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- Leche cuajada / V. Nicolás Koralsky
Cuajar algo. Preguntarse por su forma. Dejar que el cuajo se expanda en la frescura de la leche. Asumir la forma de lo que contiene. La entrada de la zona de servicio estaba cooptada por colgajos vivos de leche. El goteo estrepitoso del líquido blancuzco caía agotado sobre palanganas plástica donde Ramonita, la “empleada cama adentro” solía lavar la ropa. Un recipiente azul, otro rojo y otro naranja depositados en el suelo sobre el cerámico color ladrillo. El lavarropas con tambor vertical tenía adentro una especie de hélice gris plástica, la descarga no era automática. La leche contenida en repasadores gastados iba dejando pasar el desperdicio acuoso lánguidamente. Podría haber sido visto como una especie de reloj de leche que no cuaja. La habitación de Ramona estaba frente de la sinfonía de colgajos chorreantes. La soga de secar la ropa soportaba el peso de las leches secadas al sol. Las gotas y sus repiqueteos recuperaban los sonidos que la señora de la limpieza reconocía y mantenía intactos. La leche cuajada, en su caída, se volvía las goteras del rancho donde había pasado su niñez. La espera del cuenta gotas era, para ella, el sonido de una vida fundida en piso de tierra, entre adobe y chapa. Jujuy era el origen de la señora de la limpieza. Labios carnosos. Piel violácea. Ojos trillados de venitas coloradas. Su pelo negro, lacio, brillante; todavía lleno de juventud. Se lo peinaba raya al medio con un surco milimétricamente ceñido con una cola de caballo. Hija del dolor y el expropio. Su cansancio era centenario. Su cuerpo era hondura helada. No era el frío lo que la congelaba sino el horror de saber que otra vida no era posible. El temor de una vida que puede ser golpeada por lo miserable de nuevo. Ramona llevaba consigo el Altiplano Andino: “Casabindo”. Inviernos tiritados al calor escupido del guanaco. Dolor soplado por el viento, con hierbas y hojas de coca. Días de pan duro. Casabindo entre ángeles arcabuceros y quinces de agosto. Día de suceso donde alguna mirada se posa en lo olvidado de sus fundaciones en el año 1535. Sincretismos cristianos, origen colonial y tradición Kolla. Segundo pueblo más antiguo de la Argentina. Promesas de futuro entre Toreos de vincha con monedas de plata; corridas de toros , sin sangre, resabios de masacres históricas no resueltas. Incruenta dulzura de una vida animal a la que no se la somete al sacrificio. Tradición que solo quita la vincha posada sobre los cuernos. Casabindo era toda la tierra. Era toda tierra y las horas que de niña había pasado jugando con soles reflejados en pedacitos de botellas verdes echas trizas. Latas vacías ruidosas que apiladas servían para derivarlas con bolas hechas en retazos de tela. Casabindo era origen de sismos blandos y grietas profundas. Grietas como las de la frente de Ramona que en su frenético fregar desnudaba a las prendas de sus manchas. Cuajar. Suero que despierta las tardes en el lavadero en la casa de los abuelos. Ramona y su hijo. Las muchas tardes que se me pasaron jugando en el cuarto de Ramona con su hijo Francisco Simeón (dos nombres tomados de los dos primeros nombres de los nietos de sus patrones, nombres reales). Ese hijo era la razón. Era la razón de soportar las gotas de leche goteando en el lavadero, la leche del viejo goteando en el delantal. Ese hijo era la razón de una voluntad corroída de seguir en pie. El cuajo era el fermento de la forma. Ramona nunca probó el yogurt. ¿Cuajada ácida? ¿Una panza da forma a la maternidad? ¿Maternidad Materialidad? ¿Medra ser Madre? ¿Cuánto lácteo puede un cuerpo soportar? Cuajada: Lácteo formado de cuajo extraído del estómago de algún animal en lactancia. Sacar de cuajo. Arrasar con lo que echa raíces. Ramona sacada de cuajo. Ramona (ex)traída del pueblo. Ramona vuelta cama adentro. Ramona deshecha de (ab)usos. Ramona vuelta colonia. Ramona enmudecida. Ramona hecha madre. Algunas veces el futuro es la complicación de lo que no se ha podido hacer con el pasado. Se piensa el futuro como el momento donde las cosas serán como se esperaron que sean. Ser madre/padre, proyecto burgués, muchas veces obliga a cargar con una meta, y una vida descuajada. Ramona es madre en el sacrificio que desprende dejar su vida por la de otro. Francisco Simeón no tiene coronita. Su futuro es ciego. Maneja un remis, después de probar suerte en una fábrica y perder un ojo. Chocó varias veces, la visión del que le queda es tenue. El futuro de Ramona fuera de “casa naftalina” se vive como la libertad del que ya perdió todo dejando toda su juventud en el camino. No hay nada más que esperar del futuro, mientras la leche se vuelve cuajada.
- Sublevaciones y gestiones del odio / Leandro Andrada
Tiempos en que las desigualdades del capital arrasan; en que el empobrecimiento se vuelve sistemático y cada vez más vidas son arrojadas a la precariedad. Tiempos en que los dueños de la tierra tranzan con gobiernos de turno para no perder ni un pequeño ápice de sus privilegios obscenos mientras los umbrales de la precariedad se expanden. Tiempos en que Elon Musk y Jeff Bezos triplican sus fortunas mientras que, en un país sudamericano como Argentina, “la pobreza” se ha vuelto “dato” numérico indolente que marca cerca de un 50 por ciento. En esos tiempos de malestar bullente; hambre que se vuelve rabia; desesperación que se vuelve deseo de sublevación, en esos tiempos, aparecen los gestores del odio. Se ponen muchos nombres diferentes. Se presentan en medios masivos y redes sociales montando el show de la indignación. “¿Hasta cuándo van a soportar los abusos de las castas políticas? ¿Hasta cuándo vivir siendo esclavos del Estado?”, claman. “Libertarios” se dicen algunos, vocablo que en alguna época podía evocar al anarquismo de comienzos del S.XX. “Anarco-capitalista”, se dice otro, que proclama el final del Estado como promesa de libertad; pero la diferencia con el anarquismo, es que la libertad que defienden es la del mercado. Destrucción de toda restricción para dar riendas sueltas a un capitalismo financiero desbocado mediante la privatización de todo espacio. Hartazgo con la casta política que sólo vive para reafirmar sus privilegios de clase. Desesperación ante el fracaso de los sistemas republicanos de dar solución a las comunes necesidades. Agobio que produce no saber cómo se llegará al mes siguiente, esto para quienes tienen aún el privilegio de abrazarse a algún tipo de temporalidad. ¿Quién no podría empatizar con esas consignas? Los gestores del odio encarnan el discurso del ciudadano de bien. “Gente como vos y yo”. Gente “común”. La-Gente. Quizás la figura “gestores del odio” implique el riesgo de personalizar esos enunciados. Tal vez, convenga hablar de “hablas del odio”. Cuando se diga los gestores del odio, más que pensar en nombres propios, conviene imaginárselo como figura de época; hablas o enunciados que emergen en determinado tiempo, bajo ciertas formas, y operan gestionando afectos. La última dictadura genocida cívico-militar en Argentina, en el año 1977 publica un cortometraje llamado “Ganamos la paz”. Diseñada en estilo documental, la publicidad que dura 30 minutos va mostrando imágenes de escenas cotidianas: “gente común” yendo al trabajo; a una plaza, interrumpida por otras escenas violentas asociadas al “mal” que llamaban “marxismo”, todo esto, acompañado por una voz en off que explicaba la necesidad de volver “al orden”. Desde esa retórica, se proclamaba necesario volver a ciertos “principios y valores” que el régimen gobernante consideraba corrompidos: la familia; dios; el trabajo. Restituir los valores del ciudadano de bien, artefacto político mejor logrado del capitalismo. Los gestores del odio hablan de “ideología de género”. Producen libros y estudios en los que culpabilizan a las teorías queer y a movimientos feministas de distorsionar Los-Valores. Promocionan el amor por La-Vida; llevan banderas celestes; claman por recuperar La-Familia. Los estudios televisivos y las redes sociales son su vidriera. Desde pantallas montan el espectáculo del odio. Miran fijo a cámara, dirigiéndose al espectador, mientras vomitan consignas de rabia. Insultan, maldicen, muestran la violencia más cruda sin filtros. Luego se disculpan por los exabruptos alegando no poder contener tanta rabia por lo injusto de los tiempos. Se vuelven espejo en el que los espectadores pueden ver sus dolores, sus rabias, sus desesperaciones. Agitan salir a las calles. Llaman a insurgencias. Pero insurgencias despolitizadas, organizadas en adhesiones conducidas por líderes del odio. Una cosa: una común rabia que llama a sublevaciones. Otra: odio conducido que produce adhesiones. Sublevaciones se alimentan de la potencia de una común rabia liberada de “ideales” y “conductores”. Común rabia que se entrega al acontecimiento, en tiempo presente. Común rabia que no queda reducida a “odio” que busca destruir, ni a “insatisfacción” que busca consumir para aliviarse, sino que se impulsa en la fuerza infitiva del deseo y se materializa como común acción en el presente. Sublevaciones como derrames de las formas en las que se encuentra capturada la vida. Los gestores del odio no llaman a sublevaciones. Gestionan el malestar común transformándola en odio que produce adhesiones fanáticas. Las hablas del odio no llaman a sublevaciones, sino que administran violencias. Última finalidad, preservar al capitalismo. Sublevaciones pueden ser violentas, pero no toda violencia es sublevación. Los gestores del odio llaman a “salir y romper todo”, pero la “revolución” que persiguen es la destrucción del Estado para la libertad del Mercado. ¿Upgrade del capitalismo? ¿Actualización de software para un capitalismo 2.0? ¿Será que el capitalismo ya no precisa del Estado para reproducirse como sí lo requería antaño? ¿Será que a los flujos de un capitalismo financiero, hoy el aparato de estado le resulta un traste pesado, incómodo, difícil de cargar y necesita “actualizarse”? Estado y Mercado mantienen estrechas proximidades. El Estado, “monopolio legítimo de la violencia” (Max Weber, 1919) es aparato que el capitalismo precisó para funcionar. Pues, los tiempos cambiaron: se vive un capitalismo financiero deslocalizado. Ni defender al Estado como si se tratara de “la libertad”, ni destruirlo para “defender” una libertad de Mercado. A una común rabia no le conviene quedar gestionada en función de discusiones sobre cómo pasar de un capitalismo “perimido” a uno “actualizado”. Quizás, sublevaciones precisan de esa fuerza en común liberada de tales capturas. Sociedades modernas occidentales rechazan cualquier afecto que haga temblar las fábulas en las que se reproduce. Angustia es afecto “sin objeto”, pensaba Freud. Libre de representaciones, circula en los cuerpos. Se siente como una obstrucción en el pecho; manos sudadas; una presión en la garganta; un fantasmeo impronunciable del que nada puede decirse. Sólo queda la sensación incómoda de disonancia con las formas que se habitan. No se sabe qué, ni cómo nombrarlo, pero algo no cuaja y persiste como diferir de lo que “ya está”. Marcelo Percia (2009) señala que en la angustia anida potencia de inconformidad. El capitalismo opera (bio)políticamente sobre los afectos. Confunde angustia con otros sentires desdichados. Angustia, queda capturada como insatisfacción. Hablas del capital persuaden de que el malestar puede conjurarse consumiendo (objetos, sustancias, fármacos, viajes, sexos, amores, morales, fanatismos partidarios, opios varios). La angustia, confundida con insatisfacción queda expropiada de su potencia. Insatisfacción es angustia atrapada en la trampa del ideal; certeza de