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  • La estación de ferrocarril / Wislawa Szymborska

    Mi no llegada a la ciudad de N tuvo lugar puntualmente. Fuiste avisado con una carta no enviada. Lograste no llegar a la hora prevista. El tren llegó al andén número tres. Bajó mucha gente. Entre la muchedumbre se dirigió a la salida la ausencia de mi persona. Varias mujeres me sustituyeron rápidamente en aquella prisa. A una de ellas se acercó corriendo alguien desconocido para mí. pero ella lo reconoció al instante. Ambos intercambiaron un beso no nuestro, durante el cual se perdió no mi maleta. La estación de la ciudad de N pasó bien el examen de la existencia objetiva. La totalidad estaba en su lugar. Los detalles se movían por las vías marcadas. Tuvo lugar incluso la cita acordada. Fuera del alcance de nuestra presencia. En el paraíso perdido de la probabilidad. En otra parte. En otra parte. Como suenan estas palabras. Fuente: Mil alegrías -Un encanto- 1967 en Poesía no completa, con edición y traducción de Gerardo Beltrán y Abel Murcia, Fondo de Cultura Económica, 2021.

  • Espectros en el castillo / Daniel Rubinsztejn

    El castillo ya fue construido. El hombre juega con la niña. El padre juega con la hija. El hombre juega con su niña. El padre juega con su hija. El hombre juega con. El hombre juega. La niña juega. Le gusta jugar, disfruta recreando los juegos, sus juegos infantiles. Recuerdos que afloran, en la playa él también jugaba con su padre. Con la arena, castillos y pozos, en el agua a chapotear y nadar, con la pelota a patear al arco. Una escena se filtra sin saberlo, se ve a un hombre jugando con, pero late otra. En el juego está en ambos lados, jugando como niño y jugando ahora como padre. De noche en su dormitorio, abrazado a su mujer, sueña que está por ahogarse y un hombre lo rescata. Una escena invade el dormir, lo traslada a la playa, al mar. Piensa que él es tanto quien se ahoga como quien rescata. Se despierta inquieto, mira a su mujer y vuelve a dormir. Por la mañana vuelven a la playa, se reinician los juegos. El niño juega.

  • “Oración. Carta a Vicki y otras elegías políticas” entrevista a María Moreno / María José Sabo

