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  • Revista Adynata

Preguntale al algoritmo / Silvia Duschatzky

Inanición por goteo


Hay quienes dicen que en las escuelas avanza un huracán de demandas de informatización. Que pareciera que nada como el algoritmo para dar con los problemas, para dar con las soluciones.


Una compañera de trabajo me envía este link:https://www.argentina.gob.ar/educacion/evaluacion-e-informacion-educativa/sistema-integral-de-informacion-digital-educativa-sinide. Hago clic y comienzo a sentir una pesadez innombrable. Leo: “SINIDEI. Sistema Integral de Información Digital Educativa”. Y más abajo: “Tiene como objetivo principal la normalización de estudiantes de la totalidad del sistema educativo en sus diversas modalidades”. Vistosos cuadraditos orientan al usuario. Cada uno indica su contenido: “Trabajo más ágil, información nominal, nuevos datos e indicadores, información confidencial”.


Intento avanzar en la lectura de cada nodo de información. Siento más impotencia que desagrado o rechazo. Con ese registro de escritura no puedo. Para seguirlo necesitaría apagar mi aparato sensorial, olvidarme de los ecos, las asociaciones, las ramificaciones hacia lugares arbitrarios que me vienen a la imaginación cuando leo. La lengua de la informatización –precisión denotativa, transparencia comunicativa– propone varios caminos que en definitiva son uno. No hay trazados laberínticos. Perderse no es una posibilidad.

Casi sin advertirlo, más que por las señales de cuerpos cansados, el tiempo de lxs maestrxs es absorbido por planilleos informatizadxs, que se suman a una precarización laboral creciente. Lo que antes era impensable comienza a elucubrarse en algunas mentes; ¿y si se virtualiza la escuela?; ¿y si lxs educadorxs pudieran convertirse en figuras virtuales?


Escroleando en Instagram, escucho una entrevista que le hace Agustina Kampfer a Santiago Bilinkis, emprendedor tecnólogo. “La tecnología está cerca de emular personas”, dice Bilinkis. “¿Sería posible sostener un vínculo amoroso con alguien que no exista?”. “Desde ya”, acota al instante, “si te enamorás de una imagen, qué importa si no existe. Lo que parezca real, será real. La inteligencia artificial no tiene límites, ya están entregando premios de pintura y literatura a quienes no nacieron”.1

El tecnólogo avanza entusiasmado. “Estamos asistiendo a la emulación de personas. Hay plataformas que generan rostros que nunca existieron y no podés creer que eso que estamos viendo no sea una foto. Lo que sigue es animarla. Generar experiencias irreales fidedignas: esa es la tendencia. Objetos reales en mundos virtuales y objetos virtuales en el mundo real. Llegará un momento en que la pregunta por la existencia no tenga ningún valor”.

En los años 80, Günther Anders alertaba sobre una …novedosa ahistoricidad renovada cada mañana, en la que la humanidad se desliza hacia adelante sin parar, en una mera sucesión inadvertida de momentos que nos hace incapaces de mirar hacia atrás, como el Ángel de la Historia del cuadro de Klee 2. Ni tampoco hacia adelante, pues no podemos desatendernos del instante presente 3.

Un profesor de Mendoza percibe el fenómeno. “Nos quieren disciplinar”, comenta mientras viajamos hacia el aeropuerto, luego de dos jornadas intensas de trabajo con docentes de la provincia. Esperando el momento de embarque hacia Buenos Aires, le doy vueltas a esta idea de disciplinamiento.

Recuerdo que a los doce años, mi padre entró a mi habitación y me dijo: “Tomá, leéla”, mientras me pasaba un pesado libro con hojas amarillentas. Era Así se templó el acero, de NikoláiOstrovski.4 La novela narra la vida del joven Pavka Korchaguin, que abandona la escuela para ir a trabajar y, entre 1917 y 1930,se vuelca con voluntad férrea a la causa revolucionaria en la incipiente URSS.

Evocaciones nebulosas de una educación familiar con una moral que enaltecía la voluntad, la lucha, la épica. Del otro lado la escuela, con su ojo vigilante y su moral pedagógica, inocula el virus de un espíritu conservador. Se trataba de moldear el carácter, propósito complejo que sólo podía realizarse bajo la promesa de un futuro alentador.

El proyecto social, más allá de su índole, se sostenía en el largo plazo y en una ingeniería sofisticada de operatorias ideologizantes. La subjetividad disciplinada, ya fuera en aras de la transformación social o de una idea de progreso indefinido en los parámetros de la sociedad moderna, no producía sujetos cansados. La voluntad, la vida comunitaria, la confianza en el futuro gestaba cuerpos aguerridos con miras a un horizonte, fuera utópico o palpable.

