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  • Narrar la clínica (1) / Alicia Cotlar

    1. La independencia, siempre admirada. Siempre pensada como un logro. La dependencia, siempre despreciada. Siempre pensada como un fracaso. Ideas de fuerza e independencia. Van de la mano. Ideas de debilidad y dependencia. Van de la mano. Sentirse más dependiente. ¿Más débil? Y si fuera así... El amor como un peligro frente a la independencia. Independencia económica. Independencia afectiva. Independencia individual. Cuánta lucha para llegar a eso. El imperativo de la fuerza. El imperativo de la independencia. 2. Volvía de un viaje con su nieta mayor de 17 años. Le digo –Fue un sueño, ¿no? Me responde -Un sueño hubiera sido ir con mi marido. ¡Estuvo muy bien, eso fue todo! Me da pena. 3. La muerte más cerca. Tiene setenta y tres años. Aumentaron los indicadores de cáncer. Llora mucho en el encuentro. -Estuve con mis nietos. ¡Están divinos! Pienso: ¡Cuánto amor! Y no voy a estar. -Y no sé si se van a acordar de mí. No logro sentir su dolor. Quizá porque es sólo ¿un dolor narcisista?

  • Del predicar destellos / Eric Schvartz

    “El cielo es solo mirable, y aquello engendra tormento.” Más de un hombre, se perdió en aquellas sombras. Mismo, en las suyas. Lo hondo y lo espeso, no quiere ser mirado. No desgasta falsos decoros: Quiere ser conquistado. Más el vacío, atenta contra la grandeza de los hombres. Más las estrellas, nos arrojan a tierra. “Las miradas presumen dominio.” ¿Quién hizo creer que tal no debiera ser su tajante complicidad? Irrumpen en su innegable rúbrica. Aflorar, llamo a aquella irrupción. Más las miradas, son opacas. Más los sedientos, predican lo opaco, y sondean sus sombras. Profesantes de la oscuridad, llamo a aquellos sedientos. Luna, hay una sola, por eso la creo sensiblemente inquisitiva. No presume su encanto, tampoco lo ignora. He ahí su gracia. En su registro, hay complicidad de anhelo. Anhelo de miradas, es para lo hondo del espacio sideral. Más su gracia, no quiere miradas dominantes, ni profesantes de sombras. Desea, predicantes de destellos. Complacido y convalecido, atento contra la oscuridad. Acaso ¿Quién tolera las sórdidas noches, sin su gracia?

  • Un amanecer en la calle Corro 105 / Ezequiel Buyatti

    El hombre del dato y de la evidencia sabe que no amanece a las nueve de la mañana María Moreno, Oración. Carta a Vicky y otras elegías políticas María Moreno (2018) sostiene en Oración que el deseo de Rodolfo Walsh transita por la construcción de una escritura que anule las fronteras entre ficción y realidad, mediante una escritura de denuncia que tensione el binomio literatura/política y a partir de una “prosa donde los hechos demandan una literatura que supere a la novela por el peso de la historia” (p. 92). El deseo de Walsh, entonces: […] no pasaba por trabajar en la tensión entre ficción y realidad, entre hechos narrados con las prerrogativas de la ficción, o sobre ficciones referidas a materiales reales, o híbridos perfectos que operaran de diversos modos, de acuerdo a si el lector tenía o no el código, sino en textos que fueran capaces de liquidar las cuestiones de fronteras, al intervenir en lo real modificándolo y dejando a la escritura en una suerte de rezago y, al mismo tiempo, haciendo de ella un acto, al darle la capacidad de transformar las condiciones de aquello que denunciaba. (p. 92) Una muestra de esa liquidación de fronteras entre ficción y realidad, un despliegue de los recursos novelísticos y la apuesta por lo estético a medida que se unen las piezas de la investigación, se encuentran en los comienzos del prólogo a la tercera edición de Operación masacre: Recuerdo que después volví a encontrarme solo, en la oscurecida calle 54, donde tres cuadras más adelante debía estar mi casa a la que quería llegar y finalmente llegué dos horas más tarde, entre el aroma de los tilos que siempre me ponía nervioso, esa noche más que otras. (Walsh, 2010, pp. 17-18) Ese olor de los tilos que embriaga es un suplemento estético, novelesco; porque en junio —cuando está escribiendo— los tilos no tienen olor, ni siquiera florecen. Solo en diciembre el aroma de los tilos lo inunda todo. Walsh se imagina, se acuerda, se piensa “entre el aroma de los tilos”, pero en un sentido fáctico no fue así. Ese “aroma de los tilos”, entonces, “introduce subrepticiamente, como suplemento, el arte: los valores de la literatura, la mirada de la literatura, la aspiración a la gran obra” (Link, 2017, p. 10). “Carta a Vicky”, formalmente, no sería una carta por no tener los dos puntos —hallazgo de Daniel Link, según María Moreno—, sino, junto a “Carta a mis amigos”: “una crónica de minuciosidad implacable, un réquiem con detalles y horarios en el que se agitaban imágenes cristianas, datos periodísticos y apólogos militantes para la construcción de una heroína que había elegido que su muerte le perteneciera” (Moreno, 2018, p. 28). En la no carta a Vicky, leemos: Anoche tuve una pesadilla torrencial, en la que había una columna de fuego, poderosa pero contenida en sus límites, que brotaba de alguna profundidad. Hoy en el tren un hombre me decía: “Sufro mucho. Quisiera acostarme a dormir y despertarme dentro de un año”. Hablaba por él pero también por mí. (Moreno, 2018, p. 16) La imagen es descomunal. Condensa, en una situación extrema de resistencia —combatir contra 150 hombres del Ejército—, una figura onírica que construye sinestésicamente —torrente/fuego— el acto de elegir la propia muerte. Para Piglia (2013), quizás el hombre del tren nunca existió, como tampoco el soldado de “Carta a mis amigos” que da testimonio de lo ocurrido en la calle Corro 105, pero “lo que importa es que están ahí para poder narrar el punto ciego de la experiencia”. “El texto no se ajustaba a la verdad” (Moreno, 2018, p. 291) dirá Patricia Walsh sobre “Carta a mis amigos”. Y en un sentido fáctico podría tener razón. El camisón que llevaba puesto Vicky, sus risas luego de gatillar la metralleta Halcón, el cielo amaneciendo en Villa Luro y las palabras “Ustedes no nos matan, nosotros elegimos morir” que salen de su boca podrían ser artificios literarios de un padre que escribe, desde el dolor y la denuncia, la “forma de una ficción destinada a decir la verdad” (Piglia, 2013). Un dato preciso, determinante para su condición de verdad, puede ser el artificio que construya literatura: las siete de la mañana, en este caso. Walsh escribe en “Carta a mis amigos”: “A las 7 del 29 la despertaron [a Vicky] los altavoces del Ejército, los primeros tiros. […] He visto la escena con sus ojos: la terraza sobre las casas bajas, el cielo amanecido, y el cerco. El cerco de 150 hombres, los FAP emplazados, el tanque” (Moreno, 2018, p. 21). Sin embargo, ese “cielo amanecido” otra vez nos sitúa en “la ficción de una verdad”: Él ha visto la escena con sus ojos: la terraza sobre las casas bajas, el cielo amaneciendo, y el cerco, escribe. El hombre del dato y de la evidencia sabe que no amanece a las nueve de la mañana, hora del comienzo del ataque a la casa de la calle Corro. Pero no se equivoca: adelanta la hora. Justo él, que en Operación masacre centró sus denuncias [en una primera instancia, luego lo verá como un episodio más de la lucha de clases] en la precisión de la hora en que, a través de la radio, se anunció la vigencia de la Ley marcial. A las siete de la mañana Vicky está viva, y la imagina mirando el cielo. (Moreno, 2018, pp. 374-375) Walsh sostenía que el testimonio y la denuncia son “categorías artísticas por lo menos equivalentes y merecedoras de los mismos trabajos y esfuerzos que se le dedican a la ficción” (Moreno, 2018, p. 344). Y que en un futuro, quizás se inviertan los términos: […] lo que realmente sea apreciado en cuanto a arte sea la elaboración del testimonio o del documento, que, como todo el mundo sabe, admite cualquier grado de perfección. Es decir, evidentemente en el montaje, en la compaginación, en la selección, en el trabajo de investigación se abren inmensas posibilidades artísticas. (Moreno, 2018, p. 345) Enero del 2022, ola de calor en la Ciudad de Buenos Aires y hace varias horas que amaneció en Corro 105. Nos detenemos a intentar ver la escena con sus ojos. Ya lo intentó su padre y ahora lo seguimos intentando nosotros en ese gesto inclaudicable de memoria colectiva. María Moreno (2018) escribe, mientras se inscribe en esa serie de miradas: La casa de Corro 105 es una casa fea en un barrio que hace siesta como en 1976. […] Hoy las ventanas están casi clausuradas por rejas blancas de construcción barata. La impresión es de blindaje, de un secreto a persianas bajas. La miro y me detengo apenas en la esquina. (p. 355) “Hacer siesta como en 1976” puede ser una interpelación al “Algo habrán hecho”, al “Somos derechos y humanos”. Es decir, una siesta perenne en la cual los entramados de una muy remota dictadura se arropan muy plácidamente con las sábanas de la democracia. Aunque la impresión de la casa sea de blindaje, una de las personas que la habita no se mimetiza con tal coraza: el secreto se diluye y nos llama amablemente desde las persianas bajas. Nos comparte recortes de diarios del día del operativo y nos regala un recuerdo—“ya que ustedes son jóvenes”, nos dice—: una foto de la fachada de la casa del año 96 cuando el árbol plantado en homenaje a los caídos recién nacía. La memoria colectiva no se blinda. La “Carta abierta de un escritor a la Junta militar” implica un doble destinatario, el primero que se menciona explícitamente en el título y también otro al que se le habla, el público de amigos y periodistas a quienes se presupone la retransmisión de la carta. Sin embargo, este doble pacto retórico no solo está en relación con la Junta y los amigos/periodistas, sino que otro destinatario posible e hipotético ya se instala en el 77, como también unos meses antes con “Carta a Vicky” y “Cartas a mis amigos”: la memoria colectiva que, pese a las impunidades de ayer y hoy, se mantiene viva contra la amnesia y las violencias históricas y presentes. “El verdadero cementerio es la memoria”, ahí guardamos a les 30 000, ahí guardamos a todas las personas asesinadas en democracia. Y la memoria a veces se tensiona para brindarnos relatos, testimonios, experiencias que tienen tanta potencia que esa es su verdad. El aroma de los tilos, el hombre del tren, el conscripto que da el testimonio y el cielo amanecido de la calle Corro son las verdades del texto, son algunos de los artificios literarios que liquidan las fronteras entre ficción y realidad, que tensionan el binomio literatura/política y, sostenidos por el peso del documento o el testimonio, abren inmensos posibles, no solo artísticos, sino también vivibles. Abren la posibilidad para enceguecernos con otros amaneceres de fuego. Referencias bibliográficas Link, D. (2017) “Rodolfo Walsh, inteligencia de izquierda”. Conferencia pronunciada en el Centro Cultural San Martín. Moreno, M. (2018). Oración: Carta a Vicky y otras elegías políticas. Buenos Aires: Literatura Random House. Piglia, R. (2013). “Dos observaciones sobre Rodolfo Walsh”. La Nación [en línea]. Fecha de consulta: 8 de octubre del 2021. Disponible en: https://www.lanacion.com.ar/cultura/dos-observaciones-sobre-rodolfo-walsh-nid1589001/ Walsh, R. (2010). Operación masacre. Buenos Aires: Ediciones de la Flor.

