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- Bardo del bueno Productora audiovisual juvenil matancera en salud /Mariano Fiumara
“Supimos de un grupo de psicos que empezó a asistir a un barrio de los kilómetros porque muchos chikos chikas chikes se lastimaban, no le encontraban la vuelta a vivir. Pintaba tan oscura la película, que empezaron a hacer cine. Llevaron luz, cámara y acción a las historias de chikos chikas chikes. Mientras la vuelta se seguía buscando, encontraron otras cosas que ya se pueden buscar y ver en iutub. Porque hay formas y formas de encontrar la vuelta. O aunque sea, una ida. Supimos y decimos que hay muchas historias que merecen ser contadas. Tantas son, que no alcanzarían las palabras, en este lugar lleno de nombres con vida y otros de memoria de lo que nos mata.”1 La matanza, 2022 ¿Cómo quisiera que me atiendan si me acerco a un centro de salud, a una sala, a un hospital? Lxs pibxs de “la produ”, Bardo del bueno, (pibxs de 17, de 23, hasta de más de 40 años) encaran estas preguntas y muchas más. Sabidurías clínicas atemporales2 se reeditan en esos cuerpos de pocos años (pero mucha vida) que se meten con cosas que duele asumir y cuesta desarmar: los espacios en los que deberían garantizarse cuidados muchas veces excluyen, maltratan, expulsan. Presencias que evocan lo público cómo espacio común a ser poblado, disputado, okupado por prácticas y lógicas barriales del cuidado no contempladas por el lenguaje de la gestión, de las burocracias, de los profesionalismos expulsivos. Y ahí van, a veces con cámara y micrófono en mano, otras apenas con un celular. Pasan por espacios de salud, de educación, por congresos, jornadas y por las calles para plantar sus inquietudes, sus provocaciones, sus propuestas. Ahí nomás artilugian espacios conversacionales en los que asaltan con preguntas e interpelaciones: “Ranchar no es delito”, “el arte callejero no es delito”, “el acoso callejero es delito”, “¿qué material te gustaría que se produzca desde lxs jóvenes?”, "¿cómo te gustaría que te atiendan en la sala de tu barrio?", "¿qué aprendizajes dejó la pandemia a lxs trabajadorxs de salud pública?". Interventorxs seriales. Irreverentes, joviales y a la vez muy cuidadosxs, así andan, pulseando contra imaginarios que arrasan posibilidades vitales, los mismos que enchufan a juventudes conurbanas a delitos, consumos, violencias, descontrol. Visiones que hacen que se cierren puertas, que se hostilicen miradas, que se subestime, que se ningunee, que se moralice sin asco.3 Disputar algunos sentidos no es fácil, ablandar algunas rigideces no es fácil, suavizar algunas durezas no es fácil, rajar de algunas versiones que sentencian destinos inhóspitos no es fácil pero lxs pibxs no arrugan y donde quiera que vayan saben hacerse lugar desparramando algunos saberes, algunas amorosidades, algunas inventivas que se les escapan. Sin solemnidades, sin posturas, casi sin saber, casi sin querer. Pasen y vean: https://instagram.com/bardodelbueno.produ?igshid=YmMyMTA2M2Y= 1 Carolina Wajnerman (2022), Kilómetros y kilómetros. Texto de lanzamiento de la Red matancera de arte y salud. 2 En una entrevista con Felipe Pigna, Pedro Saborido cuenta que, a partir del personaje Jesús de Laferrere que crea para el programa "Peter Capusotto y sus videos', llega hasta él el comentario de un enfermero de esa localidad emocionado por ser la primera vez que veía que su barrio aparecía mencionado en la televisión sin que se aluda a un robo o asesinato. Saborido también piensa al conurbano bonaerense como territorio de licencias estéticas, de primacía del disfrute por sobre la mesura de las buenas apariencias, de la desarmonía como libertad expresiva, como espacio muchas veces regido más por derroche, por el capricho, por la inmediatez del disfrute que por el cálculo capitalista de la pérdida y la ganancia. https://www.youtube.com/watch?v=mxVpUKAEOtg 3 Percia, Marcelo (2022). Sesiones en el naufragio (32). Dar la acogida. Publicado en Revista Adynata. https://www.revistaadynata.com/post/sesiones-en-el-naufragio-32-dar-la-acogida-marcelo-percia
- Octubre Adynata / VPS
Las anclas y los cimientos de la normalidad se resisten a soltarse. Con cada intento, tiemblan y se desgarran vidas. Se escucha, como disparos a repetición en el consultorio: tengo cuadros depresivos reiterados, tuve un ataque de ansiedad, me despierto a la noche por miedo, soñé que se va a morir alguien, nada de lo que hago alcanza, estoy agotada, me siento desvitalizadx, vivo pensando cómo sentir menos angustia, ya no tengo ganas de nada. Entre lágrimas, acongojadxs o a los gritos, la interpretación del anclaje de lo vivido se obstina en ubicar que “el problema soy yo”. Y, a través del paciente trabajo de interrogar y abrir sentidos, de conversar y tejer relaciones, de acompañar para inventar posibilidades, se despliega una y otra vez el desplazamiento a que el problema es el YO. Una y otra vez. Una y otra vez. Una y otra vez y todas las veces que hagan falta perseveramos en señalar, para resquebrajar, la arrogancia patologizante de la normalidad buscando descascararla y que la piel pueda volver a erizarse. Ya desde hace años pero aún más desde el magnicidio, las amenazas y sus miedos salieron a pasear por la ciudad. (¿Será que en lugares con más cielo, verdes y marrones la vida pueda transcurrir de otras maneras?) En el asfalto todo se endurece y se naturaliza. Hasta los despliegues y daños de la cocaína parecieran hoy normalizados, ¿será porque simulan menor dureza que la que transmite eso que progresivamente, gentrifica y reemplaza adoquines? Pareciera que ya ni adoquines quedan para las resistencias. Si hasta las piedras de Plaza de Mayo están, desde aquel diciembre de lucha y represión contra la reforma previsional en 2017, pegadas al suelo. Pareciera que la patologización desmedida, “sin médico y sin enfermo”, efectuase su función de encubrir los daños y crueldades seriales que provoca la normalidad. Esa maquinaria civilizatoria que, entre exterminios y exterminios, viene condenando y cooptando, entre muchas cuestiones, a la piel y los disfrutes. Ocio y placeres han quedado y quedan condenados por las religiones, adiestrados por la educación y mercantilizados por el espectáculo y los mercados. Las posibilidades del estar ahí en cuerpo, tiempo y espacio se cercenan y viven acechadas ya sea por morales, ya sea por consumos, ya sea por tecnologías. Afirmaba Pierre-Joseph Proudhon en "¿Qué es la propiedad?" (1840): “Si tuviera que contestar a la siguiente pregunta: ¿qué es la esclavitud? y respondiera en pocas palabras: es el asesinato, mi pensamiento, desde luego sería, comprendido. No necesitaría de grandes razonamientos para demostrar que el derecho de quitar al hombre el pensamiento, la voluntad, la personalidad, es un derecho de vida y muerte, y que hacer esclavo a un hombre es asesinarlo. ¿Por qué razón, pues, no puedo contestar a la pregunta ¿qué es la propiedad? diciendo concretamente: la propiedad es un robo, sin tener la certeza de no ser comprendido, a pesar de que esta segunda afirmación no es más que una simple transformación de la primera? “. Con la postpandemia, el YO y la propiedad se están viendo reforzados. Con la Pandora-pandemia se desataron todos los males con todas las amenazas para todos los miedos del mundo – habidos y por haber- que están recargando y pretenden garantizar que el gobierno de la normalidad permanezca intacto. Como dijimos alguna vez, resulta más sencillo imaginar un apocalipsis zombi que un mundo sin policías. Del mismo modo, ¿cómo sería imaginar – y efectuar- un mundo en el que la piel, esa de todos los colores, pudiese vibrar y disfrutar de los placeres? Leemos en el mes de marzo en una de las Sesiones del naufragio: “Ternuras, suavidades, dulzuras, tibiezas, componen alegrías de las cercanías. Conjuros sanadores de la enfermedad de la fuerza.” Leemos a Audre Lorde en esta Adynata octubre: “Lo erótico no se puede experimentar de segunda mano. En mi condición de feminista negra y lesbiana, tengo unos sentimientos, un conocimiento y una comprensión determinados de aquellas hermanas con las que he bailado, he jugado o incluso me he peleado a fondo. Haber participado profundamente en una experiencia compartida ha sido muchas veces el precedente para realizar acciones conjuntas que, de otro modo, habrían sido imposibles.” Quizás en lo erótico, lo otro de la enfermedad de la fuerza.
- El mito revolucionario. 1ra parte / Jean Paul Sartre
Los jóvenes de hoy no se sienten cómodos. No se reconocen ya el derecho de ser jóvenes, y se diría que la juventud, más que una edad de la vida, fuese un fenómeno de clase, una infancia indebidamente prolongada, un plazo de irresponsabilidad que se acordara a los hijos de papá, puesto que los obreros pasan sin transición de la adolescencia a la edad de hombre. Nuestro tiempo, que sigue a la liquidación de las burguesías europeas, liquida también ese período abstracto y metafísico, del que siempre se ha dicho: "Hay que pasar por él". Como avergonzados de su juventud, y de esa disponibilidad que en otros tiempos estaba de moda, la mayoría de mis antiguos alumnos se casó muy pronto, y son padres de familia antes de haber terminado sus estudios. Aún reciben a fines de mes un cheque de su familia, pero como nos les basta deben dictar lecciones, traducir o hacer "suplencias". Son semi-trabajadores, comparables en cierto sentido a mujeres mantenidas y en otro a obreros a domicilio. No se toman tiempo (como hacíamos nosotros a su edad) para jugar con las ideas antes de adoptar una: son ciudadanos y padres, votan, tienen que definirse. Claro que no es un mal; después de todo, es conveniente que se los invite a elegir desde el primer momento: por o contra el hombre, por o contra las masas. Pero si toman el primer partido, comienzan las dificultades, porque se los convence de que deben despojarse de su subjetividad; pero como aún están dentro de ella, sólo se disponen a hacerlo por motivos que siguen siendo subjetivos; se consultan a sí mismos antes de lanzarse al agua, y en el acto la subjetividad asume para ellos una importancia tanto mayor cuanto que meditan con más seriedad abandonarla, y comprueban con irritación que su concepto de la objetividad es aún subjetivo. Así se vuelven sobre sí mismos sin poder decidirse; y si lo hacen será con los ojos cerrados, de un salto, por impaciencia o por cansancio. Pero no por eso habrán terminado con las vacilaciones. Ahora se les pide que elijan entre idealismo y materialismo: se les dice que no hay término medio y que si no es lo uno será lo otro. A la mayoría de ellos el materialismo les parece filosóficamente falso: no comprenden cómo la materia podría engendrar la idea de materia. Protestan, sin embargo, que rechazan el idealismo con todas sus fuerzas; saben que sirve de mito a las clases poseedoras, y que no es una filosofía rigurosa sino un pensamiento harto difuso, que tiene por función enmascarar la realidad o absorberla en la idea. “No importa”, se les responde, y si a ustedes les repugnan las astucias de los universitarios, serán víctimas de una ilusión más sutil, y tanto más peligrosa". De este modo se sienten acorralados hasta en sus pensamientos, a los que se envenena de raíz; se sienten condenados a servir a su pesar una filosofía que detestan, o adoptar por disciplina una doctrina en la que no pueden creer. Han perdido la despreocupación propia de su edad sin adquirir la certeza de la edad madura; no están ya disponibles, y sin embargo no pueden alistarse; siguen a las puertas del comunismo sin atreverse a entrar ni a alejarse. No son culpables: no es culpa suya si aquellos mismos que dicen profesar la dialéctica hoy quieren obligarlos a elegir entre dos contrarios, y rechazan, con el nombre despectivo de "tercer partido", la síntesis que los abrazaría. Como son profundamente sinceros, como desean el advenimiento del sistema socialista, y están dispuestos a servir a la Revolución con todas sus fuerzas, el único medio de ayudarlos consiste en que nos preguntemos, con ellos, si el materialismo y el mito de la objetividad son realmente exigidos por la causa de la Revolución, y si no hay un distanciamiento entre la acción del revolucionario y su ideología. He aquí, pues, que me vuelvo hacia el materialismo y trato una vez más de examinarlo. Al parecer, su primer movimiento consiste en negar la existencia de Dios y la finalidad trascendente; el segundo, en reducir los movimientos del espíritu a los de la materia; el tercero, en eliminar la subjetividad, reduciendo el mundo con el hombre dentro a un sistema de objetos vinculados entre sí por relaciones universales. Deduzco de buena fe que es una doctrina metafísica y que los materialistas son metafísicos. Pero en el acto se me detiene: yo me engaño; nada detestan como la metafísica; ni siquiera es seguro que se apiaden de la filosofía. El materialismo dialéctico, según Pierre Naville,i es "la expresión de un descubrimiento progresivo de las interacciones del mundo, descubrimiento que no es en modo alguno pasivo sino que implica la actividad del descubridor, del investigador y del luchador". Según Roger Garaudy,ii la primera actitud del materialismo consiste en negar que haya un saber legítimo fuera del saber científico. Y para Cécile Angrandiii no puede uno ser materialista si no rechaza antes cualquier especulación a priori. Esas inventivas contra la metafísica son viejos conocidos nuestros: ya las encontrábamos en el siglo pasado bajo la pluma de los positivistas. Pero éstos, más consecuentes, rehusaban pronunciarse sobre la existencia de Dios, porque tenían por inverificables todas las conjeturas que se pueden formar sobre ese punto; y habían renunciado una vez por todas a interrogarse sobre las relaciones del espíritu con el cuerpo, porque pensaban que no podemos conocer nada. Está claro, efectivamente, que el ateísmo de Naville o de Angrand no es "la expresión de un descubrimiento progresivo". Es una toma de posición, tajante y apriorística, sobre un problema que excede infinitamente a nuestro conocimiento. Esa posición es también la mía, pero yo no pensaba ser menos metafísico negándole a Dios su existencia que Leibnitz al acordársela. Y el materialista, que reprocha a los idealistas hacer metafísica cuando reducen la materia al espíritu, ¿por qué milagro se vería dispensado de hacer también metafísica cuando reduce el espíritu a la materia? La experiencia no se pronuncia en favor de su doctrina, como tampoco de la doctrina opuesta: se limita a poner en evidencia la estrecha conexión de lo fisiológico y de lo psíquico; y esa conexión puede ser interpretada en mil formas distintas. Cuando el materialista se siente seguro de sus principios, su seguridad no le puede venir sino de intuiciones o raciocinios a priori, o sea de esas mismas especulaciones que condena. Ahora comprendo que el materialismo es una metafísica disimulada bajo un positivismo; pero es una metafísica que se destruye a sí misma, porque socavando por principio la metafísica priva de fundamentos a sus propias afirmaciones. A la vez, destruye también el positivismo bajo el que se ampara. Si los discípulos de Comte reducían el saber humano a los conocimientos científicos, era por modestia; contenían la razón en los límites estrechos de nuestra experiencia porque sólo allí se muestra eficaz. El triunfo de la ciencia era para ellos un hecho; pero un hecho humano; desde el punto de vista del hombre, y para el hombre, es verdad que la ciencia triunfa. No se preocupaban de preguntarse si el universo en sí soporta y garantiza el racionalismo científico, por la buena razón de que se verían obligados a salir de sí mismos, y de la humanidad, para comparar el universo tal como es a la representación que de él nos ofrece la ciencia, y tener sobre el hombre y sobre el mundo el punto de vista de Dios. El materialista no es tan tímido: sale de la ciencia y de la subjetividad, sale de lo humano y se sustituye al Dios que él niega para contemplar el espectáculo del universo. Escribe tranquilamente: "La concepción materialista del mundo significa simplemente la concepción de la naturaleza tal como es, sin ningún elemento extraño".iv En este texto sorprendente se trata, sin duda, de suprimir la subjetividad humana, ese "elemento extraño a la naturaleza". El materialista, al negar su subjetividad, piensa que la ha disipado. Pero el ardid se descubre fácilmente: para suprimir la subjetividad, el materialista se declara objeto, o sea materia de ciencia. Pero, una vez que ha suprimido la subjetividad en provecho del objeto, en lugar de verse como una cosa entre las cosas, sacudido por las resacas del universo físico, se convierte en mirada objetiva y pretende que contempla la naturaleza tal como es absolutamente. Hay un juego de palabras con la objetividad, que tan pronto significa la cualidad pasiva, del objeto que miramos, como el valor absoluto de una mirada despojada de debilidades subjetivas. Así el materialista, habiendo superado toda subjetividad y habiéndose asimilado a la pura verdad