que esa tensión se dirige a algo que “falta”; que hay un estado de “bienestar” por alcanzar, aunque siempre transitorio, eternamente “perdido”. Una tesis freudiana: el malestar en la vida en común es irreductible. No hay vida (en común) sin conflictividad. Conjurar la conflictividad, el malestar, la angustia, es pretender gestar una vida disecada. Puro automatismo zombie. Marcelo Percia (2009) señala: “La angustia, cuando no queda capturada por la insatisfacción, estalla como potencia indignada. La indignación aloja angustia en estado de lucha y revuelta”. Sublevaciones no son diseñadas por un cogito; no son producciones conscientes de un “yo que piensa”: antes que eso: una opresión en el estómago; una naúsea que sube hasta transformarse en grito. Sublevaciones sobrevienen del cuerpo. Estallan subrepticias cuando el malestar se suelta de formas consolidadas y sentidos establecidos. Se alimentan de la fuerza infinitiva del deseo y de la angustia en tanto potencia de inconformidad. El agobio; el tedio; el rechazo por las capturas cotidianas en las que se encuentra aprisionada la vida, se sienten como opresión en las materialidades sensibles que llamamos “cuerpo”. Rabia que se materializa en gesto y empuja a una acción. Preguntas: ¿Cómo prevenir que una común intención de sublevación quede reconducida a reacomodamiento “útil” de “lo que ya está”? ¿Cómo conjurar que una común rabia quede gestionada por morales partidarias o liderazgos del odio? ¿Cómo evitar que una común potencia de sublevación sea utilizada como fuerza motora de la reorganización del capital? Ante una gestión del odio como tecnología sensible que utiliza violencias contenidas y las “pone a trabajar” para la construcción del capitalismo del Siglo XXI conviene persistir en una común inconformidad desaferrada de toda “forma”, “ideal”, “meta”, “dogma” o fanatismo partidario. Sólo a partir de esa común potencia liberada, sublevaciones pueden emerger como sacudidas que arrancan los tiempos de sus goznes y abren surcos hacia lo por venir. Referencias bibliográficas: DIDI-HUBERMAN, G. (2017) “Sublevaciones”. Editorial de la Universidad Tres de Febrero. Buenos Aires, 2017. PERCIA, M. (2011) “Inconformidad: arte, política, psicoanálisis”. Ediciones La Cebra. Buenos Aires, 2011. WEBER, M. (1919) “La política como vocación”. Edición online: https://www.memoriapoliticademexico.org/Textos/6Revolucion/IM/Weber-Politica-Vocacion.pdf
- No un juicio más / Georgina Andino
En septiembre del año pasado, en medio de la pandemia y el encierro, nos enteramos que se abría un nuevo juicio por delitos de lesa humanidad. Otro juicio, aunque no un juicio más: un juicio por delitos sexuales, los delitos sexuales que padecieron nuestras madres, hijas, tías, abuelas, amigas, compañeras. Juicio que llevó mucho tiempo y esfuerzo conseguir. Dos genocidas –Jorge “el tigre” Acosta –Jefe de la Sección de inteligencia del GT 3.3.2 que operaba en la Ex Esma- y Alberto “el gato” González, oficial de inteligencia, ya teniendo varias condenas perpetuas y/o a 30 años por represores, torturadores, apropiadores de bebés y niñes, ladrones, etc, hoy están siendo juzgados por violadores y abusadores sexuales, contra tres compañeras, una de ellas mi madre, Mabel Zanta. El juicio no se transmite. El tribunal resolvió que por tratarse de delitos sexuales no sea público. Pero sí es importante que se sepa. El 26 de septiembre comenzaron las audiencias. En la primera, la preliminar, los torturadores se negaron a declarar, amparados en la ley que nuestros compañeros y compañeras no tuvieron. Y como siempre: calladitos. El 9 de noviembre declaramos mi hermano y yo como testigos en la causa. Nos pidieron que contemos qué fue lo que vimos y recordamos; y qué secuelas tuvimos como familia y personales. Y fundamentalmente, qué secuelas tuvo mi madre. En septiembre del 78, cuando secuestraron a mis padres, yo hacía una semana había cumplido 13 años, mi hermano, hacía dos meses, había cumplido 19. Mis padres fueron llevades a lo que supimos luego era la Ex Esma, al sector Capuchita. Repasar vida e historia es memoria, siempre. Aunque, a veces sea dura y duela. Estas memorias las hemos repetido innumerables veces, entre amigxs, familia, terapeutas y compañerxs. Sin embargo, declarar en juicio es otra cosa. Declarar en juicio libera, repara y sana. Implica contar en voz alta ante oídos amorosos y ante otros, odiosos y furiosos. Algunos tal vez indiferentes. Pero que, aunque no quieran, deben escuchar. O por lo menos hacer un gran esfuerzo para abstraerse, encerrados y paupérrimos en sí mismos. Aunque declarar en juicio, también, es fuerte y hostil. No hay abrazos ni palmadas ni ánimos explícitos, aunque sepas que tantxs están ahí, afuera, pensándote y acompañándote. Es la mezcla más perfecta de felicidad y sed de justicia con congoja y pena. Es una tormenta de sensaciones encontradas y necesarias. Es la urgencia de que pase de una vez. Y de que haya justicia. Así conté nuevamente todo lo que me acuerdo, todo lo que le pasó a mi vieja, a mi viejo también, todo lo que nos pasó, lo que se guarda en la piel, en el alma y en la mente. Una declaración que transcurrió entre el dolor del recuerdo y la certeza del alivio. Y tranquila, hasta que empezaron a preguntar los abogados defensores. El Tigre Acosta, es representado por un defensor oficial. El Gato González (pobre los felinos del mundo diría una amiga) por un abogado defensor de asesinos, histórico y recurrente: Guillermo Fanego. Fanego se dedicó a intentar ponerme nerviosa, a preguntarme mil y una vez las mismas cosas, supongo que deseando que de tanto decir lo mismo, la verdad se transformara en algo distinto. Claro, difícil defender lo indefendible. Fanego intentó que yo describiera los genitales internos de mi madre buscando marcas de la violación, o que le contara cuántas veces, a qué horas, qué días de la semana, de qué mes y de qué año, mi madre me había mostrado las escoriaciones de golpes y quemaduras de cigarrillos. Fanego, prestándole su propia voz a todos y cada uno de los represores, genocidas, asesinos y violadores, quiso quebrarme, atontarme, desacreditarme los recuerdos del alma y las emociones de más de 40 años, dibujando imprecisiones absurdas de fechas y horas imposibles. Cada llanto, cada furia, cada secuela encajonarla en un corset imposible de clasificaciones que pudieran defenestrar el horror. Fanego quiso sellar con discursos retóricos la carne de mi madre. Fanego, Acosta, González no pudieron. Ni van a poder. Terminé agotada, claro, me dolió el cuerpo muchos días por la crispación y la furia, y me costó un poquito recuperar la sensación y la convicción de la liberación y de la sanación que implica la justicia. Me ayudaron mi mamá, mi papá (donde esté ahorita), mi hijo y mi niete. Mis compas, amores, amigues, todxs quienes estuvieron presentes, preguntando, queriendo saber y estar de alguna manera, me sostuvieron fuerte y lindo. Para todxs ellxs, estoy escribiendo esto, ya pasada la audiencia. Y para les 30.000. El día 30 de noviembre, declaró mi madre. Justo una semana después de haber cumplido 81 años. Cualquiera podría aventurar una primera sensación de vergüenza ajena al pensar en cuánto tiempo después. Pero bueno, llegó. Y junto con muchxs, estuvimos allí, mi vieja y yo, esperando se abra la audiencia. Con su acostumbrado apego a las prácticas de tortura, Fanego -con la voz de las lacras- le preguntó a mi madre reiteradas veces las mismas cosas. Una y otra vez. Tantas veces que hasta el presidente del Tribunal tuvo que “explicarle” que esa tal cosa ya había sido contestada. Fanego, con su morbosa insistencia, intentó quebrar, atontar y desacreditar a mi madre una y otra vez. Al igual que conmigo, pero con la saña más aceitada seguramente por lo directo del testimonio, intentó encajonar los recuerdos del alma y de la piel vejada de mi madre con pretensiones de precisiones obscenas e imposibles. Fanego le pidió a mi madre detalle de posiciones, altura de cuerpos, caras y nombres (no) recordados bajo antifaz y terror. Y no logró disimular el hilillo de baba cómplice y arrogante cayendo por la comisura de su boca cada vez que intentaba acosar a mi madre con detalles de recuerdos espantosos e inviables. Fanego intentó doblegar a mi madre, callarla, quebrarla y velar su declaración, su voz clara y contundente de tantos años exigiendo justicia. Fanego no pudo evitar escuchar lo que no quería. Ni Acosta ni González. Ni nadie. Mi madre también terminó agotada. Y aliviada. Con todo el encontronazo que significa el testimonio en el cuerpo y en el alma, después de tanto. En el mismo lugar de la declaración -su casa- estábamos físicamente su hija, su nieto, su bisnieto y su marido. Y rondando por los aires, el padre de sus hijxs -mi papá- sus amiguxs y compas: la muchacha rubia que vio en el playón de la Ex Esma, embarazada y feliz porque “la trasladaban”, cuyo nombre no sabe y cuyo hije seguiremos buscando siempre. También, seguramente, el “negro” Kacs, repartiendo eso llamado “comida”, y Vicky Freier con sus esperanzas y amores en forma de miga de pan (por nombrar sólo a quienes pudo ver). Corriendo, llorando y tirando risas al aire, todxs nuestrxs compañerxs. Todas, todos, todes. Esperando y exigiendo justicia, claro. Como dije antes, los abusos y violaciones que formaron parte de la política de terror de estado de la dictadura se enmarcaban en el disciplinamiento social necesario para acabar con los proyectos políticos revolucionarios que denunciaban la opresión y anunciaban que otra vida era posible. No nos han alcanzado los adjetivos para tratar de describir los tormentos a los que han sido sometidxs nuestrxs compañerxs. Someter sistemática y brutalmente a un otrx. Un otrx que tuvo que ser deshumanizado, aislado de su condición de semejante, plausible de múltiples aberraciones cuan objeto o cosa: lo mismo que decimos hoy cuando hablamos de patriarcado, de machismo, de odios de géneros. Mucho tiempo después nos fuimos enterando, haciéndolo consciente. Los abusos varios, las violaciones, los manoseos, el poder extendido al propio territorio cuerpo mujer ha quedado oculto, subsumido en el propio horror de cada tormento: la violencia patriarcal y sus múltiples latigazos que estigmatizan, invisibilizan, culpabilizan y oprimen. Los delitos sexuales han quedado doblemente ocultos. No se pudo decir de entrada. Costó. Y mucho. Nos sigue costando. Nos cuesta todos los días. Nos cuesta mujeres, niñas, travas, tortas, putas. Nos cuestan. Duele nombrar el dolor. Duele gritar la violencia. Sin embargo, ya no hay vuelta atrás. Con orgullo, fuerza, entereza, rabia y alegría, en los juicios se testimonia el dolor y el ahogo. También el nunca más, el no nos olvidamos, el juicio y castigo, el BASTA que venimos gritando desde hace mucho. Gracias por cada compañera que está y por las que ya no, por mi madre y por todas quienes han sufrido abusos y violaciones, por las que pueden decir, por las que no, por mí también, por cada piba violentada, por nuestras ancestras y por nuestras venideras. Por todes elles, éste es un juicio histórico. Se enjuician violadores. Y esperamos su condena. Testimoniar desde el género, desde los géneros, suma. Suma, es reparador y liberador. Las voces que denuncian restituyen, transforman, colectivizan luchas, ponen de cara al poder machista, patriarcal, capitalista y opresor. Pero fundamentalmente, testimoniar desde el género, suma ovarios. Suma mucho ovario, rompe los mandatos de silencio victimizadores. Descubre. Des-cubre. Porque adonde vayan les iremos a buscar. Mil veces. Porque basta de patriarcado y de capitalismo. Basta. Porque no olvidamos, no perdonamos, no nos reconciliamos. Jamás.
