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- Cambio de luces / Julio Cortázar
Esos jueves al caer la noche cuando Lemos me llamaba después del ensayo en Radio Belgrano y entre dos cinzanos los proyectos de nuevas piezas, tener que escuchárselos con tantas ganas de irme a la calle y olvidarme del radioteatro por dos o tres siglos, pero Lemos era el autor de moda y me pagaba bien para lo poco que yo tenía que hacer en sus programas, papeles más bien secundarios y en general antipáticos. Tenés la voz que conviene, decía amablemente Lemos, el radioescucha te escucha y te odia, no hace falta que traiciones a nadie o que mates a tu mamá con estricnina, vos abrís la boca y ahí nomás media Argentina quisiera romperte el alma a fuego lento. No Luciana, precisamente el día en que nuestro galán Jorge Fuentes al término de Rosas de ignominia recibía dos canastas de cartas de amor y un corderito blanco mandado por una estanciera romántica del lado de Tandil, el petiso Mazza me entregó el primer sobre lila de Luciana. Acostumbrado a la nada en tantas de sus formas, me lo guardé en el bolsillo antes de irme al café (teníamos una semana de descanso después del triunfo de Rosas y el comienzo de Pájaro en la tormenta) y solamente en el segundo martini con Juárez Celman y Olive me subió al recuerdo el color del sobre y me di cuenta de que no había leído la carta; no quise delante de ellos porque los aburridos buscan tema y un sobre lila es una mina de oro, esperé a llegar a mi departamento donde la gata por lo menos no se fijaba en esas cosas, le di su leche y su ración de arrumacos, conocí a Luciana. No necesito ver una foto de usted, decía Luciana, no me importa que Sintonía y Antena publiquen fotos de Míguez y de Jorge Fuentes pero nunca de usted, no me importa porque tengo su voz, y tampoco me importa que digan que es antipático y villano, no me importa que sus papeles engañen a todo el mundo, al contrario, porque me hago la ilusión de ser la sola que sabe la verdad: usted sufre cuando interpreta esos papeles, usted pone su talento pero yo siento que no está ahí de veras como Míguez o Raquelita Bailey, usted es tan diferente del príncipe cruel de Rosas de ignominia. Creyendo que odian al príncipe lo odian a usted, la gente confunde y ya me di cuenta con mi tía Poli y otras personas el año pasado cuando usted era Vassilis, el contrabandista asesino. Esta tarde me he sentido un poco sola y he querido decirle esto, tal vez no soy la única que se lo ha dicho y de alguna manera lo deseo por usted, que se sepa acompañado a pesar de todo, pero al mismo tiempo me gustaría ser la única que sabe pasar al otro lado de sus papeles y de su voz, que está segura de conocerlo de veras y de admirarlo más que a los que tienen los papeles fáciles. Es como con Shakespeare, nunca se lo he dicho a nadie, pero cuando usted hizo el papel, Yago me gustó más que Otelo. No se crea obligado a contestarme, pongo mi dirección por si realmente quiere hacerlo, pero si no lo hace yo me sentiré lo mismo feliz de haberle escrito todo esto. Caía la noche, la letra era liviana y fluida, la gata se había dormido después de jugar con el sobre lila en el almohadón del sofá. Desde la irreversible ausencia de Bruna ya no se cenaba en mi departamento, las latas nos bastaban a la gata y a mí, y a mí especialmente el coñac y la pipa. En los días de descanso (después tendría que trabajar el papel de Pájaro en la tormenta) releí la carta de Luciana sin intención de contestarla porque en ese terreno un actor, aunque solamente reciba una carta cada tres años, estimada Luciana, le contesté antes de irme al cine el viernes por la noche, me conmueven sus palabras y ésta no es una frase de cortesía. Claro que no lo era, escribí como si esa mujer que imaginaba más bien chiquita y triste y de pelo castaño con ojos claros estuviera sentada ahí y yo le dijera que me conmovían sus palabras. El resto salió más convencional porque no encontraba qué decirle después de la verdad, todo se quedaba en un relleno de papel, dos o tres frases de simpatía y gratitud, su amigo Tito Balcárcel. Pero había otra verdad en la posdata: Me alegro de que me haya dado su dirección, hubiera sido triste no poder decirle lo que siento. A nadie le gusta confesarlo, cuando no se trabaja uno termina por aburrirse un poco, al menos alguien como yo. De muchacho tenía bastantes aventuras sentimentales, en las horas libres podía recorrer el espinel y casi siempre había pesca, pero después vino Bruna y eso duró cuatro años, a los treinta y cinco la vida en Buenos Aires empieza a desteñirse y parece que se achicara, al menos para alguien que vive solo con una gata y no es gran lector ni amigo de caminar mucho. No que me sienta viejo, al contrario; más bien parecería que son los demás, las cosas mismas que envejecen y se agrietan; por eso a lo mejor preferir las tardes en el departamento, ensayar Pájaro en la tormenta a solas con la gata mirándome, vengarme de esos papeles ingratos llevándolos a la perfección, haciéndolos míos y no de Lemos, transformando las frases más simples en un juego de espejos que multiplica lo peligroso y fascinante del personaje. Y así a la hora de leer el papel en la radio todo estaba previsto, cada coma y cada inflexión de la voz, graduando los caminos del odio (otra vez era uno de esos personajes con algunos aspectos perdonables pero cayendo poco a poco en la infamia hasta un epílogo de persecución al borde de un precipicio y salto final con gran contento de radioescuchas). Cuando entre dos mates encontré la carta de Luciana olvidada en el estante de las revistas y la releí de puro aburrido, pasó que de nuevo la vi, siempre he sido visual y fabrico fácil cualquier cosa, de entrada Luciana se me había dado más bien chiquita y de mi edad o por ahí, sobre todo con ojos claros y como transparentes, y de nuevo la imaginé así, volví a verla como pensativa antes de escribirme cada frase y después decidiéndose. De una cosa estaba seguro, Luciana no era mujer de borradores, seguro que había dudado antes de escribirme, pero después escuchándome en Rosas de ignominia le habían ido viniendo las frases, se sentía que la carta era espontánea y a la vez —acaso por el papel lila— dándome la sensación de un licor que ha dormido largamente en su frasco. Hasta su casa imaginé con sólo entornar los ojos, su casa debía ser de esas con patio cubierto o por lo menos galería con plantas, cada vez que pensaba en Luciana la veía en el mismo lugar, la galería desplazando finalmente el patio, una galería cerrada con claraboyas de vidrios de colores y mamparas que dejaban pasar la luz agrisándola, Luciana sentada en un sillón de mimbre y escribiéndome usted es muy diferente del príncipe cruel de Rosas de ignominia, llevándose la lapicera a la boca antes de seguir, nadie lo sabe porque tiene tanto talento que la gente lo odia, el pelo castaño como envuelto por una luz de vieja fotografía, ese aire ceniciento y a la vez nítido de la galería cerrada, me gustaría ser la única que sabe pasar al otro lado de sus papeles y de su voz. La víspera de la primera tanda de Pájaro hubo que comer con Lemos y los otros, se ensayaron algunas escenas de esas que Lemos llamaba clave y nosotros clavo, choque de temperamentos y andanadas dramáticas, Raquelita Bailey muy bien en el papel de Josefina, la altanera muchacha que lentamente yo envolvería en mi consabida telaraña de maldades para las que Lemos no tenía límites. Los otros calzaban justo en sus papeles, total maldita la diferencia entre ésa y las dieciocho radionovelas que ya llevábamos actuadas. Si me acuerdo del ensayo es porque el petiso Mazza me trajo la segunda carta de Luciana y esa vez sentí ganas de leerla enseguida y me fui un rato al baño mientras Angelita y Jorge Fuentes se juraban amor eterno en un baile de Gimnasia y Esgrima, esos escenarios de Lemos que desencadenaban el entusiasmo de los habitúes y daban más fuerza a las identificaciones psicológicas con los personajes, por lo menos según Lemos y Freud. Le acepté la simple, linda invitación a conocerla en una confitería de Almagro. Había el detalle monótono del reconocimiento, ella de rojo y yo llevando el diario doblado en cuatro, no podía ser de otro modo y el resto era Luciana escribiéndome de nuevo en la galería cubierta, sola con su madre o tal vez su padre, desde el principio yo había visto un viejo con ella en una casa para una familia más grande y ahora llena de huecos donde habitaba la melancolía de la madre por otra hija muerta o ausente, porque acaso la muerte había pasado por la casa no hacía mucho, y si usted no quiere o no puede yo sabré comprender, no me corresponde tomar la iniciativa pero también sé —lo había subrayado sin énfasis— que alguien como usted está por encima de muchas cosas. Y agregaba algo que yo no había pensado y que me encantó, usted no me conoce salvo esa otra carta, pero yo hace tres años que vivo su vida, lo siento como es de veras en cada personaje nuevo, lo arranco del teatro y usted es siempre el mismo para mí cuando ya no tiene el antifaz de su papel. (Esa segunda carta se me perdió, pero las frases eran así, decían eso; recuerdo en cambio que la primera carta la guardé en un libro de Moravia que estaba leyendo, seguro que sigue ahí en la biblioteca). Si se lo hubiera contado a Lemos le habría dado una idea para otra pieza, clavado que el encuentro se cumplía después de algunas alternativas de suspenso y entonces el muchacho descubría que Luciana era idéntica a lo que había imaginado, prueba de cómo el amor se adelanta al amor y la vista a la vista, teorías que siempre funcionaban bien en Radio Bel grano. Pero Luciana era una mujer de más de treinta años, llevados eso sí con todas las de la ley, bastante menos menuda que la mujer de las cartas en la galería, y con un precioso pelo negro que vivía como por su cuenta cuando movía la cabeza. De la cara de Luciana yo no me había hecho una imagen precisa salvo los ojos claros y la tristeza; los que ahora me recibieron sonriéndome eran marrones y nada tristes bajo ese pelo movedizo. Que le gustara el whisky me pareció simpático, por el lado de Lemos casi todos los encuentros románticos empezaban con té (y con Bruna había sido café con leche en un vagón de ferrocarril). No se disculpó por la invitación, y yo que a veces sobreactúo porque en el fondo no creo demasiado en nada de lo que me sucede, me sentí muy natural y el whisky por una vez no era falsificado. De veras, lo pasamos muy bien y fue como si nos