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  • N (narrar) / Vir Cano

    Una de las más antiguas y veneradas artes de lo im-posible, para decirlo con Adrienne Rich; es quizás también uno de los más peligrosos y necesarios ejercicios del desacato: no hay palabra que esté a salvo, ni relato que no arriesgue un mundo. Narrar, para contar nuestras historias, para recordar nuestras experiencias, para archivar nuestras cartografías. Narrar, también, para fabular otras maneras de ser-con, para ampliar nuestros horizontes de i/legibilidad, para disputar los regímenes de silenciamiento y las políticas del nombre im-propio a los que somos sometidxs. Narrar porque, como dice val flores, "el lenguaje es un estratégico campo de batalla, un sitio de pugnas" al que no podemos ni queremos renunciar. Narrar entonces para no ser borrados, ni silenciadas, ni negades; pero también, para ser malinterpretadxs, incomprendidos, escurridizas e incluso invisibles. Narrar, no como quienes creen haber encontrado "la verdad", sino como quienes disputan los saberes instituidos y ponen a rodar sus conocimientos insurrectos. Narrar, una y otra vez, en variopintos estilos, para incomodar la lengua del presente y para socavar las políticas genocidas del "buen decir". Narrar, con suerte, para regar los brotes de sentidos en los que cobijar nuestras existencias, para darle lugar a nuestros contratiempos, para inscribir los fugaces tartamudeos de otros mundos. Fuente: Borrador para un abecedario del desacato, Madreselva Editorial. CABA 2021

  • Limonada / Raymond Carver

    Cuando vino a casa hace unos meses para medir las paredes donde irían las estanterías, Jim Sears no parecía el hombre que perdió a su único hijo en las aguas profundas del río Elwha. Tenía pelo abundante, aspecto tranquilo, restallaba los nudillos, enérgico cuando hablábamos de tablas y sujeciones o un tono de roble comparado con otro. Pero estamos en una ciudad pequeña, esta ciudad nuestra, un mundo en miniatura. Seis meses des- pués, una vez hechas las estanterías, montadas e instaladas, el padre de Jim, un tal Howard Sears, que sustituye a su hijo viene a pintar la casa. Me dice, cuando le pregunto, más por la típica cortesía de estos sitios que por otra cosa: «¿Qué tal Jim?», que Jim perdió a su hijo en el río la prima- vera pasada. Y que se culpa a sí mismo. «No se lo quita de la cabeza». Y añade: «Puede que se esté volviendo un poco loco», mientras se pone la gorra de Sherwin-Williams. Jim tuvo que presenciar cómo el helicóptero sacaba del río el cuerpo de su hijo con una especie de tenaza. «Usaron algo parecido a unas tenazas de cocina para sacarlo, imagínese. Sujeto por un cable. Pero Dios siempre se lleva a los mejores, ¿no cree?», dice el señor Sears. «Sus designios son un misterio». «¿Qué piensa usted de eso?», quiero saber. «Pues no quiero pensarlo», me dice. «No podemos preguntarle ni cuestionar sus decisiones. No podemos saber nada. Solo sé que se llevó con Él al muchacho». Me sigue contando que la mujer de Jim se lo llevó de viaje por trece países de Europa con la esperanza de que lo superara. Pero no pudo ser, imposible. «Misión fracasada», como dice Howard. Jim cayó enfermo de Parkinson. ¿Qué más falta? Ya volvieron de Europa, pero todavía se culpa a sí mismo por mandar aquella mañana a su hijo al coche a por los termos de limonada. ¡No les hacía ninguna falta la limonada! Dios, Dios, eso es lo que Jim pensaba del asunto, como había dicho cien, no, mil veces, a todo el que todavía quisiera escucharle. ¡Si no la hubieran hecho nada más levantarse por la mañana! ¿En qué estarían pensando? Si la tarde antes no hubieran hecho la compra en el Safeway y si aquel estante de limones amarillos no hubiera estado junto a las naranjas, las manzanas, las uvas y los plátanos. Lo que realmente quería comprar Jim eran naranjas y manzanas, no limones para limonada, nada de limones, él odiaba los limones, o por lo menos es lo que decía ahora. Pero al pequeño le gustaba la limonada, siempre le gustó. Quería limonada. «Veamos las cosas desde este punto de vista», repetía una y otra vez Jim. «Aquellos limones tenían que venir de algún sitio, ¿no? Probablemente del Valle Imperial o de algún lugar cerca de Sacramento. Los cultivan allí, ¿no?» Los han plantado, regado y cuidado, luego los meten en sacos, los pesan, los meten en cajas y los mandan por tren o camión a este sitio olvidado de Dios donde un tipo va a perder a su hijo. Esas cajas las descargaron del camión chicos no mucho mayores que el suyo. Luego tuvieron que desembalarlas esos mismos chicos, los lavó y roció con spray uno que sigue vivo, caminando por ahí, vivo y respirando, creciendo que da gusto. Luego los llevaron a la tienda y los colocaron bajo aquel cartel tan llamativo que decía: «¿Cuánto hace que no tomas una buena limonada?» Y Jim seguía retrocediendo a la primera causa, al primer limón que se cultivó sobre la tierra. ¡Si nunca hubiera habido limones sobre la tierra! Si no hubiera habido ningún Safeway… Entonces todavía tendría a su hijo, ¿no? Y Howard Sears todavía tendría a su nieto con él, claro que sí. Hay un montón de gente involucrada en esta tragedia. Están los granjeros y los recolectores de limones, los camioneros, la cadena Safeway… Y también el propio Jim, que estaba dispuesto a asumir su parte de responsabilidad, por supuesto. Era el máximo responsable. Y seguía cayendo en picado, continuaba Howard Sears. Tendría que buscar la forma de superarlo y seguir adelante. Con el corazón roto. Incluso así. No hace mucho, su mujer logró que Jim fuera a unas clases en la ciudad para aprender a tallar la madera. Intenta tallar osos, focas, búhos, águilas, gaviotas, de todo, pero no logra estar mucho tiempo con cada criatura y no termina el trabajo, según el señor Sears. El problema es, dice Howard Sears, que cada vez que Jim se queda mirando su torno o su navaja, ve a su hijo surgir del agua cuando lo sacaron (lo pescaron a carrete, se podría decir) y dar vueltas en círculo sobre los abetos, la tenaza aquella sujetándole por la espalda, luego el helicóptero da media vuelta y sigue río arriba con ese ruido zap-zap-zap de las aspas. El pequeño pasa por delante de la gente que lo buscaba en la orilla, los brazos rígidos a los lados, empapado. Pasa por encima una vez más, ahora bastante más cerca, y vuelve un minuto después para que lo depositen, siempre con suavidad, a los pies de su padre. Un hombre al que, una vez visto todo esto, su hijo muerto que sale del río colgado de una tenaza metálica dando vueltas por encima de la línea de árboles, solo le apetece morir. Pero la muerte es para los mejores. Recuerda la dulzura, cuando la vida era dulce, y ahora dulcemente le concedió esta otra vida. Fuente: Carver, Raymond (1988). Poesía completa. Traducción de Jaime Priede.

