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  • Contra los que provocan la peste en la tierra / Ezequiel Buyatti

    Está bien que el proletariado desconfíe de los intelectuales. Pero tome de aquellos realmente sinceros, de los que han demostrado saber arriesgar en algunas actitudes que muy pocos han tenido, el fervor que ofrecen Raúl González Tuñón, Contra, N° 2, mayo de 1933 En 1935 Raúl González Tuñón publica Todos bailan, un poemario a partir del cual se puede leer un nuevo modo de pensar la poesía en relación con los imperativos revolucionarios y una imagen de escritor comprometido con la transformación de la realidad social. El libro puede ser pensado dentro de los cambios y reconfiguraciones que se producen a partir de la década de 1930 en el interior del campo intelectual y que, en González Tuñón, se traducen en un posicionamiento político e ideológico ligado a su adscripción al comunismo. Puede ser leído como un escenario de pruebas de los nuevos caminos que va tomando el poeta en el momento de pensar las relaciones de la poesía con la política y el rol que debe asumir en las circunstancias de su tiempo: “un rol que supone dotar de un valor y de una función política a la propia práctica de escritura” (Alle, 2011, p. 2). En Todos bailan presenciamos una propuesta poética novedosa que intenta unir los recursos de la vanguardia poética y los contenidos ideológicos de la vanguardia política. En este sentido, se puede afirmar que se trata de una obra que es el resultado de los debates e intereses plasmados en las páginas de la revista Contra, La revista de los franco-tiradores, dirigida por González Tuñón en 1933, acerca de los principios estéticos e ideológicos del arte político-revolucionario, ya que Contra fue una experiencia de escritura que vinculó vanguardia estética con vanguardia política en la Argentina: “Las páginas de Contra fueron el escenario donde un grupo de escritores argentinos provenientes tanto de la experiencia vanguardista como de la literatura social de los años veinte buscó respuestas formales a los problemas suscitados por la intervención política” (Saítta, 2005, p. 3). Dichos tópicos se pueden observar en esa construcción de una “mentalidad revolucionaria” que involucra una búsqueda poética y supone una serie de presupuestos valorativos respecto de la función de la escritura y del poeta. Desde la primera página de Todos bailan nos encontramos con un dato que constituye una de las muestras más claras de estos nuevos rumbos por los que comienza a transitar la poesía de González Tuñón. En ella, el autor explica la causa de la falta de un poema: “En este libro no figura el poema ‘Las brigadas de choque’. No puede figurar por imposición del proceso que, a raíz de la publicación de ese poema en Contra, se me sigue. Después de permanecer cinco días detenido” (Tuñón, 2005, p. 86). Contra sostiene, entonces, un proyecto en el cual los procedimientos formales de la vanguardia estética son inseparables de sus contenidos ideológicos. En este sentido, el poema censurado funciona como el manifiesto literario y el programa estético-político de la revista: “No pretendo realizar únicamente el poema político. / No pretendo que mis camaradas poetas / sigan por este camino. / Que cada uno cultive en su intimidad el Dios que quiera. / Pero reclamo de cada uno la actitud revolucionaria / frente a la vida. / Pero reclamo el puño cerrado / frente a la burguesía / (Saítta, 2004, p. 7). Por otra parte, en la repetición anafórica de la palabra “contra”, el poema diseña un “nosotros” y un “ellos” a través del cual se arma un mapa del cual, salvo los revolucionarios, todos quedan excluidos: "Nosotros contra la democracia burguesa / contra / contra / contra la demagogia burguesa, / contra la pedagogía burguesa, / contra la academia burguesa [...] / Contra / contra / contra las ligas patrióticas y las inútiles / [...] Contra el radicalismo embaucador de masas / –fuente de fascismo– / dopado con el incienso de vagas palabras / –sufragio libre, democracia, libertad– / ellos, los masacradores de la Semana de Enero, / ellos, los metralleros de Santa Cruz. [...] Los social-demócratas, los católicos, los nacionalistas, / tienen también el vuelo de los cuervos. / Cerca de ellos, hay que destrozarlos con un tiro de escopeta. / Porque ellos anuncian y provocan la peste en la tierra". (Saítta, 2005, p. 8) Contra representa una propuesta que, literariamente, fue novedosa en la Argentina. Trató de unir vanguardia estética y política, convirtiéndose en un punto importante de articulación entre la vanguardia estética revolucionaria y una práctica política militante. Ya en el primer número de Contra que apareció el viernes 28 de abril de 1933 González Tuñón sostuvo que entre él y los camaradas “hay una diferencia de sensibilidad” y que no pretende “pasar por un marxista ortodoxo”; por el contrario, postula la autonomía del artista cuya función es la de servir a la idea de revolución a través de su arte: el artista revolucionario “debe hacer propaganda desde el libro, el diario, la revista, la calle, para tratar de crear una conciencia colectiva revolucionaria”. González Tuñón busca ser comprendido, pero a través de la confrontación: es comunista, pero sin carnet de afiliación; es comunista pero no por eso pone su arte bajo las directivas del partido. Carlos Moog, voz oficial del Partido Comunista en cuestiones vinculadas al arte y la literatura, exigía precisamente aquello que una revista como Contra no podía proponer: “la eliminación de todo confusionismo en el terreno de las ideas y los principios”. Aquellas cuestiones que Moog considera propias del “confusionismo” resultan, en realidad, constitutivas del espíritu que anima la fundación de la revista: “ser un espacio de debate y no de certezas, convertirse en un ámbito donde coexistan las diferencias ideológicas” (Saítta, 2005, p. 5). Volviendo a Todos bailan, el sentido de la historia se deriva del anuncio de un futuro al que la revolución dará paso. En esta dirección, el primer poema del libro, titulado “Historia de veinte años”, resulta fundamental para pensar la construcción de una historia y de un sentido que pueda explicar la sucesión acelerada de los acontecimientos. En él, el poeta hace un repaso por la historia del mundo, construye un archivo en el que confluyen, detalladamente año tras año, los acontecimientos políticos, económicos, artísticos de esos veinte años y su historia personal: “Nos echan todo abajo, / nos hablan en otro idioma, / nos consideran muertos, / nos voltean los dioses, / nos destruyen los dogmas” (Tuñón, 2005, p. 92). Sin embargo, en este poema, existe un acontecimiento histórico en el que el poeta-intelectual deposita todo su optimismo, la Revolución rusa: “Fíjate cuánto acontecimiento junto. Y el más grande y el único –el hombre de la bicicleta– el hombre del pan bajo el brazo, el dulce amigo de los niños camino de Petrogrado (Tuñón, 2005, p. 90)”. Por último, si “Las brigadas de choque” diseña un espacio de enunciación colectivo, una identidad revolucionaria y un programa estético-político, “El poema internacional” resume poéticamente el imaginario político y social de una revolución bajo los parámetros del socialismo de Estado: “y solo un hombre claro y científico que respira / –oh, que respira todavía en la Plaza Roja– / nos ha de guiar hacia las grandes usinas, hacia los altos hornos, / hacia las montañas de acero, / hacia los clubs y hacia la higiene, / hacia la libertad sexual, hacia la electricidad, / hacia el petróleo y el agua [...] / hacia la dignidad humana” (Tuñón, 2005, p. 99). Existe en el poeta una férrea fe en los procedimientos de racionalidad extrema y progreso tecnológico que profesan y sostienen todos los Estados. Para Lenin –quien todavía respira en la Plaza Roja–, el socialismo era el poder soviético más el orden prusiano de los ferrocarriles y la tecnología estadounidense. El socialismo, para Lenin, no era otra cosa que la dictadura más la tecnología. En conclusión, la escritura de González Tuñón puede ser pensada como un escenario de un nuevo modo de concebir la poesía y la función del poeta en relación con los acontecimientos históricos de su tiempo; como un lugar donde las potencialidades revolucionarias de la poesía se cultivan, y donde la palabra toma posición frente a la vida. Referencias bibliográficas Alle, M. F. (2011). “Me fui detrás de los obreros cantando”: poesía, historia y revolución en Todos bailan de Raúl González Tuñón en Anclajes XV, Versión digital. González Tuñón, R. (1994). Todos bailan. Buenos Aires: Espasa Calpe. Saítta, S. (2005). “Polémicas ideológicas, debates literarios en Contra. La revista de los franco-tiradores”, Estudio Preliminar a Contra. La revista de los franco-tiradores. Bernal: Universidad Nacional de Quilmes.

