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  • Insumisiones, otro nombre para una común debilidad / Verónica Scardamaglia

    “Frágil, como una bomba” “Acepto este destino de camisas planchadas” Julio Cortázar 1. ¿Cómo insistir en intervenciones clínicas (institucionales, políticas, pedagógicas, estéticas, éticas) que se constituyan en las texturas de una común debilidad y que no la denuesten o quieran fortalecer y endurecer? 2. “Dar la acogida” aconteció con varias formas: como exposición teórica de un lunes, como vivo en instagram de un miércoles, como publicación de una revista digital un setiembre y como capítulo de un libro meses después. En cada pasaje, ofrecido a un campo de afectaciones, de hechos, lecturas, pensamientos y escrituras de este tiempo y de otros tiempos, algo permanecía y algo mutaba al recorrer un arco posible de tensiones entre expulsiones y acogidas. Incluso tuvo el peso de “el teórico del día después del magnicidio” a partir de lo que surgió la idea de lo irreductible que toma Levinas y se hicieron referencias a una clínica de lo irreductible. Muchas pistas de esta clínica las encontramos en el libro Sesiones en el naufragio, una clínica de las debilidades (2023). 3. El capítulo maravilloso Clínicas que saben de la espera se ocupa de estas discusiones y apuestas clínicas. Allí leemos “Dice Oury que si se quiere saber cómo transcurre una civilización, alcanza con observar cómo trata a las vidas desoladas, a las vidas que acampan en las orillas, a las vidas que sienten dolores y energías planetarias. La palabra tratamiento reúne tentativas de cuidado, de acogida, de donación de tiempo, de una común espera, de un llamado a escuchar lo que no se sabe cómo pensar. Tratar supone consentir lo irreductible, respetar los ritmos de un silencio, custodiar el misterio indescifrable de una vida". 4. ¿Cómo llevar estas ideas, vivirlas y hacerlas acciones en escenarios institucionales donde acontecen prácticas pedagógicas? Escenarios donde las expulsiones siguen reinando y, tantas veces, transforman a la educación en un campo de castigos y humillaciones al servicio de la domesticación. Espacios institucionales inventados con la lógica del disciplinamiento a través de la producción infinitesimal de daños que, quizás, nunca puedan quitarse los ropajes blancos, solemnes, limpios y mesurados de la homogeneización uniforme. Aún así, insistencias que se resisten a ello activan, en el antro de lo uniforme formas que, aún aisladas, que muchas veces solitarias, que otras tantas irreverentes y alocadas, ponen en acto una pregunta ¿cómo hacer posible pedagogías de lo irreductible? 5. Quiere derribar el mástil. Le dicen que va a ser difícil, que hay otras cosas más importantes para hacer en la escuela antes que eso, pero no se animan a contradecirla demasiado, está ungida con el cargo de directora. Tratan de convencerla diciéndole que siempre estuvo allí. Ella insiste y retruca que en ese lugar, cien años atrás, había un aljibe. Sueña con que ese pedestal gris de cemento y baldosa, se transforme en un módulo de madera con rueditas, móvil y lustroso para que el patio asuma diferentes frentes, para que la bandera suba y baje sin la obligación de mirar sólo en una perspectiva. 6. Se lee en el capítulo De las instituciones los grupos y los docentes (Una subjetividad que se inventa. 1994) “31. No todos No todos piensan lo mismo. No todos aprenden lo mismo. No todos piden lo mismo. No todos entienden lo mismo. No todos gustan de lo mismo. No todos es el principio de la no uniformidad, de la no homogeneización. No todos quiere decir que cada uno trata de ser el que puede. Coordinar un grupo es dejarse incoordinar por un no todos que conjuga tensiones, diferencias y simpatías. Coordinar un no todos es dejarse incomodar.” 7. En el año 1997 se derogan las amonestaciones y se levanta muchísimo revuelo mediático y social. Ellas nacieron con el reglamento escolar de 1943. Vivieron 54 años e hicieron posibles abusos de poder, expulsiones, castigos, violaciones, acosos, humillaciones y amenazas. Funcionaban unilateralmente y a gusto de quien las utilizara. Se aplicaban hasta llegar al tope de 25, gradualmente o todas a la vez, según la mano que midiera la transgresión. El 5 de agosto de 1999, ya reformada la Constitución e incluida en ella la Convención internacional por los derechos de niñas, niños y adolescentes, se sanciona la ley 223, que crea el Sistema Escolar de Convivencia en el ámbito de la jurisdicción de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Se consolida luego de un minucioso relevamiento territorial sobre las diferentes prácticas institucionales que se implementaban para regular y organizar el sistema escolar de convivencia en las 191 escuelas medias y técnicas de CABA. En un principio, esta iniciativa fue vetada por el entonces jefe de gobierno porteño, Fernando de la Rúa, porque restaba autoridad a los directivos de las escuelas al delegar la decisión final de las sanciones a consejos de convivencia representativos de toda la comunidad educativa. Finalmente, quedó aprobada y reglamentada. Al día de hoy, aún no logramos desinstalar prácticas y discursos disciplinarios en las escuelas. 8. Con el proyecto pedagógico Extramuros integrado por más de 20 jóvenes de diferentes cursos y años y coordinado por tres docentes, realizábamos instalaciones estético políticas en la escuela. Luna (15 años, inquieta, curiosa, cariñosa y peronista hasta la médula) trajo de su casa un maniquí. Su mera presencia inquietaba tanto que estuvo un tiempo desaparecido, hasta que lxs chicxs del Centro de Estudiantes lo encontraron en un cuartito del subsuelo de la escuela. 4to 2da lo tenía en el aula. Lo pintaban, lo vestían, lo dibujaban. Decidieron bautizarlo como HELSATAF. Cada mayúscula respondía al nombre y a un pedacito de la historia escolar de unx estudiante que había quedado en el camino. En rojo, en una pared de un aula, quedó el grafitti con ese nombre. Quizás funcione como recordatorio, quizás como testigo silencioso de lo que son capaces las escuelas. 9. ¿Qué composiciones se necesitan para que las prácticas clínicas y pedagógicas se subleven? ¿Cómo dejar de repetir guiones enseñados para una perpetuidad que hace ver diagnósticos, disfuncionalidades, patologías, faltas y que copulan así con los preceptos del capitalismo? ¿Cómo dejar de conjugar el rezo que dice y hace decir, actuar y sentir: el problema soy yo, el problema sos vos, el problema es él (o ella, incluso elle) el problema somos nosotros el problema son ustedes el problema son ellos? ¿De qué otras clínicas, de qué otras vidas somos capaces? 10. Leemos en Una subjetividad que se inventa. Diálogo demora recepción (1994) “Yo, docente Yo docente tiene pequeñas satisfacciones. Yo docente asediado por torbellinos institucionales, modas pasajeras, cursos de perfeccionamiento, presiones diversas, falta de tiempo, burocracias, salarios indignos, humillaciones, luchas imposibles. Yo docente siente frustración y dice que le falta el aire. Sería un error pensar que yo docente es el nombre de una conciencia de narciso desganada; o que es una nueva denominación para el sujeto de la enseñanza. Yo docente es una voz que cree sufrir en exclusividad las injusticias e irracionalidades institucionales. Yo docente es una conciencia que sufre aislada y en grupos. Pero, yo docente es la forma de un sufrimiento sobrante: añade al padecimiento la innecesaria locura del pronombre yo”. 11. Se pregunta Roland Barthes en el seminario sobre Lo neutro (1977 – 1978) “¿En qué condiciones difíciles un discurso puede no ser arrogante?”. 12. Arrogancia, avasallamiento, humillación, imposición, infantilización, revictimización, solemnidad enarbolan el imperio de lo uno. No saben y no les interesan las posibilidades a las que abre lo múltiple. Así congelan, subsumen, mansplanean la mayoría de los momentos, aún en nombre de la deconstrucción, los anarcofeminismos y las izquierdas. 13. Llegó, orgulloso, vistiendo una camisa rosa e hizo alusión a ello. Un chiste, en tono de añoranza, le advirtió “Ojalá alcanzara con una camisa…”. Después de almorzar, se retiró sin levantar su plato de la mesa. 14. Debilidades también pueden recorrerse, nombrarse, sentirse como fragilidades, suavidades, delicadezas, ternuras. Aperturas porosas donde se cuela mucho más que dolor y que saben de lo que se puede cuando se baja la guardia. Simone Weil nos recuerda que “Sólo aquel que ha medido el dominio de la fuerza, y sabe cómo no respetarla, es capaz de amor y justicia”. 15. Plantea Marcelo Percia en Debilidades (2023, Sesiones en el naufragio) que indolencias, indiferencias, anestesias, impasibilidades pueden pensarse como defensas que erige la impermeabilidad de la fuerza para salvarse del dolor. ¿Impenetrabilidad de cuerpos que se pretenden sin agujeros? 16. ¿Qué acciones inventar para liberar a la vida de una civilización edificada en torno a culpa, sacrificio, abnegación, moral? 17. Un auto comete el homicidio de un hijo de treintipico. Todos le indican retomar terapia. Cuando lo hace, con una delicada sabiduría, dice: “para poder retomar, esperé a no estar todo el tiempo llorando, sino no iba a poder articular palabra”. Sabe de lo infinitesimal de un respiro para hablar, para comer algo, para dormir un poco. Cuando el dolor irrumpe, la mayoría de las veces, no da tregua. Agrega: “si noto que me pongo muy ansiosa, medito. Estoy meditando un montón, eso me calma”. Hablamos de cómo se calma un bebé: a upa, dándole tiempo y acunándolo. Y concluimos provisoriamente que meditar se siente como acunar el dolor. 18. Una trampa arrincona y hace pensar a las debilidades sólo como oposición a fortalezas. Queda así miope lo que puede nacer e inventarse ante cada situación cuando se activan alianzas, redes y sostenes. Conviene sospechar de esta trampa aunque no la entendamos todavía. 19. En ocasión de la huelga de inquilinos de 1907 se lee en la revista Caras y Caretas del 21 de septiembre: “Hasta los muchachos toman participación activa en la guerra al alquiler. Frente a los objetivos de nuestras máquinas, desfilaron cerca de trescientos niños y niñas de todas las edades, que recorrían las calles de La Boca en manifestación, levantando escobas ‘para barrer a los caseros’. Cuando la manifestación llegaba a un conventillo recibía un nuevo contingente, que se incorporaba a ella entre los aplausos del público”. En aquella Buenos Aires, un 20 % de la población vivía en conventillos. El vocero de la iglesia, Santiago Estrada, escribía en 1889: “El conventillo es la olla podrida de las nacionalidades y las lenguas (…) En ellos crecen, como la mala hierba, centenares de niños que no conocen a Dios, pero que dentro de poco tiempo harán pacto con el diablo. Carecen de la luz del sol, y se desarrollan raquíticos y enfermizos, como las plantas colocadas a la sombra carecen de la luz moral, y se desarrollan miserables, egoístas, sin fuerzas para el bien”. La llamada huelga de las escobas estalla a partir de decretarse el aumento de impuestos que provocó la suba de alquileres. Se creó el Comité Central de la Liga de Lucha Contra los Altos Alquileres e Impuestos que pedía la reducción de un 30 % en los alquileres y se expandió hasta lanzar una huelga general. Relata Olga Viglieca en el texto “La huelga de los conventillos” (2022): “Entonces creció el protagonismo de las mujeres y los niños en la defensa del hogar. Ausentes los hombres durante el día, ellas y sus hijos enfrentaron los desalojos y a las autoridades con uñas y dientes, armados de escobas, piedras, maderas y calderos con agua hirviendo. Defendían lo que les pertenecía o, como decía el manifiesto de los huelguistas, “el derecho a vivir”. De día patrullaban las mujeres y los niños; durante la noche, montaban guardias y las puertas de calle se cerraban con cadenas junto a piedras, palos y todo lo que sirviera para disuadir el desalojo”. La alegría de la lucha se expandía en los patios y las calles entre asamblea y asamblea donde se debatían estrategias para frenar los desalojos. “Había manifestaciones callejeras que iban de conventillo en conventillo en las que los chicos blandían las escobas. De hecho, una de las primeras manifestaciones fue la “marcha de las escobas” en el barrio de La Boca, donde cientos de criaturas desfilaron con sus madres enarbolándolas”, escribe Olga Viglieca. Imposible que la represión policial no se hiciera presente, en aquellos tiempos dirigida por el detestable coronel Ramón Falcón quién fusiló a Miguel Pepe, un español de 17 años a quién había marcado días antes cuando arengaba gritando “Barramos con las escobas las injusticias de este mundo”. 20. “Endurecerse sin perder la ternura” Hace 10 años, el proyecto Extra Muros organizó una Chermesse. Se implementó para trabajar el nombre de la escuela y dar a conocer diferentes acontecimientos de la vida de Ernesto Che Guevara con juegos: la rayuela revolucionaria, Inventate una vida, Tumbagarcas, No seas bigote, El juego de la foca, CQChe y Ponele la boina al Che. Para éste, Vicky, Naza y el Mono dibujaron una imagen grandota del Che haciendo fuck you. Inquietó tanto a las solemnidades docentes militantes de izquierda que cuando el dibujo quedaba guardado en una pared de Biblioteca, tapaban con un armario sólo la parte del gesto obsceno. ¿Qué hubiera sucedido si en aquel 2013 dábamos rienda suelta a la propuesta de aquella inmensidad vital de 17 años llamada Vicky de usar el maniquí para hacer un Che Guevara travesti?