    Querida María Moreno: -En tu último libro Oración. Carta a Vicki y otras elegías políticas (Random House, 2018), partís de desmenuzar detalladamente las dos cartas que Walsh escribe luego de la muerte de su hija: “Carta a Vicki” y “Carta a mis amigos”. A ambos textos los inscribís en el género de la elegía política para abrirlos a una lectura que, en cierto modo, los desacraliza para reinsertarlos en el lugar de la ficción. ¿Cómo llevaste adelante este proceso de investigación en el que debiste enfrentarte a la autoridad que rodea a un escritor como Rodolfo Walsh y cuáles fueron tus estrategias para trasponer la resistencia que ejercen textos como estas cartas, tan comprometidos con la tragedia política nacional? -Como suele suceder, esta, más que una pregunta, es una observación desviada por el signo de interrogación o un pedido de que confirme una lectura crítica más o menos explícita en sus mismos términos como “desacraliza”, “enfrentarse”, “resistencia”. Nada más patético que la voluntad de desacralizar: cuando la veo como declarada, me resulta tentador descubrir cómo, detrás de esa declaración, se encuentran nuevas formas de sacralización y cómo, al pretender llevarla a cabo, alguien lo hace con elementos críticos muy convencionales e institucionalizados. Recuerdo la intención desacralizadora de aquella famosa muestra en el Centro Cultural Recoleta en que León Ferrari puso objetos de la yesería religiosa popular en poses “blasfemas”, incluyendo a una gallina auténtica que cagaba sobre un cuadro de la sagrada familia o algo parecido: esa debe haber sido la obra más trivial y menos revulsiva de León, que tenía el fanatismo infantil de un creyente dado vuelta y que, seguramente, a pocos metros de la iglesia del Pilar iba a generar un escándalo y una censura sin por eso dejar de ser obvia. Por otro lado, “sacralizar”, en el caso de Walsh, suele ser un atentado a su memoria: se lo sacraliza para no leerlo o se lo lee solo en su vertiente manifiesta de escritor de denuncia. Cada aniversario del Golpe Militar, cada día del periodista, los que Laura Klein llama “autómatas del bien” difunden la Carta a la Junta o repiten su condición de escritor desaparecido, difundiendo su tragedia y no la inmensa complejidad de sus métodos, sus utopías literarias, los avatares de su conciencia crítica. Es escandaloso que pocos se hayan ocupado de los textos autobiográficos recopilados por Daniel Link en Ese hombre y otros papeles personales. Quiero que la palabra “resistencia” quede exclusivamente del lado de las víctimas y de esas artes de la oscuridad sobre las que escribo en Oración, realizadas por aquellas a quienes la palabra “resistencia” les queda chica porque lo que han logrado es toda una invención, un espacio donde el otro no solo no puede sino que no está, entonces, ya pertenecen a otra economía a la que se ha logrado sustraerse. -En Oración volvés al trabajo de archivo, presente ya en La comuna de Buenos Aires, a través del cual se delinea, como quizás no ocurría en otros libros tuyos, una María Moreno investigadora. ¿Cómo pensás la relación entre investigación y archivo? ¿Qué aspectos del Rodolfo Walsh investigador sentís que pudieron haberse colado en este proyecto? -Todos mis libros podrían cobijarse bajo la utopía walshiana oída, reproducida y editada por Ricardo Piglia en su célebre entrevista “… el testimonio y la denuncia son categorías artísticas por lo menos equivalentes y merecedoras de los mismos trabajos y esfuerzos que se le dedican a la ficción. En un futuro tal vez se inviertan los términos: que lo que realmente se aprecie en cuanto a arte sea la elaboración del testimonio o del documento que, como todo el mundo sabe, admite cualquier grado de perfección. Evidentemente en el montaje, la compaginación, la selección en el trabajo de investigación, se abren inmensas posibilidades artísticas”. Es la utopía de un Walsh colado en pareja con otro colado: Manuel Puig. Porque mediante un grabador Manuel Puig registró para su novela Sangre de amor correspondido el relato autobiográfico de un obrero empleado temporariamente en su casa de Río. Carlos Puig, hermano de Manuel, me permitió ver algunas de esas desgrabaciones y me fui para atrás con un plop como la Ramona de Lino Palacios. No solo Puig parece realizar la utopía de Walsh en cuanto a una literatura donde solo la selección, el montaje y la compaginación de un testimonio “abren infinitas posibilidades artísticas”, sino que su única intervención es durante la grabación, a través de preguntas que interrumpen una y otra vez el giro del relato para exigir que este se detenga en los detalles, forzándolos por sistemática inducción. Como si Puig se propusiera extraer la escritura del relato oral en directo, cada pregunta permite la emergencia de lo que aún no es texto, frase por frase. Yo soy la hija literaria de esa pareja, total soñar no cuesta nada y ellos ya no pueden desmentirme. -Operación Masacre es un libro que lleva decenas de reediciones a lo largo de los años. ¿Qué lugar considerás que ocupa dentro del discurso político, literario y periodístico argentino? Y, en ese sentido, ¿cómo tu libro interpela los discursos creados en torno a la figura y la obra de Walsh? -Me parece que es preciso dejar de pensar Operación Masacre como precursor del nuevo periodismo –el encabezar el ranking mundial es una obsesión porteña aunque sea para arrogarse la invención de la picana– y sí leerlo junto a otros libros nacionales como el Facundo de Sarmiento, las aguafuertes de Roberto Arlt o los folletines de Eduardo Gutiérrez. Cito de su diario: “para después, acaricio la idea de una literatura clandestina, quizá escrita con seudónimo. Es difícil llegar a concebir esto: se ven, sí, sus enormes posibilidades, pero el problema reside en aprovecharlas al máximo. Decididamente, tendría que ser anónima (o pseudónima), ¿pero podría el pequeño pot (sic) renunciar a la vanagloria que ha inundado totalmente su vida? -Una novela, vgr, que empiece con una declaración franca de principios políticos; brutal en la mención de nombres y personas, simple en su lectura (cf. Eduardo Gutiérrez, Arlt).” (jueves, 4 de febrero de 1970). Y el nombre que insiste cuando se debate con su deseo de hacer “la última novela burguesa” es Borges aunque no escribió novelas. Yo no interpelo: leo. Vos dirás. -Un apuesta clave de Oración es correrse de los testimonios de Madres e H.I.J.O.S, las voces por excelencia autorizadas en los debates en torno a la memoria, para hacer una inflexión femenina y apostar por lo que las H.I.J.A.S. de desaparecidos tienen para decir. Ahí vas de la mano de Albertina Carri, de Lola Arias, de la propia Patricia Walsh, Vanina Falco, entre otras. ¿Qué efectos imaginás para esta apuesta en los debates actuales sobre la memoria y el testimonio? -Escribí Oración para apoyar la liberación del testimonio al uso de la metáfora, de la ficción en general como lo propone Philippe Mesnard en su libro Testimonio en resistencia. Para recordar la paradoja de que durante la vigencia del proyecto revolucionario para Latinoamérica se vetara a la literatura en nombre de la acción mientras Mao, el Che y, luego, Marcos no cesaran de escribir y cómo la literatura y el arte fueron en el cautiverio formas inenajenables de la libertad. Alguna vez escribí como ofendida: “Che, Mao, Marcos. Vaya sinvergüenzas, estos que han persuadido a tantos de que la pluma debía ser reemplazada por el arma no retrasaron un solo minuto su desplazamiento armado hacia el mármol de la estatua conmemorativa para pergeñar cosas como estas: “Así te quiero, con recuerdo del café amargo en cada mañana sin nombre y con el sabor a carne limpia del hoyuelo de tu rodilla (…) Si sientes algún día la violencia impositiva de una mirada, no te vuelvas, no rompas el conjuro, continúa colando mi café y déjame vivirte para siempre” (Che). “A un lado y otro de la Gran Muralla/ hay espacios sin límite/ el Gran Río/ entre montes y valles/ ha detenido su rumbo impetuoso./ Los montes, serpientes danzarinas de plata,/ las mesetas, elefantes de cera al galope,/ compiten en altura con el Cielo/ Esperamos un día de sol:/ rojo mantel sobre blanco/ os parecerán seductores y fascinantes” (Mao). “Como si llegaran a buen puerto/ mis ansias,/ como si hubiera donde/ hacerse fuerte,/ como si hubiera por fin/ destino para mis pasos,/ como si encontrara/ mi verdad primera,/ como traerse al hoy/ cada mañana,/ como un suspiro/ profundo y quedo,/ como un dolor de muelas/ aliviado,/ como lo imposible/ por fin hecho,/ como si alguien/ de veras me quisiera,/ como si, al fin,/ un buen poema me saliera” (Marcos). -¿Qué fue lo que te acercó a la producción (fílmica documental, teatral y literaria) de ellas? -La escena fundante del libro es la de esa beba sentada luego de un operativo arrasador en donde su madre ha muerto. Quise plantar la voz de Oración como la de alguien que le cuenta un cuento a esa beba -que ya no es tal- sobre qué hicieron otras h.i.j.a.s con lo que el destino hizo de ellas y, sobre todo, cómo esas madres a las que alguna vez les reprocharon que entregaran su vida a una causa, luego de haberles dado vida, pudieron alimentar aún con la leche de su desaparición y muerte, dar bienes simbólicos para vivir, para crear y para amar. -A partir de la publicación de un libro como Oración, ¿cómo pensás tu escritura dentro del espacio de “la literatura argentina”? ¿Le das importancia a esas etiquetas? -No, pero tal vez alguien pueda demostrar que sí. Que incluso la fantasía de ocupar un lugar lateral o desacralizador, como te decía antes, puede ser defenestrada con una crítica de recursos heterogéneos, incluso por alguna practicada por alguno de mis heterónimos. Es un proyecto que tengo en el futuro. “Ocupar un espacio en la literatura argentina”, qué ambición mediocre, machirula y resultadista. Mi escritura es un fruto de la derrota, la de la experiencia de un amor otro, múltiple, algo así como un socialismo del partenaire, a la manera de Charles Fourier, a pesar de la imposibilidad de encontrar una fraternidad para los sádicos, ya que ellos necesitan, en lugar de un partenaire, un inocente. Por otro lado, la expresión “espacio de la literatura argentina” está caduca ya que también han caducado ciertos modos de leer, de entronizar y de formar un canon. Claro que si me suicido todavía mi único heredero tal vez pueda beneficiarse brevemente con un provisorio batacazo de mis libros en el mercado que le servirán para pagar mis deudas. -Al comenzar hacés referencia a las vacilaciones que te generaba escribir un libro como este, a la “prórroga” que te habías dado para escribirlo, tan comprometida con tus propios tiempos personales (“ya tengo edad para morir”, escribís). Tomás distancia así de otras formas de publicación, a las cuales te has referido, por ejemplo, en El fin del sexo y otras mentiras, como a “la obligación de entregar al editor”. ¿Cuál es actualmente tu relación con la escritura? ¿Cuáles son tus tiempos? -A veces me siento como debería sentirse Daniel de Foe cuando una señora le dijo: “¡Ay, señor, cómo habrá sufrido usted en esa isla! “Ya tengo edad para morir” es una de mis frases propias de la figura retórica de la modestia afectada aunque, tal vez, escribiendo sobre un padre y una hija, haya recordado que cuando mi madre se enteró de que mi padre estaba muy enfermo (ellos estaban divorciados) dijo “ya tiene edad de morir”, haciendo gala de un humor negro, antifamilista, antiburgués y, por eso, un poco punk, que caracterizó a mis padres y espero haber heredado. Es una frase caza-lectores como “Bebo en exceso porque bebo con la boca de mi padre”. No importa cuán sinceras sean esas frases y la sinceridad no es homóloga de la verdad, son altamente extorsivas. Escribir bajo presión es mi suplicio y mi condición. Me daré por muerta cuando nadie me encargue algo “para ayer”. Mi tiempo ha pasado así que, imaginando que soy libre, ahora solo voy a hablar de amor aunque creo que nunca he dejado de hacerlo. Fuente: Revista Coda. Revista de la escuela de letras facultad de filosofía y humanidades universidad nacional de Córdoba.12 mayo 2018 https://ffyh.unc.edu.ar/coda/2018/12/05/entrevista-a-maria-moreno-por-maria-jose-sabo/

