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  • Sesiones en el naufragio (7) Un común vivir / Marcelo Percia

    Vivir con otros no equivale a un común vivir. Hace falta advertir que el con otros puede hacer daño. El con otros puede lastimar a través de la burla, el desprecio, la indiferencia, la desaprobación, la falta de amor, el rechazo, la exclusión, el sometimiento, la manipulación, la discriminación, la desconfianza, el hacer sentir inferior, la desvalorización, el infundir terror. Bajo diferentes acciones, el con otros puede comprimir la vida. El con otros puede actuar como eco de una moral que ordena, condena, premia. El con otros puede solicitar uniformidad y acatamiento a la voz de un Amo. El con otros puede amontonar desemejanzas y obligar al parecido. No en la semejanza sino en la infinita disparidad reposa lo vivo. Conviene reservar la idea de un común vivir para cercanías que no mandan ni prescriben, que no sancionan ni castigan, que no recompensan ni condecoran. Para cercanías que se saben delicadas y provisorias, gustosas y quebradizas. Conviene reservar la idea de un común vivir para proximidades que no demanden homogeneidad ni festejen lo unísono. Que no fomenten respuestas reflejas de cuando reír y cuando aplaudir. Proximidades que no obliguen reverenciar, venerar, repetir, lo que un poder espera escuchar. El culto de una autoridad no ayuda a pensar, solo sirve para disputar quién interpreta mejor su voluntad. Homogeneidades comienzan como simplificaciones perceptivas y terminan como atribuciones que constriñen a pertenecer a lo mismo. Escribe Gombrowicz (1951): “Pero ante todo, estos sentimientos de admiración y de éxtasis, ¿surgen de nosotros o entre nosotros? Si en un concierto estallan aplausos, eso no quiere decir que cada uno de los que aplauden esté entusiasmado. Un tímido aplauso provoca otros, se excitan mutuamente, hasta que por fin se crea una situación en que cada uno tiene que adaptarse a esa desquicia colectiva. Todos se comportan como si estuvieran entusiasmados, aunque nadie se sienta entusiasmado, al menos hasta tal punto”. Emociones, ¿surgen de nosotros o entre nosotros? No brotan de fuentes personales ni de pluralidades individuales entramadas, tal vez se trata de oleadas que golpean sensibilidades que se estremecen sin saber del todo por qué. Cierto: cuando un auditorio estalla en un simultáneo aplauso no todas las sensibilidades sienten ni celebran lo mismo. Las coincidencias se presentan como efectos temporales antes que como sincronías sentimentales. Lo unísono, a veces, sobreviene como una decisión de anclar la vida, por un momento, en un solo tono: un fingido silencio que suspende los sonidos del mundo. No se resuelve la cuestión de un común vivir diciendo que hay que respetar el ritmo de cada cual o las diferencias de cada quien. Ni repitiendo que se está a favor de la singularidad, del deseo, de la palabra de cada sujeto. Volviendo a confundir sujeción con soberanía. Eso no alcanza. Como escribe Horacio González (1996): “Deberíamos pensar otra cosa y no sabemos qué. Ese no saber es lo que nos interesa”. Se necesitan imaginar composiciones pasajeras. Rompientes de pasiones que se impulsan y expanden hasta desaparecer absorbidas en la arena. Urdir singularidades como súbitas conversaciones entre lenguas intraducibles. Presumir atonalidades, barullos, algarabías indisciplinadas. Estimar juegos rítmicos entre disonancias que se aproximan en los desacordes. No se pretende poetizar la idea de una singularidad no individual, se quiere volver más amable la inadecuación entre lenguaje y vida. Conviene reservar la idea de un común vivir para disparidades que no se ajustan a los lugares asignados. Vagabundeos que no se someten a consignas unificadoras. ¿Hay una vida así? Tal vez en algún momento de la amistad y el amor, en la inesperada alegría de la fiesta o la de un juego no reglado. Pichón Riviere sostenía que un conjunto de vidas separadas por una multitud de diferencias necesitaban una tarea en común para agruparse. Entendía que la homogeneidad de una meta conjugaba y potenciaba heterogeneidades. Sin embargo, se insiste aquí en un común pensar sin finalidades preconcebidas. Pero tampoco como deriva y naufragio. Un común estar como la sola partida, el solo desprendimiento, el solo desasimiento. Ya no la figura del objetivo común ni las metáforas de la navegación y el naufragio. Un común estar como comienzo de un exilio o una separación de las restricciones que la idea de mismidades individuales