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- Lluvia de papas / Débora Chevnik
I. No se comen panchos con lluvia de papas a las dos de la madrugada ni se toman 4 litros de coca ni se le mete alcohol a una botella de manaos ni se salta arriba de las camas carcajeando la noche de un hospital para desafiar prácticas policiales que preferirían un silencio mútico. A tres pibes se les hace agua la boca. Fuimos al lugar de su internación por pedido de otrxs profesionales, “porque se está descontrolando todo”. “Que venga salud mental, dónde está la psiquiatra?!!” Lluvia de papas, chedar y mayonesa son una fiesta. Nos fuimos sin saber qué se celebraba. II. A los mellizos de 14, A. y L., les asignaron tres policías. Dijeron que antes era uno por pibe pero que ahora tienen que ser más policías que “menores”. Uno de los mellizos, el que había rescatado una chaqueta de un container y desfilaba jugando a que era médico, no tenía una desnutrición crónica. Ese, era el otro, el más bajito. El policía de I. nos contó que viene de una provincia de la Mesopotamia, porque allá no hay trabajo. Nos contó que en su pueblo dejan las bicicletas sin atar. Dijo la palabra pueblo. Mientras I. duerme su policía conversa con la acompañante terapéutica de M., que también duerme. Una madrugada de hospital, un policía y una acompañante conversan y fuman y conversan y fuman... La pared que pintaron hace poco de gris oscuro decía A. y M. Un poco más lejos había un corazón. La escribieron A. y M. con tizas amarillas mientras sus policías esperaban unos metros más atrás. El policía de F. se tuvo que retirar porque le empezó a doler mucho la panza cuando entró a la Sala de internación. Dijo que siempre le pasaba cuando veía chicos enfermos. A A. su policía le habló como un padre. Así me dijo la trabajadora social. Y me dijo que A. lo miraba un montón. Debi (2025) Fotografía. Verónica Scardamaglia Hace unos días un pibe se escapó por la ventana de un consultorio. Saltó como dos metros hasta la calle. Su policía saltó detrás, por la misma ventana. El runrún dice que si se les escapa un pibe les hacen un sumario. Muchos policías jóvenes miran el celu buena parte del tiempo. Están en esa, me parece que scrolleando. A. no rompió nada; revoleó una carpeta llena de sus cosas. Dijeron lxs adultxs que estaban cerca que su policía le había pegado. Quedaron todas las hojas sueltas en el piso. El día que terminó el colegio se puso anteojos negros para recibir el título. Sonreía y hacía morisquetas. El policía de I. le prestó su celular al nene cuando se puso mal porque extrañaba mucho a su mamá. Dijo que no importaba si le gastaba el crédito. Y que mientras no se la agarre con él iba a estar todo bien. T. mandó a la concha de su madre a su policía. El policía se fue y dio un portazo. Dijo que no iba a aceptar algo así porque su mamá había muerto hacía dos meses. T. le pidió perdón. B. amenazó con romper vidrios con un pie de suero si seguían apareciendo cada vez más policías. Los policías no supieron qué hacer. El policía de I. contó que si un pibe se le escapa lo pueden llegar a suspender y pierde el presentismo y que los sueldos no son nada buenos. M. dibujó a su policía en la pared de la habitación donde está internado; en el dibujo se hacía justicia. I. gritaba “yo no fui yo no fui, ese enfermero me pegó, eh gato te voy a agarrar”. Se quería ir corriendo a su casa. Su policía le prestó su celular para que hablara con la mamá. Dijo que era mejor darle su teléfono personal y no el laboral porque después le pueden mirar para qué lo usó. El policía de T. sabía cortar el pelo, armó una barbería en la Sala de internación. Varios pibes eligieron un corte. M. logró que su acompañante terapéutica le compre tres panchos con lluvia de papas fritas a las 2 de la madrugada. También quería un pebete de jamón y queso y coca y queso chedar y mayonesa. Para él y para dos chicos más. Su policía lo intentaba acotar porque quería de todo. Con la lluvia de papas fue intransigente, era muy fanático. El policía del pibito de 13 le dijo “bueno basta, ¡enano! Tá bien, te doy los bizcochitos pero si te dormís temprano!” Cuando el pibito vio los 9 de oro que sacó el policía de su mochila le preguntó si eran salados o dulces. El policía se dio cuenta que no sabía leer. III. No recuerdo si esa vez F. revoleó un frasquito de shampú y después amenazó pegarle a su policía con el pie de suero o si fue al revés. Entre sus dos policías lo inmovilizaron de inmediato. El más corpulento me increpaba para que le indicara la medicación inyectable. “Qué está esperando? ¡Déselo de una vez! ¡Déselo!!” Me hizo recordar de golpe a los chocolates del free shop que había traído una querida compañera de las vacaciones. F. pedía a los gritos hablar con una trabajadora social de su confianza. El corpulento me seguía increpando. Enfermería, y algunxs médicxs atónitxs. Las expectativas del inyectable crecían en la platea. Yo pensaba en los chocolates. Tal vez como guarida ante la demanda de una psiquiatría carcelaria. F., reducido por las prácticas policiales, gritaba ambustiado “inyección no, me deja boludo, inyección no. En el otro hospital me daban y me dormía una banda”. Con la trabajadora social le dijimos si quería hablar con nosotras y comernos unos buenos chocolates. Aceptó enseguida. Lo que más le gustó de los chocolates, decía, era que tenían como una miel. Suspirando decía “estos chocolates son….estos chocolates son de un país….son de un país…” ¿De un país de miel F.? ¿De un país sin policía? IV. ...le indicaste lorazepam... ¡¿cómo no le diste haloperidol?! Le diste haloperidol... ¡¿sin darle también lorazepam?! Le indicaste halopi y lora... ¡¿por qué no indicaste sujeción mecánica?! Indicaste sujeción mecánica... ¡¿por qué no lo evolucionaste en la HC cada 20 minutos? Ah...le indicaste halopi y lora, sujeción mecánica, evolucionaste cada 20 minutos...pero ¡¿cómo no hicieron la denuncia? ¿Hicieron la denuncia? ...tendrían que haber esperado un poco más…es muy importante la subjetividad. Cavilaciones (2025) Fotografía Verónica Scardamaglia V. Thiago se llama Thiago. Como Franco, que se llama Franco. También Alexander se llama Alexander. Y si lo nombran “caso social”, él, se llama Alexander. Igual que Jony que se llama Jony cuando consigue una changa y que cuando anda perdido también se llama Jony. Cuando Fabricio llora porque un amigo murió a destiempo se llama Fabricio, y se llama Fabricio al recordar malos tratos de otra internación. Y Marcelo, que se llama Marcelo cuando está en la guardia del hospital, se llama Marcelo cuando lo quieren evaluar en el juzgado. Benjamín igual, se llama Benjamín. Samanta cuando le ponen el chip, Samanta cuando la retira su mamá y Samanta cuando anda las calles. Nico cuando está sobremedicado por el psiquiatra del hogar se llama Nico y cuando se fuga y camina por ahí inventándole nombres a los árboles se llama Nico. Lucio se llama Lucio y cuando su mamá anda cartoneando, él, se llama Lucio. Ian se llama Ian. Así, Ian. Y cuando toma drogas para no sentir miedo, se llama Ian. Milton se llama Milton cuando roba para llevar a la casa, y se llama Milton en su certificado de defunción. Ariel se llama Ariel cuando alguien le tiene miedo y se llama Ariel cuando a duras penas termina el colegio. Williams cuando miente en la guardia se llama Williams, cuando se prende fuego la casilla donde vive se llama Williams y Williams cuando pasa las letras de canciones de amor. Marquitos idéntico, se llama Marquitos. Y Mica, Mica. Miguel se llama igual, Miguel. Y cuando se enfurece por tanta tragedia se llama Miguel. Adrián se llama Adrián, en el patrullero como en la guardia, Adrián. Brisa, que se llama Brisa cuando pregunta si es cierto aquello del suicidio, se llama Brisa cuando pasa rápido y pregunta ¿qué va a pasar conmigo? Y Lían se llama Lían, igual que al día siguiente, que se llama Lían. VI. (escrito en 2022) ...que pirulita que menganito que la falta de límites y que qué barbaridad. Nada de hola tanto tiempo ni qué tal las vacaciones La jornada laboral amanece con el índice levantado Los colores de la noche se desvelan sin desperezarse La guardia no empieza. La guardia, (casi) siempre, ya empezó (Casi) siempre, están siendo las seis de la tarde en la estación más concurrida del subte (Casi) siempre está siendo una gran ciudad Alguien dice que dormían cucharita; que ella no parecía ni ahí de 13 y que él ya tiene 17 que la otra vez que vino al hospital tenía tipo 14, y que está re alto También se escucha el clásico esto no es un hotel y el infaltable estos pibes usan el hospital como parador Una voz imperecedera intenta un qué suerte haber podido procurarse un lugar donde parar . No se informa que dos pibxs habitués de la calle encontraron un lugar donde caer vivxs. Se informa que se fugaron de madrugada . La voz perenne dice que no se fugaron porque un hospital no es una cárcel ; que tal vez decidieron desertar del mundo del control de los signos vitales y de la dieta general. Mientras dormíamos, lxs insoñadxs de siempre se fueron rápido, antes del alba. Nos desayunamos con la ausencia de lo que nunca quisimos tener. En la cornisa de una responsabilidad indeseada dimos por concluido lo que nunca comenzó. No sabemos qué hacer con las bolsas de residuos llenas de sus pertenencias, que ni son llenas ni son suyas, porque no sabemos quiénes somos cuando ustedes están acá. Tampoco sabemos qué palabras-sin-madrugar atesorar para esperar con nuevos innombres a lxs pibxs que andan creciendo solxs entre madrugadas y cucharitas. Claire Guarry Pausa, Tulum 2021 Impresión pigmentada sobre papel Canson Baryta. 50 x 60 cm
- Adynata Mayo: Pensando en las orillas / MP
Adynata mayo presenta el dossier Pensando en la orillas . Una colección de escrituras e imágenes compuestas alrededor de un encuentro en Mar de las Pampas a mediados de marzo de 2025. 1. Con estas palabras Italo Calvino (1973) comienza El castillo de los destinos cruzados : “En medio de un espeso bosque, un castillo ofrecía refugio a todos aquellos a los que la noche sorprendía en camino: damas y caballeros, séquitos reales y simples viandantes” . De a poco, el narrador advierte que ha enmudecido. La travesía por el bosque había costado a las almas viajeras la pérdida de la palabra. Sin embargo, a su turno cada cual comienza a contar su historia componiendo un relato con las cartas del tarot. Entrecruzando líneas y cursos de otros relatos que se van desplegando en una misma mesa. 2. Se lee en una posdata del encuentro de las orillas: “ Así ocurrió que una vez, cerca del otoño del 2025, un conglomerado de rarezas fue abducido por un llamamiento durante 4 días seguidos. Que ya no se sabe si era un castillo en el bosque o en la playa, y que establecieron el récord de tertulia. Durante casi 100 horas sin parar estuvieron conversando, pensando, riendo, llorando, por momentos comiendo, pero principalmente sintiendo” . 3- Castillos de arena, si no los pasan por arriba pisadas insensibles, de a poco los desgasta el mar. Cuando sube la marea las construcciones se dan a las aguas. Conmueve cuando a la mañana siguiente todavía conservan una pared. La orilla siempre comienza. 4. Borges y Bioy (1955) escriben un guión para cine con el título de Los orilleros . Narran el culto al coraje de quienes habitaban las orillas en los márgenes de la ciudad. No le vendría mal a la lengua derivar de la idea de orilla el sustantivo orillante . Para autorizarnos a hablar de rarezas que se dan a las orillas, que viven, piensan y conversan en ellas. 5. Se lee: “Un castillo de leyenda neerlandesa asoma en un bosque desde el que se escucha el mar” . Se lee: “Una cocina, rebosante de colores que alimentan, queda habitada por un ejército de hormigas comandado por una abeja reina. Hay alimentos para animales onmívoros y ovolactovegetarianos. Alguien corta frutas. Alguien corta el pan. Alguien cuida del fuego” . Se escuchó decir: “Replegar ¿sin ensimismarse? / abismarse ¿sin romperse?” . Se escribió: “¿Cómo vivir lo que se vive y estar disponible para atender vidas que viven lo que se vive?” . 6. Supimos tres condiciones que se necesitan para darse a la intimidad: tiempo , generosidad , confianza . 7. Se dijo que no se puede vivir si no en las orillas. Cualquier otro lugar ahoga. Se lee: “Conventillos al punto del derrumbe, llenos de niñeces que igual juegan, patios que albergan uniones, veredas que aseguran encuentros, el cielo es parte de este barrio” . Se contó que el día en que llegaron de España, el 16 de junio de 1955, sus padres tuvieron que permanecer en la orilla, sin poder desembarcar, porque estaban bombardeando la Plaza de Mayo. Se lee: “Aparece un pequeño bote que invita a subirse para respirar un rato... construir nuevas orillas en medio del arrasamiento... tiene un ritmo suave, eso atrae... Tanta suavidad es imposible de rechazar...” . 8. Alguien dijo necesitábamos tomarnos un descanso de la civilización. 9. Se lee: “Yo, amante del caos, vi como durante cuatro días la casa se convirtió en una comunidad de pensamiento, sentimiento y, más que nada, en una comunidad amorosa” . Se lee: “En memoria de Vicente Zito Lema, quien con su espíritu presente nos dejó generosamente su casa” . 10. Alguien dijo “la hospitalidad es política” . 11. Se compartió una clínica de los colibríes. Una clínica de acrobacias que piensan en el aire. Una clínica de las fragilidades tornasoladas que abrigan con aleteos y vuelos ligeros. Una clínica libadora. Una clínica no ceñida ni reducida a lo que ya sabemos. Se lee: “Colibríes no saben cómo llegaron ‘hasta acá’. Y el sabor amargo de las sustancias arde en las lenguas de lo que no sabe a felicidad. La dulzura del olvido que les presta el aturdimiento se monta como un escenario donde se prenden fuego los teatros. Y ya no se sabe quién escribe esa obra que se incendia” . 12. Un suspiro expresó “sólo falta que broten flores en las orillas” . 13. Se leyeron textos que participan de la hibridez del ensayo: ocurrencias, epígrafes, citas comentadas, fragmentos de ideas, relatos clínicos. 14. Se recordó que Berni retrató a Juanito Laguna haciendo la tarea con el piberío en la vereda de la villa. Y que esas miserables comarcas de entonces alojaban con sus chapas, sus materiales coloridos, sus olores a frituras, cercanías vecinales. Se escuchó decir que una niña de doce años que juntaba cartones por la calle, con la que se jugó, bailó, leyeron cuentos y acompañó para que pudiera ingresar a la escuela, enseñaba que hay que “tomar la vida como viene” . Se dijo: “Tal vez en todos los tiempos acompañar consistió en habitar la pregunta sobre cómo acompañar” . 15. Se escuchó contar el “corazón estrujado” de la clínica por sólo poder lo que puede. Se dijo que necesitamos inventar modos de estar en las orillas de las instituciones. Orillar para no sufrir. Orillar para no huir, para no ausentarse, para no desistir. Para no privarse de lo público. Se escuchó decir que los equipos de salud necesitan hacer pausas para hablar: “¿Tenés un ratito para que pensemos?” 16. Cada vez que se piensa en un padre, se percibe la vida como accidente más que como destino. Toda intimidad tiene mucho de generosidad. 17. Se lee: “Desde su inauguración y hasta que murió, acá hizo su carrera como cirujano cardiovascular infantil mi papá, donde llegó a operar del corazón a más de tres mil niños" . Se lee: "Así, durante más de veinte años creí que me faltaban muchas cosas de él. Que no las tenía. Que las había perdido para siempre. Pero en realidad no me había puesto a buscar. No había podido mirar a los ojos su archivo” . 18. Alguien anotó en una hoja sin firma que quedó sobre una mesa: “Hay momentos en que las soledades se mueven en silencio, se mueven casi sin movimientos. Se mueven casi sin soledad” . 20. Se escuchó esta pregunta: “¿Cómo pensar poéticamente en un contexto donde la crueldad está de moda?” . Se dijo que las palabras verso y versus comparten la misma raíz. Un hallazgo para estos tiempos en los que vivimos, pensamos, escribimos, en contra de... o intentamos seguir adelante contra viento y marea . Se lee: “El paisaje tangible de la memoria podría ser, por ejemplo, un dolor que encuentra un sitio donde dejar un rastro, un borde de dónde agarrarse” . 21. Se hizo notar “la dulzura que el olvido le presta al aturdimiento” . 