  • Nadie puede determinar lo que puede un encuentro / Ezequiel Buyatti

    Hay veces que odio la pedagogía, ¿cómo erradicar de ella la domesticación y la opresión si fue inventada para tal fin? Pero hay veces, algunas veces, aunque sea una vez, que logra mutar. Y entonces recordamos que entre sangre y muertes inventaron revueltas, comunas, caracoles, barricadas, emancipaciones, autonomías, periódicos, murales, graffitis, stencils, hackeos, rondas y hasta escuelas. Y así, aun con “gusto a poco” recuperamos la locura de esos gestos que aquellas luchas inventadas nos legaron Verónica Scardamaglia A María le cuento que Maximiliano también pintaba. Le cuento que cortó, junto a Darío, calles y puentes para no cortar el dulce hilo de la vida, como nos susurra el lobo cada vez que la luna y la poesía se posan sobre la noche. Le cuento que escribió en uno de sus cuadros, la noche anterior a su asesinato, “Miro mucho más allá de lo visible”. Al igual que Maxi, María es una persona sensible y comprometida con la época que le toca vivir. A sus maneras, ambos insisten en no cortar ese dulce hilo. Alianzas insólitas que atraviesan épocas, contextos, espacios: hoy tengo un cuadro que me regaló María, estudiante de una escuela que intenta –y logra– alojar experiencias de vidas atravesadas por violencias sistémicas. No es menor lo que escribió en su pintura: “Van a pagar cada gota derramada de sangre popular”. Quizás ya pueda despedirme de este presente con mi gota en el mar y que alguien más siga desbordando el océano. Primer encuentro en otra trinchera en la que todavía se puede respirar. Intercambios, risas, debates, experiencias, conflictos, tensiones: se parte de las singularidades de lo vivo. Terminan las dos primeras horas y Aron se acerca con una sonrisa, mano extendida y me dice que hace bastante que no le pasaba algo así. Caricias al alma que nutren la vida, afectos que revitalizan cuerpos para seguir en movimiento. Abril y Federico enuncian –con un mismo significado pero diferente significante– algo que conecta a dos cartas: “Carta a Vicki” y “Carta abierta de un escritor a la Junta militar” de Rodolfo Walsh. Para Abril, ese punto de conexión se construye con un “Elijo morir”. Para Federico, con un “No les importó nada”. La construcción de una heroína que había elegido que su muerte le perteneciera: “Ustedes no nos matan, nosotros elegimos morir”. La intervención fundada en el prestigio del nombre propio o en su posición en el campo político e intelectual sabiendo lo que le podía suceder: “Rodolfo Walsh. - C. I 2845022. Buenos Aires, 24 de marzo de 1977”. Hija y padre eligiendo su propia muerte, como también así su propia vida que viaja por encuentros, lecturas, miradas y conversaciones que nadie puede determinar. Viajes que preservan la memoria histórica ajena al entumecimiento estatizado. 15 y 17 años. Historias cargadas de situaciones que desgarran al tan vacío, violento e inerte discurso de “la igualdad de oportunidades”. Abril y Federico están interesados por lo sensible. Se les nota. Una quiere conseguir Operación masacre. El otro quiere volver a escribir poesía. Situaciones para seguir experimentando la potencia de lo vivo existen de sobra. Tenemos la capacidad de encontrarlas, crearlas, vivirlas. Una de ellas se presenta: 11 de junio. Esta fecha aglutina dos acontecimientos: el cumpleaños número 18 de Federico y el día de su juicio. Estuvo en institutos de menores y el 11 de junio es la última fecha para dejar esa etapa atrás. “En el instituto conocí la poesía de Camilo Blajaquis”, me dice. Le contesto que si sabía que este libro que estoy sosteniendo –Operación masacre– es uno de los primeros que leyó según lo que dijo en entrevistas. “Piel de gallina”, me dice con una sonrisa y mostrando el brazo. Le propongo escribir lo que quiera para ese 11 de junio tan importante para él: una crónica, una poesía, un breve texto. Con gusto acepta. A la espera, entonces, de esas palabras. La vida viaja por ese hilo que trae y lleva encuentros, lecturas, miradas y conversaciones que nadie puede determinar. Insistimos: nadie puede determinar lo que puede un encuentro. Lo inesperado, por más que las asfixias de los muros intenten invalidarlo, irrumpe en las determinaciones estériles de planes, consignas, notas y programas, encontrando pliegues por donde asomarse, encontrando resquicios por donde podemos mirar mucho más allá de lo visible.