hubieran presentado por casualidad y sin sobreentendidos, como empiezan las buenas relaciones en que nadie tiene nada que exhibir o que disimular; era lógico que se hablara sobre todo de mí porque yo era el conocido y ella solamente dos cartas y Luciana, por eso sin parecer vanidoso la dejé que me recordara en tantas novelas radiales, aquella en que me mataban torturándome, la de los obreros sepultados en la mina, algunos otros papeles. Poco a poco yo le iba ajustando la cara y la voz, desprendiéndome con trabajo de las cartas, de la galería cerrada y el sillón de mimbre; antes de separarnos me enteré de que vivía en un departamento bastante chico en planta baja y con su tía Poli que allá por los años treinta había tocado el piano en Pergamino. También Luciana hacía sus ajustes como siempre en esas relaciones de gallo ciego, casi al final me dijo que me había imaginado más alto, con pelo crespo y ojos grises; lo del pelo crespo me sobresaltó porque en ninguno de mis papeles yo me había sentido a mí mismo con pelo crespo, pero acaso su idea era como una suma, un amontonamiento de todas las canalladas y las traiciones de las piezas de Lemos. Se lo comenté en broma y Luciana dijo que no, los personajes los había visto tal como Lemos los pintaba pero al mismo tiempo era capaz de ignorarlos, de hermosamente quedarse sólo conmigo, con mi voz y vaya a saber por qué con una imagen de alguien más alto, de alguien con el pelo crespo. Si Bruna hubiera estado aún en mi vida no creo que me hubiera enamorado de Luciana; su ausencia era todavía demasiado presente, un hueco en el aire que Luciana empezó a llenar sin saberlo, probablemente sin esperarlo. En ella en cambio todo fue más rápido, fue pasar de mi voz a ese otro Tito Balcárcel de pelo lacio y menos personalidad que los monstruos de Lemos; todas esas operaciones duraron apenas un mes, se cumplieron en dos encuentros en cafés, un tercero en mi departamento, la gata aceptó el perfume y la piel de Luciana, se le durmió en la falda, no pareció de acuerdo con un anochecer en que de golpe estuvo de más, en que debió saltar maullando al suelo. La tía Poli se fue a vivir a Pergamino con una hermana, su misión estaba cumplida y Luciana se mudó a mi casa esa semana; cuando la ayudé a preparar sus cosas me dolió la falta de la galería cubierta, de la luz cenicienta, sabía que no las iba a encontrar y sin embargo había algo como una carencia, una imperfección. La tarde de la mudanza la tía Poli me contó dulcemente la módica saga de la familia, la infancia de Luciana, el novio aspirado para siempre por una oferta de frigoríficos de Chicago, el matrimonio con un hotelero de Primera Junta y la ruptura seis años atrás, cosas que yo había sabido por Luciana pero de otra manera, como si ella no hubiera hablado verdaderamente de sí misma ahora que parecía empezar a vivir por cuenta de otro presente, de mi cuerpo contra el suyo, los platitos de leche a la gata, el cine a cada rato, el amor. Me acuerdo que fue más o menos en la época de Sangre en las espigas cuando le pedí a Luciana que se aclarara el pelo. Al principio le pareció un capricho de actor, si querés me compro una peluca, me dijo riéndose, y de paso a vos te quedaría tan bien una con el pelo crespo, ya que estamos. Pero cuando insistí unos días después, dijo que bueno, total lo mismo le daba el pelo negro o castaño, fue casi como si se diera cuenta de que en mí ese cambio no tenía nada que ver con mis manías de actor sino con otras cosas, una galería cubierta, un sillón de mimbre. No tuve que pedírselo otra vez, me gustó que lo hubiera hecho por mí y se lo dije tantas veces mientras nos amábamos, mientras me perdía en su pelo y sus senos y me dejaba resbalar con ella a otro largo sueño boca a boca. (Tal vez a la mañana siguiente, o fue antes de salir de compras, no lo tengo claro, le junté el pelo con las dos manos y se lo até en la nuca, le aseguré que le quedaba mejor así. Ella se miró en el espejo y no dijo nada, aunque sentí que no estaba de acuerdo y que tenía razón, no era mujer para recogerse el pelo, imposible negar que le quedaba mejor cuando lo llevaba suelto antes de aclarárselo, pero no se lo dije porque me gustaba verla así, verla mejor que aquella tarde cuando había entrado por primera vez en la confitería). Nunca me había gustado escucharme actuando, hacía mi trabajo y basta, los colegas se extrañaban de esa falta de vanidad que en ellos era tan visible; debían pensar, acaso con razón, que la naturaleza de mis papeles no me inducía demasiado a recordarlos, y por eso Lemos me miró levantando las cejas cuando le pedí los discos de archivo de Rosas de ignominia, me preguntó para qué lo quería y le contesté cualquier cosa, problemas de dicción que me interesaba superar o algo así. Cuando llegué con el álbum de discos, Luciana se sorprendió también un poco porque yo no le hablaba nunca de mi trabajo, era ella que cada tanto me daba sus impresiones, me escuchaba por las tardes con la gata en la falda. Repetí lo que le había dicho a Lemos pero en vez de escuchar las grabaciones en otro cuarto traje el tocadiscos al salón y le pedí a Luciana que se quedara un rato conmigo, yo mismo preparé el té y arreglé las luces para que estuviera cómoda. Por qué cambias de lugar esa lámpara, dijo Luciana, queda bien ahí. Quedaba bien como objeto pero echaba una luz cruda y caliente sobre el sofá donde se sentaba Luciana, era mejor que sólo le llegara la penumbra de la tarde desde la ventana, una luz un poco cenicienta que se envolvía en su pelo, en sus manos ocupándose del té. Me mimas demasiado, dijo Luciana, todo para mí y vos ahí en un rincón sin siquiera sentarte. Desde luego puse solamente algunos pasajes de Rosas, el tiempo de dos tazas de té, de un cigarrillo. Me hacía bien mirar a Luciana atenta al drama, alzando a veces la cabeza cuando reconocía mi voz y sonriéndome como si no le importara saber que el miserable cuñado de la pobre Carmencita comenzaba sus intrigas para quedarse con la fortuna de los Pardo, y que la siniestra tarea continuaría a lo largo de tantos episodios hasta el inevitable triunfo del amor y la justicia según Lemos. En mi rincón (había aceptado una taza de té a su lado pero después había vuelto al fondo del salón como si desde ahí se escuchara mejor) me sentía bien, reencontraba por un momento algo que me había estado faltando; hubiera querido que todo eso se prolongara, que la luz del anochecer siguiera pareciéndose a la de la galería cubierta. No podía ser, claro, y corté el tocadiscos y salimos juntos al balcón después que Luciana hubo devuelto la lámpara a su sitio porque realmente quedaba mal allí donde yo la había corrido. ¿Te sirvió de algo escucharte?, me preguntó acariciándome una mano. Sí, de mucho, hablé de problemas de respiración, de vocales, cualquier cosa que ella aceptaba con respeto; lo único que no le dije fue que en ese momento perfecto sólo había faltado el sillón de mimbre y quizá también que ella hubiera estado triste, como alguien que mira el vacío antes de continuar el párrafo de una carta. Estábamos llegando al final de Sangre en las espigas, tres semanas más y me darían vacaciones. Al volver de la radio encontraba a Luciana leyendo o jugando con la gata en el sillón que le había regalado para su cumpleaños junto con la mesa de mimbre que hacía juego. No tiene nada que ver con este ambiente, había dicho Luciana entre divertida y perpleja, pero si a vos te gustan a mí también, es un lindo juego y tan cómodo. Vas a estar mejor en él si tenés que escribir cartas, le dije. Sí, admitió Luciana, justamente estoy en deuda con tía Poli, pobrecita. Como por la tarde tenía poca luz en el sillón (no creo que se hubiera dado cuenta de que yo había cambiado la bombilla de la lámpara) acabó por poner la mesita y el sillón cerca de la ventana para tejer o mirar las revistas, y tal vez fue en esos días de otoño, o un poco después, que una tarde me quedé mucho tiempo a su lado, la besé largamente y le dije que nunca la había querido tanto como en ese momento, tal como la estaba viendo, como hubiera querido verla siempre. Ella no dijo nada, sus manos andaban por mi pelo despeinándome, su cabeza se volcó sobre mi hombro y se estuvo quieta, como ausente. ¿Por qué esperar otra cosa de Luciana, así al filo del atardecer? Ella era como los sobres lila, como las simples, casi tímidas frases de sus cartas. A partir de ahora me costaría imaginar que la había conocido en una confitería, que su pelo negro suelto había ondulado como un látigo en el momento de saludarme, de vencer la primera confusión del encuentro. En la memoria de mi amor estaba la galería cubierta, la silueta en un sillón de mimbre distanciándola de la imagen más alta y vital que de mañana andaba por la casa o jugaba con la gata, esa imagen que al atardecer entraría una y otra vez en lo que yo había querido, en lo que me hacía amarla tanto. Decírselo, quizá. No tuve tiempo, pienso que vacilé porque prefería guardarla así, la plenitud era tan grande que no quería pensar en su vago silencio, en una distracción que no le había conocido antes, en una manera de mirarme por momentos como si buscara, algo, un aletazo de mirada devuelta enseguida a lo inmediato, a la gata o a un libro. También eso entraba en mi manera de preferirla, era el clima melancólico de la galería cubierta, de los sobres lila. Sé que en algún despertar en la alta noche, mirándola dormir contra mí, sentí que había llegado el tiempo de decírselo, de volverla definitivamente mía por una aceptación total de mi lenta telaraña enamorada. No lo hice porque Luciana dormía, porque Luciana estaba despierta, porque ese martes íbamos al cine, porque estábamos buscando un auto para las vacaciones porque la vida venía a grandes pantallazos antes y después de los atardeceres en que la luz cenicienta parecía condensar su perfección en la pausa del sillón de mimbre. Que me hablara tan poco ahora, que a veces volviera a mirarme como buscando alguna cosa perdida, retardaban en mí la oscura necesidad de confiarle la verdad de explicarle por fin el pelo castaño, la luz de la galería No tuve tiempo, un azar de horarios cambiados me llevó al centro un fin de mañana, la vi salir de un hotel, no la reconocí al reconocerla, no comprendí al comprender que salía apretando el brazo de un hombre más alto que yo, un hombre que se inclinaba un poco para besarla en la oreja, para frotar su pelo crespo contra el pelo castaño de Luciana. Fuente: Alguien que anda por ahí, 1977, editorial Hermes.
