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  • Nos estamos muriendo de hambre / Ruwaida Amer*

    Escrito el 24/07/2025 desde Khan Jounis (campo de refugiados en el sur de Gaza) Tengo tanta hambre. Nunca había dicho esas palabras con el significado que les doy ahora. Contienen una especie de humillación que no puedo describir del todo. A cada momento me encuentro deseando que esto fuera sólo una pesadilla. Poder despertarme, para que todo esto acabe. Desde mayo pasado, después de que fui forzada a huir de mi casa y buscar refugio con familiares en el campo de refugiados de Khan Younis, he oído esas mismas palabras en boca de innumerables personas a mi alrededor. Aquí, el hambre se siente como un ataque a nuestra dignidad, una cruel contradicción en un mundo que se enorgullece de su progreso y su innovación. Cada mañana, nos despertamos pensando en una sola cosa: cómo encontrar algo para comer. Mis pensamientos se dirigen inmediatamente a nuestra madre enferma, que fue operada de la columna vertebral hace dos semanas y ahora necesita alimentarse para poder recuperarse. No tenemos nada que ofrecerle. Luego están mi sobrina Rital, de 6 años, y mi sobrino Adam, de 4, que piden pan todo el tiempo. Los adultos intentamos soportar nuestra propia hambre para guardar las migajas que conseguimos para los niños y los ancianos. Desde que Israel impuso un bloqueo total sobre Gaza a principios de marzo (que solo se suavizó ligeramente a finales de mayo), no hemos probado carne, huevos ni pescado. De hecho, hemos prescindido de casi el 80% de los alimentos que solíamos comer. Nuestros cuerpos están colapsando. Nos sentimos constantemente débiles, desconcentrados y desequilibrados. Nos irritamos con facilidad, pero la mayor parte del tiempo nos quedamos en silencio. Hablar consume demasiada energía. Intentamos comprar cualquier cosa que haya en los mercados, pero los precios se están volviendo imposibles. Un kilo de tomates cuesta ahora 90 NIS (más de 25 dólares). Los pepinos cuestan 70 NIS el kilo (unos 20 dólares). Un kilo de harina cuesta 150 NIS (45 dólares). Estas cifras nos parecen escandalosamente crueles. Sobrevivimos con una sola comida al día: usualmente sólo pan, hecho con cualquier harina que consigamos. Si tenemos suerte, el almuerzo puede incluir algo de arroz, pero ni siquiera eso nos llena. Intentamos apartar un poco de comida para mi madre, quizás algunas verduras, pero nunca es suficiente. La mayoría de los días es demasiado débil para mantenerse en pie, demasiado agotada incluso para rezar. Ya casi nunca salimos de casa, por miedo a que nos fallen las piernas. A mi hermana ya le pasó: mientras buscaba en la calle algo, cualquier cosa, para dar de comer a sus hijos, de repente se derrumbó en el suelo. Su cuerpo ni siquiera tenía fuerzas para mantenerse en pie. Empezamos a darnos cuenta de la gravedad de la crisis alimentaria cuando el panadero Abu Hussein, conocido por todos en el campamento, comenzó a reducir su actividad. Horneaba para docenas de familias al día, incluida la nuestra, porque ya no tenemos gas ni electricidad para cocinar. Desde la mañana hasta la noche, sus hornos de leña no paraban de funcionar. Pero ahora se vió forzado a trabajar cada vez menos días a la semana. Mi hermana llegaba a casa y decía: “Abu Hussein ha cerrado. Quizás mañana trabaje”. Ahora, conseguir masa y harina se ha convertido en un suplicio.   Tres generaciones de hambre En el campamento, comprendí la verdadera crueldad de este genocidio: el hacinamiento asfixiante, la masa de refugiados expulsados de sus hogares y las interminables historias de hambre. Actualmente me alojo en casa de mi tía, que nos acogió después de que fuéramos desplazados y nos ha dado cobijo durante los últimos dos meses. Como casi todos los edificios del campamento, su casa quedó prácticamente destruida por los ataques israelíes. Los hermanos de mi tía trabajaron sin descanso para reparar lo que pudieron y lograron que una habitación fuera habitable. La casa está llena de nietos, cada uno de ellos atravesando la lucha contra el hambre. Mi primo mayor, Mahmoud, es padre de cuatro de ellos. Él mismo ha perdido casi 40 kilos en los últimos meses. Los signos de desnutrición son visibles en cada rincón de su rostro pálido y su cuerpo demacrado. Cada día, antes del amanecer, Mahmoud se dirige a los centros de distribución de ayuda gestionados por Estados Unidos, arriesgando su vida para intentar llevar algo de comida a sus hijos hambrientos. Desde que llegué para quedarme con ellos, me ha contado las mismas historias desgarradoras día tras día. “Hoy he gateado a través de una multitud de miles de personas”, me dijo recientemente, mostrándome una bolsa con restos de comida que había conseguido reunir. “Tuve que recoger todo lo que había caído al suelo: lentejas, arroz, garbanzos, pasta, incluso sal. Me duelen los huesos por las pisadas, pero tengo que hacerlo por mis hijos. No puedo soportar el ruido de su hambruna”. Un día, Mahmoud volvió con las manos vacías. Estaba pálido y parecía a punto de desmayarse. Me contó que el ejército israelí había abierto fuego sin previo aviso. “La sangre de un joven que estaba a mi lado salpicó mi ropa”, dijo. “Por un momento, pensé que era yo quien había recibido un disparo. Me quedé paralizado, estaba seguro de que la bala estaba en mi cuerpo”. El joven cayó al suelo justo delante de él, pero Mahmoud no pudo detenerse para ayudarlo. “Corrí más de seis kilómetros sin mirar atrás. Mis hijos tienen hambre y me esperan para que les traiga comida”, dijo con la voz quebrada, “pero no se alegrarán si vuelvo a casa muerto”. Mi otro primo, Khader, tiene 28 años. Tiene una hija de dos años y su mujer está embarazada. Está consumido por la preocupación por su hijo, que nacerá dentro de dos meses. Su mujer no está comiendo adecuadamente, y él pasa los días sentado en silencio, atormentado por las mismas preguntas: “¿Esta hambruna le hará daño a mi esposa? ¿El niño que va a dar a luz estará sano o enfermo?” Su hija de dos años, Sham, llora todo el día de hambre. Pide pan, cualquier cosa que no sea el insípido y pesado arroz, lentejas y frijoles que le han sentado mal y le han provocado vómitos en numerosas ocasiones. Un día, un amigo de Khader le dio un puñado de uvas para ella. Fue un pequeño milagro. Khader se arrodilló junto a Sham y le ofreció las uvas, pero ella solo las miró, jugó con ellas entre sus pequeñas manos, negándose a comerlas. No las reconocía: en sus dos años de vida en Gaza, nunca había visto uvas. No fue hasta que su padre se metió una en la boca y sonrió que ella, vacilante, lo imitó. Masticó. Luego se rió.   Cuerpos que se apagan A menudo me quedo en la puerta de casa, observando a los niños del campamento. Pasan la mayor parte del tiempo sentados en el suelo, mirando fijamente a los transeúntes. Cuando le pido a alguno de ellos que me compre una tarjeta de Internet para poder trabajar o llamar a mi sobrina desde la casa de un vecino, me responden con voces bajas y cansadas. Me dicen que tienen hambre. Que llevan días sin comer pan. Solo tengo 30 años, pero ya no soy la mujer enérgica que era. Trabajaba muchas horas entre la enseñanza y el periodismo, pero desde que comenzó esta guerra no he tenido un momento de descanso. Hago malabarismos con las agotadoras tareas domésticas –cuidar de mi madre y mi familia– mientras intento seguir documentando y escribiendo sobre todo lo que sucede a mi alrededor. Sin embargo, desde hace aproximadamente un mes, he perdido la capacidad de seguir las noticias. Mi concentración está decayendo. Mi cuerpo se está derrumbando. Sufro de anemia como consecuencia de llevar meses alimentándome solo de lentejas y otras legumbres. Y desde hace dos días, no puedo tragar debido a una grave inflamación de la garganta, consecuencia de alimentarme a base de  dukkah  [una pasta hecha a base de semillas] y pimientos rojos picantes para intentar calmar el hambre. Mahmoud, un fotógrafo de 28 años que trabaja conmigo en reportajes de vídeo, también está pasando apuros. “No he comido nada en dos días, salvo sopa”, me dijo recientemente. “No tengo fuerzas para trabajar”. Nadie las tiene. Trabajar durante un genocidio requiere un nivel de fuerza imposible de mantener. El hambre ha paralizado la productividad de todos los trabajadores de Gaza. Ayer acompañé a mi madre al Hospital Nasser para una sesión de fisioterapia después de su operación. En el camino, vimos a decenas de personas que no podían caminar más de unos metros sin tener que descansar. Mi madre estaba igual: sus piernas estaban demasiado débiles para sostenerla. Se sentó en una silla de plástico al borde de la carretera, reuniendo las pocas fuerzas que le quedaban para seguir adelante. Mientras seguíamos caminando, oímos gritos. Jóvenes de ambos sexos corrían gritando de júbilo: “¡Hay camiones con harina en la calle!” Se había formado una multitud. La gente corría desesperadamente hacia los camiones para conseguir una bolsa de harina. Era un caos. Nadie escoltaba los camiones para garantizar que todos pudieran obtener su parte de forma segura. En cambio, vimos cómo la multitud corría hacia zonas peligrosas controladas por el ejército israelí, solo por harina. Algunas personas lograron regresar con bolsas. Otras fueron asesinadas. Vimos cómo se llevaban a hombros cadáveres de personas acribilladas en los mismos lugares en los que se suponía que encontrarían ayuda para salvarse. 18 muertos en 24 horas Después de la sesión de fisioterapia, salimos del hospital y pasamos junto a mujeres que lloraban por sus hijos hambrientos, que estaban muriendo ante nuestros ojos. Una mujer, Amina Badir, gritaba mientras abrazaba a su hija de tres años. “Díganme cómo salvar a mi hija Rahaf de la muerte”, lloraba. “Lleva una semana sin comer nada más que una cucharada de lentejas al día. Sufre malnutrición. No hay tratamiento ni leche en el hospital. Le han quitado el derecho a vivir. Veo la muerte en sus ojos”. Según el Ministerio de Salud de Gaza, el número de muertos por hambre y desnutrición desde el 7 de octubre ha aumentado a 86 personas, 76 de ellas niños. Ayer, informó de que 18 personas habían muerto de hambre sólo en las últimas 24 horas. El personal médico organizó una protesta en el Hospital Nasser para pedir la intervención internacional antes de que más personas mueran de inanición. No pude encontrar un taxi para llevarnos a casa. Mi madre esperaba en la puerta del hospital mientras yo buscaba transporte, pero el combustible es escaso y los taxis son prácticamente inexistentes. Pasé una hora entera intentándolo. Cuando regresé, me encontré mareada y débil. Me derrumbé. Intenté mantenerme fuerte por mi madre, pero no había nadie más con nosotras. A mi alrededor, veía gente desmayándose por todas partes. Un hombre me dijo: “Si hubiera comida adecuada, tu madre no estaría tan enferma”. Todos intentamos consolarnos unos a otros en esta hambruna interminable. En Facebook, la gente expresa su ira y escribe un  post  tras otro sobre la política de hambre impuesta por Israel, que ha puesto a Gaza de rodillas. Ya no podemos hacer las cosas más básicas que la gente de todo el mundo hace cada día. El hambre nos ha despojado de todo.   *Ruwaida Amer  es educadora científica, graduada en Biología en la Universidad Al-Aqsa (destruida en 2024 por bombardeos del ejército israelí). Desde el comienzo de la ofensiva erradicadora que el estado de Israel desencadenó sobre el conjunto de la población palestina en Gaza, oficia como periodista, relevando y registrando testimonios de cómo se subsiste y se sobrevive al exterminio en el campo de refugiados de Khan Younis, ciudad situada en el sur de la franja de Gaza, de donde Ruwaida es oriunda. Fuente:  Recuperado de https://ctxt.es/es/20250701/Politica/49734/Ruwaida-Amer-Gaza-genocidio-hambre-Israel-bloqueo-masacre.htm . Publicado Originalmente en +972 Magazine ( https://www.972mag.com/hunger-gaza-food-aid-siege-children/ ) Sliman Mansou - Rituales bajo la ocupación - 1989 - Impresión al agua sobre papel de archivo Canson, 240 gramos - 42 × 46 cm

