Búsquedas
Se encontraron 1441 resultados sin ingresar un término de búsqueda
- Lengua simple: ¡Liberen a Milagro Sala, ya! / Vicente Zito Lema
(La memoria no perdona / La belleza tiene boca de fuego…) Designio: “La historia cuenta lo que sucedió, La poesía lo que debía suceder” Aristóteles Noticia: La Corte Suprema de Justicia ratificó la condena contra Milagro Sala Aviso: “el que siembra vientos, recoge tempestades” SEÑAL DE HUMO -¿Por qué está presa la susodicha…? -Amenazó a la policía. También insultó… -¿Cómo se titula la causa…? -Le dicen “la causa de las bombachas…” -¡Cosa de mujeres! -Sí, cosa de mujeres…! -¿Qué pruebas hay contra la susodicha…? -La declaración del policía… -¡Suficiente! ¿Y qué alega la susodicha? -Dice que es inocente. Que la castigan por ser mujer, Por ser india, por ser rebelde, por enfrentar la pobreza, por no callarse la boca… -¡Que cierre la bocaza de una vez! ¡Basta de in dubio pro reo! ¡Palos y a la bolsa! Se confirma la sentencia. Que siga en prisión… ¡Y a otra cosa…! CÁNTICO CON MORALEJA En este país la Justicia / tiene la boca torcida Recuerden lo que ya está dicho: aunque la vistan de seda sucia es y sucia queda… SABERES “La justicia es como la serpiente, muerde al que va descalzo” Antigua cultura maya “La peor justicia es la justicia simulada” Platón ANUNCIOS …La justicia se irrita, sea cualquiera el lugar adonde la conduzcan hombres y mujeres devoradores de presentes que ultrajan las leyes con juicios inicuos. Hesíodo EXORDIO Ah / Milagro… el alba ya llega Los actos del mal tienen sus días contados… 16 de febrero de 2021
- Muchacha: desintegración abstracta de la defoliación / Luis Alberto Spinetta (1987)
Más allá de transcripciones cronológicas que responden al “momento” en el que Muchacha, como canción, se involucra en el poder de captación de la gente, una devanación se hace necesaria para mí, de manera tal que bajo un intento de estructura en certidumbre de la simbología del texto, me abra la cabeza. De por sí, ojos de papel es no sólo alusión a la puesta en juego del personaje, sino que además es evocación de facultades en éste, que significan el efecto de su exterioridad, que muta. Su exterioridad cambia, sopesada por “Muchacha”, que es término de la simbología del nombramiento de todos y la inusual diferenciación de quien, a la vez, se transporta hacia las características de “algo en ella” que la hacen única, aun bajo el nombramiento de todos, quienes, a su vez, podrían nombrarla de diferentes maneras. La anomalía es el hilo de seducción que desestabiliza la profunda corporidad del nombre común. El papel no ve. La contraposición entre los simbolismos del título es el eje ante el cual el “azoramiento”, momentáneamente, no se expresa en términos de un nombramiento virtual. Sino que debe introducir una subjetividad que “globalmente” sea la afirmación. Con lo cual, sin recluirse a los ojos de todos, el símbolo del personaje adquiere a la vez una significación individual para cada quien, sin tener de común para todos, más que la unicidad exclusiva y “sin nombre”. Además, hay una subjetividad que debe ser reconocida en el hecho de que “Muchacha” posee las “virtudes de la blindación”. Sus ojos. Blindados por un papel irreductible a lo transparente. Violencia simbólica en procura de seducción. Un vuelo desde las dos orillas de los mundos dan fe del “conducto místico” que proscriba un enunciado que remita sólo a lo real; en tanto que debe contar con partes considerables “de eso”, para realizar “en quien” recaerían las condiciones de lo irreal. Con ello, lo real, corroborado, deja paso al lenguaje irreal que proyecta ilimitadamente los símbolos. “¿Adónde vas? Quédate hasta el alba”. ¿Una niña con ojos de papel adónde puede ir? La blindación ejerce la aflicción en quien no tiene ojos reales para una fundamental orientación. Allí, el relator ingresa sugerido por aquel quien, una vez instalada la dificultad, oficia de obvio guía. Quedarse hasta el alba, que sólo el guía ve, representa a las claras una orden impartida (que subyace en cualquier pedido) y refleja la prosecución de una finalidad por parte del que pide. Instintivo argumento de un “padre represivo” quien, originalmente, acapara la organización de deseos en quien tutela. Aunque ésta no pueda verlo, podría desear algo que es ajeno al campo del impedimento, lo que origina un poder que rige a través de quien todo presencia. El personaje relator: “Sueña un sueño despacito entre mis manos, hasta que por la ventana suba el sol”. Desencadenar el reposo en “Muchacha” parece asomar como una finalidad, con el detalle de que ella debe acceder a una sutil misión que está representada por una localización entre las manos. Esto significa: a disposición de contenido y palpación. Con el objeto de subyugar una porción aun más tangible que lo que se vería teniendo ojos de papel. El mundo onírico de “Muchacha”. Un bastión perceptual que seduce al guía a la pretensión de apropicuarse de “ciertos otros símbolos” por la vía de un método de embalse localizado. Espacio entre dos manos, éste, que se sugiere como el de un territorio de absorción. Espacio al que convergen las direcciones de un cuerpo abandonándose al sueño lentamente, como para un profundo sueño, rico en materias sutiles a las que alojar. La subjetiva posesión, finalmente, a través de una parcial yacencia de la Muchacha hasta el momento de un albor que se une al de sus sueños “detectados”. Ambos son los símbolos de los que ellos creerán ver. Uno en el sueño del otro, y el otro en un “falso despertar” ante el amanecer extásico que no podrá sino reintegrarla a su anomalía. Los dos personajes “sienten” en esos ecos brumosos para los ojos, ciegos o no, el impromptu de un éxtasis de angustia para así desembocar en la risa luego llanto de ella, y la fijación de un símbolo que nace para el protagonista que rige, en vigilia, la situación emocional. La del que intenta reparar mediante la agonía de la oscuridad. Lo cual lo patriarquiza en el aluvión solar hasta el contagio de una reacción indefinible. Otros párrafos como “no corras más”, se ligan a este deseo opresivo del guía en procura de la prevención del peligro. El éxtasis se puede regenerar en tanto y en cuanto esta niña deja de correr para que el reposo entre las manos de su compañero consuele una necesidad sin salida. En “voz de gorrión” se expresa, burdamente, la alternancia entre símbolos cotidianos en función de metáfora, sin interiorizarse demasiado, al igual que cuando enuncia “piel de rayón”. Aquí la suavidad y tersura de la piel podrían ser simplemente cualidades para determinar un adjetivo. Mientras que la caracterización en género de la piel, si bien es coherente por la suavidad del rayón, corporiza una situación comparable a los “ojos de papel” y a “corazón de tiza”. Es decir, señala un obstáculo más en el terreno de las aptitudes más sensibles de ella. El rayón no siente. La tiza no late. “Pechos de miel” es quizás un modelo simbólico que no marca sino el estado real de la seducción. Exhala el juicio de símbolos que no se suponen relacionados con una intención premeditada de señalar carencias o transformaciones hacia un sustituyente artificial. El obstáculo no trasciende en la caracterización de los senos en miel. Es más, estos conservan la contundente norma de la seducción que reclamaría un movimiento desde lo externo. Aquí, verdaderamente, el juego de un desplazamiento reclinatorio es la norma base si es que se admite la acción como resultado de la sumisión del deseo. El deseo adscripto a lo que mana sustancias. Lo que implica la abdicación de supremacía para el compañero de “Muchacha”. Para saciar ese deseo, para predecir en el carácter de sus movimientos la fluidez del deseo hasta la conquista del objetivo, él debe haberse arraigado, asimismo, en un síntoma, que aun siendo momentáneo, deberá reflejar la instancia de una necesidad sin salida que es el combustible del deseo. La fatuidad de esta desorientación antecede al deseo mamario. El líder luego, inclinaría la cabeza mansamente y mamaría de lo que mana de sí después de un último atisbo. El pudor ante la fiesta de la leche materna es un sentimiento que nace casualmente también bajo el hechizo de la miel. La dulzura incontenible de toda miel que obliga a los sentimientos a establecer el límite con respecto a la cantidad de la libación. El pudor está conducido por los resarcimientos que subyacen en todo deseo, por encima de los riesgos de intoxicación. “Pequeños pies, no corras más”. A pequeñas huellas, en algún momento, corresponden pequeños acontecimientos que no colaboran, o son directamente inútiles en sí, como para que Muchacha rompa el elipse simbólico de su propio poder. Es decir, el poder está en manos de quien se lo desea. Ella es el vértigo de una seducción invertida, o en todo caso indeterminada. Brutal es para ella contener las sustancias de quien, finalmente, luego de despojarla prácticamente de sentidos, abdica en procura de una salvación para sí, representada por ese maná. Doble defoliación: primero, de aptitudes sutiles; luego, de una energía predominante. “¿Te robaré un color?” Diría: de los colores tras la retina advenediza de Muchacha, uno, pretendidamente posible, o quizás devenido de las raíces de sus espaciosos sueños, deberá ser captura, aunque quien lo reclama, reclinado, se haya entregado, a lo más acuciante. ¿El deseo de succión? El color que puede registrarse con todos los otros sentidos, más los otros. Por supuesto que se podría tener en cuenta la idea generalizada de todos quienes piensan en “Muchacha” como símbolo de una pacífica visión en el enamoramiento y el despertar. La creación de un “castillo con tu vientre” es el prototipo de un símbolo que conlleva la presencia de una unión sexual. Inclusive hay un manifiesto de procreación allí. Por otro lado, el personaje que canta intenta relacionarse con la idea de ser él un punto de comunicación entre mundos. Él traduciría la magnitud del amanecer para los ojos blindados de ella. Y a la vez, hacia el mundo exterior (organizado ya como el territorio del que surge la realidad que no convive con los ojos de papel y por lo tanto el mundo del que brota la autoridad) la traducción de un lenguaje onírico que él lee a través del contacto de sus manos. Este mundo es tan inapreciable para él mismo y todos los otros seres, como lo es un amanecer para quien no ve sino con ojos de papel. El muchacho es quien se erige como salvación. Se supone que sabe y tiene con qué mitigar la desesperación de ella. Ella se redime al dormir, al abrigo de quien sólo se reclinará a su vez, ante ella, para entregarse, teniendo presente que la finalidad de esta entrega es, en realidad, una extracción de poderes, que ella aparentemente es incapaz de asumir. Se podría agregar que, en esta situación sobre la que él se realza, la impregnación de sus movimientos vislumbra el propósito de quien dejaría una profunda huella que atestigüe su paso por los instantes cruciales. Una simbolización latente en el sentido de una trascendencia genética. Las reclamaciones que desde un territorio donde cierto abismo comparte pie con cierta invariable ley, en tanto amanece siempre, son las que provienen de una serie de focos que trastocan las posesiones no obstruídas de un disfrute. Este estado de lo consciente se hace inexpresable para las palabras. No habría hechizos en una aventura en la que no se interviniera con ciertos factores de lo no posible, hasta diría símbolos de precipicio o desfallecimiento. La carencia de orgasmo en la mujer argentina, sobre todo la de los 60, es una limitación con caracteres de blindaje. Esto justifica tal vez algo del arraigo del personaje. El otro personaje está más bambificado. Un monstruo que no omite mencionar funciones que lo determinan como morada. Eje que concientizaría lo insondable para retener la atención del mundo. Requisito que se edifica en la descripción de lo desconocido. La trastornación del tiempo tiene pie en las sugerencias que el muchacho realiza: “duerme un poco y yo entretanto…” O sea que mientras ella duerma, él construirá subliminalmente una residencia específica. ¿Quizás para ceder a altarizar a la niña impedida sometido al deseo multiplicado? La eternización de un “sueño despacioso” y de una alquimia que dure lo que un poco de inconsciencia, son revalorizaciones de otro objetivo primordial: el de auxilio. El que no reclama en su nombre, sino a través del de un eje de ansia nacido por frustraciones insolubles. El tiempo de la vida de los hombres es un conducto de enigma. Socorro a los damnificados por la incertidumbre de estar solo! La blindación que espera orgasmos. El sueño como corporeidad. El símbolo que se opone al lenguaje de los mundos. La albinación de ciertas partes corpóreas para el funcionamiento errático en dirección al orgasmo. La alternancia de vislumbrar a través de una realidad que lograría transmitirse gracias a un margen de transparencia. Un cierto grado de traducción entre formas o sentidos que se comunican. La mundanidad de “Muchacha” se debate con la opresión que se le destinaría desde afuera al ser examinada. También si intentara decir lo que ve, o sentir y decir. Pero ella no habló nunca. Tampoco habría que ignorar el hecho de que la colmación es tan surrealista como los “ojos de papel” o “la piel de rayón”. Nada más atroz que la inlatencia de la tiza para un corazón al que el orgasmo curaría. Nota: en septiembre de 1987, veinte años después de su composición, el Suplemento Sí del Diario Clarín publica un artículo (al parecer con algunas censuras) en el que Spinetta analiza la letra de su mítica canción. Fuente: https://www.latercera.com/culto/2018/02/08/desintegracion-abstracta-la-defoliacion-luis-alberto-spinetta-deconstruye-muchacha-ojos-papel/
- Jugar/ Cynthia Eva Szewach
“Los niños siempre quieren vivir en lugares inconcebibles” Marina Tsvietáieva Enmascarado, amortiguado, encapuchado, son palabras que suelen usarse para nombrar cómo está el riesgo durante el jugar infantil. Ese riesgo, debe quedar “por fuera” del momento del juego. En caso de ingresar en la escena lúdica, puede interrumpirla. En la experiencia de cierta libertad que ofrece el juego, la infancia queda protegida de una exigencia[1]. Es una exigencia del Otro, que muchas veces contiene un soborno inconsciente, entonces esa exigencia puede acechar pero disimulada. Épocas en las que los espacios lúdicos se transforman, se metamorfosean. Surgen inventos, algún oxímoron se hace posible en el jugar, lejanías cercanas para poder seguir. Se alumbran rincones desconocidos y zonas inusitadas para esconderse, pero el espacio también sufre de agotamiento. Muerte, sexo, dolor, son palabras que suelen usarse para nombrar aquello que debe quedar exterior al jugar.[2] Aun así, hay piedra que golpea, papel que sentencia, tijera que lastima. Cuando hay situaciones peligrosas, partículas hirientes[3] pueden aguijonear la barrera protectora de la pantalla del sueño o de la fantasía. En su revés, esos mismos acontecimientos suelen impulsar el soñar, que imagina distantes o transformadas a las adversidades. Cuando es la pesadilla lo que irrumpe por las noches, es que alguna presencia excesiva, traumatizante, no deja habitar el reposo. El esfuerzo, con los niños, es que siga el juego como guardián de la sorpresa. ¿Qué huellas tendrán con lo que ocurre en la infancia?, ¿Qué impronta quedará? Pero, ¿cómo saberlo? ¿Acaso no dependerá del relato, de los actos de cuidado, del sostén que se les ofrezca? ¿Acaso no dependerá de la forma de transmitir el mundo en que se vive, y donar cierta ilusión, necesaria en la infancia para suponer un porvenir? No sin restos que retornan, no sin contingencias de actualidad que requieren nuevas formas de ser pensadas también en lo común. Al igual que el soñar infantil, el jugar puede ampararse si hay un NO a ciertos peligros, un No que no es el de la negación, pero incluye su existencia, y es opositor al no querer saber nada. Un No como cuidado al contagio, un No a un enchufe, o a las aguas turbulentas, a algunas alturas, a un vidrio roto. Como comunidad, decir No a que en la niñez se pase hambre, decir No a las cosas que puedan arrasar con la destitución de la infancia. Diferenciemos sin riesgo de sin consecuencias. Si el juego, en tanto tal, torna inofensivo un peligro, el territorio lúdico queda habilitado para asumir algunas consecuencias. Por ejemplo, la experiencia de lo incierto al tirar los dados. Es factible en algunos juegos disponerse a correr ciertas osadías. El jugar está plagado de paradojas, bordes, contradicciones, pliegues. Son tiempos donde las infancias se inquietan un poco más con lo que perece. ¿Me puedo morir? ¿Soy yo quien puedo trasladar algo mortal o riesgoso de un lugar a otro? Hay juegos que suceden durante una guerra, juegos durante una enfermedad grave, juegos durante el confinamiento[4]. El juego es un modo de resistir. Complejidades. La pequeña niña de la excelente película “El premio” de Paula Markovitch, tenía que vivir en la dictadura de nuestro país, en forma clandestina, escondida con su madre, y portaba, conociendo lo que ocurría, otro nombre y una historia de identidad inventada como forma de protección. En una ocasión la infancia ganó terreno. Para obtener un premio escolar literario de escritura narró en su redacción genuina y deseosa hechos de la vida de militancia de su familia, por lo cual incluso en un campo lúdico, había un riesgo posible de vida. El niño en el juego se conduce como poeta dice Freud. Emplea grandes magnitudes de afecto. Está ligado a un placer, a la dignidad de la ficción. El juego en análisis es otro estado del jugar. Es una zona que no sabotea la intimidad, aunque practique su presencia en el terreno de lo público. Su hacer tiene contornos, vestiduras, límites, una función acordada. En un análisis si se escucha un sufrimiento, se buscará para ayudar a tramitarlo, como ficción real, hacerse tomar como objeto de uso, pulsional, de demanda. También será deshecho, olvidable quizá. Y el niño poeta se conduce como poeta. Uno de los juegos que ha marcado especialmente la lectura de psicoanálisis está en “Más allá del principio de placer” (1920). En el ¡se fue- acá está! se crea un mundo, se es ese carrete un instante, se venga una ausencia, se anota esa ausencia, se siente placer, se transita el dolor, se inventa una escena nueva, se trata de no romper el hilo, se cuida el hilo. Puede sentirse el aparecer y desaparecer, se vibra lo que desaparece (verschwand) y regresa cerca y también lejos de la vista, mientras la mirada lo relampaguea y certifica que el espacio es finito, que dura un tiempo, que se puede esperar, incluso reír. Se repite la diferencia cada vez que se