22. Se lee: “Así lo siento hoy. Un derrape que pareciera no poder detenerse” . Se escucharon preguntas que nos solemos hacer en voz baja: ¿Puedo con esto que está pasando? O, ¿qué puedo con esto que le está pasando? ¿Mucho para su soledad? ¿Mucho para mi soledad? ¿Mucho para las soledades que estrechamos cuando tratamos de conversar lo que podemos y no podemos? Pero sobre todo se escuchó la pregunta que más interesa cuando se cuenta la clínica: ¿Alguien más sintió alguna vez esto que me está pasando? Interrogación que no busca eso que llaman empatía o identificación . Interrogación que solicita compañía para una duda, una vacilación, un desánimo: ¿Alguien, en mi lugar, podría pensar o decir algo que yo no sé? Momento aciago de la pregunta ¿No tendría que haberme dedicado a otra cosa? 23. Hubo una voz que recuperó la noción marxista de reificación . Un vocablo que se utiliza para ampliar las discusiones sobre los alcances de términos como alienación, cosificación, enajenación, fetichismo. Se dijo que no alcanzan las palabras para decir cómo los pensamientos nos confunden y engañan. Se dijo que reificar quiere decir hacer de una vida una cosa. Se lee: “La individuación, además de reificación, es una operación de homogeneización de los efectos singularizantes de los procesos relacionales (por ejemplo, el deseo "individual" es el deseo reificado y homogeneizado)” . Se quiso rescatar la idea de singularidad del manto homogéneo de las individualidades. 24. Se contaron conversaciones escuchadas en un taller con niñeces de cuatro años: “¿Qué es una pesadilla? Es un como un sueño pero no sé, como que tiene algo distinto” . Se lee: “ ¿Puedo contar algo? Ayer no pude dormir mucho porque vi una pesadilla. Silencio. Miradas pícaras, sorprendidas y cómplices. Y… ¿había un zoombie? Sí y un montruo… me dio un poco de miedo pero no mucho. Ah…. yo también tuve una pesadilla pero esa sí era de todo miedo. A mí las pesadillas me dan ambustia. ¿Y qué es la ambustia? Es como un sentimiento de tristeza, pero mal hecho” Se lee: “De esta aventura conversacional, de relatar entre luces y sombras, de poner en común todo eso que aparecía durante las noches cuando nos íbamos a dormir nació el libro “El pesallidario ”. Se lee: “Seño, ¿los grandes también tienen pesadillas?” . 25. Se supo de un proyecto que intenta favorecer encuentros amigables, a través del arte, entre mujeres y disidencias a pocos kilómetros de donde estábamos. Se interrogó el cómo de la construcción de espacios en estado de palabra para mutismos dolidos de estos tiempos. Se contó el deseo de recuperar prácticas del teatro del oprimido de Augusto Boal. Se celebró que, aprovechando el nombre de la glándula de Bartolino que humedece eróticas vaginales, se decidiera la creación de una agrupación transfeminista con el nombre de bartolinas . 26. Se lee un escrito que compone un vocabulario vibrante de las orillas. No hay palabras sueltas en la memoria de los días. Las palabras se sueltan. Golpean más que argumentan. Zurcen siguiendo un ritmo. Vocalizan. Un grafiti en la ciudad de Nápoles dice: “Conspirar quiere decir respirar juntos” . Se lee: “Un fragmento, un retazo, perder el hilo, deshilvanar. Parir las dudas, las preguntas, hendir traiciones en el olvido que todo recuerda. Memorias de lo frágil, opacidades. Orillar, zurcir. Darse al pensar. Soltar, soltura, errancia. Perder el hilo (otra vez). Andar descalza” . Se lee: “‘Iré en mi viaje donde deba ir’, reza la página donde se abre el libro de Vicente…” . 27. Se dijo que el diccionario de la real academia todavía no admite el infinitivo encomunar . Y se aclaró que no se pedía un verbo más, sino la posibilidad de conjugar un hacer en común con el dolor. Se lee esta pregunta: “¿Cómo se piensa la atención, cuando el daño ocurre donde se esperaban cuidados?” . Se contó de las doulas feministas . Expresión que alude a la voz latina con la que se solían nombrar sirvientas y esclavas que ayudaban a parir. Y que ahora devinieron doulas aquelarreadas , dulces, feroces. Insurgentes. Vimos un video sobre la realización de un mural entre vidas gestantes que perdieron, por violencia obstétrica, sus embarazos. Un retorno a la pintura popular como acción, en los muros del cementerio en el que están enterradas sus criaturas. 28. Se pensó alrededor de la obra de Deligny. Se lee: “Se trata de ver de cerca qué es lo que cuenta para esa singularidad…ahí donde todos los saberes previos, las interpretaciones e intenciones vienen a morir, ¿qué es lo que verdaderamente cuenta?” . Se lee: “Si la distancia con esos chicos es demasiado grande, ¿tenemos que abandonar la posibilidad de que exista algo en común? Esa distancia ¿justifica la inacción o bien la domesticación o eliminación de esas sensibilidades que no se nos parecen?” . Se dijo que la idea de “vacancia de lenguaje” se podría concebir como disponibilidad otra, como negarse a la cita con la normalidad, como descanso de la civilización, como resistencia ante los poderes. Se dijo que hay en la clínica de Deligny un tratar de hacer con existencias sin lenguaje. Y se dijo que eso que se nombra como autismos tal vez componga una insurrección radical del vivir. Y que así se ponga a la vista el idiotismo de las instituciones. Se invitó a pensar en un teatro sin dramática, en una fábrica en la que no se fabrica nada, en una escuela en la que sólo se vagabundea. 29. Se quiso hacer, pero no se hicieron cartografías con los movimientos, trayectos, estancias de cada orillante durante los cuatro días en la casona. 30. Se escucharon relatos a borbotones queriendo decirlo todo a la vez y sabiendo que eso no se puede. Se lee: “Ella, quien escribe, percibe un entusiasmo, que hacía tiempo no percibía que la habitara. Es como una provocación: anhelar que la mujer privada de libertad, sepa que Ella, quien escribe, la está pensando” . Se asistió a clínicas a corazón abierto. Sin solemnidades, impostaciones, arrogancias, exhibiciones. Se participó de la invención de los infinitivos nubetear y saltimbanquear . Se lee: “Y en el nubetear, Ella, quien escribe, se va hacia otras preguntas” . Se lee: “Ella, quien escribe, saltimbanquea entre si el ¡ay! se siente o se piensa. El ¡ay!, se siente” . Y se compartió el secreto de la clínica: que una vida sepa que otra vida la está pensando. 31. Se contó la vez que un abrazo fisuró una o tal vez dos costillas, o cuando se buscó el registro de voz de alguien que había muerto en un mensaje de audio en un teléfono. Se lee: “Recuerdo la primera vez que se me murió una planta querida. La formulación ‘se me murió’ es errada pero necesaria: ya se sabe que las vidas no se le mueren a una, se mueren simplemente; el posesivo que habilita nuestra lengua quiere decir acá un lazo afectivo o emocional” . 32. Alguien dijo que la cosa se pone fea cuando no se le encuentra la vuelta para encantar la vida. 33. Se llegó a saber que el infinitivo pensar se traduce como chapotear . Chapotear no sólo como el acto de producir ruido al caminar o movernos en el agua o el barro. Chapotear como una manera de andar la vida. Sin hacer pie del todo. Caminado en suelos húmedos y movedizos. Se llegó a saber que la letra h habla, hace, halla, hila, hospeda, hostiga, horroriza, hurga, husmea, hurta, hunde, hiere, halaga, homenajea, hermosea, hambrea, habita, hechiza. Se anotó esta cita Úrsula Le Guin: “En cuanto hallamos el compás, el compás adecuado, nuestras ideas y nuestras palabras bailan con él, un baile circular al que todo el mundo puede sumarse. Y entonces soy tú, y caen las barreras. Por un rato” . Se supo que pensar también se traduce como orillar por un rato. Y que al escribir se intenta que un ratito se alargue. Hacerlo durar un poco más. 34. Se escuchó leer “Donde hay locos siempre hay pericos…” . Se contó sobre un llamado desde el bosque al contestador automático del manicomio. Se lee una confesión que muchas veces las euforias de las cercanías callan: “el temor de engentarme" o "la preocupación de quedar atrapado en un remolino de lágrimas grupalistas" . Se lee que sensibilidades se aguantan las lágrimas. Se lee "Al fin soy uno más. Igual de miserable. Igual de dichoso" . 35. Dicen que las lágrimas de un común orillar saben saladas, salvo cuando se vuelven dulces o amargas. 36. Se susurraron conjugaciones secretas con los infinitivos nubetear , saltimbanquear , pesadillar , ambustiar , encomunar , chapotear , engentar , descostillar , orillar . 37. Se podría componer una hermosa biblioteca con los libros, las citas, los fragmentos leídos durante esos cuatro días. 38. Se repitió esta frase: “Débil no es quien puede poco, sino quien está separado de lo que puede” . 39. Se escucharon voces que contaron cosas que pasan en las guardias de un hospital de infancias. Cada vez más niñeces y adolescencias están ahí custodiadas por policías. Se lee: “T. mandó a la concha de su madre a su policía. El policía se fue y dio un portazo. Dijo que no iba a aceptar algo así porque su mamá había muerto hacía dos meses. T. le pidió perdón” . Se lee: “M. dibujó a su policía en la pared de la habitación donde está internado; en el dibujo se hacía justicia” . Se lee: “El policía de T. sabía cortar el pelo, armó una barbería en la sala de internación. Varios pibes eligieron un corte” . 40. Se repartieron postales que tocaron almas. 41. La última noche en la playa se narró una historia triste. Tiempo después de la muerte de Georg Büchner en 1837, cuando tenía veintitrés años, encuentran los manuscritos sin terminar de Woyzeck . En un momento de la obra una mujer cuenta el cuento más viejo que se conoce: la historia de la soledad. Dice: “Había una vez un niño pobre que no tenía padre ni madre. Estaban muertos los dos. Y no había nadie más en el mundo. Todo estaba muerto. Y el niño se puso en camino. Buscó día y noche. Y como no había nadie sobre la Tierra, quiso ir al Cielo. La Luna lo miraba con mucho amor. Pero, cuando después de mucho andar, llegó a la Luna, ésta era sólo un pedazo de madera podrida. Y entonces fue al Sol. Y cuando llegó al Sol, éste no era más que un girasol seco y marchito. Y todavía el niño quiso ir a las estrellas. Y cuando llegó a las estrellas, encontró apenas pequeñas moscas doradas. Y el niño, muy triste, no sabía a dónde ir. Y volvió a la Tierra. Y la Tierra era una olla dada vuelta. Un campo destruido. Y el niño estaba tan solo que se sentó y lloró. Y todavía sigue allí llorando” . Frágil.Orillas mediterráneas. 2025. v. Nicolás Koralsky
- Darse al estar ahí / Marcelo Percia
1. El enunciado estar ahí no alude a un lugar sino a una disponibilidad. Darse al estar ahí expresa la redundancia del don: dar dándose al estar. 2. No todas las lenguas distinguen el verbo ser del verbo estar . Lecturas del psicoanálisis en castellano podrían beneficiarse de ello. Imaginar clínicas que, por momentos, puedan despertenecerse del yo soy para darse al estar. Despertenecerse, desasirse, desaferrarse de la idea de ser, para estar ahí como intemperie a la espera de otra intemperie. Cuando angustias, confusiones, aturdimientos, no dan tregua, no se puede estar o se está sin estar en una soledad tapiada. Sabemos vidas embrolladas, enmarañadas, revueltas: se trata de estar ahí sin saber qué hacer con el enredo. Dando una presencia anonadada que sigue el curso de una palabra o el rastro espumoso de un silencio. Estar ahí en estado de afectación y en estado de escucha. Afectación no como empatía, sino como dolencia desorientada. Escucha no como jactancia de una función, sino como agitación y pudor ante las confidencias de las palabras. Cada cual necesita saber el enredo en el que vive: enredo como trama que atrapa y cautiva. 3. La frase verbal estar ahí no designa, en este caso, cercanía en un espacio, sino vicisitud de la aflicción, de la avidez, de la confianza, del deseo, de la presencia. Los infinitivos escuchar , pensar , cuidar , componen formas de estar ahí: estar escuchando, estar pensando, estar cuidando. Alguna vez se aprovechó la paronimia entre estar ahí y estar ¡ay! para pensar el albur de la presencia en las aulas. La presencia no expresada como adverbio de lugar, sino como inmersión en la interjección del dolor. La interjección también del temor, de la tristeza, del placer. Lo mismo en la clínica: no alude sólo de un espacio, sino -también y sobre todo-de un entrevero de afectaciones. Un estado doliente. No inteligente. Ni impasible ni anestesiado por conocimientos protocolizados. Un estado de recepción embargada, atenta, conmovida. Un estado, a la vez, prevenido de seducciones, fascinaciones, exhibiciones. Y regodeos más o menos secretos. 4. El estar ahí acontece o no. No se sabe de antemano. Más que de una conducta depende de un deseo. Tal vez casi todo resida en dar lugar a esta vacilación: si en este momento se me concediera el don de elegir en dónde y con quiénes estar, ¿elegiría estar aquí? "Pensando en las orillas" por Joaquín Allaria Mena / @anarchivofotografico 5. ¿Estás ahí? La pregunta que se hace cuando alguien calla por teléfono. La pregunta que gira la cabeza hacia atrás en el diván del psicoanálisis. La pregunta entre amantes que presienten la ausencia. La pregunta que sabe que la presencia no está dada por el sólo hecho de estar presentes. La pregunta que pide, que inquiere, que sondea, el misterio de la presencia. 6. ¿Estás ahí? ¡Si estás ahí, danos una señal! La pregunta que se hace en las sesiones de espiritismo. La señal sutil de un alma que llega como susurro que estremece, como soplo que apaga una vela, como chirrido de una puerta, como súbito roce en la piel. Cuenta Tarkovski que en una sesión de espiritismo convocó a Borís Pasternak, el escritor ruso perseguido por el estalinismo que tanto admiraba, para preguntarle si llegaría a hacer cine en tiempos de censuras y burocracias miserables. Desde el más allá, la voz de Pasternak, muerto pocos años antes, llegó con la respuesta: Sí, harás siete películas . ¿Sólo siete? , inquirió descorazonado Tarkovski. ¡Sí, sólo siete! -reafirmó el autor que había tenido que rechazar el premio Nobel de literatura- ¡Sólo siete, pero buenas! Andréi Tarkovski muere en 1986, veintiséis años después que Pasternak. Ese presagio lo acompañó como certidumbre en su vida. Filmó sólo siete películas que dejaron una marca en la historia del cine. 7. Por momentos, en sesiones clínicas, analistas -o como quieran que se llamen las sensibilidades escuchantes- ofician como médiums que establecen contacto entre voces escuchadas, voces olvidadas o no sabidas. Entre palabras excavadoras y palabras que levitan. Entre palabras y fantasmas. Entre palabras y silencios. El espíritu de las palabras no reside en la significación: sobreviene como aleteo de un pájaro improbable en la conversación. 8. Tal vez lo piense mejor Lacan (1953) cuando dice que, en un psicoanálisis, el lugar de médium concierne a la palabra que abre cursos más allá de ella misma. 9. ¿Se está ahí en el instante de la muerte? ¿Se está ahí como viviente que se va? ¿O sólo se está ahí como compañía o perplejidad ante quien deja de existir? Si en este momento se me concediera el don de elegir dónde, cómo, cuándo y en qué compañía morir, ¿qué elegiría?, ¿morir de la mano de la vida?, ¿estar lo menos posible ?, ¿que la muerte llegue sin que la sepa? ¿Hay un con quienes morir? ¿O la muerte se presenta sin con quiénes? ¿Supieron que iban a morir conducidos a las cámaras de gas? ¿Sospechaban que los iban a arrojar al mar cuando subían a los aviones militares? ¿Pensaban por quienes morir quienes tomaban pastillas de cianuro antes de la detención? ¿Huyen de la muerte yendo hacia la muerte quienes migran sin tener a dónde ir? 10. Hay preguntas que no están hechas para que se las responda, sino para estar ahí: en estado de temblor, de vacilación, de demora. Incluso de estupor. 