Sospecho que no es la disciplina, tal como la conocimos, la que opera hoy sobre nuestras vidas.

Nos invaden el cansancio, los automatismos, la disgregación, y la computadora y el celular son nuestros asistentes 24/7. Pero, sobre todo, nos abruma la sensación aplastante de un tiempo paradójicamente congelado en su aceleración inaudita. Creemos que todo se mueve a velocidades impensables, y sin embargo nada más repetitivo que la conectividad.

Moldear la existencia fue finalidad de la disciplina. ¿De qué se trata la maquinaria que opera bajo la presunción del fin de lo humano, de una humanidad para la cual lo indefinible ya no es su terreno? Franco Berardi se pregunta:

¿estamos perdiendo la capacidad para detectar lo indetectable, para leer signos invisibles y para sentir las señales de sufrimiento y placer de lxs otrxs? La conjunción de cuerpos, las proximidades sensoriales pierden relieve frente a la conectividad entre máquinas, fragmentos sintácticos, segmentos de información.5

Arriesgo: la disciplina cedió paso a una inanición por goteo. La sacralización del algoritmo aplaca el erotismo, que vive del ahuecamiento y el velamiento de las cosas; apaga el ímpetu de la energía pensante, dado que la cuadrícula ya lo sabe todo y nos asiste al instante; nos separa de lxs otrxs, tan ocupadxs en sus dispositivos como cualquiera, y barre conla complejidad porque sobra.

¿Qué no puede el algoritmo? Habitar lo incomunicable. Ahí me detengo.

Lo incomunicable

Comunicado 1: Recordamos que el objetivo del Relevamiento, asociado a la Comunicación Conjunta 1/12, es contar con insumos que nos permitan, a partir de la producción de datos sistematizados, conocer aspectos de las realidades locales relacionadas con las situaciones que aborda la Guía de Orientación para la Intervención en Situaciones Conflictivas y de Vulneración de Derechos en el Escenario Escolar.

Los datos sistematizados informan de realidades locales maquetadas, deducidas de los principios de una Guía de Orientación.

Juan tiene diez años y vive en una zona rural de la periferia mendocina. Dos veces por año, se ausenta de la escuela para colaborar con la cosecha de la uva en la que trabaja su padre. La economía doméstica sobrevive gracias a una estructura de colaboración entre sus miembros. Juan se ausenta unos días y asiste todos los demás. Le gusta escribir, lo hace fluidamente. Unos días menos en la escuela, unos días de trabajo conjunto, garantizan la sobrevivencia familiar en condiciones de explotación y de un profundo desamparo social. La Guía de orientación lo denomina “vulneración de derechos”.

“La existencia persevera en su ser”, escribía Spinoza. La vida precarizada de la familia de Juan persevera en su existencia en la reciprocidad.

Comunicado 2.

Se comunica a la maestra de Lucas lo que ella misma constata. Se comunica. ¿Quién comunica? Un algoritmo: conjunto ordenado y finito de operaciones que permite hallar la solución de un problema (más adelante veremos en qué medida eso que llaman problema en verdad suprime los problemas). Sus atributos: exactitud, completitud, legibilidad. ¿A quién se comunica? A un receptor de data entry.

Dos asuntos a pensar: el devenir maquínico del sujeto (solo somos unidad de información) y el devenir comunicable y solo comunicable de toda señal ambiente. La cuestión es que al cálculo se le escapa la esfera barrosa de lo social. Su mecanismo es la selección y reducción de la complejidad y justamente es la complejidad lo que provoca el acto creativo. Resonancias, elucubraciones, tentativas, son las vías de acceso a la complejidad.

Hipótesis: solo lo comunicable puede comunicarse, solo lo incomunicable puede pensarse y ramificarse. Los acontecimientos codificados (sistema de señales o signos que se utilizan para poder transmitir un mensaje) actúan en el proceso comunicativo como información; los no codificados, como interrupción. He aquí el gran problema. Si Spinoza está en lo cierto, no sabemos nada de nuestra capacidad de afectar y de ser afectados por fuera de un campo de relaciones, que son siempre sinuosas, opacas, indeterminadas. Por lo tanto, es la relación con lo no codificable lo que nos permitirá experimentar de qué somos capaces.

Modos de expresión de lo incomunicable

Lo incomunicable 1: Lucas asistió ocho días. Lucas es curioso. Lucas escribe cuentos de terror.

Que Lucas escriba cuentos de terror no importa como dato de rendimiento escolar ni cuantificación del nivel de lectura, sino solo como disparador de ideas que puedan multiplicarse.

Lo incomunicable no lo es en términos de códigos de representación.