impone. Después de todo el artificio de una mismidad funciona como reducción o limitación o privación que persigue sustraer un poco del vértigo de lo vivo. ¿Se puede estar así en la vida, en la enseñanza, en la clínica? ¿Para qué insistir en la preposición de un común vivir en lugar de decir como todo el mundo una vida en común, una vida en comunidad, una vida en sociedad? Porque quizás algún día se pueda o, al menos, para que no se naturalice una limitación actual como límite o cerco para un vivir venidero. Se trata de prevenir fanatismos colectivos. Violencias con y sin uniformes. Indolencias que dañan y matan. Necesitamos pertenecer a algo aunque esa filiación estreche, comprima, amordace. Insistimos en ir hacia lo común para buscar amor. No sabemos otro modo posible de sosiego. La amenaza de no reconocimiento actúa como presión para la integración comunitaria: extorsión normalizadora. No se trata de vivir con otros, sino de vivir con otras vibraciones incapturables, con otras disidencias inclasificables, con otras soledades irreductibles, con otras aflicciones inimaginables, con otras complicidades imprevisibles, con otras formas de abrazar, con otras recepciones de lo no sabido. Entonces, vivir en proximidad de lo incapturable, lo irreductible, lo inimaginable, lo imprevisible, lo siempre extranjero y no sabido. Una de las meditaciones John Donne (1624) en sus días de enfermedad dice: “Ningún hombre es una isla entera por sí mismo. / Cada hombre es una pieza del continente, una parte del todo. / Si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, / como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia. / Ninguna persona es una isla; la muerte de cualquiera me afecta, / porque me encuentro unido a toda la humanidad; / por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti”. El escritor inglés escribe este fragmento en momentos en que siente la proximidad de la muerte. Escucha el sonar de las campanas de la catedral como anuncio de una existencia difunta próxima de la suya. Las metáforas de la isla y el continente y de la parte y el todo recorren el pensamiento de lo común. Lo mismo pasa con imagen de que todas las vidas están unidas en el instante de la muerte. Como dicen los versos de las coplas de Manrique (1501): “Nuestras vidas son los ríos / que van a dar en la mar, / que es el morir…”. No conviene repetir que se es parte de un todo como los órganos de un cuerpo. Lo común se siente como embriaguez de cercanías y necesidad de las lejanías, se experimenta como mareo, como cuando se comienza a girar con los ojos cerrados no sabiendo si confiar en los sentidos. Conviene discutir la idea componentes de una totalidad cuando se trata de pensar lo común. Se necesita rehusarse a considerar lo común como una materia completa y entera de una existencia conjunta que se divide en elementos individuales. Hace falta pensar la vida como demasía en la que se está, se lo sepa o no, en tanto sensibilidades expuestas y desamparadas en una común exposición y desamparo. Escribe Rilke (1905) en El libro de las horas un poema, Hora grave, que dice: “Quien llora ahora en cualquier parte del mundo,/ sin motivo llora en el mundo, llora por mí./ Quien ríe ahora en cualquier parte de la noche,/ sin motivo ríe en la noche,/ ríe de mí./ Quien va ahora a cualquier parte del mundo/ sin motivo va por el mundo,/ y va hacia mí./ Quien muere en cualquier parte del mundo,/ sin motivo muere en el mundo,/ me mira a mí”. Conmueve lo que escribe Rilke. Se advierte cómo esa ilusión de mismidad se ve traspasada, como las demasías desbordan territorios posesivos del mínimo yo. El llorar de todos los llantos, el reír de todas las risas, el ir de todas las partidas, el morir de todas las muertes, pulveriza angosturas de las conciencias, sus posibles resguardos y duplicaciones. La gravedad de las horas necesita de una común recepción y, a veces, ni siquiera eso alcanza. La gravedad de las horas, la enormidad de lo que estamos viviendo, todavía no puede pensarse. Nunca antes la atracción de las cercanías se había tornado tan peligrosa. Muertes y contagios aceleran pulsaciones, musculaturas ateridas chocan contra los fríos muros del encierro. Conviene plantar una diferencia entre la ira y el odio. Mientras el odio desea dañar, la ira dice basta a lo que daña. Manos maliciosas no implantan deseos de destrucción. Odios, que brotan de la desesperación, exigen salvación matando. Cuando las rutinas contenedoras del mundo del capital fallan, crueldades agazapadas -que anidan en las