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- ¡Electrocutate normalidad! / Fernando Stivala
Primavera 2021 Dicen que fue una descarga eléctrica, algún bajón de tensión, una mala conexión, la caída de un rayo. No lo partió, lo electrocutó. (Hubo una época donde abusos de electroshocks se usaban como elemento de cura agresiva a las ex llamadas esquizofrenias.) Dicen que desde ese día nada fue igual. Como esas historias de súper héroes, que adquieren sus poderes a partir de un hecho fortuito. Esa descarga eléctrica, azares entre el cielo y la tierra, lo liberó de toda racionalidad. Extraño súper poder. Más allá de lo que puede este humano demasiado terrestre. Extra-terreste, extraño de pelo largo, brujo sabio, hermanito, granEver. Grande niño, niño grande. Rompiste todos los esquemas. Con vos, olvidábamos nuestros nombres, nuestras identidades, nuestros lazos vinculares. Nuestro bartleby. Nuestro diógenes. Nuestro tío cosa. Nuestro zaratustra. Con vos, se activaba el único nuestro que vale, el de tu idioma, el mismo que el del universo, el nuestro del estar ahí. Con vos olvidábamos la función que teníamos que desplegar. Olvidábamos los años, los títulos, las diferencias caretas. Cruzarse con vos era una invitación a jugar. Un juego que no se explicaba. Un juego donde su regla principal e implícita era tener tiempo. Tiempo para ver qué pasaba, para ver por dónde. Encontrarle la vuelta. Claro, esa disposición no se tiene así nomás. Vos regalabas una primera confianza: mirada relámpago, profunda. Era difícil sostenértela más de milésimas de segundos. Tiempo suficiente para sentir la eternidad del instante. Había que correrte los ojos o por lo menos parpadear. En ese descanso se tomaba una decisión. Una extraña decisión no consciente. O seguías ese guiño y te quedabas ahí, o le dabas la espalda. Si le dabas la espalda, buscabas rápidamente una excusa racional y te retirabas, o le ofrecías algo, o lo reinterpretabas, o le hacías una sonrisa incómoda y cambiabas de tema. Si seguías ese guiño, te encontrabas con él, en esos espacios verdes del Borda, y algo pasaba. Era la oportunidad, el acontecimiento, el momento donde todas las posibilidades tenían la chance. En el jardín de los senderos que se bifurcan. Muchos elegimos ese guiño más allá de lo humano. Mirada infinita, profundidad del Todo. Y obvio no encontramos respuestas, pero sí sonrisas sin máscaras, expresividades puras, pasiones sinceras. ¿Qué racionalidad puede seleccionar verdaderas emociones? La propuesta era estar ahí o nada. No se la puede explicar, no se la puede compartir con razones. Nos dabas explicaciones que los cuerdos no te dan. Antena imán. Llamamiento performático. Tu caminar era de película. No había necesidad de dirección que arme escena. Con el simple estar regalabas momentos, levantadas de cabeza, enseñanzas, magias, despertares. Pasar a tu lado hacía sentir los sentidos menos adiestrados. Despertador de lo adormecido. Quizás el Borda haya perdido con tu partida una parte importante de su magia vibracional. Un día… una vez… quienes seguíamos esos flechazos, quienes descubríamos esos súper poderes, quisimos compartirlo con el mundo que vivía tras el muro. Sabíamos que había algo. Pero este súper poder no podía ser proliferado tan fácilmente. Aparecía como el canto de un pájaro, inatrapable. Si estabas ahí y tenías tiempo, quizás lo escuchabas; o podían pasar días y quizás no. ¿Cómo compartir con relojes y puntualidades, vibraciones que no se sabe cuándo, ni cómo van a pasar? ¿Quién quiere en tiempos del capital, acudir a una cita, que no se sabe el horario ni lo que va a pasar? Pero cuando pasaba, pasaba. No había dudas de que se trataba del súper poder. Tirabas una flecha de intensidad, que si la agarrabas, que si te picaba; no te dejaba más, te obsesionabas. Quizás x eso muchos huían, porque ahí sí, ¡¡agarrate moderación!! Si llegabas a conectar nunca más podías parar. Adicción, obsesión le quedaban chica a la desmesura que generaba. Se la quería todo el tiempo. Después de conocerla no podíamos parar. Estar ahí, estar ahí, estar ahí. Hizo que los momentos de desconexión, de normalidades, de abstracciones, de dramas superfluos y materiales se sintieran de absoluta pesadez y monotonía. Después de él pasábamos momentos de abstinencia. Solo queríamos la droga del estar ahí. En presente o nada. Un extraño presente. Un presente que en la mirada cargaba con todas las tristezas y alegrías de la historia. Imaginen esa vorágine, esa desmesura. Ningún cuerpo humano podría soportar tanto. Él sí. Tenía ese súper poder. Una descarga eléctrica en vez de matarlo, lo salvo. Lo liberó de sus aspectos duros, morales, y normales. Estaba muriendo viviendo, como las normalidades que viven estando muertas De ahí en más solo vivió. O vivió viviendo. Duplicó la vida. ¿La sobre valoró? ¿Fue un sobre viviente? Nada de eso. Ningún binarismo representacional, o dicho de otra manera: no lo quieran entender, no lo quieran codificar. Así pasó. No lo digo yo, lo cuentan las historias. Él, el de las mil historias que terminó sin historia clínica. Paradojas de las normalidades y sus usos y costumbres con la palabra. Se aburrieron de escribir lo mismo. ¿Cuántas veces se puede escribir la rutina de un manicomio? Se les cerraron los sentidos. No pudieron mirar, escuchar, olfatear las mil historias que pasaban ahí. Justo él, el de las mil historias. Si no me creen, pueden averiguarlo. Háganse un tiempo y vayan a los jardines del Borda. Dense un tiempo y pregunten por el hermanito boliviano, por el colifato, por la pachamama, por el trapecista, por el niño grande, por el gran niño, por el sagrado decir sí, por el estar ahí de las demasías, por el último romántico, por el granEver. Un súper humano de nuestra cultura, de nuestra época, de nuestros tiempos. Vivió hasta el 2021, pero son esos rayos que pasan como los pliegues eternos de la historia. Se autopone en esa serie. La de los clásicos menores. Historias pequeñas. Narraciones gigantes. Esas existencias pasan a la historia así. Como él. Puras. Prácticas. Al acto. Rayo intuición. Bajón de tensión. Azares entre el cielo y la tierra que afirmaste como nadie. Vos sí que creaste en lo dado. Sin brillos, ni reconocimientos. Nunca te interesaron. Esas existencias pasan a la historia así, sin quererlo. Como una descarga eléctrica, que sacudió para siempre, la causalidad de las normalidades. … y se convierten en leyendas.
- Entrar en conversación. Insolencias clínicas / Marcelo Percia
1. Vidas encerradas en las calles y vidas encerradas en manicomios portan rarezas que molestan. Exponen desamparos que anticipan el horror. Normalidades apartan esas visiones. 2. Ante lo que no se quiere ver, los ojos parpadean o se cierran, pero queda una culpa en la mirada. Un fugaz consentimiento. 3. El enunciado “crisis socio económica” ya no dice nada. Los sustantivos crisis, sociedad, economía, se presentan como redundancias de un gran dolor. Diciembre del 2001 no menciona una fecha, sino la cicatriz de una continua laceración. La desigualdad no se presenta como problema para el capitalismo, sino como su secreta solución. Existencias que deliran o existencias que no tienen dónde vivir no afean fachadas de las ciudades, recuerdan contrafrentes en ruinas. Ponen a la vista una correspondencia ruin: no habría enriquecimiento sin empobrecimiento y no habría normalidad si no se descartaran demasías. 4. Manicomios anticipan ciudades del futuro. Existencias encerradas apaciguadas con medicinas o adormecidas con rutinas vigiladas. 5. Se conocen versiones de Esquilo, Eurípides, Sófocles, de la tragedia de Filoctetes. Un héroe griego a quien Heracles dona, antes de morir, su arco y sus flechas. Camino de la guerra de Troya, en la isla de Crisa, Filoctetes se inclina junto al árbol sagrado con tanta mala suerte que la serpiente guardiana lo muerde en el pie. Así enferma. Por sus gemidos de dolor y por la insoportable pestilencia que emana de su herida, sus compañeros deciden abandonarlo en la isla de Lemnos. Una de las paradojas de la tragedia: la tripulación habituada a matar y morir no puede tolerar el tiempo sin fin, el dolor y la putrefacción: la demasiada vida. Diez años pasa Filoctetes aislado en su padecimiento. Entonces, los griegos vuelven buscarlo. No regresan porque lo quieren y extrañan, sino por el legado que todavía conserva. Hace falta el arco de Heracles para conquistar Troya. Mientras tanto, en la desolación del dolor, Filoctetes medita sobre miserias y bondades de la vida en común. En el pie que apesta hieden podredumbres de la civilización. Antes lo expulsaron, ahora vienen a buscarlo porque lo necesitan. 6. En el paisaje urbano yacen siluetas sombrías y abandonadas. Una cosa saber una común intemperie existencial, otra no tener un lugar en el que guarecerse. Una cosa algarabías que salen a callejear, otra desalojos que dejan en la calle. Como una mancha de combustible sobre el asfalto en un día de lluvia hay existencias tiradas ahí como los colores de un arco iris sucio y tóxico. La expresión “vivir en situación de calle” se emplea para no decir “vidas que aplazan la muerte acurrucadas en una vereda”. Índices de pobreza tendrían que llamarse índices de crueldad. Vidas expulsadas se pudren tendidas en las aceras. Huelen mal. 7. Desechadas en manicomios, no se valoran esas existencias por sus habilidades y hazañas. No se sabe si nacieron de un amor. Practican un habla insegura. Trastabillan cayéndose de las palabras. Se trata de vidas heridas y confinadas. Arrojadas junto a otras vidas que sufren. Pasan años alimentadas con neurolépticos y protocolos del buen sentir. Casi nunca vuelven a buscarlas. Habitan demasías que las normalidades no pueden soportar. Huelen mal. 8. El reparto desigual de bienes simbólicos y materiales se complementa con un reparto desigual de angustias. Mientras algunas sensibilidades respiran demasías, otras dan la impresión de marchar ajenas a las penurias de los días. 9. En su última entrevista, Derrida (2004) recuerda que quienes saben la muerte saben la vida. Celebran el por vivir, saborean la sobrevida, agradecen inmerecidos suplementos de tiempo. Una soberanía vital que contrasta con el crudo sobrevivir, el mero aguantar un poco más, de quienes pululan sin lugar en el mundo del capital. La calle nombra un callejón sin salida: el no hay dónde, el fuera sin adentro, el destierro desde la no tierra hacia el no hay otro lugar. 10. La Isla de Lemnos queda en el mar Egeo. Wehbi encuentra a Filoctetes en Buenos Aires, Viena, Berlín, Cracovia. Los pies que apestan también habitan en un hospital de Open Door, una localidad próxima de Luján, sitio de encierro para pestilencias abandonadas. 11. La hediondez hace desconfiar de las flores. Vidas mundanas, encumbradas en metas y placeres, tienen qué desear. Vidas inmundas, caídas en la sucia existencia, reaccionan con los últimos reflejos que les quedan. La calle se ofrece como falso margen. No hay orilla entre el no adentro y el ninguna parte. Quienes piensan la tierra como plana tienen razón en un punto miserable: en la civilización del capital, más allá del horizonte de la propiedad se cae en la nada o en la muerte. 12. Diógenes Laercio relata acciones performáticas realizadas por Diógenes de Sínope casi cuatrocientos años antes de los tiempos cristianos. En Vida de los más ilustres filósofos griegos relata intervenciones atribuidas al filósofo cínico. Diferentes historias en las que el vagabundeo se presenta como realización ética de una vida fuera de las capturas de los poderes, las instituciones, las hipocresías. La reacción ante Alejandro Magno (“Lárgate, me haces sombra”) no compone una ironía o un desafío, pone a la vista un modo de situarse ante el poder. Muchas veces la fuerza escénica de esos relatos reside en la práctica de la parresia, vocablo griego que expresa la decisión de decir todo. Diógenes cultiva la insolencia como acción política de su filosofía. En ocasión de encontrarse cautivo, en el momento en el que lo van a exponer a la venta, le preguntan qué sabe hacer. A lo que responde: “Sé mandar hombres. ¡Anúnciame así! ¡Veremos quién quiere comprar un amo!”. Recuerda Sloterdijk que Platón llamó a Diógenes “Sócrates enfurecido”. A su vez, Diógenes refiriéndose a Platón, preguntó: “¿Qué puede ofrecernos un hombre que ha dedicado todo su tiempo a filosofar sin haber inquietado a nadie?”. Marx (1845) retoma la idea en la conocida tesis 11: “Hasta ahora, la filosofía se ocupó de interpretar el mundo, de lo que se trata es de transformarlo”. Pero, esa voluntad transformadora no conduce hacia una forma ya preconcebida. Lo venidero no se deja mandar. Se llama mundo a un modo de existencia pasajero. Tal vez se trata de que ese tránsito no se detenga. Se trata de no impedir la vida, de liberarla de todas las formas que la constriñen y dañan. 13. Poco después de diciembre de 2001, Wehbi, con otras complicidades, realiza el Proyecto Filoctetes. Ubica, al mismo tiempo, veinticinco cuerpos de látex vestidos, en diferentes lugares muy trajinados de la ciudad. La experiencia se repite en Viena, Buenos Aires, Berlín, Cracovia. Los muñecos amanecen a la vista de transeúntes que salen de sus casas a trabajar, a pasear el perro, a fumar, a estirar las piernas. Están durmiendo junto al muro de un banco, tirados boca abajo en medio de la calle, envueltos con una frazada, apoyados en un monumento, manchados de sangre, próximos de la entrada a un subterráneo. Cada figura está acompañada por un equipo que se propone observar y registrar reacciones de quienes pasan. 14. Limpiezas y aseos de las ciudades no saben qué hacer con desvaríos de sensibilidades insumisas. A fines del siglo diecinueve, desconciertos que fastidian se recluyen detrás de altos muros y se trasladan lejos. Así se crea una colonia para existencias infectas en un territorio de varias hectáreas próximo de Luján. Un precioso espacio verde para emociones excesivas. Un gran parque proyectado por el arquitecto y paisajista francés Carlos Thays. El mismo que diseñó el Jardín Botánico, el Rosedal de la ciudad de Buenos Aires y otros hermosos parques del país. Un perímetro cerrado, con grandes casonas de dos plantas, copiadas de la arquitectura suiza de la época, nombradas como pabellones. Todavía permanecen allí innumerables musculaturas de sangre caliente vestidas con ropa de nadie. Están quienes duermen y quienes no pueden cerrar los ojos. Quienes se alistan, a la hora en que enfermería llama, para cumplir las rutinas del día: levantarse, vestirse, ir al baño, desayunar, tomar la medicación, esperar la hora del almuerzo encogidas en un rincón, inclinadas sobre un mate, con el oído pegado a una radio, apoyadas en el tronco de un árbol, procurando cigarrillos o alguna cosa que calme, deambulando con las miradas perdidas. 