- Una piedra en el zapato (del Estado): charla con Alfredo Cuellar / Periódico Gatx Negrx
Visibilizar que las cárceles como centros de exterminios de los sectores marginados y un beneficio económico para el Estado, mantener encendida la memoria solidaria y combativa de su hija, y luchar para que no asesinen más pibxs, son algunos de los motivos por los cuales recorre el país uniendo luchas contra las miserias del Estado. El papá de la China, se mantiene sereno pero firme, transmite calma y a la vez contagia digna bronca. No podría ser de otra manera, porque, como nos dice: “Le prometí a la China que iba a llevar esa idea de ella, esa idea que ella tenía”, la cual Alfredo vive día a día en la práctica y en movimiento. “Todos me dicen que el caso de la China se fue visibilizando por todo lo que hice, yo creo que tiene que ver con lo que era ella: solidaria y rebelde”, nos cuenta Alfredo Cuellar, papá de Florencia, la China, la última de las nueve mujeres asesinadas desde el 2009 hasta el 2012 en la Unidad N° IV del Complejo Penitenciario Federal de Ezeiza. La responsabilidad de su asesinato recae en los agentes del Estado en su conjunto. Durante ocho años, su papá lleva una pelea infatigable contra las asfixias del sistema carcelario. A raíz de esto, ha sufrido persecuciones, amenazas, golpes y secuestros por parte de la mafia estatal. En esta charla, Alfredo nos cuenta quién fue la China, cómo fue aprendiendo de ella y qué caminos trazó en el proceso de lucha que lleva a cabo, ese que “hay que seguir transitando a pesar de todos los obstáculos y las negaciones del sistema”. Nos trasmite sus experiencias en diferentes ámbitos como en escuelas, villas, cárceles de menores, actividades anti-represivas. GN: Nos gustaría no ponernos en “periodistas” o “entrevistadorxs”, sino más como compañerxs. Queremos que esta charla sea para difundir tu lucha, que no es tuya solamente sino la lucha anti carcelaria en general y contra el Estado. Alfredo: Está buena la iniciativa, que salga de algo que nosotros sentimos. No desde un lugar de “yo soy periodista, te voy a entrevistar”; somos todos compañeros. Me interesa mucho todo esto. Soy poco de dar notas a otros lugares, que son los hegemónicos. Siempre tuve en claro toda la situación, desde antes de que pase lo de mi hija. Nunca fui militante, nunca fui nada, fui un papá nomás, pero que siempre trataba de interiorizarme porque mi hija me llevó a un lugar que era un mundo nuevo para mí, esto de velar por los derechos. Yo de esto no entendía nada, ella me terminó enseñando muchas cosas. No sé si por el dolor… No puedo entender nada, pero es como que si ella me hubiera parido. Empecé a ver otra cosa, capaz que ella ya lo veía pero yo no, y empecé a verlo cuando murió. Me sirvió para que no sigan sucediendo cosas como le sucedieron a ella. Capaz le tengo que agradecer. Uno como padre no se prepara para ciertas cosas, simplemente para criar un hijo, darle lo mejor, que tenga un buen porvenir… Pero de golpe te caen estas cosas y no entendés nada. Sabía lo que me iba a pasar después de su muerte: que iban a venir los medios, los aparateadores, los ventajistas, los abogados. Estaba esperando que me toquen la puerta; al que venía lo agarraba y lo sacaba a patadas. GN: ¿Qué nos podés contar de la China? A: El resto de los chicos seguían las normas, pero la China en ese sentido era la peor; no le cabía nada. Con el tiempo se complicaba mucho más porque no la podía sostener, empezó a crecer y la rebeldía no era solamente en el colegio sino en la calle, en todos lados. Trataba de hablar con ella pero después entendí que no había forma, había que acompañarla de acuerdo a lo que quería. Algo que me sorprendía es que no quería comer porque quería que coman los hermanos. No me iba a enojar con ella, era decisión suya pensar de esa manera. Empezó en la onda delictiva a los trece años. Era la época de De La Rúa, vino la malaria de 2001. No podía laburar porque tenía que cuidar a todos mis hijos, por ahí laburaba medio día para hacer una moneda. Me dediqué a juntar cartones en la calle, salía con todos mis hijos. Me parecía raro que ella no me quería acompañar. Yo salía a las cinco de la tarde y volvía a las once de la noche. Después entendí que se quedaba porque salía a delinquir. En un momento me sorprendió porque en mi casa comprábamos pan, no desayunábamos otra cosa, y de repente caía con medialunas, cosa que era inalcanzable para mí. Compraba y me decía “no, que vino la tía”, me chamuyaba. Hasta que un día llegué a casa y no estaba. Nadie sabía nada, había caído detenida. Ahí tenía 14 años, la fui a sacar al instituto. No podía pegarle, yo sabía por qué lo hacía. Le dije: “No te quiero ver así”. Empezó a agarrarle el gusto, le dije que esa no era la salida ya que tenía grandes posibilidades de cambiar las cosas porque era muy chiquita, podía estudiar. Logré convencerla hasta que entró a la secundaria, al Normal 8. No sé por qué razón ahí se metió de una a hacer quilombo para entrar al centro de estudiantes. Le interesaba mucho, venía y me comentaba, y yo tenía que aprender también para estar al tanto; ahí empecé a mirar la tele y otras cosas. Me sorprendió porque me dijo que no tengo que mirar la tele, que es todo mentira. Un 21 de septiembre, día de la primavera, salieron todos a festejar y se armó una rosca. Salió un pibe lastimado. Cayó la policía y a la China la agarraron a dos cuadras, la llevaron detenida. Fui a la comisaría y lo único que les pedí fue que no le peguen. Les dije “es menor de edad, si la llegan a tocar a mi hija te hundo a vos, al comisario, a todos…”. Querían pegarle porque se negó a decirles quiénes eran los otros pibes que estaban con ella, se hizo cargo de todo. Yo sé que ahí falló la justicia; más allá de que ya la habían detenido dos o tres veces tampoco podían darle una condena efectiva por algo que ni siquiera era un delito muy grave. No robó a punta de pistola, fue una gresca que hoy en día me doy cuenta de que es una contravención. Ahí quisieron dar un mensaje a la juventud, la engancharon a ella para decir “esto les va a pasar a todos” y la condenaron a siete años de prisión efectiva. Yo no podía entender, di vueltas por todos lados, ella tenía 18 años, era el 2010. Le hicieron una causa federal; el juez directamente quería la condena para que los pibes de hoy sepan cual es la joda. No sé si fue un calvario para la China, porque dentro de todo la manejaba ahí. Es una historia muy loca. Primero entró al instituto Manuel Rocca (Floresta) y a la semana la mandaron a la cárcel de menores. En ese tiempo esos lugares eran mucho más complicados que ahora. Se evitaban las muertes por el hecho de que eran menores, pero la violencia igual era terrible. En frente estaban las mayores, ahí nomás, las dividía un pasillo. Cuando pasás de un sector al otro, en frente están las presas viejas, y como pasa en todas las cárceles: te verduguean, te maltratan, te golpean, te hacen de todo. Ellas veían cuando las compañeras pasaban a mayores y la policía no hacía nada. Así que antes de cumplir los 21 la China se alistó, me decía: “Voy a pasar a mayores, así que me van a romper todo estas hijas de puta, me voy a preparar”. El día del traspaso me avisó para que estuviera atento porque se iba a agarrar a las piñas con las verdugas, las presas viejas. A las 11 de la noche fui al penal esperando que me llame y me quedé como hasta las 9 de la mañana. Cuando entré la vi, tenía un par de moretones, pero estaba bien. Me dieron permiso para hablar con ella. Estaba con las pibas, todas re contentas. Me dice: “Bueno, ahora te voy a contar, si no querés escuchar, me vas a escuchar igual”. A las 12 de la noche la metieron al pabellón. Me dice: “De todas estas hijas de puta que te verduguean no había ninguna, estaban todas durmiendo. Fui a golpearles la celda para que se levantaran y les dije `¿Ustedes verduguean a las compañeras? Bueno, acá estoy yo´”. Y se agarraron a las piñas. Agarró a la que manejaba todo, le dio una paliza tremenda. La tuvieron que sacar. A partir de ahí se terminó todo ese verdugueo con las pibas y quedaron ellas manejando todo. A partir de entonces cambió la mentalidad, ahora las pibas estaban todas juntas contra la gorra. Al servicio penitenciario no le quedó otra que actuar sin la complicidad de las presas viejas, porque las tuvieron que sacar de ahí. Aprovechaban cuando las pibas se descuidaban: las torturaban, las violaban, les hacían de todo. Así empezó a aparecer muerta una, después otra… Pero igual sé que hicieron un laburo muy grande. Yo hace poco tuve un informe de las pibas, de las que están ahora, y dicen que hay un cambio tremendo; pero eso también tiene que ver con la lucha que hicieron todas las pibas. Ahora las pibas pueden tener una heladera, una cocina, luz, gas; todo eso se pedía a través de la lucha. Tienen televisión, una biblioteca, clases virtuales, de todo. Para lograr eso tuvieron que morir muchas. Después del tercer asesinato me di cuenta de que era algo contra ellas, pero no se me pasaba por la cabeza hablar con los familiares. Siempre me enfocaba en mi hija, que no le pase nada, yo la quería sacar de ahí, llevarla a La Pampa, y me decía: “Yo me quedo acá, si me quieren matar, que me maten, yo de acá no me muevo”. Y se quedó. Ella sabía muy bien que la iban a matar, ya la venían persiguiendo, se había salvado dos veces. Una vez estaba durmiendo y se dio cuenta de que venía una piba a cortarle el cuello, se rescató al toque. Sabía que tenía que cuidarse porque en cualquier momento la iban a poner. Por eso yo sé que ella no se suicidó. GN: ¿Cómo funciona el sistema carcelario? ¿Cómo es el negocio del Estado con la cárcel? A: Nosotros venimos luchando contra una situación muy difícil dentro de las cárceles, donde hay una diferencia de intereses políticos. Cuando hicieron un relevamiento en las cárceles, se dieron cuenta de que están abarrotadas de pibes que ni siquiera tienen que estar adentro. Algunos ni tendrían que haber ingresado. Se está haciendo un trabajo sobre el sistema para descomprimirlo; la cámara de casación habló con la cámara federal, y se pusieron de acuerdo por intereses políticos. Pero el Poder judicial no le quiere dar la libertad a nadie, quieren que se mueran todos adentro. Entonces, ¿cómo nosotros podemos buscar la forma de solucionar esto?, no hay forma, porque la vida humana de los pibes no le importa a nadie, les interesa más la clientela política, que yo no soy de Fernández, no soy de Cristina, una cosa de esas. Entonces eso lleva a que los pibes se mueran y no le importe a nadie. ¿Cómo puede ser que una jueza