desprecio que bien disimulaba en su propia sonrisa. Si te llamaba, era como acceder a un privilegio cercano al don poético, el más alto de todos los dones. Pero igual serías al fin uno más, no tendrías que preocuparte ni por los detalles de cartel, él siempre te pondría primero, incluso haría la prensa para todos y nada de taxis o remises. En colectivos y caminando desde la redacción de Crónica a Editorial Atlántida, por las calles llenas de camiones con choferes silbando. Todavía no estaba la autopista y podían, recién llegados de todas las provincias, estacionar bajo los árboles. Si te llamaba, siempre estarían su caja con pastas, pintura y maquillaje prontos para ser usados. Un mismo rouge para casi diez, un lapicito marrón o azul, el mundo paupérrimo de aquellos días que en realidad fueron noches exhaustas de tanto taconeo y serenata: “Aquí me pongo a cantar / debajo de este membrillo / y quien no quiera escuchar / que apriete el gatillo. / Aquí me pongo a chupar / detrás de este estribillo / y quien no quiera gozar / que se cosa el calzoncillo”. Helena Tritek ...una morisqueta desdramatizadora... Con B. pasó como en ese cuento de la mariposa que ve por vez primera la llama de una vela. Enseguida desea saber qué es, para qué sirve. Se le acerca tanto que termina por quemarse en ella. Cierta noche se reunieron las mariposas. Una voló hasta un lejano castillo lleno de luces, al volver contó lo que había visto según la medida de su inteligencia. Otra mariposa pasó cerca de la vela, tocó con sus alas la preciosa llama, por suerte pudo volver y revelar algo del misterio. Una tercera mariposa se levantó, ebria de amor, dispuesta a arrojarse contra la llama. Cuando las mariposas vieron de lejos que la llama había identificado al insecto con ella, dedujeron: la mariposa ha aprendido lo que quería saber. Pero ella sola lo comprende y eso es todo. B. me ayudó muchísimo porque había en mi formación teatral enormes fallas para concretar cosas y él me inducía. Por él llegué al Parakultural, Mediomundo y otros lugares. Una vez en el Rojas, en diciembre de 1987, comprobó que su espectáculo le había quedado corto. Entonces me dijo: ‘Helena, tenés que hacer algo. Metete, hacé’. Siempre pintaba soles y me los regalaba. También poemas. Era un buscador de voces. Así conocí a la poeta uruguaya Marosa Di Giorgio, que me impactó. Después casualmente me regalaron uno de sus libros y se lo pasé a B. Se llamaba Clavel y tenebrario. Fue su regalo más precioso, más que un baúl con monedas de oro. Marosa Di Giorgio es realmente lo que ella oculta. Una Santa. El logro de una Santa. Incluso físicamente Marosa es bastante parecida a B. Intentábamos llevar la poesía al teatro o viceversa. Especialmente porque nos gustaba tanto, creíamos que eso podría disfrutarlo el público, como una morisqueta desdramatizadora. La primera vez que fuimos al Parakultural habían exactamente cuatro espectadores y B. actuaba del mismo modo que para cien. Otra vez hizo un espectáculo en el Rojas, cuando todavía el Rojas no era popular y había sólo tres. Éramos tres. No sé si los mismos. Y él volvía a hacer su espectáculo con la misma entrega. Fuimos amigos desde 1983, la noche en que con Antonio Gasalla lo vimos por primera vez. Antonio lo seleccionó enseguida. No tendría que dar prueba. Bastó con su presencia. La poesía es como Dios para nosotros. Me parecía increíble que Rumi, un poeta santo, pudiera ser recitado en la taberna o esas cuevas por las que andaba B. Oyéndolo, abandoné todos mis prejuicios. Ibamos al Café de La Magnolia, que rebautizamos así porque está frente a un árbol de magnolias. Contábamos cúantas flores tenía o jugábamos a adivinar para ver quién pagaba el café. Ahí leíamos a Elyttis, Kavafis, Yanni Ritsos. A veces me acompañaba al neuropsiquiátrico Moyano a hacer teatro para las internas. Es muy difícil encontrar voluntarios. Fue una de las pocas personas que se ofreció inmediatamente. Conseguía ropa, cosas, regalos para ellas, sus novias. Todavía me preguntan en el Moyano: ‘¿Dónde está tu amigo el payasito rojo?’