  • Basta, animales humanos / Ariel Rivero

    Una guerra total que no distingue entre objetivos civiles y militares se considera un crimen de guerra. Protocolo I Adicional a los Convenios de Ginebra de 1949 (art. 51-54)   Estamos imponiendo un sitio total en Gaza. No habrá electricidad, ni comida, ni agua, ni combustible; se cerrará todo. Estamos combatiendo contra animales humanos y estamos actuando en consecuencia. Yoab Gallant Ex Ministro de Defensa de Israel   I- Basta, animales humanos , de obligar a Las Fuerzas de Defensa de Israel a asesinar al personal médico y a los pacientes; paren de empujarlos a atacar ambulancias y a disparar contra los tanques de agua o los tubos de oxígeno de los hospitales que quedan.   Basta, animales humanos , de no dejar a los francotiradores israelíes otra alternativa más que la de ejecutar a niños palestinos que sostienen banderitas blancas. Y luego a las personas que corren a socorrerlos. Y dejen también de obligarme a estudiar, y tal vez a varios docentes a enseñar, la Convención sobre los derechos del niño  o Maltrato infantil de Barudy como si en la Franja de Gaza ( el lugar más peligroso del mundo para ser un niño , según la UNICEF) no hubiese un infanticidio.   Basta, animales humanos , de hacer que el ejército israelí primero fuerce a cientos de miles de palestinos a abandonar su ciudad natal y sus hogares para luego abrir fuego contra ellos. Si ustedes saben que a las sentencias de muertes consideradas merecidas les falta algo si no se les añade, antes de ser ejecutadas, un plus de tortura. Y que cuidar las apariencias y las formas se complica cuando se tienen tantos motivos justos.    II- Basta, animales humanos , de incitar al ejército más moral del mundo  a recurrir a acciones que no quisieran (todas muy bien documentadas por el historiador israelí Lee Mordechai con más de 1.400 notas a pie de página ya a finales del año pasado): entrar con excavadoras a cementerios y publicar como desparraman los cuerpos; filmar a un perro cualquiera mientras se come un cadáver para después levantar la cámara y fingir éxtasis frente a una puesta de sol; orinar sobre personas asesinadas; quemarlas vivas en sus tiendas de campaña; patear cuerpos humanos y hacerlos rodar desde la punta de un edificio hasta lanzarlos al vacío; declarar seguras  zonas que, acto seguido, se bombardearán. ¿Ustedes se imaginan lo que significa para los servidores de un Dios que ordena proteger a huérfanos, viudas y extranjeros , tres figuras emblemáticas de la vulnerabilidad, tener que disparar 355 veces contra un vehículo en el que huía de las explosiones la familia de Hind Rajab, una niña de seis años que alcanzó a pedir ayuda por WhatsApp? ¿O verse en la necesidad de ejecutar a 13 menores en el Hospital Al-Shifa y sus alrededores en una semana, tal como lo publicó Euro-Med Human Right Monitor? ¿O dejar morir a Muhammed Bhar, que tenía síndrome de Down, luego de no impedir –o acaso incitar a– que sea atacado por los animales de la Fuerza? ¿O hacer de tripas corazón  y abandonar en la unidad de cuidados intensivos del hospital Al-Nasr a varios bebés prematuros para que sufran una muerte lenta y sus restos se pudran ahí mismo, solo para que ustedes depongan su actitud, devuelvan los rehenes y se rindan?   Basta, animales humanos , de fabricar Eichmann cobardes , seres humanos   contentos de poder cometer , al menos por una vez,  lo infame con buena conciencia 1 . Dejen de obligar a los soldados israelíes a hacer violar a los prisioneros palestinos con perros entrenados. Y grabarlo, como si la difusión fuera otra parte de la pena. ¿No saben que incluso la relatora especial sobre la situación de los derechos humanos en los territorios palestinos, Francesca Albanese, lo denunció ya en el informe Anatomía de un Genocidio ? Y eso que la ONU no se caracteriza por declarar abiertamente lo que observa; y que nadie ve en Gaza o Cisjordania más que aquello que los soldados quieren mostrar. Exacto , me responderán, los soldados quieren mostrar .  Integrantes del ejército israelí organizan reuniones por Meet o Zoom para compartir en vivo sesiones de tortura . No los culpo, cuando el daño es irreparable (y ustedes les provocaron eso) el castigo no puede ser otro que infinito o, como remarcan los funcionarios israelíes, desproporcionado . Un castigo sin juicio previo. Y no solo a los culpables, también a sus familiares, a los que se solidarizan, a los que están cerca, a sus animales, a sus plantas e inclusive a sus muertos. Me hace acordar a la lucha contra la subversión en la Argentina. Por otro lado, animales humanos , ¿quién se controla a la hora de vengarse? Sabemos que la Ley del Talión fue un recurso para limitar la venganza, para no convertir la justicia en injusticia, pero ¿alguien se queda conforme con un mero ojo por ojo ? El placer está en la desmesura ¿o no? La desmesura en el castigo es un placer moral exquisito, de hecho. ¿Y quién dijo, disculpen que me extienda, que la venganza no es, de paso, la mejor manera de erradicar un mal? Tal vez ustedes no lo quieran admitir, pero la cruda verdad muestra que, por ejemplo, al lanzar bombas que convierten la tierra en líquido , al arrasar con 4500 edificios en la ciudad de Jabaliya, al bloquear la ayuda humanitaria, al disparar y matar a cientos de personas que hacen cola para que les den comida (como en La masacre de la harina ), es posible conseguir todo al mismo tiempo: justicia, venganza y goce. Y, además, ¿sigue siendo trabajo sucio si la inmoralidad del enemigo ha llegado hasta tal punto que brinda razones suficientes? Imagino sus respuestas: que percibir  algo como justo no  alcanza para que lo sea; que si la justicia fuera una cuestión de percepción y no de hechos ningún integrante de las SS podría haber sido considerado culpable puesto que no se percibía  como tal; y que resulta muy difícil no llamar campaña criminal a la campaña militar de las Fuerzas de Defensa de Israel. Perdón, pero ¿en qué guerra se averigua primero y se ejecuta después? Que no es una guerra, que es cacería, ocupación, desposesión y exterminio , me dirán. Con más razón: Si la intención es la limpieza étnica (y no es que yo lo crea, solo trato de seguirles la lógica), las averiguaciones carecen de sentido porque lo que se castiga es la existencia, no la culpabilidad.   III- Basta, animales humanos , de obligarnos a quienes nos conmovimos con la película Zona de Interés  a continuar con nuestras vidas como si al lado no hubiera una fábrica de muerte en pleno funcionamiento. Es verdad que el paso del tiempo (y un buen muro) habitúa a lo terrible, lo vuelve invisible, pero también causa angustia que la separación entre normalidad y complicidad se confunda hasta tal punto que ya no resulte fácil distinguir dónde termina una cosa y comienza la otra; y que negarnos a saber ya no pueda circular como ignorancia. ¿Pero cuándo la normalidad no tuvo el horror de fondo? me preguntarán ustedes. ¿O cuándo se les prestó atención a quienes intentan defenderse y sobrevivir en una evidente inferioridad de condiciones? ¿O cuándo la colonización y el exterminio no circularon como otra cosa, con otros nombres?  Pero ahora es diferente: ustedes, con su resistencia (casi escribo existencia ) fuerzan a producir una cantidad de basura tal que excede por mucho lo que es posible esconder debajo de la alfombra del silencio. Y es difícil cuando lo que no conviene decir ocupa tanto lugar.   Basta, animales humanos , de hacernos sentir incómodos frente al mutismo o la tibieza de las personas públicas que más admiramos por su lucidez. Paren de condicionarlas a una denuncia selectiva de la crueldad y a evitar menciones explícitas a Gaza, Palestina o Cisjordania. No es tan difícil entender que reflexionar acerca del odio , la muerte , el otro o el poder  sin incluir Gaza, Palestina o Cisjordania, implica dejar afuera, negar o arriesgarse a no percibir gran parte de la realidad ¿o sí? Ni tan complicado asumir que, además del nombre de una solidaridad , Palestina es un paradigma de nuestro tiempo 2 ¿verdad?   Basta, animales humanos , de provocar que la prensa hegemónica tenga que apelar a malabares retóricos y ser objeto de críticas, como si desde el lenguaje (por favor) se pudiera ser cómplice de matanzas masivas. Por qué el ejército israelí libera presos y Hamás rehenes . Por qué para los grandes medios de comunicación los israelíes siempre son asesinados y los palestinos simplemente mueren (Claire Lauterbach y Namir Shabibi). Por qué brutal es una palabra reservada ante todo para la violencia palestina y lo otro, en general, es represalia (Luca Goldmansour). Sin palabras. Y basta, ya que estamos, también a la opinión pública porque incluso los grandes ejércitos se encuentran limitados por lo que la gente está dispuesta a aceptar. A propósito, en un documental de Al Jazeera se puede ver una imagen de mujeres soldados israelíes haciéndose una selfie con las ruinas de Gaza como fondo. ¿Habrá sido costumbre de los soldados alemanes sacarse fotos sonrientes al lado de judíos demacrados? Sea como fuere, supongo que nadie exhibe con alegría lo que la mayoría de la sociedad desaprueba. Y la mayoría de la sociedad, la gente de bien, empatiza con el odio justificado de las víctimas.   Por último, basta, animales humanos , de obstaculizar la intervención de los organismos internacionales y de los gobiernos que bien podrían hacer algo más que simplemente advertir . ¿No se dan cuenta que, a este ritmo, incluso si hoy mismo se decidiera una medida o una condena histórica, igual llegaría tarde?     1 La definición es de Gunther Anders ( Nosotros, los hijos de Eichmann ) 2 La expresión es de Rodrigo Karmy Bolton ( Todxs podemos hablar de Palestina ) Monther Jawabreh - Lo que se sabe #1, 2014 - Bordado sobre lienzo - 22 × 22 cm

