Búsquedas
Se encontraron 1480 resultados sin ingresar un término de búsqueda
- ¿Por qué seremos tan hermosas? / Néstor Perlongher
Por qué seremos tan perversas, tan mezquinas (tan derramadas, tan abiertas) y abriremos la puerta de calle al monstruo que mora en las esquina, o sea el cielo como una explosión de vaselina como un chisporroteo, como un tiro clavado en la nalguicie. Por qué seremos tan sentadoras, tan bonitas los llamaremos por sus nombres cuando todos nos sienten (o sea, cuando nadie nos escucha) Por qué seremos tan pizpiretas, charlatanas tan solteronas, tan dementes Por qué estaremos en esa densa fronda agitando la intimidad de las malezas como una blandura escandalosa cuyos vellos se agitan muellemente al ritmo de una música tropical, brasilera. Por qué seremos tan disparatadas y brillantes abordaremos con tocado de plumas el latrocinio desparramando gráciles sentencias que no retrasarán la salva, no pero que al menos permitirán guiñarle el ojo al fusilero Por qué seremos tan despatarradas, tan obesas sorbiendo en lentas aspiraciones el zumo de las noches peligrosas tan entregadas, tan masoquistas, tan hedonísticamente hablando Por qué seremos tan gozosas, tan gustosas que no nos bastará el gesto airado del muchacho, su curvada muñeca: pretenderemos desollar su cuerpo y extraer las secretas esponjas de la axila tan denostadas, tan groseras Por qué creeremos en la inmediatez, en la proximidad de los milagros circuidas de coros de vírgenes bebidas y asesinos dichosos tan arriesgadas, tan audaces pringando de dulces cremas los tocadores cachando, curioseando. Por qué seremos tan superficiales, tan ligeras encantadas de ahogarnos en las pieles que nos recuerdan animales pavorosos y extintos, fogosos, gigantescos. Por qué seremos tan sirenas, tan reinas abroqueladas por los infinitos marasmos del romanticismo tan lánguidas, tan magras Por qué tan quebradizas las ojeras, tan pajiza la ojeada tan de reaparecer en los estanques donde hubimos de hundirnos salpicando, chorreando la felonía de la vida tan nauseabunda, tan errática. *Publicado en Austria-Hungría en 1980, primer poemario de Perlongher (único redactado íntegramente en Buenos Aires) por la célebre editorial Tierra Baldía, dirigida por Rodolfo Fogwill.
- Caminando por esta orilla (12º entrega de Esquirlas del miedo) / Marcelo Percia
Esquirlas no siguen un plan expositivo organizado: introducción, desarrollo, conclusión. Esquirlas planean sostenidas en el aire. Esquirlas dicen lo que el miedo nos hace, tratan de resistir su pavoroso triunfo. A veces, miedos ponen en marcha acciones salvadoras. Otras, inmovilizan o empujan hacia lo que más se teme. Esquirlas se desprenden de una unidad defectuosa: no única ni unánime. Se desprenden de un no se sabe dónde. Incluso desde un no dónde. Esquirlas sobrevienen como espasmos que atropellan la vida sin poder saberla. Esquirlas zanjan orillas, fuerzan intervalos. Astillan lo candente, lo accidental, lo ignorado, lo perdido. Cromoactivistas inician una revuelta de colores. Acciones poéticas nominativas. Intervienen por primera vez en 2016. Proponen, en esa ocasión, recuperar el rosa como color disidente. Invitan a escribir nombres de rosa en cartones pintados: Rosa Chanchísimo, Rosa Anarcomimosa, Rosa Venganza de Viejas, Rosa Concha Rebelde. El año 2020 se recordará como año negro: negro capitalismo, negro asfixia policial, negro topadoras, negro sin agua, negro que no alcanza, negro rebeldía esclava, negro cabecita negra, negro sin abrazo ni despedida, negro negra furiosa, negro casi blanco, casi verde, casi magenta. Después de tantos meses caminando entre cadáveres, perplejidades se habitúan a olfatear la muerte en el aire. Razonan circunstancias de la descomposición. Deducen que algunas aves se comieron los ojos. Cuesta admitir complicidades con la devastación de la vida en común. Consentimientos se presentan como buenas intenciones fatigadas, como buenas conciencias escandalizadas, como buenos corazones anestesiados. La expresión “¡Qué año difícil!” se ha vuelto un automatismo del habla. Un reflejo de noches exhaustas. Un tímido pedido de una dicha venidera. Un conjuro ante la amenaza de que todavía puede venir algo peor. De pronto, entre angustiadas preguntas sin respuestas, dos vidas estrechadas que bailan mientras se acarician, se besan, se dicen amores, encantan el mundo aunque no se lo propongan. Demorarse en un instante de sosiego, en la blandura de un descanso, en una serena orilla sin demandas ni búsquedas. Tal vez, así estar en la vida. Pero, ¿qué sosiego, descanso, serenidad, si se tiene hambre, se tiene frío y pasan las noches y los días sin una ternura cercana? Acumulación de dineros y consumos difunden aceleraciones y vértigos, exaltaciones y caídas. Ambas tiranías adelantan la muerte desmintiéndola. Hablas del capital no niegan la finitud, la notifican como fatalidad estadística o como desgracia inevitable de criaturas empobrecidas, expulsadas de la tierra, condenadas a sobrevivir en zonas de exclusión o a desaparecer. Ochenta millones de existencias, forzadas a huir para salvarse de persecuciones, guerras, hambre, no tienen lugar en el planeta. Según Naciones Unidas, en el peor momento de la pandemia durante 2020, ciento sesenta y ocho países les cerraron total o parcialmente sus fronteras, suspendiendo el derecho al asilo. Sintagmas gastados: Un capitalismo con rostro humano, un capitalismo amable, un capitalismo en el que todos ganen, un capitalismo con derrame, un capitalismo no salvaje, un capitalismo con distribución de riquezas, un capitalismo con reducción de daños, un capitalismo con justicia social, con salud y educación públicas, un capitalismo sin hambre, sin sed, sin abandonos, sin migraciones forzadas, sin armas, sin usuras. En fin, un capitalismo sin capitalismo. A veces, la ironía esconde una tristeza y la rabia de no poder otra cosa. La rueda de la fortuna gira asignando suertes: contagios, padecimientos, mejorías, inmunidades, agonías, decesos, vacunas. Pero, el disco del destino detecta cuerpos envejecidos y desvitalizados, cuerpos rodeados de privilegios y cuerpos arrojados al abandono. El enunciado “Al que le toca, le toca” dice la justicia del azar, siempre sobornada por desigualdades esparcidas por el capital. ¿La palabra capital concentra todas las representaciones del mal? Al final, ¿el capitalismo tiene la culpa de todo lo que duele? ¿Casi nada puede pensarse fuera de la disyunción “tener o no tener”? ¿Obsesiones posesivas y propietarias derivan del reinado del papel moneda o sus equivalentes numéricos en una pantalla? Si no perteneciéramos a la comunidad del capital, ¿deambularíamos como angustias sonámbulas? Desprendidos de sus tiranías, ¿una común angustia planetaria (sin sed, sin hambre, sin frío) moraría en el silencio, en la palabra, en los placeres de la carne? Tal vez un día habitemos eso que hoy llamamos angustia como el intenso temblor de lo vivo en infinitas conciencias apabulladas. ¿Aprendimos algo en tiempos de pandemia o solo acatamos un período de abstinencia, una interrupción forzada de nerviosismos desquiciados? Deseos no solo se mueven impulsados por carencias e insaciabilidades, viven entramados, también, con el porvenir y con el secreto. Porvenir, en tanto augurio que renueva un ir hacia no se sabe dónde. Secreto, en tanto mensaje cifrado que transmite el misterio de las complicidades. La voz que dice “Quiero tener derecho a decidir sobre mi propio cuerpo”, verdea como consigna política de este tiempo. No afirma redundancias propietarias y posesivas, ni compone una declaración individual y privada: se pronuncia como una común soberanía. Desesperaciones que se lastiman con alcoholes y malas sustancias, ¿eligen lo que desean? Un joven desesperado que, hace unos años, puso un aviso en un diario del Chaco para vender su riñón, ¿ejerce su libertad? El último gesto solitario que queda en un mundo de humillaciones, privaciones, sometimientos, ¿consiste en hacerse daño?, ¿mutilarse?, ¿ultrajarse?, ¿asumir la iniciativa de tocar fondo por propia cuenta? No cualquier acto puede considerarse soberano. Bataille emplea la palabra soberanía para oponerla a servidumbre. Piensa en soberanías que pierden la cabeza, que bailan embriagadas sin querer imponerse, ni reinar, ni dominar otras vidas. Asistimos, en estos días, a una acción soberana de furias gestantes que deciden una común salida del silencio, una común emancipación. Un ideal de prevención contra el virus consiste en vivir dentro de un sarcófago o entrar en estado de hibernación o refugiarse en una playa desierta, hasta que todo pase. ¿Así se siente el peligro después de los sesenta y cinco? Cien años atrás, Freud, a propósito de una supuesta psicología de las masas, objeta la tesis de Le Bon que concibe el contagio afectivo como prueba de inferioridad y primitivismo de las muchedumbres. Entrevé, en esas adhesiones arrasadoras, la fuerza cohesiva de un ideal común de autoridad, protección, amparo. Lejos de las metáforas médicas advierte que el contagio se comporta como la obstinada escenificación de una mirada de amor. Si la palabra contagio no se reduce a la idea de peligro o transmisión de una enfermedad, condensa fatalidades de lo vivo. Contagio perfora los términos que se emplean para describir formas de lo común. Contagios traspasan figuras que establecen y aquietan respiraciones y caricias. Contagios se ríen de las pesadeces y solemnidades con las que se mueven los vocablos relaciones, vínculos, lazos, cercanías, proximidades, conexiones, interacciones. Contagios acontecen infatigables, imprevisibles, omnipresentes. Anidan en la inmediatez, la metamorfosis, la fluidez. Subvierten fronteras. Contagios astillan ilusiones de un yo: la idealización de un poder ilimitado y la creencia en una fortaleza segura. Necesitamos pensar contagios ya no como acción de una masificación protectora, sino como una común exposición. Una común intemperie, irremediable. De pronto, una de las primeras existencias que habitaron la tierra, desata pesadillas de destrucción y muerte en plena vigilia. En los bordes de ese abismo que da pánico, se abre un curso defensivo, denegatorio y desesperado que dice: “¡Quiero mi vida como era antes de la pandemia! ¡Como sea!”. “Acepto una nueva normalidad, pero solo si incluye mi vieja normalidad”. Una posición que proyecta la incertidumbre como un infierno o como castigo inmerecido. Que se planta en el umbral de lo imprevisible reclamando su derecho a la salvación. Para algunas solideces amuralladas vivir sin o con menos privilegios, vivir sin o con menos seguridades, equivale a verse condenadas a una muerte lenta. Otra posición podría decir: “No sabemos qué está pasando ni lo que vendrá, pero hay cosas a las que no queremos volver más”. Se trata de entrar en un tembladeral. Como la inscripción que Dante encuentra en la puerta del infierno al iniciar el viaje: “Abandonad toda esperanza, quienes aquí entráis”. Así se ingresa en la incertidumbre: sin esperanzas. Pero eso no supone un infierno ni una pesadilla. La esperanza solo proyecta dichas conocidas y promesas casi realizadas. Cuando se entra en la imprevisibilidad, se comienza a andar un no saber. Se puede entrar en lo imponderable con resignación y también se podría entrar con una común decisión de que “¡Hay cosas que no queremos más!”. Tal vez en eso reside la diferencia entre el sueño y la pesadilla. En una pesadilla solo se quiere despertar. No hay otra salida en ese momento. En un sueño se siente temor, pero también curiosidad. En una pesadilla se precipita lo que amenaza, en un sueño la amenaza se desplaza, asecha en forma oblicua. Sueños y pesadillas escenifican raras composiciones de deseo, aunque vigilias no las recuerden ni las comprendan. Normalidades, que no soportan desorientaciones y desconciertos, prefieren confiarse a sistemas de posicionamiento global que programan las hablas del capital. Se aferran a la premisa de acumulación de ganancias. La que instruye aumentar el caudal o las utilidades de cualquier cosa que tenga valor en sus mercados, incluyendo el de las afectividades. De pronto confianzas que juegan, en la fingida indiferencia de la mañana, desatan inhabilidades, torpezas, manotazos sin sentido. Así se ríen de esa nada. Y, también encantan el mundo aunque no se lo propongan. A los treinta años, Juan Carlos Onetti (1939) en El pozo recrea la sentencia de Nietzsche que dice “No hay hechos, sino interpretaciones”. Escribe en su primera novela: “Se dice que hay varias maneras de mentir; pero la más repugnante de todas es decir la verdad, toda la verdad, ocultando el alma de los hechos”. A lo que enseguida agrega que los hechos, informes, adquieren bordes y contornos del recipiente que los contenga. ¿Qué nos está pasando? ¿En qué cavidad, vasija, cántaro, cubeta, contener el presente astillado? Tal vez no se trata de un recipiente, sino una común inconformidad de paredes blandas, flexibles o de una red llena de agujeros cómplices. Tiempos de pandemias transcurren también como tiempos policiales, en muchos sentidos. Tiempos de policías que hacen cumplir medidas de cuarentena, usos de barbijos, distancias recomendadas, circulaciones restringidas. Tiempos de policías que estrechan acciones con labores sanitarias de prevención y control. Tiempos de policías que protestan armadas, por mejoras salariales y de condiciones de trabajo, extorsionando gobiernos. Tiempos de policías que, fuera de control, persiguen disidencias, fraguan delitos, matan en comisarías, hacen desparecer vidas. Tiempos de policías que desalojan con violencia y ensañamiento familias por orden de un juez. Tiempos de policías que, en las sombras, actúan como mafias que se benefician con venta de drogas, con la prostitución, con el juego o liberando zonas para robar. Gregorio Kaminsky, hace unos años, precisó: “La policía de la provincia de Buenos Aires es una institución imposible. Creo que es más fácil derrocar un gobierno que hacer un cambio en la policía bonaerense”. Practicante de una filosofía política spinoziana, Kaminsky diseñó experiencias de formación en universidades públicas para las fuerzas de seguridad como un modo de propiciar policías comunales que aprendieran a actuar con las armas del trabajo social y la mediación. Que se entrenaran para la escucha de todas las violencias cotidianas. En circunstancias acuciantes, en medio de premuras desesperadas y varias generaciones de rabias acumuladas, el acto de robar ¿se podría considerar como forma amoral, fallida, cuentapropista, de distribución de riquezas? La escena de una impotencia que se ve obligada a arrebatar un pedazo de pan para alimentar a su familia, se cuenta en Los miserables de Victor Hugo (1862). También, el drama del hijo que asalta la casa de su padre millonario se narra en la película El día que me quieras, en la que Gardel (1935), lleno de rencor e impotencia, llega tarde para salvar a la madre de su hija y canta “Sus ojos se cerraron”. Policías, encargadas de evitar delitos, realizan acciones corporativas como compensación económica que se conocen con el nombre de recaudación. ¿Otra forma de distribución de riquezas? La cuestión de las policías no se reduce a consignas hermosas como “más poesía y menos policía”. Cuenta que lo llevaron en el piso de un patrullero con las manos esposadas al manicomio. Antes lo maltrataron durante tres días. Lo golpearon para enseñarle a no hacerse el loco. Lo amenazaron con cortarle los genitales. Le dijeron que era una mariquita adicta y que si jodía mucho lo iban a hacer desaparecer. El psiquiatra de guardia anotó: “Delirio paranoide”. Duele decirlo pero, a veces, arbitrariedades de agentes de salud lastiman más que las violencias policiales. Tiempos de pandemia recuerdan la necesidad de una escucha clínica de la vida: en las aulas, en las políticas sanitarias, en la justicia, en las policías. Una escucha clínica no centrada en la resolución de problemas, sino en la audición de padecimientos que no saben decirse o que se dicen sin poder escucharse. Alejandro Kaufman, a propósito de la memoria de las madres como enseñanza política y amorosa de resistencia ante el terrorismo de Estado, vuelve a leer -en el libro Reyes y Crónicas- la silenciosa sabiduría del rey Salomón. Dos mujeres disputan la propiedad de un hijo. Ambas paren una criatura, pero una de ellas nace muerta. Las dos afirman tener derecho a la posesión de la vida que queda. El rey pide una espada, propone partir en dos esa indefensión para dar la mitad a cada madre. De inmediato, una de las mujeres cesa en su reclamo. Entonces, el rey escucha, en esa voluntad que renuncia y se retira, la decisión de cuidar la vida. Kaufman señala que la justicia salomónica no reside en el reparto, sino en la convicción de que una vida no puede considerarse cosa ni objeto de disputa, que no puede sopesarse como una propiedad. Escribe “La sentencia salomónica no comienza por un fallo sino por un procedimiento que establece una escucha”. Destaca que estamos ante una justicia que sabe escuchar un amor que decide callarse. Una justicia que no trata de preservar un derecho biológico ni patrimonial o patriarcal, sino el deseo de ahijar una vida que se decide cuidar sin tener. Tiempos de pandemia ponen a la vista dos derechos urgentes que gobiernos (que quieren para sí el atributo de populares) necesitan garantizar si deciden asumir políticas de cuidados: el derecho a la salud pública y el derecho a una renta básica universal e incondicionada. El 2020 se recordará como suma de escándalos que ilustran el agotamiento del humanismoeuropeo. Las naciones ricas y poderosas del planeta nunca pensaron en financiar con un impuesto, a las desmedidas riquezas del mundo, la producción y distribución de vacunas por igual para todas las criaturas vivas, estén donde estén. Se sabe que las palabras nunca alcanzarán para impedir desastres de la civilización. Y, sin embargo, se hace silencio, se conversa, se lee, se escribe, se marcha, se baila y se canta en una plaza, para compartir ese saber con otras soledades. Mientras se espera a que florezcan los agapanthus, cuesta creer que el aire y la tierra, las nubes y el horizonte, las piedras y las algas, los pájaros y los peces, no sientan fastidio y enojo por la llamada humanidad. Nada detiene el tiempo. Hablas del capital necesitan recordar eso. En plena cuarentena, sin darse cuenta, muere Edgardo Gili. Copio algo que escribió y no pudo cumplir: “Después de despedirme con lágrimas y abrazos de las existencias que se quedan, me gustaría irme de la vida, así, caminando por esta orilla hasta la línea que, a unos metros, me espera”.