  • Mientras la conducción haga falta / Marcelo Percia

    No conviene idealizar ni depender de las conducciones. Tampoco desestimar momentos que las necesitan. La necesidad permanente de conducción podría pensarse como la enfermedad de una civilización que agoniza. La falta de referencias desquicia vidas que no encuentran a quién seguir. Conducciones (si no quedan reducidas a liderazgos, jefaturas o mandos personales) transportan energías delegadas. Actúan como vías conductoras, como vasos comunicantes entre nerviosismos y pasiones, entre afectos y llamaradas. Conducciones, a veces, se ofrecen como terapéuticas para sanar la necesidad de dirección. Conducciones tienen cabeza, corazón, pies llagados, manos sucias, nubes en los ojos, músicas en los oídos, pistolas que detonan sobre un rostro. Conducciones, a veces, no sólo sienten, piensan y dicen por ellas mismas, transmiten sentimientos, pensamientos, palabras, que no les pertenecen: sentimientos, pensamientos, palabras, que se encienden con chispazos de dolor. Conducciones existen amadas, respetadas, temidas. Existen bonachonas y malvadas, complacientes e impiadosas. Conducciones que no conducen, que no mandan, que no ambicionan para sí, invitan a navegar un común sin jerarquías. Conducciones enceguecidas actúan según fanatismos de la ambición, pero las que saben que no pueden ver se dejan orientar por pájaros, brisas, hojas que titilan, gemidos, cuerpos que sudan. Llegará la hora de la vacilación de los oráculos, de las profecías desmemoriadas, de las visiones empañadas, de la cautela de los extravíos. La hora de las soledades que exploran la vida sin dominios. Conducciones, a veces, se mimetizan con las formas que seducen y conquistan esperanzas. Pero cuando las fascinaciones caen, poderes en desgracia cementan los sentidos y se cubren con trajes paranoicos. Fascinaciones sirven como agarraderas o apoyos de los desamparos. Llegará la hora de los miedos liberados en un común temblor planetario. Conducciones, a veces, interpretan filamentos sensibles por los que fluyen ímpetus de la historia. Llegará la hora de las inferioridades desmandadas. Una hora ajada y rota. Una hora confiada en las debilidades. Conducciones, a veces, reconfortan con promesas. Tal vez la promesa más hermosa entre todas las promesas resida en la promesa de que un día no harán falta más promesas. Llegará la hora de las existencias no endiosadas, no ejemplares, no heroicas. Una hora en la que ya no gocen las obediencias. La hora soberana de las rarezas. La hora de las presencias que no brillan ni ensombrecen. Una hora sin grandezas, tutelas, majestuosidades. La hora subalterna. Conducciones, a veces, ofrecen puentes entre protecciones e intemperies, entre debilidades y furias, entre potencias e impoderes, entre soledades y una común confianza. Se extienden como cauces por los que corren afectividades indóciles e insumisas. Conducciones, muchas veces, actúan como extras o dobles de riesgo de capitalismos que las dirigen. ¡Ay… cuando gritan las bocas que no hablan, que no deciden, que no gobiernan! Conducciones, en ocasiones, enamoran, persuaden, engañan. A propósito del Manual de conducción política (1951), anota Horacio González (1999) que Perón desliza “la idea de las masas que se conducen solas: horizonte final donde el conductor debe disolverse en el océano de su propia innecesariedad”. El pasaje de la conducción que “hace falta a la que está de más”. Conducciones, por momentos, encarnan todas las bondades y todos los males. ¡Ay… las desbandadas de las credulidades estafadas! Conducciones, en algunas oportunidades, ofrecen la ocasión de la fiesta. ¡Ay… cuando falta una común alegría! Conducciones, a veces, aletean como crisálidas el día después de las catástrofes. Sueñan burbujas en el aire. Conducciones, con frecuencia, se montan como imágenes publicitarias, como espectáculos de fe, como mercancías del voto, como fortificaciones bélicas. ¡Qué curiosa proximidad la de los vocablos sufragar y naufragar! Conducciones, a veces, no dirigen, no mandan, no influyen: se ofrecen como conductos sin conducción. Latidos arrítmicos de un estar en común sin sujeciones. Pronto llegarán tiempos soberanos de una común debilidad descabezada. ¡Ay… las desesperaciones que se abrazan a promesas de salvación! Pero ¿a qué si no? Conducciones, a veces, mueven el cuello en dirección del poder como falsos girasoles. Tal vez se podría pensar en conducciones no veneradas ni demonizadas, no admiradas ni defenestradas. Conducciones necesitadas como voces apasionadas que, por momentos, encienden ideas y entusiasmos. Llegará la hora de dejar de coleccionar proezas asombrosas. La hora de encontrarnos con el solo asombro de la vida. Cuando, por fin, resulte redundante volver a decir que no hay vida sin un común. Fuente: https://lateclaenerevista.com/mientras-la-conduccion-haga-falta-por-marcelo-percia/ La cima del Lycabettus, Nicolás Koralsky Abril 2023, Atenas.

  • Parir Nacer / Cami Manzanilla

    Tengo contracciones y creo que me hice pis. Ya sabía yo que por estas fechas nacería. No sabía mucho más. Voy a la clínica y me dejan internada porque ya viene. Me tocan, me acomodan. Me dicen que me quede tranquila. Siento dolor en las costillas y en la cintura. Me dan algo. Creo que estoy sola. Digo, hay un montón de gente pero no sé dónde está el papá de mi hijo ni mi familia. No tengo fuerzas para preguntar. Intento pujar. Me dan ganas de vomitar, qué verguenza, vomito. “Parece que comiste mucho” dice una de las parteras, no entiendo ese comentario. Vuelvo a pujar. Hay algo raro en mi postura pero no sé cómo se hace esto, el obstetra ya había comentado sobre “mi poca predisposición”. Me van diciendo y yo voy haciendo. Obedezco, deben saber. Hablan entre el médico y las parteras, pero no entiendo, yo solo pujo y siento dolor. Algo pasa que mi bebé no sale. En un mismo movimiento uno de ellos (parece que es el anestesista) se me sube encima y empieza a empujar mi panza, no siento nada pero me molesta. Mientras otra se concentra entre mis piernas y corta, corta, corta. Hay más gente, no sé qué hacen. Estoy cansada. Me acuerdo que en el curso de preparto hablaron de mujeres que se portaban mal, de mujeres que gritaban pero yo siempre fui la que se portó bien así que no grité. Hablan, se alientan y dicen cosas entre elles. Quiero llorar y no puedo, solo hago fuerza. Nunca antes había sentido esta incomodidad, ya quiero estar en casa con mi bebé. Alguien agarra algo parecido a una sopapa y la lleva hacia mi vagina. Siento algo de desesperación en mi entorno. Sacan inmediatamente a mi bebé. Silencio. Más silencio. Silencio Empiezo a ver todo en cámara lenta, como una película que tarda en cargar "¿Por qué no llora?" Pregunto, pero nadie me responde. Se mueven rápido y consiguen oxígeno. Sutil, ahogado, sobrevivido es el primer sonido que hace mi hijo. Está vivo. Lo revisan varias veces y no me lo dan. Veo cómo se alejan. Se lo llevan. Yo recupero el aire pero no mi cuerpo. No tengo cuerpo. Tengo algunas certezas 1. Mi hijo está vivo 2. Acaban de violarme 3. No volveré a abrir las piernas ni a sentir contracciones ni a romper bolsa nadie aplastará y apretará mi cuerpo. No escucharé el silencio de los latidos de nuevo me aleccionaron y yo aprendo rápido mi próxima hija nacerá por cesárea. ………. Nací un 21 de mayo de 1993, cesárea programada. La fecha probable de parto (FPP) era para el 31 de mayo. El médico decía que ya era tiempo, las parteras decían que no, que estaba de 37 semanas Mi mamá le creyó a las parteras, pero todas tuvieron que obedecer al médico. Nací con reflujo y algunas varias desregulaciones que pude acomodar. Siempre me acomodo. Me quedo pensando. Esta vez mi mamá creé que eligió. Pero la verdad es que no tuvo opciones. Ella no quería cesárea, quería salvarme. El embarazo no era de riesgo pero la vida siempre está en riesgo cuando del otro lado de la piel el sistema nos violenta. Yo lloré cuando nací, al instante, y ese llanto fue para mi mamá lo más parecido a la libertad, mi hermano no lloró, mi hermano casi se muere, pero yo no. Qué paradójica la coyuntura labrada en la representación del parto y el nacimiento. Nos hacen creer que elegimos incluso con dispositivos discursivos que enuncian el respeto pero solo son barrotes de una jaula más grande. Me quedo pensando en las cicatrices. En mi mamá en su cocina, en los mates que tomamos y esta vez pensamos juntas. ¿De qué otras cicatrices hablamos, cuando hablamos de parir, cuando hablamos de nacer? ¿Qué es la violencia médico- gineco- obstétrica? Nota: Cami Manzanilla. Poeta argentina y doula feminista, integrante de guardianasfloreseremos. En el marco de la semana mundial del parto respetado este texto fue leído el domingo 28 de mayo 2023 en mural ritual, reparación comunitaria, junto a mujeres atravesadas por violencia médico- gineco- obstétrica. Denuncia colectiva iniciada al hospital municipal de Morón durante la gestión de Cambiemos. Violencia obstétrica es violencia sexual.