  • Vivir sólo cuesta vidas / Verónica Scardamaglia

    Decime cosas lindas que hoy estoy sensible Y que no quiero acordarme que vivo en un mundo horrible “Manicomio” Emanero, 2020.i El capitalismo con todas sus formas nos lanza a una carrera en la que extrae, extrae y extrae: centavos, gotas de agua, granos de arena, moléculas de oxígeno, partículas de tierra, pestañeos de vidas. Desde la irrupción de la pandemia, un tufillo a lo respirado en los 90 flota en el aire. Lo confirma cierta moda retro con buzos, camperas y pantalones aggiornados con algo de brillosa novedad que se aviva al compás de un revival de ritmos sampleados y remixados. Pero esta época no sólo trae la cosa neoliberal que ya supimos, sino que algo de aquel desfondamiento cacerolero del que se cumplieron 20 años, también se hace presente, esta vez con la desazón inquietante de esta pospandemia. Pareciera que el alud que comenzó en 2020 ha caído de lleno, obligando a registros de todo lo ya vivido, recién ahora. El peso resulta agobiante y, muchas veces, aplasta. Las quejas y discusiones en pasillos institucionales también hacen volver aquellas estelas de lo ya vivido. Se recrea la polarización moralizante entre adultos y jóvenes, libros y tecnologías, rock y trap, entre tantas otras. Mientras las juventudes intentan armarse mundos conversando a través de fotos, videos, gifts y memes. Decía Bifo Berardi en 2019: “¿Y qué pasa en el territorio de la política? La decisión racional y secuencial se sustituye por una forma de comunicación que llamamos “memética”. Es el meme lo que produce los efectos de la política contemporánea. ¿Qué es un meme? Un meme es una unidad mínima hiperintensa e hipersugerente, pero no racional, de comunicación política.”1 Afirma también que “El meme es la forma mediática del pensamiento mitológico, que no conoce la crítica ni la temporalidad histórica”.2 Juventudes lanzadas a sacudir los cuerpos desde las diferentes formas que los bailes de hoy proponen, vía challenge de tik tok, vía convenciones de kpop, vía fiestas -comercializadas, clandestinas, en discotecas, esquinas y playas; con jagger, gin tonic, fernet, spritz, cerveza o vino-. Juventudes que recurren al ensimismamiento, ya no como orden de aislamiento mundial sino como decisión de auriculares invisibles o que agigantan las orejas, tapándolas, ya sea en el rincón de una pieza, de un aula, de una calle. “No me escuchan”, “nadie me quiere”, “no le importo a nadie”, “no nos escuchan” antes o después de enojos que estallan o implosionan vidas. Escuchas sordas que tantas veces acontecen bajo el manto aplastante de las interpretaciones, siempre avasallantes. En un encuentro a fines de noviembre del 2022 con profesorxs tutorxs, muchxs afirmaban, refiriéndose a lxs estudiantes actuales, que a diferencia de antes de la pandemia, ahora lxs notan con mucha más intensidad, con relaciones afectivas mucho más aferradas, muy corporales y con emociones más a flor de piel. Notan también ya instalada una apertura y respeto a diferentes géneros. Y relatan diferentes situaciones en las que aparece mucho dolor y mucho enojo por no ser escuchadxs. Y refieren que muchxs jóvenes afirman “ya no tenemos de qué agarrarnos”. Afirmaciones que resuenan como ecos de los 90, tiempo en el que los intentos de suicidio habían aumentado en Argentina, al igual que ahora. Tema que ya alarmaba a familias y escuelas. Ante el hecho consumado, una catarata de arrepentimientos, culpabilizaciones, llantos, enojos, búsqueda de explicaciones chorrea y chorrea en lxs adultxs. Familias y escuelas se desesperan otra vez… Una serie de interrogantes producen vértigo: ¿qué hace que se nublen y se resquebrajen esos mecanismos que ayudan a sostener los tejidos de esta vida en la que estamos? ¿Qué formas de esto que se llama el mundo adulto se densifican tanto que obturan posibilidades de mirar, escuchar, acompañar a lxs jóvenes y llegan, tantas veces a llevarlos al borde de la muerte - cuando no a ella-? ¿Cómo resulta que lo evidente de la necesidad de cuidados se pasea pornográficamente ante muchos ojos y, aún así, pasa desapercibido? Y cuando los velos caen, tantas veces a costa del dolor desangrado de lxs jóvenes, las vestiduras rasgadas dejan al desnudo la futilidad de esas vilezas que entorpecían los movimientos y los cuidados. No sé trata sólo de una maternidad desquiciada o descuidada o drogadicta o exigente o que trabaja noche y día o de un paternidad violenta o que no puede hablar o abusadora o descuidada o que sólo piensa en la guita. Figuras en las crianzas que hacen marca: cuando están porque están y cuando no están porque no están. No se trata sólo de lo familiarista. Tampoco sólo de cuestiones económicas o de clase. Sino de la complejidad de esto y más que se encarna y desespera, que se sustancializa y duele. En tiempos de crisis económicas y políticas, el futuro se torna incierto y angustia. Esa incertidumbre cuando no queda maquillada por las promesas del marketing, queda ninguneada y cargada de un imaginario apocalíptico y postapocalíptico que alimenta el miedo a zombis y monstruos, cuando los peligros vienen de estas formas de vida... La dictadura de la apariencia y del aparecer que Debord concpetualizara hacia 1967, hoy se encuentra individualmente dirigida desde cada dispositivo celular en el que se multiplica a través de cada app. A movimiento mínimo de un dedo te paseas por una galería de frustraciones posibles en secuencia casi inmediata con otra galería de idealizaciones posibles, entreveradas con gatitos, escenas cotidianas de estrellas de la música, del deporte, recetas de cocinas, tips de maquillaje, ofertas de ropa, recomendaciones de restaurantes y bares, guías de turismo, entre mil otras cosas según las preferencias que el algoritmo te arroje. Todas las variedades con el roce mágico de un dedo. Afirma Bifo Berardi en la Revista Crisis “una máquina técnica reticular prolifera y multiplica los automatismos a través de la colección masiva de datos y la integración de la inteligencia artificial. Estos automatismos tecnolingüísticos hacen posible la continuación de la acumulación capitalista y de una normalidad social cada vez más deshumana y psicopatógena.”3 “Miedo, a la policía” Estas maquinarias patriarcales de producción de daños, de silenciamientos, de opresiones y violencias; instituyen modos de criar y de educar que no ven, no escuchan, no hablan o que obligan a ver, a escuchar, a hablar que están arrasando con las juventudes. Insiste el desafío de deconstruir lo avasallante de este capitalismo patriarcal y extractivista en lo íntimo de cada modo de relación. En lo sutil de cada mirada. En lo respetuoso de cada escucha y cada pregunta. En cada uno de esas palabras y movimientos mínimos que sentimos nuestras. Por supuesto de esos pensamientos que nos piensan. En tantos años de trabajo profesional con juventudes, crece y crece una montaña de dolores escuchados y acompañados que han llevado a levantar críticas radicales hacia la organización democrática de la vida y sus instituciones. Con un cotidiano que no para de ofrecer indignidad y despojos para vivir, repleto de intervenciones que no intervienen, funciones que no funcionan, remedios que no remedian. "El éxito de las instituciones es su fracaso" escribía Foucault. Un cotidiano que, en muchísimas vidas, ilusiona para frustrar garantizándose así que la rueda de promesas hipoteque la vitalidad, la imaginación y las ganas de seguir intentando vivir de otras maneras. Que hospitales, prisiones, lugares de trabajo, amores, escuelas y familias se desborden casi sistemáticamente no implica solo dato de que esas formas están estalladas sino evidencia de que estos funcionamientos consisten en formas de gobierno de las vidas al servicio de los consumos y la devastación. Con cada crisis neoliberal, la obscenidad asquerosa de la parodia democrática que las sostiene, se vuelve evidente e impacta, arrasando vidas que no importan, no porque antes esto no estuviera a la vista sino porque cuando queda poco por explotar, acumular y extraer, la rapiña crece. Y las juventudes ya no importan. Afirma Boaventura de Sousa Santos en un reportaje publicado en Telam en diciembre 2020 que "la democracia muere democráticamente". Mientras un año electoral comienza, en la conmemoración por los 10 años del asesinato de Omar Cigarán por parte del policía Diego Walter Flores, Marta Ramallo dice: “Tuvieron casi el mismo destino con Johanna. El destino de nuestras pibas no puede ser una red de trata ni una bala en la cabeza que luego despedazan a las familias… Por más que lo hayan gatillado a Omar, hoy sigue vivo". Un allanamiento equivocado o un desalojo implosionan, un encierro en un manicomio o en una cárcel. La certeza en la piel que hogar no implica necesariamente un cálido refugio donde estar. Crecen los intentos de suicidios en jóvenes y desde hace tiempo se viene contruyendo al nuevo enemigo, el bullying. Un adulto, un fiscal, un juez otra vez no le cree a una criatura abusada. Una jueza dictamina la restitución de Arcoiris a los violadores (padre y abuelo). Tehuel sigue desaparecidx. Necesitamos reinventar acciones para desnublar, despejar, desnaturalizar, descubrir y sacudir -de cuajo- esas viejas formas desde donde sea que nos toque, contando con el auxilio de vientos furiosos y también suaves, de fuegos ardientes y también brasas, y de aguas turbulentas y también calmas. No queremos más violaciones ni asesinatos ni intentos de suicidio. Ya no soportamos vivir así. Necesitamos destruir esas máquinas de putrefacción alimentadas por mecanismos de aparentar, silenciar, interpretar, culpabilizar que viajan en lo íntimo de las relaciones para que ya y de una vez por todas, dejen de aplastar vidas. i Emanero, Manicomio 2020 https://www.youtube.com/watch?v=7p1lOrTQyGA 1 “Volver a aburrirnos es la última aventura posible”: entrevista con Franco Berardi, Bifo 2 Revista Crisis “La política en la era del contagio” por Facundo Carmona 4 de noviembre 2020. “Las perillas de la razón que orientaban la vida social e individual del ciudadano, parecen ir desactivándose ante la sobrecarga de información. Las producciones de alta rotación viral se consumen sin distancia crítica, mientras el “contagio memético” –afirma Berardi– toma el lugar de la persuasión política. El orden de la razón, que se propuso como objetivo identificar “la regularidad del mundo natural y su mensurabilidad mediante el conocimiento”, tuvo su correlato en “la ley política” que proyectó esta “supuesta regularidad en la acción social”. Este orden se recodifica en ambos ejes, se fractaliza y recombina a través de las “reglas de conexión inscriptas en las interfaces técnicas de la comunicación social”. La hipótesis que cruza todo el trabajo de Bifo señala el reemplazo de la razón crítica por la facultad mitológica. “ 3 Revista Crisis “La política en la era del contagio” por Facundo Carmona 4 de noviembre 2020.