  • La palabra / Friedrich Nietzsche (1882)*

    Para con la palabra viva soy bueno: Mira cómo salta de contento, Y qué amables reverencias, dulce incluso en su torpeza. Tiene sangre en ella, y sus enérgicos resoplidos hasta a los sordos les llena los oídos Y entonces se enrosca y revolotea, Lo que hace la palabra --- recrea. Mas la palabra sigue siendo cosa delicada, Que tan pronto enferma, como que sana. Si quieres dejarla vivir su pequeña vida, Debes tomarla dulce y de la manera debida, No forzarla ni sacudirla toscamente; Pues suele morir con mirarla malvadamente. Y ahí yace entonces su pequeño cadáver, Tan frío y desvalido, tan exánime, tan informe, horriblemente transformado Por la muerte y por la agonía maltratado. Una palabra muerta es algo muy feo, Es --- un cascabel esquelético. ¡Qué asco los oficios indecentes, allí donde las palabras fallecen! [Aforismos escritos para Lou von Salomé en Tautenburg] *Fuente: [1. N V 9a. N VI 1a. Notas de Tautenburg para Lou Salomé. Julio-Agosto de 1882], 1 [107] “La palabra”. En Fragmentos Póstumos, Volumen III (1882-1885). Traducción de Diego Sánchez Meca y Jesús Conill, Ed. Tecnos, España 2010

  • El estrés de los Reyes Magos / Martín Smud

    Nunca el estrés acontece por una sola causa y se manifiesta de una sola manera, no se diagnostica stress por “esto” sino por muchos “estos”. Los Reyes Magos tienen muchas causas para estar estresados, tienen que traer regalos en la época de mayor desigualdad social que ha vivido nuestro planeta (es complejo hacer regalos a personas que tienen necesidades básicas insatisfechas), además llegan en una época donde la contagiosidad del Ómicron no tiene comparación con otras cepas y ellos por la cantidad de gente visitada y la cantidad de objetos tocados despiertan desconfianza por ser vectores posibles de contagios. Además traen regalos para bebés y niños/as pequeños, la niñez es la época de la vida más vulnerable y en la que se vuelve más difícil saber qué regalar. Los juegos “recomendados” se han vuelto pocos y cada vez más caros y como uno de cada dos bebés es pobre y como los Reyes Magos no quieren desnudar con sus regalos esa enorme desigualdad humana, entonces es lógico que estén estresados. Lo bueno de toda esta situación es que quienes sienten estrés, perciben con una sensibilidad empática a quienes también lo sienten y los Reyes Magos, por los regalos que están regalando, están preocupados por el estrés que están sintiendo bebés y niños/as que apenas lo pueden expresar con palabras pero que, para “profesionales” de la niñez, despiertan mucha preocupación. Por eso, los Reyes Magos, este año, regalan juguetes antiestrés. Hay voces de apoyo y otras de crítica. Uno de los juegos que traerán, los Pop it, para estallar como burbujas, obsesivamente, con acción repetitiva, sin final, los dedos arriba y abajo; se convierte en tarea inabarcable pero que, paradójicamente, serena a los más peques. El tener algo en las manos que no se les resista, que se transforma en lo que ellos desean, que no haya lugar para la frustración, se considera importante para estos momentos tan estresantes. Otro de los juegos que traerán a montones son los squishy, en diferentes tamaños y figuras, por lo general animales a los que los peques puedan estrujar, destruir, descargar toda la bronca y que luego volverán a su condición primera. Serán los juguetes del eterno retorno nietzscheano, un descarga broncas, que no tenga consecuencias por su condición de “irrompibilidad”. Los dos juegos y sus posibilidades de no tener final, de eterno retorno, de pelota de trapo a la que no le importa su destino son algunas de las características de los juegos que traerán los siempre atentos e incansables Reyes Magos. Los padres agradecidos porque la pandemia ha empobrecido al planeta y no tendrían como fondear a los costosos spinner de hace algunos años, ni volver a comprar los manchosos slines y no tendrán que soportar sus sonidos pedorreicos que tanta algarabía levanta en la población con menor edad. Pero se rumorea que los Reyes Magos están muy sensibilizados y preocupados por lo que observan. ¡Qué mal que la pasaron los pequeños en estos años pandémicos! En momentos donde necesitaban el apoyo de las familias extensas y apoyos por fuera de la familia como amigos, jardines maternales, cuidadores; todo se volvió más complicado. Muchos bebés y pequeños/as, solo al cuidado de sus padres, muchas veces uno porque el otro no está, no existe, no lo dejan estar o no quiere estar. Y así aparecen pequeños/as que se niegan a seguir adelante con los descubrimientos que plantea estar en el mundo, se quejan de que son muy observados, que muchas veces sus movimientos y logros son anotados en una lista de acciones “normativizadas” en concordancia o no con las tablas de la ley de un crecimiento normal. Y así el campo de la temprana infancia se vuelve un campo de incumbencias profesionales, especialidades que prescriben y diagnostican con las mejores intenciones y que tratando de ayudar a la prevención, cada vez encuentran más posibles casos de pequeños/as con diversas dificultades. Notan que algunos se niegan a seguir investigando porque perciben que cuánto más investiguen se les abriría un mundo cada vez más complicado. Otros especialistas critican a esos juegos, sostienen que ayudados por los grandes los dejan enfrascados en acciones solipsistas que no se les resisten, que sus colores y movimientos se abren a sus deseos que, de tanto tenerlos en las manos, pasan a ser parte de sus cuerpos. En este sentido, los juegos antiestrés se vuelven peligrosos porque intentan responder a un potencial diagnóstico que se vuelve anticipatorio y que podría realizarse como profecía autocumplida. Y los bebés y pequeños/as entre una posición y otra, y pueden como protesta detener esa difícil comprensión de las diferentes posiciones, de la brecha, de las diferentes separaciones entre el yo y el no yo, y perder el deseo lúdico y entonces para los que se acercan al pequeño/a notarán un tiempo de dificultades. De repente el pequeño/a comenzará a llorar, y seguirá llorando, parece no terminar nunca o se queda dormido demasiadas horas y comenzamos a notar el deseo de no hacer nada, la falta de ganas, cambios anímicos muy pronunciados. Y ahí es conveniente la derivación a tratamiento psicológico a ellos y a sus familias, lo cual puede ayudar a abrir esas coagulaciones que impiden jugar como apertura necesaria al aprendizaje en el que los juegos son facilitadores. Más allá del diagnóstico y mucho antes de ello, no hay época en la vida más difícil y más relevante que la niñez. En el primer año de vida no sólo se crece y se triplica el tamaño sino que se aprenden un montón de cosas de distinto color y envergadura. ¡Cómo no estar estresado por semejante tarea en estas épocas pandémicas de tantos miedos e incertidumbres varias! Distinguir a los otros de lo que desean de mí, aprender a moverme en un mundo lleno de peligros, comenzar a hablar relacionando lo que me piden con mucha exigencia y lo que tengo ganas de hacer ligado a mis deseos e ir descubriendo mi forma de ser y en todo esto aprender a aguantar los fracasos y las esperas. Difícil tarea para chicos que están en sus momentos inaugurales. Y así con tantas dificultades, este año los Reyes Magos les traen juguetes para desestresarse, que los rompan total son irrompibles, que metan los dedos total en este juego no hay ninguna resistencia ni dificultad. Los Reyes Magos saben lo que hacen, podemos no coincidir en los regalos que traen este año pero no podemos negar que tienen una lectura a reflexionar acerca de las cosas que están viviendo los pequeños/as quizás en los peores momentos para serlo. Un regalo es una demostración de las dificultades del amor, existen tantos diferentes tipos de regalos: puede ser un objeto de marketing, algo para quedar bien, una sorpresa, una obra pero lo que debemos intentar enseñar/nos: el amor no pasa por los objetos sino por la percepción de una necesidad, por la pregunta acerca del deseo del otro, y que los Reyes Magos están preocupados porque no desconocen que lo importante que es mantener la llama eterna del deseo de jugar/aprender. Los juguetes siempre llevan el sello de los tiempos que corren, que no podemos ni debemos negarlo, y este año llevan el sello de los tiempos de los bebés estresados por tantas planillas para llenar y tan poco lugar para jugar.

