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- Auto / Daniel Rubinsztejn
Una acción recae sobre sí, no deriva hacia objeto alguno, su objeto coincide con su fuente, su perentoriedad cuestiona un fin solo placentero, una extraña satisfacción insatisfecha. Freud encuentra un modo de ilustrar el autoerotismo diciendo que los labios se besan a sí mismos. No hay sujeto de la acción separado del objeto: los labios besan y son besados al besar(se). No hay Yo que bese a otro, ni un sí mismo que domine la acción. Muy distinto a la trama de la pulsión sádica; pegar-pegarse- hacerse pegar; o a la escópica: mirar- mirarse- hacerse mirar. Falta un momento de transmutación pulsional que concluya en “hacerse besar”, solo labios que se besan a sí mismos, más acá de una imagen y del mundo fantasmático. Labios que se besan sin cesar…sin sed, sin hambre, sin borde, sin corte. Cuando los labios besan besándose, ¿quién besa? Y ¿a quién besan? Narciso muestra la imposibilidad de besarse, abrazarse; sucumbe a la fascinación y al precio de la muerte, se deja devorar por la bella/siniestra imagen de sí. Tal vez hemos hallado en el texto freudiano un modo singular de definir lo imposible. No es el único. El mito de Tótem y Tabú también nos confronta con la presencia de un imposible: gozar de todas (¡todas!) las mujeres. El que gozaba no era humano. Un orangután que retroactivamente devendrá padre. Una vez asesinado lleva su secreto a la tumba. Su silencio (sileo) confirma que si pudiera hablar se acabaría el encanto, porque las palabras señalan vías de pérdida y re/hallazgo. También en silencio -boca chiusa-los labios se besan sin lugar para las palabras. Imposible es también una repetición idéntica, solo encuentros con diferencias. La premisa universal del falo enuncia que es imposible que exista un ser vivo que no tenga falo. La regla fundamental, decir todo, es imposible. La neutralidad del analista es imposible. Abstenerse de educar y gobernar (dos profesiones imposibles) para sostener una práctica imposible: analizar. Autoerotismo es entonces un modo de decir lo imposible. Hay auto (otro)erotismo, una dimensión de la sexualidad que se funda en la preexistencia de cuerpos que desean, de libido que penetra en la piel, de identificaciones (presencias del otro /Otro) que moldean al cuerpo. El auto/beso quizás sea un modo fallido de renegar el origen heterónomo del goce sexual. Excursus con Macedonio: “Hay un morir si de unos ojos Se voltea la mirada de amor Y queda solo el mirar del vivir Es el mirar de sombras de la muerte No es muerte la libadora de mejillas Esto es muerte: olvido en ojos mirantes”[1] Al hablar de autopercepción, ¿se postula acaso una mirada que se mira mirarse, autónoma, autómata? Sin la presencia del Otro, sin la apelación del/al Otro. Hay auto(otro)percepción, con huellas de trans/individualidad, de transmisión de una genealogía. [1] Macedonio Fernández, Hay un morir, en No todo es vigilia la de los ojos abiertos, Ed.Corregidor, Buenos Aires, 1968.
- P (palpar) / Vir Cano
Potencia del tacto, técnica de reconocimiento y sabiduría entre-pieles: encuentra en la versatilidad de los movimientos de las manos su inspiración, su principio de acción y de ruina. Palpar, como una forma de conocer el mundo, de leer con los dedos, de acercarnos a lxs otrxs, y a nosotrxs mismxs. Palpar un territorio, una piel, una posibilidad, una situación, otras veces un peligro, una pérdida o una emboscada. Palpar con los dedos apenas apoyados, con las manos presionando el plexo, con las uñas afiladas de los animales de presa, con el roce involuntario del codo en una pared fría, y con el borde rasposa de nuestras más in-mundas fantasías. Palpar como lo hacen lxs que se entregan a las fiestas de placer, como las bandas de pájaro que anticipan las tormentas, o como la carpintera que comprueba su pericia rozando la madera recién cepillado. Palpar como una manera de hacer de la piel y el contacto un saber, una apuesta a la vida, una potencia indeclinable. Palpar con destreza felina y con paciencia vegetal, con todos esos terrenos afectivos, esas tesitura del ser-con, y esos matices del con- tacto que habitan nuestros contra-tiempos y que rozan los cabellos de mundos más amables. Fuente: Vir Cano (2021). Borrador para un abecedario del desacato. Buenos Aires: Madreselva editorial.
- Errores reunidos / Heiner Müller
He sido siempre un objeto de la historia y por eso intento llegar a ser sujeto. En ello estriba mi interés principal como escritor. (1982). No tengo ideas. Nunca he tenido ideas. Maiakovski proporcionó la única descripción para mí muy clara del nacimiento de un poema. Primero hay un ritmo. Luego se presentan palabras aisladas. Sólo cuando ya hay algunas palabras aparece una idea, que resulta luego abolida por la formulación, o al menos relativizada. Luego olvida uno la idea. Y cuando uno ha acabado con el texto, entonces puede uno quizá tener ideas sobre él, pero no como comienzo, como intención. Eso aburre mortalmente. Cuando tengo una idea se la puedo decir enseguida, no necesito escribirla. Las ideas no sirven como material de escritura. (1982). No concibo el escribir prosa más que en primera persona. En cambio al escribir teatro uno tiene siempre máscaras y papeles, y puede hablar a través de ellos. Por eso prefiero el drama -a causa de las máscaras-. Puedo decir una cosa y después decir lo contrario. (1982). No creo que yo tenga un estilo. Me parecería mal que hubiese algo así como una manera de escribir fundamental. Creo que cada material ha de tratarse de un modo diferente y exige una manera de escribir distinta. (1977). Escribo más de lo que sé. Escribo en otro tiempo que el que vivo. La escritura es como una cámara oscura. No me gustan las concepciones detalladas. No me gustaría conocer la fábula antes de encontrarla. Nunca busco una fábula. La encuentro antes de buscarla. Eso es lo que me agrada del escribir: es un riesgo, una aventura, una experiencia. Gertrude Stein formuló una definición del teatro que me gusta mucho: escribir para el teatro significa que todo lo que acaece durante el proceso de escritura pertenece al texto. Cuando uno escribe prosa tiene que sentarse a escribir, pero un drama no se puede escribir sentado. Es más lenguaje corporal que prosa. (1982). Estoy firmemente convencido de que el fin de la literatura es ofrecer resistencia al teatro. Sólo cuando un texto no se puede representar, su puesta, la constitución actual del teatro, es productivo o interesante para el teatro. Hay ya suficientes obras teatrales que se ponen al servicio del teatro tal como éste es, no conviene abundar en ello, sería paralizarlo (1975). Lo importante de Artaud es que constituye una gran perturbación. Ha perturbado de todas las formas: la autocomprensión ingenua de la gente del teatro y naturalmente también la de los autores que escriben para el teatro. Y hoy se pueden actualizar muy bien algunas concepciones suyas. Artaud nunca partió de una separación entre público y escena, por lo menos no en sus concepciones; intentó restituir al teatro una función vital que por lo general ya no tiene. Eso es algo que también, de muy otra manera, ocupó a Brecht: pues él opinaba que no hay que medir una obra teatral con la dramaturgia, sino más bien con la realidad a la que se refiere. En cierto ensayo sobre Lautréamont se intentaba un análisis de la historia de la izquierda europea, que en realidad está determinada por el hecho de que ésta siempre se ha articulado y presentado a sí misma de modo racionalista. Con lo cual ha abandonado a la derecha fuerzas impulsoras y tendencias históricas que son muy importantes sobre todo para los movimientos de masas. Y ahí constituye Artaud una perturbación muy productiva. (1971). Muchas conquistas de las artes plásticas de nuestro siglo no han sido aun en absoluto integradas en el teatro. El surrealismo entero ha quedado fuera del teatro. Quiero decir que el surrealismo ha puesto a nuestra disposición un arsenal de formas que podemos emplear, naturalmente que con objetivos realistas. Pero digo emplear, y no sencillamente exhibir. Es un material impresionante, el surrealismo. (1976) No se ha puesto suficientemente en entredicho si el concepto de realismo -aplicado al teatro- es utilizable para éste. El realismo en el teatro es algo completamente distinto al del cine o la novela. Para empezar es ya por completo no realista que unas personas se planten en un escenario y hagan algo, mientras otras están sentadas abajo. Sin duda constituye un aspecto de importancia en Beckett que convierta esto en el fundamento de su dramaturgia: la singularidad del hecho de que ciertas personas en un escenario representen algo para otras personas sentadas abajo, que lo miran. La cuestión es hasta qué punto lo interesante de Beckett, las calidades de su obra, están vinculadas a una situación social o a una interpretación de una situación que ha dejado de contar con la historia y de pensar en la historia, para la que ya no existen sino situaciones y no historia (1975). Hubo una vieja controversia entre Brecht y Helene Weigel sobre tas veladas en las que se recitaban textos de Brecht. Weigel sostenía siempre que el actor tenía que aportar su propia personalidad cuando declamaba un texto. Y Brecht decía: a mí no me interesa la personalidad del actor, me interesa el texto. A menudo el actor opina, cuando recita o interpreta un texto así, que tiene que aclarárselo al público, explicárselo. Con la actitud de un maestro. O que tiene que formular al mismo tiempo su opinión, y con ello se vuelve el texto confuso, se vuelve confusa la estructura del texto. En esos casos sólo se oye 1a opinión del actor sobre el texto, o su estado de ánimo, o sus sentimientos cuando declama el texto, pero el texto ya no. Hay una tendencia hacia un teatro del estrellato, cuando en realidad el actor debería ser sólo un camarero. Su tarea estriba en servir el texto a la mesa, tan bien como pueda hacerlo. (1975). Hay una formulación que no es mía, sino de Wolfrang Heise, un filósofo de aquí, de la RDA, que me parece excelente; reza así: teatro como laboratorio de la fantasía social. Lo encuentro muy acertado. Habida cuenta de que las sociedades capitalistas, pero en el fondo toda sociedad industrial moderna y también por tanto la RDA, tiende a reprimir la fantasía, a instrumentalizarla, a yugularla en todo caso. Y tengo para mí que, por muy molesto que ello suene, la principal función política del arte consiste hoy en movilizar la fantasía. Brecht lo formuló así: habría que posibilitar al espectador que éste pudiese desarrollar siempre imágenes alternativas o procesos alternativos. Que cuando se le muestra un proceso, o escucha un diálogo que ha de formularse de tal manera determinada, el espectador pueda figurarse otro diálogo posible o deseable (1977). Ya no creo en obras como cosas acabadas que se transmiten a la posteridad o al mundo contemporáneo. Eso se terminó por algún tiempo. Con la abolición de la propiedad privada de los medios de producción y con la duda que surge respecto a otras áreas, también se pone en entredicho a la larga la propiedad privada del arte. No acentúo la contraposición a Brecht, sino que presupongo siempre a Brecht. En nuestro teatro se aprecian dos direcciones. Una puede retrotraerse a Ibsen, la otra a Brecht… Acaso hasta se dé por supuesto que uno a veces ni sabe ya todo lo que ha tomado de Brecht. Se dio el intento de escribir en la RDA una obra de circunstancia según un determinado modelo brechtiano: fue Frau Flinz de Helmut Baierl (según el modelo de Madre Coraje). Con esa dramaturgia ya no se puede describir adecuadamente lo que ha sucedido en la RDA, o en Alemania, después de 1945. (1976). Para una confrontación productiva con Brecht son interesantes, en mi opinión, los textos de los años veinte, que escribió todavía en contacto directo con las luchas de clases en Alemania. El fragmento FATZER es ya importante por el hecho de que en cierto momento Brecht observó que no podía hacer de él una obra acabada y entonces lo empleó como campo de experimentación. Trabajó sin apuntar a un resultado determinado, sin cuidarse de que resultara algo vendible. Eso posibilitó una libertad tremenda en el manejo del material. Al mismo tiempo se conservó el carácter procesual. Pues la fragmentación impide la desaparición del acto de producción en el producto, su conversión en mercancía. (1978). Cuando escribo experimento siempre la necesidad de cargar sobre la gente tantas cosas que al principio no sepan qué deben acarrear, y creo que esa es también la única posibilidad. La cuestión es cómo conseguirlo en el teatro. Que no vayan apareciendo una cosa tras otra, lo que para Brecht todavía constituía una ley. Ahora es menester presentar simultáneamente tantos puntos como sea posible, de modo que la gente se vea obligada a elegir. Es decir, quizá ya no puedan en absoluto elegir, pero tienen que decidir rápidamente qué es lo primero con que van a cargar. (1975). En la vieja polémica acerca de Madre Coraje, Wolf opinaba que la Coraje al final debía rechazar la guerra. Y decir en escena que la guerra es mala. Brecht argüía que a él no le importaba tanto que la Coraje se diese cuenta de eso al final, que le importaba más que se diese cuenta el espectador. Y en esas valoraciones o categorizaciones de obras teatrales en positivas-negativas, que parten del contenido, siempre se excluye el