  • Nunca llegamos a la India (fragmento) / Juan Sklar

    La belleza está en la resistencia. Una parte del cuerpo empuja hacia un lado y otra parte responde. El esfuerzo y el estiramiento son producto de ese enfrentamiento, que en el fondo es colaboración. Las piernas hacia un lado, los brazos hacia el otro. La gravedad hacia abajo, el equilibrio hacia arriba. La cintura hacia allá, mis codos hacia acá. Cada postura de yoga es una forma producida por la tensión de opuestos. Y en ese sentido, es lo mismo a contar historias. Alguien desea algo y otra fuerza (una persona, el mundo o sí mismo) se opone. Pero no es siempre la misma resistencia. En una postura, el lado izquierdo del cuerpo se extiende y el derecho se contrae. En la siguiente, es al revés. En un asana nos flexionamos hacia arriba, y en la siguiente, hacia abajo. El contrapunto en el yoga se produce dentro de cada asana y también entre una postura y la siguiente. En ese sentido, también es igual a contar historias. Las cosas no salen todo el tiempo bien o todo el tiempo mal. No es siempre el mismo polo el que atrae. Avanzamos y retrocedemos. No se puede arrancar por cualquier lado. Para entrar en el mundo de la práctica hacemos algo que marque el comienzo. Algo que separe el mundo profano de ruido y rutina del mundo sagrado del silencio y la trascendencia. Una vez dentro, de la práctica o de la historia, se avanza. Las fuerzas en tensión están balanceadas, pero transforman al cuerpo del yogui, lo mismo que la narración afecta al protagonista. Las tensiones se vuelven más fuertes, o más sutiles, o más complejas. No hay una sola forma de avanzar. Lo que sucede en lo grande, sucede en lo pequeño. Cada postura, como cada escena, tiene su momento de entrada, su crecimiento y su resolución. Todas son diferentes, pero cada una transforma una parte del todo. Los cuerpos y las historias son conjuntos colaborativos de tensiones armónicas. Al entrar en la práctica se abandona el mundo de la vida diaria. La historia, si está bien contada, debería hacer lo mismo: lograr, aunque sea por un momento, que el mundo desaparezca. Su deber es abolir el tiempo. Una vez adentro, crecemos. Nos movemos en un espacio diferente. Sin saberlo, vamos hacia un lugar. Hay un movimiento y ese movimiento tiene un orden. Secuencia en la práctica, progresión dramática en la historia. No se puede pensar en ese destino, porque eso destruiría el viaje. Cada estación se siente única. Al mismo tiempo, cada momento resuena en el anterior. Ninguna postura es igual en solitario que dentro de la secuencia. Hasta que el crecimiento ya no puede sostenerse a sí mismo. Como la ola creció y como la ola rompe, ahora el agua sigue avanzando, pero diferente, más tranquila. El yogui entrega su cuerpo por completo al suelo y el lector cierra el libro. Sin saberlo, ambos viven exactamente lo mismo: un minuto de silencio íntimo de armonía con el mundo. Efímero y poderoso. Vuelven a la vida diaria y ya no son los mismos. Dios, o la Belleza, ha dejado su huella." Fuente: Juan Sklar (2020). Nunca llegamos a la India. Buenos Aires: Emecé Editores. Muchas gracias a la profesora Ana María Delacroix por convidarnos con este texto.