  • Me cansé de la IA - La paradoja de la eficiencia cómo lo menos eficiente / Sybilla Correa Perkins y Santiago Samara

    Se está buscando modernizar el plan de estudios de la Facultad de Psicología de la UBA, entre otras facultades. Actualizarlo, volverlo más eficiente y dinámico. Una de las propuestas concretas es reducir el tiempo que se transita en el aula, que el estudiante sea más “autónomo”, dándole  lugar a un aprendizaje en solitario en detrimento de uno construido en conjunto. Esta pretendida modernización nos remite a un funcionamiento que tiende a una perfección maquínica, una producción fordista, un camino sin desvíos a un ideal moral sobre lo que debe ser un profesional. El problema se presenta cuando un ideal se vuelve absoluto. Sin un estar con otros, disminuye la capacidad de “porificarlo”, aumentando su potencial tiranizador . Por otra parte, esta formación autónoma va en contra del sentido de nuestra profesión que nace y se construye en el común estar.  Dinamizar la carrera, llegar más rápido a la meta, despojarla de obstáculos presuntamente inútiles. Esa eficiencia ¿para quién? ¿De qué nos queremos despojar? Si queremos cursar la carrera del modo más eficiente posible podemos meter todos los textos en la IA y que la haga por nosotros. ¿Pero es la eficiencia el objeto de nuestra carrera? ¿Nos hará sentir realizados?  La facultad nos queda lejos, las aulas están muy frías o demasiado calurosas. La gente es ruidosa o mala onda. Los docentes pueden estar cansados, contestarnos mal. Incluso podemos desaprobar un examen. ¿Por qué no nos ahorramos eso?  ¿Por qué estar incómodos? ¿Por qué fracasar? Quizás no es necesario ir a la facultad, podríamos conectarnos a un zoom mientras estamos calentitos en nuestras casas, no cruzarnos a nadie que nos caiga mal y que nos llegue el título por mail. No tendríamos que sentarnos en un aula donde no alcanzan las sillas, incluso la clase la podría dar una IA, que nunca llegue tarde, se equivoque o haga paros. Que no tenga una ideología que nos haga enojar. ¿Eso nos daría una formación moderna y eficiente? La fantasía de la I(A). El estado podría también ahorrar sacrificios económicos. ¿O hay algo de utilidad, de eficiencia, en la ineficiencia? Frente a la propuesta de un nuevo plan de estudios modernizado y actualizado, que busque remover obstáculos para llegar a un fin de manera más rápida, cabe preguntarse qué perdemos agilizando un proceso.  En el curso de los ríos, la mayor velocidad de circulación del agua, está asociada a una gran desgaste del suelo y recorridos en línea recta. En el curso bajo, se producen meandros: curvas y sinuosidades en el cauce. Esto, además de disminuir la erosión del lecho y prevenir inundaciones; favorece la relación con la vida y el contacto con las aguas subterráneas. Si se buscara modificar el curso del río para hacerlo más dinámico y veloz, midiendo su utilidad en base a qué tan rápido llega a la desembocadura se podría rectificar su curso, eliminando los meandros. Efectivamente sería más veloz, como sería también menos hospitalario para la vida en sus aguas y alrededores.  Una cursada eficiente, donde uno va a las clases que le corresponden para luego irse a dormir o a trabajar no es una cuestión puramente personal. En nuestra Casa de Estudios no existen suficientes espacios comunes que alojen respiros compartidos. Se habilita por lo tanto una única trayectoria de entrada y salida de los lugares marcados, lo cual nos deja sin mucha posibilidad de flotar en sus orillas.   En la pandemia, reinó el modelo de la eficiencia, fue un gran momento para meter materias, cursar cinco a la vez sin problema y sin llevarte nada. Lo cual nos trae devuelta a la pregunta ¿Se trata la facultad de meter materias? ¿Se trata la vida de tachar tareas pendientes?  La pandemia cristalizó burbujas protectoras que tardaron en fundirse. Burbujas que obturan cercanías, afectos, sorpresas. También consolidó las soluciones virtuales; respuestas instantáneas que esquivan tímidos acercamientos de sensibilidades perdidas. Pero el surgimiento de un problema que amenaza la posibilidad de estudiar hace necesaria la proximidad. Las burbujas se funden con el calor de la lucha, de las ideas, de las afectaciones. La cercanía también asusta y desvía, lo cual trae consecuencias. A partir de la última toma de la facultad, las aulas se empezaron a cerrar con llave cuando no hay un docente presente. Candados que evitan saberes no instituidos: En un primer encuentro de un taller de escritura preparado entre estudiantes, personal de seguridad irrumpió en el aula con el pretexto de tener que ordenarla antes del comienzo de la próxima clase. El aula tenía que estar vacía y cerrada con llave. El encuentro tuvo que darse en el aula del nuevo edificio, donde se suelen dar las clases de las maestrías.  El aula puede otorgarle un lugar valioso a la discusión, a la cercanías con la lectura o con los que la escuchan, evitar monólogos que alimentan textos pre-digeridos. Habilita la posibilidad de compartir. El pasillo aloja reflexiones, nerviosismos, amistades. En el encuentro se producen los imprevistos, aquellos que molestan y aquellos que sorprenden. Hay algo fundamental del aprendizaje que escapa al consumo de ideas pre-masticadas, que se presenta únicamente en el estar con otros. Desde la discusión de ideas hasta como estas se entraman con una serie de efectos. A veces uno recuerda más la carcajada que produjo cierto comentario dicho en una clase que una línea subrayada en un texto. Lo imprevisto también asusta, hay más tranquilidad en creer que tenemos toda la información. Pensar que sabemos todo nos deja tranquilos ante la creencia de que de ese modo no se puede fallar. Lo imprevisto puede incomodar a quien lo sostiene. El ejercicio de la psicología tiene que ver con encontrarse con los desvíos, con aquello que no sigue el curso trazado por un ideal. El aprendizaje también. Un aprendizaje que no salga del curso, que no nos mueva del lugar del saber todo, es un aprendizaje bastante inutil, una colección de argumentos que sostienen una idea ya aprendida.  Un plan de estudios que proponga más horas autónomas que en aula, una cursada que en los últimos años se fue virtualizando y una facultad que no aloja, anula la posibilidad de que broten encuentros que potencian desvíos útiles. Cuando llegar a la meta es lo principal, los desvíos no son otra cosa que obstáculos que es mejor remover. A veces, eso que funciona como obstáculo para una cursada "optimizada" también puede funcionar como espacio, sostén, rendija, para un deseo que no se resume en una habilitación legal para una práctica.  ¿Qué hospitalidad para el deseo hay en la eficiencia?  Lo que rebalsa la eficiencia es el deseo. Sin el deseo, todo es un obstáculo.  Shang Chengxiang - Autodirección n.° 3, 2019 - Serigrafía sobre papel Somerset libre de ácido - 76 × 112 cm

  • Caligrafía nómade XXX / Patricia Mercado

    En la plaza no había nadie. Del otro lado de la calle, en el puesto sanitario, Matías escuchaba la radio mientras tomaba unos mates . Le tocaba la guardia. El médico que mandaría este mes la ciudad no llegaba hasta el martes. Quedaba él, enfermero del puesto desde hacía un año, a cargo. En ese letargo, entre el sabor de la yerba y cierto vaho a desinfectante, escuchó el chirrido de la puerta de entrada. La puerta parecía quejarse de la vida que le daban. Se asomó y desde esa habitación chiquita, a la que pomposamente llamaban consultorio, acaso por la camilla que la ocupaba, vió la cara de doña Clara. Con la renguera a cuestas se acercó hasta él y dijo con voz afligida: dame algo que duele, duele mucho. La vieja venía mal hacía un par de años. Si hasta la habían llevado a la ciudad para hacerle estudios. Cáncer dijeron, y enumeraron los tratamientos de rigor. Algunos, bah. Los que tenía a disposición el hospital provincial. Ella no quiso saber nada de aquello y se volvió a su casa en la camioneta de Hugo una semana después. Su casita de madera atajaba apenas el viento de la estepa. Su marido había muerto hacía mucho y los hijos estaban en Buenos Aires. Quedó sola con sus rosas blancas y la visión de los cerros desde el patio. Duele mucho, volvió a decir. Matías buscó, sereno, en el cajón donde guardaban muestras de medicamentos que los médicos traían a veces. Fue hasta la cocina y sirvió un vaso de agua. Le alcanzó a doña Clara el vaso y la pastilla de Ibuprofeno. Descanse doña, dijo con voz grave. La vieja tomó aquello con parsimonia y se quedó un rato con él escuchando la radio. La muerte se tomaba su tiempo. Del otro lado de la calle, en medio de la plaza clavada en lo alto del mástil, la bandera argentina flameaba. Cy Twombly- Sin título, 1965 - Carbón, grafito y crayón de cera sobre papel - 66 × 86 cm