- Adynata Abril / VPS
flor de loto en un estanque ahora mandala miles de ríos trabajando la montaña párpados y ráfagas dioses enloquecidos con besos de ceniza destrucción fértil y el abrigo del agua Juan Pablo Grabowski En Adynata (y no sólo aquí) necesitamos de lo imposible para que se abra paso en las escrituras, en las militancias, en lo clínico. Y la necesidad de escribirlo, decirlo, soñarlo, pedirlo. De realizarlo. De mantenerlo como horizonte. El recorrido de escrituras de Abril viene con velocidades y lentitudes, aromas y colores que se enhebran en un mapa, “un Mapa del Imperio, que tenía el tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él”. Mapa con encuentros de cartografías nómades que no se aferran a certezas y hacen decir “me abrazó y empezamos a caminar hacia alguna parte en ese aire que no era neblina ni claridad.” Encuentros que no están destinados a suceder, como lo advierte Agostina Falco “Recuerdo perfectamente ese día, recuerdo la perfecta correspondencia entre una mano y un corazón; como dos cosas que sin estar llamadas a juntarse, de repente, lo hacían”. Encuentros que no saben todo lo que pueden, como nos recuerda Ezequiel Buyatti, plagados de “afectos que revitalizan cuerpos para seguir en movimiento”. Encuentros que se llenan de advertencias “La movilización de masas son líneas de fuga, pero pueden ser Hitler.” nos dice Fernando Stivala y agrega “Nietzsche trae el martillo y nos pone de frente a una serie de problemas. Zaratustra, un viento que los recorre.” Vientos que nos arrebatan. “Cuando los pensamientos atacan, los ojos se cierran./ Los oídos se suicidan.” y cae un alud. Y las palabras, faltan. Tantísimas veces, faltan. O decidimos atragantarnos con ellas en ese momento y vomitarlas luego, como en ¿Qué mata?. O nos llevan a decidir despedirnos de ellas, como Lord Chandos: “las palabras abstractas, de las que conforme a la naturaleza, se tiene que servir la lengua para manifestar cualquier opinión, se me desintegraban en la boca como saetas mohosas.” Entonces otro tiempo se hace imprescindible, quizás ese al que nos invita la maravillosa Susana Villalba “El tiempo -se dijo- / será esta ceremonia / del té”. Un tiempo de una militancia gozosa, como escribe Silvia Federici “No podemos situar nuestras metas en un futuro que no deja de alejarse. Los pueblos nativos de las Américas nos enseñan, por ejemplo, lo importantes que son las fiesta no solo como una forma de recrearse, sino también de construir solidaridad, de resignificar nuestro afecto y responsabilidad mutuos.” Hay veces que en los consultorios jugamos a rodear lo imposible en ese otro tiempo que se intenta en la clínica. Una vez, hace pocos meses, imaginamos un mundo organizado por aguas. Un mundo descentrado de la tierra, donde la referencia vital tuviera que ver con las aguas. Allí, lxs del Pacífico nos contarían cómo se hace para habitar esas angosturas que te hacen ver la cordillera y el mar; que te hacen pasar, rápidamente, de la Revuelta al orden. Lxs del Mar Muerto nos transmitirían sus saberes extrasalados acerca de la flotación. No existirían fronteras. Los Amores Transatlánticos, ya olvidados del amor libre, del poliamor, del cuento de la monogamia, recordarían el ir y venir, las cercanías y las distancias, el quedarse y partir, las maravillas del viajar. Un mundo donde la aspiración fuera a llenarse la mirada de río, a aprender de los movimientos necesarios para caminar sobre piedras movedizas para cruzarlos, aunque duelan los pies. Un mundo de complicidades con los vientos y las mareas. Ya sea para navegar, ya para conocer el pulso de las subidas y bajadas. Un mundo en el que admirar y respetar lo caudaloso. Y llorar las sequías. Como las aguas asumen muchas formas y pasan por muchos estados, en este mundo tendríamos muchos mundos y múltiples formas descentradas y móviles de organizarlos. Y alguna sabiduría nómade: “construir un refugio ligero para un hacer náufrago”.
- Sobre la militancia gozosa / Silvia Federici
El principio de la militancia gozosa consiste en que, o nuestra actividad política es liberadora, o cambia nuestra vida de una forma positiva, que nos permita crecer y nos haga gozar, o hay algo en nuestro activismo que no funciona. El activismo triste suele provenir de un sentido exagerado de lo que somos capaces de hacer nosotros solos, de manera individual, lo que conduce al hábito de sobrecargarnos. Esto me lleva a recordar las metamorfosis de las que habla Nietzsche en Así habló Zaratustra, donde describe al camello como una bestia de carga, la encarnación del espíritu de la gravedad. El camello es el prototipo de aquellos militantes que cargan siempre con inmensas cantidades de trabajo, porque piensan que el destino del mundo depende de ellos. Los militantes heroicos, estajanovistas, están siempre tristes porque se esfuerzan por hacer tantas cosas que nunca están del todo presentes en lo que están haciendo, nunca están del todo presentes en sus vidas y no pueden apreciar las posibilidades transformadoras de su quehacer político. Cuando funcionamos así, estamos, además, frustrados porque lo que hacemos no nos transforma y no tenemos tiempo para cambiar la relación con las personas con las que trabajamos. El error está en fijarnos metas que no podemos alcanzar y en luchar siempre "en contra", en lugar de intentar construir algo. Esto implica una proyección siempre a futuro, mientras que el activismo gozoso es constructivo ahora, en el presente. Cada vez más personas hoy lo ven de este modo. No podemos situar nuestras metas en un futuro que no deja de alejarse. Necesitamos fijarnos objetivos que podamos alcanzar en parte también en el presente, aunque ciertamente nuestro horizonte tiene que ser más amplio. Nuestro activismo político debe cambiar positivamente nuestra vida y nuestras relaciones con la gente que nos rodea. La tristeza aparece cuando no dejamos de posponer nuestros logros hacia un futuro que no termina de llegar y, como resultado, nos cegamos ante las posibilidades del presente. Asimismo, me opongo a la noción del autosacrificio. No creo en el sacrificio si lo que significa es reprimirnos, hacer cosas en contra de nuestras necesidades, nuestros deseos y nuestro potencial. Con esto no quiero decir que el activismo político no vaya a hacernos sufrir. Pero existe una diferencia entre sufrir porque hemos decidido hacer algo que tiene consecuencias dolorosas -como enfrentarse a la represión o ver sufrir a las personas que nos importan- y el autosacrificio, que es hacer algo contra nuestro deseo y nuestra voluntad, sólo porque pensamos que es nuestro deber. Así es como las personas se tornan infelices e insatisfechas. El activismo político tiene que ser sanador. Tiene que darnos fuerza, capacidad de visión, tiene que elevar nuestro sentido de la solidaridad y hacernos tomar conciencia de nuestra Interdependencia. Ser capaces de politizar nuestro dolor, de convertirlo en una fuente de conocimiento, en algo que nos conecte con otras personas: todo esto tiene un poder curativo. Es "empoderante" (una palabra que, de todos modos, ha dejado de gustarme). Creo que la izquierda radical a menudo no logra atraer a la gente porque no presta atención a la faceta reproductiva del trabajo político, las cenas colectivas, las canciones que refuerzan nuestro sentimiento de ser parte de un sujeto colectivo o las relaciones afectivas que desarrollamos entre nosotros. Los pueblos nativos de las Américas nos enseñan, por ejemplo, lo importantes que son las fiesta no solo como una forma de recrearse, sino también de construir solidaridad, de resignificar nuestro afecto y responsabilidad mutuos. Nos enseñan lo importantes que son las actividades que reúnen a la gente, que nos hacen sentir el calor de la solidaridad y que fortalecen la confianza. Por eso se toman muy en serio la organización de las fiestas. Con todas sus limitaciones, las antiguas organizaciones obreras de antes también cumplían esta función y construían centros a los que los trabajadores (varones) podían ir después de trabajar para tomarse un vino, encontrarse con sus camaradas y enterarse de las últimas novedades y las acciones que se habían planeado. De este modo, el activismo creaba una familia extendida, se garantizaba la transmisión de conocimiento entre las distintas generaciones y la propia política adquiría un significado diferente. La izquierda no ha compartido esta cultura, al menos en nuestra época, y de ahí surge en parte la tristeza. El activismo "debería" cambiar nuestra relación con las personas, reforzar nuestra conectividad e infundirnos valor al saber que no estamos solos contra el mundo. Prefiero hablar de gozo más que de felicidad. Prefiero el gozo porque es una pasión activa. No es un estado estático del ser. No es estar satisfecho con las cosas como son. Es sentir nuestra fuerza, ver cómo crecen nuestras capacidades en nosotros y en la gente que nos rodea. Es un sentimiento que resulta de un proceso de transformación. Significa, empleando el lenguaje de Spinoza, que entendemos la situación en la que estamos y nos desplazamos de acuerdo a lo que se necesita de nosotros en ese momento. Así pues, sentimos que tenemos el poder de cambiar y que estamos cambiando, junto a otras personas. No es aquiescencia hacia lo que existe. Spinoza dice que el gozo procede de la razón y el conocimiento. Un paso importante es entender que llegamos al movimiento con muchas cicatrices. Todos estamos marcados por la vida en la sociedad capitalista. De hecho, por eso queremos luchar y cambiar el mundo, algo que no sería necesario si pudiésemos ser perfectos seres humanos-lo que sea que eso signifique- en la sociedad que ya tenemos. Sin embargo, a menudo nos decepcionamos porque imaginamos que solo vamos a encontrar relaciones armoniosas en el movimiento y, en cambio, nos topamos con celos, rumores y relaciones de poder desiguales. También en los movimientos de mujeres podemos transitar relaciones dolorosas y decepcionantes. Es más, en los grupos y organizaciones de mujeres es probable que experimentemos las mayores decepciones y sufrimientos. Y es que podemos esperar que los varones nos traicionen y nos decepcionen, pero no lo esperamos de las mujeres y no nos imaginamos que, como mujeres, también podamos hacernos daño, sentirnos devaluadas, invisibles, o hacer que otras mujeres se sientan así. Ciertamente, a veces detrás de los conflictos personales hay diferencias políticas no reconocidas que pueden ser insuperables. Pero también podemos sentirnos traicionadas y desilusionadas, porque damos por sentado que estar en un movimiento radical y, sobre todo, en un movimiento feminista nos garantiza librarnos de todas las heridas que llevamos en nuestro cuerpo y alma y, por lo tanto, bajamos la guardia como nunca lo haríamos con varones o en organizaciones mixtas. Inevitablemente se impone la tristeza, a veces hasta tal punto que decidimos abandonar. Con el tiempo, aprendemos que la mezquindad, los celos, la vulnerabilidad excesiva que muchas veces encontramos en los movimientos de mujeres son, a menudo, producto de la distorsión que genera la vida en la sociedad capitalista. Una parte de nuestro aprendizaje político es saber identificarlos y no dejar que nos destruyan. Fuente: Silvia B. Federici (2022) Ir más allá de la piel. Ed. Tinta limón