  • Marzo Adynata / VPS

    “He construido un jardín para dialogar allí, codo a codo en la belleza, con la siempre muda pero activa muerte trabajando el corazón.” Diana Bellessi ¿Cómo viajan escrituras clínicas entre poemas, fragmentos, ensayos? ¿De dónde se bebe para decir lo clínico cuando la academia nos deja con sed? Quizás necesitemos de esa “sabiduría entre-pieles”, de “leer con los dedos”, de esa “destreza felina” y esa “ paciencia vegetal” a la que nos asoma Vir Cano. Podemos sostenernos también en esa afirmación que abre el fragmento de “Nunca llegamos a la India” (que enlaza practicar yoga y contar historias): “la belleza está en la resistencia“. Modos que nos acompañan para escribir y hacer una clínica, que -como escribe y hace Cynthia Eva Szewach- invita a “agitar preguntas para tomar alguna decisión”, que sitúe ante hedores administrativos, “la transferencia como apuesta”, esa red que recibe cuerpos que se arrojan al tembladeral de las palabras. Una clínica también capaz de inventar formas y acompañar a abrir otras sensibilidades. Una clínica, como escribe gonzalo sanguinetti, capaz de una “gestura como sutileza urdida entre delicadezas y gentilezas que se abren para dar lugar, para hacer recepción de la radical extrañeza en la que algunas sensibilidades pueden encontrar una querencia, siempre vacilante y provisoria, donde cultivar vida.” Una clínica que se permita “inmersar, inventar, acudir a una ocasión encontrada” como dice Cynthia. Una conmovedora afirmación asoma en estas Sesiones en el naufragio: “La clínica que hacemos atiende lo inexplicable (...) Atiende la vida carente de explicación”. En este viaje en las aguas de marzo, hay “pequeñas anécdotas sobre las instituciones”, están “los zapatos de tacos finos y altos fueron encontrados en las vías” y las botas locas. Está la novia que “camina sobre las vías envuelta en los tules de su vestido blanco“, el fumigador queduerme debajo del sauce, el yogui que “entrega su cuerpo por completo al suelo” y el lector que “cierra el libro”. Mientras una mujer de medio oriente nos recuerda que por falta de aliento varias veces se pierde el equilibrio; Narciso nos muestra “la imposibilidad de besarse, de abrazarse” y unas sirenas que “ululan calle abajo”. Se escucha: “Mientras estés en mis brazos, nada podrá hacerte daño.” Y está “el hombre cargado de estrellas, eterno encargado de las máquinas del universo”. También está el alcohol que “hace resonar la soledad” y que, dice Marguerite Duras, “ha sido hecho para soportar el vacío del Universo”. Además hay deseos “una conspiración entre dos”, un “ofrecerle al otro un respiro que aplace el dolor del mundo”. Deseos que “se mimetizan como insectos fabulosos”. Y está la justicia, que parece un banquete de sangre y dolor. Y la adaptología a “las líneas rectas de la arquitectura de la normalidad para la gestión, administración y explotación de lo viviente” y a “la dictadura de la apariencia y del aparecer”. Están los naufragios y las palabras y las cosas y los cuerpos y los insectos y los mundos y las caricias y las flores y las preguntas. Hay montones de preguntas. Se pregunta Preciado: “¿Es la pandemia un modo de paralizar los cuerpos frente a la toma violenta del poder de los regímenes tecnoautoritarios? ¿Funciona el covid como lo hizo la heroína en los años setenta, como un frenazo químico a las aspiraciones revolucionarias de los cuerpos destituidos?” Se pregunta sanguinetti: “¿cómo concebir la consistencia de pieles que se nutren del polvillo que diluvia eterno entre ignorancias de la imperceptibilidad, para guarecerse de la violencia de un rayo de sol? ¿Cómo concebir condiciones de disponibilidad para atender al punto infinitesimal en el que lo infinito se posa sobre una vida? ¿desde dónde fraguar hospitalidades con lo radicalmente extraño e indeterminado, que no pretendan convencer que el polvo o la luz no hacen daño, sino que tiendan escuchas como gesturas que amplíen el rango existencial de vidas que viven asediadas, a veces, por lo infrasensible?” Se pregunta Scardamaglia “¿qué hace que se nublen y se resquebrajen esos mecanismos que ayudan a sostener los tejidos de esta vida en la que estamos? ¿Qué formas de esto que se llama el mundo adulto se densifican tanto que obturan posibilidades de mirar, escuchar, acompañar a lxs jóvenes y llegan, tantas veces a llevarlos al borde de la muerte - cuando no a ella-? ¿Cómo resulta que lo evidente de la necesidad de cuidados se pasea pornográficamente ante muchos ojos y, aún así, pasa desapercibido?” Se pregunta Percia: “¿cómo se explica que, mientras algunos deseos abren gustosos sus bocas para morder anzuelos que dañan, otros detecten y se aparten de los lazos que lastiman? ¿Cómo se explica que, mientras algunos deseos se satisfacen acumulando posesiones, otros se muevan por la sola alegría de moverse? Y, ¿cómo se explica que, mientras algunos deseos se excitan olfateando sangre, otros se sientan convocados por ternuras de lo común?” Tenemos necesidad de una clínica que abreve en aguas, aires, tierras y fuegos para encontrar allí, en lo viviente, acciones que acunen y no impidan la vida. Una clínica que sepa que, como susurra Marcelo “al final, se escribe para alcanzar una calma. La serenidad que habita en lo no sabido, en lo no profanado, en lo que permanece indiferente a todo conocimiento.”