objetiva, se pasea en un mundo de objetos habitado por hombres-objetos. Y cuando vuelve de su viaje nos comunica lo que ha aprendido: "Todo lo que es racional es real", nos dice; "todo lo que es real es racional". ¿De dónde saca este optimismo racionalista? Comprendemos que un kantiano venga a hacernos declaraciones sobre la naturaleza, puesto que según él la razón constituye la experiencia. Pero el materialista no admite que el mundo sea producto de nuestra actividad constituyente; por el contrario, para él nosotros somos producto del universo. ¿Cómo sabremos, pues, que lo real es racional, si no lo hemos creado y si nosotros no reflejamos sino, por momentos, una ínfima parte de él? El triunfo de la ciencia puede, en rigor, incitarnos a pensar que esta racionalidad es probable; pero puede tratarse de una racionalidad local, estadística; puede valer para cierta dimensión y desaparecer por debajo o por encima de ese límite. De lo que nos parece una inducción temeraria o, si se quiere, un postulado, el materialismo hace una certidumbre. Para él no hay duda: la Razón está en el hombre y fuera del hombre. Y la gran revista del materialismo se llama tranquilamente La Pensée, "órgano del racionalismo moderno"... Sólo que, por un vuelco dialéctico que podía preverse, el racionalismo materialista se introduce en el irracionalismo y se destruye a sí mismo: si el hecho físico está condicionado rigurosamente por la biología, y el hecho biológico a su vez por el estado físico del mundo, admito que la conciencia humana pueda expresar el universo como un efecto expresa su causa, pero no como un pensamiento expresa su objeto. Una razón cautiva, gobernada desde fuera, gobernada por una cadena de causas ciegas, ¿cómo podría aún ser una razón? ¿Cómo podré creer en los principios de mis deducciones si sólo el acontecimiento exterior los ha depositado en mí, y si, como dice Hegel, "la razón es un hueso?" ¿Por qué azar los productos brutos de la naturaleza serían a un tiempo claves de la naturaleza? Véase, por otra parte, cómo habla Lenin de nuestra conciencia: "No es —dice— sino el reflejo del ser, en el mejor de los casos un reflejo aproximativamente exacto". ¿Pero quién decidirá si el caso presente, si el materialismo es "el mejor de los casos"? Habría que estar a un tiempo dentro y fuera para comparar. Y como no es posible, no tenemos ningún criterio de la validez del reflejo, salvo unos criterios internos y subjetivos: su correspondencia con otros reflejos, su claridad, su distinción, su permanencia. En suma, los criterios idealistas. Aun así, no determinarán más que una verdad para el hombre, y esa verdad, puesto que no está construida (como la que nos proponen los kantianos) sino que nos es impuesta, nunca será sino una fe sin fundamento y una costumbre. Dogmático cuando afirma que el universo produce el pensamiento, el materialismo pasa inmediatamente al escepticismo idealista. Proclama por un lado los derechos imprescriptibles de la Razón y por el otro los suprime. Destruye el positivismo por medio de un racionalismo dogmático, destruye al uno y al otro por la afirmación metafísica de que el hombre es un objeto material, destruye esa afirmación por la negación radical de toda metafísica. Subleva a la ciencia contra la metafísica y, sin saberlo, una metafísica contra la ciencia. No le quedan más que ruinas. ¿Cómo podría yo, pues, ser materialista? Se me responderá que no he comprendido, que confundo el materialismo ingenuo de Helvétius y de Holbach con el materialismo dialéctico. Hay, se me dice, un movimiento dialéctico en la naturaleza misma, gracias al cual los contrarios, oponiéndose, se ven de pronto superados y reunidos en una síntesis nueva; y esta producción nueva "entra" a su vez en su contrario para fusionarse con él en otra síntesis. Reconozco inmediatamente el movimiento propio de la dialéctica hegeliana, que se basa íntegramente en el dinamismo de las Ideas. Recuerdo cómo, en la filosofía de Hegel, una Idea llama a otra, cómo cada una produce su contrario, sé que el resorte de este inmenso movimiento es la atracción que ejercen el futuro sobre el presente, y el todo, si bien aún no exista, sobre sus partes. Ello es verdad tanto de las síntesis parciales como de la Totalidad absoluta que será por fin el Espíritu. El principio de esta dialéctica es, pues, que un todo gobierna sus partes; que una idea tiende por sí misma a completarse y enriquecerse; que la progresión de la conciencia no es lineal, como la que va de causa a efecto, sino sintética y pluridimensional, porque cada idea retiene en sí y se asimila la totalidad de las ideas anteriores; que la estructura del concepto no es la simple yuxtaposición de elementos invariables, que podrían en cierto caso asociarse a otros elementos para producir otras combinaciones, sino una organización cuya unidad es tal que sus estructuras secundarias no podrían ser consideradas aparte del todo, sin convertirse en "abstractas" y perder su naturaleza. Aceptamos sin dificultad esta dialéctica cuando se trata de las ideas: las ideas son naturalmente sintéticas. Pero parece que Hegel la había puesto de revés, y que conviene en realidad a la materia. Y si ustedes preguntan de qué materia se trata, se les responderá que no hay dos, y que es la materia de que hablan los sabios. Pero lo que caracteriza a la materia es la inercia. Esto significa que es incapaz de producir nada por sí misma. Vehículo de movimientos y de energía, esos movimientos y esta energía le vienen siempre del exterior: ella los toma y los cede. El resorte de toda dialéctica es la idea de totalidad: los fenómenos en ella nunca son apariciones aisladas; cuando se producen simultáneamente es siempre en la unidad superior de un todo, y están trabados entre sí por relaciones internas, es decir que la presencia del uno modifica al otro en su naturaleza profunda. Pero el universo de la ciencia es cuantitativo. Y la cantidad es justamente lo contrario de la unidad dialéctica. Sólo en apariencia una suma es una unidad. En realidad, los elementos que la componen no mantienen sino relaciones de contigüidad y de simultaneidad: están allí juntos, eso es todo. Una unidad numérica no está influida en modo alguno por la copresencia de otra unidad; sigue inerte y separada en medio del número que contribuye a formar. Y así debe ser para que podamos contar: porque si dos fenómenos se produjeran en una unión íntima y se modificaran recíprocamente, sería imposible decidir si tenemos que vérnoslas con dos términos separados o con uno solo. De esta suerte, como la materia científica representa, en alguna forma, la realización de la cantidad, la ciencia es, por sus inclinaciones profundas, sus principios y sus métodos, lo contrario de la dialéctica. Si habla de fuerzas que se aplican a un punto material, su primer cuidado es afirmar la independencia de esas fuerzas; cada una actúa como si fuera única. Si estudia la atracción que los cuerpos ejercen unos sobre otros, se preocupa de definirla como una relación estrictamente interna, es decir de reducirla a modificaciones en la dirección y velocidad de sus movimientos. Le ocurre, a veces, usar la palabra "síntesis", por ejemplo a propósito de combinaciones químicas. Pero nunca en el sentido hegeliano: las partículas que entran en combinación conservan sus propiedades; aunque un átomo de oxígeno se asocie con átomos de azufre y de hidrógeno para formar el ácido sulfúrico, o con hidrógeno solo para formar agua, sigue siendo idéntico a sí mismo, y ni el agua ni el ácido son unos verdaderos todos, que alteren y gobiernen sus componentes, sino simples resultantes pasivas: unos estados. Todo el esfuerzo de la biología consiste en reducir a procesos físico-químicos las pretendidas síntesis vivientes. Y cuando Naville, que es materialista, siente necesidad de hacer una psicología científica, se dirige al "behaviourismo", que concibe las conductas humanas como sumas de reflejos condicionados. En el universo de la ciencia no encontramos nunca la totalidad orgánica: el instrumento del sabio es el análisis, su fin es reducir siempre lo complejo a lo simple, y la recomposición que opera luego no es más que una contra-prueba, mientras que el dialéctico, por principio, considera los complejos como irreductibles. Engels pretende, es cierto, que "las ciencias de la naturaleza ... han probado que la naturaleza, en última instancia, procede dialécticamente y no metafísicamente, y que no se mueve en un círculo eternamente idéntico que se repetiría sin cesar, sino que participa de una historia real". Y cita el ejemplo de Darwin para apoyar su tesis: "Darwin ha infligido un rudo golpe a la concepción metafísica de la naturaleza, demostrando que el mundo orgánico entero... es el producto de un proceso de desarrollo que dura desde hace millones de años".vPero, ante todo, está claro que la noción de historia natural es absurda: la historia no se caracteriza por el cambio ni por la acción pura y simple del pasado; lo que la define es una reasunción intencional del pasado por el presente, de suerte que no puede haber sino una historia humana. Luego, si bien Darwin ha demostrado que las especies derivan unas de otras, su tentativa de explicación es de orden mecánico y no dialéctico. Explica las diferencias individuales por la teoría de las pequeñas variaciones; y cada una de esas variaciones es, efecto, para él, no de un "proceso de desarrollo" sino del azar mecánico; estadísticamente, no es posible que en un grupo de individuos de la misma especie no existan algunos que predominen por la estatura, el peso, la fuerza o por algún detalle particular. En cuanto a la lucha por la vida, no podría producir una síntesis nueva por fusión de contrarios: tiene efectos estrictamente negativos, puesto que elimina definitivamente a los más débiles. Basta, para comprenderlo, comparar los resultados a la idea realmente dialéctica de la lucha de clases: en el último caso, efectivamente, el proletariado fundirá en sí a la clase burguesa en la unidad de una sociedad sin clases. Pero en la lucha por la vida los fuertes hacen desaparecer simple y llanamente a los débiles. Por lo demás, la ventaja de azar no se desarrolla; permanece inerte y se trasmite sin cambio por la herencia; es un estado, y no se modificará, por un dinamismo interno, para producir un grado de organización superior: simplemente, otra variación de azar vendrá a añadírsele exteriormente, y el proceso de eliminación se reproducirá, en forma mecánica. ¿Hemos de creer en la ligereza de Engels o en su mala fe? Para probar que la naturaleza tiene una historia, se vale de una hipótesis científica explícitamente destinada a reducir toda historia natural a una causalidad mecánica. Pero acaso sea Engels más serio cuando habla de física. "En física — nos dice— todo cambio es un pasaje de la cantidad a la calidad, de la cantidad de movimiento, cualquiera sea su clase, inherente al cuerpo (?) o comunicado al cuerpo. La temperatura del agua es indiferente en estado líquido, pero, si aumentamos o disminuirnos la temperatura del agua llega un momento en que su estado de cohesión se modifica, y el agua se trasforma, sea en vapor, sea en hielo..." Pero aquí nos engaña con un juego de espejos. La investigación científica no se preocupa de mostrar el paso de la cantidad a la calidad; parte de la calidad sensible, concebida como una apariencia ilusoria y subjetiva, para hallar nuevamente tras ella la cantidad, concebida como la verdad del universo. Engels concibe ingenuamente la temperatura como si se diera desde el principio como una cantidad pura. Pero, en realidad, aparece en primer término como una calidad: es ese estado de malestar o de satisfacción que nos hace abotonar más cuidadosamente nuestro sobretodo, o por el contrario despojarnos de él. El sabio ha reducido esa calidad sensible a una cantidad cuando estableció con sus colegas una convención: la de sustituir las informaciones vagas de nuestros sentidos por la medida de las dilataciones cúbicas de un líquido. La trasformación del agua en vapor es para él un fenómeno igualmente cuantitativo o, si se quiere, no existe para él sino como cantidad. Definirá el vapor por la presión, o bien por una teoría cinética que lo reducirá a cierto estado cuantitativo (posición, velocidad) de sus moléculas. Hay que optar, pues: o bien nos mantenemos en el terreno de la calidad sensible, y entonces el vapor es una cualidad, pero también lo es la temperatura, y no hacemos obra científica sino que asistimos a la acción de una cualidad sobre otra; o bien consideramos la temperatura como una cantidad. Pero entonces el paso del estado liquido al estado gaseoso se definirá científicamente como un cambio cuantitativo, es decir por una presión mensurable ejercida sobre un pistón, o por relaciones mensurables entre las moléculas. Para el sabio, la cantidad engendra la cantidad; la ley es una fórmula cuantitativa y la ciencia no dispone de símbolo alguno para expresar la cualidad como tal. Lo que Engels pretende ofrecernos como una empresa de la ciencia es el puro y simple movimiento de su espíritu, que va del universo científico al del realismo ingenuo, y vuelve luego al mundo científico para dirigirse aún al de la sensación pura. Pero, por lo demás, aun cuando le dejáramos hacer, ¿en qué se parece ese zigzaguear del pensamiento a un proceso dialéctico? ¿Dónde se ve una progresión? Admitamos que el cambio de temperatura, tomado como cuantitativo, produzca una trasformación cualitativa del agua: aquí tenemos el agua mudada en vapor. ¿Y luego? Ejercerá una presión sobre una válvula de escape, y la levantará; subirá por los aires, se enfriará, volverá a ser agua. ¿Dónde está la progresión? Yo veo un ciclo. Es verdad que el agua ya no está contenida en el recipiente sino fuera, por las hierbas y la tierra, en forma de rocío. ¿Pero en nombre de qué metafísica veríamos en ese cambio de lugar un progreso?vi Tal vez se quiera objetar que ciertas teorías modernas, como la de Einstein, son sintéticas. En su sistema, como es sabido, no hay ya elementos aislados: cada realidad se define en relación con el universo. Habría mucho por discutir sobre esto. Me limitaré a observar que no se trata de una síntesis, porque las relaciones que se pueden establecer entre las diversas estructuras de una síntesis son internas y cualitativas; en cambio, las relaciones que permiten, en las teorías de Einstein, definir una posición o una masa, siguen siendo cuantitativas y externas. Por otra parte, la cuestión no radica allí: trátese de Newton o de Arquímedes, de Laplace o de Einstein, el sabio no estudia la totalidad concreta, sino las condiciones generales y abstractas del universo. No este acontecimiento que reabsorbe y funde en sí luz, calor, vida, y que se llama reverbero del sol a través del follaje un día de verano, sino la luz en general, los fenómenos caloríficos, las condiciones generales de la vida. No se trata nunca de examinar esta refracción a través de ese trozo de vidrio que tiene su historia y que, desde cierto punto de vista, se da como la síntesis concreta del universo, sino las condiciones de posibilidad de la refracción en general. La dialéctica es esencialmente, por el contrario, el juego de las nociones. Es sabido que, para Hegel, la noción organiza y funde los conceptos en la unidad orgánica y viviente de la realidad concreta. La Tierra, el Renacimiento, la Colonización en el siglo XIX, el Nazismo, son objeto de nociones; el ser, la luz, la energía, Son conceptos abstractos. El enriquecimiento dialéctico reside en el paso de lo abstracto a lo concreto, es decir de los conceptos elementales a nociones más y más ricas. El movimiento de la dialéctica, en ese sentido, es inverso al de la ciencia. "Es verdad —me confesó un intelectual comunista—, ciencia y dialéctica tiran en direcciones opuestas. Pero es porque la ciencia expresa el punto de vista burgués, que es analítico. Nuestra dialéctica, en cambio, es el pensamiento mismo del proletariado". Me parece bien, aunque la ciencia soviética no parece diferir mucho, en sus métodos, de la ciencia de los estados burgueses. Pero en ese caso, ¿por qué los comunistas toman prestados a la ciencia argumentos y pruebas en que fundar su materialismo? El espíritu profundo de la ciencia es materialista, lo creo; pero, justamente, nos la califican de analítica y burguesa. De pronto, las posiciones se invierten y yo veo claramente dos clases en lucha: de un lado, la burguesía es materialista, su método de pensar es el análisis, su ideología es la ciencia; del otro, el proletariado es idealista, su método de pensar es la síntesis, su ideología es la dialéctica. Y como hay lucha entre las clases debe haber incompatibilidad entre las ideologías. Pero no es así: parece que la dialéctica corona la ciencia y explota sus resultados; parece que la burguesía, usando del análisis y luego reduciendo lo superior a lo inferior, es idealista, mientras que el proletariado, que piensa por síntesis y que se conduce por el ideal revolucionario, es materialista, aun cuando afirme la irreductibilidad de una síntesis a sus elementos. ¿Quién puede comprender esto? (Continúa en Adynata Noviembre) i Las citas y alusiones, como ésta de Pierre Naville, corresponden a simples artículos de periódico puesto que el texto forma parte de la controversia periodística que por un momento enfrentó a los existencialistas con Action, Lettres Francaises, La Pensée, Nouvelle Critique, etc. Sartre atacaba a cierta literatura de divulgación que nos ha parecido justo recordar aquí, justamente por el carácter polémico de otros ensayos. Traducidos a nuestro idioma circulan profusamente: Cécile Angrand y Roger Garaudy: Curso Elemental de Filosofía (Lautaro, Buenos Aires, 1947); Georges Politzer: Principios Elementales de Filosofía (Lautaro, Buenos Aires, 1950) ; Henry Lefebvre: El Existencialismo (Lautaro, Buenos Aires, 1950) ; N. Gutterman y H. Lefebvre: Qué es la Dialéctica (América, México, 1939). Naturalmente, el autor no pretende refutar toda la literatura marxista; por lo demás, para conocer el pensamiento de Sartre sobre el marxismo es indispensable leer su trabajo Les communistes et la paix, publicado en Les Temps Modernes. (N. del T.) ii C. Angrand-R. Garaudy: Cours de Philosophie. iii Idem. iv Karl Marx-Friedrich Engels: auvres completes: Ludwig Feuerbach, tomo XIV (pág. 651, edición rusa). Cito este texto por el uso que de él se hace hoy; pero me propongo probar en otra parte que Marx tenía una concepción mucho más profunda y mucho más-rica de la objetividad. v Engels: M. E. Dühring bouleverse la science, t. I (p. 11), Edit. Costes, 1931. vi Es inútil querer salir del paso hablando de cantidades intensivas. Bergson ha mostrado hace tiempo las confusiones y errores de ese mito de la cantidad intensiva, que perdió a los psicofísicos. La temperatura, tal como nosotros la sentimos, es una cualidad. No hace más calor que ayer, sino otro calor. Y, a la inversa, el grado, medido en función de la dilatación cúbica, es una cantidad pura y simple, a la que el vulgo sigue asociando una vaga idea de calidad sensible. Y la física moderna, lejos de conservar esta noción ambigua, reduce el calor a ciertos movimientos atómicos. ¿Dónde está, pues, la intensidad? Y la intensidad de un sonido, de una luz, ¿qué es sino una relación matemática? Fuente: Del libro Materialismo y revolución. Editorial Deucalion 1954 Buenos Aires. Traducción de Bernardo Guillén