- Carta al Deseo Nómade* - Monólogo del amante / Juan Pablo Grabowski
En movimiento, 10 de marzo de 2023 Atravesé el deseo nómade como a las formas del amor y me quedaron palabras dibujadas en la piel cuerpo mapa flor de loto en un estanque ahora mandala miles de ríos trabajando la montaña párpados y ráfagas dioses enloquecidos con besos de ceniza destrucción fértil y el abrigo del agua páginas enredadas en la lengua con versos duros de un libro hecho de tierra de bordes difusos como el bosque Tuve que matar varias veces los propios pasos para poder traicionar al rostro del amor como ausencia de recuperación de lo robado de la entrega y de la cruz Sucede que también puede decírsele amor a una trampa. A una captura. A la jaula que los personajes míticos hacen con sus propios huesos. A la relación cerrada y blanca que los define y los empuja con hambre a morderse un poco más. A roer hasta encontrarse en las pupilas ajenas con la sonrisa forzada de obedecer lo que nos parasita. Una caricatura del amor que el deseo nómade desnuda entre susurros (aunque el murmullo incipiente está anunciado) con la sutileza y la elegancia propias de quien esquiva el juicio. Ondulación y contundencia del agua. Precisión y velocidad del fuego. Todos los opuestos caen. Hay un pliegue Adriana Zambrini - Nick Cave en el que siempre el decir está implicado. Hasta las manos. Sin el asco inducido hacia la diferencia. Sin nostalgia ni impostura de lo normal. Qué difícil y qué necesario poder escuchar sin miedo. Sin tener que defender nada. Mirar a los ojos a la tristeza, al dolor, a lo terrible o a lo patético y ver también ahí, justamente ahí, al amor enredado y torpe, coagulado, cansado de dar vueltas sobre sí mismo. Sabiduría nómade: construir un refugio ligero para un hacer náufrago. Ser a la vez mapa, refugio y desierto. Moverse hasta que nos encuentre un lugar. Saber que el lugar siempre es un adentro, un interior impropio al que se llega desarmado. Y que en lo más adentro del adentro, siempre está el afuera. Se escucha con cada partícula sensible y en tierra de nadie, se dice en complicidad y en un lenguaje inventado para no avivar al poder. ¿Puede un libro clínico apostar al amor? ¿Puede no hacerlo? Un miedo aterrador a vivir, al dolor de romperse viviendo, a que lo desconocido nos toque, es parte de hacer del amor una plegaria. Y dios siempre está escuchando. Entonces cae seductoramente del cielo un molde piadoso que nos invita a pasar de a dos y sólo de a dos para salvarnos. Primer sello. Luego nos imprime un rostro ciego en ambas caras: ya no sé dónde estás / ya no sé dónde estoy. Segundo sello, ya de rodillas. Luego nos abre bien grande la boca y nos ata con espinas la lengua. Tercer sello: silencio eternizado en el ser dicho constante. El pensamiento afilado y preciso que corta el teatro como quien tajea un lienzo está hecho de una mirada capaz de ver que cada pliegue necesario en ese movimiento es una soldadura en el amar. Que al final un acto clínico es soltar un amarre. Como Marisa [1], cuando nos dijo, sin romantizar y como si fuese obvio, que la tarea es transformar la basura en belleza. El deseo nómade abre caminos borrando constelaciones con el codo para mostrarnos que fugarse es un juego. Un juego posible con la muerte. Un juego donde somos finitos. Un juego donde amar es riesgo. Un juego indocumentado, flojito de papeles, desviado y mutante. Una mirada de origami invertido que en despliegue va de lo patético a lo digno. De la memoria y el presagio a la erupción de lo sensible. Dicen Deleuze y Guattari: “El devenir sensible es el acto a través del cual algo o alguien se convierte en otro (sin dejar de ser lo que es)...” [2] Entonces: Meterse en el barro y desarmarse hasta poder escuchar más acá de la escritura de la propia historia Mirar sin creer en nada hasta encontrar la ternura que separa al otro aquí del otro ahí Interrumpir la novela, desordenar el drama, desenmascarar al conflicto Acercarse hasta el límite del encuentro y fugarse en la sensación Fabular Aprender a querer los finales. Ver lo vivo en los afectos tristes. Recordar que no hay nada malo en amar las cosas que ni siquiera pueden quedarse. [3] Atravesé el deseo nómade haciéndole cruces en los ojos a mis voces del pasado y me quedó su perfume sonidos rotos de un paisaje que se hizo primero horizonte después caída después mar Dejo una parte de mí Me llevo una parte de vos Y nos vamos otra vez lejos Allá, en la distancia el encuentro se celebra en el amanecer de nuevos mundos. * “El deseo nómade”, escrito por Adriana Zambrini, es uno de los pocos libros que se arriesgan a pensar una posible clínica del acontecimiento. Una relectura del esquizoanálisis en clave local que excede, desborda y esquiva toda trampa en el “hacer escuela” y en la que Deleuze y Guattari dialogan siempre desde las fronteras. Luego de 23 años de circular por el under, la editorial Vagantes Fabulae publica el libro en una edición revisada y urgente. Corran y lean. [1] Marisa Wagner, poeta, muerta por el manicomio. [2] Deleuze, G. y Guattari, F. (2002). ¿Qué es la filosofía?. Editora Nacional, Madrid, pág.194. [3] Nick Cave & The Bad Seeds. Ghosteen [Canción]. En Ghosteen. 2019: “Well there's nothing wrong with loving things / that cannot even stand”.
- ¿Qué mata? / Ternuramolotov
La violencia sexual como problema estructural mata. La cofradía entre Estado, justicia y violencias machistas, mata. La invisibilización de las necesidades y derechos de las niñeces, mata. El adultocentrismo como práctica cotidiana que determina los procesos de socialización por los que pasará una existencia, mata. Que aparezca la pregunta en los medios ¿Por qué una mujer maltrata a sus hijos? Eso mata. Que nadie se pregunte por los entramados de violencia que atraviesan esos cuerpos socializados como mujeres. Esa indiferencia mata. Que nadie pregunte dónde estaba el padre cada vez que una mamá cría sola, o que esté pero profundamente ausente, eso mata. Esa responsabilidad unilateral mata. Que maternar en este mundo sea un asunto personal, meritócrata, profundamente clasista y absolutamente privado de cada cual, mata. El individualismo mata. ¿”tu pibe, tu decisión”? El silencio cómplice de toda la sociedad frente a los abusos en las infancias, eso desgarra la piel, la carne, corroe los huesos. Que los abusadores se encuentren en un 80 % en el círculo más cercanos padres y abuelos, y aún así resulte casi imposible criticar a la familia como institución violenta. Eso mata. Que se diga en el imaginario social: que los abusos en la infancia son lo peor que te puede pasar cuando los cuerpos con vulva sabemos que hemos pasado por situaciones de acoso, abuso o violación varias veces en nuestra trayectoria de vida. Esa doble vara mata y duele. Que esa naturalización de la violencia sea enseñada desde nacidas, mata. No saber si vas a volver viva a casa. No recordar qué pasó anoche, no animarte a hablar con nadie de lo que te hicieron, cuestionarte cómo estabas vestida, qué tomaste y cuanto te expusiste o no cuidaste, eso mata. Pensar que tendrías que haber hecho algo, o que te tendrías que haber dado cuenta; cuando el problema es que eso ocurra, no como reacciones. Que el miedo y el silencio siga siendo nuestro. Nuestra ancestralidad callada, repitiéndose a cada segundo hasta el infinito, eso mata. Que te atrevas a hablar de mis tetas como timbres que apretarías porque pasó un viento y me dio frío, que consideres que mi cuerpo está ahí a disposición de tus comentarios, apreciaciones o dichos; sólo porque pasaba cerca o no tanto, eso mata. Que me quede mal yo, pensando por qué no dije nada, cuando en realidad sé la respuesta: medí riesgos, eran 7, si respondía no sé si la contaba. Ese no saber cómo preguntarles: ¿muchachos alguna vez les sirvió? ¿consiguieron algún contacto con una piba después de acosarla? Y otra vez saber la respuesta, no es para nosotras aunque así se sienta. Es entre ellos, en ese ellos, tan en diálogo con lo varón como fuerza, crueldad, un pase de confianza que les hace tan parte, los abraza para ser lo suficientemente machos y hacer con todo lo vivo lo que quieran. Que cuando pega uno, otro arenga, otro sonríe, otro avala y otro calla, eso mata. Porque en definitiva, no es el último golpe el que gatilla una vida, son todos los micro odios aplaudidos por una sociedad cómplice. Que los cuerpos con vulva seamos bienvenidas a este mundo con los estandartes de belleza por sobre nuestro bienestar y cuidado, la dictadura de la belleza, eso mata. Que sea decisión de cada quién si vale violentar a una vida para ponerle aritos y raparle para que se vea mejor. La cosificación de quienes recién nacen, que no les pidamos permiso a la hora de cambiarles, tocar sus cuerpos, eso nos doméstica y somete. Estar enseñadas a saludar, obligadas, desde pequeñas y que se hagan comentarios sobre nuestros cuerpos. Eso mata. Rescatar a tu papá que está mirando a una piba, de tu edad, incomodando. Resistir no estallar con el tío que quiere que le presentes una amiga porque quiere bajarse una pendeja. Aguantar la cagada a pedos de tus mapadres porque sos piba y los amigos de tu papá se babosean con tus fotos en instagram y le hacen comentarios a él, que lo crispan, eso mata. Que los feminismos se burocraticen. Que el Estado haga lo que ha hecho históricamente: cooptar luchas, dar cargos, tergiversar las demandas comunes. Cambiar algo para que no cambie nada. Que no te den un cargo, hermana, te están dando un bozal que te vuelve cómplice del circo del como sí. Eso mata. Que no cambiemos las condiciones materiales de existencia, que lloremos cada cual, cada quién, pensando que te pasa sólo a vos, que estás mal, que necesitas un terapeuta, o una pastilla, o una internación, o todo junto porque vos no podes con la propuesta de vida. Lo que no va más es esta propuesta de vida. Este nivel de explotación económica, esta inflación que sube silenciosamente licuando nuestros sueldos y haciendo que trabajemos cada vez más para igual no llegar a fin de mes. Que si habitas un cuerpo con vulva o disidente o marrón esto sea aún peor. atte. la madre que te parió, la tía que te cuidó la hermana con la que jugabas, la hija que tuviste o podrías tener, y podría ser yo.