factor del efecto producido. Esto es, se excluye siempre al público. Y un drama no surge en la escena, no tiene lugar en la escena, sino entre la escena y los espectadores. (1977). Desconfío también de las categorías como negativo y positivo, porque implican ya una exclusión de contrariedad y de realidad. La realidad no es ni negativa ni positiva, hay que analizarla. De otro modo caeríamos en la teología. (1985). Hubo una censura nítida en la biografía de Pascal, una verdadera ruptura, de matemático a cristiano y de apasionado por el juego a fanático religioso. Cuando se le mencionaban las contradicciones de sus enunciados, decía siempre: “espero llegar a ser lo bastante viejo para unificar todavía, de alguna manera, las contradicciones”. Me parece una variante excelente, y por eso no tiene sentido excluir las contradicciones. (1985). Creo en el conflicto. Es lo único en que creo. Eso intento con mi trabajo: fortalecer la conciencia para el conflicto, para las contradicciones y confrontaciones. No hay otro camino. No me interesan respuestas ni consignas. No puedo ofrecer ninguna. A mí me interesan los problemas y conflictos. (1982). La historia se desacelera para el individuo, en Europa, para nosotros acaso, subjetivamente. Pero objetivamente se acelera, y cada vez hay menos tiempo para intervenir, para cambiar algo. A ello se debe también que en realidad el nuestro no sea ya el tiempo de una dramaturgia discursiva, de una exposición tranquila de estados de cosas. Dado que en cuanto uno comienza a contar una historia se ve arrojado a un proceso que va más rápido de lo que uno puede contarlo en la historia, surge necesariamente una relación oblicua de lo realizado con respecto a su modelo. Y digo aquí “oblicua” en sentido positivo. (1975). Al escribir sobre cualquier tema no me interesa más que su esqueleto. Aquí, en Quartet, me ha interesado dejar al descubierto la estructura de las relaciones entre sexos tal y como las considero reales y destruir los clichés, lo reprimido. Aunque yo también viva de ilusiones en mi vida sexual, cuando escribo no puedo tomar en consideración esas ilusiones. Mi impulso principal cuando trabajo es la destrucción. Creo en la necesidad de los impulsos negativos. (1982). Acaso tendría uno que confesar alguna vez que le complace la destrucción y las cosas que se van al garete. 1945, por ejemplo, constituyó una vivencia importantísima para mí. Aquella hermosa sensación de “swinging countrry” después de una niñez y una adolescencia muy restrictivas. Todo se ha ido al garete, nada funciona ya. Fue el tiempo más hermoso. Nunca olvidaré los bailes en aquella ciudad provinciana de Mecklemburgo. No había nada por delante y tampoco quedaba nada atrás. En aquel momento eso proporcionaba un espacio libre tremendo y también ligereza de movimientos por aquel espacio libre. Y ahí está la cosa. Las interpretaciones depresivas o resignadas vienen siempre de adelante o de atrás, pretendidamente de adelante, de gente que se ha quedado tan rezagada que creen no poder vivir sino por delante. Y es que la verdadera diversión de la escritura estriba en el placer por la catástrofe. (1980). Mi interés principal cuando escribo teatro es destruir cosas. Durante treinta años me obsesionó Hamlet, de modo que escribí un breve texto, Hamletmachine, con el que intenté destruir Hamlet. Otra obsesión fue la historia alemana, y he intentado destruir esa obsesión, el complejo entero. Creo que mi impulso más fuerte consiste en reducir las cosas a su esqueleto, arrancándoles la carne y la superficie. Penetrar tras la superficie para ver la estructura. (1982). El miedo es algo tremendamente pedagógico. Sin miedo no habría progreso alguno, no habría cultura. Y ello sigue siendo así a pesar de toda la inflación de miedo que ahora producen las mass-media. Ese miedo genera creatividad. Es constructivo. El miedo fuerza a hallar soluciones. Cuando uno reprime el miedo, inhibe la resistencia contra lo que le da miedo. (1986). Fuente: Errores Reunidos, fragmentos de entrevistas con selección y traducción de Jorge Reichman. Publicado con Germania. Muerte en Berlín por Editorial Hiru. https://ovejasmuertas.wordpress.com/2017/03/23/errores-reunidos-por-heiner-muller/
- No me sentaré en tu mesa / Veroka Velásquez Ulloa
Y así, un día, el odio reinó Y tras el anonimato de las redes sociales Todxs manifiestan su pensamiento De... ¿justicia?... ¿ojo por ojo?... ¿de aleccionamiento? Ahora sí, ¿ya reina la armonía en sus hogares? Y así, un día, todxs creyeron en los medios Sin cuestionar las intenciones de un abogado que pidió linchamiento social Antes que justicia. Y así, un día todxs creían en la "bondad" del defensor de los asesinos de José Luis Cabezas. Y así, un día... No tan lejano Quizá lo vayan a votar Porque... "hizo justicia" Y así, un día mientras 40 años después Siguen los juicios a los genocidas Que secuestraron, torturaron, asesinaron y desaparecieron 30000 personas, y se creía nuevamente en la "justicia" Y así, un día, las formas del canibalismo mutan Y quizá, la sociedad necesita su cuota de violencia para estar en equilibrio, y se la traga sin pensar. Y así, un día, lentamente quizá lleguemos a la sentencia de muerte, Porque "sin pensar" la sociedad lo avaló. Y quizá comience el negocio de las cárceles privadas, porque la solución era "que se pudran en la cárcel" ... ¿O no? Y así, un día, todxs se desentienden de los orígenes de la violencia. No puedo imaginar el dolor de la familia de la víctima. pero tampoco quiero un mundo más mierda, No quiero ser parte del problema Quiero ser parte de una solución. No me llamen a linchar. No me sumaré al banquete de sangre y dolor.
- (Treinta) pequeñas anécdotas sobre las instituciones / A. Martín Contino
I - ‘Yo no quiero volverme tan loco’ El presente escrito se elaboró a partir de una de las líneas de indagación del PID Cód. PSI 400 SCyT de la Facultad de Psicología (UNR), Diversidad de violencias. Lecturas desde Foucault (Directora Dra. Elsa Emmanuele), el cual analizó, desde una perspectiva foucaultiana, algunas formas de violencia vigentes en la sociedad. Se analiza un modo de funcionamiento institucional en particular –el modo que se configura cuando se instala la violencia en un establecimiento u organización (Baremblitt, 2005)–, tomando para ello la materialidad empírica de los episodios. Un episodio, según Emmanuele, “es un hecho empírico acotado en tiempo y espacio, una anécdota singular, un acto efímero, una escena casi secundaria que, no obstante, produce transferencialmente un efecto de evidencia fugaz de ese vaivén incesante entre lo micro y lo macrosocial” (2012, p. 43). De este modo, deviene posible leer cada uno de los episodios acontecidos en un espacio institucional, no como exabruptos circunscribibles a desbordes personales, sino como el paroxismo de una estrategia política definida deliberadamente para construir una forma de sociabilidad (Duschatzky y Corea, 2002), como un modo de estar con los/as otros/as. Esto conlleva que esta forma de sociabilidad caracterizada por la violencia, promueve determinados modos de subjetivación que pueden llegar a afectar la potencia del espacio institucional, de los proyectos de equipos y programas grupales, y hasta de cada actor institucional. Asimismo, para llevar adelante este análisis se toma una propuesta de Foucault (1996), quien plantea que existen cuatro dimensiones diferentes en el análisis de una institución: la finalidad, los efectos, el uso y las configuraciones estratégicas. En primer lugar, está la finalidad, “los objetivos que propone y los medios de que dispone para conseguirlos; se trata del programa de la institución tal y como ha sido definido” (1996, p. 148). Cada espacio institucional tiene su razón de ser: puede constituir o pertenecer a una organización, cuenta con una estructura arquitectónica, con el equipamiento o los medios técnicos acorde a ella, y con el personal esperable para alcanzar dicha finalidad. En segundo lugar, se encuentran los efectos, que no siempre coinciden con la finalidad que ha sido definido previamente y explicitada tanto para el interior como para el exterior del espacio institucional. De hecho, muchas veces produce más bien el efecto inverso. (Ejemplo de ello puede ser la prisión, que lejos de resocializar a quienes son recluidos en su interior, los somete a las situaciones más dolorosas y humillantes por las que alguien podría pasar, profesionalizándolos/as aún más en el delito; o el hospital psiquiátrico, el cual se empecinó, durante más de un siglo y medio, en encerrar y someter a tratos crueles a quienes se encontraban internados/as, esperando con ello que de alguna manera se produzca la cura). En los casos en que los efectos no coincidan con la finalidad, se abren dos posibilidades: “o bien se reforma la institución, o bien se utilizan esos efectos para algo que no estaba previsto con anterioridad pero que puede perfectamente tener un sentido y una utilidad. Esto es lo que podríamos denominar el uso” (Foucault, p. 148). La forma en la que se aprovecha la utilidad de esos efectos no buscados pero logrados, constituye el tercer nivel de análisis. Por último, el cuarto nivel de análisis, es el de las configuraciones estratégicas. A partir de esos usos relativamente imprevistos, “se pueden erigir nuevas conductas racionales que sin estar en el programa inicial responden también a sus objetivos, usos en los que pueden encontrar acomodo las relaciones existentes entre los diferentes grupos sociales” (p. 148). Los episodios bien podrían incluirse como una de las modalidades más paradigmáticas mediante las cuales se materializan estas configuraciones estratégicas, que terminan primando por sobre la finalidad de los espacios institucionales. A tal punto se produce esta inversión, que muchas veces termina siendo factible que, aun en espacios institucionales pertenecientes por ejemplo a territorios como el de la Educación, la Salud, o la Salud Mental, se lleguen a vivenciar –y padecer– situaciones que lejos de promover el aprendizaje o la salud, suscitan el miedo, el padecimiento, la vigilancia, la sanción, la amenaza, la paranoia y los microfascismos como clima institucional (Baremblitt, 2005). Esto acontece principalmente cuando desde las autoridades de un espacio institucional se promueve deliberadamente la violencia como modo principal de estar con quienes habitan en ese mismo espacio. Así, una organización o un establecimiento institucional puede manifestar una finalidad noble, pero una vez ejercida la violencia, puede pasar a ser utilizada deliberadamente para nuevos usos, en tanto configuración estratégica. De acuerdo a esta lectura, la violencia puede entenderse no como un funcionamiento negativo de lo institucional, o como un efecto no deseado pero obtenido, dispuesto a ser corregido y eliminado, sino como una dinámica destinada a instalarse y a aprovecharse, como una forma de sociabilidad. Así, resulta esperable que, lejos de promover estrategias que la eviten, las autoridades de esta clase de espacios institucionales elijan deliberadamente hacer uso de ella, como una de las configuraciones estratégicas de ese espacio, promoviendo ese modo específico de habitarlo y de estar con otros/as, aun cuando todo ello promueva una significativa disminución de la potencia (Spinoza, 2005; Deleuze, 2005), de la capacidad de obrar de la propia organización o espacio institucional. ¿Y cómo es que puede llegar a aceptarse esta disminución de la potencia si va en contra de la supuesta conveniencia de lo institucional? Porque la potencia se corresponde con la finalidad del espacio institucional, pero, llegado el caso, dicha finalidad queda subsumida a lo que se pretende controlar mediante el uso y las configuraciones estratégicas. Entonces, la violencia aparece como la configuración estratégica predilecta para hacer frente a cada situación que pueda ser leída como una línea de fuga (Deleuze y Guattari, 2010) capaz de amenazar con interrogar, cuestionar o fisurar lo más estratificado del lineamiento institucional. Por lo tanto, pasa a ser prioritario –al menos desde el punto de vista de las autoridades– neutralizar, anular y/o eliminar lo antes posible las líneas de fuga, antes que potenciar la finalidad del espacio institucional. Ahora bien, cabe resaltar que esta forma de sociabilidad no puede ser asumida por quien la ejerce sin ningún costo, por lo que se lleva adelante bajo ciertas condiciones, capaces de invisibilizar –o disimular al menos– la subordinación que la violencia tiene respecto de la lógica de funcionamiento institucional. Esto significa, según Ascolani (1997), que la elección de las autoridades respecto de la forma de ejercicio del poder es realizada de forma deliberada, pero sin ser explicitada ostentosamente. Por el contario, para poder sostenerse en el tiempo, esta configuración estratégica debe mantenerse necesariamente velada. Formalmente, el establecimiento puede presentarse como democrático, plural, participativo, abierto; pero en los hechos, el uso de la violencia permite alcanzar un objetivo no visibilizado, que es mantenido implícito: encauzar lo desviado, eliminar lo diferente, silenciar lo disidente. Para situar algunas de las especificidades que conciernen a la violencia en lo institucional como forma de sociabilidad, se recurre a algunas ideas brindadas por el artista argentino Charly García, quien parece haber