15. Se conocen expresiones que anuncian la debacle: “Tener que ir vivir a los caños” y “Andar en la vía”. Tiempos miserables inventan palabras miserables. Así se difunden, en años de hambre y desocupación -durante la tercera década del siglo veinte-, adjetivos que anticipan sociologías de la pobreza: atorrantes, linyeras, crotos, pordioseros, cirujas. Atorrantes, ¿quiénes dormían en grandes caños apilados a lo largo de los caminos para cloacas o agua corriente producidos por la firma A. TORRANT?, ¿quiénes se ganaban unas monedas torrando o tostando café? Linyeras, ¿quiénes andaban con un atado con ropa colgado de un palo sobre el hombro buscando una paga, que inmigrantes italianos llamaban la “linghiera”? Crotos, ¿quiénes se habían beneficiado con viajar en los trenes sin pagar por un gobernador de la provincia de Buenos Aires de apellido Crotto? Pordioseros, ¿quienes pedían una limosna “por amor a dios”? Cirujas, ¿finos cirujanos que extraen alimentos de los desperdicios y cosas útiles de la basura? Palabras a las que se suman indigencias, mendicidades, vagabundeos, sin techo. Incluso se conoce un adjetivo para nombrar a las existencias tufosas: malolientes. Palabras que evocan también los vocablos pícaro, buscavidas, buscón, de la literatura castellana del siglo de oro. 16. La figura de caño quedó adosada a la de desecho. En derivas de secretas jergas sanitarias se dice que un paciente es un caño cuando se anticipa que no tiene cura ni arreglo. Una residente de psicología cuenta que escuchó decir en la guardia de un hospital en el que se está formando: “No te calentés…ese tipo es un hidrobronz”. Pero, ¿por qué sorprenderse de que alguien hable así cuando en las Facultades se enseñan sentencias sin alma? 17. De las islas a los barcos, de los barcos a los edificios asilares, de los edificios asilares, ¿a dónde? ¿Otra vez a las ciudades de la impasibilidad? En el ocaso de los manicomios, nos aguarda una luminosa y larga noche antes del amanecer. Tiempos para potenciar e imaginar otras formas de un común vivir. Un común vivir que no expulse el dolor ni aparte el hedor. 18. Se advierten proximidades entre una producción estética que pretende tomar por sorpresa indiferencias urbanas y acciones clínicas que deciden tomar por asalto rincones acallados del dolor. Humanidades de látex que Wehbi instala se propusieron conmover apatías urbanas interviniendo sobre la ciudad como espacio escénico. Insumisiones conversacionales en un hospital psiquiátrico se propusieron conmover dejadeces de los manicomios considerando que espacios clínicos pueden devenir en todas partes. 19. Pero ¿qué significa tomar por sorpresa impasibilidades? ¿Violentar sistemas de previsiones diarias para transitar ciudades, para estar en las aulas, para trabajar en los hospitales? Ante el asalto de lo inesperado -en la calle, en el aula, en el hospital- las existencias disciplinadas reaccionan de un modo semejante: se sienten molestas, cuestionadas, agredidas. Alguien dice: “Con todos los problemas que tengo, ¿mire usted si voy a tener tiempo para detenerme a pensar cómo está la vida? ¿Cómo quiere que esté? ¡Está como la mierda!”. 20. La súbita visión de un cuerpo tirado en la calle (dormido, desmayado, muerto) suele resolverse llamando a una ambulancia o a un patrullero. Entre quienes están caídos y quienes transitan no hay vínculos, sino existencias paralelas. Habitamos ciudades con mundos que no se tocan que, por momentos, se huelen o se oyen en azarosos y extraños infinitos. A veces, hediondeces y gemidos se escabullen pasando desde un lado a otro. Olfato y oído componen sentidos menos adiestrados para la negación. Pero, si no hay vínculo, ¿qué hay? Hay nada o indiferencia. Hay miradas momentáneas y efímeras. Hay constataciones posicionales sin nombres ni historias. Hay leyendas barriales. Hay miedos, rechazos, odios difusos. Hay inclinaciones curiosas sin cercanías. Hay distancias prevenidas. Hay afectividad simulada o solidaridad gesticulada. En pocas ocasiones hay hospitalidad, muchas veces hostilidad, casi siempre impasibilidad. Pero lo que interesa en estos paralelos no reside en que no se tocan, sino en que ambas líneas se mantienen vigilantes una de la otra. 21. Normalidades organizan mundos paralelos para no rozar ni tropezar con afectividades que las desestabilizan. 22. Apuestas a subversiones conversacionales en un pabellón del manicomio tiene conexiones con los muñecos inermes de la obra de Wehbi. Se presienten afinidades entre provocaciones artísticas que salen de los teatros, de los muesos, de las galerías y deshabituaciones clínicas que salen de los consultorios, de las universidades, de las oficinas de enfermería, de las salas de situación. 23. Lo hostil no actúa igual que lo inhóspito. Lo hostil agrede, violenta, daña. Lo inhóspito no aloja, no abriga, no abraza, no registra. La impasibilidad urbana no reside en una incapacidad de sentir, sino en una veda de la conversación. Está habituada a hacer tolerable el diario vivir consignando: eso no se mira, eso no se toca, de eso no se habla. Expresiones habituales como “qué barbaridad”, “pobre gente” o “tendrían que hacer algo”, sirven como descargas que ahuyentan padecimientos. 24. Pensamientos de las derechas reaccionan ante vidas arrojadas a la calle como ante un escándalo moral. Sospechan, en esas existencias, conductas dudosas, vicios y perezas. Activan reflejos de caridad, de corrección, de apartamiento, de expulsión. Pensamientos de izquierdas ven en esas vidas signos de la irreversible descomposición de la civilización. Testimonios de la desigualdad. Motivos irrefutables para la toma de conciencia. Llamamientos urgentes a una razón política transformadora. Literaturas que cuentan la calle captan ambigüedades de las clases medias urbanas: el temor de tocar fondo y, a la vez, la fantasía de alcanzar la liberación definitiva. Cuenta Tabaré, dibujante de Diógenes y el Linyera, cosas de la última dictadura argentina: “Una vez dibujé al Linyera en el diario revolviendo tachos de basura. Una pelotudez. Había moscas, y recomendaron que sacara las mosquitas. Cosas de milicos, increíble”. 25. Muñecos de Wehbi desencadenan gestos de ternura, repulsión, desinterés, ante la visión cruda del abandono. 26. El psicoanálisis (o como se llame la clínica que hacemos) se encuentra con el arte en una común incertidumbre: nunca se sabe a partir de qué movimiento comienza el pasaje de la sujeción a la insujeción. 27. Se conocen testimonios de antropologías urbanas. Apuntes de quienes cruzaron la línea para saber qué se siente, cómo se vive, cómo se las ingenia una existencia para no morir del otro lado. Se trata de relatos de quienes hicieron la prueba de estar, por un tiempo, expulsados del confort de la ciudad dentro de la ciudad y de sentir el desprecio, la compasión, la lástima, el mal gusto de las migajas. George Orwell cuenta, entre guerras, su vida en las calles de París y Londres como vagabundo en un libro editado en 1933. Describe esos días de miserias y pesadumbres así: “Hay otra sensación que constituye un gran consuelo en la pobreza. Creo que cualquiera que haya pasado apuros económicos la habrá experimentado. Es una sensación de alivio, casi placentera, al saber que por fin estás sin una moneda. Has hablado tantas veces de la posibilidad de tocar fondo... y resulta que ya estás en él y puedes soportarlo. Eso te quita muchas preocupaciones”. Aunque al mismo tiempo, todavía aturdido por la primera guerra europea, olfatea -en medio del dolor de las calles devastadas- el lado violento de caridades y limosnas: “Nunca volveré a pensar que los vagabundos son malhechores borrachos, ni esperaré que un mendigo se sienta agradecido cuando le dé una moneda”. 28. Clínicas alborotadas salen de la inmovilidad de los modelos consagrados. Profanan las cuatro paredes y la camilla de la representación médica. Se trata de movimientos de expansión. Más que de una clínica ampliada, una clínica expansiva de la imaginación. 29. Alfredo Moffatt -que se desempeñó en 1984 como director del Hogar Felix Lora (asilo de indigentes de la ciudad de Buenos Aires)- supo describir el hábitat que componen en las calles de la ciudad quienes viven encerrados en el afuera. La impudicia de sus desnudeces, la sensualidad del fuego, las latas que ironizan la obra de Warhol, el clima de campamento, los gestos de libertad. Cuenta Moffatt que con Pichon-Rivière se vestían de locos para ir al Borda. Se paseaban con ropa exótica y decían todo lo que pensaban. Así escuchaban cosas que nadie decía a los psiquiatras. Practicaban un habla clínica despojada de ropajes profesionales. La palabra franca del no poder. Un día a la salida del hospital los paran de mal modo en la puerta: “Y ustedes, ¿a dónde creen que van? A nuestras casas, ¡yo soy el doctor Enrique Pichon-Rivière y él es el arquitecto y psicólogo social Alfredo Moffatt!”. Tuvieron que mostrar los documentos para que los dejaran salir. 30. Rodolfo Kusch publica en 1961 un artículo que titula El hedor de América en el que relata su experiencia insegura, incómoda, temerosa, en las calles del altiplano. Escribe: “…restituimos nuestra libertad por el lado de la pulcritud. Porque es cierto que las calles hieden, que hiede el mendigo y la india vieja, que nos hablaba sin que entendiéramos nada, y es cierto, también, nuestra extrema pulcritud. Y no hay otra diferencia ni queremos verla, porque tenemos miedo. El miedo de no saber cómo llamar todo esto que nos acosa y en lo cual estamos como hundidos”. Fetideces reponen la vida en los cuadernos aseados de las normalidades. Años después Kusch aprovecha la distinción, que la lengua castellana posibilita, entre los infinitivos ser y estar. El verbo ser que alude (entre otras cosas) a estar sentado y estar que designa el acto de estar de pie, pronto para la marcha. Dos figuras que conjugan diferentes modos de pensar la existencia. Ser en tanto sentaderas o nalgas de lo vivo, estar en tanto andanzas que siempre comienzan. Sugiere que, tal vez, casi todo consista en aprender a habitar un común estar andando. 31. Vidas que incomodan desprenden vahos, vapores de dolor, malos alientos arrinconados en las calles o deportados a una institución. Desquicias encerradas en las calles o encerradas en los manicomios refuerzan la necesidad de distinguir los infinitivos ser y estar. No conviene pensar en seres desencajados, asentados en estructuras deficientes. Resulta inevitable habitar momentos desquiciados, estados de quebrantos, momentos en los que duele hasta lo insoportable la vida. Así navegamos corrientes que, a veces, se estancan. Osamentas sin albergar, tiradas en esquinas bajo el techo de un balcón, en puentes, en mínimos zaguanes, esperan en una de las últimas sedes que anteceden al patíbulo. Manicomios se emplazan como el lugar de una ejecución. 32. Filoctetes no interviene en la ciudad como el procedimiento de la cámara sorpresa que toma por asalto a quienes pasan para captar reacciones desprevenidas. No abusa del susto que un imprevisto provoca en una candidez que pasaba en ese momento. No pretende hacer reír ni entretener con el espanto, la indiferencia, la piedad. El mérito de Filoctetes reside en posibilitar estados de conversación. Lo imperecedero de la obra no consiste en golpear o violentar al espectador haciéndole creer que en el lugar del muñeco hay una vida que agoniza. Importa otra cosa: darse a la ocasión para hablar sobre cómo se está viviendo. Filoctetes interesa como estética conversacional. La posibilidad de una plática entre quienes pasan por ahí como reinvención dialógica de la política de la ciudad. Incluso el rechazo ofendido y ofuscado de quienes objetaban intenciones horrendas y malsanas de la acción, se podría pensar no como rechazo de la escena de los muñecos de látex en posiciones de peligro o desgracia, sino como negativa da entrar en una conversación. 33. Conversaciones no se ofrecen como tertulias ni como cotillones manicomiales. Un estado de palabra en una institución, como en una ciudad, supone un acta de defunción que se suma a las muchas muertes necesarias para terminar con lo que daña la vida. 34. Arte y clínica sufren la presión de los protocolos, la tentación de los automatismos, el aplanamiento de las instituciones. Si no ¿por qué se necesitaría hablar de una estética o una clínica vivas? Durante la acción una voz se queja: “Esto es de mal gusto”. 35. Después de todo, ¿en qué consiste eso que todavía llamamos realidad si no en una común conversación? Supongamos una afectividad que dicen “vive más en la fantasía que en la realidad”. Una receptividad resguardada que prefiere no salir de la casa y se rehúsa a cualquier invitación. Una agitación que se comunica en voz alta con amistades y amores que no tiene. Un ansia que insiste en mandar audios en los que narra lo que siente a un número de celular en el que está bloqueado. Supongamos que quienes cuidan esa emotividad tratan de protegerla de circunstancias dolorosas. Imaginemos que le informan sobre la muerte de una persona cercana, pero no le dicen que se suicidó. Eso que se nombra como estar en la realidad supone participar de una conversación. Tomar parte en una conversación sobre la muerte, en una conversación sobre el amor, en una conversación sobre la amistad, en una conversación sobre el dinero, en una conversación sobre las miradas que estigmatizan. Estar en la realidad quiere decir intervenir en las conversaciones que anudan algo de las hebras dispersas que se agitan en un presente. 36. Una coincidencia: en tiempos del Proyecto Filoctetes se realizan acciones para terminar con el encierro de las demasías amordazadas. Se inicia un movimiento clínico conversacional en la gran sala de un pabellón y en muchos lugares a la vez del hospital: en los pasillos, en los baños, en los parques o junto a una debilidad que pasó la noche afiebrada. 37. Artes y clínicas traman cercanías y distancias con una convicción: “Normalidades enferman, demasías no”. Durante la acción una infancia se sienta en cuclillas junto a un muñeco para verlo con atención. Se podría decir que está ahí, en la escena, en estado de afectación. Sumida en una silenciosa conversación. 38. Clínicas insolentes dicen en la sala: “Las próximas horas vamos a estar para hablar de cualquier cosa que necesiten o tengan ganas”. 39. Sin embargo, rara vez se sabe estar en una conversación. No se trata de un debate, una conferencia, una clase, un alegato, una disputa, un adoctrinamiento, una demostración, una defensa. Estar en una conversación tal vez signifique estar en un común hablar a salvo de las relaciones de poder. Conversar no se confunde con imponer ni convencer. Conversar, si algo así se puede, supone el provisorio sostén de una trama de versiones sobre lo que nos está pasando. 