Lo incomunicable 2: Lucas está apocado, apenas sonríe en clase. Mira hacia la ventana como esperando una señal.

Eso al algoritmo no le importa.

Lo incomunicable 3: Lucas se engripó, faltó dos días. Lo extrañamos.

El algoritmo no registra lo imprevisible. No registra todas las capas que rodean un suceso. No registra señales de posibles. No registra la ambivalencia de los mundos afectivos. El algoritmo cristaliza las cosas. Y sin embargo ellas son movientes.

Lo incomunicable 4: Lucas escribe sus cuentos de terror en clase, en el recreo, a la noche en su casa.

Lo incomunicable 5: la maestra de Lucas toma nota de este registro sensible no computarizado. Se le ocurre una idea: leerles a sus alumnxs un fragmento de “Chico sucio”, cuento de Mariana Enriquez.6

Hay algunas claves para poder moverse con tranquilidad en este barrio y yo las manejo perfectamente, aunque, claro, lo impredecible siempre puede suceder. Es cuestión de no tener miedo, de hacerse con algunos amigos imprescindibles, de saludar a los vecinos, aunque sean delincuentes —especialmente si son delincuentes—, de caminar con la cabeza alta, prestando atención.

El algoritmo no sabe de argucias. Argucia de la maestra argucias de los personajes del cuento

En Constitución la gente de la calle está más abandonada… Frente a mi casa, en una esquina que alguna vez fue una despensa y ahora es un edificio tapiado para que nadie pueda ocuparlo…vive una mujer joven con su hijo. El hijo debe tener unos cinco años, no va a la escuela y se pasa el día en el subterráneo, pidiendo dinero a cambio de estampitas de San Expedito. Lo sé porque una noche, cuando volvía a casa desde el centro, lo ví en el vagón. Tiene un método muy inquietante: después de ofrecerles la estampita a los pasajeros, los obliga a darle la mano, un apretón breve y mugriento. Los pasajeros contienen la pena y el asco: la gente le da la mano y le compra la estampita. Él tiene el ceño siempre fruncido y, cuando habla, la voz cascada; suele estar resfriado y a veces fuma con otros chicos del subte o del barrio de Constitución.

El algoritmo no sabe de atenciones sutiles ni de qué cosas afectan a cada quién. El algoritmo es incapaz de registrar la afectividad de los gestos. Por ejemplo, los de asombro e inquietud de esos pibxs que escuchan la narración.

Una noche, caminamos juntos desde la estación de subte hasta mi casa. No me habló, pero nos acompañamos. Le pregunté algunas tonterías, su edad, su nombre; no me contestó. No era un chico dulce ni tierno. Cuando llegué a la puerta de mi casa, sin embargo, me saludó.

—Chau, vecina —me dijo.

—Chau, vecino —le contesté.

El algoritmo no sabe de compañías insólitas, nada le falta, nada añora. Lxs otrxs no pertenecen a su universo.

Una noche, después de cenar, sonó el timbre. Raro: casi nadie me visita a esa hora. Salvo Lala, alguna noche que se siente sola y nos quedamos juntas escuchando rancheras tristes y tomando whisky. Cuando miré por la ventana a ver quién era —nadie abre la puerta directamente en este barrio si suena el timbre cerca de la medianoche— ví que ahí estaba el chico sucio. Corrí a buscar las llaves y lo dejé pasar. Había llorado, se le notaba en los surcos claros que las lágrimas habían marcado su cara mugrienta. Entró corriendo, pero se detuvo antes de llegar a la puerta del comedor, como si necesitara mi permiso. O como si tuviera miedo de seguir adelante.

El algoritmo no sabe de estómagos estrujados de miedo.

—¿Qué te pasó? —le pregunté.

—Mi mamá no volvió —dijo.

Tenía la voz menos áspera pero no sonaba como un chico de cinco años.

El algoritmo no registra resonancias ni disonancias. Ellas son nebulosas e incalculables.

¿Te dejó solo?

Sí, con la cabeza.

—¿Tenés miedo?

—Tengo hambre —me contestó. Tenía miedo también, pero ya estaba lo suficientemente endurecido como para no reconocerlo frente a un extraño que, además, tenía casa, una casa linda y enorme, justo enfrente de su intemperie.

El algoritmo no sabe lo que puede un cuerpo a la intemperie.

—Bueno —le dije—. Pasá. ¿Adónde fue tu mamá?

Se encogió de hombros.

—¿Se va seguido?

Otra vez se encogió de hombros. Tuve ganas de sacudirlo y enseguida me avergoncé. Necesitaba que lo ayudase; no tenía por qué saciar mi curiosidad morbosa. Y, sin embargo, algo en su silencio me enojaba.