  • Cambio de luces / Julio Cortázar

    Esos jueves al caer la noche cuando Lemos me llamaba después del ensayo en Radio Belgrano y entre dos cinzanos los proyectos de nuevas piezas, tener que escuchárselos con tantas ganas de irme a la calle y olvidarme del radioteatro por dos o tres siglos, pero Lemos era el autor de moda y me pagaba bien para lo poco que yo tenía que hacer en sus programas, papeles más bien secundarios y en general antipáticos. Tenés la voz que conviene, decía amablemente Lemos, el radioescucha te escucha y te odia, no hace falta que traiciones a nadie o que mates a tu mamá con estricnina, vos abrís la boca y ahí nomás media Argentina quisiera romperte el alma a fuego lento. No Luciana, precisamente el día en que nuestro galán Jorge Fuentes al término de Rosas de ignominia recibía dos canastas de cartas de amor y un corderito blanco mandado por una estanciera romántica del lado de Tandil, el petiso Mazza me entregó el primer sobre lila de Luciana. Acostumbrado a la nada en tantas de sus formas, me lo guardé en el bolsillo antes de irme al café (teníamos una semana de descanso después del triunfo de Rosas y el comienzo de Pájaro en la tormenta) y solamente en el segundo martini con Juárez Celman y Olive me subió al recuerdo el color del sobre y me di cuenta de que no había leído la carta; no quise delante de ellos porque los aburridos buscan tema y un sobre lila es una mina de oro, esperé a llegar a mi departamento donde la gata por lo menos no se fijaba en esas cosas, le di su leche y su ración de arrumacos, conocí a Luciana. No necesito ver una foto de usted, decía Luciana, no me importa que Sintonía y Antena publiquen fotos de Míguez y de Jorge Fuentes pero nunca de usted, no me importa porque tengo su voz, y tampoco me importa que digan que es antipático y villano, no me importa que sus papeles engañen a todo el mundo, al contrario, porque me hago la ilusión de ser la sola que sabe la verdad: usted sufre cuando interpreta esos papeles, usted pone su talento pero yo siento que no está ahí de veras como Míguez o Raquelita Bailey, usted es tan diferente del príncipe cruel de Rosas de ignominia. Creyendo que odian al príncipe lo odian a usted, la gente confunde y ya me di cuenta con mi tía Poli y otras personas el año pasado cuando usted era Vassilis, el contrabandista asesino. Esta tarde me he sentido un poco sola y he querido decirle esto, tal vez no soy la única que se lo ha dicho y de alguna manera lo deseo por usted, que se sepa acompañado a pesar de todo, pero al mismo tiempo me gustaría ser la única que sabe pasar al otro lado de sus papeles y de su voz, que está segura de conocerlo de veras y de admirarlo más que a los que tienen los papeles fáciles. Es como con Shakespeare, nunca se lo he dicho a nadie, pero cuando usted hizo el papel, Yago me gustó más que Otelo. No se crea obligado a contestarme, pongo mi dirección por si realmente quiere hacerlo, pero si no lo hace yo me sentiré lo mismo feliz de haberle escrito todo esto. Caía la noche, la letra era liviana y fluida, la gata se había dormido después de jugar con el sobre lila en el almohadón del sofá. Desde la irreversible ausencia de Bruna ya no se cenaba en mi departamento, las latas nos bastaban a la gata y a mí, y a mí especialmente el coñac y la pipa. En los días de descanso (después tendría que trabajar el papel de Pájaro en la tormenta) releí la carta de Luciana sin intención de contestarla porque en ese terreno un actor, aunque solamente reciba una carta cada tres años, estimada Luciana, le contesté antes de irme al cine el viernes por la noche, me conmueven sus palabras y ésta no es una frase de cortesía. Claro que no lo era, escribí como si esa mujer que imaginaba más bien chiquita y triste y de pelo castaño con ojos claros estuviera sentada ahí y yo le dijera que me conmovían sus palabras. El resto salió más convencional porque no encontraba qué decirle después de la verdad, todo se quedaba en un relleno de papel, dos o tres frases de simpatía y gratitud, su amigo Tito Balcárcel. Pero había otra verdad en la posdata: Me alegro de que me haya dado su dirección, hubiera sido triste no poder decirle lo que siento. A nadie le gusta confesarlo, cuando no se trabaja uno termina por aburrirse un poco, al menos alguien como yo. De muchacho tenía bastantes aventuras sentimentales, en las horas libres podía recorrer el espinel y casi siempre había pesca, pero después vino Bruna y eso duró cuatro años, a los treinta y cinco la vida en Buenos Aires empieza a desteñirse y parece que se achicara, al menos para alguien que vive solo con una gata y no es gran lector ni amigo de caminar mucho. No que me sienta viejo, al contrario; más bien parecería que son los demás, las cosas mismas que envejecen y se agrietan; por eso a lo mejor preferir las tardes en el departamento, ensayar Pájaro en la tormenta a solas con la gata mirándome, vengarme de esos papeles ingratos llevándolos a la perfección, haciéndolos míos y no de Lemos, transformando las frases más simples en un juego de espejos que multiplica lo peligroso y fascinante del personaje. Y así a la hora de leer el papel en la radio todo estaba previsto, cada coma y cada inflexión de la voz, graduando los caminos del odio (otra vez era uno de esos personajes con algunos aspectos perdonables pero cayendo poco a poco en la infamia hasta un epílogo de persecución al borde de un precipicio y salto final con gran contento de radioescuchas). Cuando entre dos mates encontré la carta de Luciana olvidada en el estante de las revistas y la releí de puro aburrido, pasó que de nuevo la vi, siempre he sido visual y fabrico fácil cualquier cosa, de entrada Luciana se me había dado más bien chiquita y de mi edad o por ahí, sobre todo con ojos claros y como transparentes, y de nuevo la imaginé así, volví a verla como pensativa antes de escribirme cada frase y después decidiéndose. De una cosa estaba seguro, Luciana no era mujer de borradores, seguro que había dudado antes de escribirme, pero después escuchándome en Rosas de ignominia le habían ido viniendo las frases, se sentía que la carta era espontánea y a la vez —acaso por el papel lila— dándome la sensación de un licor que ha dormido largamente en su frasco. Hasta su casa imaginé con sólo entornar los ojos, su casa debía ser de esas con patio cubierto o por lo menos galería con plantas, cada vez que pensaba en Luciana la veía en el mismo lugar, la galería desplazando finalmente el patio, una galería cerrada con claraboyas de vidrios de colores y mamparas que dejaban pasar la luz agrisándola, Luciana sentada en un sillón de mimbre y escribiéndome usted es muy diferente del príncipe cruel de Rosas de ignominia, llevándose la lapicera a la boca antes de seguir, nadie lo sabe porque tiene tanto talento que la gente lo odia, el pelo castaño como envuelto por una luz de vieja fotografía, ese aire ceniciento y a la vez nítido de la galería cerrada, me gustaría ser la única que sabe pasar al otro lado de sus papeles y de su voz. La víspera de la primera tanda de Pájaro hubo que comer con Lemos y los otros, se ensayaron algunas escenas de esas que Lemos llamaba clave y nosotros clavo, choque de temperamentos y andanadas dramáticas, Raquelita Bailey muy bien en el papel de Josefina, la altanera muchacha que lentamente yo envolvería en mi consabida telaraña de maldades para las que Lemos no tenía límites. Los otros calzaban justo en sus papeles, total maldita la diferencia entre ésa y las dieciocho radionovelas que ya llevábamos actuadas. Si me acuerdo del ensayo es porque el petiso Mazza me trajo la segunda carta de Luciana y esa vez sentí ganas de leerla enseguida y me fui un rato al baño mientras Angelita y Jorge Fuentes se juraban amor eterno en un baile de Gimnasia y Esgrima, esos escenarios de Lemos que desencadenaban el entusiasmo de los habitúes y daban más fuerza a las identificaciones psicológicas con los personajes, por lo menos según Lemos y Freud. Le acepté la simple, linda invitación a conocerla en una confitería de Almagro. Había el detalle monótono del reconocimiento, ella de rojo y yo llevando el diario doblado en cuatro, no podía ser de otro modo y el resto era Luciana escribiéndome de nuevo en la galería cubierta, sola con su madre o tal vez su padre, desde el principio yo había visto un viejo con ella en una casa para una familia más grande y ahora llena de huecos donde habitaba la melancolía de la madre por otra hija muerta o ausente, porque acaso la muerte había pasado por la casa no hacía mucho, y si usted no quiere o no puede yo sabré comprender, no me corresponde tomar la iniciativa pero también sé —lo había subrayado sin énfasis— que alguien como usted está por encima de muchas cosas. Y agregaba algo que yo no había pensado y que me encantó, usted no me conoce salvo esa otra carta, pero yo hace tres años que vivo su vida, lo siento como es de veras en cada personaje nuevo, lo arranco del teatro y usted es siempre el mismo para mí cuando ya no tiene el antifaz de su papel. (Esa segunda carta se me perdió, pero las frases eran así, decían eso; recuerdo en cambio que la primera carta la guardé en un libro de Moravia que estaba leyendo, seguro que sigue ahí en la biblioteca). Si se lo hubiera contado a Lemos le habría dado una idea para otra pieza, clavado que el encuentro se cumplía después de algunas alternativas de suspenso y entonces el muchacho descubría que Luciana era idéntica a lo que había imaginado, prueba de cómo el amor se adelanta al amor y la vista a la vista, teorías que siempre funcionaban bien en Radio Bel grano. Pero Luciana era una mujer de más de treinta años, llevados eso sí con todas las de la ley, bastante menos menuda que la mujer de las cartas en la galería, y con un precioso pelo negro que vivía como por su cuenta cuando movía la cabeza. De la cara de Luciana yo no me había hecho una imagen precisa salvo los ojos claros y la tristeza; los que ahora me recibieron sonriéndome eran marrones y nada tristes bajo ese pelo movedizo. Que le gustara el whisky me pareció simpático, por el lado de Lemos casi todos los encuentros románticos empezaban con té (y con Bruna había sido café con leche en un vagón de ferrocarril). No se disculpó por la invitación, y yo que a veces sobreactúo porque en el fondo no creo demasiado en nada de lo que me sucede, me sentí muy natural y el whisky por una vez no era falsificado. De veras, lo pasamos muy bien y fue como si nos hubieran presentado por