haya mentido diciendo que estaban largando a los violadores, a los femicidas? Era una mentira de ella que después se retractó. Es una funcionaria pública, la tienen que sancionar, la tienen que echar a la mierda. Después se llegó a hacer una investigación a esa jueza: había metido a sus dos hijos en un calabozo dentro del juzgado, hacía una semana que estaban ahí. Después ella dice que todos los pibes que condene, se van a morir adentro, porque se lo merecen. La justicia, el Estado, todas sus leyes, ¿qué hacen?, nada. Si yo agarro y me robo un vaso voy 10 años en cana. Por eso digo que hay que cambiar el sistema entero, sino vamos a seguir viviendo en esto, siempre en esto. Para nosotros que trabajamos en las cárceles, sabemos que no largar a la gente que tiene que salir es ilegal, porque hay gente que está pasada de condena, y no los largan porque hay problemas burocráticos. Hay algunos que están procesados, cuando vos estás procesado no podés pasar más de dos años y tenés que estar en libertad. Hay personas que están procesadas hace diez años. Hay gente que está por consumo y tendrían que estar un año, sin embargo llevan seis, siete. GN: ¿Y eso por qué lo hacen? A: Porque hay una negligencia en la parte judicial. GN: Es un limbo jurídico. A ellos les conviene que las cárceles estén llenas. A: Te digo por qué les conviene. El Estado generalmente por año le baja una gran cantidad de plata, al servicio penitenciario, millones. Según dice la Constitución, el Estado tiene que garantizarle al detenido salud, trabajo, educación, comida, agua, luz. Todo preso genera un gasto de ochenta mil pesos. Imaginate que en el país debe haber 106.000 detenidos, multiplicalo por $80.000 ¿A dónde va a parar esa plata? Si no hay salud, no te dan estudio, no te dan laburo, la comida y los medicamentos se los llevamos los familiares. Se siguen muriendo los pibes. Entonces salen los medios a decir que de nuestros impuestos les pagamos a los presos, pero no se dan cuenta de que la plata esa que ponen se la lleva el servicio penitenciario. Por eso yo creo que es una de las fuerzas más grandes que tiene el sistema. GN: ¿Qué experiencias territoriales nos podés contar? A: Hace un tiempo estaba haciendo un trabajo en la villa 31, se ponía en un fanzine todos los derechos de los pibes, cómo tenían que actuar. A mí me sacaron de ahí, vinieron los punteros políticos y me dijeron: “Este es nuestro trabajo”. Y le dije: “Bueno, hacelo entonces. Yo vengo acá porque los pibes no tienen conocimiento de nada”. Ahora tengo que estar en el normal 11 que también me sorprendió que me llamaran. Son de Parque Patricios, querían hacer la historia de la China en el centro de estudiantes. Querían ponerle el nombre de la China, entonces yo les dije: “Podría ir a hablar, pero sabés lo que pasa, que los directivos de la escuela tienen que hablar con los padres. Si están de acuerdo…”, digo porque yo voy a los lugares y siempre tengo el rechazo de los padres, porque no quieren que hable sobre las cárceles. Dicen que yo estoy incentivando a la delincuencia y nada que ver. Y bueno, como que ahora en estos días me está escribiendo la directora. GN: Hay veces que son los pibes los que despabilan a los padres, que por ahí tienen prejuicios y piensan de determinada manera sobre las cárceles. Algunos ven otras cosas. A: Está bueno hablarles a los chicos, aunque algunos son muy zarpados. Por ejemplo una vez en el Colegio Nacional de La Plata fui con una compañera, Sandra Gómez, y en un momento se puso mal porque estaba hablando de Omar Cigarán, su hijo asesinado por la policía y un chico le dijo que lo mataron porque era chorro, que se lo merecía. Les dije que no necesariamente al tener un estudio están salvados de esta situación que estamos viviendo, nadie está exento; la policía mañana viene y te pega un tiro porque quiere, ¿y de qué te sirvió portarte bien, creer en Dios? También tienen que entender que ustedes tienen la posibilidad de estar estudiando porque tu papá y tu mamá tienen un trabajo. Tenés que fijarte que nosotros somos pobres, lo único que podemos tener es un laburo para comer al día, y no les podemos comprar unas zapatillas ni mandarlos a un colegio… Después noté que me escuchaban todos. Muchas veces me duele darme cuenta de que hay gente que es abogada, tiene muchos estudios y es estafadora. Le digo: “Vos le faltaste el respeto a una mujer, cuando la directora se entere va a hablar con vos. Yo te respeto aunque tengas otra manera de pensar”. Después se calmó un poquito. Pregunté si alguien más tenía algo para decir, entonces me preguntaron por qué la policía me perseguía si no soy delincuente. Expliqué que no necesariamente tenés que ser delincuente para que la policía te atropelle. “Te vas a dar cuenta, con el tiempo, que formas parte de una sociedad. Yo sé que hoy procediste mal. Me gustaría que le pidieras disculpas”, le dije. Quedó tranquilo, pero no es fácil hablar con los chicos. En otra experiencia también en una escuela una madre me dijo que no tenía derecho a hablar porque mi hija era delincuente y estaba presa, que era una falta de respeto a sus hijos, que ellos eran decentes. Le molestaba que defienda a los presos. Cuando terminamos, le dejé los fanzines con mi contacto y ocho meses después me llamó: “Soy una de las señoras que te cuestionó aquella vez, tengo vergüenza de hablar con vos porque al final lo que nos decías era verdad”. GN: ¿Pensás que en general los presos se perciben como tales injustamente o sienten que tienen que estar ahí porque cometieron un delito? A: Hay diferentes clases de presos. Hay quienes te dicen que son inocentes, otros que hay causas armadas, que están presos por cosas que no hicieron, y después están los otros grupos de presos que saben que se tienen que preparar para tratar de salir adelante, salir de la cárcel de alguna manera, a través de los derechos de las leyes. Pero es muy difícil unificar un solo criterio o un solo pensamiento, se necesita trabajar dentro de las cárceles y no te lo permiten, salvo a aquellas personas que sean funcionales al Estado. El año pasado hicieron un mural dentro de la cárcel, casi en frente del pabellón de la China, que tiene como cinco metros, y me mandó un relato una chica que no conocía a la China, y me dijo: “Bueno, hicimos el mural de la China, yo no la conocí, pero acá hay algunas pibas que sí, nos llevó como una semana, y seguro ahora cuando venga el director va a ver el mural y nos van a querer cagar a palos y torturar. Yo no soy creyente, pero ahora le vamos a pedir a La China que no nos caguen a palos”. Tenían miedo de que les vayan a pegar porque habían puesto “Ni una menos en las cárceles” y pensaban que eso las iba a perjudicar. Entonces cuando ella me comenta esa historia me puse en contacto con los organismos y eso las salvó. Ya hace más de un año y medio que está el mural, porque que esté ahí es un golpe al corazón de todo esto. *publicado en el Periódico Gatx Negrx Nro 13, octubre 2020 y en https://periodicogatonegro.wordpress.com/2020/10/14/una-piedra-en-el-zapato-del-estado-charla-con-alfredo-cuellar/ Tríptico: 47 × 116 × 3.5 cm
- El regreso a las clases presenciales ¿el mal menor? / Laura Fumagalli
Hoy por la mañana caminaba por una calle del Barrio de Belgrano de la Ciudad de Buenos Aires. Al pasar frente a una escuela privada vi unas aulas que dan a la calle funcionando en el subsuelo, con ventanas que daban al nivel de la vereda. Dos ventanas no muy grandes abiertas y sin iluminación natural en plena mañana. Unos 10 alumnos en total. Encerrados en un subsuelo en un edifico probablemente no pensado para ser una escuela. Tres nenas me miraron cuando me paré en la primera ventana. Perdón seño, pero las distraje… la maestra hablando. Todos sentados como momias. Cuando pasé por la segunda ventana,las mismas tres me seguían mirando… Pensé ¿será este un caso excepcional? ¿Habrá en este contexto de enseñanza presencial bajo protocolo, otras clases presenciales donde la situación de interacción entre pares y con el saber sea diferente? El retorno a las clases presenciales en nuestro país ha generado un cúmulo de emociones y opiniones encontradas. Incluso yo que planteo ciertos reparos al retorno en este contexto epidemiológico, me sentí emocionada el día que se produjo la reapertura de las escuelas. Sin embargo, esa emoción sustentada en el valor que le asigno a la educación escolar no alcanza a despejar mis dudas sobre los beneficios de volver a la presencialidad ahora. Sabemos que no hay pruebas concluyentes sobre los efectos de la reapertura de las escuelas en la expansión del contagio. Insisto: no hay pruebas concluyentes. Pero es un hecho constatado, que la apertura de las escuelas aumenta la circulación de gente y tenemos certeza de que el aumento de la circulación de gente propicia la circulación comunitaria del virus. Por ello, las medidas de cuarentena tomadas en la inmensa mayoría de los países y el cierre de establecimientos escolares en ciertos contextos epidemiológicos. Es necesario tener en cuenta que en nuestro país no hay sistemas públicos de traslado escolar. Ir a la escuela y volver de la escuela al hogar es un tema que se resuelve y se sostiene de modo privado. Algunos pueden llevar a sus hijos en sus autos, otros pagan transportes privados, otros emplean el transporte público haciendo uso de los boletos escolares con tarifa reducida. Sabemos que los medios de transporte son un lugar de contagio de riesgo alto sobre todo si hay hacinamiento como ocurre en muchos lugares de nuestro país. Solo basta mirar cómo van cargados los colectivos en este momento…. No obstante, se ha tomado la decisión de abrir las escuelas asumiendo el riesgo de aumentar la circulación comunitaria del virus. La decisión del retorno cuidado a las clases presenciales se sostuvo en variados argumentos, pero dos preponderan: uno es el efecto psicosocial negativo que la falta de contacto entre pares tiene en niños, adolescentes y jóvenes. El otro es el efecto negativo que la falta de clases presenciales tiene en el acceso a la educación escolar y en el aprendizaje. También, se argumentó que la brecha digital y la falta de conectividad dejaron a muchos fuera de la educación escolar profundizando la desigualdad en el acceso. Todos estos argumentos son valederos y atendibles. Sin embargo, no creo que la reapertura de las escuelas en este contexto epidemiológico logre subsanar los efectos negativos antes señalados. No cabe duda de que el regreso cuidado a las clases presenciales requiere del cumplimiento de las pautas de comportamiento descritas en los protocolos de