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- Arte Poética (Fragmento)/ Horacio
Tan breve quiero ser, que soy oscuro. Otro pule y lima tanto su estilo que le resta vigor, lo desanima. Quiere aquél ser sublime y es henchido. Éste que, acobardado, teme la tempestad y no es capaz de alzar el vuelo, arrastrándose siempre humilde por el suelo. Y el que intenta, de forma extraordinaria hacer diferente el asunto más nimio, surcando el mar a un jabalí figura, y a un delfín penetrando la espesura; pues, sin el arte, quien un vicio evita, en vicio menor no se precipita. En la tienda más próxima a la escuela en que el arte de la esgrima enseña Emilio, habita un escultor que con primor cincela las uñas de una estatua e incluso imita en bronce su suave pelo; pero el conjunto de la estatua entera no es armonioso, porque no sabe ajustar las partes al total, tal como debiera. Si acaso osara copiar a este hombre, cuando tuviera la idea de componer, sería contrario a mi intención, porque lo propio sería que si presumiera de ojos bellos y de negros cabellos, y mi nariz fuera tosca y fea, el que escribe no ha de tomar asunto superior a sus fuerzas, ha de reflexionar sobre la carga que pone en sus hombros, y si puede con ella o su peso lo abruma. Nota: Las notas sobre las poéticas de Horacio están recogidas en su Epístola a los Pisones (también conocida como Arte Poética). Un texto que consta de cuatrocientos ochenta versos, elaborado entre los años 23 - 13 antes de los años cristianos, época en que se encargó de la formación de los hijos del cónsul Pisón (a quienes parece que va destinada la obra). Es, quizás, junto con la Poética de Aristóteles, el escrito de la antigua literatura griega y latina más conmovedor sobre el arte de la escritura.
- Poemas breves / Giuseppe Ungaretti
Universo Con el mar me hago un ataúd de frescura Una paloma De otros diluvios una paloma escucho. Ocaso La piel del cielo despierta oasis al nómada de amor Lejos Lejos lejos como a un ciego me han llevado de la mano Dormir Quisiera parecerme a este lugar echado en su camisa de nieve Codena Cerrado entre cosas mortales (También el cielo estrellado acabará) ¿Por qué ansío a Dios? Mañana Me ilumino de infinito El rocío iluminado La tierra tiembla de placer bajo un sol de violencias gentiles Silencio estrellado Y los árboles y la noche No se mueven ya Sino por los nidos. Nota: Giuseppe Ungaretti nació en Alejandría (Egipto) el 10 de febrero de 1888, y falleció en Roma el 3 de junio de 1970. En sus poemas breves lleva al lenguaje a un máximo de densidad y concentración. Junto a Eugenio Montale y Salvatore Quasimodo es la palabra aún audible de esa generación que conmocionó la lírica italiana. Fuente: Ungaretti (1970). Cien poemas escogidos. Selección, traducción y prólogo de Rodolfo Alonso. Editorial Argonauta.
- Constatar el mundo / Cami Manzanilla
Constatar el mundo una y otra vez constatar que existen los pájaros las plazas y los atardeceres constatar que existen las niñeces que nos necesitan las madres la forma de caminar y de pensar a la de al lado y al de enfrente lamentablemente al de atrás al que dice estar en cubierta Constatar la historia con la geografía con las matemáticas entender los números que nos representan y los que no no dar por obvio lo obvio hacer la repregunta mirar a los ojos amasar el pan dar de comer compartir el plato acariciar lo áspero con las manos llenas de miel Apoyar sobre la mesa las palabras desvanecer los conceptos vacíos volver a generar sentido constatar el espacio que nos reúne y organiza los árboles las calles las amigas desanestesiar el olvido que nos dejen de joder con parches de dopamina y comida rápida televisiva ir a lo tangible y apretarlo fuerte ir a lo invisible leerle bien las huellas digitales y las intenciones permanecer en las entre líneas y la letra chica en el título.
- Me caigo y me levanto / Julio Cortázar
Nadie puede dudar de que las cosas recaen. Un señor se enferma, y de golpe un miércoles recae. Un lápiz en la mesa recae seguido. Las mujeres, cómo recaen. Teóricamente a nada o a nadie se le ocurría recaer pero lo mismo está sujeto, sobre todo porque recae sin conciencia, recae como si nunca antes. Un jazmín, para dar un ejemplo perfumado. A esa blancura, ¿de dónde le viene su penosa amistad con el amarillo? El mero permanecer ya es recaída: el jazmín, entonces. Y no hablamos de las palabras, esas recayentes deplorables, ni de los buñuelos fríos, que son la recaída clavada. Contra lo que pasa se impone pacientemente la rehabilitación. En lo más recaído hay siempre algo que pugna por rehabilitarse, en el hongo pisoteado, en el reloj sin cuerda, en los poemas de Pérez, en Pérez. Todo recayente tiene ya en si un rehabilitante pero el problema, para nosotros los que pensamos nuestra vida, es confuso y casi infinito. Un caracol segrega y una nube aspira; seguramente recaerán, pero una compensación ajena a ellos los rehabilita, los hace treparse poco a poco a lo mejor de sí mismos antes de la recaída inevitable. Pero nosotros, tía, ¿cómo haremos, cómo nos daremos cuenta de que hemos recaído si por la mañana estamos tan bien, tan café con leche, y no podemos medir hasta dónde hemos recaído en el sueño o en la ducha? Y si sospechamos lo recayente de nuestro estado, ¿cómo nos rehabilitaremos? Hay quienes recaen al llegar a la cima de una montaña, al terminar su obra maestra, al afeitarse sin un solo tajito; no toda recaída va de arriba a abajo, porque arriba y abajo no quieren decir gran cosa cuando ya no se sabe dónde se está. Probablemente Ícaro creía tocar el cielo cuando se hundió en el mar epónimo, y Dios te libre de una zambullida tan mal preparada. Tía, ¿cómo nos rehabilitaremos? Hay quien ha sostenido que la rehabilitación sólo es posible alterándose, pero olvidó que toda recaída es una desalteración, una vuelta al barro de la culpa. En efecto somos lo más que somos porque nos alteramos, salimos del barro en busca de la felicidad y la conciencia y los pies limpios. Un recayente es entonces un desalterante, de donde se sigue que nadie se rehabilita sin alterarse. Pretender la rehabilitación alterándose es una triste redundancia: nuestra condición es la recaída y la desalteración, y a mí me parece que un recayente debería rehabilitarse de otra manera, que por lo demás ignoro. No solamente ignoro eso sino que jamás he sabido en qué momento mi tía o yo recaemos. ¿Cómo rehabilitarnos, entonces, si a lo mejor no hemos recaído todavía y la rehabilitación nos encuentra ya rehabilitados? Tía, ¿no será ésa la respuesta, ahora que lo pienso? Hagamos una cosa: usted se rehabilita y yo la observo. Varios días seguidos, digamos una rehabilitación continua, usted está todo el tiempo rehabilitándose y yo la observo. O al revés, si prefiere, pero a mí me gustaría que empezara usted, porque soy modesto y buen observador. De esa manera, si yo recaigo en los intervalos de mi rehabilitación, mientras que usted no le da tiempo a la recaída y se rehabilita como en un cine continuado, al cabo de poco nuestra diferencia será enorme, usted estará tan por encima que dará gusto. Entonces, yo sabré que el sistema ha funcionado y empezaré a rehabilitarme furiosamente, pondré el despertador a las tres de la mañana, suspenderé mi vida conyugal y las demás recaídas que conozco para que sólo queden las que no conozco, y a lo mejor poco a poco un día estaremos otra vez juntos, tía, y será tan hermoso decir: “‘Ahora nos vamos al centro y nos compramos un helado, el mío todo de frutilla y el de usted con chocolate y un bizcochito’”. Fuente: Cortázar, Julio (1967). Me caigo y me levanto. En La vuelta al día en ochenta mundos.
- Afectaciones / Ezequiel Buyatti
La poesía siempre está en alguna parte. Cuando deserta de las artes, se descubre con más claridad que reside fundamentalmente en los gestos, en un estilo de vida, en una búsqueda de este estilo. Reprimida en todas partes, esta poesía florece por doquier. Brutalmente rechazada, reaparece en la violencia. Consagra los motines, se entrelaza con la rebelión, anima las grandes fiestas sociales antes de que los burócratas, los partidos y los profesionales de la política le arrebaten la vida Raoul Vaneigem, Tratado del saber vivir para uso de las jóvenes generaciones En (in)movilidad y haciéndonos oír, pero obedientes y ciudadanos. Multitudinaria y organizada, pero placebística e inerte. La moralidad reformista funciona como un narcótico que nos encuadra en la pacífica pasividad democrática. La manifestación prioriza el cemento y contiene la potencialidad de transformar al ciudadano en policía, al periodista en policía, al militante en policía. La prioridad es electoralista, el partido del orden no puede ser manchado. Pero algunas veces, plazas exigen que se vayan todos, que no quede ni uno solo. Y en medio de esa música, un hermano de la vida ve a la poesía en una lluvia de piedras, en las barricadas y en el fuego. Nuestros cuerpos se conjugan en un abrazo. Rabias erizan la piel, caos se huele en el aire. ¿Cómo puede ser que afectaciones atraviesen las pieles de varias personas al mismo tiempo? Lo inasible, lo inesperado, lo que expresamos sin lenguaje resultan nutrientes vitales de nuestro existir. La pregunta puede ser cómo interrumpir el espectáculo. Algunas de nuestras inquietudes, reflexiones y acciones emergen desde una sensibilidad que fue dinamizada por la atenta escucha de lo vivo: aquello que riega tierras para que emerjan abrazos, afectos y resistencias; aquello que se mueve y no se coagula en la institucionalidad muerta; aquello que le da sentido a la existencia. —¿Existe algo más hermoso que esto? —pregunta un cuerpo en movimiento—. Las revueltas crujen los cimientos del devorador de mundos, desgarran la solidez de los malos y buenos gobiernos, suspenden el tiempo histórico, cortan las cuerdas de la teleología prefabricada, erosionan los engranajes de la máquina. Volver a oír siempre será una opción. Siempre está latente el filoso susurro que cortará el cuello del principio de gobierno. La rebelión como puñal, para no permitir la coagulación de la moral. Dejar de esperar permite entrar en una dinámica insurreccional. Posibilita volver a oír, en la voz de nuestros gobernantes, el ligero temblor de terror que nunca les abandona, ya que todo acto de gobierno puede ser tan solo un modo de no perder el control sobre la población. Un modo de imposibilitar las grandes fiestas sociales donde se gestan comunes uniones, lazos fraternos, alianzas insólitas. El kratos del demos se erige sobre nuestros cuerpos, pero sin percibir que ya está cubierto de fuegos. No de los intencionales que la máquina genera, sino de los vitales que nunca recupera.