  • Adynata Junio / VPS

    A 53 años de la revuelta de Stonewall y cerca de otro Ni una Menos, seguimos alertas sabiendo que queda mucho, muchísimo por disputar minuciosamente en cada espacio y en cada práctica. Aún el chineo sigue prácticamente invisibilizado, aún con políticas de inclusión que enarbolan leyes igualitarias y cupos trans, no logran llegar a transformarse en prácticas efectivas de inclusión. Aún encontramos psicoanálisis rancios y escuelas plagadas de prácticas encubridoras que sólo buscan “evitarse problemas”. Aún recurrir a lo legal nos enfrenta con la lentitud y la desidia de tantísimos jueces patriarcales y de prisiones para pobres abarrotadas de injusticias. Aún la indolencia acalla las prácticas sistemáticas de exterminio del gatillo fácil y la violencia estatal. En Adynata Junio, Emmanuel Theumer nos recuerda que la lengua opera como tecnología de gobierno del género que “arrastra y actualiza al tomar como referente privilegiado a los varones” a pesar de las críticas cuir y trans a los esencialismos. Dice “El uso de la x y la e insiste en la indecibilidad del género, en la imposibilidad de reducirlo a dos categorías estables, en la multiplicidad de experiencias que habitan los cuerpos que han amortiguado los resortes disciplinarios de la diferencia sexual.”. Dos afirmaciones martillan en Sesiones en el naufragio 27 “La clínica que hacemos”: “Lo opuesto a cuidar consiste en dañar.”, “Hay una lengua que ultraja, sin ella no habría crueldad.” y nos interfiere con un interrogante “¿Cómo poner en estado de conversación lo que transcurre silenciado?” María Pía López inicia uno de los quipu de su libro escribiendo: “Vida, qué idea. Rondo a su alrededor. De su desmesura, su ambivalencia, lo que dispara. Nombrarla y abrir sus significados, en el corazón de todas las políticas.” En una Post Guardia un insomnio desbordante logra vencerse en un diálogo entre ternuras que susurran. Y en la última entrega de Filotropías perdemos el aire ante la pregunta “¿cómo darle la palabra al dolor sin hablar en su lugar?” Mientras nos encuentra el frío y otra crisis económica por estos sures y el calorcito y otra guerra por aquellos nortes, nos preguntamos ¿qué fuerzas (nos) impulsan y (nos) hacen escribir? ¿Qué se escabulle en ellas? ¿Qué nos atrae, qué nos incomoda, qué decisiones (nos) acontecen? Quizás, también en ello otra disputa minuciosa pueda ocurrir al elegir qué leer, qué escribir, qué publicar; al elegir cómo escribir, cómo leer, cómo publicar. "Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”." Ojalá, cada tanto, nos salga.

  • Adynata Junio / MP

    A la hora de la partida no se sabe qué hacer, ¿despedirse o no despedirse? Nada disminuye el dolor, la tristeza, las ansias de volver atrás. Tal vez consolaría sentir llorar a la vida, pero no: ella cumple, concentrada y respetuosa, rotaciones, ciclos, estaciones, giros, mutaciones. La ternura última ante lo irremediable dice Hasta siempre.