inventan palabras. Otro juego, relatado por Freud (1917) es a partir de “Poesía y Verdad” de Goethe. Allí el pequeño arroja juguetes, los tira por la ventana, (herauswefen). Ese arrojar hacia afuera, es aplaudido por un público. La satisfacción y el placer son el cauce hacia anhelados intereses. El pequeño no quiere que regresen esos objetos, quiere destruirlos, hacerlos añicos, que no reaparezcan ni hacerlos volver. Es otro escenario que el llamado fort-da. En la historia del niño Goethe ha muerto un hermanito. Es su manera de odiar a quien se llora, o de desembellecer el lugar de aquél que sobrevive y sobrevive tan amado, tan favorito. Los juguetes se terminan, y los festejantes gritan ¡Más, Más! entonces el pequeño da otro paso, tira la vajilla apreciada de la casa, el júbilo continúa, pero la materialidad y el valor para el adulto es otro. Los padres en ausencia, al retornar no reirán. Si un adulto le pide a un niño que le sostenga sus pesares, la infancia estará afectada de una responsabilidad extra, de un imperativo a destiempo, y se acelera un soporte que cercena un universo irrecuperable. Una plaga de escombros. La niñez quedará pendiente, colgada en el desván, apelmazada, contracturada, hachada, no experimentada, apurada para irse. Ferenczi en la “Confusión de lenguas…” lo supo percibir. Pero cuan distintas son las figuras conmovedoras, desgarradoras durante épocas de guerra, o en situaciones de segregación y exclusión donde hay una “clandestinización de la infancia”[5], a veces puesta en suspenso con creaciones artísticas entre niños, o juegos en escondites. En “Fiestas”, fiestas de los patios, dice Walter Benjamín en el recorrido que relata de su niñez, que ya veía divididas infancias pudientes, de infancias pobres que vendían adentro de los puestos unos muñequitos. Los vendían para criaturas de su misma edad. Benjamín a esa injusticia, la llama “Lo inconcluso”. Cuestiones que persisten. Me encuentro con un hallazgo: Selma Meerbaum. Una poeta Rumana de dieciséis años, prima de Paul Celan. Ella busca y busca la voz de su madre, que han matado en la guerra, e inventa, susurra, crea una canción; una autocanción de cuna: “me canto me canto y me vuelvo a cantar…me acuno…melodías de noches que no volverán”. Máxima sensibilidad para inocularse amor de madre, en la voz, que atenúa lo irrecuperable del trauma. Lo transforma y amortigua su aturdimiento doliente. Cuando el juego no basta. Es el caso de Edmund, el niño de “Alemania año cero” la película de Rosellini de 1948. El muchacho atosigado camina entre escombros de su ciudad derrumbada en la posguerra. Con unas piedras del suelo construye un revolver como juguete, imita dispararse como un jugar de guerra, pero la ficción no alcanza, persiste la tragedia y Edmund se suicida arrojándose al vacío. Aun así, podemos afirmar, sostener, que la creación y el jugar protegen, hacen fuerza y alegran muchas ocasiones difíciles. Acompasan la vida dándole, a lo que Tsvietaieva llama “lugares inconcebibles”, forma de hecho. [1] Winnicott dice que el juego protege de la exigencia de la madre. Si bien es una referencia posible, creo que pueden ser diversos los lugares de donde esa exigencia proviene, impidiendo la escena lúdica. [2] J. Lacan, en el Seminario XII, “Problemas Cruciales” alude al juego protegido de Sexo, Muerte y Verdad (Real) [3] La palabra más justa sería esquirlas, término que está desplegado en los escritos de Marcelo Percia titulados “Esquirlas del miedo”. [4] Muchos de los textos de Débora Chevnik, en Adynata sobre post guardia aluden a las transformaciones posibles por ejemplo “del grito en súper-poderes” en tiempos donde la enfermedad atraviesa los niñitos en el hospital. [5]Término que tomo de Perla Sneh (2012), Investigación sobre Infancia y aniquilación. (Untreff)
- Llamamiento / Vicente Zito Lema
A Milagro Sala No cerremos los ojos ni tapiemos los oídos. No llenemos las bocas con piedras. Nuestros presos y presas por causas políticas siguen privados de la libertad. Cuesta entenderlo, y más aun aceptarlo, cuando esta dramática situación se da en nuestro país, en toda nuestra Patria Grande, bajo gobiernos elegidos por el pueblo. La gravedad de la cuestión plantea una vez más a los trabajadores de la cultura, a los poetas y artistas, a todos los que puedan sentir como propio el dolor ajeno, la necesidad de superar diferencias secundarias, −sean estéticas, filosóficas, y especialmente la angurria política, la desmesura narcisista…− y unir nuestras fuerzas, nuestra potencia de vida, en defensa de los Derechos Humanos, cuya violación denunciamos, y que en la cuenta larga de la historia no han dejado de sufrir los sectores más humildes, desde la propia fundación del país. La peste desnuda y agrava la situación… ¡Vaya maldición! ¡Quién se atreve a negarlo! Hoy y aquí. Nos convoca la acción por la dignidad, por la libertad inmediata de nuestros compañeros y compañeras que sufren la prisión, militantes políticos y sociales, que hicieron suyo el sueño de construir un mundo verdaderamente humano. Hoy pagan con usura ese sueño que es de muchas generaciones, y cargan sobre sus cuerpos y espíritus el accionar represivo del real Poder económico, financiero y político, representado por un Poder judicial que ha literalmente pervertido la Justicia, volviendo sucio y oscuro un concepto nacido limpio y con luz. ¡Urge! ¡Urge! No lo olvidemos: el que calla, otorga… ¡La conciencia nos crece! ¡La belleza nos pertenece! Febrero 2021 ¡La poesía puede más que la cultura de la muerte!
- Orgullo sordo / María Moreno
Cuando Sharon Duchesneau y Candace McCullough, ambas sordas decidieron bendecir su pareja lesbiana con la llegada de un hijo tras otro, nadie dijo nada. Pero cuando decidieron utilizar la fecundación artificial para que fueran sordos, se quemaron todos los libros. Inútil consultar a Giorgio Agamben, Michel Foucault, Orlan o los escritos del doctor Mengele. ¿Cómo alguien se atreve a planear una discapacidad? Que una minoría busque ser aceptada vaya y pase Pero que busque reproducirse es otra cosa. ¿Acaso los gays, si pudieran, harían manipulaciones genéticas para tener hijos también gays? (Al parecer nadie ha contestado esta pregunta). ¿Qué no es compatible una orientación sexual con un "déficit”? El asunto es que no es un déficit sino una diferencia. El neurólogo y escritor Oliver Sacks publicó un libro que equivale a una defensa adelantada de Duchesneau-McCullough y una suerte de panfleto a favor de la sordera no como otro modo de oír sino porque, aunque lo podemos oír, no entendemos lo que dice. Y escandalizarse porque Sharon Duchesneau y Candance McCullough buscaron una descendencia sorda seria como exigirle a un boliviano que se reproduzca en los Estados Unidos e incorpore el "producto” a la cultura dominante. En Veo una voz, Sacks hace la historia política de la sordera con sus Robespierre y sus Che Guevara, sus generalísimo Franco y su reina Victoria. Hasta el siglo XVI los sordos fueron considerados psicóticos o retardados, o se convertían en eso debido a que la sociedad les impedía el acceso a cualquier tipo de lenguaje. Sin embargo, ¿qué no ha sido contemplado por los griegos? Gays que argumentáis en la antigua Grecia la alta genealogía de vuestros deseos, vuestro Sócrates también habló a los sordo(mudo)s: “Si no tuviésemos voz ni lengua y deseásemos sin embargo comunicarnos cosas entre nosotros, ¿no deberíamos procurar, como hacen los mudos, indicar lo que queremos decir con las manos, la cabeza y otras partes del cuerpo?" (Cratilo de Platón) Fuera de los libros, la historia de los sordos contiene entramados entre sordos lingüísticos y prelingüísticos proyectos científicos políticos y religiosos incluye intervenciones misioneras como la del abate Charles Michel de l'Épée, que inventó, en 1755, un lenguaje de señas metódicas-mezcla de la lengua de señas de sus alumnos sordos y la gramática francesa-, e intervenciones "científico-técnicas", como la de Alexander Graham Bell, uno de los defensores a ultranza del "oralismo", que exigía al sordo la "humanización" mediante la lectura de labios y la educación fónica. Ya en la historia contemporánea la tarea de lingüistas como Úrsula Bellugi, Scott Liddell y Robert Johnson ha alejado el ameslan (American Sign Language) de la sospecha de constituir una mímica o un código gestual. Úrsula Bellugi organizó en el Dictionary of American Sign Language tres mil señas, algo módico en relación con las seiscientas mil palabras que figuran en el Oxfond English Dictionary, aunque capaces de permitir el “uso infinito de medios finitos", ya que cada seña se modifica por la gramática, la sintaxis y el tiempo, Bellugi propuso que mientras el habla es lineal, secuencial y temporal, el ameslan es simultáneamente coincidente y comprende muchos niveles. Incluiría además una gramática espacial compleja y tridimensional. Scott Liddell y Robert Johnson desmontaron dentro de las señas "secuencias de entorno de las manos, emplazamientos, señas no manuales, movimientos locales, movimientos y pausas, segmentación interna (fonológica)". La señas de ameslan reproducidas en figuras por internet dan la impresión de una gran sutileza y variación formal, amén de sugerir un entrenamiento de las manos inaccesible para el que no tuvo la lengua de señas como lengua materna. En Veo una voz, movido por su interés en mostrar los déficits como generadores de estrategias algo más que suplementarias, incluso geniales, Sacks escribió: "El lenguaje por señas es algo completo en sí: tiene una sintaxis, una gramática y una semántica completas, aunque con un carácter distinto del de las de cualquier idioma hablado o escrito. No es posible, por tanto, transliterar un idioma hablado en idioma de señas palabra por palabra o frase a frase: hay diferencias básicas en sus estructuras. Suele pensarse que el lenguaje de señas es más o menos inglés o francés y no es así: es lo que es, seña. El ‘inglés por señas’ que ahora se defiende como solución de compromiso es innecesario, pues no hace falta ningún pseudoidioma intermediario. Y sin embargo se obliga a los sordos a aprender las señas no para expresar las ideas y las acciones que quieren expresar sino para que utilicen los sonidos fonéticos de un inglés que no pueden oir". Pero todo esto pudo ser pensado cuando ya existe un orgullo sordo con sus académicos y su cultura artística y literaria. El Congreso Internacional de Educadores de Sordos, realizado en Milán en 1880, que prohibió el lenguaje por señas, cerró los colegios que lo enseñaban y sometió a los sordos a la oralidad obligatoria. Fue para ellos lo que la conquista de sus tierras para los indios, la penalización del aborto para las mujeres y la condena de la homosexualidad para los gays. Como si se les hubiera dicho: "¡Quédense quietos, llegaron los parlantes!”. Desde ahora podrán leer pero sin saltearse el primer paso de leer en nuestros labios y tratar de domesticar esa voz estrambótica. ¿Cómo? ¡Siguiendo el modelo!. La situación cambió, como la de muchas minorías a comienzos de la década del sesenta y setenta. La cultura sorda produce sus propios éxitos culturales como la obra Hijos de un dios menor de Randa Haines, como antes había producido a la megaestrella Helen Keller, escritora, conferencista y unida a su maestra Anne Sullivan Macy por un amor cuyo silencio era menos por razones obvias que victorianas. El Gay Parade es colorido, multidiseño, anabólico, quirúrgico y rico en subespecies performativas, pero no supera el modelo coreográfico y monótono del desfile y ni hablar de la rigidez estatuaria de las reinas bajo el peso de sus prótesis internas y externas. El Deaf Way es de una complejidad coreográfica extrema, cuyos sentidos escapan a la inteligencia oyente. Como todas las minorías, la de los sordos tiene mitos de origen: para las lesbianas hay una isla que representa el calor original, Lesbos; para los sordos, Martha's Vineyard, donde a causa de la mutación de un gen recesivo, producida por la endogamia, ha habido desde la llegada de los primeros colonos sordos en la década de 1690, y a lo largo de doscientos cincuenta años, una forma de sordera hereditaria. Es la gran democracia no oyente: allí los que oyen y los que no oyen hablan por señas. La transformación del ex Instituto Columbia para Sordos y Ciegos de Washington en Universidad de Gallaudet permitió la creación de una élite que tuvo su propia revuelta en 1986, cuando los estudiantes se levantaron para exigir la subida al poder de un rector sordo. El primero en ser elegido fue un tal King Jordan, pero luego de sentadas a la luz de las velas, marchas al Capitolio y "oradores" de tanta fuerza como el poeta Lamartine en la revolución de 1840. Oliver Sacks recuerda, por ejemplo, a un tal Tim Ranus: "Veo que uno de los estudiantes sube a una columna y empieza a hablar por señas con gran expresividad y belleza. No puedo entender nada de lo que dice, pero tengo la sensación de que su discurso es puro y apasionado: todo su cuerpo, todos sus sentimientos parecen fluir mientras hace señas". Por uno de esos chistes de la vida, una oponente a la operación Duchesneau-McCullough y que pertenece a la Asociación Nacional de Sordos de Estados Unidos –dijo: “No puedo entender por qué alguien quiere traer al mundo un niño con una minusvalía”- también se llama Rarus, su nombre es Nancy. ¿Será pariente del Rarus revolucionario? ¿La esposa? ¿Tim también está en la contra pasados los años locos de la juventud? El ameslan no es una lengua internacional. Una lengua de señas nace allí donde un grupo de sordos se junta. El lenguaje por señas de un ugarl no es una versión de su lenguaje hablado. Hay tanto un lenguaje de señas inglés como maya pero sin relación con el inglés o el maya hablados. Sin embargo, cuando los sordos de un lugar visitan un país extranjero, la lengua de señas de ese país les resulta más fácil de comprender que a los oyentes el lenguaje oral. Todo esto según Sacks. ¿La transmisión de lo simbólico a través de una lengua de señas podría llevar a transformar tanto la concepción de lo simbólico como la de lenguaje? Los psicoanalistas dicen que es un disparate, pero quién sabe. Las brujas, lejos de ser quemadas por sus tratos con el diablo, lo fueron por practicar la medicina popular. Es decir, por ejercer el control de los cuerpos tan lejos de la hostia y la penitencia como del juramento hipocrático y su vademecum para elegidos. Sharon Duchesneau y Candace McCullough, al ir a proveerse del semen de un sordo de Gallaudet dando la espalda tanto a la ingeniería genética como a la ira de Billy Graham, se apropiaron no solo de la herencia de un sordo de quinta generación, sino de esa tradición feminista pasada por el fuego de la Inquisición y formada por mujeres que se reunían entre ellas en los bordes de las ciudades para beber potajes de cerveza, hidromiel y sidra e invocar con hierbas alucinógenas a pasiones sensuales como Verrina (demonio del aire) o Leviatán (demonio argumentador). El operativo Duchesneau-McCullough puede tomarle el pelo incluso a otras minorías. Por ejemplo, a las comunidades gays que cultivan el cuerpo físico y la vida saludable -incluida la del espíritu- hasta convertir a cada uno de sus miembros en una mezcla de Discóbolo de Mirón y Deepak Chopra. Ellos buscarían la perfección en un más, Sharon y Candace en un (como se vio) falso menos. También parecen estar tomándole el pelo al doctor Mengele, ya que buscaron como padre a un miembro de la élite sorda de Gallaudet, sordo de quinta generación, que es como certificar el escudo de armas de una familia del Imperio austrohúngaro. Cuando Duchesneau declara que "criar a un niño sordo es mucho más barato que a un niño oyente: la guardería, el jardín de infantes, la escuela primaria, la universidad son por ley gratuitos", su planeamiento no es muy diferente del de la pareja heterosexual que se muda, antes del nacimiento de un hijo, al barrio donde existe el mejor colegio y el más caro. Existe entre las minorías una tensión siempre presente entre la exigencia de ser reconocidas en sus culturas específicas por el total de la sociedad y la promoción de ser capaces de relevar con hipereficacia las prácticas fallidas del patrón dominante. En los canales de cable pasan hasta el cansancio un documental sobre una pareja gay de varones con dos hijas. En sus declaraciones las niñas -muy ordinariamente “femeninas", remilgadas, formales- hacen con voz estudiadamente pedagógica loas a su familia -cuando todo el mundo sabe que cualquier persona "normal" ama a sus padres en la misma medida en que los odia-. Los únicos momentos del documental en los que se esboza alguna crítica -y la hacen padres e hijas casi a cuatro voces- es cuando se alude a la madre de alquiler que puso el cuerpo para que esa preciosa familia sea: prácticamente la tratan como a alguien que abandonó a sus propias hijas. El Estado de los Estados Unidos es paranoico y siempre se ve amenazado por un otro, cuyo número creciente e inabarcable suele adoptar la imagen higienista de la epidemia. De asesinos seriales, de comunistas, de terroristas árabes, de mujeres ejecutivas, de extranjeros indocumentados. La amenaza de epidemia del otro hoy puede tener otra cara. Si, para los nihilistas de cuño progre, el hecho de que los gays y lesbianas -incluidas Sharon Duchesneau y Candace McCullough- intenten adoptar los valores burgueses en lugar de cuestionarlos nos produce un ¡puaj! a lo Martin Caparrós, al homofóbico no le pasa lo mismo. Si antes le temía a una horda seductora y perversa que podría amenazar con su mero contacto a sus hijos, ahora teme que ellas puedan expulsarlos de su propia iglesia por haber fracasado en sus defendidas premisas universales. ¡Son los particulares agrupados los que podrían sostener ahora los vetustos valores universales! Claro que lo que se promociona sigue siendo aquellas minorías dentro de minorías que encarnan los ideales de las mayorías. La impresión de que las minorías reproducen y parodian puede indicar simplemente que no existen aún patrones de inteligibilidad que permitan escuchar lo que en ellas hay que no es ni reproducción ni parodia ni diferencia pura. Quedan el mercado y la policía. O bien convertirse en cliente o… hacer quebrar una industria. En las jornadas de marzo, Tim Rarus no se comportó como Dani el Rojo en Mayo del 68. Miró a la cámara y dijo: "Es muy simple. Si no hay rector sordo, no hay universidad". La industria de la sordera implicaba para Estados Unidos, en 1988, diez mil millones de dólares para los oyentes. Al enemigo se lo combate con sus propias armas. (2002) *publicado en Loquibambia (sexo e insurgencia), Santiago de Chile, Ediciones Universidad Diego Portales, 2019.