  • The narrator is out of joint / Paul B. Preciado

    Dentro, fuera. Lleno, vacío. Seguro, tóxico. Masculino, femenino. Blanco, negro. Nacional, extranjero. Cultura, naturaleza. Humano, animal. Público, privado. Orgánico, mecánico. Centro, periferia. Aquí, allí. Analógico, digital. Vivo, muerto. El narrador se descentra. Pierde el norte. No da pie con bola. No sabe ni quién habla ni de quién es su voz. Después de haber vivido ocho años nómada, con base en Nueva York, Barcelona o Atenas, pero viajando por medio mundo, he decidido, ahora con mi pasaporte masculino y mi certificado de buen disfórico, volver a París. Estoy delante de la puerta de un apartamento con tres pares de llaves idénticas, pero no sé como abrirla. «Esta puerta tiene sus secretos», había dicho el anterior propietario, había que girar la llave, tirar del pomo suavemente y al mismo tiempo golpear el marco de manera firme y seca. Lo intento varias veces, me lastimo el dedo al girar la llave y golpear al mismo tiempo, y solo cuando ya estoy a punto de darme por vencido la puerta cede. En virología se denomina «puerta» a la vía que permite a un virus acceder a las células del organismo huésped para llevar a cabo el proceso de inoculación. Se dice de la célula que actúa como puerta que es una «célula susceptible y permisiva». La relación entre el virus y su huésped es especifica y esta determinada por la unión entre proteínas virales y receptores de la membrana celular «permisiva». Solo después de esta entrada inicial en el organismo comienzan las fases de absorción y la multiplicación viral. Durante la absorción, los receptores de la membrana de la célula hospedadora «reconocen» de algún modo las proteínas de la cubierta externa del virus. En algunas enfermedades virales, como en la rabia, la puerta es la piel, en otras, como en la gripe o el sarampión, la puerta es el tracto respiratorio; en el caso del papiloma o del VIH, la puerta es el tracto genitourinario o el ano; en los enterovirus, como el EV 70, la puerta es la vía conjuntiva. Un cuerpo, desde el punto de vista viral, no es más que un conjunto de puertas, más o menos cerradas. Más o menos abiertas. El apartamento está totalmente vacío. Nunca me gustan tanto los espacios como cuando están desnudos. Solo antes de que lleguen las convenciones y los muebles es posible tener un cuerpo a cuerpo con la arquitectura. Los muebles son dispositivos de captura que codifican el cuerpo en el espacio y determinan su movimiento, proponiendo un plan de acción en el tiempo: la cama, la mesa, el sofá, la silla del despacho... introducen disciplinas y usos específicos del cuerpo. Amueblar un apartamento es predecir una vida. Recorro el apartamento vacío tocando sus paredes, como se saluda a un caballo o a un perro acariciando su piel. Y decido pasar allí la primera noche, antes de que entren los pintores y llegue el camión de la mudanza. Todavía no sé que luego pasaré meses sin salir de ese espacio. El tiempo se contractará y se detendrá en aquel lugar. Enciendo la única bombilla que cuelga del techo del salón y observo la casi imperceptible vibración de las aureolas de la luz sobre el techo: estoy a punto de dejarme atrapar por el imperativo de sedentarización. Un apartamento es al mismo tiempo un privilegio y una forma de control social, una tecnología de gobierno que establece un vinculo entre un cuerpo humano y un espacio; algo tan socialmente construido como la diferencia sexual o la asignación racial. Una institución, una pulsión de muerte, un fardo. Una segunda piel, o un exoesqueleto. Una prótesis. Una cárcel y un refugio. El nicho en el que se incuba la norma social. El jardín artificial en el que se cultiva el alma. Salgo a cenar una sopa con soba en el restaurante japonés de la esquina con el deseo de escapar y, al mismo tiempo, con miedo a olvidar el truco que permite abrir la puerta. Mudanza y encierro. Expansión y confinamiento. Esa alternancia dictará la ley de todo lo que vendría después. Transición y regresión. Cambio de paradigma y retroversión. Revolución y contrarrevolución. La puerta había sido abierta para cerrarse después brutal mente. Antes de que lleguen las cajas de la mudanza, paso largas horas solo en el apartamento vacío. Lo investigo, lo sondeo. Mido el suelo haciendo rodar mi cuerpo de un extremo a otro del salón y de la habitación. Reviso una a una las paredes recién pintadas, no para comprobar la calidad de la pintura, sino para cerciorarme de que no hay nada «dentro» de ellas. Busco una ranura que resulte invisible a simple vista, pero que pueda ser detectada con el tacto. Una puerta oculta, un doble fondo. Porque sé que dentro de poco ese lugar ahora anónimo se convertirá en mi geografía mental. A través de la ventana del apartamento veo caer la nieve con la misma fascinación que la observaba en Burgos cuando yo era todavía une niñe con nombre de niña y vestido de niña o como años después vi nevar en Nueva York y todo el mundo seguía aún llamándome por un bello y dantesco nombre que nunca me pareció ni masculino ni femenino. Aunque no hay absolutamente nada físico en el apartamento, ya funciona la conexión a internet, lo que quiere decir que el apartamento, aparentemente vacío, esta en realidad lleno. Su vacío es la posibilidad de un espacio digitalmente saturado. Me siento en el suelo del salón, enchufo la tableta a la electricidad, la conecto a internet y veo el documental sobre James Baldwin de Raoul Peck. ¿Por qué ha omitido Peck en la película el hecho de que Baldwin no era solo un activista antirracista, sino que también era gay, y que la relación de ambas formas de disidencia era constitutiva de su escritura y de su práctica artística? ¿Por qué habría que separar las luchas como si ser marica manchara el carné de activista antirracista o como si ser negro manchara el titulo de buen homosexual? Los dos vacíos de la izquierda tradicional, dice el Subcomandante Marcos, son «los grupos indígenas y las minorías sexuales y de género. Estos sectores no solo son obviados por los discursos de la izquierda latinoamericana de estas décadas y que todavía hacen carrera en el presente, sino que también se han propuesto el marco de lo que entonces era el marxismo-leninismo: prescindir de ellos y verlos como parte del proceso que debe ser eliminado».63 Esas dos formas de opresión están conectadas porque dependen de una misma epistemología petrosexorracial. No hay racismo que no implique un proceso de sexualización, ni sexualización que no decline en racismo. La biblioteca en ruinas La mudanza esta siendo peor que un tsunami, peor que un divorcio, peor que una enfermedad, peor que una muerte. O, más bien, la mudanza se iba a ir transformando poco a poco en todo eso, rostros sucesivos de un mismo evento: un tsunami, un divorcio, una enfermedad, una muerte. Poco a poco van llegando al nuevo apartamento, como en sucesivas oleadas, las cajas de Nueva York, de Kassel, de Atenas, y las que vienen desde Barcelona, desde la casa de Alison... Abrir los paquetes que han estado cerrados durante meses o incluso años es como ser golpeado por un meteorito que viene de mi propio pasado. Tengo miedo de ser enterrado por el archivo. La lista del contenido de esas cajas que yo mismo realicé para las diferentes empresas de transporte permite hacer un rápido balance de mi vida. Atenas: cuarenta y ocho cajas de libres, cinco cajas de ropa, cuatro cajas de elementos de cocina, una caja de elementos de baño, una mesa, dos sillas y seis taburetes; Nueva York: cincuenta y seis cajas de libros, cinco cajas de ropa, una silla de despacho; Barcelona: veintitrés cajas de libros y tres cajas de ropa; Kassel: veintiocho cajas de libros y un rulo de afiches. Las cajas de la mudanza son como capsulas de tiempo enviadas desde otras ciudades y otras vidas en las que yo tenia otro nombre, otro pasaporte, otro rostro, otro cuerpo. Desde Nueva York y Princeton llegan las cajas de 1993 2004, mis libros de estudiante de filosofía, de arquitectura, de historia de la tecnología, de estudios de género, docenas de carpetas de documentes y fotocopias que sirvieron para escribir mi tesis doctoral, pero también mi ropa de esa época. Nunca me vestí como una mujer cis heterosexual. Pero los códigos de la estética butch en el Nueva York de finales de siglo no eran, pese a lo que se pueda pensar, equivalentes a los de la ropa masculina. En esas cajas están los pantalones dickies, la ropa setentera de segunda mano que comprábamos en un almacén al peso en el norte de Harlem, las camisas acrílicas con cuellos largos estilo Casino, las camisetas estrechas en colores fluorescentes, los zuecos gallegos con suela de madera y las botas militares. Hay también decenas de videos: Born in Fiâmes, The Zéro Patient, Flaming Ears, Dandy Dust, Paris is Burning, Supermasochist, sobre Bob Flanagan, Ladies of the Night, Gendernauts, The Cachettes... Las fotos de Del LaGrace Volcano, los posters de Zoe Leonard, las invitaciones de performances de Laurie Anderson, de David Wojnarowicz, de Ron Athey y de Annie Sprinkle. Durante esos años, me construí un cuerpo lesbiano mirando esas imágenes. De Barcelona llegan las cajas de la transición, una mezcla de pantalones estrechos y de camisetas amplias, de bikinis y de trajes de caballero. Las cajas de Atenas y de Kassel de 2014-2018 son ya las cajas de Paul. Las miro con el alivio de quien ve un rostro conocido en una fiesta de viejos amigos del colegio en el que todos han cambiado. Pero en esas cajas hay sobre todo libros. El nuevo apartamento de París es pequeño y sé que solo algunos de ellos podrán encontrar un lugar en la nueva biblioteca, en mi mesilla de noche o incluso en mi cama. No necesito abrir las cajas para saber que están expectantes, ronroneando como gatos que esperan ser acariciados. Pero los libros no son animales, son más bien como virus, entidades intermedias entre el objeto y el ser vivo, que solo se animan en contacto con un cuerpo lector. Esas cajas que contienen mi biblioteca constituyen mi biografía. Hay muchas maneras de narrar una vida. Es posible decir, como suele hacerse, la fecha de nacimiento, la nacionalidad, cl estado civil, la profesión..., pero, en muchos casos, sería más pertinente hacer una lista de libros: la Carta al padre de Kafka, Proud Man de Katharine Burdekin, El beso de la mujer araña de Manuel Puig, Campo Santa de W. G. Sebald... Una biblioteca es una biografía escrita con las palabras de otros, hecha de la acumulación y el orden de los diferentes libros que alguien ha leído durante su vida, un puzle textual que permite reconstruir la vida del lectore. Además, y aunque esto pueda resultar paradójico o pueda enfadar a aquellos que se dedican profesionalmente a la escritura, al mismo tiempo que alegrar a los libreros, para constituir una biblioteca como biografía, a los libros leídos habría que añadir los libros que poseemos sin haberlos leído, aquellos que reposan en las estanterías o esperan sobre las mesas sin haber sido nunca abiertos y recorridos con la mirada, ni total, ni parcialmente. En una biografía, los libros no leídos son un indicador de anhelos frustrados, deseos pasajeros, amistades rotas, vocaciones no realizadas, depresiones secretas que se disimulan bajo la apariencia de la sobrecarga de trabajo o la falta de tiempo. son, a veces, mascaras que le false lectore lleva para emitir señales literarias buscando suscitar la simpatía o la complicidad de otres lectores. Otras veces, como en una página de Instagram, de un libro solo cuenta la portada, el nombre del autor, o incluso el titulo. Otras, los libros todavía no leídos son una reserva de futuro, trozos de tiempo contenido, indican una dirección que la vida podría tomar en cualquier momento. Hecha de ese cúmulo de palabras leídas, recordadas, olvidadas y no leídas, una biblioteca es una prótesis textual del lectore, un cuerpo de ficción externalizado y público. Cada relación amorosa deja tras de si una bibliografía, como una suerte de traza o de herencia en la que se cuentan los libros que cada amante aportó al otro. Del mismo modo, podríamos decir que cada relación tiene su biblia, su libro sagrado, el libro a través del que el amor o el desamor se cuenta. La intensidad y el grado de realización de un amor podría medirse por el impacto que la relación amorosa tuvo o tiene en nuestra biblioteca personal. Los polvos de una noche o las historias breves pueden tener una bibliografía más larga que una relación que duré años. Aisha, por ejemplo, me dijo que me deseaba regalándome El primer siglo después de Béatrice de Amin Maalouf, precisamente cuando yo me disponía a cambiar de nombre, como si aquel siglo tuera a comenzar justo en ese momento. Nuestra historia de amor fue corta, pero la bibliografía densa: me dejó todos los libros de Mahmoud Darwish, algunos en inglés y otros en francés, que en si mismos constituyen la imposible, como nuestro amor, biblioteca de Palestina. La existencia de dos tomos de la Fenomenología del espíritu en alemán que están guardados en las cajas que vienen de Nueva York, por ejemplo, se explica únicamente por mi relación con Deirdre. Solo nos veíamos para sesiones de sexo pactadas en contrato, después de las que ella me leía párrafos de Hegel en alemán que luego desentrañaba para mí en inglés. Sin ella, ya no podré leer ese libro. Una de las relaciones que más problemas ha generado en mi vida, la que durante un tiempo establecí con Jeanne, añadió a mi biblioteca la obra, ahora para mí inestimable, de Pierre Guyotat. Me pregunto si las partes más violentas y terribles de Edén, Edén, Eden, que Jeanne veneraba, no eran ya el protocolo pasional de la forma que tomarla en el futuro la obsesión de Jeanne, su ansia de posesión y su cólera contra mí. El resto de los libros de Guyotat siguen en mi estantería y me acompañan a menudo en mis viajes, sin embargo, la versión de Edén, Edén, Edén que Jeanne me regaló estuvo durante años en el congelador de París, por prescripción de una bruja que me había tratado contra sus agresiones. Cuando me mudé de apartamento lo dejé allí. Quién sabe si el siguiente inquilino creyó que yo comía libros conservados a bajas temperaturas. Nunca sabré si lo descongelo algún día para leerlo o simplemente para limpiar su congelador o si ese horrible edén sigue aun helado. Algunas relaciones dejan detrás de ellas un solo libro congelado, que no podremos volver a leer nunca. Otras fundan una nueva biblioteca. Con Gloria, la amante con la que viví más tiempo, llegamos a formar, uniendo nuestros libros y añadiendo cada día otros nuevos, una biblioteca de más de cinco mil ejemplares. Aunque hacia casi ocho años que nos separamos como pareja romántica (según las convenciones burguesas y patriarcales que todavía rigen lo que se entiende socialmente por pareja), nunca hablamos podido separar nuestros libros. Gloria y yo veníamos de dos mundos distintos, o por decirlo de manera más precisa, teníamos, antes de amarnos, dos bibliotecas radicalmente heterogéneas. La suya estaba hecha de un millar de libros de cultura musical y punk-rock, muchos de ellos en inglés, mezclados con libros de literatura americana y con una colección selecta de novela negra en francés. La mía había sido constituida en el paso por las instituciones universitarias de tres países distintos, desde los jesuitas, a la New School for Social Research, pasando por Princeton, a la École d’Hautes Études en Sciences Sociales, una biblioteca estudiosa y mas bien aburrida que reunía los clásicos griegos y latinos, la historia de la arquitectura y la tecnología y la filosofía francesa, y en la que solo unos mil títulos de feminismo, teoría queer y anticolonial podían sobresaltar la paz académica general que se desprendía del cánon del pensamiento occidental. Nuestro amor supuso primero el intercambio de algunos libros entre nuestras bibliotecas respectivas. Quizás todo comenzó por la migración de Le Corps lesbien de Monique Wittig desde mi biblioteca para encontrar un lugar ideal en la suya entre Albertine Sarrazin y Goliarda Sapienza. O quizás fue el contrabando de sus Elroy y de sus Calaferte que afilaron las aristas para abrirse un espacio entre Hobbes y Leibniz. Vino después el encuentro glorioso de su Lydia Lunch con mi Valérie Solanas. La fuga de su Baldwin hasta mi estantería de Angela Davis y bell hooks. Era como si las fronteras políticas que cada biblioteca establece para constituirse cayeran ante el encanto de los libros del otro. Después, cuando nos mudamos a vivir juntos, vino la fusión de las bibliotecas. La reorganización de todas las series, la ruptura del cánon, la sacudida del repertorio, la perversión del alfabeto. Derrida sonaba mejor en compañía de Philippe Garnier y de Laurent Chalumeau. Mas tarde se produjo la metamorfosis: la biblioteca empezó a crecer reclamando nuevos títulos que surgían de la inseminación mutua, así aparecieron estanterías esteras de Pasolini y Joan Didion, de June Jordan, Claudia Rankiney Susan Sontag. Luego Gloria aprendió a hablar español y crecieron las repisas comunes llenas de Roberto Bolaño, Osvaldo Lamborghini, Pedro Lemebel, Diamela Eltit y Juan Villoro, como nuevos órganos. La biblioteca se estaba convirtiendo en un monstruo frente al que podíamos pasar horas jugando como niñes, añadiendo un Achille Mbembe aquí y un Emma Goldman allá, mirando la anatomía en mutación de aquel cuerpo de ficción. La biblioteca común había tomado vida y crecía con nosotros. La reproducción que casi podríamos llamar sexual de nuestras bibliotecas hizo que fuera imposible separar sus libros cuando decidimos separarnos y yo me mudé a Atenas. De lo que deduzco que nuestra biblioteca común era mucho más sólida que nuestra pareja. Nuestro amor era un amor de libro. No porque correspondiera a ninguna narración libresca, ni porque su cualidad fuera más ficticia que real, sino porque unió de forma más durable y definitiva nuestros libros que nuestros cuerpos. Todavía hoy nuestra biblioteca común vive y muta. Pero sé que en unos días tendré que ir a deshacerla. En otros casos, los problemas de la relación amorosa son desde el principio problemas de biblioteca. Las cajas que llegan desde Barcelona están llenas de recuerdos de Alison, una mujer danesa afincada desde hace años en Cataluña de la que estuve indudablemente enamorado y cuya resistencia a mi amor se manifesté inmediatamente por su reticencia a dejarme usar libremente su biblioteca. Alison tenía una biblioteca bipolar. Por una parte, poseía una biblioteca tan clásica como seria, exquisitamente selecta. Constituida durante sus años de estudiante y por los legados de sus padres, ambos escritores hispanistas, esta biblioteca no contenta ningún libro que hubiera sido publicado después de 1985. El segundo hemisferio de la biblioteca bipolar estaba constituido por un conjunto de lo más heterolítico y desigual de títulos de poesía, teatro, arquitectura, novela corta y ensayo, en inglés, castellano y catalán, publicados todos ellos después 1985 y que le habían sido regalados por los mismos autores, a menudo en intercambio por presentaciones en librerías a las que Alison se prestaba habitualmente, charlas amistosas rociadas con vino del Priorat y acampanadas con rodajas de fuet. Nada me procuraba más placer, al llegar a su casa después de un largo viaje, desde Atenas o desde Nueva York, que tumbarme en su cama a esperarla leyendo al azar uno de aquellos libros publicados antes de 1985. Así leí los poemas de Stevenson, las Greguerias de Ramón Gómez de la Serna o la primera traducción en castellano de Moby Dick. En el contexto culturalmente tedioso y políticamente hostil de Barcelona, aquellos libros eran como una pandilla de amigos fieles siempre dispuestos a dar una vuelta conmigo. Iban conmigo hasta la playa, se perdían en mis mochilas y, muchas veces, acababan, llenos de granos de arena, en las repisas del baño o de la cocina. Alison detestaba que yo desordenara y diseminara su biblioteca. Y la producción sistemática de ese desorden era la actividad fundamental a la que yo me dedicaba, aparté de a hacer el amor con ella, en mis visitas a la ciudad. Echo de menos aquellas tardes de domingo entre dos viajes, en las que Alison reordenaba mi cuerpo y yo desordenaba su biblioteca. Supongo que eso resume lo que yo entiendo por tiempo libre: sexo y lectura. Amor y escritura. Ni deporte, ni senderismo, ni culturismo, ni ciclismo, ni turismo, ni ningún otro ismo. Nuestras discrepancias bibliotecarias se manifestaron de forma abierta cuando ella me regaló una Navidad un libro de Michel Onfray. Esto desencadenó lo que en lengua técnica podríamos llamar un conflicto bibliográfico. Quizás porque ella no leía los libros que yo escribía, no había entendido que Michel Onfray estaba tan lejos de mi biblioteca como Karl Ovc Knausgârd de la de Chimamanda Ngozi Adichie o Philip Roth de la de Maggie Nelson. No dije nada. No hablamos de ello. Hubo intentos de reparar lo hecho. Un día, Alison me regaló una bellísima versión ilustrada del Pharmako Gnosis de Dale Pendell, lo que hizo posible una reconciliación que duró meses. Pero en general yo adoraba su biblioteca, mientras que ella no tenía ningún interés por la mía. Y llegó el día en el que debí hacerme la pregunta: ¿puede alguien amar a un escritor, me refiero aquí a la persona, al cuerpo del escritor, al lector, sin leerle? ^Puede alguien amar a alguien sin conocer y abrazar su biblioteca? Pensaba en todo esto mientras sacaba de una de las cajas que habían llegado de Barcelona el último libro que ella me había regalado un 23 de abril de 2017, Esta bruma insensata de Enrique VilaMatas. El 23 de abril es quizás el día más bello del año en Barcelona. La ciudad celebra la fiesta nacional del libro y todas las librerías, tanto las más grandes como las más pequeñas, sacan sus mesas a la calle con los bestsellers que salvan sus negocios, pero también con los libros invendibles y las colecciones totalmente desconocidas de editoriales con escaso éxito comercial. En la primera página de Esta bruma insensata estaba la dedicatoria que Alison había escrito para mi: «En este día de los libros en el que esta también el tuyo y donde Barcelona y yo te acompañamos felices. Te quiero, Alison.» Me llamaba la atención de aquella dedicatoria no solo el «te quiero», que ahora me resultaba lacerante, sino la unión con una simple cópula, con la vigésima sexta letra del alfabeto castellano y vigésima primera de sus consonantes, una «y», de las palabras «Barcelona» y «yo», como si Alison se pensara a si misma como una ciudad, o como si hablara de Barcelona como de una persona y como si entre ellas hubiera una alianza secreta. ^Significaba eso que cuando ella dejara de acompañarme o de amarme la ciudad también lo haría? Ahora sé que algo de enunciado premonitorio había en aquella dedicatoria. Empecé a leer ese libro cuando estábamos juntos. Para cuando acabé, ya estábamos separados. Esta bruma insensata bien podría ser el libro negro de nuestro amor. En la novela, Simon Schneider, el narrador, el hermano de un gran escritor para