casualidad y sin sobreentendidos, como empiezan las buenas relaciones en que nadie tiene nada que exhibir o que disimular; era lógico que se hablara sobre todo de mí porque yo era el conocido y ella solamente dos cartas y Luciana, por eso sin parecer vanidoso la dejé que me recordara en tantas novelas radiales, aquella en que me mataban torturándome, la de los obreros sepultados en la mina, algunos otros papeles. Poco a poco yo le iba ajustando la cara y la voz, desprendiéndome con trabajo de las cartas, de la galería cerrada y el sillón de mimbre; antes de separarnos me enteré de que vivía en un departamento bastante chico en planta baja y con su tía Poli que allá por los años treinta había tocado el piano en Pergamino. También Luciana hacía sus ajustes como siempre en esas relaciones de gallo ciego, casi al final me dijo que me había imaginado más alto, con pelo crespo y ojos grises; lo del pelo crespo me sobresaltó porque en ninguno de mis papeles yo me había sentido a mí mismo con pelo crespo, pero acaso su idea era como una suma, un amontonamiento de todas las canalladas y las traiciones de las piezas de Lemos. Se lo comenté en broma y Luciana dijo que no, los personajes los había visto tal como Lemos los pintaba pero al mismo tiempo era capaz de ignorarlos, de hermosamente quedarse sólo conmigo, con mi voz y vaya a saber por qué con una imagen de alguien más alto, de alguien con el pelo crespo. Si Bruna hubiera estado aún en mi vida no creo que me hubiera enamorado de Luciana; su ausencia era todavía demasiado presente, un hueco en el aire que Luciana empezó a llenar sin saberlo, probablemente sin esperarlo. En ella en cambio todo fue más rápido, fue pasar de mi voz a ese otro Tito Balcárcel de pelo lacio y menos personalidad que los monstruos de Lemos; todas esas operaciones duraron apenas un mes, se cumplieron en dos encuentros en cafés, un tercero en mi departamento, la gata aceptó el perfume y la piel de Luciana, se le durmió en la falda, no pareció de acuerdo con un anochecer en que de golpe estuvo de más, en que debió saltar maullando al suelo. La tía Poli se fue a vivir a Pergamino con una hermana, su misión estaba cumplida y Luciana se mudó a mi casa esa semana; cuando la ayudé a preparar sus cosas me dolió la falta de la galería cubierta, de la luz cenicienta, sabía que no las iba a encontrar y sin embargo había algo como una carencia, una imperfección. La tarde de la mudanza la tía Poli me contó dulcemente la módica saga de la familia, la infancia de Luciana, el novio aspirado para siempre por una oferta de frigoríficos de Chicago, el matrimonio con un hotelero de Primera Junta y la ruptura seis años atrás, cosas que yo había sabido por Luciana pero de otra manera, como si ella no hubiera hablado verdaderamente de sí misma ahora que parecía empezar a vivir por cuenta de otro presente, de mi cuerpo contra el suyo, los platitos de leche a la gata, el cine a cada rato, el amor. Me acuerdo que fue más o menos en la época de Sangre en las espigas cuando le pedí a Luciana que se aclarara el pelo. Al principio le pareció un capricho de actor, si querés me compro una peluca, me dijo riéndose, y de paso a vos te quedaría tan bien una con el pelo crespo, ya que estamos. Pero cuando insistí unos días después, dijo que bueno, total lo mismo le daba el pelo negro o castaño, fue casi como si se diera cuenta de que en mí ese cambio no tenía nada que ver con mis manías de actor sino con otras cosas, una galería cubierta, un sillón de mimbre. No tuve que pedírselo otra vez, me gustó que lo hubiera hecho por mí y se lo dije tantas veces mientras nos amábamos, mientras me perdía en su pelo y sus senos y me dejaba resbalar con ella a otro largo sueño boca a boca. (Tal vez a la mañana siguiente, o fue antes de salir de compras, no lo tengo claro, le junté el pelo con las dos manos y se lo até en la nuca, le aseguré que le quedaba mejor así. Ella se miró en el espejo y no dijo nada, aunque sentí que no estaba de acuerdo y que tenía razón, no era mujer para recogerse el pelo, imposible negar que le quedaba mejor cuando lo llevaba suelto antes de aclarárselo, pero no se lo dije porque me gustaba verla así, verla mejor que aquella tarde cuando había entrado por primera vez en la confitería). Nunca me había gustado escucharme actuando, hacía mi trabajo y basta, los colegas se extrañaban de esa falta de vanidad que en ellos era tan visible; debían pensar, acaso con razón, que la naturaleza de mis papeles no me inducía demasiado a recordarlos, y por eso Lemos me miró levantando las cejas cuando le pedí los discos de archivo de Rosas de ignominia, me preguntó para qué lo quería y le contesté cualquier cosa, problemas de dicción que me interesaba superar o algo así. Cuando llegué con el álbum de discos, Luciana se sorprendió también un poco porque yo no le hablaba nunca de mi trabajo, era ella que cada tanto me daba sus impresiones, me escuchaba por las tardes con la gata en la falda. Repetí lo que le había dicho a Lemos pero en vez de escuchar las grabaciones en otro cuarto traje el tocadiscos al salón y le pedí a Luciana que se quedara un rato conmigo, yo mismo preparé el té y arreglé las luces para que estuviera cómoda. Por qué cambias de lugar esa lámpara, dijo Luciana, queda bien ahí. Quedaba bien como objeto pero echaba una luz cruda y caliente sobre el sofá donde se sentaba Luciana, era mejor que sólo le llegara la penumbra de la tarde desde la ventana, una luz un poco cenicienta que se envolvía en su pelo, en sus manos ocupándose del té. Me mimas demasiado, dijo Luciana, todo para mí y vos ahí en un rincón sin siquiera sentarte. Desde luego puse solamente algunos pasajes de Rosas, el tiempo de dos tazas de té, de un cigarrillo. Me hacía bien mirar a Luciana atenta al drama, alzando a veces la cabeza cuando reconocía mi voz y sonriéndome como si no le importara saber que el miserable cuñado de la pobre Carmencita comenzaba sus intrigas para quedarse con la fortuna de los Pardo, y que la siniestra tarea continuaría a lo largo de tantos episodios hasta el inevitable triunfo del amor y la justicia según Lemos. En mi rincón (había aceptado una taza de té a su lado pero después había vuelto al fondo del salón como si desde ahí se escuchara mejor) me sentía bien, reencontraba por un momento algo que me había estado faltando; hubiera querido que todo eso se prolongara, que la luz del anochecer siguiera pareciéndose a la de la galería cubierta. No podía ser, claro, y corté el tocadiscos y salimos juntos al balcón después que Luciana hubo devuelto la lámpara a su sitio porque realmente quedaba mal allí donde yo la había corrido. ¿Te sirvió de algo escucharte?, me preguntó acariciándome una mano. Sí, de mucho, hablé de problemas de respiración, de vocales, cualquier cosa que ella aceptaba con respeto; lo único que no le dije fue que en ese momento perfecto sólo había faltado el sillón de mimbre y quizá también que ella hubiera estado triste, como alguien que mira el vacío antes de continuar el párrafo de una carta. Estábamos llegando al final de Sangre en las espigas, tres semanas más y me darían vacaciones. Al volver de la radio encontraba a Luciana leyendo o jugando con la gata en el sillón que le había regalado para su cumpleaños junto con la mesa de mimbre que hacía juego. No tiene nada que ver con este ambiente, había dicho Luciana entre divertida y perpleja, pero si a vos te gustan a mí también, es un lindo juego y tan cómodo. Vas a estar mejor en él si tenés que escribir cartas, le dije. Sí, admitió Luciana, justamente estoy en deuda con tía Poli, pobrecita. Como por la tarde tenía poca luz en el sillón (no creo que se hubiera dado cuenta de que yo había cambiado la bombilla de la lámpara) acabó por poner la mesita y el sillón cerca de la ventana para tejer o mirar las revistas, y tal vez fue en esos días de otoño, o un poco después, que una tarde me quedé mucho tiempo a su lado, la besé largamente y le dije que nunca la había querido tanto como en ese momento, tal como la estaba viendo, como hubiera querido verla siempre. Ella no dijo nada, sus manos andaban por mi pelo despeinándome, su cabeza se volcó sobre mi hombro y se estuvo quieta, como ausente. ¿Por qué esperar otra cosa de Luciana, así al filo del atardecer? Ella era como los sobres lila, como las simples, casi tímidas frases de sus cartas. A partir de ahora me costaría imaginar que la había conocido en una confitería, que su pelo negro suelto había ondulado como un látigo en el momento de saludarme, de vencer la primera confusión del encuentro. En la memoria de mi amor estaba la galería cubierta, la silueta en un sillón de mimbre distanciándola de la imagen más alta y vital que de mañana andaba por la casa o jugaba con la gata, esa imagen que al atardecer entraría una y otra vez en lo que yo había querido, en lo que me hacía amarla tanto. Decírselo, quizá. No tuve tiempo, pienso que vacilé porque prefería guardarla así, la plenitud era tan grande que no quería pensar en su vago silencio, en una distracción que no le había conocido antes, en una manera de mirarme por momentos como si buscara, algo, un aletazo de mirada devuelta enseguida a lo inmediato, a la gata o a un libro. También eso entraba en mi manera de preferirla, era el clima melancólico de la galería cubierta, de los sobres lila. Sé que en algún despertar en la alta noche, mirándola dormir contra mí, sentí que había llegado el tiempo de decírselo, de volverla definitivamente mía por una aceptación total de mi lenta telaraña enamorada. No lo hice porque Luciana dormía, porque Luciana estaba despierta, porque ese martes íbamos al cine, porque estábamos buscando un auto para las vacaciones porque la vida venía a grandes pantallazos antes y después de los atardeceres en que la luz cenicienta parecía condensar su perfección en la pausa del sillón de mimbre. Que me hablara tan poco ahora, que a veces volviera a mirarme como buscando alguna cosa perdida, retardaban en mí la oscura necesidad de confiarle la verdad de explicarle por fin el pelo castaño, la luz de la galería No tuve tiempo, un azar de horarios cambiados me llevó al centro un fin de mañana, la vi salir de un hotel, no la reconocí al reconocerla, no comprendí al comprender que salía apretando el brazo de un hombre más alto que yo, un hombre que se inclinaba un poco para besarla en la oreja, para frotar su pelo crespo contra el pelo castaño de Luciana. Fuente: Alguien que anda por ahí, 1977, editorial Hermes.