indolencias naturalizadas- se desatan. Un acto de crueldad, en cualquier lugar que estalle, llama a que pensemos no en una personalidad maligna, sino en el mundo que lo hizo posible. Hablas de las derechas se aferran a la ilusión inmunitaria del odio. La aversión como desmentida de la intemperie planetaria. Las consignas “déjennos circular” o “las escuelas no transmiten tanto el virus” expresan necedades y confusiones destructivas de pasiones individualistas. En el último año comenzamos a representar una vida en común según la metáfora de las burbujas. Burbujas protectoras, porosas, flexibles, livianas. Burbujas refugios de supervivencia. Una banda de rock estadounidense The Flaming Lips (algo así como labios en llamas) realiza en 2020, en medio de la pandemia, dos recitales en Oklahoma en los que quienes asistieron escucharon y bailaron encerrados en burbujas plásticas. Cada burbuja tenía espacio para tres convivientes. Contaba con un altavoz para escuchar el concierto, una botella de agua, un ventilador a pilas, una toalla, un cartel con la frase "tengo que orinar” y otro con la de “hace calor aquí". El tiempo en que una vida que respira puede permanecer en estos espacios es de una hora y diez minutos. La idea de burbuja conmueve la ilusión de individualidad. Subvierte fronteras corporales, concibe islotes no personales, instala una interioridad no interior. Una delgada silicona simula una piel común. Un globo de aire en el que se acompasan latidos de varios corazones. Sabíamos burbujas de clase, burbujas coloniales, burbujas de género, burbujas hetero-normativas, burbujas familiares, burbujas universitarias, burbujas urbanas, burbujas de impunidad. Ahora también sabemos burbujas inmunitarias. Tal vez algún día se sepa lo que ya se sabe: todo lo vivo reside en la sola burbuja planetaria. El pensamiento europeo inventa la ficción de otredad como frontera de nieblas, como frente de tormenta, como horizonte inalcanzable. Conviene pensar lo que se llama otredad sin contornear superficies de cuerpos capturados. No alcanza con sumar clasificaciones: el otro, la otra, le otre. Se necesita pensar en soplos que expanden misterios e íntimos suspiros. No se pretende una poética de las otredades, sucede que no hay otra manera de decirlo: se trata de ternuras de aire, brisas de fuego, desgarraduras de agua. Repentinas proximidades entre existencias que, mientras conversan y se acarician, no se conocen, ni se identifican, ni se comprenden. Empatías, simpatías, antipatías, sirven, a veces, para aplazar la incógnita interminable de una vida. Suelen cubrir con relatos convencidos ese lugar de no saber. Hay atracciones inmediatas y rechazos automáticos, también cercanías que estremecen y emocionan sin que medien historias y explicaciones. Sensibilidades traspasan fronteras: a eso se llama afectación. Pero esas demasías emocionales aturden sentidos, aceleran latidos, transpiran en las manos. Se sueñan y deliran. Empatías, simpatías, antipatías, se vivencian como narrativas que rescatan a las sensibilidades del desconcierto. El inaudible musitar de las cercanías no corresponde al rubro del conocimiento. Se trata de proximidades silenciosas entre cordialidades que saben desconocerse respetando lo irreductible. Absortas ante esos extraños pliegues de lo vivo. Desde antes de nacer, amorosas acogidas que abrigan, acarician, apalabran, accionan para que una ávida existencia, para no sucumbir, se abrace a la ficción de una interioridad. Movimiento paradojal de invención de una interioridad forastera: una interioridad fuera de sí. Un poema de Wislawa Szymborska (2012) se llama ABC, dice así: “Ya nunca sabré / qué pensaba de mí A. / Si B. llegó a perdonarme de verdad. / Por qué C. aparentaba que no pasaba nada. / Qué papel jugó D. en el silencio de E. /…Qué esperaba F., si es que esperaba. / Qué aparentaba G., a pesar de estar segura. / Qué quería ocultar H. / Qué quería añadir I. / Si el hecho de que yo estuviera a su lado / tuvo alguna importancia / para J. para K. y para el resto del alfabeto”. Este texto podría recordarse como el abecedario de las soledades. Todas sus preguntas van precedidas de un “ya nunca sabré”. Tal vez se trata de eso: imaginar un común vivir entre cercanías que nunca se supieron, ni se saben, ni se sabrán. Un común vivir que, sin embargo, sí sepa un común desamparo y la común intemperie planetaria. Y que también sepa un radical rechazo de lo que daña llámese individualismo o capitalismo, sujeción o normalidad. Fuente: La tecl@ Eñe. 13 de junio 2021