  • Invernal / Sebastián Salmún

    I En las heladerías, los inviernos son mas largos que en otros comercios. Y aquel invierno fue más extenso y crudo que los habituales. Los pronosticadores del clima lo habían anunciado con displicencia, casi sin importancia, deshonrando esa suerte de fama que les proporciona el universo mediático contemporáneo. Voceros de la ideología climática del control social los prestidigitadores de las minucias de la vida cotidiana, estos falsos profetas del paraguas o el abrigo, de la musculosa o las sandalias ejercen un rol psicológico del ánimo citadino y ese invierno, no acertaron. Porque ese Junio el frio fue imprevisto. Empezó de modo sorpresivo, un asalto a la expectativa del clima terrenal, un rayo de viento helado en el tablero de la ciudad. Ese Julio el infierno blanco en Buenos Aires generó sensaciones de encierro eterno, de cárcel antártica con sus consecuente maldiciones supersticiosas ¿Por qué a nosotros? se preguntaban los religiosos mientras los hombres de ciencia formulaban sus teóricas pistas que poco servían para calmar la ansiedad de la población. De hecho, sucedieron lamentablemente un número considerado de suicidios en una franja media de la población que desesperada padeció la indiferencia de los vecinos y la ausencia de la asistencia estatal. Esos meses fueron despiadados y como nunca, anónimos. Los clientes del barrio practicaron una recesión de helados deliberada, injusta, desagradecida. La probada conspiración contra ese dulce postre vastamente elegido cuando el sol veraniego ilumina las primeras horas del almanaque y derrite los cuerpos transpirados al comenzar la etapa feliz de las vacaciones. La venta de helados en sus diferentes variantes disminuyó a porcentajes de un digito por primera vez en la historia del país. Y nadie lo notó. Excepto, los dueños y trabajadores de heladerías. "Discriminación" decía Matías y se reía como si nada lo alterara. Mientras hubiera internet en el local, Matías, su último empleado ingresado, era feliz. “Callate la boca" le retrucaba Rubén, el encargado al que pocas veces miraba para correrse de la pantalla. “Es discriminación” repetía, “Es discriminación cremada” creía afirmar con inteligencia. Se seguía riendo, ahora con carcajadas. “Dónde aprendiste esa palabra gil? No sabés nada, callate, no existe” sentenciaba Rubén, furioso, alterado, enrevesado. Luego de buscar en el diccionario heredado de su abuelo ya fallecido descubrió que Cremada si existía. El veneno hecho de vocales y consonantes que Matías le había inyectado lo hacían odiarse. La bronca lo agitaba por unos minutos cuando perdía una apuesta, fuera interna o externa. Lo único caliente ese invierno fue su tensa relación con Matías “Callate gil no entendés nada”. II Aquel invierno el barrio se apagaba temprano, y apenas caía el sol, las calles padecían la enfermedad de los desamorados, una solemne indiferencia, enfermedad que Rubén conocía. Iba al diccionario y anotaba: “síntomas del invierno, la indiferencia”. Creía que al anotar las ideas podían organizarse mejor en la hoja y transitivamente, en su cabeza. Incluso creía que escribir en una hoja la realidad que lo rodeaba podría modificarse. Un conjuro del lenguaje. Anotaba: “Matías descuida las tareas del local por la captura de la pantalla de su teléfono celular: el esmarforro". Rubén se ocupaba de la limpieza y de la mercadería, es decir, de los helados, la guerra y el refugio de ese invierno. “Helados: tesoro olvidado de una sociedad indiferente, desamorada, ruinas de una necesidad que se partió en mil pedazos como el corazón de un glaciar, como el eco de una voz, como la carta de tu sonrisa que nunca llegó”. Los helados son como las parejas pensaba Rubén “necesitan mantenerse en la temperatura justa, no conviene que se derritan sin probarlo, no conviene que se congelen demás”. A Rubén le molestaba la risa exagerada de Matías, esa inocencia simulada por su falta de lucidez, por su excesivo culto a la estupidez del "esmarforro". Exagerada risa televisiva, exagerada seguramente por el daño que las pantallas ocasionan en pibes como Matías, intuía. “Daño neuronal” escribía en la libreta que solía mezclarse con el diccionario heredado. Era un “daño silencioso pero principalmente, silenciado. Las empresas vendedoras de aparatitos difícilmente negarían los daños de sus productos en un tribunal de la honestidad. Pero eso no existe ni existirá” rezongaba el puño y la letra de Rubén. “La vida sin publicidad parece aburrida”, reconocía. “El aparato neuronal de la inteligencia es inversamente proporcional a Matías” tallaba en su libreta. El adepto a las pantallas había llegado para reemplazar a su compañero anterior hacía nueve meses y nunca pudo dejar de mirar sin odio la carita sonriente que Matías exhibía frente al rectángulo de su teléfono. Aquel empleado que se fue, no era mucho mejor que Matías pero por lo menos no se reía todo el santo día, pensaba Rubén. Le gustaba si, el fútbol. Todo era el fútbol. Todo era fútbol. “Esa patología social de la pasión feligresa que entrega horas a esa religión masiva, también estúpida. Otro tipo de pantalla es el fútbol, la pantalla del circo que regala pan los domingos mientras en la semana los caga de hambre”, engordaba su ensayo. Solía tirar los suplementos deportivos para que no los leyera. Sentía un poco de lástima. El abuelo, le decía siempre mientras afilaba sus cuchillos, el fútbol es como este cuchillo, pero no corta carnes, sino que acuchilla la moral del pueblo. Rubén anotaba. Era muy devoto de su abuelo. Por la ausencia del padre dijo un psicólogo en alguna ocasión. Matías seguía con su risa inmotivada tan insoportable como ese invierno, y Rubén anotaba. Anotaba para sobrevivir. III Hipnotizado. “¿De qué te reís estúpido?” le decía mientras lo corría con sus manos que aleteaban en una disimetría que empezaba a la altura de su cara y temblaba hasta las periferias del tórax. “Un día te voy a destruir ese puto teléfono” se decía en voz baja "ese puto teléfono y a vos". Esa jaula invisible está empeorando la humanidad diría el abuelo, si viviera. “Sustancias coloridas y brillantes, las drogas de nuestro tiempo. Nada de inyectarse LSD. Nada que inyectarse. En este tiempo las drogas son intangibles, no circulan por agujas que pintan los brazos de sensaciones invencibles, tatúan una inútil imaginación”. Extrañaba al abuelo, verlo ordenar los cuchillos, afilarlos y tratarlos como si fueran joyas preciosas, era su mejor momento de la semana. No tenía afición ni por las viejas drogas ni por las nuevas pantallas Rubén solo sabía vender los abandonados helados y ahora por necesidad, escribía. El teléfono lo tenía, en general, apagado excepto para llamar a su madre que hacía un año estaba postrada en la cama con su enfermedad de los huesos. Esa enfermedad que los médicos no habían podido registrar en los manuales de anatomía pero que “a mamá, le arruinó la vida. Y con eso nos la arruinó a todos”. Las radiografías de los huesos de la madre no detectaban ni las manchas óseas ni el dolor que ella y él por añadidura, sentían cada mañana cuando abrían los ojos. Él se despertaba con las quejas de su madre y verse solo en su cama le generaba ganas de seguir durmiendo. Se sentía solo, mucho más desde que Karina ya no estaba. La enfermedad había empezado lentamente. La madre se quejaba pero seguía activa en su trabajo en la administración municipal. Me duele, decía cada tanto. “Ya se te va a pasar vieja, tenés que ir a ver al quiropráctico”. Hasta que el dolor se hizo cada vez más insoportable. La muerte del abuelo en ese confuso episodio agravó los dolores. Toda hija que pierde a su padre, se pierde un poco con él. Los médicos recomendaron yoga y psicoterapia pero la madre decía que tanto una como la otra eran cosas para sacarle plata. "¿Cómo cosas, mamá?" repetía Rubén que había intentado estudiar en la universidad la carrera de psicología pero la universidad lo expulsó, como a todos los que como él, asisten a las aulas sin ambiciones concretas. IV "¿Cómo cosas, mama? Escribía con agujeros la hoja para intentar no agredirla. “Toda la gente lo hace y vos te tenés que poner mejor. Te tenés que poner mejor" mientras le servía helado que sobraba del local en una cuchara que ella le pedía le acercara a la boca. La facultad lo había expulsado pero no sin recompensarlo. Había conocido a Karina. No entendía como ella, que era hermosa, inteligente y cariñosa se había fijado en él “Un pobre pibe, como dice la canción" le repetía mientras cantaban a capela. Karina era su hada, su "porno hada" susurraba ella mientras lo desnudaba con especial cuidado. Karina lo buscaba en la heladería y podían estar noches enteras cantando canciones del rock nacional. Cuando ya me haya ido cantaba él mientras ella protestaba por su mala elección. Ahora solo recordaba la tristeza facial de Karina tan parecida a la tristeza de todas las cosas. Dejó de escuchar rock, como podía preverse. La enfermedad de su madre empeoró antes del invierno, de ese inhóspito invierno y todo empezó a definirse cuando la facultad le ofreció a Karina esa maldición, ese certificado implícito de defunción que llamaron beca de estudios. Karina tenía un excelente promedio y la facultad le ofreció una beca en España para hacer un año de estudios allí. "Vení conmigo" le dijo Karina sin dudar. "Nos vamos un año a España y después vemos". Karina no entendía el lazo que lo ataba a su mamá, al dolor de su mamá. "Es la ausencia del padre" hubiera dicho aquel psicólogo. Pero nadie entendía. Era como si los huesos de la madre fueran una parte invisible de sus huesos, como si la vejez de su progenitora lo afectara a su calendario, como si los nueve meses de embarazo hubieran durado nueve años, diecinueve años, toda la vida hasta hoy. Rubén no dormía pensando en las ganas que tenía de vivir la aventura de conocer otro continente, la madre patria, “pero sin madre”, anotaba ”solo patria”. Se reprochaba con culpa abandonar a su madre que empeoraba conforme avanzaba la fecha de las decisiones. "Te tenés que poner bien" lloraba en silencio, gritaba sin gritar debajo de la ducha mientras la madre dormía. La ducha de agua fría calmaba sus palpitaciones. "Vos no entendés, Kari" le reprochaba él en las últimas tardes de lunes que pasaron juntos. "No entiendo, si entiendo. Sos muy pelotudo". Ella se fue en junio de ese año, antes del invierno. La soñaba por las noches que parecían empeorar la grisácea densidad del frio. Transpirado iba al diccionario heredado a buscar palabras que describieran esa sensación que la garganta parecía arrancar de la oscuridad de los sufrimientos de la historia, esa sensación de afonía por pensar a una velocidad imparable, mareado de tantas ideas que se amontonaban en su pizarra de la conciencia. Su madre siguió empeorando hasta que los huesos no pudieron más y estallaron como una barra congelada en mil pedazos de hielo. Se esparcieron en la casa dejando las huellas de sus silencios, la tristeza de la despedida. Extrañaba a Karina. Extrañaba a su mamá. Extrañaba cantar. Cada tanto lloraba y decía sus nombres entre lágrimas que se secaba con la almohada, donde imaginaba sus olores, sus formas. La silueta amante de Karina parecía un fantasma con cuerpo enlazado a su cuerpo. La extrañaba por su enorme capacidad para verlo bien, lindo, leal, hombre. Ahora, los retratos de su madre estaban tapados por las telas y las sombras del duelo y el espejo amante de Karina estaba del otro lado del mundo. El frío vidrioso de la heladería le devolvía una imagen sucia, opaca, seria, dócil. “Me miro en un espejo empañado en las madrugadas, cuando el sol tropieza con el día. Soy un perro sangrando en el ojo de su indecisión, una hebra de esperanza en el desierto de la duda. Soy el grillo mudo en una selva de ruidos mecánicos que solo aprenden a mentir. Quizás eso envidio de Matías, él pese a todo, puede reír”. FIN