- Un virus llamado SIDA / Cristina Peri Rossi
Cuando ya nadie moría por amor ni por cambiar el mundo (escépticos ante los estremecimientos de la piel y las abyecciones del poder) este pequeño retrovirus, de la familia de la varicela y de la gripe entrometido en la sangre como en las sábanas, mezclado con las lágrimas escasas y los sudores lentos parásito de los besos castos como de los perversos mudo y escondido traicionero morador de nuestras células instala otra vez la muerte entre los escépticos entre los cómodos y los cautos. Ah, el peligro de amar lo desconocido –y en efecto: ¿quién nos conoce? ¿quién nos es conocido?– tan intenso, ahora, como cambiar el mundo. *El libro en el que se encuentra presente este poema, se abre con un epígrafe de Safo que reza: "Otra vez Eros que desata los miembros / me tortura / dulce y amargo / monstruo invencible". Fuente: Peri Rossi, C. (1994) Otra vez Eros. Editorial Lumen. España
- Notas de Campo / Teresa Arce Monsegur
Recorridos, ecos y dibujos de la llanura bonaerense vinculados a lo que crece I La oreja contra la tierra, el cuerpo gira como brújula desorbitada. Dos días más tarde el carnero muere. Es julio del 2018 y las ovejas que llegaron hace dos años paren crías deformes o cadáveres. Le consulto al ingeniero y desliza que al estar el ganado en el bajo (único terreno que no se siembra), las lluvias arrastran los agroquímicos al charco. Las ovejas y el carnero toman el agua contaminada. Nos roban los corderos que sobreviven y resignados regalamos las cinco ovejas que quedan al vecino. En un chasquido se termina el emprendimiento. II Majo me escribe que están haciendo una investigación con ECOS (grupo ecológico de Saladillo) sobre el impacto del glifosato en el cuerpo. Vienen científicos de La Plata y lo van a analizar en laboratorios de Tandil. Necesitan que vaya a orinar a las 8AM, habiendo retenido toda la noche. Estar a 20km con un bebé y dos niños me complica la logística para llegar asi que le dejo el gusto a otros participantes del sondeo. Subieron los resultados a la web de Naturaleza de Derechos, de Fernando Cavaliero (www.naturaleza.ar) y afirman que dos de diez saladillenses poseen restos de glifosato en el cuerpo ya sea por proximidad a fumigaciones o por ingesta en alimentos. III Vos sabes que Gastón estuvo internado catorce días en el Garraham cuando tenía cuatro años. Le hicieron estudios en el hospital del pueblo y tenía hepatitis tóxica (el vaso muy inflamado). Nos dijeron que era por la fumigación. Allá nuestra casa estaba rodeada de chacra y fumigaban con avión, así que nos caía el agroquímico en la cabeza. Fuimos de emergencia al Garraham y le encontraron un virus raro que no sabían qué era. Era la pata de cabra, sube y baja por la médula. No sabían cómo tratarlo. Metimos un médico yuyero que le empezó a dar con ajo y como mejoró, lo sacamos del hospital y terminó el tratamiento en lo del médico yuyero. IV Rocío es fitoterapeuta, estudia plantas silvestres y hongos desde la cabaña que construyó con Juan en Cazón. Cuenta que hay una planta, la Espina Colorada (tiene unas bolitas rojas que algunos confunden con venenosas y flores blancas) que es la planta de los pueblos fumigados porque resiste el glifosato. Es utilizada de manera medicinal para que actúe sobre el hígado y el riñón, son el filtro del cuerpo. Se puede tomar dentro de un tratamiento de limpieza o de manera cotidiana como prevención. Rocío observa que la bardana, la ortiga, la bolsa de pastor y amor seco crecen en zonas donde se fumiga, no sobre esa tierra en sí sino sobre las cunetas y bordes. Son plantas que hacen en el terreno la misma tarea que harían en el cuerpo si las consumimos, limpieza y depuración. El ecosistema intenta sanar y dar pelea a los efectos de los herbicidas. V A Tato le diagnosticaron esclerosis múltiple después de hacer de poste banderín para los aviones que fumigan. VI Sembraron trigo el lunes y hoy, jueves 12 de octubre, tienen que aplicar glifosato+picloran+s-metolaclor. El molino donde sacaban agua para lavar las mangueras del mosquito no funciona porque el tanque se quebró al no tener cimientos. No crecen plantas y la tierra se erosiona a su alrededor. Necesitan agua y no saben si sacar de la pileta o de los bebederos de la chanchería vecina.
- Adynata Noviembre / VPS MP
El ramillete de escrituras que se encuentran en Adynata Noviembre saben de peligros y también de luchas y resistencias. Saben de bordes y fronteras, de hedores, placeres, amistades e intimidades. Hay algunas escrituras, como Vivir en la frontera de Gloria Anzaldúa o el poema La ciudad en la que te amo de Li-Young Lee que, tal vez, puedan hacernos pasar por una sensación cercana a la del último aliento… Anzaldúa cuestiona todas las formas identitarias. Piensa la frontera como despellejamiento de la piel de todos los sometimientos. Li-Young Lee, de una familia china radicada en los Estados Unidos, encarna aquí una escritura sobre el despojamiento identitario. En otra parte escribió: "Una palabra tiene muchas vidas. Presa, la palabra es juego, impronunciable". Algo cercano a un último aliento pareciera hacerle “bailar sin cerebro; bailar la devoración” a Rhea Volij, que afirma en Arquitectura del sinsentido: “Hay un instante epifánico, cuando el movimiento se detiene y aparece la pregunta.”. Un texto sobre la desdomesticación de los cuerpos, el desaprendizaje de lo inmóvil en los movimientos, el descalabro de los órganos. Rhea introdujo la danza Butoh en la Argentina y explora teatro danza no representacional, actualmente con la obra Frontera, dirigida por Patricio Suárez, basada en textos de Gloria Anzaldúa. Los escritos que publicamos de Gloria Anzaldúa trabajan también sobre la elección de lo limítrofe, pero no como condena sino como promesa. En Gestos del cuerpo piensa la escritura como inmersión en la carne y en la sangre, sin olvidar las quebradas osamentas. La escritura como fuga de la lengua oficial. La escritura como iluminación de todas las oscuridades que duelen. En este Noviembre necesitamos también escrituras como Ancestra de Silvia Fernández y el fragmento de El libro de los placeres de Raoul Vaneigem porque disputan, de diferentes maneras, el territorio de los placeres. Esa trinchera que aún nos queda para encontrarnos en esos gestos que nos vitalizan y expanden. Que hacen juego con la narrativa de Agustín Caldaroni que recupera eróticas secretas de la amistad. Compartimos además un texto de Agamben sobre La amistad, que se ha vuelto clásico. El escrito piensa el encuentro de san Pedro y san Pablo que se estrechan la mano camino del martirio, tal como lo retrata Giovanni Serodine, aunque esa pintura se presenta como amontonamiento de escenas. Y el texto de César Aira sobre la intimidad, que piensa todas las literaturas del secreto como las correspondencias y los diarios íntimos. La intimidad como un territorio anhelado, aunque tal vez nunca alcanzado, ni en el amor ni en la amistad. Tampoco en un psicoanálisis que se inmiscuye en sueños, suspiros, dobleces del sentido y otros abismos. La intimidad como tierra prometida siempre lejana Hay también, escrituras que rodean eso que nos pasa con lo que está pasando como Libertad embustera, Sabernos en peligro y La brújula del duelo; y también el poema de Wislawa, Si acaso. ¿Cómo lograr algunas pausas para cuidarse de sentir, como si ya hubiera pasado, aquello que todavía no aconteció? ¿Cómo evitar dejarse gobernar por angustias, desesperación y miedos? ¿Cómo lograr, aunque sea, algunas intermitencias? ¿Cómo seguir encontrando resquicios aún sabiendo que “Una paradoja de la experiencia reside en que aun habiendo vivido muchísimos momentos difíciles, siempre se vuelve a vivir el tiempo presente por primera vez.”? ¿Cómo aprender de aquellas vidas desangeladas que siguen viviendo aún sin alimento, aún sin abrigo, aún sin miramientos? Quizás lo roto y el hedor se estén expandiendo. Quizás asistamos a un tiempo donde lo roto y el hedor amenacen con comenzar a vivirse también en las clases medias. Quizás asistamos al ocaso de un tiempo en el que ya no haga falta que simulemos “una pulcritud demasiado ficticia” y nos asumamos hedientxs. (Rodolfo Kusch, 1961). Entre tanto Adynata compone un lenguaje de lo imposible. "Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”". Una ensayística con cierta prepotencia arltiana que sigue dispuesta a “no perderse el encanto en el mientras tanto de las veredas”.