11. Se conocen lugares inverosímiles para estar: estar en las nubes de Úbeda , estar en la luna de Valencia , estar en Babia , estar en Narnia . También otras como estar en un termo o estar en el horno . Formas de decir estados de distracción, extravío, desconexión, ajenidad, aislamiento, despiste, fantasía, suspensión, ausencia. O, también, para decir situaciones complicadas, sin salida. Hay diferentes modos de ausentarse. Una evasión puede servir para evitar un daño o aplazarlo. A veces, conviene darse a la fuga. 12. Leónidas Lamborghini (2009) se detiene, una y otra vez, en un pasaje de la Divina Comedia que dice que quienes están en el limbo “viven en el deseo sin esperanza” . Dante (1321) imagina el destino de las almas después de la muerte. Compone, según la imaginación europea medieval, el teatro del inframundo. Describe los paisajes fantasmales del infierno, del purgatorio, del paraíso. Cuenta cómo están en el infierno las existencias sentenciadas a sufrimientos sin fin, en el purgatorio las criaturas arrepentidas que tienen esperanzas, en el paraíso las almas puras e inocentes arropadas para siempre en la gracia de dios. En el primer círculo del infierno, sin embargo, Dante localiza un lugar para quienes no tienen lugar: el limbo. Morada de acogida para bondades excluidas del paraíso: infancias que murieron sin bautismo y espíritus paganos anteriores a los tiempos cristianos. En ese interregno habitan poetas como Homero y Ovidio, filósofos como Sócrates, héroes como Aquiles, sabios como Averroes. Lamborghini piensa que el peor lugar del infierno reside en el limbo: estar ahí sin condena ni ilusión, sin penurias ni promesas, sin la desgracia de la culpa ni la gracia del edén. Estar en una suspensión sin desenlace. En una extensión sin arrugas. En un margen sin tragedia ni felicidad. En una estadía sin contratiempos ni conflictividad. En una flotación sin superficie ni gravedad. En una frontera frente a ninguna parte. Para Lamborghini el limbo resulta desesperante. Dice que las almas condenadas ya están condenadas, que las arrepentidas todavía tienen esperanzas, que las del paraíso están salvadas; pero las del limbo: la nada. Su razonamiento recuerda lo que escribe Faulkner (1939) casi al final de Las palmeras salvajes: “Entre la pena y la nada, elijo la pena”. 13. Hay preguntas que están en el mundo para saber la vida. Para saberla, así, sin respuestas. Si se me concediera en este instante decidir dónde y con quiénes estar, ¿elegiría estar aquí? ¿Elegiría estar en este abrazo, en esta caricia, en esta mirada, en esta compañía, en esta fiesta, en esta risa, en esta despedida, en esta soledad, en este silencio ? Hay preguntas que no se hacen para tener que elegir entre opciones, sino para interrogar cómo estamos viviendo: ¿estamos en dónde queremos estar?, ¿estamos sin estar?, ¿estamos estando ahí?, ¿estamos en el dolor o en el infortunio? ¿Sabemos estar ahí sabiendo lo irreparable y, a la vez, el parpadeo de lo pasajero? 14. Imaginemos a Nietzsche en Génova en enero de 1882. Expresa un deseo para el nuevo año. Un anhelo querido y sentido. Una decisión que acompañe sus días. Evoquemos el libro cuarto de La ciencia jovial (Die fröhliche Wissenschaft) que comienza con un pasaje que lleva el número 276. Escribe: “Quiero aprender, cada vez más, a ver la belleza de las cosas. Me gustaría embellecer lo bello. No detenerme ni regocijarme en la fealdad de esas mismas cosas. El amor fati, ese será mi lema a partir de ahora” . No importan sus palabras exactas. Conmueve su deseo. Saber las desdichas. Admitir fatalidades involuntarias. No negarlas. Tampoco detenerse en quejas y lamentos que empalagan. Afirmar bellezas. Embellecer lo bello. No caer en la devoción al dolor ni añadir más sufrimiento a la aflicción. Elegir estar ahí: soplando suavidades hacia no importa dónde. 15. El primer verso de Endymion de John Keats (1821), quien vivió apenas veinticinco años, dice la magia de un momento perdurable: “Una cosa hermosa es una alegría para siempre” . ( “A thing of beauty is a joy for ever” ). Un para siempre que detiene lo fugaz, que declara la permanencia de lo que huye o declina, que atesora el instante. 16. Cuando se está ahí, en una común afectación, se celebra -lo sepamos o no- un para siempre . Un para siempre no adverbial. Un para siempre como íntima fecundidad de lo común. 17. La idea de eterno retorno lleva hasta el extremo la pregunta por el deseo de estar ahí . En el apartado 341 de La ciencia jovial (que convendría traducirse como La ciencia feliz ), se presenta la eternidad como interrogación descarnada del vivir. Se lee: “¿Qué pasaría si un día o una noche se introdujera furtivamente un demonio en tu más solitaria soledad para decirte: ‘Esta vida, tal como la vives ahora y la has vivido, deberás vivirla no sólo una, sino innumerables veces más; y no habrá nada nuevo en ella? ¿Una vida en la que cada dolor y cada placer, cada pensamiento y cada gemido, todo lo que hay en ella de inefablemente pequeño y de grande, habrá de volver a ti? ¿Todo en el mismo orden e idéntica sucesión, aun esa araña, y ese claro de luna entre los árboles, y ese instante y yo mismo? Y al eterno reloj de arena de la existencia se lo dará vuelta una y otra vez y tú con él, ¡minúsculo grano de polvo en el polvo!’. ¿No te tirarías al suelo rechinando los dientes y maldiciendo al demonio que así te hablara? O acaso vivirías un formidable instante en el que serías capaz de responder: ‘Tú eres un dios; nunca había oído cosas más divinas’. Si te dominara este pensamiento, te transformaría, convirtiéndote en otro diferente al que eres, hasta quizás torturarte. La pregunta decisiva en relación con todo y con cada cosa será esta: ‘¿Quieres que se repita tu vida una e innumerables veces más?’ ¡Esta decisión pesaría sobre tu obrar como la carga más pesada! Pero también, ¿qué feliz tendrías que ser contigo mismo y con la vida, para no desear nada más que esta confirmación definitiva y eterna?” . Nietzsche tiene menos de cuarenta años cuando escribe este fragmento. Poco antes había dejado su cargo como profesor de filología clásica en la Universidad de Basilea. Está enfermo. Busca sanarse en un lugar menos hostil, con el aire de Génova, con la alimentación, con largas caminatas. Concibe así lo que llamó el “pensamiento de los pensamientos” bajo la forma de una pregunta a hacerse, cada vez, ante todo lo que se propusiera realizar: ¿Elegirías este momento que estás viviendo, tal como está ocurriendo ahora, vivirlo así infinitas veces? 18. La escena del eterno retorno ¿nos hace responsables de la vida que tenemos? ¿Cada instante vivido solicita una decisión? Instante no como mínima unidad de tiempo. Instante como fatalidad y como gracia. Nietzsche sabe instantes funestos y enlutados. Y sabe instantes dichosos. Se propone cuidar de estos últimos. Agasajarlos. 19. La idea de eterno retorno confronta y desafía al deseo con la eternidad: cada dolor y cada placer ¿tendrían que vivirse como si pudieran repetirse por siempre? 20. Los dioses griegos condenaban a los héroes que se rebelaban con suplicios eternos. Prometeo, Sísifo, Tántalo, Atlas, ¿desafiaron a los amos de los cielos a sabiendas de que recibirían castigos que no tendrían fin? ¿Aun así confirmarían sus acciones insumisas? 21. Una decisión se vuelve decisión, ¿si la confrontamos con la eternidad? Inmensa e inabarcable esa extensión inconmensurable. Demasiado tiempo ese tiempo sin horizontes. Una existencia carente de lo fugitivo, lo fugaz, lo pasajero, martiriza. En la historia de los amores trágicos, uno de los que más conmueve lo protagonizan Paolo y Francesca, amantes retratados por Dante en la Divina Comedia . Castigados por adulterio, desenfreno, exceso de placer, amor indeclinable, a vagar sin rumbo por el infierno, azotados por una tormenta eterna. Se conocen pinturas en las que sus figuras flotan en un abrazo, aproximando sus labios sin poder besarse o permaneciendo en un beso sin fin. Dante representa el infierno como fatiga de los sentidos, como hastío de la sensualidad, como ahogo en la felicidad. 22. ¿Hace falta la prueba de la eternidad para decidir la vida? Tal vez se trata de decidir, en cada momento, estar ahí presentes en estado de disponibilidad y recepción. ¿Decidir cómo estar en la vida y también decidir cómo estar en la muerte cuando sobrevenga? ¿El suicidio compone un modo de decidir la muerte o un modo de huir de una existencia insoportable? 23. La idea de eterno retorno solicita que afirmemos la vida que estamos viviendo. Que decidamos, una y otra vez, los días y noches que habitamos. Esa afirmación o decisión componen la pesada carga . El peso bajo el que tiemblan las criaturas que hablan. ¿Hay anestesia, olvido, ausencia, que puedan aliviar esa carga o eximir de esa responsabilidad? 24. ¿Alguien sabe estar en el morir? No se sabe la muerte. Se conoce la mortalidad, pero la muerte no se sabe. Acaso se la imagina. Todas las religiones lo hacen. O se la cuenta a las infancias como un estar en el cielo, o en una estrella, o en los recuerdos. La vida tampoco se sabe, se la vive haciéndose. Cada día. 25. Hay muertes que se sienten como ráfagas de desamparo. 26. After life ( Después de la vida ), una película del director japonés Hirokazu Kore-eda (1999), trata sobre la muerte como estadía eterna en un momento único. Quienes acaban de morir se encuentran en una silenciosa sala de espera. De a poco comprenden que estarán allí durante tres días hasta elegir un momento. En eso consiste la muerte. Habitar para siempre un recuerdo. Fundirse en una callada escenografía cósmica. Ángeles reciben y acompañan, a quienes acaban de llegar, hasta íntimas habitaciones en las que realizan la tarea de recordar. Un hotel austero, un hospital sin enfermedad, una estación de trenes sin partidas. Un mientras tanto la eternidad. Con ayuda de entrevistas personales y viendo películas que registran -hasta el tedio- todos los momentos vividos, cada cual repasa su vida. Evocaciones revuelven regocijos y desdichas. Visitan soledades y abrazos. Recorren, una a una, las ocasiones perdidas. Las citas malogradas. Los rechazos y los arrepentimientos. Recuerdos despiertan y combustionan. Pero, ¿cómo elegir un momento entre innumerables momentos? ¿Cómo bucear en el pasado emergiendo con una escena definitiva? ¿Cómo palpar en la piel de la memoria una plenitud única? Ángeles asisten a quienes, así, están en la muerte. Tienen que seleccionar un episodio de sus largas o breves vidas. Una muerte elige retratarse para siempre bailando con un hermoso vestido que tal vez alguna vez tuvo; otra, opta por una lluvia de flores de cerezo; otra, por el viento golpeando su cara durante un viaje en aeroplano; otra, por el momento de una declaración amorosa en el banco de una plaza; otra, por un reflejo de luces cálidas. Otra, no puede optar por nada. En un estudio de filmación, un equipo de ángeles junto con cada protagonista realiza, con cada momento único, películas cortas. Con escenografías de cartón, planos en detalle, efectos especiales, actuaciones, luces, producen y componen lo vivido. Por último, en una sala de cine, asisten a la proyección de esos momentos. Durante ese trance, cada cual entra en el instante elegido, desapareciendo para siempre. Recién entonces se advierte que quienes siguen allí quedan en suspenso, como ángeles, hasta poder partir en una escena eterna. "Pensando en las orillas" por Joaquín Allaria Mena / @anarchivofotografico 27. La vida transcurre entre decisiones e indecisiones. Darse al estar ahí equivale a darse a la decisión de estar en donde se está. Muchas veces no se decide estar en donde se está. Se está por estar: por inercia, azar o desidia. A veces, por fatalidad: nos toca estar sin que podamos conocer los porqués que escapan a nuestras voluntades. Entonces, también se trata de decidir cómo estar en dónde no decidimos estar. 28. Estar ahí estar en la velocidad y en la lentitud. Sentir el vértigo de lo que se escabulle en todo presente. Estar ahí cuando fallan apoyos y sostenes. Estar ahí cuando lo que sostiene no sostiene. Estar ahí cuando todo se hunde en una ciénaga y cada cual intenta su rescate como el barón Munchausen tirando de su propia trenza hacia arriba. Estar ahí sosteniendo lo que sostiene. Estar ahí en el momento en el que “el suelo se ha caído de mis manos” , como supo decir Jacobo Fijman (1926). Estar ahí en el derrumbe y en el naufragio. Estar ahí en la imposibilidad y en las paradojas del sostén. Sabiendo que no se necesita que nos sostengan, sino que nos ayuden a sostener el suelo sobre el que nos apoyamos. Sostener lo que sostiene cuando dos manos solas no alcanzan. 29. Mientras se está viviendo no se sabe lo que se está viviendo. Sin embargo, en momentos de peligro, se necesita actuar a pesar de ese no saber. Decidir de qué lado estar: con quienes sí y con quienes nunca. Estoy con vos : con sólo tres palabras una vida no se siente tan sola. 30. Darse al estar ahí trae consigo, también, habitar lo irremediable. 31. Aquí, ahora, contigo como antes, allá y entonces con quien he perdido, ¿un relato pretérito de la transferencia freudiana?, ¿de la rememoración amorosa?, ¿de la nostalgia?, ¿del pasado gravitando sobre el presente? De la transferencia se han dicho muchas cosas, pero casi todas coinciden en que concierne al amor. Acaso el amor a la clínica. Una ceremonia de afectaciones. La inclinación a cuidar pensando. 32. El deseo de estar ahí compone una condición de la transferencia en el pensamiento de Jean Oury. La transferencia como confluencia entre deseos que desean estar ahí. Cuestión que retoma la misma pregunta que nos hicimos para la vida: Si en este momento se me presentara la oportunidad de elegir si estar aquí o en otro lugar ¿decidiría estar aquí? Oury concibe un estar ahí que da lugar a que algo pase. Una disponibilidad que crea un espacio del decir. Una inclinación para que la palabra descanse, se reponga, se nutra, hasta que llegue su momento. Dice en el seminario La decisión dictado en Sainte-Anne entre 1985 y 1986: “No se trata de ser. Ya no se trata de hablar. Lo decisorio sólo puede realizarse (…) como una suerte de presencia en el sentido preciso del término. Hace mucho tiempo señalé esta presencia que posibilita que algo se manifieste. No estar ahí para razonar, sino para crear un espacio de cuidados, como dice Winnicott o mejor Masud Kahn. Una suerte de terreno transitorio, un estado en barbecho donde pueda pasar algo…” . Estar ahí y no en cualquier otro lado. Decisión que implica, según Oury, un compromiso: una ética de la transferencia. Dice: “Lo que me interesa es la expresión responsabilidad por el otro. La responsabilidad por el otro es una de las raíces esenciales de lo que se llama ética, no moral, sino ética” . Piensa el deseo de estar ahí como deseo que no espera nada, ni se complace. Concibe un estar ahí como arrojo vaciado de manías personales. Dice: “Creo que con prudencia yo decía cierto deseo, pero no cualquier deseo. Claro, no hay que confundir al deseo con la demanda o el placer…” . Tratándose del amor, de cualquier amor, conviene no olvidar que al deseo suelen crecerle raíces o extensiones parásitas que estrangulan otras vidas para alimentarse. 33. Masud Khan (1989) percibe una forma íntima del darse al estar: la llama estar en barbecho . Recuerda que la palabra fallow (que se traduce como barbecho ) alude a la “tierra bien arada y rastrillada, pero no sembrada durante uno o varios años” . Un tiempo en que la tierra descansa, se recupera, respira. Aclara que se refiere a una disposición del vivir que no implica inercia, indolencia, pereza, ociosidad, resistencia. Piensa el estar en barbecho como estado transitorio, como inquietud despierta, como descanso receptivo, como liviandad sin tensiones, como retiro provisorio, como puesta a salvo de la finalidad, como silenciosa espera. Advierte que corremos el riesgo de perder el derecho a ese modo de estar. Y que no se cuenta con ese tiempo en comunidades de miedo y hambre. Masud Kahn agradece a Winnicott la posibilidad de alojar, en una situación analítica, la capacidad de estar así: en un calmo silencio, sin sentir necesitad de llenar la sesión o cumplir con la asociación libre. 34. Tal vez un encuentro clínico necesite de una ejercitación, práctica o demora que dé lugar a la misma pregunta cada vez: ¿elijo estar en proximidad de una vida que transcurre viviéndose sin saberse del todo? Ejercicio, práctica o demora de la pregunta que más importa. 