  • VII.- Preguntas, imágenes y sentimientos / EZLN

    ¿Cuál imagen le conmueve? ¿La de un niño extraviado en una multitud de adultos?  ¿La de una niña que no sabe aún que es sólo una pieza de cacería? ¿La de una mujer desaparecida, atrapada en el limbo de la violencia sin fin, atenida sólo a que sus cercanos le busquen porque las autoridades sólo están preocupadas por las estadísticas (las oficiales, porque la reales no se pueden manipular)? ¿La de una madre, con todo el dolor tatuado en el rostro, buscando a su cría desaparecida? ¿La de los cadáveres de infantes entre los escombros de Gaza? ¿La del migrante hombre, mujer,  otroa  (no importa el género sino el color de piel), que descubre que el terror no reconoce fronteras ni nacionalidades, y que tiene que agregar a las remesas el envío de miedo y desesperanza? ¿La de  loa otroa , orgullosa de su ropaje de luces, con el rostro descompuesto al ver acercarse las luces rojas y azules de la policía? ¿La de la familia del trabajador, la empleada, el chofer, la repartidora, el albañil, la profesora, que no puede disponer del seguro porque el abogado del patrón “demostró” que el accidente que le costó la vida “no fue en horario laboral”? ¿La del pueblo originario (el Tata Juan Chávez nos enseñó que así se nombra a quien el de arriba llama “indio”, y que hay pueblos, naciones, tribus y barrios originarios) que mira desconcertado al que tiene su mismo color de piel pero no de corazón (ahora es funcionario -que quiere decir que tiene el color del dinero)-, que le dice algo y le entrega papeles, y ese pueblo no entiende que le están diciendo que será desalojado porque es invasor de la tierra que trabajaron sus padres y madres, sus abuelas y abuelos, sus bisabuelos y bisabuelas y así hasta siglos antes, pero que no se preocupe porque con esa mina, ese campo de fotoceldas, ese complejo turístico, esa autopista, ese tren turístico, ese centro comercial, llegará el progreso y la civilización y al fin podrá volver a ser peón de un nuevo hacendado? ¿Cuál imagen le indigna? ¿La de Trump masturbándose mientras ve las noticias de más y más infantes asesinados en Palestina, y se imagina un complejo turístico “grande y hermoso” construido sobre los cadáveres? ¿La de Netanyahu declarando a la televisión internacional que Irán está atentando contra civiles con sus bombas y debería ser condenado por la comunidad internacional? ¿La del ministerio público que mira con morbo a la jovencita ultrajada mientras la juzga, sentencia y condena “porque con esas ropas, mija, tú te lo buscaste”? ¿La de la funcionaria transformadora que, para demostrar que está comprometida con las causas justas, ante la demanda de búsqueda de desaparecidas, “regala” picos y palas? (“oiga, pero las están cobrando”; “Bah, a ese precio están como regaladas”). ¿La del policía del ICE gringo que golpea con saña a un migrante que le dice, el rostro sangrante, que él está en la Unión Americana desde antes que ese agente naciera? ¿La de  loa otroa , con el cuerpo roto cubierto de orines y sangre, mientras el de la cámara envía a su jefe la foto y el mensaje “va la foto del putito que quebraron”? ¿La del abogado que argumenta: “las leyes se estudian para saber cómo violarlas… legalmente, claro”? ¿La de la preclara legisladora progresista que, soberbia vana, consigue condenar a quien puso un tuit (o como se diga) diciendo lo que todos saben que es cierto, pero, al mismo tiempo, teme, humildad impuesta, que le cancelen la visa gringa? ¿La de funcionarios que no funcionan si no “se aceita la maquina”, o lo que es lo mismo: “with money dancing the dog”? Y ¿por qué necesita esas imágenes -si es que le conmueven e indignan, claro-, para reconocerse como ser humano?   En la pirámide mundial, la geografía de la modernidad y el progreso, su mapa pues, es un gigantesco mural con fotos. Arriba: las imágenes retocadas de las distintas marcas del Gran Capital.  Pocas. Abajo: millones de imágenes de desaparecidas, muertos y olvidadas.  Selvas devastadas con máquinas y estupidez.  Ríos y lagunas contaminadas con las heces mortales de las mineras.  Pueblos originarios que ataño eran vida y hoy son un complejo hotelero “ todo incluido ”.  Las colonias marginales.  Los cielos humeantes de las ciudades industriales con piezas y engranes de carne y hueso.  Guerras donde mueren los desechables de siempre.  Un cementerio clandestino como Patria. Pero tal vez no es todo.  Tal vez, ahí, en ese rincón, abajo y a la izquierda, hay quien resiste y, resistiendo, se rebela y revela.  Tal vez… “Son las voces, los brazos y los pies decisivos, y los rostros perfectos, y los ojos de fuego, y la táctica en vilo de quienes hoy te odian para amarte mañana cuando el alba sea alba y no chorro de insultos, y no río de fatigas, y no una puerta falsa para huir de rodillas.” Declaración de Odio.  Efraín Huerta (1914-1982). Desde las Montañas del Sureste Mexicano. El Capitán. México, Julio del 2025.   Fuente: Enlace Zapatista https://enlacezapatista.ezln.org.mx/ Alejandro Cartagena - Carpooler #50, 2011 - Impresión pigmentada de archivo - 50,8 × 31,2 cm (20 × 12 3/10 pulgadas)

  • Polvo / Marie Depussé

    Las personas odiosas a veces dicen: «Pero aquí está sucio». ¿Sabrán ellos que el cuerpo de los enfermos, que sus gestos, desmoronan el espacio en lugar de habitarlo, en una descamación monótona que llena los ceniceros, que hace desbordar los cagaderos, que ensucia, que borra la gracia de los objetos y los pulveriza? ¿Sabrán que a menudo ellos tienen necesidad del polvo, que los protege de la violencia del día, de la de los otros, y que es necesario ser muy suaves cuando se barre? ¿Con qué mirada emocionada, incluso compasiva, los locos miran a los cuidadores juntar sus cenizas dispersas, sus medias duras, y luchar contra sus sábanas húmedas e ir a buscar unas toallas limpias? Es que mientras una gira alrededor de sus camas, mientras una junta sus migajas, una toca sus toallas, su cuerpo, se tienen los diálogos más dulces, la conversación infinita de aquellos que le temen a la luz con aquellos que toman sobre ellos la miseria de la noche, y pueden decir entonces que en la lavandería esperan camisas limpias, que el café todavía está caliente, que se apuren, que es un nuevo día, pero no es tan grave, que vamos a intentar poner un poco de orden ahí dentro. Me acuerdo de uno que permanecía en la cama mientras que yo juntaba sus cenizas, que él hacía caer a propósito. Él me llamaba Francoise. Y desde su cama, real, exasperante, me miraba barrer mientras me pedía que le resuma una parte de un diálogo de Platón, que él había olvidado. No siempre estaba contento. « -Relee al Sofista, Francoise, te hará bien.  -Lo leeré mañana, si te cambias las medias » El reía mientras iba a la lavandería. Responder. Enroscamiento de palabras revoloteando por encima de la mugre. Proximidad irremplazable. Sí se le quita la palabra a la limpieza, no se está muy lejos de los campos de concentración. La cuestión dolorosa es decidir en qué momento de la mañana se va a afrontar el problema de los cagaderos. Taponados. La base de la obstrucción es invariable: interminables rollos de papel rosa. En La Borde es rosa. Se agregan, siguiendo los días, decenas de ruleros, calzones, y a veces un oso de peluche. Ni siquiera vale la pena esperar. Taponados. No hay, según mi conocimiento, una herramienta perfeccionada para ese trabajo. La especie de sopapa de caucho que todo el mundo conoce, es todo. Y baldes. Tenemos los guantes de goma y el largo delantal azul. Cada vez tenemos menos coraje, pero ni una sombra de resentimiento. En cada piso conocemos muy bien al culpable. Pero el sentimiento que experimentamos es más bien el de una real confraternidad. A cada uno, su trabajo en la casa, su ocupación de los lugares. Luego de haber destrabado los cagaderos, se tiene vértigo, náuseas, debilidades. Pero no se siente ninguna ira.   El trapo de piso pasado al final de la mañana, sobre las baldosas del pasillo. El pasillo reluciente. Rápido. Colgar el delantal, desviar la mirada, cerrar los ojos. Un cuarto de hora más tarde, en el suelo, un desmigajamiento fulminante habrá formado una capa de mugre gruesa, indudablemente antigua. Siempre me pregunté a qué precio se obtenía esta limpieza perfecta con la cual sueñan algunos visitantes. Es verdad, las familias se portan mejor cuando abandonan a sus locos en clínicas relucientes con un cubrecama fucsia y pisos de madera brillantes sobre los cuales se puede derrapar. Algunos directores de clínica tienen un agudo sentido de hotelería. Eso supone una elección. Una tropa de mujeres de limpieza, un Puñado de enfermeros, un sistema de Vigilancia carcelario y flores en la mesa de luz. La batalla consiste en no abandonar, durante todo el día, la habitación de un Pensionario a los desechos, a la decadencia. «¿Cómo estás Pierre? Vamos a ver tu pieza». Tantas cosas yacen, grises, abiertas, sin intimidad, en la vecindad destruida de los cuerpos. Moverlas; decir con tono enfadado, como saben hacerlo aquí en la casa, frente a este apocalipsis gris: «¡No, pero qué desastre!». Los días de verano, cuando la luz acaricia los grandes prados, es muy difícil llevar con suavidad al ser de manos inertes hacia la sombra de su habitación devastada. No todos lo hacen. La clínica de La Borde no dispone de un personal totalmente angelical. No obstante, todos tienen su momento de santidad. El paciente trabajo del lugar vuelve inevitables esos momentos.   Fuente : Dios habita en los detalles. La Borde, un asilo. Ediciones Té de Boldo. Córdoba. 2025 Dai Yuhua - Cama de hospital - 2020 - Carbón vegetal - 121,9 × 152,4 cm

  • Catacumbas / Susy Shock

    Estamos en catacumbas  desde hace siglos  con la soga al cuello  y en la mano izquierda una flor  salvándonos de los fuegos                                               y los fierros                                               y los hielos                                               y de toda supervivencia  Somos unas cuantas  tenemos poemas brazos                                              y cigarras canciones                                             y hermanas ojos                                             y cuñados sueños                                             y primos deseos                                              y putas miradas                                              y sucias acciones                                             y bellos jirones                                            de ropa ensuciada                                             de nuestras piruetas                                            y el olor a coito                                           recién hecho                                            y el pan horneado                                          y la mano amiga  Tenemos la lista de amores                                          y compañeras                                          y de arcoiris                                         que son la meta                                          y la pasión enfurecida                                         que se hace subte, indiscreta                                         pero busca luz. Sabemos que todavía  no es tiempo:                   arriba vociferan                   el estiércol gesto                   y la tarada raza                  de números y cuotas                  de precios y desprecios  que gobiernan                  desde sillas oxidadas                  en oro y pelo                  y mirada falsa                  y whisky añejo falsificado                  y tontitas platinadas                  anoréxicas                  de tanto concurso y pedo                  televisivo                 ¡con éxito!                  ¡con mucho éxito!  Todavía no es tiempo  estamos en catacumbas  y desde allí olemos, conspiramos                      tejemos                     y nos reproducimos  Hasta estallar en inteligencia                    y parir los agujeros                    que abran la tierra                    y que nos dejen liberada                   el alma  Estamos detalladamente  haciendo la poesía  de los nuevos tiempos... Fuente: publicado en Realidades Swoon - Cicada  - 2024 -  VideoArte