- Manifiesto al futuro / Fernando Stivala
“Ya casi no hablamos de psicoanálisis; sin embargo, aún hablamos, inclusive, demasiado. Nada más de eso. Nos fastidiaba; sin embargo éramos incapaces de cortar por lo sano. Los psicoanalistas y principalmente los psicoanalizados nos hastían demasiado. Era preciso que, por cuenta nuestra, precipitáramos esta materia que nos frenaba – sin forjarnos ilusiones acerca del alcance objetivo de tal operación -: era necesario que le comunicásemos una velocidad artificial capaz de llevarla hasta la ruptura o hasta nuestro desmoronamiento. Se acabó: no hablaremos más del psicoanálisis después de este libro. A nadie hará sufrir ya, ni a ellos ni a nosotros.” Deleuze y Guattari, "Rizoma" “´También a mí me repugna esta gran ciudad, y no sólo este bufón. Ni en ella ni en él hay nada que mejorar, nada que empeorar. ¡Ay de esta gran ciudad! -¡Ya quisiera ver las columnas de fuego con que arderá! Pues esas columnas de fuego deberán preceder al gran mediodía. Mas éste tiene su propio tiempo y su propio destino. Pero yo te doy enseñanza, bufón, como despedida: por donde ya no se puede continuar amando, ¡hay que pasar de largo!´. Así habló Zaratustra, y pasó de largo junto al bufón y la gran ciudad" Nietzsche, Así habló Zaratustra A quienes investigan: Ya nos conocíamos antes de habernos conocido. No le hablo a la desconfianza, ni al cálculo sin experimentación. No le hablo al miedo que da más miedo. No le hablo a la sospecha ni a la duda. Les hablo a quienes gustan de seguir sus intuiciones, a quienes gustan de curiosear. Le hablo a la pulsión de conocer más. Si no se encierra la pulsión en estructuras o teorías con único de sentido, si la palabra Psicoanálisis no se convierte en un significante o sustantivo quieto, quizás podamos verle su atracción. Abajo de símbolos, sustantivos, adjetivos, o nombres de vínculos; hay fuerzas, funcionamientos, movimientos. Se ama algo o a alguien porque aumenta nuestra capacidad de hacer y pensar. Porque habilita zonas no conocidas. Por eso gustan ideas que dan cuenta de algo más allá de la conciencia, y ahí queremos ir a investigar. No vuelvan para atrás, sigan esa intuición primera. Siempre hay más. No vuelvan para atrás con recetas, diagnósticos, calificativos estructurantes. No vuelvan del laberinto del conocimiento con certezas de las normalidades. Métanse más, no pierdan ese atractivo inicial. A quienes investigamos: Mismo barco, mismos problemas, a veces distintas funciones. Se le habla al futuro. Solos no se puede, en el aislamiento de algunas inquietudes que se amontonan tampoco. No tiene sentido discutir desde acá, en soledad, la psicopatologización de la vida cotidiana. Apelo a una especie de alianza de cuidado no diagnóstica. De reconocimiento en ese dolor. Parar, interrumpir, escrachar pensamientos, hablas, modos, formas psicopatologizantes de la vida. Si no se discute esto, se deja todo el campo abierto para que hombres y mujeres recibidos de psicoanalistas -ex curioseantes- normalizadores, luego avasallen eso mucho que nos pasa con descalificaciones disfrazadas de saber académico. Defender que Alejandra Pizarnik, o Nietzsche no son sujetos psicóticos o esquizofrénicos. Defender que no es digno, ni saludable, ni sanador, ni terapéutico descalificar a ninguna persona de loca. Con toda la carga social ya hiper conocida que trae eso. ¿Y cómo se sabe de eso hiper conocido? Todas las veces que sentimos miedo de volvernos locos y locas. ¿Saben que dicen las Normalidades? O ustedes o nosotros. O los diagnosticamos y expulsamos lo que no conocemos afuera (inmigrantes-locxs-contagiadxs) o nos diagnostican. ¿Éste es el mundo que vamos a construir? ¿De esta manera vamos a atender el porvenir? Salgamos de ese par. Denunciémoslo. Interrumpámoslo. Y a la vez dispongamos los pensamientos y los cuerpos para habilitar más zonas. No nos quedemos con ese primer ofrecimiento del psicoanálisis. Los del marketing, los publicistas ya entendieron el problema hace rato. El Capital no solo produce la mercancía que ofrece, sino también el cerebro para que desee esa mercancía. ¿No nos vamos a ocupar de este tema? ¿Hasta ahí llega su curiosidad? ¿De esta manera le hacen honor? ¿Tan individual es? ¿No tendríamos que usar ese espíritu de conocer más no solo para mí, sino también para el otro, y también para con el mundo? ¿Si atendemos multiplicidades, les vamos a decir: ´no señor, ordénese o nada´, ´no señora, ordénese o la interno´, ´ordénese o la medico´? ¿Esa es la salud que queremos? ¿Con certezas? La incertidumbre, esa primera pista. A veces aparece con el nombre de psicoanálisis como impulso a seguir, a veces con el nombre de covid como impulso de repliegue (momento de descando nutriente). Eso que tiene que ver con un algo más es el elemento primario para inventar, cambiar, sentir, hacer, ser distintxs. ¿De dónde se va a sacar sino la fuerza para acercarnos a esas afirmaciones? ´No queremos más esta humanidad´, ´no queremos volver ni a la vieja ni a la nueva normalidad´. ¿Por qué aparecen más ideas en quienes venden productos readaptados para la pandemia que en quienes tienen que pensar la salud física y mental de las personas? ¡¡¡Se les ocurrió un call center. Un call center de salud mental!!! No hay trabajo menos afectivizado, menos libidinizado que charlar con un agente de call center. ¿Es esta la ocurrencia que se tiene en relación al deseo, a la líbido, a la transferencia, a los cuidados, a la salud pública? Nunca en las plazas, los barrios, en los parques, o en micros o patrullas de cuidados, de escuchas, de acompañamientos, de estares. Nunca ofrecer lugares de charlas ambulantes por los barrios, a los gritos, por parlantes. Con seducciones de mercado si quieren; con actrices y actores que ficcionen pacientes si quieren. Simuladores para agitar un germen cultural. Sembrar espacios públicos estimulantes para estar en lo que nos pasa. ¿O cómo nacen las cosas sino? Fomentar en la cultura y en los barrios una relación amable y en confianza con la salud mental, que ya no la vamos a llamar más así. Es lo que nos pasa y ya, sin más. Despegar que hablar de los afectos y los humores es tener problemas. Despegar que se habla con profesionales psicólogos, sino con escuchas cuidadas. Despegar el par saludables-enfermos, psicólogos-pacientes, diagnosticadores-diagnosticados, normales-locos. Siempre el mismo problema. Separar lo extraño, lo que da miedo por no conocido. Pero ese miedo proviene de una intuición, de un saber. Eso de lo que estamos hechxs. Estamos hechxs de lo mismo. Negamos y separamos lo desconocido. Aparece una especie de redención. Por eso volvemos a ese primer impulso cuando nos anotamos para estudiar y producir algún tipo de conocimiento, cuando nos encontrarnos para conocer más y generar nuevas ideas. Volvamos a ese primer impulso, no lo perdamos. La actitud del pensamiento exige algo más. Funciona al modo de quien necesita atravesar el caos. La grieta que divide dos imágenes del pensamiento diferentes: una tomada por la necesidad de la protección, otra por la necesidad de la creación. Para la protección necesitamos reglas para asegurar lo conocido. Desde la pulsion creativa necesitamos armar caminos para trabajar sobre lo inconsistente, desconocido, e ignorado. Pensamiento es creación de ideas. No administrar lo sabido. Basta de la clínica de consultorio privado como único método. ¿Hacemos terapias? Si ¿Nos hacen bien? Si ¿Cambiamos el mundo? No ¿Y para qué cambiar el mundo? ¿No era que no se puede ser feliz si el de al lado está mal? Si el de al lado está tirado en la calle, si tu amiga te cuenta quejas todos los días, si tu familia vive infleiz, si tu otra amiga te cuenta que está podrida del trabajo y la explotan, si tu otro amigo te cuenta los aburrimientos de siempre de la pareja, si tu vecino te dice que lo excluyen en su espacio de estudios por venir de otro país, si tu mamá está siendo excesivamente medicada en un hospital psiquiátrico porque ya no saben (nunca supieron) que hacer. ¿No vemos todo eso? Si, y por eso nos quejamos tanto. Catarsis colectiva de un mundo explotado. Estallado de tantas desmentidas. Volcán con esquirlas de emociones. Manicomio a cielo abierto por negación de eso mucho. Sobreactuación insensibilizada. Y volvemos al principio. Esa pulsión por conocer más. Eso de lo que estamos hechos. Abarquemos la locura a fondo. Mirémosla de frente. Es lo múltiple. Es la capacidad de curiosidad. Sino, ¿a dónde se va a ir a investigar? ¿A formas ya hechas? ¿Esto o esto? ¿Solo 2? ¿Cuánto se puede recorrer en dos? Un rato. Y la vida luego se aburre, se apaga, se llena de certezas. Hámster en ruedita; consumo de certezas. ¿Se mueve? Sí, pero que triste. ¿Un call center de salud mental? ¿En serio esa es la máxima ocurrencia? Leamos el presente, miremos el futuro. Mientras, interrumpimos esto. Mientras, inventamos otras. No en soledad. Hay paralelas. A veces se usan las ficciones de las Instituciones totales por que sabemos que tienen un valor. ¿Cuál? El del título, esa nota de valor que tanto cuesta sacar del medio para devolverle a la cosas su intensidad primaria, su presencia. Estar a la altura de esa elección inicial. De ese enamoramiento inicial. De esa sensación de potencia aumentada con el camino a recorrer. Estar a la altura de esa fuerza inicial, de esa intensidad. Habilitemos más zonas de pensamiento no conocidas. Hagamos proliferas saberes paralelos. Denunciemos los ya establecidos. Resulta que Joyce lleva a su hija diagnosticada de esquizofrenia a que la vea Jung. Y éste le dice: -Ambos se deslizan al fondo de un río, sólo que ud. sabe bucear y ella se hunde. Una clínica que no quiera ordenar, diagnosticar, normalizar, o modelizar; sino que haga puente entre hundirse en el río y flotar. Acompañar hundimientos, inventar flotaciones. Estamos en el mismo barco. El de los y las curioseantes de las psiquis, no el de los diagnosticadores-diagnosticados. Tiremos más botes que salgan como alojo de eso mucho que siempre es la vida, ese mar embravecido. Mismo barco-mismos problemas. Abarquémoslos desde ahora, construyendo otros mensajes para el porvenir. El futuro está pasando...
- Post Guardia VIII / Débora Chevnik
Hablar en los rincones, hablar a puerta cerrada, hablar entre nos, hablar espiando, hablar sin afuera, hablar redondo. Hablar sin dientes, hablar obediente, hablar sin hablar, hablar a blar, vivir como emoji, hablar desde lo alto, sin vuelo. Hablar sujetado, hablar despoblado, hablar por compromiso, hablar sin el cuerpo, hablar cuadriculado, hablar sin escorchar, ni descorchar. Hablar distante, hablar en la escarcha, hablar sin escrachar, sin temblar. Carlos Alonso. Adán y Eva (1965)
- El derecho universal a respirar / Achille Mbembe
Ya hay gente que habla de «post-Covid-19». ¿Y por qué no deberían? Incluso si, para la mayoría de nosotros, especialmente aquellos en partes del mundo donde los sistemas de atención de la salud han sido devastados por años de abandono organizado, lo peor está por venir. Sin camas de hospital, sin respiradores, sin pruebas masivas, sin máscaras ni desinfectantes ni arreglos para poner a los infectados en cuarentena, desafortunadamente, muchos no pasarán por el ojo de la aguja. 1. Una cosa es preocuparse por la muerte de otros en una tierra lejana y otra muy distinta tomar conciencia de repente de la propia putrefacción, verse obligado a vivir íntimamente con la propia muerte, contemplándola como una posibilidad real. Tal es, para muchos, el terror que provoca el confinamiento: tener que responder finalmente por la propia vida, por el propio nombre. Debemos responder aquí y ahora por nuestra vida en la Tierra con otros (incluyendo los virus) y nuestro destino compartido. Tal es el mandato que este período patógeno dirige a la humanidad. Es patógeno, pero también el período catabólico por excelencia, con la descomposición de los cuerpos, la clasificación y expulsión de todo tipo de residuos humanos – la «gran separación» y el gran confinamiento causado por la impresionante propagación del virus – y junto con ello, la amplia digitalización del mundo. Por mucho que intentemos deshacernos de él, al final todo nos devuelve al cuerpo. Tratamos de injertarlo en otros medios, para convertirlo en un cuerpo de objeto, un cuerpo de máquina, un cuerpo digital, un cuerpo ontofánico. Vuelve a nosotros ahora como una horrible mandíbula gigante, un vehículo para la contaminación, un vector para el polen, las esporas y el moho. Saber que no nos enfrentamos a esta prueba solos, que muchos no escaparán de ella, es un consuelo vano. Porque nunca hemos aprendido a vivir con todas las especies vivas, nunca nos hemos preocupado realmente por el daño que como humanos causamos a los pulmones de la tierra y a su cuerpo. Por lo tanto, nunca hemos aprendido a morir. Con el advenimiento del Nuevo Mundo y, varios siglos después, la aparición de las «razas industrializadas», elegimos esencialmente delegar nuestra muerte a otros, para hacer un gran sacrificio de la propia existencia a través de una especie de vicariato ontológico. Pronto, ya no será posible delegar la muerte de uno a otros. Ya no será posible que esa persona muera en nuestro lugar. No sólo estaremos condenados a asumir nuestra propia muerte, sin mediar, sino que las despedidas serán escasas. La hora de la autofagia ha llegado y con ella la muerte de la comunidad, ya que no hay comunidad digna de su nombre en la que decir el último adiós, es decir, recordar a los vivos en el momento de la muerte, sea imposible. La comunidad – o mejor dicho, lo que es común – no se basa únicamente en la posibilidad de decir adiós, es decir, de tener un encuentro único con los demás y de honrar este encuentro una y otra vez. Lo común se basa también en la posibilidad de compartir incondicionalmente, sacando cada vez de ello algo absolutamente intrínseco, algo incontable, incalculable, inapreciable. 