  • A 20 años del 2001, charla con compañerxs anarquistas presentes en la crisis / Periódico Gatx Negrx

    A 20 años del 2001, charla con compañerxs anarquistas presentes en la crisis del espectáculo democrático 2001 reverbera en la sangre de quienes estuvimos o hubiéramos querido estar ahí, en esas calles, en esas asambleas, en esas fábricas, en esas alianzas insólitas. 2001 como tajo y herida. Tajo que resquebraja un antes y un después de una sociedad que venía del 1 a 1 del pizza con champán que ninguneaba piquetes de ruta y marchas del silencio, que desmerecía carpas blancas y marchas docentes. Tajo que deviene herida por la que brota, una vez más, tanta sangre derramada —la sangre siempre la pone el pueblo—. Herida por la que se infiltró también la reapropiación de las calles, la disponibilidad para estar ahí, en una comunión del hartazgo y la rabia perdiendo el miedo que queda chiquito ante tanta pobreza, tanta desesperación y tanto hambre. 2001 como marca del dolor por lo que después no ha sido / no ha nacido. Quizás, aprendizaje de confianzas y desconfianzas, de alianzas y traiciones. 2001 quiebre de representación política que luego será recuperado por quienes siempre apagan el fuego. 2001 ejemplo vital de que lo existente —la representación, la institucionalidad y la política— no agota lo posible —la comunión asamblearia hacia la vida—. 2001 horizonte de posibilidad de un ir hacia donde la revuelta nos vuelva a encontrar. Gatx Negrx: ¿Cómo fue su acercamiento al anarquismo, a las prácticas libertarias? Antes quisiera decir unas palabras. Me siento como una anciana, porque 20 años atrás este laburo que están haciendo ustedes lo hacíamos nosotros con Resistencia Libertaria, para relevar una genealogía necesaria para no sentirnos en soledad. La generación nuestra de OSL (Organización Socialista Libertaria), AUCA, OAR (Organización Anarquista de Rosario) era una generación que nos referenciábamos en el Che porque no teníamos hermanos mayores en el anarquismo, teníamos abuelos. Eso sentíamos en la fauna del anarquismo al que nosotras adscribíamos, que era el anarquismo organizado. La gente de Resistencia Libertaria se guardó muchísimo, entonces, cuando apareció “Pelo”, López Trujillo, fue la posibilidad de conocer historias de gente que tenía 20 años más que nosotras. Pensábamos en un posible hilo de continuidad en el anarquismo, en este anarquismo. Eso nos dio mucha pila. Por eso, en ese sentido, me siento una anciana, me siento ancestral. Pero por otro lado, me alegra sentir que hay otra generación y que están haciendo esto que yo lo viví; siento que es muy saludable, muy sanador: ir para atrás en el tiempo más inmediato para sentirse menos solo. Si vos sentís que no estás empezando de nuevo, primero que tenés menos laburo; y segundo, te diluye mucho el ego. GN: ¿Hay algo que pasa con los espacios anarquistas de desmembrarse y desmembrarse? Nuestro anarquismo organizado rompió con cosas. Fue muy sanador. Se debe a lo que llamo instituciones anarquistas. Entonces, hay instituciones anarquistas y hay anarquistas. Es cuando te queda bien la institución a la que tenés que resguardar; los principios, los valores, los dueños, los abuelos. Después están los otros con los que tampoco vas a llegar a un acuerdo. Es complejo. GN: Por ahí es saber que los lugares no duran mucho. Pretender institución. Los lugares cobijan, los lugares sirven para reunirse. Cuando yo llegué a la Biblioteca Ingenieros, ya existía CAÍN que se juntaba ahí y fue ese lugar que aglutinó a ese grupo que después se fue. La historia de estas agrupaciones tiene muchas capas y no es unidireccional, es como una mezcla de distintas historias que se mezclan en una licuadora, porque no son continuas. Al mismo tiempo sucedían distintas cosas. Cuando ella decía de “Pelo”, ex militante de Resistencia Libertaria, yo iba a los encuentros de REMA que era la Red del Movimiento Anarquista que organizaba la Biblioteca Ingenieros con la Ghiraldo de Rosario y compañeros de Córdoba, y había como una generación anterior a nosotros, que era gente que en ese momento tendría la edad que tenemos ahora, y que nos adoctrinaban, de alguna manera, en cómo debía ser el anarquismo: una cuestión cultural, de la biblioteca. Y tenía una historia muy grande y el presente era esos encuentros en una quinta en Guernica o en un camping en Córdoba. Y el único que hablaba de rescatar la experiencia de Resistencia Libertaria era “Pelo”, en soledad, y se lo trataba como “bueno, no vengas con eso que trae discusiones y abre heridas”. Después, esos pibitos que íbamos ahí nos empezamos a cruzar en esas convocatorias de camping. Y empezaban a aparecer los más jovencitos con inquietudes que eran generalmente resistidas, sobre todo de militancia barrial. En Rosario había un núcleo que se estaba formando que tenía mucha influencia de la FAU (Federación Anarquista Uruguaya). De hecho, está casi calcada la experiencia de lo que fue el trabajo barrial de la FAU en los 90. Y en el medio hay algunos acontecimientos: el encuentro antirrepresivo en Uruguay en el año 96. Un encuentro de 5000 personas contra la represión donde fueron personas de Brasil, Chile, Argentina. Fue un despelote. Había un campamento anarquista. Uruguay venía de una experiencia que fue la Coordinadora Antirazzias, con muchas experiencias de jóvenes que salían de la dictadura. Tenían el mismo problema que acá con las razzias, pero acá se las enfrentó a fines de los 80. En Uruguay había muchos grupos que habían roto con la FAU, con la tradición anarquista de la FAU. Lo institucional tiene reglas, tiene historias que no se revisan. Uno de los grupos de acá se arma a partir de la muerte del Urubú. El Urubú era un gran convocante, con una vocación de educar y organizar. Lo empiezan algunos compañeros que eran cercanos a él. Yo no me acerqué al primer de los compañeros de CAÍN que conocí porque eran muy antiFORA. En su afán de romper con lo que había eran anti. En ese momento, a la FORA se la veía como una continuación del grupo del Urubú que era como un grupo muy bardero. El primer grupo de CAÍN se empieza a armar ahí, con esa gente que venía con una autocrítica de lo que había sido el grupo del Urubú, pero que no rechazaba la experiencia, sino que pretendía no repetir errores. Y era una crítica hacia adentro, se buscaba no generar la sensación de peleas o división. Y el grupo de La Plata tiene otro origen distinto que está alrededor de las cooperativas del viejo Sibeli, que es un viejo militante del peronismo revolucionario de los 70, y de militancia estudiantil. Entonces ahí surge AUCA. Yo participé en el armado del periódico En la calle, en el 97. Nos juntamos en una casa en Gerli y ahí armamos el periódico. Nunca fue un solo grupo, siempre fueron tres grupos, (OSL, AUCA y OAR) con tres políticas distintas, pero teníamos un periódico en común. Hablaba de situaciones de tres ciudades importantes: lo que hoy es el AMBA, La Plata y Rosario. Íbamos a distribuirlo a los kioscos de diarios. Leíamos los diarios, escuchábamos radio, todo el tiempo anotábamos, nos dividíamos. Había un compañero que leía El Cronista Comercial, otro Clarín, otro Página 12, otro La Nación. Y entrevistábamos mucho también. Era como toda una idea muy walsheana. GN: Desde su experiencia, ¿cómo vieron la incidencia de las diversas tendencias anarquistas antes, durante y después de la crisis del 2001? ¿Dónde estaban activando antes de la ebullición? ¿Qué se modificó con el estallido? El problema es que no tuvimos una instancia de evaluación colectiva de esto. Cada uno debe tener su mirada de cómo lo vivió. Una de las tensiones que vivíamos como organización en ese momento y que sobrevivió hasta el 2006 (que es cuando nos fuimos), es la del trabajo social y el trabajo de la organización política. Nosotras, por ejemplo, estábamos en lo antirrepresivo en zona sur, teníamos un grupo que se llamaba Repique y no lo aparateábamos. Sí decíamos qué queríamos con Repique, pero muchas veces teníamos que hacer cosas que desde la organización no nos parecían lo mejor. Igual nunca chupamos un militante de Repique para la organización política. Después te das cuenta de que era importante el crecimiento de la organización política. El 2001 nos encontró bien porque había un grupo que pensaba y se organizó. Bien porque el 19 y 20 salimos y no cayó ningún compañero preso. Teníamos métodos de comunicación que nos permitió monitorear dónde estaba cada uno y cuidar a los compañeros que volvieron al Gran Buenos Aires esa noche. Sacar comunicados casi en el momento en el que estaban sucediendo las cosas. Estábamos laburando con el SIMECA (Sindicato Independiente de Mensajeros y Cadetes) y teníamos como una estructura de motos que nos permitió recorrer la ciudad permanentemente. Creo que nos agarró bien el 2001 y nos permitió desarrollar un montón de trabajo que ya teníamos pero que se disparó con toda la efervescencia social de los años siguientes. Del 2001 al Puente Pueyrredón no paramos de crecer, de tener influencia. Después nos pasó lo que le pasó a todo el mundo: ante la situación de represión del 20, no podés responder porque vos no tenés un ejército. Entonces ahí pienso que los grupos se sostienen por el activismo. Y cuando el activista, el líder, el carismático, lo que fuere, no está, los grupos no se sostienen por sí mismos. Esa es una fantasía quizás muy anarquista de que todo el mundo va a autogestionar su vida y lamentablemente no sucede así. Hay mucha gente que tiene otros intereses en la vida y hay que comprender. Entonces no hay que lamentarse y decir “lo que hice no sirvió”, sirvió para un momento, cumplió su función y después, lamentablemente, no continúo. Porque no le pasa solamente a nosotros. No es que sean eternas las organizaciones. Dependen