35. Wenders (con colaboración, en el guión, de Peter Handke) filma Bajo el cielo de Berlín ( Der Himmel über Berlin ), estrenada en 1987, también conocida en habla castellana como Las alas del deseo . La historia de dos ángeles que fantasmean en Berlín tras la guerra, sólo visibles para infancias y otras criaturas de buen corazón. Figuras incorpóreas que sienten dolores y sufrimientos del mundo. Uno de ellos, enamorado de una joven trapecista, decide abandonar la eternidad por segundos de una caricia. En una escena de la película el ángel escucha, en el subterráneo de Berlín, pensamientos de quienes están viajando en el vagón. En medio del ajetreo, la cámara pasa de figura en figura. Primeros planos de rostros desgarrados, de manos que se retuercen nerviosas, de cuerpos adormecidos. Accedemos a lo que cada personaje está pensando ahí, en esos instantes fugaces: “Quizás no tiene dinero para consultar a otro médico. Quizás la ayudaría. Hace cuatro años que no la veo y lleva dos enferma” . “¿Cuándo rezaremos, por fin, con nuestras palabras? No alcanzaremos la vida eterna, si no tenemos fe” . “Luego vienen las jovencitas, les llenan la cabeza de pájaros…” . “¿Por qué vivo? ¿Por qué vivo?” . “¿Cómo lo voy a pagar con una pensión tan insignificante?” . “Estás perdido, y todo esto todavía puede durar mucho. Tus padres te rechazan, tu mujer te ha traicionado. Tu mejor amigo está en otra ciudad. Tus hijos sólo se acuerdan de tu defecto del habla. Cada vez que me miro en el espejo me golpearía” . Wenders amplifica la audición de pensamientos sin recepción. Nos sumerge en el fluir callado y vertiginoso de soledades ensimismadas que, en ese momento, están ahí. 36. El Grupo Escombros -en agosto del 2002, en el bosque de la ciudad de La Plata- realiza una acción de arte público efímero llamada El bosque de los sueños pedidos . Una propuesta, en tiempos aciagos, que convoca a habitantes de la ciudad que quisieran participar. Cuelgan círculos y rectángulos de cartón pintados de blanco en los árboles para que la gente escriba los sueños que perdieron o les robaron. La convocatoria decía: “… la lista de lo perdido es tan enorme y dolorosa, tan personal y a la vez tan común… tan inconmensurable que convocamos a contar lo perdido… Convocamos a quienes lo deseen sin excepción a encontrarnos para decirnos, sin miedo y sin vergüenza, cuál es el sueño que perdimos o que nos robaron” . Una presencia anotó: Por un país que nos deje soñar . Otra, El futuro debe estar aquí y no en Europa . Otra, A mi sueño se lo devoró un lobo . Otra, Antes soñaba, ahora tomo pastillas . Otra, Soñé que desarmaba el mundo y que después no lo podía volver a armar . 37. Se realiza en la Facultad de Psicología de la UBA la intervención “La a(u)las del deseo” . Se ambienta el salón de clase como un bosque nocturno en el que afiches de dos metros de largo por uno de ancho cuelgan con grandes siluetas de árboles dibujados. Se propone tratar de responder a una pregunta: “Si pudiera elegir ¿en dónde decidiría estar en este momento?” , cada cual puede escribir o dibujar algo en el interior del árbol o colgar una hoja de una de sus ramas. Pero antes de esas anotaciones, se propician diferentes conversaciones entre quienes, de pronto, se encuentran deambulando por el espacio sin saber todavía qué escribir. Conversaciones entre dos o entre tres, en provisoria intimidad y confianza, como oportunidad de pensar en borrador. Maceración de ideas arrulladas por cercanías accidentales igualmente desconcertadas. “¡Qué loca la pregunta!, ¿no?” . Conversaciones mínimas que se interrumpen para recomenzarlas, una y otra vez, con otras presencias -igualmente- perdidas. Mientras tanto se proyecta, en forma continua, la escena del vagón de la película de Wenders. 38. Una inquietud escribió: Me gustaría estar en una isla del Caribe tomando un trago . Otra, Estaría contándole un cuento a mi hija para que se duerma . Otra, Elegiría estar estudiando para el parcial en lugar de estar acá perdiendo el tiempo . Otra, Con mis amigas comiendo pizza . Otra, Estaría aquí preguntándome con quiénes quiero la vida . Otra, Meditando en un convento en el Himalaya . Otra, Imaginando en una asamblea cómo cambiar el mundo . Otra, Explicándole a mi familia por qué estudio psicología . Otra, Estaría aquí compartiendo el sueño de estar aquí . Otra, Haciendo la lista de los lugares en los que no quiero estar . Otra, Sinceramente estaría durmiendo . Otra, Visitando a mi abuela que me cocina cuando voy . Otra, Sembrando bosques para que los sueños no se queden sin árboles . 39. Tal vez, en muchos sentidos, el árbol de los deseos tenga que pensarse como un árbol con hojas en blanco. 40. A veces se está ahí: ante lo inevitable, lo inapelable, lo que no se puede volver atrás. “ El arquero miraba cómo la pelota rodaba por encima de la línea...” . Con este epígrafe comienza la novela Peter Handke (1970) La angustia del arquero ante el tiro penal. Estar ahí en el momento preciso, viendo lo irreparable y consumado. Sintiendo felicidad o consternación ante el desastre. Dudando si lo que vemos está ocurriendo. Buscando confirmación a los costados. Dicen que hay algo accidental y fortuito en un tiro penal. Cada cual está ahí con sus cábalas, conjuros, plegarias. Confiando en cálculos caprichosos, intuiciones, destrezas. Se está ahí como se puede. 41. Darse al estar ahí nos sitúa ¿en un ahora tironeado, inseguro, atormentado por lo que Heidegger llama un ahora todavía no y un ahora ya no ? ¿Un ahora que siente temblar el piso que nos sostiene? ¿O un ahora como provisoria fuga o calmo fluir sin tiempo? ¿Cómo darse al estar sin la ansiedad del todavía no ni la pesadumbre del ya no ? Un ahora que respire hondo el presente, que se llene del aire del momento. Un ahora que suspire. Un ahora que se esconda de pensamientos que lo asedian. Un ahora que juegue a que el tiempo lo encuentre. Un ahora sin apremios. Un ahora como presente que se desenvuelve con lentitud, delicadeza, curiosidad. 42. Estar ahí, pero no de cualquier manera. Sabemos que se puede estar ahí aferrados a una cuerda que ahoga. Cuesta estar en tanto dolor. Estar en las guardias de los hospitales, en las salas de los barrios, en los centros comunitarios, en los manicomios que todavía no terminan. Se necesita inventar modos de habitar en las orillas. No desistir. No ausentarse. No privarse de lo público. Orillar el estar ahí para no sufrir. 43. La comedia clínica toma distancia con lo divino. No participa de las ideas de infierno , purgatorio , paraíso . Tampoco subscribe la idea de limbo que desespera a Lamborghini. Inventa una trama que suspende por un momento el tiempo. Una trama con final, pero sin desenlace. Una trama en la que se llora, se ríe, se espera a que algo pase. En los dos sentidos: que algo acontezca y que algo deje de doler. 44. Estar ahí escuchándonos hablar sin esperar que eso conduzca a alguna parte. Escuchándonos hablar soltando las lianas que nos fijan y aseguran en territorios mínimos. Escuchándonos hasta perder el hilo. Hasta dar con una palabra, un recuerdo, un sentimiento. Algo que abrigue la soledad. Escuchándonos hasta caer en el silencio que siempre estuvo ahí. 45. Darse al estar ahí remueve memorias de presencias y ausencias, de sostenes y sustentos del amor. Un juego insiste en la historia de las infancias: ¿Dónde está? ¡Acá está! Desaparecer y aparecer, cubrir y descubrir, esconder y encontrar, alejar y aproximar, hacer y deshacer: variaciones desde la inquietud a la calma, desde el desconcierto a la sorpresa, desde la oscuridad a la luz. Pocas veces el estar ahí se da con tanta plenitud como en el jugar. 46. Escenificar el dolor, repitiendo lo que hace doler, ¿qué le hace al dolor? Freud (1920) describe, en Más allá del principio del placer , cómo su nieto de un año y medio, haciendo aparecer y desaparecer un carretel, representa el desasosiego por la ausencia de su madre y la alegría por su retorno. 47. Estar ahí celebrando el momento. Estar ahí porfiando la presencia. Estar ahí obsequiando un ahora. Estar ahí conjugando infinitivos en presente indicativo . Sin una demora (sin un tiempo de meditación conversada) empalidece la exuberancia de la vida. Se admite un habla distraída y apresurada, pero no una escucha desatenta. 48. Ya se dijo: estar ahí no supone sólo estar en un lugar físico o escenario clínico. Estar ahí concierne a estar en las emociones que habitan la conversación: estar en el miedo, estar en una sensación que lleva cuarenta años intacta, estar en la confianza traicionada, estar en la omnipotencia amorosa, estar en la pobreza y destrucción que hacen llorar, estar en el pasmo frente a la ingratitud. Y así: estar en turbulencias de afectos que se dibujan y desdibujan cada vez que las palabras los tocan. 49. Estar ahí preguntando en dónde quisiéramos estar; atendiendo pensamientos fugaces; observando sentimientos inexplicables, raros, fanáticos; imaginando cómo pudo suceder algo que sucedió o cómo podría suceder lo que no ocurrió; haciendo lugar a ideas disparatadas, graciosas, inocentes; escuchando el crujir de las hojas al caminar en otoño; tratando de grabar un sueño en la memoria; inquiriendo el por qué o el cómo ocurrió que perdiéramos las llaves, los documentos, un regalo valioso; entrando en la noche buscando descanso; diciendo quisiera vivir y morir en este lugar ; implorando en la desesperación a un dios improbable; calculando cuántos años de vida restan todavía; declarando hoy tuve un mal día ; aceptando que nunca conoceré el ciprés de Kashmar ; mirando descaradamente lo que nos propusimos no mirar; intentando saber si nos enfermamos por haber hecho mal las cosas; sospechando que una desgracia puede estar protegiéndonos de una desdicha peor; inventariando miedos pasados, presentes, futuros; envidiando y admirando, y admirando y envidiando; retorciendo el trapo rejilla como si se tratara del cuello de alguien; concediendo que otra persona nos gusta demasiado; celebrando los días que llegan en la estación equivocada; sabiendo que estamos olvidando algo que, sin embargo, nos llama; doliéndonos por las muertes de quienes acompañaron nuestro tiempo. Estar ahí haciendo gerundios con el vivir. Sabiendo la vida ocurriendo ahora. 50. Estar ahí en una conversación erizada de antenas (aprovechando la expresión de Clarice Lispector). Estar ahí detectando vibraciones que no se llegan a identificar. Estar ahí no para nombrar afectos, sino para rodear de ternuras habladas sensaciones sin nombre. 51. Llegó ese día a la asamblea con una horqueta. Dos ramas gruesas de un árbol que formaban un ángulo con forma de letra Y mayúscula. Al rato, alguien preguntó para qué le servían esas ramas. Contó de un antiguo método para hallar corrientes de aguas subterráneas. Una percepción especial que se conoce como radiestesia o rabdomancia . Aunque aclaró que prefería la palabra zahorí que provenía del árabe. Dijo que existían manantiales bajo tierra que nadie conocía. Pero aclaró que en sus estados zahorí no recibía señales de agua. Sólo captaba emanaciones penosas. Y que en el manicomio fluían ríos de tristeza. Entonces, una voz aprobó que trajera su horqueta detectora. Recordó que más de una voluntad incauta, que intentó estar ahí sin precauciones, se cayó en un pozo de aflicciones. 52. No siempre sabemos estar ahí. A veces, dan ganas de estar en disipación. Esfumarse sin irse o permanecer en estado de vapor. La disipación como exilio en lo desdibujado o fuera de foco. 53. Si cuando no se está ahí, se extraña estar ahí: eso funciona como prueba de que se estuvo ahí. 54. Después de estar ahí se suele volver a la sesión. Pero no -como se dice- de quien regresa a la escena del crimen. Se vuelve como si nos hubiéramos olvidado algo. Se vuelve con lentitud a la conversación. Se vuelve con más oídos. Se vuelve con una escucha rastreadora de pasadizos que no se siguieron. ¿Cómo ocurrió que no advirtiéramos, que no nos detuviéramos, que no preguntáramos, que no relacionáramos? 55. A veces estar ahí creyendo que una palabra felizmente escuchada, o que una pregunta oportuna, o que un silencio sabio como respuesta, o que un deseo sin demandas; podrían liberar la vida, o destrabarla, o salvarla: no ayuda. Pensar así no conviene a la vida, favorece sujeciones del amor o de las voluntades buenas. 56. Conversaciones clínicas celebran la oportunidad de un estar haciendo. Un estar haciendo la soledad, un estar haciendo la espera, un estar haciendo palabra por palabra la vida que no sabemos. 57. El derecho a sólo estar se ha vuelto inconcebible. Cada segundo vivimos compelidos a lograr o cumplir con algo. Si no hacemos nada, que se valora como productivo , sentimos que estamos en falta. O, peor, esa desidia o ineptitud se nombra como dejarse estar . 58. Rodolfo Kusch (1962) observa que en la cultura quechua, el estar se considera como un darse al momento. No controlar, ni dirigir, ni adueñarse. Confiar en el instante y dejarse fecundar por él. No emplearlo para hacerlo rendir. Se pregunta por el secreto y la magia de un simple estar no más . Por la presencia que se da sin esperar nada a cambio. Por la posibilidad de estar en la vida andando en ella con los tiempos del maíz. 59. En diferentes textos , Kusch sugiere un pasaje del dejarse estar como signo de abandono, a un dejarse estar como derecho y contento de existir. ¿Cómo ocurrió que abandonarse al solo estar o que el estar haciendo nada se consideren signos de dejadez? 60. A veces, el desgano, el desánimo, el hastío, secan el momento. No da gusto estar en un tiempo sin deseo. 61. Una escucha clínica no reside en oír hablar, sino en asistir a la confidencia, muchas veces involuntaria, de una imprevista intimidad con la palabra. Estar ahí: en lo súbito de un decir. En el de repente en el que una intención se amarra a un vocablo, a una expresión, a una tonalidad. 62. Acontecen largos momentos en los que estamos ahí sin saber qué estamos haciendo ahí. (En ocasiones, preguntándonos si tendríamos que habernos dedicado a otra cosa). Estancias clínicas insisten, sin embargo, en estar ahí. Pero estar ahí, ¿cómo? Volviendo a pensar, cada vez, cómo estar. 63. Estar ahí con curiosidad en tanto inquietud que cuida el decir y el escuchar. Estar ahí con elegancia, no vistiendo bien, sino eligiendo el estar. 64. “ Tal vez me diga que usted me olvidó y que nada me queda sino este estar aquí roída por insectos engendrados por mi culpa” . Comienza a analizarse a mediados de 1954. Tiene dieciocho años. Desde Villa Gesell, seis meses después, escribe una carta a León Ostrov. Se asombra de estar viva. Tiene ganas de llorar y que él le pregunte ¿Por qué llora, Alejandra? Está en un paraje desolado. Quizás con amigas. Se muere de miedo por las noches. Duda de si tiene motivos o si obra en ella una inmensa capacidad de temer. Escucha la voz penosa del mar. Quiere volver aunque tenga que viajar de pie. Percibe los médanos como monstruos de un planeta desconocido. Se pregunta si Ostrov diría que luche con el miedo o que vuelva. Acaba de terminar de leer Cartas a Milena . Impresionada, piensa en las diferencias que hay entre Kafka y ella. Una cobardía volver, ¿pero para qué una temeridad inútil? No le gusta la naturaleza. La contempla como obra de un demonio amargado. Un viento atroz la consume. No la deja meditar ni imaginar nada. Necesita salvarse del viento. Escribe: “Usted, ¿no puede hacer algo para que el viento se tranquilice? ¿Por qué no le dice a los árboles que soy inocente? ¿Y al mar que no ruja? ¿Y a la noche que no complote con mi miedo?” . A la hostigada por el viento, por los árboles, por las hormigas, por el mar, por la noche, por el olvido, ¿sólo le queda estar ahí?, ¿roída por insectos engendrados por la culpa? Sérgio Ranalli Caminata por la playa 2021 Impresión fotográfica 180 x 120 cm
- En las orillas, desde otras orillas / Verónica Scardamaglia