- Clínicas que saben la espera (entre La Borde, Esteves y Cabred) / Marcelo Percia
Contrastes Una civilización se compone de contrastes. En tiempos de campos de exterminio también florecen utopías comunales y libertarias. La Borde se recordará como lo otro de los manicomios. Como práctica de una común acogida de rarezas, anomalías, disidencias, aflicciones, soledades. Como estancia sin jerarquías, verticalismos, violencias, imposiciones caprichosas. Como continuo trabajo deliberativo. Como pregunta inagotable sobre qué nos pasa cuando vivimos juntos. Notas Presento notas e impresiones desencadenadas tras ver L’ Imvisible, una entrevista que Nicolas Philibert hace a Jean Oury el 12 de mayo de 2002. El mismo director había filmado, entre julio y agosto de 1995, La moindre des choses, una película en La Borde, mientras todas las sensibilidades que habitaban el lugar ensayaban, para una muestra colectiva de la clínica, Opereta, una obra de teatro de Witold Gombrowicz. Pero estas notas e impresiones se mezclan y contaminan con experiencias marginales del sur. Con intervenciones calladas y discretas, con insurgencias desafiantes y disidentes, con labores de voluntades dispersas que, de pronto, forman equipos. Con continuas derrotas que, sin embargo, devienen insistencias en instituciones manicomiales de la provincia de Buenos Aires, como los hospitales Esteves y Cabred. Opereta Gombrowicz escribe Opereta en los años de una larga y obligada estadía en Buenos Aires. Alguna vez dijo: “Siempre me he sentido fascinado por la forma de la opereta, en mi opinión una de las más felices que ha producido el teatro. Así como la ópera tiene algo de torpe, de irremediablemente abocado a la pretensión; la opereta, en su divina idiotez y en su esclerosis celestial, toma sus alas del canto, de la danza, del gesto, de la máscara y me parece el teatro perfecto, perfectamente teatral”. De pronto cantos y bailes irrumpen entre balbuceos y desgarraduras en tiempos virulentos. Así la obra del escritor polaco y así las clínicas contra los manicomios del sur. Clínicas de los bordes y desbordes, de los límites y de lo ilimitado, de las extrañezas y de las vidas irreductibles. Clínicas desprendidas de las formas diagnósticas. Clínicas del mientras tanto. Clínicas de opereta: no pretensiosas, plebeyas, irrespetuosas de las fronteras, burlescas, a las que se les nota que los vestuarios o disfraces europeos les llegan rotos, gastados, ajenos. Clínicas de hagamos lo que se pueda (pero hagámoslo bien y disfrutando de hacerlo). Civilización Dice Oury que si se quiere saber cómo transcurre una civilización, alcanza con observar cómo trata a las vidas desoladas, a las vidas que acampan en las orillas, a las vidas que sienten dolores y energías planetarias. Tratamientos La palabra tratamiento reúne tentativas de cuidado, de acogida, de donación de tiempo, de una común espera, de un llamado a escuchar lo que no se sabe cómo pensar. Tratar supone consentir lo irreductible, respetar los ritmos de un silencio, custodiar el misterio indescifrable de una vida. El infinitivo tratar interesa como apuesta a potencias sanadoras de un común estar, con sus deseos y azares. Tratar no quiere decir administrar medicamentos, subsidiar discapacidades, apartar lo doliente. Esta civilización necesitó justificar campos de exterminio como un tratamiento racional y planeado de poblaciones malditas, sobrantes, infectadas de extrañezas. Esta civilización necesitó nombrar con la palabra trata la comercialización y el tráfico de pavuras esclavas. Esta civilización necesitó bautizar así la manipulación de mujeres -mediante vejaciones, engaños, dependencias- para la explotación sexual. La Borde Jean Oury (1924-2014) nace en las afueras de la ciudad de París. Se forma con François Tosquelles, discípulo de Emilio Mira y López, titular de la primera cátedra de psiquiatría española. Llega como médico joven, en 1947, al hospital de Saint-Alban, donde se vivían tiempos de transformación impulsados por los entusiasmos de Tosquelles, refugiado en Francia tras la derrota de la república española y la persecución del franquismo. Años después, se forma como psicoanalista, miembro de la Escuela Freudiana de París fundada por quien fue su analista durante veinte años. Las primeras noticias de Oury, en Buenos Aires, provienen por estar mencionado en El Antiedipo y por algunas intervenciones en los debates registrados en los seminarios de Lacan. Creador, en 1953, de la clínica de Cour-Cheverny, conocida como La Borde, en las edificaciones gastadas de un pequeño castillo del siglo XVI en medio de un campo, de muchas hectáreas, ubicado a 180 kilómetros de París. La Borde hospeda alrededor de cien pacientes que deciden alojarse allí y otras cien personas que integran el equipo terapéutico. Oury convoca a Félix Guattari, quien muere allí a los sesenta y dos años, en 1992. Amistades Sensibilidades que sienten en demasía no encajan (lo hacen mal o solo por momentos) en las hormas previstas para los sentimientos y emocionalidades. Están en la vida sin protecciones. Expuestas a intensidades que las mesuras no comprenden. Sus presencias insomnes enrarecen y cuestionan el mundo aunque no se lo propongan. Tosquelles y Oury advierten que no se trata de sanar a las llamadas psicosis para volverlas parecidas a las normalidades, sino de practicar terapéuticas de la vida en común que posibiliten escuchar e incorporar mensajes cifrados de dolor que portan rarezas y aflicciones. Guattari conoce a Oury a los quince años, pero cuando lo convoca a colaborar en La Borde ya tiene veintiuno. Recuerda así ese llamado en una presentación: “Trabajo en la clínica de La Borde; fui invitado a colaborar de esta experiencia por mi amigo Jean Oury quien es el fundador y principal impulsor, el castillo de La Borde está situado a 15 km al sur de Blois en la comuna de Cour-Cheverny. Es entonces que tomé conocimiento de la psicosis y el impacto que podía tener sobre ella el trabajo institucional. Estos dos aspectos están profundamente ligados, porque la psicosis, en los sistemas carcelarios actuales, muestra sus trazos esencialmente marcados o desfigurados. Solo cuando se desarrolla alrededor de ella una vida colectiva en el seno de instituciones apropiadas es donde ella puede mostrar su verdadero rostro, rostro que no es el de la extrañeza y la violencia, como se cree a menudo, sino el de una relación diferente con el mundo…”. Castillo Un gran salón de la planta baja del castillo que hace las veces de espacio para reuniones, comedor, bar, sala de juegos, club. En los jardines, que rodean la vieja casona, hay una capilla gótica que funciona como biblioteca y, entre otras construcciones, una que llaman El taller de cristal, un espacio delimitado por hermosos ventanales. Cerca de ahí se puede espiar por una ventana un estudio en el que trabajaba Guattari. Libertad En La Borde no hay espacios cerrados. Su existencia pone en cuestión el hospital como campo de concentración. Se trabaja con la premisa de que cada cual tiene libertad de circulación y decisión. Incluso (dentro de lo posible) se establecen por consenso rutinas compartidas que nadie tiene obligación de cumplir. Deliberaciones Al cabo, se tropieza con la cuestión de la libertad. Asunto que no se puede despachar diciendo las dos o tres cosas que siempre está bien decir. En espacios de convivencias obligadas, ¿se puede decidir a qué hora dormir o cuándo salir de la cama?, ¿qué y en qué momento comer?, ¿cuándo y cómo asearse?, ¿tomar o no los medicamentos?, ¿beber alcohol o embriagarse con sustancias?, ¿gastar todo el dinero en una noche? ¿Se puede decidir en qué momento y con quién hablar o hay que hacerlo en los horarios acordados y con el profesional designado? ¿Qué hacer ante acciones que dañan? ¿Se las considera actos de autonomía? Eso que se llama libertad solicita incesantes momentos de una común deliberación. Momentos de acogida de todas las indecisiones que se ponen en juego en una mínima decisión. ¡Ah…qué alivio el cumplimiento de las rutinas institucionalizadas! ¡Qué descanso encomendarse a un conjunto de fijezas establecidas! Acatamientos eximen de la vertiginosa incertidumbre de la libertad. Dispensan de tener que cargar con la responsabilidad de las desobediencias. La pregunta por la libertad sobrevive como interrogante enrevesado en todos los naufragios de la vida en común. Entornos Oury considera la institución (quienes dirigen, quienes realizan cuidados clínicos y quienes se hospedan) como un espacio que necesita tratamiento. Eso quiere decir la expresión psicoterapia institucional. Consiste en una práctica analítica de la vida en común. Sostiene Oury que no se trata de curar personas sino de sanar entornos. La palabra entorno alude a lo que nos rodea o al ambiente en el que se vive. Tal vez conviene pensar en hábitat más que en ambiente, en torbellinos de afecciones más que en malicias y bondades que circundan, en inmersiones en común más que alrededores que cercan. Pensar en una respiración planetaria antes que en un sistema individual que intercambia gases con el medio. Conflictividades En La Borde se trata de prevenir tres males de las instituciones totales: el hospital como ambiente nocivo, la inacción como dejadez, la supuesta irresponsabilidad de quienes sufren. Resulta más fácil el asistencialismo que dar audición a la conflictividad. Dar audición a la conflictividad supone dar lugar a afectaciones que las normalidades consideran inapropiadas, inoportunas, inentendibles, indeseables, incomprensibles. Tal vez en la supresión de la conflictividad resida una de las metas secretas que anida en todas las formas del mal. Nocividades Oury recomienda al equipo clínico tratar de estar lo menos nocivos posible. Pero no se trata solo de un consejo, ni de una precaución entre otras, se sabe que en el terreno de los cuidados clínicos, las buenas intenciones pueden dañar. Como también pueden perjudicar las superposiciones, las burocracias, las sobreactuaciones. En La Borde se intenta escapar a la presión de las estadísticas sanitarias, de los resultados de gestión, de tener que mostrar éxitos ante jueces y autoridades estatales. Se procura no reproducir violencias que exigen a las vidas que sufren avances en dirección de los patrones morales dominantes. 21 de noviembre de 1984 Cuenta Oury sobre un hombre -que carga con el diagnóstico de esquizofrenia- que durante años se mantiene apartado, sin contactos. Que vaga flaco y alucinado, temeroso de estar en un espacio abierto. Hasta que un día comienza a realizar pequeños trabajos con los que ahorra para comprarse una bicicleta. Desde, entonces, saluda con alegría, desde su vehículo, a quienes cruza en sus recorridos diarios. Al final del relato, ironiza sobre lo difícil que resulta explicar a las mentalidades sanitarias una práctica clínica que sabe esperar más de diez años para que una vida se decida a andar en bicicleta. Iniciativas Clínicas esperan, sin premuras, el momento en el que aflicciones encalladas toman la iniciativa e inventan acciones, muchas veces, inimaginables. Iniciativas se adelantan a lo previsto, desconciertan expectativas e ideales terapéuticos. Tienen, a veces, formas extravagantes y disparatadas. Casi toda la labor consiste en saber aguardar la repentina irrupción de una iniciativa. Iniciativas no se solicitan ni se demandan. No tienen fechas ni plazos. Arriban, cuando arriban, en una común confianza. A diferencia de una impulsión que daña (y que reincide una y otra vez en lo que lastima), iniciativas provocan desvíos, abren súbitas puertas, inauguran la primicia de un momento no sabido. Así como el psicoanálisis comparte la posición de Mallarmé de dar la iniciativa a las palabras, las prácticas contra los manicomios saben que tienen que dejar la iniciativa a las demasías. Sin demandar que se ajusten a las uniformidades sentimentales del sentido común. Pensionistas Quizás siguiendo una práctica iniciada por Tosquelles, Oury no nombraba en La Borde como pacientes a quienes habían decidido buscar refugio y cobijo allí, sino pensionistas. Huéspedes pasajeros en una comuna de cuidados. En el hospital Esteves se decía “las chicas”; en el Cabred “los muchachos”. Entonces, ensayamos nombrar de otros modos: inquietudes, furias, ofuscaciones, insistencias, picardías; así, cada vez, pensando las palabras que se iban necesitando. Decisiones Se celebran asambleas con todas las voluntades que realizan cuidados clínicos y todas las sensibilidades alojadas en sus dolencias, para conversar sobre problemas de todos los días y tomar decisiones sobre cómo seguir. A veces solo se trata de dar lugar a la pregunta sobre qué hacer aunque, al final, no se decida nada. Penumbras Una gran sala iluminada solo por la luz de las primeras horas de la tarde. Recién llegado, tomo asiento en una zona protegida por las penumbras. El lugar tiene algo de salón literario de las novelas de las cortes francesas. La reunión se desarrolla tranquila, entre voces pausadas y monocordes. No se distingue quiénes están ahí como hospedados ni quiénes como voluntades que trabajan. Después de un rato, concluyo que el hombre alto de canas que lleva un prolijo pañuelo en el cuello se comporta como el director. Entonces pregunto. Me responden que Oury tuvo que viajar a París. Espacios En La Borde se entiende que las llamadas psicosis requieren pluralidades clínicas y mudanzas transferenciales. Que necesitan contar agrupaciones convencionales y no convencionales, con espacios previsibles y sin posiciones fijas. Constelaciones variables en las que cada cual pueda trabar intimidad con diferentes referentes de cuidado. Así como decidir cuándo y en qué lugar estar o ante quién hablar o callar. 