de quiénes las impulsan y las sostienen. Después pasa que no es un mérito estar 20 años en la misma organización. Hay compañeros que vienen de esa época que siguen siendo los referentes, organizadores de los movimientos piqueteros. GN: La profesionalización de la política. Claro, esa discusión la tuvimos. En La Plata creían que los militantes podían percibir un salario por militar. Nosotros nos opusimos siempre a eso. También es cierto que paralelamente a esta efervescencia del 2001 y que se continúa en el 2003, nosotros vivimos como organización una situación de convivencia con la muerte que no habíamos experimentado, sí la generación anterior pero nosotros no. Matan a Javier Barrionuevo, por ejemplo, al lado de un compañero. Javier fue impulsado por las organizaciones en las que estábamos. Entonces pasa eso, pasa lo de Pocho Lepratti. En un encuentro en Rosario, me fui a la cocina y ahí estaba discutiendo con el Pocho Lepratti. Para los de Rosario fue una catástrofe la muerte del «Pocho». Entonces veníamos viviendo con esa convivencia. Mi compañero se fue a hacer una pintada una noche y yo pensé que estaba en la pintada pero eran las 3 de la mañana y no venía, yo ya pensaba que lo habían matado. Esos años del 2001 en adelante los vivíamos así. Nosotras detectamos que esto de la muerte nos estaba aterrorizando, entonces hicimos un par de encuentros con psicólogas. Pongamos esto en el medio. ¿Cómo llevar esto adelante? Nos pusimos esa meta de mantener nuestra salud emocional. Fueron años que después terminaron con Kosteki y Santillán. En el Puente Pueyrredón ya sabíamos que iban a reprimir, no fue una sorpresa. También había como cierta ingenuidad. Nosotros sabíamos, habíamos relevado durante una semana la zona, lugares para esconderse. Y cuando llegaste había miles de policías, Gendarmería, y no te sirvió para una mierda. Desde helicópteros nos tiraban. GN: El contraste, ¿no? Una gran rebelión tiene la consecuencia de una gran represión. Se necesita un nivel de represión al nivel de rebelión que hay, incluso más. Sí, aparte, al mismo tiempo, no salía en ningún lado, pero se allanaron comedores, habían metido presos a compañeros, armaban causas. Estábamos todo el tiempo cascoteados. Y además teníamos que cumplir con nuestros laburos. GN: Y recuperarte de tanta muerte. Para que la bronca por una muerte pegue la vuelta hacia un active tenés que poder hacer algún movimiento. Sí, eran muertes cercanas. No era que habían matado a alguien. Mataron a 39 personas, sí, pero a esas personas las habíamos conocido. Eran amigas, eran compañeras, tenían una corporalidad, sabías qué voz tienen, qué música escuchaban. Nosotras lo que hicimos bien en ese momento para defendernos fue trazar una estrategia de relaciones internacionales con Europa. Meternos en una red: Solidaridad Internacional Libertaria, que era del anarcosindicalismo. En esa época, como ahora, Argentina era un país barato para los europeos. Entonces venían y el país estaba en llamas. Venían a hacer el tour revolucionario. Nosotros albergamos suizos, españoles. Vino un amigo irlardés, nos pagó el arreglo del lavarropas, volvimos a comprar cosas que antes no podíamos. El suizo no hablaba español. Llega a casa, prende la tele y lo primero que ve es una comisaría incendiándose. Lo llevé a conocer uno de los barrios del MTD (Movimiento de Trabajadores Desocupados) y antes de llegar al barrio había un piquete, de otro movimiento. No podíamos seguir. Paro, bajo y eran todos compañeros. Lo presenté y el tipo no entendía lo que estaba pasando. Todo el tiempo venía gente con donaciones para las fábricas recuperadas. El secretario general de la CGT española se hizo amigo nuestro. Íbamos con el Dodge a buscarlo al aeropuerto. Nosotros como organización no éramos nada si lo comparas con la CGT, que es una central obrera, chiquita, pero es una central. Venía acá y tenía que reunirse con De Gennaro, con la CTA. Pero claro, ninguno de ellos era anarquista. El tipo decía: “¿Y estos? ¿Qué onda?”. De principio también estábamos medios sospechosos porque no éramos de su línea anarcosindicalista. Pero igual hicimos relaciones de amistad que perduraron en el tiempo. GN: ¿El 2001 fue un terreno propicio para el despliegue de prácticas anárquicas? En el 2001 de verdad creíamos que estábamos muy cerca. Imaginar que vos podíamos ir a la esquina de tu casa a reunirte en asamblea, ¿quién iba a imaginar eso? Creíamos que iba a ver un 2001 revolucionario. El video del Ojo Obrero era algo así como “Empieza la revolución”. Estábamos creídos, totalmente. ¿Cómo no te la vas a creer? Un compañero se trepó al semáforo en Primera Junta y hasta donde llegaba a ver, había gente en la calle. Es un momento en el que sentís que pasan cosas. El 19 a la noche, mientras se prendía fuego el arbolito de la Casa Rosada, ahí escuché el “Que se vayan todos”. GN: Post elecciones y a 20 años del 2001, ¿cómo pasamos del “Que se vayan todos” al Frente de Todos? ¿Qué podemos tomar de aquella recuperación sistémica del 2003 que nos sirva para estar más afilados en los contextos actuales? Es decir, ¿cómo vieron el proceso de cooptación de las fuerzas emergentes por parte de las lógicas partidarias y del Estado? El kirchnerismo fue totalmente exitoso con eso. Le puso agua fría a todo ese fuego. Somos hijos de la generación del 70. Volvimos a caer en el mismo error. Pensábamos que el 2001 iba a ser un punto de inflexión. Estábamos convencidos. Teníamos a gente rompiendo bancos. ¿Vos te imaginás a gente anciana rompiendo bancos? Ya está. La insubordinación no de los militantes sino de la señora de la esquina. Un Edesur estuvo 15 años tapiado. Ya salió la gente, nosotros nos venimos organizando hace un montón, listo. A parte, totalmente horizontal: “Que se vayan todos”, listo, es nuestro momento. Ahora podemos ver el fracaso de las ilusiones progresistas que son una vuelta de tuerca de la derechización. GN: El progresismo es cómplice del avance de la derecha. Es la derecha. GN: En realidad, la categoría de derecha en la democracia ya es superficial, hay que repensar esa categoría. Es progresista en lo cultural y nada más. GN: Capitalismo con rostro humano que solo conduce a un lugar que es al que estamos llegando. ¿Por qué no se pudo sostener y profundizar la revuelta en ese tiempo de crisis democrática e institucional? Todavía eso se sigue discutiendo. No está cerrado. Fueron un montón de cosas. Solamente a un psicópata se le ocurre vivir en asamblea. La gente quiere tranquilidad, que le paguen el sueldo, comprarse un auto. Estaba el Club del trueque. Y algunos militaban esa. Si lo ves desde una perspectiva anticapitalista obviamente que era mejor, intercambio. Pero la gente quería volver a tener plata. Desde una mirada ecológica es mejor que haya ollas populares a que cada uno se cocine en su casa. Las ollas populares donde las mujeres fueron protagonistas, no es que decís “listo, ya está. La verdad qué bien nos cuidamos entre todos”. Pero lo que se quiso es volver a la familia nuclear. El kirchnerismo había puesto a “Pimpi” Colombo que decía que había que terminar con los comedores porque lo que todas las mujeres querían eran esperar a sus hijos, en sus mesas, que esa es la aspiración de las mujeres. Duhalde lo que hizo es cambiar el desarrollo territorial del peronismo que cambiaba de sujeto en ese momento. Como presidente viene a pacificar además de seguir con su plan clientelar. Cuando lanzan el Plan Trabajar que tenía un funcionamiento celular y vertical, el trabajo era temporario, y en cada cuadrilla de trabajo que barría veredas, cortaba el pasto de la autopista, cada trabajo tenía un jefe de cuadrilla, y como no había trabajo para todos, tenías que votar a quien echar. Los viejos militantes que estaban en los territorios empiezan a ver que se puede disputar eso. Disputan la asignación de los planes de trabajo y después, inmediatamente, no conformar cuadrillas que trabajen para el Municipio sino gestionar tus propias cuadrillas. Entonces, empieza a ver esta disputa que en un principio es novedosa y desarrolla organizaciones críticas, tomar la organización de eso, quitársela al Estado. Las consignas de los piqueteros eran “Trabajo, dignidad y cambio social”. Hoy en día, 20 años después, está completamente institucionalizado: “Paz, pan y trabajo”. Ni bien asume Kichner, tiene una entrevista con José Pablo Feinman, y lo que dice es: “Nosotros venimos a hacer con este peronismo, lo mismo que hizo Perón con los sindicatos, que es incorporarlos al Estado. Tenemos que incorporar a los piqueteros dentro del Estado”. Lo que llamamos en el periódico En la calle la cegeteización de la sociedad. Fue vislumbrar quién es el actor social con más capacidad de influencia en ese momento: Madres de Plaza de Mayo, Derechos Humanos, piqueteros. Creo que uno a veces puede estar convencido pero el resto de la gente no está tan convencida. O sea, creo que la única manera de convencerla es ofrecerle un modelo social que le resuelva mejor sus circunstancias que el capitalismo. Hay un punto en el que vos querés la revolución y el compa lo que quiere es más comodidad para su vida. Entonces creo que es una cuestión de los tiempos. No podemos resolver tan rápidamente esto de “ahora dejá de tener capitalismo y vas a tener estas otras cosas que están re buenas”. Hasta que te das cuenta de que eso está buenísimo necesitás tres o cuatro generaciones, no lo resolvés con una sola generación. Creo también que en el 2001 hubo toda una genealogía de los cortes de ruta de los piqueteros de Neuquén, de Salta de los 90 donde acá todavía no sucedía en esa dimensión. Son capas que están ahí y que en algún momento emergen. Fuente: Periódico Gatx Negrx, Edición Noviembre 2021. https://periodicogatonegro.wordpress.com/