40. Filoctetes más que como una intervención urbana se podría pensar como una interversión. La palabra versión, que participa de muchas movidas (perversión, conversión, inversión, diversión, subversión, aversión, animadversión, introversión), porta una sinceridad de la que el término realidad carece: de entrada declara su falta de verdad. Durante la acción una sensibilidad que se acerca a socorrer al muñeco se siente engañada, estafada, burlada. 41. Del gran salón parten también pandillas de palabras: una sensibilidad enfermera, una pasión residente, una vida internada, salen a escuchar. Dicen cada vez que se encuentran con alguien: “Venimos de la gran sala en la que se está conversando, si usted quiere decir algo lo escuchamos o, si prefiere, pasamos en un ratito. Después lo podemos contar o solo decir que usted dijo algo que pidió mantener en reserva o podemos aclarar que no quiso decir nada, pero que recibió la invitación”. 42. Poner en marcha estados conversacionales en una ciudad o en una institución supone sacudidas del sentido común. No se trata de las mesas puestas en esquinas en meses previos a las elecciones para conquistar votos divulgando una propuesta con parlamentos que imitan comunicaciones ideologizadas de la televisión. Una estética conversacional necesita pensarse como potencia interferencial: oportunidad para que se pongan a hablar heridas, sin una finalidad persuasiva. Durante la acción un repartidor de alimentos dice a su compañero: “Seguí adelante, porque este tipo está reventado y yo no puedo ver cosas con sangre”. El sentido común compone la piel de la impasibilidad. 43. Por momentos muchas voces se superponen en la conversación. Entonces: la vez siguiente dos o tres antenas comenzaron a anotar cosas que escuchaban y cada tanto las leían con entonaciones coloridas y dramáticas, como ecos que repicaban, como preguntas y tartamudeos, como invitaciones para que se siga hablando. 44. Filoctetes necesita crear un espacio de confianza en un sitio que no forma parte de un acuerdo o contrato conversacional como un teatro, un museo, un salón de muestras. Durante la acción un perro olfatea una compacta mansedumbre de látex. 45. Alguien quiso saber si estaba presente en la reunión porque no se veía. Entonces: la vez siguiente en el transcurso de la conversación se sacaron fotos, a quienes quisieron, para proyectarlas en una pared. A muchas de las existencias que participaban de la conversación les costaba reconocerse. Una voz dijo que “el encierro carece de relojes y espejos”. 46. Estéticas y clínicas se balancean entre la improvisación y la profesionalización. Profesionalismos tienden a la solemnidad, improvisaciones a no estudiar. Estéticas y clínicas apasionadas, no solemnes ni improvisadas, practican el desparpajo. Insolencias desafían costumbres y saberes uniformados. Durante la acción una vigilancia impaciente pega patadas en la cabeza del muñeco. En eso reside rehusarse a la conversación. 47. Alguien no podía parar de hablar. Entonces: la vez siguiente se dispusieron apartes, a un costado de la conversación, para que quienes lo necesitaran se pudieran explayar sin límites. Al final, se contaba algo, de todo lo que se había dicho, en la otra conversación. 48. Horacio González a propósito de esta obra de Wehbi escribe: “las experiencias artísticas más riesgosas son las que parten de la invitación a decidir qué se está viendo”. Cierto: para que se desate una conversación se necesita partir de un estado de indecisión. Durante la acción una señora toca la espalda de la figura caída. ¿Con ese acto entra en la conversación? Está en tránsito de decidir si quiere o no saber qué está pasando. 49. Alguien cuenta que está encerrado en el manicomio por un desgraciado desliz: justo se cayó en el parque del hospital cuando viajaba en su avión privado hacia Miami. Explica que nunca pasó por migraciones. Entonces: la vez siguiente se dispuso una mesa franqueando una de las puertas de entrada con un pequeño cartel que decía “Oficina de migraciones: pasar a contar algo por acá”. 50. A veces, fuerzas represivas y disciplinarias entran en la conversación. Durante la acción un policía, con sentido de lo verosímil, ubica al muñeco en una posición más creíble. 51. Alguien dice que se siente lanzando mensajes en una botella. Entonces: la vez siguiente se ofrecieron diez envases con corchos bien ajustados. Se propuso, a quienes tuvieran ganas, escribir, dibujar, garabatear algo. Y que lo hicieran en pequeñas tiras de papel. Podían estar firmadas o no, podían leerse en la conversación o no. Una voz propuso ir un día a tirarlas en el río. Otra sugirió enterrar una botella al pie del árbol más antiguo de la Colonia. 52. Pasar de largo protege de lo que más se teme. Durante la acción una voz murmura: “Me veo a mí dentro de poco”. 53. Una conversación se inicia cuando una emoción se anuda en la garganta, cuando el corazón se siente en apuros, cuando las manos transpiran, cuando el cuerpo se vuelve una esponja, cuando la lengua habla sola. Incluso una conversación se inicia cuando se entra en un prolongado silencio. 54. Alguien relata, en un aparte, a una de las psicólogas que carga con un secreto que le “carcome la conciencia”. Algo que nunca contó ni contará a nadie. Entonces: la vez siguiente se incorporó a la conversación un gran tacho de metal. Se sugirió, a quienes querían, escribir un secreto o tormento. Se aclaró que incluso se podía dejar la hoja en blanco. Pero, cada cual se tenía que hacer cargo de pararse y echarlo en la gran olla. Luego se quemaron todas las penas calladas. Al final, una extraña procesión de penitentes salió a esparcir cenizas en los jardines. 55. A veces, cuando todo duele se desearía tener un cuerpo de goma. Durante la acción una vida, en su desamparo, pidió la ropa del muñeco porque la encontró en mejor estado que la suya. 56. Alguien cuenta que soñó que el Gauchito Gil lo visitaba para decirle que se quedara tranquilo, que toda su familia iba a estar siempre bien. Enseguida preguntó si había un santuario cerca para agradecerle. Entonces: la vez siguiente se proyectó fabricar un altar. La conversación consensuó levantarlo debajo del techito en el que se sentaba a esperar un compañero muy querido que había muerto hacía poco. En los días que siguieron el santuario se llenó de regalos y ofrendas, de objetos y deseos. Alguien dejó cigarrillos y una copa “para calmar los vicios de la muerte”. 57. Tiempos de la peste instalaron el imperativo “Tener una cama”. Conocido sintagma hospitalario. Último pedido en la intemperie. Refugio provisorio o final que narra nacimientos y amores, sueños y pesadillas, cuidados y abandonos., placeres y caricias, soledades y desolaciones. Una vida que decidió irse del manicomio hizo que el equipo que la acompañaba firmara un compromiso de que, en caso de querer volver, siempre iba a tener una cama esperándola. 58. Insolencias cansadas no retornan al redil de los acatamientos normativos, se retiran en espera de otras llamadas. 59. La palabra siempre hurta algo a la vida, su desdicha consiste en nunca llegar a nombrarla. La obra de Wehbi (como la clínica) no escapa a esa desventura. Fuente: https://archivofiloctetes.com.ar/ensayos/entrar-en-conversacion-insolencias-clinicas/
- Valió la pena / Vicente Zito Lema
Valió la pena haber nacido Para seguir naciendo En el ángel del rocío Que anuncia la mañana… Seguir naciendo / sobre la tierra sagrada / en cada enjambre de lirios al pie del camino… En la palabra que es alma y fuego de todo lo vivo y nos vuelve humanos… soplo de poesía… Seguir naciendo en la música / la pura luz que ahuyenta el infierno aunque ayer mismo fue oscuro apenas triste silencio / pesadumbre que amenazó infinito… sin serlo… Ah música… Que despierta el alba de la noche Ah palabra… Que interroga la noche de los días… ¿Valió la pena haber nacido y navegado contra viento y marea aún sin barco, sin cielo, sin puerto, sin dioses ni destino… ya escrito en la piedra…? A la hora de los lobos… / cuando la soledad cruje la última verdad / el rostro ante el espejo es saber que el viaje fue dicha / y el instante fugaz amaneció eterno… Agosto de 2021
- El intruso (fragmento) / Jean Luc Nancy
El intruso se introduce por fuerza, por sorpresa o por astucia; en todo caso, sin derecho y sin haber sido admitido de antemano. Es indispensable que en el extranjero haya algo del intruso, pues sin ello pierde su ajenidad. Si ya tiene derecho de entrada y de residencia, si es esperado y recibido sin que nada de él quede al margen de la espera y la recepción, ya no es el intruso, pero tampoco es ya el extranjero. Por eso no es lógicamente procedente ni éticamente admisible excluir toda intrusión en la llegada del extranjero. Una vez que está ahí, si sigue siendo extranjero, y mientras siga siéndolo, en lugar de simplemente «naturalizarse», su llegada no cesa: él sigue llegando y ella no deja de ser en algún aspecto una intrusión: es decir, carece de derecho y de familiaridad, de acostumbramiento. En vez de ser una molestia, es una perturbación en la intimidad. Es esto lo que se trata de pensar, y por lo tanto de practicar: si no, la ajenidad del extranjero se reabsorbe antes de que este haya franqueado el umbral, y ya no se trata de ella. Recibir al extranjero también debe ser, por cierto, experimentar su intrusión. La mayoría de las veces no se lo quiere admitir: el motivo mismo del intruso es una intrusión en nuestra corrección moral (es incluso un notable ejemplo de lo politically correct). Sin embargo, es indisociable de la verdad del extranjero. Esta corrección moral supone recibir al extranjero borrando en el umbral su ajenidad: pretende entonces no haberlo admitido en absoluto. Pero el extranjero insiste, y se introduce. Cosa nada fácil de admitir, ni quizá de concebir… *** Yo (¿quién, «yo»?; esta es precisamente la pregunta, la vieja pregunta: ¿cuál es ese sujeto de la enunciación, siempre ajeno al sujeto de su enunciado, respecto del cual es forzosamente el intruso, y sin embargo, y a la fuerza, su motor, su embrague o su corazón?), yo he recibido, entonces, el corazón de otro; pronto se cumplirán diez años. Me lo trasplantaron. Mi propio corazón (la cosa pasa por lo «propio», lo hemos comprendido; o bien no es en absoluto eso, y no hay propiamente nada que comprender, ningún misterio, ninguna pregunta siquiera, sino la simple evidencia de un trasplante,ii como dicen preferentemente los médicos), mi propio corazón, por tanto, estaba fuera de servicio por una razón nunca aclarada. Para vivir era preciso, pues, recibir el corazón de otro. (Pero, ¿qué otro programa se cruzaba entonces con mi programa fisiológico? Menos de veinte años atrás no se hacían trasplantes, y sobre todo, no se recurría a la ciclosporina, que protege contra el rechazo del órgano trasplantado. Dentro de veinte años seguramente se practicarán otros trasplantes, con otros medios. Se produce un cruce entre una contingencia personal y una contingencia en la historia de las técnicas. Antes, yo habría muerto; más adelante sería, por el contrario, un sobreviviente. Pero siempre ese «yo» se encuentra estrechamente aprisionado en un nicho de posibilidades técnicas. Por eso es vano el debate que he visto desplegarse entre quienes pretendían que fuera una aventura metafísica y quienes lo concebían como una proeza técnica: se trata por cierto de ambas, una dentro de otra.) Desde el momento en que me dijeron que era necesario hacerme un trasplante, todos los signos podían vacilar, todos los puntos de referencia invertirse, sin reflexión, por supuesto, e incluso sin identificación de ningún acto ni de permutación alguna. Simplemente, la sensación física de un vacío ya abierto en el pecho, con una suerte de apnea en la que nada, estrictamente nada, todavía hoy, podría separar en mí lo orgánico, lo simbólico y lo imaginario, ni distinguir lo continuo de lo interrumpido: todo eso fue como un mismo soplo, impulsado de allí en más a través de una extraña caverna ya imperceptiblemente entreabierta, y como una misma representación, la de pasar por la borda mientras se permanece en la cubierta. Si mi propio corazón me abandonaba, ¿hasta dónde era «el mío», y «mi propio» órgano? ¿Era siquiera un órgano? Desde hacía algunos años experimentaba cierto palpitar, quiebres en el ritmo, poco en verdad (cifras de máquinas, como la «fracción de eyección», cuyo nombre me gustaba): no un órgano, no la masa muscular rojo oscuro acorazada con tubos que ahora, de improviso, debía imaginan. No «mi corazón» latiendo sin cesar, tan ausente hasta entonces como la planta de mis pies durante la marcha. Se me volvía ajeno, hacía intrusión por defección: casi por rechazo,iii si no por deyección. Tenía ese corazón en la boca, como un alimento inconveniente. Algo así como una náusea,iv pero disimulada. Un suave deslizamiento me separaba de mí mismo. Estaba allí, era verano, había que esperar, algo se desprendía de mí, o surgía en mí donde no había nada: nada más que la «propia» inmersión en mí de un «yo mismo» que nunca se había identificado como ese cuerpo, todavía menos como ese corazón, y que se contemplaba de repente. Por ejemplo, al subir las escaleras, más adelante, cuando sentía las palpitaciones de cada extrasístole como la caída de una piedra en el fondo de un pozo. ¿Cómo se convierte entonces uno en una representación para uno mismo? ¿Y en un montaje de funciones? ¿Y dónde desaparece entonces la evidencia poderosa y muda que mantenía el conjunto unido sin historia? Mi corazón se convertía en mi extranjero: justamente extranjero porque estaba adentro. Si la ajenidad venía de afuera, era porque antes había aparecido adentro. Qué vacío abierto de pronto en el pecho o en el alma —es lo mismo— cuando me dijeron: «Será necesario un trasplante»... Aquí, el espíritu tropieza con un objeto nulo: nada que saber, nada que comprender, nada que sentir. La intrusión de un cuerpo ajeno al pensamiento. Ese blanco permanecerá en mí como el pensamiento mismo y su contrario al mismo tiempo. Un corazón que sólo late a medias es sólo a medias mi corazón. Yo no estaba más en mí. Llego desde otro lado, o bien ya no llego. Una ajenidad se revela «en el corazón» de lo más familiar, pero familiar es decir demasiado poco: en el corazón de lo que nunca se designaba como «corazón». Hasta aquí, era extranjero a fuerza de no ser siquiera sensible, de no estar siquiera presente. De allí en más desfallece, y esta ajenidad vuelve a conducirme a mí mismo. «Yo» soy porque estoy enfermo («enfermo» no es el término exacto: no está infectado, está enmohecido, rígido, bloqueado). Pero el que está jodido es ese otro, mi