- Oliverio Girondo: Una historia de fervor / Susana Thénon
Hay poetas que requieren lectores y hay poetas que requieren partícipes de su aventura. Oliverio Girondo es de los últimos. Intentar acercársele por el lado de lo consabido y presupuesto es renunciar de antemano a su compañía; renunciar, por consiguiente, a la aventura más alta y honda que haya emprendido nunca un poeta de los nuestros. La crítica oficial, epidérmica y chambona, le regateó mezquinamente su lugar, atareada como siempre en remontar poetas nonagésimos. Muy pocos revelaron a esta voz gigantesca: los que seguían, paso a paso, en la amistad, el crecimiento de su obra, y algunos solitarios, constantemente solidarios y atentos. Ahora, ante el volumen que reúne su obra completa (pomposo nombre que merecería un "Espantapájaros" del mismo Girondo) se renueva y acrecienta el goce pleno y doloroso de cada libro suyo, esa historia progresiva del fervor que desemboca en sí mismo, hecho de mundo y yo, de vuelo y sueño y riesgo mortal. Así intentamos verlo ahora: solo, en su función y fiebre de poeta. O sea, como el que dice por primera vez. «¡Qué quieren ustedes!... A veces los nervios se destemplan... Se pierde el coraje de continuar sin hacer nada... ¡Cansancio de no estar nunca cansado! Y se encuentran ritmos al bajar la escalera, poemas tirados en medio de la calle, poemas que uno recoge como quien junta tiempo se transforma en oficio», dice Girondo en su carta a “La Púa”. Y como previsión genial de lo que sería su camino poético, pone en boca de un amigo imaginario sus pasiones inmediatas: hacer del castellano “un idioma respirable”, declararle “la guerra a la levita” (guerra afortunada que no ha de detenerse allí, sino que se extenderá al chaleco y también al taparrabos del idioma), tener “fe en nuestra fonética”. Todo al servicio de una visión inexorable de lo absurdo, de lo alógico y contradictorio como sinónimo de vida y aventura, como “prueba de existencia”. Se suele afirmar que los dos primeros libros de Girondo participan en cierto modo del realismo. Esto puede parecer cierto desde la perspectiva de sus últimos poemas, donde no encontraremos ni el más ínfimo punto de referencia a esa cómoda convención que llamamos realidad. Pero no es posible medir sus Veinte poemas... o sus Calcomanías a la luz de la obra posterior. La lectura más distraída, nos mostrará que estos poemas han traspasado una primera capa -la más densa- y recorren un mundo traslúcido y distinto, donde las entidades cotidianas han recobrado autonomía y actúan por una progresión que no es ya de causa-efecto, sino de puro efecto-efecto: un juego, una sintaxis de acrobacia entre los seres y las cosas. El poeta pasea por un mundo aparente, que es y no es algo, que en todo caso es una imagen burlona de sí mismo. En La máquina de cantar, Gabriel Zaid demuestra que obtener diez veces seguidas la misma cara de una moneda no es más extraordinario (aunque así nos lo parezca) que obtener cualquier otra sucesión alternativa de las dos caras, pues toda combinación es igualmente insólita. Y añade: «Con esto se ve que “lo insólito en sí” no existe en el probabilismo a priori. Todo sería milagroso si tuviésemos ojos para verlo». Esta es precisamente la capacidad mágica de Girondo: la de leer el mundo con asombro, sin pasar de largo ante nada, con una intensidad semejante a la de los niños o los videntes. Como él mismo lo dice: «Tanto en arte, como en ciencia, hay que buscarle las siete patas al gato». Pero no hay que confundir asombro con ignorancia, ni inocencia con ingenuidad. El poeta es aquí un vidente lúcido. Su asombro es una forma de saber que la dualidad de lo real no consiste en una suma de realidad y apariencia, sino en una yuxtaposición dinámica de apariencias: «El telón, al cerrarse, simula un telón entreabierto» (Café-concierto); «¡Es tan real el paisaje que parece fingido!» (Siesta). La apariencia, el absurdo y la pirueta son lo que son porque sobre ellos no es posible prever nada. Son un porque sí, un absoluto, un lujo de lo que existe. Son todo lo que existe. Nunca se identifican por su confrontación con lo real, sino por su confrontación consigo mismos. Y hurgar por debajo, por encima y por los costados no nos descubre la realidad convencional (única cosa que no existe, a no ser como castigo) sino una nueva forma del absurdo, cada vez más compleja e inasible, más alógica y pura. De este modo, algunos poemas oscilan con violencia entre extremos aparentes, nos levantan a una altura (falsa) para precipitarnos a una base (sombría e imprecisa): «¡Habrá cohetes! ¡Cañonazos! Un nuevo impuesto a los nativos. Discursos en cuatro mil lenguas oscuras» (Fiesta en Dakar). El sentido del humor, casi constante, intensifica las visiones, las desnuda de solemnidades y retóricas. Girondo ejerce su humor sobre lo hueco que se reviste de presencia, sobre las máscaras que perdieron el rostro hace ya siglos. Las turistas inglesas son buen blanco, así como la aparatosidad de algunas fiestas devotas: «Cuellos y ademanes de mamboretá, / las inglesas componen sus paletas / con el gris de sus pupilas londineses / y la desesperación de ser vírgenes, / y como si se miraran al espejo / reproducen, / con exaltación de tarjeta postal, / las estancias llenas de una nostalgia de cojines / y de sombras violáceas, como ojeras» (Alhambra); «Al persignarse revive en una vieja un ancestral orangután. Y mientras, frente al altar mayor, a las mujeres se les licúa el sexo contemplando un crucifijo que sangra por sus sesenta y seis costillas, el cura mastica una plegaria como un pedazo de “chewing gum» (Sevillano); «En la catedral, el rito se complica tanto, que los sacerdotes necesitan apuntador» (Semana Santa). En este tinglado de puertas falsas vive también la desnudez de un paisaje desesperante y repetido, poblado hasta el infinito por jamelgos y «Chanchos enloquecidos de flacura / que se creen una Salomé / porque tienen las nalgas muy rosadas» (El tren expreso); y la precisión numérica aparente contribuye otras veces a aumentar la indefinición y el abigarramiento de un paisaje urbano estancado: «Cada doscientos cuarenta y siete hombres, trescientos doce curas y doscientos noventa y tres soldados, pasa una mujer» (Calle de las sierpes). La inmovilidad total, sin embargo, es inmediatamente compensada por alguna conjetura de movimiento: «el Escorial levanta sus muros de granito / por los que no treparán nunca los maldigas» (Escorial). Una ternura enorme por lo simple, por lo esencial, actúa como contraparte irreconocible de un mundo en perpetuo cambio y fuga: «La bondad soñolienta que trasudan las cosas / se expresa en las pupilas de un burro que trabaja» (Siesta). La vida de las sombras, el vuelo onírico, un repentino cansancio, una tristeza «parecida a la de un par de medias tirado en un rincón» anticipan lo que será una obsesión central en los libros posteriores. Por ahora, Girondo reconoce, palpa, se inclina ante las cosas, las mira desplegarse, las aplaude y las dice. Es hermano de todo lo que vive, si bien ya aspira al vuelo «hacia un país mejor» y no ignora lo que yace bajo estas apariencias del color y la fuga: «Y el instrumento máximo, ¡la Muerte!, entronizada sobre el mundo... que es un punto final!» (Semana Santa). Estos dos libros “de viaje” son su primer descubrimiento del mundo. La diferencia con el tercero, Espantapájaros, no se puede explicar sólo por las relaciones más o menos intensas de su palabra con las realidades más o menos aparentes de ese mundo: esas relaciones son precisamente su poesía. Lo que se ahonda y crece ahora es su presencia misma, como un personaje más, un nuevo huésped del mundo que antes cantaba y descubría. Hasta Espantapájaros se nos habla desde un nosotros en que el poeta está y al mismo tiempo no está: un nosotros difuso, como azorado ante el despliegue de su propia visión. En Espantapájaros irrumpe un yo nítidamente asumido, un partícipe del caos, el regocijo y la tragedia. Un yo emplumado que se burla de la ley de gravedad. La perspectiva se complica y ensombrece, lo plano se desfonda y revela su alma de abismo. Todas las cosas muestran un falso rostro bajo su rostro anterior, que era asimismo falso. El poeta se mira en el acto de mirar: ahora actúa y nada lo separa de lo otro. Esta fusión, nada dialéctica, da lugar a inesperadas metamorfosis -«Hay días en que yo no soy más que una patada, únicamente una patada» (Esp., 18)- desde las que arremete regocijado contra tabúes y convenciones: «Familias disueltas de una sola patada; cooperativas de consumo, fábricas de calzado; gente que no ha podido asegurarse, que ni siquiera tuvo tiempo de cambiarle el agua a las aceitunas… a los pececillos de color...». De aquí se pasa a la pluralidad total, sin ninguna transición: «no pasa media hora sin que me nazca una nueva personalidad». (...) «antes de cometer el acto más insignificante necesito poner tantas personalidades de acuerdo, que prefiero renunciar a cualquier cosa y esperar que se extenúen discutiendo lo que han de hacer con mi persona, para tener, al menos, la satisfacción de mandarlas a todas juntas a la mierda» (8). Este es también el tono de esa abuela mitológica, que «con voz de daguerrotipo» le aconseja: «Abre los brazos y no te niegues al clarinete, ni a las faltas de ortografía» (14). Paralelamente empieza aquí el proceso de liberación de la palabra, su reconquista de una función autónoma: «Abandoné las carambolas por el calambur, los madrigales por los mamboretás, los entreveros por los entretelones, los invertidos por los invertebrados. Dejé la sociabilidad a causa de los sociólogos, de los solistas, de los sodomitas, de los solitarios. No quise saber nada con los prostáticos. Preferí el sublimado a lo sublime. Lo edificante a lo edificado. Mi repulsión hacia los parentescos me hizo eludir los padrinazgos, los padrenuestros. Conjuré las conjuraciones más concomitantes con las conjugaciones conyugales. Fui célibe, con el mismo amor propio con que hubiese sido paraguas. A pesar de mis predilecciones, tuve que distanciarme de los contrabandistas y de los contrabajos; pero intimé, en cambio, con la flagelación, con los flamencos» (4). «Palabra múltiple para un objeto cambiante, división y metamorfosis, son otras tantas formas de una doble actitud constantemente amalgamada: conciencia de la nada y exaltación de lo que respira, vive y late; disgregación e identificación; vuelo y caída. El vaivén se hace más nítido: la nostalgia de sus primeros libros es ahora llanto declarado; el humor puro desintegra todos los mitos, los pone del revés y los revela huecos, falsos; el asombro de ser es serlo todo: «¡Ah, el encanto de haber sido camello, zanahoria, manzana, y la satisfacción de comprender, a fondo, la pereza de los remansos… y de los camaleones!» (16). Su gratitud permanente se manifiesta en «ímpetus de prosternación ante cualquier cosa... ante las estatuas ecuestres, ante los tachos de basura...» (19). Y la muerte, que hasta ahora fue señal fugaz, se muestra en toda su magnitud, en su lento poder de penetración: un miasma que despierta en la conciencia hasta adueñarse de todo lo que existe, con esta visión (o convicción minuciosa) concluye Espantapájaros, nueva estación de un doble viaje hacia arriba y hacia adentro. "En Persuasión de los días" se da un nuevo paso hacia los términos últimos. No en vano el título: un sabor a despedida y a derrota anuncia que estamos ya muy lejos de aquella primera visión dinámica y brillante; el hambre de existencia está cercado ahora por señales inequívocas. El movimiento pendular constante de la poesía de Girondo adquiere filo y desnudez trágicos: es la batalla vida-muerte que se libra en capas muy hondas de esta conciencia solidaria del mundo. Al rechazo de la muerte, al arma poderosa del vuelo, se han adosado ahora connotaciones agónicas: «Un resplandor desnudo, / una luz calcinante / se interpuso en mi ruta, / me fascinó de muerte, / pero logré evadirme / de su letal influjo, / para seguir volando, / desesperadamente. / Todavía el destino / de mundos fenecidos, / desorientó mi vuelo / -de sideral constancia- / con sus vanas parábolas / y sus aureolas falsas; / pero seguí volando / desesperadamente». (Vuelo sin orillas). La adoración sin tregua por todo lo que vive, aquel impulso que lo hacía prosternarse ante las cosas y “salir corriendo -¡desnudo!