  • Adynata Abril / VPS

    flor de loto en un estanque ahora mandala miles de ríos trabajando la montaña párpados y ráfagas dioses enloquecidos con besos de ceniza destrucción fértil y el abrigo del agua Juan Pablo Grabowski En Adynata (y no sólo aquí) necesitamos de lo imposible para que se abra paso en las escrituras, en las militancias, en lo clínico. Y la necesidad de escribirlo, decirlo, soñarlo, pedirlo. De realizarlo. De mantenerlo como horizonte. El recorrido de escrituras de Abril viene con velocidades y lentitudes, aromas y colores que se enhebran en un mapa, “un Mapa del Imperio, que tenía el tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él”. Mapa con encuentros de cartografías nómades que no se aferran a certezas y hacen decir “me abrazó y empezamos a caminar hacia alguna parte en ese aire que no era neblina ni claridad.” Encuentros que no están destinados a suceder, como lo advierte Agostina Falco “Recuerdo perfectamente ese día, recuerdo la perfecta correspondencia entre una mano y un corazón; como dos cosas que sin estar llamadas a juntarse, de repente, lo hacían”. Encuentros que no saben todo lo que pueden, como nos recuerda Ezequiel Buyatti, plagados de “afectos que revitalizan cuerpos para seguir en movimiento”. Encuentros que se llenan de advertencias “La movilización de masas son líneas de fuga, pero pueden ser Hitler.” nos dice Fernando Stivala y agrega “Nietzsche trae el martillo y nos pone de frente a una serie de problemas. Zaratustra, un viento que los recorre.” Vientos que nos arrebatan. “Cuando los pensamientos atacan, los ojos se cierran./ Los oídos se suicidan.” y cae un alud. Y las palabras, faltan. Tantísimas veces, faltan. O decidimos atragantarnos con ellas en ese momento y vomitarlas luego, como en ¿Qué mata?. O nos llevan a decidir despedirnos de ellas, como Lord Chandos: “las palabras abstractas, de las que conforme a la naturaleza, se tiene que servir la lengua para manifestar cualquier opinión, se me desintegraban en la boca como saetas mohosas.” Entonces otro tiempo se hace imprescindible, quizás ese al que nos invita la maravillosa Susana Villalba “El tiempo -se dijo- / será esta ceremonia / del té”. Un tiempo de una militancia gozosa, como escribe Silvia Federici “No podemos situar nuestras metas en un futuro que no deja de alejarse. Los pueblos nativos de las Américas nos enseñan, por ejemplo, lo importantes que son las fiesta no solo como una forma de recrearse, sino también de construir solidaridad, de resignificar nuestro afecto y responsabilidad mutuos.” Hay veces que en los consultorios jugamos a rodear lo imposible en ese otro tiempo que se intenta en la clínica. Una vez, hace pocos meses, imaginamos un mundo organizado por aguas. Un mundo descentrado de la tierra, donde la referencia vital tuviera que ver con las aguas. Allí, lxs del Pacífico nos contarían cómo se hace para habitar esas angosturas que te hacen ver la cordillera y el mar; que te hacen pasar, rápidamente, de la Revuelta al orden. Lxs del Mar Muerto nos transmitirían sus saberes extrasalados acerca de la flotación. No existirían fronteras. Los Amores Transatlánticos, ya olvidados del amor libre, del poliamor, del cuento de la monogamia, recordarían el ir y venir, las cercanías y las distancias, el quedarse y partir, las maravillas del viajar. Un mundo donde la aspiración fuera a llenarse la mirada de río, a aprender de los movimientos necesarios para caminar sobre piedras movedizas para cruzarlos, aunque duelan los pies. Un mundo de complicidades con los vientos y las mareas. Ya sea para navegar, ya para conocer el pulso de las subidas y bajadas. Un mundo en el que admirar y respetar lo caudaloso. Y llorar las sequías. Como las aguas asumen muchas formas y pasan por muchos estados, en este mundo tendríamos muchos mundos y múltiples formas descentradas y móviles de organizarlos. Y alguna sabiduría nómade: “construir un refugio ligero para un hacer náufrago”.