Replegar ¿sin ensimismarse? abismarse ¿sin romperse? "Pensando en las orillas" por Joaquín Allaria Mena / @anarchivofotografico Caminar sin suelo, dormir sin sueños, vivir sin Estado. Orillas, fronteras, bordes, zanjas, abismos, precipicios, desbordes, caídas, ay saltos enviones impulsos atracciones lanzamientos. Pensar en las orillas de los dolores, de los miedos, de las fiestas, de los apocalipsis, de las pesadillas, de las penas, de las carcajadas, de las soledades y de las migraciones. De los partidos, de las orgas y de la academia. De las democracias y dictaduras. De los géneros, los escalofríos y las pieles. Cerca y más allá de las ciudades. Suspendiendo y sabiendo del asfalto, del cemento, de la cocaína y el tussi. De las microdosis y la macropolítica. Lejos y más acá del mar, los ríos, las montañas y las islas. De las aguas, sus sequías y sus inundaciones. De los fuegos, su calor, sus ardores y los incendios. De tormentas y terremotos, vendavales, lloviznas, brisas y temblores. Más acá y más allá del yo, del nosotros, de lo colectivo. Redimensionándonos acá con los siglos de los siglos. Estar en esta pisada, en esta mirada, en este roce en esta piedra (adoquín o turmalina) en este temblor, en esta contracción, en esta puntada, en esta arcada. Justito acá. Presentarte donde estás Más adelante: te acelerás, te caés, te paniqueás. Más atrás: te lentificás, te desganás, te deprimís. Acá, a tempo esquivando encierros surfeando emociones obligadas por este tiempo. Lente macro para las capturas. NOTA: Postales como pistas para situar un posicionamiento clínico. ¿Cómo vivir lo que se vive y estar disponible para atender vidas que viven lo que se vive? (presentado con el soporte de postales impresas con este texto en el reverso + audiovisual con audio y postales 2025). 30 postales. Fotografías sacadas por Verónica Scardamaglia en el marco del trayecto de fotografía del CFP 6. Curaduría y magia: Carolina Nicora. Video producido para el encuentro Pensando en las Orillas. Sam Friedman Sin título (Paisaje), 2015 Acrílico sobre lienzo 76 × 229 centímetros
- Chapoteando en las orillas / Sandra Thomé
La invitación al encuentro “Pensar en las orillas” me condujo a unos chapoteos que comparto en este escrito: El Chapoteo 1 es resultado de un juego con la letra H que fue creciendo a medida que pensaba sobre el tema de la escucha. La lectura como lectura del mundo se fue metiendo de a poco en el Chapoteo 2. El Chapoteo 3 tiene que ver con escribir en otro idioma: algo de penetrar en falsos remansos de aguas turbulentas. Finalmente, el Chapoteo 4 me ha buscado con insistencia. Lo recibí con dudas y una cierta emoción, así que lo agradezco. Siempre hay lugares no incluidos que mantienen su voz. I- Chapoteo 1 La H es una letra que no huye: invita al dialogo. Quizás su forma nos sugiere nexos, puentes, conexiones. Moliner (2008) nos dice que la H ha perdido su sonido aspirado, aunque lo conserve en algunas zonas de España y en palabras de origen árabe. La H conoce de resistencia. Introduce el hablar y el hacer, conduce el hallar y sostiene el hilo. Sabe de hospedaje y también de hostilidad. Hace historias con héroes, horrores, hazañas y herencias. Puede hurgar, husmear, hurtar y hundir. También herir y halagar. Homenajea el humor y abriga lo hermoso. Haikús desentierran hachas poéticas. Huevos, huesos y hermandades hacen parte de su mundo. También hechizos, hipocresías y hambruna. Con híper, hipo, hetero y homo, acopla expansiones y resta homogeneidades. Es una letra tan especial, que se hace valer incluso en la descalificación de su existencia: “por hache o por b”. Pregunto a la H qué se juega en lo que se dice sin sonido, pero que se lee igual. Su respuesta se dibuja en el paisaje: Heridas sangran Hechizar las orillas Habitar el Hoy II- Chapoteo 2 No leen no leen no leen no no no leen no no leen no leen no no leen noooo leeennn no leen. ¿Quiénes no leen? ¿Estudiantes? ¿Docentes? y el ruido de la queja trae la cadencia de olas cuyas espumas desvanecen en la arena, lavando huellas de curiosidades, inquietudes, quizás de algún tímido acercamiento que ha quedado desapercibido en la insistencia de la negación. Sí, porque la negación se hace insistir, penetra el entramado del tejido académico, invisibiliza escenas, gestos, imágenes, cuerpos y voces; produce caudales de alternativas metodológicas, pragmáticas, casuísticas. ¿Qué no leen los que leen? ¿Qué leen los que no leen? La escritora Angela Pradeli (2013) advierte sobre la complejidad de la lectura, más allá de la significación en los textos lingüísticos. En la construcción de sentidos, nos habla de su entramado creativo y la propone como una “poética de la seda”: “La seda, como la lectura, tiene una de las fibras más fuertes y refleja la luz de diferentes ángulos; es resistente y cuando sus tejidos se estiran, son las mismas proteínas las que transmiten fuertes lazos que impiden su ruptura”. Pensar la lectura en la universidad desde una “poética de la seda” sugiere leer mundos como textos y textos sobre mundos. La lectura de la palabra como lectura de la “palabramundo” (Paulo Freire, 1982:12), acto político y creador. Fibra de “curiosidad epìstemológica” que no se hurta a la experiencia dialógica y por ella es nutrida. ¿Qué mundos leen estudiantes? ¿Qué mundos leemos nosotros, docentes, y cómo leemos sus mundos y sus lecturas de mundo? Urge escribir y reescribir estas lecturas, resonando a Lispector, “sin aplastar con palabras las entrelíneas como si fuesen el vacío que la razón no puede llenar” (1999:153), “(…) la palabra como anzuelo, pescando la palabra en las orillas. Cuando esta no palabra muerde el anzuelo, alguna cosa se ha pescado.” (1999:143) III-Chapoteo 3 Escribir en otro idioma. Busco la sonoridad de Fernando Pessoa como a un remanso que embala, acoge, expande. Como remanso me advierte que su apariencia tranquila se justifica únicamente por un entorno que no lo es: la corriente se lentifica donde el movimiento no cesa. “Quien escribe para obtener lo superfluo como si escribiese para obtener lo necesario, escribe incluso peor que si para obtener apenas lo necesario escribiese.”(Pessoa, 2005:42). El aforismo sona a reto: Escribir en cualquier idioma puede ser un falso remanso. Pero no hablamos de cualquier idioma. Y no hablamos de cualquier escritura. Hablamos de un lugar de encuentro: escribir en un idioma no materno, un idioma que quizás al ser adoptado nos hace maternar a nosotros mismos. La placidez aparente encubre aguas más turbulentas: “Siento, por momentos, un temor asombrado de mis inspiraciones, de mis pensamientos, al comprender cuan poco de mí es mío.”(Pessoa, 2005: 14) "Pensando en las orillas" por Joaquín Allaria Mena / @anarchivofotografico Mi idioma materno es el portugués. Como a tantos brasileños, un portugués acunado por la poesía portuguesa por parte de los abuelos paternos, embalado por la musicalidad del “ carioqués ” de la familia materna y la sobriedad del acento paulistano en el cotidiano de la infancia y juventud. El castellano compitió con el inglés y el francés académico y se fue instalando en mi mundo afectivo de manera indeleble: a partir de los 17 años no hay registro de experiencia en mi vida que de alguna manera no haya sido atravesada por la cercanía del castellano como un idioma que me habló desde el sentimiento, desde las utopías y de la formación profesional inicial. El castellano es la lengua materna de mis amores más cercanos en los últimos treinta años: es la lengua materna de mis hijos, de las diferentes familias y lazos que construí acá en Argentina, es la lengua que habito y me habita en el cotidiano. Cierto ruido me hace leer nuevamente lo escrito anterior: lo que está en juego acá no es una historia migratoria o el desafío del bilingüismo. Me encuentro con la trampa que el remanso encubre: como bien dice Pablo Duarte (2025), “el lenguaje es un mar en que nadamos todos, un mar de lenguas revueltas y feroces. Eso da lugar a procesos de dominación y avasallamiento, de apropiación y contagio” (2025:24). ¿Y qué ocurre, entonces, cuándo las lenguas se encuentran en una ubicación específica que es la escritura? Recurro a diferentes relatos amigos que hablan de su experiencia al escribir en otro idioma. Silvia Molloy (2015), escritora argentina trilingüe; Fabio Morábito (2014), poeta y escritor nacido en Alejandria con padres italianos y establecido en Méjico desde los 15 años; Juhmpa Lahiri (2019), de idioma materno bengalí, premiada escritora y académica literaria y de las artes en EUA, donde pasó su infancia y juventud, y que ha adoptado el italiano como nueva lengua literaria; Theodor Kallifatides(2022), quien escribió luego de cincuenta años como reconocido escritor en Suecia, un libro en su lengua materna, el griego. Soy tentada a citarlos y me freno volviendo al aforismo inicial de Pessoa transcripto en este Chapoteo. Lo releo: “Quien escribe para obtener lo superfluo como si escribiese para obtener lo necesario, escribe incluso peor que si para obtener apenas lo necesario escribiese.”(Pessoa, 2005:42). Pausa. Escribir en otro idioma: una escritura que nos convoca a escribir desde otro sitio que puede ser de dudas e incertidumbres, también de bienvenida y libertad. La escritura como un lugar de encuentro que conlleva la potencia de las lenguas - materna o no -, como ficción. Siguen los remolinos en el espejo d’agua del remanso: ¿Cuál es mi idioma? ¿En qué idioma soy? IV– Chapoteo 4 Desde el relato de Juan Rulfo (2014) “Nos han dado la tierra”, estas palabras me buscaron con insistencia mientras escribía estos chapoteos. Inicialmente las recibí con desconfianza, creyéndolas una distracción. Me sorprendí volviendo a leer el cuento una y otra vez. Cuando terminé la escritura del tercer chapoteo, agradecí su compañía: esta voz que se mantiene avisando sobre lugares no incluidos. “Uno ha creído a veces, en medio de este camino sin orillas, que nada habría después; que no se podría encontrar nada al otro lado, al final de esta llanura rajada de grietas y de arroyos secos. Pero sí, hay algo. Hay un pueblo. Se oye que ladran los perros y se siente en el aire el olor del humo, y se saborea ese olor de la gente como si fuera una esperanza.” (Juan Rulfo, Nos han dado la tierra). Provisiones (2025) Fotografía, Verónica Scardamaglia (marzo 2025) Chapoteo post encuentro – Pensar en las orillas Deenme de saber qué cuerdas vinimos a tocar tendida a la intemperie (Rogativa-Florencia Lobo) Este chapoteo alberga la perplejidad como compañía. Escrito luego del encuentro “Pensar en las Orillas”, aspira a que el texto original compartido en Mar de las Pampas pueda decir más de lo que dice si se siguiera escribiendo. Y, al mismo tiempo, pide fidelidad a lo que fue leído allí, como un intento de prolongar lo vivido en este “darse al pensar” o de “darse en el pensar”, que, en palabras de Marcelo Percia (2025), “a veces acontece como demora, como orilla de un abismo prometedor, como asomada a un vacío que atrae, como llamado al abrigo de lo común, como gratitud y alegría de tener con quienes”. Insisten las derivas, piden espacio, desafían la transitoriedad de la palabra. Que se hagan presentes: En el abrazo de la casona que desea ver el mar desde lo más alto, se amalgaman historias que cuentan otras historias, y tantas otras más que piden acogida en el darse al pensar. Sonrisas, inquietudes, miedos, asombros, broncas, chistes, lágrimas, emociones - cuantas las hay - componen una musicalidad que no conoce de pautas pre establecidas, reivindica una escucha que sabe de silencios y gritos, enfrentamientos y compromiso, alegrías y desazón. Una escucha que se sabe entre ondulaciones y profundidades, en el ritmo que se desprende de cada palabra, de cada lectura, de cada respiración, de cada imagen: escenas-rayo que nos atraviesan y nos indagan, nos provocan. Entre nuestras manos, hojas de papel con textos impresos, fotos, proyecciones, libros: materializaciones acompañan los sonidos o por ellos se dejan acompañar. La lectura de cada “orillante” hamacada por su propia voz da voz a otras voces, y se hace escuchar en el tejido resistente de una “poética de la seda” (Pradeli, 2013); lecturas de mundo con palabras pescadas en la orilla, “palabras anzuelo” (Lispector, 1999). Nos advierte Deleuze (1996) sobre el carácter de devenir que conlleva el escribir, sobre lo inacabado, siempre en curso. Sobre cómo en la escritura se puede experimentar una extranjeridad en relación a la propia lengua. Una extranjeridad que produce nuevas formas de decir. Quizás el darse al pensar y el darse en el pensar también conlleven una extranjeridad en relación a lo pensado y en el narrar cómo se piensan los pensamientos que piden ser pensados. Más allá de los idiomas, extranjeridades que intranquilizan el lenguaje, que buscan una poética al hablar de crueldades y deshumanizaciones, injusticias y solidaridades, luchas y persistencias. Busco el acompañamiento de Le Guin(2024), quien nos sugiere un decir que surja de los ritmos profundos de nuestros cuerpos; expresar y dejarse llevar por los ritmos del universo: “En cuanto hallamos el compás, el compás adecuado, nuestras ideas y nuestras palabras bailan con él, un baile circular al que todo el mundo puede sumarse. Y entonces soy tú, y caen las barreras. Por un rato.”(2024:376). Me sumo: Que sea por más de un rato. (abril 2025) Referencias bibliográficas: Aharon Appelfeld et all (2022) La lengua es un lugar. Dieciséis voces cambian de idioma para explorar la literatura y la vida en contextos distintos. Prólogo de Pablo Duarte. México: Gris Tormenta. Deleuze, Gilles (1996) Crítica y Clínica. Barcelona: Anagrama. Moliner, María (2008) Diccionario de uso del español. Madrid: Editorial Gredos, 2 ed. Freire, Paulo (1982) A importância do ato de ler. São Paulo: Cortez Editora Freire, Paulo (2006) Á sombra desta mangueira. São Paulo: Editora Olho d’água. Kallifatides, Theodor (2019) Outra vida por vivir. Barcelona: Galaxia Guttemberg. Lahiri, Jhuampa (2019) En otras palabras. Barcelona: Narrativa Salamandra. Le Guin, Ursula K. (2024) Contar es escuchar, sobre la lectura, la escritura y la imaginación. España: Círculo de Tiza. Lispector, Clarice (1999) A legião estrangeira. Rio de Janeiro: Rocco Lispector, Clarice (1999) A maçã no escuro. Rio de Janeiro: Rocco Lobo, Florencia (2024) Los bosques bajo el agua – El lento deambular de las tormentas. Argentina: Tanta Ceniza Molloy, Sylvia (2015) Vivir entre lenguas. Buenos Aires: Eterna Cadencia Morábito, Fabio (2014) “Drácula y el idioma” en El idioma materno. Buenos Aires: Gog y Magog, 1ª ed. Percia, Marcelo (2025) Darse al Pensar, Revista Adynata (02 de abril), https://www.revistaadynata.com/post/darse-al-pensar---marcelo-percia Pessoa, Fernando (2005) Aforismos e afins. Lisboa: Assírio & Alvim Rulfo, Juan (2014) “Nos han dado la tierra” en: El llano en llamas. México: Editorial RM & Fundación Juan Rulfo. Bing Wright Blow-Up 2019 Dos impresiones de inyección de tinta montadas sobre cartón 110,5 × 87,6 cm
- Un castillo de arena / Fernando Stivala