2. No hay duda de que los cielos se están cerrando. Atrapada en el estrangulamiento de la injusticia y la desigualdad, gran parte de la humanidad se ve amenazada por un gran estrangulamiento a medida que se extiende la sensación de que nuestro mundo está en estado de gracia. Si, en estas circunstancias, un día después llega, no puede llegar a expensas de algunos, siempre los mismos, como en la Antigua Economía – la economía que precedió a esta revolución. Debe ser necesariamente un día para todos los habitantes de la Tierra, sin distinción de especie, raza, sexo, ciudadanía, religión u otro marcador diferenciador. En otras palabras, un día después vendrá pero sólo con una ruptura gigante, el resultado de una imaginación radical. Empapelar las grietas simplemente no servirá. En lo profundo del corazón de este cráter, literalmente todo debe ser reinventado, empezando por lo social. Una vez que el trabajo, las compras, el mantenerse al día con las noticias y el contacto, el nutrir y preservar las conexiones, el hablar unos con otros y el compartir, el beber juntos, el adorar y el organizar los funerales comienza a tener lugar únicamente a través de la interfaz de las pantallas, es hora de reconocer que por todos lados estamos rodeados por anillos de fuego. En gran medida, lo digital es el nuevo agujero que explota la Tierra. Simultáneamente una trinchera, un túnel, un paisaje lunar, es el búnker donde hombres y mujeres son invitados a esconderse, en aislamiento. Dicen que a través de lo digital, el cuerpo de carne y hueso, el cuerpo físico y mortal, se liberará de su peso e inercia. Al final de esta transfiguración, eventualmente será capaz de moverse a través del espejo, cortado de la corrupción biológica y restituido a un universo sintético de flujo. Pero esto es una ilusión, ya que así como no hay humanidad sin cuerpos, del mismo modo, la humanidad nunca conocerá la libertad sola, fuera de la sociedad y la comunidad, y nunca podrá llegar la libertad a expensas de la biosfera. 3. Debemos empezar de nuevo. Para sobrevivir, debemos devolver a todos los seres vivos, incluida la biosfera, el espacio y la energía que necesitan. En su húmedo vientre, la modernidad ha sido una guerra interminable contra la vida. Y está lejos de haber terminado. Uno de los principales modos de esta guerra, que conduce directamente al empobrecimiento del mundo y a la desecación de franjas enteras del planeta, es el sometimiento a lo digital. Después de esta calamidad existe el peligro de que en lugar de ofrecer refugio a todas las especies vivas, lamentablemente el mundo entre en un nuevo período de tensión y brutalidad[1]. En términos de geopolítica, la lógica del poder y la fuerza seguirá dominando. A falta de una infraestructura común, se intensificará una feroz división del globo, y las líneas divisorias se harán aún más arraigadas. Muchos estados buscarán fortificar sus fronteras con la esperanza de protegerse del exterior. También tratarán de ocultar la violencia constitutiva que siguen dirigiendo habitualmente a los más vulnerables. La vida detrás de las pantallas y en comunidades cerradas se convertirá en la norma. Especialmente en África, pero en muchos lugares del Sur Global, la extracción intensiva de energía, la expansión agrícola, la venta depredadora de tierras y la destrucción de bosques continuarán sin disminuir. La alimentación y la refrigeración de los chips de ordenador y de las supercomputadoras depende de ello. La purificación y el suministro de los recursos y la energía necesarios para la infraestructura informática mundial requerirán más restricciones a la movilidad humana. Mantener el mundo a distancia se convertirá en la norma para mantener los riesgos de todo tipo en el exterior. Pero como no aborda nuestra precariedad ecológica, esta visión catabólica del mundo, inspirada en las teorías de la inmunización y el contagio, hace poco para salir del estancamiento planetario en el que nos encontramos. 4. Todas estas guerras contra la vida comienzan quitando el aliento. Del mismo modo, como impide la respiración y bloquea la resucitación de los cuerpos y tejidos humanos, Covid-19 comparte esta misma tendencia. Después de todo, ¿cuál es el propósito de la respiración si no es la absorción de oxígeno y la liberación de dióxido de carbono en un intercambio dinámico entre la sangre y los tejidos? Pero al ritmo que va la vida en la Tierra, y teniendo en cuenta lo que queda de la riqueza del planeta, ¿a qué distancia estamos realmente del momento en que habrá más dióxido de carbono que oxígeno para respirar? Antes de este virus, la humanidad ya estaba amenazada de asfixia. Si tiene que haber guerra, no puede ser tanto contra un virus específico como contra todo lo que condena a la mayoría de la humanidad a un cese prematuro de la respiración, todo lo que ataca fundamentalmente a las vías respiratorias, todo lo que, en el largo reinado del capitalismo, ha constreñido a segmentos enteros de la población mundial, a razas enteras, a una respiración difícil y jadeante y a una vida de opresión. Superar esta constricción significaría que concebimos la respiración más allá de su aspecto puramente biológico, y en cambio como aquello que tenemos en común, aquello que, por definición, escapa a todo cálculo. Con lo que quiero decir, el derecho universal a la respiración. Como aquello que no tiene fundamento y que es a la vez nuestro punto en común, el derecho universal a la respiración es incuantificable y no puede ser apropiado. Desde una perspectiva universal, no sólo es el derecho de cada miembro de la humanidad, sino de toda la vida. Por lo tanto, debe entenderse como un derecho fundamental a la existencia. Por consiguiente, no puede ser confiscado y, por lo tanto, elude toda soberanía, simbolizando el principio soberano por excelencia. Además, es un derecho originario a vivir en la Tierra, un derecho que pertenece a la comunidad universal de los habitantes de la Tierra, humanos y otros[2]. Coda El caso ha sido presionado ya mil veces. Recitamos los cargos con los ojos cerrados. Ya se trate de la destrucción de la biosfera, de la toma de mentes por la tecnociencia, de la criminalización de la resistencia, de los ataques repetidos a la razón, de la cretinización generalizada o del auge de los determinismos (genéticos, neuronales, biológicos, medioambientales), los peligros a los que se enfrenta la humanidad son cada vez más existenciales. De todos estos peligros, el mayor es que todas las formas de vida se harán imposibles. Entre los que sueñan con subir nuestra conciencia a las máquinas y los que están seguros de que la próxima mutación de nuestra especie consiste en liberarnos de nuestra cáscara biológica, hay poca diferencia. La tentación eugenista no se ha disipado. Lejos de ello, de hecho, ya que está en la raíz de los recientes avances de la ciencia y la tecnología. En esta coyuntura, llega este repentino arresto, una interrupción no de la historia sino de algo que aún se nos escapa. Ya que se nos impuso, este cese no se deriva de nuestra voluntad. En muchos aspectos, es simultáneamente imprevisible e imprevisible. Sin embargo, lo que necesitamos es un cese voluntario, una interrupción consciente y plenamente consensuada. Sin la cual no habrá mañana. Sin el cual no existirá nada más que una serie interminable de acontecimientos imprevistos. Si, en efecto, Covid-19 es la expresión espectacular del estancamiento planetario en el que se encuentra la humanidad hoy en día, entonces se trata nada menos que de reconstruir una Tierra habitable para darnos a todos el aliento de la vida. Debemos recuperar los pulmones de nuestro mundo con vistas a forjar un nuevo terreno. La humanidad y la biosfera son una sola cosa. Sola, la humanidad no tiene futuro. ¿Somos capaces de redescubrir que cada uno de nosotros pertenece a la misma especie, que tenemos un vínculo indivisible con toda la vida? Tal vez esa sea la pregunta – la última – antes de que demos nuestro último suspiro. 13 de abril de 2020 NOTAS [1] Partiendo de los términos de los orígenes como movimiento arquitectónico de mediados del siglo XX, he definido el brutalismo como un proceso contemporáneo por el cual «el poder se constituye, expresa, reconfigura, actúa y reproduce en adelante como una fuerza geomórfica». ¿Cómo es eso? A través de procesos que incluyen «fractura y fisura», «vaciado de recipientes», «perforación» y «expulsión de materia orgánica», en una palabra, por lo que llamo «agotamiento» (Achille Mbembe, Brutalisme [París, 2020], págs. 9, 10, 11). 2] Ver Sarah Vanuxem, La propriété de la Terre (París, 2018), y Marin Schaffner, Un sol commun. Lutter, habiter, penser (París, 2019). Fuente: CriticalInquiry
- A García con amor / Patricia Mercado
García consterna mi cotidiano sin disimulo. Pongo el mate, su música hierve. Me quemo, desigual, retornando obsesivamente a una canción incontables veces. Otras, dejo correr el disco al costado de los trastos diurnos. Temblores de esa carnadura, como si su obra brotara de allí, de ciertas tempestades de esa territorialidad. Invento listas, palabras de convivencia en esa materialidad que pego en la heladera, para no olvidar. Escribo: incapturable. Hibridación que no terminará jamás, García, ni aniñado, ni juvenil, ni adulto, parece deformarse más que envejecer. El tiempo lo mueve como un caleidoscopio y las imágenes son incómodas, demasiado cerca de mi el hedor de tanta soledad. Cierta nocturnidad me señala el video del centauro cantando Seminare bajo la lluvia, antes y después de muchas cosas ( https://youtu.be/SskpYGyEDmU). Voy a esa caja digital a escuchar con la retina. Una performance lluviosa. Lo siento liberado por el agua que cae, desamarrado de lo reseco.Mitad vestido, mitad desnudo, tan frágil. Viene a mí cruzando la pantalla, trata de desnudarse completamente. Jamás lo logra. Pienso, y si te desnudaras ¿Qué? ¿Qué habría terminado? Acaso tu mano, tu gesto recurrente, ¿Imagina alguna liberación? ¿Así de fácil es la idea? ¿Así de hippie? Pero no lo logra, entonces el desastre de existir queda intacto, como en toda su obra. García nunca me dará alivio. Por eso amarlo siempre fue natural. Un natural desastre que ya dura décadas. Ahora dice en mis auriculares: porque estamos en la calle de la sensación, muy lejos del sol que quema de amor. García siempre sabe decirlo, decir cómo lo quiero. Los ojos pintados de rojo, muy Blade Runner, pero enfermos de otra enfermedad. García no usa calcos del mundo, no recibirá visitas, engendra la muerte que lo matará. Vive una obra, y nunca alcanza. No hay cómo expresar la vida, por eso tironea, se enfada, se encapricha, y consume lo que lo consume. En un rapto de inspiración se pinta las uñas, muta entre palabras y sonidos, y la visión es dantesca. Pero la lluvia, ay García, la lluvia siempre le hace bien. Acaso la lluvia sea la única que pueda escuchar el gesto de lo que intenta tocar. La lluvia en ese silencio de vivos y muertos, mientras el arroja micrófonos, comentarios ásperos, trapos, mientras busca direcciones en un escenario tan chiquito para el ansia de encontrar a alguien entre miles de personas.
- La palabra mientras / Helga Fernández, Victoria Larrosa, Macarena Trigo
Comienza otra semana. Me obligo a mirar la agenda para entender. Un mes desde mi último regreso. Ese puñado de días parece ser suficiente para ceder a la costumbre. Ya incorporamos el silencio que irrumpió como una novedad, las sesiones online, las nuevas claves y contraseñas, las rutinas mínimas. Ya localizamos el mejor horario para algunas cosas y comenzamos a aceptar que esto dure indefinidamente aunque no podamos imaginarlo ni entenderlo. Ya entendí que saber, esta vez, no aliviará gran cosa. Cuánto puede prolongarse un MIENTRAS. Siguen celebrándose cumpleaños y llegan nuevas criaturas a este mundo. Ante cada foto de madre con bebé en brazos me espeluzno. No puedo concebir esa instancia, esa situación ya de por sí insólita, salvaje, desmedida, en estas coordenadas. Qué será de esos bebés, en qué adultos singulares se convertirán viviendo sus primeros meses auspiciados por un miedo celular que desconoce su mañana. ¿Tienen tiempo esos bebés? ¿Lo tenemos nosotros? Atiendo los mensajes más absurdos. Defendemos nuestro limitado quehacer con la torpeza que genera lo urgente. Lo urgente fue ayer y no estábamos preparados. No hubo silencio, ni tiempo para celebrar la pérdida de cuanto ya no está. O sí, sigue afuera pero inalcanzable. Inhabilitado. También los otros. Familiares, amigos, alumnos, amantes. Son, pero no están. Desconocemos cuándo o cómo volveremos a encontrarnos. Evitamos pensarlos porque si abrimos esa puerta no hay modo de salir. Evitamos pensar, sentir, observar demasiado fijo cualquier cosa. Seguimos. Duermo de día, vivo de noche. Siempre fue así. Hoy más. Cuando baja el sol llega la alegría, me despabilo, salgo a la vida. Se acerca la media noche y sufro de lucidez. Me atenaza un horror que no pasa, se lleva adentro. Aguanto todo lo que un cuerpo puede, y con las últimas fuerzas que quedan me pongo a escribir, me arranco cachos adherido. Otras veces sale solo y se expande sin locación ni mesura. Sé que lo único que me va a dejar descansar es que esto se diga. Animalitos domésticos. Enjaulados desde antes, desde siempre, desde que nació la humanidad. Bichos que a veces tiritan vida pero otras se apapachan en el miedo. Porque el miedo cobija, no te creas, eh, el miedo te depende de cualquier cosa, es capaz de atarte dulcemente a la mierda más grande. Y mientras permanecemos encerrados, cuidando y cuidándonos y bla bla bla, otros, los que se quieren comer el mundo a como dé lugar, siguen jugando a los poderosos. Quisiera tener la mitad de la decisión que los acompaña. Quisiera escribir oraciones que acierten como aguijón de abeja reina, pero con esta saña de hojita en blanco no llego ni a la esquina. Quisiera escribir con la meticulosidad de un degollador serial. Quisiera cambiar esta nada que nos muere por una venganza que nos viva. Cada tanto llega una lucidez y se instala. Si no la anoto, desaparecerá. Las uso, las dejo caer, las suelto en una charla, las mando al frente en un versito, en otro párrafo efímero que. § La gente con la que no te comunicaste en la pandemia, ya está muerta. § No solo no hay estructura, tampoco hay límite, cómo no enloquecer. § Hay que lograr que el remedio no sea peor que la enfermedad. Rumio esa luz y espero una diferencia, una señal, un operativo. Fantaseo con salir de acá con algo nuevo entre ceja y ceja. Una decisión. Eso quiero. La decisión que implique un cambio, un hasta acá, un ya entendí. Usaré el resto de mis días de otro modo, este. Pero no. Por ahora nada. Por ahora repito que estoy bien. Estoy bien. Me salvan la disciplina monacal y que no extraño a nadie, escribí ayer. Mentí. Extraño a los de siempre. No puedo culpar a la pandemia por todo. Siempre echo de menos a quien nunca estuvo y lo que no fue. En la incógnita de esa ausencia descansa la posibilidad de un camino distinto. No necesariamente mejor. Otro. Hace un mes aterrizaba en Madrid, bajaba del avión y tomaba un tren a Oviedo. Hace un mes cruzaba el mapa sin idea y con todo el deseo del que soy capaz encima. Hace un mes era la misma y otra. Caminaba sin saberlo hacia esta despedida. Hoy el día se pasó volando y el canario que ahora soy llegó apenas a cumplir su rutina de jaulita disponible. Eso ya significa demasiado. Significa que aunque nada esté bien, todo es posible. Que la costumbre se hace sola, sin permiso. Significa que verdaderamente podemos cualquier cosa. Significa que la vida, caprichosa y testaruda, se prende a cualquier tierrita, también a la que un día nos va a sepultar. Cada palabra se hace escuchar en su indómita materia. La palabra mientras es una ninja, quiere no matar y quiere no morir, corre antes de semejantes opciones. La criatura se muestra rehén indócil, más bien rehén loca. Hace movimientos incalculados y no entendemos si es o se hace. Mientras tanto suena de otra manera porque es otra cosa. Al fin no podemos esperar de ella ninguna calma. Mientras no quiere ser más ese pedacito de mundo donde la espera se siente a salvo hasta que todo pase. Todo está pasando y eso no nos aloja en esperanza. Al fin utopía y distopía como formas huecas, funerarias, caen por su agobio. Mientras es entre que no espera que pase lo peor. Mientras es tiempo espeso de mutación de eso que llamamos Mundo. El naufragio nos agarró en casa a quienes tenemos una y a la intemperie a los que llamamos encima Refugiados. Mientras no quiere ser una manera de ser símil. Símil clases, símil sesiones, símil cuero. Mientras loca se ríe del símil, está loca de simulacros, las copias tan denigradas del platonismo invaden en pedacitos esquirlas de lo que ya no y aún tampoco. No entiendo de qué hablan mis colegas ni lo que escriben ni lo que repiten. Ya me pasaba antes. No puedo culpar de todo a la pandemia. Mi hijo me pregunta si los dientes también se los tiene que lavar con agua y jabón cantando el feliz cumpleaños a Alberto. Mientras ¿puede ser una afección, nueva y atávica? Los sentimientos hacen las coreos de los 80, mientras juega a la nostalgia con la caja de fotos, aquella vez que la felicidad se envalentonó, los gestos que sabemos que nos filian querramos o no. Nos encantaba pensar que la libertad era decidir. Nos encantó desencantar al pulso de su disparate. Hoy quiero una causa. Una. Una mínima para atar la nave loca que me nombra en un Mi VIda. No hay en casa, no tengo, ya ordené los cajones y traté de armar una casa porque con el mundo apestado en la cocina, en los cuartos, en la repisita, la casa se fue. A la vez mientras conserva su matiz de simultaneidad. Pobre, creo que nos quiere hacer una gauchada. ¿O nos pone de nuevo en tantas a la vez porque el sistema se cayó pero habla desde el piso? ¿O pobres nosotros? Mientras