  • Elogio del pensamiento (fragmento) / Juan Carlos De Brasi

    IV Obviamente, y por lo que fui señalando más arriba, esta exposición no puede escapar a su propio modo de exponerse y al juego de sus suposiciones. Quizás, quepa recordar que las exposiciones eran un instrumento de salida (ex) de uno mismo (ponerse como unificado), un arte del arrojo, una valentía nada desdeñable que acuciaba a un pensamiento en su rumbo hacia la verdad. Hegel, Freud y más tarde Heidegger, subrayaban un matiz: la derivación de formas que atravesaban a sus exposiciones. En la “Introducción a la Historia de la Filosofía” Hegel le otorga la misión y la tarea de marchar por “la necesidad pensada y conocida de las determinaciones”. Sólo así se puede desembocar en el ámbito de un pensar radicalmente nuevo bajo un antiguo nombre. Aclara, “la exposición a que nos referimos incumbe, preferentemente a la lógica”. Por eso, también, en otra parte destaqué el lugar privilegiado que tiene La ciencia de la lógica en su obra. Pero en este escrito no se trata de dicha lógica ni de su problemática, sino de una lógica que toca el sentido de lo real y lo acoge de otra manera. De ella hablaré rápidamente y de las lecturas que dispara hacia nosotros. Exponerse, entonces, es inevitable cuando se apuesta a un pensamiento sutil-realizativo; es el acto por el cual lo escuchamos en su insistencia, en una insaciable repetición que lo hace diferente para cada lectura o forma de acercamiento. Aún una comprensión limitada, una “lectura de época”, jamás puede aspirar a una explicación satisfactoria, pues apenas constituye una época de ese tipo de lectura. Es innegable que la estrategia discursiva de la justificación por las “condiciones históricas” destila algo de mezquindad ante las creaciones perdurables. De modo que la ex-posición de un pensamiento no puede evitar ir más allá, desbordar las “circunstancias epocales”, los “períodos definidos”, las “cronologías estrictas”, los “avatares confesionales” (salvo cuando un género –por ejemplo en Rousseau– se rebasa a sí mismo) o los “esclarecimientos biográficos”. En realidad pivotea en esas casi-causas, pero no las reconoce como constitutivas, sino como pasos, pasajes y pasadizos que nos siguen conduciendo fuera de ellos. Un pensamiento es tal porque siempre está en otra parte, desencontrado consigo mismo. Rehúye las adecuaciones señaladas antes. Y cuando encaja con alguna de ellas, y se intenta resolver en su género próximo y su distinción específica –sean los de una “biografía” o los de un “hecho histórico”– ya no circulamos por los senderos de un pensamiento, sino por ciertas formas de su institucionalización. Al ex-ponernos intentaremos discriminar este equívoco para no captar globalmente a uno por otras, aunque unas sean gracias al otro, y si el gato no es sin la liebre en el mundo animal, ahí se sabe exactamente cuándo se caza a uno o a otra. De las suposiciones por otro lado no podemos escapar. Son las carceleras del lenguaje, de las intuiciones, de los conceptos o de lo que se quiera poner entre rejas. Fuente: Algunas condiciones básicas para interpelar la problemática del pensamiento –Coda lunga–. En Elogio del pensamiento. EPBCN, Barcelona, 2015. La Cebra, Adrogué, 2015. Trabajo de selección a cargo de Gabriela Cardaci.