Ocurrió que, hubo una vez, un enjambre de rarezas fue abducida por un castillo y una convocatoria en un bosque cerca del mar. Extraña atracción. Como un imán gigante o una gran antena sensible se acercaban zombis sintientes desde distintos lugares del planeta. La tierra era un lugar donde habitaban mayormente anestesiamientos y automatismos a cielo abierto. Donde estaban prohibidas las emociones, circulaban por la calle policías de los estados de ánimo, gendarmes que prevenían excesos de risa, agentes que indicaban el tránsito de las racionalidades, libertarios que reprimían manifestaciones y llamaban terroristas o barrabravas a quienes se animaban a luchar. Mundo extraño el de aquellos tiempos. Impedían que llores, que te sobre emociones, que hables sola. Crueldades que inhibían carcajadas y desparpajos. No se desesperen, en ese mundo distópico también habitaban rebeldías, insurgencias, insumisiones. Sintientes. No era un rasgo especial de algunas y algunos. Eran los que sobrevivían en coexistencia con un régimen de purificación de las emociones. Años y siglos de técnica y racionalización. De control y automatismo. Depuración de la sensibilidad. Del termómetro corporal. La Inteligencia artificial y el algoritmo gobernaban la vida cotidiana. Ya no se necesitaba usar el tiempo en escuchar la sutileza, el detalle, la complejidad. La máquina podía en microsegundos ofrecerte diagnósticos, soluciones, recetas a partir los datos cargados con pocas palabras, o incluso mapeando un rostro. Épocas donde se puso de moda que el éxito era tener tiempo para estudiar el mercado y apostar. Los que tenían riquezas no podían sentir. Les pasaba algo y no sabían qué. Buscaban desesperadamente que algo los movilice. Los que no tenían oportunidad de salir beneficiados por las apuestas en el mercado llegaban a esbozar un pequeño sentir. Que algo hacían mal, que algo les faltaba para llegar al mérito correspondiente. Riquezas y pobrezas estaban unidas por la insensibilidad. Hubo algunos y algunas que sospechaban del sentido común imperante. Clandestinamente seguían profesando, entrenando, ejercitando una sensibilidad que estaba en extinción. En general no salían. Siglos de automatismos tenían costos devastadores en la población. Tuvieron que preparar impensados, obligarse a llorar, forzar risas, recrear dolores, no hacer nada y que pase el tiempo. Los más osados se disfrazaban de docentes en escuelas y universidades. De terapeutas y acompañantes, de integradores y trabajadores de lo social y lo común. Creaban centros culturales, hacían movidas públicas en la calle, interferían la cotidianeidad desentusiasmada. Intentaban hacerles poros a las instituciones cada vez más totales, cada vez más encalladas. Probaban alianzas inusuales. Tenían la intuición de que había que conservar una pequeña llama pasional en ese momento frío y calculado. Una especie de tesoro que pueda ser abierto en otro momento de la historia. Lo llamaron experiencias locas. Experiencias locas porque de realidad, solemnidad, y pesadez estaban hartos, sobrepasadas, patologizados, neurotizadas, infantilizados; principalmente anestesiados. Veían que en la vida pública ya no existía pasión. Las personas se sacaban las cosas de encima, no se miraban a los ojos, esperaban el final del día. Siempre cansadas o nerviosos, quejosas o victimizados. Todos los espacios estaban burocratizados, donde pocas veces pasaba el amor por las ideas o el pensamiento. Mucho adoctrinamiento, mucha crueldad naturalizada. Y encima un cinismo que anulaba toda contra ofensiva. Era callar y acatar o se los expulsaba encerrándolos en cuartos de escrache. Prácticas de desestimación. Y como los manicomios, las cárceles, las escuelas, las facultades, las calles, los barrios y las casas eran los lugares todavía de encuentro, entrenaron allí lo poco de pasión que les quedaba. La potenciaron. Claro que eso no fue una experiencia solo feliz. Abrir la olla de las pasiones requiere esfuerzo, paciencia, atención, amorosidad, valentía, y compañía. Había que agitar furias, diferencias, ofensas, enojos, injusticias. Había que activar esas pasiones en común. Entusiasmarse por diferir y así crear. Estas insurgencias sabían de los riesgos y se camuflaban en las instituciones para buscarle la vuelta. Dejar semillas sintientes. Un pensamiento crítico. Pensar con lo viejo temas nuevos. Armar espacios de confianza, de poder equivocarse sin miedo a que te castiguen, sin quedar con la autoestima por el suelo, tratar no de hacer poner nerviosa a la gente, enseñar a pensar en vivo, no inhibir con la corrección. Una atención a cómo los entusiasmos se levantan, a cómo la confianza individual y colectiva se desarrolla y practica; a cómo el ensañamiento, la crueldad, y el maltrato naturalizado son prácticas de poder que nos entristecen, endurecen, empequeñecen la vida. Incomodaban. Desencajaban. Por momentos se envalentonaban de tal manera que practicaban el no saber. Pero igual estaban ahí, con ganas y a fondo como si fuera la salida de un fin de semana, o irse de vacaciones, o cambiar el mundo. Practicaban un no saber como escucha que aloja. Se inventaban oídos inauditos. Llevaron el teatro a la facultad, hacían radio en secundarios, y circo en un loquero. Inventaron jornadas interminables de lectura en las aulas. Muestras fotográficas en pandemias. Les preguntaban a las personas cómo estaban. Se animaban a pensar cómo acompañar las situaciones alocadas y desencajadas del día a día. No intentaban adaptar, expulsar, eliminar, normalizar, ni enseñar. Cruces de todo tipo, la psicología se cruzaba con la filosofía, el arte con la política. Todo con todo. Una gran madeja de experiencias insólitas. Un común en acción y un pensamiento crítico creativo. "Pensando en las orillas" por Joaquín Allaria Mena / @anarchivofotografico Se cebaron tanto pero tanto, cada vez con más entusiasmo que se sobre pasaron. Las pasiones también son así. Se sobre excitaron de tal manera que durante un tiempo llegaron a olvidar el horror racional que estaba imperando. La burbuja explotó. El castillo de arena se derrumbó. Se podía intuir. Circulaba que estaban siendo nombradas como un grupo de personas flasheras, en demasía. Así ocurría la desestimación por esos tiempos. Algo que se decía mucho se instalaba como verdad. Fueron extirpados de los lugares más concurridos. ¿Ingenuidad, ética, tener palabra, capricho, insistencia, consideración, y hasta incluso compasión, podrán sumarse a la serie de no dañar? Pero no caducaron. Siempre hay un síntoma, una resistencia, una rareza, un desvío, una locura, una expresión imposible de callar y apagar. Así ocurrió que una vez, cerca del otoño del 2025, un conglomerado de rarezas fue abducida por un llamamiento durante 4 días seguidos. Que ya no se sabe si era un castillo en el bosque o en la playa, y que establecieron el récord de tertulia. Durante casi 100 horas sin parar estuvieron conversando, pensando, riendo, llorando, por momentos comiendo, pero principalmente sintiendo. Ese tesoro todavía se conserva y prolifera subterráneamente en las orillas del universo, y se prende de vez en cuando como las luciérnagas, cuando sintientes perciben la extinción de un mundo donde todo es iluminación racional y calculada. Richard Renaldi Castillo 2011 Impresión 125 x 150 cm
- Lo múltiple hay que hacerlo / Mel Mancuso
¿Cómo conectar con un equipo sin buscar la raíz sino siguiendo el canal? ¿Estando en las orillas? ¿Cómo discontinuar velocidades operativas, a veces arrasadoras, del trabajo en gestión? Esas mismas que en otras instituciones toman la forma de acelerar el tiempo necesario para parir/nacer ejerciendo violencias obstétricas e institucionales y tiñendo de enfermedad y cirugía una posible bienvenida bonaerense. ¿Cómo pensar el hacer clínico entramado a los modos de hacer gestión, de hacer lo comunitario, de hacer articulaciones, de hacer conversaciones en un hospital, de hacer lo múltiple? Quizás, hacer pausas clínicas y hacer encuentro con el equipo “¿tenés un ratito para que pensemos una situación?”. Orillar el estar ahí. Tal vez, sostener esas preguntas que queman para que lo que se tiñe de urgente pueda ser pensado en equipo y en ronda como lo importante y prioritario. Orillar con el equipo. Podría ser, enlazando conversaciones y articulaciones entre equipos o instituciones que se enuncian fragmentadas entre sí. Articular a la 1, a las 2… y “hasta las 2”, sin el desenlace de las 3 (Marcelo Percia, 2025) que frena la fermentación. Orillar en mapas burbujeantes. Guattari y Deleuze (1980) mencionan una posible figura de libro que imita al mundo como un libro-raíz, similar a la estructura de un árbol. Este libro calca el mundo, lo imita. “La lógica binaria es la realidad espiritual del árbol-raíz (...) necesita presuponer una fuerte unidad principal”. Desde esta figura y con una velocidad homogeneizante se enuncian generalidades. ¿Qué se dice de los equipos de trabajadoras de la salud desde esta figura? ¿Qué se dice de los hospitales desde esta figura? ¿Qué se dice de lo público desde esta figura? ¿Qué se dice de las mujeres, lesbianes, travestis, personas trans, migrantes, indígenas, negras, villeras, trabajadoras y trabajadores informales, trabajadoras y trabajadores estatales, personas en consumo, en calle, adolescencias, niñeces trans, jubilades, y y y, desde esta figura? Mel (2025) Fotografía. Verónica Scardamaglia Quizás convenga estar en las orillas de lo múltiple (op cit), hacer lo múltiple. “(...) no añadiendo constantemente una dimensión superior, sino, al contrario, de la forma más simple, a fuerza de sobriedad, al nivel de las dimensiones de que se dispone, siempre n-1. Sustraer lo único de la multiplicidad a constituir: escribir a n-1”. Hospital-1, equipo-1, consumos-1, medicina-1. Inaugurar así la variación de velocidades y las distintas líneas de un agenciamiento. Cuentan que trabajadores de la medicina hacen protocolos impulsados desde la angustia y desesperación ante situaciones de consumo durante la gestación/embarazo que implica tomar decisiones difíciles. Cuentan que las incubadoras, a veces, se llenan de bebés con metabolitos positivos. Cuentan que la residencia para madres, a veces, puede ser una bomba de tiempo. Cuentan lo importante del contacto piel a piel inmediato y la lactancia humana, aunque aún no se sepa si esa persona va a poder criar a ese bebé. Cuentan lo difícil que es decirle a personas que quieren sostener la función del maternaje / paternaje / mapaternaje que, por un tiempo, no van a poder criar en sus casas. Marcelo Percia recomienda diferenciar punición o castigo de decisión y responsabilidad. “Las instituciones vibran en el conflicto y, cuando una trabajadora asume el rol, percibe esa vibración en su propio cuerpo. La única forma de afrontar esas situaciones es en equipo, junto con otras trabajadoras” (Florencia Montes Paez, 2024) Piensan en equipo, con otros servicios, cómo decirles que por un tiempo no van a poder criar. Piensan desde las orillas cómo hacer para acompañar “vidas que se piensan perdidas para siempre”, “para muertes que no dejan huella”, para “vidas en un estado de suspensión entre la vida y la muerte” (Judith Butler, 2006). Tal vez sostener como brújula ofrecer un reconocimiento, “invocar un devenir”, exigir el derecho al futuro (Axel Kicillof, 2023), el derecho a imaginar que las composiciones del mundo pueden ser de otra manera (Marcelo Percia, 2025). Cuando las personas en consumos y en acompañamiento se van, y no vuelven, la tristeza recorre el cuerpo y el corazón se estruja. De entender lo arrasador y destructivo de las velocidades neoliberales y de cómo las velocidades de determinadas sustancias psicoactivas se sostienen como estrategias de anulación de algunas existencias abyectas (Judith Butler, 1993). “Reflexionar sobre la dimensión política de los acompañamientos (...) se trata de un movimiento de apertura, de total diversidad e interdependencia que nos permita habitar el problema en común de crear otras formas de existencia para todes” (Florencia Montes Paez, 2024) CITAS Axel Kicillof (2023). Frase de campaña política de re-elección de Gobernador en la Provincia de Buenos Aires y metodología de gestión y trabajo en el estado bonaerense. Florencia Montes Paez (2024) Acompañar es político: ensayo transfeminista sobre la situación de calle. Ed. Abduciendo Ediciones. No tan distintes. Guattari y Deleuze (1980) “Introducción: rizoma” en Mil Mesetas: capitalismo y esquizofrenia. Judith Butler (1990) Cuerpos que importan Judith Butler (2006) Vida Precaria: el poder del duelo y la violencia. Marcelo Percia (2025) Darse al pensar en Revista Adynata https://www.revistaadynata.com/post/darse-al-pensar---marcelo-percia Massimo Vitali Lençois Laguna do Peixe Splash 2012 Impresión Digital 181.6 × 242.6 cm
- Notas sobre las orillas / Tomás Pal
La casa Zito Lema yace escondida detrás de una empalizada de acacias, azareros y siempre verdes. A primera vista parece un castillo cuyo estilo desentona con el resto de las construcciones vecinas, pero en cuanto me acerco me doy cuenta de que se asemeja más a un granero holandés atiborrado de quebracho y el espacio adquiere otro sentido. Quizás el sello de un amor intercontinental. Regine, quien fuera su mujer, relata que en el plano original la casa tenía dos pisos en vez de tres, pero Vicente estaba empecinado en avistar el mar desde alguna habitación, así que le agregó otra planta en el ala sureste. La anécdota me devuelve la imagen de un hombre deseante y obstinado a quien hubiese querido conocer. "Pensando en las orillas" por Joaquín Allaria Mena / @anarchivofotografico Son las doce en punto del mediodía. El cielo permanece inmóvil. A pesar de haber varios autos estacionados en la entrada, la casa está deshabitada. “Están todos en el mar”, exclama Regine. La inmensidad del mar, claro. Pienso si Percia será capaz de disputarle a semejante bestia su magnetismo y su esplendor. Eso es asunto suyo. Debo reconocer que me preocupa quedar atrapado en un remolino de llantos grupalistas. Son espacios que nunca habité. Y los guetos del dolor me producen un hastío insoportable. Hasta ahora me comporto más como un vecino pirómano de Marcelo que como un colega de mis compañeros. Mi desafío íntimo es mi temor a engentarme. La orilla simboliza el inicio y el fin del naufragio. Ya veré cómo salir de esta emoción atópica. Los días venideros trabajamos desde la salida del sol hasta la medianoche. En los intervalos y los descansos camino a casa a paso ligero para medicar a mi gata de diecisiete años y mimarla lo más que puedo. Hace dos semanas sufrió una descompensación cardíaca y todo indica que se acerca el final, aunque todavía no entienda bien de qué. Cada comida es un banquete casero preparado con esmero y alegría por un comando de compañeras. Un gesto que no pasa desapercibido. Y si bien el tiempo se entremezcla como en un sueño, cada momento tiene una densidad particular. Todo gira alrededor del grupo y nada alrededor de Percia, quien se pasea con un semblante ligero entre el tumulto, con su gorra negra dada vuelta que llama la atención. El Seminario que imparte Percia es un mantra amable que se extiende por horas sin que él muestre signos del menor esfuerzo. ¿Cuántos nombres propios caben en una sola voz? “Te robo la palabra”, me dijo ayer un paciente. “No te preocupes, que no era mía”. La inmensidad de Marcelo descansa en gestos sutiles, mientras se jacta con orgullo, como cualquier occidental recuperado, de no haber vuelto a usar verbos copulativos desde hace más de una década. Su desdén hacia el isomorfismo retórico y el carácter sentencioso de la escritura aforística me fuerza a ocultar mi pasión por Elías Canetti. Al menos por ahora. Ahora mismo me interesa más registrar que intervenir. Me anoto en la escena tomando nota. “Dicho en voz alta, todo se vuelve excesivo enseguida”, dice Percia. Del método, lo que pesco al cabo de unas horas, es la intención de derruir la ficción universal de la sinonimia. El matiz específico de cada palabra —miembro de una familia de palabras— es condición de posibilidad para el pensamiento y la acción. ¿En qué estará pensando la persona que se sienta a mi lado, cuando subraya un párrafo que yo pasé completamente por alto? Se enaltece la vacilación como celebración del pensamiento. Trastabillar mientras caminamos una geografía bidimensional que nadie conoce muy bien. Hablamos sobre Pirandello, sobre Paul Valery y sobre Heidegger. Los textos al servicio de los problemas que se nos presentan. Pienso en Howard Becker. "Pensando en las orillas" por Joaquín Allaria Mena / @anarchivofotografico Mientras conversamos casualmente en la simpática feria editorial que montamos sobre la entrada de la casa, Marcelo cuenta que, en su opinión, el Pichón de las entrevistas del libro de Zito Lema es un invento de Vicente. Es más: una vez se lo dijo y Vicente lo mandó al demonio. Y yo no dejo de pensar cuántos de nuestros ídolos sean inventos de amigos. Los escritos de mis colegas son dispares. Algunos me gustan más que otros, y otros no me gustan casi nada, pero eso no reviste ninguna importancia. ¿Qué sentido tiene juzgar al resto con la varilla de mis propias obsesiones? El segundo día me aguanto el llanto durante la proyección de un cortometraje que produjo una compañera sobre un grupo de mujeres que fueron víctimas de violencia obstétrica en un hospital público. Al fin soy uno más. Igual de miserable. Igual de dichoso. Franco, mi amigo y huésped estos días, me vocifera al oído una frase de Merleau-Ponty: que el cuerpo es el último punto de vista, del cual no hay punto de vista posible. Hay momentos precisos que prefiero guardarme para mí, en los que debo reprimir algunas coincidencias para mantener la compostura. Con el tiempo a cuestas, el último día nos toca leer a la mayoría de los hombres. Alguien dirá que se trató de un gesto de caballerosidad hacia las mujeres, al estilo de un “Por favor, pase usted primero”, pero la realidad es que somos unos cobardes. Leímos el último trabajo al filo del anochecer. Contra todo pronóstico, logramos nuestro cometido y lo celebramos saliendo a cenar al mítico Náutico de Villa Gesell. Casi no fuimos al mar. No nos hizo falta. Vivimos nuestra propia inmensidad alrededor de la chimenea de una casa forjada con las manos de amigos y conocidos. Como dijo Keats: un momento bello es una alegría eterna. Ana Paula dos Santos Sin título (Deconstruyendo un lugar en el sol), 2018 Impresión Giclée en papel Hahnemühle Photo Rag de 305 g 35 × 50 centímetros