- Rikyu / Susana Villalba
Le lleva al mundo tiempo una mano, una pluma. Es imposible atravesar un corazón si no hay deseo de matarlo. Toda la tarde caminó bajo la lluvia como una forma de sentir humanidad. El tiempo -se dijo- será esta ceremonia del té. Es cosa de los astros si pueden partir el mundo en dos en un segundo. Es cosa de los otros sus manos. No es una huella que dejará según mueve la pluma. Es que esas huellas de sus dedos son irrepetibles. Pero llevan su tiempo las palabras. No es el camino el que dice la distancia, los ojos no encuentran su paisaje. Hubiese preferido tocar con sus palabras, él habla maravillosamente y es un placer físico escuchar. Pero no importa si las uvas están a demasiada o poca altura. Si se moja es que llueve y es la hora de preparar el té. El cuerpo es un pacto con la forma. Pero el deseo es la forma que tiene el corazón de deshacerse de su cuerpo. Como un relámpago espera en la línea de la mano. -¿El amor? -dijo la bruja- ¿Ir al Tíbet? Una escritora. Los sueños son la vida también. Tuviste un gran amor. -Tuve, como quien dice una enfermedad, escribí poemas. -Palabras -dijo la bruja- de un corazón en círculo de fuego. Se viste de venado y se devora. Una pluma en el barro. -Cuando los amantes duermen, amanece. Las palabras no dan cuenta de ese espacio que separa a los cuerpos en el sueño. -Los amantes -dijo la bruja- no se dan cuenta. Pero el que sueña es un camino como cualquier otro. Los poemas también son naturaleza. Si no tocaste esa mano no existió más que en el sueño. -Pero las uvas a la altura de mi mano, acaso simplemente las describa -Es una forma como cualquier otra. -Pero la espada y el tiempo que le lleva al mundo el cuerpo que la cabeza lleva atado como un perro. Y el guerrero si amanece y en su corazón noche cerrada. Cantan los pájaros y habitan la luz como una flecha de su propio sentido. Dar testimonio de una manera humana de levantarse, preparar el té y escribir. -Y acaso haber tocado ¿daría cuenta? -Un puma ni un venado. Deseo de beber un animal completo o palpitante en la espesura del deseo fugar de un cuerpo agazapado. Se pregunta qué tarea tiene entre las manos. Palabras como espada de dos filos. El deseo real como la mano al tocar fue tan distinta. Cada cuerpo irrepetible. -El arquero ni el caballo, la flecha no pregunta: Señor ¿no tuviste suficiente fe en mí? Fuente: Villalba, Susana (2019) Sin pelaje y sin sombra. Antología Poética. Editorial Llantén.
- La mujer sin cabeza / Claudia Masin
De chica, el alma se me separó del cuerpo. El alma, o como se quiera llamar a ese aguijón que se lleva clavado en el pecho y va soltando en la sangre el deseo de vivir como una medicina más fuerte que cualquier virus. Se dice que el miedo, un miedo lo suficientemente intenso puede dejar al cuerpo solo, y el cuerpo solo no comprende qué cosa debe hacer consigo, cómo andar por el mundo sin perderse. Para curarse hay que volver al punto de partida, al lugar, al tiempo en que se produjo el accidente, el golpe, la marea de palabras o de actos que impactaron contra una y la vaciaron por dentro, dejándola así: una caña seca donde ni los insectos buscan refugio o alimento. La sangre, dicen, se vuelve agua, un líquido que no tiene el poder para mantener al corazón en movimiento y que bombea y bombea pero ya no es la droga potente que atraviesa el circuito de las venas sino el fluido espeso, quieto de una ciénaga donde crecen las alimañas y un dolor ciego se asienta. El accidente puede ser cualquiera, a veces es el choque inevitable entre dos cuerpos: el día en que caíste sobre mí no pude retroceder ni defenderme, conocí el pavor de las criaturas que se enfrentan a un enemigo muy superior a sus fuerzas. Entonces no sabía, ahora sé que perdido por perdido, es el canto del miedo el que vence al miedo, el que lo vuelve inofensivo, una serpiente a la que se le exprime el veneno de los colmillos. Para que el alma entre de nuevo en el cuerpo hay que empujarla con la pobre, cobarde fuerza de los débiles, como si el mundo fuera fácil de mover de su eje, como si pudieran detenerse sus leyes, revertirlas, como si recuperar el alma que te arrebataron tan temprano fuera posible. Fuente: El cuerpo (2020) Ed. Portaculturas
- Caligrafía Nómade XI / Patricia Mercado
Cuando llegué me sentí aturdida, como pasar por un ojal y que algo quede suelto. Enseguida vi al flaco parado en la esquina. Con su camisa roja desteñida y el pantalón marrón. Respire un segundo esperando el grito con el que me llamó un instante después agitando la mano. Sonreía mientras corría a abrazarme. Y así estuvimos un rato largo mientras lloramos lento. Para que nos sosegáramos le dije:¿La misma pilcha? Si, dijo un poco avergonzado. Pero enseguida lo ganó el entusiasmo y su desparpajo de siempre que hacía que le importara un bledo lo que él o los demás llevaran puesto. Yo estaba algo consternada y, como siempre, él lo adivinó y se apuró a decirme: Mirá, mientras sacudía el paquete de bizcochos Don Satur para el mate. Agarró mi bolso y se lo puso al hombro, con la otra mano me abrazó y empezamos a caminar hacia alguna parte en ese aire que no era neblina ni claridad. Te esperaba,¿sabés? me dijo. Yo sabía, claro que sabía. No había dejado de saber desde el instante mismo que pusimos al flaco en su caja de madera adentro de la panza abierta de la tierra y me quedé sola a orillas de ese abismo. Mientras la tierra caía impávida sobre nuestras andanzas cuarenta años después, yo trazaba en mi corazón el camino de regreso como un mapa definitivo para los días por venir. Solo el vino que tomé después, como si una sed infinita me hubiera poseído, pudo convencer a mi alma de esperar que me vinieran a buscar. Ahora estábamos ahí, era raro, pero creo que no nos importaba. Algo estaba del único modo posible para nosotros: juntos. Y esa verdad, pequeña e inexorable, nos bastaba para afrontar la vastedad de lo eterno y otros asuntos que se avecinaban. Tenemos tiempo de sobra para ver qué hacemos dijo, y nos reímos los dos.