  • Sobre la militancia gozosa / Silvia Federici

    El principio de la militancia gozosa consiste en que, o nuestra actividad política es liberadora, o cambia nuestra vida de una forma positiva, que nos permita crecer y nos haga gozar, o hay algo en nuestro activismo que no funciona. El activismo triste suele provenir de un sentido exagerado de lo que somos capaces de hacer nosotros solos, de manera individual, lo que conduce al hábito de sobrecargarnos. Esto me lleva a recordar las metamorfosis de las que habla Nietzsche en Así habló Zaratustra, donde describe al camello como una bestia de carga, la encarnación del espíritu de la gravedad. El camello es el prototipo de aquellos militantes que cargan siempre con inmensas cantidades de trabajo, porque piensan que el destino del mundo depende de ellos. Los militantes heroicos, estajanovistas, están siempre tristes porque se esfuerzan por hacer tantas cosas que nunca están del todo presentes en lo que están haciendo, nunca están del todo presentes en sus vidas y no pueden apreciar las posibilidades transformadoras de su quehacer político. Cuando funcionamos así, estamos, además, frustrados porque lo que hacemos no nos transforma y no tenemos tiempo para cambiar la relación con las personas con las que trabajamos. El error está en fijarnos metas que no podemos alcanzar y en luchar siempre "en contra", en lugar de intentar construir algo. Esto implica una proyección siempre a futuro, mientras que el activismo gozoso es constructivo ahora, en el presente. Cada vez más personas hoy lo ven de este modo. No podemos situar nuestras metas en un futuro que no deja de alejarse. Necesitamos fijarnos objetivos que podamos alcanzar en parte también en el presente, aunque ciertamente nuestro horizonte tiene que ser más amplio. Nuestro activismo político debe cambiar positivamente nuestra vida y nuestras relaciones con la gente que nos rodea. La tristeza aparece cuando no dejamos de posponer nuestros logros hacia un futuro que no termina de llegar y, como resultado, nos cegamos ante las posibilidades del presente. Asimismo, me opongo a la noción del autosacrificio. No creo en el sacrificio si lo que significa es reprimirnos, hacer cosas en contra de nuestras necesidades, nuestros deseos y nuestro potencial. Con esto no quiero decir que el activismo político no vaya a hacernos sufrir. Pero existe una diferencia entre sufrir porque hemos decidido hacer algo que tiene consecuencias dolorosas -como enfrentarse a la represión o ver sufrir a las personas que nos importan- y el autosacrificio, que es hacer algo contra nuestro deseo y nuestra voluntad, sólo porque pensamos que es nuestro deber. Así es como las personas se tornan infelices e insatisfechas. El activismo político tiene que ser sanador. Tiene que darnos fuerza, capacidad de visión, tiene que elevar nuestro sentido de la solidaridad y hacernos tomar conciencia de nuestra Interdependencia. Ser capaces de politizar nuestro dolor, de convertirlo en una fuente de conocimiento, en algo que nos conecte con otras personas: todo esto tiene un poder curativo. Es "empoderante" (una palabra que, de todos modos, ha dejado de gustarme). Creo que la izquierda radical a menudo no logra atraer a la gente porque no presta atención a la faceta reproductiva del trabajo político, las cenas colectivas, las canciones que refuerzan nuestro sentimiento de ser parte de un sujeto colectivo o las relaciones afectivas que desarrollamos entre nosotros. Los pueblos nativos de las Américas nos enseñan, por ejemplo, lo importantes que son las fiesta no solo como una forma de recrearse, sino también de construir solidaridad, de resignificar nuestro afecto y responsabilidad mutuos. Nos enseñan lo importantes que son las actividades que reúnen a la gente, que nos hacen sentir el calor de la solidaridad y que fortalecen la confianza. Por eso se toman muy en serio la organización de las fiestas. Con todas sus limitaciones, las antiguas organizaciones obreras de antes también cumplían esta función y construían centros a los que los trabajadores (varones) podían ir después de trabajar para tomarse un vino, encontrarse con sus camaradas y enterarse de las últimas novedades y las acciones que se habían planeado. De este modo, el activismo creaba una familia extendida, se garantizaba la transmisión de conocimiento entre las distintas generaciones y la propia política adquiría un significado diferente. La izquierda no ha compartido esta cultura, al menos en nuestra época, y de ahí surge en parte la tristeza. El activismo "debería" cambiar nuestra relación con las personas, reforzar nuestra conectividad e infundirnos valor al saber que no estamos solos contra el mundo. Prefiero hablar de gozo más que de felicidad. Prefiero el gozo porque es una pasión activa. No es un estado estático del ser. No es estar satisfecho con las cosas como son. Es sentir nuestra fuerza, ver cómo crecen nuestras capacidades en nosotros y en la gente que nos rodea. Es un sentimiento que resulta de un proceso de transformación. Significa, empleando el lenguaje de Spinoza, que entendemos la situación en la que estamos y nos desplazamos de acuerdo a lo que se necesita de nosotros en ese momento. Así pues, sentimos que tenemos el poder de cambiar y que estamos cambiando, junto a otras personas. No es aquiescencia hacia lo que existe. Spinoza dice que el gozo procede de la razón y el conocimiento. Un paso importante es entender que llegamos al movimiento con muchas cicatrices. Todos estamos marcados por la vida en la sociedad capitalista. De hecho, por eso queremos luchar y cambiar el mundo, algo que no sería necesario si pudiésemos ser perfectos seres humanos-lo que sea que eso signifique- en la sociedad que ya tenemos. Sin embargo, a menudo nos decepcionamos porque imaginamos que solo vamos a encontrar relaciones armoniosas en el movimiento y, en cambio, nos topamos con celos, rumores y relaciones de poder desiguales. También en los movimientos de mujeres podemos transitar relaciones dolorosas y decepcionantes. Es más, en los grupos y organizaciones de mujeres es probable que experimentemos las mayores decepciones y sufrimientos. Y es que podemos esperar que los varones nos traicionen y nos decepcionen, pero no lo esperamos de las mujeres y no nos imaginamos que, como mujeres, también podamos hacernos daño, sentirnos devaluadas, invisibles, o hacer que otras mujeres se sientan así. Ciertamente, a veces detrás de los conflictos personales hay diferencias políticas no reconocidas que pueden ser insuperables. Pero también podemos sentirnos traicionadas y desilusionadas, porque damos por sentado que estar en un movimiento radical y, sobre todo, en un movimiento feminista nos garantiza librarnos de todas las heridas que llevamos en nuestro cuerpo y alma y, por lo tanto, bajamos la guardia como nunca lo haríamos con varones o en organizaciones mixtas. Inevitablemente se impone la tristeza, a veces hasta tal punto que decidimos abandonar. Con el tiempo, aprendemos que la mezquindad, los celos, la vulnerabilidad excesiva que muchas veces encontramos en los movimientos de mujeres son, a menudo, producto de la distorsión que genera la vida en la sociedad capitalista. Una parte de nuestro aprendizaje político es saber identificarlos y no dejar que nos destruyan. Fuente: Silvia B. Federici (2022) Ir más allá de la piel. Ed. Tinta limón