encontrado una manera incomparablemente creativa de visibilizar y ofrecer resistencia –al mismo tiempo– a diferentes situaciones políticas que transitó el país, en los cuales la violencia y la muerte se encontraban muy presentes. Se presentan, por tanto, una serie de episodios –anécdotas, diría Charly–, nominadas a partir de algunas expresiones de este artista, destinadas a posibilitar el análisis de la violencia en el ejercicio del poder, llevada a cabo en lo institucional. II – Pequeñas anécdotas sobre las instituciones Primera anécdota: ‘La vanguardia es así’: ‘Demasiado ego’ Suele acontecer en espacios institucionales atravesados por la política partidaria, que se haga uso de la ideología, del posicionamiento político, de la bandera, o de alguna figura política de referencia, para justificar el accionar violento de un equipo de gestión. Si no hay tensiones partidistas, basta con instalar una figura a la que se le atribuya experiencia y trayectoria, o bien juventud y versatilidad, o en última instancia los rasgos que hagan falta. En cualquier caso, se autoproclama una suerte de vanguardia iluminada, autorizada a arrastrar al resto de los actores institucionales hacia donde esta decida, independientemente de que algunos/as de ellos/as aspiren a políticas institucionales diferentes. Segunda anécdota: ‘Filosofía barata y zapatos de goma’ Es habitual que un/a integrante del equipo de gestión sea el encargado de ejecutar el rol del que explicita de la manera más estética posible, la ideología que presuntamente comanda la política institucional. Redacción de comunicados y cartas abiertas, visibilización de la postura de la Dirección, publicitación de panfletos oficiales, en fin, todo aquello que contribuya a pregonar los supuestos rasgos vanguardistas que caracterizan y destacan la gestión, aunque finalmente solo queden tristemente cristalizadas en la letra escrita o dicha. Tercera anécdota: ‘Paranoia y soledad’ La forma de sociabilidad basada en la violencia funciona en una dinámica institucional verticalista: relaciones jerárquicas, unilaterales, incuestionadas, que deben ser obedecidas de manera indefectible. Toda duda, toda interrogación, toda demora, es leída como antesala de una traición. Para que este esquema institucional pueda operar sin vicisitudes, los actores institucionales que ocupen cargos de gestión, de Dirección, o de índole ejecutiva, deben cumplir con requisitos no de idoneidad, de experticia, o de experiencia, sino más bien de obediencia, de sumisión, de subordinación, de obsecuencia. Todo aquel que no reúna dichas características, deberá ser inmediatamente excluido de cualquiera de estos cargos, y reemplazado por alguien que sí acepte el sometimiento a un esquema de funcionamiento que muy poco margen deja para la producción, la invención, la imaginación, la exploración, la experimentación. Cuarta anécdota: ‘Detrás de las paredes’ En una modalidad de ejercicio del poder verticalista, autoritario, la información proveniente de los movimientos institucionales y políticos de la oposición, puede llegar a ser más valiosa que las ideas o propuestas propias. No interesa tampoco mediante qué medios es obtenida. Claramente, en estas circunstancias, el fin justifica los medios. Esta información, escuchada detrás de las paredes tanto a los propios como a los opositores, se sitúa en relación con dos grandes polos: el que concierne a lo que la gente puede decir de sí misma y de sus planes institucionales, y el que remite a lo que puede llegar a decir respecto de las autoridades de turno. La escucha paranoica no se detiene ni siquiera frente a los límites físicos que impone la materialidad arquitectónica. Quinta anécdota: ‘Las increíbles aventuras del Sr. Tijeras’ A veces, la selección de personal basada en la obsecuencia, conlleva el cese de funciones del personal que antes de una gestión se encontraba en dichas funciones; otras veces se da que actores institucionales convocados por la propia gestión son reemplazados, luego de demostrar no ser tan sumisos; e incluso se elaboran verdaderas listas negras, proscribiendo determinados actores institucionales de cualquier función o actividad que dependa de las autoridades. Sexta anécdota: ‘Juan Represión’ La violencia suele funcionar disponiendo de una figura puntual hacia la cual dirigir todo acto violento, a la que se carga de rasgos opuestos a los que se presentan como propios. Se trata de la clásica figura del enemigo. Este/a no es solo opositor/a, es ante todo algo radicalmente diferente, una otredad imposible de asimilar, una especie peligrosa, que no puede ser considerado/a interlocutor/a válido/a. Al enemigo/a hay que atacarlo con todas las armas, y de él/ella hay que protegerse por todos los medios. El recurso privilegiado frente al/a enemigo/a es la represión. Séptima anécdota: ‘No quiero ver al doctor, solo quiero ver al enfermero’ Todo está permitido si del/a enemigo/a se trata, siempre que no se lo/a destruya; esta figura, a diferencia de los actores institucionales que la encarnan, no puede desaparecer. Se puede despedir a un actor institucional; suspender a otro; o relegar a un tercero a la última oficinita del edificio, para realizar tareas absolutamente intrascendentes. Se puede intentar frenar el decir, la participación, la aparición, la visibilización, la producción, la interrogación, de todo lo que concierna a determinados actores institucionales, en tanto cumplan el requisito de ser vistos como amenazantes para el sostenimiento de dicha gestión, porque si no hay una figura que encarne lo peligroso, lo diferente, lo indeseable, ninguna autoridad podrá justificar su accionar violento y represivo. Octava anécdota: ‘Alta fidelidad’ Existe una subclase de enemigos: es la figura del traidor. El traidor es alguien del propio equipo devenido enemigo/a; algo mucho peor que haber sido enemigo/a desde un principio. Generalmente es la autoridad, de manera unilateral, quien lo/a instituye en dicho lugar, y muchas veces se da ante situaciones que comienzan cuando algún/a integrante del equipo de gestión considera que la línea de acción propuesta desde las autoridades podría verse enriquecida con un determinado aporte personal. Otro modo en que se fabrica esta figura, es cuando la distancia entre lo indicado y lo realizado, así sea mínima, se aleja de la fidelidad pasiva y perfecta, siendo suficiente argumento para imponer inmediatamente el estatuto de traidor. Novena anécdota: ‘Botas locas’ La represión en un establecimiento institucional sostenido en mecanismos democráticos no puede ser la del brazo armado de la ley. Es por eso que se recurre a algo diferente: la figura del ‘loco’, el ‘sacado’, el ‘impulsivo’. Esta figura es quien ejecuta acciones violentas, verbales o físicas, mostradas siempre como supuestamente justificables por su carácter de disruptivas y espontáneas. El accionar de quien encarne esta figura, intenta ser presentada como algo desconectado de las políticas institucionales, posibilitando a las autoridades escudarse en la inimputabilidad –y, por tanto, impunidad– que brinda su locura, su momento agudo de desequilibrio. Para mayor verosimilitud, el actor institucional que encarna la figura del ‘loco’, no solo actúa de manera violenta, sino que también, en otras oportunidades, se muestra muy efusivo, llamativamente demostrativo, y exageradamente afectuoso. Todo un bufón (Gusmán, 2018), oficiando de mediador, de enlace, de relaciones públicas, por un lado; y de verdugo o patotero, por otro, sin que esto le genere a quien encarna esta función ningún conflicto institucional, legal ni ético. Incluso si se ejerce de manera extremadamente frecuente, gracias a que se la disfraza de circunstancial, aislando entre sí a cada uno de los episodios en los que se ejecuta. Las botas locas del bufón pretenden lograr, mediante un intento burdo de individualización, la finalidad de la política institucional basada en la violencia: callar, amedrentar, silenciar, disuadir. Décima anécdota: ‘Pequeñas delicias de la vida conyugal’ Si hay relaciones particulares en medio de una dinámica institucional, es la que concierne a los encuentros sexuales y/o afectivos, que pueden llegar a generar incluso relaciones de pareja. Cuando éstas preexisten a una gestión institucional, no conllevan las mismas implicancias que se generan cuando se producen durante el transcurso de la misma. Las implicancias que éstas pueden acarrear para la vida cotidiana en lo institucional en medio de una modalidad de gobierno autoritaria, verticalista, unilateral, son sencillamente del orden de lo imprevisible. Décimo primera anécdota: ‘Promesas sobre el bidet’ Las autoridades de un establecimiento, pueden verse interpelados en ocasiones por los otros actores institucionales, por los/as beneficiarios/as de los servicios que se brindan, por instancias externas y superiores en las cuales se enmarca el establecimiento, etc. Un modo de responder ante tales interpelaciones, suele ser realizar promesas públicas, anunciadas incluso con una gran parafernalia, pero que nunca serán cumplidas. Décimo segunda anécdota: ‘Nos siguen pegando abajo’ Es común que las autoridades que se manejan de manera violenta, acusen y denuncien públicamente todo tipo de agresiones, violencias, ataques, hostilidades, injusticias hacia ellos/as. Se utilizan para ello rumores de pasillo; comunicados o cartas abiertas; afiches pegados en paredes y transparentes; publicaciones en redes sociales y correos electrónicos; etc., de manera de llevar al terreno de la opinión pública esta visibilización de los ataques supuestamente sufridos, evitando generalmente la vía formal (administrativa, institucional o judicial). Al mismo tiempo, se niegan y minimizan las acciones que ellos/as mismos/as realizan hacia los otros actores institucionales, llegando al extremo de recurrir a la burla y al desprestigio de quienes son objeto de su violencia. Décimo tercera anécdota: ‘“Lo hago porque quiero”’ En medio de relaciones institucionales autoritariamente jerárquicas, en las que no se admite la interrogación, el consenso o la disidencia, los actores institucionales que ocupan cargos de gestión o de funcionamiento institucional, sólo pueden recibir órdenes incuestionadas. No están en posición de discutirlas o negociarlas. El máximo movimiento mínimamente subjetivante que pueden llegar a ser capaces de hacer, es creer que se hace lo que se hace, no tanto por tratarse de una orden incuestionable, sino porque quiere hacérselo. Un modo de posicionarse de forma activa, en medio de un escenario que subsume directamente a lo pasivo. Décimo cuarta anécdota: ‘Yo estoy bien, solamente los espejos quieren mi reflejo esconder’ Los actos institucionales arbitrarios, unilaterales y autoritarios que son cuestionados y/o denunciados, suelen ser justificados mediante la excusa del error administrativo. El pretexto de lo involuntario, se utiliza como forma de subsanar lo que claramente deberá ser anulado con posterioridad, por razones reglamentarias, institucionales o legales. No reconocer el acto realizado en primera instancia como una decisión institucional, e intentar inscribirlo como un mero error administrativo, puede leerse como un acto violento seguido de otro. Ahora, el subterfugio del error administrativo para subsanar un acto violento constituye un montaje tan inverosímil y desresponsabilizante como un vampiro que le atribuya a los espejos la incapacidad de reflejar su propia imagen. Décimo quinta anécdota: ‘Uno a uno’ Amistades, grupos internos, espacios de reflexión, ámbitos de debate, y hasta eventos institucionales, entran inmediatamente en el terreno de la sospecha, dado que constituyen encuentros genuinos y afectivos entre diferentes actores institucionales. Es por eso que la violencia como forma de sociabilidad apunta a dividir amigos, equipos de trabajo, grupos, agrupaciones partidarias, etc., creyendo que de este modo se puede evitar todo agenciamiento que podría arribar al cuestionamiento de su autoridad. Décimo sexta anécdota: ‘Total interferencia’ En un espacio institucional, un modo de favorecer la antiproducción en los aspectos en los que no se quiere avanzar, es multiplicar las fuentes de información, esto es, que coexistan múltiples voceros, algunos más legitimados que otros, algunos más adelantados que otros, algunos más detallistas que otros. La permanente y sostenida interferencia en las formas en las que se produce y circula la información institucional, les permite a las autoridades excusarse fácilmente, responsabilizando incluso a sus interlocutores: ‘¿cómo le vas a creer a éste o aquél si no sabe de este tema? Deberías haberme preguntado a mí’. Décimo séptima anécdota: ‘No soy un extraño’ Durante los tiempos en que una forma de sociabilidad caracterizada por la violencia prima en un espacio institucional, cuando más efectos antiproductivos ésta produce en los actores institucionales, los otrora amigos/as, compañeros/as o simples conocidos/as se ven en la desconcertante necesidad de recordarse sus conexiones, sus afectos, sus historias en común. La división, la desconfianza mutua y el temor infundido constituyen tácticas primordiales de una gestión autoritaria, y todo ello tiende a promover la triste sensación de que resultaría más conveniente simular, desconocimiento, ajenidad, entre los diferentes actores institucionales. Décimo octava anécdota: ‘El viejo truco de andar por las sombras’ Una estrategia habitual en tiempos de paranoia, vigilancia y persecución institucional, es elegir llevar adelante actividades de resistencia en las sombras. Esto puede significar que se realicen en determinados sectores más o menos reservados del mismo espacio institucional, o bien en un ámbito completamente externo, de manera de garantizar el resguardo de lo que allí se hable o se haga. Décimo novena anécdota: ‘Nunca te encontrarás, al escaparte’ Ante reiterados episodios de violencia y autoritarismo, la tentación del escape se hace siempre presente en los actores institucionales que lo padecen. Sin embargo, en lo institucional, un escape, no siempre permite reencontrarse con uno/a mismo/a, a diferencia de la huída del revolucionario (Deleuze y Guattari, 2010), que se realiza arrastrando algo del lugar de donde se huye, con la finalidad de que ese movimiento sirva posteriormente para un contraataque, a realizar en otro momento más conveniente. Vigésima anécdota: ‘Los dinosaurios van a desaparecer’ En el transcurso de una gestión que ha logrado promover la violencia como forma de sociabilidad, muchas cosas van desapareciendo: relaciones personales, funciones de diferentes actores institucionales, cargos, dinero, posibilidades de diálogo y de escucha, amistades y hasta la posibilidad de que algunos/as trabajadores/as continúen desempeñando sus funciones allí. Mientras tanto, las autoridades intentan perpetuarse por todos los medios posibles en el ejercicio de la Dirección. Sin embargo, nunca habría que olvidar que no importa cuán grandes, intimidantes, amedrentadores y hasta invencibles pueden llegar a parecer, al final, hasta los dinosaurios van a desaparecer. Vigésima primera anécdota: ‘Cuando ya me empiece a quedar solo’ En las vicisitudes de lo institucional, resulta admirable el olfato premonitorio de ciertos actores institucionales pertenecientes a la gestión vigente, para percibir cuando el tiempo en el ejercicio del poder se está agotando. Salidas abruptas, renuncias indeclinables, alejamientos disruptivos, diferencias irreconciliables, separaciones escandalosas, apartamientos sorpresivos, van minando el porvenir de la gestión en ejercicio, obligándola a forjar nuevas alianzas, a incluir actores ajenos a su espacio político, a contratar personal foráneo. De cualquier manera, nada permite ocultar las razones de las huidizas reacciones de quienes otrora eran férreos/as defensores/as de la gestión de la que supieron participar, que van dejando cada vez más en solitario a la mesa chica de la gestión. Vigésima segunda anécdota: ‘Hundiendo el Titanic’ La violencia como forma de sociabilidad, el autoritarismo como modo de gobernar, y la paranoia como táctica de control, pueden ser consideradas en primer momento como una manera sólida y eficaz de dominar todos los enclaves de un espacio institucional. Sin embargo, sólo pueden estar destinadas a la implosión, al fracaso, al derrumbamiento de una gestión, y en algunas ocasiones, hasta del espacio institucional mismo. Más tarde o más temprano, es el porvenir de toda posición persecutoria y paranoica. En este sentido, mediante esa forma de gobierno, y más allá de la trayectoria, la antigüedad o el ámbito de incidencia del espacio institucional, siempre es posible hundir el Titanic. Vigésimo tercera anécdota: ‘El show de los muertos’ Cuando un equipo de gestión se encuentra ante la finalización de su mandato, se renueva la avidez por seguir en los cargos de gestión, aun cuando todo parece indicar que dicha gestión se ha agotado. Se despliegan entonces operaciones, encuentros, actos, inauguraciones, reinauguraciones, etc., en donde intentan mostrarse aún con vida, sin poder notar el patético show de los muertos que se monta. Vigésimo cuarta anécdota: ‘Cerca de la revolución, el pueblo quiere sangre’ Existen momentos muy particulares en el período de tiempo en que dura una gestión institucional. Uno de ellos es el que permite inferir cuando se avecina la época de elecciones o de recambio de autoridades, o cuando se incrementa la probabilidad de que la gestión vigente no pueda continuar su mandato por diversas razones. Se trata de momentos convulsionados, en los cuales se redoblan los esfuerzos por parte de los actores institucionales opositores para que advenga sin dilaciones la finalización de esa gestión. En esas circunstancias, el olor a un inminente derramamiento de sangre (¿en un sentido metafórico del término?) no sólo no amedrenta, sino que, en ocasiones, impulsa el accionar tendiente a que se produzcan los movimientos que se quieren promover. Vigésimo quinta anécdota: ‘Rompan todo’ Una vez finalizado un mandato, en los instantes previos a abandonar los cargos de Dirección, suele llevarse adelante como último acto de gestión el hacer desaparecer pruebas, restos, indicios –eliminar documentos y archivos en papel, borrar discos rígidos de computadoras, romper o robar computadoras, incendiar o inundar oficinas y archivos, acusar a ratones o cucarachas de la destrucción, etc.-, en especial cuando se han sostenido formas de gobierno y conducción que se alejaban de lo legal o de lo ético. Vigésima sexta anécdota: ‘Los sobrevivientes’ Con posterioridad a un gobierno autoritario que ha utilizado la violencia como configuración estratégica para promover un determinado modo de sociabilidad, la sensación que queda en quienes continúan habitando o transitando por el espacio institucional, es similar a la de la supervivencia. Sobrevivir pudo haber sido, apenas, lo que se estaba en condiciones de hacer durante el lapso de tiempo que duró una gestión de esas características. Quedará en manos de éstos/as, los/as sobrevivientes, la reconstrucción institucional, afectiva y productiva del espacio que habitan, porque los representantes de una gestión autoritaria que ha abandonado sus funciones, generalmente piden traslados, solicitan largas licencias, o tramitan jubilaciones anticipadas. No debe ser sencillo convivir con aquellos a quienes se violentó. Vigésima séptima anécdota: ‘Aguante la amistad’ A pesar de lo paradójico que pueda parecer, la violencia puede ser una forma de sociabilidad, aun cuando promueve la destrucción de las formas de encuentro entre los actores institucionales. Un modo de actuar frente a ello, tanto en el período de tiempo en que el autoritarismo se encuentre vigente, como cuando dicha gestión ha finalizado, es recurrir a la amistad. El sostenimiento de la amistad, aun en épocas de desconfianza, suspicacias, presiones, advertencias y hasta amenazas, funciona como todo un acto de resistencia, como una línea de fuga imposible de detener, regular o codificar por las líneas más duras del autoritarismo. Vigésima octava anécdota: ‘Viva la rivalidad, siga la rivalidad, sólo quiero la rivalidad’ La disidencia, el rechazo, la negativa, la interrogación, el cuestionamiento, la duda, el tiempo para pensar, el encuentro con amigos/as, constituyen diversas formas de materializar la necesaria rivalidad que debe mantenerse viva aun en los momentos más violentos de una gestión autoritaria. Vigésima novena anécdota: ‘Cuántas veces tendré que morir para ser siempre yo’ El máximo anhelo de una gestión autoritaria, es la de adquirir la perpetuación en la función de autoridad, la inmovilidad de lo político, la tranquilidad del cementerio, en suma, la inmortalidad. Si se producen movimientos, del orden que sean (personales, institucionales, políticos, etc.), se forzará por todos los medios un retorno a lo que era. De otro modo, para el autoritarismo, todo podría ponerse en riesgo. Por el contrario, una modalidad de ejercicio del poder que se pretenda molecular, revolucionaria, nómade, esquizo, incluye en su movimiento la realidad de la muerte, como todo aquel tránsito a partir del cual se deberá devenir diferente de lo que se era, cada vez que las circunstancias así lo exijan (Deleuze y Guattari, 2010). La muerte, el cambio, el movimiento, el devenir, no sólo no asusta, sino que se considera un momento recurrente y fundamental de la vida institucional. Trigésima anécdota: ‘Lo único que quiero es no ser como vos’ Una vez concretado el anhelo de ponerle fin a una gestión institucional autoritaria que ha promovido la violencia como forma de sociabilidad, sólo una cosa es segura: no se puede volver a la misma lógica, no se puede recurrir a las mismas dinámicas institucionales. No hay que enamorarse del poder, hay que prestar mucha atención a los propios microfascismos (Foucault, 2014), no puede ser admisible que se produzca una inversión de roles en donde las víctimas se conviertan en verdugos. El plano de inmanencia dispondrá virtualmente casi todas las posibilidades, todas menos una: el autoritarismo. III - Say no more Se puede afirmar entonces que la violencia puede ser una forma de sociabilidad, un modo de estar con otros, y que ello puede ser promovido por quienes gestionan la Dirección de un espacio institucional. Ahora bien, los modos de producción de subjetividad que con todo ello promueven las autoridades en los actores institucionales que habitan y transitan por el espacio institucional, remite casi indefectiblemente a una disminución de la potencia, de la capacidad de pensar, de decir, de hacer, de sentir, de producir. Siguiendo a Ascolani (1997), algunos de los efectos antiproductivos de esta modalidad son los siguientes: Se instaura un sistema de escucha paranoica. Cualquier otra palabra diferente a la de las autoridades, aparece como disociadora. Se acentúa la posición pasiva de los actores institucionales, disfrazando de ‘acuerdos’ lo que en realidad sólo es obediencia automática. Aumenta la burocratización, cumplimiento formal y producción de papeles que mueren en el fondo de los cajones de los escritorios. Se acentúa el drenaje de energía; contradicciones y conflictos disminuyen la producción, frustran proyectos y originan pérdida de aportes. Se toman como transgresiones sospechosas, actitudes y episodios que son habituales o cotidianos (inasistencias a actos, discordancias, etc.). Se producen en algunos sectores y en determinadas coyunturas, una rotación no habitual de funciones entre actores institucionales. Y esto puede continuar incluso luego de un recambio de gestión, siempre que las modalidades adoptadas se mantengan vigentes. En otras palabras: Nuevo señor. Nuevo déspota. El problema además es que, lo que se inscribe allí no vuelve como producción institucional porque sus energías se agotan en el disciplinamiento y en el registro de las conductas, en el control y en las estrategias del poder absoluto. En suma, todo se pierde. (…) Esto se conecta con (…) la no creación de una verdadera cultura institucional. [El déspota] aparece (…) reduciendo todas las significaciones en beneficio de su propia figura. (…) Se mina la posibilidad del desarrollo de acciones y sentimientos solidarios, constructivos y creativos que en otra trama constituirían las bases para que la institución se deconstruya y reconstruya con otras perspectivas (Ascolani, 1997, p. 253). En conclusión, frente a la violencia como forma de sociabilidad, como modo de organización institucional, la cuestión pasa por cómo evitar que los microfascismos terminen constituyendo una dinámica institucional paranoica, vigilante y persecutoria, productora de antiproducción y de tristeza, tendiente a destruir todas las formas de relación y de encuentro que se sostengan en el amor, la amistad y los afectos. De hecho, como diría Foucault, los espacios institucionales se crean en la Modernidad justamente porque “el orden de los Estados no tolera ya el desorden de los corazones” (2015, p. 119). Una dinámica de esta índole, paradójicamente, se caracteriza por intentar sostenerse principalmente por la rigidez de sus líneas duras, por el uso perverso de las líneas flexibles, y por el combate a todas las líneas de fuga, siempre capaces de producir mutaciones, transformaciones y hasta revoluciones. El desafío está en apostar, aun en las condiciones más adversas, por encuentros y agenciamientos con aliados que propicien un clima institucional favorable para la producción de producción, esto es, para todo lo que potencie el movimiento, el cambio, el aprendizaje, la invención, la imaginación, la creación, la alegría. Referencias bibliográficas Ascolani, A. (1997). El colegio de… En Derivas. De la Psicología al Análisis Institucional (pp. 250-255). Rosario: Ediciones de la Sexta. Baremblitt, G. (2005). Compendio de análisis institucional. Buenos Aires: Ediciones de Madre de Plaza de Mayo. Deleuze, G. y Guattari, F. (2010). Capitalismo y esquizofrenia. El Anti Edipo. Buenos Aires: Paidós. Duschatzky, S. y Corea, C. (2002). Chicos en banda. Los caminos de la subjetividad en el declive de las instituciones. Buenos Aires: Paidós. Emmanuele, E. (2012). Los discursos que nos hablan. Buenos Aires: Entre ideas. Foucault, M. (1996). ¿A qué llamamos castigar? En La vida de los hombres infames (pp. 145-155). Buenos Aires: Altamira. Foucault, M. (2014). Una introducción a la vida no fascista. La anarquía coronada. Recuperado de http://anarquiacoronada.blogspot.com/2014/02/una-introduccion-la-vida-no-fascista.html Foucault, M. (2015). Historia de la locura en la época clásica I. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica. Gusmán, L. (2018). La figura del bufón. Conjetural, 68, 17-28. Spinoza, B. (2005). Ética demostrada según el orden geométrico. Buenos Aires: Quadrata.