- Zaratustreanas XIV: Zaratustra y las ciudades por venir / Fernando Stivala
Una nueva forma de pensar. Intuimos que queremos dejar de ser esta humanidad, pero a la vez no queremos caer en un nihilismo constante. No podemos dejar de ver lo que no funciona y criticarlo. Nos volvemos quejosas, insatisfechos, victimas. Ese mundo ya no produce nada. La segregación por parte de las fuerzas débiles, con una suerte de veneno, capaces de infantilizar, neurotizar, angustiar, deprimir a las fuerzas creativas o constructivas. ¿Cómo puede dominar la fuerza más débil? El débil en tanto débil que debilita al otrx. No se trata de sostener una postura de la fuerza, tampoco de tener que elegir entre debilidad y fuerza. Allí la máquina de valores de binarismos se repone. Zaratustra vuelve, a redimir haber inventado el Bien y el Mal, la Fuerza y la Debilidad. Se va a tratar de encontrar matices y salidas donde no las hay. Más allá del bien y del mal. Nihilismo: incapacidad de afirmar, incapacidad de afirmar el cuerpo en la tierra. Más que incapacidad deseo de eso. Deseo de terminar el día, voluntad de morir. Debilitación de creación de existencia. Dicho de otro modo, somos personas que quieren sus ciudades llenas de cámaras. El Poder, como diría Foucault, no está puesto por un poder exterior. Se concreta nuestro deseo de ser controlados. Nietzsche trae el martillo y nos pone de frente a una serie de problemas. Zaratustra, un viento que los recorre. Entonces la pregunta que se impone es: ¿cómo se pasa de un nihilismo activo a una transvaloración? El cambio de signo de la voluntad. ¿Cómo se hace de la vida algo capaz de crear? Deleuze se hace cargo del programa nietzscheano, nos trae nuevas pistas, y nos toca a nosotrxs llevarlas a cabo. Un querer que quiere crear, no destruir. Solo se critica y se violenta como corolario secundario de querer crear algo. Deseo de pasaje de una situación a la otra. Necesitamos inventar otras categorías, verlas en co-existencia con lo que hay. ¿Cómo ser otra humanidad —si es que podemos seguir llamándola así— evitando una postura negadora, optimista, ingenua, de felicidad de mercado y de consumo? ¿Cómo se pasa de lo reactivo a lo activo, piensa Nietzsche? ¿Cómo se pasa de una pasión a una acción, piensa Spinoza? Podemos afinar el problema y principalmente encontrar sus salidas. Entender y experimentar el programa político nietzscheano: zaratustra y el superhumano. O mejor dicho, las ciudades por venir. No como futuro, utopía, o posición melancólica. Lo que también hay y existe pero invisibilizado. Buscar en las prácticas territoriales nuevas dinámicas de movimiento social. Experiencias desde abajo, no invisibilizadas desde arriba. Sino la hegemonía de lo que hay, contada por miles, se narra despotenciada. Los valores de esta Moral ya no dicen nada. Normalidades opinando de normalidades. Imágenes unicondicionando la multiplicidad toda. Así opera la invisibilización. La máquina de producir valores al servicio de la ya producido. La máquina de producir binarismos produce variedades pero el funcionamiento general no se trastoca. Solo queda venerar o rechazar. Hace falta un nuevo instrumento político. Alumbrar dimensiones desconocidas darán nuevos funcionamientos. No sin antes experimentarlos, no sin antes someterlos a lo que nuestros amigos de la sabiduría llaman potencia: lo que pueden las cosas y todavía no; ese aumento o disminución individuocolectiva es materia prima de transformación de valores. Llamamos izquierda, como Diego Sztulwark nos comparte, a un saber de que esa voluntad de transformación está entrampada, a un uso del lenguaje para crear salidas concretas y no quedar en el comentarismo, y a conectar con la desesperación. Las ciudades por venir tampoco son los pueblos ideales. Nunca se trató de eliminar lo otro. Amor fati (Nietzsche), o convertir la mayor cantidad posible de pasiones en acciones (Spinoza). Un programa político que sepa y esté a la altura de incorporar aquello que le duele, que le extraña, que lo entorpece, que lo debilita. Las llamadas anomalías no son desviaciones de un humano súper normal; lo anómalo es pista que si se la puede escuchar se convierte en puente y pasaje de esa nueva sensibilidad. Por eso podemos reivindicar nuestras monstruosidades, al decir de Susy Shock, no solo como orgullos excéntricos, sino como llamamientos políticos que habitan en nuestros cuerpos. Cuando aparece algo que se llama sin reglas se debería hacer el esfuerzo de ver cómo aparece eso que se lo llama así. Más allá de los patrones que lo reglen tiene su propia potencia. Reconocerle potencia a fenómenos anómalos o desconocidos. Ahí entramos en la multiplicidad. Poder pensar formas de consistencia no organizadas jerárquicamente. La unidad a eso le llama dispersión. La unidad diría: a eso le falta conducción. Desde la regla se la llama caos, locura, patología, falla, error. Pero el punto es entenderla, porque todo lo que existe tiene verdadero derecho para existir, y cuando aparecen anomalías aparecen lógicas a pensar. No es inventar subjetivamente, es aceptar que cuando aparece una nueva conducta en la naturaleza le aparece un nuevo pensamiento. Si calza demasiado bien no es novedad, es adaptación consumista. Si lo propio de una sociedad o del deseo, como dice Deleuze, es fugar; tenemos que preguntarnos cómo fuga de sí misma, de sus estructuras, de sus estadísticas, de sus hábitos, de sus reglas, de lo que hace de Uno, de lo que hace de Poder. Conocernos individual y colectivamente a partir de movimientos que tienden a salirse de los lugares que solemos ocupar. Pero las líneas de fuga no son solo las románticas. No están destinadas a salir bien. También hay mortuorias. Las drogas son líneas de fuga, pero la sobredosis te mata. La movilización de masas son líneas de fuga, pero pueden ser Hitler. El trabajo será el de distinguir líneas, superficies, cuerpos y ver cómo funcionan. La analítica al servicio no de imponer modelos, sino de ver funcionamientos. Poder ver como la multiplicidad es el comienzo de la filosofía significa ver la potencia de anomalía donde parece no haberla. Encontrar y crear un programa de transformación individual y colectivo, subjetivo y político, donde parece no haberlo. Comentaristas, pesimistas, nihilistas, comunicadores de lo obvio abstenerse. Las ciudades por venir en lo que ya hay. En lo que está siendo. En lo que vive mutando.
- Del rigor en la ciencia / Jorge Luis Borges
En aquel Imperio, el Arte de la Cartografía logró tal Perfección que el mapa de una sola Provincia ocupaba toda una Ciudad, y el mapa del Imperio, toda una Provincia. Con el tiempo, estos Mapas Desmesurados no satisficieron y los Colegios de Cartógrafos levantaron un Mapa del Imperio, que tenía el tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él. Menos Adictas al Estudio de la Cartografía, las Generaciones Siguientes entendieron que ese dilatado Mapa era Inútil y no sin Impiedad lo entregaron a las Inclemencias del Sol y los Inviernos. En los desiertos del Oeste perduran despedazadas Ruinas del Mapa, habitadas por Animales y por Mendigos; en todo el País no hay otra reliquia de las Disciplinas Geográficas. Suárez Miranda, Viajes de Varones Prudentes, Libro Cuarto, Cap. XLV, Lérida, 1658. Fuente: Publicado por primera vez en la edición de marzo de 1946 de Los Anales de Buenos Aires, año 1, núm. 3 como parte de una pieza llamada "Museo" bajo el nombre B. Lynch Davis, un seudónimo usado en conjunto entre Borges y Adolfo Bioy Casares; dicha pieza fue citada como la obra de "Suarez Miranda". Compilado en 1946 en la segunda edición de Historia universal de la infamia de Borges donde luego deja de incluirse para formar parte de El hacedor desde 1961.
- Una vez tuve un corazón en la mano / Agustina Falco
— El arquero ni el caballo, la flecha no pregunta: Señor ¿no tuviste suficiente fe en mi? Susana Villalba Una vez tuve un corazón en la mano. Podría haber sido más de una vez, pero en un arrebato de pasmo y pudor, el acontecimiento decidió que debería quedarse tal cual se presenta: único. No porque, necesariamente, la repetición de una acción lleve a la equivalencia de experiencias, sino para dar paso a esas múltiples sobrevidas que nacen a partir de un relato de lo vivido. Claudia Masin dice, en un poema que se llama “Una película de amor”: “La mirada vive, en lo que ve, / una segunda vida, más real que la primera, más intensa”. Esa cualidad intensiva, a veces, tarda años en recorrerse. Sucede algo curioso: por un lado se aparece como una información instantánea, insoslayable, sentida, vivenciada, y por otro lado no llega a revelar todos sus matices si no se presta a una historia, a la creación de unos márgenes que referencien un mapa de lo aún imposible. Recuerdo perfectamente ese día, recuerdo la perfecta correspondencia entre una mano y un corazón; como dos cosas que sin estar llamadas a juntarse, de repente, lo hacían. Recuerdo la impresión, ese gesto casi involuntario de un cuerpo que se sabe con todos sus órganos frente a un órgano sin cuerpo, pero también la impresión, esas marcas, esas entradas y salidas, esas ramificaciones tubulares que antes servían como conductos. Recuerdo la fragilidad, la viscosidad, lo mínimo. Recuerdo ahora a Susana Villalba, cuando en un poema que se llama “Rikyu” dijo: “Es imposible / atravesar un corazón / si no hay deseo / de matarlo”. Me veo obligada a pensar en qué lugares cabrían unos signos de pregunta: ¿sería circunscribiendo el “¿es imposible?”? ¿Entrarían mejor en “¿hay deseo?”? Seguro no podrían preguntarse si se puede atravesar un corazón. ¿La muerte será dada por el acto de atravesar o tendrá que ver con el acto de querer reparar ese daño? Difícil no pensar en los manuales para la supervivencia en la intemperie, en los torniquetes, en la siempre incisiva indicación de que cuando un objeto se incrusta en alguna zona vital mejor dejarlo allí porque de esa manera se evita que la sangre se escape por el hueco que queda. ¿Se habrá hecho el daño y se habrá querido deshacer? ¿Habrá habido alguna señal en el preciso momento en que la sangre empieza a chorrearse? Lo rojo puede significar amor y también puede significar muerte. ¿Podrá el arquero algún día abandonarse, y fugar de su incesante labor? La confianza de quien pone en funcionamiento toda una maquinaría vibrátil —el arco, la flecha, el cuerpo— con la terrible convicción de que si no se da en el objetivo será una tarea malograda, que de nada habrá servido ese disparo. Solo por los efectos puede, quizá, llegar a saberse algo de las causas, mas nunca es al revés. ¿Cómo podría una flecha, en vez de presentarse obstinada en su blanco, portar en su recorrido cierta estela, cosa de ir regando de efectuación aquello que atraviesa pero no toca? ¿Sería posible que el roce mínimo, la cercanía con su trayectoria, el viento que la circunda, produjeran efectos semejantes a los que, hasta ahora, solo logró mediante la desgarradura?