21 de noviembre de 1984 Oury observa (aunque no con estas palabras) que no importa tanto la relación analítica como las constelaciones clínicas posibilitadas. Señala que una constelación necesita lo que llama “libertad de circulación”. Existencias que sufren -dice- no hacen elecciones administrativas sobre con quienes conversar. No eligen títulos o diplomas. Prefieren una afectividad compañera, una sonrisa que hace la limpieza, un silencio que no demanda nada, una extrañeza que se quedará solo un tiempo, una sensibilidad que canta, una sensualidad que cocina probando sabores. Oury imagina un club clínico como oportunidad de transitar entre sorpresas y azares, entre irrupciones y repliegues de deseo, entre gustos y disgustos, entre contactos e interferencias. Estar ahí El iniciador de La Borde llama transferencia al “encuentro de cada cual con el deseo de estar ahí, presente en lo que está haciendo”. El ahí no interesa como adverbio que indica un lugar. No modifica al verbo para señalar un sitio: el estar ahí notifica una sensibilidad decidida a dar una presencia afectada. Tal vez estar en transferencia quiera decir suponer la sabiduría del momento. Entregarse a la fuerza evocativa de una ocasión que aproxima. Deseos Derivas del deseo de estar ahí interrogan zonas no declaradas, no admitidas, no advertidas. Según Oury quienes trabajan en La Borde necesitan interrogarse sobre si desean estar ahí y qué sedimentos arrastran esos deseos. Muchos años después, entre cercanías empeñadas en terminar con los manicomios, en una región distante y empobrecida, ensayamos esa pregunta: ¿Por qué estamos aquí? No hay una pureza ética del estar aquí. Multitudes de afectos sobrevuelan como aves que tienen hambre. Una reunión de equipo no se pretende como limpieza moral, sino como audición que da lugar a la conflictividad (siempre incómoda, fea y sucia). Algunas respuestas de ese día: Estamos aquí, pero podríamos estar mejor en otro lado. Estamos aquí porque necesitamos trabajar. Y porque el Estado ofrece empleo estable, obra social, vacaciones, beneficios jubilatorios. Estamos aquí mirando el reloj y especulando con licencias y días feriados. Estamos aquí porque sentimos atracción por la clínica, interés por las bondades de las terapias, por la acogida de los cuidados, porque aprendimos a acompañar vidas desvalidas. Estamos aquí porque tenemos la ilusión de curar. Estamos aquí porque necesitamos sentirnos útiles. Estamos aquí para desplegar nuestra compasión. Estamos aquí para reconfortarnos comparándonos con existencias que la pasaron peor en la vida. Estamos aquí para recibir afectos y gratitudes de existencias tan ultrajadas. Estamos aquí para sentir que tenemos autoridad y poder de mando. Estamos aquí por el gusto de conducir vidas desorientadas. Estamos aquí para cosechar reconocimientos. Ropajes Oury propone que cada equipo clínico se interrogue ¿por qué estar aquí? Piensa que para que algo de la clínica acontezca como apertura, sorpresa, invitación, se necesita (además del generoso azar) que quienes están ahí hayan decidido estar ahí. En ello reside lo que llama condición de la transferencia. No se trata de felicitar y convocar a quienes desean estar aquí por amor genuino a la clínica como sensibilidades santas o heroicas, sino de sacudir la sospecha de que cualquier deseo asume muchos ropajes o tiene diferentes pieles superpuestas. Acciones Un momento clínico acontece cada vez que la decisión de estar ahí se conjuga el deseo de hablar y la disposición a escuchar. No se trata de respuestas individuales fijas, sino de funciones de cuidado asumidas por diferentes protagonismos. Un acto de cuidado se precipita cuando el deseo de estar se encuentra, de pronto, estando justo cuando se solicita una presencia. Se puede dar con la psicóloga, la psiquiatra, con una compañera de taller, con un acompañante en una salida a comprar zapatos, con la profesora de plástica, con el maestro carpintero, con la trabajadora social en el viaje de vuelta después de una entrevista en el juzgado, con otra sensibilidad en una noche de común insomnio. Pasajes Se trata de propiciar momentos de un común estar. Valorar tiempos escurridizos, pasajeros, muchas veces solo insinuados, o incluso invisibles. Sensibilidades felinas que simulan no estar con nadie entrecierran los ojos pero registran y saben todo lo que está pasando. Un común estar no traza formas fijas. Encuentro no significa solo compartir de un modo literal un momento. A veces, se puede estar sin estar en el doble sentido. Participación El hombre internado hace muchos años nunca quiso participar del taller de teatro. Un día encuentra a la profesora en el horario de la actividad en otro lugar del hospital. Por primera vez se acerca para hablarle muy preocupado: “Pero, ¿cómo hoy no hay taller? La profesora sorprendida lo tranquiliza: “Sí hay, pero me demoré con un trámite”. Entonces, el hombre comenta aliviado “Ah… me preocupé”. En eso, la profesora aprovecha la ocasión para insistir con la invitación que se le hizo innumerables veces: “A usted ¿le gustaría participar alguna vez?”. “No, no creo. Gracias. Me alegra saber que siguen ahí”. Pegotes Se conocen cercanías pegoteadas. Adhesiones, sometimientos, subordinaciones, violencias, crueldades, entre proximidades. Aflicciones encienden y apagan deseos. Acarician y lastiman, abrigan y congelan, se agradecen y se maldicen. La proposición de un común estar corre el riesgo de volverse una fórmula autosuficiente. Avatares de la vida en común no se resuelven con frases bonitas. Distancias Lleva muchas noches sin dormir. Teme, que estando desprotegido, su compañero aproveche para matarlo. Cuando la enfermera que visita la casa le pregunta por qué habría de matarlo si son amigos, responde que no se necesitan muchas razones para matar en estos tiempos. Después de un rato en silencio, dice que preferiría algunas noches ir a dormir al hospital. Capturas No se trata de propiciar relaciones con otros, sino proximidades y distancias entre entusiasmos y fatigas, entre tristezas y dolores. La vida no necesita quedar capturada en un conjunto de relaciones entre personas, fluye como cercanías y lejanías entre afectividades. Encierros Se procura no encerrar a nadie en una relación o en un grupo. Se trata de sostener pasajes de lo cerrado a lo abierto, así como repliegues en lo cerrado sin perder la opción de lo abierto. Después de un tiempo, equipos clínicos se dan cuenta que muchas veces no se los llama para esclarecer miedos y malestares en una relación, sino para posibilitar fugas y salidas. Para oficiar como puentes, como habilitaciones de pasaje, como acompañantes de enlaces y desenlaces. Traducciones La labor psicoanalítica se ha pensado como una práctica de la traducción. Traslados o transferencias de afectividades a través de las palabras. Pero, también, serena recepción de lo intraducible de una existencia. Una labor contra el candor o la arrogancia de los descifrados, interpretaciones, explicaciones, conclusiones contundentes. Excusas En La Borde trabajan pasantes extranjeros. Recuerdo algunas voluntades venidas de Uruguay, Brasil, México, Costa de Marfil, Alemania, Italia. En una reunión me excuso por haber coordinado una actividad con dificultad por no entender bien la lengua. Después de un buen rato, con mucho cuidado (y alguna picardía), Oury comenta algo así: “Ah… los psicoanalistas lamentan no entender, olvidan, que estamos ahí no para entender, sino para permanecer próximos de lo que no se entiende”. Agitaciones Terapias, talleres de arte y teatro, actividades de cocina y prácticas de diferentes oficios. Club terapéutico. Se ofrecen e inventan actividades para restaurar agitaciones de la vida cotidiana. Para recuperar el potencial sanador de la vida. Actividades como pretextos para el agrandamiento oblicuo de detalles, matices, insignificancias, conflictividades. Responsabilidades Se trata de incitar (no demandar) responsabilidades, a veces pequeñas, mínimas, imperceptibles. Montones Un equipo clínico actúa como caja de resonancia, amplificación, memoria, derivación de un montón de historias que se mueven y mutan como nubes de una vida. Historias irreductibles, incompatibles con rígidos informes causales, con manuales diagnósticos. Equipos clínicos están ahí para custodiar enigmas u opacidades de cada cual. Inolvidable Lo singular no se reduce a lo particular ni a lo personal. Lo singular, inconquistable y no representable, no semejante a nada, acontece -si acontece- en el momento menos pensado. Lo inolvidable adviene en el umbral de lo olvidable. Colectivos Oury diferencia lo colectivo de la colectividad. Dice que la colectividad fomenta una organización, una institución, que actúa según normativas. Posee jerarquías, funciones, roles, estamentos bien codificados. Colectividades consolidan uniformidades y segregaciones. Tienden a la homogeneización. Realizan rutinas cronometradas, evalúan y controlan las horas de trabajo. Dice que la palabra clave de la psicoterapia institucional para designar lo colectivo se llama heterogeneidad. Su horizonte, la polifonía. Inventivas clínicas de cercanías des-jerarquizadas y descodificadas. Limpieza Al comienzo, en las casas de convivencia de mujeres que habían estado muchos años internadas, se registran consumos exagerados de productos de higiene y limpieza que provee el hospital. El director del psiquiátrico, aconsejado por el administrador, lleno de sospechas, ordena auditar las viviendas y establecer raciones fijas por mes. Sin embargo, el equipo clínico del Centro de Día, que se resiste a acatar la imposición de racionalidad, hace lo que hace siempre: realiza reuniones con todas las mujeres de las casas y con las trabajadoras y trabajadores, para hablar del problema. Enseguida se establece que lo que pasa en cada casa puertas adentro debe respetarse y nadie se va a meter a controlar cuánto papel higiénico usa cada una para limpiarse. Así pasan los días. Se habla del asunto en asambleas de convivencia, en talleres, en grupos terapéuticos, en entrevista individuales, en largas reuniones de equipo. El director, irritado por tanta pérdida de tiempo, amenaza con pedir la renuncia de la enfermera que dirige el Centro de Día. Sin embargo las reuniones siguen. Se expresan y se escuchan muchísimas cosas. Una vez alguien dice que a través del papel higiénico se transmiten enfermedades infecciosas, por eso tiene, entre el corte de su compañera y el suyo, suprimir varios metros como protección. Una mujer cuenta que su compañera antes de acostarse traza una frontera de lavandina en el umbral de cada puerta. Al principio discuten porque teme que el olor le haga mal, pero de a poco comprende que, así, la compañera duerme más tranquila que con las pastillas. Se comparte que entre tres mujeres que viven juntas, cada una lava el mismo baño como si viviera sola aunque ya lo hubiera lavado su compañera. Alguien revela que en una casa regalan productos a vecinas que los necesitan, pero no dice en cuál ni nadie pregunta. Una mujer que vive en una vivienda en la que los productos de limpieza sobran, dice “Prefiero tener la casa sucia y la bombacha limpia. No como otras que no voy a nombrar”. Una joven que nunca habla, cuando se le pregunta qué opina, responde: “No quiero que me controlen la limpieza ni los medicamentos, quiero salir a callejear y cumbiar cuando se me de la gana”. De pronto, alguien dice: “Disculpen, pero me tienen cansada con esta mierda del jabón de lavar. Primero nos meten acá para cuidar una casita, para que seamos buenitas, para que andemos limpitas y arregladitas, y ahora ¿también nos quieren decir cómo nos tenemos que administrar? ¿Están jugando a las muñecas?”. Hay tantas presiones que un día se propone votar un reglamento estricto para el uso de productos de limpieza, pero no hay forma de ponerse de acuerdo sobre cantidades y procedimientos. Como alguien insiste en que se tiene que resolver sí o sí, se decide votar si se vota. Triunfa la decisión de no votar. Recuerdo, en ese largo proceso, dos intervenciones que arrancan aplausos. Una, de Néstor Costa, un poeta comunista, con dos grandes antenas en la frente, que coordina el taller literario, que en un momento explota: “Acá se discute cómo estas mujeres deben limpiar sus casas, pero nadie se pregunta cómo vamos a limpiar todas las suciedades del patriarcado y el capitalismo”. La otra, de Ana María Monzón, la enfermera que coordina el Centro de Día, una morocha alta y grandota, que enojada da miedo pero como amiga responde sin dobleces, quien un día también estalla: “Si quieren que me vaya porque, como dicen, no dirijo nada, que me lo digan de frente. Pero si se meten con la intimidad de las chicas, nos vamos a meter con los secretos y chanchullos de la dirección y de los gremios”. Así, durante meses se habla y se habla de lo que pasa, sin concluir ni decidir nada. Solo asistimos a un común pensar que se resiste a las imposiciones, las presiones y los plazos. Que se deriva y se deriva, sin perder el hilo. Una común demora que da lugar a largas conversaciones sobre las convivencias. Y, aunque el asunto no se resuelve como solicitan las autoridades, se liberan energías que acogen y suavizan conflictividades. Además, de a poco, el consumo se va regulando sin que nadie sepa cómo ni por qué. Sabores Para las políticas sanitarias estas intervenciones tienen sabor a poco. Sin embargo, sonrisas y palabras liberadas, gestos y contactos inesperados, recepción de detalles y movimientos imperceptibles, componen lo más querible de esta labor. Todavía multitudes de actos mínimos y acciones clínicas invisibles no se consideran trabajo. Corrientes El equipo clínico practica el ir contra la corriente. Ir contra la corriente como forma de resistencia y como vitalidad de pensamientos que se oponen. Algunos peces, como el salmón, nadan contra la corriente para dejar sus huevos en lugares más seguros y protegidos de los depredadores. Discreciones Una mujer con acento cordobés, que había ido con una psicóloga argentina a buscarme a la estación de trenes, me toma del brazo desde el principio con mucho cariño, me acompaña a recorrer el lugar y oficia como guía y traductora. Hacía seis meses se había arrojado desde un puente. Ahora se sentía mejor. Estamos, en el comienzo de la primavera, sentados en un jardín. Un pequeño grupo se reúne a escuchar una conversación sobre Lo grupal en la Argentina. Asisten pasantes de diferentes partes del mundo. En un momento, un hombre alto y delgado se acerca silencioso. Tiene setenta y siete años. Se mantiene de pie, escucha unos minutos. Se retira sin hacer ruido. Morisquetas Jean Oury recuerda que en La Borde nunca se habló a las sensibilidades hospedadas como si se tratara de gente con problemas mentales, debilidades en el pensamiento, personas con discapacidad. Imita con fastidio a esos adultos que tratan a los niños con un raro lenguaje lleno de diminutivos, extrañas palabras y ruiditos guturales. Imagina que si a esas criaturas les fuera dado hablar, dirían: “Cierto, tengo menos de un año de vida, pero no me trates como si fuera tonta o corta de entendimiento. Respeta mi porvenir hablante, no me confundas con tus morisquetas”. Tribuna Estuvieron internados en el manicomio durante años. Ahora comparten diferentes casas entre dos, entre tres, entre quienes se eligieron para irse y acompañarse en esa decisión. El equipo clínico propone un encuentro con todas esas inquietudes que se fueron del hospital para hablar de cosas que pasan en la vida. Llegan esa mañana temprano a la Biblioteca de Luján. Están ahí, se saludan, se reconocen, se alegran de verse. Algunos se mantienen apartados. Laboriosidades del equipo se mezclan entre esas algarabías sorprendidas por tantas presencias. Cuando llega el momento de comenzar, se invita a hablar. Pero todas expectaciones de la reunión permanecen calladas. Al rato, como las mudeces persisten, se insiste “¿A alguien le gustaría decir algo?”. Hasta que una voz emocionada explica a la psicóloga: “Ya lo estuvimos diciendo, así, callando”. A lo que enseguida una complicidad completa con música de tribuna: “¡Un minuto de silencio para Cabred que está muerto!”. Entonces, entre lágrimas y sonrisas, la sala estalla en un inolvidable aplauso. Imagen: ’Sin título (Perfect Lovers)', de Félix González-Torres (1991).