tanto me ahoga el igual y me tira una mini jangada lo sin precedentes. No es de cero, jamás. Es de nuevo. Mezclamos cualquiera con cualquiera y de tanto lo llamamos coherencia o relación o buen gusto o persona. Rendirse no es darse por perdido, que no estaría mal. Es bancar la inmensa responsabilidad de garpar el vidrio de los pelotazos que no dimos, salir de la moralidad de la guerrita, de las ideas férreas. ¡Por favor! ¿Qué sabemos del MUNDO? Sabemos que estamos adentro y que el afuera teje en casa un crochet ya no a partir de un vacío central sino con pedacitos de amores, pedacitos de dolor, pedacitos de inaudibles, un poco de vino, los hijos que no queremos ser, los que nos nombran en un sinfín de disparate, los amigos que están tan cerca que da terror verles la angustia resolver a como venga, los amores que pelan versiones acústicas y eso suena más mientras que nada. La causa no la encontré, ya dije, ahora replicas de efectos de efectos de efectos y hay que ser muy boludos para seguir hablando de Textos/contextos, Formas/contenidos. Perdón, ¿dónde se consiguieron esas percepciones? Origami, pliegues y el papel hecho un bollo. Mismo calcio en el fémur que te quebraste y en polvo de estrellas. ¿Nos autopercibimos qué? Por favor, lo único que le pido al bicho es que no nos lleve de vuelta a ANTES. Qué inventar para que el mientras nos mientra. Leo y escribo y escucho como si de estos verbos dependiera el futuro de la humanidad. Si alguien me hubiera elegido un castigo sería éste. No quiere ser indolente y pensar en mí y escribir de mí y llorar de mí pero también soy un mi, chiquito, gastado. Lo que queda de mí sigue llorando o más bien aullando porque esto no se parece a llorar se parece a aullar mudo aullar sordo aullar a tientas aullar a tontas y a locas. Aullar porque no hay siquiera una palabra una mísera sílaba un puto fonema que dé sentido a la pesadilla colectiva. Debería inventarse el término pesadilla colectiva porque esto no cabe en delirio colectivo ni en alucinación colectiva. Esto no cabe en nada. No sé, no sé estar mucho en un lugar. Me gusta la calle, los paisajes que pasan y no se detienen. Lo cotidiano es un sueño letárgico del que no me puedo despertar, me digo despertaté y está pero no, no hay forma. A veces escucho ruidos que vienen de afuera, pienso que son tiros de 22, pin, pin, pin, imagino que por fin uno se animó a salir y que en cuestión de segundos saldrán los otros desde sus balcones a terminar con esta historia. No es una escena de miedo. Es una escena de salvación. Esto se está pareciendo cada vez más a una parodia de escena. Un telón rasgado. El público lejos. La tramoya averiada y los actores y actrices manchados de rimel, sobreactuando con la desesperación de la ausencia. Llamémonos a la dignidad: escribamos cartas. Tanto desparpajo tanto clon, tanto in vitro, tan todo supersónico para que un bichito nos tenga al tiro. Ni alienígenas ni tercera guerra mundial ni meteorito ni terremotos ni tsunamis, implosión por detentar opulencia. Porque el bicho existe y mata pero nos creíamos infalibles de otra muerte que la natural. Intento dormir. Cierro los ojos. Me siento en la casa en la que viví hasta los 13 años. El miedo me lleva ahí o a lo mejor nunca salí. Palabras puerta del tiempo. Pandemia, amenaza. Amenaza, peligro. Peligro, miedo. Miedo, bomba. Bomba, abajo de la cama. Abajo de la cama, terror. Terror, objeto no localizado. Objeto no localizado, necesidad de precisión. Era una casa de barrio, larga y finita, tipo chorizo. Un chorizo que atravesaba la manzana. El jardín, el punto débil de la seguridad, estaba separado del vivero del barrio por una medianera. Los canteros, demarcados con palitos pintados de rojo y blanco, guardaban una distancia exacta entre sí. Sólo estaba permitido caminar por los pasillos, no se podía pisar por nada del mundo el pasto. Justo en el centro, se erguía un farol. Su luz nunca alcanzó a iluminar la oscuridad de algunas noches. Mi lugar favorito era el cuartito al que iban a parar la ropa vieja y los libros que traían los muchachos de la custodia. Él decía que había que leerlos para conocer la ideología de los otros y también los argumentos con los que convencían a los pibes. El perímetro de la casa estaba rodeado con una alarma. Minutos después de que se activaba retumbaban las corridas justo arriba de mi cabeza. El techo de mi habitación era el piso de la terraza en la que de día buscaba pasos para mi canción favorita de la negra Coco de Fama pero a la noche se convertía en una torre de tiro y vigilancia. Pegado al living, abajo de una escalera, estaba La Baticueva, ahí paraban los que cuidaban la casa y de nosotros cuando salíamos a la calle. En la pared más grande del comedor colgaba el retrato de un hombre de bigotes finos, ceño fruncido, venas marcadas en la sien, nariz aguileña y una ceja más alta que la otra. Te sentaras donde te sentaras, no te sacaba los ojos de encima. Lo peor no era su foto. Cuando estaba en la casa no se podía hacer ruido, un paso en falso podía ser la excusa que desatara su furia. En otra pared colgaba un escudo atravesado por dos espadas, una vez escuché que había sido de una de las familias de las casas reventadas. Él, cuando alguien preguntaba de dónde había salido, respondía que era una heráldica de familia. Cada vez que lo veía no podía dejar de pensar: ¿De quién habrá sido? En la pared izquierda, adentro de una vitrina rectangular de madera y vidrio, se exhibía una bazuca. Era un regalo de un General para Él, el hombre del retrato, mi abuelo. Él nos entrenaba. Tenés que cerrar un ojo y dejar el otro abierto, enmarcar en el centro de la V el blanco, respirar hondo, contener el aliento y disparar, explicaba. Las clases eran impartidas con un rifle de aire comprimido que había sido de Él cuando era chico y después de mi papá. Un legado de familia. Párense derechitos, en posición de atención. Los talones juntos y los pies separados, formando un ángulo de 45 grados. Erguidos, mirando hacia el frente. Las manos con el puño cerrado, repetía. Después gritaba: Mar. Mar no era el mar de Mar del Plata. Mar era la orden de marche, el comando de ejecución. Inmediatamente había que iniciar el paso con el pie izquierdo. Formábamos una fila de dos. Mi hermano marchaba adelante, yo atrás. Alinear. Atención. Abran filas, MAR. Cierren filas, MAR. Alinear a la derecha, alinear. Atención, DE FRENTE. Descansen. De frente, MAR. Compañía. Cada tanto cambiábamos la cadencia de la marcha. Habíamos ideado un código secreto. Cuando, aprovechando el desplazamiento de los brazos uno le rozaba al otro la espalda con un dedo, marchábamos al ritmo de Suena tremendo. Si nos tocábamos con dos, marchábamos al ritmo de Yo no quiero volverme tan loco. Y si nos tocábamos con tres dedos lo hacíamos al ritmo de Alicia en el país. Él gritaba: ¿Me están cargando? Vamos, afirmen el paso. Así no infunden respeto. ¿Respeto a quién?, le pregunté un día. A los enemigos, contestó. El horror no pasa, se despierta cada vez que llega otro. Eso de la guerra contra un enemigo invisible… Eso de la guerra contra un enemigo invisible, no va. El enemigo es otra cosa, reminiscencia de otras heridas. Entro al pánico de a segundos y salgo en alguna carcajada. Alguien me dice: si te infectas te llevan a Tecnópolis. Pienso en el dinosaurio que dejaron. Me río. Y lloro también, en ese llanto nuevo que es como una especie de casa de un cuerpo al que no llegue. Estamos tan podridos de los diarios íntimos. Pero ¿por qué? ¿Por eso de decirle querido a un diario? ¿Por el ideal de escribirlo todos los días? Justo antes de quedar adentro estaba por viajar a Rosario a tomar un seminario con una psicoanalista francesa. Ella es escaladora. Y tiene cerca de ochenta años. Avisaron que no, que no vendría por el tema del coronavirus. Pensé que qué pena, que me perdería del río y de esos días de amigos y no habitualidad que le robo al cotidiano. Me pido unos días. Me pido, me doy. ¿Cuándo empezó lampandemia? No había entendido cuando me enteré que se suspendía Ahora tampoco pero en aquellas semanas, menos. Tantos pliegues. Tantas capas. Un mismo tejido. Es alucinante. Hasta pensé: todo lo que estará escribiendo Davoine. ¿Lo leerá también como una guerra? Ella cree que todo loco es un loco de la guerra. Un cuerpo ocupado por esquirlas desanudadas de un lazo que la guerra rompe. Que los locos hacen la quijotada de intentar reparar tejido de mundo, que el trauma no es propiedad privada de nadie sino herida de mundo que acampa en un quién que delira la historia y en una escucha posible el lazo hará texto que acaricie y acoja. Una genialidad clínica, política, estética. Como sea, hoy pensé qué tal vez tenga que ser así por mucho tiempo, el trabajo en casa, la repetición de los gestos. La casa tendrá que inventarse. Extraño mi casa. Estar en casa incluía llegar y salir. Los amigos los amores los desconocidos. Qué disparate. Corté una remera blanca. Espero los barbijos que encargué recomendados de una amiga. Los encargué en una página que se llama De niña a mujer. En mi mini mí puedo decir que la llegada de la pandemia es contemporánea a la llegada de un amor, esta casa sin mundo y mundo sin tanto, en esta casa edmodo, casa trabajo, casa cuna. El azar. Hay una agrimensura. Un trazado de mapa. Una topología. Otra vez marcando la cancha con el pie. La ola volverá. Todavía no estamos tan post para creer en un mundo mejor. Amé a Britney con sus declaraciones marxistas. Pero nuestra coreo está lejos de que la injusticia aplique como problema. En aguas tan claras no nadan peces. Odio los refranes. Son la lacra de la razón. El goce del acierto. ¿Qué es esa forma de afirmar lo que construimos como si fuera verdad? ¿Qué es una imagen transportada? Mi hijo menor dice que disculpas, que el domingo estuvo imbancable porque la pandemia nos está dejando en una desvanguardia. Todo se parece en parte a algo. Se parece un poco a hambre, a sueño, a dolor. Pero no es lo mismo. Como la comida de los aviones que parece pero no, como el alivio del desamor. Se trata de un bicho en definitiva. ¿Qué diferencia hay entre llorar y reír en masa en el consumo de bienes culturales, cuerpos hechos vuelta y vuelta, y las emociones que despiertan las imágenes de los delfines en Venecia? Ninguna creo. Pero la de los monos saqueadores en Tailandia me mató de otra muerte, creo. Ya me había pasado algo parecido con las imágenes de los jabalíes o chanchos en los sillones y viendo la tele. En las casas llenas de radioactividad en Fukushima. Estaban los tipos tomando cerveza y viendo el partido! Y no es fácil matarlos por el tema que ellos mismos también estaban radioactivos y radiactivos por sagrados. ¿Qué habrá pasado con ellos? ¿Y con las mutilaciones? ¿Con los rugbiers? ¿Con la nueva vida de los príncipes que escaparon a no sé dónde? Él sale a trabajar y me enojo, no quiero que se vaya, no me importa que salga a salvar vidas o que lo aplaudan a las nueve cada noche. Quiero que se quede en casa, que cocine sus delicias, que se reía de mí, que juegue con nuestro hijo como si tuvieran cinco. Deseo que sufra de arrebato vocacional de cualquier cosa o que su vida toda para el frenchi esta vez prefiera sentarse a verla pasar. Pero dice que si eligiera quedarse elegiría lo que no es y que entonces me enojaría todavía más con él. Materia anquilosada, eso somos -si es que somos algo-. Es asombroso el estruendo seco, como una especie de réplica. Las placas se deben estar moviendo desde siempre. En un intervalo se sedimenta una versión equivalencial: vida símil acción símil movimiento percibido implica mirada como percepción privilegiada. Los ojos no se tapan. Es raro pensar en los ojos como vacío. Las orejas más parecidas a un hueco laberinto con los obreros de la construcción ahí, dale que te dale martillo yunque rebenque. En cambio: llanto pánico dolor símil no vida no pulsación, no agarre, defensa baja. Peligroso para sí y para terceros. Quiero creer que puedo ponerme en el lugar de otro. La escucha, la lectura, la escritura, el teatro, el arte todo no son otra cosa que un entrar y salir de otra forma del ser. Quiero creer que llegamos hasta acá pese a nosotros mismos, empujados, abrazados por los otros. Esos que nos odian y aman sin darse mucha cuenta de que más o menos es lo mismo. No sé si ese pensarse en zapato ajeno es una estupidez del intelecto o si es realmente posible empatizar desde un lugar útil, es decir, un lugar donde la (con)moción genere un cambio. Cuando el cuerpo se mueve la emoción se mueve. Duele la restricción del espacio y el movimiento. La quietud paraliza. Alguien debería decir que también es al revés, que tanto dolor petrifica, que vamos deviniendo mueca. En mi barrio cada tanto uno sale por la ventana a gritar. Nadie se asusta, quién no sabe que a veces un grito es lo único que hacer. Primero fue el grito, (el final también). Quién sabe qué y cuánto nos estamos negando en este instante en el que tantos, los que aún podemos, insistimos en que estamos bien. Porque sí, lo estamos. No nos duele nada. No hay síntomas. Aún. ¿Nos duelen los demás? Quiero creer que sí. La ausencia es una forma ingobernable de los cuerpos. Nadie está más que ese que no llega nunca, ese que falta, quien se hace desear. A veces el ausente ni siquiera sospecha de su condición de ausente porque se desconoce omnipresente para alguien, necesario. A veces eso tiene que ver con el amor. Otras con el odio. Son tan la misma cosa que. Ahora estamos solos. Ausentes. Faltamos en lugares donde supimos ser precisos, necesarios, felices. No sabemos cuándo volveremos, para qué. Quizá terminemos descubriendo que no queremos regresar ahí, que ya no pertenecemos a todos esos espacios que antes daban sentido. No termino de saber si esa posibilidad me disgusta. Nunca es fácil ser una, así que quién sabe por qué creemos que podemos o necesitamos ser alguien más, ser otros, ser distintos. Ya tuvimos más vidas de las que podemos considerar ciertas, ya nos olvidamos de lo que entonces parecía indiscutible, cierto, eterno. Tantas veces creí que no iba a poder seguir respirando sin. Se sigue. El cuerpo es un artefacto complejísimo, un lugar donde vivimos y del que sabemos nada o poquísimo. No sé cómo funciona mi cuerpo. Una abstracción general de nena de primaria manejo sobre el tema. En estos días agradezco mi infinita ignorancia, mi analfabetismo funcional sobre todas las cosas que en este momento importan y están rotas. No sé. Y no quiero saber. Porque cuánto más me explican lo que pasa, lo que viene, lo que se ha perdido, menos entiendo para qué nos esforzamos tanto en mantener la calma, la vida. ¿No será que también hay que redefinir la vida? ¿No será que la vida nunca fue lo mismo para todos y ahora tampoco? ¿Quedarse así, en este estar perplejo será la vida de acá en más? ¿O solo es vida hacia? ¿Mientras? No podemos elegir apenas nada de la vida. ¿Y de la muerte? Tampoco. Menos todavía. Esa es otra pared contra la que me rompo la cabeza seguido. Quiero elegir mi muerte. Entenderla. Organizarla. No romper las pelotas con los documentos, la casa que otros vaciarán y etc. Quiero hacerme cargo de mi cuerpo mientras sea mío. Ir caminando a algún sitio donde me reciban bien, me den una buena cena, un gran vino, una cama limpia y quizá una última película para conciliar el último sueño. Y que eso sea todo. Que después me abran como a una caja de herramientas, aprovechen lo que sirva, incineren el resto y no quede nada. No me parece ningún disparate. Creo que es lo mínimo que debería garantizar el Estado. Una salida digna de una vida de mierda. Entro al tejido y veo las letras escribirse en vivo. Mueren, viven, van, agregan, sacan avanzan, retroceden y me emboca lo de la película final. Me siento una espía. Me voy. Lloré por primera vez en el baño. Del boliche que también pasa en mi casa, en mi casa de exilio en mi país. El secarropas hace un ruido que ilusiona con que algo está andando. Vuelvo al mar. Leo la muerte. Pienso mi deseo. Yo preferiría que no tenga previa. Que me encuentre cualquiera menos mis hijos. Que sea sin darme cuenta. No quiero saber nada de su llegada y también que se lleven lo que sirva, obvio. Hice lo mismo en cuanto pude. Eso de la guerra no va, tan demasiado humanos y tanto zombiland. Matar y rematar. El tema de las escalas: una mesura que no tenga unidad de medida. ¿Cómo es un conjunto sin universal? ¿Eso existe matemáticamente hablando? X el tema de la unidad de medida: toda escala está sobre el cuerpo promedio, el peso de una taza, la altura de una ventana, las palabras que dañan, una sospecha, todo. Ahora bien: si el cuerpo está sin…medida mientras no tiene unidad y sin embargo debe existir. Una vez en no sé qué lugar, un cura se subió a un globo aerostático y nunca más se supo de él. Voy a buscar que pasó. Cómo sea a veces me parece que todo es una gran mentira, ni creo en nada de este plan. Fue en Brasil. Ya encontraron eso del cuerpo. Atado a globos de cumpleaños. La verdad es que lo entiendo. Un remolcador ha encontrado en alta mar el cuerpo del sacerdote católico