el que este trabaja coleccionando citas de otros autores, se refiere a la bruma para nombrar la densa nube de confusión política que los movimientos catalanista y españolista habían creado durante los últimos años y que parecía extenderse sobre Barcelona. Había ciertas cosas que para Simon tenían lo que denominaba con el historiador del arte Souriau una «existencia menor», una existencia semejante a la de una bruma, un halo o una brisa. En nuestro caso, la bruma podría nombrar la confusión que algunos libros equivocados habían creado sobre nuestra relación, hasta hacer que la biblioteca de nuestro amor estuviera, por así decirlo, embromada. Un día, casi al final de nuestra relación, durante una conversación yo le pregunté por una caja de levadura El Tigre que alguien le había regalado y que decía «Gasificante para bollería. ¡De toda la vida!». -¿Por qué quieres saberlo? -pregunté ella. -Porque quien te la ha regalado ha querido hacerte un guiño sobre el hecho de que tienes pluma de lesbiana a pesar de que tú siempre has pensado que eras heterosexual. Es gasificante para tu bollería -dije yo. -Sabes, Paul -dijo ella, molesta-, el mundo no es un Manifiesto contrasexual -refiriéndose a mi primer libro, del que nunca me había hablado antes. Lo que yo imaginaba un chiste se convirtió en un ajuste de cuentas bibliotecario. Diciendo eso es como si hubiera cogido el libro mismo y me lo hubiera tirado a la cara, como si con esas palabras hubiera destruido mi frágil biblioteca. Supe entonces, como podría haber sabido la primera vez que ella me regañó por haberle desordenado los libros, que nunca podríamos tener una biblioteca común. Pocos días después hice una docena de cajas metiendo los libros que en mis viajes había acumulado en su casa y me fui sin que ella me pidiera dos veces que me quedara. Encuentro uno de sus dibujos en el libro. Alison solía dibujar nuestros encuentros y también nuestras disputas en formato cómic. A mi me dibujaba -porque ya entonces yo iba dejando cajas de libros de acá para allá- como una caja sonriente con largas piernas y brazos y a ella misma se dibujaba -más utópicamente que a mí- como un corazón carnoso y juguetón. Ahora, mientras abro las cajas de Barcelona, siento la añoranza que provocan las relaciones malogradas, como si al mirar un naufragio solo los buenos momentos flotaran en la superficie del mar. Los tiempos de depresión o de profundo desamor son aquellos en los que la biblioteca se vuelve simplemente un mueble y los libros simplemente objetos. Los percibimos entonces como formas y volúmenes que decoran un muro, que nos separan del mundo exterior, que nos estorban o nos molestan. Los medimos en centímetros cúbicos, los pesamos en kilogramos. Dejamos de percibirlos como puertas de papel que llevan a mundos paralelos. Así es como sabremos que el amor ha vuelto, cuando la biblioteca cobre vida. Por eso yo había decidido volver a juntar mis libros. La mudanza es también una sentencia definitiva de divorcio. Para poder reconstruir mi biblioteca en el apartamento de París alquilo una camioneta y voy a casa de Gloria, a menos de un par de kilómetros» de mi casa, para recoger varias centenas de libros, y al entrar en ese apartamento en el que viví con ella durante años me ataca el vértigo de la reversibilidad. Durante unas breves horas tengo la impresión de que estoy en mi propia casa y de que es Gloria quien ha venido de visita a recoger sus cosas. Me hago un café, saco una edición en inglés de Un hombre en el zoo de David Garnett, me pongo a leer en la tumbona de la terraza con la perra sobre las rodillas y olvido la mudanza, hasta que Gloria, molesta sin duda por mi excéntrico acto de apropiación, me advierte que no puedo dejar todas las cajas en medio del pasillo. La necesidad de la mudanza me convierte en un verdugo de bibliotecas, en un Salomón de libros. No es fácil cortar en vivo. Siento que la separación de nuestros libros es la última etapa de nuestra propia separación. Busco mis libros con la mirada, los identifico y los arranco de las estanterías. Mientras preparo los paquetes tengo breves destellos que podrían parecer alucinaciones, pero que son simplemente imágenes de mi propia vida pasada para las que ya no hay contexto, como calcetines desparejados que surgen de un tiempo en el que mi cuerpo era todavía identificado socialmente como de mujer, un tiempo en el que nos amábamos locamente. Lleno una veintena de cajas. Y después me digo: ya esta, ya basta, es suficiente, no puedo separar más libros, como un soldado que hubiera sido enviado a exterminar a todo un pueblo y decidiera dejar con vida una parte de los habitantes después de haber disparado a los otros cerrando los ojos y apretando los dientes. La mudanza es también un acta forense, la certificación de una muerte, en la que el difunto no se va, sino que es comido por los vivos e integrado en ellos. Al ver llegar las cajas una tras otra me siento como si alguien me hubiera llamado para identificar y recoger las pertenencias de un muerto que soy yo mismo. No se trata, como la gente cis suele pensar, de que mi supuesto yo femenino haya muerto y ahora sea mi yo masculino quien recoja sus cajas. Nunca había habido un yo femenino, del mismo modo que no había ahora una identidad simplemente masculina. Lo que había muerto era una ficción política, para dar lugar a otra. Había habido una existencia lesbiana que había sido remplazada por una vida trans. Creo en la resurrección de los muertos, pero solo si esa resurrección tiene lugar aquí y ahora. Creo en la reencarnación, pero solo si esa reencarnación se produce en el cuerpo aun vivo. Ahora me toca comerme mi propio archivo: tragar una parte de mi historia para fabricar el presente con ella. Autoantropofagia. Y con el deleite de quien come y la dificultad de quien digiere, me dispongo a abrir una a una las cajas de esa persona a la que he conocido bien, a la que he amado, por la que he sentido a veces vergüenza y a veces orgullo, una persona que me caía bien y que ahora ha dejado de existir, dejándome todo lo que tenia y encarnándose o resucitando de nuevo en mi propio cuerpo trans. En el nuevo apartamento, tumbado en un colchón en el suelo y rodeado por decenas de cajas, me cuesta dormir. Cuando cierro los ojos me arden los párpados. Incluso en París, en ese viejo búnker del capitalismo financiero europeo, es imposible no escuchar el eco del naufragio del mundo construido colectivamente por la especie humana durante los últimos quinientos años: la represión de las clases trabajadoras en Chile, el fascismo neoliberal que aprovecha para dar el golpe una vez más en Bolivia, los feminicidios de México a Alsacia, los dreatners convertidos en criminales por el gobierno norteamericano y perseguidos como animales salvajes, los menas deportados por el gobierno español al norte de África o esperando en el estrecho, un camión frigorífico lleno de migrantes que murieron tratando de cruzar la frontera inglesa, las bambalinas del cine como escenarios, apenas escondidos, de violación; las mujeres trans expulsadas de las asambleas feministas por activistas que consideraban que una mujer que nace vale más que una que se hace y, mientras tanto, asesinadas en las calles impunemente. Ayer un estudiante de Lyon de veintidós años se prendió fuego para denunciar la precariedad en la que las políticas liberales situaban a los hijos de familias sin recursos. El chico había ardido sin que todos los padres de Francia, sin que todos los estudiantes de Francia, sin que todos los habitantes de Francia salieran a manifestarse para defender su causa, como una mecha que se consume durante el noticiario de las ocho de la tarde y de la que ya nadie vuelve nunca a hablar. No logro dormir más de cuatro horas seguidas, despertado constantemente por mensajes que llegan de todas partes. Desde hace meses, un grupo de mujeres indígenas de territorios en conflicto ocupaban pacíficamente el Ministerio del Interior de la República Argentina en Buenos Aires. «La lucha», decía la weychafe (guerrera) mapuche Moira Millán, «no debe ser contra cl cambio climático, debe ser contra el terricidio... En la definición de cambio climático existe un reduccionismo intencional del sistema para ocultar el origen y las consecuencias del modelo civilizatorio. No se trata solamente de la relación entre producción y consumo, sino en la mirada antropocéntrica impuesta por la cultura dominante, abstraída del orden cósmico.» El problema es situar al humano en la cúspide de la pirámide natural. Para los pueblos indígenas no hay pirámide, hay un circulo sagrado de vida, inviolable y perpetuo. El feminismo no basta, dice Millán, porque el feminismo argentino es racista, es tan cómplice del exterminio indígena como terricida. ¿Quién podría ser el guardián de la memoria de quinientos años de genocidio? Y ¿cómo cambiar sin apelar a esa memoria? Al mismo tiempo y frente a la destitución de Evo Morales, frente al nuevo caciquismo indigenista, pero también frente a las mafias locales y al neofascismo que toma el poder en Bolivia, la activista Maria Galindo organiza en La Paz el primer Parlamento de Mujeres para estructurar la resistencia partiendo de las necesidades de las mujeres indígenas y de las trabajadoras pobres, de las lesbianas, las putas y las mujeres trans. También en Taipéi, en Estambul, en Beirut, en Santiago de Chile, en Valencia y en Nantes... se organizan colectivos feministas y queer para imaginar formas de organización de la vida fuera del patriarcado y de la colonialidad. Una cadena subterránea micropolítica revolucionaria esta entrando en erupción. Un par de semanas después, las familias celebran la llegada de 2020 -ya llegará el momento en que nos demos cuenta de que no había mucho que celebrar-. Dejo el apartamento de París lleno de decenas de cajas cerradas o a medio abrir y viajo a Toronto para instalar la exposición de la artista Lorenza Bôttner en el museo universitario. Me han alojado en el apartamento 2020 de la Torre Avalon, un hormiguero vertical del downtown: el piso es tan alto que, desde allí, tengo la impresión de ver caer el sol como los astronautas que están en la Estación Espacial Internacional en la órbita terrestre baja, a trescientos cuarenta kilómetros del suelo, dicen que ven ocultarse una orla de fuego naranja tras el perfil del planeta azul. ^Y si 2020 no fuera un año sino un apartamento colgado en algún lugar de la historia del cosmos? Estoy cansado. Me siento enfermo. En cualquier lugar, intentando que nadie me vea, busco un sitio donde tumbarme, aunque solo sean unos minutas. Existe una inadecuación entre mi vida orgánica y mi vida intelectual que se manifiesta en forma de dolor, pero no sé si esta inadecuación es el efecto o la causa de eso que mi cuerpo percibe como una enfermedad que crece dentro de mi o si eso que parece una enfermedad es simplemente la reacción de un organismo vivo y consciente al capitalismo tardío, mi inadecuación a la norma, mi resistencia a la opresión. Siento que el suelo discursivo del mundo se mueve y que el lugar que yo mismo ocupo en la realidad y como puedo actuar esta cambiando. Pienso por primera vez: cabrona dysphoria mundi. Camino cada día desde la torre Avalon por el sendero de los filósofos y llego hasta la biblioteca Robarts, un conglomerado de triángulos brutalistas con aristas de cien metros de hormigón entre las que Umberto Eco escribió El nombre de la rosa. Eco imaginó la biblioteca del medievo en la que se perdió El libro de la risa de Aristóteles mientras estaba en la más futurista de las bibliotecas del siglo XX, rodeado por cuatro millones de libros. Proyectamos el presente en el pasado y alucinamos el futuro mientras creemos mirar el presente. Nunca estamos donde aparentemente estamos. Por las tardes, mientras los equipos del museo instalan la exposición, utilizo los recursos fenomenales de la Biblioteca Robarts para trabajar en una reescritura contemporánea del Así habló Zaratustra de Nietzsche que llamo Edipo Trans. Allí tomo notas que ordeno y reescribo al llegar al apartamento. Contrariamente a la imagen que se pueda tener de la filosofía, no reflexiono mientras escribo. Tampoco escribo sobre un despacho, ni vestido. Aprovechando la excesiva calefacción canadiense, me siento completamente desnudo frente al ventanal con un ordenador, dejo mi mente en blanco, como si meditara, y pongo mis dedos al servicio de una voz que no sabe expresarse pero que desea salir. En esos momentos dejo de existir como individuo y existo, desnudo en una torre de hormigón, como un imperfecto procesador de textos que se obstina en producir sentido. En los jardines de los tejados de los edificios de Toronto, los árboles envueltos en plásticos de colores parecen abuelas con mantillas españolas que, agitadas por el viento, reciben el sol bailando sevillanas. Desde el apartamento 2020 de la torre Avalon es posible imaginar el futuro del capitalismo: las crestas de hormigón de la Biblioteca Robarts transformadas en pirámides de un desierto nuclear y los libros en nuevos jeroglíficos que nadie sabrá descifrar. Me caliento una chorba que me hice ayer con una receta que aprendí hace años de un amante árabe y enciendo la radio francesa en Canadá: un epidemiólogo chino afirma que ha aparecido un nuevo virus del SARS que produce una forma grave de neumonía susceptible de transmitirse de persona a persona.64 Dice que catorce personas se han contaminado, pero que todo esta bajo control. Recuerdo el día que oí por primera vez la palabra virus en la televisión española mientras comía cuando tenia doce años. Mi madre había tendido un mantel de cuadros rojos y blancos sobre la mesa redonda de cristal ahumado y mi padre, sentado, se aplicaba a bajar los bordes del mantel como si recogiera al vuelo un paracaídas lanzado desde el cielo. Yo me sentaba siempre el último (un narrador normativo hubiera dicho «la última», porque entonces yo llevaba aún un nombre de niña, e iba vestido como se cree que deben ir vestidas las niñas), cuando la sopa empezaba ya a enfriarse en los platos. Veíamos el telediario mientras comíamos. Me tranquilizaba que la tele estuviera puesta, porque así no tenía que hablar con mis padres. Y entonces, de repente, mientras comíamos, pronunciaron aquella palabra en el informativo. Dijeron que los ho-mo-sexua-les, esa palabra me pareció interminable, sufrían de un virus que causaba una forma de sarcoma de Kaposi a la que llamaban «cáncer gay». Al menos gay era una palabra inglesa, y más corta que homosexual. Esa fue la primera vez que mi padre, mi madre y yo oíamos juntos la palabra homosexualidad -la palabra entera, tan larga, tan contagiosa en si misma-. Para entonces, yo ya había buscado la palabra homosexual en el diccionario. Y había oído decir las palabras maricón y tortillera a mi padre. Pero nunca habíamos sido espectadores juntos de un discurso en el que la palabra homosexualidad fuera no solo pronunciada, sino encarnada, representada por el virus. En el telediario mostraron imágenes de jóvenes esqueléticos y postrados con los labios oscuros y secos como uvas pasas y con ronchas rojas como Saturnos con anillos sobre la piel. Esa fue la primera imagen de la homo-se-xua-li-dad que compartimos colectivamente. Un virus, el virus era eso: la muerte que acechaba a los homosexuales y les comía la piel. «Eso les pasa por ser maricones», dijo mi padre. Tuve miedo, no es fácil saber si de mi padre o del virus o de ambas cosas al mismo tiempo. La descripción televisiva de la enfermedad había sido una sesión de destrucción de mi infancia. Allí mismo, al escuchar ese reportaje, mientras me comía la sopa, me había convertido en adulto (un narrador normativo diría en «adulta»). Tan pronto como pude volver a mi habitación, me inspeccioné la piel. Aquella tarde, mucho antes de haber hecho el amor con alguien de lo que se suponía que era mi mismo sexo (aunque mi sexo no era el que se suponía que era ni tampoco el otro), supe que mi piel era la piel del sida. No hay nada más siniestro en la prehistoria de mi sexualidad que esa relación entre el amor y la violencia, entre el placer y el pecado, entre el virus y el deseo de muerte que mi padre manifestaba contra los maricas, entre la curiosidad todavía infantil de tocar otra piel que no fuera la mía y esas úlceras rojas que como pequeños cráteres delatadores anunciaban la muerte inminente de quien las poseía. La primera puerta de la enfermedad era el ano. El marica penetraba los culos. El virus penetraba las células. El padre gritaba. El enfermo perdía la capacidad de hablar. La piel se abría. La segunda puerta de la enfermedad era la televisión. Así era como las imágenes y el miedo entraban en las casas. Los ojos eran penetrados por la luz. La homosexualidad y el virus se comían la piel de los amantes contra natura. El virus era una cerilla lanzada por mi padre al pecho inflamable del marica que ardía dentro de él hasta salir por su piel en forma de herida. Le niñe con vestido de niña y nombre de niña temblaba. Mi nombre futuro ardía. El padre gritaba. El enfermo callaba para siempre. Y la mirada de la madre se perdía en el horizonte: pretendía ser la personificación del asombro, pero era en realidad la del oráculo. En aquel apartamento colgado del cielo, enganchado al futuro, con este nombre que llevo ahora, escuchando la radio, vuelvo a ser el niño (un narrador normativo diría «la niña») que fui: me pregunto cuál es el virus que llama ahora a la puerta de los cuerpos humanos. Por dónde y cómo entrará. Y, mientras tanto, ya empiezan los gritos y los martillazos, los silencios y los fuegos. En mi cabeza y fuera. La puerta se había abierto. Una cultura es una arquitectura social en la que determinadas prácticas, rituales o sustancias sirven como «puertas» que conceden acceso a lo que en ese contexto es considerado como «verdadero» o permiten el paso entre distintos niveles de realidad. Para algunas culturas las puertas son las plantas o los hongos. La ayahuasca era la puerta por excelencia para las culturas del Amazonas, como lo fue el opio para las culturas asiáticas, como algunos tipos de hongos lo fueron para la cultura maya, y el peyote para la cultura wixârika. Una puerta es una tecnología biosocial de producción o modificación de conciencia, activada por una forma especifica de energía. Una fruta se deja fermentar con levadura hasta que sus azúcares se transforman en etanol. Una planta debe ser oxidada o quemada por el fuego para producir un hunio -una mezcla de dióxido de carbono y de diversos compuestos químicos que dependen de los materiales en combustión- que afecta a ciertas zonas del sistema nervioso. Y todo ello debe ser hecho en el seno de un ritual social especifico: con ayunos, cantos, danzas, masajes, invocaciones o cuidados. Después de abrir las primeras puertas micovegetales, los animales humanos no han dejado de inventar otras. El lenguaje articulado era, sin duda, la metapuerta que abrió los procesos evolutivos de la humanidad. Las puertas del alcohol y el tabaco no tardarían en ser después multiplicadas gracias a otras puertas técnicas como el teatro, la literatura, la pintura, la fotografía. Las primeras formas de energía activan esas puertas: glucosa, carbón, petróleo, pólvora, dinero... Todo cambiaría después con la llegada de la electricidad. Las puertas inventadas por la modernidad petrosexorracial y por el capitalismo industrial serán una combinación de antiguas puertas químicas y de nuevas puertas electrónicas. Así se abrirían progresivamente desde principios del siglo XX las puertas de la radio, del cine, del teléfono, de la televisión, de internet. Todas funcionan con el principio de la heroína electrónica: son fuertemente adictivas y modifican al simbionte que las usa. El virus entrará también por aquí. Ahora las puertas del capitalismo industrial se están empezando a cerrar, mientras que otras están siendo abiertas. Las nuevas puertas que empezaron a abrirse después de la Segunda Guerra Mundial eran cibernéticas y bioquímicas; las más sofisticadas y, al mismo tiempo, más extendidas de ellas eran las drogas sintéticas, legales (fármacos) o no (narcóticos) y los así llamados medios de comunicación. Estas puertas también necesitaban nuevas conexiones y nuevos combustibles: la electrificación total del mundo, su transformación en un laboratorio biocibernético de gran escala, la energía nuclear, la conexión alámbrica del mundo bajo los océanos, el establecimiento de una red de satélites capaces de centralizar y redistribuir señales... Y producían nuevos fluidos antes desconocidos: el tecnosemen, la tecnoleche, la tecnosangre, los tecnoóvulos... Eso era el capitalismo farmacopornográfico: un régimen económico y político en el que la producción y la reproducción de la vida (y la muerte) y del valor se lleva a cabo a través de las tecnologías bioquímicas y mediáticodigitales. En el prematuro siglo XXII, internet se ha convertido en la puerta de las puertas. La relación entre lo real y lo Virtual se esta invirtiendo. Si hasta principios de la primera década del siglo XXI lo Virtual era lo que existía en internet y lo real era lo que existía fuera, ahora lo auténticamente real es lo que tiene más presencia en internet. Así es como está surgiendo la irrealidad. Un espacio de sentido construido cibernética y bioquímicamente en el que es posible vivir -y morir. El virus que venia iba a ser el gran abridor y cerrador de puertas. Mi viaje a Canadá y el cierre de Wuhan sucede con la extraña simultaneidad con la que una erupción comienza en la boca del volcán mientras un grupo de amigos hace un picnic en la ladera de la montana sin poder ver todavía ni el humo ni la lava. Estando todavía en Toronto, veo por primera vez las imágenes de la ciudad china de Wuhan en cuarentena para contener la expansión de lo que dicen es un coronavirus parecido al SARS. «Cada puerta debe permanecer cerrada», habían dicho. Un par de días después, el gobierno chino añade a la prohibición de la libre circulación de personas, la prohibición de la circulación de todo vehículo en la ciudad de Wuhan. Ahora si alguien tiene que desplazarse por causas mayores a algún sitio tendrá que hacerlo a pie. Ya solo las ambulancias, y quizás los muertos, circulan en Wuhan. Pienso que una ciudad de diez millones de habitantes, sus calles totalmente vacías, a veces con un solo cuerpo caminando en medio de la nada, podría parecerse a la puesta en escena de una performance conceptual a escala urbana. Como si a Marina Abramovic se le hubiera desatado su vena fascistoide y hubiera firmado un contrato con el alcalde de Wuhan para hacer participar a todos los ciudadanos en una performance megalómana. No sería imposible, conociendo sus ambiciones. Mientras mi espíritu sonríe estúpidamente pensando en los delirios de Abramovic, me doy cuenta de que en realidad ya había visto aquellas imágenes antes. Wuhan es un Chernobil deshabitado después de una explosión viral. Y por primera vez desde que empecé a hacer la mudanza al apartamento de París, deseo volver a mi casa.