- La mujer de Lot / Wisława Szymborska
Tal vez mire hacia atrás por curiosidad. Pero además de la curiosidad pude tener otras razones. Miré hacia atrás porque me dio tristeza la escudilla de plata. Por distracción: amarrándome el cordón de la sandalia. Para ya no mirar la nuca justa de mi marido Lot. Por la seguridad repentina de que si yo muriera él no se detendría. Por la desobediencia natural de los humildes. Escuchando cómo nos perseguían. Conmovida por el silencio, pensando que Dios cambiaría de idea. Nuestras dos hijas se perdían ya tras la colina. Sentí la vejez en mí. El alejamiento. Lo inútil de viajar. Sueño. Miré hacia atrás mientras ponía mi hatillo en el suelo. Miré hacia atrás preocupada por el siguiente paso. En mi camino aparecieron serpientes, arañas, ratones de campo y polluelos de buitre. Ni buenos, ni malos; simplemente lo vivo, todo, brincaba y se arrastraba en un temor colectivo. Miré hacia atrás por soledad. Por la vergüenza de huir a escondidas. Por las ganas de gritar, de regresar. O porque justo entonces se soltó el viento, desató mi pelo y me levantó el vestido. Sentí que me veían desde los muros de Sodoma y se morían de risa, una y otra vez. Miré hacia atrás llena de rabia. Para gozar plenamente su ruina. Miré hacia atrás por todas las razones mencionadas. Miré hacia atrás sin querer. Fue sólo que una roca giró gruñendo bajo mis pies. Que una grieta de pronto me cortó el paso. En la orilla un hámster agitaba las patas delanteras. Y entonces ambos miramos hacia atrás. No, no. Yo seguí corriendo, arrastrándome y trepando hasta que la oscuridad cayó del cielo, y con ella grava ardiendo y aves muertas. Por falta de aliento varias veces perdí el equilibrio. Si alguien me hubiera visto, pensaría que bailaba. Es posible que haya tenido los ojos abiertos. Que haya caído mirando hacia la ciudad. Fuente: Publicado en El gran número (1976) y en Poesía no completa. Traducción Gerardo Beltrán. Fondo de Cultura Económica, 2002.
- Preguntale al algoritmo / Silvia Duschatzky
Inanición por goteo Hay quienes dicen que en las escuelas avanza un huracán de demandas de informatización. Que pareciera que nada como el algoritmo para dar con los problemas, para dar con las soluciones. Una compañera de trabajo me envía este link:https://www.argentina.gob.ar/educacion/evaluacion-e-informacion-educativa/sistema-integral-de-informacion-digital-educativa-sinide. Hago clic y comienzo a sentir una pesadez innombrable. Leo: “SINIDEI. Sistema Integral de Información Digital Educativa”. Y más abajo: “Tiene como objetivo principal la normalización de estudiantes de la totalidad del sistema educativo en sus diversas modalidades”. Vistosos cuadraditos orientan al usuario. Cada uno indica su contenido: “Trabajo más ágil, información nominal, nuevos datos e indicadores, información confidencial”. Intento avanzar en la lectura de cada nodo de información. Siento más impotencia que desagrado o rechazo. Con ese registro de escritura no puedo. Para seguirlo necesitaría apagar mi aparato sensorial, olvidarme de los ecos, las asociaciones, las ramificaciones hacia lugares arbitrarios que me vienen a la imaginación cuando leo. La lengua de la informatización –precisión denotativa, transparencia comunicativa– propone varios caminos que en definitiva son uno. No hay trazados laberínticos. Perderse no es una posibilidad. Casi sin advertirlo, más que por las señales de cuerpos cansados, el tiempo de lxs maestrxs es absorbido por planilleos informatizadxs, que se suman a una precarización laboral creciente. Lo que antes era impensable comienza a elucubrarse en algunas mentes; ¿y si se virtualiza la escuela?; ¿y si lxs educadorxs pudieran convertirse en figuras virtuales? Escroleando en Instagram, escucho una entrevista que le hace Agustina Kampfer a Santiago Bilinkis, emprendedor tecnólogo. “La tecnología está cerca de emular personas”, dice Bilinkis. “¿Sería posible sostener un vínculo amoroso con alguien que no exista?”. “Desde ya”, acota al instante, “si te enamorás de una imagen, qué importa si no existe. Lo que parezca real, será real. La inteligencia artificial no tiene límites, ya están entregando premios de pintura y literatura a quienes no nacieron”.1 El tecnólogo avanza entusiasmado. “Estamos asistiendo a la emulación de personas. Hay plataformas que generan rostros que nunca existieron y no podés creer que eso que estamos viendo no sea una foto. Lo que sigue es animarla. Generar experiencias irreales fidedignas: esa es la tendencia. Objetos reales en mundos virtuales y objetos virtuales en el mundo real. Llegará un momento en que la pregunta por la existencia no tenga ningún valor”. En los años 80, Günther Anders alertaba sobre una "…novedosa ahistoricidad renovada cada mañana, en la que la humanidad se desliza hacia adelante sin parar, en una mera sucesión inadvertida de momentos que nos hace incapaces de mirar hacia atrás, como el Ángel de la Historia del cuadro de Klee" 2. "Ni tampoco hacia adelante, pues no podemos desatendernos del instante presente" 3. Un profesor de Mendoza percibe el fenómeno. “Nos quieren disciplinar”, comenta mientras viajamos hacia el aeropuerto, luego de dos jornadas intensas de trabajo con docentes de la provincia. Esperando el momento de embarque hacia Buenos Aires, le doy vueltas a esta idea de disciplinamiento. Recuerdo que a los doce años, mi padre entró a mi habitación y me dijo: “Tomá, leéla”, mientras me pasaba un pesado libro con hojas amarillentas. Era Así se templó el acero, de Nikolái Ostrovski.4 La novela narra la vida del joven Pavka Korchaguin, que abandona la escuela para ir a trabajar y, entre 1917 y 1930,se vuelca con voluntad férrea a la causa revolucionaria en la incipiente URSS. Evocaciones nebulosas de una educación familiar con una moral que enaltecía la voluntad, la lucha, la épica. Del otro lado la escuela, con su ojo vigilante y su moral pedagógica, inocula el virus de un espíritu conservador. Se trataba de moldear el carácter, propósito complejo que sólo podía realizarse bajo la promesa de un futuro alentador. El proyecto social, más allá de su índole, se sostenía en el largo plazo y en una ingeniería sofisticada de operatorias ideologizantes. La subjetividad disciplinada, ya fuera en aras de la transformación social o de una idea de progreso indefinido en los parámetros de la sociedad moderna, no producía sujetos cansados. La voluntad, la vida comunitaria, la confianza en el futuro gestaba cuerpos aguerridos con miras a un horizonte, fuera utópico o palpable. Sospecho que no es la disciplina, tal como la conocimos, la que opera hoy sobre nuestras vidas. Nos invaden el cansancio, los automatismos, la disgregación, y la computadora y el celular son nuestros asistentes 24/7. Pero, sobre todo, nos abruma la sensación aplastante de un tiempo paradójicamente congelado en su aceleración inaudita. Creemos que todo se mueve a velocidades impensables, y sin embargo nada más repetitivo que la conectividad. Moldear la existencia fue finalidad de la disciplina. ¿De qué se trata la maquinaria que opera bajo la presunción del fin de lo humano, de una humanidad para la cual lo indefinible ya no es su terreno? Franco Berardi se pregunta: "¿estamos perdiendo la capacidad para detectar lo indetectable, para leer signos invisibles y para sentir las señales de sufrimiento y placer de lxs otrxs? La conjunción de cuerpos, las proximidades sensoriales pierden relieve frente a la conectividad entre máquinas, fragmentos sintácticos, segmentos de información". 5 Arriesgo: la disciplina cedió paso a una inanición por goteo. La sacralización del algoritmo aplaca el erotismo, que vive del ahuecamiento y el velamiento de las cosas; apaga el ímpetu de la energía pensante, dado que la cuadrícula ya lo sabe todo y nos asiste al instante; nos separa de lxs otrxs, tan ocupadxs en sus dispositivos como cualquiera, y barre conla complejidad porque sobra. ¿Qué no puede el algoritmo? Habitar lo incomunicable. Ahí me detengo. Lo incomunicable Comunicado 1: Recordamos que el objetivo del Relevamiento, asociado a la Comunicación Conjunta 1/12, es contar con insumos que nos permitan, a partir de la producción de datos sistematizados, conocer aspectos de las realidades locales relacionadas con las situaciones que aborda la Guía de Orientación para la Intervención en Situaciones Conflictivas y de Vulneración de Derechos en el Escenario Escolar. Los datos sistematizados informan de realidades locales maquetadas, deducidas de los principios de una Guía de Orientación. Juan tiene diez años y vive en una zona rural de la periferia mendocina. Dos veces por año, se ausenta de la escuela para colaborar con la cosecha de la uva en la que trabaja su padre. La economía doméstica sobrevive gracias a una estructura de colaboración entre sus miembros. Juan se ausenta unos días y asiste todos los demás. Le gusta escribir, lo hace fluidamente. Unos días menos en la escuela, unos días de trabajo conjunto, garantizan la sobrevivencia familiar en condiciones de explotación y de un profundo desamparo social. La Guía de orientación lo denomina “vulneración de derechos”. “La existencia persevera en su ser”, escribía Spinoza. La vida precarizada de la familia de Juan persevera en su existencia en la reciprocidad. Comunicado 2. Se comunica a la maestra de Lucas lo que ella misma constata. Se comunica. ¿Quién comunica? Un algoritmo: conjunto ordenado y finito de operaciones que permite hallar la solución de un problema (más adelante veremos en qué medida eso que llaman problema en verdad suprime los problemas). Sus atributos: exactitud, completitud, legibilidad. ¿A quién se comunica? A un receptor de data entry. Dos asuntos a pensar: el devenir maquínico del sujeto (solo somos unidad de información) y el devenir comunicable y solo comunicable de toda señal ambiente. La cuestión es que al cálculo se le escapa la esfera barrosa de lo social. Su mecanismo es la selección y reducción de la complejidad y justamente es la complejidad lo que provoca el acto creativo. Resonancias, elucubraciones, tentativas, son las vías de acceso a la complejidad. Hipótesis: solo lo comunicable puede comunicarse, solo lo incomunicable puede pensarse y ramificarse. Los acontecimientos codificados (sistema de señales o signos que se utilizan para poder transmitir un mensaje) actúan en el proceso comunicativo como información; los no codificados, como interrupción. He aquí el gran problema. Si Spinoza está en lo cierto, no sabemos nada de nuestra capacidad de afectar y de ser afectados por fuera de un campo de relaciones, que son siempre sinuosas, opacas, indeterminadas. Por lo tanto, es la relación con lo no codificable lo que nos permitirá experimentar de qué somos capaces. Modos de expresión de lo incomunicable Lo incomunicable 1: Lucas asistió ocho días. Lucas es curioso. Lucas escribe cuentos de terror. Que Lucas escriba cuentos de terror no importa como dato de rendimiento escolar ni cuantificación del nivel de lectura, sino solo como disparador de ideas que puedan multiplicarse. Lo incomunicable no lo es