brasileño que desapareció el pasado mes de abril cuando trataba de batir un récord de vuelo con globos de fiesta, según ha anunciado este viernes la petrolera estatal de Brasil, Petrobras. Lo anuncia Petrobras. Cualquier cosa con cualquier cosa. Vida Frankenstein. Anda, así funciona. Los números ya fueron, las cifras. La pandemia se dice de muchas maneras. Ahora la imagen: fosas comunes en Nueva York. Yo no las vi pero igual, ella me insuflaron ya su ruido de mundo infecto y estoy también hecha de eso. Y el horror. Una fosa común en Nueva York. Nos da pánico. ¿Eso es una imagen acústica o qué? Los ideales, de la revolución a la idea al afecto a las prácticas y de ahí y de una y de un plumazo a casa queriendo haber ya estado contagiada y testeada para salir corriendo a hacer no sé qué. Este afuera ya fue. Las ventanas las abro, lo que no está andando es un afuera aunque estamos desaforados. Desaforados adentro. Nuestro veneno. Tanto joder con el mundo interior. Idiotas. Al final terminemos con que el enemigo invisible es el bicho. Es un todos contra todos/as/es, de repente somos sospechosos de ya no portación de rostro. Portación de bicho y nos cuidamos en distancia. Es raro cuando todo cierra. La paranoia de fiesta. Razones a lo loco. Se dice se estarían avistando flotillas de ovnis a lo loco. Otros aclaran que es una nueva tecnología que usa Trump en alianza con los Illuminati, dueños del espacio. Perdón que sea una aguafiestas, pero Trump no es dueño ni de su cabeza. El sueño de la razón genera alienígenas. Tanto. En el súper el reflejo de una mujer en el acero inoxidable de arriba de los panificados. Soy yo! Acá! Me espanto. Tapiada. Tapa boca confinamiento aislamiento…la paleta semiótica. Tanto amor por las perfo, hoy muero por una metáfora que represente algo…el rizoma trae lo mejor y lo peor, llegamos a la parte de Y lo peor. A veces pienso que estamos viviendo en un Gran Gran Hermano: ¿cómo reaccionamos ante el miedo?, ¿cómo convivimos con otros y con nosotros mismos encerrados?, ¿cuánto tiempo aguantamos sin salir a la calle y sin tocar a los seres queridos?, ¿qué cambios somos capaces de hacer sin unirnos cuerpo a cuerpo?, ¿en qué medida podemos mutar?, ¿qué clase de dolor es el mundo?, ¿en qué momento saldremos a matar a los que nos revientan? Nos miramos mirar las ruinas y seguimos sin poder creerlo. Mientras desde el Estado un sexólogo sugiere tener sexo a través de aplicaciones virtuales, dice que una vez que se llevó a cabo la masturbación hay que lavarse las manos y desinfectar los juguetes sexuales. Si queremos coger cojamos como se pueda y como nos venga en ganas, pero nunca jamás renunciemos a coger a pelo. A veces imagino que se inició un proceso de transformación: los seres humanos debemos mutar a cyborg; conectarnos a la interfase digital; olvidar rápido, sin duelo ni objeción, el compromiso de los cuerpos, y, mancomunarnos con el sistema nervioso digital o, como dice, Bill Gate, con la linfa vital. Hay un llamado a la inmaterialización, a desaparecer en la inteligencia conectiva, a semiotizarnos al algoritmo. Crece el número de cajas de Ritalin, Prozac, Zoloft. Crecen la disociación, el sufrimiento, la desesperación. Mientras estamos ocupados en sobrevivir quieren insertarnos el ciberpanóptico en la carne. El discurso amo es un ventrílocuo, con un ejército de marionetas. Hay que amar lo que no anda, lo que descarrila. Hay que amar lo indómito. Hay que amar el síntoma. Hay que amar a los inadaptados, a los marginales, a los incomprendidos. Hay que amar a los sobrevivientes. Hay que amar a los hijos de la noche, ellos hacen la diferencia. Cómo ser otra, cómo ser alguien más, sin dar todas esas vueltas. Ahora que los cuerpos son incómodos y hay que alejarlos, esterilizarlos, protegerlos, ahora nos venimos a dar cuenta de para qué servían. Me río mientras vuelvo a prometerme viajar más y pienso en mi soledad inabarcable de la última década. En mi fobia a recibir en casa, en mi ausencia de deseo físico, en cómo eso se convirtió en una sublimación poderosa que se hace poema, obra, clase… Recuerdo que un cantaor flamenco católico, creyente, no cogía para no perder fuerza en la voz. Dicen que a los deportistas de élite tampoco les conviene descargarse en la previa. Qué misteriosa la abstinencia y nuestro poco control sobre esta jaula de la que nos pensamos dueños. No escribí la lista de lo que me prometo para después. Todavía no creo en el después. Hoy leí en portugués un texto que encontré como un regalo, me hizo entender lo que ya sabía por tracción a sangre. La tierra en la que vivimos no es centro del universo. No descendemos de un dios que nos hizo a imagen semejanza, antes del antes fuimos monos. Ese invento loco y necesario llamado yo no es dueño en su propia casa. Y como si no bastara con tanta herida al narcisismo, el virus nos enrostra que no somos Uno, que nuestro cuerpo está hecho de varias formas de vida, que somos el Mercado chino en Wuhan donde nació el covid. La idea del Uno, un recipiente que ya no cierra con el que jugamos a contener los fragmentos de una inmensidad que se dispersa por todos lados. El cuerpo aparece o se sustrae, se camufla, encuentra sus dobles de riesgo. Cuerpo y razón jamás serán Uno. Lamento por la ilusión esa de unir cuerpo y mente. La mente es mente y demente, razón instrumental y prepara territorio con lógica del sistema de producción: consumo productividad distribución y a cada quien lo suyo. Con razón aceptamos entendemos acordamos o no. Me alivia tanto cuando adviene una semiótica del cuerpo a frenar esa impregnación y deja abierta la ventana un pedacito a fuerza de tendón y mandíbula. Un cuerpo es eso que no entra en razones. Nada que ver con hacer cualquier cosa. Igual no sabemos qué es eso ya. Digo que qué alivio que no todo encaje. El texto del mundo propone otras imágenes y sonidos. Otro archivo. La vida aparece a veces como un making-of. La ciencia ficción es la verdad que la ciencia no acepta. Lo se expulsa por la puerta entra por la ventana. Necesité un tiempo para pensar en las palabras como espacios. Una ilustración científica, en cortes las palabras como las montañas y sus eras, sus tiempos, accidentes y complicidades entre materia. Una palabra ilustrada en ciencia ficción que nos saque el demasiado de lo humano. Una resonancia magnética le quiero hacer a algunas palabras. Las voy a llamar de a una con un micrófono pegado a la boca como lo usaban en pumper nik para pedir dos frenish. Voy a llama de a una y lentamente a : d e s a z ò n e n c i m a s i l e n c i o r e a l e m p e i n e Quiero darles el cosito para que pasen a retirar el resultado. Quiero saber quién de ellas lo pierde. Una resonancia magnética le quiero hacer a algunas palabras. Una resonancia magnética le quiero hacer a algunas palabras. Una resonancia magnética le quiero hacer a algunas palabras. Una resonancia magnética le quiero hacer a algunas palabras. Una resonancia magnética le quiero hacer a algunas palabras. Una resonancia magnética le quiero hacer a algunas palabras. Entré para pensar: hay que escribir la herida. Pensar puede ser un disparate, una fiesta, que no haya que probar nada. Que pensar sea ese momento en el que la palabra entra en el resonador. Toda. Los tobillos. Como Por Un Tubo ¿A ver qué hay? Y quiero ver esa grafía. ¡Sin Geo! ¿Habrá grafía de esa materia? A ver qué pueblos hay. Eso de la etimología es una mierda. De dónde vienen las palabras? Es la pregunta más miserable qué hay!! Vienen de un afecto de unas esperas de un grito de una malaria de unas manos de los perros de la vecina de los muertos de ayer de los que no tienen tumba nombre silencio canción de cuna brazos mutilados de lo que abre el cielo de la tarde sola del té que se enfrió de tu padre en el cajón de lo que no es tuye de la astucia de la alegría del spam. De ahí. Ponele. Del vacío del vértigo de la punta de la lengua de la piel de gallina del azoro de lo nunca visto del golpe en la cabeza de la caída del caballo del tartamudeo vienen de tu papá un día antes de morir mirando los fuegos artificiales por la ventana del dolor de hueso partido de una mujer con el cáncer en todo el cuerpo vienen del dolor de limpiar con un tubito los mocos de tu hijo en la traqueostomía abierta. Brotan o salen de ahí y se acomodan con el tiempo. No sé cuándo comenzamos a entender que somos (también) ese vertedero de palabras. Propias, ajenas. En este tiempo donde el recuerdo está tanto más vivo que nunca y que el futuro todo, cada tanto tropiezo con una situación donde, sin entenderlo, sabía que en la palabra comenzaba a ser yo, otra, a distanciarme. Me salvaba. Me salvaba con cada extraño que aceptaba escucharme cuando era demasiado chica para tener tanto que contar. Me salvé cuando escuché por primera vez un cuento en voz alta y en el cuento, de repente, algo rimaba y la rima, iba, volvía, porque era una gracia para niños y sí, mi cuerpo la esperaba, celebraba su regreso y… Nunca olvidé esa mañana, esa enormidad de que una voz diera forma a otro mundo solo con pronunciarlo y yo pudiera verlo. No usamos la palabra, no la pronunciamos, ella nos pronuncia, nos anima. Anoche soñé que el afuera estaba clausurado. El adentro no era casa, hogar, era un refugio al que podía entrar cualquiera. No teníamos forma humana, cambiábamos, mutábamos, cada vez que alguien ingresaba. Estábamos hechos a la medida de las sombras, mientras la claridad resplandecía. Los días eran tan blancos como confusas las sensaciones. Vivir se está pareciendo cada vez más a correr en la bicicleta fija. El tiempo es esa luz que pasa por la ventana mientras nosotros seguimos clavados adentro. Si en el mismo lugar trabajamos, comemos y dormimos somos esclavos. Helga Fernández. Psicoanalista. A.M.E. de la Escuela Freudiana de la Argentina. Próximo libro a publicar: Para un psicoanálisis profano, Ed. Archivida. Victoria Larrosa. Psicoanalista. Autora de Curandería. Ed Hekht. Cartas de Navegación, Ed. Archivida y Diapasón, orfandad de lo inconsciente, de próxima publicación. Docente UBA. Macarena Trigo. Es poeta, actriz y directora de teatro. Pretende seguir siéndolo sobre y contra el mundo que quede disponible. Aún no sabe cómo.
- Arriba, que la vida sigue. 9° entrega / Marcelo Percia
Septiembre 2020 Fragmentos no terminan ni concluyen, sugieren un sinfín. Entre fragmentos y fragmentos se dan saltos en el aire. Inseguros puntos de apoyo flotan sobre un abismo. Cada fragmento se ofrece como un comienzo. Esquirlas acumulan comienzos sin desenlaces. Macbeth de Shakespeare (1606) no solo trata sobre la ambición de poder, narra la atracción que la crueldad ejerce sobre el deseo. Tras la muerte de la reina, piensa Macbeth: “La vida no es más que una sombra en marcha; un mal actor que se pavonea y se agita una hora en el escenario y después no vuelve a saberse de él: es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, que no significa nada”. Esquirlas de miedo, estallan cada día. No sonidos, ruidos que aturden. Golpes que confunden las cosas y perturban los sentidos. Siempre se vuelve al momento astillado, no porque se lo recuerde o se lo piense, sino porque no se puede representar, porque duele sin palabras para ese dolor. Enseñanzas virtuales olvidan el misterio de las aulas. El misterio reside en presencias que conjugan saberes, miradas, voces, risas, sudores, que estrechan proximidades. Están las aulas que convocan y enhebran deseos. También están las que detonan tedios y violencias. Se da clase para seguir pensando, para sentir una común expectación, un instante de cercanías pasajeras. A veces, cuesta darse a la clase con tantas cosas que están pasando. El juguete rabioso, la novela de Arlt (1926), relata el secreto de la lectura como labor inútil, el del pensamiento como práctica que comienza robando, el de la escritura como exilio en una vida puerca. El deseo de pensar sin tutelas no necesita actos parricidas. Los padres se mueren solos. Cuando no abandonan, desconocen, expulsan, renuncian. Se trata de entrar en una común orfandad sin esperanzas. La mordida de ese juguete no se cura acumulando saberes, no se cura. No somos, estamos en un común estar. Pero, cuando no pasa eso, transcurrimos en afectividades ancladas en automatismos. Vagamos en soledades más o menos desérticas, más o menos amnésicas, más o menos insomnes, más o menos voraces, más o menos violentas. En Más allá del bien y del mal, Nietzsche (1886), que sufre censuras e imposiciones morales, sugiere que lo que se dice tiene que escucharse como síntoma de lo que se calla. Un saber encriptado duele enmudecido, a la vez que habita el silencio como espacio de resistencia. En ocasiones, no sabemos decir qué nos pasa. No encontramos palabras, o no sabemos dónde buscarlas, o presentimos que no existen. Otras, hablamos lenguas llagadas o decidimos no decir nada. Perplejidades esperan para poder decir algo. A veces, toda una vida. Nuestra Facultad tiene que pronunciarse en solidaridad con la Sociedad Argentina de Terapia Intensiva que declara que sus recursos para atender pacientes con coronavirus se están agotando. Dicen que no pueden más. Urgen mayores cuidados de la vida en común. Nuestra Facultad tiene que rebelarse contra el gobierno de la ciudad que hiere y golpea a enfermeras que reclaman para que se las reconozca como trabajadoras de la salud. No está bien desoír lo que está pasando. Tenemos que ayudar a contrarrestar negligencias y desmentidas. Callar hace daño, una Facultad ensimismada también. La necedad no reside en no saber, sino en no querer saber o, todavía peor, en actuar como si eso que sí se sabe no se supiera. Conviene distinguir entre negacionismos y negaciones. Negacionismos conquistan adhesiones seguidoras. Negaciones acuden en defensa de vidas excedidas por lo insoportable. Negacionismos culpabilizan y se ensañan con las víctimas. Negaciones encriptan dolores en el silencio. Negacionismos reclutan negaciones desperdigadas para armar partidos de odio. La quema de barbijos habitará la memoria del obelisco de la ciudad de Buenos Aires. En los comienzos de El Quijote, el cura y el barbero prenden fuego a las novelas de caballería que lee el protagonista imaginado por Cervantes. En los primeros meses de 1933, jóvenes nazis queman textos de Voltaire, Marx, Freud, entre muchos, considerados subversivos. Freud recuerda, en ese momento, que Heine había escrito años antes: “donde comienzan quemando libros, pronto terminan quemando vidas”. Bradbury (1953) describe, en Farenheit 451, una sociedad organizada para la quema de libros y todas las páginas consideradas peligrosas. En la versión para cine de Truffaut (1966), El Quijote resulta la primera obra que prende fuego el ejército destructor El 26 de junio de 1980 la última dictadura militar incinera, por orden de un juez, un millón y medio de ejemplares maravillosos del Centro Editor de América Latina. Cenizas: residuos de todas las preguntas. Escribe Derrida (1987) “…la ceniza, esa vieja palabra gris, ese tema polvoriento de la humanidad, esa imagen inmemorial que se descompone sola, metáfora y metonimia de sí, tal es el destino de toda ceniza, separada, consumida como ceniza de la ceniza”. Están quienes viven al día porque apenas tienen qué comer y no saben dónde van a dormir mañana. Están quienes disfrutan cada día como si fuera el último. Están quienes ven pasar los días con indiferencia. En tiempos de pandemia, se vive el día a día, sin saber hasta cuándo. Angustias necesitan pasar la noche: saberse pasajeras. Comparecer ante el tiempo, como lo hacen todos los afectos y el resto de los astros. Dicen que se delira porque se desconfía del mundo simbólico, porque se descree de palabras pronunciadas por voces mayúsculas, porque se duda de la bondad de la ley. Delirios dicen algo de la demasiada vida, se aceleran para adelantarse al tiempo que se escurre, no encuentran bordes ni discontinuidades, están a merced de intemperies corrosivas. No descansan. Coreografías de cuidado que trazan figuras que se mueven respetando dos metros entre pieles, secreciones, alientos, no merecen el nombre de “distanciamiento social”. ¿Cómo nombrar vidas que hablan, con los ojos, con la voz, con los gestos, que traman cercanías a dos metros? ¿Cómo nombrar esa común protección necesaria? Sufrimientos no necesitan calificarse como psíquicos, solo hace falta recordar que se trata de aflicciones aladas, de pesadumbres pasajeras. Psiqué alude (en la tradición helénica) a un soplo que anima o da vida: aliento que hace nacer. Significa también mariposas: potencias ligeras y livianas que gravitan, a veces, un solo día. Algunas, como las polillas, pueden hacer daño. Pregunta Simone Weil (1940) ¿quién escucha a las sensibilidades suplicantes? Las que todavía tienen vida, “pero una vida que la muerte ha congelado antes de morir”. En lugar de repetir el sintagma “salud mental” se podría ensayar otro: “Demoras en un común estar que puedan alojar malestares y bienestares transitorios”. La palabra demasías sirve para denunciar que sensibilidades internadas en los manicomios, diagnosticadas como