  • Piedrazos / Cynthia Eva Szewach

    “Hay piedras que tropiezan dos veces con la misma vida” Jorge Boccanera “Cayó como una piedra la palabra” Anna Ajmátova Transito hace algunas semanas la lectura de “El piedrazo en el espejo” un libro de Pompeyo Audivert.1 Mientras lo voy subrayando, degustando, pienso que me daría ganas que los practicantes del psicoanálisis lo lean, por muchas y diversas razones, aunque trate de una ocupación distinta. Una razón, es el trabajo con la viva maquinaria colectiva que hace obra, de improviso, como acontecimiento teatral, en este caso. La fuerza de transmitir el desgarro que puede hablar en una pestaña que cae en el aire. Establece en el libro a la presencia, como fuerza inercial de la ausencia. Esa idea me resonó con el término ausencial, que se me presentó cuando la distancia no hizo posible encontrarnos. Otra, es la masticación incesante de las influencias, por eso al transcribirlas no son citas. Son trance de asistencias. Dicho a través de J. Ramponi: “Asistido en el trance que es yo mismo del revés en mi ausencia”. La fuerza ausente combate vital con el desquicio de la historia funeraria. Descalcarse en cada intervención, nos concierne. El autor lo ubica en relación a los calcos dramatúrgicos que se afirman en convenciones de lo establecido sin innovar el juego. Es la política de una poética y una técnica personal que nombra allí como Piedrazo en el espejo. Las líneas que se abren cada vez en el vitral espejado que se reconstruye en lo roto, hace de la contingencia una opción imprescindible. También puede cortarse una imagen para siempre. Dice que cuando apedreamos en el espejo, cuando rasgamos se des-oculta lo preexistente. Lo representativo es sólo carnada para seguir. El piedrazo en el espejo puede ir a nuestras agarraderas teóricas, morales, del ideal, del ritual técnico. Sin duda se desarrolla en el libro y se dice de forma sensible, delicada, seria, cómica, poética, metafísica, lo que atañe a la escena teatral, a lo actoral. Según afirma de forma enigmática el teatro no es relato ni ficción. Es instante, revelación, destiempo. O es el relatar en tanto ponga en cuestión, según creo, los lastres de aquello que no irradia, o aparece con sentidos coagulados, instituidos con amalgamas sólidas que impiden hacer de los restos, apertura. Eso también nos concierne. Nos concierne en las maneras de relatar la práctica, alertados de una “habla esclava”, o como usa Audivert, es habla a veces amaestrada para fines ramplones y mercantiles. Sin “la historia en un hacerse tal… relato vivo” no sin los puntos muertos donde se aloja la resistencia como motor donde pensar lo que hacemos, lo que nos preocupa. Nuestra improvisación al relatar, si puede nombrarse así está condicionada con alguna inquietud, con la confrontación de algún límite que avizoramos y del que formamos parte. El teatro es una potencia escritural que como sabemos mucho le transmitió a Freud en los nudos esenciales de su teorización. Escribieron algunos analistas acerca del lugar de la escena, la Otra escena, el sueño, el amor, el sexo, la tragedia o lo cómico, su relación con el juego, entre otras figuras que atañen a la ilusión, pero no sólo. El jugar analítico infiltra, incluye, diferentes posibles roturas de la convención, las que interrumpen o las que habilitan: “Si el polvo del estrado hace estornudar al que hace de muerto” … trae Octave Manonni como ejemplo. Contingencias desazonadoras, pero a veces instiladoras del relampagueo de una verdad como aliento anterior a cualquier saber. Recibimos a quienes sufren, llegan, esperan, hablan con los espejos ya apedreados, emparchados, planos, manchados, rajados, infinitos. Las maldiciones de un futuro escrito en lo mal perforado. Tirar una piedra para abollar algo puede ser un grito que pide que se escuche el ruido de un sollozo ahogado de furia. Hacer con lo roto que flota. Del espejo roto de piedra se hacen riachos, orillas. Restaurar el espejo con las huellas del tiempo o creando espejo. A veces saltan o salpican Esquirlas, que “implosionan palabras” dice Marcelo Percia. Esquirlas del miedo, pero también de la valentía. Entonces aguzar el oído al equívoco, al malentendido, a lalengua de la que estamos hechos, a la extranjeridad en nuestra propia lengua, a sueños no soñados. Una política de escucha abierta en las trazas de la transferencia, la abstinencia, en el deseo del analista como producto. Se trata de la difícil tarea de crear un marco sostenedor y al mismo tiempo dócil. El libro trabaja inmensidad de cuestiones que exceden las que apenas comienza a mencionar este breve texto en interlocución. Hace unas semanas fui a ver por segunda vez la maravillosa creación única y novedosa “Habitación Macbeth”, de P. Audivert. Entre fantasmas y visiones terroríficas que acechaban al personaje de Lady Macbeth con sus manos ensangrentadas, in- lavables de culpa criminal, de pronto una frase que dice el personaje que no viene del texto de Shakespeare, sino del texto creado, me atravesó inolvidable: “Como una pordiosera busco entre las cenizas mi muñeca”. Esa piedra, la palabra. 1 Libro-Regalo que debo agradecer al actor y amigo Fernando Khabie. “El piedrazo en el espejo” Teatro de la fuerza ausente. Ed. tt

  • 3 / Marianela Saavedra

    3 Me ahogaba la tierra en mis pulmones estaba viva mientras me enterrabas, me ahogaba el drama que no hacía por el miedo al miedo que me dabas, me ahogaba en las lágrimas de mi madre mientras sus manos ya no me alcanzaban, me ahogaba el humo del fuego con el que quemabas la que era nuestra casa, me ahogaba el asco al ver que uno tras otro en mí volcaban su veneno en manada y cómo? y dónde? y cuándo? será mi turno para el desahogo, en qué boca podré escupir esta ponzoña? en qué fosa podré enterrar a mi asesino? en qué cartel aparecerá mi cara? en qué expediente hay constancia de mi grito? en qué pulmón entrará el aire que me has arrebatado? y cómo? y dónde? y cuándo? será mi turno para el desahogo de este ahogo de tanto olor a macho? "Ni cuerpo parece que somos, parece que depósito somos, que un pozo somos, que en esto que dicen que somos vienen a desahogarse los machos y ni culpa ni cargo". ¿Hasta dónde? ¿Hasta cuándo? Nota: @marianela_poesíagorda Poeta, gorda, porfiada. Vive en el sur de nuestro país.

  • Quién dijo que era fácil / Audre Lorde

    Tiene tantas raíces el árbol de la rabia que a veces las ramas se quiebran antes de dar frutos. Sentadas en Nedicks las mujeres se juntan antes de marchar hablan sobre las chicas problemáticas que contratan para ser libres. Un empleado casi blanco ignora a un hermano que espera para atenderlas primero y las damas no se dan cuenta ni rechazan los pequeños placeres de su esclavitud. Pero yo que estoy limitada por mi espejo como por mi cama veo la causa en el color como también en el sexo. y me siento acá preguntándome cuál de mis yoes sobrevivirá a todas estas liberaciones. Tomados del libro Quién dijo que era fácil (Zindo & Gafuri), antología que incluye poemas escritos en la adolescencia hasta fines de los años 80 de la escritora afroamericana, activista y feminista nacida en Harlem en 1934.