- Orillas de lo irreductible / Costanza Banús
"Quizás un día se declare el derecho a la irreductibilidad. Una convicción en común que afirme que la vida no puede reducirse a un compendio de explicaciones. Que ninguna existencia puede quedar ceñida a diagnósticos, clasificaciones, desciframientos, ejecutados por un poder. Una convicción, tejida entre proximidades, que acentúe que las potencias de lo vivo residen en la indeterminación y en la inconmensurabilidad. Una convicción, hilada entre cercanías, que impida que se condenen sensibilidades a tener que cargar con identidades que estrechan el porvenir.” Marcelo Percia “Los enfermos mentales son como picaflores. Nunca se posan. Están a dos metros del suelo". Arthur Bispo do Rosário 1 Los colibríes −también conocidos como picaflores, chuparrosas, tucusitos, pájaros mosca, ermitaños o quindes− nunca se posan, llegan con cicatrices, heridas aún frescas, dolores ardiendo. Aprendieron un diccionario que los describe: adicto, recaí, consumí, consumo, endiablada, pasta base, pastillas, alcohol, porro, crack, nevados, transas, detenidos, presa, unidad penitenciaria, patronato de liberados, servicio local, policía, buchón, cachivache, buche, loca, tóxica, chismosa, malamadre, tengoquehacerterapia. Han ido de manera veloz, curiosa, imponente, de veneno en veneno. Los venenos no empiezan con el llamado “consumo problemático”, vienen con familias, de familias signadas por abusos violaciones, golpes, carencias y laberintos, donde se han chocado contra los vidrios de las relaciones y las instituciones, chocan contra las ventanas de las escuelas, de los hospitales, de las casas, de la justicia, de las familias, de los trabajos. Cargan abandonos, golpes, violencias, abusos, pobrezas, excesos, aturdimientos, vociferaciones desesperantes, ternuras agrietadas por supervivencias -a, ante, contra, de, desde, para, por, según, sin, sobre, tras- las vidas que no requieren inclusión, que ya están incluidas en la sociedad (la de consumo también). ¿Cómo tratamos esas vidas? Colibríes no saben cómo llegaron “hasta acá”. Y el sabor amargo de las sustancias arde en las lenguas de lo que no sabe a felicidad. La dulzura del olvido que les presta el aturdimiento se monta como un escenario donde se prenden fuego los teatros. Y ya no se sabe quién escribe esa obra que se incendia. Los espacios de escucha se entrecruzan y pasan por teléfonos, recepciones administrativas, pedidos de internaciones urgentes, familiares desesperados, el juez lo manda, la policía pide informe, la jueza le dijo. ¿La libertad siempre es condicional? Reuniones de equipo que reformulan marcos de atención para “alojar la demanda” entre espacios, muchas veces, “sin disponibilidad”. Las puertas se abren a un amplio espectro diagnóstico, vidas no caben en un diagnóstico , las puertas de los centros de atención y las buenas intenciones no alcanzan cuando los turnos no alcanzan, cuando no alcanza para la medicación, cuando no alcanzan los horarios de psiquiatría, ni las articulaciones, la familia no sabe cómo, o ya no quiere nunca, o llegamos tarde a vidas tomadas por “las voces” que las insultan y las maltratan, como las insulta y las maltrata la mirada de una sociedad que las pretende blancas, puras, castas, de espuma de nácar, como los versos de Alfonsina Storni. Dejar de consumir drogas sin dejar de consumir dolor. El Estado llega tarde: cuenta una colibrí que le sacaron los hijos, que se apuñaló con un vidrio toda la panza y casi se desangra, que son tres pero son seis, porque algunos se los dio a la familia del hombre con el que se prostituía, en esa casa, dice, la del chabón. La familia cría los hijos que él tiene con otras, pero ellos saben, y los crían bien. Dice que ella ahora quiere dejar de drogarse y recuperar a los hijos, que los tiene una familiar, que quiere ser buena y estar bien para sus hijos dice. Llora, dice que no llora nunca, que ahora llora y no sabe qué le pasa. Después de 15 años sin parar de fumar paco y tomar alcohol, hace un mes que no se droga, dice, que a la madre le gusta que ya no esté endiablada . Nunca volvió. Un colibrí llega con cortes en el antebrazo. Su hijita de meses murió mientras él estaba detenido. Quería que a sus hijos no les falte nada, terminó preso. Su mujer y su suegra dieron los chicos al Servicio Local. Dice que para recuperarlos no se droga más y quiere “hacer las cosas bien”. Se cortó, se cortó tan profundo como pudo los antebrazos. La primera vez detenido, la última afuera, en el cementerio, junto a la tumba de su pequeña. Los otros chicos (sus otros hijos) están en un hogar, y el Estado les exige una casa, un lugar en condiciones, pero no hay condiciones para alquilar ni casas para habitar. Los lazos familiares y laborales se fueron oxidando y carcomiendo día tras día, estallido tras estallido. Un tratamiento para que pueda , pide. Muchos de ellos, ellas y elles no tienen dientes, ni lugar, ni dinero para solucionar ese otro problema, uno más, pero sí traen risas y llantos. Los colibríes se pierden a veces entre las espinas que crecen hacia adentro. Espinas que algunos llaman depresión y son maltratos, violencias, agobios, andares, donde la culpa va espinando “acá adentro” dicen, como aguijones desesperados. Una existencia llega y cuenta que después de 8 años presa “la mandaron a terapia”. Su (ex)pareja mató a golpes a su hijito menor, ella salió a buscar ayuda, la procesaron por culpable y por partícipe necesaria, culpable del golpeador que nadie culpó antes. Después de años detenida y otros tantos de libertad, algunos meses de “terapia” y otra hijita que termina el primario, viajó kilómetros para verle la cara a esos otros hijos que el Estado dio en adopción. Atrás de un discurso que demoniza las redes sociales, ella los buscó, los encontró ahí y, luego de algún tiempo de hablar “por chat”, los fue a ver. Yo no supe qué decir, ella sí. Algunos picaflores dicen: que en la operación le robaron todos los órganos, que cuando era chico sus hermanitas se murieron en un incendio y a él lo salvaron, que tiene 40 años y no sabe leer ni escribir, otro que estudia 8 ó 9 carreras, uno que sólo toma dos cervecitas a la mañana y dos al mediodía y dos a la noche, otro que dejó de tomar cuando pasó toda una noche viendo hombres con motos dentro de su casa, uno que dicen que abusó de una chica en el colectivo, pero no sabe qué le pasó porque estaba re loco por la droga, una que cuando fue a vivir con el padre y tomaban juntos cocaína se acostó con él pero no sabe si eso pasó o no, otros, otres, otras dicen que la madre lo trajo, que la madre la trae, que la madre le cuida los chicos, que la madre los está criando, que la madre no se le despega ni a sol ni a sombra, que como no puede salir sin drogarse se puso en un sitio de servicios de contenidos que van de lo erótico a lo pornográfico a cambio de dinero, otra que vive en la calle, otro que se escapó de la internación, que le robó a la familia, una que la hija la insulta, que la sacó de la casa, que no quiere que vuelva, que no puede más, que la madre que los parió no da más. "Pensando en las orillas" por Joaquín Allaria Mena / @anarchivofotografico Picaflor pica sesos pica piedra. ¿La vida pica y envenena o venenos recorren vidas que no se resisten? Colibríes se acercan llorando a mares los naufragios, o secos de todo lo no llorado por los siglos de los siglos, lógicas de aquello que no logra anclar ni andar a la deriva. Arthur Bispo do Rosário decía: "cuando dejo de trabajar me vuelvo transparente, pero normalmente estoy lleno de colores". Vidas no caben en una fórmula, ni en una institución. Nosotres también somos “El Estado” . En el Centro Comunitario pusimos algunos recipientes llamados talleres, terapias, espacios de escuchas que, entre polen, pétalos e insectos, se brinden como un antídoto posible y provisorio ante lo inconmensurable, como una posibilidad entre un estar transparentes y llenos de colores. 1 Brasileño, descendiente de esclavos africanos; natural de Japaratuba-Sergipe, fue carabinero de la Marina y pugilista, en 1938 después de peregrinar por varias iglesias del entonces Distrito Federal, terminó subiendo al Monasterio de Sao Bento, donde anunció que era un enviado de Dios, encargado de juzgar a los vivos y a los muertos. Dos días después detenido y fichado por la policía como negro, indocumentado e indigente, fue conducido al Hospicio Pedro II de Praia Vermelha, primera institución oficial de ese tipo en el país, destinada a albergar sujetos clasificados como anormales o indeseables. Un mes después de su internación, fue transferido con el diagnóstico de Esquizofrenia Paranoide, a la Colonia Juliano Moreira, en el suburbio de Jacarepaguá, donde permaneció por más de 50 años. ( https://www.youtube.com/watch?v=8MzFTaOvsCQ ) Nota: Re escritura de Derecho a la irreductibilidad, texto presentado y leído en el retiro Pensando en las orillas de marzo 2025. Matthieu Venot Casa de Playa Amarilla, 2018 Impresión pigmentada de archivo 37 x 30 cm
- Se entra en la palabra archipiélago buscando islas* / Agustina Falco
Hay que decir que a veces lo que se extraña duele en el cuerpo. Se siente como una presión en el centro mismo del tórax, no en el corazón exactamente, sino en una zona más difusa, como cuando algo funciona mal en esos órganos que, por estar en contacto con tejidos de revestimiento, irradian dolor hacia todos lados. De a ratos ese dolor se presenta como una dificultad para respirar, como cuando alguna costilla se fisura o se quiebra. Una vez, a eso de los dieciséis años, supo de la sensación de la llegada del aire con dificultad producto de una (o quizá fueron dos) costillas fisuradas. Se habían fisurado por un abrazo demasiado fuerte. Esa falta de aire en nada se comparaba a la falta de aire por un deficiente funcionamiento de los alvéolos. Era una novedad. El aire entraba sin dificultad, no había un cepo en la garganta, el problema eran los músculos y los huesos que tenían que ocuparse de expandir el cuerpo para recibirlo. Las costillas fisuradas no tienen mucho arreglo más que andar por la vida, por varios días, con una faja que las mantenga más o menos en su lugar. Y tiene sentido: agregarle más endurecimiento a lo ya endurecido, y que comience a funcionar a su mínimo para evitar el dolor que produce la expansión de esa zona que otrora era lo habitual. Nunca va a poder saberse cuánto aire se pierde en ese tipo de funcionamiento. Hay un capítulo de Seinfeld en el cual Elaine se enamora de una voz en el teléfono. Quizá no convenga decir “se enamora de una voz”, se enamora de un mundo plagado de imágenes que se sostienen por una sonoridad por demás de particular: la voz. Lo mismo pasa, muchas veces, con la escritura. Ese capítulo termina con lo obvio: cuando por fin se encuentra con la persona que emite esa voz todo el encantamiento se acaba. Agus (2025) Fotografía. Verónica Scardamaglia Una obviedad: no hay, y nunca va a haber, una tabla de daciones amorosas. Una sospecha: de lo que nada se espera, todo se espera. Una inquietud: ¿en qué lenguaje se nombra el desencanto? Recuerda, casi todos los días, que tiene un mensaje de audio que nunca más pudo volver a escuchar. Lo escuchó, una vez, la primera vez, en el momento en que llegó: fue una escucha entre la desolación y la bronca, entre la tristeza y la vergüenza. La voz también portaba algo de esos afectos pero se oía entera, endurecida. O al menos así retiene la sensación la memoria. Pasó un mes de eso, pasó un mes así. Un mes le pasó de la voz pero no de las imágenes. Las fotos no portan esa potencia de lo finito y lo eterno. Luego, otra vez lo evidente: la voz, ese juego tan particular del aire, es lo primero que se borra de la memoria. Si lo sabrá… Hace años atrás lo supo. Fue después de una muerte, en ese movimiento de querer hacer durar lo imposible. Revisó el teléfono en búsqueda de unos segundos de voz. Nada. El celular, que poco entiende de sabidurías, conserva una conversación que arranca con una muerte. Un día, hace cinco años atrás, con un número que ya no remite a la misma persona. No se imagina manera más justa de saber una vida. ¿cómo se llega a que lo humano sienta como existencia sin más? Recuerdo la primera vez que se me murió una planta querida. La formulación “se me murió” es errada pero necesaria: ya se sabe que las vidas no se le mueren a una, se mueren simplemente; el posesivo que habilita nuestra lengua quiere decir acá un lazo afectivo o emocional. Recuerdo las tres o cuatro opciones que me habían ofrecido para salvarla. Ninguna funcionó. El problema son siempre las raíces frente a la muerte: algo que no está al alcance de los sentidos más que por los efectos que de ellas derivan: hojas, ramas, flores, brotes. Otra manera de decir lo mismo sería así: es posible que algo esté muerto aunque todavía no se sepa. Hablar de plantas desquicia los sustantivos. Quizá por eso la naturaleza fue (casi) siempre la principal metáfora de la literatura. Se podría estar hablando de humanos, de pueblos, de patrias. Lleva un tiempo aprender que la muerte duele por muerte nomás. *Florencia Lobo (2018). “Archipiélago” en El lento deambular de las tormentas. Antonio Berni Juanito pescando, de la serie Juanito Laguna 1956 (primera imagen conocida de Juanito Laguna fue creada en) Serigrafía 518/800 35.5 x 44.5 cm
- ‘Papá, así te veo yo’ / Joaquín Allaria Mena
“Lo propio del archivo es su hueco, su ser horadado”. Didi-Huberman (2007) La noche del domingo 16 de marzo presenté en el encuentro clínico Pensar en las orillas mi proyecto de largometraje documental acerca de mi padre y el duelo por su muerte. Clínico, como sabemos, no se escribe sin hacer serie con estético, político. Ético. Éramos veintidós personas reunidas a veintidós años de aquél marzo en que, para mí y muchxs otrxs, cambió todo para siempre. Veintidós es también el número en que terminaba su matrícula de médico, es decir que en los veintidós sin el veintidós -como se autodenominaba jocosamente a veces- fuimos también veintidós. Coincidencias del tiempo, locuras de la historia. Picardías (2025) Fotografía. Verónica Scardamaglia En los últimos años, pude entender que en ese número se cifraba además de un chiste o un significado en la tabla de los sueños , como se conoce en nuestras orillas rioplatenses a la cábala de apuestas numéricas para la quiniela, la descripción de un hombre loco de pasión por su profesión, de entrega hacia sus pacientes, de amor por su familia. En la investigación que estoy llevando adelante descubro que mi papá fue ese loco y también el enloquecido por un trabajo pesado, un ámbito laboral despiadado, una infancia imposible. A partir de distintos materiales de archivo (fotos, audios, filmaciones, objetos personales y de uso laboral) revisitados más de veinte años después, busco construir una narración en la que se cruzan como líneas argumentales el devenir de su carrera especialista en cirugía cardiovascular pediátrica, su propia infancia, historias con pacientes de todo el país, el hospital público, el desfinanciamiento estatal de la salud, el dolor de vivir, compartir un campo profesional y heredar el oficio de trabajar al cuidado de la vida. “Papá: así te veo yo” es la frase que escribió mi maestra de Sala de 4 en el interior de una tarjeta azul que hicimos para el Día del Padre y que él guardaba entre sus efectos personales . Debajo, una flecha conduce a un dibujo mío con marcadores, medio garabato, en que lo represento con piernas y brazos verdes, cabeza naranja y nariz violeta. Seguido, intenté escribir mi nombre en letras sueltas y desordenadas. Al costado, dice ¡Feliz día! y la fecha: 19 de junio de 1994. Joaco (2025) Fotografía. Verónica Scardamaglia Por eso de nuevo Papá, así te veo yo : porque intento retratarlo en este presente, ahora que sé escribir mi nombre y también mis apellidos, el paterno y el materno: mis marcadores, mi legado entero convertido en herencia -como señaló cariñosamente Franco Ingrassia. No es un título definitivo. Es uno que me sirve para seguir avanzando, un working title . Otros posibles van desde “Ese hombre que fue mi padre” hasta “Cuando tus manos daban vida”. Acá está el primer y humilde boceto de trailer, también en progreso, que elaboré para una clínica audiovisual de verano que hice de la mano de Fermín Eloy Acosta y Agustina Pérez Rial, dos realizadorxs de alto vuelo que coordinan una propuesta llamada “Cuerpo de archivos”. El cuerpo, los cuerpos, siempre los cuerpos. Ese espacio, junto al siguiente taller “Montar la memoria del futuro” que urdí con el cineasta Manuel Embalse, junto al inicio de este camino de escritura al cuidado de Julián López y no sin el acompañamiento grupal de compañerxs lúcidxs y sensibles de esta ciudad y desperdigadxs por todo el mundo, son el obrador de este proyecto. 'Papá, así te veo yo' (1er boceto de trailer, febrero 2025) “ Desde su inauguración y hasta que murió, acá hizo su carrera como cirujano cardiovascular infantil mi papá, donde llegó a operar del corazón a más de tres mil niños. Es, también, el hospital donde estuve internado muy grave cuando nací, donde en mi infancia y el principio de mi adolescencia me traían a consultas, donde lo acompañaba a trabajar y hasta donde me quedaba a dormir cuando él hacía guardia. Fue tanto el dolor que nos produjo su muerte, que demasiado rápidamente nos sacamos de encima la mayoría de sus cosas. Todavía hoy mi hermano, que en ese entonces tenía dieciocho años y yo trece, me pide perdón por no haberme permitido elegir qué pertenencias suyas quedarnos. Así, durante más de veinte años creí que me faltaban muchas cosas de él. Que no las tenía. Que las había perdido para siempre. Pero en realidad no me había puesto a buscar. No había podido mirar a los ojos su archivo.” Valeria Ortega Sin título 2020 Oleo sobre papel 12 × 9 cm