  • Sesiones en el naufragio (37) Deseos / Marcelo Percia

    A Foucault no le gusta la palabra deseo, Deleuze trata de rescatarla del platonismo de la carencia y la falta, la recrea como productividad compositiva no natural, portadora del misterio de la atracción. El psicoanálisis vislumbra el deseo como embarcación en medio de un tembladeral, como vértigo que se asoma a una inmensidad, como enredo que desconoce sus razones, como marioneta de un dominio que llama inconsciente. Lacan lo piensa persiguiendo lo inalcanzable, reflejado en un objeto sin forma, sin referencia, sin materialidad. Dialogando con fantasmas. Quizás para Foucault la palabra deseo tiene, ya a mediados del siglo veinte europeo, un gusto rancio. El sabor amargo de la moral de occidente. El sudor endurecido de los cuerpos supliciados. El paladar ácido del miedo y, también, el gusto picante de la trasgresión. La sensación corrosiva de la ira. La retenida dulzura de la discreción. Los últimos cien años trataron de diferenciar el deseo de la necesidad, del ansia, del apetito, del impulso, del placer, de la excitación, del amor, del goce, del enunciado mi propio deseo, del deber de la voluntad, de la publicidad, del capitalismo. Pero deseos se mimetizan como insectos fabulosos. Sobrevienen como picaduras, mordeduras, pinchazos, de una extraña potencia que hace obrar y padecer. La vida no es cruel, crueldades emponzoñan la vida. No es injusta, injusticias la estrangulan. No es indolente, indolencias la secan. La vida no es cruel, ni injusta, ni indolente. No es de ninguna manera. Sortea clausuras y desciframientos: sopla, amanece, respira. Crueldades, injusticias, indolencias, capturan deseos. Arrojan sus redes en la aguas de la desolación. Se suele escuchar que hay que liberar a los deseos de todas las formas de sumisión. El escándalo consiste en que deseos deseen la sumisión. Sumisiones, a veces, seducen prometiendo la protección de pertenecer a una supuesta mayoría: la fortaleza de una pasión numérica. Algunos deseos forman fila embobados ante imponentes despliegues del poder. La fascinación los pone de rodillas. Otros andan sueltos, confiados, desprevenidos, inocentes, como si todavía formaran parte de los comienzos de la vida. También están los que incendian pasiones. Deseos giran como hormigas sin reina. Cada época coloca cebos en sus recorridos erráticos, pero no todos se adhieren como ventosas a la ilusión de un mando: algunos, vagan sin objeto. Deseos impersonales en estado infinitivo. Deseos sin metas ni para qué. Deseos que no persiguen ni alcanzan nada. Deseos que flotan en la historia sin conjugar. Deseos que se mecen agradecidos de los días. Deseos que no se llaman, que solo llegan planeando hasta posarse en un suspiro o en extensiones escarpadas. Deseos que sucumben como flores de un solo día sin que nadie los sienta. Deseos que no tienen ni fijan puntos de encuentro, pero cuando -de pronto- contingencias hacen que se rocen entre sí, estremecen planetas y disuelven cautiverios. Pero, ¿cómo se explica que, mientras algunos deseos abren gustosos sus bocas para morder anzuelos que dañan, otros detecten y se aparten de los lazos que lastiman? ¿Cómo se explica que, mientras algunos deseos se satisfacen acumulando posesiones, otros se muevan por la sola alegría de moverse? Y, ¿cómo se explica que, mientras algunos deseos se excitan olfateando sangre, otros se sientan convocados por ternuras de lo común? La solicitud de explicaciones, si no forma parte del pedido de una autoridad que proceda a imponer y dictaminar, pertenece al género que dialoga con lo inexplicable. La clínica que hacemos no atiende personas, pacientes, sujetos, analizantes, consultantes, clientes, ante todo atiende lo inexplicable. Lo que sobrevuela como pregunta, como extrañeza, como sinsabor. Atiende sensibilidades aturdidas, resentimientos exhaustos, perplejidades que sospechan de lo que sienten. Atiende la vida carente de explicación. Deseos participan de lo imprevisible, caprichosos e indisciplinados, aunque en ocasiones, disciplinas, si no se piensan como castigos o sufrimientos, actúan como insistencias que incitan, invitan, esperan. Que zarandean indecisiones, que las arrancan de la inacción. Virginia Woolf (1934) piensa que el amor no soporta el aburrimiento. El cansancio del deseo. Pero, a pesar de que cueste admitirlo, el amor muchas veces soporta el aburrimiento. Convive con el cansancio, consolida rutinas y, cada tanto, procura alguna diversión para avivar los ánimos. Tal vez abulias se presenten como secretas voluntades del deseo o como constataciones de que todos los objetos terminan teniendo sabor a nada. Entonces, sobreviene otro sentimiento que también merece el nombre de amor: el de los cansancios que se refugian en la suavidad de las caricias, el de las eróticas que persisten en la memoria de esas mismas suavidades. Erotismos que sobreviven en apacibles cansancios recorren, cada vez, pasadizos entre la eternidad y la muerte. Aunque los cuerpos no lo sepan. Erotismos dan sensualidad y tiempo al deseo. Dan la imaginación que, a veces, le falta. Cuando se vive en la urgencia del hambre y el miedo, deseos quedan reducidos a reflejos de supervivencia. Supervivencia que no se presenta como mero reflejo, sino como abatimiento extremo que no deja lugar para más. Entonces, estremece cuando -en el límite de lo que todavía llamamos vida- deseos se abren paso, a través del miedo, para acercarse a otra desesperación, apretarle la mano, dedicarle una mirada, susurrar una canción. Al final, se escribe para alcanzar una calma. La serenidad que habita en lo no sabido, en lo no profanado, en lo que permanece indiferente a todo conocimiento. Monique Wittig y Sande Zeig (1976) en Borrador para un diccionario de las amantes, anotan: “A todas las que le preguntaban cuál era la cosa más misteriosa del mundo, Fenérates les contestaba: ‘No conozco nada más misterioso que el deseo, por la forma en que se manifiesta, por cómo aparece y desaparece. Ninguna de ustedes, hermosas mías, lo ignora’”. Aunque no se sepa el deseo, hace bien conservar esa palabra cansada, suponer un movimiento ajeno a cualquier voluntad o ficción mayúscula, a cualquier nerviosismo realizador. Sentir la tibieza de las conjunciones. La embriaguez del aire. Spinoza (1677) vincula el deseo con la libertad. Advierte que nos creemos libres porque conocemos lo que deseamos, pero que solo se trata de una fachada de libertad porque nunca llegamos a saber qué hace que deseemos aquello que deseamos. Ese no saber qué hace desear al deseo lo vuelve asunto predilecto de conjeturas. Pero esas presunciones no restituyen libertades que nunca se tuvieron, apenas calculan las posibles cerraduras de los encierros. La belleza de su momento pleno no necesita de una presencia que la nombre o la piense. Tal vez en esa no necesidad resida su plenitud. La sujeción más lograda consiste en hacernos sentir voluntades libres. Necesitamos llegar a sabernos casi sin autonomía, protagonistas de anhelos dudosos que no distinguen deseos de consumos, de compulsiones sin freno, de las instrucciones de un época, o de suspiros secretos intuidos en las infancias. Necesitamos llegar a sabernos con poca capacidad de decisión. Responsables de mínimas iniciativas como salir a caminar, rascarnos la cabeza, declarar un amor, confesar una fantasía perturbadora o un sentimiento indebido. La libertad se presenta como una desconfianza en nuestra supuesta libertad. Como escribe Lévinas (1971), en Totalidad e Infinito: “La libertad consiste en saber que la libertad está en peligro”. En ese sentido la proposición de Lacan El deseo es el deseo del Otro, más allá de lo que esté representando ese Otro señalizado con mayúscula, vuelve a reponer que el deseo no se pertenece a sí mismo o que no goza de la libertad de pertenecerse. Escribe Kōbō Abe (1993): “La libertad no consiste solo en seguir la propia voluntad, sino también a veces en huir de ella”. Tal vez el problema resida en la expresión “la propia voluntad”. El psicoanálisis localiza en una voluntad inconsciente la otra escena de una intencionalidad, en ocasiones, más poderosa que la voluntad. Sin embargo, la fórmula de Kōbō Abe indica que no hay libertad sin posibilidad de una huida, sin la opción de un no, sin un posible aplazamiento. Sin decisión. No conviene pensar el deseo como impulso exterior o interior. Tampoco como esencia o inoculación. Se lo puede pensar como umbral de ebulliciones compositivas. No hay mi deseo ni tu deseo, sino enlaces entre inclinaciones de una época, caprichos escurridizos, silencios. Deseos no se poseen ni tienen ética, se inclinan hacia el amor, la gratitud, la benevolencia y también hacia el odio, la venganza, la crueldad. Masotta (1977) pensó deseos como peces que muerden carnadas de la historia. Aleteos resbaladizos que se resisten enganchados por la boca o el paladar. Spinoza en otro pasaje de la parte tercera de la Ética menciona otro avatar del deseo: la pusilanimidad. La pusilanimidad no se explica por la represión de un deseo, ni por el miedo a su realización, ni por querer evitar las consecuencias de sus actos. Se asemeja más a una repentina renuncia o claudicación del ánimo en circunstancias de una confrontación. Pusilanimidad se podría pensar como momento de un deseo que deserta de sí, que declara desconocerse, que baja la vista para acatar a su contrario. La pusilanimidad pone en escena una de las circunstancias más tristes del deseo: el deseo que retrocede interpelado, que se desmiente desafiado. Deseos pusilánimes alardean envalentonados cuando andan mezclados en las muchedumbres, pero se inclinan dóciles cuando tienen que sostener sus ímpetus en soledad. En definitiva, todo deseo tiene que decidir si se sostiene (o no) en la sola soledad. Simone Weil (1943) intuye que no conviene empeñar la vida buscando colmarse con algo. Anota: “Basta imaginarse que todos los deseos encuentran su satisfacción. Al cabo, se volvería a la insatisfacción. Se querría otra cosa y se sentiría la desdicha de no saber qué se quiere”. A este curioso comportamiento del deseo se lo suele describir como tensión sin fin entre saciedad e insaciabilidad. Se dice que la insaciabilidad quiere más. No importa qué ni cómo, siempre quiere más y otra cosa. Se la describe a la vez como motor y como ruina del deseo. Hasta se conjetura que tal vez hay deseos que buscan no alcanzar lo que persiguen. Algo así como si Sísifo no estuviera sufriendo una condena sino gozando del impulso renovado de ir una y otra vez hasta el momento efímero de la cumbre. Sin embargo, se puede leer en Weil otra cosa. Quizás el pensamiento europeo inventa épicas del deseo para no dejar al desnudo “la desdicha de no saber qué se quiere”. Pero, ¿por qué desdicha y no vida sin un qué?, ¿por qué desdicha y no existencia asentada en la posibilidad del solo estar? En este punto retorna la pregunta sobre si la vida en común puede pensarse de otras maneras. Si otras culturas silenciadas o destruidas portan otras figuras de deseo. Roland Barthes (1977) en el seminario Cómo vivir juntos interroga el porvenir del deseo de una vida en común. Se pregunta qué distancia mantener con otras existencias para tramar con ellas cercanías sin alienación y soledades sin exilio. Proximidades sin ataduras ni coerciones. Sin embargo, distancias y cercanías no se pueden calcular. Tampoco se pueden medir las proporciones justas de locuacidad y silencio para caer bien ante un pequeño público. Como le ocurre a Kafka cuando desea saber en qué momento y cuántas veces, cuando ocho personas están conversando, conviene tomar la palabra si no se quiere pasar por una persona callada. La vida en común transita por lo incalculable, aunque instituciones y disciplinas de todo tipo intentan regularla. ¿Podrían imaginarse cercanías sin confusiones, sin violencias, sin destierros de la soledad? ¿Parpadeos de proximidades y lejanías alternantes, superpuestas, erráticas? ¿Podrían habitarse deseos que pulsen así? Acaso deseos se puedan pensar como súbitas visiones de huellas en un desierto, como detecciones de instantes únicos e inapropiables, como ansias pasajeras que se necesitan contar porque da pena que se disipen en agujereadas memorias o en el olvido de las soledades. Un relato sin gestas ni hazañas, sin maravillas ni deslumbramientos: nubes, espumas, brisas, sonidos de pájaros, la vida flotando. Deseos no se poseen, a veces se narran para retenerlos un poco más. Fuente:https://lateclaenerevista.com/deseos-por-marcelo-percia/