  • Carta al Deseo Nómade* - Monólogo del amante / Juan Pablo Grabowski

    En movimiento, 10 de marzo de 2023 Atravesé el deseo nómade como a las formas del amor y me quedaron palabras dibujadas en la piel cuerpo mapa flor de loto en un estanque ahora mandala miles de ríos trabajando la montaña párpados y ráfagas dioses enloquecidos con besos de ceniza destrucción fértil y el abrigo del agua páginas enredadas en la lengua con versos duros de un libro hecho de tierra de bordes difusos como el bosque Tuve que matar varias veces los propios pasos para poder traicionar al rostro del amor como ausencia de recuperación de lo robado de la entrega y de la cruz Sucede que también puede decírsele amor a una trampa. A una captura. A la jaula que los personajes míticos hacen con sus propios huesos. A la relación cerrada y blanca que los define y los empuja con hambre a morderse un poco más. A roer hasta encontrarse en las pupilas ajenas con la sonrisa forzada de obedecer lo que nos parasita. Una caricatura del amor que el deseo nómade desnuda entre susurros (aunque el murmullo incipiente está anunciado) con la sutileza y la elegancia propias de quien esquiva el juicio. Ondulación y contundencia del agua. Precisión y velocidad del fuego. Todos los opuestos caen. Hay un pliegue Adriana Zambrini - Nick Cave en el que siempre el decir está implicado. Hasta las manos. Sin el asco inducido hacia la diferencia. Sin nostalgia ni impostura de lo normal. Qué difícil y qué necesario poder escuchar sin miedo. Sin tener que defender nada. Mirar a los ojos a la tristeza, al dolor, a lo terrible o a lo patético y ver también ahí, justamente ahí, al amor enredado y torpe, coagulado, cansado de dar vueltas sobre sí mismo. Sabiduría nómade: construir un refugio ligero para un hacer náufrago. Ser a la vez mapa, refugio y desierto. Moverse hasta que nos encuentre un lugar. Saber que el lugar siempre es un adentro, un interior impropio al que se llega desarmado. Y que en lo más adentro del adentro, siempre está el afuera. Se escucha con cada partícula sensible y en tierra de nadie, se dice en complicidad y en un lenguaje inventado para no avivar al poder. ¿Puede un libro clínico apostar al amor? ¿Puede no hacerlo? Un miedo aterrador a vivir, al dolor de romperse viviendo, a que lo desconocido nos toque, es parte de hacer del amor una plegaria. Y dios siempre está escuchando. Entonces cae seductoramente del cielo un molde piadoso que nos invita a pasar de a dos y sólo de a dos para salvarnos. Primer sello. Luego nos imprime un rostro ciego en ambas caras: ya no sé dónde estás / ya no sé dónde estoy. Segundo sello, ya de rodillas. Luego nos abre bien grande la boca y nos ata con espinas la lengua. Tercer sello: silencio eternizado en el ser dicho constante. El pensamiento afilado y preciso que corta el teatro como quien tajea un lienzo está hecho de una mirada capaz de ver que cada pliegue necesario en ese movimiento es una soldadura en el amar. Que al final un acto clínico es soltar un amarre. Como Marisa [1], cuando nos dijo, sin romantizar y como si fuese obvio, que la tarea es transformar la basura en belleza. El deseo nómade abre caminos borrando constelaciones con el codo para mostrarnos que fugarse es un juego. Un juego posible con la muerte. Un juego donde somos finitos. Un juego donde amar es riesgo. Un juego indocumentado, flojito de papeles, desviado y mutante. Una mirada de origami invertido que en despliegue va de lo patético a lo digno. De la memoria y el presagio a la erupción de lo sensible. Dicen Deleuze y Guattari: “El devenir sensible es el acto a través del cual algo o alguien se convierte en otro (sin dejar de ser lo que es)...” [2] Entonces: Meterse en el barro y desarmarse hasta poder escuchar más acá de la escritura de la propia historia Mirar sin creer en nada hasta encontrar la ternura que separa al otro aquí del otro ahí Interrumpir la novela, desordenar el drama, desenmascarar al conflicto Acercarse hasta el límite del encuentro y fugarse en la sensación Fabular Aprender a querer los finales. Ver lo vivo en los afectos tristes. Recordar que no hay nada malo en amar las cosas que ni siquiera pueden quedarse. [3] Atravesé el deseo nómade haciéndole cruces en los ojos a mis voces del pasado y me quedó su perfume sonidos rotos de un paisaje que se hizo primero horizonte después caída después mar Dejo una parte de mí Me llevo una parte de vos Y nos vamos otra vez lejos Allá, en la distancia el encuentro se celebra en el amanecer de nuevos mundos. * “El deseo nómade”, escrito por Adriana Zambrini, es uno de los pocos libros que se arriesgan a pensar una posible clínica del acontecimiento. Una relectura del esquizoanálisis en clave local que excede, desborda y esquiva toda trampa en el “hacer escuela” y en la que Deleuze y Guattari dialogan siempre desde las fronteras. Luego de 23 años de circular por el under, la editorial Vagantes Fabulae publica el libro en una edición revisada y urgente. Corran y lean. [1] Marisa Wagner, poeta, muerta por el manicomio. [2] Deleuze, G. y Guattari, F. (2002). ¿Qué es la filosofía?. Editora Nacional, Madrid, pág.194. [3] Nick Cave & The Bad Seeds. Ghosteen [Canción]. En Ghosteen. 2019: “Well there's nothing wrong with loving things / that cannot even stand”.

  • ¿Qué mata? / Ternuramolotov

    La violencia sexual como problema estructural mata. La cofradía entre Estado, justicia y violencias machistas, mata. La invisibilización de las necesidades y derechos de las niñeces, mata. El adultocentrismo como práctica cotidiana que determina los procesos de socialización por los que pasará una existencia, mata. Que aparezca la pregunta en los medios ¿Por qué una mujer maltrata a sus hijos? Eso mata. Que nadie se pregunte por los entramados de violencia que atraviesan esos cuerpos socializados como mujeres. Esa indiferencia mata. Que nadie pregunte dónde estaba el padre cada vez que una mamá cría sola, o que esté pero profundamente ausente, eso mata. Esa responsabilidad unilateral mata. Que maternar en este mundo sea un asunto personal, meritócrata, profundamente clasista y absolutamente privado de cada cual, mata. El individualismo mata. ¿”tu pibe, tu decisión”? El silencio cómplice de toda la sociedad frente a los abusos en las infancias, eso desgarra la piel, la carne, corroe los huesos. Que los abusadores se encuentren en un 80 % en el círculo más cercanos padres y abuelos, y aún así resulte casi imposible criticar a la familia como institución violenta. Eso mata. Que se diga en el imaginario social: que los abusos en la infancia son lo peor que te puede pasar cuando los cuerpos con vulva sabemos que hemos pasado por situaciones de acoso, abuso o violación varias veces en nuestra trayectoria de vida. Esa doble vara mata y duele. Que esa naturalización de la violencia sea enseñada desde nacidas, mata. No saber si vas a volver viva a casa. No recordar qué pasó anoche, no animarte a hablar con nadie de lo que te hicieron, cuestionarte cómo estabas vestida, qué tomaste y cuanto te expusiste o no cuidaste, eso mata. Pensar que tendrías que haber hecho algo, o que te tendrías que haber dado cuenta; cuando el problema es que eso ocurra, no como reacciones. Que el miedo y el silencio siga siendo nuestro. Nuestra ancestralidad callada, repitiéndose a cada segundo hasta el infinito, eso mata. Que te atrevas a hablar de mis tetas como timbres que apretarías porque pasó un viento y me dio frío, que consideres que mi cuerpo está ahí a disposición de tus comentarios, apreciaciones o dichos; sólo porque pasaba cerca o no tanto, eso mata. Que me quede mal yo, pensando por qué no dije nada, cuando en realidad sé la respuesta: medí riesgos, eran 7, si respondía no sé si la contaba. Ese no saber cómo preguntarles: ¿muchachos alguna vez les sirvió? ¿consiguieron algún contacto con una piba después de acosarla? Y otra vez saber la respuesta, no es para nosotras aunque así se sienta. Es entre ellos, en ese ellos, tan en diálogo con lo varón como fuerza, crueldad, un pase de confianza que les hace tan parte, los abraza para ser lo suficientemente machos y hacer con todo lo vivo lo que quieran. Que cuando pega uno, otro arenga, otro sonríe, otro avala y otro calla, eso mata. Porque en definitiva, no es el último golpe el que gatilla una vida, son todos los micro odios aplaudidos por una sociedad cómplice. Que los cuerpos con vulva seamos bienvenidas a este mundo con los estandartes de belleza por sobre nuestro bienestar y cuidado, la dictadura de la belleza, eso mata. Que sea decisión de cada quién si vale violentar a una vida para ponerle aritos y raparle para que se vea mejor. La cosificación de quienes recién nacen, que no les pidamos permiso a la hora de cambiarles, tocar sus cuerpos, eso nos doméstica y somete. Estar enseñadas a saludar, obligadas, desde pequeñas y que se hagan comentarios sobre nuestros cuerpos. Eso mata. Rescatar a tu papá que está mirando a una piba, de tu edad, incomodando. Resistir no estallar con el tío que quiere que le presentes una amiga porque quiere bajarse una pendeja. Aguantar la cagada a pedos de tus mapadres porque sos piba y los amigos de tu papá se babosean con tus fotos en instagram y le hacen comentarios a él, que lo crispan, eso mata. Que los feminismos se burocraticen. Que el Estado haga lo que ha hecho históricamente: cooptar luchas, dar cargos, tergiversar las demandas comunes. Cambiar algo para que no cambie nada. Que no te den un cargo, hermana, te están dando un bozal que te vuelve cómplice del circo del como sí. Eso mata. Que no cambiemos las condiciones materiales de existencia, que lloremos cada cual, cada quién, pensando que te pasa sólo a vos, que estás mal, que necesitas un terapeuta, o una pastilla, o una internación, o todo junto porque vos no podes con la propuesta de vida. Lo que no va más es esta propuesta de vida. Este nivel de explotación económica, esta inflación que sube silenciosamente licuando nuestros sueldos y haciendo que trabajemos cada vez más para igual no llegar a fin de mes. Que si habitas un cuerpo con vulva o disidente o marrón esto sea aún peor. atte. la madre que te parió, la tía que te cuidó la hermana con la que jugabas, la hija que tuviste o podrías tener, y podría ser yo.