- Sabernos en peligro / Marcelo Percia
Llamamos mundo a un teatro en el que, por instantes, algunas existencias suben al escenario. El resto, con suerte, la pasamos en butacas asignadas o arrebatadas, incómodas o mullidas. Pero la mayor parte del tiempo sólo hacemos largas colas en la vereda rogando tener una chance de entrar. Tal vez la vida consista en no perderse el encanto del mientras tanto en las veredas. Entre la solemnidad presuntuosa de la idea de ser y la vivencia frágil y provisoria del sólo estar, conviene aprender a vivir considerando ésta última. Vivimos al borde de un abismo. Lo supimos sin velos en los días pandemia. Con la ignorancia decidida de ese momento no nos acercamos al abismo: el abismo se ensancha. Desánimos que vivimos se presentan más antiutópicos que distópicos. Si un momento distópico realiza visiones paranoicas de persecución, destrucción, crueldad; un momento antiutópico inmoviliza la posibilidad de imaginar una salida en común. ¿Te enteraste de…? ¿Supiste que…? ¿Escuchaste lo que pasó? ¿Viste que…? No enterarse, no saber, no escuchar, no ver, componen la insoportable y continua perplejidad en la que vivimos. Sabernos en peligro (si no inmoviliza) convoca, otra vez, a la amorosa práctica de un común pensar. Vidas arrasadas no tienen libertad ni porvenir. Que no ocurra que el único poder soberano que quede, en un mundo sin otras soberanías, resida en el solo poder de “hacerse mierda” Libertad no consiste en hacer lo que se nos da la gana. Quizás se trata de hacer sabiendo la sujeción, de hacer sabiendo el deseo inasible y caprichoso, de hacer sabiendo alegrías y penas del amor, de hacer sabiendo que en el estar en común reside el último secreto de la vida. Spinoza (1677) vincula el deseo con la libertad. Advierte que nos creemos libres porque conocemos lo que deseamos, pero advierte que esa creencia sólo se compone como una fachada de libertad porque nunca llegamos a saber del todo qué hace que deseemos aquello que deseamos. Acontecimientos políticos no solicitan diagnósticos psicológicos. El candidato de los desbordes y violencias, actúa como "portavoz" de hablas del capital desquiciadas. Presta su osamenta parlante a una libertad de mercado sin alma, a las desigualdades extremas, a las indolencias empáticas, a la destrucción de la vida en un planeta extenuado. Una paradoja de la experiencia reside en que aun habiendo vivido muchísimos momentos difíciles, siempre se vuelve a vivir el tiempo presente por primera vez. No ahora, cuando las elecciones pasen, habrá que volver a pensar qué está ocurriendo en una época en la que poblaciones devastadas ilusionan la protección de lo que las daña.
- Gestos del cuerpo, escribiendo para idear / Gloria Anzaldúa
Cuando escribo de noche, soy consciente de la luna, Coyolxauhqui, flotando sobre mi casa. La imagino muerta y decapitada, una cabeza con los párpados cerrados. Pero luego sus ojos se abren y la miro dar luz a los lugares oscuros, la veo iluminarlos. Escribir es un proceso de descubrimiento y de percepción que produce saberes y conocimiento. A menudo soy llevada por el impulso de escribir algo, por el deseo y la urgencia de comunicar, de dar sentido, de que las cosas tengan sentido, de crearme a mí misma a través de este acto productor de conocimiento. Llamo a este impulso “la imperativa Coyolxauhqui”: una lucha por reconstruirse a una misma y sanar los sustos productos de heridas, traumas, racismo y otros actos de violación que hacen pedazos nuestras almas, nos dividen, disuelven nuestras energías y nos acechan. La imperativa Coyolxauhqui es el acto de convocar a que vuelvan esas partes de una misma, esas partes del alma que se han dispersado o perdido, es el acto de duelar las pérdidas que nos acechan. La bestia sombra y su ayudante desconocimientos (la ignorancia que cultivamos en orden de permanecer irresponsables y alejarnos del conocimiento), están tenazmente aferrados a nosotrxs. Lidiar con la falta de coherencia y estabilidad en la vida, así como el aumento de las tensiones y conflictos, me motivan para procesar la lucha. La aguda angustia mental, emocional y espiritual me motiva para escribir mi/nuestras experiencias. Más que eso, mis aspiraciones hacia la integración mantienen mi cordura, una cuestión de vida y muerte. Lidiar con (des)conocimientos, con lo que no quiero saber, abrir y cerrar mis ojos y oídos a las realidades culturales, expandir mi consciencia y mi percepción, o rehusarme a hacerlo, a veces, resulta en el descubrimiento de la sombra positiva: aspectos ocultos de mí y del mundo. Cada molestia es un grano de arena en la ostra de la imaginación. A veces, lo que se acumula alrededor de una molestia o una herida, produce una perla de gran revelación, una teoría. Estoy en constante lucha con mis propias formas de producción cultural y con el rol que juego como artista. Al espacio donde doy esta lucha con mis creaciones lo llamo “nepantla”. Nepantla es el lugar donde mis códigos personales y culturales se chocan, donde me enfrento a lo que el mundo dicta, donde estos distintos mundos se fusionan en mi escritura. Soy consciente de varios nepantlas – lingüístico, geográfico, de género, sexual, histórico, cultural, político y social- cuando escribo. Nepantla es el punto de contacto y el lugar entre mundos, entre la existencia física e imaginaria, entre las realidades ordinarias y no-ordinarias (espirituales). Estas cuestiones de nepantla automáticamente se infunden en mi escritura: no tengo que lidiar yo misma con estos puntos particulares; estos nepantlas me habitan e inevitablemente emergen en cualquier cosa que esté escribiendo. Nepantlas son lugares de constante tensión, donde las piezas ausentes o perdidas pueden ser convocadas a volver, donde la transformación y la sanación son posibles, donde la totalidad se mantiene fuera de alcance, pero parece posible. Escribo para “idear” –como se dice en español: “para formar o concebir una idea, desarrollar una teoría, inventar e imaginar”. Mi trabajo es cuestionar, afectar y cambiar los paradigmas que gobiernan las nociones prevalentes de realidad, identidad, creatividad, activismo, espiritualidad, raza, género, clase y sexualidad. Para desarrollar una epistemología de la imaginación, una psicología de la imagen, he construido mi propio sistema simbólico. Mientras intento crear nuevos marcos epistemológicos, reflexiono constantemente sobre la actividad de idear. El deseo o la necesidad de compartir el proceso de “seguimiento” de las imágenes y la creación de “historias” y teorías me motivan para escribir este texto. Existen pocos precedentes sobre las relaciones directas de lxs artistas con sus imágenes. Hay muy poca investigación directa, personal y artística, así que tuve que implicarme en mis propias experiencias y construir mis propias fórmulas. Intento dar testimonio de mi propio proceso y conciencia de escritora chicana. Soy la que escribe y se escribe. Últimamente es el escribir que me escribe. Me creo a mí misma en lo que “leo” y en lo que “hablo”. La escritura es donde cuestiono la realidad, la identidad, el lenguaje y las representaciones de la cultura dominante y de dominación ideológica. Utilizando un enfoque multidisciplinario y un formato “narrativo”, teorizo sobre las luchas propias y ajenas por la representatividad, la identidad, la propia inscripción y las expresiones creativas. Cuando “me hablo” en escrituras creativas y teóricas, estoy constantemente cambiando de posición –lo cual implica considerar remolinos ideológicos, disonancias culturales y la convergencia de mundos rivales. Significa tratar con el hecho de que yo, como la mayoría de las personas, habito en diferentes culturas y, al cruzar a otros mundos, giro hacia o me alejo de las perspectivas de cada uno; significa vivir en espacios liminales, en nepantlas. Focalizándome en la experiencia e identidad chicana/mestiza (mexicana tejana) en distintos ejes –escritora/artista, intelectual, académica, profesora, mujer, chicana, feminista, lesbiana, de clase trabajadora- intento analizar, describir y recrear estos desplazamientos identitarios. Hablar desde geografías de distintos “países” me vuelve una hablante privilegiada. “Hablo en lenguas” –entiendo los lenguajes, las emociones, los pensamientos y fantasías de las varias sub-personalidades que me habitan y los varios suelos desde donde hablan. Para hacerlo, debo descifrar cuál persona (yo, ella, vos, nosotrxs, ellxs), qué tiempo (presente, pasado, futuro), qué lenguaje y registro, desde qué voz o estilo hablar. La formación de la identidad (que implica “leerse” y “escribirse” a una misma y al mundo) es un proceso alquímico que sintetiza dualidades, contradicciones y perspectivas desde estos diferentes yoes y mundos. En estas auto-etnografías soy a la vez observadora y participante –simultáneamente me miro a mí misma como objeto y sujeto. En un abrir y cerrar de ojos, desdibujo las fronteras entre sujeto y objeto, de clase o género, entre otras. Mi postura metodológica emerge en el proceso de escritura, y así también mi teoría. Trato a todos mis trabajos, incluidos estos capítulos, como ficción o poesía. Al formular nuevas formas de conocer, nuevos objetos de conocimiento, nuevas perspectivas y nuevos ordenamientos de las experiencias, lidio, casi inconscientemente, con una nueva metodología –una que espero no reafirme los modos predominantes. Llego a saber cómo “leer” y “escribir”; llego al saber y al conocimiento a través de imágenes e “historias”. Uso varios formatos narrativos consistentes con las experiencias sobre las que reflexiono, y uso cualquier lenguaje y estilo que se corresponda con la forma en que trabajo. Creo que la meditación y la percepción consciente sobre la significación de la imagen promueve (y no obstruye), en mí, su creadora, y en usted, su lectorx/intérprete/co-creadorx, la producción de la obra. Obtengo marcos de referencia a través de teorizar experiencias cotidianas, al permitirle a las imágenes que me hablen a mí y a través de mí, imaginando mis caminos a través de las imágenes y siguiéndolas a sus profundos cenotes, dialogando con ellas, y traduciendo lo que he vislumbrado. A