corazón. A ese corazón, ahora intruso, es preciso extrudirlo. i Étranger en el original. El rango de significados del término es amplio, ya sea que se lo emplee como sustantivo o se lo utilice en forma adjetiva: es el extranjero, el que llega desde afuera, pero también el extraño. Como sustantivo, puede significar «extranjero», «extraño» o «ajeno». Hemos optado por traducirlo como «extranjero» cuando el término entra en tensión con otro que remite a la llegada desde afuera: «el intruso». Como adjetivo, y dados los diferentes contextos en que es empleado, optamos por traducirlo como «ajeno». En relación con otro término asociado, étrangeté, preferimos «ajenidad» a «singularidad»; en este último caso no hay ambigüedad posible con «extranjería», que en el original aparece como étrangéreté. (N. de la T.) ii Salvo aquí, cada vez que en el texto se hace referencia al trasplante se utiliza el término greffe. En este caso se opta por un término menos coloquial, puesto que es el que utilizan los médicos: transplantation, el cual hace referencia al proceso de trasplante del órgano completo y la reconexión del sistema de vasos que se le asocian. En francés, a diferencia del español, greffe se refiere tanto a la operación para extraer el órgano del donante como a la operación de implantación del órgano en el receptor (en español se dice «ablación», y «trasplante» se reserva únicamente para la operación de injerto del nuevo órgano en quien lo necesita). En francés se emplea el término greffon para hacer referencia al órgano a trasplantar o trasplantado. (N. de la T.) iii Juego de palabras imposible de traducir: los términos en francés son intrusión, défection, réjection, déjection. En el caso del tercer término, en español se pierde la terminación en «ion», puesto que se lo debe traducir como rechazo (del órgano) (N. de la T.). iv Otro juego de palabras intraducible: coeur, corazón, es un término que también forma parte de expresiones relacionadas con los malestares estomacales, como en el caso de la expresión avoir mal au coeur (tener náuseas). En este caso, la expresión haut-le-coeur, que literalmente significa tener el vómito al borde de los labios, juega con la idea de detención del corazón (haut da también la voz de alto: ¿arriba las manos! es haut les mains!) la arritmia que provoca la dolencia del autor, pero también con la idea de tener coraje: hauts les coeurs! tiene su equivalencia exacta en la expresión «¿arriba los corazones!». (N. de la T ) Fuente: Amorrortu editores, Buenos Aires –Madrid Traducción: Margarita Martinez Primera edición al castellano: 2006
- Diálogo con "Despedidas" / Verónica Scardamaglia
1. Una inquietante fotografía del artista conceptual islandés Sigurdur Gudmunsson, quien participara del movimiento Fluxus, acompaña las Sesiones del naufragio Despedidas. Cada fotografía de este artista, una performance, un paisaje visual despojado de la intención de autorretrato. 2. Allá por el año 2010, Erroristas junto con Nicolás Koralsky, profesor de la materia y curador de la cátedra, realizaron una intervención en el aula 14 para un parcial de la materia Grupos Dos. El aula quedó entreverada en diagonal, a lo largo y a lo ancho, con cintas de videocassettes encontrados en un volquete. En medio de las sillas universitarias llenas de nerviosismos que rendían su examen, sostenida y enredada entre las cintas marrones, colgaba una cabeza de carnero (inflable) casi como espejándose en el ritual sacrificial de la evaluación. 3. Uno de aquellos artistas, Hombre Rural, ahora está viviendo en Islandia. Entre el 7 y el 10 de octubre participará del festival Oh no! en Akureyri, un festival internacional de performances y actuación, gratuito, al que invitan a jóvenes artistas y artistas de trayectoria. Además de su nombre se encuentran en el programa tantos apellidos difíciles de pronunciar que, a primera lectura, hacen creer en una coincidencia posible con quien acompaña las sesiones del naufragio. Incluso hay fotografías que, por su estética, podrían aproximarse. Pero no. Sigurdur Gudmunsson, quien ha sido elegido como representante por Islandia para la 59° Bienal de Venecia para 2022, no estará en el festival. 4. Un texto activa diálogos como gesto que busca atrapar ideas que, muchas veces, quedan en el aire. Activa y desata estados conversacionales posibles desmarcados de tiempos y espacios. Algunos, encuentran su curso y saltan al papel. Otros no. 5. ¿Cómo estar en la vida sabiendo de las despedidas? 6. ¿Cómo se llevaría la muerte sin las decoraciones que ofrece, ya de antemano, el espectáculo? 7. Escribe Marcelo Percia en Despedidas: “Se escucha que no se sabe cómo llevar la muerte. ¿Hay muertes llevaderas? Sabemos muertes que se llevan como torturas sin fin. Muertes que se llevan como aguijón de crueldad. Sabemos de aflicciones que hacen morir viviendo. Pero, ¿se trata de llevar la muerte o de llevar la vida con el pesar de la muerte?” 8. Un gran amigo que sabía del amor, las luchas y lo festivo, que sabía de estar en la vida, proyectó la película Harold & Maude (USA, 1971) en un ciclo de cine que organizaba llamado -sencillamente- La peli dominguera, a los pocos días de recibir un diagnóstico de cáncer. 9. La peli dominguera se mudó una vez a una escuela. En ella se proyectó para 4to 2da, Locas Margaritas (1966, dirigida por Věra Chytilová), una película surrealista checa que descolló en el aula. La conmoción que dejó fue tal que, hacia fin de año, eligieron como nombre para un fanzine transfeminista "De-mentes rosas". Una vez terminada aquella proyección, la moral docente inquirió: - ¿Y? ¿Qué les pareció?. Lucas respondió categórico: - No entendí nada profe, pero me encantó. 10. Harold & Maude, dirigida por Hal Ashby, película majestuosa de las llamadas “comedias negras” (con todas las incomodidades que hoy alertamos en ese nombre) resultó un gran fracaso crítico y comercial al estrenarse pero se transformó en película de culto hacia los 80. Relata la historia de un muchachito rico tan obsesionado con la muerte que ensaya, casi como pasatiempo, diferentes métodos de suicidio, mientras esquiva mandatos familiares y se ofrece a una extraña forma de amor que deja a la vista otras maneras de estar en la vida. 11. En la sala crematoria, entre un recitado de Alfonsina Storni, borbotones de palabras llenas de amor que se resistían a la despedida y un estallido de aplausos para aquel artista del under de los 80, dejamos como ofrendas sobre el ataúd que jamás contendrá a esa sensibilidad alborotada y rezongona, una bandera rojinegra y una boa de plumas de colores, regalo que recibiera en algún cumpleaños. 12. Escribe Marcelo Percia: “En algunas despedidas no hay afuera de la tristeza: se respiran tristezas, se caminan tristezas, se duermen tristezas. Solo eso, nada más que eso. Se lleva la muerte como se lleva una tristeza que entristece todas las cosas.” 13. Cuando la pandemia obliga a la distancia, a veces, necesitamos inventarnos rituales para que la tristeza nos lleve “como se lleva a un niño”. A pesar de los protocolos, el 26 de julio se tiraron las cenizas de Nahuel sobre el tronco del eucaliptus frente a la escuela, bajo el que solían reunirse durante y después de egresar. El Gobierno de la Ciudad lo había talado innecesariamente en febrero. Dos meses después de aquel doloroso día, casi como respuesta mágica ante tanto amor, el eucaliptus sacó nuevos brotes. Hoy se emplaza en ese lugar un espacio de la juventud solidaria, como gesto cariñoso hacia Nahue y quienes lo seguimos queriendo. 14. Escribe Marcelo Percia: “Se escucha que tras la despedida se necesita hacer el duelo (eso que nadie sabe cómo se hace).” 15. Estaban en 1er año. Iban y venían las cuatro juntas. Se sentaban juntas, parloteaban juntas, estudiaban juntas. Una mañana, en un recreo, con el ceño fruncido me interceptan al pie de una escalera y preguntan: ¿Cómo sabemos si estamos enamoradas? 16. Escribe Marcelo Percia: “Se piensa que una muerte se lleva como se lleva lo irreparable. Pero, ¿cómo se lleva lo irreparable?” 17. Desde el año pasado se decidió ofrecer un espacio virtual para acompañar a familiares de víctimas de gatillo fácil. Primero se lo llamaba “el espacio de los psicólogos”. Luego de una pregunta inquisidora que tejió complicidades -“Y vos ¿cómo comés las aceitunas?”-, pasó a llamarse el grupo de las aceitunas. No hay encuentro en el que no irrumpa lo injusto. Ya se trate de una causa cajoneada, un fiscal inoperante, un recuerdo de una sonrisa, una necesidad de mirar al asesino a los ojos el día del juicio, una promesa de justicia que nunca llega. ¿Cómo hace lo irreparable para vestir tantísimos disfraces? 18. Continúa Marcelo Percia: “Se dice que lo irreparable, a veces, se lleva haciendo doler el cuerpo para aturdir los sentimientos de dolor, como se describe en un pasaje bíblico “Se golpeaba el pecho: ademán de pesadumbre o contrición”. 19. Desvela pensar cómo acompañar lo irreparable. Hace unos días, referenciándonos en el trabajo de los organismos de derechos humanos, desde los que se habla de hijxs, hermanxs y hasta de nietxs de detenidxs desaparecidxs, reflexionábamos que, cuando se trabaja con familiares de víctimas de gatillo fácil, en lo primero que se piensa es en adultxs. Después de estos meses del grupo de las aceitunas y ante lo que se va abriendo desde los entramados de escucha, confianza y solidaridad, quizás tengamos que empezar a hablar de hijxs y nietxs de familiares y víctimas de gatillo fácil. Y encontrar formas de acompañar, a ellxs también, en lo irreparable. ¿Cómo se vive cuando ya desde la infancia irrumpe lo irreparable? 20. Leemos en Despedidas: “A veces, se habita una despedida alucinando lo ausente. Fantasía desolada que se abraza a una imagen prescindiendo de los sentidos.” 21. Lo ausente en estas familias, se hace presente en banderas, remeras, fotografías. El viernes 27 de agosto de 2021 se realizó la 8va marcha nacional contra el gatillo fácil que organizan una confluencia de diferentes familiares y agrupaciones en diferentes provincias. Marchamos en Córdoba, La Plata, Mendoza, Bariloche, Ciudad de Buenos Aires. Una convocatoria a artistas configuró una bandera insoportablemente larga con los rostros de jóvenes asesinadxs. Demasiado jóvenes. Demasiados. En estas marchas, una tras otra, durante horas, ocupan el micrófono diferentes familias que dan testimonios, insoportables de escuchar, del accionar de la maquinaria repetitiva de asesinatos e injusticias. 22. Quizás se trate de "malas víctimas". Víctimas que se rebelan a ese lugar y que encuentran formas de enlazar en movimientos que las impulsen a denunciar y a hacer visible esos dolores. Añade Marcelo Percia que se pueden pensar estas acciones en relación con la idea de contraproductividad en Foucault. Foucault ubica allí una resistencia a la producción disciplinaria, en tanto producción de otras formas que hacen resistencias. En referencia a esto escribe en el Manifiesto contrasexual (2000) Paul B. Preciado: “la producción de formas de placer-saber alternativas a la sexualidad moderna, como forma de resistencia a la producción disciplinaria de la sexualidad en las sociedades modernas, como formas de contradisciplina sexual”. 23. El taller de circo del Frente de Artistas del Borda también se presentó alguna vez, entre sillas universitarias y pizarrones, en el aula 14. Nos engalanaron con algunos números de la obra “Hasta dónde llega tu corral”. Malabares y payasadas se hicieron presentes. Imposible traer las telas o el trapecio. Cuando hacían su despliegue completo, resultaba conmovedor ver a los artistas en las alturas. Ya sea en la punta de una pirámide humana, ya sea hamacándose en las telas, ya sea sobre el trapecio. Impactaba y emocionaba cómo se sostenían ahí destrezas, miradas y aplausos. Uno de los números donde brillaba Ever, su gran trapecista, se llamaba “Al maestro con cariño”. Este nombre, hoy se enuncia como dolorosa despedida. 24. Despedidas como invocación. Como invitación esquiva a hablar de lo que no se habla. Como nombre falso de un último encuentro, que no es encuentro ni es el último. ¿Cómo conciliar vidas y despedidas? ¿Cómo vivir sabiendo de esa irrupción a la que nunca nos acostumbramos? 25. Escribe Marcelo Percia: “Llamamos despedida al último acto del amor y llamamos duelo a la pesadumbre del amor derrotado.”
- Post Guardia XXXIV/ Débora Chevnik
Después del horror y antes de las tranquilidades, ¿callar? ¿acallar? ¿encallar? Después de ocurrido y antes de nombrar, digamos, algo, ¿qué es hablar? ¿Qué es hablar en las instituciones? Después del sufrimiento y antes de los cánones, ¿qué es hablar? ¿Qué es hablar en una institución? Después de lo irreductible y antes de la simplificación, ¿cómo hablar en un hospital? Hablar con, hablar ante, hablar contra, hablar para. Hablar a pesar. Hablar entre. ¿escuchar? Hablar sin. ¿Salir de un acallamiento, es salir de una institución? ¿Es hablar por fuera de dispositivos de comprensión conquistadora? Después de lo indecible y antes de la blableta, ¿cómo mantener la X sin descifrar? Orfandad. Intemperie. Y júbilo. ¿Cómo quitarle el grillete al oído? ¿Cómo salirse de la lengua que captura lo vivo y también lo muerto? Y lo morido, también. La potencia de hacer hablar que tiene la muerte, lo muerto y lxs muertxs queda fácilmente carbonizada. Dando nacimiento a la ya reencarnada mil veces, lengua grillé. Lengua a la plancha. “Poner en palabras”. ¿Mercado? ¿Estado? ¿Religión? ¿Otra religión? ¿Cómo llenar de democracia las palabras? De pueblo. De duelo. De nuevo. antes, sacar las palabras con que las disciplinas e interdisciplinas institucionalizan la lengua. Y la llenan de rejas, conformando tranquilidades que consumen sosiegos vencidos. Palabras instituidas, claras, derrotadas, frágiles, rectamente técnicas, nos sacan del problema. Continuar en la incómoda comodidad, cuánta tentación. antes, sacar las ventanillas de la burocracia y colmar de ventanas. Paredes, techos, pisos, puertas, incluso las mismas ventanas. Poner ventanas en los membretes, en los sellos y en la letra o. Abrirlas todas de par en par, hasta de impar abrirlas. Y que sacudan, refresquen, traigan alfombras voladoras con la magia renovada. Y entren cantos y cuentos que nos susurren los oídos maltrechos. Y nos regalen palabras recién cocinadas o crudas pero con todo su perfume. En los hospitales hablamos; las prácticas las hacemos y las deshacemos con y en la lengua. Anosmia y disgeusia con las palabras. Dos síntomas. Estamos cerca de privar de vida un por venir menos distópico para los hospitales. Cerca de suicidar la potencia hospitalaria que los hospitales aún tienen. ¿cómo lamer la vida en los hospitales? ¿qué prácticas llegarían si le frotáramos vida a la lengua?