  • El sexo de las locas / Néstor Perlongher

    El sufrimiento es muy grande antes de llegar al goce. DANTE PANZERI Al llegar a Buenos Aires, hace un par de meses, quedé sorprendido por el estado de las alusiones a la homosexualidad. En un muro de San Telmo una consigna prometía: "El 28 se lo tocamos, el 30 se lo rompemos". En la madrugada del 10 de diciembre, un grupo de demócratas fervorosos hostigaban a los policías que custodiaban la Casa Rosada al grito de "Quieren pija". Tomo un taxi y el chofer me comenta: "Seguro que los oficiales de las Malvinas se los pasaron a todos los gurkas". El fantasma gurka es reflotado por uno de los Chicos de la Guerra en una entrevista a El Porteño (set. 83): "Un compañero mío me habló de los gurkas, llevaban una perla en la oreja izquierda o en la derecha, y la ubicación representaba al homosexual pasivo o activo" (Pablo Macharowsky, clase 63). En el mismo reportaje otro conscripto da a entender que los soldados tenían, de antemano, cierto training: "Cuando yo estuve en Córdoba, antes de ir a las Malvinas, y nos daban franco porque no había qué darnos de comer, aparecían los 'tíos' o 'soplanucas', como les llaman a esos tipos que te dan casa y todos los placeres a cambio de una relación sexual. Yo digo que hay que tener mucho estómago pero ante ciertas situaciones te olvidás del estómago" (Marcos García, clase 62). En efecto, el hambre (el ragú) hace olvidar el estómago. Una vueltita por Lavalle nos dejará ver que, a la luz del tímido destape, colimbas desamparados han retomado sus posiciones, erizando las pestañas de acicalados señoritos. Un fantasma corroe nuestras instituciones: la homosexualidad. Habría que retrotraerse al Freud de la Psicología de las Masas (1920) para hablar de la naturaleza homosexual del vínculo libidinal que enlaza a las instituciones masculinas como el Ejército y la Iglesia. Esa homosexualidad es "sublimada", pero el mismo Freud sugiere que el amor homosexual es el que mejor se adapta a esos "lazos colectivos" masculinos. Quien haya hecho la colimba en Pigüé o el seminario en Luján, podrá prescindir de Freud. Claro que la eclosión del deseo homosexual está severamente castigad􀂓por los códigos divinos y militares. Estos últimos -por lo menos era así hacia 1970- condenan al activo a una pena mayor que al pasivo: consideran que el pasivo es un "enfermo", que no podía evitarlo. En cambio, el activo es un vicioso. Que la preocupación por la homosexualidad -y por la moral en general- consterna a nuestros militares, es un hecho. La primera mención oficial a la homosexualidad aparece, oblicuamente, en 1932, bajo la dictadura de Justo, bajo la forma de una "orden del día" que punía a los sospechosos de pederastía que frecuentaren menores de edad (frecuentar no quiere decir acostarse, puede ser tomar un café con leche a la salida del kindergarten). Sobreviene luego, en 1942, el escándalo del Colegio Militar: el descubrimiento de la participación de cadetes en orgías homosexuales, sibilinamente fotografiadas, no sólo anticipa el pornoshop: instaura una mácula que nuestros próceres se preocuparán, desde entonces, por borrar. Ya en 1946 la pederastía se revela como "homo-sexualidad" (así con guión): el artículo 207 del Reglamento de Procedimientos Contravencionales de la Policía Federal, reprime "las reuniones privadas de homosexuales; de la misma época es el temible (¡por tan usado!) art. 2º H, que pune "incitar al acto carnal en la vía pública". Empero, la noción misma de homosexualidad no es desentrañada en el Reglamento: se sabrá quién es homosexual por "antecedentes", o "bajo la firma del Jefe del Departamento". La relativa juventud de estas condenas desmiente la pretensión de la normalidad de presentarse como arcaica y a-histórica. Marca que la normalidad precisa de la represión policial para imponerse no es tan "espontánea" cuanto pretende. Si no estuviese prohibido, ¿entraríamos todos (y todas) en la joda? No lo sabremos: por el momento te dan palos. Las locas, a la manera panzeriana tenemos de qué quejarnos. Ahora el horror del genocidio -producto, también de la normalidad militar: hay fotos de Hitler acariciando niñas- ha develado la pesadilla de secuestros y desapariciones, de lo que no se hablaba antes. Sin embargo, allá por el 69 (bajo Onganía), haciendo mis primeros trabajos de campo, un muchacho muy bien vestido me invitó a subir a un auto. Accedo, allí hay otros dos que se acaricia para mostrarme que son "entendidos". Resultado: tres horas de pánico y pálida. Despojada de mis bienes, una puta me dio dinero para volver al centro. Bajo del tren (había ido a parar a Olivos), y me para la cana. ¿La sospecha?: homosexualidad. Hablar de homosexualidad en la Argentina no es sólo hablar de goce sino también de terror. Esos secuestros, torturas, robos, prisiones, escarnios, bochornos, que los sujetos tenidos por "homosexuales", padecen tradicionalmente en la Argentina -donde agredir putos es un deporte popular- anteceden, y tal vez ayuden a explicar, el genocidio de la dictadura. Dice Carlos Franqui que en la Cuba castrista la lucha no era revolucionarios vs. contrarrevolucionarios, eran machos contra maricones. Acá los machos no han precisado de una revolución para matar putos. Y hay que decirlo: muchos de esos normales, con sus modales bieneducados, blanduzcos, genuflexos, han sido cómplices de esa pesadilla cotidiana, con sus prejuicios, su hipocresía, su recusa a hablar del tema. Recordemos lo que Evita le dice a Paco Jamandreu (quien lo cuenta en sus memorias), cuando éste la llama desde una comisaría: "Jódase por puto". Pero ¿dónde está el goce? ¿Qué pensar de esos muchachones que raptan a una loca para "verduguearla"? ¿De esos policías que -se rumorea- hacían cursos especiales para reconocer homosexuales (y lesbianas) por el espesor de sus orejas? ¿Qué pasa con la homosexualidad, con la sexualidad en general, en la Argentina, para que actos tan inocuos como el roce de una lengua en un glande, en un esfínter, sea capaz de suscitar tanta movilización -concretamente, la erección de todo un aparato policial, social, familiar, destinado a "perseguir la homosexualidad"? Cuando por el 74 el órgano fascista El Caudillo llamaba a "acabar con los homosexuales", podía leerse en ese "acabar" algo más que un lapsus. Para dar un ejemplo familiar, mi papá -porque las locas también tienen papá-, mientras yo estaba en el Brasil, a mil kilómetros de distancia, se desvelaba (literalmente) pensando qué miembros de qué negros estarían profanando el ano sagrado de su hijito -reservado sólo para la caquita. Y mamá -que sería una loca sin madre, deseoso es aquél que huye de su madre", dice Lezama Lima-, que se enorgullecía de que su apodrecido corazón saliese retratado, como caso raro, en una revista médica, decía que la homosexualidad era -como el bocio- una enfermedad. Bueno, le dije yo, entonces si vos me contás tus síntomas yo puedo contarte los míos. Se puede hablar del dolor, mas no del goce. ¿De dónde viene esa infatigable preocupación por los culos -o las lenguas- ajenas? En ella participan también nuestros políticos. Recuérdese a la JP del 73 gritando: "No somos putos, no somos faloperos..." O: "Para un gorila no hay nada mejor / que romperle el culo con todo mi amor". Tanto me identifiqué con esa consigna que estuve a punto de entregarme a la Libertadora... Pero me hubiera encontrado -como vi hace poco en Rosario- con los cartelones de la Liga de la Decencia convocando a luchar contra la Pornografía que amenaza la paz de los hogares... Ay qué miedo. La inmoralidad nos pringa. Recuerdo lo que me dijo una vez un muchachito "activo" (vulgo chongo): "No me doy vuelta porque tengo miedo que después me guste". El prohibicionismo sexual atiza el miedo a un deseo horroroso. Erige un Paradiso policial para oponerlo a un Infierno perverso. Al mismo tiempo, es la perversidad de ese infierno orgiástico que imagina, lo que le da manija para funcionar. La paranoia antisexual nos hace creer que, si se nos dilata el esfínter o se nos enciende la tetilla, nos "damos vuelta". Nos pasamos del otro lado. ¿A dónde vamos a parar? Libertad Lamarque se lo preguntaba ya en un "Fru Fru", por los 40: “a dónde va la moda con tanta innovación?". La censura mantiene viva la ilusión de que con la perversión "pasa algo", y que ese algo es un horror. ¿Habrá horror? Donde sí hay horror -palpable- es en la represión. Será cierto que en la tortura hay un goce pero, como decía el mismo Sade: "Hasta la perversión exige cierto orden". Si la pasión era juntar cadáveres, ¿no se les fue un poco la mano?. La perversión es, en verdad, objeto de un ordenamiento. Ese orden no sólo la reprime, sino también la clasifica. Diferencia a los sujetos según sus goces: homosexual o heterosexual, vaginal o clitoridiano, anal o bucal, por el pene o por el dedo gordo. La pretensión de definir a un sujeto conforme a su elección de objeto sexual es mitológica, pero es una mitología que funciona. No funciona desde hace tanto tiempo, es cierto: por ejemplo, la noción de homosexualidad es literalmente inventada en el siglo XIX -fruto de una combinatoria del saber médico y el poder de policía. No pretendo entrar en una discusión teórica sobre el concepto de homosexualidad. Pero lo menos que se puede decir de él es que es muy pobre. Iguala, bajo un denominador común, la infinidad de actos sexuales a los que un sujeto puede abocarse con otros del mismo "sexo" (aunque no siempre del mismo género). Pero, ¿qué tiene que ver una "relación de pareja" gay, con un soplido practicado a los pedos en el baño de un subte? Por otra parte, un acto sexual, aun cuando practicado con la misma persona, suele ser diferente de otro -en ese plano la rutina es esgrimida, tanto homo como heterosexualmente, como motivación para el divorcio, legal o no. Entonces, cuando se cuestiona la normalidad, cabe cuestionar también la pretensión de clasificar a los sujetos según con quién se acuestan. Pero lo que confunde las cosas es que la normalidad alza los estandartes de la heterosexualidad, se presenta como sinónimo de heterosexualidad conyugalizada y monogámica. Eso abre las puertas para una tentación: reivindicar la homosexualidad "revolucionaria" vs. la heterosexualidad "reaccionaria". Algunos hechos, empero, sabotean estas simplificaciones: la marica casada, el chongo que sale con minas y hace de tanto en tanto una escapadita por Charcas, un travesti que dice de su amante: "Él no es homosexual, ni activo ni pasivo. Él es hombre, hombre: le gustan las mujeres. Yo le he preguntado por qué está conmigo y lo único que me responde es que me quiere" (Revista Shock, dic. 83). El amor, a la manera de los románticos, hace saltar las convenciones sociales, las clasificaciones. Pero alguien podrá argüir: Todos esos son homosexuales no asumidos, o incorrectamente asumidos. En verdad, gran parte del movimiento gay (como el Grupo Gay de Bahía, Brasil) parece avanzar, con contradicciones, en esa dirección. Y ello parece casi lógico: ante la persecución, lo instintivo es refugiarse -en este caso constituir una fortaleza homosexual que resista a la dictadura heterosexual. Si es así, cada uno tiene que definirse, que "identificarse", que "asumirse": homo o hetero. El riesgo, es que se apunta a la constitución de un territorio homosexual -una especie de minisionismo- que conforma no una subversión sino una ampliación de la normalidad, la instauración de una suerte de normalidad paralela, de una normalidad dividida entre gays y straights. Tranquiliza a los straights, que pueden así sacarse la homosexualidad de encima y en otro lado. Esta normalización de la homosexualidad erige, además, una personología y una moda, la del modelo gay. Siendo más concretos, una posibilidad personológica -el gay- pasa a tomarse como modelo de conducta. Este operativo de normalización arroja a los bordes a los nuevos marginados, los excluidos de la fiesta: travestis, locas, chongos, gronchos -que en general son pobres- sobrellevan los prototipos de sexualidad más populares. Ahora, para enfrentarse con este peligro, es preciso vencer antes uno mucho más concreto: la cana. Sacar a la cana de la cama, al ojo policial del espejo del cuarto, es una necesidad inmediata que no puede quedar apenas en manos de los gays. Decía una diputada feminista brasileña, Ruth Escobar, en su campaña: "Que las mujeres puedan vivir su femineidad, los negros su negritud, los homosexuales su deseo". ¿Dejar a los homosexuales el monopolio del deseo? Se me ocurre que hay, en verdad, un estallido de la normalidad clásica, que la “moralización a las patadas" del Estado Argentino pretende contener. A ese estallido no le son ajenas las mujeres, con su trabajo de zapa contra la supremacía masculina. Guattari, el coautor del Antiedipo, habla de un "devenir mujer" que abre a todos los los demás devenires. Siguiéndolo, podemos pen.sar la homo o la heterosexualidad, no como identidades, sino como devenires. Como mutaciones, como cosas que nos pasan. Devenir mujer, devenir loca, devenir travesti. La alternativa que se nos presenta es hacer soltar todas las sexualidades: el gay, la loca, el chongo, el travesti, el taxiboy, la señora, el tío, etc. -o erigir un modelo normalizador que vuelva a operar nuevas exclusiones. El sexo de las locas, que hemos usado de señuelo para este delirio, sería entonces la sexualidad loca, la sexualidad que es una fuga de la normalidad, que la desafía y la subvierte. Locas bailando en las plazas, locas yirando en puertas de fábrica, locas haciendo cola en los bañitos. Hablar del sexo de las locas es enumerar los síntomas -las penetraciones, las eyaculaciones, las erecciones, los toques, las insinuaciones- de una enfermedad fatal: aquella que corroe a la normalidad en todos sus wings; que aparece en la hija del portero, en las trincheras de las Malvinas, en el seno de las garitas azules, en las iglesias de Córdoba donde las locas entran para yirar. Aparece, en su versión pedagógica-pederástica, en el insospechable "Himno a Sarmiento" cuando dice: "la niñez. tu ilusión y tu contento". Ahora, no subsumir esas singularidades en una generalidad personológica: "el homosexual". Soltar todas las sexualidades, abrir todos los devenires. Una escritora americana habla de idiosexo: la noción viene de idiolecto, usos particulares del lenguaje (como hablar al vesrres): idiosexo, usos singulares de la sexualidad. Que cada cual pueda encontrar, más allá de las clasificaciones, el punto de su goce. Mi idea es no retirar la homosexualidad del campo social, constituyendo un territorio separado de los puros, los buenos, los mártires, los ilustres. Hacer saltar a la sexualidad ahí donde está. Retirar a la cama de la colcha (no sea cosa que pasemos de la cárcel al boliche sin pasar por la vereda). Y, como decía Mao -aunque no creo que lo dijera en este caso-: "Que florezcan mil flores" (¿Flores del mal?). Y una arenga final: no queremos que nos persigan, ni que nos prendan, ni que nos discriminen, ni que nos maten, ni que nos curen, ni que nos analicen, ni que nos expliquen, ni que nos toleren, ni que nos comprendan: lo que queremos es que nos deseen. Nota: Perlongher publicó numerosos artículos en El Porteño así como en su separata Cerdos & Peces. Este ensayo fue originalmente una conferencia dada en el Centro de Estudios y Asistencia Sexual (CEAS) y se publicó en el n° 28 de la revista, en mayo de 1984. El Porteño existió entre 1982 y 1992. Fuente: Prosa Plebeya. Ensayos entre 1980 - 1992. Selección y prólogo de Christian Ferrer y Osvaldo Baigorria. Buenos Aires, Ediciones Colihue 2008. Colección Puñaladas dirigida por Horacio González. Rafaela Tellaeche - Puto el que lo lea - 2022 - Papel de sobre bordado - 30,5 × 24,5 cm

