• Revista Adynata

La palabra abrazada al silencio / Karina Androvich

"Que sea posible sin embargo, pido, apenas eso:

no causar más dolor que el que ya existe,

ante todo no dañar, como decían

los primeros médicos de la tribu."

Claudia Masin


(Crónicas como restos de una conversación)


La invención del lenguaje la pensamos para decir lo que nos pasa, pero lo que nos pasa excede lo que podemos decir. No llegar a decir lo que nos pasa no es una limitación, sino encontrarnos con ese límite que se podría llamar silencio. Entonces, hay un común silencio que no puede ser dicho. Esto no sería una mala noticia. A eso indecible lo llamamos común silencio.

Silencio ante lo impensado / inefable / inasible / indesignable / inconcebible / imponderable / ininteligible / impronunciable. Ante esos abismos presentimos silencios.

Inasible, que no se puede asir, tomar con la mano, vinculado con la idea de poseer.

No son malas noticias estar ante esto.

Si hay algo impensado todavía tenemos la posibilidad de la aventura, la alegría, el juego del pensar; sino es dogma, repetición.

Vivir sin explicar, sin asir.

Lo indesignable, lo que se rehúsa a quedar señalizado en un lugar de captura.

La idea de estigma se carga con una marca de desprecio o expulsión.

Lo inefable, palabra preciosa, como aquello que no se puede explicar con palabras o razonamientos. Algo indecible.


¿Por qué hoy pensamos el respeto por la vida y lo ponemos del lado de lo indecible?


Poner en cuestión la potencia de cada sentido que reproduce el daño de lo vivo implica poder intervenir ante la inadecuación que habitamos entre el lenguaje y la vida.


Convivir con lo indescifrable y respetarlo implica objetar el control de lo vivo. Una amabilidad importante.

Vivir requiere un común aprender a asomarse a un abismo. La idea de abismo puede vivirse como una mala noticia o como una posibilidad de invención.


Vida y dolor como inseparables.

El silencio como revés o envoltura de lo vivo que no es sin la posibilidad de dolor.

Silencio como misterio que respeta la infinitud de misterios, la irremediable inasibilidad de lo vivo que podría doler por el estado de despedida constante que tiene la vida.


¿Por qué se ha vuelto insoportable el silencio en esta cultura?


En la comunidad de invulnerabilidad ilusoria en las que vivimos, las hablas del capital dirían que vida y dolor son separables. La promesa de felicidad se sirve de la elisión del dolor para vender los mil objetos que lo acallen, pero la evitación del dolor lleva al acto cruel.

Lo indecible de un común silencio lo presentifica, actúa a modo de alarma letal.

Se da lo cruel automatizado antes del darse a lo no sabido.

No hay soportabilidad para alojar un misterio.

Se responden trinchetas de puntas que clasifican la vida según los modos que circulan.


La evitación del dolor como brújula hacia el éxito personal: los aplausos del circo capitalista a quienes entronan sus valores como verdades.

Se reinicia el ciclo desde cada boca, a cada momento.

El lugar del dolor queda desacoplado de la vida y se vivencia como fracaso personal a revertir o a ocultar.

Desde una preocupación por la indolencia, por un espacio que cada vez le reduce más al dolor, tenemos que decir que es importante darle un lugar.


Existe el daño. Se parte desde ahí. Tal vez no exista forma de no dañar, pero advertir ciertos daños automatizados en nuestra forma de estar es dar con la pregunta ¿qué participa de los daños de lo vivo, en la forma de vida en lo que vivimos? Una especie de pregunta infinita por el cuidado de lo vivo.


Duele negar lo que duele tomando y destomando lo que conviene.

Duele hablar con la pretensión de que el lenguaje basta para nombrar la vida.

Duele la brutalidad del sí mismo mediatizando sus certezas en formato esloganero.

Duelen las palabras que no abrazan misterio alguno.

Duelen aquellos malestares entendidos como efectos de una vida tramada por violencias, desigualdades y exclusión.