- Ingenuidad y Fuga (selección) / Blanca Lema
Cuando había violencia doméstica, dejaban a los niños en las casas de los vecinos. Infancia Estoy preocupada por esta casa que se sacude dentro de mí. En ella hay personas con párpados que hablan un morse extraño. Su angustia rueda de un lado al otro como una botella de leche vacía. Preguntan por mí, la vieja niña vieja que usa la tristeza como una falda. Pero hoy no es día de amnistía. Hoy es el día de aceptar los caramelos de los vecinos. La intempestiva deportación con los otros. Sublinguales, blasfemos… ¡idiotas! Ellos cantan la canción del “no puede ser” Es lo ocurrido no creído, temblando sobre mi infancia. ¿Cuántas rocas hemos llevado en la espalda para construir la casa que será bombardeada? Suspiro. Es el alivio del perdón siempre más grande que el del olvido. A las mujeres, en medio de una sesión de tortura, nos decían: “pobrecita”. Estocolmo Mientras me matas me das tus condolencias por esa muerta que pronto tendré dentro mío. Ella será como una bacteria que lo soporta todo. Ella será como una madre fría. Irá haciendo con cada uno de tus horrores, un terrón de azúcar. Uno pequeño que atará a las puntas de mi pelo. Tendré así un peinado dulce que engañará a todos, menos a las abejas. Estarán ellas arriba de mí, punzando mi cabeza. Detectando lo amargo que es el ocultamiento. Hoy la muerta que me pusiste para que te amara se ha deshilachado, como se deshilacha el vestido de una momia. Es sólo un hilván que asoma con vergüenza por debajo de mi nueva falda. La plisada, la que tiene arrugas, la que baila su pausada extradición de los genes. Y estoy aquí, deportándome de ese lugar que no debí conocer. Presenciando en mí el silenciamiento final de la nieve. Todos los días aumentan los crímenes por odio hacia las personas trans. Tránsito En los días luminosos siento las partes mías que no estaban cuando nací. Ellas reclaman su membresía y entran en mí como viajeros en tránsito. Entonces soy negra, soy hombre. Soy lo microscópico que inventa la piedra para hacerse liquen… y soy el transatlántico enorme que se pierde cuando lo quieres ver. Vivo en el perineo de lo invisible esperando el bautizo de lo que no lleva nombre. —¿Qué eres? —¿Cuándo? En otro lugar estará el mar cuando lo pueda tocar. Cuanto estábamos muy mal, a veces, nos llevaban a la enfermería. Enfermería ¡No puede ser y avanzan! ¡No puede ser! y siguen avanzando. Son mis pensamientos caminando por las baldosas flojasde mis palabras. Los doblo en cuatro, lo doblo lentamente como si lo que pensase fuese el paño húmedo que llevo sobre la frente. Dos pájaros se acercan a nuestras camas. Mi compañera les pregunta quién de las dos despertará mañana. Ambos pájaros se miran y vuelan sin contestar. Nos dejan en el cuarto de la pequeña muerte. Pequeña como yo callada y llena de vida. —¡Soy tan fuerte, tan fuerte! No te asustes de mí, escapemos juntas, si quieres. En mi sueño, alguien tira rosas al agua del lavamanos. Supe así que solo yo había amanecido. Ese día doblé muchas veces el paño de mi frente. Espía La muerte se fue a dormir, está soñando conmigo. Soy su espía. Puedo ver dentro de su árbol. Puedo ver las preguntas que cuelgan de sus ramas llegando a su cama. —¿Comes? ¿Respiras? La muerte quiere el abismo después de un beso. La duda no retornable sobre el derecho a vivir. Camino por sus sábanas llevando el misil de mi dolor. Me prometo ser una reina de belleza. Diría la verdad. Diría que quiero la paz mundial. Pero yo, la soñada por la muerte, seré otra vez… El ángel que no reconoceré. Blanca Lema Poemas de su libro inédito “Ingenuidad y Fuga.” Buenos Aires, Mayo-junio 2020
- Una guía sobre el arte de perderse (fragmento) / Rebecca Solnit
“En una célebre noche del solsticio de invierno de 1817, el poeta John Keats iba charlando con unos amigos de regreso a casa y «en mi mente se enlazaron varias cosas y de pronto comprendí qué cualidad es aquella que, especialmente en literatura, contribuye a formar un hombre de mérito […]. Me refiero a la “capacidad negativa”, es decir, a la virtud que puede tener un hombre de encontrarse sumergido en incertidumbres, misterios y dudas sin sentirse irritado por conocer las razones ni los hechos».[1] De una forma u otra, esta idea aparece una y otra vez, como los lugares ”“señalados como «Terra Incógnita» en los mapas antiguos. «Desorientarse en la ciudad […] puede ser muy poco interesante, lo necesario es tener tan solo desconocimiento y nada más —dice el filósofo y ensayista del siglo XX Walter Benjamin—. Mas de verdad perderse en la ciudad —como te puedes perder dentro de un bosque— requiere bien distinto aprendizaje». Perderse: una rendición placentera, como si quedaras envuelto en unos brazos, embelesado, absolutamente absorto en lo presente de tal forma que lo demás se desdibuja. Según la concepción de Benjamin, perderse es estar plenamente presente, y estar plenamente presente es ser capaz de encontrarse sumergido en la incertidumbre y el misterio. Y no es acabar perdido, sino perderse, lo cual implica que se trata de una elección consciente, una rendición voluntaria, un estado psíquico al que se accede a través de la geografía. Aquello cuya naturaleza desconoces por completo suele ser lo “que necesitas encontrar, y encontrarlo es cuestión de perderse. La palabra lost, «perdido», viene de la voz los del nórdico antiguo, que significa la disolución de un ejército. Este origen evoca la imagen de un grupo de soldados rompiendo filas para volver a casa, una tregua con el ancho mundo. Algo que me preocupa hoy en día es que muchas personas nunca disuelven sus ejércitos, nunca van más allá de aquello que conocen. La publicidad, las noticias alarmistas, la tecnología, el ajetreado ritmo de vida y el diseño del espacio público y privado se confabulan para que así sea. En un artículo reciente sobre el regreso de los animales salvajes a los barrios residenciales de las afueras de las ciudades se hablaba de jardines nevados que están llenos de huellas de animales y en los que no hay presencia alguna de huellas de niños. Para los animales, estos barrios son un paisaje abandonado, así que deambulan por ellos con total tranquilidad. Los niños rara vez deambulan, ni “siquiera en los lugares más seguros. A causa del miedo de sus padres a las cosas espantosas que podrían ocurrir (y que es verdad que ocurren, pero muy de vez en cuando), quedan privados de las cosas maravillosas que ocurren siempre. En mi caso, ese deambular durante la infancia fue lo que me hizo desarrollar la independencia, el sentido de la orientación y la aventura, la imaginación, las ganas de explorar, la capacidad de perderme un poco y después encontrar el camino de vuelta. Me pregunto cuáles serán las consecuencias de tener a esta generación bajo arresto domiciliario. [1] John Keats, Cartas, Barcelona: Editorial Juventud, 1994, traducción de Concepción Vázquez de Castro, p. 29. (Todas las notas de esta edición son de la traductora). Fragmento de: “Una guía sobre el arte de perderse”. Rebecca Solnit. CAPITAN SWING Editorial, 2020, MADRID. Traducción por Clara Ministral.
- Sexualidades en aislamiento. Eros no usa classroom / Nadia Minghetti
Pandemia, cuarentena y la invisibilización de la diversidad. Año 2020. Este artículo fue escrito mientras se transitaba el aislamiento social, preventivo y obligatorio impuesto por decreto a raíz de la pandemia de covid 19 en el año 2020. Un año entero intentando llevar adelante un proceso de enseñanza aprendizaje a través de plataformas, computadoras, celulares, cámaras apagadas, silencios tristes y frustración. Una profesora de Historia mientras buscaba propuestas didácticas para hablar de un pasado remoto también iba analizando las soledades que día a día se profundizaban del otro lado de la pantalla, principalmente las soledades de quienes habían decidido ser y salir del capullo de una lenta metamorfosis en un mundo que ahora les impedía despegar sus alas y volar como mariposas. La situación narrada es verídica. Por cuidado y privacidad fueron modificados los nombres reales. Un comienzo. “Me llamo Luz pero me dicen Juan”, así se presentó el primer día de clases de un año que terminó siendo otra cosa. Juan se sentó en el primer banco cerquita del pizarrón. La actividad era sencilla, escribir una carta breve de presentación. Juan se abría más que un libro y que su carpeta llena de calcomanías. Allí estaba contando que sus colores preferidos son el verde y el negro y que salió del closet pero que su mamá no lo acepta. Así comenzaba Juan su primer día de clases en su primer año de secundaria. Pero esto sólo duró una semana. A la siguiente, las clases estarían suspendidas y luego comenzaría un aislamiento social producto de la pandemia de covid 19. La escuela y les Juanes. Bien al norte del conurbano, hace un poco más de cincuenta años, un cura tercermundista levantaba un comedor con apoyo escolar en unos terrenos linderos al aeropuerto. Con el tiempo, ese comedor se fue transformando poco a poco en una escuela. El cura fue convocando maestras y organizando el barrio hasta que la dictadura lo acribilló en la puerta de su casa. La escuela siguió, perduró y creció hasta lograr abrir de forma paulatina todos los años de nivel medio. Si bien la escuela es parroquial católica, allí confluye el barrio con todas sus particularidades: evangélicos, ateos, familias que viven aún en casillas, otras que se convirtieron en clase media (baja, pero media al fin), pibas de pañuelo verde, campañas “pro vida”, sabiondos y trans. De esta manera, conviven en la escuela discursos conservadores, con jóvenes que llevan en sus mochilas atado el pañuelo verde y que se ven interpelados no por la política tradicional sino por la política sexual ya que comprendieron que la política sexual les toca bien de cerca en sus vidas cotidianas (Fulco, 2018) aunque en la parroquia que queda justo enfrente a la escuela esté colgada una enorme bandera con el dibujo de una mujer sin rostro abrazando un bebé que reza “No al aborto”. Pero a pesar de eso, la ley de Educación Sexual Integral (ESI) aprobada en 2006, establece que su implementación no se restringe a escuelas de gestión estatal sino también las privadas, incluyendo a las confesionales. Y además, la realidad supera cualquier impronta, cualquier ideario imponiéndose de la mano de quienes más empujan: les pibes. Dice Fulco que las identidades de nuestres estudiantes muchas veces estallan todos los modelos que conocemos y se inscriben en una línea que escapa a los encasillamientos. Porque por más escuela parroquial y conservadurismo hoy la escuela está para habilitar todas esas “cosas” que no se nombraban, no se explicaban y no se visibilizaban. La ESI ahora abre la puerta para ir a jugar. Pero no siempre todes les que conforman la escuela comparten esas ganas. Y esto se percibe primero, en la falta de estrategias pedagógicas que aborden la perspectiva de género y segundo, en la insistencia en seguir llamando a Juan por el nombre que él no reconoce como propio. Existe la ley pero existen las trampas. La ESI es transversal a todos los espacios curriculares, por ende a todes les docentes. Pero lamentablemente, tal como señala su abordaje sigue siendo biologicista y con perspectiva médica organizando el cuerpo biológico bajo el eje de la “prevención” y esta prevención es por lo general vista desde la cuestión de las mujeres y la heterosexualidad. Esto queda en evidencia en las charlas organizadas en la escuela que hacen hincapié en la autoestima, el cuerpo, el cuidado pero invisibilizando lo plural de todo eso quedando al margen de una propuesta y del dispositivo pedagógico de manera integral. Les Juanes vienen a hacer visible aquello que se niega “inestabilizando” de alguna manera la escuela, rechazando las prácticas “normales” y de normalización mediante una socialización desvinculada del orden conceptual dominante haciendo de la escuela un lugar para pensar lo impensable. Pero las tintas no pueden recaer sólo en el cuerpo docente sino también en la propia ley. Si bien el marco legal asienta las bases en temas de sexualidades incorporando una perspectiva integral de la misma, es en una sola asignatura que aparece por primera vez la diversidad sexual como tema. La pregunta es por qué, si los lineamientos de la ley están organizados por bloques de contenidos para los distintos niveles del sistema educativo, la diversidad sexual no se trata desde una perspectiva transversal ¿Cuántos alumnes transitan ese recorrido viendo invisibilizada su sexualidad siendo tal vez la escuela el único espacio que posibilite construir una identidad que muchas veces es negada en el seno familiar? Es el caso de Juan quien sostiene ser parte de la comunidad LGBTTIQ+ sin ser aceptado por su mamá. Es en estas realidades que la escuela debería cumplir su rol no sólo como espacio de construcción inclusiva y diversa sino como garante de derechos, principalmente el derecho a la identidad. Mamá no ¿La escuela sí? Juan no esconde quién es y menos quién quiere ser. Y fue en la escuela secundaria que comenzaría a transitar ese camino. No porque no lo hubiese comenzado. En definitiva el comienzo es cuando alguien decide que sea. Juan nos dio la posibilidad de pensarnos frente a esa realidad a la que todavía las aulas no están acostumbradas, ni las aulas ni la escuela como edificio ni como institución, porque los baños siguen siendo binarios y las filas para izar la bandera también, las listas que nos facilitan a les profes y la lista que en voz alta leen les preceptores cuando pasan asistencia. Y ahí se desnuda la no integralidad, la no diversidad o al menos el maquillaje que aún no termina de sacarse todo un sistema que por dentro y por fuera comenzó a resquebrajarse ya sea por una marea imparable como por el tiempo mismo que desgasta todo. Sin embargo, la ESI propuso un giro pedagógico aunque a simple vista no se vea reflejado en el espacio escolar. Ese giro pedagógico permitió poner en tensión los discursos legitimados sobre sexualidad e identidades permitiendo “desclandestinizar” prácticas educativas que tal vez venían desarrollándose en las sombras, generando de alguna manera un “caos saludable” al cuestionar ese “orden” establecido en la institución escolar, por ejemplo, cuando un profesor de Literatura propone a les alumnes textos como La leva o La historia de Margarito de Pedro Lemebel ¿Era posible esto antes de la ley? Tal vez sí pero descentrado o al margen del currículum preestablecido. Pero de un tiempo a esta parte, este tipo de propuestas pedagógicas no solo convierte en centro a los márgenes, en términos de Louro, sino que permite poner atención en las formas en las que se construye el conocimiento, se ejerce el poder y se configura el deseo. Porque la escuela como esfera pública, es también un espacio para la formación y concreción de las identidades sociales. Ahora bien, esta posibilidad de pensar más allá de los límites establecidos por la heteronorma en un punto se vieron afectados cuando se estableció la suspensión de clases a partir del 16 de marzo (a una semana de iniciado el ciclo lectivo para el nivel secundario) y el Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio cuatro días después. El caos dejó de ser saludable para pasar a ser sólo caos y los márgenes dejaron de pretender ser el centro. Eros no usa classroom. “Hola Luz cómo estás?! Muy buen trabajo!