veces la sombra bloquea este proceso y domina mi conducta, haciendo este proceso doloroso. No puedo usar el lenguaje tradicional para describir, referirme o contener las nuevas subjetividades. Usando métodos primarios de presentación (auto-historia) antes que métodos secundarios (interpretar las concepciones de otras personas), reflexiono sobre los aspectos psicológicos/metodológicos de mi propia expresión. Examino mis heridas, toco mis cicatrices, mapeo la naturaleza de mis conflictos, canturreo a las musas que persuado para inspirarme, me arrastro en la forma que toma la sombra, y trato de hablarles. Los métodos tienen supuestos subyacentes, posiciones teóricas implícitas y premisas básicas. Hay dos puntos de vista: el perceptual, que tiene una realidad literal; y el imaginario, que tiene una realidad psíquica. Al elaborar imágenes en historias (la historia que cuento sobre las imágenes) uso pensamiento imaginativo, empleo una consciencia imaginativa. Me guía el espíritu de la imagen. Mi naguala (daimon o espíritu guía) es una sensibilidad interna que guía mi vida –una imagen, una acción, o una experiencia interna. Mi imaginación y mi naguala están conectadas, son aspectos del mismo proceso, de la creatividad. A menudo mi naguala me lleva hacia cosas que son contrarias a mi voluntad y a mi propósito (compulsiones, adicciones, negatividades), y resulta en un impasse angustiante. Sobrellevar estos impasses es parte del proceso. Este modo de percepción es un tipo de pensamiento mágico: lee lo que sucede en el mundo exterior en términos de mis intensiones e intereses personales. Usa los acontecimientos externos para dar sentido a mi propia creación de mito. El pensamiento mágico no es valorado tradicionalmente en la escritura académica. Mi texto es sobre la imaginación (la facultad de la psique para crear imágenes, el poder de producir ficción o historias, películas internas como la holocubierta de Star Trek), sobre la “imaginación activa”, ensueños (soñar despiertx), y sobre la interacción consciente entre éstos. Estamos conectadxs con el cenote a través del árbol de la vida, individual y colectivo, y nuestras imágenes y ensueños emergen de esa conexión, desde el ser-en-comunidad (interior, espiritual, natural/animal, racial/étnica, de intereses, vecindario, ciudad, nación, planeta, galaxia y universos desconocidos). Uso soñar o ensueños (hacer imágenes) para darme cuenta de lo que está mal, predecir eventos actuales o futuros; y establecer conexiones ocultas, desconocidas, entre la experiencia de vida y la teoría. Este texto es sobre los momentos de sufrimiento que disparan pensamientos, reflexiones y contemplaciones imaginativas. Se enfrenta indirectamente con los símbolos con los que asocio ciertas experiencias y procesos arquetipales: Los pensamientos pasan como ondas a través de su cuerpo, haciendo que un músculo se tense por aquí, se afloje por allá. Todo pasa por la piel, los ojos, los oídos. Ella experimenta la realidad físicamente. No existe una acción por fuera de lo físico. Toda acción es el resultado de una decisión, de un conflicto interno, una lucha, resolución o estancamiento. El cuerpo siempre refleja actividad interior. “Espanto” en Los sueños de la Prieta. Para mí, escribir es un gesto del cuerpo, un gesto de creatividad, un trabajo de adentro hacia afuera. Mi feminismo se basa en realidades corporales, no en abstracciones incorpóreas. El cuerpo material es el centro, y es central. El cuerpo es la base del pensamiento. El cuerpo es texto. Escribir no se trata de estar en tu cabeza; se trata de estar en tu cuerpo. El cuerpo responde física, emocional e intelectualmente a estímulos internos y externos, y el escribir guarda, ordena y teoriza estas respuestas. Para mí, el escribir comienza con el impulso de superar barreras, dar forma a ideas, en imágenes y palabras que viajen por el cuerpo y hagan eco en la mente, creando algo que antes no existía. El proceso de escritura es el mismo proceso misterioso que usamos para hacer el mundo. Hay una diferencia entre hablar con las imágenes/historias y hablar sobre ellas. En este texto pretendo hablar con las imágenes/historias, meterme en el proceso creativo y espiritual, y con sus aspectos rituales. Al promover la relación entre ciertas imágenes y conceptos y mi propia experiencia y psique, fusiono narrativas personales con discursos teóricos, viñetas autobiográficas y prosa teórica. Creo un género híbrido, un nuevo modo discursivo, al que llamo “auto-historia” y “autohistoria-teoría”. Conectando experiencias personales con realidades sociales, obtengo auto-historia, y teorizando sobre esta actividad, desemboco en autohistoria-teoría. Esta es una forma de inventar y producir conocimiento, sentido, e identidad a través de auto-inscripciones. Al hacer ciertas experiencias personales el objeto de este estudio, borro también las fronteras entre lo público y lo privado. Al escribir este libro, tuve que descifrar cómo imaginar/crear/descubrir ciertos conceptos/teorías, cómo darle forma a cada ensayo, su estructura y diseño –en otras palabras, tuve que mapear el universo de cada ensayo, despejar su terreno. Hago estos descubrimientos mientras escribo, y no antes. Descubro y libero la energía que da forma a cada trabajo, descubro sus premisas, argumentos y contra-argumentos, ideas principales y su arco narrativo. Rastreo aquello que subyace a la idea original, sigo hasta su punto de inflexión, su dinámica emocional y la conexión entre sus partes. Trato a cada ensayo como si fuera una historia, con antagonismo, diálogo, crisis, clímax, resolución y poética. Considero varios aspectos de un borrador: su técnica narrativa, el uso del lenguaje –cuándo es necesario el uso del español, cuando el uso de lenguaje teórico es pertinente o el uso de lenguaje coloquial es apropiado. No escribo desde una posición disciplinaria única. Escribo desde afuera de una lengua oficial teórica o filosófica. La mía es una lucha por el reconocimiento y legitimidad de aquellxs excluidxs, especialmente mujeres, personas de color, queers y otredades. Organizo y ordeno estas ideas como “historias”. Creo que es a través de la narrativa que terminás de entenderte y conocerte, y que el mundo cobra sentido. A través de narrativas es que formulás tus identidades, al ubicarte inconscientemente en narrativas sociales que no fueron hechas por vos. Tu cultura te da la historia de tu identidad, pero en un buscado rompimiento con la tradición creás una historia alternativa. Este libro contiene muchos tipos de “narrativas” que hacen a mi vida: feminismo, raza, etnicidad, queericidad, género, práctica artística. Trata de los procesos que ocurren al leer, escribir y hacer otros actos creativos. Mientras se lee o se escribe un libro suceden imaginaciones chamánicas. Los “vuelos” controlados a los que nos envía la lectura o escritura son una suerte de “ensueños”, similares a los procesos del sueño o la fantasía, parecidos a los vuelos mágicos de los viajes chamánicos. Mi imagen de los ensueños es de la Llorona montada en un caballo salvaje, volando. En una de sus facetas es vista como una mujer con cabeza de caballo. Me “apropio” de las figuras, símbolos y prácticas de la cultura indígena mexicana, como Coyolxauhqui. Uso figuras imaginales (arquetipos) del mundo interno. Me detengo en el rol de la imaginación en el viaje a realidades “no ordinarias”, en el uso de lo imaginante en el nagualismo y su conexión con la espiritualidad de la naturaleza. Este texto trata sobre actos de vuelo imaginativo en la realidad y las construcciones y reconstrucciones de la identidad. Al re-escribir narrativas de identidad, nacionalismo, etnicidad, raza, clase, género, sexualidad y estética, intento mostrar (no sólo nombrar) cómo sucede la transformación. Mi trabajo no es sólo interpretar o describir realidades, sino crearlas a través del lenguaje y la acción, los símbolos y las imágenes. Mi tarea es guiar a lxs lectorxs y darles el espacio para co-crear, usualmente en contra de la cultura, familia y mandamientos del ego, en contra de las censuras internas y externas, en contra de lo que dictan los genes. Desde la infancia nuestras culturas nos inducen a estados de semi-trance de la consciencia ordinaria, a estar de acuerdo con las personas que nos rodean, a creer que todo está bien como está. Es extremadamente difícil cambiar el enfoque y salir de este trance. Este texto cuestiona sus propios intentos de formalización y ordenamiento, sus propias estrategias, las maquinaciones del pensamiento mismo, de la teoría formulada en un nivel de discurso experiencial. Explora las variadas estructuras de la experiencia que organizan mundos subjetivos, e ilumina el sentido en la experiencia y conducta personales. Entra en diálogo con la nueva historia y la vieja, e intenta revisar la historia oficial. Espero contribuir en el debate entre académicxs activistas al tratar de intervenir, interrumpir, desafiar y transformar las estructuras de poder existentes que limitan y constriñen a las mujeres. Mis principales campos disciplinares son la escritura creativa, el feminismo, el arte, la literatura, la epistemología, así como los estudios espirituales, raciales, de frontera, Raza y étnicos. Al cuestionar sistemas de conocimiento, intento agregar o alterar sus normas y hacer cambios en estos campos presentando nuevos modelos teóricos. Con el nuevo tribalismo desafío las narrativas nacionalistas chicanas (así como otras). Mi dilema y el de otras escritoras chicanas y mujeres de color, es doble: cómo escribir (producir) sin ser inscrita (reproducida) en la estructura blanca dominante, y cómo escribir sin reinscribir y reproducir aquello frente a lo que nos hemos rebelado. Nuestra tarea es escribir en contra del decreto de que las mujeres deben temerle a su propia oscuridad, de que no la abordemos en nuestras escrituras. Nuestra tarea es imaginar a Coyolxauhqui, no muerta y decapitada, sino con los ojos bien abiertos. Nuestra tarea es iluminar la oscuridad. Prólogo a la edición en inglés de Light in the dark/Luz en lo Oscuro. Traducción Violeta Benialgo y Valeria Kierbel. Editorial Hekht (2015).
