• Revista Adynata

No es contra los docentes / Silvia Duschatzky

Actualizado: 24 de dic de 2020

Un fantasma nos azota, de mayor peligrosidad que el covid. Son los espectros de un terrorismo de Estado que se filtra en los actuales mantos neoliberales. Los une un alimento: el miedo a devenires imprevisibles que cercenen la propiedad sobre las formas de vida. Soledad Acuña, ministra de educación de la Ciudad de Buenos Aires declara en una entrevista radial:

"La virtualidad permitió que las familias empiecen a ver qué pasa con la educación de sus hijos porque, hasta ese momento, lo que pasaba en el aula cuando el docente cierra la puerta, queda entre los chicos y el docente. Si nosotros no tenemos denuncias concretas de las familias es difícil que podamos intervenir… El problema está en el aula porque en actos como el del 25 de mayo, si quieren hacer bajadas políticas, ahí sí intervenimos. La raíz de lo sobreideologizado y de la militancia en las aulas está en la formación docente…"

Importa poco lo que la señora piense, ella habla, pero en ese decir habla un modo de vida que necesita del poder público para realizarse. O más bien, un poder que le reste el carácter público a cualquier escenario donde se juega la construcción de un común amasado en las mezclas, la ambivalencia, las tensiones. La señora invita a la denuncia, una práctica que yace en las sombras de nuestra historia reciente. En el año 1977, el Ministerio de Educación hizo circular un documento titulado Subversión en el ámbito educativo (conozcamos a nuestro enemigo). Una revista de entonces, Para Ti, reproduce algunas de sus proclamas:

Recomendaciones a los padres. Cómo reconocer la infiltración marxista en las escuelas Lo primero que se puede detectar es la utilización de un determinado vocabulario que aunque no parezca trascendente tiene mucha importancia para realizar el transbordo ideológico que nos preocupa. Aparecerán frecuentemente los vocablos: diálogo, burguesía, proletariado, América Latina, explotación, cambio de estructuras, compromiso, etc. Otro sistema sutil es hacer que los alumnos comenten en clase recortes políticos, sociales o religiosos aparecidos en diarios y revistas y que nada tienen que ver con la escuela. Así mismo el trabajo grupal que ha sustituido la responsabilidad personal puede ser fácilmente utilizado para despersonalizar al chico. Esas son las tácticas utilizadas por los agentes izquierdistas para abordar la escuela y apuntalar desde la base su semillero de futuros combatientes.

La ministra invita a la denuncia al tiempo que la ejerce. Se refiere a los docentes como personas grandes de edad que han fracasado en otras carreras, pobres y carentes de capital cultural y que “bajan línea” política partidaria al enseñar . El acto de la denuncia radica en señalar un rasgo que asume el carácter de inconveniente, ilegítimo, rechazable. La vocera de una política que se despliega en una de las áreas más sensibles de la vida social, acusa de ideologización a la práctica docente siendo sus declaraciones la prueba más contundente de la matriz ideológica neoliberal; conjurar, cuando no reprimir, cualquier obstáculo a un ideario que necesita salvar el presente del peligro de una apertura de otros posibles. Nos importa poco si los “pobres” le causan alergia. El problema es que en el desprecio que reivindica se aniquila el devenir que hace de la educación una práctica inagotable y vigorosa. La educación implica dejarse tomar por la fuerza turbia de las cosas, navegar entre las tensiones, entrenar una mirada que capture en los equívocos eso que aún no tiene forma. La educación no es conservar ni enamorarse de retóricas ideales que sólo permanecen encumbradas. La educación es turbia, sombría y luminosa. O es por ahí o es sólo para formar soldados “felices” de una vida cerrada en los únicos estrechos posibles de un actual. No es “contra los docentes”. Es contra los docentes, contra la marea verde, contra los que priorizan la vida por encima de la propiedad, contra nuevas y difusas formas de hacer mundo, contra las mutaciones de la lengua.

No se trata del virtuosismo per se de los “enemigos” creados; no se trata de abroquelarse en identidades sacrificiales. No es desde el enaltecimiento de lo que se ataca que podrá limitarse un modo de ejercer poder, sino desarmando un efecto de verdad que batalla desde el miedo para ganar voluntades. El núcleo del problema no reside en un pedido de disculpas, ni siquiera en la deseable renuncia del personaje en cuestión. El asunto pasa por evitar que el miedo carcoma los deseos de creer en la interrupción de un tiempo histórico que impugna cualquier pensamiento que perfora la obviedad.



Pintura realizada por Gorila Koko

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