  • Dos sentidos / V. Nicolás Koralsky

    Hace poco terminé un libro de poemas que titulé “Te miré fijo”. El libro cuenta la historia de un amor que queda atrapado en un solo sentido. El escrito se diluye en esa dirección donde no se puede correr la vista hacía otro lugar que ahí donde se encuentra la imposibilidad de la reciprocidad amorosa. Obcecado por la belleza inmóvil y solemne de un Amor, se sucumbe una vez más. Estanco se observa algo que no va para ningún lado. En cada poema se disecciona, como si fuese un cadáver, los detalles del cuerpo ya muerto de eso que no fue, ni será. Ante él no se llora desconsolado la muerte de un amor, como se explica en su dedicatoria, sino que se practica la distancia de los hechos, el recorrido de lo pasado, dando cuenta que los cuerpos no se movieron a ningún lugar: el amor romántico construye su morada en un ataúd. Como en la despedida de un muerto, en los poemas se mira fijo para retener “en las pupilas / como intento hacerlo ahora/ un poco desesperado/ frente a estas teclas/ escribiendo lo que recuerdo/antes de empezar/ a olvidar”. Ahí, en esa tentativa, aparece la escritura. Una escritura que, exasperada, vuelca en una noche en vela, como un velatorio a cajón abierto, todos los detalles de un “yo” que no pudo mirar a otro lado. A punto de cerrar la tapa del cajón los poemas describen y re-editan otros romances donde se despierta a la fallecida institución del amor romántico. Se encuentra en esas horas de guardia ante el féretro un momento donde apuntar todo lo que se puede. Se necesita que esa noche en vela, esas horas de escritura permitan “revelar” antes que la tapa se encaje sobre la materia muerta, que gracias a la tanatopraxia se disfrazará de lozanía en esa última despedida. Pasadas unas horas y consumido el maquillaje que engaña al ojo, luego de que la madera pesada calcé hermética y no puedan olerse los jugos de la descomposición. Tiempo después de terminar “Te miré fijo” aparece con mi encuentro “Tercer oído: relatos descentrados de una vanguardia” de Ana Longoni, publicado en octubre de 2021 por Caracol Ediciones. El libro, con la suavidad, rigurosidad y delicadeza intelectual con la que escribe Ana, es un ejercicio donde el oído se afina desde una sensibilidad de oráculo, como explica Fernanda Carvajal en la introducción. En “Tercer oído” se hace el trabajo inverso al de enterrar amores inútiles e idealizados, escritos que parten desde un “yo” dolido. El libro de Ana es guiado por espectros y azares, embutes y místicas, tránsitos y desvíos de una vanguardia argentina de la que ella no fue contemporánea pero pareciera haberlo sido y que despliega en tres partes (Prefigurar, Apariciones y Desatascar). Entre la escucha clínica y el ejercicio de médium, Ana sabe dejar entrar lo que llega, como explica Carvajal en el prólogo. Con un gesto exhumador, Ana, hace el trabajo de antropólogos forenses y arqueólogos, en rastros y restos de lo que fue, revive a Masotta, Greco, Ruano, Carreira, Cerrato donde las cosas pasan sin esperarlo. En “Tercer oído” se intuye un modo de dejarse llevar sin saber a dónde pero con una precisión envidiable. Ana inventa un modo de investigar donde hay que dejar que la cosa pase, dando tiempo a la “reapertura del acontecimiento” (p.8). Abrir agujeros en el tiempo donde los relatos de su autora vivifican lo acontecido, un oído que se apoya sobre las superficies y puede percibir desde el “más allá” el musitar, una mano que escucha las vibraciones del acontecer histórico. En Prefigurar se recupera la figura de Elda Cerrato quien “aprende y desaprende en cada lugar”, en cada movimiento. Ana escribe sobre esta artista de la vanguardia argentina recobrando experiencias de esoterismo que dan lugar a imágenes que producen más allá de lo que ella misma cree: “para lograr un desplazamiento del punto de vista convencional que permita percibir otros planos de la realidad” (p. 24). Ana relata a una Cerrato que expone la vulnerabilidad de una democracia fijada con alfileres luego del paso de la dictadura cívico militar. La escucha de Ana nos cuenta que “la memoria no es nunca materia cristalina, sino reverberación de un legado atravesado por las sombras y olvidos nos conforman” (p. 31) En Apariciones, se despliegan las experiencias de Masotta y el grupo de Arte de los Medios. La relación que entabla con Masotta atraviesa cualquier espacio tiempo “Como si un espectro hubiera sido definitivamente invocado, después de décadas de silencio y borramiento, y se multiplicara su capacidad de provocar y conectar escenas distantes” (p. 36). Ana es testigo y, en alguna medida artífice “del descubrimiento de un intenso mapa afectivo” (p. 45). Artífice porque es ella la presencia que “abre camino” cuando repara en Masotta y comienzan las apariciones (la figura de Cloe Masotta, las facturas en Burberrys que evidencian el dandismo de Masotta , las consignas de redacción a alumnos de sexto grado sobre “Dios o Perón”, el “Manifiesto celeste” sobre la historieta, “el debate” sobre pornografía en Barcelona, el testimonio acerca del único encuentro de Lacan con Masotta en 1975, entre otras tantas). En Canallas, la sensibilidad de Ana se deja interceptar por Greco y Masotta que le permiten explorar otros modos de hacer, de ocupar los espacios, construir pensamiento, practicar el arte y pensar. En este capítulo se detiene en coincidencias entre ambos como: “la posición de mantenido, del que vive de prestado, los coloca en una lógica contra-productiva, en confrontación a la idea de utilidad y reclamando su derecho a la inactividad o a la informalidad” (p. 56). Ana ausculta en ambos “un dandismo desaliñado” (Ibíd.), personajes que se componen como tal, uno como intelectual –sin título académico- el otro artista de VANGUARDIA (con escandalosas mayúsculas) sin legitimación del mundo del arte: “Estrategias de (auto)-invención deseante y desafiante” (p. 57). Cuerpos desplazados, incomodados, perturbados por sus propios derroteros donde su “condición errante no solo refiere a desplazamientos geográficos sino sobre todo a la movilidad en cuanto a roles cambiantes, inciertos” (p. 59). Ana encuentra en Masotta modos de improvisación teórica, señal de su modo de pensar “arriesgando conexiones e ideas a partir de elementos difusos” que le permiten “construir la propia imagen como pose o impostura” (p. 62), mientras que en Greco reconoce una “Parodia del prestigio simbólico” (p.74) que se condensa en una firma y se vuelve “vivo dito”. En Desatascar, dos apariciones fotográficas develan momentos de la vanguardia argentina. Ana refresca el término “embute”, palabra que forma parte del código secreto de la militancia de los 60/70. El embute es un sinónimo de escondite que engloba “cualquier artilugio tan precario como ingenioso para trasladar una carta o la prensa prohibida, guardar documentos comprometedores, esconder armas, personas, vidas clandestinas” (p. 84.). El texto se centra en dos hallazgos, el primero de ellos la foto del “Charco de sangre” (1966) de Ricardo Carreira y el segundo, el momento justo en que Eduardo Ruano realiza el atentado apedreando la imagen de Kennedy en medio de una inauguración (1968). Acerca del hallazgo sobre Carreira, Ana revive el concepto de “deshabituación” del artista: “incomodidad como condición del arte de vanguardia, la imposibilidad de acostumbrarse al hecho artístico, de salir indiferente” (p.89), que activa en sus piezas y sus poemas. La aparición de la fotografía de Carreira pone en evidencia “la falta de registro” explica Ana, donde “la condición autodestructiva en la vanguardia argentina (…) Producciones efímeras, condenas a desaparecer como parte de su mismo programa” (p. 91). El segundo hallazgo corresponde a un momento del cual no se tenía registro, todavía: en 1969 Eduardo Ruano, con 23 años, “fue invitado a participar en el Premio Ver y Estimar (…) instaló allí en una esquina de la sala del Museo de Arte Moderno una vidriera que replicaba el panel oficial en homenaje a Kennedy, presidente norteamericano asesinado en 1963” (p. 94), como parte de la instalación colocó un ladrillo de plomo en el suelo. Con un grupo de amigos, al grito de “Fuera yanquis de Vietnam”, el día de la inauguración, se hizo del ladrillo, rompió el vidrio y rayó la imagen. Luego Ruano y sus compañerxs se retiraron de la sala, comenta nuestra médium. Para Ana esta escena es el inicio del itinerario del 68 (acciones y tomas de posición estético-políticas de la vanguardia de Buenos Aires y Rosario) y “es el acto, la acción colectiva de apedrear la imagen de Kennedy en medio del museo, producir un acto político en el seno de la institución arte” (p. 94). A través de la aparición de estos dos registros, Ana logra componer un relato conmovedor acerca de cómo pueden las imágenes como materia viva que sigue respirando desde su escondite. Mientras en “Te miré fijo” los ojos no pueden dejar de mirar allí, en “Tercer oído” el órgano queda desplazado y la capacidad sensible exaltada. Ana “no toca de oído” acerca de lo escrito sino nos toca con lo le/o/ído. Entre las marcas que quedan al costado de las hojas de Tercer oído me pregunto ¿se puede concebir una metodología académica donde tengan lugar la suavidad y lo contingente? ¿qué pases mágicos hace Ana para que su escritura nos permita vivir acontecimientos donde no estuvo pero a través de ellas logramos llegar? ¿cómo sería un embute digital? ¿cuántas más cosas estarán esperando ser descubiertas? ¿qué otros espectros se le acercarán? ¿el estilo de los relatos de Ana funciona como el happening “El helicóptero” o como escribir sobre Pop Art sin haber visto, como provoca Masotta? ¿puede Ana hacer que los personajes de los que se habla, sean más potentes que los propios personajes? Mientras que en “Te miré fijo” se busca enterrar para degradar, volver tierra, la idea de amor romántico, en “Tercer oído: relatos descentrados de una vanguardia” parece “resucitarse” una materia viva que llama a un posicionamiento estético urgente que considere lo político desde una suavidad, que serena, puede oír ecos del pasado y percibe indicios de una presencia que aún no podemos nombrar. Bibliografía: Longoni, A. (2021) “Tercer Oído”. Ediciones Caracol. Buenos Aires. Koralsky, N. (2021) “Te miré fijo”. Frágil Ediciones. Buenos Aires.