psicóticas, sufren sancionadas por jueces, medicinas, psiquiatrías, psicologías, policías, familias, escuelas, barrios, por estar, sentir, hablar, moverse, de otros modos en la vida. El 3 de mayo de 1913 Kafka, que vislumbra tiempos aciagos, anota en sus diarios que solo se trata de vivir “la espantosa inseguridad de la existencia”. Achille Mbembe (2006) sostiene que necropolíticas capitalistas condenan poblaciones que la economía ya no necesita. Esos excedentes tienen dos destinos: uno, quedar abandonados a riesgos y peligros mortales; otro, subsistir aislados y encerrados en zonas controladas. El escritor camerunés lleva hasta las últimas consecuencias, en sus estudios postcoloniales, ideas de Foucault: poderes normalizan lo que consideran el bienestar de la población, someten pulsiones y deseos, controlan la salud: establecen quiénes pueden vivir y quiénes deben morir. En estos meses borrosos, existencias contagiadas y muertas por el virus se volvieron datos de estadísticas diarias, como las lluvias y las altas temperaturas, como la cotización del dólar, como los números de la inflación, como la cifra del riesgo país. Antes de morir a los treinta y cuatro años, Simone Weil (1942) anota que desgracias corroen vidas calladas. Dolores que carecen de palabras. Desgastes que, sin embargo, esperan algo que toque lo indecible. Caricias que lleguen hasta soledades enmudecidas. No traducciones ni interpretaciones. Un común vocablo fugaz. Una última reserva del encanto de hablar. Frágiles, accidentales, curiosas, las coincidencias. Albures de soledades que, por momentos, se tocan. La única vez que conversaron Proust y Joyce, cada uno preguntó al otro si le gustaban las trufas. Ambos contestaron que sí. En eso consistió todo. Terrores y crueldades no mueren, mudan, mutan, se disfrazan. Conservan el poder de atraer, fascinar, inmovilizar. Sensibilidades asisten ante sus despliegues con nerviosismos y temores. De pronto, euforias gozan y aplauden lo abominable. Pablo De Santis (2005) relata, en Circo Thule, cómo Hitler huye, tras simular un suicidio, en las vísperas de la entrada del Ejército Rojo a Berlín. El Führer utiliza un circo como plan de fuga. Se suma al elenco como actor en un acto que se llama “El ascenso de Adolf Hitler”, en el que parodia al Gran Canciller en tiempos de su ilimitado poder. Recorre diferentes ciudades recibiendo aplausos. Cuando el elenco se burla de su número, grita furioso que es el verdadero Líder y no un actor muerto de hambre como el resto. Incluso amenaza con ejecutarlos. Como la escena hace reír, la incluyen como parte de la representación. Resulta la más aclamada. Simone Weil (1940) entiende que el elogio de la fuerza, que compone el tema de La Ilíada, signa la civilización europea de la mitad del siglo veinte. Subraya que la fuerza enceguece y esclaviza, hiere la carne y mata. La fuerza -escribe- reduce la vida a una cosa que se puede dominar. La civilización cree en el uso de la fuerza para proteger y avasallar, para sentir superioridad ante otras debilidades. Dice que la fuerza corrompe. Admite que algunas desesperaciones cultivan mentiras, ayudas de la ilusión, exaltaciones, fanatismos, para evitarse desamparos. Pero, advierte que no se pueden transitar asperezas de la vida “sin un largo estremecimiento de angustia”. Nada ahorra heridas. Dañar no exceptúa del dolor. No hay refugio que proteja. Sugiere animarse a vivir sin amurallarse detrás de las crueldades del poder. Tal vez no en la fuerza, sino en una común debilidad residen las potencias que salvan. No crecerán flores en tierras desforestadas. Llaman recursos naturales a la savia y al corazón de lo vivo. Enfermedades feroces se corresponden con feroces devastaciones. No hay malicia en la zoonosis, pero sí codicia y crueldad en la destrucción de bosques o contaminación de aguas. La vida no actúa venganzas, muta porque no puede otra cosa. El virus no quiere enfermar ni matar, solo necesita dónde alojarse. La muerte de una corporeidad viva también arrastra la muerte del virus. Protocolos sanitarios no tienen que olvidar las delicadezas del cuidado. La posibilidad de que el amor dispute el sentido a la terribilidad del morir se dice en un soneto de Quevedo (1645). Declara que, aunque la muerte reduzca a cenizas lo que antes ardía, esos restos que quedan: “Polvo serán, más polvo enamorado”. En tiempos de pandemia, se corre el riesgo de no poder oponer el amor a la muerte. Pasar de la potencia del polvo enamorado a la de la derrota del polvo infectado. Cenizas sin despedidas. La vida sin abrazos, miradas, caricias, besos; sin proximidades, fiestas, alegrías: la muerte sin despedidas queda privada de la última hazaña del amor. La Subsecretaría de Salud Mental de la Provincia de Buenos Aires entrega dispositivos electrónicos para posibilitar cercanías entre soledades internadas por coronavirus y sus familias. En otro soneto, Quevedo vuelve a dirigirse a la muerte “Pierdes el tiempo, muerte, en mi herida / Pues quien no vive no padece la muerte”. Incluso se imagina como cenizas que sobraron a la llama, anota: “…nada, dejó por consumir el fuego, / que en amoroso incendio se derrama”. La vida consiste en muchas fiebres. Pero las afectividades no se agitan y arden porque están enfermas, sino para no enfermar. Para contornear de tibiezas el dolor. La peste no actúa por crueldad, actúa por contagio. La palabra desigualdad exhibe mortificaciones. El ensañamiento de la desigualdad se deleita dando el ejemplo de lo que puede pasar. Escarmienta futuras disidencias. Poder se escribe con mayúscula cuando encarna codicias y malicias. La común consistencia espumosa de las cercanías se extiende junto a ríos de sangre. Cada época tiene palabras y nombres prohibidos. Cada época concibe eróticas rabiosas, sensualidades indómitas, caricias aguerridas. Están pasando, en estos días, cosas con la muerte. Llamaradas de dolor prenden fuego la piel, la carne, el aliento. No se trata solo del pesar por una muerte personal, se trata del peligro de muerte de las cercanías que se tocan. La extinción de la vida hablante y la silenciosa vida sobre la Tierra. Habitamos territorios irrespirables. El planeta anfitrión no castiga ni demanda sufrimientos, solicita cuidado: la vida deviene riesgo, toxicidad y, también, defensa, cura. Quizás se trata de resucitar a la humanidad, sacarla de la muerte, traerla a la vida con sus ternuras, suavidades, memorias, utopías. O, quizás, se trata de dejarla hundirse en la nada con sus crueldades. Tal vez nazca, haya nacido, esté naciendo, un común vivir que no se llame humanidad, que rehúse ese nombre. No se puede tomar el pulso de lo común. Late en innumerables tambores. Esa música se escucha en cada percusión que intenta seguir respirando. El amor rodea a la muerte de demandas, de injurias, de orgullos. También de respetos. A veces, el amor trata de engañar a la muerte o de proponerle tratos o de ganarle provisoriamente una partida. Una cosa la muerte, otra dejar morir. Por esos temblores sin despedidas y por todos los temblores yacidos, comencemos a dejar esta humanidad que goza de la crueldad. Probemos marcharnos de la humanidad como pájaros que migran en los inviernos. Partamos con suavidades y furias. La muerte no concita amor ni belleza, tampoco odio ni horror. El problema no reside en la muerte, sino en la crueldad que habla todas las lenguas. El problema reside en un común vivir sin hospitalidad, sin cuidados, sin abrigos, sin palabras que se dan. Irse de la crueldad, tal vez, equivale a irse de la humanidad. Ideales protectores instruyen: “No te relajes, cuidándote nos cuidamos”. Incitan a no aflojar, a no dejar de tener miedo. Interpretan la reducción de la tensión como el peor de los peligros. Sin embargo, una larga marcha necesita confiar en persistencias distendidas del deseo, en amorosas atenciones no vigiladas, en una común responsabilidad que cobije serenos descansos. Difícil hacer semejante viaje arrastrando terrores y cargando voracidades que solo reaccionan para defender supuestas libertades individuales. Solo resta luchar por un común vivir del que no hay forma de desengancharse. Salvo que se decida acabar con el planeta y voracidades beneficiadas con riquezas se conformen con almacenar alimentos y energía para durar un poco más, mientras que el resto de la civilización agoniza. Como se dijo, muchas veces no nos sentimos bien, pero no sabemos qué nos está pasando ni podemos calcular cuánto de mal estamos. Como el personaje de la novela Mudanzas de Hebe Uhart (1994) que “se daba cuenta de cómo andaba mirando la expresión del perro Milonga. El perro tenía varias expresiones. Una: ‘Te acompaño hasta la muerte’ (era la más inquietante). Otra, al menor movimiento del amo: ‘Arriba, que la vida sigue. Pero si los movimientos del amo eran dubitativos o demasiado prudentes, la expresión del perro era de pronóstico reservado”. Ilustración: Gisela Candas
- Recuperar la locura / Verónica Scardamaglia
Hay veces que odio la pedagogía, ¿cómo erradicar de ella la domesticación y la opresión si fue inventada para tal fin? Hay veces que el juego de las aulas, -reales, virtuales- nos entrampa en el monólogo dialógico evangelizador que no contempla que en tantas ocasiones los pensamientos viajan como ráfagas, guiados por la contundencia de lo que se vive cuando se lo vive. Quizás el odio crezca como escudo para evitar la devastación que asoma desde el dolor. Otras veces, quizás funcione para ilusionar cierta fuerza posible que derribe, alguna vez, al monstruo, -aunque sabemos que no lo derribaremos con las mismas herramientas que ha germinado para perpetuarse... Cuando se produce el registro de cómo este dolor se compone con otros y otros y otros. Cuando se advierte la serie interminable de sangre derramada, de muertes evitables, de masacres y genocidios que dejan orfandades entristecidas, difícil que odios no colonicen vidas. Pero hay veces algunas veces aunque sea una vez, que logra mutar a furia trava a digna rabia y encarnarse en perpetuar alocadamente la transmisión expansiva de aquellas experiencias que ensayaron y vivieron de a ratos, por algunos meses, por algunos días, algunos años otras maneras de vivir. Y entonces recordamos que entre sangre y muertes inventaron revueltas, comunas, caracoles, barricadas, emancipaciones, autonomías, periódicos, murales, graffitis, stencils, hackeos, rondas y hasta escuelas… Y así, aún con “gusto a poco” recuperamos la locura de esos gestos que aquellas luchas concebidas nos legaron como pistas de mundos por inventar.
- Sesiones en el naufragio (27) La clínica que hacemos / Marcelo Percia
Tristeza de haber sabido los manicomios. Duelen ciudades que se han vuelto internaciones a cielo abierto con pabellones y zonas de privilegio. Duelen encierros que se viven como libertades. Por fin se decidió terminar con los manicomios: un paso. Pero ¿cómo cuesta un común vivir sin expulsiones? No se sabe cómo alojar demasías fuera de los encierros. Cómo propiciar convivencias a salvo de violencias y crueldades, cómo tramar confianzas en lugar de tender alambres de púas. Lo opuesto a cuidar consiste en dañar. La pandemia dejó una alerta. Antes de este presente y después de estos días, el desvelo de siempre: cuidar, no dañar. En la soledad de las horas crujen zonas enmudecidas. Sufrimientos encallados fastidian con sus ruidos de dolor. Vidas apabulladas prefieren musiquillas que adormecen. Demasías fuera de los hospicios interpelan indolencias, indiferencias, anestesias, impasibilidades. Un embotamiento excitado asedia a una nena del barrio. Se queda con la mirada fija en la chica de trece años. Concurre al almacén para verla. Permanece inmóvil. Espera que se agache para espiarla. Una presión muda intimida, asusta, sobrevuela como peligro. La acecha en el barrio, en la parada del colectivo, la sigue. Aguarda no se sabe qué, ¿una oportunidad, un signo, una insinuación? La nena llega a la casa con el corazón acelerado. Un nudo de emociones que miran fijo dice con una voz entrecortada y vacilante, delante de la hermana de la nena, algo que no se entiende: ¿Qué hacemos con mi compañero, eh…? ¿Porque él tiene plata, qué hacemos, eh…? ¿Invitación? ¿Ofrecimiento de un pago? ¿Carcasa vacía de una parada masculina? Les dijimos que no están solas, que estábamos ahí como equipo, atentas a la situación, advertidas y, también, preocupadas. ¿Cómo equipo? Sí, aquí con ustedes y allá, en el hospital, con quienes tratamos de pensar cómo estar acá. Estamos aquí junto a la insistencia que intranquiliza, que alarma, que se queda petrificada, tratando de pensar qué le está pasando, qué está sintiendo. Y, estamos acá junto con vos, tu hermana, tu mamá y otras vecinas, tratando de compartir lo que atemoriza. Estamos aquí y allá, allá y acá, intentando que la impulsión que acecha se de cuenta de lo que está provocando. Después de los encierros, demasías salen de los manicomios confundidas, atemorizadas, perplejas. No se trata solo de vidas apartadas que vuelven a la comunidad, sino del retorno de emotividades expulsadas, omitidas, canceladas. El regreso de pasiones indecisas entre el grito y la mudez, entre el delirio y las vigilias del miedo. Normalidades amansadas no saben qué hacer con las existencias maltrechas que salen de los manicomios. Llegan a los barrios para vivir (entre dos, entre tres, entre cuatro) en pequeñas casas alquiladas con ayuda del hospital. En seguida, se rumorea que salieron del loquero como si se hubieran escapado del infierno, de una gran peste o de un invernadero de perversiones. Se trata de existencias raras: muestran simpatías o retracciones exageradas, hablan sin parar o entran en mutismos infranqueables, permanecen sin salir nunca o deambulan sin ton ni son todo el día, ríen con ganas o gimen con un dolor inconsolable, confían con inocencia o sospechan de todo. Retornan con efusividades desreguladas que traspasan conveniencias, costumbres, fingimientos. Una violencia que no sabe de sí mira, acosa, asedia. No se esconde, no se oculta, no seduce, no se escabulle detrás de un escudo de cordialidad, pone a la vista, en plena luz del día, sin velos, una mirada masculina propietaria, usurpadora, invasora. Y, al mismo tiempo, una afectividad abombada que no sabe de sí. Tal vez usted está haciendo algo sin querer, algo que no se da cuenta, algo que está preocupando a sus vecinas del almacén. ¿Qué cosa les preocupa? Ellas están seguras de que usted mira a la nena, que se queda mirándola, que le pide que se agache para darle algo y que se queda observándola. Les preocupa porque la nena sintió que usted la siguió desde la parada del colectivo y, entonces, ella corrió porque tuvo miedo. Infancias van y vienen del colegio, toman colectivos, caminan solas desde las paradas hasta sus casas. Se teme por ellas. Con ese miedo se vive en los barrios. Esa rareza que mira fijo, que sigue, que vigila, revela un cotidiano expuesto a violencias y temores. No se trata solo de una corporalidad adulta que sigue a una niña, sino de la amenaza de masculinidades que asolan y dañan infancias y mujeres. ¿De qué tuvo miedo? Tuvo miedo de que usted le haga algo. ¿Algo? Sí, tuvo miedo de que usted la agarre, la abuse, la viole. Pero, si yo no la conozco, solo quería preguntarle el nombre. Una indigencia amorosa que lleva cincuenta y cinco años esperando hacerse amiga de la vida: está ahí, de pie, petrificada. ¿Cómo pensar esa insistencia muda? ¿Empuje de una excitación irresistible? ¿Soledad abismada a un cráter de silencio y de dolor? ¿Obsesión que asedia y se impone? ¿Fijación que regresa a una escena que permanece intacta? ¿Bloqueo que cierra el paso a algo todavía más temido? ¿Estancamiento que engendra pestilencias? ¿Atadura que se asegura a un pilar? ¿Anclaje en el único arraigo conocido? Muchas veces, afectividades viven encerradas en claustros traumáticos. Un trauma está siempre ahí como herida en lo vivido, como sacudida que no termina de asentarse en ningún suelo, como memoria perforada, como arpón que permanece agazapado en todos los presentes. Acontecimiento que supera, por su intensidad, eso que una vida puede contener, tolerar, nombrar, recordar, elaborar. Un trauma está siempre ahí como perturbación que excede y hechiza, que expulsa capturando y que captura expulsando. Pasmos nacidos de lo traumático, que no saben de cuidados que protegen y abrazan, viven cautivos de violencias y ultrajes, terrores y servidumbres. Vamos a evitar que los impulsos lastimen. Aunque no se dé cuenta, hay acciones que hacen daño. Hay que cuidar a las infancias. Usted, ¿quiere lastimar a esa nena? No, no quiero. Entonces, confíe en lo que le decimos. La confusión que asedia, acecha, fija la mirada, no se da cuenta de lo que está haciendo. No supo, no quiso, no registró que hizo algo que causó miedo. Cuando no hay percepción de que se daña, urge un acto clínico. La advertencia tenaz de que se puede estar haciendo daño sin querer. Muchas veces la responsabilidad adviene, así, como saber tardío. Tenemos que decirle algo: si usted no la quiere lastimar, no vuelva mirarla así, la nena