bioseguridad. En el imaginario colectivo esos protocolos se presentan como garantes del no contagio. Sin embargo, solo son herramientas para mitigar el riesgo del contagio dentro de la escuela. El riesgo baja en la medida en que se cumple de modo estricto con las pautas de bioseguridad. Los protocolos elaborados en nuestro país siguen las orientaciones planteadas por diversos organismos internacionales. De ser aplicable la totalidad de sus pautas, funcionarían como una herramienta útil para el regreso cuidado a las clases presenciales. Pero sabemos que los mejores protocolos de bioseguridad pueden resultar inaplicables en ciertos contextos escolares. Me pregunto, ¿cuán seguras desde el punto de vista infraestructural eran nuestras escuelas antes de la pandemia? ¿Cuántos establecimientos escolares funcionan en edificios no construidos como escuelas? ¿En qué medida podremos garantizar en un sistema educativo como el nuestro segmentado y desigual un regreso cuidado? ¿Seremos estrictos en el cumplimiento de los protocolos o pasaremos por alto algunas de sus pautas? Y aquí es donde quedamos encerrados en una situación paradojal. Cumplir el protocolo mitiga el riesgo de contagio, pero a la vez, ese cumplimiento supone una modalidad de vínculo en el seno de la comunidad escolar que lesiona las posibilidades de encuentro entre sujetos, cuerpos, voces en vivo y en directo, que la modalidad presencial se supone puede brindar. Así, la interacción entre pares, una de las pérdidas asociadas a la virtualidad, en la enseñanza bajo protocolo se torna un simulacro: alumnos y alumnas sentados como petrificados, escuchando al docente. Aulas sin bullicio, sin risas, sin susurros a escondidas para que no escuche la seño. Aulas que meten miedo. Docentes astronautas desplegando estrategias de enseñanza protocolizadas que rememoran lo peor de la enseñanza tradicional. Quizás algunos docentes se encuentren felices en este nuevo escenario, pero otros, los más inquietos, seguramente lo estén sufriendo. De ello derivamos qué puede suceder en términos de aprendizaje. ¿Resultarán estas clases presenciales de pedagogía protocolizada más eficaces que las virtuales en términos de apropiación de saberes? No lo sé. Me permito al menos plantearme la duda. Quedar encerrados en esta situación paradojal es sin dudas el mal menor frente a la posibilidad de expandir el contagio asociada a una no aplicación de los protocolos. Quizás podría haberse esperado a avanzar en el plan de vacunación para reabrir las escuelas. Los grupos familiares ampliados que conviven con adultos mayores estarían más tranquilos. No se juega el destino de la Patria en la no asistencia a estas clases presenciales protocolizadas. Tampoco se acrecienta el rezago escolar por esperar unos meses más. ¿Quién puede afirmar con rigor científico que lo que no se aprendió en un año escolar no puede aprenderse luego en menos tiempo?¿Quién puede afirmar sobre la base de evidencia empírica que las clases virtuales fueron un fracaso en términos de aprendizaje?¿O que se aprendió menos en estas clases que concurriendo a la escuela? Intuyo que cumplir con la rutina de ir a la escuela en este contexto responde más a exigencias de la organización familiar (difíciles de postergar) asociadas a la reactivación de la actividad económica, que a la necesidad de brindar la oportunidad de encuentro entre pares y de aprender saberes relevantes. Ambas necesidades en el contexto actual se encuentras atrapadas en la paradoja de aplicar el protocolo de bioseguridad. Ir a la escuela hoy puede nutrir la ilusión de retorno a un tiempo pasado. Un pasado que no volverá, para bien o para mal según sea la perspectiva desde donde se lo mire. No olvidemos que la garantizar la presencialidad en muchas regiones de nuestro país es más un deseo que una realidad. Barreras geográficas, ausentismo del alumnado y del plantel docente, falta de escuelas, e incluso falta de docentes en determinadas áreas del saber y en determinadas regiones, impiden el cumplimiento efectivo de los 180 de clases presenciales desde mucho tiempo antes que la pandemia fuera declarada. Por ello, el diseño de un nuevo sistema de enseñanza escolar que combine de diverso modo la virtualidad con la presencialidad según diversas variables (nivel educativo, modalidad, localización geográfica, tipo de saber a enseñar, entre otras) se presenta hoy como un imperativo para garantizar desde el Estado el ejercicio pleno del derecho a la educación escolar. En cualquier caso,ese nuevo sistema de enseñanza -que hoy algunos denominan híbrido, mixto, combinado, semipresencial- tendría que tener como horizonte la emergencia de una educación escolar más inclusiva, igualitaria y más justa. Tres objetivos hasta el momento no cumplidos ni en la virtualidad ni en la presencialidad. *Profesora de nivel inicial y de escuela primaria, Licenciada en educación, Magister en educación y sociedad, Doctora en ciencias sociales. Ex investigadora de área de educación de FLACSO Argentina, ex funcionaria del ministerio de educación de la Nación, Ex miembro staff del IIPE UNESCO Bs As.
- Sin protocolos / Verónica Scardamaglia
Pandemia obligó, casi sin márgenes[i], a otros modos de cursar en la cátedra gruposdos de la facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires, espacio que nos encuentra en el desafío no sólo de seguir pensando[ii] sino además de marcar ese espacio sin la presencia de eso que solía habitar las aulas que conocimos hasta 2020. Resuena y se transforma aquella pregunta que abría otras cursadas: “¿Grupos Dos se compone como ensamble de estudiantes, docentes, profesoras y profesores, amigas y amigos, que cursan la asignatura siempre por primera vez[iii]?“ (2015) Ya en ocasión del inicio de los teóricos en el aula 14 con la instalación “Las a(u)las del deseo” (primera curaduría de V. Nicolás Koralsky) intentábamos hacer presente lo que acontece en las aulas: “La experiencia requiere tener presente en todo momento (especialmente en los que participan de la organización) la condición de simultaneidad. Se apunta a que ocurran simultáneamente diversas situaciones: escritos, palabras dichas, conversaciones, mensajes en los celulares, imágenes, lecturas acompañantes por micrófono. Todo lo que sigue no debe entenderse como consecutivo sino como producción en simultaneidad.” En una crónica posterior a aquella instalación, un testigo que da su presencia escribía: “Una voz irrumpe: La cátedra Teoría y Técnica de Grupos II te invita a participar de la convocatoria “Las a(u)las del deseo”. Todo el que quiera podrá escribir o dibujar, sobre cada hoja, aquellos deseos que no suelen entrar en las aulas. Otra voz: No tengo ningún deseo en esta aula. Mi mayor deseo es no exponerme. Lo único que quiero es que me digan qué tengo que leer para el primer parcial. Siento vergüenza. No me gustan los grupos. No quiero hablar con nadie. Vine a escuchar contenidos teóricos y no a jugar, dibujar o escribir estupideces. (…) Un árbol lleno de deseos se desprende de una pared, cae y abraza a un hombre. Un docente sonríe, saluda, agradece y calla. Una película termina en un instante preciso. Un ruido se pone de pie y se retira, atraviesa una puerta y se multiplica en el eco de un pasillo. Un cuaderno que dice: Cátedra Grupos II, Teórico I, 31/03/10 se va, vacío, al no poder ahijar un murmullo”. Gruposdos acumula la experiencia de tres cuatrimestres de cursada virtual en pandemia. Cursar de modo virtual una materia implica seguir pensando y volver a pensar cómo conectarse. El 2020 nos abismó a implementar formas pedagógicas exclusivamente virtuales, no ensayadas en el sentido de lo exclusivo, aunque en estado de preparación en cuanto al salirse del curso habitual de lo instituido del dar clases. “(…) Pensar supone trabajar en contra de los automatismos de la espontaneidad, desgarrar las buenas intenciones, los buenos sentimientos, liberando el dolor de lo que no sabemos, la inquietud apasionada no de la falta sino del no faltar a la cita, al desafío, al momento preciso de tomar posición. ¿Qué estamos discutiendo en la Facultad al proponer lo que proponemos? (…) Dar clase es soportar una inseguridad fatal, una consistencia hecha de inconsistencias meditadas. No se trata de ser una cátedra especial o la mejor cátedra de toda la facultad, sino de decir lo que pensamos y corrernos a un lado: no iremos delante de nadie.” Se escribía en el Manifiesto tras la evaluación del 2011. Seguimos insistiendo en organizarnos en torno a lecturas imprescindibles y lecturas acompañantes a las que, ahora, sumamos lo que traen los dispositivos virtuales. Comodidades, incomodidades que han puesto de relieve que lo que sucedía en aquellas aulas reales no podemos trasponerlo a lo que permite y no permite lo virtual. En este sentido, seguimos considerando necesarias y no obligatorias las formas de estar y hacerse presente -prendiendo o no la cámara (aunque que no se reduzca a ello)-. Ocupar el lugar docente algunas veces implica, como gesto clínico, no solo dejarse incomodar sino acompañar derivas que hacen/ inventan lugares, modos de estar como se presentaba gruposdos en 2017 “No se trata de dañar ni lastimar suavidades que desean aprobar una materia más, pero (a la vez) no se pueda estudiar sin sentir una especie de dolor o incomodidad.” Seguimos insistiendo en que lo imperativo no pase por lo definitivo sino por trabajar las acciones infinitivas: saber, estar, leer, pensar en la facultad. “(…) textos, buscan lectores. Esperan otros encuentros, nuevas lenguas. Porque no se conforma la lectura con lo que se lee, estos textos piden ser provocados con otros, por otros, reclaman un habla de comentario. La propuesta consiste en leer, como opción de elegir, discernir, preferir. Y escribir, componer- inscribir, como tentativa de pensar. No hay preguntas que acompañen cada fragmento; éstas se dibujan entre los intersticios, asoman en lo no escrito, moran en las que cada uno de Uds. porta, retornan, tal vez, en aquellas otras consideradas y debatidas en clases. Evanescentes, se escurrirán o nacerán, en el diálogo posible que texto y lector, entablen. O no.” proponían en 2012, en la sede San Isidro, las consignas para un parcial. Este cuatrimestre, tal vez, nos encuentre más en harapos que hace tiempo, quizás todavía algunas señas insistan: “Se trata de la invención de estados de grupo propicios para la lectura. Movimientos asociativos en simultaneidad dispersiva. ¿Cómo se inventa algo así? No se inventa, se tienta la posibilidad. Se llama a la invención como se llama a una vocación o disponibilidad. Se trata de un llamado a las condiciones que impulsan la posibilidad.”