- por los alrededores para hacerles cosquillas a los gasómetros… a los cementerios…”, se le revela insuficiente: «Aquí estoy, / ¡Azotadme! / Merezco que me azoten. / No lamí la rompiente, / la sombra de las vacas, / las espinas, / la lluvia; / con fervor, / durante años; / descalzo, / estremecido, / absorto, / iluminado» (¡Azotadme!). Y hasta el deseo de adorar –terriblemente vivo en su impotencia- se expresa ahora desde un pasado irredimible: «¡Cómo hubiera deseado!» (Id.). La violencia de la lucha trastorna la identidad; el ser se desdobla y se descentra, anticipándose a sí mismo: “Siempre llega mi mano / más tarde que otra mano que se mezcla a la mía / y forman una mano. / Cuando voy a sentarme advierto que mi cuerpo / se sienta en otro cuerpo que acaba de sentarse / adonde yo me siento. / Y en el preciso instante / de entrar en una casa, / descubro que ya estaba / antes de haber llegado” (Dicotomía incruenta). Esto lleva a dudar de la propia existencia, prohíbe toda afirmación vital: «Me parece que vivo, / ... / He dicho “me parece”. / Yo no aseguro nada” (Escrúpulos); «No estaba. / ¡Estoy seguro! / No estaba. / Me he perdido» (¿Dónde?); «No soy yo quien escribe estas palabras huérfanas» (Nocturnos, I). Vértigo, duda y orfandad están cercados por la certeza progresiva de la muerte y la nada. La asfixia, el hedor y la angustia adquieren sombra y volumen; todo lo que hace al mundo irrespirable (el hombre incluido) se ubica en planos de exaltación creciente; Girondo rastrea hasta el final estos itinerarios de la corrosión y la náusea: «Cúbrete el rostro / y llora... / pero no te contengas. / Vomita. / ¡Sí! / Vomita, / ante esta paranoica estupidez macabra, / sobre este delirante cretinismo estentóreo / y esta senil orgía de egoísmo prostático: / lacios coágulos de asco, / macerada impotencia, / rancios jugos de hastío, / trozos de amarga espera... / horas entrecortadas por relinchos de angustia» (Invitación al vómito); «Este clima de asfixia que impregna los pulmones / de una anhelante angustia de pez recién pescado. / Este hedor adhesivo y errabundo, / que intoxica la vida / y nos hunde en viscosas pesadillas de lodo» (Ejecutoria del miasma). La necesidad de algunos críticos ha rebajado a estos poemas al nivel de un simple “feísmo”, les ha restado su dimensión trágica. No ven -no pueden ver- el impulso de piedad desgarrada que preside cada palabra y estalla incontenible: «No saben. / ¡Perdonadlos! / No saben lo que han hecho, / lo que hacen, / por qué matan, / por qué hieren las piedras, / masacran los paisajes… / No saben. / No lo saben… / No saben por qué mueren. / ... / Son ferozmente crueles. / Son ferozmente estúpidos... / pero son inocentes. / ¡Hay que compadecerlos!». Al crecimiento desmesurado del horror se opone con todas las fuerzas un amor primitivo e indomable: «Hay que agarrar la tierra, / calentita o helada, / y comerla / ¡comerla!» (Dietética). El prodigio de todo lo que existe es aún fuente de asombro: «Este perro. / Este perro, / cotidiano, / inaudito, / que demuestra el milagro, / que me acerca al misterio... / que da ganas de hincarse, / de romper una silla» (Inagotable asombro). Nada expresa mejor esta lucha de fuerzas contrarias que dos versos del mismo Girondo: «¡Qué motivo de asombro! … / ¡Cuánta monotonía!» (Nocturnos, 7). Aun en medio de este doble universo en rebeldía, busca una nueva dimensión, alimenta una súbita esperanza, vencida de antemano: «¿Si intentara una nube... / una pequeña nube, / modesta, / cotidiana, / transportable, / privada» (Nubífero anhelo). Pero el péndulo se apega lentamente al lado de la sombra, donde fermentan el furor y la muerte. Y el último poema es un adiós agradecido a todo lo que ha hecho posible su palabra, como si ya supiera que no volverá a encontrarlo: «Muchas gracias gusano. / Gracias huevo. / Gracias fango, / sonido. / Gracias piedra. / Muchas gracias por todo. / Muchas gracias. / Oliverio Girondo, / agradecido» (Gratitud). Sigue una obra de carácter muy distinto, Campo nuestro, que por su misma diferencia nos convence de la inutilidad de encasillar a Girondo en otro “ismo” que no sea el de su propia libertad. Su último libro, En la masmédula, es un universo autónomo, irreductible a toda manera usual de captación. La palabra, liberada por fin de sus últimas trabas, se desborda a sí misma, irrumpe y se despliega en espirales de amplitud progresiva; estamos en pleno nudo genésico, centro que irradia luz y sombra en una mezcla inseparable que es la del caos original: fin y principio de este viaje. Quien habla aquí es la voz desgarrada de un yo que ha devorado al mundo y se recorre a solas, gigantesco en su infierno y para siempre: «Con mi yo / y mil un yo y un yo / con mi yo en mí / yo mínimo / larva llama lacra ávida / alga de algo / mi yo antropoco solo / y mi yo tumbo a yumbo canto rodado en sangre / yo abismillo / yo tantan yo / panyo» (Tantan yo); «y solo erecto espeso mascaduda insaciado en progresiva resta / ante el incierto ubicuo muy quizás equis deífico se malciña la angustia interrogante aunque el sabor no cambie» (Ante el sabor inmóvil). Este libro futuro, irrepetible, es algo más que una consecuencia, algo más que una culminación de lo anterior: es el abandono voluntario de la atadura racional, la asunción plena de la feroz batalla cósmica. Todo lo inmediato adquiere dimensiones desorbitadas, como bajo un cristal deformante: «Canes viables apenas dilucido tras la yerta penumbra acribillada por sus arpones rabos al rojo interrogante / cuando el gris hondo enhiedra sus muy amustios huéspedes en subpisos estrábicos» (Canes más que finales). Y esta distorsión trae a su vez un repliegue del ser hasta sus fuentes primeras: «aunque retorne al árbol del primo / simio me sacaré yo sin tino la maraña / demasiadísimo humana / y mil y miles vueltas y revueltas y contras y recontras / y sus colas /.../ de cuajo me sacaré el obtuso yo zurdo absurdo burdo que aún busca ser herido aunque sonría / entre otros obvios sordos escombros naturales / y restos casi muertos de algún yo otro propio que todavía ulula / porque me cree su perro». Sería un error pensar que En la masmédula cierra un ciclo: en la poesía de Girondo nada termina. Aun en estas profundidades apocalípticas, en pleno «soplosorbo del cero / vacío ya vaciado en apócrifos moldes sin acople», canta la voz en delirio: «un mero medio huevo al menos de algo nuevo / e inmerso en el subyo intimísimo / volver a ver reverdecer la fe de ser / y creer en crear / y croar y croar / ante todo ende o duende visiblemente real o inexistente /... / y darle con la proa de la lengua / y darle con las olas de la lengua / y furias y reflujos y mareas / al todo cráter cosmos / sin cráter / de la nada» (Habría). Así también, tras la convicción angustiosa de una nada sin escapatoria, se alza la duda indomable: «el ´to be´a qué / o el ´not to be´a qué / la suma lenta merma / la recontra / los avernitos íntimos / el ascopez paqué / cualquier a qué cualquiera / el pluriaqué / a qué / el pentonal a qué / a qué / a qué / a qué / y sin embargo» (El pentotal a qué). La palabra, protagonista final, ha abandonado sus funciones pasivas para volverse foco de irradiación, que a la manera de un primer motor (mágico y móvil) crea e impulsa sus objetos. Reconocemos aquí al daimon que anima los textos augurales, con su estremecimiento y su misterio deslumbrante. En la masmédula -que, como afirma Enrique Molina, «quedará siempre único, pues es imposible continuarlo»- marca el punto culminante de esta historia del fervor: prodigio aislado que no admite explicaciones; que ha reunido en un haz, intactos e intangibles, los hilos más secretos de la creación pura. *Publicado en SUR, Nro. 315,Buenos Aires, noviembre-diciembre de 1968 (pp. 82-87) a propósito de la publicación de las Obras completas de Oliverio Girondo, Losada, 1968.
- 6 poemas de Oliverio Girondo
Espantapájaros (al alcance de todos) (1932) 4 Abandoné las carambolas por el calambur, los madrigales por los mamboretás, los entreveros por los entretelones, los invertidos por los invertebrados. Dejé la sociabilidad a causa de los sociólogos, de los solistas, de los sodomitas, de los solitarios. No quise saber nada con los prostáticos. Preferí el sublimado a lo sublime. Lo edificante a lo edificado. Mi repulsión hacia los parentescos me hizo eludir los padrinazgos, los padrenuestros. Conjuré las conjuraciones más concomitantes con las conjugaciones conyugales. Fui célibe, con el mismo amor propio con que hubiese sido paraguas. A pesar de mis predilecciones, tuve que distanciarme de los contrabandistas y de los contrabajos; pero intimé, en cambio, con la flagelación, con los flamencos. Lo irreductible me sedujo un instante. Creí, con una buena fe de voluntario, en la mineralogía y en los minotauros. ¿Por qué razón los mitos no repoblarían la aridez de nuestras circunvoluciones? Durante varios siglos, la felicidad, la fecundidad, la filosofía, la fortuna, ¿no se hospedaron en una piedra? ¡Mi ineptitud llegó a confundir a un coronel con un termómetro! Renuncié a las sociedades de beneficencia, a los ejercicios respiratorios, a la franela. Aprendí de memoria el horario de los trenes que no tomaría nunca. Poco a poco me sedujeron el recato y el bacalao. No consentí ninguna concomitancia con la concupiscencia, con la constipación. Fui metodista, malabarista, monogamista. Amé las contradicciones, las contrariedades, los contrasentidos... y caí en el gatismo, con una violencia de gatillo. 13 Hay días en que yo no soy más que una patada, únicamente una patada. ¿Pasa una motocicleta? ¡Gol!... en la ventana de un quinto piso. ¿Se detiene una calva?... Allá va por el aire hasta ensartarse en algún pararrayos. ¿Un automóvil frena al llegar a una esquina? Instalado de una sola patada en alguna buhardilla. ¡Al traste con los frascos de las farmacias, con los artefactos de luz eléctrica, con los números de las puertas de calle! Cuando comienzo a dar patadas, es inútil que quiera contenerme. Necesito derrumbar las cornisas, los mingitorios, los tranvías. Necesito entrar —¡a patadas!— en los escaparates y sacar —¡a patadas!— todos los maniquíes a la calle. No logro tranquilizarme, estar contento, hasta que, no destruyo las obras de salubridad, los edificios públicos. Nada me satisface tanto como hacer estallar, de una patada, los gasómetros y los arcos voltaicos. Preferiría morir antes que renunciar a que los faroles describan una trayectoria de cohete y caigan, patas arriba, entre los brazos de los árboles. A patadas con el cuerpo de bomberos, con las flores artificiales, con el bicarbonato. A patadas con los depósitos de agua, con las mujeres preñadas, con los tubos de ensayo. Familias disueltas de una sola patada; cooperativas de consumo, fábricas de calzado; gente que no ha podido asegurarse, que ni siquiera tuvo tiempo de cambiarle el agua a las aceitunas... a los pececillos de color... Persuasión de los días (1942) Invitación al vómito Cúbrete el rostro y llora. Vomita. ¡Sí! Vomita, largos trozos de vidrio, amargos alfileres, turbios gritos de espanto, vocablos carcomidos; sobre este purulento desborde de inocencia, ante esta nauseabunda iniquidad sin cauce, y esta castrada y fétida sumisión cultivada en flatulentos caldos de terror y de ayuno. Cúbrete el rostro y llora... pero no te contengas. Vomita. ¡Sí! Vomita, ante esta paranoica estupidez macabra, sobre este delirante cretinismo estentóreo y esta senil orgía de egoísmo prostático: lacios coágulos de asco, macerada impotencia, rancios jugos de hastío, trozos de amarga espera... horas entrecortadas por relinchos de angustia. Hay que compadecerlos No saben. ¡Perdonadlos! No saben lo que han hecho, lo que hacen, por qué matan, por qué hieren las piedras, masacran los paisajes... No saben. No lo saben... No saben por qué mueren. Se nutren, se han nutrido de hediondas imposturas, de cancerosos miasmas, de vocablos sin pulpa, sin carozo, sin jugo, de negras reses de humo, de canciones en pasta, de pasionales sombras con voces de ventrílocuo. Viven entre lo fétido, una inquietud de orzuelo, de vejiga pletórica, de urticaria florida que cultiva el ayuno, el sudor estancado, la iniquidad encinta. No creen. No creen en nada más que en el moco hervido. en el ideal, chirriante, de las aplanadoras, en las agrias arcadas que atormentan al éter, en todas las mentiras que engendran las matrices de plomo derretido el papel embobado y en bobina. Son blandos, son de sebo, de corrompido sebo triturado por engranajes sádicos, por ruidos asesinos, por cuanto escupitajo se esconde en el anónimo, para hundirles sus uñas de raíces cuadradas y dotarlos de un alma de trapo de cocina. Sólo piensan en cifras, en fórmulas, en pesos, en sacarle provecho hasta a sus excrementos. Escupen las veredas, escupen los tranvías, para eludir las horas y demostrar que existen. No pueden rebelarse. Los empuja la inercia, el terror, el engaño, las plumas sobornadas, los consorcios sin sexo que ha parido la usura y que nunca se sacian de fabricar cadáveres. Se niegan al coloquio del agua con las piedras. Ignoran el misterio del gusano, del aire. Ven las nubes, la arena, y no caen de rodillas. No quedan deslumbrados por vivir entre venas. Sólo buscan la dicha en las suelas de goma. Si se acercan a un árbol no es más que para mearlo. Son capaces de todo con tal de no escucharse, con tal de no estar solos. ¿Cómo, cómo sabrían lo que han hecho, lo que hacen? ¿Algo tiene de extraño que deserten del asco, de la hiel, del cansancio? Sólo puede esperarse que defiendan el plomo, que mueran por el guano, que cumplan la proeza de arrasar lo que encuentren y exterminarlo todo, para que el hambre extienda sus tapices de esparto y desate su bolsa ahíta de calambres. Son ferozmente crueles. Son ferozmente estúpidos... pero son inocentes. ¡Hay que compadecerlos! En la masmédula (1954) Tantan yo Con mi yo y mil un yo y un yo con mi yo en mí yo mínimo larva llama lacra ávida alga de algo mi yo antropoco solo y mi yo tumbo a tumbo canto rodado en sangre yo abismillo yo dédalo posyo del mico ancestro semirefluido en vilo ya lívido de líbido yo tantan yo panyo yo ralo yo voz mito pulpo yo en mudo nudo de saca y pon gozón en don más don tras don yo vamp yo maramante apenas yo ya otro poetudo yo tan buzo tras voces niñas cálidas de tersos tensos hímenes yo gong gong yo sin son un tanto yo San caries con sombra can viandante vidente no vidente de semiausentes yoes y coyoes no médium nada yogui con que me iré gas graso sin mí ni yo al después sin bis y sin después. Porque me cree su perro Y sacaréme la niebla el turbio zumo oscuro del traspienso la pulpa la soborra de mente toda su gris resaca me sacaré hasta el meollo antes de que se asiente la áspera espera arena que taté teté yo y lamí y tragué yo en la sed a trago tardo largo lo hueco lo plenamente hueco y que no es más que hueco pero crece sin fin ni sino o causa o pauta o pausa me sacaré yo el lastre que no lastra por no saber a piedra por no saber saber ni saber no saber los decesos del seso y sus desechos me sacaré yo de pie junto con tanta sombra sórdida que sobra de cuanto fue y no fue o fue fue y no se fue aunque retorne al árbol del primo primo simio me sacaré yo sin tino la maraña demasiadísimo humana y mil y miles vueltas y revueltas y contras y recontras y sus colas y sus entelequitas y emocioncitas nómadas y más y más de cuajo me sacaré el obtuso yo zurdo absurdo burdo que aún busca ser herido aunque sonría entre otros obvios sordos escombros naturales y restos casi muertos de algún yo otro propio que todavía ulula porque me cree su perro.