  • Naufragios en Montevideo / Gabriela Etcheverry

    Siento mucha gratitud que, por tercera vez, me hayas vuelto a invitar a estar acá, produciendo un estado conversacional y balbuceando alguna idea sobre lo que pienso y lo que me pasa al leer y leerte una vez más. Así y todo cuando digo tu libro, me hace ruido. Me interesa poner como punto de partida lo que dicen Deleuze y Guattari acerca de que Un libro no tiene objeto ni sujeto, está hecho de materias diversamente formadas, de fechas y de velocidades muy diferentes. Cuando se atribuye el libro a un sujeto, se está descuidando ese trabajo de las materias, y la exterioridad de sus relaciones. ¿Qué es presentar un libro? Presentar, hacer presente, ofrecer, poner algo en una situación, delante, al frente, presente y presencia. También presentar es manifestar, ponerlo en presencia de otros y otras, entregar, dar, conceder. También anunciar. Si me permiten un poquito de asociación libre, cuando escribía estas palabras se me ocurrió que éste presente me llevaba a la situación de los presentes que decimos cada 20 de mayo, a propósito del día en el que en Uruguay se hace presente la memoria viva de los desaparecidos. Esa convocatoria a marchar en silencio y a repetir presente en la insistencia de recordarles. Emociones no solo se reducen a lo que estamos sintiendo ahora. Emociones acarrean historias, coagulan memorias no personales. Más que presentar este libro, mi idea es comentarles acerca del estado conversacional que se me produjo en el encuentro con este libro, que para empezar, y si quieren saber, es un libro poblado. Algunos de sus pobladores son Horacio González, Benjamin, Nietzsche, Lucrecio, Pascal, Pizarnik, Borges, Simone de Beauvoir, Rilke, Deleuze y Guattari, Freud y Lacan y Dalí. Foucault y Ricoeur, Juan Carlos De Brasi, Susan Sontag, Blanchot, Artaud, Eco, Vattimo, Clarice Lispector, Bion, Arlt , Cortázar, Laiseca, Jullien, Quignard, Ulloa, Barthes, Pavlovsky, Rozitchner, Miller, Macedonio Fernández, Levrero, Wittgenstein, Spinoza, Kaminsky, Pichon-Rivière, Zito Lema, Sylvia Molloy, Paulo Freire, Lao Tsé, Simone Weil, Primo Levi, Roberto Fontanarrosa, Ursula Le Guin, Cervantes, Pavese, Gramsci, Derrida, Indio Solari, Butler, Tute, Kafka, Beckett, Platón, Sócrates, Hipócrates, Oury, Carroll, Edgardo Gili , Sándor Ferenczi, Mauricio Goldenberg, Lévi-Strauss, Judith Butler. Todos ellos aportan líneas que producen sedimentos y fugas, movilidades y establecimientos, incertidumbres y angustias, alegrías que se pueden compartir y dolores que es necesario alojar. No son autores propuestos como numerosidad sino como multiplicidad. Nunca hay que preguntar qué quiere decir un libro, en un libro no hay nada que comprender, tan sólo hay que preguntarse con qué funciona, en conexión con qué hace pasar o no intensidades, en qué multiplicidades introduce y metamorfosea la suya. Puesto que un libro es una pequeña máquina, ¿qué relación, a su vez mesurable, mantiene esa máquina literaria con una máquina de guerra, una máquina de amor, una máquina revolucionaria, etc..., y con una máquina abstracta que las genera? Entonces, ¿qué ofrecer de este libro, en la jornada de hoy? Voy a ofrecer algunos decires del libro y otros que se me han ocurrido a partir de la lectura. Entiendo que es un libro que produce mapas y lecturas trazados por bibliotecas antiimperiales, donde se traducen decires para que estén disponibles y que permiten inventar otros mundos. El libro ofrece Sesiones como cuando el deseo de decir algo se encuentra con una disponibilidad que decide estar ahí escuchando Clínicas como acogidas, como anamnesis poéticas, como sabidurías de la espera, como temporadas en lo irremediable, como demoras en lo naciente y despidiente de una vida. Naufragio no como hundimiento, sino como partida deseada hacia no se sabe dónde. Naufragio no como desastre sino como oportunidad. Debilidades está presente como un hilo que zurce ideas, discusiones, deseos de otros modos de un común vivir. Debilidades como indocilidades que alojan ternuras, suavidades, dulzuras. Urge pensar un porvenir que abrace silencios y estados conversacionales. Urge imaginar embarcaciones que partan llevándonos. Vivir no consiste solo en aprender a navegar, trazar mapas, leer brújulas, orientarse con las estrellas, atravesar tormentas, eludir arrecifes, tener dónde amarrar. Vivir supone, también, darse a un naufragio. Entendí la invitación como convite a un estado conversacional, y por momentos estuve pensando que algo del libro me convocaba a estar reflexionando sobre lo que es para mí; cuando en el libro se trazan líneas que ponen a jugar las debilidades, la enfermedad de la fuerza, ante lo irremediable y estar despidiente, estar naciente, por ahí me estuve conversando y versando con esas cosas. La fuerza como pasión dañosa que impone autosuficiencias, que desprecia la debilidad, que alucina la inmortalidad. Que hace loas al héroe. Y como ya está escrito en otro lugar, para que haya un héroe es necesario que exista una tragedia. Se dice en el libro: Una voz acompaña y alienta a sensibilidades expuestas y desfallecientes: “¡Fuerza!”. El imperativo “Tenés que ser fuerte” demanda, reclama, culpabiliza. También se relatan presencias que llegan para dar fuerza, que admiten la digna debilidad de una soledad exhausta. En una época en la que los sentimientos de debilidad, vulnerabilidad, fragilidad, se viven como catástrofes personales, se busca (no importa cómo) estar del lado de la fuerza, la invulnerabilidad, la dureza. Y después aparecen las consolaciones: Resignaciones afirman que no vale la pena hacer nada. Consolaciones saben estar próximas de lo irreparable. Consolaciones abrazan lo insoportable. Pretendo no olvidarme de tu invitación hecha en 2008 a estar en la confortación de los hablantes, como forma de producir algún otro modo de estar. Consolaciones que atiendan la terriblez. Consolaciones que no intenten suprimir pesadumbres. Consolaciones que no nieguen lo perdido. Consolaciones que no añadan culpas ni demandas al pesar. Consolaciones que den el estar ahí. Consolaciones que, sin prometer el final de lo interminable, ofrezcan una pausa, un descanso, una tregua. Consolaciones que alojen dolores que no tienen dónde guarecerse. Consolaciones que rescaten desdichas caídas en lo impronunciable. Consolaciones que dan el no poder curar, el solo estar, la sola compañía, el solo tiempo de las cercanías. Leí este libro abriendo en cualquier página, y me encontré en otras palabras. Por ejemplo en Contentos y zozobras de una conversación. Allí habló también Foucault y Butler sobre el decir y la posibilidad de naufragar en él, en especial cuando se juega la zozobra y el desasosiego. Aparece la interrogación sobre la supuesta hazaña individual de decirlo todo, y emerge frente a ello la posibilidad de instalar un estado de escucha que permite ver qué se dice cuando se dice. Esto me conecta con un modo por el que transito que es el de “barriga fría”, es decir una condición que muchas veces me hace decir algo que está guardado en la barriga. Hay algo muy bello en el libro que dice: Judith Butler (2008) en una conferencia que titula Discurso valiente y resistencia traduce parresia como “discurso valiente”. Subraya que se trata de un habla que dice lo que piensa a pesar del miedo. Advierte que no se trata solo de decir todo, sino de poner en juego todo en el decir, incluso la vida. Aunque ese arrojo para enfrentar al poder político necesita de un concierto: la composición de una acción en común concertada entre cercanías en estado de paridad. Y entonces Conversaciones clínicas interesan como hablas encendidas que se entregan a lo no planeado. Con algunas de ustedes estuvimos viendo, hace unas semanas, que este mundo está bastante enmierdado. Me permito usar esa palabra porque me la enseñó Juan Carlos De Brasi, hace muchos años, para ubicar ese modo del lodazal donde a veces nos encontramos y que no nos deja ver más allá ni más acá. Y que entonces se necesita de alguna otra cosa, porque así a veces no se puede vivir. Así nos pusimos a leer otro texto, en clave de encontrar allí algo que permita una demora, dar tiempo a otros pensares, hacer lugar a otros modos de vida. Juan Carlos también es habitante de este libro, y dice allí que pensar supone hacer la experiencia de despertenecerse. Mientras tanto, vamos construyendo tentativas de torcer miradas, olfatos, sensibilidades, tactos, sonidos, para poder pensar que otros mundos son posibles. Pienso que la vida no es posible sin alimento y abrigo, sin angustia y deseo, sin palabras e imaginación. El libro también propone, para el porvenir, sostenerse en el gusto por el pensamiento compartido, el deseo de mejorar las vidas, el amor y la amistad, los encuentros y las pasiones, las alegres, las que nos permiten desplegar nuestras potencias, y las tristes, las que generan impotencia y dolor pero de las que también necesitamos seguir aprendiendo. Necesitamos otro porvenir, deseamos otro porvenir. Porvenir con actos afirmativos, para afirmar nuestras existencias. Y nos invita a considerar al saber que no impone un repertorio de verdades con mayúscula, donde no se necesita suprimir la inestabilidad, la incertidumbre, el riesgo. Tres condiciones inevitables del vivir. entiendo que con este fin se visibiliza que urge poner fin a la desigualdad. Su sin fondo de crueldad, y desaferrarse del peso de posesiones innecesarias. Hace un tiempo escribía que Producir lo común quizás esté más orientado a propiciar estares que habiliten más que encierren, que cuiden las vidas siendo potencias que se transformen en formas de poder no dañinas; dar espacio para producir lugares donde cada cual esté como pueda y que acompañen la fabricación de nuevas subjetivaciones. Proyectos que permanezcan en estado de ebullición para poder estar considerando sus paradojas y contradicciones, sus ambivalencias y ambigüedades, y que faciliten la interrogación sobre el mundo. La conversación que me provocó este libro acopla con algo más que también escribí tiempo atrás: ¿Cuáles son los espacios factibles para ciertas vidas condenadas, en este caso con las que portan el mundo de las violencias y desigualdades? Hay espacios que generan bordes por donde transitar acompañados aunque queda a la vista que las asperezas no se remedian fácilmente en tanto se trata de signos de la “civilización” actual; hacer lo que se puede parece persistir como precepto de lo posible. Otra cuestión que me importa a partir de conversar con el libro es la relativa a la importancia de hacer proliferar la interrogación, fisurando las vallas del sentido común para poder nacer en otros nombres, como lo hizo Rebeca Linke (Somers, 2009) cuando cortó su cabeza, a sabiendas de que los hablantes no pensamos todo lo que se piensa en nosotros, y que muchas veces las palabras salvan de lo peor cuando estamos sostenidos en la dirección figurada por Spinoza (1980 [1670]): “nosotros no intentamos, queremos, apetecemos ni deseamos algo porque lo juzguemos bueno, sino que, al contrario, juzgamos que algo es bueno porque lo intentamos, queremos, apetecemos y deseamos” (p. 132). El libro auxilia a la hora de abordar la pregunta acerca de cuáles son las condiciones de posibilidad para instalar clínicas de lo común, que atiendan a las vidas diversas sin perder de vista los eventuales daños del capitalismo, y que produzcan moradas donde demorarse. Gracias por escribirlo, entonces. Nota: Texto leído en la presentación del libro Sesiones en el naufragio. Una clínica de las debilidades. El sábado 13 de mayo 2023. En Minerva, libro y café. Montevideo. Bibliografía utilizada Deleuze, G. y Guattari, F. (1988). Mil mesetas (Trad. J. Vázquez). Valencia: Pre-textos. Percia, M. (2023). Sesiones en el naufragio. Una clínica de las debilidades. Buenos Aires: La Cebra. Spinoza, B. (1980). Ética: demostrada según el orden geométrico (Trad. Vidal Peña). Madrid: Orbis. Hyspamérica. (Trabajo original publicado en 1677).