- Entre ciénagas y mareas / Rocío Feltrez
Sueño con los abrazos sueño también con que abracemos el fracaso estamos cerca en la distancia pero ¡qué linda que es la fiesta y la vagancia! Sudor Marika I. El film La ciénaga de Lucrecia Martel (2001) comienza con una escena memorable. A la hora de la siesta, existencias aturdidas por un mediodía de derroche etílico reposan junto a un cúmulo de agua algo turbia en el que se espeja, con dificultad, un trozo de cielo provinciano. Se escuchan sonidos que retardan parpadeos. Los relámpagos y el chillido de animales inquietos anuncian la tormenta que se avecina. No importa tanto por qué, pero algo parece estar por pasar. La Ciénaga es el nombre de una localidad de la provincia de Salta. Ciénaga es, también, un cuerpo de agua aparentemente estancada en el que la vida se agita. Palabra que permite imaginar la expectación deseante. La espera de lo imprevisto. Allí donde todo parece estar en reposo puede, de pronto, brotar un ardor. Esa escena fascinante vuelve una y otra vez. Conviven en ella la calma y el aturdimiento. El reposo y la inquietud. Una escena que, tal vez por la belleza sin pretensiones realistas que logra rozar, hace pensar; invita a una mirada que no existe, sacude la percepción. No llama a la interpretosis sino a ideas inquietas que piden palabras. Una apuesta estética que desprograma una manera de mirar mientras inventa una escucha e invita a una posición fugaz: la expectación deseante. II. Todo eso que está cerca de lo vivo tal vez suceda en esos instantes en que logramos abandonar, pausar, rasgar los guiones, los relojes, las maneras de hacer, decir y mirar con que estamos formateadxs. Habitamos paisajes en los que estalla la vida con sus vaivenes. Estallidos que no nacen ni crecen gracias a la custodia de las purezas, sino todo lo contrario: para existir necesitan de la mezcla, de la espera, de la confianza en la materia sensible, de lo que tal vez para algunos ojos no sean más que cosas fútiles. Vidas que crecen entre las sombras, en no-lugares, en lo imposible y no piden permiso. III. Nos mueve el deseo –se afirma. Pero esa afirmación tal vez interesa si se piensa al deseo como una criatura impura, harapienta, escurridiza. Porque, ¿cómo puede sobrevivir sino ese movimiento a la tirana soberbia de las certezas, las castidades, las pasiones tristes, las crueldades y los Programas? ¿Cómo explicar, sino, que pueda pasar todo lo hermoso e intenso que pasa en esas calles en las que nos encontramos? Los feminismos se escriben en plural. Por algunos ramales preferimos no pasar. Lo curioso es que de ese espacio del que a veces muchxs parecen estar yéndose cada tres posteos –¿será posible dar un portazo y salir, así, sin más?–, de ese espacio que a veces harta por sus pretensiones de pureza y sus rigideces, de pronto, brota vida. Una vida que recuerda que tal vez lo que haya que cuidar sea eso, la expectación deseante, el deseo de jugar a que puede pasar algo que tuerza el supuesto curso de las cosas. Algo que nos deje boquiabiertxs, que llame a las palabras, que estalle los sentidos, que nos despierte ganas de besar todas las bocas, de perdernos en todos los abrazos, de abandonar los nombres propios, de olvidar las filiaciones, de seguir estando ahí, de dar gracias al aire y porque sí. IV. María Pía López se preguntaba en una red social con qué palabras nombrar todo eso que pasa cuando habitamos esas calles. ¿Cómo decir toda esa vida que estalla sin patrones? Insistía en que tal vez sea necesario tratar de nombrarlo de algún modo, nombrar algo de la fiesta callejera alrededor del Congreso del pasado diez de diciembre de dos mil veinte, “nombrar el florecer de esas risas, el modo en que el pavimento es sitio de emociones, el cuidado mutuo, la sonoridad de los murmullos infinitos, el cotilleo y la actualización de noticias en cada encuentro, la atención a lo que pasa en el recinto pero también el saber de que lo que pasa está pasando afuera, las jovencísimas de las escuelas de CABA y las marronas de todo el conurbano, las travas, las chongas, les trans, las mariquitas, los cuerpos pintados con las artes de los caduveos y el verde en todos sus tonos, vendedores de bebidas bailadores, la música repicando en goce colectivo, la amistad callejera, la atención erótica y la discusión política, el humo de las parrillas y los bombos de las muchachas, las chicas de los sindicatos y las militantes de los partidos, y las viejas que no pueden creer tener tantas nietas y la fuerza alegre que hace temblar la tierra. Hay que guardar en el cuerpo la huella de esas noches, atesorarla en el cuerpo colectivo, para saber que cada vez que nos tentemos con encierros excluyentes, con la idea de algunas existencias más valiosas que otras, con la idea de mujeres cual esencia persistente, nos aparezcan como conjuro esas imágenes tan materiales de las miles existencias diferentes y capaces de tocar la misma melodía”. Bullicios deseantes, paisajes impensados, músicas que suenan como bandas de sonido de exploraciones sexo-afectivas, de la politización de los asuntos en común, de lo impronunciable. Palabras que traman otras narrativas deseantes. Cuerpos que se dan al juego y prueban vivir como querrían vivir. Y tal vez sí sea interesante sostener una obra que irradia eso de lo que está hecha. Eso siento que sucede con los films de Lucrecia Martel. Eso también sucede, a veces, en las fiestas que nos damos en las calles. Se irradia algo que es más fuerte que todo Programa, todo objetivo, todo plan; se irradian intenciones, deseos andrajosos, las ganas de otras vidas, de otros mundos. Algo que no tiene representación y que tal vez por eso puede tocar la materia y dejarnos temblando. V. Sabemos que ese tan seductor movimiento feminista puede ser también caldo de cultivo de crueldades y exclusiones. Como cualquier estar en común, esos espacios pueden ser hostiles, expulsivos, y volverse imposibles de habitar. ¿Por qué los feminismos estarían libres de las crueldades que emergen en el estar en común? ¿Por qué estaríamos por fuera de la máquina de esparcir miseria? Cisexismo, racismo, capacitismo, moral sexual represiva, y otros tantos emisarixs de las crueldades sobrevuelan las vidas que habitamos. Pero abandonar el deseo de pureza tal vez también implique entender que allí donde parece estar todo podrido, extinto, quieto, la vida continúa su curso e insiste. Porque tal vez se trate de un movimiento que desconoce el calendario gregoriano; que existe como intermitencia, como estallido caprichoso, como desborde imprevisto. Insiste aunque la razón punitiva pise fuerte, aunque la palabra sexo crispe las pieles, aunque el deseo de pureza amenace incansablemente. Insiste aunque en este último tiempo la política feminista haya quedado cautiva “de un circuito fagocitante que rechaza la radicalidad de experimentaciones relacionales, sensuales, extáticas, delirantes, al escribir y re-escribir el sujeto político de la acción, ‘las mujeres’, bajo la ficción del binarismo de la diferencia sexual” –como escribe valeria flores. VI. El Ni una menos, allá por dos mil quince, fue un estallido que todavía nos mantiene pensando qué dicen los ecos de las esquirlas que ha lanzado. Recuerdo el escalofrío que nos recorrió la espalda al llegar al Congreso ese tres de junio. La sensación de estar en medio de algo inolvidable. No sé, no pasa tantas veces. Algo así sentí los dos pasados diez de diciembre. El último, cuando se discutió y votó el proyecto de ley de interrupción voluntaria del embarazo, en medio de ese paisaje que relata María Pía; el anterior, en dos mil diecinueve, cuando el pueblo chapoteó con las patas en la fuente al ritmo de Sudor Marika en la Plaza de Mayo. VII. Ese tres de junio de dos mil quince avivó, también, la memoria de los daños que los cuerpos acarrean. Como escribe Sylvia Molloy, el cuerpo devuelve, caprichosamente, “como un manuscrito desmañado, corregido y lleno de tachaduras lo que él ha inscrito”. Tal vez “hay que guardar en el cuerpo la huella de esas noches”, como escribe María Pía, incluso como estrategia vital que intente aliviar sufrimientos. Las fiestas que nos damos en las calles a veces logran conjurar el asedio de los recuerdos. Hay que pensar, también, qué tanta angustia se puede soportar, y qué tan preparadas están las paredes de los consultorios burgueses clasemedieros para alojar esos dolores. ¿Qué hacemos con el daño? ¿Qué otros espacios para las palabras pudimos/podemos inventar? Por un lado, la politización de lo vivido tal vez resulte reparadora y conjure la soledad que muchas veces se siente al momento de narrar un daño. A veces el cuerpo es tomado por la culpa y puede aliviar saber que a muchas otras existencias les está pasando o les pasó algo parecido. Alivia saber que existe, de algún modo, un repertorio de estados por los que es posible pasar y de experiencias que es posible vivir en un momento histórico particular. Por otro lado, narrar lo vivido no siempre alivia ni es agradable. Muchas veces se vive en el cuerpo los ecos de lo irrepresentable. Y no, no siempre la palabra sana. A veces una palabra resquebraja el dique que contenía –tal vez sabiamente– un estado de cosas. Una palabra, a veces, hace correr aguas que ahogan, aires que asfixian, que no dejan vivir. Entonces, también, ¿qué decir, de las palabras que provocan terremotos que piden cuerpos que no existen, que no están, que no nacen? Cierta lengua feminista también corre el riesgo de volverse cómplice de esa canallada. Me refiero a la lengua que, de manera irresponsable, obliga a relatar lo vivido prometiendo una sanación express. A veces hay que custodiar la imperiosa necesidad de olvido, de silencio, de espera. Como canta Gabo Ferro: “No sé por qué ya lo olvidé / No importa qué olvidé, solo lo olvido / Siempre luché por recordar / Pero hoy qué buen regalo es olvidar / Un sobre abierto, un escalón / Hay cosas que prefiero no ligar / Como una cuerda y un puñal / Hoy siento que me protege el olvidar”. La memoria es imperfecta, fragmentaria, parpadeante. Esa imperfección puede pensarse como un respiro. Una invitación a inventar otros relatos sobre los que sostenerse. Quedarse, tal vez, con ese rasgo, ese momento, ese instante, ese gesto de resistencia o de afirmación vital a partir del cual se puede seguir construyendo un mundo. Tal vez convenga pensar que, más allá del daño que pueda propagarse, seguirá existiendo “esa fuerza que resiste la catástrofe y rehace lo que fue lastimado todas las veces que sea necesario”, como dice una poesía de Claudia Masin. VIII. Inventar otras maneras de narrar, de escuchar y de leer es una urgencia. Para la clínica, para la política, para el amor, para la vida. Maneras menos devotas del origen, la causa y el Orden. Más Martel y menos Netflix. IX. A los dieciséis días del mes de diciembre de dos mil veinte, en el barrio de Flores, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, tres amigues juegan a labrar el acta fundacional de una “asamblea de emociones indecisas, provisorias, mínimas, vitales y móviles”. Deliberan sobre miedos, alegrías, tristezas, amores; pasiones que les habitan. Los lugares que preferirían no habitar más, los mandatos a los que decidieron dejar de servir, las lenguas que querrían intentar no hablar, y más. Entre risas, anotan una frase que podría pensarse como deseo o intención para estos tiempos: ¡Fracasemos intentando otra cosa! X. Tal vez se trate de destejer y tejer ficciones incansablemente. Tantear qué se puede, cuándo y cómo. Cerrar los ojos y adugizar una escucha con un oído que está siempre por aparecer, como escribe Marcelo Percia. Un oído que no preexiste sino que nace de la palabra que se dice; un cuerpo que nace de la acción en/con la que se vibra. Como escribe valeria flores sobre las ficciones poético-políticas feministas y de la disidencia sexual: “Para crear ficciones y abrir posibilidades sociales y políticas hay que dejarse arrastrar a y deambular por situaciones en las que primen la deriva, la interrelacionalidad, la teatralidad, la fragmentación; la defensa de prácticas y vivencias anti-normativas y anti-asimilacionistas; la crítica ambivalente de la identidad como punto de partida y punto de llegada de la actividad política; el rechazo de reduccionismos y totalizaciones tanto genérico-sexuales como políticos; la mixtura de registros disímiles; la desprogramación del guion de la protesta convencional; el estallido semántico de los códigos de la resistencia feminista; las des-identificaciones o la proliferación de identificaciones” La propuesta de valeria flores interesa por su crítica radical a todo aquello que se pretenda sin fisura; aquello que se acomoda a la esclerosis de las fibras vibrátiles, que pretende resguardarse del riesgo que implica existir en la mezcla, la indefinición, lo desgarrado. Tal vez se vuelva necesario entenar una mirada, una escucha, una sensibilidad sucia, roída, opaca, rota. Que no se mire, ni se escuche ni se sienta con la piel prístina, ¡tan blanca!; que no se pretenda dictaminar cómo son y no las cosas; que lo posible no tenga techo. Balbucear, aullar, exiliarse de la lengua-sentir oficial; inventar otras maneras de leer, miradas que no preexisten sino que también estén siempre por nacer: “Crear ficciones supone un modelarse en las vibraciones de una lengua no institucionalizada, irreductible a consignas y etiquetas que envejecen tan pronto como se las proclama, y un despojarse de la esclavitud de los dispositivos de lectura. Es el trabajo de abrir una fisura que descentra las categorías de la ritualidad del acto de escribir, desencadenando un proceso de liberación respecto de un sinnúmero de restricciones sobre los modos y alcances del pensar, estableciendo una lejanía con la complacencia estética y una cercanía con la desarticulación de cualquier frontera genérica” La lengua institucionalizada sólo vomita certezas. ¿Cómo abrazarse a una lengua que toque las pieles, que vibre, que viva? Una lengua que sepa que nada en aguas agitadas y nunca hará pie. Lengua anfibia, ajada, fisurada, que, de vez en cuando, asiste al nacimiento de un destello de vida que sabe de su (im)propia e incalculable caducidad. ¿Cómo estar a la altura, sino, de un movimiento que no danza entre purezas sino que (sobre)vive en y por la mezcla? Que unas veces es marea, otras es ciénaga, rio en desborde, laguna, lluvia, humedal y rocío. GRAFÍA Ferro, Gabo (2017) Un eco, un gesto, una señal, del album “El agua del espejo”. flores, valeria (2017) Tropismos de la disidencia. Palinodia. Chile, 2017. Masin, Claudia (2010) “La helada”, en La Plenitud. Hilos editora. Buenos Aires, 2010. Molloy, Sylvia (2012) En breve cárcel. Ed. La Página. Buenos Aires, 2019. Percia, Marcelo (2012) “Un oído que está por aparecer” en Blanchot, Maurice, La palabra analítica. Ed. La Cebra. Buenos Aires, 2012. Veky Power: "La emperatriz" del tarot "X encima de todx" Instagram: @veky.power
- Post Guardia XVIII / Débora Chevnik
Navegando en un sinmás de llanto Tímidamente de pie (como parándose por primera vez) sobre unos gritos formidables Refugiada en el terror Dos veces por día acuden para extraerle sangre Dos veces por día protegida por los alaridos Hospitales y gritos y no se llevan nada bien Aunque nunca tan mal como con los silencios que aterran. Llama encendida, entre el pasmo que amarra al papá, los desmayos que suspenden a la mamá, y las explicaciones médicas que quedaron para otro día. Nadie nombra el diagnóstico aterrador que inundaba el aire desde hacía dos días. ¿Cómo estás? Acurrucándose y abrazándo(se) al peluche que le tejió su tía y la acompaña desde que nació hace 9 años. Finísimo un hilo de voz, como deshaciéndose, “tengo miedo”. Abismada en una (casi) no ficción. Tanto era el dolor que (casi) solo creían en la verdad. Los gritos eran superpoderes, recomponían tiempos rotos, reclamaban algo propio que aún no llegaba. Los gritos se tragaban las explicaciones ciertas, y las razones que la ciencia esperaba poder darle, y los “es mejor para vos” que imaginaban decirle para que se dejara sacar sangre. Gritos que tragaban morales y otras tranquilidades enterradas en la lengua. Si nos descuidamos, en la lengua (nos) crecen cementerios. Los gritos eran un superpoder llamador de otro mundo in(sur)gente, menos humano, no humano. En los gritos venían los vientos del sur que habían dejado para venir a curarse a capital. Y las montañas y los balidos y los graznidos y los parloteos y los cantos Aullidos que abrazan lo inhumanizable. Cobijada en el peluche de la tía y en la sonrisa del residente recién llegado. Gritos llamadores de sonrisas hackers a las que abrazar. Llamadores de un recomienzo. De inestabilidades que sacudan calmas Gritos que tallan la muerte de otra cosa, que ensucian a la ya consabida evocan una belleza que solamente otra belleza podría relanzar… Abrazada a los gritos, sacude cementerios crecidos en las lenguas de un solo idioma. Abrazada a la sonrisa del residente desasida de las angustias de lxs lúcidxs. Abrazada a la sonrisa y a los cantos que sueñan con ella explicaciones que nada más los sueños saben jugar.