  • Guardián de las palabras, una carta de Néstor Perlongher

    9 de feb., 1984 -año int. de la rata (orwelliana) Querido [i] , qué alejado, pampa y tundra: itsmitos. Acabo de regresar de la Argentina, tras dos estirados meses, que empezaron (7/12) participando de la reunión de formación del grupo: Comisión Pro Defensa de las Libertades Cotidianas (que clama la derogación de los edictos policiales y de la averiguación de antecedentes), el 8/12 me quedé afónico gritando en una estirada marcha de las Madres de Plaza de Mayo, rumbeé primero tras temblequeantes feministas y luego copóme (no cogióme) el ondular, el tremoleo de las enseñas anarquistas como en Odessa, en 1919 [ii] : decían las mismas cosas abstractas: Donde hay Estado hay Represión! El 10/12 [iii] me llegué al alfonsinismo con el disimulo de una columna gay, cuyo celoso recato rompí zarandeándome a la brasilera entre los tamboriles de los muchachos radicales, donde el recién electo dijo desde el cabildo una pavada escolar. Es como una directora de colegio técnico. Después, la euforia de una se fue enfriando: a fin de enero un cana de tránsito me pidió documentos en el mejor estilo procesista, pero no me llevó. La prepotencia policial empero ha disminuido drásticamente, no así el control. Reprimieron ferozmente una manifestación con un cartel de "Marihuana Liberada” que se transformó en antipolicial. Echaron a los mochileros de Gesell después de desmanes patoteriles (contra minas y maricas) en Mar del Plata. Al mismo tiempo la revolución es retórica (ya que no, cual el peronismo, semántica). Alfonsín proclama, a lo Lefort [iv] , el derecho a la diferencia, al tiempo que reconoce que los grupos de tareas (eufemismo por paramilitares torturadores, etc: a las embarazadas les metían una cucharita en el útero para picanear el feto) se pueden reorganizar con sólo chasquear los dedos. Todo indica que el aparato policíaco-militar está intacto, Alfonsín, en vez de lanzar el Nuremberg, opta por una sinuosidad perversa. Los gangsters serán juzgados por tribunales militares!; las denuncias recibidas en el Ministerio de Defensa... En lo cultural, piedra libre, total libertad de expresión, pero no se dice todo lo que se debiera, porque aún hay pozos de miedo y paranoia (pozos azules, les digo). Entonces la autocensura y la microcensura prosiguen. Un ejemplo marginal: la misma Sarita, en cuya generosidad me he acogido, impidió la salida de un reportaje que, bajo el nombre de Rosa L de Grossman, le hice para Alfonsina , una revista feminista nueva, por temor a que le hincharan en el laburo. En lo económico los nativos parecen haberse acostumbrado a una loca carrera que los lleva de un conchabo al otro, y en esa batalla del sobrevivir consumen energías que les exaltan (y les faltan para otras cosas). El clima es de una euforia moderada. La Frase: "La libertad y no el libertinaje". La cosa gay sigue pesada, hay boliches a rolete pero te chiflan por la calle. Cosas para hacer, muchas. Hay una revista, El Porteño que vale la pena, se puede colaborar. También en Alfonsina [v] . Se ha provincianizado mucho Buenos Aires. Parecía que al levantar la tapa de la olla iba a saltar la lujuria, y no: saltan los cadáveres que aparecen verso a verso. Un gran beso (he optado por volver) de Néstor Sigo un poquito. Hice mil cosas. Conflictuado con los incipientes (pero burocratizados) grupos gays locales, di una conferencia sobre El sexo de las Locas [vi] . Mi literatura está circulando mucho: mi poema largo "Cadáveres" saldrá en Colombia y Baires [vii] . Acá en Sao Paulo he conseguido una beca un tanto mayor (unos U$S 200), me quedaría acabar mi postgrado. Chicos, darse una vueltita vale la pena, pero quedarse... Gracias por tu lectura de Evita. En lo sexual no hay destape! _______________________________________________ [i] Carta a O [ii] Alusión a las revueltas anarquistas al interior de la Revolución Rusa. [iii] Fecha de asunción de Alfonsín a la presidencia. [iv] Claude Lefort (1924-2010), filósofo francés marxista especializado en análisis del totalitarismo y filosofía de la democracia, co-fundador, junto con Cornelius Castoriadis, de Socialismo o barbarie , desde donde practicó una crítica a la Unión Soviética como capitalismo de Estado [v] Alfonsina fue una revista editada entre 1983 y 1984 por María Moreno, en la que Perlongher colaboró varias veces (algunas como Rosa L. de Grossman). Fue la primera publicación feminista de la vuelta de la democracia. El Porteño fue una revista (contra)cultural fundada por Gabriel Levinas, Miguel Briante y Jorge Di Paola, editada mensualmente entre 1982 y 1993, dirigida por Levinas hasta el 85. La revista fue relevante y disruptiva, tocando temas como derechos humanos, identidades minoritarias, pueblos originarios, arte y literatura underground, y constituyendo un espacio de reflexión política antiautoritaria (participaban también las Madres de Plaza de Mayo), Suplemento cultural, Cerdos & Peces , dirigido por Enrique Syms, que luego se independizó de la revista, fue incluso más radical al punto que inauguró el debate sobre la legalización de la marihuana e investigó la represión a gays y lesbianas durante la dictadura. Estas postura le valieron a la revista varios atentados y amenazas contra sus directores. En El Porteño colaboraron, entre otros, Perlongher, Daniel Molina, María Moreno, Jorge Gumier Maier, Osvaldo Baigorria, Oscar Steimberg, Fogwill, etc. [vi] Conferencia en el Centro de Estudios y Asistencia Sexual (CEAS) y luego publicada como "El sexo de las locas”, en “El Porteño” Nº 28, Bs. As., mayo 1984, incluido en Prosa plebeya. [vii] Antes de aparecer en Alambres (1987), "Cadáveres" fue publicado en Eco Nº44, Bogotá, feb. 1984, y Revista de (Poesía) Nº 1, Bs. As. abril 1984. *Publicada en Correspondencia. Edición, introducción y notas Cecilia Palmeiro. Editorial Mansalva, 2016. Marcelo Pombo, Bodhisatva joven y náufrago, 2006. Colección de Arte Amalia Lacroze de Fortabat

  • Un mundo / Verónica Scardamaglia

    El mundo, tal como me gustaría que fuera, está hecho de pequeños gestos y de una multiplicidad de miradas y de formas. Un mundo donde el blanco y negro puede ser elegante y tenebroso, cautivante y desolador, delicado y vibrante, intenso y sutil. Un mundo, también, con colores. Un mundo en el que los privilegiados son los insectos y las aves, los zancudos y las flores, los fuegos y las aguas. En todos sus estados. Un mundo donde las únicas monarquías posibles son las de los reinos animales, vegetales y minerales, los únicos expertos en lo vivo. Un mundo con la dosis justa de amigxs, amores y familias. Con la medida justa de músicas y visuales. Con las palabras justas y, también, con esas que no alcanzan. Un mundo que viaja en trenes y bicicletas que recorren todos los lugares, de todas las razas, todas las clases y todos los géneros. Un mundo desclasado, descolonizado y degenerado que aprendió, con el dolor de las muertes y los fracasos de las revoluciones, que los pequeños gestos son las pisadas que sostienen nuestro andar y nuestras andanzas. Un mundo que puede la fiesta porque puede los desbordes. Un mundo con protagonistas que no solo no matan ni mueren por protagonizar sino que, sobretodo, buscan pasar desapercibidxs. Desmaterializarse. Un mundo en el que a la única vedette que queremos endiosar es a Juli*. Nota: Texto escrito al finalizar la muestra "Humor, belleza y... un poco de desolación" como cierre del trayecto de fotografía del CFP 6 coordinado por Carolina Nicora. *Juli vive en el barrio Papa Francisco y Noelia Maruani la acompaña y retrata, desde hace tiempo. Orgullosa por protagonizar esa obra, fue la genuina estrella de la muestra. Juli del barrio (2025) Noelia Maruani. Fotografía.