Duelen las clasificaciones, adjetivaciones, predicaciones y demases, que asignan un lugar desde el que se pretende una verdad absoluta acerca de la realidad, que ignoran o excluyen el silencio del que la vida parte.

Advertir el dolor de toda sensibilidad atrapada en rótulos y valoraciones arrogantes, afines a la lógica clasificatoria, que el lenguaje alcanza para controlar la vida, pero también advertir que existe otra posibilidad: devolver la palabra a su hambre, al misterio que porta y desde el que parte.


El silencio es el nudo de todo lo que se puede leer de la vida.

Habría que recuperar distinciones entre el silencio a secas, ese que no se desliza hacia otro lugar, con respecto a lo silenciado, del que se pretendería un acallamiento bajo ciertas formas de amenaza o intimidación.

Lo silencioso, tal vez, pueda aludir a cierto común silencio que podría brindarse en cierto decir / mirar que incluyera el deseo de acunarlo.


Pensar el común silencio como nudo de lo vivo del que parten las palabras. Palabras que, en tanto transporten algo de ese nudo, podrían sanar.

No se trata de que la palabra sane, sino de la intención o el deseo con que esa palabra se aproxima a pensar el dolor. Enunciados que puedan dar lugar a lo silencioso, que se pueda estar diciendo. Comunicar algo con precauciones es introducir el silencio en la palabra, es decir, una palabra que transporte el lugar de lo silencioso, una palabra abrazada al silencio y no a su arrogancia.

Bion detecta defensas ante lo insoportable representado en el silencio. Observa en su trabajo con grupos que hay un levantamiento ante un silencio radical, que se demanda la palabra salvadora porque sino hay ansiedades que arrasan. Bion lleva esa situación al extremo y ve que se activan defensas para volver soportable lo insoportable. Defensas son las que alucinan fanatismos e incondicionalidad ante lo indecible: ataque y fuga o malicias vengativas en acecho.

El enigma se transforma en eso porque no hay soportabilidad. El silencio cumple en los grupos el lugar de la esfinge. El oráculo enmudecido de esta civilización es la sociedad en la guerra.


Pichón Rivière piensa lo silencial como una condición de la enfermedad. Conceptualiza como portavoz a aquella sensibilidad que funciona como cuerpo esponja de lo silenciado - insoportable del grupo familiar, y que, al enfermar, lo hace estallar en el cuerpo en que vive.

Todxs somos portavoces de lo silenciado que duele en el cuerpo.


Portavoz del silencio es esta conversación que, hablando, brinda ese ratito de silencio.


Sin silencio no se puede escuchar. Y aun así no alcanza para escuchar lo tanto que pasa. Toda conversación supone un resguardo -no querer lastimar o salir lastimados-. Un común resguardo sería lo mejor a sostener por una decisión en común. Vehiculizar el común silencio es una forma de respeto por lo indecible de lo vivo, una forma de intentar no lastimar. Introducir la demora, pensada como intento de suspender automatismos que obligan a actuar estereotipadamente frente a lo que no se sabe, también.


En la tragedia de Antígona, Creonte no solo prohíbe en su edicto los funerales de Polinices, sino también que lo lloren y lo lamente públicamente. ¿Qué potencias podría despertar un dolor común a la luz de lo público?


Ni una menos como configuración de lo común para que algo del dolor pueda tomar palabra. Tramitar el miedo a perder la vida. El duelo público como un modo alternativo de tramitar el común dolor.


La potencia de la invención del ‘circular’ de las Madres de Plaza de Mayo ante el “no se puede ‘permanecer’ agrupados” del gobierno militar, nace de cercanías que se entraman alojando un común dolor a la luz de lo público. Esa invención y otras, trascendieron el mundo contribuyendo en gran medida a poner fin a la dictadura cívico militar.


Hacia los silencios que amparan, vamos.


Condolecerse es político.

Nota: Este texto se aventura a un pensar que se con-mueve con las últimas “Conversaciones después de clase” que la cátedra gruposdos de la facultad de psicología de la UBA emite en

vivo por Instagram. Gracias por la invitación a escribir!


de la serie "Limbo”, fotografía Marco Zampieron

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