[iv] La vida sigue transcurriendo y tantas veces, lo clínico deja de atender que sigue ahí la fuerza, insistente e incapturable, de lo misterioso y del azar. Y este cuatrimestre, mezcladas con ello, entre los revolcones que nos damos discutiendo y viendo qué hacer con obediencias y cuidados, algo pulsa recordándonos que al borde del apocalipsis –se haga presente o no- conviene seguir intentando hacer lo que nos dé ganas/lo que nos dé la gana, en el desafío de hacer relevo a conceptos, ideas, autores que desmarcan tradiciones y legados, marcando recorridos posibles[v]. Un mensaje al futuro nos llega desde los presagios de un segundo cuatrimestre, allá por 2016: “¿Cómo actúan las reglas y procedimientos que producen lo que nos piensa? ¿Cómo la obligación (y su contracara, la trampa) gobiernan el presente? En la obligación no reside el mal: provee estados de sujeción y dominación que amparan (cierto, a veces ahogando). La voz portuguesa obrigado sirve para agradecer. Si la gratitud no queda capturada por la alabanza, detona gustos: entre ellos, el que tienta otros sabores, en tiempos venideros.” Ya, alguna vez, necesitamos un mínimo glosario y algunas señales sin harapos que se leían en aquellas hojas[vi] que oficiaron de pista, en las que se advertía que “El cuidado puede estar gobernado por el miedo y por el don.” En ellas se afirmaba también que “La universidad guarda la triste y desencantada historia de lo ya pensado. La universidad aloja la posibilidad del centelleo de pensamientos inesperados.” Ya, alguna otra vez, se afirmaba “Una vez más, en una cátedra que sigue sin llamados a concursos docentes, comienza la cursada con una invocación al deseo”, en aquel momento la historia de gruposdos enraizaba en lo que pretendía de nosotrxs estancias en común “La historia de una cátedra, una materia, una asignatura, una banda de desclasados (o como se llame), se entrevé en la historia de los libros que la pretendieron. (...) La locura de las lecturas bíblicas vibra en la desquicia ilustrada de las universidades o sociedades del conocimiento. Si la conquista no se piensa como tomar posesión por la fuerza, el miedo o la inercia de un territorio, ¿se podría pensar como un estado amante, como un estado de la amistad, como conquista de la potencia de pensar, del deseo de abrazar sin capturar?”. ¿Qué conexiones y estados pretenderá Esquirlas pliegues de la peste en este primer cuatrimestre del 2021? ¿Qué vacunas y efectos secundarios? ¿Qué nuevos protocolos? Si ya -antes de ahora- quedábamos en jaque y (s)urgían ciertas preguntas: “¿Cómo se recorre una asignatura que no va desde un punto a otro? ¿Una materia que se desvía de los rumbos trazados siguiendo impulsos de los tiempos que se viven? ¿Cómo se recorre una extensión que presenta derivaciones continuas?” en este primer cuatrimestre del 2021 no queda más que recorrer “La pandemia de los grupos. Punteo para pensar una cursada centrada en una común inmunidad” y ver qué pasa. Entre tanteos y viviendo en las preguntas. Aún con la extrañeza y el dolor de lo vivido y en la incertidumbre de lo por vivir, buscando la ilusión de lo previsible de un común cronograma del que agarrarnos en lo imprevisible de esta peste. Otro mensaje nos llega en la escritura que alguna vez nos convidó Patricia Mercado: “Ir a dar a un aula como a una contraseña. Ir a dar a un lugar para el ímpetu de los propósitos. Claustro de la lengua materna, el abrigo de un alfabeto que nos exima del silencio. Fragor del Nosotros Esto. Ellos, aquello y lo otro. Este cuatrimestre todos, otros, algunos, incontables, fuimos a dar al aula 40. Como si esa coincidencia alcanzara para encontrar el rastro. Como si cuarenta fueran las cosas que buscamos. Uno, la lengua Dos, el amor Tres, el claustro. Y treinta y pico más, cualquiera, objetos en un bazar infinito de trastos inservibles. 40, el aula. Como si esa intersección abrigara una seña. Provisión mínima, de esas que dan de comer al fuego. Teníamos., ése día, tenemos, todavía, las barajas de textos, ideas, quehaceres varios. El talismán de un par de libros. Darnos el saludo. Darnos la espalda. Darnos respetuosamente una proximidad incómoda. Cartas marcadas de una partida insulsa. Salvo que de a poco, de repente, nos den ganas. Darnos ganas de. De a poco, de repente, Una cursada. Uno, lengua, no La. Dos, amores.” Últimos días del verano 2021 [i] “Se nos da un margen para poder dar rienda libre a nuestros pensamientos, pero nos cuesta tanto, que a veces decidimos mantenernos al margen. Tal vez por pensar que lo que pensamos no es “pertinente”. “¿A quién le va a importar?”, “¿Para qué?”, “¡Mirá si digo ‘cualquier cosa’!” “Esto no tiene nada que ver…”, “¿Cómo voy a opinar? Si hablan de Deleuze y Guattari y no tengo idea de quién es, ¿es uno o son dos? ¿o es una comida china?”, “¿Y si me equivoco?” Se propone que en los textos escribamos en los márgenes, en esos espacios que quedan en blanco. Esos espacios vacíos, silenciosos y, a veces, silenciados. Escribir al margen puede ser escribir la propia lectura. Es mezclarse con lo que pasa desapercibido, es cuestionar el texto, cada palabra. ¿En qué época escribió? ¿A quién va dirigido? ¿Para quién escribe? ¿A quién margina? ¿Qué dice? ¿Qué puedo decir?" posteaba el 22 de abril de 2010 a las 4:27 am en la red ning Ro Feltrez. En ese chat, comentaba Baltazar Santamaría: “Me quedé pensando en la metáfora del margen. Cuando se piensa al margen, cuando se echa el pensamiento fuera del cubilete de los dados ¿estaremos fuera del fascismo del lenguaje? Imagino una hoja rayada numero 3: Distingo el margen porque es más estrecho que el cuerpo de la hoja. Lo hicieron más estrecho porque no lo hicieron para escribir. Pero el tema es que si uno lo desea puede hacerlo (salvo en los tres agujeros donde van los ganchos.) Es verdad que la hoja ya está escrita: que uno pude mal que mal escribir en los espacios que hay entre palabra y palabra, entre letra y letra, pero que en definitiva la arquitectura del escrito nos indica por donde debemos circular. En cambio en el margen uno puede escribir un "No" y negar todo un renglón de la hoja, completito, o también escribir algo completamente nuevo. Es un espacio que nadie concibió para que usemos, pero que podemos usar. Supongo que el lenguaje tiene esos espacios. " Y Gabriela Cardaci acercaba un fragmento de Onetti para seguir pensando los pensamientos al márgen: En Juntacadáveres, (1964), de Juan Carlos Onetti, Jorge, un joven escritor de dieciséis años piensa, mientras conversa en el bar de Santa María con el viejo Lanza (corrector del diario El Liberal, fundado por el abuelo de Jorge y dirigido por su padre), lo que el hijo de Carta al padre podría decir, no dice, nos hace decir: “Nada, ningún recurso sirve; sé que voy a morir joven, candoroso, ignorante, sin comprender. La vida que importa es la de los mayores y nada tiene que ver conmigo; si algunas veces consigo moverme allí sin incomodidad, casi convincente, es a fuerza de memoria, de imitación, de copiar actitudes, cuyo sentido profundo me es imposible fraguar (...) Yo sólo quiero cosas, novedades concretas, absurdos que me hagan distinto; quiero que me miren, quiero ser el escándalo, quiero que les sea imposible confundirme con ellos mismos, tenerme y pensarme como un igual. No me interesa un pasado, el mañana es siempre territorio ajeno. Tiene que ser ahora, cada vez ahora y en seguida. Sólo me gustan las palabras cuando se convierten en cosas; todas estas palabras del viejo Lanza, todas las del padre, las del Colegio, los amigos, casi todas las que escucho son blandas como babas, caen, golpean, brillan, se secan y no están más. También yo las digo y me desgasto diciéndolas y las babas ajenas y las propias sólo sirven para gastarme. Gastan mi tiempo; mi tiempo en soledad y en silencio, no existe, no se gasta”. «Pero, además, aparte, y siempre que yo pudiera aceptar este juego, esta vida que ellos inventaron, me gustaría también tener un pasado como un espacio vacío y llenarlo con algunos momentos del campo en mi infancia; con aquel Padre, aquella Madre que no tienen parentesco con los de ahora, con Federico y un caballo, el olor de animales muertos, mi envidia y mi orgullo al mirar a Federico. Esa superficie de tierra para mi pasado, ese amor al campo que disimulo y nadie sospecha”. [ii] Planteaba Raquel Bozzolo en el 2do Encuentro de pensamiento de cátedra, en agosto de 2010 “Pensar problemas no quiere decir resolver problemas sino tirar algunas líneas para continuar un recorrido de pensamiento… una deriva, que vaya armando mojones (conceptos) para proseguir el camino sumando otros compañeros de ruta, con encuentros permanentes u ocasionales…” [iii] Quizás esto pueda desplazarse a una versión punk (y no dramática) que invitaría a cursar –vivir, amar- siempre como si se tratase de la última vez, en pos de disfrutar con la fuerza del estar ahí. [iv] Señas para andar en harapos. Segundo cuatrimestre 2014. [v] Se lee en el epílogo al libro querido, “Ensayo sobre el pensamiento sutil. La cuestión de la causalidad. La causalidad en cuestión” (2013), De Brasi: esparcidor de pistas: Hay quienes reciben herencias y quienes se pasan la vida esperando o lamentando lo que nunca les llega, están los que dilapidan lo recibido o lo trabajan para conservarlo y acrecentarlo; también hay, entre los que no reciben fortunas, quienes inventan herencias. Escribe De Brasi: “Y creo que es necesario diferenciar claramente entre ‘precedentes’ y ‘padres precursores’. Los primeros modulan el pasado como lo que no acaba de pasar, de ahí que siempre estarán por venir, es decir: en cuanto sean trabajados como precedentes, en caso contrario serán meros antecedentes para un archivo. Los precedentes ofrendan una liviana orfandad, la tarea de ser padre de uno mismo. Los padres precursores, en cambio, han fundado las líneas, sólo dentro de las cuales el futuro es posible. Por eso sus hijos están siempre predestinados para… o destinados a… ser reabsorbidos en ellos, a precursarlos constantemente y a desempeñar la tarea de los héroes o de los ‘number one’, que, irónicamente, forman una verdadera masificación de ‘números uno’”- Una de las mayores sutilezas del don de la paternidad es no impedir que los hijos sean padres de sí mismos. La causalidad tiene debilidad por las relaciones de apropiación, mientras la determinación es sensible ante cualquier forma de posesión. [vi] 1. Hoja de fuga para estados de persecución. 2. Hoja de persecución de lo que vive en fuga. 3. Hoja de lecturas: ¿qué persigue la fuga?, 2015.