  • Variaciones sobre la caricia / Gonzalo Sanguinetti

    Entre las eróticas de lo común, reparar en un solo gesto: la caricia . Demorarnos ahí, trazar variaciones en torno a la caricia.  I. Indicio poético Quizás portemos una distinción -que no supone una separación ni una escisión respecto de lo viviente-, que consistiría en haber concebido la invención de las caricias: sucedemos en la vida habiendo adquirido el don de acariciar, transcurrimos entre lo vivo como un viviente que acaricia . Ha sido muy difundida (y discutida por no haber podido ser precisado su origen) una respuesta que Margaret Mead, antropóloga y poeta, da en el transcurso de sus clases, cuando un alumno le pregunta cuál fue a su criterio, el primer signo de civilización . Mead no lo sitúa ni en el descubrimiento del fuego, ni la invención de la rueda, ni en la agricultura, ni en el lenguaje, ni en la economía. El signo inaugural lo encuentra en el primer fémur quebrado y soldado: el cuidado, la espera, la provisión de alimento y agua para quien no podía procurársela mientras sanaba indican, para Mead, el nacimiento de la vida como vida en común. La promesa de lo común -no la civilización - habría comenzado con una donación de tiempo  para atender un dolor. La disposición de una espera para cuidar lo herido. Una detención para reparar un daño. La alusión a la respuesta de Mead no interesa como elemento probatorio de una presumible bondad natural, un altruismo innato que determinaría la esencia de lo humano: su fundamento originario. La hipótesis interesa como indicio poético que abre la posibilidad de otro pensamiento en torno a lo común. Tampoco interesa la búsqueda por el origen fáctico de lo dicho -como si en eso radicara la potencia de una idea-, ni siquiera si lo dicho fue dicho , nos interesa más bien, la verosimilitud de una imaginación del pensamiento, es decir, el espectro de imaginaciones que se abren con el sólo hecho de su posibilidad, aunque no haya sido dicha aún. En De la magia (1588), Giordano Bruno busca imágenes de pensamiento con las cuales sostener una intuición sobre la que se enhebra su obra (y que le costará la vida): la continuidad espiritual del universo. En procura de ello, relata la siguiente conjetura: "Se cuenta que un instrumento en piel de cordero, puesto en presencia de un tambor en piel de lobo, pierde su sonoridad (...): es que el espíritu que está en la piel del animal muerto es capaz de vencer y de someter al otro, en tanto que participa de la antipatía y del deseo de dominación que habitaban en los animales vivos." Y agrega: "No he verificado yo mismo si lo que se dice es exacto: pero esto no deja de aparecer verosímil, y razonable." La hipótesis que arriesga Bruno, importa menos como entendimiento que como encantamiento. Importa que la ocurrencia da qué pensar . La idea de que las huellas impresas en la memoria afectiva de la materia, conservan resonancias sensibles vivas ante la presencia de lo que dejó esa huella, aún después de la muerte del animal, no sólo no es inverosímil, es conmovedora. El indicio poético de Mead, ofrece un mito de origen otro , nos cuenta el principio de una historia. Menos una utopía que un (re)inicio, no un futuro prometedor sino un comienzo otro. Nos regala un principio, un comienzo oblicuo, un venir de otro lado . Nos regala un había una vez de otro mundo. Un gesto que Úrsula K. Le Guin enseña en "Teoría de la ficción como red", para disputar el relato dominante que explica el origen de la cultura a partir del uso de objetos largos y duros para pinchar, atizar, punzar y matar. Siente no tener, ni querer tener nada que ver con la genealogía que impone esa narrativa. Conjetura que esa civilización teorizada por los hombres, pertenece a la imaginación civilizatoria propia de los hombres: parida del gusto por la posesión, el puñal, la penetración, la violación, el asesinato. El relato de los cazadores estructura la narrativa del héroe, lo que Le Guin no duda en llamar " relato del asesino ". Advirtiendo que el horizonte de ese relato, apunta a la desaparición misma de quienes cuentan, que la culminación de ese relato termina en el fin de la posibilidad de contar, escribe: "A veces, parece que este relato está tocando a su fin. Para que no se llegue a la situación de que ya no quede nadie contando relatos, algunos de nosotros aquí entre la avena brava, entre el maíz alienígena, creemos que es mejor empezar a contar otro relato, que quizás la gente pueda seguir desarrollando cuando el antiguo relato haya terminado. Quizás. El problema es que nos hemos permitido ser parte del relato asesino, y puede que su fin también sea el nuestro. Por eso es con cierta sensación de urgencia que busco la naturaleza, el sujeto, las palabras del otro relato, del nunca contado, del relato de la vida. Es un relato extraño, no se nos da con facilidad, no se nos pone en la punta de la lengua con la misma facilidad con la que lo hace el relato asesino." Le Guin deja una indicación clínica preciosa: no se nos da con facilidad imaginar el relato de la vida . El relato del asesino se aposenta en la lengua mediante los encantos seductores de la facilidad. Sería más fácil contarnos como quienes dan-la-muerte que imaginar relatos para la vida, para hacer vivir la vida -no la "nuestra "-, imaginar relatos para cuidar lo vivo. En el ejercicio de imaginar un relato para otro nacimiento y otro porvenir de lo vivo, sugiere que el primer artefacto cultural probablemente fue algo que contenga, no que lacere, lastime o penetre, sino un recipiente, algo que funcione como contenedor para guardar lo recolectado. Y agrega algo que nos devuelve al relato de curación de Mead: "Diría incluso que la forma natural, correcta, adecuada de la novela quizás sea la de un saco, o una bolsa. Un libro contiene palabras. Las palabras contienen cosas. Portan significados. Una novela es un botiquín , que contiene cosas en una relación particular, poderosa, entre sí, y con nosotros." Es difícil imaginar aquella escena de cuidado de una convalecencia herida , sin la invención de las caricias como un mientras tanto que apacigua el tiempo del dolor, hasta que encuentre alivio. Ese había una vez , sugiere que no vendríamos de la conquista, la fuerza y la guerra, sino de una convalecencia acariciada .   II. Caricia y fascismo Hay una curiosa recurrencia entre caricia y fascismo que enhebra a Martín Baró, Fernando Ulloa y Jacques Lacan. Ignacio Martín Baró, formado en psicología, filosofía, teología y literatura, docente e investigador universitario, y sacerdote jesuita nacido en España, se instala en El Salvador, tras un recorrido por Ecuador, Colombia, Frankfurt y Lovaina, como parte de su noviciado en "la Compañía de Jesús". Es asesinado en 1989 junto a otros ocho sacerdotes, en la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas, en un operativo ejecutado por un batallón de las Fuerzas Armadas Salvadoreñas entrenadas e instruidas en la doctrina anti-comunista por la Escuela de las Américas. En el tiempo que ejerce la docencia y la investigación en Universidades Centroamericanas, se dedica a interpelar los marcos teóricos de las psicologías y el psicoanálisis de su tiempo, tras constatar los límites de esas teorías, al momento de pensar las incidencias traumáticas inscriptas en el cuerpo y la memoria de lo común por el uso de la tortura, la desaparición, la represión y el cultivo del terror que introdujeron los terrorismos de estado que ocuparon Latinoamérica durante los años de vigencia del Plan Cóndor. En la atmósfera de esas décadas de terror y exterminio como políticas de estado para erradicar imaginaciones alternativas a la totalización del capitalismo, Baró se detiene en la caricia, algo de ese gesto llama su atención, se dispone a pensarlo, le dedica un artículo breve que titula "Psicología de la Caricia" (1970) .  Allí anota "La caricia, en las manos, se reviste de trascendencia. (...) Palabra táctil hecha de sensaciones y silencios." Ante la invención de formas inauditas de la crueldad, el horror y el espanto, piensa en la caricia, como algo capaz de desarticular el terror inducido en la piel, algo susceptible de deshacer la fatalidad irrigada entre los tejidos de un cuerpo. Algo similar sucede en Ulloa, cuando trata de pensar la condición de posibilidad de la crueldad, como sustrato histórico del terrorismo de estado, a partir del " fracaso del primer amparo ": la ternura. Pensémosla como un gesto de hospitalidad fundante de una común vulnerabilidad entre vivientes, que se compone de tres dones que mitigan el desamparo que nos constituye: abrigo frente a los rigores de la intemperie, alimento frente a los rigores del hambre y miramiento, que no es sino la consideración amorosa sobre una vida en estado de vulnerabilidad, de desamparo, de indefensión. Ese inasible don que Ulloa llama miramiento amoroso -quizá el más enigmático-, puede pensarse como una comparecencia ante el llamado de lo frágil . Una suavidad herida que atiende la solicitud de lo vulnerable. Ulloa merodea el gesto de las caricias, pero no alcanza a nombrarlas. ¿Qué lugar tiene Lacan en esta historia? En un fragmento del film " Una cita con Lacan ", una analizante relata una intervención que no olvida del tiempo en que se atendía con Lacan. Había nacido en la Alemania de 1938, "años de horror, angustia, hambre y mentiras". En una de las primeras entrevistas pregunta a Lacan si es posible curarse de ese sufrimiento. Un día le cuenta un sueño recurrente: "me despierto cada mañana las 5hs. Es a las 5hs que pasa la gestapo  para llevarse a los judíos de sus casas." En ese momento Lacan se levanta de un golpe de su silla, atraviesa el espacio hasta llegar a ella, y le da una caricia " dulce, extremadamente dulce " en la mejilla. " Lo entendí como un gest-á-peau (en francés: gesto en la piel, una caricia) , un gesto extraordinariamente tierno . Y esa sorpresa no disminuyó el dolor, pero hizo algo más, lo transformó... la prueba es que cada vez que lo cuento, aún puedo sentirlo en mi mejilla .” Desde los efectos del fascismo en Latinoamérica, Argentina y Francia, Baró, Ulloa y Lacan se encuentran ante la perplejidad clínica de pensar cómo inscribir, en vidas ateridas por el terror, marcadas por la indecibilidad del horror, un desvío que (re)abra un porvenir para lo vivo. Frente a las huellas de lo atroz en cuerpos, memorias, afectos, pueblos transidos por el exterminio, algo los orienta hacia la caricia.  ¿A qué responde esta extraña coincidencia? ¿Qué le hace una caricia a un cuerpo transido de terror? ¿En qué consiste una caricia? III. Texturas poéticas Una idea de Anne Dufourmantelle para pensar lo que inaugura el encuentro entre una caricia y lo acariciado:  “Un encuentro no es un saber, no nos lo apropiamos, es una textura poética que se apodera del cuerpo.” Así como un cuerpo puede devenir materia apoderada, modulada, reducida y enclaustrada por el terror, también resulta susceptible de apoderamiento por una textura poética . La caricia se despliega como gesto inaugural de un encuentro, un acontecimiento capaz de hacer de un cuerpo estaqueado en el terror, la materia erótica de una textura poética . Una incidencia capaz de desencadenar en un cuerpo, el albor de una erótica inaudita de la materia capaz de desafiliarlo del terror . Como textura poética , la caricia contiene la posibilidad de inscribirnos en la vía de un acontecimiento sin regreso . A esta potencia incidental de un tacto poético que erotiza la materia, Dufourmantelle la piensa como un “riesgo radical , de la naturaleza de la alegría ”: heridas de belleza que inauguran una “ abertura psíquica a lo inaudito” . El tacto poético ínsito a la caricia, introduce una conmoción en la vida, inflige un traumatismo por deslumbramiento del que ya no nos repondremos. En Lo intacto , Claudia Masin escribe sobre esa extraña herida : La hermosura es violenta. No te deja en paz / una vez que entra en tu cuerpo aunque quieras arrancártela, / dejar de verla, de tocarla, de recibirla, como una infección voraz / en cada célula. No es posible curarse de lo demasiado hermoso / porque la vida se le aferra y la vida es la más fuerte y terca costumbre que tenemos. Quiere volcarse sobre lo hermoso, / porque lo hermoso promete algo que sólo hemos conocido una vez, muy brevemente. Promete un regreso, / una vuelta. Promete un incendio que no queme / la casa desde sus cimientos, una casa / que no se cierre sobre nosotros / como una zarpa o una boca hambrienta, / un cuerpo cuya ferocidad descanse. Promete un tiempo / en que la ferocidad no sea la única manera de tocarnos / los unos a los otros y dejarnos una huella. Y quién / no quiere esa promesa. El tacto poético de una caricia, introduce el horizonte abierto de una promesa, o la promesa como horizonte de lo abierto: el instante de suspensión de la ferocidad como modo único de tocarnos, una impugnación de la ferocidad como destino del tacto. Un hiato que interrumpe la convicción fatídica de que no queda otra que dañar o sufrir el daño, matar o morir. La caricia intercede sobre la trama desolada de desamparos aterrados, donde encuentra sustrato afectivo la querencia en el deseo cruel, que persuade con el postulado: matar para no morir, dañar para no doler . Interfiriendo esa trama, la caricia obra como un punto de cesura en el continuum del terror; rotura que inaugura -o restituye- el principio poético de lo vivo. IV. Una dicha de la desposesión de sí Una caricia acontece,  en la medida en que no permite a lo acariciado volver sobre sí-mismo, interrumpe el círculo cerrado de la mismidad, la clausura en lo idéntico-a-sí, no permite el retorno-a-sí de lo acariciado. Lo acariciado no queda intacto. Una caricia nos inaugura como desvío de lo mismo, como una curiosa variedad del despertenecerse, una efracción de sí en manos de una alteración radical por la vía del tacto. Si para denotar la irreductible alteridad que constituye a vivientes que hablan, el psicoanálisis utiliza figuras tales como la " división subjetiva" o la " castración del sujeto", que aluden a una metafórica del filo que corta, la punta que tajea, el cuchillo que desgarra, el acero que amputa (tan cercanas a la narrativa del guerrero que señala Le Guin), la figura de la efracción orienta hacia la ruptura de un espacio o de las medidas de seguridad que lo mantienen cerrado sobre sí. Entre las imaginaciones de una metafórica de la efracción, encontramos el momento de florescencia de las plantas o la eclosión de la crisálida que marcan un punto de quiebre en la transmutación de lo viviente. Tras el paso de una caricia no volvemos adonde habíamos partido, ya no hay retorno posible a lo anterior. De esa interrupción, de esa discontinuidad, la caricia  hace nacer algo inconcebido para la vida, abre el espacio de una indeterminación encantada .   En ese suceso, ocurre una dicha de la desposesión de sí , algo que dice la palabra éxtasis: un estado del alma enteramente embargada por un intenso sentimiento de alegría, dicha, gracia. La caricia ocurre como gracia del desprendimiento de sí. Pero no es que la caricia busque precipitar ese acontecimiento en lo acariciado. Emmanuel Lévinas (1979) escribió: “Lo que se acaricia no se toca. No es la suavidad, ni el calor de esta mano que se da en el contacto, lo que busca la caricia. La esencia de la caricia es que no sabe lo que busca, y ese ‘no saber’, ese desorden le es esencial”   (…) “Es como un juego con algo que se escapa, un juego absoluto sin proyecto, ni plan, no con aquello que pueda devenir nuestro, y convertirse en nosotros mismos, sino con alguna otra cosa, siempre otra, siempre inaccesible, siempre por venir. La caricia es la espera de ese puro porvenir sin contenido” No se trata sólo de que la caricia carece de télos, de búsqueda de finalidad, interés, retribución, beneficio, sino de que esa carencia constituye su condición. La intencionalidad anula el acariciar. Absteniéndose del saber, del poder que otorga el saber, del dominio que otorga el poder, como condición de su advenimiento, la caricia se realiza como potencia lúdica de lo indeterminado. En ese sentido, se difiere a sí misma, toca sin tocar, aplaza todo lo posible el instante de inteligibilidad que otorga el tocar, efectúa una dimensión lúdica del tacto. Esa abstención ante el poder de dañar, esa invidencia decidida para impedirse ver y saber, que la inauguran, hacen de la caricia el principio de una ética. Lila Feldman advierte con justeza que es preciso un trabajo ético interminable para tratar con las " potencias crueles " que nos habitan. Así, crueldades, abusos, ultrajes, no son cualidades ni esencias del mal, ajenas al bien, son verosímiles históricos a disposición en cada ocasión de la vida en común. Un trabajo ético supone atender cómo merodean, en qué lugares acechan, en qué momentos llaman, cautivan, seducen, persuaden, y en qué radicaría su fuerza incantatoria. ¿Cómo ocurre que un cuerpo se incline hacia el encanto de las eróticas de la debilidad antes que a la embriaguez de la fuerza? V. Común dicha indefensa Una singularidad de   la caricia radica en que   palpita como un fenómeno liminal, un litoral, un umbral de inminencia en el que se encuentran ternura y violencia, indefensión y fuerza, erotismo y terror. ¿De qué manera? Si bien toca sin tocar, una caricia se dirige hacia un punto preciso: la indefensión . Una caricia no toca en otro lugar, no se dirige hacia otro lugar. Quizás ahí encontramos otra condición: la abertura a la indefensión. Lo acariciable es tal si -y solo si- se abre a la indefensión. Sólo deviene acariciable lo que se da a la indefensión, de otro modo no hay posibilidad para la caricia, no hay pasibilidad  a la caricia. Quizás erotismo y fascismo sean dos respuestas antitéticas ante una evidencia de indefensión. Si la caricia conlleva la capacidad de hacer desfallecer al fascismo es porque se ubica en el punto exacto en que nos encontramos ante  la indefensión. Punto de decisión acerca de  la indefensión, punto de inflexión y clinamen: sobre la indefensión se puede optar por dejar la marca de la crueldad (aprovecharse de ella, usufructuarla) o por la marca encantada de una caricia. Así pensada, una caricia no es sino en después. No está nunca antes, no preexiste a lo acariciado, acontece como después de su decisión ante la indefensión. Sólo entonces sabemos si hubo caricia. La caricia y lo acariciado nacen del mismo instante. Ante la indefensión, la caricia hace algo sin par: realiza la insólita maravilla de tornar en dicha la indefensión, nos dona una dicha de la indefensión . Eso que Juan L. Ortiz llamó el " gesto envolvente de una común dicha indefensa frente al sueño / o la muerte ”. Ese momento de encantamiento de la debilidad , suspende al mundo como destino de miedo, terror, asedio, hostilidad, hostigamiento; marca la suspensión del imperativo de fuerza para defenderse.  En este punto, la susceptibilidad a la caricia requiere una claudicación, una desistencia, una rendición: un darse a la indefensión , sin ese movimiento la caricia no encuentra dónde acariciar. La caricia precisa y posibilita sucumbir ante la incandescencia de una común dicha indefensa. VI. Desasimientos de la fatalidad Dufourmantelle retoma el asunto del encuentro para pensarlo como dos desconocimientos que, entreverados, componen la alquimia de un saber extraño capaz de desaquerenciar a una vida de la fatalidad: “ Y el milagro es que, a veces, entre dos desconocimientos, se produzca un advenimiento. Un advenimiento que es del orden del amor (decimos transferencia, es más prudente), un advenimiento que es un encuentro. De este desconocimiento nace un saber extraño, que puede deshacer la fatalidad.” Una caricia hace marca erótica en el cuerpo de la indefensión, signatura poética de una amorosidad capaz de desandar la fatalidad de habitar vulnerabilidades en estados de mundo emperrados en dañar. Osvaldo Bossi, muy cerca de Lévinas, aconseja a dos amantes: “ Acaricia su cuerpo / como si contuviera todo el porvenir” Una caricia relumbra como refugio que está acá. Quizás una de las pocas cosas que está al alcance de las manos. Una iridiscencia capaz de hacer desfallecer el terror, una poética del tacto, una entre otras, eróticas de lo común . Ese punto que la caricia acaricia , que toca sin tocar , es el lugar donde anidan los temblores: los del terror, los de la rabia, los del miedo, los del frío, los del desamparo, pero también los de las amistades, los de los placeres, los de los erotismos, los de las caricias, los de los besos, los de los amores, los de la risa, los de la promesa. ¿Con qué caricias podemos tocar puntos de temblor  que irradien sobre el presente, eróticas de lo común ? Mariana Yampolsky - Caricia - 1989 - Impresión en Gelatina de plata - 40 x 50 cm