  • Pensamiento sutil (Fragmento) / Juan Carlos De Brasi

    Sutil es el nombre de un pensamiento que indica su avance por los senderos menos previsibles. Aquéllos donde el pensamiento ejerce su máxima potencia realizativa. Por eso, si quisiéramos marcar una sinonimia –que por principio es imposible–, sería la que hace equivaler pensamiento sutil y pensamiento realizativo. Así, la y que los equipara autoriza las sustituciones que se dan entre uno y otro, los veloces relevos que constituyen la trama misma de los textos donde una buena y honesta disposición se sostiene. Pensamiento sutil (que, desde ahora, es intercambiable por realizativo o viceversa) es el concepto de un intenso y desplegado acontecer. Se halla fuera de todo régimen adjetivo, sutileza, artificio o sentido común. Insiste sobre historias truncas que van desde Duns Scoto hasta Klossowski, pasando por la causalidad transversal y la geometría expresivo-proyectiva de Spinoza, un Marx sin clausuras, la potencia del verbo en Hegel, lo irrepresentable freudiano, las inmanentes planicies deleuzianas, la «nuance» de Nietzsche, la diferencia abismal en Heidegger o el monstruoso pensamiento derridiano. Todo ello entre infinitos otros. Por eso estimo que para transitar un pensamiento sutil, sea cual fuere, es preciso –la precisión es sustancial– tomar, embebernos, con ciertas precauciones. Cuando uno proviene de un pensamiento diferente, antagónico o disímil, es síntoma de una buena y honesta disposición intelectual no distorsionar el trabajo textual del autor, siempre nombre de un enigma antes que de un negocio tertuliano. Dejo de lado el «traicionar» sus intenciones, pues él mismo se encarga de hacerlo en cada trazo escritural. Las nociones o conceptos que son especialmente puestos en cuestión en este ámbito (por ej. «causalidad», «analogía», «sujeto-objeto», «literalidad», «definición», «superación», «clasificación», «binarismo», «sentido común», «representación», «evidencia», etc., pues no se está pensando desde sus parámetros) no deben reintroducirse por la ventana para hacerles realizar funciones que son impropias. Tal operación es el efecto de una violencia simbólica que un proceso intelectual serio debería neutralizar, ya que anularla sobrepasaría sus capacidades. Al desoír expresamente las voces que resuenan en tales pensamientos, tomando de manera aislada o anecdótica algunos de sus elementos, esas formas de captura (mediante la mención literal o la referencia, desconociendo la operación que en ese momento se está realizando) no pueden disfrazarse bajo la idea festiva de que se está ejerciendo una tarea crítica. Lo que en realidad se da es un ejercicio inútil y apresurado sobre el propio desconocimiento. Y ello nada tiene que ver con los errores de apreciación, enfoque, interpretación o con los límites del propio abordaje que, a menudo, son las claves mismas de su prolongado enriquecimiento. Lo que denomino conceptualmente pensamiento sutil o realizativo requiere salir al encuentro de sus paradojas, de sus contra-opiniones. Cualquier permanencia a su costado, en sus gruesas evidencias o en sus rápidas captaciones, no sólo lo aleja, sino que lo deposita y condena a las más siniestras manipulaciones. Por eso pensar en contra de tal o cual (caro a los territorios profesionales y sus rivalidades), además de parasitario, es una empresa estéril, consignada a reiterar de manera aburrida el punto de vista previamente asumido. No conozco un solo texto hecho contra un gran pensador (de manera explícita o no) que no haya fracasado, víctima de esa bullanguera superación imaginaria. Estoy evocando, sin mencionarlos aquí, algunos dossiers contra Marx, Hegel, Nietszche, Freud, Heidegger, Foucault, Derrida, Deleuze, Borges..., sólo por señalar un listado indicativo. Y esto por la sencilla razón de que un pensamiento se apellida «grande» cuando excede de sí mismo hacia todo aquello que abre y no le pertenece. Si a un pensamiento sutil quisiera atribuírsele un ser, sería justamente lo que nunca podrá ser, o sea, completarse consigo mismo. Por algunas de estas razones, fuera del «orden de las razones», un pensamiento realizativo se obliga a rechazar cualquier tipo de atribución o endoso. Formas banales de anular, excluyendo aquello que debe ser justificado. Demeritar lo que no se comparte es el mecanismo habitual de las calificaciones y atribuciones. Sutil es, así, uno de los nombres de lo otro, de una radical diferencia. De ese modo es lo que escapa a toda «globalización». Desde este ángulo el presente amplificado, inédito, que caracteriza al espacio-tiempo cerrado de la «globalización», es considerado como un proceso de devastación. Ésta ocluye pensar la temporalidad misma como constituyente de la otreidad, de su fue y de su será. Y, con su huracán del ya y el ahora –exigencias patológicas–, arrasa con el sujeto que parece exaltar y la cotidianeidad a la que simula rendir culto. Realizativo que, por ser tal, no puede sustraerse de la cadena donde adquiere sentido. Su complejidad, sus diversos orígenes y sus retos actuales, están sostenidos por una ética en acto de la responsabilidad –desarrollando la complejidad que posee ese acto– social y personal, antídoto de la sacrosanta impunidad. Una estética orientada por distintos modos de afección y recepción. Una política de transformaciones colectivas, más acá de los partidos políticos (reconociendo su importancia, pero sabiendo que siempre estarán partidos). Una justicia más allá del derecho, cuya justicia es ciega, sobre todo por lo que no puede ver. Y, finalmente, por una verdad que no es objeto de verificación ni concordancia formales, sino de una congruencia operativa con su producción social e histórica. En fin, la no simplificación será la regla de juego de mis elucidaciones, siempre en escorzo, sujetas a constantes modificaciones. ¿Por qué regla de juego? Porque sabemos que existen juegos sin reglas. Y no ignoramos que se llaman «sacrificiales». No simplificación, marcas singulares, diferencias imperceptibles, resistencia creativa, grito sutil. No más «sacrificios» en pos de una hipoteca vital, de una existencia des-almada. Se trata de ejercer, en cambio, un juego complejo que ponga a girar la vida con sus morires. Y, así, en adelante. Por principio, por grito y especimen, un pensamiento sutil no puede ser «superado» o «trasvasado» (como una época, un avance científico, tecnológico o una generación), pues queda sujeto a su propio régimen de consistencia. Y si posee un «más allá», nada tiene que ver con lo anterior, ni con el «olvido» de esos pensamientos, sino con abrirlos, leerlos de otro modo. Quizás como ellos leen nuestros textos sin que lo sepamos ciertamente. Así, de manera sutil e imperceptible. Un pensamiento realizativo repudia toda acción plagiaria (no pasa lo mismo con la utilidad que puede tener la copia o el remedo en los inicios escriturales), forma bastarda del saqueo generalizado, que deja sin sostén aquello que es arrancado compulsivamente para «estar al día». Una prolongación inevitable. No existe reclamo alguno desde una supuesta originalidad o una arrogante propiedad privada de las ideas. Estos son litigios banales. Hay dos motivos cardinales. Uno. El saqueo tiende a aniquilar el trabajo y su producto, negando ambos en un solo gesto de arrebato. Otro. El saqueador, cómplice del sistema de expropiación vigente, apenas es atacado su botín, lo abandona. Como ignora su procedencia, los canales de investigación y los procesos de elaboración, lo condena a la orfandad y se vuelve agente de su silenciamiento. Por otro lado, dicho pensamiento evita valorar sus producciones según un sistema de deudas o de investigaciones policiales sobre las fuentes, aunque de éstas recupere su uso crítico y productivo. En primer lugar, porque un pensamiento que se denomine tal salda sus deudas en tanto escritura; caso contrario queda sujeto a sus vergonzosos ocultamientos. En segundo término, porque las fuentes quedan esclavas de sus emanaciones, como si fueran el origen de lo que brota de ellas, y no sus conductos, como lo son en realidad. Un pensamiento es burlado cuando se lo replica, pues la réplica parodia el qué y el quién constitutivo y olvida el cómo de su fuerza constituyente. Venerar a un pensador es realizar cómo él se dejó pensar en un camino (ese cómo apareja tolerar otros que toman rumbos, con igual fuerza, desechados por él o que nunca le preocuparon) atravesado por infinitas bifurcaciones, y no calcar –de manera burda o ingeniosa– el qué de su literalidad. La escritura es la verdadera biografía de un pensamiento; bio que es vivida en su grafía que siempre materializa, por más alto que sea su nivel conceptual, una posible historia de vida. Fuente: Ciertas y necesarias precauciones para abordar el pensamiento sutil. En Ensayo sobre el pensamiento sutil. La cuestión de la causalidad. La causalidad en cuestión. EPBCN, Barcelona, 2010 (pp. 9-15). La Cebra, Lanús, 2013 (pp. 17-22). Trabajo de selección a cargo de Gabriela Cardaci.

  • Elogio del pensamiento (fragmento) / Juan Carlos De Brasi

    II La pertenencia a un campo de pensamiento no es arbitraria. No se pertenece a cualquier cosa ni de cualquier manera. Tanto las cosas como las maneras van siendo esas y no otras, por lo menos, no caprichosamente otras. Dicho de distinta forma: no se está incluido en un pensamiento a voluntad, es más, a menudo se lo hace contra la voluntad, cuando ésta ha comenzado a evaporarse y la conciencia da paso a sus fallos y grietas, es decir, a las verdades que la van determinando a través de un complejo proceso. Procesar es captar que la voluntad y la conciencia son tales cuando rehúyen su inmediatez hacia la red de sus constituyentes, cuando dejan de tomarse como “facultades” o “meras fuerzas de imposición”. Así fueron consideradas una y otra, tanto en la “psicología de las facultades” (que facultaba para dar luminosidad a todo), como en la “psicología de la voluntad” (que llegó a situarla en la naturaleza misma de las cosas). De ahí que una pertenencia no pueda ser satisfactoriamente puesta de relieve por una “teoría de la luz” –focal en el caso de la conciencia–, ni por una “teoría dinámica”–de la voluntad; más tarde, históricamente, centrada en la noción de motor y motor a explosión-. La pertenencia requiere, por el contrario, el fino hilo de la tradición y su entramado. Que la tradición se teja, que sea un tejido de tiempo, no es sólo una feliz metáfora. Ya retomaré esa dimensión lanzada, desde un futuro imperfecto –que estamos siendo– hacia nosotros. Fuente: Algunas condiciones básicas para interpelar la problemática del pensamiento –Coda lunga–. En Elogio del pensamiento. EPBCN, Barcelona, 2015. La Cebra, Adrogué, 2015. Trabajo de selección a cargo de Gabriela Cardaci.