- Paramos el mundo / Veroka Velásquez Ulloa
#8M #Paramoselmundo Paramos el mundo por que el peligro no es el virus, el peligro es esta humanidad. Paramos el mundo porque en lo va del año van 66 femicidios, y solo contamos con las redes que supimos tejer. Paramos el mundo contra toda violencia, todo racismo. Paramos el mundo porque no nos bancamos más: ni el patriarcado, ni el capitalismo, ni el extractivismo, ni todos estos modelos disfrazados de progresismo e inclusión. ¿Progresismo para quién, para qué, hacia dónde? ¿Inclusión a dónde, con quienes? ¿Dónde creen que no estamos? ¿Qué les hizo pensar que estaríamos felices incluides en este sistema hipócrita, lleno de avaricias, donde no importa la vida? No queremos las migajas del estado, lo queremos todo. Paramos el mundo para que esa frenada en seco arranque de nuestras pieles las miradas de lesbofobia , transfobia , homofobia, gordofobia, misoginia , y cuantas miradas afiladas que en su momento supieron dañar. Paramos el mundo para conspirar uno nuevo. Paramos el mundo por la conquista del amor, Pero del propio. Paramos el mundo para no caer en la trampa de la confortabilidad. Paramos el mundo para que nuestro abrazo llegue a todas las compañerxs privadas de su libertad por ser mujeres, por ser trans y sobre todo por ser pobres, que llegue también a las mujeres originarias que viven en lucha por defender la tierra y su identidad. Paramos el mundo porque lo tenemos que hacer de nuevo. Paramos el mundo porque lo necesitamos y nos necesitamos juntes, en la calle y abrazades. Paramos el mundo por qué podemos hacerlo cuando nos ponemos de acuerdo. 8M. Nada que festejar, la lucha sigue. Paramos el mundo, Veroka Velásquez Ulloa 2021
- Volvieron / Camila Milagros Hoyo Veigas
No soy peronista pero la alegría peronista de mis compañeras peronistas me contagia mis amigas con les amigues de les vecines y los autos que desaforados tocaban bocinas se habrán quedado afónicos. Yo no soy peronista no creo en el régimen en nadie ni en nada, ya pero viste la muchedumbre contentísima porque se iba el neoliberalismo? Las señoras viejas, maestras de añares, les xadres e H.I.J.O.S las marikas!! Viste cómo bailaban las marikas? Con qué desobediencia y alegría habrán perreado la cumbia, el vino brishos, los Néstor, todo eso que les hace feliz la bandera, los carteles de cartones y letra a mano, Cristina que te necesitamos, que te queremos Cristina, Chau Macri, que no fue magia. gracias a Eva a mi vieja y a la jefa El peronismo es el opio pero cuánto vale la alegría en los ojos, en los dientes, y en las manos y panzas de todes elles? Esa necesidad de respirar porque volvió el alma yo la entiendo. Están felices. Macri habrá formado a más peronistas que el propio Perón. Les muchaches anoche eran un jolgorio. Y ante toda esa energía colectiva, yo, no peronista siento una empatía que me desborda sobretodo porque no soy peronista pero tampoco una forra y el pueblo en la calle siempre es bien recibido para festejos. Aunque también, peronistas, peronches de entre los márgenes: que nadie les diga nunca más que no salgan a las calles, cuando tengamos que protegernos de las balas del hambre o de todo estemos todes en marcha como estuvieron ayer. Marquenle la cancha a la derecha patriarca que tienen adentro Manden bien a la mierda a todos esos viejos rancios que derramaron sangre pobre, originaria y obrera. Y por otro lado, que dicha que hayan vuelto ustedes no Alberto, ustedes, volvieron al gobierno. No se olviden de las calles, Wachis no se olviden. *publicado en Rota. El grito de una resieliente. Capuchas ediciones, Buenos Aires, 2019
- Pearl / Paula Jiménez España
Cuando suena Move over tomo sol en la terraza, bajo mi espalda hierve la membrana plateada impermeable y el verano y el aceite Johnson me calcinan la piel. Cuando suena Move over me pregunto cuántas cosas podré hacer en esta vida y concluyo que todas. Estoy despierta, pero el mundo duerme su antigua siesta y en un zaguán Basil, el palestino, me da un beso. Su lengua asoma femínea y delicada entre los pelos negros de la barba cuando suena Move over. Pero una chica como yo – y él no lo sabe- hubiera muerto por besar a Jannis Joplin entrando a la cabina de un estudio con manos anilladas y vibrando a capella Summertime. Los platillos redoblan las campanas porque ella sigue ardiendo y nunca ardió más que cantándome Move over en mis auriculares. La música es un río que esta tarde desemboca en su boca que es el cuadro de Munch y los golpes de bata alejan cualquier pasado, con excepción del suyo. Y al sonar de Move over, Janis Joplin tiene los ojos de mi amiga Carolina, ocultos bajo lentes redondos y dorados y el pelo revuelto y abundante. me mira con el verde de esos iris que atraviesan los vidrios me mira con la fuerza concentrada de ese verde muriendo en su esplendor como el amor mientras suena Move over. *Publicado en El corazón de los otros, 2015. Tabaquería libros, México
- Mariquita Sánchez / Paula Jiménez España
Sargento – (…) ¡Saludad las revoluciones anónimas: ellas son los verdaderos triunfos de la libertad! Juan B. Alberdi Esperaba a Vicente a las cinco, pero eran las cuatro de la tarde cuando tocaron la puerta. Le pedí a mi criada que abriera y que, sin abandonar la amabilidad, fuera lo más expeditiva posible con la inesperada visita. – ¿Se encuentra la Señorita Mariquita? – preguntó una voz desconocida – La están bañando – contestó Erminda – ¡Oh!- exclamó, segura de haber importunado – Yo soy Lucía Thompson, la luthiere. Vine a calibrar el piano ¿son las cuatro, verdad? Habíamos convenido este horario, usted dirá ¿espero o vuelvo después? – Vuelva des… – ¡Qué se quede! – la interrumpí a los gritos desde la bacha. Con todos los preparativos, me había olvidado por completo. Durante años esperamos ese día con más ganas que aquél otro en el que derrocamos a Cisneros y lo único que faltaba era que, llegado el momento, el piano estuviera desafinado. – ¡Que se quede, que se quede! – volví a ordenar – Servíle algo a la señorita, mientras tanto. Erminda había preparado unas tortas fritas y algunas pavadas más para los invitados, así que cuando salí del baño encontré a Lucía Thompson sentada frente a la mesa del comedor. No era frecuente que una mujer visitara mi casa, me pasé la vida rodeada de hombres. Mi círculo social se componía, mayormente, de afamados patriotas, Juan José Paso, Mariano Moreno, cualquier vocal del Cabildo y si te descuidás hasta las mismísimas consonantes habían celebrado tardecitas de tertulia en mi living. – Cosa extraña – le dije, cuando me acercaba a saludarla – . Una mujer luthiere. Lucía se incorporó y me besó las mejillas. – ¿Cosa extraña? – preguntó – ¿Usted no es cantante? Perdón, Lucía Thompson, mucho gusto. – El gusto es mío. Tome asiento, por favor. Sí. Todas las mujeres de alta sociedad con una pizca de sensibilidad artística somos cantantes. Luthiere, en cambio… luthiere es un oficio que aprenden los hombres. Pero, ché. Qué descortés esta Erminda. No le sirvió el te en la taza, caramba. – Puedo hacerlo yo misma, señorita, no soy manca. Estaba esperando que usted llegara. ¿Toma conmigo? – No, gracias, voy a merendar más tarde. Hoy tenemos tertulia. – Sí, claro, por eso estoy aquí. Siempre hace falta un o una luthiere para estos casos. Heredé este oficio de mi padre, él era varón, por supuesto. – Así que su padre era barón. ¿Barón de la nobleza? – No, varón, de macho que era nomás. – Ah, pensé que por su apellido… ¿Thompson, verdad? – Está muy rico el té, necesitaba algo caliente… Sí, Thompson, pero no, fíjese. Somos Thompson por equívoco. Ni siquiera cuestión de antepasados ¿sabe?, sino por un error en el registro civil. ¿De veras no va a beber? – No, le agradezco. Continúe, es muy interesante su relato. – Mi abuelo, que en paz descanse, llevó el mismo apellido de todos los bebés de su partida. – ¿Cómo puede ser eso? – El empleado que lo inscribió era analfabeto y cuando lo contrataron le enseñaron a escribir “Guillermo Thompson”, es decir, el nombre y el apellido del primer niño nacido aquel día. No entendió muy bien su trabajo este hombre y les puso Guillermo Thompson a todos los bebés que Dios trajo al mundo esa mañana. – ¡Qué maravilla! ¿Y qué pasó después? – Cuando el padre del verdadero Guillermo Thompson murió, aparecieron veintiséis Guillermos Thompson más reclamando la herencia. Entre ellos, mi abuelo. Todos cobraron y no es vergüenza de naides, porque acá la honestidá no entra en juego. Bendita suerte que un analfabeto decidió sin darse cuenta. El desgraciado perdió su empleo en el registro ¿sabe? – Me imagino – ¡Pero salvó la vida de tanto indigente! – En eso tiene razón. – ¡Dios lo tenga en la Santa Gloria al dependiente aquél! El feudo de los Thompson fue repartido entre una veintena de muchachos pobretones que ni para el pan tenían. Bueno, toda esta introducción no viene al caso, Mariquita. Nomás quería responderle de dónde sale mi apellido y contarle que mi abuelo fue el primer luthiere de la familia. Él se especializó en bombos y boleadoras, porque lo suyo era el campo. Le trasmitió el oficio a mi padre y mi padre a mí. – ¡Qué historia conmovedora! – exclamé – Pero hay algo más sorprendente aún. Yo no sabía que las boleadoras se afinan. ¿Se afinan? – Sí, claro, observe cómo suenan estas que están bien afinadas. Y ahí mismo sacó un par de su bolso y bailó un malambo. Me quedé atónita, nunca había visto una mujer tan pasional. Ni las indias que se resistían a la evangelización, solían moverse con ese ímpetu, con esa cosa loca de mujer de otro mundo. – ¿No suenan bien? – Fantástico – dije yo- ¿dónde aprendió a zapatear así? – Mi padre. – Su padre le enseñó todo. – Sí, todo. Bueno, a decir verdad, todo no. Si hago de mi vida lo que quiero es porque lo aprendí solita – dijo, mirándome fijamente. Parpadeaba poco. Sus ojos eran negros, lo noté en ese momento, y rasgados. – Se encienden como el carbón – susurré. – Perdón, no escuché lo que dijo. – Si quiere otro tecito… – Por favor. Algo me cautivó desde el principio de la charla, no era su relato solamente, no. Tal vez el tono de voz o los modales; como si la conociera desde siempre. De golpe, me encontré mirando el pronunciado escote de su vestido y, para no seguir haciéndolo, le serví la segunda taza. ¿Qué me ocurre?, pensé ¿que hago yo fijándome en un escote? – Bueno, usté me preguntaba…- continuó ella, sacándome de mi distracción. – Ah, sí, sí, diga nomás. Aquí tiene. – Le agradezco. Usté me preguntaba si las boleadoras también se afinan. ¡Por supuesto! Sino ¿de dónde sale esa precisión? ¿Eh? Mire: Tiqui tiqui tic… tiqui tiqui tic… tiquitac tiquitac… tac tac. Créame que el buen luthiere debería ocuparse de las suelas de los zapatos y hasta de un piso de baldosas como este, si fuera posible. Quiero decirle, se puede hacer música con lo que usté quiera, una cuchara, un facón, un mortero. Lo que se le ocurra. Como dicen los indios: a la música la hacen el viento, los pajaritos, las pisadas en la tierra. El latido de un corazón. Escuche su corazón, Mariquita. Escúchelo. – Bueno, es que… no llego con mi oreja a mi pecho. – Es cierto, qué pavadas digo Mariquita, ¡que escuche su corazón! ¡Qué tonta soy…! A ver, escuche el mío. Apóyese acá. No, Mariquita, no, no se me ponga colorada. Y colorada y todo, me apoyé. Oí el galope. – Caramba – le dije -, su corazón… – Mi corazón, sí… ¡Pero qué rapidito sacó la oreja! Aprecie tranquila nomás, con confianza. A ver, déme la mano. ¿Siente el tamborcito? Esto es música, Mariquita, el cuerpo, las entrañas. Y a usté, Mariquita, le gusta la música ¿verdad? Mejor que no hable más, pensé. Que no hable, por dios y todos los virreyes. Mi cuerpo empezó a temblar como una hoja. Quería salir corriendo y a la vez demorarme allí, sobre su pecho. Sentí lo mismo que si acariciara un león rendido a mis pies, la tranquilidad era tan grande como el miedo a que me comiera viva. Pero esa bestia no estaba en ella, era yo misma: ¿Qué estás haciendo? ¿Te volviste loca, Mariquita? Sacá la mano de ahí, ché. Y en eso, golpearon la puerta. – Ahora vengo- le dije –, debe ser López y Planes que trae las partituras. Ya estoy con usted, no se me vaya, espere. – No, – contestó – entre tanta charla y malambo ni empecé con mi trabajo todavía. Mire la hora que es. – No importa – dije yo. Y de verdad no