  • Post Guardia XXVII / Débora Chevnik

    Nadie. Ni unx se inmutó cuando dijeron que el 1 de julio tendrán una adecuada sepultura. Es más, se escuchó decir que será festejado con un asado. Nos transformaremos en sepulturerxs de libros, comeremos carne y beberemos. Este invierno nos trae la novedad del traspaso de los registros de las consultas: pasaremos del papel, como hacemos hace décadas, hace más de un siglo!!, al soporte electrónico. La era del copio y pego y de las palabras predictivas está instalada. Me acuerdo una vez, una compañera que comía un tostado de queso y tomate arriba del libro de guardia mientras lo escribía. Yo transpiraba la gota gorda, casi que podía ver la mancha de grasa en el registro de la consulta que escribíamos. Otra vuelta, sin darme cuenta, lo juro, apoyé el libro en una camilla sobre una mancha de vaya a saber qué. El libro de guardia del equipo de salud mental, ese que lxs amigxs pediatras llaman el libro de “me dijo le dije”, está llegando a sus días póstumos. Un nombre cariñoso para uno de los últimos lugares donde se registra la novela humana que llega a los hospitales y aún no fue del todo sintetizada-zipeada-codificada ni panoptiqueada. Se acaban los manchones, las hojas arrugadas sin querer, las letras ilegibles, los chistes de la letra de médicx, los pifies al momento de escribir la fecha porque si, porque lapsus. Se acaban las letras raras, las envidiables, las gigantografías, las nanoescrituras. Se acaban los trazos, las firmezas, los tachones, los errose y los sic. Lo que nos hace el papel; esa memoria, esa espacialidad, ese cuerpo: game over. Lentitudes y tropiezos mutan en bits bytes and bites. No muere nadie, muere el papel, morimos todxs. Reencarnaremos en hackeos y en un café de madrugada derramado sobre algún teclado distraído.

  • Clítoris, anarquía y feminismo / Catherine Malabou

    En griego, an-arjia designa literalmente la ausencia de principio (arjé), es decir de mando. Que no haya mando también significa que no hay comienzo. La arjé determina un orden temporal al privilegiar lo que aparece en primer lugar, tanto en el orden del poder como en el de la cronología. Anarquía quiere decir entonces sin jerarquía ni origen. La anarquía pone en tela de juicio la dependencia y la derivación. Durante siglos, “anarquía” no significó otra cosa que desorden y caos. Aristóteles la definió como la situación de un ejército sin estratega. Un ejército que de improviso se dispersa y no sabe ya de dónde viene ni a dónde va. Los soldados miran atrás y no ven ya a su general ni perciben otra cosa que el vacío. A mediados del siglo XIX los anarquistas invirtieron esas significaciones negativas y afirmaron que “la anarquía es el orden sin el poder”.[1] Los soldados sin jefes deben aprender a organizarse solos. Un orden sin mando ni comienzo no es necesariamente un desorden y ni siquiera lo es en modo alguno, sino un ordenamiento diferente, una composición sin dominación. Que solo procede de sí misma y nada espera como no sea de sí misma. Un orden de las cosas sin órdenes impartidas. La complicidad entre clítoris y anarquía obedece en primer lugar a su destino común de pasajeros clandestinos, a su existencia secreta, oculta, desconocida. También al clítoris se lo consideró durante mucho tiempo como un alborotador, un órgano de más, inútil, que desafiaba el orden anatómico, político y social con su independencia libertaria y su dinámica de placer apartada de todo principio y toda meta. Al clítoris no se lo gobierna. A pesar de todas las tentativas de encontrarle amos –autoridad patriarcal, dictado psicoanalítico, imperativos morales, peso de las costumbres, carga de la ancestralidad–, resiste. Resiste la dominación por el hecho mismo de su indiferencia al poder y a la potencia. La potencia no es nada sin su efectuación, su ejercicio, como lo testimonia la aplicación de una ley, un edicto, una orden e incluso un consejo. La potencia está siempre a la espera de su actualización. Actos, principios, leyes, decretos dependen a su vez de la docilidad y la buena voluntad de sus ejecutantes. Acto y potencia tejen la tela inextricable de la subordinación. El clítoris, justamente, no es ni en potencia ni en acto. No es una virtualidad inmadura a la espera de la actualización vaginal. Tampoco se pliega al modelo de la erección y la detumescencia. El clítoris interrumpe la lógica del mando y la obediencia. No dirige. Y por eso perturba. La emancipación necesita encontrar el punto de inflexión en el que el poder y la dominación se subviertan a sí mismos. La noción de autosubversión es uno de los conceptos determinantes del pensamiento anarquista. La dominación no puede deshacerse solo desde afuera. Tiene su línea de fractura interna, preludio a su ruina posible. Toda instancia que se muestre indiferente al par del acto y la potencia exaspera a los sistemas de dominación y revela al mismo tiempo sus fisuras íntimas. El clítoris se introduce en la intimidad de la potencia –normativa, ideológica– para revelar la falla que la amenaza sin cesar. Clítoris, anarquía y femenino, que a mi entender están indisolublemente ligados, constituyen un frente de resistencia consciente a las derivas autoritarias de la resistencia misma. La derrota de la dominación es uno de los más grandes desafíos de nuestro tiempo. El feminismo es sin duda una de las figuras más vivas de ese desafío, punta de lanza muy expuesta justamente porque carece de arjé. Pero sin principio no quiere decir sin memoria. Por eso me parece vital no amputar al feminismo de lo femenino. Lo femenino es ante todo un recordatorio, recordatorio de las violencias ejercidas sobre las mujeres, ayer y hoy, de las mutilaciones, violaciones, acosos, feminicidios. De esa memoria, el clítoris es a no dudar, y en muchos aspectos, el depositario, símbolo y encarnación a la vez de lo que la autonomía del placer de las mujeres representa de insoportable. Al mismo tiempo, como ya he dicho, lo femenino trasciende a la mujer, la desnaturaliza para proyectar, más allá de las vilezas de los abusadores, grandes o pequeños, el espacio político de una indiferencia a la sujeción. Lo femenino une esa memoria a este porvenir. Fuente: Malabou, Catherine (2020). El placer borrado. Clítoris y pensamiento. Ediciones La Cebra. Buenos Aires, 2021 [1] Pierre-Joseph Proudhon, Les Confessions d’un révolutionnaire, pour servir à l’histoire de la révolution de février, París: Hachette livre/BNF, 2012 [trad. esp.: Las confesiones de un revolucionario, paraservir a la historia de la Revolución de febrero de 1848, trad. de D. A. S., Buenos Aires: Americalee, 1947].