  • Elogio del pensamiento (fragmento) / Juan Carlos De Brasi

    III En la lógica temprana y en las lógicas más tardías, casi todas ellas de carácter matemático o matematizable, el concepto –y más vastamente el pensamiento, sus componentes– ha sido confundido con la proposición, y básicamente con la proposición lógico-gramatical, cuya estructura se redujo (aunque luego tal reducción sea objetada en el mismo ámbito de la lógica formal) a sujeto y predicado. De ahí que la gramática oracional fuera tomada como la operación racional por excelencia, y que en ella se confundiera lo racional con el pensamiento mismo; por eso la gramática de Port Royal se denominó “Art de penser”. Así, poco a poco, fue reinando en el corazón del concepto la cortesanía de la proposición, hasta declarar los propios cortesanos que los conceptos son “proposiciones carentes de sentido”. En adelante me referiré básicamente al grueso del empirismo lógico y, en absoluto, a las diversas lógicas formales, cuyas contribuciones son relevantes para el desarrollo operativo del conocimiento en general. Por otro lado aludo, también, al furor formalizante (no a los modos de formalización que son algo muy diferente en manos idóneas) que intentó dominar –1940, 1960, son algunos datos indicativos– ciertas disciplinas y regir el disciplinamiento del pensamiento mismo; voces de mando que se actualizan, irónicamente, en la médula de una práctica que se creía emancipadora. Existe un famoso (célebre por lo celebrado, no por sus cualidades) opúsculo de R. Carnap llamado La superación de la metafísica mediante el análisis lógico del lenguaje, donde se pretende dar cuenta del sinsentido de los conceptos, denominados con cierto uso y abuso, “metafísicos”. El libelo hizo época, sobre todo por lo que intentaba des-hacer. Estos embates reaparecen periódicamente. Cuando Carnap analiza –según él– proposiciones como “la nada nadea”, “el verde verdea” o “el mundo mundea”, que transitan desde los estoicos a Heidegger, retacea sus propias estrategias que consisten en negar el proceso de constitución de las mismas ciencias, es decir, re-negar de la importación, la traducción y la suposición. Toda ciencia maneja estos plegamientos. Ni la lógica, en algunas de sus ramas, ni las matemáticas van totalmente a la zaga, sea en las matemáticas puras o en las aplicadas. Se importa quiere decir que eso que es traído al campo específico importa, es importante para él. No se importa cualquier cosa, sino aquello que pone en juego una función (por ejemplo la transmisión, un modo de intervención, etc.), y las transformaciones que se dan en el campo específico. Hay traducción quiere decir, en primer término, imposibilidad, descreencia. Que traducir sea “imposible” indica, ante todo, que hay un proceso inconsciente, y que éste, como el asunto de la traducción, no puede colmarse, agotarse en ningún lado, ni en ningún régimen establecido. Y, también, en la traducción se descree que al pasar de un plano a otro de una lengua a otra, de una variedad a otra, que exista una analogía o una semejanza ciegas. Si se diera alguna creencia sería –y en el campo del pensamiento es así– que al traducir se amplían las diferencias, pero se consolida el intercambio y los interlocutores no previstos, lo cual no es poco, a pesar de ser insuficiente. Además hay una serie de aspectos que juegan en la traducción (p. ej. la memoria, la deuda entre el original y la traducción, el contrato, el testimonio, etc.) que sólo quedaran en reserva para otra ocasión. Implica constante suposición [1] quiere decir que el punto de partida es siempre, y por lo menos, dos, entre dos, que no hay discurso único, unificado, sino en devenir, diseminado. Ahora bien, retomando a medias, esas críticas ignoran sus mismos procedimientos, o sea: la tensión que las modula, pues “lo que puedo decir no lo puedo mostrar, y lo que puedo mostrar no lo puedo decir” como señalaba Wittgenstein. Es decir, ignoran que lo cierto de sus certezas es lo que está en cuestión y no el ajuste de cuentas que cree ejercer con destreza, aunque esta no les falte, es más, hay un exceso de habilidades sin pensamiento efectivo. Una serie de procedimientos reglados, un conjunto de recursos técnicos, cuya finalidad inconsciente es resistir todo lo posible a un acceso, a las verdaderas sendas, que un camino de pensamiento requiere para circular por él. [1] Debo extenderme un poco sobre el particular, ya que el término se reiterará en el escrito. La idea de suposición, aquí, es tomada difiriendo de la clásica separación entre presupuestos objetivos, o conceptos supuestos por un determinado concepto, y presupuestos subjetivos o anclados en sentimientos en lugar de hacerlo en conceptos. Por el contrario la suposición no juega en ninguno de los dos polos, sino entre ambos; entre imprescindible para evitar toda polarización. No se trata de ningún juego preposicional. Ello apunta a una distinción que estimo básica y desaparece en casi todos los escritos. Cuando digo: “Cortázar escribió…” estoy nombrando (suposición formal) la entidad de nombre Cortázar. En cambio cuando digo que Cortázar tiene tres sílabas (suposición material) sólo me refiero al nombre “Cortázar”. Esto permite despejar equívocos y agregar una distinción importante. El equívoco: el entre despeja la cuestión bizantina de si el pensamiento tuvo un principio o comienza en tal o cual etapa y asuntos similares. La distinción a tener en cuenta: en el primer ejemplo el patronímico se usa (en esto ancla el sentido común) y en el segundo se menciona, fuera del campo que parece “lo mejor repartido”. El entre opera en una dimensión que promueve e ignora a la vez a ambos, modificando y alterando la división de territorios. Fuente: Algunas condiciones básicas para interpelar la problemática del pensamiento –Coda lunga–. En Elogio del pensamiento. EPBCN, Barcelona, 2015. La Cebra, Adrogué, 2015. Trabajo de selección a cargo de Gabriela Cardaci.

  • Diciembre Adynata / MP

    Piedras La última vez que desafiaron al tiempo, el dios de las eternidades las castigó con la inmovilidad. Desde entonces, relatan lo que perdura y lo que muere. Están ahí como memorias expectantes de los días. Inertes, desarrollaron la capacidad del color y de las formas erosionadas. Construyeron casas y templos, trazaron límites y caminos. Conservaron el secreto del fuego, la sensación del agua, la furia de las revueltas.

  • En soledad y sin decirte / Jay Broin

    Trasplanté el aloe, que estaba pidiendo espacio, como vos. Y le di aire, oxígeno, le puse tierra, para verlo expandirse, para verlo crecer. A veces sólo podemos dar oxígeno, no hay más, a veces se resbalan de las manos, las posibilidades de entrega, no porque uno no quiera, o porque el otro no reciba, sino porque la única manera, es, crecer solo. Hoy planté caléndula, la esparcí sobre la tierra, y la dejé, para darle el tiempo de hacer (se) Las apoye en una base de mi casa, en mis bases, las dejé, para que ocupen espacio, para que tomen con fuerza el lugar, en el que quieran echar raíces. Y acá estoy, estoy solo, como casi nunca. Hice un budín, y también estoy cocinando ravioles. Hago Hago Hago Para no escribirte, para tu oxígeno, para tu oxígeno, y el mío. Escucho un pianista, lo dejo entrar, A mi, A mi, como un oxígeno, calma la ansiedad, de pensar que no hay nada, Si no estás. Calma, una mano desesperada, una mano desesperada que aprieta un piano, y sólo saben salir, melodías. No quiero No quiero ni puedo presionarte más, nada bueno va a salir, si sólo me balanceo sobre vos, una una y otra y otra vez, buscando calor, nada más que frío, voy a encontrar, porque me puedo congelar, porque me puedo congelar, entre mis ganas, de que te quedes y tus ganas, de respirar. Encontré la suerte en un cajón, la dejamos guardada por si acaso, Nos animamos a ser felices mañana, sentí tocar el fondo, como nunca como nunca antes, con suavidad. Un fondo Un fondo que no conocía. Casi podía acariciar las raspaduras que traía, de tanto patear, con suavidad empujé, y sentí que de a poco, de a poco entre tanta agua revuelta, revuelta revuelta Por nuestras emociones, podía fluir sin si, sin ahogarme. Y sentí la sorpresa de un niño, de un niño que no sabe que no sabe que hacer con lo que siente Lo que siente Ya se hicieron los ravioles, dejé algunos congelados, por si un día, si un día nos animamos, a ser domingo de familia. Los ravioles de la abuela, que nos mandó. Dejé en el freezer tu parte, para que respires, y si querés volver a casa, sea hogar.