en términos de códigos de representación. Lo incomunicable 2: Lucas está apocado, apenas sonríe en clase. Mira hacia la ventana como esperando una señal. Eso al algoritmo no le importa. Lo incomunicable 3: Lucas se engripó, faltó dos días. Lo extrañamos. El algoritmo no registra lo imprevisible. No registra todas las capas que rodean un suceso. No registra señales de posibles. No registra la ambivalencia de los mundos afectivos. El algoritmo cristaliza las cosas. Y sin embargo ellas son movientes. Lo incomunicable 4: Lucas escribe sus cuentos de terror en clase, en el recreo, a la noche en su casa. Lo incomunicable 5: la maestra de Lucas toma nota de este registro sensible no computarizado. Se le ocurre una idea: leerles a sus alumnxs un fragmento de “Chico sucio”, cuento de Mariana Enriquez.6 "Hay algunas claves para poder moverse con tranquilidad en este barrio y yo las manejo perfectamente, aunque, claro, lo impredecible siempre puede suceder. Es cuestión de no tener miedo, de hacerse con algunos amigos imprescindibles, de saludar a los vecinos, aunque sean delincuentes —especialmente si son delincuentes—, de caminar con la cabeza alta, prestando atención." El algoritmo no sabe de argucias. Argucia de la maestra argucias de los personajes del cuento "En Constitución la gente de la calle está más abandonada… Frente a mi casa, en una esquina que alguna vez fue una despensa y ahora es un edificio tapiado para que nadie pueda ocuparlo…vive una mujer joven con su hijo. El hijo debe tener unos cinco años, no va a la escuela y se pasa el día en el subterráneo, pidiendo dinero a cambio de estampitas de San Expedito. Lo sé porque una noche, cuando volvía a casa desde el centro, lo ví en el vagón. Tiene un método muy inquietante: después de ofrecerles la estampita a los pasajeros, los obliga a darle la mano, un apretón breve y mugriento. Los pasajeros contienen la pena y el asco: la gente le da la mano y le compra la estampita. Él tiene el ceño siempre fruncido y, cuando habla, la voz cascada; suele estar resfriado y a veces fuma con otros chicos del subte o del barrio de Constitución." El algoritmo no sabe de atenciones sutiles ni de qué cosas afectan a cada quién. El algoritmo es incapaz de registrar la afectividad de los gestos. Por ejemplo, los de asombro e inquietud de esos pibxs que escuchan la narración. "Una noche, caminamos juntos desde la estación de subte hasta mi casa. No me habló, pero nos acompañamos. Le pregunté algunas tonterías, su edad, su nombre; no me contestó. No era un chico dulce ni tierno. Cuando llegué a la puerta de mi casa, sin embargo, me saludó. —Chau, vecina —me dijo. —Chau, vecino —le contesté." El algoritmo no sabe de compañías insólitas, nada le falta, nada añora. Lxs otrxs no pertenecen a su universo. "Una noche, después de cenar, sonó el timbre. Raro: casi nadie me visita a esa hora. Salvo Lala, alguna noche que se siente sola y nos quedamos juntas escuchando rancheras tristes y tomando whisky. Cuando miré por la ventana a ver quién era —nadie abre la puerta directamente en este barrio si suena el timbre cerca de la medianoche— ví que ahí estaba el chico sucio. Corrí a buscar las llaves y lo dejé pasar. Había llorado, se le notaba en los surcos claros que las lágrimas habían marcado su cara mugrienta. Entró corriendo, pero se detuvo antes de llegar a la puerta del comedor, como si necesitara mi permiso. O como si tuviera miedo de seguir adelante." El algoritmo no sabe de estómagos estrujados de miedo. "—¿Qué te pasó? —le pregunté. —Mi mamá no volvió —dijo. Tenía la voz menos áspera pero no sonaba como un chico de cinco años." El algoritmo no registra resonancias ni disonancias. Ellas son nebulosas e incalculables. "¿Te dejó solo? Sí, con la cabeza. —¿Tenés miedo? —Tengo hambre —me contestó. Tenía miedo también, pero ya estaba lo suficientemente endurecido como para no reconocerlo frente a un extraño que, además, tenía casa, una casa linda y enorme, justo enfrente de su intemperie." El algoritmo no sabe lo que puede un cuerpo a la intemperie. "—Bueno —le dije—. Pasá. ¿Adónde fue tu mamá? Se encogió de hombros. —¿Se va seguido? Otra vez se encogió de hombros. Tuve ganas de sacudirlo y enseguida me avergoncé. Necesitaba que lo ayudase; no tenía por qué saciar mi curiosidad morbosa. Y, sin embargo, algo en su silencio me enojaba. " El algoritmo no sabe de emociones encontradas ni huele ni saborea. "Quería que fuera un chico amable y encantador, no este chico hosco y sucio que comía el arroz con pollo lentamente, saboreando cada bocado, y eructaba después de terminar su vaso de Coca-Cola que sí bebió con avidez, y pidió más. No tenía nada para servirle de postre, pero sabía que la heladería de la avenida iba a estar abierta, en verano atendía hasta después de la medianoche. Le pregunté si quería ir y me dijo que sí, con una sonrisa que le cambiaba la cara por completo; tenía los dientes chiquitos y uno, de abajo, se le estaba por caer. Me daba un poco de miedo salir tan tarde y encima hacia la avenida, pero la heladería solía ser territorio neutral, casi nunca había robos ahí, tampoco peleas." El algoritmo no sabe de problemas, porque los problemas desbordan los datos. El algoritmo alerta cuando una interferencia descalabra la maquinaria. El algoritmo sabe de signos transparentes. Los problemas son nuestros, son la antesala de una investigación; y, como lo sugiere Deleuze, tienen la solución que su formulación merece. El problema se traza escuchando cuerpos a la intemperie, emociones encontradas, argucias, disponibilidades y repliegues, disonancias, maniobras de supervivencias, fuerzas pujantes, insistencias y deserciones. Un problema abre una zona de pruebas. Se desplaza hacia nuevos problemas. Una maestra cita a una madre de un niño tipificado como violento. La secretaria de la escuela presente en la entrevista abre el libro de actas y procede a tomar nota cual taquígrafo de tribunal. De pronto, la madre comienza a relatar los avatares de su vida, sus múltiples trabajos precarizados, su función como sostén de hogar, sus parejas violentas. La secretaria deja de tipear, la maestra abandona la distancia diagnóstica y propedéutica y se abre a una conversación. El motivo de la entrevista preestablecido se desplaza. Bucea en fronteras difusas, pero en compañía. Lo incomunicable 6: Lucas levanta la vista. “Seño, en mi cuento también hay un chico sucio”. “¿Será el mismo?”, acota la maestra. P.D: mientras el algoritmo se empeña en barrer con los problemas, habría una lengua que hace posible la aparición de esos mismos problemas. Es nuestra única guarida, nuestra puerta de salida a una vida mecanizada. Avanza sigilosamente en las hendijas incalculables. Estamos en problemas o el juego ha terminado. 1 Agustina Kampfer entrevista a Santiago Bilinkis. “La Tecnología está cerca de emular a las personas”. En “Algo para contar”, IP Noticias. Buenos Aires, diciembre 2022 2 En su célebre ensayo “Tesis sobre la filosofía de la historia”, Walter Benjamin, inspirado por la lectura cabalística de su amigo Gershom Scholem,escribió: Hay un cuadro de Klee que se llama Angelus Novus. En él se muestra a un ángel que parece a punto de alejarse de algo que lo tiene paralizado. Sus ojos miran fijamente, tiene la boca abierta y las alas extendidas; así es como uno se imagina al Ángel de la Historia. Su rostro está vuelto hacia el pasado. Donde nosotros percibimos una cadena de acontecimientos, él ve una catástrofe única que amontona ruina sobre ruina y la arroja a sus pies. Bien quisiera él detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado, pero desde el Paraíso sopla un huracán que se enreda en sus alas, y que es tan fuerte que el ángel ya no puede cerrarlas. Este huracán lo empuja irreteniblemente hacia el futuro, al cual da la espalda, mientras los escombros se elevan ante él hasta el cielo. Ese huracán es lo que nosotros llamamos progreso. (Benjamin, W. Tesis IX. En Tesis sobre la historia y otros fragmentos. Prohistoria. Buenos Aires 2009) 3 Anders, G. La obsolescencia del hombre (VolII). Sobre la destrucción de la vida en la época de la tercera revolución industrial. Pre-Textos. Valencia 2011. 4 Ostrovski, N. Así se templó el acero. Ediciones Lenguas extrajeras. Moscú, s/f. 5 Berardi, F. Fenomenología del fin. Sensibilidad y mutación conectiva. Caja Negra. Buenos Aires 2017. 6 Enríquez, M. Chico sucio, cuento. En Las cosas que perdimos en el fuego. Anagrama, Barcelona 2016 Pieza completa: http://www.danielcanogar.com/es/obra/pulse
- Febrero Adynata / VPS
Hace varios años, siguiendo a un esparcidor de pistas1 leíamos, a golpes de puño, un manifiesto ético del pensamiento sutil: “La vida no debe detenerse. El lenguaje ya y para siempre quedará imposibilitado de cerrarse sobre sí mismo. Impulsar otros tipos de sensibilidad. Aliviar a las ideas del lastre de las sustancias imperiales. Todo está dado al mundo para ser transformado. (Los imperativos y sentencias serían aquí furiosos golpes de un instante).” Pistas que vuelven a finales del 2022 en Dysphoria mundi (Paul B. Preciado), libro que, aunque europeo ayuda a afirmarnos en “la radical multiplicidad de lo vivo”. Muchos capítulos martillan: “Dentro, fuera. Lleno, vacío. Seguro, tóxico. Masculino, femenino. Blanco, negro. Nacional, extranjero. Cultura, naturaleza. Humano, animal. Público, privado. Orgánico, mecánico. Centro, periferia. Aquí, allí. Analógico, digital. Vivo, muerto” y, de pronto, alguna pregunta estalla “¿Bajo qué condiciones y de qué forma merecería la pena seguir viviendo?”. En este 2023 seguimos mordiendo eso que nos hace estar vivos: anzuelo-pezones-amor-trampa-señuelos. Insistimos en batallas aún no libradas y, finalmente, reposamos tendidxs sobre alguna confianza: “No llegar al punto de ya no decir yo, sino a ese punto en el que ya no tiene ninguna importancia decirlo o no decirlo.” (Deleuze Guattari) Entre oídos absolutos -tan aspiracionales del ser de lo perfecto- y oídos feministas que aprendieron a abrirse paso entre los muros institucionales, a veces a fuerza de abandonarlos; entre virus y Messi, instrumentos y juguetes, normalidades y arquetipos, cortes y caricias aún tantas veces sin saber cómo se llama lo que siento ni cómo se llama lo que se ha sentido. Quizás recordar que, para algunxs, no escribir pueda relacionarse con morir y por ello “Uno tiene que mantenerse borracho de escritura para que la realidad no lo destruya.” (Bradbury, Ray. 1990) Cuando las paranoias se nos encarnan como “como segunda piel de desesperaciones llagadas en tiempos de capitalismos que ponen en peligro la vida” y “ponen a la vista que en toda interpretación hay una razón que delira” seguimos necesitando de pistas y confianzas para desanclarnos de lo ya conocido y poder inventar otras formas. Así, tal vez, entre flores y aullidos, otra confianza nos despabile y nos recuerde “Movimiento, alianzas y afectos: armas que nos cuidan del arte de gobernar”. 1 Percia, Marcelo. Epílogo: De Brasi: esparcidor. En De Brasi, Juan Carlos. Ensayo sobre el pensamiento sutil. Ediciones La Cebra. Buenos Aires, 2013.
