• Revista Adynata

6 poemas de Oliverio Girondo

Espantapájaros (al alcance de todos) (1932)


4


Abandoné las carambolas por el calambur, los madrigales por los mamboretás, los entreveros por los entretelones, los invertidos por los invertebrados. Dejé la sociabilidad a causa de los sociólogos, de los solistas, de los sodomitas, de los solitarios. No quise saber nada con los prostáticos. Preferí el sublimado a lo sublime. Lo edificante a lo edificado. Mi repulsión hacia los parentescos me hizo eludir los padrinazgos, los padrenuestros. Conjuré las conjuraciones más concomitantes con las conjugaciones conyugales. Fui célibe, con el mismo amor propio con que hubiese sido paraguas. A pesar de mis predilecciones, tuve que distanciarme de los contrabandistas y de los contrabajos; pero intimé, en cambio, con la flagelación, con los flamencos.

Lo irreductible me sedujo un instante. Creí, con una buena fe de voluntario, en la mineralogía y en los minotauros. ¿Por qué razón los mitos no repoblarían la aridez de nuestras circunvoluciones? Durante varios siglos, la felicidad, la fecundidad, la filosofía, la fortuna, ¿no se hospedaron en una piedra?

¡Mi ineptitud llegó a confundir a un coronel con un termómetro!

Renuncié a las sociedades de beneficencia, a los ejercicios respiratorios, a la franela. Aprendí de memoria el horario de los trenes que no tomaría nunca. Poco a poco me sedujeron el recato y el bacalao. No consentí ninguna concomitancia con la concupiscencia, con la constipación. Fui metodista, malabarista, monogamista. Amé las contradicciones, las contrariedades, los contrasentidos... y caí en el gatismo, con una violencia de gatillo.




13


Hay días en que yo no soy más que una patada, únicamente una patada. ¿Pasa una motocicleta? ¡Gol!... en la ventana de un quinto piso. ¿Se detiene una calva?... Allá va por el aire hasta ensartarse en algún pararrayos. ¿Un automóvil frena al llegar a una esquina? Instalado de una sola patada en alguna buhardilla.

¡Al traste con los frascos de las farmacias, con los artefactos de luz eléctrica, con los números de las puertas de calle!

Cuando comienzo a dar patadas, es inútil que quiera contenerme. Necesito derrumbar las cornisas, los mingitorios, los tranvías. Necesito entrar —¡a patadas!— en los escaparates y sacar —¡a patadas!— todos los maniquíes a la calle. No logro tranquilizarme, estar contento, hasta que, no destruyo las obras de salubridad, los edificios públicos. Nada me satisface tanto como hacer estallar, de una patada, los gasómetros y los arcos voltaicos. Preferiría morir antes que renunciar a que los faroles describan una trayectoria de cohete y caigan, patas arriba, entre los brazos de los árboles.

A patadas con el cuerpo de bomberos, con las flores artificiales, con el bicarbonato. A patadas con los depósitos de agua, con las mujeres preñadas, con los tubos de ensayo.

Familias disueltas de una sola patada; cooperativas de consumo, fábricas de calzado; gente que no ha podido asegurarse, que ni siquiera tuvo tiempo de cambiarle el agua a las aceitunas... a los pececillos de color...



Persuasión de los días (1942)


Invitación al vómito


Cúbrete el rostro y llora. Vomita. ¡Sí! Vomita, largos trozos de vidrio, amargos alfileres, turbios gritos de espanto, vocablos carcomidos; sobre este purulento desborde de inocencia, ante esta nauseabunda iniquidad sin cauce, y esta castrada y fétida sumisión cultivada en flatulentos caldos de terror y de ayuno. Cúbrete el rostro y llora... pero no te contengas. Vomita. ¡Sí! Vomita, ante esta paranoica estupidez macabra, sobre este delirante cretinismo estentóreo y esta senil orgía de egoísmo prostático: lacios coágulos de asco, macerada impotencia, rancios jugos de hastío, trozos de amarga espera... horas entrecortadas por relinchos de angustia.