  • Retruco / Constanza Banus

    Nunca vimos el mundo caer como un castillo de naipes, tratando de atajar las cartas en medio de un huracán de incertidumbres. Nunca el planeta asistió a la desesperación que tironean cultura y naturaleza, en ese oximorón que se crea y se devora a si mismo llamado "humanidad". Estaba lejos, hasta que avanzó por aire y tierra, se llevó nuestro tiempo, incendió planes, inundó vínculos. Nos arrojó contra las paredes y espejos de nuestra vida, se nos movió el piso y perdimos el techo. La información se nos metía en los ojos como arena enfurecida y apenas se escuchaban voces de claridad. Salimos a territorio, a escuchar aprender desafiar contener acompañar, perder las referencias armarlas de nuevo. Frío lluvia viajes tensiones desafíos sonrisas. Nuestras miradas se abrazaron con el llanto de viudas, huérfanos, hambrientos, miedos, esperas soledades. La tristeza es un derecho, acompañarla, con cada posibilidad que exista para frenar este horror, es una obligación. Acá allá y entonces la vacuna, la vacuna y la espera, el avance de los acuerdos y de los otros intentando destrozar nuestros pasos. Quiero decir "nuestros" porque en ese deseo estaba el deseo de vivir, la alegría y el orgullo de pertenecer. Nos sembraron como semillas que resisten todos los climas para crecer, creer , crear. Los vacunatorios se prepararon en escuelas, clubes, universidades, trenes, se armaron como se arma un sitio de refugio en una guerra.La vacuna y la posibilidad de vivir, sin metáfora. La peste no paró y se llevó a nuestros amigues, familia, amores. Nosotres no paramos, así, colmados de ausencias, explotades de ganas, anclados en el puerto de quienes se dan en cuerpo y alma. Ni el día tiene 24 horas ni la semana 7 días, nuestro calendario está marcado por el ritmo de cada vacunade, nada es ideal, nada es ficción, aún así nos prestaron un lugar.Dice mi amigo "Hay algo heroico en un vacunatorio. Un nombre que recordaremos como lugar de antídoto, también, político". Nos han dado el honor de ser parte de una gesta heroica, somos amorosidades y valentías, haciendo un poco más, mucho más. Sé que hay que salir de las metáforas de la guerra, y de las guerras. A veces solo quiero abrazarme y sentir el vaivén de la paz...pero lo que más quiero es este abrazo, nuestro, este abrazo de sentir que están presentes, este abrazo que nos va a quedar en la memoria del mundo, compañeros, compañeras, compañeres, es tiempo de barajar y dar de nuevo. Mono impresión con litografía, madera cortada, impresión digital, tinta, acrílico y otros materiales. Irregular: composición 66 x 52,5 cm/hoja 76 x 57 cm