  • Sesiones en el naufragio (26) El temple de perderse / Marcelo Percia

    Nos encontramos en el jardín del hospital. Hola, ¿cómo anda, tanto tiempo? Bien, vengo a este árbol a recordar cosas. Un lugar tranquilo. Acá no me molesta nadie. Como me excuso por interrumpir, aclara: Está todo bien, pero estaría mejor si me convida un cigarrillo. Mientras lo enciende, cuenta que estaba pensando en su primo Miguel. Ni idea de su vida. De chico era distraído, soñador, decidido. Me acuerdo la vez que estuvo perdido más de tres horas. Tenía cuatro años, yo diez. Estábamos en una playa en Mar del Plata. Nosotros éramos un montón. Miguel se quiso apartar del ruido familiar. Cuando mi tía se dio cuenta de que no estaba, comenzaron a buscarlo. Al principio, con calma, pero al rato con desesperación. Con una prima más grande, que me llevaba de la mano, buscábamos entre las olas el cuerpo flotando en el mar. El tiempo pasaba. Miguel, después de un rato en el que anduvo curioseando, ya en la rambla, entró en el Hotel Provincial. Le dijo al conserje que tenía frío y que no encontraba a su mamá. El tipo lo abrigó con una toalla mullida y suavecita del hotel, lo subió sobre sus hombros y volvió sobre los pasos de mi primo. No fue difícil encontrar a la familia. El conserje se dejó orientar por la gente. Desde lejos divisó una gran reunión. Cuando pudo acercarse, Miguel gritó llamando a su mamá. De pronto, lo vimos como el vigía de un barco. A contraluz de la puesta de sol, el conserje parecía un gigante. Los recibimos como héroes. Desde entonces, me pregunto sin tendría el temple de mi primo para perderme. Y, aquí me ve, todavía, pensando en eso.

  • Quipu. Nudos para una narración feminista (fragmento) / María Pía López

    Vida, qué idea. Rondo a su alrededor. De su desmesura, su ambivalencia, lo que dispara. Nombrarla y abrir sus significados, en el corazón de todas las políticas. Difícil que alguien declare forjar políticas a favor de la muerte, aunque su hacer sea necropolítico. A lxs hacedores de la muerte no se les cae de la boca la palabra vida. Acuñan moneda falsa con su efigie. Y hasta la duplican: las dos vidas, todas las vidas, mientras tallan las puertas pesadas tras las cuales no se escuchan los pedidos de auxilio de las infancias abusadas. Vida, todo-terreno esa palabra: para vender productos, orientar conductas, generar cuidados, criticar instituciones o legitimar su hacer, discutir leyes o promulgarlas. Vida es lo tacha de la discusión pero se vuelve omnipresente. Cada vez se enlaza con otros que significados y acepta alianzas de lo más disímiles: desde la idea de calidad y sus ribetes clasistas, hasta la rebelión del grito feminista; desde la publicidad de comidas hasta la apología fascista. Principio irreductible. Se la entiende en contrapunto -como a todo signo lingüístico-, vida es no-muerte. Con mohínes, se desliza a sobrevivencia y a nuestro ser recortadito de personas humanas. Vida, la propia. La de otres humanes. Retazo nietzscheano para agrietar las imágenes que habitan el sentido común y exige la pragmática misma de la vida social: el filósofo puntuaba el vaivén entre lo que se individualiza y lo que desborda la forma individual, el desparramo en lo que vive, el pliegue entre fuerza y forma. Es difícil pensar así si esto que se escribe es porque hay un punto de organización de lo múltiple y lo que deriva, alguien -"yo"- que tira del hilo y va tejiendo, una memoria que se activa y se objetiva en discurso. Escribo "vida" y lo primero que aparece es la propia y la de las personas amadas o conocidas, humanas y no humanas. La muerte de millones es lo impensable: casi ensoñada estadística. No es aprehensible hasta que alguien afirma "murió mi padre o mi amiga", de allí el valor del testimonio y de la narración. La vida se escribe en singular, su pérdida también. Grandes incendios producen su imagen más impactante en un pequeño animal que trata de salvarse antes que en la grandiosidad de las llamaradas que todo toman. El rostro del animalito, su azoramiento, su desvelo, su huida, dan cuenta de la desmesura de la quemazón -convertida en fondo. En el contrapunto se revela la magnitud del daño. Pocas veces se escucha un grito como el de Erdosain: "Pero yo te amo, Vida. Te amo a pesar de todo lo que te afearon los hombres". Un loco. La locura como la oscilación más amplia entre el yo que enuncia y la vida que desborda. Imposibilidad de organizar la murmuración o de olvidar la multiplicidad. Perderse en ese bosque sin nombres propios o donde los nombres van y vienen, no siempre asignados a las mismas cosas o personas. Vida, te amo, a pesar de todo lo que te afeo. Fuente: María Pía López, Quipu – Nudos para una narración feminista (2021) Editorial: EME Ediciones.