- Carta de Lord Chandos / Hugo Von Hofmannsthal (1902)
Nota de edición: En 1902 Hofmannsthal dio a conocer un escrito titulado “Ein Brief” (Una carta), que se conoce como “Carta de Lord Chandos”. Se trata de una epístola imaginaria de Lord Chandos, joven noble de la época isabelina, a Francis Bacon, en la que transmite a su amigo, quien le reclamaba por la ausencia de sus palabras, las disculpas por su renuncia irrevocable a la escritura, al lenguaje, a intentar pronunciar un sentido sobre alguna cosa. Está fechada el 22 de agosto de 1603, pero en realidad fue escrita en 1901. Después de “Una carta”, Hofmannsthal abdica de la poesía. Esta es la carta que Philip, lord Chandos, hijo menor del conde de Bach, escribió a Francis Bacon, más tarde lord Verulam y vizconde de St. Alban, para disculparse ante este amigo por su renuncia total a la actividad literaria. Es usted muy benévolo, mi apreciado amigo, en pasar por alto mi silencio de dos años y escribirme de este modo. Es más que benévolo al dar su preocupación por mí, a su extrañeza por el entumecimiento mental en que cree que estoy cayendo, la expresión de la ligereza y la broma que sólo dominan a los grandes hombres que están persuadidos de la peligrosidad de la vida, y sin embargo no se desaniman. Concluye usted con el aforismo de Hipócrates Qui gravi morbo correpti dolores non sentiunt, iis mens aeggrotat (Quienes no sienten que una grave enfermedad les aqueja están mentalmente enfermos), y opina que necesito la medicina no sólo para domeñar mi mal, sino más aun para aguzar mi mente para el estado de mi interior. Quisiera contestarle como le merece de mí, quisiera abrirme del todo a usted y no sé cómo proceder. (...) ¡Quién es el hombre para hacer planes! Yo también juegue con otros planes. Su benévola carta también los resucita. Hinchados con una gota de mi sangre, revolotean todos ante mí como mosquitos tristes junto a un muro sombrío sobre el que ya no cae el sol luminoso de los días felices. Quería descifrar como jeroglíficos de una sabiduría inagotable y secreta, cuyo hálito creía percibir a veces como detrás de un velo, las fábulas, los relatos míticos que nos han legado los antiguos y por los que sienten un gusto infinito e irreflexivo los pintores y escultores. Recuerdo aquel proyecto. Se basaba en no sé qué placer sensual y espiritual: así como el ciervo acosado ansía sumergirse en el agua, ansiaba yo sumergirme en esos cuerpos rutilantes, desnudos, en esas sirenas y dríadas, en esos Narcisos y Proteos, Perseos y Acteones: desaparecer quería en ellos y hablar desde ellos con el don de las lenguas. Yo quería. Yo quería muchas cosas más. Pensaba reunir una colección de apotegmas, como la que recopiló Julio César; usted recuerda la cita en una carta de Cicerón. Allí pensaba recoger las frases más curiosas que hubiese conseguido juntar en mis viajes a través del trato con los hombres sabios y las mujeres ingeniosas de nuestro tiempo o con gentes excepcionales del pueblo o personas cultas y notables; a ellas quería añadir hermosas sentencias y reflexiones de las obras de los antiguos y de los italianos, y todas las joyas intelectuales que encontrase en libros, manuscritos o conversaciones; además, la clasificación de fiestas y procesiones de especial belleza, crímenes y casos de demencia curiosos, la descripción de los edificios más grandes y singulares de los Países Bajos, Francia e Italia, y muchas cosas más. La obra entera se titularía Nosce te ipsum[i] En pocas palabras: sumido en una especie de embriaguez, toda la existencia se me aparecía en aquella época como una gran unidad: entre el mundo espiritual y el mundo físico no veía ninguna contradicción, como tampoco entre la naturaleza cortesana y animal, el arte y la carencia de arte, la soledad y la compañía; en todo sentía la naturaleza, en las aberraciones de la locura tanto como en el refinamiento extremos del ceremonial español; en las torpezas de unos jóvenes campesinos no menos que en las dulces alegorías; en toda la naturaleza me sentía a mí mismo; cuando en mi cabaña de caza bebía de un cuenco de madera la leche espumeante y tibia que una mujeruca greñuda ordeñaba de las ubres de una hermosa vaca de ojos tiernos, aquello no era para distinto cuando, sentado en el banco de la ventana de mi estudio, bebía de un infolio el alimento dulce y espumeante del espíritu. Una experiencia era como la otra; ninguna era inferior, ni en naturaleza sobrenatural y fantástica, ni en fuerza material, y eso se repetía a todo lo ancho de la vida, a un lado y a otro; por todas parte estaba yo justo en medio y jamás percibí en ello una mera apariencia; o intuía que todo era una metáfora y cada criatura una llave de la otra y sentía que sería afortunado quien fuese capaz de empuñar unas tras otras y abrir con ellas tantas de las otras como pudiese abrir. Hasta aquí se explica el título que pensaba dar a aquel libro enciclopédico. Es posible que quien esté abierto a tales puntos de vista crea que se debe al plan bien trazado de una providencia divina el hecho de que mi espíritu tuviese que caer desde una arrogancia tan hinchada a este extremo de pusilanimidad e impotencia que es ahora el estado permanente de mi interior. Pero tales apreciaciones religiosas no tienen ningún poder sobre mí; pertenecen a las telarañas por las que mis pensamientos pasan raudo al vacío, mientras tantos compañeros suyos se quedan atrapados allí y encuentra un descanso. Los misterios de la fe se me han condensado en una alegoría sublime que se tiende sobre los campos de mi vida como un arco iris, en una lejanía constante, siempre dispuesto a retroceder si se me ocurriese correr hacia él para envolverme en el borde de su manto. Sin embargo, mi estimado amigo, también los conceptos terrenales se me escapan de la misma manera. ¿Cómo tratar de describirle esos extraños tormentos del espíritu, ese brusco retirarse de las ramas cargadas de frutos que cuelgan sobre mis manos extendidas, ese retroceder ante el agua murmurante que fluye ante mis labios sedientos? Mi caso es, en resumen, el siguiente: he perdido por completo la capacidad de pensar o hablar coherentemente sobre ninguna cosa. Al principio se me iba haciendo imposible comentar un tema profundo o general y emplear sin vacilar esas palabras de las que suelen servirse habitualmente todas las personas. Sentía un incomprensible malestar a la hora de pronunciar siquiera las palabras "espíritu", "alma", o "cuerpo". En mi fuero interno me resultaba imposible emitir un juicio sobre los asuntos de la corte, los acontecimientos del parlamento o lo que usted quiera. Y no por escrúpulos de ningún género, pues usted conoce mi franqueza rayana en la imprudencia, sino más bien porque las palabras abstractas, de las que conforme a la naturaleza, se tiene que servir la lengua para manifestar cualquier opinión, se me desintegraban en la boca como saetas mohosas. Me ocurrió que por una mentira infantil, de la que se había hecho culpable mi hija de cuatro años Katharina Pompilia, quise reprenderla y guiarla hacia la necesidad de siempre sincera y, al hacerlo, los conceptos que afluyeron a mis labios adquirieron de pronto un color tan cambiante y se confundieron de tal modo que, balbuciendo, terminé la frase lo mejor que pude como si me sintiese indispuesto y, de hecho, con la cara pálida y una violenta presión en la frente, dejé sola a la niña, cerré de golpe la puerta detrás de mí y no me repuse suficientemente hasta que di a caballo una buena galopada por el prado solitario. Sin embargo, poco a poco se fue extendiendo esa tribulación como la herrumbre que corroe todo lo que tiene alrededor. Hasta en la conversación familiar y cotidiana se me volvieron dudosos todos los juicios que suelen emitirse con ligereza y seguridad sonámbula, que tuve que dejar de participar en tales conversaciones. Una ira inexplicable, que a duras penas podía ocultar, me invadía cuando escuchaba frases como: este asunto ha terminado bien o mal para tal y tal; el sheriff N. es una mala persona, el predicador T. es un buen hombre; el aparcero M. es digno de compasión, sus hijos son unos derrochadores; otro es digno de envidia porque sus hijas son hacendosas; una familia está prosperando, otra decayendo. Todo esto me parecía sumamente indemostrable, falso e inconsistente. Mi espíritu me obligaba a ver con una proximidad inquietante todas las cosas que aparecían en tales conversaciones: igual que en una ocasión había visto a través de un cristal de aumento un trozo de piel de mi dedo meñique que semejaba una llanura con surcos y cuevas, me ocurría ahora con las personas y sus actos. Ya no lograba aprehenderlas con la mirada simplificadora de la costumbre. Todo se me desintegraba en partes, las partes otra vez en partes, y nada se dejaba ya abarcar con un concepto. Las palabras aisladas flotaban alrededor de mí; cuajaban en ojos que me miraban fijamente y de los que no puedo apartar la vista: son remolinos a los que me da vértigo asomarme, que giran sin cesar y a través de los cuales se llega al vacío. Hice un esfuerzo por liberarme de ese estado refugiándome en el mundo espiritual de los antiguos. Evité a Platón; pues me aterraban los peligros de su vuelo metafórico. Sobre todo, pensé en guiarme por los textos de Séneca y Cicerón. Esperaba curarme con esa armonía de conceptos limitados y ordenados. Pero no podía llegar hasta ellos. Comprendía esos conceptos: veía ascender ante mí su maravilloso juego con bolas doradas. Podía moverme a su alrededor y ver cómo jugaban entre sí; pero sólo ocupaban de ellos mismos, y lo más profundo, lo personal de mi pensamiento quedaba excluido de su corro. Entre ellos me invadió una sensación terrible de soledad; me sentía como alguien que estuviese encerrado en un jardín lleno de estatuas sin ojos; huí de nuevo al exterior. Desde entonces llevo una existencia que transcurre tan trivial e irreflexiva que usted, me temo, apenas podrá comprenderla; una existencia que, desde luego, apenas se diferencia de la de mis vecinos, mis parientes y la mayoría de los nobles terratenientes de este reino y que no está del todo exenta de momentos dichosos y estimulantes. No me resulta fácil explicarle a grandes rasgos en qué consisten esos buenos momentos; las palabras me vuelven a faltar. Pues es algo completamente innominado y probablemente apenas nominable lo que se me anuncia en tales momentos llenando como un recipiente cualquier aparición de mi entorno cotidiano con un caudal desbordante de vida superior. No puede esperar que me comprenda sin un ejemplo y debo pedirle indulgencia por la ridiculez de mis ejemplos. Una regadera, un rastrillo abandonado en el campo, un perro tumbado al sol, un cementerio pobre, un lisiado, una granja pequeña, todo eso puede convertirse en el recipiente de mi revelación. Cada uno de esos objetos, y los otros