Hay que compadecerlos


No saben. ¡Perdonadlos! No saben lo que han hecho, lo que hacen, por qué matan, por qué hieren las piedras, masacran los paisajes... No saben. No lo saben... No saben por qué mueren. Se nutren, se han nutrido de hediondas imposturas, de cancerosos miasmas, de vocablos sin pulpa, sin carozo, sin jugo, de negras reses de humo, de canciones en pasta, de pasionales sombras con voces de ventrílocuo. Viven entre lo fétido, una inquietud de orzuelo, de vejiga pletórica, de urticaria florida que cultiva el ayuno, el sudor estancado, la iniquidad encinta. No creen. No creen en nada más que en el moco hervido. en el ideal, chirriante, de las aplanadoras, en las agrias arcadas que atormentan al éter, en todas las mentiras que engendran las matrices de plomo derretido el papel embobado y en bobina. Son blandos, son de sebo, de corrompido sebo triturado por engranajes sádicos, por ruidos asesinos, por cuanto escupitajo se esconde en el anónimo, para hundirles sus uñas de raíces cuadradas y dotarlos de un alma de trapo de cocina. Sólo piensan en cifras, en fórmulas, en pesos, en sacarle provecho hasta a sus excrementos. Escupen las veredas, escupen los tranvías, para eludir las horas y demostrar que existen. No pueden rebelarse. Los empuja la inercia, el terror, el engaño, las plumas sobornadas, los consorcios sin sexo que ha parido la usura y que nunca se sacian de fabricar cadáveres. Se niegan al coloquio del agua con las piedras. Ignoran el misterio del gusano, del aire. Ven las nubes, la arena, y no caen de rodillas. No quedan deslumbrados por vivir entre venas. Sólo buscan la dicha en las suelas de goma. Si se acercan a un árbol no es más que para mearlo. Son capaces de todo con tal de no escucharse, con tal de no estar solos. ¿Cómo, cómo sabrían lo que han hecho, lo que hacen? ¿Algo tiene de extraño que deserten del asco, de la hiel, del cansancio? Sólo puede esperarse que defiendan el plomo, que mueran por el guano, que cumplan la proeza de arrasar lo que encuentren y exterminarlo todo, para que el hambre extienda sus tapices de esparto y desate su bolsa ahíta de calambres. Son ferozmente crueles. Son ferozmente estúpidos... pero son inocentes. ¡Hay que compadecerlos!


En la masmédula (1954)


Tantan yo


Con mi yo y mil un yo y un yo con mi yo en mí yo mínimo larva llama lacra ávida alga de algo mi yo antropoco solo y mi yo tumbo a tumbo canto rodado en sangre yo abismillo yo dédalo posyo del mico ancestro semirefluido en vilo ya lívido de líbido yo tantan yo panyo yo ralo yo voz mito pulpo yo en mudo nudo de saca y pon gozón en don más don tras don yo vamp yo maramante apenas yo ya otro poetudo yo tan buzo tras voces niñas cálidas de tersos tensos hímenes yo gong gong yo sin son un tanto yo San caries con sombra can viandante vidente no vidente de semiausentes yoes y coyoes no médium nada yogui con que me iré gas graso sin mí ni yo al después sin bis y sin después.



Porque me cree su perro


Y sacaréme la niebla el turbio zumo oscuro del traspienso la pulpa la soborra de mente toda su gris resaca me sacaré hasta el meollo antes de que se asiente la áspera espera arena que taté teté yo y lamí y tragué yo en la sed a trago tardo largo lo hueco lo plenamente hueco y que no es más que hueco pero crece sin fin ni sino o causa o pauta o pausa me sacaré yo el lastre que no lastra por no saber a piedra por no saber saber ni saber no saber los decesos del seso y sus desechos me sacaré yo de pie junto con tanta sombra sórdida que sobra de cuanto fue y no fue o fue fue y no se fue aunque retorne al árbol del primo primo simio me sacaré yo sin tino la maraña demasiadísimo humana y mil y miles vueltas y revueltas y contras y recontras y sus colas y sus entelequitas y emocioncitas nómadas y más y más de cuajo me sacaré el obtuso yo zurdo absurdo burdo que aún busca ser herido aunque sonría entre otros obvios sordos escombros naturales y restos casi muertos de algún yo otro propio que todavía ulula porque me cree su perro.


Manuel Amado. A Leitura, 2008. Óleo sobre tela 97 x 130 cm

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