  • Bomba de hueso / Camila Milagros Hoyo Veigas

    Quisiera escribir un poema que sea mi columna que sea bomba de hueso bomba de hueso y aire bomba de hueso y aire las palabras no se rompen ni llevan fierros bomba de hueso y aire. las palabras no me duelen aire. Decir por ejemplo aquí está mi verso lumbar 2 ¡que sano y fuerte! aquí está mi verso lumbar 3 ¡nunca vi otro igual! miren mis nervios cuántas palabras bonitas ramificadas. Sacarle radiografías, un libro, ningún verso va desviado todos están en su orden nato bomba de hueso y aire las palabras no me rompen ningún trueno cae por mis piernas un punto suspensivo quizá las cervicales Un poema que sea mi columna reinventar mis cimientos que no me exploten cosas que si toco mi espalda toque palabritas un suspiro entre verso y verso vaciar mis vértebras dotarlas de literatura en un orden mágico quitarles las pastillas las palabras ya no duelen y así podría saltar corriendo y serpentear mi cuerpo y si por esas casualidades me caigo, que pena mas no debería ir de rodillas no tendría yo nada que se quiebre y nunca más me tendrían que abrir: no existen los cirujanos de poemas y si existen no me importan (las burocracias no dirigen mi anatomía) o no deberían pues ¿que más dá? yo podría disfrutar un día de lluvia y respiraría su nostalgia sería un poema y no bomba de hueso fierro bomba de hueso fierro bomba de hueso y aire no Publicado en Rota, Buenos ASires, Capuchas Ediciones (2019)

  • No basta / Gloria Anzaldúa

    No basta con decidir abrirte. Debes hundirte los dedos en el ombligo, con las dos manos agrietarte, derramar los lagartos y los sapos las orquídeas y los girasoles, virar al revés el laberinto. Sacudirlo. Sin embargo, no te vacías del todo. Quizás una flema verde se esconde en tu tos. Tal vez no sabes que la tienes hasta que un nudo te crece en la garganta y se convierte en rana. Te cosquillea una sonrisa secreta en el paladar lleno de orgasmos diminutos. Pero tarde o temprano se revela. La rana verde croa sin discreción. Todos miran. No basta con abrirte una sola vez. De nuevo debes hundirte los dedos en el ombligo, con las dos manos desgarrarte, dejar caer ratas muertas y cucarachas lluvia de primavera, mazorcas en capullo. Virar al revés el laberinto. Sacudirlo. Esta vez debes soltarlo todo. Enfrentar el rostro abierto del dragón y dejar que el terror te trague. —Te disuelves en su saliva —nadie te reconoce hecha charco —nadie te extraña —ni siquiera te recuerdan y el laberinto tampoco es creación tuya. Y has cruzado. Y a tu alrededor espacio. Sola. Con la nada. Nadie te va a salvar. Nadie te va a cortar la soga, a cortar las gruesas espinas que te rodean. Nadie vendrá a asaltar los muros del castillo ni a despertar con un beso tu nacimiento, a bajar por tu pelo, ni a montarte en el caballo blanco. No hay nadie que te alimente el anhelo. Acéptalo. Tendrás que hacerlo, hacerlo tú misma. Y a tu alrededor un vasto terreno. Sola. Con la noche. Tendrás que hacerte amiga de lo oscuro si quieres dormir por las noches. No basta con soltar dos, tres veces, cien. Pronto todo es tedioso, insuficiente. El rostro abierto de la noche ya no te interesa. Y pronto, otra vez, regresas a tu elemento y como un pez al aire sales al descubierto sólo entre respiros. Pero ya tienes agallas creciéndote en los senos. Publicado en Borderlands/La frontera: The New Mestiza (San Francisco, 1987)

  • La señorita / Audre Lorde

    Una vez fui inmortal al lado de un océano teniendo los nombres de la noche y vinieron los primeros hombres en trineos de fuego conduciendo el sol. Fui engendrada en el cráter lunar de una virgen condenada a la luz a las interminables mañanas de un mundo seco alejando a la luna no importa hacia donde huyera buscando algún camino a casa, la mañana había señalado los ríos desgarradores para descansar en la cama reseca y brillante de mi madre mar. El tiempo llevó a la luna hacia el cuarto creciente y me encontraron mortal al lado de un cráter lunar susurrando los nombres oceánicos de la noche. THE MAIDEN Once I was immortal beside an ocean having the names of night and the first men came with a sledge of fire driving the sun. I was brought forth in the moonpit of a virgin condemned to light to a dry world's endless mornings sweeping the moon away and wherever I fled seeking some new road home morning had fingered the harrowing rivers to nest in the dried-out sparkling bed of my mother sea. Time drove the moon down to crescent and they found me mortal beside a moon's crater mouthing the ocean names of night. Publicado en Quién dijo que era fácil / Audre Lorde. -1a ed.- Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Zindo & Gafuri, 2019. Traducción de: María Eugenia Soler; Gabriela Raya.