  • Un otro lado del deseo /John Berger

    “Hallé una isla en tus brazos / un país en tus ojos, / brazos que encadenan, / ojos que se tienden. / Abrámonos paso hacia el otro lado”. Jim Morrison. El deseo. El deseo erótico. Erótico es mejor adjetivo que sexual, pues es menos reduccionista. Cuando el deseo es recíproco (entre dos), las nociones de lujuria o incluso de libido se tornan obsoletas, porque, por definición, éstas son singulares, no dobles. La energía inicial de un deseo así proviene, por supuesto, de la necesidad biológica de reproducirnos. El deseo es también una invitación a, y un esperar, placeres imaginados. Lo que se inicia como deseo erótico puede traducirse súbitamente en el deseo de tener y poseer. El contenido social del deseo es, de hecho, la posesión, y es por eso que en el teatro el deseo irrefrenable nunca es ajeno al conflicto o a la tragedia. La fuerza potencial del deseo es proverbial en toda cultura. Tal vez porque la conciencia de ser deseados nos confiere un sentido único de invulnerabilidad. Cuando este sentido se multiplica por dos, se puede arriesgar casi cualquier cosa. El deseo comienza pronto y continúa hasta tarde. Puede ocurrir en todas las edades entre, digamos, los cinco y los ochenta. La edad puede tener efectos sobre las prioridades del deseo. Y empero, estas prioridades no son nunca estándares o uniformes. Cualquier deseo se conforma de una multitud de ofrecimientos y anhelos, y, finalmente, habrá tantas variedades de deseo como encuentros eróticos. No obstante hay ingredientes comunes, y lo que yo llamo un otro lado del deseo está, creo, presente en todo deseo, aunque pueda variar el grado de su importancia o la posibilidad de su reconocimiento. En las sociedades de consumo este ingrediente (la reciprocidad) se reconoce poco a nivel público, excepto en el rock, donde con frecuencia es central. “Siempre habrá sufrimiento / fluye por la vida como agua / pongo mi mano sobre su mano / en la enramada de limoneros”. Nick Cave. Cuando es recíproco, el deseo es una trama, urdida por dos, y enfrenta o desafía todas las otras tramas que determinan al mundo. Es una conspiración de dos. El propósito es ofrecerle al otro un respiro que aplace el dolor del mundo. No la felicidad (¡!), pero sí un respiro que alivia al cuerpo del riesgo enorme de sufrir dolor. En todo deseo hay compasión y hay apetito; ambos, no importa su proporción relativa, se entretejen. El deseo es inconcebible sin una herida. Si hubiera seres sin heridas en este mundo, vivirían sin deseo. La conspiración es entonces para crear juntos un lugar, un locus, de exención, necesariamente momentáneo, que nos libre de la lastimadura sin sosiego de la cual la carne es heredera. El cuerpo humano contiene arrojo, gracia, jugueteo, dignidad y otras incontables sutilezas, pero también es intrínsecamente trágico, como no lo es el cuerpo de animal alguno. (Ningún animal está desnudo.) El deseo anhela escudar el cuerpo deseado de la tragedia que aloja, y lo que es más, cree que puede. Esta es su fe. No hay naturalmente altruismo en el deseo. Ofrecer escudo, conferir salvedad, se logra en el ofrecimiento de todo el ser, física e imaginativamente, pero desde el inicio dos cuerpos se involucran y así la salvedad, cuando se logra, si se logra, los cubre a ambos. Esta tiende a ser breve y no obstante lo promete todo, por eso logra abolir la brevedad -y junto con ella las lesiones asociadas a la amenaza de lo breve. Si lo observa una tercera persona, el deseo es un paréntesis corto; si se experimenta desde dentro es algo trascendental. En ambos casos, sin embargo, la vida cotidiana continúa en su entorno, antes y después. El deseo promete liberarnos. Empero, eximirnos del orden natural existente es equivalente a desaparecer. Y es eso precisamente lo que el deseo propone en su punto de mayor éxtasis: desvanezcámonos. “Mientras sube la marea / (y) cada uno rememora / llevo al vacío de mi sombra / destellos de ti. El viento los llevará / cuando todo se desvanezca / el viento nos llevará”. Noir Desir. La desaparición de los amantes no puede considerarse una evasión, un vuelo; es más un viraje a otra parte: la entrada en una plenitud. Comúnmente se piensa en la plenitud como acumulación. El deseo insiste en que es un regalarse: la plenitud de un silencio, una oscuridad en donde todo está en paz. De algún modo pienso en un sueño antiguo, la leyenda del Vellocino de Oro. (Este permitió que Phrixus y Helle se libraran de un sacrificio.) A nivel simbólico representa tanto la inocencia como la sabiduría. Reposa tendido en su refugio, rizado, inviolado, completo, sin que nadie lo rinda. Una vez compartida y experimentada, la salvedad que ya no exime permanece inolvidable, y las desapariciones semejan ser más reales, más precisas que lo aparente o lo legible. Las sirenas ululan calle abajo. Mientras estés en mis brazos, nada podrá hacerte daño. Fuente: La Jornada. México, 22 de junio de 2002. Traducción: Ramón Vera Herrera. https://www.lainsignia.org/2002/junio/cul_048.htm.

  • He construído un jardín / Diana Bellessi

    He construido un jardín como quien hace los gestos correctos en el lugar errado. Errado, no de error, sino de lugar otro, como hablar con el reflejo del espejo y no con quien se mira en él. He construido un jardín para dialogar allí, codo a codo en la belleza, con la siempre muda pero activa muerte trabajando el corazón. Deja el equipaje repetía, ahora que tu cuerpo atisba las dos orillas, no hay nada, más que los gestos precisos dejarse ir para cuidarlo y ser, el jardín. Atesora lo que pierdes, decía, esta muerte hablando en perfecto y distanciado castellano. Lo que pierdes, mientras tienes, es la sola compañía que te allega, a la orilla lejana de la muerte. Ahora la lengua puede desatarse para hablar. Ella que nunca pudo el escalpelo del horror provista de herramientas para hacer, maravilloso de ominoso. Sólo digerible al ojo el terror si la belleza lo sostiene. Mira el agujero ciego: los gestos precisos y amorosos sin reflejo en el espejo frente al cual, la operatoria carece de sentido. Tener un jardín, es dejarse tener por él y su eterno movimiento de partida. Flores, semillas y plantas mueren para siempre o se renuevan. Hay poda y hay momentos, en el ocaso dulce de una tarde de verano, para verlo excediéndose de sí, mientras la sombra de su caída anuncia en el macizo fulgor de marzo, o en el dormir sin sueño del sujeto cuando muere, mientras la especie que lo contiene no cesa de forjarse. El jardín exige, a su jardinera verlo morir. Demanda su mano que recorte y modifique la tierra desnuda, dada vuelta en los canteros bajo la noche helada. El jardín mata y pide ser muerto para ser jardín. Pero hacer gestos correctos en el lugar errado, disuelve la ecuación, descubre páramo. Amor reclamado en diferencia como cielo azul oscuro contra la pena. Gota regia de la tormenta en cuyo abrazo llegas a la orilla más lejana. I wish you were here amor, pero sos, jardinera y no jardín. Desenterraste mi corazón de tu cantero. Fuente: (2009). El Jardín. Editorial Bajo la luna. 2021

  • La ocasión hace / Cynthia Eva Szewach

    Y si después de tantas palabras no sobrevive la palabra… César Vallejo ¡Una palabra hubiera bastado, lástima ocasión perdida!, dice Moritz en la obra Despertar de Primavera escrita en 1891, por F. Wedekind. El joven finalmente se suicida. ¿Qué palabra hubiera bastado? La obra muestra el clima de opresión moral de la época, en una educación dominada por autoritarismos destituyentes de cualquier debilidad o fragilidad sensible. El personaje apodado “El enmascarado” les ofrece a dos adolescentes, ser uno entre otros, un giro en el camino y sostiene una presencia nominante. No se trata de elegir la bolsa o la vida, eso ya está jugado, se trata de agarrarse. Freud en 1910, en el Simposio sobre el suicidio, alude, sin acusar, a la idea de no exonerar a la escuela secundaria de una responsabilidad respecto de los jóvenes: la Institución no solo no los debe empujar al suicidio, sino que tiene también la función de infundir el deseo de vivir. Los jóvenes en soledad, agrega, no pueden asumir el carácter implacable de la vida ni pretender necesariamente otra cosa que el jugar del vivir, escenificación del vivir, lebensspiel. En “Sensible” (Petitenature), película de S. Theis, el maestro pregunta a cada alumna y alumno: ¿Qué te imaginas para tu vida dentro de veinte años? Se trata de infancias en una escuela de bajos recursos en un pueblo de Francia actual. Aliosha, el protagonista de diez años, no puede responder… El maestro le cuenta en un aparte, qué es la poesía, y frente a una pregunta del niño le relata algo de su historia personal. “Ese chico no era mío...”, dice el padre en el entierro de Moritz en la obra de teatro de Wedekind. Una filiación quebrada, desanidada de amor. Negacionismo de genealogía. Desaferrarse de esta vida parece ser, en ese momento desesperado, enceguecido quizás, reflexionado o rabioso, algunas veces, una figura de “salida” para poner fin a lo que agobia, a lo que pone a prueba algún récord de los cuerpos, en ocasiones arrollados por las pantallas, performances, atrapamientos sin ilusión, inmolaciones o heridas para desanestesiarse en sí lo indoloro del Otro. Desamarrarse paradójicamente para encontrar un lugar. Insistencias preocupantes: intentos de suicidio adolescentes, cortes, ayunos extremos, caídas del anhelo de seguir de ese modo. Forma de gritar algo atragantado, mudo, excedido, sobrepasado por la vida, diría Camus. Efectos en la sociedad de ciertas sombras oscuras, avances tecnocientíficos, pérdida del valor de la poética del decir, potencias salvajes sobre los cuerpos, afectación por los modos en que se ubica o estigmatiza a los jóvenes desde ciertos sectores. Luego cada joven desde ya es un universo singular, enigmático, promisorio, plagado de verdades, de historicidad, de desarraigos, de luchas o de voracidad lúdica escondida que invitamos a hacer hablar y que nos interpela. Dos niñas se arrojan de un balcón. Violentas segregaciones les recaían a diario. A nuestro alcance: una política de lectura que no patologice ni moralice la acción, ni consuma soluciones burocratizadas, ni someterse a una mirada protocolizada. Respuestas colectivas, redes institucionales, un buceo. Lo colectivo junto al cada quién. Agitar preguntas para tomar alguna decisión que atienda el desamparo, el desasosiego, lo atiborrado de sentidos o indiferencias. No se trata de una alerta protocolar de hedor administrativo sino, en lo que nos concierne, de alertas de alternativas ligadas a la escucha. La transferencia como apuesta. El entrelace muerte y sexualidad en la trama ficcional, real, simbólica e imaginaria. La lengua, el espejo, el cuerpo. Es un envite, nada sencillo, con límites, con imposibilidades: inmersar, inventar, acudir a una ocasión encontrada.