- Fernand Deligny: presencias cercanas y cartografías que alumbran lo común/ Ana Laura García
Fernand Deligny fue un educador, cineasta, poeta y etólogo francés (1913-1996). Trabajó primero como voluntario y luego como educador en un Asilo (Hospital Psiquiátrico); en Paris, fue maestro de chicos con diferentes discapacidades o retrasos (1938). En 1947 organizó la Grande Cordée (una red de acogida de chicos “delincuentes” y psicóticos) junto a miembros del partido comunista francés, la cual funcionó por 15 años. Hacia finales de los años 60, luego de una estancia en la clínica La Borde, Deligny y un grupo de compañeros llevaron a cabo una tentativa de vida con chicos autistas profundos (no verbales), que viven en la “vacancia del lenguaje”. Allí convivieron en diferentes redes de acogida en el ambiente natural de las Cevenas, de forma muy sencilla: trazaron líneas de errancia y mapas, filmaron películas, amasaron el pan, Deligny escribía…trataban de auto sustentarse. Recibieron derivaciones de casos complejos que buscaban una alternativa a la internación psiquiátrica. Desde esa cotidianeidad, el autor pensaba de una manera particular el lugar de los adultos de la red, adultos que eran figuras de cuidado que no tenían una formación profesional específica. Las llamarán “presencias próximas o cercanas”. Propongo pensar la posición de las “presencias cercanas” y abordar la práctica que las mismas llevan a cabo en ese espacio compartido en el que procuran vivir junto a chicos/as catalogados de "ineducables", "incurables" e "invivibles". "Pensando en las orillas" por Joaquín Allaria Mena / @anarchivofotografico Las presencias Desde sus primeras experiencias, Deligny nos anima a pensar nuestro lugar en términos de presencias. Así aparece en Semilla de Crápula (1945) y de un modo similar en Los Vagabundos eficaces y otros relatos (1947), donde plantea la figura del educador de “presencia ligera”. No vamos a detenernos en estas elaboraciones previas ya que nos interesa concentrarnos en un momento posterior, cuando elabora la idea de “presencias cercanas” en las redes de acogida con chicos autistas. La tentativa de las Cevenas radicaliza en muchos aspectos los planteos de Deligny, lo cual lo lleva a reelaborar algunas ideas previas, a buscar herramientas y a inventar nuevas prácticas. Imaginemos ¿qué puede significar para un chico autista la palabra de un adulto?, ¿desde dónde podemos hacernos presentes cuando el lenguaje está en falta?, ¿cómo hacer lugar a algo en común cuando lo simbólico está en retirada? Son conmociones muy profundas las que fueron enfrentando, un choque contra todas las inercias a las que estamos habituados los educadores, terapeutas, quienes trabajamos con la palabra como una herramienta fundamental para el lazo con el otro. Cuando el lenguaje simbólico está en falta, cuando el “monigote” o la representación de la figura humana no aparece en el dibujo del niño, cuando el otro no nos devuelve una mirada en la cual podemos reconocernos, cuando no hay un sujeto que pueda nombrarse como tal, ¿dónde nos ubicamos? Si la distancia con esos chicos es demasiado grande, ¿tenemos que abandonar la posibilidad de que exista algo en común? Esa distancia ¿justifica la inacción o bien la domesticación o eliminación de esas sensibilidades que no se nos parecen? "Pensando en las orillas" por Joaquín Allaria Mena / @anarchivofotografico Deligny habla de “vacancia del lenguaje”, “ vacance” tiene más de una acepción en el francés y ese juego nos sirve: como lugar vacante (un lugar o puesto disponible, el sujeto del Lenguaje faltó a la cita), como vacación (el lenguaje en ellos está ocioso, se tomó un descanso) y como vacío (de poder, de lenguaje). Estas acepciones iluminan la idea de que el lenguaje está en falta, pero no en el sentido de un vacío a colmar, a corregir o a interpretar. Simplemente esa sujeción al lenguaje no está. Hay una brecha que abre para Deligny la posibilidad de observar el lenguaje con distancia (Deligny, 2017b), como algo no necesariamente asimilable a nuestra naturaleza (de especie). Isaac Joseph, quien fue durante varios años su editor, dice al respecto…tomando algunas expresiones de Deligny: He aquí en lo que Janmari es eficaz: el hecho de vivir con él permite ver venir de lejos la palabra, como se ve venir de lejos la justicia cuando se vive con los delincuentes. "Pertenezco al lenguaje" dice Deligny, y es un mundo. [A Janmari] Le debo todo. Es mi maestro. Por vivir cerca de esos niños, que le escapan, lo veo venir de lejos." Que el lenguaje sea nuestro mundo puede enceguecernos en algunos de sus efectos que no son ni efectos de verdad ni efectos de realidad sino efectos de maestría, De ahí la necesidad de tomar sus distancias para percibir la posición de ese lenguaje. (Isaac Joseph, en Deligny, 2017a: 850; traducción nuestra) Si el lenguaje es lo que nos hace ser humanos…cuando el lenguaje está en falta ¿en qué podemos confiar? Poco a poco irán observando que, en ese espacio inhabitado por lo simbólico, no hay puras ausencias; existen otras maneras de ser, hay sonidos, crecen gestos, proliferan líneas de errancia, brotan balanceos, trazos asignificantes. De esta manera se inicia una práctica que desde nuestro punto de vista consiste en dejarse afectar por esos modos de ser que en principio podríamos decir que son impropios. Es un cambio de orientación radical: vivir cerca de chicos muticos les permite mirar de lejos el lenguaje, desasimilarlo de lo que somos, y denunciar su complicidad con el poder. De ahí que Deligny se nombre como etólogo y poeta. La manera de ser de estos chicos afectará su relación con el lenguaje y su lugar como poeta en la red, el cual estará al servicio de la tarea constante de designificación del lenguaje. La tarea del poeta es “arrojar palabras duras que nadie más pronuncia”, palabras que no generan obediencia que no están dirigidas a nadie en particular. El cambio de perspectiva posibilita observar qué es lo que puede identificar o requerir de nuestra presencia un chico autista sin ningún presupuesto previo acerca de lo que necesita o es bueno para él o ella. Se trata de ver de cerca qué es lo que cuenta para esa singularidad…ahí donde todos los saberes previos, las interpretaciones e intenciones vienen a morir, ¿qué es lo que verdaderamente cuenta? En el ensayo titulado La tentativa ([1975] 2009), que forma parte del libro Permitir, trazar, ver, Deligny dice: En julio de 1967 se daba comienzo a esa iniciativa que persiste desde entonces: vivir en presencias “próximas” de un chico autista, mutista, sin demasiadas ideas preconcebidas, más que el proyecto de sacarlo de lo que los “saberes” al acecho elaboran, difunden, decretan y vulgarizan a propósito de esos chicos, “psicópatas graves, ineducables, irrecuperables”, por repetir los términos de los profesores-expertos, que han observado durante meses a ese chico, entre otros, La Salpetrière y otros lugares previstos a tal fin. (Deligny, 2009: 45) Desde esa afectación autista, Deligny y las presencias adultas se vuelcan a identificar referencias. Buscan percibir marcas en el espacio, movimientos errantes de los chicos, gestos reiterados, formas de actuar no conjugadas, al infinitivo. Reorientan sus intervenciones, el espacio es reorganizado como una red de presencias, los adultos se esfuerzan por devenir cosas entre otras cosas presentes en la vida cotidiana. Procura, como expresa Cardoso Pinto Miguel (2006), abandonar la forma Sujeto para devenir “algo”, piedra costumbrera, presencia o cosa y así poder ser identificado-referenciado por el niño, de acuerdo a su sistema de percepción. Las presencias cercanas trazan líneas, hacen cartografías, filman: la imagen sirve para vislumbrar lo que permanece innombrable, aquello que es refractario a nuestro entendimiento habitual. “ nosotros vivimos en el tiempo (proyecto) ELLOS viven en el espacio ven lo que no nos concierne” (Fernand Deligny, Manuscrito inédito y no fechado. En: AA.VV., 2013. Traducción nuestra) La práctica se lanza sobre el espacio (porque “ellos viven en el espacio”) y la imagen (porque “ven lo que no nos concierne”). Una forma de construir lazo y cercanía con lo que no vemos, con lo que no entendemos y escapa a nuestra percepción habitual. Allí juega un papel fundamental la práctica de producir imágenes a través del cine y de las cartografías. Mapa de Le Serret (junio de 1975). En: AA. VV. (2013). Cartes et lignes d´erre. Maps and wander lines. Traces du réseau de Fernand Deligny 1969-1979 . Paris: L´Arachnéen. Los mapas Los mapas pondrán atención en lo que los niños son capaces de hacer, más allá de sus síntomas: no hablan, pero se desplazan en el territorio, hacen movimientos, vagabundean. En ese reiterar ritual de los trayectos cotidianos, los niños autistas crean un territorio como “red de referencias y trazas, el cual se extiende entre unos y otros, pero no pertenece a nadie” (Isaac Joseph, En: Deligny, 2017a: 852; traducción nuestra). El “trazar” de los mapas se refiere a los diferentes gestos y trayectos que los niños de la red establecen en el territorio a partir de sus actuares cotidianos. Algunos de esos gestos o rituales luego serán transcriptos por los adultos de la red sobre papel o calco. Siguen el recorrido de un trayecto que el chico realiza en el espacio y que observan de manera reiterada, eso que observan lo trazan como línea sobre el mapa o plano que tiene la representación del espacio. Aparece, así, la práctica cartográfica del trazar las “líneas de errancia” en los mapas. Pero, ¿para qué trazar los mapas? ¿Por qué construir una cartografía a partir de los gestos, desplazamientos y trayectos cotidianos de los niños de la red? Se deben trazar los mapas para permitir que otros modos de vida afloren, para respetar esos gestos “para nada” de los niños y de los adultos, para ser capaces de ver eso que ninguna mirada alcanza a ver. Los mapas también permitieron registrar las presencias de los niños, sus desplazamientos, sus gestos, sus formas de vivir y percibir el espacio/ tiempo. El “actuar”, según Deligny, refiere a las formas de ser de esos chicos que viven fuera del lenguaje simbólico. Sus formas de ser no son tratadas ni como manifestaciones de algo más (oculto o inconsciente) ni como síntomas. Deligny llama “actuares de iniciativa” a esas conductas en las que el niño emprende una marcha, explora un movimiento con el cuerpo, con un objeto. El “balancear”, tan característico del niño autista, pertenece al actuar del niño, así como el “errar”, el “vagar” o el “azarear”. Son gestos de ser, es decir, acciones reiteradas que están presentes cotidianamente en la vida de esos chicos. El “actuar” deligniano es intransitivo e inintencional (Alvarez de Toledo, 2013: 9): carece tanto de objeto (o complemento) como de sujeto. Si no hay sujeto, tampoco hay proyecto o meta a ser realizada. Está desprovisto de todo “para” y cualquier exceso de “para” puede destruirlo, sostiene Deligny (2015a: 28 y 58). Lo verdaderamente importante reside en la acción misma que se está efectuando. Son actuares que se bastan a sí mismos, ya que no están supeditados a ninguna finalidad ni proyecto exterior a ellos. En tal caso, podría pensarse que esos actuares se toman a sí mismos como finalidad: tramar por tramar, errar por errar y así continuando. Existen siempre inacabados, en perpetuo retorno y haciéndose a sí mismos. Se trata de un obrar incesante que lanza una temporalidad diferente a la cronológica, en la cual vivimos inmersos como Sujetos enlazados al lenguaje. En tanto estamos sujetos al lenguaje, Deligny piensa que nuestro “ser conscientes de ser” no escapa a la vivencia del tiempo como pasado-presente-futuro. Nuestra consciencia nos hace advertir el paso del tiempo y, de este modo, los actos se vuelven útiles (“hacer para”), calculados y pensados en función de un proyecto o una meta que nos da razón de ser. Por el contrario, el tiempo del actuar es continuo e infinito, un tiempo suspendido y sin duración. Se trata de actuares perpetuamente en obra, sin un principio ni un fin determinado. Tanto en las líneas de errancia como en las redes es imposible distinguir dónde comienzan o hacia dónde se dirigen. No hay donde llegar ni adonde volver, porque el actuar no se rige por esos lugares preasignados, sino que sigue otras referencias. El actuar construye sus propias referencias intensivas. Se sorprenden al descubrir que las líneas de diferentes niños en diversas épocas llegan hasta un mismo punto del mapa y se concentran allí, atraídas por algo: el fuego, las piedras o un curso de agua que pudo haberse extinguido, pero que el niño percibe como si estuviera. El niño siente la huella, una “memoria de especie" lo conduce hasta ahí en sus desvíos. Puntos comunes aparecen al superponer los mapas: encastres o nudos intensivos de líneas, alumbran visiones de “lo común”. Tinta china sobre papel calco. Las líneas de errancia de Philippe y Anne y los gestos de amasar el pan. Monoblet, 1976. En: AA. VV. (2013). Cartes et lignes d´erre. Maps and wander lines. Traces du réseau de Fernand Deligny 1969-1979 . Paris: L´Arachnéen. Esos mapas interesan por la visión de “eso que no nos mira” o de “eso que no nos concierne” y que escapa a cualquier significación. Más que una observación, es una tentativa para “ver” lo que escapa a nuestra mirada de sujetos hablantes, para comenzar a percibir eso que no es lenguaje en nosotros y que puede ser lo común, pero que a primera vista no nos incumbe. Existe un “resto” que un chico autista pone en evidencia con su presencia y que ninguna mirada llegará a ver nunca de forma acabada. Estas visiones (¿qué nos exceden?) son los hallazgos de una tentativa de vida que busca obstinadamente recrear lo común, sin cerrarlo ni identificarlo con la imagen previa que tenemos del “Hombre-que-somos” (Deligny, 2015a). Bibliografía: Alvarez de Toledo, S. (2013). “Introduction et Glossaire”. En: AA. VV. (2013). Cartes et lignes d´erre. Maps and wander lines. Traces du réseau de Fernand Deligny 1969-1979 . Paris: L´Arachnéen. Cardoso Pinto Miguel, Marlon (2016). Á la marge et hors- champ. L´humain dans la pensée de Fernand Deligny. Tesis de doctorado en Artes Plásticas y Filosofía. Université Paris 8 y Universidade Federal do Rio de Janeiro. Deligny, F. (2017b). Lettres a un travailleur social . Paris: L’Arachnéen. ________([2008] 2015a). Lo arácnido y otros textos . Buenos Aires: Cactus. ________ (2015b). Los Vagabundos eficaces. Barcelona: UOC. ________ ([2007] 2017a). Oeuvres . Paris: L’Arachnéen. ________ (2009). Permitir, trazar, ver . Barcelona: Museu d’Art Contemporani. ________ ([1945] 2017c). Semilla de crápula. Consejos para los educadores que quieran cultivarla . Buenos Aires: Cactus-Tinta Limón. Fotograma del documental "Ce gamin, là" - Renaud Victor & Fernand Deligny - 1976
Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.