…” se leé en el mensaje que una docente le manda a Juan como devolución de sus tareas. “Hola Profe, si no le molesta me puede decir Juan por favor”, es la respuesta seca y sin signos de exclamación que el estudiante replica. La pandemia y el consecuente aislamiento nos fue desdibujando las caras de aquellos chicos y aquellas chicas que vimos en esa primera semana de clases y en el caso de algunos y algunas docentes sólo una vez. Y la relación enmudeció en una plataforma que tan solo recibe y devuelve fotos de hojas de carpeta apoyadas en alguna mesa o con suerte, documentos de word de quienes tienen la posibilidad de contar con una computadora. El classroom abolió el intercambio y la espontaneidad. Y para otres, directamente el classroom no existe porque no tienen wi fi o los “datos” del celular no permiten usar la aplicación. Sin classroom, sin computadora, sin escuela… Así como la pandemia dejó al desnudo las enormes desigualdades en materia educativa, ensanchando aún más la brecha digital, también profundizó la enorme desigualdad social en términos de género, sexualidades y derechos. La escuela, a pesar del enorme esfuerzo por mantener el vínculo a través del intercambio digital, ya no está para que les Juanes puedan desplegarse allí. La vulnerabilidad representa una fuente de desigualdad en la construcción de proyectos de vida de les jóvenes. Para muchos y muchas de les alumnes de la escuela “quedarse en casa” no se traduce en cuidado sino en vulnerabilidad. ¿Quiénes son ahora les interlocutores de Juan? ¿Su mamá que no lo acepta tal cual se percibe? ¿Les profesores que despersonalizan pero a la vez personalizan llamando a alguien por un nombre que no lo identifica? ¿O les profes que intentan lograr un espacio de contención en el vacío virtual intentando transformar esa virtualidad en espacios generadores de subjetividad? Pero, si es así ¿dónde quedan los cuerpos, los gestos, las miradas y complicidades que sólo son posibles con les otres compartiendo físicamente un espacio? Parafraseando a bell hook ¿qué se hace con el cuerpo en el classroom? Hay autores que sostienen que llevar la perspectiva de género a la instancia educativa es el gran desafío de la trasposición y actualización curricular. Si en circunstancias “normales” ese es el desafío, en este tiempo de pandemia, de un no-tiempo, de distancia social y principalmente corporal, llevar esa perspectiva de género a la virtualidad se transforma no en un desafío sino en un problema. Si como dice Rueda, el material de la ESI, la Ley y su Programa no aborda las relaciones de poder que oprimen las sexualidades, las dudas y el vacío aparecen al momento de pensar la profundización de todas esas cuestiones en esta “educación a distancia” que hoy nos atraviesa por medio de la virtualidad. Más que antes se producen ausencias desdibujando presencias. Intentando conclusiones en un tiempo de incertidumbre y “nueva normalidad”. Cuando Giroux decía que las escuelas se habían convertido en zonas muertas de la imaginación, ni él ni nadie pensó que la escuela se extrañaría tanto como hoy. En todo el tiempo qué llevó la cuarentena pudieron leerse y escucharse diversos análisis y opiniones acerca de les jóvenes, la enseñanza, el aprendizaje y principalmente la escuela. Rescato entre ellos algo que dijo Carlos Skliar acerca de que hoy, por primera vez, la humanidad toda extraña la escuela, no refiriéndose a la educación, sino a la “escuela” como espacio de aprendizaje. Y es cierto. En menor o mayor medida todes (docentes, familias, alumnes) extrañamos ese espacio de convivencia, normativizado, estructurado pero que es el espacio donde confluyen los cuerpos, un espacio en el cual en términos de bell hook, puede descubrirse el eros que hay en nosotres, haciéndonos pensar sobre el amor y el modo cómo vivimos nuestros cuerpos. Hoy las zonas muertas de la imaginación son el classroom, el zoom, el meet y cuanto dispositivo está al alcance de quienes pueden acceder a ellos, reproduciendo la peor de las caras de la escuela, la de ser centros de evaluación, desprofesionalización docente y despojo de poder de les estudiantes. Zonas muertas dónde les jóvenes volvieron a ser un sujeto único y las prácticas pedagógicas neutras y supuestamente objetivas, ahistóricas y universales que restituyen nociones normativas y binarias resituando a la sexualidad al ámbito de lo privado. Zonas muertas no solo de imaginación sino de la posibilidad de que la sexualidad pueda emerger, al decir de Judith Butler, como posibilidad de improvisación dentro de un campo de restricciones. Una frase que circula en las redes y paredes de la ciudad dice que no podemos volver a la normalidad porque la normalidad era el problema ¿Existe realmente ese algo llamado “nueva normalidad”? ¿Esa “nueva normalidad” repensará las normas de un mundo que se cae a pedazos y que de manera obsoleta siguen rigiendo en la sociedad? ¿O frente a esta situación deberemos pensar en “queerizar” el classroom? Si bien la propuesta es ubicar la producción de normalidad como problema ¿cómo hacer en la supuesta “nueva normalidad” que les Juanes tengan la posibilidad de deconstruirse y construirse, tengan un horizonte que vaya más allá que la puerta de su casa? ¿Cómo pensar las identidades en un nuevo escenario que propone la vinculación con distancia, sin abrazos ni cercanías? Si la sexualidad habilita la inestabilidad y la imaginación ¿de qué manera acompañar esa inestabilidad en un presente inestable y desbordado de incertidumbre? Estamos transitando un momento de preguntas más que de respuestas, un momento de deseos vitales que no encuentran anclaje en una etapa en la cual las estructuras de inteligibilidad de las que hablaba Foucault están tambaleando. Pero por suerte, hay rayos de sol y palabras mudas que aparecen como microresistencias, en un classroom, en la foto de una hoja de carpeta, en la voz de les Juanes que lejos de aislarse, gritan a través de una pantalla que ni las normas ni la “nueva normalidad” ejercen un control definitivo ni performa a aquellas sexualidades que decidieron ser ingobernables. Bibliografía y Fuentes consultadas Britzman, Débora (2016) ¿Existe una pedagogía cuir? O, no leas tan hétero. En: Pedagogías Transgresoras. Córdoba: Ed. Bocavulvaria. Butler, Judith (2006) Introducción en Deshacer el Género. Paidos. España. Flores, val (2015). ESI: Esa Sexualidad Ingobernable. El reto de des-heterosexualizar la pedagogía. Degenerando Buenos Aires. III Jornadas Interdisciplinarias de Géneros y Disidencia Sexual. Mesa "La escuela como productora de identidad: desafíos de una educación sexual integral no heteronormada" - Escuela Normal Superior no1. 27 de mayo del 2015. Foucault, Michel (1999). Historia de la sexualidad. Vol I. La voluntad del saber. Buenos Aires: Siglo XXI editores 27ª. (capítulo I). Fraser, Nancy (1997). Justicia Interrupta. Reflexiones críticas desde la posición “postsocialista”. Fulco Verónica (2018). La Educación Sexual Integral será feminista o no será. En Revista Mora N° 25, IIEGEFFyL-UBA, Buenos Aires. Giroux, Henry (2015). Cuando las escuelas se convierten en zonas muertas para la imaginación. Revista de Educación. Año 6 N.º 8. https://fh.mdp.edu.ar/revistas/index.php/r_educ/article/view/1331/1348 Hooks, Bell (1999) “Eros, erotismo e o processo pedagógico” en Lopes Louro, Guacira (compiladora) O Corpo educado. Pedagogias da sexualidade. Belo Horizonte, Ed. Autentica. Ley Nacional de Educación Sexual Integral (N°26150- año 2006). Louro, Guacira (2018). Currículo, género y sexualidad. Lo “normal”, lo “diferente” y lo “excéntrico”. Descentrada, 3(1), e065. https://doi.org/10.24215/25457284e065. Morgade, Graciela, Baez, Jesica, Zattara Susana y Díaz Villa, Gabi (2011) “Pedagogías, teorías de género y tradiciones en “educación sexual”. En Toda educación es sexual. Buenos aires: Ed. La Crujía. Platero, R. Lucas (2018). “Ideas clave de las pedagogías transformadoras”. En Ocampo González, A. (Coord.) Pedagogías queer. Chile: Centro de Estudios Latinoamericanos de Educación Inclusiva. Radi, Blas y Pérez, Moira (2014). “Diversidad sexo-genérica en el ámbito educativo: ausencias, presencias y alternativas”, en Programa para el Mejoramiento de la Enseñanza de la Filosofía Actas de las XXI Jornadas sobre la enseñanza de la Filosofía. Buenos Aires (Argentina): FFyL. Rueda, Alba (2019). La Educación Sexual Integral: indagaciones desde las agendas travestis trans, En Revista Mora N° 25, IIEGE-FFyL-UBA, Buenos Aires.
- Filoctetes en las escuelas. Insolencias también / Verónica Scardamaglia
1. Escribe Marcelo Percia: “Vidas encerradas en las calles y vidas encerradas en manicomios portan rarezas que molestan. Exponen desamparos que aterrorizan. Normalidades apartan esas visiones del dolor.” ¿Qué rarezas podemos situar en territorios escolarizados? ¿qué significa que un territorio esté escolarizado? Lo escolarizado funciona, desde que surgió ese invento llamado escuela, al servicio de la normalización. Escuela se dice de muchas maneras: dispositivo nacionalizador, aparato ideológico de Estado, espacio de socialización secundaria, comunidad de aprendizajes, reproducción de desigualdad y dominación con uso de violencia simbólica en la distribución de los capitales culturales. Lo escolarizado, se diga cómo se diga, funciona repitiendo esquemas cuadriculados de espacios y tiempos. Ya reales, ya virtuales. Funciona segmentando y homogeneizando. Parecidxs con parecidxs, entre períodos “innovadores” de discusiones acerca de la heterogeneidad en las aulas. Pero parecidxs con parecidxs, insiste y gana. Y Cronos marca siempre su pulso devorador. Lo escolarizado, como las vidrieras de modas, hace volver discusiones acerca de centrar lo pedagógico en estudiantes o en docentes o en saberes. Triángulo que pocas veces triangula y que pervive garantizando la desaparición de alguno de sus ingredientes. Aún con pandemia mundial. Lo escolarizado ya sabe de antemano qué funciona como normal y qué como rareza. Esto está definido desde el 1900, y no caduca. 2. ¿Cuántos Filoctetes[1] recorren las aulas? ¿Cuántos, aún dentro de ellas, viven expulsados? 3. “Consideré el espacio que ocupa el olor a muerte”. En el año 2011, el artista Carlos Herrera –nacido en 1976- presentó en la 8va edición de ArteBa una escultura de piso, "Autorretrato sobre mi muerte", que consistía en una bolsa algo transparente que contenía un conjunto de ropa doblada y un par de zapatillas del artista. Dentro de ellas unos calamares que a lo largo de los días que duraba la exposición, fue largando un olor a putrefacción que invadió ese espacio del arte consagrado y selecto emplazado en la Sociedad Rural. Los calamares fueron especialmente elegidos luego de una indagación dada su similitud con el olor a cementerio. Dice Herrera: “Hay un par de zapatillas que usé hasta último momento, una remera que compré para mi cumpleaños, y un par de medias que quiero mucho. Esos elementos son, de algún modo, mi ofrenda, lo que queda de mí, lo que dejo de mí en esa bolsa. Pero la obra también abre otras lecturas posibles que tienen que ver con la posibilidad de no sólo estar bien muerto acá, en la feria, y luego transformarme en basura. Ese es un poco el slogan que apoya mi autorretrato…, estar seis días muerto en la feria y luego, ser basura. Además de esa situación, también tengo en cuenta el espacio que puede ocupar el olor a muerte, los metros cuadrados.” Como todo gesto que rompe la serie, esta especie de ready made generó una gama de reacciones. Obviamente la tildaron de pro-vo-ca-ti-va. Ganó los $50.000 del premio Petrobrás en aquella ocasión, "Elegimos esta obra por su verdad y autenticidad muy profunda", subrayó el jurado. 4. Podríamos caer en la tentación psi y cometer un atentado contra Herrera y contra una obra de arte, producir un reduccionismo familiarista ante un hecho ineludible: Herrera es hijo de floricultorxs. Pero también podríamos pensar un mundo hecho de los olores y una sensibilidad capaz de delicados gestos mínimos hacia ellos. En ocasión de la reapertura de la galería Ruth Benzacar en octubre del 2020, con la muestra Deshuesado -“la arqueología emotiva de aquello que aun no tiene forma”- dice Herrera en un reportaje “Mis viejos producían flores; tenían un campo y las vendían en el mercado. Todas las madrugadas mi viejo iba a vender flores al mercado, ese era el trabajo básico, pero como también vendía en muchas florerías yo en los veranos trabajaba en esas florerías en el turno noche, de 22 a 6 de la mañana. Generalmente las florerías están ubicadas frente a casas de maternidad o casas velatorias, así que a mitad de la noche solés recibir dos mundos: alguien que está buscando flores para un recién nacido y alguien que está buscando una corona para un recién fallecido. Eso estaba muy presente y en mi casa y estuvo siempre muy naturalizado: las flores y la muerte, las flores y las alegrías. Es como una materialidad y una espiritualidad que tienen las flores y el campo, que para mí es la vida misma.”. Un mundo organizado por las flores. Un mundo en el que los olores ocupan mucho espacio. 5. En el año 2004 Colectivo Situaciones publica el texto “Un elefante en la escuela”, una conversación en una escuela en la que se produce la coincidencia de haber proyectado Elephant (2003) la película de Gus Van Sant, apenas un día antes de lo sucedido en Carmen de Patagones el 28 de septiembre de aquel año. Gus Van Sant, definido como “poeta de los inadaptados” por algún crítico yanki, nos hace ver desde casi todos lxs protagonistas la masacre sucedida en Columbine el 20 de abril de 1999. El cotidiano de un día en una escuela norteamericana de fines de los 90, se reinicia varias veces. Recorremos aulas y pasillos, vemos lo que se vio y lo que no se vio. Escuchamos los gritos y los disparos, a reporteros y docentes, pareciera que estamos ahí. Van Sant relata que no le interesaba “ni analizar ni buscar respuestas sobre aquella sangrienta tragedia sino hacer aún mayor el interrogante”. Trabaja con jóvenes actores no profesionales. Dice "Tan pronto como explicás una cosa, hay otras cinco posibilidades que echan abajo el argumento (…) Pero, sobre todo está el hecho de querer encontrar una explicación para algo que necesariamente no la tiene". Recuerdo que para poder ver la película le pregunté a un amigo si se veían a lxs jóvenes asesinadxs. 6. En 1er año, para trabajar descentrando el tema violencia, uno de los top five en los pedidos del menú de preocupaciones pedagógicas, construí la serie (o secuencia pedagógica en dialecto didáctico) Puntos de vista. En ella utilizo la parábola budista de los ciegos y el elefante, muchas de las increíbles imágenes de Escher -aunque para lxs chicxs, las escaleras sean de Harry Potter-, muchas de Salvador Dalí y algunas de la Gestalt acompañadas de la cita con punch de Bordieu “los puntos de vista son distintas vistas del mismo punto”. Además de proyectarlas, llevo dos libros de Dalí y muchas de las imágenes impresas. En esas clases, casi como revancha, la que provoca simultaneidad de registros soy yo. Nos divertimos jugando a adivinar qué ven ante las imágenes, bajo la advertencia que nada de lo que digan merecerá ni aplazo ni diagnóstico. Algunas vez, ante "50 cuadros abstractos que a dos metros se convierten en tres Lenines disfrazados de chino y a seis metros forman la cabeza de un tigre real", un estudiante gritó extasiado “¡Está para un tatuaje, profe!”