  • Canto a todos / Susana Thenon

    Me esperarán en vano, pues no estoy. He viajado a mi adentro y allí estaré ya siempre. He viajado a mi adentro que nunca se termina de conocer y es tan profundo como el dolor. Y por las tardes en él me tiendo, a las orillas de la sangre, y allí me olvido de cosas tan extrañas como el pasado, y allí, que no hay futuro me tiendo, a las orillas de la sangre y miro la placidez del remanso. 1 – XI- 55 Publicado en La morada imposible Tomo II

  • El escritorio no era de caoba / Eduardo Magoo Nico

    Al fin y al cabo No hace tanto tiempo que el “tiempo” Comenzó a extenderse por todas partes… La vida humana no se ha regido En su ya abundante historia Por la imposición de un meridiano de referencia (Que pasa por la ciudad inglesa de Greenwich) Como por las condiciones atmosféricas Es decir, por una magnitud no cuantificable Que no conoce la regularidad lineal No progresa constantemente Está determinada por estancamientos e irrupciones Se mueve en remolinos helicoidales Que ascienden o descienden Y cambian continuamente de dirección… Estar “fuera del tiempo” Era posible hasta hace poco Y es posible todavía hoy Los moribundos, los enfermos, y los muertos Están fuera del tiempo Un infortunio personal de una cierta gravedad Puede extirparnos (Como una especie de costra o de excrecencia) De cualquier pasado Y de todo atisbo de futuro… Federica como una accidentada gravemente (O un insecto más) Se autoexcluía de la llamada “actualidad” Como si el tiempo no pasara para ella (No hubiese pasado jamás) De manera que podía correr tras él Como se corre con una pequeña red Tras de una serpenteante mariposa O como si todos los momentos del tiempo Pudieran coexistir en ella simultáneamente (Y lo sucedido ayer no hubiese sucedido aún) Una fina llovizna surgía en el aire Aparentemente sin precipitarse Cuando ella vino hacia mí Envuelta en una prenda de lana En cuyo borde finamente rizado Se formaban millones de diminutas gotas de agua Provocando en su rostro Una especie de plateado resplandor Llevaba un gran ramo de hortensias en un brazo Cuando llegó al umbral Levantó su mano libre Y apartó el cabello de mi frente Parecía plenamente consciente de que Con aquel gesto Habría adquirido el Don De ser recordada para siempre Sigo viendo a Federica tan bella como era entonces Inalterada Como cuando alguna vez Entre veloces esbozos De bosques doblegados por el viento Arrecifes, atolones, y humo a la deriva Me preguntara, inclinándose hacia mí: ¿Ves las copas de las palmeras en la casona de Témperley? ¿La gran cama de cedro americano con el respaldar tallado con motivos vegetales? ¿Y tu escritorio de caoba con la carabina Rémington Siempre cargada, y dispuesta a un lado sobre un tapete azul? ¿El gran retrato de Zapata y la biblioteca con listones verdes? ¿Me ves aún desde aquella enorme ventana ornada por vidrios de colores Cuando voy y vengo desde la cocina atravesando el patio (Más de una vez desnuda, para tu escándalo) Intentando arrancarte de la tristeza y del total ensimismamiento? ¿Y haciéndote el amor? ¿O fastidiada e impotente porque nada ni nadie podía con tu sueño? ¿Me ves viéndote llorar, y pensar, y dormir, y escribir… Y luego confesar un amor, al que solo la muerte Podría poner fin? Pero ella nunca estuvo allí El escritorio no era de caoba Y la muerte no pudo remediarlo.

  • Una gallina en mi biblioteca / Gabriela Cardaci

    Disparado por la lectura de Gallinas de Barrett, tuve un sueño. Surgió entrelíneas, no tanto de un pensamiento claro sino de una molestia difusa, ocasionada por una frase, que había pasado casi inadvertida en la primera lectura. Luego comprobé que se trataba de la frase que da comienzo al relato, que dice: “Mientras no poseí más que mi catre y mis libros, fui feliz. Ahora poseo nueve gallinas y un gallo, y mi alma está perturbada”. Es probable que haya dejado pasar lo que parecía una pequeña incomodidad frente al enorme placer que la lectura del texto había sabido darme en su conjunto, en el que admiré una combinación perfecta entre concepto, síntesis y tono de comicidad. El recuerdo del sueño, aparecido casi como una visión al rato de despertar de una siesta, en una tarde calurosa de verano y mientras me paseaba por la casa en ese estado del despertar en el que se anda con los pensamientos flotando sin dirección, fue breve y contundente. Una gallina se desliza veloz como patinando por el piso de madera y desaparece escondida entre los libros del estante más bajo de una de las bibliotecas. Recuerdo luego haberme visto doble. Porque se sabe, en los sueños no hay inconveniente en que una no esté tan unificada como parece. Entonces estaba parada en el centro de la habitación mirando hacia el lugar donde a su vez estaba también en el suelo junto a la biblioteca dando manotazos para agarrar a la intrusa. “El sueño puede tener la forma de la ironía”, fue lo primero que pensé. Y también que seguro eso debía estar en Freud y que debería buscarlo. El sueño pone en primer plano la molestia que había pasado inadvertida, exagera la sospecha sobre la nostalgia por la felicidad perdida que se lee en el relato, la de la coincidencia entre la vieja tranquilidad y la posesión de los libros y la transforma –seguramente a través de sus mecanismos, condensación, desplazamiento, pasaje a la representación en imágenes– en ironía. La gallina, representación en el relato de la posesión y del espíritu del mal en el mundo, invadió la biblioteca. O dicho de otro modo, los libros no son tan ajenos a la brutalidad imperialista del propietario. Pero hay algo más. Un detalle nada despreciable que si bien no desestima por completo la comprensión anterior, no deja sin embargo de hacerla tambalear aunque sea un poco y de agregarle una pincelada de inquietud. Y es que a diferencia de las gallinas de Barrett, atadas a un árbol primero para borrarles la memoria, aseguradas luego con un cuidadoso cerco reforzado y en todo momento vigiladas, la gallina de mi biblioteca se mostró huidiza, escurridiza y en definitiva, hasta el momento final del despertar –y no, como ya se dijo, porque haya faltado el intento de encontrarla– no se dejó atrapar. Junio de 2021