- Notas sobre Hotel Pelícano de Agustín Caldaroni / Marcelo Percia
Este libro se agradecerá o no, gustará o no, enganchará o no, estremecerá o no, excitará o no, inhibirá de pudor o no, dará ganas de beber o no, encantará el mundo o no; pero no se leerá sin que nos pase nada. Tiene tono, ritmo, vértigo, agitación, nerviosismo, violencia, ternura, pensamiento. *** En Kafka y sus precursores, Borges (1951) escribe que “Cada escritor crea a sus precursores”. Hace un tiempo, leyendo Nuestra verdadera sangre de Agustín (2019) pensé que se podría saber cómo leer hoy El juguete rabioso de Arlt (1926). Derrotas, humillaciones, rabias, traiciones de Villa Soldati, Villa Antena, Mataderos enseñan cómo leer la historia de Silvio Astier. El primer relato de Agustín lleva el nombre de uno de los protagonistas Tanque. Comienza así: “La noche le había peinado feo el alma”. Dos citas de Silvio Astier: “Ya no tengo ni encuentro palabras con las que pedir misericordia. Baldía y fea como una rodilla desnuda es mi alma”. “Estremecido de odio, encendí un cigarrillo y malignamente arrollé la colilla encendida encima de un bulto humano que dormía acurrucado en un pórtico”. Las amistades del mal, del sacrificio, del derroche, del odio (Glauco, Fefé, El Tanque), crean el espejo de un existencialismo roto, punk barrial de años menemistas, en el que ahora se podría volver a mirar el personaje de Arlt. *** Hotel Pelícano transcurre en la Paz, en Madrid, en una quinta cerca de Adrogué, en Nueva Orleans, en un barrio del sur de Buenos Aires, en una casa con jardín en Villa Luro, en Mataderos, en Tokio. *** Arriesgo una nota de lectura: el libro de Agustín presenta una narrativa del olfato. Una memoria política de la vida contada a través del olor. *** En Esculpir el tiempo, Tarkovski (1984) escribe un diario sobre su cine. En un pasaje menciona una palabra que toma de la cultura japonesa: saba. Saba designa la obra del tiempo, la acumulación de suciedad, la costra de los días. Saba transporta la sabiduría de percibir el encanto de los días que envejecen las cosas que guardan los olores de la vida. *** En el libro de Agustín se mezclan épocas que apestan con los olores del goce de los cuerpos, de la amistad, de la soledad, de los recuerdos. *** Hotel Pelícano no se presenta como la novela El perfume que Patrick Suskind publica en 1985 en Alemania, la historia de un perfumista lujurioso que asesina muchachas en el siglo XVIII. El libro de Agustín ofrece una narrativa del sudor y el hedor como fuga de la fingida corrección de las literaturas pulcras. *** Agustín de Hipona (san Agustín) distingue entre sentidos nobles y sentidos innobles o pecaminosos. Considera nobles a la vista y el oído porque admiten distancia. Entiende innobles al tacto, el olfato y el gusto porque requieren cercanías para realizarse. La música, la pintura, la arquitectura, la literatura, la oratoria emplean sentidos limpios. El sexo, las borracheras, las comilonas, las artes y ciencias de los cuerpos, sentidos sucios. *** En la obra de Agustín, por momentos, se presenta la ternura maloliente del odio como fragilidad ética de las vidas rotas. *** Se lee en Obertura paceña: “Todo empezó por el olfato. Nunca pensé que los olores pudieran lastimarme. Pero sí, eso pasó; aunque decir lastimar, no es preciso. Me trastornaban. La razón de la enfermedad es un misterio para mí, solo sé que fui víctima de olores y, más tarde, de visiones. Atacaban por separado, la infantería de la enfermedad eran los olores, el enemigo más constante”. *** O se lee: “Pero cuando me enfermé, no había olores buenos, casi todos eran el reflejo de lo peor, del flanco hediondo de las cosas. No absolutamente todos, porque me hubiera sido imposible vivir. Pero los olores invasivos, naturales o de diseño humano, me dejaban descompuesto”. *** O se lee: “Después de ese episodio anduve maníaco por un tiempo. Los olores volvían a atacar sin darme descanso. Me imaginaba ante una fila infinita de botellas cargadas de perfumes y que cada fragancia se asociaba a un recuerdo intenso y lejano, recuerdos míos y también de desconocidos. Sentí que un genio maligno, se paseaba bailando entre esas botellas, las destapaba al azar y me las echaba en la cara una tras otra, sin dejarme asimilar tanto cúmulo de sensaciones. Además de remover mi memoria, lo que olía me remitía a visiones que no podía descifrar, como si un suceso en la vida de otra persona se colara en mi mente por un instante y me dejara lleno de nostalgia por algo que ignoraba. Cuando llegaban los perfumes, podía llegar a extrañar una peluquería portuguesa del siglo pasado, el olor a betún con el que les lustraban los zapatos a los clientes, la copita de vino verde y el cigarrillo antes del corte de pelo, el trajín populoso de Lisboa despertando a primera hora de la mañana”. *** Medio siglo antes que el Quijote de Cervantes, Ariosto escribe Orlando furioso. Un poema épico en el que relata un amor descarriado. En medio de las guerras entre moros y cristianos, Orlando se enamora de una hermosa mujer pagana. Entonces, dios castiga a Orlando quitándole el juicio por tres meses. Cumplida la pena del desvarío, Astolfo recibe la misión de ir con su caballo alado a recuperar la razón de Orlando. Se lee. “En el universo jamás se pierde nada. Las cosas que se pierden en la Tierra, ¿dónde van a parar? A la Luna. En sus blancos valles se encuentran la fama que no resiste al tiempo, las plegarias de mala fe, las lágrimas y los suspiros de los amantes, el tiempo perdido por los jugadores, las fragancias de las noches. Y allí, en unas ampollas selladas, se conserva el juicio de quien ha perdido el juicio, del todo o en parte”. *** En el libro de Agustín memorias de los olores de una época desquiciada no permanecen en ampollas selladas, se mezclan como corrientes que soplan en los días. *** El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, un libro publicado en 1985, escrito por el neurólogo y antropólogo Oliver Sacks, relata historias clínicas de pacientes. Un hombre que pierde el olfato tras un accidente, cuenta: “Nunca había reparado en el sentido del olfato, pero cuando lo perdí fue como quedarme completamente ciego (…) La vida perdió mucho de su sabor... uno no se da cuenta hasta qué punto el sabor es olor”. *** El cuadro La tertulia del café Pombo (Mis amigos), pintado en 1920 por José Gutiérrez Solana, retrata un encuentro alrededor de una mesa entre intelectuales y artistas que beben, comen, discuten, leen, cuentan ideas, piensan en compañía. A través de la amistad entre Ramón Gómez de la Serna y José Gutiérrez Solana, este libro cuenta tiempos que siguen a la primera guerra europea y climas que anticipan los días de la guerra civil española. *** Se lee en Café Pombo: “Pero lo que hacía del Pombo un café distinto era su sótano, que José más tarde bautizó como la Sagrada Cripta. Bajando por unas escaleras de piedra se entraba en una habitación larga, estrecha y oscura como un túnel. El frío de catacumba mohosa calaba los huesos, un vaho color crema de tabaco flotaba en el lugar irrespirable, y hacía picar el paladar. El aire era tan espeso que se podría filetear como la grasa de un cerdo”. *** En el primer acto de Hamlet un guardia dice a su compañero: “algo huele a podrido en Dinamarca”. Desde entonces esa frase avisa que estamos en víspera del desastre. En Café Ponbo algo huele a podrido en las ideas de Marinetti que termina vomitando en una corrida de toros. *** Agustín teje disputas entre expresionistas y futuristas, entre estéticas fascistas y republicanas. *** Se lee: “Cuando llegó a una pared donde estaban apiladas las pinturas de José se detuvo y después de un silencio de varios minutos, tiró su libreta de anotaciones en una mesa, iba y volvía por los cuadros, se hizo servir un pippermint, sacó un toscano y echó una bocanada de humo negro. ¿Qué le parecen?, preguntó Ramón. Esto no es lo que habíamos hablado, De la Serna. Su amigo está atrasado, parece que no conoce el invento del cinematógrafo, aquí no hay movimiento, no hay vida. Y todas sus criaturas tienen cara de mono, un animal estúpido y humillado. Y tantas viejas, es asqueroso, viendo esto uno se siente reumático”. O se lee: “José quiso llevarlo del brazo y vio que su amigo tenía los mofletes mojados de lágrimas. Él también estuvo a punto de llorar, no por el desplante de Marinetti, sino por el amor fraterno de Ramón hacia sus cuadros que, en ese momento, le dieron la impresión de ser unos gorriones piando abandonados en una caja”. *** En la primera parte de En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust (1913), el protagonista de “Por el camino de Swann” se sumerge en el recuerdo que le evoca el olor de las magdalenas mojadas en el té. Ese perfume lo transporta hasta un pueblo del noroeste de Francia, donde las comía de niño. Así acontece el milagro de la memoria involuntaria: de pronto recuerdos destellan detonados por el azar de un olor. Sabores, perfumes, brisas, melodías, desatan intensidades que viven en espera. *** La narrativa de Agustín detecta detonantes secretos de las eróticas de las infancias. *** Se lee en Hotel Pelícano: “Por dentro era una casa cualquiera, modesta, con unos pocos muebles viejos y una tele inmensa prendida con un noticiero sin