- Que muera el miedo, que vivan las (pro)fugas / Rocío Feltrez
(…) el pozo sigue comiéndose vida tras vida, y seguirá, a menos que algo pase, un acto de desobediencia casi imposible de imaginar, como si de repente el cazador se detuviera justo antes del disparo porque sintió en la carne propia la agitación de la sangre de su víctima, el terror ante la inminencia de la muerte, y supo que formar parte de la especie dominante es ser como una fiera que ha caído en una trampa de metal que destroza lentamente cada músculo, cada ligamento, para que sea más fácil desangrarse que poder escapar. Leona, Claudia Masin Padre de familia. La hija se cuida. No dice lo que siente y menos aún lo que desea. Cuando comparte un libro que le gusta o una banda de música que le hace vibrar la piel, el padre desliza una sentencia de desprecio hacia la elección de la criatura que ahíja. El problema tal vez no sea tanto el contenido de esa obra, la letra de esa canción o las ideas que sostiene ese libro como el hecho de que esté eligiendo algo por fuera de la familia. El problema quizá sea mostrarse deseando otras maneras de existir que no figuran en el combo herencia-familia-heteronorma. A la herencia le aterroriza el desvío. Esa tiranía doméstica, mata. Esa imposición de una manera de vivir, asesina. Escribe la furia. ¿Saben lo que implica pasar de un estado de completa sumisión, de estar al borde de la muerte, a poder decir “¡basta!”, “¡no quiero vivir así!”, “¡no quiero morir!”? ¿Saben lo que implica deshacer esa película de miedos e inmovilidades que instalan las palabras, gestos, actos hirientes que se engalanan y perfuman para poder tocar la piel sin resistencias durante meses, años, vidas? A veces los barrotes de la celda que habitamos se desdibujan, se disfrazan. Y, como sabemos, no hay mejor sujeción que aquella que se presenta y se vive como libertad. No hace falta recibir una amenaza de muerte para estar viviendo una situación de dominación, una situación de violencia. Lo que muchas veces produce y sostiene ese estado de sujeción e inmovilidad son esos “(…) ‘pequeños’ y cotidianos controles, imposiciones y abusos de poder” que Luis Bonino nombra como micromachismos a los que, tal como recuerda, otrxs autorxs han llamado “pequeñas tiranías, terrorismo íntimo, violencia ‘blanda’, ‘suave’ o de ‘muy baja intensidad’, tretas de la dominación, machismo invisible o sexismo benévolo”[1]. Según Bonino “son abusos que se realizan sobre las mujeres por el hecho de serlo. Abusos asentados en una creencia masculina procedente del modelo de Masculinidad Hegemónica que lleva a los varones a sentirse superiores y a dar por sentado que la mujer debe estar disponible y al servicio de los propios deseos, placeres y razones. Y que desde esa posición y para asegurarla, es lícito utilizar diversos procedimientos de control e imposición. Ese disponer de la mujer es una de las prerrogativas, ventajas o privilegios incuestionables que muchos varones aun creen merecer de forma natural e incuestionable. De ella derivan muchas otras tales como el sentirse con derecho a estar disponibles para sí sin rendir cuenta, a tener la razón sin demostrarlo, a no ser opacado por una mujer, a ser reconocido en todo lo que hacen, y a que lo suyo no quede invisibilizado, a ser escuchado y cuidado, a aprovecharse de los propios objetivos. Desde este punto de vista, los micromachismos son unos de los modos masculinos más frecuentes de ejercer, no sólo abuso sino la defensa de esos privilegios de género” La palabra empoderamiento tal vez no sea la mejor para nombrar a ese proceso de desprendimiento de un estado de dominación; de ese terrorismo íntimo que, como sugiere Bonino, crea un clima de agobio y mortificación. Pero por ahora no está habiendo otra palabra-relevo que convenza y es realmente más urgente pensar cómo hacemos para desprogramar las pequeñas tiranías que las masculinidades hegemónicas han ejercido y siguen ejerciendo sobre nuestros cuerpos. Y cómo hacen ustedes, varones cis heterosexuales, para romper el pacto de silencio que perpetúa estas miserias. ¿Cuántas veces le señalan a su amigo o compañero que eso que está haciendo, diciendo o pensando es la condición de posibilidad del sufrimiento de las pibas? Que eso mismo que sostenés vos, varón cis heterosexual, es lo que piensa el chabón que mata de treinta puñaladas a una piba. ¿Cómo viven con eso? ¿Cómo vivimos con eso? Algunxs ya no podemos soportar los autoritarismos, los supremac(h)ísmos, la arrogancia de lo humano tan blanco, tan varón, tan clasista, tan ra(cis)ta, y heteronormado. Nos bulle el rechazo en la piel. Y sí, otro de los problemas es el de la heteronorma. Porque no sólo se trata de una “orientación sexual”, como se dice. Es un régimen que clausura sentimientos y alimenta rigideces que animan estallidos de violencias. Un régimen que prevé un plan de vida basado en la pareja exclusiva, la reproducción, la construcción de una familia. Una familia que muchas veces termina siendo territorio de crueldades, y una monogamia que clausura otros amores: a veces hasta clausura el amor a un amigo, a una amiga, el amor a los libros, a la pelota, a dormir la siesta, a la aventura, a hacer nada, a otras cosas que están fuera de la pareja, ¡clausuran la vida misma! La exclusividad amorosa mata. Me refiero al mecanismo de exclusión de todos esos otros amores-momentos que hacen al vivir. Porque quien mata asesina también la posibilidad de que ella viva esos otros amores-momentos. No puede soportar que haya vida más allá de él. Que haya vida, deseo, fuga. Sabemos que aquello que han hecho y hacen todavía con nosotras es imperdonable: acortar las posibilidades de vida, clausurar los desvíos que nuestros cuerpos imaginaron, dictarnos cómo tenemos que pasar los días. Qué cosas deben gustarnos y cuáles no. Con quién tenemos que coger, cómo y cuándo. Paren de matarnos es, también, ¡paren de decirnos cómo carajo tenemos que vivir y con quiénes! Paren de imponernos planes de vida que nos asfixian. Porque, además, ¿no conviene desconfiar de la llamativa cantidad de ‘seguidores’ que tienen esos programas de vida tan editados, con tanto filtro, tan de revista Para Ti? ¿Cuándo vamos a animarnos a explorar otros parentescos, otras maneras de amarnos, de vivir? Mientras muere lo que no vemos morir, la vida insiste. Pero estas palabras lindas hoy no alcanzan. No alcanzan porque seguimos siendo asesinadas por varones cis heterosexuales todo el tiempo. Y no sé si es posible seguir diciendo que no sabemos cómo hacer para que paren de matarnos. En serio, pensemos, ¿Quién mata?. Esa masculinidad, ¿cómo es? ¿Es posible desprogramar lo que está inscripto en el cuero duro de la cultura desde hace milenios? ¿Cómo? Ustedes, chabones cis heterosexuales que hacen silencio frente a los chistes misóginos de sus amigos, hijos sanitos del patriarcado, ¡fúguense e inviten a la fuga! Pero hablo de la fuga que necesitamos, la que da vida, no esa otra fuga a la que están también muchas veces acostumbrados –la fuga de sus responsabilidades como cuidadores, por ejemplo-. Ustedes, interrumpan al amigo que está violentando a la piba, no alimenten ese pacto de silencio, fuguensé de esas vidas miserables que habitan y encubren. Juntensé a pensar por qué carajos pasa lo que pasa, de qué cultura de la crueldad están participando. ¿Por qué decimos que la mano que empuña el cuchillo que asesinó a Úrsula podría ser la tuya? ¿Nada de esto te hace ruido? A vos, chabón, que cada vez que reclamamos por nuestros derechos tenés algo que opinar, que cada vez que hablamos de la socialización de los varones cis heterosexuales necesitás marcar una diferencia, señalar la excepción, y ponerte del lado de los buenos, ¿no te da vergüenza querer seguir siendo el protagonista de todas las historias? Querer decirnos incluso cómo tenemos que narrar nuestros dolores y alegrías. ¿No pensás que hay algo del modo en que habitas la tierra que es cómplice de estas muertes, de estos dolores, de estas crueldades? ¿Por qué se te frunce tanto el culo cada vez que señalamos y cuestionamos tus privilegios? Y todo bien con el “lado mujer” y el “lado varón”, y con que “hay mujeres que también son machistas y violentan a sus parejas”, y lo que carajos sea, pero, ¿quiénes asesinan y a quiénes? ¿Cómo y en qué circunstancias? ¿Viste a un “lado varón” asesinando de treinta puñaladas a una piba? ¿Qué deja pensar acá esa idea? Necesitamos políticas públicas que acompañen a quienes están en peligro, a todas las pibas que no saben, no pueden, no encuentran la manera de irse de una situación en la que su vida está realmente en riesgo. Lugares físicos para alojar a las pibas que necesitan fugarse. Pero no podemos conformarnos con el rescate de una situación límite. Hay cosas que pensar y hacer antes. Uso el pronombre femenino adrede, hablo de las pibas aunque sabemos que esto no es sólo contra las pibas. Qué decir de las compañeras travestis, muchas de cuyas muertes ni siquiera figuran en los registros, no hay lágrimas que caigan sobre esos cajones y hasta a veces ni hay cajones. Escribe la furia. La furia que quiere que muera el miedo, ese miedo que murió en esa piba que está parada en Rojas frente a la yuta pidiendo justicia por el asesinato de su amiga y recibe un disparo de bala de goma a milímetros del ojo. Queremos que esta furia se convierta en otra cosa. Por todas las vidas que ya no están y por todas las posibilidades de vida que sistemáticamente se nos son escamoteadas por esta máquina del terror. No queremos vivir más esta cultura de la crueldad. No queremos ser más esta humanidad patriarcal, blanca, cisexista, racista, clasista y heteronormada. [1] Bonino Méndez, Luis (2004). Los micromachismos. En Revista La Cibeles N° 2 del Ayuntamiento de Madrid. Noviembre 2004. Pág. 1.
- La civilización nace y deviene como dominación / Ezequiel Buyatti
A partir del padre original, a través del clan de hermanos hasta el sistema de autoridad institucional característico de la civilización madura, la dominación llega ser cada vez más impersonal, objetiva, universal, y también cada vez más racional, efectiva, productiva. Herbert Marcuse, Eros y Civilización. Herbert Marcuse en su obra Eros y Civilización propone, por un lado, aplicar la psicología al análisis de los problemas políticos y sociales que ha no sido tenida en cuenta por la teoría marxiana, es decir, “desarrollar la sustancia política y sociológica, partiendo de las nociones psicológicas” (Marcuse, 2010, p.19); y por otro, “contribuir a la filosofía del psicoanálisis, no al psicoanálisis en sí mismo” (Marcuse, 2010, p.22), desde un lugar que se pregunte por la posibilidad de la existencia de una civilización no represiva: […] los mismos logros de la civilización represiva parecen crear las precondiciones necesarias para la abolición gradual de la represión. Para elucidar estos aspectos, debemos tratar de reinterpretar la concepción teórica de Freud en términos de su propio contenido sociohistórico (Marcuse, 2010, p.22). El carácter “ahistórico” de los conceptos freudianos contiene, así, los elementos de su opuesto: su sustancia histórica debe ser recapturada […] (Marcuse, 1983, p.47). En relación con la crítica al marxismo, se puede identificar un juicio al concepto de consciencia. Tanto la consciencia moral, como las ideas, para Marx, están íntimamente vinculadas con la actividad material. Es decir, dichos conceptos no tienen un desarrollo propio por fuera de las condiciones materiales. En este sentido, la clase dominante (la burguesía) dispone de los medios de producción materiales pero también controla los medios de producción mentales. De este modo, la burguesía trata de imponer sus ideas, su consciencia moral, sobre aquellxs que no poseen ni controlan nada: el proletariado. En términos marxianos, el proletariado, mediante la identificación como ser social desposeído de los medios de producción, llegaría a determinar su consciencia: […] en la producción social de su vida, los hombres contraen determinadas relaciones de producción, que corresponden a una determinada fase de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones de producción forma la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que se levanta la superestructura jurídica y política y a la que corresponden determinadas formas de consciencia social. El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social, política y espiritual en general. No es la consciencia del hombre lo que determina su ser, sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su consciencia (Marx, 2011, p.271). Sin embargo, los individuos seguimos perpetuando las perspectivas sometidas a las que nos induce la presente forma de organización social opresiva. La constante violencia sistematizada a través del desarrollo civilizatorio que incrementa la concentración de riqueza que se traduce en hambre, miseria, genocidios, despojos de pueblos enteros, alienación, pone en evidencia que no es solo un problema de consciencia de la clase dominada. Es decir, la crítica de Marcuse hacia este punto de la filosofía marxiana radica en que no es tanto un problema de consciencia, sino de generar otra vida, otra forma de organización social que genere deseo: La libido es desviada para que actúe de una manera socialmente útil, dentro de la cual el individuo trabaja para sí mismo solo en tanto que trabaja para el aparato, y está comprometido en actividades que por lo general no coinciden con sus propias facultades y deseos (Marcuse, 1983, p.56). Los individuos de la sociedad capitalista tienen la posibilidad de comprar todo tipo de mercancías, “tienen innumerables oportunidades de elegir, innumerables aparatos que son todos del mismo tipo” (Marcuse, 1983, p.100), pero precisamente es esta represión excedente eficaz la que se basa en un aumento de la cultura material a medida que distraen a los individuos explotados del verdadero problema: generar una vida más vivible, un deseo que se encamine hacia ese objetivo, que permita engendrar “la consciencia de que pueden trabajar menos y además determinar sus propias necesidades y satisfacciones" (Marcuse, 1983, p.100). Por otra parte, Marcuse plantea que es posible una civilización que no contenga represión excedente por la dominación social. La represión excedente (restricciones provocadas por la forma de organización social que mantiene posiciones privilegiadas, diferenciada de la represión básica freudiana) y el principio de actuación (la forma histórica prevaleciente del principio de realidad: aquel principio que invalida el principio del placer y lo sustituye por uno retardado, restringido pero seguro; que lucha, a través de la razón, por lo que es útil para el sujeto consciente de la sociedad capitalista) no son constitutivos de la sociedad, sino contingentes. Es decir, para Marcuse podría llegar a existir una reconciliación entre eros y civilización. Por lo tanto, no es preciso doblegar severamente nuestro deseo para la vida en común. Una sociedad de menor represión excedente es posible a pesar de que nunca habría una gratificación completa ya que la represión en términos freudianos seguiría existiendo. Ahora bien, si la civilización se origina y se desarrolla mediante el despotismo patriarcal, primero establecido en la figura del patriarca, padre y tirano, y luego, en el modelo subsecuente del clan de hermanos; si la vida fue organizada bajo esta dominación que dio lugar al desarrollo de la civilización sistematizada en instituciones e ideologías como la familia, la propiedad, la moral imperante, la Ley y el Estado, si “(...) el padre original anticipa las subsecuentes imágenes del padre dominante bajo las que la civilización ha progresado” (Marcuse, 1983, p.70), ¿cómo puede existir una civilización que no esté determinada por el funcionamiento continuo de la dominación? Para Marcuse, la represión excedente y el principio de actuación son conceptos contingentes, pero no advierte que la civilización occidental los vuelve constitutivos. A pesar de que Marcuse realiza una diferenciación de dos ideas de progreso: una vinculada a la dominación capitalista y otra que contiene un sesgo positivo que habilita nuevas posibilidades de desarrollo humano, no podemos obviar que todo progreso civilizatorio crea sujetos y ciudadanía, todo desarrollo de la civilización es el continuum de ese déspota patriarcal y su subsecuente clan de hermanos. Querer modificar algo que inherentemente es opresivo, violento y jerárquico, mediante una lógica desarrollista y mecanicista marxiana, conduce a la perpetuación de la opresión. Por un lado, Marcuse sostiene, bajo una lectura de la dialéctica marxiana, que “los mismos logros de la civilización represiva parecen crear las precondiciones necesarias para la abolición gradual de la represión” (Marcuse, 2010, p.22), pero, por otro lado, afirma que “El pasado define el presente porque la humanidad todavía no es dueña de su propia historia” (Marcuse, 1983, p.67). ¿Puede la humanidad ser “dueña de su propia historia” cuando se tiene fe en el progreso y en la civilización, cuando creemos en una lógica y una teoría desarrollista y mecanicista que dará lugar a una sociedad menos represiva?: “Ahora el Dios es la Historia, el progreso, el Estado que encarna dicho progreso, y los individuos no pueden más que someterse a esa necesidad histórica” (Fridom, 2018). Marcuse no piensa en términos de radicalidad, en términos de una ética anárquica donde se lleve a cabo en la teoría y en la práctica la auto-organización libre de lo comunitario, sino en una teleología anclada en el desarrollo de la historia de la civilización; el individuo y la comunidad son cosas que deben sacrificarse por el progreso unidireccional de la historia, y ese es, precisamente, el problema. “Abstracto y utópico” es sostener que la lógica de un programa mecanicista y revolucionario sea la conquista “transitoria” (que en realidad se vuelve permanente) del Estado que se ha consolidado gracias a la opresión de la civilización. ¿Qué más utópico que secularizar el cristianismo y tener fe en el curso irremediable de la Historia y, a la vez, desear que el Capital se expanda exponencialmente para que surja el proletariado industrial de las naciones más civilizadas para que ese mismo proletariado sepulte a la burguesía capitalista? “[...] la civilización ha progresado como dominación organizada” (Marcuse, 1983, p.47). ¿Puede existir una civilización que no progrese bajo estos términos? Si partimos de algún sesgo positivo en la concepción de progreso o de civilización, si aceptamos o naturalizamos que es posible una civilización que no contenga represión excedente, seguiremos situándonos en esos terrenos que son propicios para el exterminio de otras formas de vidas, que suprimen una ética contraria a la moral propietaria, contraria a la lógica civilizatoria capitalista. Reflexionar en otros términos por fuera de lo civilizatorio puede llegar a conducirnos a ser “dueñxs” de nuestra propia historia, o mejor dicho, ser dueñxs de nada, y de esta manera, construir conceptos y prácticas que desarrollen prácticas comunitarias que le expropien tiempo y espacio al orden civilizado. Referencias bibliográficas -Freud, S., “El malestar en la cultura” disponible en: https://parletre.org/2016/05/17/obras-completas-sigmund-freud-pdf-amorrortu/ -Fridom, Fran. “¡Muerte al Estado, que viva la Anarquía!”, Gatx Negrx [en línea]. Julio de 2018. Fecha de consulta: 6 de mayo de 2020. Disponible en: https://periodicogatonegro.wordpress.com/2018/07/23/muerte-al-estado-que-viva-la-anarquia/ -Marcuse, Herbert, “Prólogo” e “Introducción” en Eros y Civilización, Barcelona, Ariel, 2010. (Traducción de Juan García Ponce). -Marcuse, Herbert, Eros y Civilización, España, Sarpe, 1983. (Traducción de Juan García Ponce). -Marx, Karl, Manifiesto comunista, España, Globus, 2011. --------------, “Prólogo de la contribución a la crítica de la economía política”, España, Globus, 2011. --------------, “Glosas marginales al programa del partido alemán”, España, Globus, 2011.