El algoritmo no sabe de emociones encontradas ni huele ni saborea.

Quería que fuera un chico amable y encantador, no este chico hosco y sucio que comía el arroz con pollo lentamente, saboreando cada bocado, y eructaba después de terminar su vaso de Coca-Cola que sí bebió con avidez, y pidió más. No tenía nada para servirle de postre, pero sabía que la heladería de la avenida iba a estar abierta, en verano atendía hasta después de la medianoche. Le pregunté si quería ir y me dijo que sí, con una sonrisa que le cambiaba la cara por completo; tenía los dientes chiquitos y uno, de abajo, se le estaba por caer. Me daba un poco de miedo salir tan tarde y encima hacia la avenida, pero la heladería solía ser territorio neutral, casi nunca había robos ahí, tampoco peleas.

El algoritmo no sabe de problemas, porque los problemas desbordan los datos. El algoritmo alerta cuando una interferencia descalabra la maquinaria. El algoritmo sabe de signos transparentes. Los problemas son nuestros, son la antesala de una investigación; y, como lo sugiere Deleuze, tienen la solución que su formulación merece.

El problema se traza escuchando cuerpos a la intemperie, emociones encontradas, argucias, disponibilidades y repliegues, disonancias, maniobras de supervivencias, fuerzas pujantes, insistencias y deserciones.

Un problema abre una zona de pruebas. Se desplaza hacia nuevos problemas.

Una maestra cita a una madre de un niño tipificado como violento. La secretaria de la escuela presente en la entrevista abre el libro de actas y procede a tomar nota cual taquígrafo de tribunal. De pronto, la madre comienza a relatar los avatares de su vida, sus múltiples trabajos precarizados, su función como sostén de hogar, sus parejas violentas. La secretaria deja de tipear, la maestra abandona la distancia diagnóstica y propedéutica y se abre a una conversación. El motivo de la entrevista preestablecido se desplaza. Bucea en fronteras difusas, pero en compañía.

Lo incomunicable 6: Lucas levanta la vista. “Seño, en mi cuento también hay un chico sucio”. “¿Será el mismo?”, acota la maestra.

P.D: mientras el algoritmo se empeña en barrer con los problemas, habría una lengua que hace posible la aparición de esos mismos problemas. Es nuestra única guarida, nuestra puerta de salida a una vida mecanizada. Avanza sigilosamente en las hendijas incalculables.

Estamos en problemas o el juego ha terminado.


1 Agustina Kampfer entrevista a Santiago Bilinkis. “La Tecnología está cerca de emular a las personas”. En “Algo para contar”, IP Noticias. Buenos Aires, diciembre 2022

2 En su célebre ensayo “Tesis sobre la filosofía de la historia”, Walter Benjamin, inspirado por la lectura cabalística de su amigo GershomScholem,​escribió: Hay un cuadro de Klee que se llama AngelusNovus. En él se muestra a un ángel que parece a punto de alejarse de algo que lo tiene paralizado. Sus ojos miran fijamente, tiene la boca abierta y las alas extendidas; así es como uno se imagina al Ángel de la Historia. Su rostro está vuelto hacia el pasado. Donde nosotros percibimos una cadena de acontecimientos, él ve una catástrofe única que amontona ruina sobre ruina y la arroja a sus pies. Bien quisiera él detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado, pero desde el Paraíso sopla un huracán que se enreda en sus alas, y que es tan fuerte que el ángel ya no puede cerrarlas. Este huracán lo empuja irreteniblemente hacia el futuro, al cual da la espalda, mientras los escombros se elevan ante él hasta el cielo. Ese huracán es lo que nosotros llamamos progreso. (Benjamin, W. Tesis IX. En Tesis sobre la historia y otros fragmentos. Prohistoria. Buenos Aires 2009)

3Anders, G. La obsolescencia del hombre (VolII). Sobre la destrucción de la vida en la época de la tercera revolución industrial. Pre-Textos. Valencia 2011.

4Ostrovski, N. Así se templó el acero. Ediciones Lenguas extrajeras. Moscú, s/f.

5Berardi, F. Fenomenología del fin. Sensibilidad y mutación conectiva. Caja Negra. Buenos Aires 2017.

6Enríquez, M. Chico sucio, cuento. En Las cosas que perdimos en el fuego. Anagrama, Barcelona 2016


Pulse. Daniel Canogar Instalación permanente de pantallas LED flexibles, computadora, software generativo a la medida, datos en tiempo real, estructura metálica Complejo Educativo de Ingeniería Zachry, Universidad A&M, Texas, TX 4,58 x 45,72 x 3,65 m

Pieza completa: http://www.danielcanogar.com/es/obra/pulse

Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.

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