está asustada, lo mismo que las vecinas del almacén. La inadvertencia que presiona empecinada, dice que en su infancia la forzaron y violaron, pero que en algún momento le comenzó a gustar. Pero, ¿qué le hicieron? No sé, no me acuerdo, me hicieron la cola. Al principio no quería, pero después me empezó a gustar. No importa que después le haya gustado, eso estuvo mal, eso no se le hace a las infancias, no debió haber pasado. En el torbellino traumático se superponen momentos. En un comienzo, el sorpresivo asalto de un abuso o una violación, la sórdida brusquedad de la violencia; pero después, en la confusa evocación de lo ocurrido, sobreviene lo vivido como aturdimiento excitado o excitación aturdida. Perplejidades que no disciernen eso que les está pasando, muchas veces sufren no sabiendo si lo que les están haciendo les hace bien o les hace mal. Esa indecisión añade estupor al daño. La clínica que hacemos revuelve cenizas. Lo vivido solo se sabe como una grisácea suavidad que queda tras muchas combustiones. Momentos deshechos. Restos que, sin embargo, todavía tiemblan, sudan, palpitan, aferrados a unas pocas palabras. La sombra que atemoriza dice que en el hospital lo llamaban violín. ¿Hace con otras existencias lo que le hicieron? ¿Vive la violación como hecho de iniciación que disciplina: Total después te termina gustando? ¿Concibe el mundo como un teatro con solo tres papeles: verdugos, víctimas, extras? En la ejecución de las violencias, ¿obra un goce, una pertenencia, una enseñanza ejemplar? Violar está mal. No se puede someter a nadie en contra de su voluntad. Paulo Freire (1970) escribe su Pedagogía del oprimido para poner a la vista prácticas de enseñanza basadas en la pasividad, el sometimiento, las jerarquías, los poderes. Una pedagogía que se opone a las pedagogías de la crueldad de los encierros. La clínica no se propone como otra didáctica, pero comparte con el educador brasileño la preocupación por la acogida de lo oprimido, la convicción en la soberanía de la pregunta, la confianza en un común desaprender automatismos de lo atroz. El equipo ondula y se agita como espacio de deliberación sin fin. Pero, a veces, detiene sus derivas para fijar una boya, marca, señal, signo, punto inmóvil, en inmensidades sin bordes. No, eso no, eso no debió ocurrir, eso no puede volver a repetirse. La mendicidad que observa y asedia a una nena del barrio, ¿pone en juego la sexualidad?, ¿se trata de pulsiones eróticas?, ¿de tendencias libidinales? O, ¿permanece supliciada? ¿Aquerenciada a formas de violencia e intimidación? ¿Estancada y estacada, girando alrededor de una fe demolida o de un hogar en llamas? La insistencia que asedia, acecha, mira fijo, intimida, quiere saber el nombre de la nena. No está ante las disyuntivas descriptas por el psicoanálisis respecto a la satisfacción del deseo: renuncio a satisfacer un deseo inconveniente o lo reprimo realizándolo en forma encubierta a través de la formación de síntomas; o no renuncio ni reprimo, sino que busco imponérselo a otras vidas en contra de su voluntad o consentimiento. El desamparo que intimida, ¿cumple un patrón masculino? La vulnerabilidad que asedia, acecha, persigue, cuenta cómo la agarraron el primer día que la llevaron a un instituto en la escalera entre varios. Instituciones de encierro instruyen la usurpación de los cuerpos como trofeos o pruebas de valor. Como dice el personaje de un padre violador en la desgarrada dramaturgia de Vicente Zito Lema (2000). “¡El mundo es así: o le rompés el culo al que tenés debajo o viene otro de arriba y te lo abre a vos!”. En los manicomios sexualidades casi nunca se expresan como eróticas decididas, sino como exhibiciones de poder, de dominio, de sumisión, de manipulación de los cuerpos. También, algunas pocas veces, como formas de amparo, compañía, alianzas, cariño. No se trata solo de poner límites o enunciar prohibiciones, se trata de advertir que habitar un sentimiento supone dar acogida a una confusión, a una ambigüedad, a un malentendido. Las infancias están prohibidas para todos, quieran o no, porque aunque quieran no pueden saber si quieren lo que quieren. Consentimientos se presentan frágiles e inconstantes. En cada Sí que desea actúan excitaciones y terrores, atrevimientos y controles, curiosidades y pudores. Pero, ¿si sentí que me gustó? Sí, sintió que le gustó, pero también sintió el terror, la desconfianza, la ternura fallida, las memorias de dolor, las cicatrices de las violencias sufridas. Eso, que en un momento le gustó, antes, mucho antes lo hirió. No debió ocurrir. Pero, un chico asustado e indefenso no puede decir que no. Usted tiene que saber, ahora, que aunque no tenga mala intención, el equipo piensa que mirando y siguiendo a esa nena le está haciendo daño. Hervideros de sensibilidades que salen de los manicomios no creen en la potencia de los saberes, sino en el poder de las jerarquías. La agitación que asedia, acecha, mira con fijeza, todos los días toma su medicación. Reconoce la autoridad de figuras masculinas o de mujeres que están en posiciones de jefas masculinizadas. La transferencia no se afianza en la suposición de un saber que tienen sensibilidades que escuchan, sino en la localización de una figura de poder institucional que administra sustancias. En el trajín de las soledades, se trata ahora de confiar la transferencia a una posición que llamamos equipo. Una figura no personal, a salvo de la voluntad individual o de las ansias de un yo tentado por caprichos y arbitrariedades, cansancios y frustraciones. Equipo como agitación de deseos, saberes, disponibilidades, que se encuentran en una común debilidad para pensar la clínica. El equipo dice, el equipo piensa, el equipo se pregunta, el equipo va a seguir pensando, el equipo va a cuidar que usted no dañe ni lastime. Esto que usted me cuenta me hace mal, me asusta, me provoca desconfianza, no sé si podré seguir acompañándolo, lo voy a conversar con el equipo. Usted debe saber que el equipo lo acompaña porque desea hacerlo; pero, también, porque usted tiene derecho a que se lo acompañe. Escribe Pascal Quignard (2013): “El aire contiene al águila que gira lentamente, muy alto, como un punto silencioso en el espacio. Y el águila se entrega tanto a su caída que flota”. Transferencias tienen la tremenda responsabilidad del aire. El secreto de las vidas que flotan en confianzas labradas. Somnolencias insomnes salidas de los manicomios respiran hostilidades en el viento. Lo más grave no reside en lo que está pasando, sino en que lo que ocurre quede fijado como conducta solitaria de una existencia confundida. Cuidar de un daño no supone una precaución solo centrada en una persona. Se necesita poner en movimiento lo inmovilizado. Asedios, violencias, intimidaciones, están ahí como amenazas calladas en las calles. ¿Cómo poner en estado de conversación lo que transcurre silenciado? ¿Hablar solo con la sombra que mira fijo? ¿Proponer un encuentro en la casa en la que vive con otras vidas aturdidas? ¿Posibilitar una charla en el barrio sobre temores en las infancias? ¿Coordinar acciones conversacionales con la sala del lugar? Se necesita pasar del asedio de una turbación que se expone en sus torpezas y prepotencias, al asedio como forma enraizada de las masculinidades. Lo hostil no actúa igual que lo inhóspito. Lo hostil agrede, violenta, daña. Lo inhóspito no aloja, no abriga, no abraza, no registra. Lo hostil y lo inhóspito se entraman para ahogar demasías. Impasibilidades urbanas no residen en la incapacidad de sentir, sino en la veda de la conversación. Impasibilidades actúan como habituaciones que hacen posible el diario vivir con lo intolerable. Impasibilidades dicen: de eso no se habla, siempre fue así. Expresiones como habría que volver a encerrarlos o tienen que meterlos presos o no tienen que dejarlos salir funcionan como automatismos de la expulsión. Se trata de propiciar estados de conversación en todas partes sobre lo que asedia, acecha, atemoriza, intimida, violenta. Con el cierre de los manicomios, retornan a los barrios afectividades que demandan el derecho a una común conversación. Pero, ¿quiénes pueden hablar de lo que les está pasando? ¿Quiénes tienen palabras para decir lo que sienten? ¿Quiénes pueden contar lo que han vivido con miedo? La clínica que hacemos se sostiene en la palabra. Hay clínica cuando hay palabra. Cuando esa palabra no sella lo indecible con automatismos, lugares comunes, estereotipos de una época cegada. Cuando, en un común escuchar, la palabra toca la vida. Quería preguntarle el nombre, conocer a una mujer. La nena no es una mujer. Si usted quiere saber el nombre de la chica, se lo tiene que preguntar a la madre o la hermana más grande. Y si quiere conocer a una mujer, eso lo podemos pensar. Pero, usted, tiene que cuidar que esa nena no se sienta mal. Y ¿el barrio que dice? No, el barrio no dice nada. Las mujeres del almacén están preocupadas. Nosotras les dijimos que estábamos ahí. Y que también estamos con usted y con sus compañeros de la casa acompañándolos. Pero, yo no hice nada, le pido cosas, no hice nada. Pero, usted se queda mirándola petrificado. No, no, no, entonces, yo quiero volver al hospital, en ese barrio no quiero vivir más. De pronto, la impulsividad que intimida, sin saber, sin querer, sin advertir, se siente atemorizada, por la violencia del barrio, la violencia de la policía, la violencia del desprecio, la violencia de la estigmatización, la violencia que no sabe de sí. Hasta ahora, usted no se dio cuenta o nunca supo que las niñeces viven con miedo. Temen que prepotencias masculinas sientan que tienen derecho a adueñarse de los cuerpos de las infancias y de las mujeres como si fueran cosas, trofeos, pruebas ante los otros machos. Mirar con insistencia y seguir a la nena atemoriza. El equipo está pensando con usted y con las mujeres del almacén, ellas confían en nosotras. Pero, este problema se vive en el barrio desde hace tiempo. Hay muchas cosas calladas, que nadie dice, situaciones que las mujeres no se animan a contar. Bueno, bueno…Pero… no… mejor no, por las dudas, yo al barrio no vuelvo más. Yo…yo soy del hospital. Se encuentra en la cornisa de un edificio en llamas. Estuvo ahí otras veces. Si el barrio se vuelve hostil, decide volver al manicomio como un lugar menos inhóspito. ¿Volver al hospital? ¿Una huída? ¿El trastoque de una fijeza que desestabiliza por otra estabilizada? ¿La crudeza de una restricción? ¿Fijeza, restricción, daño, se presentan como condiciones de un sufrimiento consentido? ¿Eso que, a veces, coincidimos en llamar goce? Y los compañeros que viven en la casa, ¿qué dijeron cuando contó que se quiere volver al hospital? ¡Quedaron consternados! Y, vos, ¿qué pensás? Me acordé del libro de Artaud “Van Gogh, el suicidado por la sociedad”. La clínica que hacemos recala en el silencio de los saberes. Habita un no saber qué hacer que, sin embargo, da cuenta de sus decisiones, de sus actos, de sus palabras. Una intemperie que se hace cargo de advertir que las pulsiones, a veces, dañan. Que se hace responsable de avisar que, en ocasiones, vivimos encerrados en conductas que lastiman aunque no lo sepamos. La clínica que hacemos inventa nombres para lo que está haciendo. Bautiza sus intervenciones como pulsión advertida o sujeción alertada. La clínica que hacemos practica interrogaciones abiertas a lo común. Si atiende a una insistencia que asusta a una nena, indaga también qué otras fijezas aterrorizan a las infancias en los barrios; pregunta, asimismo, qué otras amenazas acechan en las sombras de las hipocresías comunitarias; recuerda, incluso, pedagogías de la crueldad extendidas en todas las instituciones. La clínica que hacemos transita cruces, mudanzas, migraciones. Pasa de la idea de pacientes individuales (mi paciente), a la de afectividades en conversaciones clínicas con un equipo. Parte de las arrogancias de las disciplinas que defienden, cada una por su lado, sus distintivos, a citas gestantes de momentos de un común saber. Se mueve desde un pensar cuidado que acompaña afectividades externadas en pequeñas casas, a disponibilidades que acompañan a un barrio que necesita conversar sobre lo enmudecido. La clínica que hacemos se asemeja a compañías de teatros ambulantes o carpas de circo itinerantes. Sensibilidades de cuidado que van de un sitio a otro, que irrumpen en cualquier lugar en el que el deseo de hablar se pueda encontrar con el deseo de escuchar. Hay una lengua que ultraja, sin ella no habría crueldad. Tampoco se conocerían las voces clasificatorias ni las capturas diagnósticas. La clínica que hacemos nombra vidas que sufren sin necrosar las designaciones: existencias maltrechas, hervideros de sensibilidad, somnolencias insomnes, embotamientos excitados, efusividades desreguladas, rarezas que miran fijo, indigencias amorosas, confusiones que asedian, inadvertencias que presionan, vulnerabilidades que persiguen, desamparos que intimidan, impulsividades que asustan. Y, así, cada vez. La clínica que hacemos procura no ahogar potencias disidentes de las demasías.
- Sesiones en el naufragio (4) Desmentidas / Marcelo Percia
El sentido común, en su ciega obstinación, se empecina en reclamar: “¡Queremos nuestra vida normal!”. No sabe ni puede vivir sin esa normalidad, defiende sus hábitos y privilegios queridos, aunque esté a la vista que, así, está matando la vida. ¿Cómo ocurre que, en condiciones de pánico e indefensión, una comunidad desee lo que la daña y se resista a lo que la protege? ¿Cómo se llega a desconocer lo que se conoce? ¿Cómo se sostiene lo que destruye? Ante lo insoportable se activan defensas. Freud nombra diferentes modalidades de protección. Menciono cuatro en su lengua, poniendo entre paréntesis la traducción de José Luis Etcheverry: Verdrängung (represión), Verneinung (negación), Verleugnung (desmentida), Verwerfung (desestimación). Palabras que concentran abundancias, matices y connotaciones, que en las equivalencias posibles en castellano se pierden. Pero, más allá de las finas y delicadas distinciones que merecen, todas tienen en común servir para la no aceptación de algo. Freud (1927) decide emplear la idea de desmentida en su artículo Fetichismo para describir una argucia que consiste en no ver lo que se está viendo. Alternativa defensiva que muchas veces se confunde y superpone con la represión, la negación, la desestimación. Una lacerante fórmula política de desmentida en la Argentina dice así: “Cierto: hubo desaparecidos, pero no fueron treinta mil”. El “fueron menos” confirma las desapariciones, a la vez que, al solicitar constatar el número, aparta la vista del horror. La solicitud de evidencia siempre hiere a las víctimas. Desmentidas no desconocen la realidad, saben que eso que se llama realidad consiste en una imposición enunciativa. Desmentidas realizan simulacros de reconocimiento de la muerte para seguir desconociéndola. Desmentidas no niegan lo percibido, tratan de que la percepción dude de sí misma. Hasta que se sienta culpable de su cruda mirada. Desmentidas no niegan la muerte, intentan confundirla y confinarla en donde no perturbe. Desmentidas admiten lo que segundos después desdeñan. Desmentidas emplean el poder de enunciación para violentar y desconcertar la percepción. Desmentidas sobreactúan el reconocimiento en lugar de negar, reprimir, desestimar. Desmentidas introducen paradojas que desquician. Desmentidas emplean conectores adversativos y opositivos que despellejan la piel mientras declaran querer sanarla. Comienzan diciendo: “Desde ya…”, “No ignoramos…”, “Sabemos muy bien…”, “Es innegable…”, “No desconocemos…”. Pero, de inmediato deslizan una idea que contrasta, contradice, pone en duda, debilita, se opone, a la anterior: “Sin embargo…”, “Aun así…”, “A pesar de…”, “No obstante…”, “Empero…”. Octave Mannoni (1963) condensa en una conocida fórmula las artimañas de las desmentidas: “ya lo sé, pero aun así...”. Argumentos de las desmentidas razonan de esta forma: “Asistimos a una extrema terriblez, pero están sucediendo o podrían ocurrir cosas peores”. Desmentidas practican la distracción. Concitan la atención en otros asuntos para igualarlos con emergencias que, dicen, no quieren negar. Desmentidas se muestran afectadas por inconcebibles desgracias, pero las minimizan señalando contradicciones, impericias, equivocaciones, otros peligros; hasta terminar dudando sobre confiabilidad de quienes las sufren. Desmentidas se escandalizan ante lo atroz, pero -al mismo tiempo- solicitan, para asegurarse de lo que está pasando, evidencias. Desmentidas demandan certezas que funcionen como pruebas de lo mismo que comienzan admitiendo que no necesita pruebas. Desmentidas operan invirtiendo la crueldad. Ante insistentes y repetidas denuncias de violación, preguntan con una fingida ingenuidad: “¿Es cierto que se está pensando en castrar a los varones?”. Fuente: Este texto fue publicado con el título: “Políticas de las desmentidas” en la La Tecl@ Eñe Revista de Cultura y Política, 23 de abril 2021.
Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.