importaba. Recorrí el comedor a paso ligero. Era Vicente, y ni bien abrí la puerta repitió su acostumbrado ademán. Llevó la galera hasta su pecho, se arrodilló delante mío y, como por acto de magia, hizo aparecer su mano izquierda con un abundante ramo de fresias. Hacía todo lo posible por parecer un caballero cuando estábamos juntos; regalos, conciertos y paseos en los que solíamos hablar de temas que, él suponía, podían interesarme: mazamorras, revolución, escarapelas, etc. Algunas veces daba en el clavo, sí, pero su notorio interés por conquistarme se traducía en una seducción que podría haber aplicado conmigo o con otra mujer indistintamente, como si se tratase siempre de la misma. Yo lo sabía y aún así aspiraba a casarme con él porque se trataba de un hombre respetable. De pronto, como si mirase la cosa desde afuera, algo me pareció ridículo, desajustado. Era una chica joven todavía, hablo de mí, por supuesto, tenía la vida por delante y me aterroricé. Pero, en qué estoy pensando, me dije. No podés ser capaz, Mariquita. Sí, soy capaz. No debés. Me importa un comino, ché. Ganó el impulso. Entonces de mis propios labios salieron, en lugar de los versos del himno nacional argentino, las palabras que repetiré a continuación: – No se hace la tertulia, López. Yo nunca bromeaba pero el creyó que era la primera vez. Y se rió, dubitativo. Sostuvo esa mueca, dándome así la oportunidad de rectificarme y no lo consiguió. Fueron largos segundos para mi pecho taquicárdico, inexperto en ese tipo de emociones. ¿Yo, decir no? – Su silencio es elocuente, Mariquita. – se puso pálido y desarmó la postura genuflexa – No comprendo. – Bien, compréndalo. – ¿Es todo lo que me puede decir? De momento eso era todo. La culpa no me dejaba hablar y ni siquiera escuchar mis motivos, pero no estaba dispuesta a dar un paso atrás. – ¿Me quiere explicar qué locura es esta, Mariquita? – No es una locura, López – le contesté, más firme que nunca. Más tarde comprendí que cualquier toma de posición, cualquier opinión novedosa o disidente en labios de una mujer comienza por parecer una locura. – Blas Parera me lo había dicho – dijo. Jamás noté en Vicente una mirada tan hostil como la de ese momento – Las mujeres a los asuntos de la casa, los criados y los críos. Tenía razón, ya ve cómo terminan las cosas. Miren lo que escondía la caballerosidad de López. Él mismo me había incitado, él me insistía: “Mariquita, a la revolución le hacen falta mujeres como usted”. Y yo que no, que no, que así estoy bien. Me gusta cantar para mis amigos. Y él que vamos, vamos, vamos. Se la precisa m’hijita, anímese, caramba. – Escúcheme, López – le contesté, rabiosa, estampando las flores contra el piso – ¿porqué no se va un poco a la mierda con Parera de la mano? Fue mi última respuesta mirándolo a los ojos. Una vez adentro de mi casa, me desplomé de espaldas contra la puerta, agarrándome del manijón para sostenerme de algo. Sentía que me iba a desmayar nuevamente. ¡Qué tarde aquella! ¿Cómo me animé, Dios mío? ¡Si me escuchara mi madre! ¡Pero, si mi madre lo dejó a mi padre para irse con otro, pensé, y a mí me dijeron que estaba muerta! Respiré hondo, necesitaba recuperar la calma y la calma volvió a través del suave tecleo que llegaba desde el living como una serpiente encantada. Era Lucía tratando de arreglar el desastre que López había hecho en el piano. Muy mal músico, tengo que decirlo. De los compositores, sí, era lo mejorcito, pero agarrate Catalina cuando se le daba por ejecutar. La verdad es que llegué a dudar si el que componía no era otro. Sin duda, amaba la música pero con la misma distorsión con que decía amarme a mí. Creo que me resultaban habituales esos modos retorcidos, como los de la gente que venía a mis tertulias, por ejemplo; había que ser sonsa para no darse cuenta. En el año 1807 comencé a organizar estas reuniones porque no tenía otra cosa mejor que hacer y la verdad es que no sirvieron para nada. Digamos las cosas como son, digámoslas. Los invitados las aprovechaban para calumniar a los ausentes, perder tardes enteras en juegos de cartas donde rifaban a sus esclavos y si alguno con alma de músico, pero con alma de músico de verdad y no un fantoche como López y Planes; si alguno se sentaba frente al piano con la intención de tocar una pieza, el resto lo criticaba a troche y moche tratándolo de sensiblero o seguían charlando sin darle la menor importancia. Esta fue mi vida durante años hasta que aquel día histórico de 1813, en lugar de cantar el himno, le canté las cuarenta a Vicente. Desde el lado de adentro de la casa, pegada a la puerta como una mirilla y con la cálida presencia de Lucía cerca mío, recobré la claridad de pensamiento que escasas veces me atreví a manifestar delante de mi prometido. Y pude recordar y comprender con una extraordinaria lucidez, muchos acontecimientos de mi vida como si despertara de una larga hibernación. Mientras tanto, seguían llegando de la calle los ruegos de aquél hombre. – Perdóneme, pero usted comprenderá la situación, tengo todo organizado. Escuche: Oíd mortales el grito sagrado, libertad, libertad, libertad. ¡Es hermosa esta letra Mariquita, por Dios, rememórela saliendo de su garganta de jilguero! – El jilguero ya salió de mi garganta, y se voló López, se voló – desconocía mi capacidad metafórica, esa tarde me animaba a cualquier cosa – ¡Se lo suplico, piénselo! – repetía él – ¿Qué le digo a Blas Parera? – Qué sé yo, López, dígale lo que quiera. Que revoluciones como las de ustedes no son para mujeres como yo, por ejemplo. Eso, dígale eso. – ¡Mariquita, por todas las coronas del mundo, no sea irónica! ¡Me está metiendo en un flor de problema! ¡Parera me va a hacer la cruz, nunca más querrá componer algo conmigo! – Asunto suyo, López – ¡Mire Mariquita, nosotros habíamos quedado en algo! ¿o no? ¡Usted tiene que cumplir con su palabra! ¡Vamos mujer, recapacite, se trata nada menos que de la revolución! ¡Y la revolución es de todos, suya también! – Está bien, López. Ya recapacité – le dije. El piano, al fin, recobraba la armonía y en un instante volví a sentir el gusto por aquél instrumento que a causa de su avería había terminado fastidiándome. Conmovida, me asomé y la vi, tenía los ojos perdidos en el teclado, pero de pronto giró hacia mí y se sonrió. En cinco minutos prepararía yo misma un rico te de manzanilla y me sentaría a tomarlo al lado suyo. – ¿Y, Mariquita? ¿Qué es lo que recapacitó? – preguntó Vicente, todavía esperanzado. – ¡Que la revolución López – grité por última vez –, la revolución empieza por casa! Ese día las baldosas brillaban como nunca, les daba un sol limpito que llegaba desde el patio. Me encaminé hasta la cocina sigilosamente, descalza, para que Lucía no se desconcentrara al escucharme andar. Puse el agua en el fuego y esperé a que hirviera. De fondo, sonaba una firmeza. *publicado en Pollera pantalón/Cuentos de género. Ediciones La mariposa y la iguana, Buenos Aires, 2012.
- Largo y difícil es el camino que conduce a ella / Susana Thenon
Detrás de los crímenes, adulterios, agencias noticiosas. democracias occidentales, instituciones que prestigian al país, ejércitos abortos, sables corvos, bables cuervos, clubes de leones y jirafas, cursillos sobre vivencia del ser, audiciones sobre magia onírica de la cartomancia y simbología profunda del tarot, mesas y camas redondas acerca de qué piensa usted de la poesía, desagravios agravios desagravios agravios desagravios al busto o bustillo del prohombre epónimo sacrosanto portador de bláketi blíketi clóketi, flequillos y melenas y peladas muchedumbres odiándose odiadas, espejuelos, transistores, antenas, macromonstruovisión en suprarretroferraniabumbacolor, profundidad y barba, esquizofrenia, angustia del bar Florida, tercera etapa de Antonioni "sardónico, sarcástico, genial", paseos por la Gran Via del Norte, miseria de las vidrieras, escupidera de felpa, cinturón de strass, talco "Scandal" para la cola de Mónica Patricia, dignidad y reflexión, fomento vecinal, ventosas, rellenos, matufias, mentiras, horóscopo, herrumbre, para ti maribel cuéntame, se amaban pero no pudo ser porque el destino cruel los separó él era un rudo camionero y ella la hija del alcalde. y ¿leíste Rayuela? y cuando me muera te vas a acordar y cuando resucite lo vas a lamentar, hostias, homilias, ordalias, basilio, vegetariano, pequeños cazadores. Bertold Brecht en puntas de pie, jubileo, los infractores de transito en libertad a la primera fecha patria mañana mismo, pelota a paleta, la semana del ejército, la década infame, los paraguas de Cherburgo, la semana de Cherburgo, los paraguas infames, la década del ejército, carátulas, anillos, agencias, encuestas por qué es pobre usted, por qué no se mucre usted, por qué no se va a la mierda usted, sicodrama en el correo para que no repriman nada, lo que se dice nada, aullidos, tropezones, víctimas, gritos, sangre, corridas, oscuridad, Neptuno, machete, cabeza, de frente, la luna, la huida, la cólera, cómo se llama, qué actividades tiene lleva armas, en estado de sitio y ley marcial bum, bum, bum, bum, bum. ¿religión? sustenta ha sustentado sustentará o será sustentado por ideas atentatorias contra contra contra bum, contra bum, bum, el frío, las visitas, el atardecer, la sopa, el perfil, hollín y cascotes, té de café ¡glicinas! el otoño que venga será mejor -o peor, quién lo sabe, pero detrás, dije, detrás, a quienes queden ella vendrá: la incorruptible, la intocada Belleza. 27-VI-64 *publicado en La morada imposible, tomo II, Corregidor, Buenos Aires, 2019.
- Carta de Alejandra Pizarnik a Silvina Ocampo
Jueves 26, a las 5 de la tarde Silvina, Sylvie, Sylvette, te llamé y nadie contestó. Por eso te escribo. Es algo muy simple (“c'est aussi simple comme une phrase musicale”) y que puede formularse más o menos así: la habitación se balancea y oscila como un barco. Cuando te llegue esta cartita ya no se moverá más mi cuarto, gracias a vos y un poco gracias a mí, porque te escribo en vez de quedarme “inmoble” (lo descubrí ayer). En suma, quisiera, al final de todo, poder decir como el Poeta: “on n'a pas été des lâches on a fait ce qu'on a pu”[i]. Por otra parte, mi cuarto es poco alentador. Ayer, decidida a reparar los daños que me causó la tormenta -la traidora! con lo que me gusta!- arrojé todo o sea libros, discos y cahiers al suelo a fin de ordenar ese conjunto de un modo más inteligente. Como no me animo a regalarte discos (salvo del estilo del de Salónica) me apresuro a contarte que ya se consiguen las piezas para clave de COUPERIN. La clabicembalista (!) se llama ETA HARICH SCHNEIDER. Título general: “Música para clave de Couperin” Ignoro cómo le caerá a la edipita Edith el nombre de ETA. Además Couperin se asocia con couper[ii] y Schneider si bien significa sastre, alude también al verbo cortar. Moraleja: no darle a Edith una tijera de sastre pues no vacilará en cortar el disco en dos partes: le derrière et le devant[iii]. Le derrière es algo que no se toca sin ser un instrumento. Le devant es algo que se que se que se (se acabó la cinta, oh mi complejo de Perséfone, oh mis ganas de Amaltea, etc.). Ahora me siento mejor, Sylvette (no habrá ninguna igual) y te bendigo desde el fondo de los fondos de mi casa y de mi raza (de la que me siento desunida, sin embargo los oigo allá lejos cantarme sus ensalmos). Dije ensalmos y el barco se detuvo. Silvina, chérie, escribí mucho: si no lo hacés vos ¿quién lo hará, entonces? Te lo reitero, lo sé; volveré a decirlo, ahora y siempre. (Algún día me contarás un cuento con caballos de calesita? “Yo he sufrido tanto.” ¿Me lo contarás algún día?”) Gracias (estoy muy bien) y un abrazo matemático de A. P.S.: Matemático porque releí el bellísimo “Les nombres d'or”. P.S. (b): este jardincito se formó mientras te escribía, S. tan esto y aquello, tan Sylvette y además tan de salir de sí por eso Sylvette “cuaja” (sic mis amigos de Españia) a las maravillas. Jardín de Sylvette a la hora de las maravillas (Acompaña una tarjeta con campo en fondo rojo con flores rosas y naranjas.) *publicada en Nueva correspondencia Pizarnik. Edición de Ivonne Bordelois y Cristina Piña. Alfaguara, Buenos Aires, 2014. [i] “No hemos sido cobardes,/ hemos hecho todo lo que pudimos” [ii] cortar [iii] El trasero y el frente
Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.