- Derechos (después de los manicomios) / Marcelo Percia
Consignas A las luchas contra las servidumbres del capital, del colonialismo, del patriarcado, conviene incorporar la lucha contra las sujeciones de la normalidad. ¡Demasías no enferman, normalidades sí! Evocaciones Resulta inevitable que hablas clínicas desemboquen en la cuestión de las leyes, la justicia, el derecho. Estas páginas comienzan por mencionar derechos no jurídicos que provienen de enseñanzas cercanas: derecho a la fantasía (Pichon-Rivière), derecho a las mateadas (Moffatt), derecho a la ternura y al miramiento (Ulloa), derecho a jugar (Pavlovsky), derecho a pensar (De Brasi), derecho a la poesía (Zito Lema). Bóvedas Lacan (1955-1956) piensa que en las psicosis el inconsciente está en la superficie: a cielo abierto. Sin represión. Carente de frenos, disfraces y olvidos. El tinglado de demasías se llama normalidades. Reclusiones Tras largas internaciones que apartan, ocultan, olvidan, asistimos a otro escenario: el del desparramo de sensibilidades excedidas. Se comienza a entrever que las ciudades se configuran como encierros a cielo abierto. Perímetros de miedos, violencias, amenazas. Derribados los muros, manicomios extienden sus vigilancias, controles, castigos, por todas partes. Lagunas Entre civilizaciones sin manicomios y vidas después de los manicomios todavía habitamos tiempos intermedios. Antonio Gramsci (1929-1935) escribe en sus cuadernos de la cárcel: “La crisis consiste en el hecho de que lo viejo está muriendo y lo nuevo no puede nacer: en este interregno, aparecen diferentes síntomas de enfermedad”. Momentos de interregno suspenden eficacias de los poderes, entonces -en esos mínimos intervalos- se abren oportunidades para des aprender modos de vivir establecidos. Manicomios no terminan de desaparecer y otras formas de estar en común entre demasías liberadas apenas comienzan a vislumbrarse. Cenizas No alcanza con incendiar instituciones totales. Nunca más manicomios, supone nunca más represión de las rarezas, las anomalías, las discrepancias, las disidencias, las demasías. Chispas La expresión vidas después no designa una circunstancia de pasaje en el tiempo. La palabra después, en este enunciado, trabaja más como adjetivo que como adverbio. El después, en este caso, califica vidas resabiadas. Vidas deshabituadas, desenredadas de las costumbres, con mañas y astucias para rebuscárselas. Vidas, con candores y recelos, que han sobrevivido a intemperies, vacíos, desamparos. A desamores y a todas las drogas. Lecciones La civilización que conoció Auschwitz, ¿qué aprendió en más de cien años de encierros?, ¿qué supo de exterminios, exclusiones, expulsiones, privaciones, violencias, abusos, violaciones?, ¿qué entendió de alcoholes, pastillas, angustias, tristezas, ausencias? Locuciones Este capítulo trata -extendiendo una idea de Austin (1955)- de derechos performativos, antes que jurídicos. Derechos que se proponen como actos de futuras insurgencias clínicas. Derechos que realizan y avispan potencias por el solo hecho de enunciarse. En estas páginas se ofrecen como derechos performativos enunciaciones que adelantan lo por venir. Si se dice no olvidaremos este instante, en el hecho de estar diciéndolo, el instante señalado se vuelve inolvidable. No importa verificar el enunciado dentro de cien años. Derrida (1989) destaca a propósito del derecho que las fuerzas performativas actúan como “fuerzas persuasivas y retóricas”. Los enunciados que siguen más abajo se presentan como promesas y apuestas urgentes. Aunque los derechos sugeridos se podrían componer y descomponer de muchas maneras hasta devenir innumerables. Discrepancias Quizás un día se declare el derecho a las demasías. Al brote de intensidades sensibles sin capturas patológicas. Al arrojo en la demasiada vida. Al estar en común sin mensuras afectivas y morales coercitivas. En derecho administrativo, se denomina usuario al destinatario de servicios públicos. También se establece la participación de usuarios, a través de sus organizaciones, en la gestión de esos servicios. El enunciado usuarios de salud mental instaló la idea de que las sensibilidades que sufren tienen derechos. En el pasaje de la idea de pacientes a la de actores sociales con derechos ciudadanos reside una discusión todavía inacabada. En el porvenir, ¿se empleará la palabra usuarios para mencionar a destemplanzas que requieran servicios de salud mental? ¿Se apelará a las ideas de servicios, mente, salud? ¿Se confiará en la idea de humanidad (en nombre de la que se cometen crimines tremendos)? Dos citas de Susy Shock (una del 2011, otra del 2017): “Reivindico mi derecho a ser un monstruo ¡Que otros sean lo Normal!”. “No queremos ser más esta humanidad”. Quizás en tiempos venideros se piensen sensibilidades. Quizás un día se declare el derecho a vivir, a existir, a estar en demasías. Actos clínicos, no atienden pacientes, enfermos, usuarios, clientes, consumidores; merodean -con ternuras habladas- demasías. Quizás en el porvenir se atiendan sensibilidades vivas: afectos antes que personas. Tal vez se alojen intensidades que no pertenecen a alguien, aflicciones que vagabundean, pesadumbres negadas de la civilización. Así como tierras, aguas, brisas, montañas, bosques, se pensarán como sujetos de derecho, se solicitarán derechos a las demasías. Demasías viven en común con todas las sensibilidades vivas. Conquistas Quizás un día se declare el derecho a no tener que ganarse la vida. Alguna vez todas las sensibilidades tendrán derecho a recibir un ingreso económico que permita vivir, por el solo hecho de existir. Un ingreso sin condiciones, no subsidio ni pensión estigmatizadora. Entonces, la vida en común estará garantizada sin que las existencias que hablan tengan que padecer o hacer nada. Ni tampoco se vean conminadas a reinserciones, rehabilitaciones, resocializaciones según patrones comunitarios que someten o expulsan. Se terminará con la idea de que hay que ganarse la vida trabajando. Solo se trabajará por gusto, placer, porque sí. El trabajo como vehículo de la ambición de acumular dinero, prestigio, poder, no se impondrá como único sentido. La idea de ganancia individual estará disponible como excedente innecesario o arrogancia de quienes todavía deliren grandezas. La sentencia de que hay que ganarse la vida sobrevuela como extorsión de la civilización. Como amenaza de que se la puede perder. Así, se enhebra la imposición de trabajar como carga, infortunio, castigo. Inevitables. La vida no se recibe como regalo, como don, como derecho. Proliferaciones Quizás un día se declare el derecho a la irreductibilidad. Una convicción en común que afirme que la vida no puede reducirse a un compendio de explicaciones. Que ninguna existencia puede quedar ceñida a diagnósticos, clasificaciones, desciframientos, ejecutados por un poder. Una convicción, tejida entre proximidades, que acentúe que las potencias de lo vivo residen en la indeterminación y en la inconmensurabilidad. Una convicción, hilada entre cercanías, que impida que se condenen sensibilidades a tener que cargar con identidades que estrechan el porvenir. No hay una historia ni miles, sino infinitas composiciones posibles. Padecemos reducciones espantosas realizadas a través de lenguas triunfantes, géneros, clases sociales, territorios colonizados. Posteridades pensarán una clínica como expansión de lo incomprensible. Y como custodia de lo indescifrable. Doctas Quizás un día se declarare el derecho al poco saber. Sobre las vicisitudes de la vida en común cualquier saber tiene gusto a poco. En una reunión con todas las especialidades médicas en un hospital general, una voz dice: “Sí, las chicas de salud mental vienen al servicio cada vez que las necesitamos, muy dispuestas escuchan al equipo y conversan con los pacientes, pero lo que hacen sabe a poco. No resuelven los problemas que tenemos. No traen soluciones”. Poco saber no significa escaso saber, alude a lo ilimitado, inalcanzable, inconcebible del saber clínico. Estar en posición de poco saber previene omnipotencias, soberbias, individualismos profesionales. Estar en posición de poco saber no equivale a saber poco. Saber poco revela negligencia, desinterés, indiferencia, celebración del sentido común. Mientras que la posición de poco saber -que requiere devaneos, estudio, discusiones compartidas- apuesta a la potencia del diálogo clínico, antes que al poder de un saber. La idea de poco saber se precipita pensando en situaciones de equipos clínicos. Pero, ¿a qué se sigue llamando equipos? A las cercanías entre variaciones. A las proximidades que se entrelazan cuando potencian saberes y se desenlazan cuando se juegan solo poderes. La idea de equipo, como utopía, perdura como posibilidad hasta que queda astillada por imperativos de dominio que capturan tarde o temprano susceptibilidades que piensan. Si se dijo que el saber poco incurre en apatía y en no implicación, su contrario el saber mucho alardea suficiencia como logro individual. El saber mucho, cuando se trata de alojar demasías, se presenta como una de las peores formas de ignorancia. Si se pretende dar con una cura para la enfermedad de Chagas se necesita mucho saber; pero si trata de estar en cercanía con la angustia, se necesita la posición de poco saber. Saber mucho equivale, cuando se trata del vivir, a jactancia y necedad. La posición de poco saber se aprende en interminables discusiones con otras agudezas clínicas. La posición de poco saber comienza como transmisión oral. Se aprende cuando muchas perplejidades expresan, en voz alta, dudas y desánimos. Cuando se escucha cómo trabajan, cómo piensan, cómo actúan, cómo hablan, sensibilidades clínicas que intentan alojar demasías sin normalizarlas, se tiene -recién ahí- dimensión de la posición de poco saber. Saber que sabe de lo ilimitado. Saber que piensa la clínica como simultaneidad de pocos saberes que se componen entre sí. Se podría pensar un equipo como aquelarre de oralidades clínicas que dramatizan posiciones de poco saber. Contrapunto de conjeturas indecidibles. En el enunciado poco saber, poco no funciona como adverbio de cantidad que designa escasez o insuficiencia, sino como cualidad clínica, como potencia de la memoria de un común saber. Barullos amables, tensos, en disidencias, de pocos saberes, componen la posición de común saber. Aperturas Quizás un día se declare el derecho a las súbitas ventanas clínicas. Clínicas acontecen, a veces, en momentos y en lugares no previstos ni planeados. Acontecen, cada vez que se hace posible la pregunta “qué te está pasando”. Cada vez que una borrasca tiene ganas de contar algo. En esas circunstancias, no se trata de remitir o enviar a las aflicciones que desean hablar al lugar indicado o al sitio especializado. Deseos de hablar solicitan recepción en circunstancias en las que pinta la confianza, la confidencia, el desahogo, los bueyes perdidos. Equipos clínicos están ahí, como disponibilidades atentas a llamados que se precipitan de repente. Esas irrupciones hablantes eligen y no eligen cuando ponerse hablar: en un viaje en colectivo con una acompañante, en el momento de preparar el té con la profesora de plástica, mientras acomodan los equipos con el psicólogo de la radio, mientras esperan con la psicóloga una entrevista en el juzgado, cuando se cruzan con el enfermero en la puerta del servicio. Y, así, con o sin premeditación, las palabras salen o sobrevienen como impulsos de hablar. Ventanas que se abren y se cierran para contar algo mientras se están haciendo otras cosas: preparando una comida, esperando debajo de un árbol, tomando mate, serruchando una madera, tocando la guitarra, escuchando llover, interceptando una disponibilidad que justo pasaba por ahí. Derecho a las súbitas ventanas clínicas supone no reducir la clínica a formatos pautados y planificados, a estereotipos de las entrevistas médicas o psicológicas, a los grupos o talleres terapéuticos. Súbitas ventanas clínicas desconocen jerarquías profesionales y especializaciones universitarias. Súbitas ventanas clínicas suponen equipos que conjugan sensibilidades disponibles que se preparan para llegar a tiempo a citas no convenidas. Calmas Quizás un día se declare el derecho a que no pase nada. Si se atiende a pautas de rendimiento, progreso, alcance de objetivos, logros, en muchas situaciones clínicas no pasa nada. No se evidencian cambios o suceden nimiedades imperceptibles. Pero ¿qué pasa en ese no pasar nada? Pasa la vida sin estridencias. Pasan expectativas, confianzas, entusiasmos, reconocimientos, cansancios, curiosidades, desahogos, complicidades, respiros, autorizaciones, recuerdos, duelos, risas, dudas, decisiones, excesos, arrepentimientos, días de lluvia, fases lunares, dolores de espalda, despedidas. Clínicas en las que no pasa nada sensacional, se corresponden con vidas exentas de sensacionalismos. Clínicas en las que no pasa nada espectacular, se corresponden con vidas que no ostentan famas, victorias, hazañas, requeridas por las hablas del capital. La distinción entre vivir bien y vivir mejor retorna como legado inmemorial de sensibilidades que están en la vida de otras maneras. Hablas del capital imponen la urgencia de tener que pasar de la nada a algo, que conciben como mejora. Instituyen el imperio de la mejora como ideal de satisfacción, como bienestar superior, como resolución de carencias que la idea misma de mejora crea. Encantar la nada supone encantar la vida, sin más. Sin requerimientos, sin resultados, sin nerviosismos consumidores. Encantar la nada o, tal vez, encantar la vida sin temor a la nada. Vidas encantadas sin el imperativo de la hazaña ni el sacrificio, sin épicas de triunfos y derrotas, alientan potencias que no dominan, no poseen, no gobiernan. Perseverancias La pequeña, abusada y violada, ofrecida por su padre como carne de intercambio, tras una larga semana en la que se sintió encerrada en el hospital, llena de furias y violencias, no queriendo hablar con nadie, de pronto, ya cansada de rechazarla, pregunta a la psicóloga que vuelve cada mañana sin ninguna demanda: “Pero, vos, ¿por qué venís?”