  • Sesiones en el naufragio (14) Saber lo vivido / Marcelo Percia

    Contar lo vivido resulta tan necesario como respirar. Sin embargo, el horror enmudece. Como en las pesadillas, las devastaciones necesitan despertares. No hay relato sin corte, sin interrupción de lo insoportable. Lévi-Strauss (1964) observa diferentes culturas. Chamanes o hechiceros hablan con la tierra, con el aire, con el fuego, con las lluvias, con la muerte, con el porvenir. Todas las prácticas sanadoras procuran bailar y cantar para rodear un gran silencio. En sus primeras Mitológicas piensa modos de comer y de tratar los alimentos: lo crudo y lo cocido, lo fresco y lo podrido, lo hervido y lo asado. Así, una vida relatada interviene lo vivido como el fuego hace con lo crudo, como el agua que hierve hace con lo indigerible, como el tiempo (que sazona o descompone) hace con el pan. ¿Cómo sabemos lo vivido? Necesitamos contar lo que estamos viviendo: sin esa narración la vida no termina de pasarnos. Sabemos lo vivido narrándolo. No se sabe lo vivido solo por haberlo vivido. Se necesita una distancia, una separación, una discontinuidad, un después de lo vivido. Se necesita deshabituar la tendencia de reducir lo vivido a lo ya conocido. Se necesita poder contar lo vivido como perplejidad o pasmo. Se necesita tener a quien confiar sensaciones sin organizar que vacilan o no saben cómo decirse. Sin estos momentos, lo vivido se siente como cansancio, aturdimiento, confusión, embotamiento, amenaza difusa. Cuando no se puede transformar lo vivido en una común experiencia de lo no sabido ¿qué se puede hacer para escapar a esa indecisión?, ¿suscribirse o abonarse a narraciones compactadas, rutilantes y concluidas? Una observación de Benjamin (1936) en tiempos de la primera gran guerra europea del siglo veinte: “¿No se notó que la gente volvía enmudecida del campo de batalla?”. ¿No se observó que cargaban el horror silente de lo vivido? Entre lo vivido y la experiencia se necesita tiempo, pero no el de relojes y rutinas, sino el tiempo de los sueños, el tiempo de los duelos, el tiempo de las conmemoraciones. Escribe Benjamin en El narrador que se necesitan las horas de muchas noches para que las aves del sueño incuben el inasible cuerpo de una experiencia. También menciona la trasmisión boca a boca como curso murmurante de gestación de una experiencia. La maceración de lo vivido como pasaje susurrante de una voz a otra, de una lengua a otra, de un aliento a otro. Boca a boca no como mercadotecnia ni como circulación de sentencias ni como comunicación de dictámenes, sino como soplos de asombro. Boca a boca no como distorsión de un mensaje inicial, sino como resonancias que se mezclan en una común cavidad hablante Benjamin distingue dos pasiones narrativas: la que desea contar un viaje y la que desea contar historias del lugar en el que se estuvo siempre. Una voz que parte lejos y vuelve para relatar lo que vio y una voz que puede contar tradiciones y secretos del lugar en el que nació. Benjamin (1936) advierte que la información suprime la experiencia. Manufactura lo acontecido. Lo mercantiliza en un conjunto de frases hechas. Edita datos, concisos y efímeros. Reduce lo vivido a lo ya conocido. La experiencia, en cambio, necesita de uno y muchos relatos: una común ascesis de lo no sabido en lo vivido. Habitamos mundos editados. Fabricantes de información averiguan qué preferimos y nos complacen satisfaciendo, a la vez, sus intereses. Saben que no sabríamos qué desear si el capitalismo no renovara a diario carnadas pasionales que cuelga en el horizonte segmentado de la época. ¿Se podría vivir sin contar la vida? ¿Sin poder dejar asentada nuestra efímera pasantía? Cuando duele vivir, tal vez la única sabiduría posible consista en una común demora en lo no sabido. Uno de los mayores desafíos de la recepción reside en dar acogida a una desesperación que delira. Un delirio no compone un relato. Se dispara como un habla angustiada, aterrorizada, atolondrada, aturdida, superpuesta. Un delirio necesita de cientos relatos, hasta que entre los suspiros cansados de un habla sin surcos pueda narrarse algo de lo insoportable. O pueda, al menos, decirse que se vivió algo que no se puede decir que sigue cargándose en la vida como una experiencia enmudecida. Duele contar el dolor, contar la vida solo contando el dolor. Pero ¿cómo contar el dolor haciendo también lugar a lo que no duele? Cuando nos encontramos diciendo “no sé qué decir” o “no sé qué mas decir” o “me quedé sin palabras”, a veces, recién -entonces- comienza el relato del solo vivir.

  • Historia vital del trabajo (fragmento) / Dulce Suaya

    Comenzaré este texto, con un relato que da cuenta de los momentos iniciáticos de lo que hoy pretendo explicitar como dispositivo psicosocial de intervención clínica: Historia Vital del Trabajo (HVT). Las historias narradas por los usuarios de los Hospitales de Salud Mental me posibilitaron reconocer aspectos silenciados de la vida cotidiana de los residentes en estas Instituciones, transmutar el código y la apropiación de lo narrado. Historias no contadas Es B. quien en primer lugar viene a mi recuerdo. Un rostro surcado por el llanto arrastra el cuerpo gordo, grande, pesado, blando, cargando sufrimientos de tiempos inmemoriales. B. llora. Sus lágrimas no llaman a la compasión, bien por el contrario, molestan; son lo que vulgarmente se denomina “lágrimas de cocodrilo”; nada de lo que sucede las justifica, las legitima. No se alcanza a reconstruir la escena que provoca tanta tristeza. El dolor parece lejano. No se divisa si se trata de una ofensa, de un duelo o la congoja de una vida vacía de sentido desde su origen. Un desafío se impone al interlocutor: lograr que lo que dice le afecte. La dificultad se acrecienta aún más a consecuencia del chasquido que acompaña sus palabras seguido de pequeñas gotas que expulsa al hablar, lo que obliga a quien lo escucha a alejarse. Su mirada se oculta detrás del espesor de los lentes que intentan dar visibilidad a un mundo que se le achica. A pesar de que casi a diario veo a B., en una oportunidad algo de mi desconocimiento sufrió la amenaza de un quiebre. Me presté a escuchar en privacidad sus quejas, que revisten siempre el carácter de una denuncia de consecuencias graves, sobre las que habría que tomar todos los recaudos necesarios para proteger su persona. Era urgente y debería mantenerse en secreto que fuera él el denunciante. B. me llama en voz baja, y como otras tantas veces nos dirigimos al consultorio más distante. Lo escucho. Sin embargo lo que marca una inflexión en este ritual y lo singulariza se liga a la pregunta que le formulo, que desplaza el diálogo hacia mi interés: B, ¿en qué has trabajado antes de estar internado? Cuál no fue mi sorpresa al escuchar el despliegue de un relato al que voy acompañando con mucha expectativa. Aún más, al privilegiar con lujo de detalles su habilidad de marqueterista, la exigencia de perfección del encastre en muebles de estilo según el gusto de los años 40 ́. Mi curiosidad le permitió desarrollar la escena fabril, subrayando el vínculo afectivo que sostenía con la patronal, el prestigio de la fábrica y la calidad de la producción reflejada en las mueblerías clientes, entre las que se encontraban las de alta calidad, nada menos que Maple y Stein. Aún bajo efecto de la sorpresa y entusiasmada con la revelación, confirmo la validez de sus palabras en tanto he comprado mis muebles en Stein. ¿Cuáles fueron los avatares de la vida que lo condujeron a la internación? ¿Por qué el mundo externo al hospital ya no lo abriga? ¿Por qué el desinterés caló tan hondo que no lo provoca a querer salir? Interrogantes a borbotones me inundaban. La fábrica cambió, el hijo sustituyó al padre, y con él entró la modernidad; la tecnología de los muebles en serie reemplaza el preciosismo de los artesanos, el gusto americano domina el mercado, haciendo a un lado el gusto francés e inglés. Conservó el empleo pero no el puesto de trabajo; pasó, en consecuencia, a ser empleado de mantenimiento, cumpliendo la labor de barrer el aserrín que las máquinas fabricaban en gran cantidad. El relato empieza a entrar en un cono de sombra acompañado por sollozos contenidos. B. llora un llanto doloroso, intenso, profundo. Algunas palabras se vuelven ininteligibles y dimensionan nuestra sordera: “Dulce, ya no recordaba más esa historia, porque hace 20 años que de eso no hablo...” Fuente: Suaya, Dulce (2013) Historia vital del trabajo (HVT). Dispositivo psicosocial de intervención en la clínica de la salud mental. En Trabajo, actividad y subjetividad. Debates abiertos. Andrea Pujol y Constanza Dall ́Asta (compiladoras) Córdoba, 2013. E-book.

Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.

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