- Amor a primera vista / Wislawa Szymborska
Ambos están convencidos de que los ha unido un sentimiento repentino. Es hermosa esa seguridad, pero la inseguridad es más hermosa. Imaginan que como antes no se conocían no había sucedido nada entre ellos. Pero ¿qué decir de las calles, las escaleras, los pasillos en los que hace tiempo podrían haberse cruzado? Me gustaría preguntarles si no recuerdan -quizá un encuentro frente a frente alguna vez en una puerta giratoria, o algún "lo siento" o el sonido de "se ha equivocado" en el teléfono-, pero conozco su respuesta. No recuerdan. Se sorprenderían de saber que ya hace mucho tiempo que la casualidad juega con ellos, una casualidad no del todo preparada para convertirse en su destino, que los acercaba y alejaba. que se interponía en su camino y que conteniendo la risa se apartaba a un lado. Hubo signos, señales, pero qué hacer si no eran comprensibles. ¿No habrá revoloteado una hoja de un hombro a otro hace tres años o incluso el último martes? Hubo algo perdido y encontrado. Quién sabe si alguna pelota en los matorrales de la infancia. Hubo picaportes y timbres en los que un tacto se sobrepuso a otro tacto. Maletas, una junto a otra, en una consigna. Quizá una cierta noche el mismo sueño desaparecido inmediatamente después de despertar. Todo principio no es más que una continuación, y el libro de los acontecimientos se encuentra siempre abierto a la mitad. Fuente: Fin y principio (1993). Y en Poesía no completa. Traducción Abel A. Murcia Soriano. Fondo de Cultura Económica, 2002
- Trans / Daniel Rubinsztejn
Sin “ceder primero en las palabras para luego ceder en los hechos” (Freud dixit), decido pensar en mi texto la palabra trans, trabajar sus deslizamientos en nuestro campo psicoanalítico. Hay múltiples vocablos que inician su trayecto con esta palabra, entonces trabajemos en sus derivas. Transferencia- transliteración-transcripción Estas operaciones de lectura tienen su singularidad: Transcribir: es ajustar el escrito al sonido (voz) Transliterar: es cuando el escrito se ajusta a la letra[i] Transferir: otorga las condiciones de lectura de lo que se escucha en un análisis. Estamos sometidos al lugar que la transferencia nos otorga y es desde ahí, que leemos escuchando y escuchamos leyendo. Desde ese lugar, la palabra que cae como producto de las asociaciones -interpretación- es escuchada por el analizante: ni objetividad ni subjetividad, un lugar más allá, trans. Política, estrategia y táctica dibujan la estancia del analista en la transferencia; política del síntoma, estrategia en la transferencia, táctica en la interpretación. Los grados de libertad de estos movimientos del análisis son ceñidos por el lugar al que la libido -sustancia explosiva- nos somete. Trans/individual: El Inconsciente es el discurso del Otro El deseo es el deseo del Otro La libido, la pulsión, mortifican al cuerpo desde el Otro El yo se estructura con la imagen del otro (para/noia) Transicional: Un objeto que está entre la madre y el niño y que ambos pierden, a ninguno le pertenece. Transitoriedad: El sujeto del psicoanálisis es transitorio, cuando súbitamente estaba por aparecer -acto fallido- la llama se apaga dejando una estela de humo, indicando que algo sucedió, algo perecedero, se borra, pero queda indiciado en un cabo aún brillante listo para volver a encender. Nuestro sujeto, cuando está, no es; irrumpe trans, más allá del principio del placer en los intersticios de la repetición. Analista ex/siste -cae- cuando su silencio, su voz… dicen. [i] El sueño escribe en figuras elementos literales. Figurabilidad.
- Una vez más, muerdo / v. Nicolás Koralsky
Una vez más muerdo anzuelo de lo que me hace estar vivo. Muerdo pezones que me recuerdan algo que no sabía que podía existir. Soy un pez manso atragantado por el metal. Observo como un pescado sin la opción del parpadeo. Entre acciones descoordinadas de lo que me gustaría que suceda me pregunto si los peces se enamoran. Entiendo por fin que la acción de morder es una pulsión para apagar el hambre. Morder, una vez más refleja un mecanismo de subsistencia alimentarse de algo que llama la atención. La trampa, el señuelo es la tracción hacia Él (deseo). Eso, que parecería estar al alcance de la boca al morderlo engancha el cuerpo, y tira con el movimiento del oleaje, la tensión del hilo. Me pregunto si los peces se enamoran puedo asegurar que sí lo hacen, no lo hacen por placer. Sé que los peces caen en las redes del amor por hambre. El amor de los peces es una necesidad que no distingue si lo que brilla es oro o alimento.
- Sesiones en el naufragio (35): Paranoias / Marcelo Percia
Paranoias forman parte del sentido común de esta época. Certifican amenazas, señalan malicias en todas partes, reclutan desesperaciones que no saben qué hacer con la desesperación. Paranoias no designan, acá, fijezas enfermizas de soledades que deliran. Paranoias en todos sus plurales nombran desquicias interpretativas. Afectividades signadas por sospechas sin fin, impedidas del descanso de las confianzas, descreídas de la imparcialidad del azar o de la no intencionalidad de lo accidental. Paranoias vienen en auxilio de una vida en común insegura y amenazante. El subtítulo de El Anti-Edipo. Capitalismo y esquizofrenia de Deleuze y Guattari (1972) bien podría haber sido Capitalismo y paranoia. Recordemos que ambos autores presentaban “la paranoia y la esquizofrenia como bordes de amplitud de un péndulo que oscila…”. Y preguntaban “¿Por qué estas palabras, ‘paranoia’ y ‘esquizofrenia’, como pájaros parlantes y nombres de muchachas?”. Paranoias anudan las figuras de Freud y Lacan con la de Dalí. Desde que lee La interpretación de los sueños, Dalí vive obsesionado por conocer a Freud. Quiere interesarlo por su idea de la paranoia como método crítico. Viaja tres veces a Viena sin poder verlo. A fines del otoño de 1938, tras la invasión nazi, Freud huye de Austria, junto con su esposa y su hija Anna, ayudados por una de sus discípulas, la princesa Marie Bonaparte. Escapan en tren a París y luego en barco hacia Inglaterra. Apenas un mes después, a comienzo del verano de ese mismo año, por intermediación del escritor Stefan Zweig, por fin se produce el encuentro en Londres: Freud tiene ochenta y dos años; Dalí, treinta y cuatro. Freud recibe una breve carta de Zweig, también exiliado: “Hay alguien más que quisiere acompañarme la semana próxima, uno de sus mayores admiradores, que a pesar de todas sus pequeñas locuras, es quizás el único genio de la pintura moderna”. Durante la visita, Dalí habla sin parar de la paranoia como procedimiento creativo, mientras Freud, sorprendido por su gran entusiasmo, trata de observar el óleo Metamorfosis de Narciso que el pintor catalán llevó al encuentro para ilustrar su teoría. Unos días después, Freud escribe a su amigo Zweig: “Me inclinaba a considerar a los surrealistas, quienes aparentemente me han elegido como su santo patrón, como excéntricos incurables. El joven español, sin embargo, me ha hecho reconsiderar mi opinión. Sería muy interesante investigar analíticamente cómo una imagen como esa llegó a ser pintada”. El segundo encuentro no se lleva a cabo. Freud muere al año siguiente. Después de aquella reunión, Dalí esboza un retrato de Freud que intenta, a través de Zweig, que llegue a manos del creador del psicoanálisis. Pero eso no ocurre. Zweig no se atreve entregar a Freud ese dibujo que de alguna manera presagia su muerte. Dalí concibe la paranoia como pasadizo para sumergirse en el manantial inconsciente y poder bucear en sus inventivas secretas. Freud la piensa como defensa. Como proyección de una amenaza. Como mudanza de un reproche nacido en el teatro interior que retorna en forma de ataque desde el mundo exterior. Para el psicoanálisis, paranoias alteran la percepción de la realidad. A partir de mínimos detalles, editan mundos, decretan obsesiones, verifican peligros inminentes. A su vez, Dalí y Lacan se conocen unos años antes en París. Lacan lee un artículo de Dalí sobre la paranoia como método creativo y Dalí está interesado en hablar con Lacan sobre las visiones delirantes. Las circunstancias de las cercanías entre el joven pintor y el autor, en 1932, de la tesis De la psicosis paranoica en sus relaciones con la personalidad, se explican -entre otras cosas- por los avatares de la recepción del psicoanálisis en Francia. Las lógicas interpretativas freudianas cautivan más a poetas y artistas que a médicos y científicos. Dalí y Lacan no piensan lo mismo sobre la paranoia, pero, en ese momento, sienten simpatías recíprocas. En todo caso, el método paranoico y la interpretación delirante, tienen en común la pasión por lo inconsciente. Así como el interés por captar sus derivas a través de un método sensible a los vértigos asociativos. Paranoias ponen a la vista cómo percepciones, realidades, verdades, se configuran como formaciones angustiosas a la vez que como figuraciones creativas. Asimismo, en tiempos de las contiendas y genocidios europeos, sobrevienen como sensibilidades exasperadas ante una vida planetaria insegura. Como afectividades que no soportan prevenciones dubitativas. Como desamparos que reaccionan con violencias. Sospechas advienen como presagios o aguijones lanzados desde el futuro; y, también, como hendiduras de luz en un universo que se suponía cerrado y completo. Se podrían distinguir sospechas reactivas (formaciones defensivas ante los peligros de la credulidad) y sospechas críticas o activas (acciones del pensamiento frente a las doctrinas que impone un poder). Paranoias forman parte de las hermenéuticas de la sospecha. Paul Ricoeur (1965) llama maestros de la sospecha a Marx, Nietzsche y Freud, tres torbellinos que piensan el drama de la conciencia y sus falsificaciones. Las relaciones dudosas e improbables con algo que hasta el momento, y todavía hoy, se sigue nombrando como realidad y verdad. Michel Foucault (1964), en su ponencia Marx, Nietzsche, Freud, considera a estas constelaciones autorales como tres de las políticas de la interpretación más productivas del ideario europeo entre mediados del siglo diecinueve y las primeras tres décadas del veinte. Pensamientos que comparten con las paranoias descentramientos respecto de las verdades y realidades instituidas por los cánones vigentes. Sin embargo, paranoias no se reducen a hermenéuticas de la sospecha. Paranoias componen despotismos de la interpretación. Practican desenfrenos interpretativos que, igual, nunca alcanzan para apaciguar a la vida que se siente amenazada. A propósito, para la misma época, Susan Sontag (1964) objeta abusos interpretativos de las críticas literarias y estéticas. Escribe: “La obra de Kafka, por ejemplo, ha estado sujeta a secuestros por no menos de tres ejércitos de intérpretes. Quienes leen a Kafka como alegoría social ven en él ejemplos clínicos de las frustraciones y la insensatez de la burocracia moderna, y su expresión definitiva en el estado totalitario. Quienes leen a Kafka como alegoría psicoanalítica ven en él desesperadas revelaciones del temor de Kafka a su padre, sus angustias de castración, su sensación de impotencia, su dependencia de los sueños. Quienes leen a Kafka como alegoría religiosa explican que K. intenta, en El castillo, ganarse el acceso al cielo; que José K., en El proceso, es juzgado por la inexorable y misteriosa justicia de Dios...”