. Dispersiones Quizás un día se declare el derecho a no ensamblar. A permanecer en estado de desunión, desajuste, soltura. O el derecho a desencajes parciales, momentáneos, circunstanciales. Un derecho que prevenga fanatismos de la vida en común. Derecho a no ensamblar no abona individualismos. Individualismos viven ensamblados en parejas, familias, empresas, cátedras, hospitales, gobiernos. Incluso muchas veces subordinan las fuerzas que concurren a esos ensambles en beneficio de los propios individualismos. Soledades que no ensamblan no alientan aislamientos: resisten coerciones de la unidad. El derecho a no ensamblar incluye el derecho a dormir en cualquier momento del día. En proximidad con esta idea se encuentra “…el derecho a desertar de las sociabilidades mortíferas”, sugerido por Peter Pal Pelbart (2009). Hormas No se halla en ninguna parte. No se puede acomodar en un rincón de la vida. No encuentra lugar en el bote repleto de historias naufragadas. Y no hay a donde ir. Andanzas Quizás un día se declare el derecho a no hallarse. Se necesita imaginar un estar en común de soledades que no se encuentran a gusto o no quieren permanecer en un sitio. Incluso un común sin obligación de lo común para quienes no pueden, no saben, no desean, estar en cercanías. “No me hallo en ninguna parte. No me siento bien en la casa con los muchachos, en el barrio. No tengo a dónde volver”. El derecho a no hallarse requiere la invención continua de espacios de pasaje y no enraizamiento. Supone el derecho a juntadas imprevisibles, a vagabundeos que pasan por un lugar solo para estar un rato. Inclinaciones Se lee en Pichon-Rivière (1965) que las sensibilidades se aquerencian a rigideces a las que vuelven siempre. Un lugar, papel, perfil, imagen, al que se regresa por el recuerdo o por la ilusión de que alguna vez se estuvo bien allí. Pero, ¿a dónde retornan aflicciones que no se sintieron bien en ninguna parte? Pichon-Rivière sospechó que el secreto consiste en no aquerenciarse a un único lugar. Pensó el estar en común como posible remoción de fijezas y expansión de querencias. Tendencias En la traducción de la correspondencia de Freud con Fliess, José Luis Etcheverry (1994) decide traducir el vocablo alemán Trieb por querencia en lugar del vocablo pulsión que había empleado en su versión de las obras completas. Se lee en Cervantes (1605): “Con este pensamiento guio a Rocinante hacia su aldea, el cual casi conociendo la querencia, con tanta gana comenzó a caminar, que parecía que no ponía los pies en el suelo”. La palabra querencia está lejos de la idea de instinto. Describe la propensión a volver al lugar en el que se ha vivido bien. Deportaciones Como se dijo, vidas después de los manicomios, a veces, no tienen a dónde regresar. Ponen a la vista un mundo sin querencias. Un mundo sin lugares en lo que se ha vivido bien. Como en exilios y migraciones forzadas, no hay dónde ir ni a dónde volver. Desconfianzas Quizás un día se declare el derecho al recelo. A la sospecha de que lo mismo que protege puede dañar. Al temor a las disciplinas, las inter disciplinas, las trans disciplinas. Recelos que guardan memorias de violencias, sometimientos, manipulaciones, dominaciones. Recelos ante las ideas de progreso, orden, técnica, ciencia. Recelo de sensibilidades que no terminan de pertenecer a las rutinas de las normalidades aunque participen de muchas de ellas. Recelo como extrañeza sin fin. El derecho al recelo supone la suspensión de las interpretaciones. Como advertía Musil (1911), vivimos una época en la que cada acto sufre disputado por una disciplina o una especialidad que lo estudia. Saberes autorizados, que aprueba el sentido común, confiscan rarezas para normalizarlas, apartarlas o declararlas excepciones tolerables. Espinas Mientras paranoias sospechan de casi todo o se obsesionan por algo, recelos toman precauciones ante las buenas intenciones de quienes presumen de almas buenas. Derecho al recelo ante la compasión, la piedad, la lástima. Recelo ante cualquier forma de desigualdad. Buenas intenciones (aun cuando actúen de corazón) pueden dañar. Conviene tener con el corazón las mismas precauciones que con los neurolépticos. No se trata de amar, sino de respetar cuidando, lo que no se entiende, incluso lo que no se quiere o se rechaza. Lesiones Expectativas de mejorías o logros terapéuticos, pueden dañar. Necesidades de reconocimiento que tienen quienes hacen clínica, pueden dañar. Amores que desean el bien, que ejercen presiones y extorsionan a través de los afectos, pueden dañar. Clínicas insurgentes tratan de estar lo menos nocivas posible. A veces, accionan impulsos, presentimientos, intuiciones. Desarraigos que tratan de orientarse entre flujos emocionales que apabullan. Subestimaciones Advierte Vicente Zito Lema (2002) -en una obra de teatro que tiene por escenario un hospital psiquiátrico- una voz que desbarata las bondades de voluntades clínicas. Una existencia encerrada, llena de ira y desprecio, grita a una persona que la visita: “¡Palabras, palabras, que me tirás como si yo fuera un perro que devora las basuras de la vida!”. Pervivencias Quizás un día se declare el derecho a las astucias resabiadas. Una proposición arraigada en el sentido común dice: “La astucia es la inteligencia de los débiles”. La oposición entre fortaleza y debilidad se presenta como motivo común de patriarcados, capitalismos, colonialismos, normalizaciones. Clínicas que atienden demasías necesitan considerar que están ante sensibilidades que saben sobrevivir. Sobrevivir a la coerción de las normalidades. Sensibilidades que no temen a la intemperie ni al desamparo ni a quedar en la calle. Sensibilidades que saben andar sin posesiones. Habrá que sostener, en días venideros, clínicas que alojen vidas resabiadas. Vidas resabiadas que recelan, a veces, se entregan al amor aunque vislumbren desamores en todas las suavidades. Fragancias Quizás un día se declare el derecho al hedor. ¿Cómo huelen emociones desmesuradas? ¿Sentimientos excesivos? ¿Pieles que transpiran abundancias afectivas? Quizás se declare el derecho al vaho que desprenden corporeidades que sienten demasías. Al vapor que secretan vidas doloridas. Derecho a lo salvaje, bárbaro, indómito. Derecho a la crasitud, a vidas descamisadas y cimarronas. Reflejos defensivos ante desprecios coloniales y elitismos que huelen bien. Derecho a las pestilencias que cobijan miedos y desamparos Escribe Rodolfo Kusch (1961): “La verdad es que somos hedientos y que simulamos una pulcritud demasiado ficticia”. Demasías hieden, normalidades se perfuman. Locuras cada tanto se bañan. En el sintagma Civilización o barbarie, demasías están del lado de la barbarie, mientras las normalidades del lado de la civilización. Como diría Kusch, un derecho que parte de reconocer que hay un hedor negado en la pulcritud de las normalidades. Un hedor que se llama noche interminable, angustias que inundan mares, amores que no terminan de lastimar, perderse, olvidarse. Quizá un día se declare el derecho a gozar y liberar sabidurías del hedor. Sabidurías del sobrevivir. Astucias y tretas del hedor. Fuerzas nacidas de la intemperie y el desamparo. Se trata de pensar lo maloliente no como falta de limpieza, sino como presencias de materias que pujan por abrirse lugar en una civilización adversa a los fluidos que la vida secreta. Al final, el hedor de la muerte. Degluciones Quizás un día se declare el derecho a la antropofagia. A devorar la moral del amo, junto con sus lenguajes y sus libros. A fagocitar ternuras y excrementar violencias. No se trata de comer carne humana. Derecho a la antropofagia alude a incorporar ideas sin subordinarse a ellas. Derecho a la antropofagia en homenaje a una de las primeras revueltas literarias del Brasil. Insurgencia irónica ante pensamientos europeos que desestiman y desprecian extrañezas declarándolas primitivas o salvajes. Tupí or not tupí that is the question, una de las primeras proposiciones del Manifiesto Antropófago, firmado por Oswald de Andrade (1928). Culturas consideradas primitivas y salvajes, de pueblos originarios y esclavos traídos de África, se comen al mundo moderno civilizado. Alegrías matriarcales, de antiguas comunidades, degluten burguesías patriarcales. Consignas del derecho a la antropofagia: “Devorar la cultura de la normalización, sin dejarse devorar por ella”. “Devorar teorías de la falta, la carencia, la castración, la insuficiencia, el desamparo, la intemperie, sin inhabilitarse a pensar fuera de ellas”. Impertinencias Quizás un día se declare el derecho a molestar. A incomodar las costumbres dominantes. A trastornar la calma de lo establecido. A alterar las relaciones de poder. A frustrar diagnósticos que disciplinan. A perturbar el orden de las normalidades. A inquietar el sentido común. A fastidiar a las políticas sanitarias y al Derecho. A estar ahí como piedra en el zapato de la civilización para que no olvide que lo que molesta tiene tanto derecho como lo que se acomoda complaciente. Derecho a molestar equivale a legitimar la posibilidad de pensar. Se recuerda esa página de Platón en las que Sócrates, conocido como el tábano de Atenas, importuna al Estado, como una mosca que con su mordida despierta a un inmenso caballo. Intangibilidades Quizás un día se declare el derecho a devenir imperceptibles. Derecho a la desnudez y al pudor, al reconocimiento y a la invisibilidad. Nunca lo uno sin lo otro. Derecho a que la vida no quede capturada por una mirada que juzga y controla. Derecho a lo que Fernando Ulloa (1995) llama el miramiento: una mirada que no evalúa, que no demanda, no vigila. Una mirada que acompaña y espera sin expectativas. Derecho a resguardarse en la invisibilidad. Sensibilidades que reaccionan con pudores (perdidos o nunca vividos) encantan carnes despreciadas. Pudores no como recatos, vergüenzas, velos morales, sino como suavidades que resisten violencias de la visibilidad. Pudores ejercen soberanías de lo incomprensible. Desquicias Quizás un día se declare el derecho a los animismos. Animismos no como creencias fantasiosas, sino como percepciones que perturban realidades regladas y disciplinas sentimentales. El derecho a personificar pasiones. A que se reconozca que, a veces, emociones se imponen, gobiernan, esclavizan, voluntades. Derecho de escuchar voces de dolores acallados de la civilización. Derecho a tener visiones de afectos expulsados del mundo del Capital. Derecho a reconocer vida en lo que se considera inanimado. Quizás algún día resultarán legítimos animismos que dramatizan sufrimientos no solo personales. Animismos que encarnan crueldades comunitarias naturalizadas. Animismos que ponen en escena voces de injurias y odios, de culpas y castigos, de horrores y miedos. Vidas animadas de lluvias y pájaros. Quizás algún día tendrá fuerza de ley la consideración de que todo lo viviente siente. Y también habla. Como escribe, desde las selvas guatemaltecas, Humberto Ak'abal (1988) poeta Maya' K'iche': “No es que las piedras no sepan hablar, solo guardan silencio”. Algarabías Quizás un día se declare el derecho a jugar sin rigideces normativas. En el horizonte regulador se juega para disfrutar, pero ese bienestar está pautado por las circunstancias de ganar, empatar, perder. El juego como pasatiempo administra tedios, el juego por dinero administra ambiciones y desesperaciones, el juego como heroicidad de una habilidad individual administra reconocimientos y superioridades. Deleuze (1969) valora en la literatura de Carroll la capacidad de inventar juegos o transformar reglas: una carrera en la que cada cual comienza cuando quiere y termina cuando tiene ganas. Infancias recuerdan que a veces alcanza con aprender la mímica o un gesto de un juego para hacer estallar las risas de las cercanías. Quizás un día se declare el derecho a jugar entre soledades que celebran proximidades prescindiendo de reglas, pero no del gusto y la alegría por un momento en común. Inalcanzables Quizás un día se declare el derecho a lo intraducible Una paradoja: hablas del capital difunden voces uniformes y unánimes que declaran la necesidad de respetar las diferencias. La palabra diferencia discrimina y parcela. Quizá se podría decir respetar lo intraducible. Tomar precauciones ante la invisible tiranía de lo mismo que fuerza semejanzas, clasifica equivalencias y separaciones. Respetar lo vivo que difiere incesante, como el tiempo y el movimiento. Respetar lo intraducible supone espetar el encanto, el misterio, el secreto, ese no sé qué que se posa en cada vida. La traducción entre lenguas, intenta, entre otras cosas, transformar la diferencia en algo reconocible. Por eso se podría decir que las buenas traducciones respetan las diferencias, pero más respetan el diferir que permanece intraducible. A veces se llama respeto a una mezcla de devoción y temor, a una forma de veneración especial o excepcional. Respetar lo intraducible supone declarar a todo lo viviente sagrado, inclasificable, irreductible. Libre de posesiones y capturas. Expansiones Quizás un día se declarare el derecho a alojar todos los sentimientos posibles. Antes que las agitaciones que hablan se representen comunicadas e incomunicadas, habitan sentimientos que entrelazan sentimientos. Amores, odios, alegrías, tristezas, atracciones, rechazos, aterrizan -en lo viviente que tiene el don de la palabra- como narrativas entretejidas. Un solo sentimiento (supongamos rechazos), aun cuando sobreviene como repentina sensación, condensa pedagogías y memorias no sabidas. Tal vez vivir consista en animarse o resignarse a recorrer la larga noche de algunos pocos sentimientos. Hoy sabemos que el fanatismo de la desigualdad se llama destino. Hay vidas condenadas a alojar miedos, mansedumbres, violencias, desprecios y menoscabos. Un signo de la civilización actual reside en que reparto desigual de las riquezas, se corresponde con un reparto sentimental cada vez más selectivo, excluyente y restrictivo. Indómitas Quizás un día se declare el derecho a las vidas desapropiadas No se trata de que cada cual tenga derecho a vivir su propia vida, de disponer de su propio cuerpo, decidir su propio destino. No se trata de duplicar la propiedad de lo propio sino de dar lugar a lo despropiado. Vidas desapropiadas no quiere decir desposeídas del dominio de lo propio, sino liberadas de toda condena posesiva, de toda individualidad clasificada. Vidas con derecho también a lo inapropiado, a lo que no se ajusta ni se conforma según patrón, necesidad, demanda, explicación normalizadora. Cuando en Copenhague, Ibsen (1879) estrena Una casa de muñecas escandaliza la decisión inapropiada de Nora. Borges (1988) recuerda que en Londres agregan a la obra una escena final en la que Nora, arrepentida, vuelve a su hogar y a su familia o que en París le inventan un amante para que el público entendiera la fuerza de tal desatino. Mudanzas Quizás un día se declare el derecho a las inconstancias. Sentimientos acontecen inconstantes. Esas sensaciones dispersas explican la fragilidad de los consentimientos. Afectividades advienen a borbotones, en constelaciones, concurrencias, simultaneidades. Acuerdos entre deseos se sostienen en hebras provisorias. En cada Sí que desea actúan excitaciones y terrores, atrevimientos y controles, curiosidades y pudores. A veces, se sienten ganas de decir Sí, pero también se sienten precauciones, desconfianzas, molestias, expectativas de ternura, memorias de dolor, arrebatos insumisos, vacilaciones que dudan. Entonces, las ganas dicen Sí, y enseguida pueden estar diciendo No. Gramaticales Quizás un día se declare el derecho a no ser. En ese momento prescribirán las sentencias predicativas. No hará falta cargar con atribuciones que lastiman. No se declarará que alguien es tal cosa. Se admitirán emotividades que no son, que existen moviéndose, que se afectan afectadas, que hablan habladas, que se agitan pasajeras. Fuente: Percia, Marcelo (2020). Derechos. En Sensibilidades en tiempos de hablas del capital. Ediciones La Cebra. Buenos Aires, 2020. "Habladuría", acrílico, collage y tinta sobre bastidor 150x100. Gisela Candas, 2020.