. Me acuerdo de una señora en silla de ruedas, ni se movía. B. la invitó a bailar, insistió tanto que la mujer se levantó de la silla y se puso a bailar con él como si nada. Para colmo era una tarantela y él me decía: ‘Mirá Elena, mirá’. Yo pensaba no puede ser, no puede ser, esto es un milagro. Nadie lograría creerme. Después supe que tenía ‘aquella’ enfermedad. Había toda una teoría respecto a que si uno tenía ‘eso’ no debía hablar porque se bajan las defensas y por que la gente empezaba a manifestar compasión y debe ser muy duro sentirse compadecido. Ahí te ponen una cruz. Te archivan. Yo acepté su muerte como corresponde, pero hay un lugar que quedó vacío para siempre. Allí sólo cabe la misericordia divina. Vivi Tellas ...todo se improvisaba... Lo conocí con un oficio inesperado, mozo. Yo era una de Las Bay Biscuits y tendría como él, alrededor de veintitrés años. No mucho tiempo después, con Los Peinados Yoli, lo descubrí haciendo algo con una bolsa de arpillera y no lo podía creer; de haberlo visto sirviendo ahora mostraba esto que me dejaba con la boca abierta. Saltaba de un lado al otro y repetía: ‘Yo soy B... Yo soy B. Era una rareza, pero yo sentía que ese vacío estaba premeditado y su presencia era increíble. Luego preparamos juntos Actos de Pasión, donde B. ofrecía una especie de flamenco y ya empezábamos a imaginar el número de la mujer paseando su perro. Yo acababa de recibirme en la Escuela de Dirección. En Actos... trabajamos B., Jorge Gumier Maier, Rosario Bléfari y yo. B. bailaba con Rosario, Gumier Maier decía su monólogo sobre las diferentes formas de suicidarse a la vez. Yo hacía de nenita. Cuando ensayábamos, era como caer en éxtasis. Todo tan intenso. Lo mismo con La Mujer y su perro. Y eso que simplemente se trataba de una mujer que sacaba a pasear el perro. Tenía una música diferente para cada momento y no había nada de texto. Se sentaba con una revista y le daba juguetes. En un momento el perro se ponía pesado, me agarraba la pierna, me la quería cojer y yo lo sacaba, pero el animal insistía tanto que al final acababa chupándome entre las piernas. La resolución del vestuario que B. había hecho era simple y genial, con mi viejo tapado de llama, amarillo, parecía un afgano y llevaba medias de lana del mismo color. Era im-pre-sio-nan-te. A veces sentía que estaba realmente con un perro. Una noche en Cemento, alguien le comentó a Omar Chabán: ‘Ahí está Vivi, haciendo porquerías con su perro’. Llegaba a ser escandaloso y eso que se trataba apenas de un actor con su tapado hecho andrajos, pero cómo se movía, qué raza, qué furia, qué celo. Y a pesar de que despreciara el término actor no dejaba de ser un verdadero intérprete. Además me encantaba verlo vestido de hombre. Haciendo su papel de seductor que al menos conmigo tenía que desplegar cada noche. Y también armamos un número dramático de cierta mujer escribiendo una carta muy densa. Él, de pronto, me cacheteaba. Enseguida había aullidos y después venía el gran abrazo de la reconciliación. Debe haber sido una de las pocas veces en que interpretó a un galán. Pero estaba bárbaro en ese personaje. Muchos años después lo convoqué para debatir sobre el tema ‘¿Por qué el teatro se repite? ¿Por qué el teatro insiste en hacer funciones, lo que es realmente contrario a la performance?’ Yo sabía que B. odiaba los ensayos, repetir y repetir sin ton ni son y estaba en esa de que todo se hace por primera vez y punto. Incluso su corte de manga al Clú del Claun fue tal vez el hecho de comenzar a volverse travesti. Igual, incluso con tetas, yo siempre lo vi muy varón. Nunca creí en su cuerpo femenino y ni él mismo lo era. B. trabajaba obsesivamente con los contrastes. Era un hombre vestido de mujer o una mujer en el cuerpo de un hombre, frente a frente. La noche del debate en el ICI dijo: ‘Yo nunca me repito y como no lo hago...’ Ahí, ya sabemos, mostró las tetas, de pie. Todo está registrado en la videoteca del ICI. Cualquiera puede pedir que se lo pasen. Fue tan impresionante porque no se vieron solamente las tetas, también los restos de la reciente operación. Estaba todavía con las vendas, pero no se parecía en nada a un mutilado. Noches de Mediomundo “Oh mitad de mí Oh pedazo arrancado extirpado de mí”. Chico Buarque Era tal nuestra comunicación que nos aturdíamos incluso de silencio, en medio del aluvión de los fiesteros, desayunando a media noche en el Parakultural, cuando el público, por la misma escalera que los hacía parte de la escena por un segundo, comenzaba a llegar. Mientras, B. se maquillaba como un colibrí y había un gran vaso de granadina en los camarines de espejos muy usados. La rutina garabateada en un cartel con alfileres y Omar Viola advirtiendo a cada rato los momentos de salida. En medio del trajín, a veces, quedábamos solos. Justo el tiempo para verlo desvertirse y, desnudo, hurgar en el gran bolso mientras sacaba los pertrechos que lo volverían una gorda. Quería mostrarme algo especialmente, buscaba sin parar por todos los bolsillos. Cuando encontró un pequeño libro de tapas rojas yo ya le había preguntado: “¿Buscás Clavel y Tenebrario, el libro de Marosa Di Giorgio?”. Él, que sospechaba nuestro don, al comprobarlo, pareció asustado: “¿Cómo puede ser que sepas antes que yo las cosas mías?”. B., Humberto y Alejandro eran guerrilleras del panfleto. Se columpiaban locas de alegría por la trasnoche de Corrientes. “Pasan los putos”, decían algunos, pero esta vez con simpatía, sin la indiferencia asesina y delatora a la que hubieran estado expuestos apenas diez años antes. Como los hippies del sesenta o los punk del ochenta, se atrevían a entrar en el bar La Paz vestidas o, mejor dicho, desgarradas de mujer, protegidas por la impunidad que da el coraje. Una marcha de divas divertidas para atraer el público hacia Mediomundo Varieté. Cuando no actuaba, B. eligió llamarse Sandra. Después de cada función corría a su casa a atender los llamados. Había que ganar plata de algún modo. Ponía avisos en el rubro de acompañantes. Sandra era una vikinga del deseo, bárbara como un mongol, muerta de risa por el insólito destino que la había traído a Buenos Aires, esta ciudad con los hombres más deliciosos del mundo. Ser prostituta, para ella, era, según decía: “Unir lo útil con lo agradable”. Tom Lupo ... la gente pedía más... Compartíamos el amor por la misma mujer: Alejandra Pizarnik. Fuimos los primeros en inventar recitales con sus poemas, casi imposible de encontrar en esa época. Nos conmovían cosas diferentes de Alejandra. Por ejemplo, B. elegía: “Es tan lejos pedir y tan cerca saber que no hay...”. Yo retrucaba diciendo “Lo único malo de la vida es no ser lo que queremos pero tampoco lo contrario.” Y él luego: “Sobre todo, mirar con inocencia, como si no pasara nada. Lo cual es cierto”. Yo pensaba un segundo y mi memoria me dictaba “vida, mi vida, que has hecho de mi vida” y él en el apogeo de su fascinación giraba tieso, inmutable y parecía hablar con la mirada mientras se golpeaba el pecho “yo, digo yo, pero me refiero al alba luminosa”. Nuestro coloquio podía volverse interminable pero B. curtía el efecto de la síntesis. Salía con su palazzo fúcsia mientras la gente pedía más. Y yo concluía: “la soledad es no poder decirla”. Cierta noche B. organizó una gran despedida