  • Flotaciones / Ana Hounie

    Se dice “libro de cabecera” a aquél que se tiene cerca de la cabeza para frecuentar su lectura. Y no importa de cuál cabecera se trate pues la propia y la de la cama se transforman en la misma. Ambas se acompañan en esa mágica descomposición cotidiana que toca cada noche a la puerta de los sueños, en la entrada a esa enigmática realidad y en los umbrales del no menos extraño despertar. Me toca hoy aquí presentarles un libro de cabecera. Me consta que lo es por algo del orden de mi experiencia. Así como en los momentos de incertidumbre o zozobra, son fragmentos de poesía buscados al azar los que me ayudan a recomponer al lenguaje roto acompañando mi soledad; cuando no sé bien qué pensar sobre algo, en el momento en que quiero dibujar mis ideas, abro los libros que Percia ha escrito. No importa cuál exactamente, si el de Alejandra Pizarnik, el del sujeto fabulado, el de la inconformidad, el arte, el psicoanálisis y la política, el de las sensibilidades en tiempos de hablas del capital o cualquiera de las sustanciosas escrituras de su prolífica obra. Porque sea por donde sea que entre, sé que voy a encontrar imágenes de lo que acomoda y desacomoda lo sensible en un gesto del pensar que toca el cuerpo, una parresia que abre y cierra las heridas al mismo tiempo. Lo relevante en la parresia como mostraba Foucault no es tanto dar a ver la verdad de un discurso, -que ella es siempre contingente-, como el compromiso del sujeto con esta verdad, su entrega franca. Es la palabra valiente, dice Butler. Y así es. Porque se requiere coraje para desafiar los convencionalismos, sobre todo los del mundo psi que instala en el escenario político escenas a las que llama clínicas. Es por eso que la acción de resistencia que ofrece este libro cuando saca a lo clínico de los espacios totalitarios de los templos y los acompaña con conversaciones entre naufragios y debilidades, resulta tan vivificante. Lo digo por la importancia que tiene en la formación de aquellos que trabajamos con el dolor y con las potencias insurgentes. La posición crítica como manera de estar en el mundo es una constante en el modo de acercarnos a los terrenos sensibles a la que nos tiene acostumbrado el autor, con intensidad y sin tapujos. Por todo esto, la invitación de un escritor de cabecera invita a su vez a decir de una posición de lectura,y es desde esta experiencia que hablo. A decir verdad, no sé si estamos presentando un libro o es un libro que sepresenta. Quienes venimos siguiendo e incluso esperando las escrituras de Marcelo, solemos leer en sus textos, “este libro quiere decir”, “lo que este libro propone”, “a este libro le importa”, es decir que es el libro quien habla y uno empieza a sentir que tiene alma… Entonces, siguiendo esta idea, les cuento que estoy convencida de que es el libro el que armó esta presentación. Seguramente porque tiene una insistente fuerza de sublevaciónal abrir surcos en el lenguaje y oponerse fervientemente a los muros de las palabras que convierten a los seres humanos en sombras. Todo él es potencia de rupturas y aliento de migraciones. Es que como decía Jean-Francoís Lyotard en sus “Rudimentos paganos”, detener de una vez por todas el sentido de las palabras, eso es lo que quiere el Terror. Ya este libro emergente de la pluma de Marcelo y a sus antecesores, los une una línea poderosa, a saber: una profunda convicción antitotalitaria que puja por transformar la mirada del mundo en pequeños gestos. Porque las formas del montaje de palabras e imágenes propuestas por este libro son armas de combate, -micropolíticas del arrojo diría, sacudón para los cuerpos afectados por las doctrinas neoliberales y su séquito de secuaces-, para así poder generar en la contingencia de los encuentros, condiciones para las supervivencias. En ese sentido, las escrituras que aquí se disponen son astutas y pertinaces. Textualidades más que bienvenidas, y eso da respiro y se agradece. Esto de que sea el libro el que dice, piensa y propone tiene como corolario la experiencia lúdica como terreno inmediato. Para mí que el espacio que crea la obra de Marcelo es un mundo de múltiples dimensiones diseñando una cartografía clínico-estético-política que invita a parir cada vez la lengua que nos habita. Hecho nada común en el terreno situado en los confines de la psicología y que por suerte nos coloca a las puertas de un mundo infinitamente más vasto. Esta marca de estilo nos posibilita encuentros con filósofos, artistas, pensadores fundamentales, creadores de todos los tiempos y personajes únicos, sensibilidades que hablan (como gusta decir) de los caminos de la vida que interpelan nuestro común habitar. Particularmente en la aventura esta vez propuesta, saludamos, conversamos y abrazamos a Rilke, Jorge Macchi, Pascal, Lucrecio, Daniel Defoe, Blumberg, Nietzsche, Héctor Zamora, Comte, Benjamín, Pizarnik, Gombrowicz, Horacio González, Pichón Riviere, John Donne, Manrique, Pessoa, Wittgenstein, Borges, Idea Vilariño, Rodolfo Kusch, Beckett, Coleridge, Gabriela Mistral, Fernando Ulloa, Freud, John Berger, Winnicott, Alejandro Kaufman, Octavio Paz, Cortázar, Platòn, Kafka, Tamaki Saito, Roberto Arlt, Sartre, Foucault, Pavlovsky, Tenesee Williams, Miguel, Baltazar Gracián, Lewis Carroll, Jôsô, Bergman, Leonardo Favio, Andrew Niccol, Simone de Beauvoir, John Keats, Deleuze y Guattari, Lacan, Dalí, Stephan Zweig, Ricoeur, Susan Sontag, Umberto Eco, Clarice Lispector, Christian Heinroth, Melanie Klein, Edgar Allan Poe, Alberto Laiseca, Ricardo Piglia, Ludwig Börne, Bion, François Jullien, Barthes, Sigalit Landau, Macedonio, Fernández, Rozitchner, Miller, Spinoza, Kaminsky, Zito Lema, Sylvia Molloy, Lao Tsé, Simone Weil, Miguel Hernàndez, Primo Levi, Fontanarrosa, Gabriela Cabezón Cámara, Pedro Palacio alias Almafuerte, Horacio González, Ursula Le Guin, Elizabeth Fisher, Stanley Kubrick, Octave Mannoni, Cervantes, Cesare Pavese, Antonio Gramsci, Coleridge, Arnaldo Calveyra, Derrida, Liliana Lukin, Indio Solari, Leonard, Cohen, Vladimir Yankelevitch, Judith Butler, Tute, Henry Miller, Edgardo Gili, Sandor Ferenczi, Juan Carlos de Brasi, Lévi-Strauss, Lola Arias, Félix Bruzzone, Blanchot y Artaud, Heidegger y Hölderlin, Pascal Quignard, Mario Levrero, Lyotard, Jean Oury, Néstor Costa, Ana María Monzón, René Daumal, George Lucas, Daniel Tinayre, Gianni Vattimo, Horkheimer y Adorno, Josefina Ludmer y Sor Juana Inés de la Cruz, Paulo Freire, Eladia Blázquez:, Silvina Ocampo, Wim Tigges, Leibniz, Althusser, Dostoyevski, Virginia Woolf, Monique Wittig y Sande Zeig, Lévinas, Kōbō Abe, Oscar Masotta y al final, -fíjense de qué forma trae a quien lee al final-, “al final Marcelo Cohen porque como él mismo dijo una vez: al final, solo se lee para llegar a hacerse una pregunta y dejarla flotando”. Creo que es allí, en el corazón de esta imagen, donde se leen los autores. Interpelados en su potencia de interrogación, los textos son leídos con delicadeza acompañando el borde sensible de sus preguntas. Lejos del (no por más acostumbrado menos terrible) modo de citación en las escrituras académicas, encontramos estas otras figuras: “Silvina Ocampo advierte cómo una historia está habitada por referencias que oscilan. Por encuentros aleatorios entre voluntades y azares, entre suertes y deseos, entre conexiones y desconexiones de afectividades que se rozan, se repelen, se lengüetean. Se lee: “En cada ser está el universo –exclamó con indiferencia”. O bien: “Marx supo advertir, mediando el siglo diecinueve, cómo el alma del Capital comenzaba a tener más prevalencia que los cuerpos hablantes reducidos a mera energía de trabajo sin encanto” o “Macedonio Fernández veía en los objetos la extraña comicidad de lo inerme, la absurda quietud de lo que carece de voluntad, la malicia secreta de lo inanimado. Formas calladas de una insurgencia “. Como puede apreciarse, resulta contundente y sugestivo el tratamiento de las voces de los otros. Es como si el autor hubiera cruzado un puente para producir un acercamiento de lenguas reconociendo a los otros en su otredad, haciendo que su singularidad se proyecte a primer plano, afirmándola en un decir común. Si la metáfora es puro movimiento que conmueve los cuerpos, este libro las habita invitándonos también a nosotros a este encuentro en el mundo de las sensibilidades que hablan, que dicen, que piensan, que leen y que escuchan usando sus palabras para componer silencios. Así entonces nos vamos volviendo caminantes en la intensidad de la aventura de recorrer sus páginas. Si dije aventura y recorrido como en un mapa, es porque este libro es cartográfico. A la entrada, se anuncian lugares que invitan a habitar el placer del texto; son nombres que definen cosas, ideas, experiencias, conceptos (residuos de metáforas), aconteceres. Son los 58 tramos, fragmentos, que dibujan la geografía del libro: “Vivir entre metáforas, Aprender a naufragar. Un común vivir, Un común silencio, Orillas, imanes, Desolaciones, Incredulidades Propensiones. Delicadezas. Debilidades. Abyecciones. Con quiénes la soledad, Estar despidientes, estar nacientes. Sueños…”. Se puede elegir por dónde empezar y por donde seguir, y no sólo llevados por nuestras voluntades sino atraídos por el ofrecimiento de los distintos lugares hacia donde somos llevados. Es decir que para encontrarse es preciso perderse en un espacio pleno de asimetrías, pasajes no-lineales del tiempo, zonas difusas en la que se dispersan oquedades, aberturas, tejidos y fronteras estableciendo el campo semántico y sintáctico por el que caminamos. Y en ese espacio, al mismo tiempo, se siente el compás. Uno de estos golpes de ritmo que se encuentran en el tránsito, lo constituye, a mi entender, la serie de imágenes que hablan de escenas transcurridas bajo los árboles. Se trata de “relatos breves que intervienen como estallidos fugaces entre soledades” que “se intercalan como descansos o como destellos de vidas calladas que, de pronto, tienen ganas de contar algo”. Estas escenas atraviesan el libro (nuestra cartografía) como una pequeña plaza a la que se va a descansar en el trajín de la ciudad (nosotros podríamos decir: en el trajín del pensamiento). Y la imagen que me evoca es muy lorquiana; “la noche se puso intima como una pequeña plaza”, decía Lorca en el Romance sonámbulo. Y sí, estas conversaciones fugaces contienen toda la intimidad del mundo. La saben palpar. A nosotros lectores se nos hace claro que estos caminos están plenos de intensidades. Afectaciones de la lectura muy cercana a los efectos que produce la poesía. Y podría decirse que la prosa de este ensayo es poética, y sí que lo es. Pero además hay algo de nuevo en su género derivado de su tratamiento con el lenguaje que lo hace inédito, particularmente en el campo clínico. Una forma del ensayo casi performática, en el mismo sentido de que cuando decimos algo, hacemos algo, recordando a Austin en “Cómo hacer cosas con palabras”. Yo creo profundamente en el valor de transformación, de conmoción subjetiva de la función poética; por eso cuando estoy perdida, un solo fraseo alcanza para encontrarme. Y en este libro como en los otros, este encuentro es permanente. Es que el autor mantiene una intensidad tan constante que produce asombro y en ausencia de gradación ascendente de una trama, nos vemos introducidos al nudo mismo de la cosa en cada comienzo. Este ir al meollo es muy muy nietzscheano porque los conceptos, -entendamos por ello esa suerte de -aparatos de escritura en movimiento-, son ellos mismos versátiles, ya que no son otra cosa que el residuo de una metáfora y por eso mismo, no deben olvidar las diferencias, las notas distintivas, es decir sus sonoridades, como en la música. Ahora bien,esto es precisamente lo que este libro hace. En esta composición toda la intensidad del mundo se agolpa en las distintas frases. A modo de ejemplo: “Un común naufragio necesita imaginaciones insumisas ante las crueldades derivadas de todos los pánicos” o “Lo unísono, a veces, sobreviene como una decisión de anclar la vida, por un momento, en un solo tono: un fingido silencio que suspende los sonidos del mundo (y de lo inmundo)”. O “Se necesitan imaginar composiciones pasajeras. Rompientes de pasiones que se impulsan y expanden hasta desaparecer absorbidas en la arena. Urdir singularidades como súbitas conversaciones entre lenguas intraducibles. Presumir atonalidades, barullos, algarabías indisciplinadas. Estimar juegos rítmicos entre disonancias que se aproximan en los desacordes. No se pretende poetizar la idea de una singularidad no individual, se quiere volver más amable la inadecuación entre lenguaje y vida”. Hay frases en las que podés existir toda la vida, con las que te podés quedar y en las que te podés quedar, es decir que podés echar una mano a ellas porque las habitás. Es del orden de la experiencia que tenemos nuestras frases, como melodías que tienen ese no sé qué que sentimos que nos acompaña en distintos tiempos. Pues bien, este libro -gracias a la marca de estilo del que venimos hablando-, es generoso ofrecimiento de ellas. Con todo esto, el lector podrá ir vislumbrando cómo el texto se inscribe en una lógica del no-todo: podés no leerlo todo y no importa, ir y venir a él en un tiempo no lineal que no importa, pues no tiene que ver con el todo; es un libro que elimina los todos y al mismo tiempo, su carácter fragmentario revela una densidad en el detalle, es lo mucho de lo poco. La poquedad, lo fragmentario, constituye en sí mismo toda una lógica epistémica y poiética. La poquedad es una idea impoderosa pero no impotente. Digamos que elogia la potencia, no poder. El sentido se agolpa entonces en el pequeño gesto de escritura, en la palabra desnuda, descarnada y al mismo tiempo dócil. Entregada al juego donde se contrasta enlazándose con su oponente, se separa y se acerca, se le mete dentro, la toca y se va por su propio camino. Eso ocurre con espera y esperanza, por ejemplo, o con fuerza y debilidad y tantos otros pares que a veces son tríos (arte, política, psicoanálisis o demasías, locuras, normalidades), que se entraman en multitudes. Lo cierto es que en estas escrituras las palabras juegan y si juegan es porque tienen vida. Aquí vamos directo a un hallazgo en la escritura de Marcelo Percia y que entiendo absolutamente es clave, me refiero a la prosopopeya. Esta figura estilística que atribuye propiedades humanas a algo que creemos carece de ellas, es común en fábulas, relatos infantiles, textos literarios y en el lenguaje hablado (sería un ejemplo de ello decir: “el amor tocó a su puerta”). En palabras de Percia, son las sensibilidades las que traspasan fronteras, las demasías las que aturden, las cordialidades las que saben desconocerse respetando lo irreductible, las debilidades las que duelen o que aman… Pero aún más, sus textos ven recortarse los artículos gramaticales que anteceden a estos conceptos-metáfora, serán entonces simplemente: sensibilidades, demasías, cordialidades, debilidades. Y esta invención que auxilia al lenguaje que pesa sobre nuestros hombros tan acostumbrado a separar pronombres, alivia. Lo hace porque ayuda a pluralizar la vida. Nuestras vidas. Es que esto en el texto es permanente: las palabras cobran vida. O podría decir también: renacen del fondo del letargo, de una condena que sólo en apariencia es sin remedio. La conclusión más evidente es que no hay sujeto “yo”. Esta es una formulación que sirve al psicoanálisis y sirve a la psicología social o cualesquiera sean los nombres que designen a esos campos que sabemos indisciplinados y porosos. Pero más aún, sirve para construir la imaginación política necesaria para pensar y desear porvenir. No quisiera concluir sin antes decir que en esta cartografía que tiene zonas principales (naufragios y debilidades en aconteceres clínicos) y sendas laterales que importan (por ejemplo, el magnífico desarrollo acerca de la idea del “silencio”), el lector seguramente encontrará algo del orden de la genialidad. No me refiero a la idea de genio como una condición intelectual, sino más precisamente a la idea de genio como “duende” pues en el sentido lorquiano, en los textos de Percia, hay duende. He aquí a mi entender otra de las claves que nos permite entrar a la lectura como se entra a un juego. Toda una provocación. En mis resonancias, recordé el primer libro que leí, que me salvó de un naufragio a mis 8 o 9 años. Era uno de los muchos tomos de “Las travesuras de Naricita” de Monteiro Lobato, una niña que vivía en una quinta del pantanal brasileño con su adorable abuela y una serie de personajes extraños: una muñeca parlanchina, egoísta y divertida, una mazorcasería y políticamente correcta, una vieja cocinera liberada de la esclavitud, un rinoceronte sabio y tantos otros pobladores que se sumaban en cada historia. Allí los personajes viajaban a distintos mundos y allí vivían intensidades muy caras a la sensibilidad infantil. Por supuesto que en su viaje al “país de la gramática” supieron pelearse con adjetivos, correr tras verbos para que no se enojen o romper a patadas a una injuria. Quizás a partir de allí, creo mucho en la potencia de leer el mundo como en el juego del niño y los libros de Percia me recuerdan esto. Esto no tiene ningún lirismo porque la infancia no siempre es tiempo de bonanzas, más bien, es el tiempo en que inventamos herramientas contra el dolor desesperante ante demasías frente a las que nunca estamos preparados del todo. Pero el juego abierto que implica la esencia de lo lúdico es ante todo la experiencia de la invención de un lugar y un tiempo que sostenga nuestra existencia. Y en este acto detenemos la temporalidad frenética de nuestra época, relanzando la posibilidad de la temporalidad del acontecimiento y subrayando nuestra condición de “Homo loquens”; aquel que “al decirse da vida” y que al hacerlo, se juega y se piensa. Para terminar, voy a tomar naufragios y flotaciones, un par que en algún momento este libro invita a combinar. Quizás derivados de la idea de suspensión que se puso en juego en tiempos de su redacción, durante el Covid, donde Percia supo leer coreografías de las cercanías a partir de la sustracción de las presencias y desafíos a la muerte como polvo enamorado. Allí nos invitó a pensar esa atracción misteriosa de los cuerpos presentes y la vuelta al dolor de los tiempos oscuros en la muerte sin compañía. En todo esto la apuesta fue y sigue siendo a la creación de espacios posibles, donde se dé lugar a la confianza en una común flotación. Lo voy a decir en sus palabras; “una flotación sin la gravedad de la comprensión ni el peso de una moral. Como flotan humedades del aire o planean bandadas de aves. Una común flotación como momentánea calma de lo que no se hunde. Pero sabemos que hay momentos en los que se necesita hacer pie: cuando falta el aire, los brazos y las piernas no responden y el mundo se sumerge en la ruina. Y, aun así, se trata de una flotación, incluso cuando los cuerpos se hundan. Una suave flotación de debilidades. Como en el haiku de Jôsô: una flotación sin sostén ni intención, que flota por el solo deseo de flotar en una conversación”. Encantados con este convite. Flotemos entonces. Nota: Texto leído en la presentación del libro Sesiones en el naufragio. Una clínica de las debilidades. El sábado 13 de mayo 2023. En Minerva, libro y café. Montevideo.

  • Caligrafía nómade XIII / Patricia Mercado

    El otoño susurra un blues desde la computadora. Llueve y llueve. Escribe: pulsa el teclado para enlazar la carne esquiva de las letras. Las persigue. Cose alfabetos en disolución. Como si la lluvia fuera a llevarse todo por las alcantarillas de la ciudad. Casi no importa de que la va el asunto que prolifera en la pantalla. Importa el rítmico teclear en contrapunto al blues: que canta y canta, que llora y llora. Dicen que escribir es pensar. Pensar con las yemas de los dedos, mientras el otoño sucede. A veces escribir es dejarse ir por líneas melódicas que brotan en el alma gélida de un ordenador. Arrastrarse de caracol indolente los dedos sobre el teclado hurgando en la lluvia. Una sucesión incontable de letras cae de las falanges, hojas muertas del árbol de la intención. Al unísono las palabras resucitan cual milagro doméstico. Exorcismo del vaivén que las llama. Vienen desde un silencio blanco, digital. Roce del blues y la lluvia en el teclado. Espesor imperceptible en la pantalla el brote de palabras, musgo, sobre un tiempo húmedo. Busca un viento extenuado en las fórmulas cotidianas. Llueve, canta, llora: fragua del teclado para resucitarlas. Minúsculas, ellas nacen sin saber a ciencia cierta que les depara el destino. Se alzan frágiles en la pantalla como capricho de una primavera de otro hemisferio. Anuncian tormentas envueltas en cándidos caracteres. Hostigan la costumbre para que abra paso, antes que las voces sean extirpadas. Sórdida placidez donde los cuerpos reposan, mudos, en la masacre. Los dedos no dejan en paz esa somnolencia que invade todo, aguijonean el letargo de las horas para desencallar la morbidez. Flujos eléctricos, fototropismos, inclinan las manos ora a derecha, ora izquierda. Persistencia en los caracteres que se dibujan sobre la pulcra luminosidad de la pantalla. Cosquilleo impúdico escribe eso que no sabe. Errancia del tacto, sin pretensiones académicas, sin ganancia, que acaricia el áspero costado de la incertidumbre. El otoño susurra un blues desde la computadora. Llueve y llueve. Canta. Llora.