- Hablas del viento (Décima cuarta entrega de esquirlas del miedo) / Marcelo Percia
Crecen raíces de miedo (en el amor, en la amistad, en la vecindad) sin que los sentimientos lo sepan. Descartes (1649), en el Tratado de las pasiones del alma, piensa el miedo como un exceso de cobardía. Escribe: “…la cobardía es contraria a la valentía, como el temor o el espanto lo son a la intrepidez”. Pero no hay lo contrario del miedo. Se lo puede disfrazar, negar, conjurar con acciones temerarias, gestos de arrojo, hechos de heroico valor. Pero el miedo está ahí olfateando peligros. Velando la muerte. Necesita llevarse como fragilidad sabida, como temblor de inminentes desastres, como escalofrío irremediable. Paranoias exacerban miedos hasta volverlos alertas mecánicas, automatismos de ataque, dagas de supervivencia. Depresiones, que habitan mundos diezmados, se protegen hundiéndose en algo peor. Angustias no cuentan con el sosiego del pavor. Paranoias concluyen en que el mundo pergeña amenazas que asedian por todas partes. Depresiones, para defenderse de lo que tanto daña practican, auto ensañamientos. Angustias saben lo que amenaza y lo que daña, pero no se calman detectando enemigos ni ultrajándose. Angustias no conocen protecciones. Incrustan tembladerales en la inocencia de los cuerpos. Depresiones vuelven insípida la vida. Aplanan afectos, consignan uniformidades sin gracia. Desestiman mínimos amaneceres del ánimo. Instan a tocar fondo. Tras bruscos y denigrantes desalojos de un confort, un privilegio, un dominio, se repliegan en la fortaleza derruida de la mismidad. Depresiones, al cabo, sienten la expulsión padecida como una sanción merecida. Se auto infligen castigos. Depresiones viven ahogadas en la decepción. Actúan como ilusiones traicionadas. Llenan el infinito de reproches. Mortificadas y torturadas por una imagen de sí perdida, nada de lo que hagan alcanza a reparar ese ideal resquebrajado. Pagan deudas que crecen con los días. Depresiones quedan atrapadas en la telaraña de sometimientos que ellas mismas tejen. Padecen tiranías del éxito, a la vez que las consienten. Ejercen la hostilidad como si tuviera una función correctora o como si la voracidad, que antes gozaba con los logros, ahora gozara con el desprecio. Recriminaciones secan iniciativas, marchitan deseos, escarchan la piel de los abrazos, deslucen el sabor de una palabra conversada. Depresiones practican individualismos tenaces. Penan por paraísos perdidos. Rumian una y otra vez esas caídas, esos descensos irreversibles desde las cumbres. Acarrean nostalgias, se culpabilizan. Voces encarnizadas vuelven irrespirable el presente, incendian el pasado y vislumbran el futuro como negativa, capricho o dictamen que se rehúsa a devolver lo perdido. Depresiones se enojan con la vida, con incompetencias personales, con insuficiencias de la voluntad. Se irritan por vivir en un cuerpo enfermo, por tener mucha edad, por no gozar de una mejor posición social. Depresiones lloran obnubiladas por íntimos malestares que se funden con la cruda vida en tiempos de pandemia. La feroz alternativa entre acumulación de ganancias o protección de fragilidades se mezcla con estrechos devaneos privados entre éxito o fracaso propio, volver al ruedo con todos los honores o menosprecio. Omnipotencias desalojadas de sus soñados poderíos, se encuentran -de la noche a la mañana- arrojadas a la impotencia. ¿Depresiones optan por atormentarse antes que admitir intemperies y crueldades de la civilización del capital? Por momentos, agobiadas con tantas amonestaciones, ¿solo imaginan la pacificación de la muerte? ¿Hay una niñez de las depresiones? ¿Una temprana obligación de descollar siempre en un escenario ideal? ¿Una inminente posibilidad de expulsión del amor desde los primeros años? En la infancia de todos los miedos anida una vulnerabilidad negada, una insuficiencia entrevista como falta imperdonable, una soledad sentida como condena inevitable. Pero ¿cómo sucede que vulnerabilidades, insuficiencias, soledades, se sientan como peligros, faltas, condenas? Peligros, faltas, condenas, ¿nublan angustias?, ¿evitan la descarnada visión del sinsentido?, ¿preservan las metas efímeras de la mortificación: éxito, reconocimiento, prestigio, dinero, poder? Se pueden interrogar las formas primeras de una supuesta estructura del ser, las circunstancias de las vidas adultas que cuidan y sostienen, las hablas del capital que designan y encarrilan afectos que no se sabe cómo nombrar. Pero, al capítulo de los comienzos se le vuelan las páginas. En cada línea vivida soplan ráfagas que se mezclan. Por eso -como se dice en el título de la novela de Onetti- un análisis se inicia con la sola consigna de “Dejemos hablar al viento”. Lamentos reconocen pesares. Quejas se ofuscan con lo irremediable. Angustias pueden habilitar protestas. Protestas cuestionan injusticias. A veces, una voz lleva una presencia, otras ahonda una distancia. Por momentos, reconforta; otras lastima. En ocasiones, escucha; otras, inquiere, juzga, condena. También una voz acompaña, suaviza, ayuda a arropar un terror. Escribe Freud (1926) en Inhibición, síntoma y angustia: “Cuando el caminante canta en la oscuridad, desmiente su estado de angustia, aunque no por ello vea más claro”. ¿Orgullos que entran en pánico actúan violencias para no admitir terrores? ¿Fuerzas que dañan componen infames conjuros del miedo? En ocasiones, momentos de pavura se interpretan como prueba de debilidad heredada, como carga de un destino asustadizo. Montaigne (1592), en sus Ensayos considera al temor como condición vergonzosa y sumisa que, entre otras cosas, justifica la pobreza. Todavía cuesta pensar en una terapéutica comunal hospitalaria con los miedos. Si angustias no se confunden con vacíos que hay que llenar, si se confía en las potencias de una común debilidad y no en la invulnerabilidad de la fuerza, tal vez, entonces, la actual pandemia ofrezca la ocasión de hacer escuchar la apremiante inconformidad del cuerpo celeste. Inconformidad no significa insatisfacción. Mientras la insatisfacción reclama mejoras, inconformidad impugna todas formas que comprimen, lastiman, estrangulan emotividades. No se trata de ser uno mismo como si en eso consistiera alcanzar el fondo de la verdad. Se trata de intentar estar presentes en cada momento posible. Aprender a componer sentimientos no personales, intentar abismarse en las gracias y desgracias de cada instante. El viento traspasa dolores, presiente empatías del aire. Se comprende la ficción de sí como fortaleza segura. Disciplinas del llamado pensamiento occidental primero instalan el imperativo del ser y enseguida anuncian el peligro del no ser. Desde entonces, a esa supuesta angustia ontológica se la hace gravitar en las noches de las soledades. Sensibilidades que hablan adoptan personalidades como si compusieran performances para escapar de las babas que las atormentan. Personalidades, como intuyó Wilhelm Reich (1933) en Análisis del carácter, están ahí como corazas de miedo. No se trata de salir a medicar depresiones, tampoco de animar a soportar catástrofes, ni de insuflar voluntades que aguanten hasta que pase la devastación. Se trata de aprender a pensar en medio del desastre, de interrogar la vida antes del virus, de recuperar rabias previas. De afirmar lo que no se quiere más, aunque no se sepa lo que vendrá. Úrsula Le Guin (2004) dedica su literatura en imaginar modos de vivir diferentes a los que conocemos hasta ahora. Escribe: “Creo que muchas de mis sociedades inventadas mejoran en algún aspecto la nuestra, pero me parece que ‘utopía’ es un nombre demasiado grandioso y rígido para caracterizarlas. Utopías y distopías proceden del intelecto. Yo escribo a partir de la pasión y el gusto. Mis historias no son advertencias nefastas ni propuestas de qué deberíamos hacer. La mayoría, creo, se presentan como comedias sobre las costumbres humanas, recordatorios sobre la variedad de formas en que acabamos siempre en el mismo sitio y celebraciones de las alternativas y posibilidades inventadas. (…) Para mí, lo importante no es ofrecer una esperanza específica de progreso sino, al presentar una realidad alternativa imaginada pero convincente, sacudir mentalidades, instar a abandonar la costumbre perezosa y timorata de pensar que la manera en que vivimos, ahora, es la única manera en que se puede vivir…”. Normalidades levantan fachadas de felicidad en los sórdidos pasajes cotidianos. Persuaden que, si aún así, se insiste en ver el horror, eso se debe a inclinaciones malsanas o disidencias mórbidas. Depresiones demandan amor, atención, contención, compasión, reconocimiento, respeto, rechazo, castigo. En los vaivenes del sufrimiento alternan humildades con ferocidades. Spinoza (1677) no considera la humildad como virtud. La piensa como máscara de envidia y ambición. Detrás de los rostros que se ruborizan sospecha arrogancias contenidas. Omnipotencias que no muestran sus cartas, superioridades que aspiran reconocimientos por otros medios. ¿Altanerías deprimidas sobrellevan humillaciones como jactancias de dificultades heroicas? ¿Antes que hundirse solas, están dispuestas a hundir al mundo con ellas? ¿Abatimientos y amarguras absorben la hiel del decaimiento del capitalismo? Depresiones actúan omnipotencias que desdeñan la imaginación. Soberbias que constatan que lo que ocurre ocurrirá sin otra opción. Absolutismos de las depresiones, aunque se presenten con grises y modestias, componen arrogancias conservadoras que desalientan ímpetus y fantasías capaces de subvertir lo establecido. Depresiones, a veces, sienten calladas condescendencias con lo que hace daño. Se suele llamar naturaleza a la vida sin valor agregado. Sin artificios, sin culturas, sin sociedades, sin fábricas, sin deseos, sin trascendencias, sin realidades, sin artes, sin ciencias, sin palabras. En el futuro se recordará a la naturaleza (esa distancia, esa otredad, ese misterio) como la vida sin daño agregado. No se sabe qué marcas en los cuerpos y en las políticas de lo común dejará la pandemia. Por ahora, salvo algunas voces, se asiste a la perseverancia de los mismos hábitos sociales con barbijos, distancias físicas, más tiempo en los teléfonos y las redes. Tal vez vacunas que salvan aplaquen la desesperada y resistida percepción de que está en riesgo la vida. ¿Habitamos poblaciones aquerenciadas al odio antes que al amor, a la amenaza antes que a la confianza, a la salvación individual antes que a la mutualidad, el cooperativismo, la solidaridad? ¿Gregarismos de la crueldad ofrecen protecciones más seguras que gregarismos de la suavidad? Se repite: se necesita de los otros para vivir, pero ¿cómo se lo necesita? ¿Se los necesita como fuerza reclutada de defensa y de ataque, como exhibición de domino y poder, como ficción de invulnerabilidad? ¿O se los necesita como cercanías deseadas, como descanso de todas las batallas, como común vulnerabilidad, como inminente belleza no desprovista de dolor? Enseñanzas de la pandemia: (1) El derecho a existir está amenazado por la civilización del capital que naturaliza el derecho a destruir. (2) El virus puso a la vista que la salud no nos pertenece. (3) Asistimos a un presente que se encuentra ante la disyuntiva: capital o vida. (4) Aun en una catástrofe sanitaria, formas de rechazo e indiferencia tienden a prevalecer sobre las del cuidado. (5) Lógicas de poder que consienten la apropiación y acumulación de riquezas en pocas manos, ¿por qué tomarían la decisión de financiar, investigar, producir y entregar vacunas por igual a todas las sensibilidades que habitan la Tierra? (6) Se necesita esperar un porvenir en común, aun sin saber la forma que tendrá. (7) Se está en la vida sin tener que hacer ni demostrar nada, con la sola responsabilidad de no dañarla. Bion (1972) en Experiencias en grupos, retomando observaciones de Melanie Klein, señala que -en momentos de catástrofes- formaciones comunitarias se vuelven dependientes de un poder reconocido, o se defienden y atacan todo lo que consideran extraño, o se entregan a la esperanza de una salvación mágica, sobrehumana, celestial. Reconoce que las desesperadas defensas del miedo acallan angustia por poco tiempo. Esos manotazos de fe colectiva, a veces, calman desamparos accionando violencias y atizando zonas desdeñables. Cree que solo una común fragilidad capaz de enfrentarse al oráculo enmudecido del presente podría sobrellevar lo insondable sin renunciar al pensamiento. Enseñanzas de la pandemia: (8) Entre una común debilidad que cuide y la omnipotencia de la fuerza colectiva, conviene optar por la primera. Cuando una época se blinda ante las catástrofes del presente, sensibilidades que permanecen despiertas tienen más trabajo. Absorben lo que no se quiere oír. Lo que, no obstante, saben sin saber las pesadillas, las contracturas, los corazones desbocados, los comedores del hambre, las cornisas angostas. Escribe Onetti (1979) en Dejemos hablar al viento: “Desde muchos años atrás yo había sabido que era necesario meter en la misma bolsa a los católicos, los freudianos, los marxistas y los patriotas. Quiero decir: a cualquiera que tuviese fe, no importa en qué cosa; a cualquiera que opine, sepa o actúe repitiendo pensamientos aprendidos o heredados. Un hombre con fe es más peligroso que una bestia con hambre”. Onetti rechaza la fe como fuerza colectiva. Confía más en las vidas desguarnecidas, en las intemperies inapropiables, en la liviana consistencia de las espumas. En las hablas del viento.
- Febrero Adynata **
Lo que queda del verano asoma a un ritmo que promete murgas coloridas y ruidosas, trajeadas y embanderadas en tablados y corsos llenos de nieve y lentejuelas que, como otros febreros, se pondrán de pie y saltarán, a pesar de todo. Hay quienes aún saborean licuados y helados con gustito a privilegio de vacaciones. Por este continente, el clima nos sacude con las últimas ráfagas húmedas y calurosas; grises y con los primeros fríos, por aquellos otros donde en algunas ciudades de algunos países, quizás como imágenes de un futuro que vendrá, estallan no sólo contra más muertes y nuevos encierros sino también por la vida nuevas manifestaciones multitudinarias -que no asoman a muchas pantallas-. El 2021, que ya pinta difícil, se despereza y se sacude sabiendo y no sabiendo lo que traen los 28 días por venir. Sabiendo que nos obligarán a apabullarnos con una agenda mediática que suele llenarse de discusiones: sobre el inicio de las clases (y no sobre ciertos registros de clase), sobre las paritarias y sus porcentajes (y no sobre una renta básica universal), sobre peleas y amoríos auspiciados por Don Valentín (y no sobre el desafío de ir viendo cómo vivir sin dañar -o dañando lo menos posible- la vida en todas y cada una de sus formas). Quizás se trate de vivir, por lo pronto, unos carnavales dionisíacos con glitter y encuentros que habiliten una mescolanza stravaganza postpsicodélica y apocalítica, más al estilo de la banda del club de los corazones solitarios del Sgt. Pepper que de la compostura (y descompostura) de corazones angelicales, flechados, con candados, desconfiados y llenos de miedo.
Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.