- Si Dios ha muerto / Fernando Stivala
24/25 de Noviembre 2020 Hubo 2 acontecimientos en la última semana de noviembre. Y como acontecimiento es más allá del yo, de las opiniones, y los gusteos; propongo un aprendizaje colectivo y cultural. Y como el tiempo no es evolutivo; propongo arrancar en el 2020 para terminar en 1632. De una muerte a un nacimiento. De la muerte de Dios al nacimiento de ninguno. De la muerte de Dios a la liberación de posibles. Hace 388 años nacía la nueva filosofía. Un 24 de noviembre se conmemora la nueva tierra. 388 tiene nuestra era. Joven todavía. Esa que pide reformular las afectividades. Esa que pide no descansar en ningún nombre. Esa que pide extraer una y otra vez lo que pueden las cosas, y las palabras. Esa que le pide a las banderas desteñirse para volver a partir. En la que se enganchó Nietzsche 250 años después, y la búsqueda superadora de otra humanidad porque la que existe siente en tono reactivo. En la que se enganchó Deleuze 350 años después, y el pedido de inocularle un poco de esquizo a tanto exceso de normalidad. Se conmemoran 388 años, de la propuesta que se queda sin padre, sin fundamento, sin dios. Se conmemoran 388 años de hacerle honor a la vitalidad. A eso que no tiene nombre pero hace vivir. Ese misterio tan concreto. Deus sive natura es el sintagma fundante. ¿Otro Dios? Para nada. El cristo de la inmanencia no nos podría ofrecer otra trascendencia. La vida cada vez. Toda una ética. O se esta a la altura de esas intuiciones alegres. O seguiremos con las quejumbres y placeres que nos ofrecen las góndolas de los reconocimientos, las riquezas, y la libido. Muerto el fundamento, liberadas las posibilidades. Obsesión Spinoza, Nietzsche, Deleuze; de esa nos enganchamos. El rechazo a que las cosas funcionen en modo modelo-copia. El rechazo a ese modo del pensar donde hay modelo, y aspirantes a esa copia. La copia asume un modelo y trata de imitarlo. Es el genuino aspirante. De la muerte de Dios a la liberación de posibles. Preferimos un Anti platonismo. Simulacros. Errores útiles. Copias defectuosas, que asumiendo su defecto, se proponen vivir por sí mismo, emanciparse del modelo. Ahí donde hay modelo hay padre. Ahí donde hay modelo hay función paterna. La persona que aspira al modelo está en posición de hijx. El juego que se propone ahora, de nuevo, es otro. Quien no desea la identificación. La revolución de lxs hermanxs. No hijxs en relación a padres, sino lxs hermanxs en una sociedad sin padre. Sin atributos, sin pertenencias, sin identificaciones; habría una suerte de premonición revolucionaria. La dificultad de estas naturalezas son la muestra de algo que no cuenta con campo fértil para prosperar, sino todo lo contrario. El destino de la desmesura en el capitalismo. No encuentra campo general de libres conexiones para prosperar en nuevas lógicas. Se la tiene que adormecer, acallar, separar, encerrar. Muchas veces prefieren dejarse morir. En lugar de hermanxs encontramos muros y paredes. El eje horizontal de la fraternidad queda cortado. El fracaso de la revolución. Cuando se intenta destituir también en el lenguaje todo modelo e intención de copia se toca algo muy político. Político en el sentido de cómo se organiza la dinámica de la comunidad. Cuando la política logra hacer pasar toda la revisión de la sociedad por sí misma. No es algo habitual, ni frecuente, ni actual; aún así, siempre retornan elementos de creación. Si lo que llamamos política del lenguaje, insiste o desiste de esta ética que prohíbe postular modelos y copias. Para conocer en salud una política se podría ver cuánto se promueve la copia y el modelo, o cuánto se invitan e incitan singularidades de otro orden. La nueva lógica es en relación a las alianzas. Liberarse de la figura del padre, de las líneas duras de la filiación. La prioridad de la alianza sobre la filiación permite liberar movimientos. Las alianzas se refieren al carácter eminentemente político de ellas. Se liberan las posibilidades. Qué se puede relacionar con qué. Cae la regla que determina la reproducción. Surge la posibilidad de inventarlas. La filiación es un momento de enorme normalización. Sociedad de iguales no subordinadxs a modelos. La idea de igualdad consiste en la posibilidad de abolir la figura del padre mucho más que distribuir mercancías. No es un sociedad de hermanxs iguales ante el padre. Aquí hay una hermandad con la abolición de la figura de los hijxs, y una enorme posibilidad en el plano de las alianzas. No es una fantasía edípica, sino un programa político. La comunidad que surge de la comunidad real. No se trata de una persona igual a una persona frente a la mercancía o frente al voto. Aquí se trata de un tipo de afinidad por cualidades. Definición no jurídica, no abstracta. Cómo suenan los cuerpos. Con qué afinidades y con cuáles no. No se trata de construir una forma cerrada y orgánica. Se trata de construir una política pragmática de alianzas de manera abierta. No existe el talento individual, sino más bien esos personajes no reconocidos que escriben directamente una enunciación colectiva. Un escrito político. Un pueblo futuro. Un devenir humano. Si las cosas se vuelven interesantes cuando la imagen modelo falla. Si ya no se trata de ser el padre. Si dios ha muerto, y no queremos volver a la normalidad, aprovechemos las posibilidades liberadas. Imagen: Beili Liu, Yun Yan. Técnica: Incienso sobre papel, montado sobre panel de abedul, 8 paneles, 66 cm x 133 cm
- Notas en espera / Daniel Rubinsztejn
“En la vida anímica individual aparece integrado efectivamente “el otro” como modelo, objeto, auxiliar o adversario, y de este modo la psicología individual es al mismo tiempo y desde un principio psicología social… “. S. Freud ,1921 Presento algunas notas en una sucesión que espera iniciar y componer un ensamble (diálogo), con otras en una nueva melodía que al oírla (leerla) genere el deseo de más notas. 1. En el libro realidad y juego, D Winnicott relata una sesión con un paciente, un diálogo que conmueve a ambos: W: -No se trata de que Ud. le haya dicho eso a alguien, soy yo quien ve a la mujer y oye hablar a una mujer, cuando lo cierto es que en mi diván hay un hombre. El loco soy yo. P: -Nunca pude decir sabiendo que soy un hombre, soy una mujer. En las asociaciones dice que su madre vio a una niñita cuando lo vio recién nacido, antes de pensar que era niño. Durante su infancia no lo veía como un varón. (Pag 103) Esta sesión que, como dije, los conmueve y relanza el análisis que se encontraba estancado, revela que la posición sexual se constituye inconscientemente en relación al otro, a los deseos y goces, al ideal del otro. El inconsciente es trans-individual: no es mí Inc, ni tú Inc, ni nuestro Inc. Extraño e íntimo, topología de un adentro que es afuera y de un exterior que es al mismo tiempo interior. Del mismo modo pienso la relación al cuerpo, a la sexualidad polimorfa y perversa. Lo retomaré. 2. Hace poco tiempo un grupo de personas se juntó en el obelisco y a los gritos quemaban barbijos con el argumento, entre otros, de que nadie los podía obligar a usarlos, que tienen derecho a no usarlos, que se viola su libertad, que hay dictadura “infectadura”, que se trata de su cuerpo del que son… dueños. En estas semanas se discute en el Congreso la interrupción voluntaria del embarazo (IVE), algunos argumentos a favor de este derecho sostienen “que es mi cuerpo y yo decido; nadie decide que continúe un embarazo que no quiero”. Los denominados anti derecho, sostienen que se trata de un derecho a la vida en su posición contraria al IVE. Como vemos no es suficiente invocar un derecho para que se trate efectivamente de derecho. Abolir el aborto clandestino es una propuesta comunitaria. Se trata de la comunidad: el aborto clandestino ocurre y amenaza la vida de las embarazadas. Frente a la pandemia, usar barbijo para cuidarse y cuidar a otros. En algunos países se multa a quien no lo use. Políticas que van más allá del yo, es decir lo común más allá de mí. En 1979, ante el exceso de población, China inicia una política de planificación familiar, se decreta que las parejas solo pueden tener un solo hijo. Se multa a quien tiene más de uno. El decreto se anula en el 2015 y se comienza a alentar que las parejas tengan varios hijos. Políticas, –siempre en cuestión- para la comunidad. El deseo de hijo no se puede legislar ni para prohibirlo ni para alentarlo, es deseo inconsciente. R. Barthes decía que los efectos de una huelga son en principio la noticia de que vivimos con otros, en relación a otros, que si no podemos viajar o hay basura en la calle por la huelga nos afecta lo que a ellos los afecta:” … los papeles de contribuyente, usuario, militar son murallas demasiado débiles para oponerse al contagio de los hechos y que dentro de la sociedad todos se vinculan con todos” (Mitologías Pag 140) 3. De lejos se escucha lo mismo: mi cuerpo, pero de cerca el mismo grito es otro. El tono - grito, consigna - no elimina el malentendido. Se escucha distinto según quién lo enuncie a quién lo dirija y en qué momento lo manifieste. Nuestro momento reivindica un mi cuerpo frente al abuso, a la violencia institucional. Sin embargo, la expresión mi cuerpo vela la extrañeza que emerge en la sensación angustiosa y en los síntomas- cuerpo extraño lo llama Freud-. La imagen del cuerpo como precipitado de identificaciones -Masotta decía cementerio de identificaciones- resalta su otredad. Tal vez el encuentro con el cuerpo se encuentre en el dolor: toda el alma habita en el dolor de muelas decía Freud, pero es necesario señalar que el dolor puede estar dirigido a otro: me duele por él para él, por ella para ella, “con mi dolor hago sufrir a”. El derecho a la identidad, enorme conquista social, vela como en el ejemplo de D Winnicott que se trata de identificaciones y la llamada identidad es el precipitado de una serie. La idea de individualidad rechaza que nuestra existencia siempre es social: en relación al deseo del Otro, que inyecta con su mirada y su voz deseo; que contagia libido, amor, locura, muerte y malignidad. La idea de individualidad, identidad, tensa la presencia de otros cuerpos que nos preceden con deseos, que marcan a cada uno, que paradojalmente, no es un uno. DANIEL RUBINSZTEJN 12/2020 Imagen: Cromoactivismo, "Verde generoso pizarrón”, mayo 2017.
- Renta máxima y renta básica / María Julia Bertomeu, Daniel Raventós
(Titulo completo: Renta máxima y renta básica: dos potentes herramientas complementarias para una “vida política republicano-democrática normal”) 06/12/2020 Mientras la producción escrita sobre la renta básica (RB) crece día a día, no ocurre lo mismo con la renta máxima (RM), esto es, el pago de una tasa marginal del 100% a partir de determinada cantidad de riqueza y renta. Es cierto que técnicamente son propuestas independientes, y que muchos valedores de la RB no lo son de la RM y viceversa. Nuestra hipótesis –que sostenemos desde un punto de vista republicano y socialista- es que ambas propuestas, de consuno, tienen un poder normativo muy potente. En un artículo que firmamos juntos y se publicó en la Revista Daimon, recuperamos un texto de Antoni Domènech del año 2005, que nos resulta especialmente premonitorio: [M]e parece que pocas cosas, si alguna, contribuirían tanto hoy a mitigar la capacidad de los imperios privados para desafiar con éxito a los poderes público democráticos, como una renta básica de ciudadanía que al tiempo que exigiera un minimum de existencia social para todos, se batiera también por limitar a un maximum compatible con la vida política republicano-democrática normal, el volumen de ingresos que le es dado recibir a un ciudadano. En Sin Permiso hemos argumentado ya muchas veces sobre las razones técnicas 1 y normativas que apoyan la defensa de la RB, aunque muy poco sobre las razones de una RM. Como continúa el texto de Toni Domènech que acabamos de citar, lo que ocurre es que: Una milenaria sabiduría política mediterránea, retroatraíble a Solón o a los hermanos Graco, enseña lo que famosamente repitió muchos siglos después el mejor Maquiavelo: que una vida política libre, republicana, es incompatible con la existencia de magnates. Que en veinte años los CEOs de las grandes compañías transnacionales hayan pasado de ganar, de promedio, 40 veces más que sus trabajadores a ganar más de 400 veces más no sólo es una ofensa a cualquier noción decente de justicia distributiva, sino que es un peligro mayor para la pervivencia de formas de vida política no ya democráticas, sino mínimamente libres. “Una vida política libre, republicana, es incompatible con la existencia de magnates”, algo muy parecido a lo que Louis Brandeis, Juez de la Corte Suprema de los Estados Unidos de 1916 a 1939, anunció: “podemos tener democracia o podemos tener riqueza concentrada en pocas manos, pero no podemos tener ambas cosas”. Efectivamente, esta vieja idea republicana no ha perdido fuerza, las grandes riquezas son una amenaza para la libertad de la inmensa mayoría que no es rica. De ahí precisamente que la neutralidad republicana -a diferencia de la liberal que se conforma con que el Estado no tome partido por una concepción determinada de la buena vida en detrimento de las otras que puedan existir-, exige acabar con los grandes poderes privados que tienen la capacidad (y la ejercen) de disputar e imponer su concepción de la buena vida al Estado. Lo más frecuente no es que disputen con el Estado, sino que le dicten lo que debe hacer. Para explicar lo que entendemos como una potente ligazón normativa entre una RB y una RM, puede servir como metáfora el lenguaje arquitectónico de suelos y techos. En efecto, si la RB fuera el equivalente a un suelo para toda la ciudadanía, esto es, un piso que garantizara la existencia material de toda la población, la RM sería un techo que impidiese la existencia de grandes magnates que limitasen las libertades republicanas de la inmensa mayoría. Las estadísticas son contundentes, incluso para aquellos dispuestos a tolerar las desigualdades más inicuas, y que se niegan a admitir que la propiedad privada es un producto esencialmente político y social. 2 Desde el siglo XIX hasta lo que llevamos del presente, la concentración de la propiedad crece, y muy especialmente a partir de las décadas de los 80 y 90 del siglo pasado y hasta la actualidad. En muchos lugares del mundo la propiedad se ha concentrado de forma extrema. Son datos conocidos aún por parte de aquellos que se niegan a admitir que la gran concentración de la riqueza en pocas manos amenaza a la libertad de la mayoría no rica, que queda expuesta al arbitrio de los poderes arbitrarios, públicos y privados. En el año 1942, el presidente de los EE.UU. F. D. Roosevelt defendió una tasa marginal impositiva del 100% (una RM sin fisuras) para quienes percibieran unas rentas superiores a los 25.000 dólares anuales (poco menos de 400.000 dólares actuales). La propuesta no se pudo poner en práctica, pero sí se alcanzó una tasa del 94% a las fortunas por encima de los 200.000 dólares. No fue una RM, aunque se acercaba. En un momento, el gobierno español actual de coalición hizo un anuncio sobre una imposición a las grandes fortunas del cual luego no se ha sabido gran cosa, aunque muy lejos de las proporciones realmente valientes que defendía F. D. Roosevelt. Ilustremos nuestra propuesta con algunos datos numéricos: Con un impuesto del 10% a la decila más rica en patrimonio de la población del reino de España (sin contar su vivienda de residencia), se podrían obtener más de 96.000 millones de euros. Para decirlo con mayor exactitud, sería aplicar al cruce de la decila de mayor patrimonio (riqueza) y de la decila de mayor renta, que según la Encuesta Financiera de las Familias del año 2014 dispone de más de 0,15 billones de euros de renta y de 0,96 billones de euros de patrimonio. 3 Esta cantidad es inmensa puesto que supone mucho más dinero que todas las pensiones contributivas y no contributivas juntas. Y solamente se trataría del 10% de impuestos a estas fortunas. Un 20% al 10% más rico patrimonialmente recaudaría el doble, es decir, 192.000 millones. Aun así, este 10% de la población seguiría siendo rica en patrimonio, sin lugar a dudas. También podría implantarse un impuesto según el nivel de riqueza, tal como propone Piketty en su último libro Capital e ideología: a quien disponga de 100 veces el patrimonio medio, se le aplicaría un tipo del 10%; a quien lo tenga de 1.000 veces, del 60%; a quien lo tenga de 10.000 veces, del 90%. Estos porcentajes que propone Piketty no dejan de ser una sugerencia, podrían ser otros. No hace falta precisar que tales imposiciones no serían exactamente una RM a la que hemos definido como una tasa marginal impositiva del 100% a partir de determinada cantidad de riqueza, pero esta última imposición del 90% se acercaría. La propiedad está muy concentrada, mucho más que la renta. Así, por ejemplo, tanto en Europa como en los Estados Unidos la decila superior acumula en la actualidad más del 55% y del 70%, respectivamente de los activos inmobiliarios y financieros. Y el centil superior más del 20% y del 40%, respectivamente. Solamente el 1% de la población acumula estos porcentajes de riqueza. Y la opacidad informativa sobre la riqueza en todo el mundo es muy grande, algo que afecta a la democracia de una forma no señalada muy a menudo. Se trata de una desproporción y concentración solamente superadas, desde que se tienen datos comparables, en las primeras décadas del siglo XX. Lejos de ser las únicas medidas para diseñar una política económica republicano-socialista, la RB y la RM –sumadas a las irrenunciables y preteridas conquistas de los Estados de Bienestar– permitirían garantizar la existencia material de toda la población e impedirían que los grandes poderes sean capaces de imponer su arbitrio a los ciudadanos y los estados. Contra lo que se suele argumentar, estas medidas serían posibles incluso para los países pobres, cuyos gastos ex post en remediar las consecuencias irremediables de la pobreza igualan e incluso superan lo que implicaría el pago de una RB universal por la vía de una reforma fiscal progresiva. En tiempos de crisis agónica de las democracias, ambas medidas complementarias serían capaces de comenzar el proceso de recuperación de “una vida política republicano-democrática normal” Notas: 1 Es decir, por qué la RB es mejor técnicamente que los subsidios para pobres, como el desastroso Ingreso Mínimo Vital, por lo que se refiere a una serie de problemas que tienen estos últimos: trampa de la pobreza, costos administrativos, estigmatización, non-take-up, tasa de cobertura, etc. Por ejemplo: aquí. 2 Como Elizabeth Anderson lo resume de forma sencilla: “El capitalismo comenzó con grandes ataques a numerosas formas de derechos de propiedad: primogenitura, derechos comunes, monopolios colegiados, etc. (…) En la constante redefinición de la propiedad, el capitalismo siempre se ha involucrado con la redistribución. Reconocer esta realidad es un paso importante para superar los obstáculos ideológicos y permitir redefinir los derechos de propiedad en los intereses de todos, no solo del uno por ciento” (http://bostonreview.net/editors-picks-us-books-ideas/elizabeth-andersoncommon-property). 3 Jordi Arcarons nos facilitó estos datos. . María Julia Bertomeu Miembro del Comité de Redacción de Sin Permiso. Daniel Raventós es editor de Sin Permiso. En enero la editorial Catarata publicará su libro "Renta Básica: ¿Por qué y para qué?”, con prólogo de Guy Standing y epílogo de María Julia Bertomeu. Daniel Raventós Fuente: www.sinpermiso.info, 6-12-20 URL de origen (modified on 06/12/2020 - 15:05): https://www.sinpermiso.info/textos/renta-maximay-renta-basica-dos-potentes-herramientas-complementarias-para-una-vida-politica Imagen: Nuria Guell