  • horizonte - antes / Killa Orbe

    horizonte contra todo algoritmo me imagino vieja antes perder el centro de las alucinaciones esperadas luciérnagas travestis sé ver en la oscuridad cuando mi corazón pasa de mano en mano mi sexo y digo nuestro y digo mío sé ver más allá de estos humanos porque los microbios desobedientes nos susuran Ancestras Transcestras luciérnagas travestis tropicales hagan temblar -esto es una plegaria- hagan temblar poquito un poco y después fuerte remuevan los siglos del asfalto ansioso y de la separación de las rocas del fondo de la piel. tengo miedo sostenme. quiero arrancarme la bronca no esperes ¿cómo abrazamos al fuego? Fuente: Killa Orbe - animal print 2022 - Puntos suspensivos Ediciones

  • Zaratustreanas XV: ¡Cuidado Psicoanálisis! / Fernando Stivala

    ¡Cuidado Psicoanálisis! De la interpretación a la multiplicidad Alerta Lou Los miércoles psicoanalíticos eran reuniones donde se juntaban Freud y los primeros analistas desde los comienzos del siglo XX (Nietzsche muere un 25 de agosto de 1900). Se utilizaban para pensar personajes famosos, poetas, escritores, músicos, artistas. Trataban de sacarle su clínica y su patología. Lou Andreas-Salomé (escritora, poeta, pensadora, psicoanalista, filósofa, amiga de Nietzsche en su juventud) aunque no reconocida, participaba de esos pensamientos. Además de escribirse cartas con Freud y concurrir a algunos cursos, encontramos pistas en sus diarios durante el invierno de 1912/1913 en Viena. Les acercaba a este grupo ideas mejoradas, con más matices. Les sugería que no piensen al humano desde su centro, que no proyecten. Les decía que estaban armando una teoría alrededor del hombre, de centro, de lo que a ellos les pasa. Que se estaban equivocando. Les recomendaba que no hagan falocentrismo, egocentrismo, ni hombrecentrismo. Toda fuerza unitiva trabaja así: creerse que es lo único y desde ahí proyectar el resto de las cosas. A las personas que entran a un lugar y no tienen registro de que algo ya estaba pasando se les suele decir la fiesta no empieza cuando vos llegas Así también se arman teorías y ciencias, ciudades y sujetos. Lou se enviaba correspondencias con Freud en las que volcaba su pensamiento acerca de la sublimación, la neurosis, la locura, los celos, las pasiones. En una de sus cartas, haciendo referencia a Spinoza, escribe: “Resulta hermoso para mí el reencontrar aquí al único pensador por quien siento, casi desde mi infancia, una profunda afinidad intuitiva y que sea, también al mismo tiempo, el filósofo del psicoanálisis. Sea cual fuere el punto sobre el que se reflexione con profundidad, se acaba tropezando con él; le sale a uno al paso pues está siempre presto y a la espera en el camino.” [1] Spinoza, filósofo de las pasiones, filósofo de naufragios. Piloto de naves. Firmaba sus cartas con la palabra Caute. Cautela, prudencia, prevención, alerta, señal, peligro, cuidado. Cuidado es una palabra ambigua, palabra borde, palabra afectada, performática. Que protege y alarma. Lou Andreas-Salomé les recomienda a los diagnosticadores de los miércoles psicoanalíticos que estudien a Spinoza, que tengan presente la atmósfera spinozeana, como incluso Tausk -inteligencia admirada y celada por Freud- ya había hecho en 1907. Decimos psicoanálisis para referirnos a una manera de pensar, sentir, y acompañar la vida con interpretaciones, muchas veces unicausales y direccionadas a lo familiar, con interpretaciones en relación al deseo como falta, castradas de los ecos colectivos. Se deja todo servido para tener un tipo de pensamiento y corporalidad devaluados en relación a un modelo que aún falta. Aunque el modelo no se visualice, aunque ya no sea la normalidad o la mayoría. Incluso elevándolo a la categoría de simbólico. Alerta Mónica Ejemplos de estos hay miles. Nos servimos de uno que se encuentra en el libro moradas nietzscheanas (escrito en la Argentina del 2001) de Mónica Cragnolini a propósito de los miércoles psicoanalíticos. “El tema "Nietzsche" fue objeto de tratamiento de dos sesiones de los Miércoles, en los inicios del Psicoanálisis: la del 1 de abril de 1908, y la del 28 de octubre del mismo año. En la primera sesión, dedicada a analizar el tercer tratado de la Genealogía de la moral, el eje de la discusión lo constituyó el contraste entre la vida cotidiana de Nietzsche y los temas de sus obras. En este sentido, el expositor, Hitschmann, señaló que Nietzsche, tan agudo para reconocer los orígenes del ideal ascético en la cultura de Occidente, fue incapaz de ver de qué manera sus propios ideales eran deseos irrealizados, considerando que su obra representaba una forma de rechazo a las circunstancias en las que le había tocado vivir. De allí el "notorio contraste" entre su conducta cotidiana y el tema de sus obras: "mientras que en la vida real se mostraba triste y sombrío, sus obras rezuman gozo, júbilo y danza dionisíacos". El hombre "fino, delicado y compasivo" se transformaba en sus obras en un defensor de la crueldad. En la discusión posterior, los expositores, encarando la cuestión de dicho contraste desde un punto de vista patológico, apuntaron diversas explicaciones: sujeto con estigmas hereditarios, que acusa síntomas histéricos en sus estados epileptoides sin pérdida de conciencia, identificado con su padre tal vez por motivaciones homosexuales, dirá Sadger; Federn hablará del hecho de que su filosofía se ha con formado como contraste con su propia existencia, y dará importancia al tema de la homosexualidad y la represión de las pulsiones sexuales. Rank indicará que la delicadeza y la mesura de Nietzsche, por un lado, y su glorificación de la crueldad en sus escritos, por el otro, son explicables por la supresión de la pulsión sádica en su vida, Stekel, por su parte, señalará el desplazamiento que lo lleva del enigma de la sexualidad al enigma del mundo, como en todo filósofo. Sólo Adler recobrará algo de la multiplicidad del pensamiento y de la vida nietzscheanas, irreductibles a explicación por contrastes y deseos no realizados, al señalar que un filósofo (extendámoslo: una filosofía) es demasiado complejo como para poder ser reducido a una sola neurosis. La segunda sesión, iniciada por Häutler, se dedicó al Ecce Homo, centrándose en las relaciones entre la obra y la locura. Para Häutler, el retrato que Nietzsche hace de sí no responde a la verdad, pero es "una expresión de deseos: así quería Nietzsche que lo vieran". E interpreta las máscaras de Nietzsche-Schopenhauer, Wagner, Zarathustra, Dionysos- como un intento de identificación con "seres superiores", que lo llevaba a estados de éxtasis que le hacían creer que él mismo era el dios. Por otro lado, esa tendencia a la dramatización ("ser otros personajes") se hallaba relacionada con su abstinencia de toda satisfacción sexual. Entre los expositores de la discusión posterior, las opiniones variaron: desde la caracterización de Nietzsche como neurótico (Federn), psicótico (Rie), sádico (Rank), etc. Freud, por su parte, destacó la importancia de la enfermedad, que aparta al hombre de la vida, y lo retrotrae hacia sí mismo, poniéndolo cerca de aquello de lo cual todo homosexual se siente más cercano: su yo. Pero lo descubierto en su yo es lo que proyecta hacia el exterior como exigencia de vida, lo que lo lleva del "es" al "debe" (por eso para Freud Nietzsche es un moralista y no un científico). Como se evidencia en lo señalado, la mayoría de las interpretaciones apuntan a indicar el elemento de disparidad entre la vida "real" de Nietzsche, el tímido, delicado y prolijo profesor, y el carácter -según los intérpretes- exaltador de los sentidos, de los instintos y de las pasiones presente en sus obras. (...) Esta conclusión se basa, desde mi punto de vista, en una concepción del deseo como carencia que apunta a determinados objetos y que, cuando no logra la realización en los mismos, se desplaza hacia otros niveles de objetualidad. Lo que intentaré en las líneas que siguen es mostrar, desde la propia idea nietzscheana del deseo, que tal disparidad y supuesto contraste carecen de sentido y que por el contrario denotan, más que una cuestión de represión o desplazamiento del deseo, otras formas de configuración del mismo.” [2] Piensan que la literatura es sublimación del deseo irrealizado y que la obra de Nietzsche es lo que quería hacer de su vida y no pudo, entre otras miles de interpretaciones berretas y conclusivas. Una alerta más La herencia de pensar nuestras antenas sensibles, nuestros faros, nuestras barcas, como casos clínicos. Así con Dostoievski, así con Richard, así con Anna O, Dora, Juanito, Schreber, Fijman, Pizarnik… Al rescate de este tipo de violencias Marcelo Percia, en el 2008 en Argentina, escribe el libro Alejandra Pizarnik, maestra de psicoanálisis. “La afirmación de que Alejandra Pizarnik es la primera analizante en castellano no necesita ser probada contando cosas de su intimidad o coleccionando circunstancias biográficas (historias de familia, judaísmo, aventuras sexuales, viajes, lecturas, depresiones, noches de insomnio, internaciones, intentos de suicidio o su muerte a los treinta y seis años por exceso de pastillas para dormir). Esos ´deshechos´ de su vida apenas interesan aquí. No se recorta su estar analizante para engrosar la lista de casos clínicos. “(...) Elijo a Pizarnik como maestra de psicoanálisis porque su obra resiste cualquier intento de armado o proyección de una escuela.” “Habría muchos otros modos de nombrarla: la mujer de la existencia venidera, la llamadora de ausencias, la que desespera del lenguaje, la que se aloja partida, la que arremete viajera, la enamorada de las ruinas, la que hace el mundo palabra por palabra, la que se siente deletreada por un semianalfabeto, la que vive desnuda como si llevara un traje de vidrio, la que tiene deseos de huir hacia un país más hospitalario, la inlúcida que sabe que ama sombras, la que escribe con humor ¨mi amante es obscena porque me toca la hora¨, la que se da cuenta que cumple una pena por nada, la del lenguaje alejandrino, la que va hacia no hay dónde, la que intenta nacerse sola, la que pregunta cómo es posible no saber tanto, la niña santa y lujuriosa, la que pide ser curada de algo que no se cura, la que advierte que habla para amueblar el escenario vacío del silencio, la que siente que el envejecimiento del rostro ha de ser una herida de espantoso cuchillo, la reina en el exilio, la que simpatiza con todos los sufrimientos, la que piensa que la felicidad consiste en estar a salvo del pronombre yo, la supliciada, la que fue demasiado lejos en su soledad.” [3] Multiplicidad Nietzsche Una de las magias de Nietzsche es que hace y construye un pensamiento de la multiplicidad. Una lógica de la multiplicidad. Su principal criterio es el de la libre conectividad. Todos los puntos pueden entrar en conexión con todos los puntos. Ahí donde hay un centro jerarquizado dando sentido lo que hay son rutas de elementos que pueden entrar en composición con otras. Las llamó interpretaciones. Hoy se convirtieron en tener el derecho de decir conclusiones. Un juego conclusivo. Multiplicidad, en cambio, se trata de que a ese múltiple se le pueda extraer su centro jerárquico y siga teniendo consistencia. Una multiplicidad tiene muchas direcciones a la vez. No es ni la reducción al Uno ni la dispersión de los elementos. La multiplicidad más que de elementos es de dimensiones. Y esas dimensiones le imponen a la multiplicidad cambios de direcciones. No tiene ni principio ni fin, siempre medio, por el que crece y desborda. Dimensiones sin sujeto ni objeto, distribuibles en consistencias que se sustraen del centro. No se trata de eliminar el centro y ponerse a guerrear, se lo deja como una dimensión más. Formas de consistencia no organizadas jerárquicamente. La unidad a eso lo llama dispersión o falta de estructura o falta de conducción. La propuesta es un tipo de consistencia donde eso que hace de conducción, y pretende seguir siendo lo que es, nunca sea más que una dimensión más. Que nada pueda tomar el poder sobre el conjunto de las dimensiones. Que ninguna dimensión pueda siquiera aspirar a darles unidad a las demás. Por lo cual las interpretaciones que hacían de Nietzsche no tenían en cuenta su filosofía. Estaban haciendo otra cosa. Una multiplicidad no es una vida recuperable con características biográficas ni literarias. Se ensaya una narrativa no conclusiva que tampoco es descriptiva. Algo que no se divide y es a la vez un continuo cambio de naturaleza. Una multiplicidad se define por su enorme capacidad de metamorfosis y es por eso que se opone a cualquier noción de individuo. Por eso justamente puede haber un nietzsche anarquista, un nietzsche nazi, un nietzsche fascista, un nietzsche comunista, un nietzsche artístico. Pero todavía algo más: loco, excéntrico, tímido, bigotón. Al que lo atacaban dolores de cabeza y malestares físicos, el que se regocijaba en lugares altos y tranquilos, el retirado, el solitario, el filólogo que quería ser alguien, el hijo de un pastor. Al que su amiga llamó orejas para captar lo inaudito, el que tuvo que ser cuidado por su madre, el tergiversado y celado por su hermana, el que odiaba a su cuñado nazi, el que leía Spinoza en Sils María. Erudito de religiones, crítico sagaz, lanzador de dados, al que jubilaron de la universidad en temprana edad, el que no pudo soportar la crueldad sobre un animal y se desvaneció para nunca más decir nada, el que un día lloró amargamente, el que escribió en menos de un mes en estado de éxtasis la mejor obra de imágenes y palabras jamás nunca escrita, el que desafió al cristianismo. Inventor del eterno retorno, ¿optimista del amor fati o pesimista de esta humanidad? ¿El amigo de Wagner o el discípulo de Schopenhauer? El martillador de morales, el creador de una filosofía, el primero de los psicoanalistas. Dionysos, crucificado, internado en un psiquiátrico, sobrediagnosticado a lo largo de los tiempos. El que nos cuenta sin condescendencias sobre las fuerzas de las pasiones y sus efectos. Ese viento que todavía nos sopla en las ciudades por venir. ¿Cómo se puede reducir una obra? ¿Y una vida? ¿A qué lugares se quiere llegar tan rápidamente, a dónde hay que ir, qué es lo que se quiere concluir? Pasión por finalizar el día, por terminar, deseo de morir. Nihilistas. ¿Podemos entonces reprocharle al psicoanálisis su relación con la falta, su estructuralismo tentador, su idea de deseo como llamado interno, su coqueteo con la pulsión de muerte? Alerta Lou: ¡No se olviden de Spinoza! [1] Aprendiendo con Freud. Spinoza. Lou Andreas Salome. Ed. Laerte. 1978 [2] Moradas nietzscheanas. Del sí mismo, del otro y del “entre”. Mónica B. Cragnolini. 2a ed. La Cebra. 2016. [3] Alejandra Pizarnik, maestra de psicoanálisis. Prólogo. Marcelo Percia. Ed. Alción 2008.

Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.

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