. Su escrito Contra la interpretación termina con esta célebre sentencia: “En lugar de una hermenéutica, necesitamos una erótica del arte”. Paranoias prevalecen como afectividades de la vida en común en épocas de pestes y guerras, en tiempos de extremas desigualdades y catástrofes planetarias. Paranoias se agazapan detrás de un ideal de la fuerza, se represente como se represente. Paranoias no pueden la risa, no pueden eróticas, no pueden suavidades, no pueden delicadezas. Paranoias siguen consignas, prescripciones, protocolos defensivos. Paranoias no piensan, reaccionan. Clarice Lispector (1967) recuerda que para pensar hace falta confianza, entrega, desaprensión, la recepción de otro corazón. No se pueden explorar sentimientos teniendo miedo. Se necesitan ternuras habladas, sin restricciones ni confiscaciones interpretativas. Respiramos paranoias. No se trata de trastornos personales, sino de respuestas posibles en épocas trastornadas. Paranoias como recursos de sensibilidades no totalmente blindadas o de blindajes porosos. Afectividades todavía no completamente indolentes, ni indiferentes, ni anestesiadas, ni impasibles. Paranoias no como acepción psiquiátrica de una catástrofe interior, sino como segunda piel de desesperaciones llagadas en tiempos de capitalismos que ponen en peligro la vida. Paranoias, aunque no pueden, tratan de anticipar todas las amenazas. Presentimientos, a veces, forman parte del arte las adivinaciones desesperadas: leen indicios, inventan señales, interpretan lo ya interpretado. Paranoias encuentran estallado el punto de vista apaciguador, razón por la que los peligros pueden venir desde cualquier lado. Paranoias no hacen el pasaje tranquilizador desde el no saber al saber. Trajinan incansables desde el no saber hasta el tampoco saber o hasta el cada vez saber menos. No pasan de la inquietud a la calma, sino de la inquietud al desasosiego sin fin. Paranoias viven en la inminencia de que está por ocurrir lo peor. Incertidumbres que zarandean la normalidad de los días. No saben lo que va a pasar ni por dónde puede venir, pero olfatean secretas inteligencias siempre listas para atacar. Paranoias actúan en momentos de irresoluciones brutales, caprichosas, insoportables. Paranoias padecen la existencia de otras vidas. Trazan círculos de protección para mantenerse a salvo de lo extraño, lo extranjero, lo desconocido. Todas las ideaciones bélicas sostienen hipótesis persecutorias. Lo mismo que competencias y rivalidades deportivas entre naciones. Paranoias viven sospechando. Agudizan cautelas y suspicacias ante todos los entramados institucionales: familias, parejas, escuelas, fábricas, policías, justicias. Optan por soltarse de los arraigos. Conocen el peligro de los anclajes. Construyen refugios subterráneos para mantenerse apartadas o se arman ansiosas para salir a matar en defensa propia. Paranoias no oscilan entre la hospitalidad y la hostilidad, se les ha congelado la sangre en el ártico de la enemistad. No toleran movimientos constantes de la vida en común que van de la acogida a la expulsión y de la expulsión a la acogida. Sin darnos cuenta cultivamos complacencias y paranoias. Nos entregamos a las tapas de los diarios, a los informes de los noticieros, a las inteligencias de las publicidades, a las versiones de las redes, a los horizontes de deseo que diseñan los algoritmos, como afectividades conformes y satisfechas con lo que nos destinan. Y, también, asistimos a todas esas fuentes como suspicacias que se preguntan: ¿qué quieren que piense?, ¿de qué me están convenciendo?, ¿qué necesidades me están creando?, ¿a qué deseos me empujan? Muchas empresas obtienen ganancias administrando paranoias: fabricantes de armas, compañías de seguros, medicinas privadas, diseñadores de virus y antivirus informáticos, productores de cámaras y alarmas, herrerías que hacen rejas para puertas y ventanas, entrenadores de perros guardianes, instructores en artes marciales, distribuidores de gas pimienta. Cerraduras y cajas fuertes componen predilecciones de las paranoias. El culto por mecanismos y artefactos que sirven para cerrar y blindar. Paranoias, a veces, prefieren apartarse por el desgaste que significa estar en alerta permanente. Se exasperan con azares, accidentes, huecos de la razón. No se preguntan qué sucedió o qué nos pasa, están pendientes de lo que está por pasar. Vislumbran lo peor en cosas inadvertidas que ya están pasando. Vivir en espacios superpoblados en los que nadie se conoce transforma al anonimato en una protección y en una amenaza. El vocablo paranoia nace en el momento en que comienzan a consolidarse las sociedades de masas alrededor de la segunda mitad del siglo diecinueve europeo. En la psiquiatría alemana, lo emplea por primera vez Johann Christian Heinroth (1842) para indicar una modalidad de las psicosis. Enseguida forma parte del vocabulario de Griesinger, Kraepelin, Bleuler, Clérambault. Paranoias están activas en Freud como falsificaciones defensivas de una supuesta realidad. En Melanie Klein como primeras fantasías de las infancias que escenifican angustias todavía sin lenguaje. En Bion como gramáticas protectoras de los grupos ante ansiedades que reactivan, en la vida en común, peligros de los inicios. En Lacan como increencia de afectividades sin garantía, sin ley, sin confiabilidad, que no tienen de qué asirse. En Pichón Rivière como terror automático que se pone en marcha ante situaciones de cambio o abandono de redes de cuidados conocidas. En Deleuze y Guattari como modelos sentimentales de familias burguesas en las que los padres fantasean con matar a los hijos porque suponen que los quieren sustituir y los hijos fantasean con matar a los padres para quedarse con un ansiado botín de amor y erotismo. Paranoias se expanden como disposición de las afectividades para la misma época en que la novela policial se difunde como género. Edgar Allan Poe (1841) crea al detective Auguste Dupin en su relato Los crímenes de la Calle Morgue. Los sitios seguros en las ciudades también representan lugares vulnerables. Paranoias no salen de sus asombros: te pueden destruir hasta en una habitación con ventanas y puertas cerradas desde adentro. Pero si la novela policial investiga qué ocurrió, paranoias sustituyen los abigarrados y tediosos caminos de las indagaciones compartidas por la contundencia automática de certezas pretéritas y anticipatorias de lo que ocurrirá. Paranoias presienten que miserias sociales engendran monstruosidades. Sobrevienen como últimas defensas de afectividades desquiciadas por las desigualdades capitalistas. No se trata solo de delirios de poder que sospechan que una conspiración les quiere arrebatar el trono, sino de desesperaciones que temen morir, estar impedidas de pagar la luz, terminar en la calle, o que las ataque una criatura inconcebible trasportada a la ciudad por un marinero irresponsable. La amenaza no se presenta como circunstancia excepcional, sino como lluvia ácida que humedece los días. El momento de peligro no termina: se extiende como un tic tac perpetuo. Paranoias escuchan incertidumbres que el capital deposita bajo las almohadas. Paranoias viven la amenaza como sensación expandida. La enemistad como principio para conversar. La trampa o la emboscada como verosímil de cualquier relación. El descanso como descuido imperdonable. Sienten la secreta conspiración de las cosas inanimadas llenas de micrófonos y cámaras. Leyendas de los antivirus que irrumpen en computadoras y teléfonos dicen: Su dispositivo no está protegido. Hemos detectado amenazas. Pueden estar viendo lo que está haciendo. Pruebe nuestro servicio gratis por treinta días. Paranoias ponen a la vista que en toda interpretación hay una razón que delira. Aunque los delirios no se llamen delirios y se los nombren con palabras normalizadas como guerras, cárceles, manicomios, paraísos fiscales, ultra riquezas. Algoritmos de las redes sociales materializan una las más tremendas fantasías del presente: actúan como si leyeran pensamientos y deseos. Como si supieran la injerencia que tienen sobre los sueños. Medicinas inventan un nombre para las interpretaciones catastróficas de los signos de los cuerpos: hipocondrías. Hipocondrías, a veces, se presentan como lucideces aterrorizadas que presienten la vulnerabilidad. Paranoias saben la salud como campo minado, como albur genético, como apacible costa en espera de un maremoto, como volcán dormido. Como gratitud y desdicha amorosa. Tal vez en las paranoias haya una culpa secreta, inconfesada. Incluso una falta ajena que se lleva como herencia vergonzante y memoria imborrable de un hecho atroz e irrepresentable que retorna no como recuerdo ni como conciencia, sino como ataque exterior. O tal vez paranoias inventan interioridades asustadas para escapar de la percepción insoportable de la vida que sufre, del planeta que agoniza, de las poéticas aplanadas por los lugares comunes. Paranoias no se presentan como creencias en una amenaza o peligro, sino como certezas. Como adhesiones indisolubles a esas certezas. Un saber se presenta como una creencia que duda y sospecha de sí. La fe cuenta con la garantía de un Dios mayúsculo. Se confía en su protección y en su gracia. Paranoias, sin fe, sospechan de la malicia de lo común. Viven vigilando, tomando precauciones, adivinando malos pensamientos. A esta altura, se necesita hacer lugar a una vacilación que insiste a pesar de todas las distinciones que se intentan: ¿acaso paranoias no expresan lucideces de porvenires que negamos? Después de todo, ideologías se diferencian de las paranoias clínicas por su capacidad de entramar consensos entre soledades que buscan respuestas. Mientras ideologías se componen como fantasías, ficciones políticas, hermenéuticas compartidas, sentido común; paranoias habitan fantasmas, interpretaciones privadas, pesadillas cerradas, sentidos enrarecidos. Paranoias están presentes en todas las literaturas, no solo las policiales. También en las fantasías distópicas que narran afectividades sobrevivientes al fin del mundo. Si se deja de lado Los siete locos de Arlt (1929), tal vez se pueda mencionar un inmenso relato de Julio Cortázar (1959), El perseguidor y una inclasificable novela de Alberto Laiseca (1998), Los Sorias, como referencias, entre tantas, de una posible metafísica de las paranoias en nuestro tiempo. En Cortázar encontramos la figura del perseguidor como cazador y como animal acosado. La persecución como una insistencia de ir más allá de lo establecido y como derrumbe del mundo sobre una frágil y solitaria conciencia. Y, también, la persecución como invención de otro tiempo en el tiempo. En Laiseca asistimos a una narrativa sobre las conspiraciones y las defensas. A un estado de acoso que arranca con los enemigos en la pieza de una pensión. Una crónica de amenazas que crecen. La construcción de realidades que deliran. Un vértigo de demasías asociativas. Quizás paranoias confundan las amenazas. Malinterpreten algo que no pueden o se resisten a saber. Lo que sienten como riesgo personal, anuncia algo todavía peor: la cruda visión de que la vida toda está en peligro. Ricardo Piglia señala proximidades entre paranoias y parodias. Paranoias, a veces, no hacen más que exagerar sospechas admitidas. Se pueden entrever como caricaturas hermenéuticas, como groserías de los despropósitos de la fuerza, como afectividades de personajes de comics que desarrollan superpoderes para reducir puntos de vulnerabilidad. Tal vez paranoias compongan un capítulo de una posible historia universal de las masculinidades. Nos cruzamos. Me dice sonriendo: “¡Buenos días!”. Me quedo pensando: ¿me conoce?, ¿se trata de un encuentro casual?, ¿me dedicó una sonrisa forzada? ¿Qué me quiso decir con “buenos días”?
Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.