  • Vapores de una cursada / Luciana del Bruto Ochoa

    Una cursada empieza con pocas certezas, algunas. Se sabe que habrá algunas presencias, se sabe sobre los sentires que pueden pasar por esas expectaciones, se sabe ser un espacio, aunque no se sepa del todos sus reveces. Sin embargo, suele ser más lo que se encuentra en su transcurrir a lo que se sabe de antemano. Una cursada que se propone clínica suelta vapores. A veces tanta es la intensidad de estos tiempos que en los encuentros suceden ebulliciones concentradas como en una olla a presión. Si se quita la tapa que los contiene, los vapores arden y hay que alejar el rostro para no quemarse. Intensidades que vociferan sobre estar en crianza y cursada a la vez, estar silentes ante la despedida para siempre de cercanías amadas, estar sensibles sin saber bien por qué, estar pensando que es mucho el optimismo que se necesita para sobrellevar este momento, estar silenciadas porque es mucho caos el del hogar, estar solicitando una disculpa por haberse emocionado. Estar como moléculas de agua pasando a estado gaseoso, liberando las uniones, inventando composiciones eternas y transitorias. Y en un momento el fuego se apaga, quedan las burbujas rebotando, que con los minutos van disminuyendo. Algo ahí se hirvió y espera la próxima ardida.

  • Leerte como ensayo de curación / Joaquín Allaria Mena

    Sin palabras probablemente sea la sensación -no la idea- compartida que tenemos cada vez que terminamos de leer un texto de Horacio González, único autor de la fórmula justa para combinar ensayo con narración, poesía con ironía. Maestro de la escucha, sin palabras no porque no deje nada sin decir, sino todo por escuchar: Horacio como el amable despertador del monstruo que duerme en cada signo. “Nunca se sabrá bien si conviene escribir por encima de los pilares de un momento histórico, sobre todo cuando el torbellino está más exacerbado, o someterse a la lógica interior de los hechos oscuros y vertiginosos”, escribió en el prólogo a la edición facsimilar de Envido (2011), undécimo título de una colección de reediciones y antologías, generosos gestos de justicia bibliográfica que dirigía. Horacio como el noble curador de una línea editorial que hizo que podamos hacer transferencia con la historia. Desde su gestión al frente de la Biblioteca Nacional salió a buscarnos para cargar de politicidad nuestras lecturas. De la continuidad de la revista fundada por Groussac a la trilogía de cuentos para niñxs “Quelonios”, de las políticas de hospitalidad para estudiantes e investigadorxs a la transformación de una máquina expendedora de cigarrillos a una de literatura en miniatura, miles de actividades maravillosas, muestras inolvidables, presentaciones, proyecciones y recitales. La creación de un Museo vivo e interactivo de la Lengua. Horacio como la imaginación insumisa que nos inventó una forma de estar con común con los libros, lo escrito y las ideas situadas en Argentina. Bibliografía ineludible de Grupos Dos, su “Ensayo como lectura de curación” (1998) nos abrió una clave contra la mecánica triste del entendimiento. Guardábamos en secreto el deseo por que pudiera escribir una nueva teoría del hospital (“El dolor funda la lengua”), como la que formuló en 2013 después de su inolvidable paso por la sala 14-A del Santo Tomás de Panamá. Entonces seguiremos leyéndolo, solo que nuestro archivo ahora tendrá más silencios. 23 de junio de 2021

Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.

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