mil similares sobre los que suele vagar un ojo con natural indiferencia, puede de pronto adoptar para mí en cualquier momento, que de ningún modo soy capaz de propiciar, una singularidad sublime y conmovedora; para expresarla todas las palabras me aparecen demasiado pobres. Es más, también puede ser la idea determinada de un objeto ausente, a la que se depara la increíble opción de ser llenada hasta el borde con aquel caudal de sentimiento divino que crece suave y súbitamente. Así había dado yo recientemente la orden de echar abundante veneno a las ratas que había en los sótanos de una mis granjas. Partí a caballo hacia el atardecer y no pensé más en el asunto, como bien puede usted imaginar. Entonces, cuando voy cabalgando al paso por la profunda tierra arada, sin nada más grave a mi alrededor que una cría de codorniz espantada y a lo lejos, sobre los campos ondulados, el gran sol poniente, se abre de pronto a mi interior ese sótano lleno de la agonía de esa manada de ratas. Todo estaba dentro de mí: el aire fresco y lóbrego del sótano, saturado de olor fuerte y dulzón del veneno, y el eco de los chillidos de muerte que se estrellaban contra los muros enmohecidos; esas convulsiones apelotonadas de impotencia, de desesperaciones frenéticas; la búsqueda enloquecida de las salidas; la mirada fría de la cólera cuando coinciden dos ante la rendija taponada. Pero ¿por qué intento emplear de nuevo unas palabras de las que he renegado? ¿Recuerda, amigo mío, en Livio el maravilloso relato de Alba Longa? ¡Cómo vagan sus habitantes por las calles que no han de volver a ver...cómo se despiden de las piedras del suelo! Le digo, amigo mío, que yo llevaba eso dentro de mí y, al mismo tiempo, Cartago en llamas; pero era más, era más divino, más animal; y era presente, el presente más pleno y sublime. ¡Allí estaba una madre que tenía alrededor a sus crías moribundas y temblorosas, y que dirigía sus miradas no a los muros implacables, sino al aire vacío o, a través del aire, al infinito, y que acompañaba esas miradas con un rechinar de dientes! Si un esclavo que servía se encontró lleno de horror impotente cerca de la Niobe petrificada, debió sufrir lo que yo sufrí cuando, dentro de mí, el alma de aquel animal enseñaba los dientes al atroz destino. Perdóneme esta descripción, pero no piense que era compasión lo que me llenaba. No debe pensarlo de ningún modo: si no, habría elegido mi ejemplo muy torpemente. Era mucho y mucho menos que compasión; una enorme participación, un transfundirse en aquellas criaturas o un sentimiento de que un fluido de la vida y la muerte, del sueño y la vigilia había pasado por un instante a ella...pero ¿de dónde? Pues que tiene que ver con la compasión, con una asociación de ideas humanas comprensible, si otro atardecer encuentro bajo un nogal una regadera medio llena que ha olvidado allí un jardinero, y si esa regadera, y el agua dentro de ella, obscurecida por la sombra del árbol, y un ditisco que rema en la superficie de esa agua de una obscura orilla a la otra, si esa combinación de nimiedades me estremece con tal presencia de lo infinito, me estremece desde las raíces de los pelos hasta los tuétanos del talón de tal manera que desearía prorrumpir en palabras de las que sé que, si las encontrase, subyugarían a esos querubines en los que no creo; y que luego me aparte en silencio de aquel lugar y al cabo de las semanas, cuando divise ese nogal, pase de largo con una esquiva mirada, porque no quiero ahuyentar la postrera sensación de lo maravilloso que flota allí alrededor del tronco, porque no quiero expulsar lo más que terrenales escalofríos que todavía siguen vibrando cerca de allí, alrededor de los arbustos. En esos momentos, una criatura insignificante, un perro, una rata, un escarabajo, un manzano raquítico, un camino de carros que serpentea por la colina, una piedra cubierta de musgos, se convierte en más de lo que haya podido ser jamás la amada más apasionada y hermosa de la noche más feliz. Esas criaturas mudas y a veces animadas se alzan hacia mí con tal abundancia, con tal presencia de amor, que mi mirada dichosa no es capaz de caer sobre ningún lugar muerto alrededor de mí. Todo, todo lo que existe, todo lo que recuerdo, todo lo que tocan mis pensamientos más confusos, me parece ser algo. También mi propia pesadez, el restante embotamiento de mi cerebro, se me aparece como algo; siento en mí y alrededor de mí una equivalencia maravillosa, absolutamente infinita y entre las materias que juegan contraponiéndose no hay ninguna en la que yo no pudiese transfundirme. Entonces es como si mi cuerpo estuviese compuesto de claves que me lo revelasen todo. O como si pudiésemos establecer una nueva y premonitoria relación con toda la existencia, si empezásemos a pensar con el corazón. Pero cuando me abandona ese extraño embelesamiento, no sé decir nada sobre ello; y entonces no podría describir con palabras razonables en qué había consistido esa armonía que me invade a mí y al mundo entero no como se me había hecho perceptible, del mismo que tampoco podría decir algo concreto sobre los movimientos internos de mis entrañas o los estancamientos de mi sangre. Aparte de estas curiosas casualidades, que, por cierto, no sé si debo atribuir al espíritu o al cuerpo, vivo una vida de un vacío apenas imaginable y me cuesta ocultar ante mi mujer el entumecimiento de mi interior o ante mis gentes la indiferencia que me infunden los asuntos de la propiedad. La buena y severa educación que debo a mi difunto padre y el haberme habituado tempranamente a no dejar desocupada ninguna hora del día, es, así me parece, lo único que, hacia afuera, sigue dando a mi vida una consistencia suficiente y una apariencia adecuada a mi condición y a mi persona. Estoy reformando un ala de mi casa y de cuando en cuando logro departir con el arquitecto sobre los progresos de su trabajo; administro mis fincas, y mis aparceros y empleados me encontrarán probablemente más parco en palabras, pero no menos amable que antes. Ninguno de los que están con la gorra quitada delante de la puerta de su casa, cuando paso cabalgando al atardecer, se imaginara que mi mirada, que están acostumbrados a acoger respetuosamente, vaga con callada añoranza sobre los tablones podridos, bajo los cuales suelen buscar los gusanos para pescar; que se sumerge a través de la estrecha ventana enrejada en el lúgubre cuarto donde, en un rincón, la cama baja con sábanas multicolores parece esperar siempre a alguien que quiere morir o a alguien que debe nacer; que mi ojo se detiene largamente en los feos perros jóvenes o en el gato que se desliza elástico entre macetas; y que, entre todos los objetos pobres y toscos de una vida campesina, busca aquello cuya forma insignificante, cuyo estar tumbado o apoyado no advertido por nadie, cuya muda esenciase puede convertir en fuente de aquel enigmático, mudo y desenfrenado embelesamiento. Pues mi dichoso e innominado sentimiento surgirá para mí antes de un solitario y lejano fuego de pastores que de la visión del cielo estrellado; antes del canto de un último grillo próximo a la muerte cuando el viento de otoño arrastra nubes invernales sobre los campos desiertos, que del majestuoso fragor del órgano. Y a veces me comparo en pensamiento con aquel Craso, el orador, del que cuentan que tomó un cariño tan extraordinario a una morena mansa de su estanque, un pez opaco, mudo, de ojos rojos, que se convirtió en tema de conversación de la ciudad; y cuando en cierta ocasión, Domiciano, queriendo tacharle de chiflado, le reprochó en el senado haber vertido lágrimas por la muerte de aquel pez, Craso le contestó: "De ese manera hice yo a la muerte de mi pez lo que vos no hicisteis al morir vuestra primera, ni vuestra segunda mujer". No sé cuántas veces ese Craso con su morena me viene a la cabeza como un reflejo de mi propio yo, arrojado sobre mí por encima del abismo de los siglos. Pero no por la respuesta que dio a Domiciano. La respuesta puso a los reidores de su lado, de manera que el asunto se disolvió en una broma. Pero a mí el asunto me afecta, el asunto, que habría seguido siendo el mismo, aunque Domiciano hubiese vertido por sus mujeres lágrimas de sangre del más sincero dolor. En tal caso, Craso aún seguiría estando enfrente de él con sus lágrimas por su morena. Y sobre esa figura, cuya ridiculez y abyección salta tanto a la vista en medio de un senado que dominaba el mundo, que debatía las cuestiones más sublimes, sobre esa figura, un algo innombrable me obliga a pensar de una manera que me parece completamente insensata en el momento en que trato de expresarla con palabras. La imagen de ese Craso está a veces en mi cerebro como una astilla alrededor de la que todo supura, pulsa y hierve. Entonces siento como si yo mismo entrase en fermentación, formase pompas, bullese y reluciese. Y el conjunto es una especie de pensar febril, pero un pensar con un material que es más directo, líquido y ardiente que las palabras. Son también remolinos, pero no parecen conducir, como los remolinos del lenguaje, a un fondo sin límite sino, de algún modo, a mí mismo y al más profundo seno de la paz. Le he molestado en demasía, mi querido amigo, con esta extendida descripción de un estado inexplicable que normalmente permanece encerrado en mí. Fue usted muy benévolo al manifestar su descontento por el hecho de que ya no llegue a usted ningún libro escrito por mí "que le resarza de verse privado de mi trato". Yo sentí en ese momento, con una certeza que no estaba del todo exenta de un sentimiento doloroso, que tampoco el año que viene, ni el otro, ni en todos los años de mi vida escribiré un libro en inglés ni en latín; y eso por un solo motivo cuya rareza, para mí, dejo a la discreción de su infinita superioridad mental el ordenarla, con mirada no cegada, en el reino de los fenómenos espirituales y corpóreos extendido armónicamente ante usted: es decir, porque la lengua, en que tal vez me estaría dado no sólo escribir sino también pensar, no es ni el latín, ni el inglés, ni el italiano, ni el español, sino una lengua de cuyas palabras no conozco ni un sola, una lengua en la que me hablan las cosas mudas y en la que quizá un día, en la tumba, rendiré cuentas ante un juez desconocido. Quisiera que me fuera dado comprimir en las últimas palabras de esta probablemente última carta que escribo a Francis Bacon, todo el amor y agradecimiento, toda la inmensa admiración que por el benefactor de mi espíritu, por el primer inglés de mi época, llevo en mi corazón y llevaré en él hasta que la muerte lo haga estallar. Anno Domini 1603, este 22 de agosto Phi. Chandos Fuente: Hugo von Hofmannsthal (1902). Carta de Lord Chandos, Alba editorial. Barcelona. traducción Antón Dieterich. [i] N. de E.: Conócete a ti mismo
Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.