volumen; olía a casa de campo, a espiral para mosquitos y a leña”. *** O se lee: “En una de esas habitaciones alumbradas por candelabros, había varios tipos de rodillas masturbándose ante un monstruo gigante, nos acercamos con miedo; cuando llegamos hasta el tótem vimos que era una gran concha. Era asquerosa, una planta salvaje que respiraba haciendo vibrar unas aletas de carne color paté. Pero la oscuridad de su hueco me atraía, necesitaba entrar, hundirme y ver más. Quería ver más. Lúa intentó detenerme pero seguí, cuando iba a meter un pie en la oscuridad, un grito me hizo frenar. Detrás de mí, un tipo al que se la estaban chupando me dijo paternal, con la tonada neutra de una película con doblaje latino: Ey amigo, sigue mi consejo: no lo hagas. Ahí adentro no hay nada, solo silencio y soledad. No destruyas el misterio”. *** Memorias de una madame americana se publica muchos años después de la muerte de Nell Kimball en 1934. Una narración de su historia, la Goldie, en un burdel de Nueva Orleans en paralelo a la Gran Depresión norteamericana. *** En la última noche Goldie se lee: “Antes de que llegara la criada para limpiar, miró los vasos de los cócteles que habían dejado, una fresa flotaba en un líquido esmeralda que olía a caramelo”. O se lee: “Cuando el salón estuvo vacío se sirvió café. Abrió las ventanas dejando entrar la luz. Las calles eran un pudridero, los burdeles se estaban vaciando. El barrio de Storyville ya no existía, Goldie tampoco. Nell Kimball no se arrepentía de nada. Se sentó y comenzó a garabatear en una de sus libretas de cuentas el comienzo de lo que serían sus memorias. Quería escribir algo y no sabía qué. Se tomó su café y escribió: Mierda, cómo amé este puto lugar”. *** Este libro narra sensualidades del odio, eróticas de la música, demoras en películas. Se lee en Un verano con los Morgan: “Creo que Gigí se interesó en mí porque yo odiaba y hablaba con desprecio de todo. Pero mi odio era limitado, se reducía a odiar la escuela, tal bandita del barrio y esas cosas. Con ella ese odio tomó forma, como un tótem al que había que alimentar, darle una vestimenta, un estilo. Gigí odiaba el barrio y el mundo, la música del momento, las modas, a nuestra generación. Lo que nos diferenciaba era que yo, además de odiar, también amaba, me dejaba seducir por todo y sospechaba que afuera de nuestro barrio, había otra vida fascinante esperando. Ella no tenía esperanza, como una persona que después de viajar mucho por el mundo, se hartó de vivir. Yo solo quería ser parte de una guerrilla que se vistiera como The Clash, quería ser un Clash y Gigí contenta de haber creado a un punk, me ayudaba a armarme una ropa espantosa. Por ella me hubiera cocido un gato muerto en la piel”. *** O se lee: “Los domingos transcurrían parecidos a los sábados, salvo que todos dormíamos más, comíamos más y con Gigí cogíamos más. Qué fácil era ser feliz en esa época, casi no conocía el alcohol, nada de drogas, ni el gusto por la variedad de compañeras sexuales, ni los viajes, ni la ambición, ni el trabajo, no conocía el placer y la necesidad que daba el dinero; sin embargo, vivía con la voluptuosidad de un déspota primitivo, feroz Atila conquistando placeres nuevos. Un té de naranja acompañado por unas tortas fritas espolvoreadas de azúcar, estar tirado al sol al borde de la pileta comiendo nísperos, ver todas las películas de Kurosawa con el Vikingo una tarde lluvia. ¿Quién sabía más de los matices sensoriales y de las fragancias del mundo, ese adolescente o este hombre cansado que soy hoy?”. *** Llamamos mundo a un teatro en el que, por instantes, subimos al escenario. El resto, con suerte, la pasamos en butacas asignadas o arrebatadas, incómodas o mullidas. Pero la mayor parte del tiempo sólo hacemos largas colas en la vereda rogando tener una chance de entrar. La narrativa de Agustín impulsa a no perderse el encanto en el mientras tanto de las veredas. *** Se lee en Los pastorcitos: “Sobre la pared del respaldo de la cama se distinguía el empapelado, su estampado eran unas figuras arabescas que formaban un escudo de armas; el papel de un blanco y rosa claros como la torta de un casamiento; a un costado de la cama había un reloj cucú que ya no funcionaba, abrí la puertita y ayudé a salir al pajarraco de madera, que todavía estaba bien pintado, acerqué la nariz y olí dentro dela casita que despedía un olor a bodega húmeda. Dentro de la cama, en cuero y calzoncillos, sentí en la piel la suavidad almidonada de las sábanas”. *** O se lee: “Frotando la piel en la blandicie acolchonada, los escuché comer, conversar, comentar los programas de televisión. ¿Cómo se puede ser viejo y no volverse loco de terror? ¿Cómo esperan la muerte sin arrastrarse desesperados arrancándose los ojos pidiendo ayuda ante la familia o una cuadrilla de curas piadosos? Mientras pensaba en esto escuché una carcajada bochornosa del abuelo que golpeaba su vaso de vino en la mesa. Parecía reírse de mí”. *** En La comilona se lee: “Me gusta torturarme pensando que voy a ser dejado por mi familia”. *** O se lee: “Dos veces pegó papá. Pegó más, pero dos veces a lo grande. De que vivíamos rascando la olla, yo no me enteraba. Pero papá pegó por eso, por una polenta y un chocolatín”. *** O se lee: “Fui a la fábrica esperando encontrar a alguien. Caminé por el pasillo que comunicaba mi casa con ese taller inmenso, escuchando cómo se iba poblando de ruido. Cuando llegué a la fábrica escuché a la fauna metálica vibrar, todo prendido, las máquinas funcionaban como una jornada cualquiera. Corrí gritando por ayuda por todos los rincones, los baños, los depósitos, los altillos, las oficinas, No había gente, solo ese gusto a sus presencias, como si hubieran tenido que irse instantes antes dejando un perfume humano en el aire. Solo para siempre”. *** Hotel Pelícano presenta una narrativa del hedor. Una narrativa del vaho que desprenden demasías. Una narrativa del vapor que secretan vidas doloridas. Una narrativa de los flujos y sudores. Una narrativa de los olores salvajes, bárbaros, indómitos. Una narrativa de la crasitud. Una narrativa de vidas que no huelen bien. Una narrativa de pestilencias que cobijan miedos y desamparos Escribe Rodolfo Kusch (1961): “La verdad es que somos hedientos y que simulamos una pulcritud demasiado ficticia”. *** ¿Quién es “El Papirri”? Es un artista popular, un músico que escucha la calle, un soñador, bohemio, poeta popular, buen tipo, stronguista, progresista, metiche. ¿En qué momento de tu carrera nació tremendo pseudónimo? Fue el maestro Ernesto Cavour que me dijo por primera vez “Papirri” en Japón, en 1990. Su amigo Papirri había fallecido y me dijo “ahora tú eres el Papirri”. *** Manuel Monroy Chazarreta (El Papirri) cuenta a propósito de una canción que se llama Metafísica popular: “Un amigo mío me dijo una vez: ‘Papirri, con pasado mañana son dos días que no tomo’”. *** Se lee en Esta noche, Papirri en Tokio: “Cuando la mujer se fue abrió las ventanas del balcón y respiró el aire de ese barrio suburbano. Le llegó un perfume demasiado vasto para sus sentidos: olía a cartón meado por un loro, a bolsa de papas, al callejón de su infancia, esa cuadra siempre soleada donde cabía todo el barrio. Decir perfume resulta muy sutil, esto era un olor espeso, hondo, remotísimo y familiar, un caldo donde se cocinaba la carne de su juventud. Quería retenerlo, domarlo y meterlo en una jaula de su cerebro. Desarmó la valija y ordenó sus cosas”. *** O se lee: “Hablaba con la gente, se metía en los bares. Cada vez que se cruzaba a la encargada del hotel le preguntaba en castellano: Dígame mamita, ¿qué es ese olorcito que me está volviendo loco? La mujer, sin entender, se reía como si tuviese el secreto de ese olor indómito que obsesionaba a Papirri”. *** O se lee: “Tomaron cerveza. Le contó que era músico, que estaba de vacaciones en Tokio. Había bebido poco, pero estimulado por la cercanía de la mujer, le hubiera gustado hablar de otras cosas, contarle que se volvía loco, que iba tras un olorcito espectral, que a pesar de sentirse perdido como un adolescente, era feliz. Ella le dijo que era cocinera y estaba de viaje, perfeccionándose en una academia de cocina. Cambiaron de bar. Cristina propuso seguir tomando en un local que conocía. —Hay un perfume que estoy buscando, me está volviendo loco. — ¿Perfume a qué? —Si supiera eso… es un perfume viejísimo y huele a muchas cosas, no sabés la nostalgia, Cristina. Me mata. Hoy olió a pajarera meada y llena de alpiste, pero al rato cambia. Hasta que no descubra el misterio de ese olorcito no puedo volver a Bolivia. —Es el pasado que huele, no vas a descifrarlo, no busques más. Estás perdiendo el tiempo. — ¿Tu perfume a qué huele? —Me gustaría decirte que a un mercado rústico lleno de especias, a una polvareda de tierra, azafrán, almizcle, pero sería mentira. Últimamente huele a esos productos que le ponen a la ropa en las tintorerías japonesas de los suburbios. Mi pasado está en esas tintorerías, vapor, solvente y lavanda. Ese es últimamente mi olor, me lleva a un barrio de Madrid que ya casi no existe. Se despidieron con un abrazo, después de intercambiar celulares. Ella prometió ir a verlo tocar”. Nota: Texto leído en la presentación del libro Hotel Pelícano. Viernes 6 de octubre 2023.