  • Rikyu / Susana Villalba

    Le lleva al mundo tiempo una mano, una pluma. Es imposible atravesar un corazón si no hay deseo de matarlo. Toda la tarde caminó bajo la lluvia como una forma de sentir humanidad. El tiempo -se dijo- será esta ceremonia del té. Es cosa de los astros si pueden partir el mundo en dos en un segundo. Es cosa de los otros sus manos. No es una huella que dejará según mueve la pluma. Es que esas huellas de sus dedos son irrepetibles. Pero llevan su tiempo las palabras. No es el camino el que dice la distancia, los ojos no encuentran su paisaje. Hubiese preferido tocar con sus palabras, él habla maravillosamente y es un placer físico escuchar. Pero no importa si las uvas están a demasiada o poca altura. Si se moja es que llueve y es la hora de preparar el té. El cuerpo es un pacto con la forma. Pero el deseo es la forma que tiene el corazón de deshacerse de su cuerpo. Como un relámpago espera en la línea de la mano. -¿El amor? -dijo la bruja- ¿Ir al Tíbet? Una escritora. Los sueños son la vida también. Tuviste un gran amor. -Tuve, como quien dice una enfermedad, escribí poemas. -Palabras -dijo la bruja- de un corazón en círculo de fuego. Se viste de venado y se devora. Una pluma en el barro. -Cuando los amantes duermen, amanece. Las palabras no dan cuenta de ese espacio que separa a los cuerpos en el sueño. -Los amantes -dijo la bruja- no se dan cuenta. Pero el que sueña es un camino como cualquier otro. Los poemas también son naturaleza. Si no tocaste esa mano no existió más que en el sueño. -Pero las uvas a la altura de mi mano, acaso simplemente las describa -Es una forma como cualquier otra. -Pero la espada y el tiempo que le lleva al mundo el cuerpo que la cabeza lleva atado como un perro. Y el guerrero si amanece y en su corazón noche cerrada. Cantan los pájaros y habitan la luz como una flecha de su propio sentido. Dar testimonio de una manera humana de levantarse, preparar el té y escribir. -Y acaso haber tocado ¿daría cuenta? -Un puma ni un venado. Deseo de beber un animal completo o palpitante en la espesura del deseo fugar de un cuerpo agazapado. Se pregunta qué tarea tiene entre las manos. Palabras como espada de dos filos. El deseo real como la mano al tocar fue tan distinta. Cada cuerpo irrepetible. -El arquero ni el caballo, la flecha no pregunta: Señor ¿no tuviste suficiente fe en mí? Fuente: Villalba, Susana (2019) Sin pelaje y sin sombra. Antología Poética. Editorial Llantén.

  • La mujer sin cabeza / Claudia Masin

    De chica, el alma se me separó del cuerpo. El alma, o como se quiera llamar a ese aguijón que se lleva clavado en el pecho y va soltando en la sangre el deseo de vivir como una medicina más fuerte que cualquier virus. Se dice que el miedo, un miedo lo suficientemente intenso puede dejar al cuerpo solo, y el cuerpo solo no comprende qué cosa debe hacer consigo, cómo andar por el mundo sin perderse. Para curarse hay que volver al punto de partida, al lugar, al tiempo en que se produjo el accidente, el golpe, la marea de palabras o de actos que impactaron contra una y la vaciaron por dentro, dejándola así: una caña seca donde ni los insectos buscan refugio o alimento. La sangre, dicen, se vuelve agua, un líquido que no tiene el poder para mantener al corazón en movimiento y que bombea y bombea pero ya no es la droga potente que atraviesa el circuito de las venas sino el fluido espeso, quieto de una ciénaga donde crecen las alimañas y un dolor ciego se asienta. El accidente puede ser cualquiera, a veces es el choque inevitable entre dos cuerpos: el día en que caíste sobre mí no pude retroceder ni defenderme, conocí el pavor de las criaturas que se enfrentan a un enemigo muy superior a sus fuerzas. Entonces no sabía, ahora sé que perdido por perdido, es el canto del miedo el que vence al miedo, el que lo vuelve inofensivo, una serpiente a la que se le exprime el veneno de los colmillos. Para que el alma entre de nuevo en el cuerpo hay que empujarla con la pobre, cobarde fuerza de los débiles, como si el mundo fuera fácil de mover de su eje, como si pudieran detenerse sus leyes, revertirlas, como si recuperar el alma que te arrebataron tan temprano fuera posible. Fuente: El cuerpo (2020) Ed. Portaculturas

  • Caligrafía Nómade XI / Patricia Mercado

    Cuando llegué me sentí aturdida, como pasar por un ojal y que algo quede suelto. Enseguida vi al flaco parado en la esquina. Con su camisa roja desteñida y el pantalón marrón. Respire un segundo esperando el grito con el que me llamó un instante después agitando la mano. Sonreía mientras corría a abrazarme. Y así estuvimos un rato largo mientras lloramos lento. Para que nos sosegáramos le dije:¿La misma pilcha? Si, dijo un poco avergonzado. Pero enseguida lo ganó el entusiasmo y su desparpajo de siempre que hacía que le importara un bledo lo que él o los demás llevaran puesto. Yo estaba algo consternada y, como siempre, él lo adivinó y se apuró a decirme: Mirá, mientras sacudía el paquete de bizcochos Don Satur para el mate. Agarró mi bolso y se lo puso al hombro, con la otra mano me abrazó y empezamos a caminar hacia alguna parte en ese aire que no era neblina ni claridad. Te esperaba,¿sabés? me dijo. Yo sabía, claro que sabía. No había dejado de saber desde el instante mismo que pusimos al flaco en su caja de madera adentro de la panza abierta de la tierra y me quedé sola a orillas de ese abismo. Mientras la tierra caía impávida sobre nuestras andanzas cuarenta años después, yo trazaba en mi corazón el camino de regreso como un mapa definitivo para los días por venir. Solo el vino que tomé después, como si una sed infinita me hubiera poseído, pudo convencer a mi alma de esperar que me vinieran a buscar. Ahora estábamos ahí, era raro, pero creo que no nos importaba. Algo estaba del único modo posible para nosotros: juntos. Y esa verdad, pequeña e inexorable, nos bastaba para afrontar la vastedad de lo eterno y otros asuntos que se avecinaban. Tenemos tiempo de sobra para ver qué hacemos dijo, y nos reímos los dos.

Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.

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