  • Diario del fumigador de guardia (fragmento) / Arnaldo Calveyra

    Duerme el fumigador decano, ha envejecido como envejecen algunos maestros de la costa oriental del Uruguay. Poco a poco la muerte se va cansando de darlo de alta. Un estuario arrecia, la mente entra en olores. Antes de dormirse nos contó la historia de la laucha que encontró muerta en una lata de conserva. Y ahora mientras duerme parece estar pensando en otra cosa, tan excluyente el gesto, tan levantadas las cejas. Duerme y respira al mismo tiempo debajo del sauce y en una habitación azotada por respiraciones adversas. Los mosquitos que se posan sobre su frente caen muertos, fulminados al instante. –Pasado de gas, aclara el compañero, está a punto de despertarse. Fuente: Calveyra, Arnaldo (1981). Diario del Fumigador de Guardia. En Poesía reunida. Edición al cuidado de Pablo Gianera y Daniel Samoilovich. Adriana Hidalgo editora. Buenos Aires, 2012.

  • Caligrafía nómade X / Patricia Mercado

    I. El viento corre en la estación vacía. Un perro duerme junto a la puerta de la oficina del jefe. Una lata oxidada rueda sobre el andén. El ruido metálico de la lata lastima el sopor de la siesta. Envuelta en los tules de su vestido blanco la novia camina sobre las vías. Parece venir de lejos. Perdió los zapatos. La tierra cubre su cuerpo, su vestido, como otra piel, más antigua. Ella respira apenas, ahogada en tanto viento. El cabello, antes negro, cae sin gracia sobre sus hombros. Aferra en su mano un ramo de flores marchitas. Los labios cuarteados olvidaron las palabras y el rouge. Su mirada atraviesa alambrados y se posa en los cerros, lejos. Aturdida se enreda en los pliegues de la seda. Sin embargo, sus pies saben de memoria el camino. Las vías, imperturbables paralelas, dibujan otro horizonte. El destino no puede extraviarse, piensa. Silente, la estepa la acuna. Acaso a deshora. II. Los encontraron en las vías, muchos kilómetros atrás. Estaban juntos como perros hambrientos. Los zapatos de tacos finos y altos, semejaban columnas corintias sosteniendo las ruinas de un templo. Se elevaban anhelantes y desde allí caían raudos hasta la punta fina, cual aguja que señala el norte. El equilibrio otrora perfecto ahora se inclinaba a un lado. La cicatriz de esa inclinación cortaba de cuajo la ilusión del orgullo. La torcedura no tenía arreglo, como tantas cosas en la vida. Pero ya no importaba. Gruesos surcos laceraban el cuero como una herida mal curada. El izquierdo, más ajado, tenía una mancha roja, opaca, en el borde del talón. La soledad de la estepa los cubrió de una ceniza grisácea. Como bocas desdentadas de perdidos pasos, habían esperado el ímpetu de otros días. Ahora, solo el viento soplaba sobre sus cuerpos inmóviles hasta que pasara el tren.

  • Zaratustreanas XIII De clichés y equilibristas (Parte b) /Fernando Stivala

    "Por eso, despreciadores del cuerpo, vuestro ¨sí mismo¨ quiere sucumbir." Entrar al caos Podemos encontrar nuevas fuerzas, y también entrar en una indistinción. Quedar presos de lo no representado, y a la vez vamos allí escapando de los clichés. Sin sucumbir, sin caos, quedamos presos al orden de lo ya pensado, de los gustos ya creados. Así, lo que conocemos aspira a convertirse en lo que ya hay, en lo real. Todo lo que veamos es lo que existe en su totalidad, y nada más. El mundo codificado se traga cualquier tipo de diferencia. Es necesario rasgar la costumbre. Alterar las posibilidades y combinatorias ya fijadas. Y ver qué pasa. Entramos al caos, pero también existe el riesgo de que se coma todo el espacio. Que la caotización vuelva la cosa indiferenciada y en lugar de que aparezcan nuevos posibles, bloqueen. Entonces por un lado está el riesgo de lo conocido y a la vez prevenirse de lo indiferenciado. Nos metemos en el caos con brújula. Posibles gérmenes indiferenciados que intuimos poder traer más acá. Prácticas ¿Acá dónde? Hacerlo forma, visible, perceptible, sensible. Agrupar algo del caos con líneas estables. Esta vez guía ese germen y no la máquina codificadora. Nueva guía momentánea. No sabemos sus efectos. Los vamos a descubrir en la práctica. Creaciones serán posibles en función de las prácticas que tengamos. Fuera de la práctica solo serán un conjunto de clichés. Serán el poder contemporáneo de ser habitados por un conjunto de normalidades inconscientes. Imágenes que se establecen y viralizan en el pensamiento colectivo. Eso que a veces parece espontaneidad son conjuntos de automatismos. También es un termómetro que nos dice qué sentir pero plagado de hábitos. Ese sí mismo. Disputar el cuerpo, termómetro que surge de una práctica engendral. El punto de partida no es auténtico liberado. Se está en medio de. Hacer práctica nos va abrir esa disponibilidad del cuerpo tomada por las normalidades, el sí mismo, y los despreciadores del cuerpo. ¿Qué es lo propio de toda práctica? Tener algún punto de partida, pregunta o problema. Algo que nos obliga a buscar, abrir, salir de la complacencia de lo que somos espontáneamente. Existe una relación íntima entre caos, acto creativo y prácticas. Hay invasión de imágenes y palabras que la época nos ofrece. Entonces la lucha es por los virtuales, por las combinaciones posibles. Hay borde caótico, del cual muchas veces preferimos resguardarnos con hábitos de normalidades, y muchas otras preferimos ingresar. Nos conviene sostener la pregunta por la ruptura. Pregunta que no podemos responder ni anticipar previo a la práctica. Normalidades en conserva ¡Vuestro ¨sí mismo¨ quiere sucumbir, y por eso os habéis convertido en despreciadores del cuerpo! Pues ya no lográis crear por encima de vosotros.* La misma vara subordinada a valores de gusto ya creados se cansa, se aburre, se endurece, no le encuentra sentido. Se vuelve nihilista. Si todo lo que hay es lo que existe, no se logra crear más. Solo queda conservar. Conservar lo que hay, el destino de la propia subordinación. Conservando se inmola. No tiene tiempo ni energía de movimiento, solo puede conservar a su Dios lo que hay. Se cansa, no le encuentra sentido. Pero tampoco tiene voluntad de mover. Normalidades vagas. Se van llenando de enojo y resentimiento. Así se quedan despreciando lo que hay, lo que existe, también lo que se mueve y lo que es creado. Su pasión: no dar lugar a lo nuevo. Conservar la subordinación de todas las cosas. Hasta sucumbir. Esa es su tranquilidad: que algo ya esté hecho. Acrobacias Y por eso ahora les enojan la vida y la tierra. Hay una envidia inconsciente en la torcida mirada de su desprecio. * El sí mismo que envidia. Envidia inconsciente no a un objeto o cosa, sino a aquellos que sí pueden darle lugar a lo nuevo. A las que se adentran al caos. A los que no se quedan rindiendo culto. A las equilibristas que se aventuran temblar en el borde entre lo indiferenciado que todavía no hay y lo codificado ultra conocido. Un abismo de cada lado. Normalidades nos miran a un costado, indistinciones caóticas del otro. En esa cuerda se tensan matices. Cada paso da estabilidad. Una consistencia momentánea. *Friedrich Nietzsche, Así habló Zaratustra (Primera parte ´De los despreciadores del cuerpo´)