- La brújula del duelo / Judith Butler
Las cuestiones que más necesitan debate público, las que más urge debatir, son aquellas que es difícil debatir dentro de los marcos de los que hoy disponemos. Aunque deseemos ir directo al asunto en cuestión, chocamos con los límites de un marco que hace prácticamente imposible decir lo que tenemos que decir. Quiero hablar sobre la violencia, la violencia presente, la historia de la violencia y sus muchas formas. Pero si deseamos documentar la violencia, lo que significa entender los bombardeos y asesinatos masivos perpetrados en Israel por Hamás como parte de esa historia, podemos ser acusados de «relativizar» o «contextualizar». Hemos de condenar o aprobar, y eso es lógico, pero ¿es eso todo lo que éticamente se exige de nosotros? De hecho, yo condeno sin matices la violencia cometida por Hamás. Se trató de una masacre aterradora y repugnante. Esa fue mi primera reacción y esa reacción perdura. Pero también hay otras reacciones. Casi de inmediato, la gente quiere saber de qué «lado» nos ubicamos, y claramente la única respuesta posible a tales asesinatos es la condena inequívoca. Pero ¿por qué a veces pensamos que preguntarnos si estamos utilizando el lenguaje adecuado o si entendemos bien la situación histórica se interpondría en el camino de una fuerte condena moral? ¿Es en verdad relativizar preguntarnos qué es con precisión lo que estamos condenando, cuál debería ser el alcance de esa condena, y cómo describir de la mejor manera la realidad política, o realidades, a las que nos oponemos? Sería extraño oponerse a algo sin entenderlo o describirlo correctamente. Sería particularmente extraño creer que la condena exige negarse a comprender, por temor a que el conocimiento pueda solo servir a una función de relativización y minar nuestra capacidad de juicio. ¿Y si fuera moralmente imperativo extender nuestra condena a crímenes tan atroces como los que los medios destacan reiteradamente? ¿Cuándo y dónde comienza y termina nuestra condena? ¿No necesitamos acaso una evaluación crítica e informada de la situación que acompañe la condena moral y política, sin temor a que estar informados nos convierta, a la vista de otros, en seres inmorales cómplices de crímenes horrendos? Hay quienes en efecto usan la historia de la violencia israelí en la región para exonerar a Hamás, pero utilizan una forma corrompida de razonamiento moral para lograr su objetivo. Digámoslo con claridad, la violencia israelí contra los palestinos es abrumadora: bombardeos implacables, asesinatos de personas de todas las edades en sus hogares y en las calles, torturas en sus prisiones, técnicas de hambruna en Gaza y despojo de sus viviendas. Y esta violencia, en sus diversas formas, es empleada contra un pueblo sujeto a reglas de apartheid, bajo dominio colonial y carente de Estado. Sin embargo, cuando el Comité de Solidaridad con Palestina de Harvard emite una declaración en la que sostiene que «el régimen de apartheid es el único culpable» de los ataques mortales de Hamás contra objetivos israelíes, comete un error. Está mal atribuir la responsabilidad de ese modo, y nada debería exonerar a Hamás de la responsabilidad por los horrendos asesinatos que perpetró. Al mismo tiempo, el Comité y sus integrantes no merecen ser amenazados ni entrar en una lista negra. Sin duda, aciertan al apuntar hacia la historia de violencia en la región: «Desde tomas sistemáticas de tierras hasta incursiones aéreas cotidianas, desde detenciones arbitrarias hasta controles militares, desde la separación compulsiva de familias hasta asesinatos selectivos, los palestinos han sido forzados a vivir en un estado de muerte, tanto lenta como repentina». Esta es una descripción precisa, y hay que decirlo, pero no significa que la violencia de Hamás sea tan solo la violencia israelí con otro nombre. Es cierto que debemos comprender por qué grupos como Hamás ganaron fuerza a la luz de las promesas rotas de los acuerdos de Oslo y el «estado de muerte, tanto lenta como repentina» que describe la existencia de muchos palestinos bajo la ocupación, ya sea la vigilancia constante y la amenaza de detención administrativa sin debido proceso, o la intensidad cada vez mayor del asedio que priva a los gazatíes de medicinas, alimento y agua. Sin embargo, no obtenemos una justificación moral o política de las acciones de Hamás mediante la referencia a su historia. Si se nos pide entender la violencia palestina como continuación de la violencia israelí, como nos pide hacerlo el Comité de Solidaridad con Palestina de Harvard, entonces hay una única fuente de culpabilidad moral, e incluso los palestinos no son dueños de sus propios actos violentos. No es ese un modo de reconocer la autonomía de la acción palestina. La necesidad de separar una comprensión de la violencia generalizada e implacable del Estado israelí de cualquier justificación de la violencia es crucial si queremos considerar qué otras formas existen de sacarse de encima el dominio colonial, detener el arresto arbitrario y la tortura en las prisiones israelíes y poner fin al sitio de Gaza, donde el agua y la comida son racionados por el Estado nación que controla sus fronteras. En otras palabras, la cuestión de qué mundo es aún posible para todos los habitantes de la región depende de los modos de terminar con el dominio colonial. Hamás tiene una respuesta aterradora y horrenda a esa pregunta, pero hay muchas otras. Sin embargo, si se nos prohíbe referirnos a «la ocupación» (lo cual es parte de la Denkverbot [prohibición de pensamiento] alemana contemporánea), si ni siquiera podemos plantear el debate sobre si el dominio militar de Israel en la región es apartheid racial o colonialismo, entonces no hay esperanzas de que comprendamos el pasado, el presente o el futuro. Mucha gente que mira la carnicería a través de los medios se siente desesperanzada. Pero una razón de su desesperanza es precisamente que la ven a través de los medios, viviendo en el mundo sensacionalista y efímero de la indignación moral desesperanzada. Una moral política diferente requiere de tiempo, un modo paciente y valeroso de aprender y nombrar, a fin de que podamos acompañar la condena moral de una visión moral. Estoy en contra de la violencia que ha infligido Hamás y no tengo una coartada que ofrecer. Cuando digo esto, dejo en claro una posición moral y política. No soy ambigua cuando reflexiono acerca de lo que esa condena presupone e implica. Todo aquel que se una a mí en esta condena podría preguntarse si la condena moral debería basarse en alguna comprensión de aquello a lo que nos oponemos. Podríamos decir: no, no necesito saber nada sobre Palestina o Hamás para saber que lo que hicieron está mal y condenarlo. Y si nos detenemos allí, confiando en las representaciones de los medios contemporáneos sin siquiera preguntarnos si son en verdad correctas y útiles, si permiten que las historias salgan a la luz, entonces aceptamos cierta ignorancia y confiamos en el marco que se nos presenta. A fin de cuentas, todos estamos ocupados y no todos podemos ser historiadores o sociólogos. Es una forma posible de pensar y vivir, y de hecho gente bien intencionada vive de ese modo. Pero ¿a qué costo? ¿Y si nuestra moralidad y nuestra política no terminaran en el acto de condena? ¿Y si insistiéramos en preguntarnos qué forma de vida liberaría a la región de una violencia como esta? ¿Y si, además de condenar los crímenes sin sentido, quisiéramos crear un futuro en el que este tipo de violencia no tenga lugar? Esa es una aspiración normativa que va más allá de la condena momentánea. Para alcanzarla, debemos conocer la historia, el crecimiento de Hamás como grupo militante en el clima de devastación que siguió a los acuerdos de Oslo para aquellos en Gaza a quienes jamás se les cumplieron las promesas de autogobierno; la formación de otros grupos de palestinos con otras tácticas y otros objetivos; y la historia del pueblo palestino y sus aspiraciones a la libertad y al derecho a la autodeterminación política, a la liberación del dominio colonial y de la violencia militar y carcelaria generalizada. Entonces podríamos ser parte de la lucha por una Palestina libre en la que Hamás sería disuelto o desbancado por grupos con aspiraciones no violentas de convivencia. Para aquellos cuya posición moral se limita a la condena, comprender la situación no es el objetivo. Puede decirse que este tipo de indignación moral es tanto antiintelectual como presentista. Pero la indignación también podría conducir a una persona hacia los libros de historia, para descubrir cómo pudieron suceder hechos como estos y si las condiciones podrían cambiar de modo tal que un futuro de violencia no sea el único posible. No debería suceder que la «contextualización» se considere una actividad moralmente problemática, aun si hay formas de contextualización que pueden utilizarse para desplazar la culpa o exonerar. ¿Podemos distinguir entre estas dos formas de contextualización? El hecho de que algunos piensen que contextualizar la violencia horrenda desvía de la atención o, aun peor, la racionaliza, no significa que debamos rendirnos frente a la afirmación de que todas las formas de contextualización son moralmente relativizadoras de ese modo. Cuando el Comité de Solidaridad con Palestina de Harvard proclama que «el régimen de apartheid es el único culpable» de los ataques de Hamás, suscribe a una versión inaceptable de la responsabilidad moral. Para entender cómo llegó a producirse un hecho o cuál es su significado, debemos aprender algo de historia. Eso significa que tenemos que ampliar el foco más allá del atroz momento presente, sin negar su horror, al tiempo que nos negamos a que ese horror represente todo el horror que existe por representar y conocer y al que oponerse. Los medios contemporáneos, en su mayoría, no detallan los horrores que el pueblo palestino ha vivido por décadas bajo la forma de bombardeos, ataques