- A 10 años de la Ley Nacional de Salud Mental / Yohia Cardoso Marino
(Titulo completo: A 10 años de la Ley Nacional de Salud Mental: Aportes para pensar la Salud mental en Argentina) Con motivo de cumplirse en estos días los 10 años de la sanción de la Ley Nacional de Salud Mental 26.657, abrimos un debate para pensar sus avances y retrocesos para un proceso de desmanicomialización en salud mental. Un recorrido hacia la continuidad de los debates actuales en salud mental La Ley Nacional de Salud Mental 26.657 se enmarca en un debate que continúa vigente. Si bien en Argentina solemos hablar del campo de la salud mental como aquel que nuclea distintas disciplinas, desde la Medicina, a la Psicología y el rol de los usuarios del sistema de salud, esto no siempre ha sido así. El campo de la Psicología contiene múltiples debates de las corrientes que intervienen en el plano ideológico y político. Acá abordaremos el recorrido y su auge desde los años ´50 y ´70 de aquellos hechos que han dado comienzo a pensar la “salud mental” en debate con el poder médico-hegemónico y, en menor medida, las corporaciones de la industria farmacéutica. ¿Continúa siendo una disputa vigente? Un poco de historia de la Psicología como disciplina en el campo de la salud mental. Durante las décadas de 1950 a 1970, distintas disciplinas han atravesado un campo de disputas sociales, políticas e ideológicas. La Psicología como disciplina no fue ajena a esto. Si bien en nuestro país los primeros antecedentes de la Psicología datan de los años ‘20 y ‘30, retomamos algunos hilos de pensamiento posteriores a esta década que permiten pensar la salud mental desde una perspectiva psicosocial. En el mundo transcurría la Guerra de Vietnam, el Mayo del ‘68 (Francia), el Otoño Caliente del ‘69 (Italia), y el Cordobazo del ‘69 (Argentina). Estos procesos sociales, históricos, y políticos atravesados por distintos conflictos que los marxistas llamamos lucha de clases, fueron en gran parte quienes han influenciado las críticas desde el ámbito de la salud mental. En Estados Unidos surgió, de la mano de David Cooper, un movimiento llamado “antipsiquiatría”, rechazando los modelos instalados desde el poder médico-hegemónico para diagnosticar y tratar las problemáticas de salud mental, así como un cuestionamiento hacia las instituciones en salud mental. Este movimiento lleva como antecedente el cuestionamiento a la llamada “medicalización de la vida” y la creación de manuales diagnósticos como el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM), con una impronta patologizante en la salud mental. Mientras en Italia, Otoño Caliente de por medio, Franco Basaglia surge como otro referente de este movimiento, denunciando la institucionalización, siendo parte de una vanguardia de trabajadores de Salud Mental dedicados a cuestionar la ligazón entre las problemáticas de salud mental, el manicomio y los núcleos de poder que generan las instituciones totales y la industria farmacéutica, condensando estas conclusiones en la reforma en salud mental llevada adelante en Trieste (Italia), implementando dispositivos de atención comunitaria, creando equipos de salud mental en perspectiva de descentralización, y reduciendo las internaciones forzosas. ¿Cuál es la influencia de estos debates en Argentina? Si bien recorrer el desarrollo de la psicología como disciplina en Argentina resulta un debate rico e interesante, pretendemos aquí tomar un lapso de tiempo más cercano a nuestro contexto actual y a las ideas que queremos abordar. Desde finales de los ‘57 en Argentina, comienzan algunas expresiones de la antipsiquiatría. Esto se expresa en el cuestionamiento a la hegemonía psiquiátrica para pasar a pensar el campo de la salud mental, las experiencias de intervenciones y grupos comunitarios, así como la terapia de grupos entra en escena. Pichón Riviere fue uno de los precursores al trabajar en el Hospicio de las Mercedes (Hospital Borda) desde esta perspectiva, con pacientes diagnosticados con psicosis (década del ‘40). Fueron muchos años después que fue reconocido por sus intervenciones. Se produce un primer corrimiento del psicoanálisis, al pasar de estar orientado a la atención a las clases medias en el consultorio particular al abordaje psicoterapéutico en los grupos. Mientras, dentro de la disciplina psiquiátrica, el electroshock emerge como una de las terapias más utilizadas. Surgen también las primeras comunidades terapéuticas, bajo la gestión de Estévez, pero sin ningún cuestionamiento al orden manicomial, es decir, sin ningún cuestionamiento profundo al poder institucional de los manicomios, y tampoco a la implementación sistemática del uso de psicofármacos. Esta continuidad del debate político e ideológico para pensar el campo de la salud mental desde una perspectiva social atravesada por los procesos socio-históricos, tendrá su punto de alza hacia los años ‘70, cuando la Asociación Psicoanalítica Argentina (fundada en 1942), atravesada por el Cordobazo y el Mayo Francés, será centro de debate y críticas sobre la incidencia verticalista del psicoanálisis institucionalizado mediante la APA, hacia el psicoanálisis pensado de forma transversal en el contexto social. La creación de Plataforma y Documento, dos rupturas de la APA, fueron parte de este proceso, el cual merece un análisis particular que no abordaremos en esta oportunidad. Post dictadura podremos pensar dos tendencias: el auge del Lacanismo en Argentina, germen inserto en la orientación que ya se signaba hacia la Asociación Psicoanalítica, y el campo de la grupalidad, condensado en la serie de revistas editorial llamadas “Lo Grupal”. Hacia los ‘90 veremos crecer a nivel internacional otras corrientes ligadas a las neurociencias, lo cual presenta un debate actual tanto en la formación académica como en la práctica profesional de la disciplina. Retomar parte del contenido de los debates que han atravesado la historia de la Psicología en Argentina, desde la lucha por su emancipación de la Medicina, los movimientos antipsiquiatría y las primeras experiencias para pensar las comunidades, resulta relevante para plantear que lejos de ser algo acabado y cerrado, el debate en torno a una práctica profesional que pueda situarse desde un contexto social, histórico y político para pensar la subjetividad y sus padecimientos de forma integral, continua vigente. La Ley Nacional de Salud Mental, hoy. Podemos situar dos antedecente a esta Ley: en 1991, Rio Negro sanciona la Ley de salud mental llamada tambien como “ley de desmanicomializacion”, y la Ley 448 en Capital Federal. En 2010 se sanciona, bajo el Kirchnerismo, la Ley Nacional de Salud Mental (LNSM) 26.657, progresiva respecto a sus predecesoras desde un enfoque de Derechos Humanos, con eje en fortalecer la perspectiva de los usuarios como sujetos autónomos, y con una perspectiva desmanicomializadora, poniendo un plazo para el cierre de los hospitales manicomiales y la integración de salud mental a los hospitales generales. Este plazo ha vencido este año y sin embargo continúan vigentes los hospitales monovalentes. Con un sistema de salud tripartito (obras sociales, medicina privada, y sistema público), los sectores privados han visto incrementar sus ganancias en los últimos años. Del actual presupuesto en Salud de un 9,4% del PBI, sólo el 2,7% corresponde a la salud pública mientras que el resto corresponde a las Obras Sociales y Sectores Privados (prepagas y medicina privada). Recientemente se ha votado el presupuesto 2021, con una serie de ajustes a pedido del Fondo Monetario Internacional, que plantea un recorte del 10% en el presupuesto destinado a Salud. Mientras que el artículo 32 de la LNSM plantea que el 10% del presupuesto destinado a salud debe implementarse en Salud Mental con el objetivo de avanzar en lo que dispone la Ley, solo un 1,42% del presupuesto en salud del 2021 va destinado a ello, considerando a su vez que aproximadamente el 80% de este porcentaje es destinado a sostener los hospitales monovalentes. Financiar estas instituciones parece continuar siendo una decisión política. En el periodo entre el 2014 y 2019, el presupuesto sancionado para la promoción y atención en salud mental se redujo un 83,42%. La falta de aumento del presupuesto destinado al área de salud mental, así como la inversión casi total en el sostenimiento de las instituciones manicomiales, imposibilitan la adecuación de los hospitales generales para la integración de salud mental, la creación de dispositivos socio-comunitarios como las casas de medio camino u hospitales de día, y aún más la creación de Programas sociales para el acompañamiento en problemáticas de salud mental. Retomando algunas ideas, si hacia la década del ‘60 y ‘70 se han puesto en cuestionamiento distintas transformaciones del campo de la salud mental, cuestionando la hegemonía de la Psiquiatría (y Medicina) dentro del campo del tratamiento a las problemáticas vigentes, resulta relevante pensar que el desfinanciamiento para la implementación de la ley, mientras las partidas presupuestarias reafirman los dispositivos manicomiales, es un debate aún vigente. ¿La salud mental se ha logrado integrar a lo que comprendemos como “salud”? ¿O aún residen separaciones en pensar al campo de la salud mental aislado de las problemáticas de salud en general? Según el dato del primer Censo Nacional de personas Internadas por Salud Mental (CELS-2019), en nuestro país hay 12.035 personas internadas en 162 dispositivos, tanto públicos como privados, con un promedio de internación de 8 años, subiendo el mismo en el ámbito público a 15,5 años. Por dar algunos ejemplos, en Capital Federal a pesar de la existencia de una Ley propia, el Gobierno de la Ciudad ha hecho todo lo posible para mantener la lógica del hospital manicomial tal cual está. Las partidas presupuestarias a nivel nacional repercuten de la misma forma a nivel CABA. Como una de sus consecuencias, solo existe una casa de medio camino, para 11 personas, frente a 1400 usuarios de salud mental que hay en Capital, cuando se calcula que un 60% continúan internadas por problemáticas de índole social, como la falta de vivienda y la ruptura de lazos comunitarios. En Argentina aún hoy, se ve algo similar en el Hospital Monovalente Melchor Romero(PBA), donde 217 mujeres, entre 20 y 87, tienen un promedio de 25 años de encierro. Primeras conclusiones: ¿Quién se beneficia? La falta de presupuesto necesario para su implementación, mientras se incrementan las arcas de la salud mental privada, habla de la falta de voluntad política de los distintos gobiernos para enfrentarse a los sectores que hacen negociados con la salud y la injerencia de la industria farmacéutica en el área (la cual sigue incrementando sus ganancias, incluso en la pandemia). Los Gobiernos se han comportado como verdaderos gestores de los intereses de las empresas privadas. Por solo dar algunos ejemplos, Belocopitt, principal accionista de Swiss Medical, con ganancias de casi 60 millones de pesos anuales, posee una fortuna de 1 mil millones. Sin embargo, durante la cuarentena ha sido uno de los beneficiarios de la ATP (Asistencia de emergencia al trabajo y producción) del Gobierno. Entre otros ganadores se encuentra la industria farmacéutica, que durante el Macrismo han visto incrementadas sus ganancias un 300%. Esta industria representa a su vez un 1,3 del PBI mundial con ganancias de más de un billón de dólares. Algunos datos de los representantes de la industria farmacéutica argentina muestran esto: Alejandro Roemmers pasó de U$S 1.800 millones a U$S 2.800 millones de dólares en un año, Hugo Sigman (un amigo del Gobierno a quien le han dado el monopolio de la producción de Test Covid-19) posee una fortuna valuada en U$S 2.000 millones. Mientras los Belocopitt, Roemmers y Sigman, tienen en común el lucro de la medicina privada y la industria farmacéutica, también comparten otra cuestión: ninguno de ellos fue gravado con el “Aporte Extraordinario a las Grandes Fortunas”. ¿Por qué no se implementa la Ley? Surge un debate con sectores afines al peronismo y kirchnerismo en relación a los avances y retrocesos de la Ley Nacional de Salud Mental. Si bien partimos de un punto de acuerdo respecto a los puntos progresivos de esta ley, no podemos tapar el Sol con la mano. Recientemente FEDUBA-Conadu (Asociación de trabajadores docentes de la UBA) del cual forman parte referentes como Alicia Stolkiner, ha publicado su balance en relación al estado actual de la Ley. Allí refieren que, habiéndose vencido el plazo para el cierre de los hospitales monovalentes este año, esto no pudo llevarse adelante “por no haberse implementado estos cuatro años políticas públicas de Salud Mental y por la fuerte resistencia corporativa de los sectores que verían afectados sus intereses” anunciando que “claramente esto no sería posible en el corto plazo”. Si bien durante el Macrismo la LNSM tuvo sus propios ataques (como el intento de derogación de algunos artículos), resulta alarmante que desde su sanción en el 2010, durante el Kirchnerismo hasta la actualidad jamás se ha destinado el 10% de presupuesto necesario para la implementación. Podríamos coincidir con FEDUBA, sobre la resistencia de las corporaciones (médicas y farmacéuticas) para su implementación, sin embargo la forma de combatirlos no es entregándole mayor presupuesto por parte del Estado, subsidiándolos mediante la ATP u ofreciéndoles convenios, en este contexto, para ensanchar sus arcas de ganancia mediante la producción del test de COVID-19. Por esto, desde quienes abogamos por una perspectiva de salud y salud mental integral, en contra de la mercantilización de la salud y la medicalización de la vida, planteamos una serie de medidas que consideramos necesarias: empezando por la centralización del sistema de salud (dando fin al lucro de los privados y las cajas millonarias de la obras sociales) bajo control de usuarios y trabajadores y la nacionalización de la industria farmacéutica, para acabar con el negociado sobre la salud. Algo que Gines Garcia solo se atrevió a mencionar frente a las necesidades en la pandemia y frente al colapso sanitario, retrocediendo frente a los empresarios. Para pensar una verdadera desmanicomialización, debemos retomar una perspectiva anticapitalista que pueda afectar los intereses del lucro empresarial, para que sean los usuarios y trabajadores quienes a su vez puedan tomar un rol activo y central en la toma de decisiones. Un debate hacia la Facultad de Psicología… Al comienzo de esta nota, recuperamos parte del recorrido de debates políticos, sociales y culturales que ha tenido nuestra disciplina como un pequeño aporte a la hora de pensar que varios de ellos continúan vigentes. La perspectiva de una Psicología que pueda dar cuenta de forma integral en la construcción de la subjetividad anclada en la realidad social, política y económica, y la producción de padecimientos en salud mental ligados en contexto, continúa siendo una tarea vigente. Pensar en una perspectiva de desmanicomialización, no termina solo eliminando los hospitales monovalentes, la concepción médico-hegemónica así como las conceptualizaciones en torno a las problemáticas de salud mental, que son fuertemente forjadas por la academia. Desde el Estructuralismo de Lacan, hacia determinismos biológicos, desde corrientes ligadas a las neurociencias, todas ellas intervienen a la hora de formar a miles de estudiantes donde la subjetividad parece un determinante inamovible. Queremos rescatar una perspectiva crítica hacia las corrientes hegemónicas de nuestra formación, el psicoanálisis, y aquellas que quieren entrar en disputa, las terapias cognitivo-comportamentales, para pensar una Psicología que pueda abordar las problemáticas de las grandes mayorías, retomando los aportes del marxismo tal como lo han hecho muchos profesionales en los años ‘70. Imagen: Jorge de la Vega, Historia de Vampiros, 1963. Técnica mixta y óleo sobre tela.