  • La voluntad de inclusión. Preguntas, más preguntas / Emmanuel Theumer

    A finales de octubre de 2020 asistimos a un episodio que tan solo unos meses atrás hubiese resultado impensable: la Real Academia Española (RAE) introdujo “elles” en su Observatorio de Palabras. Según el organismo, elles se refiere a “un recurso creado y promovido en determinados ámbitos para aludir a quienes puedan no sentirse identificados con ninguno de los dos géneros tradicionalmente existentes. Su uso no está generalizado ni asentado”. La incorporación en el Observatorio se viralizó como un visto bueno hacia el avance del uso del lenguaje inclusivo en nuestra comunidad. Pero la celebración duró muy poco y las reacciones no tardaron en aparecer. La RAE acabó retirando el término para “evitar confusiones” dejando abierta la posibilidad a “futuras valoraciones”i. Pero, ¿qué tipo de operación es esta que introduce un término observable y vertiginosamente lo borra del campo semántico?, ¿cómo es que la RAE dejó de observar aquello que había identificado como una unidad observable? ¿Qué “confusiones” son las que habría que evitar? Si, como afirma Donna Haraway, importa qué historias crean mundos, qué mundos crean histo­rias, podríamos preguntarnos ¿qué mundos esta­mos construyendo quienes alzamos la voluntad de inclusión a través de la lengua? ¿Quiénes nos inter-constituimos a través de las prácticas de len­guaje inclusivo? ¿Qué cuerpos traemos a escena cuando abrazamos la exigencia de la inclusión a tra­vés del lenguaje?, mejor aún, ¿quién entra y quién sale en esta operación contenciosa de la lengua? ¿Qué es lo que estamos haciendo cuando damos la bienvenida a todes? ¿Podríamos pensar el lenguaje inclusivo como una política democrática radical? Para incursionar en estas preguntas quizás resulte conveniente introducir al menos dos cuestiones: En primer lugar, los actuales debates en torno al “lenguaje inclusivo” tienen lugar en un escena­rio de creciente movilización feminista internacio­nal. En tal escenario, el sujeto político “mujer” ha demostrado su extraordinaria capacidad aglutina­dora y movilizante. Al mismo tiempo, en algunas regiones su desontologización/desustancialización ha permitido expandir las fronteras corporales del feminismo haciéndolo expresivo para travestis, transgéneros, no binaries, maricas, lesbianas y un amplio etcétera que muestra la radicalidad democrá­tica del movimiento. En este escenario el “lenguaje inclusivo” tiende a promoverse como una narrativa civilizatoria que anuncia la retirada de convenciones lingüísticas hetero-cis-patriarcales y ofrece una ver­sión redentora, cuando no superadora, de la comuni­cación necesaria para una sociedad de avanzada. Sin embargo, los diferentes usos de “todos/as”, la x o la e (a veces para incluir feminidades, a veces como tercer género, a veces como un nuevo universal pangenérico inclusivo…) nos indican que el “lenguaje inclusivo” es una superficie de conflictos en el interior de los femi­nismos y los movimientos de disidencia sexual y de género. ¿Es el lenguaje no-sexista tan solo un modo de visibilizar a las mujeres cis-género? O ¿podría el lenguaje no-sexista volverse un mecanismo incisivo que ya no tome la diferencia sexual como referente de sus enunciados? En segundo lugar, es obligatorio co-textualizar el desarrollo de un contra-movimiento autodeno­minado “contra la ideología de género”. Esta con­traofensiva insiste en el retorno a un estado societal heterocispatriarcal que se opone a derechos sexua­les y (no) reproductivos, la educación sexual, la despenalización del aborto, el matrimonio entre personas del mismo sexo y el reconocimiento de la identidad de género. Su oposición a una com­prensión fluida del género es paralela a una rancia defensa de la diferencia sexual como evidencia natu­ral inevitable. Bajo este contexto, el “lenguaje inclu­sivo” es denunciado como aberración ideológica y síntoma de la decadencia nacional-civilizatoria. Si consideramos la lengua como un acuerdo social, aquí las políticas del lenguaje inclusivo disputan la firme reproducción de la estructuración del género a través de prácticas lingüísticas. Esa disputa, en tanto posibilidad, es la de abrir un nuevo código sexo-semiótico capaz de alojar las entidades vivien­tes de comienzos siglo. Un presunto universal no-marcado Un primer capítulo de esta historia política lo encontramos en la crítica feminista que emerge en los años setenta para denunciar las marcas masculinas de nuestra lengua castellana. Esta objeción apunta a un conjunto de operaciones mediante las cuales nuestra lengua se presenta como “neutral” pero reuniendo sucesivas referencias hacia los varones y negando a las mujeres. Cuando las feministas abrieron el “todos” para interrogarse dónde estaban las mujeres, cientos de relatos, incluidos algunos revolucionarios, volaron por los aires. Al hacerlo, avanzaron hacia una comprensión de la lengua como una tecnología de gobierno del género. Esto permitió disputar tanto la exclusión como la subordinación moral, biológica y jurídica de las mujeres. Jerarquizaciones que la propia lengua arrastra y actualiza al tomar como referente privilegiado a los varones. Aunque este análisis crítico ha sido ampliamente difundido, menos conocido es que fue una argentina, Delia Suardíaz, una pionera en problematizarlo en 1973. Suardíaz analizó el modo en que las mujeres estaban ausentes en diversos usos sexistas de la lengua castellana y apostó a la necesidad de un cambio lingüístico. Qué historias crean mundos Un segundo momento, precipitado en los últimos años, es el que se desprende como crítica cuir y trans a los esencialismos. Aquí ni un sexo, ni dos sexos —ni todos, ni todos y todas— pueden ser la condición fundante de un “lenguaje inclusivo”. Tales usos advierten que el lenguaje es finito y reduccionista en sus marcaciones masculinas o en su dosis de visibilidad femenina. Pero también advierten que es la propia lengua la que permite interferir en algunas certezas con las que nos manejamos, en esa suerte de “seguridad ontológica” mediante la cual tendemos a percibirnos como varones o mujeres. El cuestionamiento se dirige hacia la limitación de la bicategorización del género tratando de traer a escena variaciones que son irreductibles a la comprensión hetero-centrada. El uso de la x y la e insiste en la indecibilidad del género, en la imposibilidad de reducirlo a dos categorías estables, en la multiplicidad de experiencias que habitan los cuerpos que han amortiguado los resortes disciplinarios de la diferencia sexual. El uso de la e también es favorable a una comunicación contra-capacitista puesto que puede interferir tanto en la escritura como en la dicción, incluida la de softwares lecto-parlantes de pantallas. La nuestra es, fundamentalmente, una disputa por las convenciones lingüísticas con las que vamos a pensarnos en comunidad. De carácter efímero, al menos durante unas horas, para la RAE pareció ser posible, vivible y deseable habitar modos disidentes ante la diferencia sexual. Una bi-anatomía que María Lugones compren­dió como propia del sistema moderno-colonial del género. ¿Acaso la sucesiva interferencia del lenguaje inclusivo no podría pensarse como una práctica descolonizante de dicha diferencia sexual al trasto­car su sedimentación en las normas gramaticales? ¿No es eso lo que está en juego al profanar las nor­mas generizadas de la lengua colonial? Una lengua que históricamente desestructuró complejas redes de sentipensares indígenas al tiempo que desplegó, tomando como eje el dimorfismo sexual, una gri­lla de ubicación para los cuerpos visibles y no visi­bles de la modernidad colonial. Querámoslo o no, la apuesta por un “lenguaje inclusivo” nos obliga a posi­cionarnos políticamente en el uso de una lengua que ideológicamente se presenta como pre-política y neu­tral pero cuyas raíces son coloniales y biopolíticas. Cuando damos la bienvenida a todes tomamos distancia de una presunción normativa del género que ofrece una bipartición del público en “varones” y “mujeres”. Esta apuesta política quizás ha sido la menos comprendida por quienes ven en los usos de “todes” una nueva invisibilización de las mujeres cis, operación que según algunos marcos jurídicos podría ser imputada de inconstitucional. Pero no se trata de anteponer la visibilidad trans a la de las mujeres cis, sino más bien de asumir la imposibili­dad de contener a través del lenguaje las múltiples experiencias para con el género y la sexualidad. No se trata tanto de lograr una nueva versión acabada de la lengua castellana como de introducir fisuras en las convenciones lingüísticas mediantes las cua­les versiones normativas del género perviven y se actualizan. El “lenguaje inclusivo”, en tanto inclu­sión total, es sencillamente una imposibilidad. Antes que inclusivo, este es un lenguaje incisivo. Como tal, incita a la sucesiva expansión de los límites con los que vamos a comprender la inclusión. Una micropo­lítica de la lengua está en juego y labor. Referencias bibliográficas Haraway, D., Seguir con el problema. Generar parentesco en el Chthuluceno, Buenos Aires, Consonni, 2019. Lugones, M., “Colonialidad y género”, Tabula Rasa, nro. 9, julio-diciembre de 2008, pp. 73-101. Suardíaz, D., El sexismo en la lengua española, edición y notas de J. L. Aliaga y E. Burgos, Zaragoza, Pórtico, 2002. i https://www.pagina12.com.ar/303082-la-rae-saca-elles-de-su-observatorio-de-palabras. Nota 1: Dice Emmanuel Theumer: Comencé a trabajar este texto en “¿Cómo empezó tode?”, suplemento Soy, Página/12, Buenos Aires, 21 de septiembre de 2018 https://www.pagina12.com.ar/133908-como-empezo-tode). Desde entonces lo he sometido a sucesivas reescrituras al calor de debates y acuerdos en variados paneles, disertaciones y posibilidades de publica­ción. Si me interesa realizarle borraduras, tacharlo, expan­dirlo o recortarlo es porque encuentro allí la condición lúdica del aprendizaje y también la propia inestabilidad de lo que contará como un “lenguaje inclusivo”. Nota 2: Activista marica-feminista. Docente e investigador de la Universidad Nacional del Litoral. Mis líneas de trabajo están centradas en el estudio de los movimientos de disidencia sexual y de género. Fuente: Antología degenerada, Una cartografía del lenguaje "inclusivo". Compilación de Sofía De Mauro. Biblioteca Nacional. CABA. 2021.