. Pocas veces identifican a Lincoln en la obra “Gala desnuda mirando el mar que a 18 metros aparece el presidente Lincoln”, alguna vez creyeron que era San Martín y, alguna otra, algún profe barbudo que conocían de la escuela. Los dibujos de Escher producen un silencio alucinante. Suelo aprovechar esas clases para hacer “infiltración cultural” y año tras año, división tras división disfruto de la sorpresa y emoción que estas imágenes producen. 7. Gus Van Sant toma el título de su película de una producida por la BBC en 1989 sobre la violencia en Irlanda del Norte que, creyó, se refería a la parábola budista hasta que se enteró por un reportaje al director Alan Clarke que el título responde a un dicho popular elephant in the room en referencia a la naturalización que funciona tantas veces ante eso que puede ignorarse tanto como el hecho de tener un elefante en una habitación. 8. Al otro día de la tragedia de Carmen de Patagones piden una intervención institucional en un colegio público de Almagro en el que acababa de ingresar con un pase desde otro colegio, un estudiante con estética punk. Alarmadxs por la tele, lxs estudiantes habían hablado con sus familias y las familias habían pedido a las autoridades de la escuela que intervinieran en el asunto. Temiendo que se repita la tragedia, indican al preceptor que revise la mochila del estudiante y dice encontrar cosas sospechosas. 9. A fines de setiembre del 2004 circuló por mail “Desde el Ojo de la Tormenta”, fragmentos de lo conversado en una jornada de reflexión en la Universidad Nacional de Comahue entre estudiantes de la universidad, estudiantes de educación media, docentes y allegadxs, organizada a pocos días de la tragedia de Carmen de Patagones. Allí advertían “Sin ánimos de marcar otra efeméride, sino apelar a la memoria, a ese estado activo de nuestra condición humana, que como un músculo debe ejercitarse día tras día. Acompañamos a las familias de todos los implicados, en el dolor indescriptible”. Esto ayudó a deslizarse apenas un poco de la operatoria mediática que taladra y taladra reforzando el malestar y el daño cada vez que una tragedia acontece. Leemos “Latinoamérica es un continente cuya identidad se definió por la violencia. Argentina no es ajena a dicho proceso de formación identitaria, y la Patagonia tampoco. Desde la colonización hasta estos días, estamos rodeados por la violencia en todas sus manifestaciones: verbal, física, simbólica, etc. Cada uno de nosotros vive agobiado por una realidad creada, que intenta ocultar un trasfondo adverso. Esto tiene como consecuencia: la naturalización de los hechos violentos, la exacerbación del individualismo, reconocido por todos en el lamentable slogan: “no te metás”, y que llega a nosotros intacto y vigente desde la década del ’70, el golpe más trágico que conocimos.” Utilizamos fragmentos de ese mail para trabajar con las familias de la escuela de Almagro y logramos evitar que el equipo de conducción encontrara alguna manera encubierta de expulsar al estudiante. Meses más tarde, nos enteramos que el estudiante pidió el pase a otra escuela por no soportar el clima de hostilidad de la institución. 10. Escribe Marcelo Percia “Habitamos ciudades con mundos que no se tocan que, por momentos, se huelen o se oyen en azarosos y extraños infinitos. (…) Pero, si no hay vínculo, ¿qué hay? Hay nada o indiferencia. Hay miradas momentáneas y efímeras. Hay constataciones posicionales sin nombres ni historias. Hay leyendas barriales. Hay miedos, rechazos, odios difusos. Hay inclinaciones curiosas sin cercanías. Hay distancias prevenidas. Hay afectividad simulada o solidaridad gesticulada. En pocas ocasiones hay hospitalidad, muchas veces hostilidad, casi siempre impasibilidad. Pero lo que interesa en estos paralelos no reside en que no se tocan, sino en que ambas líneas se mantienen vigilantes una de la otra.” 11. Una mañana de noviembre de 2010, entre bancos, sillas y banderines, el grupo de teatro del Frente de Artistas del Borda presentó la obra Reinsertón en el playón de una escuela rodeada de parque. Entre el vértigo de las urgencias escolares que siempre intentan capturarnos, el armado del espacio y del sonido. Una mamá, un llamado, dificultades en un curso. El cable que no funciona, las escobas para limpiar la explanada, la cámara que se apaga, una alumna que llora. Y lxs artistas llegando. Luego del recreo, el desafío de organizar a toda la escuela para hacer de todos aquellos cuerpos, un anfiteatro. Artistas y jóvenes componiendo una melodía que nos deslizó suavemente hamacándonos en los vaivenes emocionales de la obra. Estallidos de risas francas ante las ocurrencias del guión, miradas ensombrecidas ante la crudeza del relato sobre la ciudad y la exclusión, aplausos sorpresivos y pedidos de autógrafos. Desde aquella vez, pienso que excesos de sensibilidad ocupan manicomios y escuelas, y cada vez que esos espacios se cruzan, conmueve la complicidad amorosa que allí se desata. 12. El Indio Solari daba pocos reportajes y cuando lo hacía, el rumor corría de boca en boca. Se decía que aquel viernes de mitad de los 90, alrededor de las 20 hs iba a estar en la radio con Pergolini. Por aquellos años en las secundarias nocturnas abundaban lxs ricoterxs de ley entre estudiantes y entre docentes. Aquella noche un radiograbador ocupaba el escritorio, en el libro de temas podía leerse: “Análisis del reportaje a Carlos ‘el Indio’ Solari”. La atención invadió el aula. La moral docente acechaba y el ímpetu explicador intentaba establecer relaciones entre lo que escuchábamos y la materia. Un estudiante, intervino respetuosamente diciendo: Profe, ¿se puede callar? está interrumpiendo al Indio. [1] La referencia a Filoctetes responde por un lado a la tragedia griega (existen diferentes versiones), por otro al Proyecto Filoctetes llevado adelante por Emilio García Wehbi y por otro al ensayo "Entrar en una conversación (derivas estéticas de una clínica)" Marcelo Percia.
- Mi memoria / Teresa Arce
Mi memoria la guardo justo donde nace la nariz, entre los dos ojos. Por eso los aromas me eyectan al pasado, sin pasar por el cerebro. Las imágenes están a mano, entran, salen, se imprimen enseguida. En cuanto a cuestiones del corazón, es ardua la cuesta hacia arriba, ando con un bagaje bastante chiquito y repito los errores, como si nada quedara grabado ni pudiera encontrar las señales. Cuando mi memoria está muy inflada de historias, me pesa la cara: no la puedo levantar de la almohada, entonces la agarro como un trapo, la escurro a pura lágrima y moco así deja de abultar el ceño y se afina la mirada.
- Las cartas íntimas de Beckett: retrato del artista en formación / J. M. Coetzee
En 1923 Samuel Barclay Beckett, de diecisiete años de edad, ingresó al Trinity College de Dublín para estudiar lenguas romances. Dio muestras de ser un alumno extraordinario y un profesor de francés, Thomas Rudmose-Brown, lo tomó bajo su protección e hizo todo lo que pudo por impulsar la carrera del joven, para lo cual, cuando éste se recibió, le consiguió primero unas clases como profesor visitante en la prestigiosa Ecole Normale Supérieure de París y luego un puesto docente en el Trinity College. Después de un año y medio en Trinity, desempeñando lo que calificó de “grotesca comedia docente”, Beckett renunció y volvió a París. A pesar de ello, Rudmose-Brown no abandonó a su protegido. En 1937 seguía intentando que Beckett volviera a la vida académica y lo convenció de postularse para la docencia de italiano en la Universidad de Ciudad del Cabo. "Puedo decir sin exagerar", escribió en una carta de recomendación, “que además de contar con un sólido dominio académico de las lenguas italiana, francesa y alemana, (el Sr. Beckett) tiene una creatividad notable”. Mas adelante, agregaba: "El Sr. Beckett tiene un adecuado conocimiento de la lengua provenzal antigua y moderna". Beckett sentía verdadero aprecio y respeto por Rudmose-Brown, un especialista en Racine que además estaba interesado en el panorama literario francés contemporáneo. El primer libro de Beckett fue una monografía sobre Proust (1931), que, si bien tenía por objeto ser una introducción general a ese nuevo escritor, parece más el ensayo de un estudiante de grado avanzado que trata de impresionar a su profesor. El propio Beckett tenía grandes dudas respecto del libro. Al releerlo, se "preguntaba de qué hablaba", según le confió a su amigo Thomas McGreevy. Parecía ser "un equivalente distorsionado de algún aspecto o una confusión de aspectos de mí mismo (...) vinculado de alguna manera a Proust. (...) No es que me importe. No quiero ser un profesor”. Lo que más le desagradaba a Beckett de la vida académica era la enseñanza. Día tras día, este hombre joven y taciturno tenía que enfrentar en el aula a los hijos e hijas de la clase media protestante de Irlanda y convencerlos de que Ronsard y Stendhal eran dignos de su atención."Era un profesor muy impersonal", recordó uno de sus mejores alumnos. "Decía lo que tenía que decir y luego abandonaba el aula. (...) Creo que se consideraba un mal expositor, lo cual me entristece, ya que era muy bueno. (...) Lamentablemente, muchos de sus alumnos coincidían con él”. "La idea de volver a enseñar me paraliza", le escribió Beckett a McGreevy desde Trinity en 1931, en momentos en que era inminente el comienzo de un nuevo semestre. "Creo que viajaré a Hamburgo en cuanto cobre el cheque de Pascuas (...) y tal vez tenga el valor de no volver”. Pasó un año más antes de que encontrara ese valor. "Claro que probablemente vuelva con paso cansado y la cola enroscada en mi pene destruido", le escribió a McGreevy. "O tal vez no lo haga". Las clases en el Trinity College fueron el último empleo regular de Beckett. Hasta que estalló la guerra y, en cierta medida también durante la guerra, vivió de una renta derivada de la herencia de su padre, que murió en 1933, y de ocasionales ayudas de su madre y su hermano mayor. Los dos trabajos de ficción que publicó en la década de 1930 los relatos More Pricks Than Kicks (1934) y la novela Murphy (1938) le aportaron algo en concepto de derechos. Casi siempre andaba escaso de fondos. La estrategia de su madre, como le dijo a McGreevy, era "tenerme corto para que pudiera sentir la tentación de buscar empleo". Los artistas independientes como Beckett solían prestar mucha atención a la paridad cambiaria. Después de la Primera Guerra Mundial, el franco barato hizo de Francia un destino atractivo. El flujo de artistas extranjeros, entre ellos estadounidenses que vivían de remesas de dólares, convirtieron el París de los años 20 en la sede del modernismo internacional. Cuando el franco subió, a principios de la década del 30, los visitantes se fueron. Sólo se quedaron los exiliados a ultranza como James Joyce. Las migraciones de artistas sólo se relacionan en términos muy generales con las fluctuaciones de la paridad cambiaria. De todos modos, no es casual que en 1937, luego de una nueva devaluación del franco, Beckett se encontrara en posición de abandonar Irlanda y volver a París. El dinero es un tema recurrente en sus cartas, sobre todo hacia fin de mes. Sus cartas desde París están llenas de nerviosas descripciones de lo que puede y no puede permitirse (habitaciones de hotel, comidas). Si bien nunca pasó hambre, su existencia era una versión elegante de la vida al día. Los únicos gastos personales en que incurría eran libros y pinturas. En Dublín pide 30 libras prestadas porque no puede resistirse a comprar una pintura de Jack Butler Yeats, hermano de William Butler Yeats. En Munich compra las obras completas de Kant en once tomos. No podemos entender de forma instantánea qué significan en términos actuales 30 libras en 1936, como tampoco los 19,75 francos que un joven alarmado tuvo que pagar por una comida en el restaurante Ste. Cécile el 27 de octubre de 1937, pero tales gastos tenían gran importancia para Beckett, una importancia hasta emocional. En un volumen que tiene elementos editoriales tan ricos como esta nueva edición de su correspondencia, sería bueno contar con más guías respecto de equivalencias monetarias. También sería útil que disminuyera el grado de discreción en lo que toca a cuánto recibía Beckett de la administración de la herencia de su padre. Entre los empleos que Beckett contempló se encontraban: trabajo de oficina (en la firma de análisis cuantitativo de su padre); enseñanza de lenguas (en una sede de Berlitz en Suiza); docencia escolar (en Bulawayo, Rhodesia del Sur); redacción publicitaria (en Londres); pilotaje de aviones comerciales (en los cielos); interpretación (francés-inglés); y administración de una propiedad rural. Hay indicios de que habría aceptado el puesto en Ciudad del Cabo si se lo hubieran ofrecido (no lo hicieron). A través de contactos en lo que entonces era la Universidad de Buffalo, también desliza que miraría con buenos ojos una propuesta de esa institución (no llegó). La carrera por la que más se inclinaba era el cine. "Me gustaría ir a Moscú y trabajar un año con Eisenstein", le escribe a McGreevy. "Lo que aprendería trabajando a las órdenes de alguien como Pudovkin", agrega una semana después, "es a manejar una cámara, los principales trucos del montaje, etc., de todo lo cual sé tan poco como de análisis cuantitativo". En 1936 llega a mandarle una carta a Serguei Eisenstein: "Le escribo (...) para solicitarle se considere mi ingreso a la Escuela Estatal de Cinematografía de Moscú. (...) No tengo experiencia de trabajo en estudio y, naturalmente, es en los aspectos de guión y montaje en los que estoy más interesado. (...) Le ruego me considere un cineasta serio, digno de ingresar a su escuela. Podría quedarme por lo menos un año". A pesar de no recibir respuesta, Beckett le informa a McGreevy que "probablemente vaya (a Moscú) pronto". ¿Cómo tomar los planes de estudiar guión en la URSS en las profundidades de la noche stalinista: como una asombrosa ingenuidad o como una imperturbable indiferencia a la política? En la era de Stalin, Mussolini y Hitler, de la Gran Depresión y de la Guerra Civil Española, las referencias a los asuntos mundiales en las cartas de Beckett pueden contarse con los dedos de una mano. No cabe duda de que, en términos políticos, el corazón de Beckett estaba del lado correcto. Su desprecio por los antisemitas es evidente en las cartas que escribe desde Alemania. "Si hay una guerra", le informa a McGreevy en 1939, "me pondré a disposición de este país"; "este país" era Francia, y Beckett era ciudadano de Irlanda, que era neutral. (De hecho, llegaría a arriesgar la vida en la Resistencia francesa.) Sin embargo, la cuestión de cómo debería gobernarse el mundo no parecía interesarle mucho. En vano se recorren sus cartas en busca de reflexiones sobre el papel del