- Culturas policiales y seguridad ciudadana / Gregorio Kaminsky
En esta entrevista el filósofo y ensayista Gregorio Kaminsky elabora un conjunto de reflexiones sobre los desafíos propiamente democráticos para pensar a la policía, asociar el pesado significante “seguridad” a la tradición de los Derechos Humanos y revisar la historia reciente de nuestras fuerzas de seguridad. En el libro Tiempos inclementes, compilado por Gregorio Kaminsky, un conjunto de reflexiones traza los desafíos propiamente democráticos para pensar a la policía, asociar el pesado significante “seguridad” a la tradición de los Derechos Humanos y revisar la historia reciente de nuestras fuerzas de seguridad. Se sostiene que las tareas policiales sufrieron una redefinición fundada en políticas de violencia y terror; desde de la doctrina de la seguridad nacional se militarizó a las fuerzas policiales. Al mismo tiempo, se observa la tendencia inversa:la policialización de las fuerzas armadas. Así, el par exterior/interior se desdibuja en favor de un orden militar-policial que apura la construcción y persecución de supuestas “nuevas amenazas”. Gregorio Kaminsky, gran filósofo y docente dedicó los últimos veinte años a experimentar una nueva formación de fuerzas de seguridad; trabajó en la UNLA, creó la Licenciatura En Seguridad Ciudadana en la UNRN, formó docentes e impulsó la discusión sobre la necesidad de la formación civil de las fuerzas buscando otra subjetivación para sus integrantes. Ariel Pennisi - Adrián Cangi – La noción de inseguridad supone realidades mentales y mapas sociales complejos, pero se presenta en el discurso público de un modo llamativamente simplista. – GK: En principio se reduce la seguridad a la institución policial y eso se expresa en conductas maniqueas del tipo “necesitamos a la policía” o “la policía es una porquería”. Hay que observar que se trata de un problema más profundo, ya que la situación no sólo pone en cuestión un tema importante y sobre el cual habrá que producir reorientaciones en términos de las políticas de seguridad, sino en la composición y el grado de desarrollo del Estado mismo. Por ejemplo, para situaciones como las de las huelgas policiales de 2013 y los saqueos en simultáneo no contamos con un lenguaje apropiado y entonces se apela a metáforas biomédicas como “efecto contagio” o a imágenes de baja densidad como “cadena de mando”. – ¿En qué medida aquel conflicto con la policía en 2013 nos llama a resituar el rol de la policía o, directamente, a preguntarnos por su sentido mismo? – GK: La policía es, al mismo tiempo, una institución pura del Estado y la más vinculada, en los intersticios pequeños, los infinitesimales, a la sociedad civil. En ese sentido, no se trata solo de cómo se mete el Estado en la filigrana de la sociedad civil, sino también de los saberes de los que puede disponer el Estado respecto de los conflictos de la sociedad civil. Así como nosotros, los profesores universitarios, inscriptos en el Estado, ostentamos saberes que son también poderes sobre la sociedad, los policías cuentan con una experiencia de campo sumamente importante. ¿Qué pasa con ese aspecto? ¿Qué se hace con ello? Por otra parte, el policía tiene un esquema esquizo-bifronte, le paga un poder del Estado –el ejecutivo– pero trabaja para otro –el poder judicial–. Para el poder ejecutivo son empleados y para el poder judicial son concebidos como “auxiliares”, cuando las tensiones entre ambos poderes son muy fuertes. La política piensa a la policía como una institución de proximidad, de relación cotidiana con la vía pública y el control del robo y otros exabruptos. Para la justicia existen tantas policías como figuras para categorizar el delito. Es una situación compleja y paradójica que culmina en lo improcedente. La policía, en tanto que organismo público, tiene sus límites y sus atribuciones que se definen según los marcos de la legalidad vigente. Pero, ¿de qué instancia estatal depende la institución? ¿El poder del juez, del ministro o de ambos en simultáneo? Es decir, ¿se trata de una dependencia estructural del poder judicial y, al mismo tiempo del Ejecutivo, mientras que sus alcances normativos se legislan en el Poder Legislativo? – ¿Cómo entra en juego frente a este fenómeno su labor como investigador y como creador de una carrera dedicada a la seguridad y la criminología? – GK: Empecé a investigar sobre estos temas alrededor del año ’98. Pero en 2004 pensamos que si no podíamos trabajar tan fácilmente con la policía en su propio dominio, por su alto grado de corporativización que la vuelve una institución muy cerrada, lo mejor parecía ser invitarlos al propio espacio, es decir, la universidad. Nuestros problemas de salud los intenta resolver el Estado formando a ciudadanos y ciudadanas habilitándolos mediante una especialidad, como es la de la medicina, para actuar en ese campo. Y así, con otras profesiones. Pero la policía –tanto como las fuerzas armadas– se forma a sí misma en la Escuela de Policía o la Escuela de Aeronáutica, entre otras instituciones. Es decir, que no sólo se les dice “autogobiérnense”, como tan mal hizo el ex fiscal Stornelli en su momento, sino que también se los deja autoformarse de manera aislada de la sociedad. Se alimenta, así, una institución corporativa, de variado alcance territorial, fuertemente piramidal y casi militarizada que produce su personaje: el policía. Luego, las formas maniqueas y fetichistas del magro análisis público cristalizan su figura aun cuando más no sea para repudiarla (como ocurrió con la “maldita policía”). Pero de ese modo permanecemos en el terreno de los efectos, sin intervenir. – La reproducción de la formación castrense tiene consecuencias a nivel de la subjetividad… – GK: Hay todo un lenguaje construido en las fuerzas de seguridad, como el castrense, que no lo conocemos tanto porque es bastante cerrado, aunque a través de declaraciones policiales en los medios y de conversar o cruzarnos con el policía de la esquina nos podemos hacer una idea. En la escuela secundaria, institución que se propone la “noble” tarea de un Estado de “educar al soberano”, se dispone de unas 450 o 500 palabras aproximadamente, a partir de las cuales accedemos a información y logramos cierta comprensión, según lo que esta racionalidad estima. Un funcionario policial tiene degradado, restringido y hasta forcluido el uso terminológico. Los más idóneos se manejan con mayor comodidad en ciertas situaciones que se consideran específicamente de intervención policial, pero desde un mapa lingüístico muy rígido. Escuchamos cosas como “se apersonó un masculino o un femenino…” Para ellos no existe “un hombre” o “una mujer”. Parece algo menor, pero la formación policial supone una mutilación subjetiva importante. Es un arma de fuego que ponemos como sociedad en sus cabezas –en tanto se decide ese tipo de formación– creyendo que así se los mantendrá controlados, como soldaditos de plomo en las esquinas. – Pero por debajo corre otro lenguaje, las situaciones los encuentran frente a otras tramas perceptivas, ¿qué pasa en ese choque con lo esquivo o con lo completamente opaco para su subjetividad? – GK: Corre otro lenguaje y son testigos de realidades que están en el corazón del cotidiano social. Hoy se habla mucho de delitos como el acoso sexual, las violaciones, la violencia doméstica y familiar, esto ya es de gran circulación en los medios. Se trata de hechos que no necesariamente se corresponden con el delito organizado, de los cuales el policía es testigo directo, ya que hace una suerte de trabajo de campo de hecho que no puede teorizar o para el cual no encuentra las herramientas indicadas. Digamos que no dispone de la palabra antropológica adecuada, por lo cual no estaría muy bien evaluado para un paper de congreso… Pero tiene un saber que si lo inscribiéramos en el dispositivo adecuado podría dar sus frutos. Y creo que ese dispositivo sigue siendo la universidad. Entonces, se trataría de restituir la capacidad lingüística y, al mismo tiempo, de inscribirla bajo la forma de saberes en un dispositivo que les permita elaborar esa experiencia. Por ejemplo, materias como “Teoría del Estado” son de gran importancia. En el camino, un oficial puede llegar a decir, como perplejo, “Ah, nosotros somos el Estado”. Luego, un poco de Max Weber, un poco de Durkheim…Yo estoy sorprendido por cómo en las clases puedo charlar y discutir sobre Hobbes con ellos. Policías puestos en el banquillo de los estudiantes. Más allá del lobo, del estado de naturaleza y del estado civil, es muy interesante cómo miran la idea que Hobbes tiene del miedo. Habilitándoles sus capacidades discursivas, se trata de personas que pueden tener una disposición mayor al razonamiento. Cuando trabajamos con ellos un pensador del siglo XVII, con un lenguaje que recurre a metáforas y mitos bíblicos, los veo sonreír de manera cómplice. Y cuando les pregunto de qué se ríen, a veces me responden cosas como “esto que dice Hobbes me hace acordar a un caso que tuvimos en tal año…” Hobbes está vigente, y ellos lo saben por su campo experiencial, mientras que el nuestro –el de los investigadores y académicos– está mediado por la bibliografía y, en el mejor de los casos, por la práctica de la etnografía. Pero en lugar de avanzar en esta dirección, en las escuelas de policía se los humilla y somete, se les repite “usted no sabe”. Son instituciones donde está claramente delimitado el saber de la ignorancia y los límites son impuestos de antemano. – Por un lado, vemos en la pedagogía occidental proveniente del iluminismo un carácter policial que le es inherente, pero, por otra parte, la universidad como espacio de redistribución de los saberes y reposicionamiento de los actores parece mostrar, a contrapelo de su genealogía elitista, una cara interesante ¿Cómo experimenta e imagina el pasaje de la escuela policial a la universidad o la tensión entre ambas? – GK: Dentro de la universidad pública argentina no hay policías diferenciados de los civiles, sino sólo profesores y estudiantes. Puede haber prostitutas, hinchas de Boca o de River, no nos importa, son todos estudiantes, profesores, trabajadores y trabajadoras. La situación des-inviste al policía que, por ejemplo, no va armado. Es interesante el hecho de que encontramos un decreto de la época de Onganía que prohíbe el ingreso de armas de fuego a los recintos o predios universitarios. En el ’67, ’68 y ’69 el decreto tenía como objetivo que la experiencia de las guerrillas no se apropiara de la universidad como un espacio de resistencia. Como nunca fue derogado hoy tampoco se puede ingresar con armas a la Universidad, pero podemos resignificarlo. – Los policías parecen hablar dentro de una estructura jurídica que nunca termina siendo tal y de ese modo practican su propia reducción de capacidades lingüísticas ante realidades que los exceden. – GK: En determinado momento me cansé de hablar de Foucault con los estudiantes de la UBA, mientras me encontré más entusiasmado trabajando con los oficiales sobre la noción de “dispositivo” como una versión enriquecida de las relaciones de poder… Me encuentro en un aula con la supuesta geografía verticalista y les propongo trabajar en equipo –ahora somos todos alternativistas en pedagogía– y ellos se ríen porque uno es el jefe o el superior del otro y así… Evidentemente, nuestra geografía institucional logra limar algo de eso, que se va puliendo cuando se dan cuenta de que, más allá de desempeñarse como autoridad en sus trabajos, ahí son compañeros. Entonces, por un lado, se amplían capacidades lingüísticas, pero ocurre algo más que eso, se trata de una habilitación subjetiva, del derecho a la palabra y del derecho a equivocarse y a preguntarse. Cuando trabajamos ciertos autores con ellos aparece muy fuertemente la puesta en discurso de una experiencia que tienen entre reprimida e invisibilizada y, a partir de su pasaje por la Universidad, pueden redimensionarla. – Se les abre la posibilidad de cambiar de rol, ya que por lo general pareciera que el hecho de ser policías, con su herramental y lenguaje, los condena a ser “canas” las 24hs. Se les niega también en las discusiones salariales la condición de trabajadores, al punto de que surgieron las mujeres en el reclamo, haciendo referencia concreta, por ejemplo, al rol paterno. – GK: Es un claro caso de relación discurso-poder, que también concierne a los médicos o, más ingenuamente, a la simpaticona maestrita, que parece ser todo el tiempo como es en el aula. Cuando aparecen las mujeres como voceras reclamando la posición del rol de esposos y padres como diferente del trabajo policial, proponen algo que a la sociedad civil le resulta complicado escuchar, ya que ve a los aparatos dependientes del Estado como automáticos o puros y no toma en consideración la permanente interacción en la que están envueltos. En el caso de la policía la interacción es notable. La institución policial hay que repensarla toda, volver a pensar, por ejemplo, su estatalidad. En la última reforma que hizo Arslanián cambió el escalafón, porque previamente se habían agregado demasiados grados de jerarquía, y lo llevó a una escala de uno a nueve, poniendo como condición para ingresar al siete tener un título universitario, cualquiera fuera. El sentido de ese requisito es correcto en la dirección de “desjuridizar” el discurso policial, ya que no se les pide estudiar necesariamente derecho. Por otra parte, los funcionarios policiales poco y nada saben del articulado del derecho penal. Además, es necesario trabajar sobre la brecha imaginaria entre lo policial y lo civil, ya que está claro que la policía es una organización civil a la que la sociedad otorga el uso de armamentos que se prohíbe a sí misma, en tanto que supone, significaría un riesgo mayor. El esquema que se pone en juego dice que para que haya una relación civil de dos tenemos que colocar un tercero. En una cancha de fútbol para sostener una reglamentación y hacerla respetar entre solo veintidós tipos necesitamos poner a un ciudadano. Esto a gran escala significa que se necesita disponer de gran cantidad de recursos. – En el informe que elevaron a las autoridades de la provincia de Río Negro, ustedes se refieren a los policías como “trabajadores policiales”. ¿Cómo ven la cuestión de la sindicalización? –GK: Digamos que no pueden autoacuertelarse, entre otras cosas, porque la comisaría no es de ellos, es del Estado. Están ahí del mismo modo que nosotros podemos estar en un hospital. Ocurre que el grado de pregnancia perceptivo es tal que el predio o el espacio de desempeño de la policía aparece como algo que les pertenece. Pero fuera de esa complejidad son trabajadores que cumplen una cantidad de horas y después se van a sus casas. Las leyes laborales les incumben. Luego, hay cosas que ciertos trabajadores agremiados pueden hacer y otras que no, pero se trata solo de especificidades. El problema es que no se les paga lo que corresponde porque hay otras formas de recaudación. ¿Y qué es recaudar? Tenemos gobernantes que les piden sólo una cosa a las fuerzas de seguridad: “Lo que necesitamos es que la gente no hinche las pelotas”. Y siguen: “Lo que tenemos para darles no es más que determinados recursos, si no me traen mayores inconvenientes pueden recaudar de otras formas.” – Rápidamente se escucha en los medios hablar de caos y de vacío. ¿Hay algo que le haya llamado la atención en la materialidad de los saqueos que se produjeron en el contexto de las protestas policiales y su relación con los linchamientos? – GK: Esas otras metáforas nos muestran cómo se desplaza el discurso fascista entre nosotros. Veía cómo algunos comerciantes encontraban cierto placer en la “autoorganización” para la lógica protección de sus bienes. Aparecían armados y nadie se preguntaba si estaban en condiciones de portar armas, incluso de guerra. En cuanto a los saqueos, me llamó mucho la atención que en las arremetidas a las góndolas, más allá de la situación típica de pibes en busca de bebidas alcohólicas, las personas se volcaron a los artículos de belleza, como shampoo, colonia, etc. Algo debe estar diciendo este hecho. En uno de los pasillos de los supermercados filmados se vio la imagen de una media res vacuna tirada, abandonada, contrastante con escenas televisadas de descuartizamiento de animales en tiempo real en el 2001. Por otra parte, ¿qué es robar en determinados contextos? Provocativamente podría decirse que tiene que ver con una forma de distribución de la riqueza non santa, tipificada por el discurso jurídico como delito. Cuando la policía se corre por un momento del rol que le es asignado, en ese caso supuestamente por la cuestión salarial, y –metáfora del caos mediante– surge un llamado a una suerte de redistribución de la riqueza que consiste en hacerse de determinados productos: el plasma, el colchón o la heladera llegan a las manos de quienes los roban para su consumo, en un proceso productivo que se vale de medios que no son el pago con dinero, medios non santos. Eso es lo que lógicamente asusta. – Hay un sentido común que mezcla términos jurídicos y análisis periodísticos con cariz criminológicos… – GK: La criminología no es una subespecie del derecho, sino una ciencia social que, de hecho, la sociedad mira con avidez. En un momento fui consultado en torno a esta cuestión. El presidente del Tribunal Supremo provincial visitó la Universidad de Río Negro para proponerle al rector el armado de una Licenciatura en Ciencias Forenses y le sugirió que me consultara sobre el asunto. A sabiendas de la oportunidad que significaba el hecho de que el Tribunal Supremo estuviera dispuesto a destinar fondos a una Universidad Nacional, a los dos días le respondí que me parecía una porquería. Ante su sorpresa, el primer argumento que esgrimí consistió en señalar que la Universidad no está para formar gente para instituciones específicas. Formamos médicos e ingenieros, no médicos para tal hospital de tal especialidad, para determinado público… Entonces, el rector me preguntó qué haría. Mi respuesta, no en términos epistémicos, sino de dispositivo pedagógico, apuntó a la necesidad de una Licenciatura en Criminología. Nosotros no tenemos que trabajar para el Poder Judicial. – ¿Una propuesta a nivel universitario puede brindar claves para elaborar de otro modo los problemas centrales? – GK: La Criminología no existe como subespecie del derecho, en realidad, trabaja con campos más afines a la antropología, a la sociología o al trabajo social. En algún punto, imaginando una situación ideal en el marco del Estado de derecho tal como está planteado, el policía tendría que funcionar como un trabajador social con capacidad de portar armas y con formación en criminología. El trabajador social está en la práctica más cerca del policía que del antropólogo, sus preguntas están ligadas al