• Revista Adynata

Post Guardia XVIII / Débora Chevnik

Actualizado: 19 de dic de 2020

Navegando en un sinmás de llanto

Tímidamente de pie (como parándose por primera vez) sobre unos gritos formidables

Refugiada en el terror

Dos veces por día acuden para extraerle sangre

Dos veces por día protegida por los alaridos

Hospitales y gritos y no se llevan nada bien

Aunque nunca tan mal como con los silencios que aterran.

Llama encendida,

entre el pasmo que amarra al papá,

los desmayos que suspenden a la mamá,

y las explicaciones médicas que quedaron para otro día.

Nadie nombra el diagnóstico aterrador que inundaba el aire desde hacía dos días.

¿Cómo estás?

Acurrucándose y abrazándo(se) al peluche que le tejió su tía

y la acompaña desde que nació hace 9 años.

Finísimo un hilo de voz, como deshaciéndose,

“tengo miedo”.

Abismada en una (casi) no ficción.

Tanto era el dolor que (casi) solo creían en la verdad.

Los gritos eran superpoderes,

recomponían tiempos rotos,

reclamaban algo propio que aún no llegaba.

Los gritos se tragaban las explicaciones ciertas,

y las razones que la ciencia esperaba poder darle,

y los “es mejor para vos” que imaginaban decirle para que se dejara sacar sangre.

Gritos que tragaban morales y otras tranquilidades enterradas en la lengua.

Si nos descuidamos, en la lengua (nos) crecen cementerios.

Los gritos eran un superpoder llamador de otro mundo

in(sur)gente, menos humano, no humano.

En los gritos venían los vientos del sur que habían dejado para venir a curarse a capital.

Y las montañas y los balidos y los graznidos y los parloteos y los cantos

Aullidos que abrazan lo inhumanizable.

Cobijada en el peluche de la tía y en la sonrisa del residente recién llegado.

Gritos llamadores de sonrisas hackers a las que abrazar. Llamadores de un recomienzo. De inestabilidades que sacudan calmas

Gritos que tallan la muerte de otra cosa, que ensucian a la ya consabida

evocan una belleza que solamente otra belleza podría relanzar…


Abrazada a los gritos,

sacude cementerios crecidos en las lenguas de un solo idioma.

Abrazada a la sonrisa del residente

desasida de las angustias de lxs lúcidxs.

Abrazada a la sonrisa y a los cantos que sueñan con ella explicaciones que nada más los sueños saben jugar.


Isaac Cordal. Nuart 2015. Stavanger, Norway

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