tipo fiesta para recaudar dinero, porque se iba definitivamente hacia Brasil. De verdad estaba todo el mundo bastante bajoneado ya que no lo veríamos como casi todas las noches. Logré llevar el móvil de mi programa Submarino Amarillo donde, en medio de un emotivo reportaje con lágrimas de despedida y todo eso, me dio un beso en la boca. Reapareció como si nada diez días después, sin dar explicaciones. También me parece verlo en Mediomundo Varieté, ya casi amaneciendo, como una mandrágora en un ambiente muy pesado. Dando su recital sin importarle nada, mientras las otras coperas pisaban con sus tacos las incontables “pitucas” arrojadas por el suelo o los papeles metálicos de todos los colores que ya habían sido utilizados. Laura Ramos ...mi corazón de perra... (...) Amigos míos, días atrás, en el Viejo Parakultural, el mejor aguafuerte argentino trepidó mis sentidos cuando, pasada la madrugada, se largó el show Tres Mujeres Descontroladas con B. Barea, Alejandro Urdapilleta y Humberto Tortonese. Venía yo de fatigar la Recoleta, apaciguando mi espíritu con los perfumes de flores, los tés de hierbas y la música gansa de El Portezuelo, cuando la lluvia torrencial pudrió flores, hierbas y gansadas y me arrojó en el sótano de la calle Venezuela. Él se escarba los dientes con un palo de escoba / escarba en verdad mi corazón de perra. Puerto Montt estalló desde los parlantes y B. revoleó el torso sobre el público. Los largos mechones de su peluca amarilla surcaron los aires y latigaron el rostro de Urdapilleta. El joven Barea hacía remolinos con los brazos y sus anillos de largas flores de plástico barrían con todos los objetos que encontraban a su paso. Si quieres refrescar tu alma de veras, amigo mío, contempla la tertulia de tres poetas argentinas: Herminia, María del Carmen Suárez y Alma Bambú. “Ay, si los ciruelos dieran nueces/ los nogales nuez moscada/ si las alegrías estuviesen petrificadas/ como huellas en la nieve/ cómo sería el paisaje/ si mi corazón se abriese como una compuerta/ y de allí saliese el niño que fui/ todo envuelto en carcajadas/ para ponerse a bailar sobre una hoja seca”. Alejandro Urdapilleta —actor notable, un trágico, un poeta, Alma Bambú— sorteó las risas del público y acomodó sus posaderas junto a Herminia/ Humberto. “¡Agua! ¡Agua! ¡Agua! Eso voy gritando/ por las calles y plazas/ ¡Agua! ¡Agua! ¡Agua!”. Herminia, su delgadez enfundada en un camisón blanco de seda, estola de piel y moño de gasa, rechazó el vaso de agua que le ofreció Alma Bambú. Las carcajadas del público sacudían el teatro. “¡No quiero tomarla!”, y la arrojó al mismísimo diablo. “¡No es mi boca la que pide agua! ¡Es el alma seca y reseca que se rasga!”. Herminia estaba verdaderamente fuera de sí y te garantizo que era la Alfonsina más lacerante que jamás haya atravesado mi corazón... Siento como un despecho con la gente cuando se ríe. Desde el personaje a veces les digo cosas: ya te va a pasar a vos también, pienso –dice Humberto Tortonese–, la poetisa loca como una cabra que se ríe a destiempo, un actor que empezó recitando Gustavo Adolfo Bécquer con su tocado de profilácticos amarrado a la cabeza y siguió recitando a Alejandra Pizarnik, Delmira Agustín y los poetas que conmueven su alma. Después de todo eso, amigos, vi a B. hacer play-back con una especie de Doménico Modugno que susurraba: “Pensaba en ti/ en el misterioso viajero de mi ser”. Entonces entendí que, con todo y las gasas y las margaritas, el aire del Parakultural sigue oliendo a pólvora, aun cuando ya no suene un sólo tiro de sus malditas paredes. *Fragmentos seleccionados publicados en Te lo juro por Batato. Biografía oral de Batato Barea. Fernando Noy - 2a ed . - Libros del Rojas, 2020.
Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.