dolor social y no tanto a si éste o aquel eran estructuralistas. Es cierto que la partición de las carreras entre las facultades ha sido históricamente complicada: Psicología por su cuenta (una facultad de una carrera), Derecho, que quiere seguir siendo “Derecho y Ciencias Sociales”, y cuando armamos en su momento en la UBA la Facultad de Ciencias Sociales, Antropología e Historia prefirieron permanecer en la Facultad de Filosofía y Letras. Yo en su momento estudié dos años y medio Derecho y puedo decir que si a un estudiante de esa carrera le preguntan quién es Hobbes o quién es Durkheim no tiene la menor idea. Se estudia una supuesta teoría pura del derecho, pero sabemos que la “pureza” es uno de los ejes fundamentales del discurso filosófico occidental… Hubo un socialista neokantiano, de la Segunda Internacional, que se llamó Hans Kelsen que vivió en los años ’20 y trabajó en el Estado, entonces, estamos hablando de la historia contemporánea, de la segunda guerra mundial, de un funcionario político que propuso un replanteo del derecho natural en la dirección de otro tipo de ensamblaje que aún seguimos discutiendo. Habría que ver en qué medida seguimos siendo kantianos o neokantianos, o incluso hegelianos. – ¿Cómo ve la posición de Zaffaroni respecto de esta construcción? – GK: Zaffaroni es una persona muy inteligente, alguien que ha sabido correrse de ciertos discursos estereotipados del derecho, un destacado teórico del derecho penal que construyó su lugar dentro de la política y el Estado, aunque desde hace unos años se está repitiendo un poco. Creo que hay nuevos problemas y, en ese sentido, su pensamiento tiene un límite. También hay que decir que dejó algunos discípulos como por ejemplo, Alejandro Slokar (finalmente no fue votado para presidir la Cámara de Casación), que, por otra parte, en su momento nos convocó a algunos “segurólogos” para discutir sobre las cuestiones que nos conciernen. – Y respecto de Arslanián, ¿por dónde ve el camino de perfectibilidad de las últimas reformas? – GK: Arslanián es también una persona inteligente. Debo decir que tanto él como Zaffaroni son dos personas que manejan un amplio espectro de herramientas culturales. Son lo que llamamos iluministas enciclopédicos, con sus alcances y sus límites para pensar las problemáticas actuales. Es necesario cerrar la sombrilla del derecho y abrir alguna otra que no sé cómo se llamará, pero cuyos discursos conectan con otros campos, como por ejemplo, una corriente como la antropología jurídica. A algunos de los que trabajaron en las reformas de la provincia con Arslanián yo mismo los convoqué posteriormente como docentes en una Universidad del conurbano. – ¿Cuál es la situación de la policía de la provincia de Buenos Aires? – GK: La policía de la provincia de Buenos Aires es una institución a la que yo denomino imposible. Creo que es más fácil derrocar un gobierno que hacer un cambio en la policía bonaerense. Imagínense la estructura putrefacta con la que se encontró Arslanián, con oficiales y suboficiales cubriendo una extensión enorme, en términos de territorio y de recaudación ilegal. El cometido de las carreras que proponemos o de la intervención universitaria en relación a problemáticas de seguridad busca, en cierta medida, aportar otro tipo de “recaudación”, ligada a la comprensión y el saber, por eso se trata de brindar a la policía mayor proximidad con ese tesoro de herramientas de saber. Arslanián, que no tiene pelos en la lengua, dijo que tenemos jefes departamentales y demás que “son todos chorros”, y echó entre 400 y 500. En ese momento me preguntaron por la medida, esperando que me congraciara, pero tuve que advertir que no se resolvía el problema. ¿Dónde están ahora los pasados a disponibilidad? El conocimiento del territorio que tienen y los lazos que se reinscriben con quienes permanecen en la fuerza puede volverlos más peligrosos afuera que adentro. La relación que mantienen con la red delictiva que, cada vez más, tiende a confundirse con la del narco, nos tiene que alertar. – Echar camadas importantes de oficiales podría resultar ejemplificador si hubiera condiciones de interpelación de esa medida, pero no parece ser así. Entonces, lo supuestamente ejemplificador no marca. – GK: Claro, permanecerán “trabajando” por su cuenta. Pero esa condición de “cuentapropista” viene ya dada desde la cultura que les dice “autogobiérnense, pero a mí (gobierno) no me traigan problemas”. Al interior de la institución policial han encontrado la manera de burocratizar a tal punto los procedimientos que cuando dicen que sí, es una manera de decir que no, ya que terminan por no poner en curso lo que tienen a su cargo. Esa forma de manejarse por su cuenta, como si fueran algo distinto a una institución de la sociedad civil, corre por las venas de la institución. Por eso, cuando Verbitsky y Zaffaroni, entre otros, piden una reforma radical, hay que comenzar por preguntarse qué institución imaginan. ¿Se trata de una institución del Poder Judicial? ¿Dependerán las fuerzas del Poder Ejecutivo? Por otra parte, ¿a dónde van a parar los exonerados? En los años de las reformas de Arslanián les preguntaba a mis alumnos oficiales qué pensaban del asunto. Uno se sonrió y me dijo: “en mi caso, es el onceavo ministro de seguridad que tengo”, hizo silencio unos segundos, volvió a sonreír y cerró: “es cuestión de esperar”. Terminó teniendo razón, ya que el gobernador Scioli puso como ministro a un fiscal que tiró todo por la borda… – Parece emerger y adquirir cierta consistencia la idea de una “seguridad democrática”… – GK: Somos un grupito los que sostenemos este planteo (Marcelo Sain, Gabriel Kessler, la gente de la Universidad del Litoral, algunos de la UBA, la gente de Sofía, etc.), con cierta autoridad intelectual, pero la problemática de la seguridad no es vista como objeto disciplinario. Parece que de seguridad podemos hablar todos, mientras que de medicina, ingeniería y matemáticas no. De todos modos, la carrera que armamos tiene una matrícula importante, lo cual da cuenta de una demanda colectiva efectiva. Los pibes cada vez menos quieren ser abogados. Es decir, que hay un epifenómeno para el cual el derecho y las ciencias sociales divorciados no daban respuesta y generaban cortocircuito a la hora de vérselas con un nuevo saber emergente que tiene un objeto social específico, un discurso y un lenguaje específicos… Por su parte, la Tecnicatura en Seguridad Ciudadana no produce policías, sino que funciona como formación complementaria. Es que si no incorporan lenguajes y categorías y no se ejercitan en el razonamiento, leen la realidad desde un sentido común más o menos inmediato. En el conurbano bonaerense sería necesario expandir este tipo de carreras. Por ejemplo, en Venezuela tienen una Universidad específica que se llama Universidad Nacional de Estudios de Seguridad, y hay carreras de seguridad en México, en Perú, en Ecuador… Luego, hay limitaciones y obstáculos que provienen de la Universidad misma, tanto desde el punto de vista político, como administrativo y burocrático, y de la sociedad, en tanto que esta cuestión puede aparecer esporádicamente en la página veinte de un diario, mientras todos los días en la página dos se ve el delito en primer plano o, como ocurrió entre 2013 y 2014, las imágenes de los saqueos y los linchamientos. – ¿Cómo funciona la carrera que inauguró en la Universidad Nacional de Río Negro? – GK: Armé un plan de grado con el nombre de Ciencias Forenses –por cuestiones institucionales–, que no tiene mayores precedentes, donde incorporé Historia social, Historia argentina, Teoría del estado, Teoría política, Epistemología, Derecho penal, Derecho procesal, Criminología propiamente dicha y Criminalística, y pienso incluso en una materia sobre Criminología y Comunicación Social para pensar la cuestión de los medios. Sin un solo peso de publicidad, al año siguiente de lanzarla tuvimos más inscriptos que la carrera de Derecho de la provincia, lo cual habla de un interés nuevo, pero también de un desgaste del Derecho, ya que el abogado no escapa al déficit lingüístico e intelectual. Al mismo tiempo, pensamos en la salida laboral: el Tribunal Supremo dice que le falta gente, los medios muestran que los periodistas son, en el mejor de los casos, incompletos en términos de criminología y, simultáneamente, estamos viendo que al derecho penal hay que reunirlo con la antropología, las ciencias políticas, la psicología, etc. Los graduados se encargarán de reinscribir esa figura laboral. – ¿Cuál considera que puede ser el desafío más inmediato y más denso para el presente? – GK: Sin dudas, la narcocultura. Pero no se trata de insistir en las categorizaciones jurídicas para quien es mayor o menor y cuál es su destino en función de su edad: si la cárcel o el reformatorio. Hay un problema mayor que tiene que ver con un desarreglo en la subjetividad, entendido por el Estado y la sociedad como una anomalía que tiene que ser corregida. Todos de manera separada abordamos el problema, pero hay que preguntarse si la “droga” tiene que ver con una incomodidad de cada quien consigo mismo que se vive como desarreglo interno. También en este terreno, como en el de la institución policial, se ve que el descabezamiento no interrumpe una lógica, ya que cuando se termina con las cúpulas narco –cuando viví en México lo vi con claridad– continúan las segundas líneas y la práctica narco tiende a ramificarse. Lo mismo pasó con la bonaerense. La erradicación de cuajo, fórmula a la que el ex ministro Arslanián es bastante afecto, tiene que ser administrada de otro modo. – Es una sociedad narcotizada en distintos niveles. Hoy se puede ver en algunos barrios acomodados circulando verdaderos autómatas vivientes producto del consumo de medicamentos de venta libre. Sin embargo, ese vecino automedicado es visto como alguien menos peligroso, aun cuando se trate de un narco vip, es un “vecino” correcto que sale a pasear al perro, tiene modales aceptables que parecen causar menos temor… – GK: Bueno, en ese caso parece que avanzamos sobre otro campo de saber, el de la medicina… A veces, en lugar de plantearle al paciente la ausencia de respuestas mágicas o proponerle repensar los aspectos de su vida que contribuyen constitutivamente a su malestar, ante su demanda insistente se lo medica. Aparece el fármaco como respuesta rápida ante un desarreglo que, en este caso, no es de bolsillo sino de otro orden. Hay ex comisarios y chorros que “mandan”, que viven esa vida también. Son CEOs… Por otra parte, se abre un interrogante sobre el campo “biomédico”, ya que ahí, como cuando nos referimos a la seguridad, estamos en un terreno plenamente biopolítico. Creo que, en ese sentido, es necesario un cierto relevo conceptual que la universidad no hace o intenta zanjarlo diciendo que es una cuestión interdisciplinaria. Pero no es así, es más bien un problema metafísico y ontológico. Allá por los años dos mil recibí con mucha satisfacción la salida de los últimos seminarios de Foucault, uno de ellos directamente titulado Seguridad, territorio, población[2]. Ya no se trata de “vigilar y castigar”, el sujeto de la seguridad es la institución policial, por eso encontré una relación importante con lo que veníamos trabajando acerca de las “Policías Comunales”, “Policía, Gendarmería y Ejército”, “Seguridad y Derechos Humanos” y su resonancia política con los problemas del populismo securitario. Cada una de estas líneas constituye un complejo de ideas entrelazadas en el problema planteado. – En su trabajo, en sintonía con ese tramo de los seminarios de Foucault, está la pregunta por la materialidad social venidera, el problema de la invención de una nueva institucionalidad. – GK: Lo venidero y la invención de este futuro tiene que ver con el interrogante por la construcción de subjetividad. Es decir, está más ligado al problema narco que a lo tipificado como delito común. A veces se tratará del dealer y otras veces del farmacéutico. En una narcocultura se abre otro tipo de interrogación: ¿qué percepciones y qué subjetividades se construyen? Es común escuchar generalizaciones que consideran a la comunidad prácticamente como una organización estable caracterizada por intereses comunes y fuertes lazos de solidaridad entre todos los habitantes de un barrio más o menos acomodado. Las áreas conurbanas correspondientes a sectores de elevados ingresos y recursos de la Provincia de Buenos Aires, son acabado ejemplo de que ello no es así. Se trata más de un idealismo de grupo que de una propuesta de participación ciudadana. Esta visión se articula en supuestos que resultan erróneos porque olvidan que la vida micro-comunitaria tiene lógicas particulares que, lejos de coincidir con las operatorias funcionales de los sistemas formalizados y estabilizados como el Estado y sus reparticiones policiales, emergen siguiendo una dinámica irregular y engañosamente “horizontalista.” Resulta, entonces, un interrogante válido preguntarse cómo incorporar las preocupaciones de la ciudadanía frente a la delincuencia dentro del contexto de acción y discurso democrático y, a su vez, la integración del discurso de los derechos humanos en las políticas de seguridad ciudadana. Ariel Pennisi: ensayista, docente (UNDAV, UNPAZ), editor (Quadrata, Autonomía, Ignorantes) – Adrián Cangi: ensayista, Dr. en Filosofía, docente (UBA; UNDAV, FUC), editor. [2]Cfr. Michel Foucault, Seguridad, Territorio, Población. Curso en el Collège de France (1977-1978). Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2006. Fuente: http://lateclaenerevista.com/2018/02/15/entrevista-gregorio-kaminsky-ariel-pennisi-adrian-cangi/ Esta entrevista se compone del material procesado a partir de una conversación grabada con Gregorio Kaminsky a mediados de 2014 (“Culturas policiales y seguridad ciudadana”, en Linchamientos al policía que llevamos dentro, Ariel Pennisi y Adrián Cangi, Autonomía-Quadrata y Pie de los Hechos, Bs. As., 2014). Fue corregida y reformulada para la presente publicación.
- De una posible exhortación ante la Ley ¿existirán mundos sin policía?/FolieEmma
13-12 ¿Cómo dirigirse a ese múltiple verdugo, a ese polifacético guardián que no detiene su marcha en la historia de la muerte? ¿Cómo hacerle entender (y hacernos entender) que es funcional al despojo, a la injusticia, a la supresión de la libertad? Ese verdugo lleva múltiples uniformes, armaduras, trajes. Viles disfraces de lo inocultable. Si le explicáramos que ha sido adoctrinado y preparado para ser uno de los cuerpos más insensibles, si intentáramos convencerlo de que es la bestia más rancia y podrida de todo el engranaje, si quisiéramos conversar con él acerca de que el poder que supone tener no es más que una ilusión, que es reemplazable por cualquier otro cuerpo execrable que quiera ocupar su lugar, que vendió su vida a quien maneja los hilos de su falso uniforme y que vendió su vida al desprecio, al privilegio y a la opresión, ¿comprendería algo? -sabemos de la ilusión del juego entender-explicar, sabemos que fue parido al servicio de la muerte, pero aún así necesitamos del ejercicio vital de la interrogación-. Parece que resulta más sencillo imaginar un futuro de apocalipsis zombies y muertes evitables que un mundo sin policía. Casi desde su aparición esta fuerza, brazo armado del Estado, mercenarios al servicio de la muerte, muestran lo que pueden hasta ampliar el límite de lo que son capaces. Queda a la vista la cantidad de represiones, corrupción, violaciones, gatillo fácil, femicidios, travesticidios y asesinatos de los que son capaces. La miseria que encarnan no entiende de solidaridades, ni de colaboración, menos que menos de otras maneras de habitar el mundo que no sea bajo lógicas patriarcales y autoritarias. Policía de la Ciudad, Policía Federal, Policía Bonaerense, Gendarmería, eufemismos que esconden lo que verdaderamente son: extensiones del Estado, mercenarios adoctrinados, miserables con delirios de grandeza, autoritarios adictos al Poder, verdugos obedientes, un cáncer social. Diferentes uniformes que se conjugan en esa masa uniforme y pútrida que custodian los privilegios de las castas políticas y empresariales. ¿Cómo imaginar un mundo sin policías? ¿Cómo imaginar una organización autogestionada que posibilite la autorregulación de lo que se puede y no se puede en la convivencia? ¿Cómo abrevar en viejas experiencias que han intentado otros modos de organización social? ¿Cómo evitar que se envicien las formas de auto-organización? ¿Cómo evitar caer en las trampas que nos limitan a lo ya conocido como únicas opciones posibles? ¿Seremos capaces alguna vez de inventar un mundo sin policía? ¿Tendrán sentido estas reflexiones? ¿Tendrá sentido esta exhortación? ¿Algún día, verdugo, guardián, escucharás? La experiencia demuestra que no existe diálogo posible. Entonces, ¿qué otros medios podemos seguir inventando para hacernos oír? ¿Cómo vivimos en este mundo? ¿Cómo hacemos para parir un mundo sin policías? * Publicado en la edición Nro 13, octubre 2020 del Periódico anarquista de agitación cotidiana Gatx Negrx.
- Diciembre Adynata**
Diciembre anuncia otro final –arbitrario- por venir. Trae el apuro y el alivio de eso que ya se termina, pero no. Este Diciembre se parece y no se parece a otros Diciembres. Se parece en el aturdimiento que se produce cuando todo lo vivido se amontona, justito ahí, en el corredor que conduce a las puertas de salida de otro año más. Se parece en ese vértigo por querer terminar y, algunas veces, por querer cumplir con todo lo prometido a ese dios, garante de promesas, que abriga las creencias que sea, aún las del sin dios. Se parece también en que hay veces que constriñe en balances retrospectivos que buscan afirmarse en la normalidad de órdenes equilibrados y progresivos que siguen insistiendo en gobernar la vida. Este Diciembre no se parece en nada a otros, porque aún con barullos y vértigos de fin de año, con cansancios, angustias y desganos, aún con el anuncio de algunas vacaciones posibles, aún con la presencia de la moral del festejo familiar, nos deja a la vista todo lo que nos pasó durante esta peste, tan caótica y simultánea ella. Y volver a pasar por ahí hace que vuelvan a doler los dolores, que vuelvan a temblar los temblores, que vuelvan a alegrar las pequeñas alegrías y que cada instante vivido nos siga pareciendo mucho, por los efectos de esta lente de aumento llamada pandemia. Y aún así, nos queda la embriaguez por lo vivido y por lo no vivido, nos quedan algunos brindis por lo brindado y, sobretodo, la gratitud –caricia anticapitalista- por esas complicidades carnalmente lejanas y transatlánticamente cercanas, siempre amorosas, con las que hemos recorrido todos estos meses que fueron mucho más que un año, agarradas muy fuerte de la mano.
Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.