escritor en la sociedad. Cita una frase de su filósofo favorito, el cartesiano de segunda generación Arnold Geulincx (1624-1669), lo que sugiere cuál es su posición general en relación con el plano político: “ubi nihil vales, ibi nihil velis” , que podría interpretarse como: “No hay que invertir esperanzas ni anhelos en un ámbito en el que no se tiene poder”. Sólo cuando surge el tema de Irlanda, Beckett se permite expresar una opinión política. Si bien McGreevy era un nacionalista irlandés y un católico devoto, y Beckett un cosmopolita agnóstico, rara vez permitían que la política o la religión se interpusieran entre ellos. Sin embargo, un ensayo de McGreevy sobre Jack Butler Yeats lleva a Beckett a un arranque de furia. "Tratándose de un ensayo de tal brevedad, los análisis sociales y políticos son más bien extensos", escribe. "Tuve casi la impresión (...) de que tu interés se desviaba del hombre hacia las fuerzas que lo formaron. (...) Pero tal vez eso (...) sea culpa de (...) mi incapacidad crónica para entender como parte de cualquier proposición una frase como 'el pueblo irlandés', o para imaginar que a éste alguna vez le importó un carajo alguna forma de arte, (...) o que alguna vez fue capaz de un pensamiento o un acto a excepción de los actos y pensamientos rudimentarios que le embuchaban los curas y los demagogos al servicio de los curas, o que alguna vez le va a importar (...) que hubo una vez en Irlanda un pintor llamado Jack Butler Yeats". Las cartas de Beckett están llenas de comentarios sobre obras de arte que vio, música que escuchó, libros que leyó. Algunos de los primeros de esos comentarios no son más que tonterías, sentencias de un principiante soberbio, como por ejemplo: "Los cuartetos de Beethoven son una pérdida de tiempo". Entre los escritores que tienen que soportar su cáustica ironía juvenil se encuentran Balzac ("La banalidad de estilo y pensamiento [de Cousine Bette ] es tan enorme que me pregunto si escribe en serio o como parodia") y Goethe ("sería difícil crear algo más desagradable" que su drama Tasso ). Aparte de incursiones en el ámbito literario de Dublín, su lectura tiende a concentrarse en los muertos ilustres. De los novelistas ingleses, Henry Fielding y Jane Austen cuentan con su favor, Fielding por la libertad con que interviene como autor en sus relatos (una práctica que el propio Beckett adopta en Murphy ). Ariosto, Sainte-Beuve y Hölderlin también reciben su aprobación. Uno de sus entusiasmos literarios más inesperados es Samuel Johnson. Impresionado ante el "rostro demente aterrado" del retrato de James Barry, en 1936 se le ocurre la idea de convertir la historia de la relación de Johnson con Hester Thrale en una obra teatral. No es el gran pontificador de la Vida de Boswell el que le interesa, como surge de las cartas, sino el hombre que luchó toda su vida contra la indolencia y la depresión. En la versión de Beckett de los acontecimientos, Johnson se instala con Hester mucho menor que él y su esposo cuando ya es impotente y, por lo tanto, está condenado a ser un "gigoló platónico" en el ménage a trois . Primero sufre la desesperación "del amante que no tiene con qué amar"; luego se le parte el corazón cuando el marido se muere y Hester se va con otro hombre. "La mera existencia es tanto mejor que la nada, que más vale existir, incluso con dolor", dijo el Dr. Johnson. La Hester Thrale del proyecto dramático de Beckett no logrará entender que un hombre puede preferir amar sin esperanzas que no sentir nada en absoluto, por lo que no podrá reconocer la dimensión trágica del amor que siente Johnson por ella. En el hombre público seguro que en privado lucha contra la indiferencia y la depresión, que considera que vivir no tiene sentido, a pesar de lo cual no puede afrontar la aniquilación, Beckett detecta un espíritu afín. Sin embargo, luego de una primera emoción respecto del proyecto de Johnson, su propia indolencia se impone. Pasan tres años antes de que ponga manos a la obra, y abandona el trabajo por la mitad del Acto I. Antes de descubrir a Johnson, el escritor con el que Beckett se identificaba era el activo y productivo James Joyce. Sus primeros trabajos, según admite con alegría, "apestan a Joyce". Pero Beckett y Joyce intercambiaron muy pocas cartas. La razón es simple: en los períodos en que se sintieron más cerca (1928-1930, 1937-1940) cuando Beckett se desempeñó como secretario ocasional y empleado general de Joyce, ambos vivían en la misma ciudad, París. Entre esos dos períodos, su relación fue más tensa y no se comunicaron. La causa de esa tensión fue la forma en que Beckett trató a Lucia, la hija de Joyce, que se sintió deslumbrada por él. Si bien le alarmaba la evidente inestabilidad mental de Lucia, Beckett permitió, para vergüenza suya, que la relación se desarrollara. Cuando por fin dio un corte a la situación, Nora Joyce se puso furiosa y lo acusó con cierta razón de aprovecharse de la hija para tener acceso al padre. Es probable que para Beckett no haya sido malo que lo expulsaran de ese peligroso territorio edípico. Cuando se reincorporó, en 1937, para ayudar en la corrección de pruebas de Work in Progress (luego Finnegans Wake ), su actitud en relación con el maestro se hizo menos tensa, más amable. A McGreevy le confía: "Joyce me pagó 250 fr. por unas 15 hs. de trabajo con las pruebas. (...) ¡Luego lo complementó con un sobretodo viejo y 5 corbatas! No lo rechacé. Es mucho más simple ser lastimado que lastimar". Y dos semanas después: "(Joyce) estuvo sublime anoche y condenó con gran convicción su falta de talento. Ya no siento que la relación sea peligrosa. No es más que un ser humano adorable". La noche después de escribir esas palabras, Beckett tuvo una pelea con un desconocido en una calle de París y lo apuñalaron. Poco faltó para que el cuchillo ingresara a los pulmones. Beckett tuvo que pasar dos semanas en el hospital. Los Joyce hicieron todo lo que pudieron para ayudar a su joven compatriota: lo trasladaron a una clínica privada y le llevaban flanes. La noticia de la agresión llegó a los diarios irlandeses, y la madre y el hermano de Beckett viajaron a París para acompañarlo. Entre otras visitas inesperadas, Beckett recibió la de una mujer que había conocido años antes, Suzanne Deschevaux-Dumesnil, que llegaría a convertirse en su compañera y luego en su esposa. El período posterior a la agresión, que le contó a McGreevy con cierta confusión, parece haberle revelado a Beckett que no estaba tan solo en el mundo como le gustaba pensar. Lo más curioso es que pareció confirmarlo en la decisión de hacer de París su hogar. Si bien la producción literaria de Beckett durante los doce años que cubren estas cartas es relativamente escasa la monografía sobre Proust; una primera novela, A Dream of Fair to Middling Women , de la que renegó y que no se publicó mientras vivió; los relatos ; Murphy; un libro de poemas; algunas reseñas de libros, dista de encontrarse inactivo. Lee mucha filosofía, desde los presocráticos hasta Schopenhauer. Escribe sobre Schopenhauer: "Un placer (...) encontrar un filósofo que puede leerse como un poeta, con una completa indiferencia por las formas a priori de verificación". Trabaja con gran intensidad en Geulincx, leyendo su Ethics en el original en latín: sus notas se descubrieron y publicaron hace poco junto con una nueva traducción al inglés. Una relectura de Thomas à Kempis da lugar a páginas de autoanálisis. El peligro del inmovilismo de Thomas para alguien que, como él, carece de fe religiosa ("Por lo que parece, nunca tuve ni la más mínima capacidad ni disposición para lo sobrenatural"), es que puede confirmarlo en un "aislacionismo" que, paradójicamente, no se relaciona con Cristo sino con Lucifer. ¿Pero es justo tomar a Thomas como un guía puramente ético, despojándolo de toda dimensión trascendental? En su propio caso, ¿cómo un código ético puede salvarlo de los "sudores y temblores y pánicos y rabias y rigores y estallidos de corazón" que sufre? Durante años fui infeliz, de forma consciente y deliberada", sigue diciéndole a McGreevy en un lenguaje notable por su estilo directo (atrás quedaron las bromas crípticas y los falsos galicismos de las primeras cartas). "Me aislé más y más, hice menos y menos y me presté a un crescendo de desprecio de los demás y de mí mismo. (...) En todo eso no había nada que me resultara mórbido. El sufrimiento y la soledad y la apatía y las burlas eran los elementos de un índice de superioridad. (...) No fue sino hasta que esa forma de vida, o más bien de negación de la vida, desarrolló esos aterradores síntomas físicos, que dejó de ser posible insistir en la misma, que tomé conciencia de que había algo mórbido en mí". La crisis a la que alude Beckett, los crecientes sudores y temblores, habían comenzado en 1933, cuando, tras la muerte de su padre, su propia salud, física y mental, se deterioró hasta un punto en que su familia se preocupó. Sufría palpitaciones cardíacas y tenía ataques de pánico nocturnos tan agudos que su hermano mayor tenía que dormir con él para calmarlo. Durante el día se quedaba en su cuarto con el rostro vuelto hacia la pared, negándose a hablar, negándose a comer. Un médico amigo había sugerido psicoterapia, y su madre ofreció pagar el tratamiento. Beckett aceptó. Dado que la práctica del psicoanálisis aún no era legal en Irlanda, se trasladó a Londres, donde se convirtió en paciente de Wilfrid Bion, que era unos diez años mayor que él y en ese momento hacía prácticas terapéuticas en el Tavistock Institute. En el período 1934-1935 se reunió con Bion varios centenares de veces. Si bien sus cartas revelan poco sobre el contenido de las sesiones, indican que Beckett lo respetaba. Bion se concentró en la relación de su paciente con la madre, May Beckett, que le despertaba ataques de ira, pero de la cual era incapaz de separarse. Beckett decía que no lo habían dado bien a luz. Con la guía de Bion, consiguió hacer una regresión a lo que en una entrevista que concedió en sus últimos años calificó de "recuerdos intrauterinos" de "sentirme atrapado, de estar aprisionado sin poder escapar, de gritar para que me dejaran salir, pero sin que nadie oyera, sin que nadie escuchara". Los dos años de análisis tuvieron éxito en la medida en que liberaron a Beckett de sus síntomas, si bien éstos amenazaban con reaparecer cuando visitaba la casa familiar. En una carta a McGreevy de 1937 sugiere que todavía tenía que alcanzar la paz con su madre. "No le deseo nada en absoluto, ni bueno ni malo", escribe. "Soy lo que su amor salvaje hizo de mí, y es bueno que uno de nosotros lo acepte por fin. (...) Simplemente no quiero verla, escribirle ni saber de ella. (...) Si ahora llegara un telegrama diciendo que está muerta, no les haría a las Furias el favor de considerarme responsable ni siquiera de forma indirecta. Supongo que todo se reduce a decir qué mal hijo soy. Amén, entonces". La novela de Beckett Murphy, terminada en 1936, el primer trabajo en el que este autor, preso de una duda crónica sobre sí, parece haber sentido un verdadero orgullo creativo, si bien efímero (poco después la calificaría de "un trabajo muy torpe, minucioso, respetable y torpe"), se basa en su experiencia del medio terapéutico de Londres y en su lectura de la literatura psicoanalítica del momento. El protagonista es un joven irlandés que explora técnicas espirituales de retiro del mundo y alcanza su objetivo cuando se mata por accidente. De tono liviano, la novela es la respuesta de Beckett a la ortodoxia terapéutica de que el paciente debe aprender a relacionarse con el mundo en los términos del mundo. En Murphy , y más aún en la ficción madura de Beckett, las palpitaciones y los ataques de pánico, el miedo y los temblores o el olvido deliberado, son respuestas por completo apropiadas a nuestra situación existencial. Wilfrid Bion dejó luego una considerable impronta en el psicoanálisis. Durante la Segunda Guerra Mundial fue pionero en la organización de grupos de terapia con soldados que volvían del frente (él había experimentado un trauma de batalla en la Primera Guerra Mundial: "Morí el 8 de agosto de 1918", escribió en sus memorias). Al terminar la guerra se analizó con Melanie Klein. Si bien sus textos más importantes serían sobre la epistemología de las transacciones entre analista y paciente, para las que creó una notación algebraica que llamó "the Grid", siguió trabajando con pacientes psicóticos que experimentaban un pavor irracional, muerte psíquica. En los últimos tiempos tanto los críticos literarios como los psicoanalistas prestaron más atención a Beckett y a Bion, así como a su posible influencia recíproca. No tenemos registro alguno de lo que pasó entre ambos. De todos modos, uno puede aventurarse a decir que el psicoanálisis del tipo que hizo Beckett con Bion lo que podríamos llamar análisis protokleiniano fue una instancia importante en su vida, no tanto porque alivió (o parece haber aliviado) sus síntomas paralizadores ni porque lo ayudó (o parece haberlo ayudado) a romper con su madre, sino porque lo confrontó, en la persona de un interlocutor, interrogador o antagonista que en muchos sentidos era su par intelectual, con un nuevo modelo de pensamiento y un modo de diálogo que no le era familiar. En términos específicos, Bion desafió a Beckett cuya devoción por los cartesianos muestra cuánto había invertido en la idea de una mente privada, inviolable, no física a reevaluar la prioridad exclusiva que daba al pensamiento. El Grid de Bion, que da a los procesos de la fantasía lo que les corresponde en lo relativo a la actividad mental, es, en efecto, una deconstrucción analítica del modelo de pensamiento cartesiano. En la psicología de Bion y Klein, Beckett también puede haber hallado elementos para los organismos protohumanos, los gusanos y las cabezas sin cuerpo que pueblan sus diversos submundos. Bion parece haber tenido empatía con la necesidad de las personalidades creativas del tipo de Beckett de regresar al caos y la oscuridad prerracionales como prolegómeno del acto de creación. El principal trabajo teórico de Bion, Attention and Interpretation (1970), describe una forma de presencia del analista ante el paciente, despojado de toda autoridad y función reguladora, en buena medida igual (menos las bromas) que la que el Beckett maduro adopta respecto de los seres fantasmales que hablan a través de él. Bion escribe: "Para llegar al estado de ánimo esencial para la práctica del psicoanálisis evito todo ejercicio de memoria; no tomo notas. (...) Si descubro que no tengo idea alguna de lo que está haciendo el paciente y siento la tentación de sentir que ese secreto está oculto en algo que he olvidado, resisto todo impulso de recordar... Se sigue un procedimiento similar en relación con los deseos: evito abrigar deseos y trato de expulsarlos de la mente”. Al hacerse “’artificialmente ciego’ (una frase de Freud que Bion cita) por medio de la exclusión de la memoria y el deseo, se logra (...) la penetrante flecha de oscuridad (que) puede dirigirse sobre los elementos oscuros de la situación analítica”. Fuente: Revista Ñ. 01/08/2009
Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.