  • Adynata Julio: Lo inimaginable / VPS

    Adynata Julio se presenta con textos que se mueven entre poéticas que muerden piedras y caricias que desvarían. Entre eróticas clínicas, antifascismos y ternuras emancipatorias. Entre milpas, buitres, jubilados y nopales. Entre cartas y guerras que vienen y van; democracias, vanguardias y cabezas, demasiadas cabezas. Entre desconfianzas y preguntas travas, que proponen resurgires y amistades. Entreverada y en medio de este barullo, Adynata asoma a otro mes en el que insistimos en resguardar los movimientos de olvidos y memorias de lo inimaginable: La ronda de las Madres, el zapatismo, la revuelta de Stonewall, Diciembre de 2001, el Movimiento Sin Tierra, el 17 de octubre, la fuga de Trelew, el Black power del Black Panther Party, el Ni una menos, la Colifata, la Comunidad Homosexual Argentina, el 15M y los indignados, los chalecos amarillos, el evade y la revuelta, el black lives matter, la furia trava, el Frente de Artistas del Borda, el me too, el yo si te creo, el movimiento de mujeres kurdas, la campaña por el aborto, la huelga de inquilinos, “La voz de la mujer”, la semana roja, el Tierra y Libertad, el Cordobazo, el Rosariazo, el Mayo francés, el Frente de Liberación Homosexual, la revolución cubana, la revolución sandinista, el vogguing negro en los ballrooms de New York, el movimiento de curas villeros, la Unión Feminista Argentina, las luchas autoconvocadas contra los incendios, y las que defienden los territorios, el movimiento piquetero, la marcha blanca, los frazadazos, el Santiagueñazo, el archivo de la memoria trans, la asamblea no a la mina, Sudor Marika, las fábricas sin patrón, Jubilados Insurgentes, la resistencia palestina ... Nicolás Koralsky (2025) Serie Frágil.

Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.

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