  • Post Guardia XXXVIII / Débora Chevnik

    Un día nos va a llegar la fe de erratas. Y vamos a leer que donde dice "criterio" debería decir otra cosa. Y que donde dice "admisión", la mitad de las veces deberían sonar los ecos de la "exclusión". Y la otra mitad de las veces, también. Y que cada vez que se lee "orientación" debería preferirse la niebla. Y que cuando se deletrea "evaluación" debería recordarse cuántas veces nos anuló el dispositivo pedagógico. Y que en cada página que se escribe "no es para esta institución" debería probarse con palabras más mullidas. O mullidas, directamente. La fe de erratas tendrá una nota al pie que dirá que no se trata de un problema de fe o religioso sino, quizá, de un problema político. Y que las palabras no son hipnóticos porque para hipnótico están los hipnóticos. Y dirá que las palabras, las veces que estamos en la vida viva, son despertadores. La fe de erratas dirá que en cada boca que se dice "esto no depende de mí" debería decir (en letra temblorosa) "¿y yo, de qué la juego?". La fe en los errores dirá que cada vez que se escribe "no" debería probarse un "y si...?". Y que las veces que dice "seguimiento" o "control" sentiremos un pellizco en el culo que nos hará recordar que gesto clínico y dispositivo policial eran cosas diferentes. Y que donde dice "ahh no me di cuenta", sobrevendrá la memoria colectiva y dirá que la indiferencia mata. Leeremos en la fe de erratas que cuando dice "paciente colaborador" sentiremos un escozor y querremos escribir todo de nuevo. Todo. Aunque no sepamos cómo. La fe de erratas será una nota que acompañe un hermoso ramo de flores. La nota dirá que nos ha crecido un cementerio en la lengua. Y que ahí nos hemos extraviado.

Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.

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