arbitrarios, arrestos y asesinatos. Si los horrores de los últimos días asumen para los medios una importancia moral mayor que los horrores de los últimos 70 años, entonces la respuesta moral del momento amenaza con eclipsar una comprensión de las injusticias radicales sufridas por la Palestina ocupada y los palestinos desplazados por la fuerza, así como el desastre humanitario y las pérdidas de vidas que tienen lugar en este momento en Gaza. Algunas personas, con razón, temen que cualquier contextualización de los actos violentos cometidos por Hamás se utilice para exonerar a esta organización, o que la contextualización desvíe la atención del horror de lo que hicieron. Pero ¿y si fuera el horror mismo lo que nos lleva a contextualizar? ¿Dónde comienza este horror, dónde termina? Cuando la prensa habla de una «guerra» entre Hamás e Israel, ofrece un marco para entender la situación. De hecho, es una respuesta de antemano. Si se considera que Gaza está bajo ocupación, o si se habla de ella como una «prisión a cielo abierto», entonces se expresa una interpretación diferente. Parece una descripción, pero el lenguaje restringe o facilita lo que podemos decir, cómo podemos describir y lo que se puede conocer. Sí, el lenguaje puede describir, pero obtiene el poder de hacerlo solo si se conforma a los límites impuestos a lo decible. Si se decide que no es necesario que sepamos cuántos niños y adolescentes palestinos fueron asesinados en Cisjordania y en Gaza durante este año o a lo largo de los años de ocupación, si esta información no es importante para conocer o valorar los ataques a Israel y los asesinatos de israelíes, entonces hemos decidido que no deseamos conocer la historia de violencia, duelo e indignación tal como es vivida por los palestinos. Solo deseamos conocer la historia de violencia, duelo e indignación tal como es vivida por los israelíes. Una amiga israelí, que se describe como «antisionista», escribe en la web que está aterrorizada por su familia y sus amigos, que ha perdido a personas cercanas. Y nuestros corazones deberían estar con ella, como lo está sin duda el mío. Es inequívocamente terrible. Y aun así, ¿no hay ningún momento en que su propia experiencia de horror y pérdida de sus amigos y familia se imagine como lo que un palestino podría sentir del otro lado, o lo que haya sentido tras años de bombardeo, cárcel y violencia militar? Soy también una persona judía que vive con el trauma transgeneracional luego de las atrocidades cometidas contra personas como yo. Pero también se cometieron atrocidades contra personas que no eran como yo. No tengo que identificarme con este rostro o con aquel nombre para nombrar la atrocidad que observo. O al menos me esfuerzo por que no sea así. Al final, sin embargo, no se trata simplemente de una falta de empatía. Porque la empatía toma forma sobre todo dentro de un marco que permite que se produzca la identificación, o que haya una traducción entre la experiencia del otro y la mía. Y si el marco dominante considera que algunas vidas son más dignas de ser lloradas que otras, entonces se sigue que un conjunto de pérdidas es más horrendo que otro. La cuestión de qué vidas merecen ser lloradas es una parte fundamental de la cuestión de qué vidas merecen ser valoradas. Y aquí entra el racismo de un modo decisivo. Si los palestinos son «animales», como repite el ministro de Defensa israelí, y si los israelíes hoy representan al «pueblo judío», como repite Joe Biden (compactando a la diáspora judía en Israel, como exigen los reaccionarios), entonces las únicas personas en la escena dignas de ser lloradas, los únicos que se presentan como aptos para el duelo, son los israelíes, porque la escena de la «guerra» se ha montado ahora entre el pueblo judío y los animales que buscan matarlos. Seguramente no es la primera vez que un grupo de personas que buscan liberarse de los grilletes coloniales son representados como animales por el colonizador. ¿Son los israelíes «animales» cuando matan? Este modo racista de enmarcar la violencia contemporánea retoma la oposición colonial entre los «civilizados» y los «animales» que deben ser encaminados o destruidos para preservar la «civilización». Si adoptamos este marco al declarar nuestra oposición moral, nos vemos implicados en una forma de racismo que se extiende más allá del enunciado a la estructura de la vida cotidiana en Palestina. Y para la cual, sin duda, es necesaria una reparación radical. Si pensamos que la condena moral deber ser un acto claro y puntual sin referencia a contexto o conocimiento alguno, entonces aceptamos inevitablemente los términos en que se efectúa esa condena, el escenario en que se orquestan las alternativas. En el contexto más reciente, aceptar esos términos significa retomar formas de racismo colonial que son parte del problema estructural que debe resolverse, de la injusticia pertinaz que debe superarse. Así, no podemos darnos el lujo de desviar la mirada de la historia de injusticia en nombre de la certeza moral, porque eso implica el riesgo de cometer más injusticias, y en algún punto nuestra certeza flaqueará en ese terreno poco firme. ¿Por qué no podemos condenar actos moralmente atroces sin perder nuestro poder de pensar, conocer y juzgar? Sin duda podemos, y debemos, hacer ambas cosas. Los actos de violencia de los que somos testigos en los medios son horribles. Y en este momento de pico de atención mediática, la violencia que vemos es la única que conocemos. Lo repito: estamos en lo correcto al deplorar esa violencia y expresar nuestro horror. He tenido el estómago revuelto durante días. Al mismo tiempo, todas las personas que conozco viven con temor de lo que la maquinaria militar israelí vaya a hacer, de si la retórica genocida de Netanyahu se materializará en el asesinato en masa de palestinos. Me pregunto si podemos llorar, sin calificación, las vidas perdidas en Israel así como las perdidas en Gaza, sin quedar empantanados en debates sobre relativismo y equivalencia. Quizá el mayor alcance del duelo sirva a una idea más sustancial de la igualdad, una que reconozca que las vidas son igualmente dignas de duelo y dé lugar a la indignación porque esas vidas no deberían haberse perdido, porque los muertos merecían seguir vivos y el mismo reconocimiento por sus vidas. Cómo podemos siquiera imaginar una igualdad futura de los vivos si desconocemos que fuerzas y colonos israelíes, tal como lo ha documentado la Oficina de las Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios, han matado a cerca de 3.800 civiles palestinos desde 2008 en Cisjordania y Gaza. ¿Dónde está el duelo del mundo por ellos? Cientos de niños palestinos murieron desde que Israel comenzó sus acciones militares de «venganza» contra Hamás, y muchos más morirán en los días y semanas por venir. No tiene por qué amenazar nuestras posturas morales tomarnos algún tiempo para conocer la historia de la violencia colonial y examinar el lenguaje, los relatos y los marcos que hoy operan para informar y explicar –e interpretar de antemano– lo que sucede en la región. Este tipo de conocimiento es crítico, pero no a los fines de racionalizar la violencia existente o autorizar más violencia. Su objetivo es proporcionar una comprensión más fiel de la situación que la que puede proporcionar, por sí solo, un encuadre incontestable del presente. De hecho, puede haber otras posturas de oposición moral para sumar a las que ya hemos aceptado, entre ellas una oposición a la violencia militar y policial que satura las vidas palestinas en la región, despojándolas de su derecho al duelo, a conocer y expresar su indignación y su solidaridad, y a encontrar su propio camino hacia un futuro de libertad. Personalmente, defiendo una política de no violencia, a sabiendas de que no puede operar como un principio absoluto de aplicación en todas las circunstancias. Sostengo que las luchas por la liberación que practican la no violencia contribuyen a crear el mundo no violento en el que todos queremos vivir. Deploro inequívocamente la violencia al mismo tiempo que, como tantos otros, deseo ser parte de la imaginación y la lucha por la verdadera igualdad y justicia en la región, el tipo de igualdad y justicia que contribuirían a que grupos como Hamás desaparecieran, a que la ocupación llegara a su fin y a que florecieran nuevas formas de libertad política y justicia. Sin igualdad y justicia, sin un fin de la violencia estatal dirigida por un Estado, Israel, que fue él mismo fundado en la violencia, no es posible imaginar futuro alguno, ningún futuro de paz verdadera; es decir, no la «paz» como un eufemismo para la normalización, lo que significa mantener en su lugar las estructuras de desigualdad, falta de derechos y racismo. Pero un futuro tal no puede llegar si no seguimos siendo libres de nombrar, describir y confrontar toda violencia, incluida la violencia del Estado israelí en todas sus formas, y de hacerlo sin temor a la censura o la criminalización, o a ser acusados maliciosamente de antisemitismo. El mundo que deseo es aquel que se opondría a la normalización del dominio colonial y apoyaría la autodeterminación y la libertad palestinas, un mundo que, de hecho, cumpliría los más profundos deseos de todos los habitantes de esas tierras de vivir juntos en libertad, no violencia, igualdad y justicia. Sin duda, esta esperanza les parece a muchos ingenua, incluso imposible. No obstante, algunos de nosotros debemos aferrarnos salvajemente a ella, negándonos a creer que las estructuras de hoy existirán por siempre. Para eso, necesitamos a nuestros poetas y nuestros soñadores, a los locos indomables, a aquellos que saben cómo organizarse. Nota: la versión original de este artículo, en inglés, se publicó en London Review of Books vol. 45 N° 20, 10 / 2023, con el título «The Compass of Mourning». Puede leerse el original aquí. Traducción: Silvina Cucchi.
Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.