  • El alcohol / Margarite Duras

    He vivido sola con el alcohol durante veranos enteros, en Neauphle. La gente venía los fines de semana. Durante la semana estaba sola en la gran casa, y allí el alcohol adquirió todo su sentido. El alcohol hace resonar la soledad y termina por hacer que se lo prefiera antes que cualquier otra cosa. Beber no es obligatoriamente querer morir, no. Pero, uno no puede beber sin pensar que se mata. Vivir con el alcohol es vivir con la muerte al alcance de la mano. Lo que impide que uno se mate cuando está loco de la embriaguez alcohólica, es la idea de que, una vez muerto, no beberá más. Empecé a beber en las fiestas, en las reuniones políticas, primero los vasos de vino y luego el whisky. Y luego, a los cuarenta y un años, encontré a alguien que le gustaba de verdad el alcohol, y que bebía cada día, pero razonablemente. Lo superé en seguida. Esto duró diez años. Hasta la cirrosis y los vómitos de sangre. Me paré durante diez años. Era la primera vez. Volví a empezar, y volví a parar, ya no sé por qué. Luego, dejé de fumar, y sólo pude hacerlo bebiendo de nuevo. Es la tercera vez que paro. Nunca, nunca he fumado opio ni haschis. Me he «drogado» con aspirina todos los días durante quince años. Nunca me he drogado de verdad. Al principio bebí whisky y calvados, lo que llamo alcoholes insípidos, cerveza y verbena de Welay, lo peor, según se dice, para el hígado. Por último, empecé a beber vino y ya no lo he dejado. Desde que empecé a beber, me convertí en una alcohólica. En seguida me puse a beber como una alcohólica. Dejé a todo el mundo detrás mío. Empecé a beber a los atardeceres, luego bebí los mediodías, luego por las mañanas, y después empecé a beber por las noches. Una vez por noche, y luego cada dos horas. Nunca me he drogado con otra cosa. Siempre he sabido que si me metía con la heroína, la escalada sería rápida. Siempre he bebido con hombres. El alcohol permanece asociado al recuerdo de la violencia sexual, la hace resplandecer, es inseparable de ella. Pero en espíritu. El alcohol sustituye el acontecimiento del goce, pero no ocupa su lugar. En general, los obsesos sexuales no son alcohólicos. Los alcohólicos, incluso «a nivel de vertedero», son unos intelectuales. El proletariado, que ahora es una clase más intelectual que la clase burguesa, de muy lejos, tiene una propensión al alcohol, en el mundo entero. El trabajo manual es sin duda de todas las ocupaciones del hombre la que le lleva más directamente hacia la reflexión, es decir hacia la bebida. Ved la historia de las ideas. El alcohol hace hablar. Es la espiritualidad hasta la demencia de la lógica, es la razón que intenta comprender hasta la locura por qué esta sociedad, por qué este Reino de la Injusticia… y que siempre concluye con una misma desesperación. Un borracho es a veces grosero, pero raramente obsceno. Algunas veces se encoleriza y mata. Cuando se ha bebido demasiado, se vuelve al principio del ciclo infernal de la vida. Se habla de felicidad, se dice que es imposible, pero se sabe lo que quiere decir la palabra. Carecemos de un dios. Este vacío que se descubre un día en la adolescencia nada puede hacer que jamás haya tenido lugar. El alcohol ha sido hecho para soportar el vacío del Universo, el mecimiento de los planetas, su rotación imperturbable en el espacio, su silenciosa indiferencia en el lugar de vuestro dolor. El hombre que bebe es un hombre interplanetario. Se mueve en un espacio interplanetario. Es allí donde permanece al acecho. El alcohol nos consuela, no amuebla los espacios psicológicos del individuo, sólo sustituye la carencia de Dios. No consuela al hombre. Produce lo contrario, el alcohol conforta al hombre en su locura, lo transporta a las regiones soberanas donde es dueño de su destino. Ningún ser humano, ninguna mujer, ningún poema, ninguna música, ninguna literatura ni ninguna pintura, puede sustituir esta función del alcohol en el hombre, la ilusión de la creación capital. Está ahí para remplazarla. Y lo hace en toda una parte del mundo que habría debido creer en Dios y que ya no cree en él. El alcohol es estéril. Las palabras del hombre dichas en la noche de la borrachera se desvanecen con ella tan pronto como llega el día. La borrachera no crea nada, no va con las palabras, ofusca la inteligencia, la sosiega. He hablado bajo los efectos del alcohol. La ilusión es total: lo que uno dice, nadie lo ha dicho aún. Pero el alcohol no crea nada que permanezca. Es el viento. Como las palabras. He escrito bajo los efectos del alcohol, tenía una facultad para dominar la borrachera, que me venía sin duda del horror por la borrachera. Jamás bebía para estar borracha. Jamás bebía de prisa. Bebía todo el tiempo y nunca estaba borracha. Estaba retirada del mundo, inalcanzable, pero no borracha. Una mujer que bebe es como un animal que bebiera, un niño. El alcoholismo llega al escándalo con la mujer que bebe: una mujer alcohólica es rara, es grave. Lo que se ataca es la naturaleza divina. He reconocido este escándalo a mi alrededor. En mis tiempos, para tener la fuerza de afrontarlo en público, entrar sola en un bar, de noche, por ejemplo, era preciso haber bebido ya. Siempre se dice demasiado tarde a la gente que bebe demasiado. «Bebes demasiado.» Es escandaloso decirlo en todos los casos. Uno mismo jamás sabe que es alcohólico. En un cien por cien de los casos la noticia se recibe como una injuria, y uno dice: «Si me dice esto, es que me odia.» En cuanto a mí, el mal ya estaba muy avanzado cuando me lo dijeron. Estamos en un espacio de principios anquilosados. Hasta cierto punto se deja morir a la gente. Creo que en la droga este escándalo no existe. La droga separa completamente al individuo drogado del resto de la Humanidad. Ésta no arroja al individuo a los cuatro vientos, por las calles, no hace de él un vagabundo. El alcohol es la calle, el asilo, los otros alcohólicos. La droga es muy corta, la muerte viene muy deprisa, la afasia, la oscuridad, los postigos cerrados y la inmovilidad. Nada consuela de dejar de beber. Desde que ya no bebo, tengo simpatía por la alcohólica que era. Verdaderamente he bebido mucho. Luego, acudieron en mi auxilio, pero entonces cuento mi historia y no hablo del alcohol. Es increíblemente simple, los verdaderos alcohólicos, sin duda, son lo que hay de más simple. Estamos ahí donde el sufrimiento no puede hacer sufrir. Los vagabundos no son desgraciados. Es una tontería decir eso, están borrachos de la mañana a la noche, las veinticuatro horas seguidas. Lo que viven no podrían vivirlo en ninguna otra parte que no sea en la calle. Durante el invierno de 1986-1987, antes de verse desprendidos de su litro de vino a su llegada al asilo de noche, prefirieron arriesgar la muerte y el frío. Todo el mundo intentó saber por qué no querían ir al asilo, y era por eso. Lo más duro no son las horas de la noche. Pero, evidentemente, si uno tiene un insomnio tenaz es cuando resulta más peligroso. Es preciso no tener ni una gota de alcohol en casa. Yo formo parte de estos alcohólicos que empiezan a beber de nuevo a partir de un solo vaso de vino. No sé qué nombre nos da la medicina. Un cuerpo alcohólico funciona como una central, como un conjunto de compartimentos diferentes vinculados entre sí por la persona entera. El primer afectado es el cerebro. Es el pensamiento. La felicidad por el pensamiento primero y luego el cuerpo. Es ganado, empapado poco a poco, y transportado; es la palabra: transportado. A partir de cierto tiempo se tiene la elección. Beber hasta la insensibilidad, y la pérdida de identidad, o permanecer en las primicias de la felicidad. Morir de algún modo cada día, o bien seguir huyendo. Fuente: Duras, Margarite (1987). El alcohol. En La vida material. Editorial Alianza. Madrid, 2020.

Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.

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