• Revista Adynata

El sentido de la muerte /Fernando Ceballos

Clínicas cimarronas del cuidado


La noticia llegó a eso de las 21 horas. Ya casi a punto de cortar el primer bocado de la cena, el teléfono vibra alocadamente interrumpiendo el ritual nocturno de la familia. Y llega de pleno a la pera del descanso. Un gesto de sorpresa, seguido de otro de espanto. Preocupa. Inmediatamente una llamada. Era la hermana. Se mató, dice con lo que le queda de voz. Y su llanto inunda la conversación telefónica.

Al momento una serie de mensajes y llamadas viralizan la noticia. Ella venía arrastrando la muerte de su hijo. Había habido algunos intentos previos. Estaba como empantanada en ese sufrimiento. Sus ideas de muerte la atormentaban y se manifestaban en su angustia. Seguía a rajatablas su tratamiento después de la última internación. Es más, esta última semana había tenido consultas con psicología y psiquiatría. Además, siempre había una comunicación semanal con el grupo de acompañantes terapéuticos. Había momentos tremendos y también otros menos tremendos que le permitían tener un poco de tranquilidad, de descanso. Había llamadas buscando consuelo. Había charlas buscando entender la situación. Por instantes podía sonreír, pero hasta eso le parecía un despropósito. “La exigencia de que la vida tenga sentido, corroe los días”[1].

El mes que viene su hijo hubiese cumplido años. Era el primer cumple sin él. Esa muerte que le quitó gran parte de su vida. “Vidas que vivimos anclan o se amarran a un suelo o muelle de reminiscencias”[2]. Una vida que se aferró a esa otra que se fue muy pronto. Su vida. Una vida sufrida. Una vida plagada de desplantes, abandonos, negaciones, vulneraciones. Una vida que se forjó en el sufrimiento y se fue moldeando a él como parte constitutiva. Una vida acelerada que la sorprendió en su adolescencia con un matrimonio, que fue tomado como un escape de esa madre abusiva, gélida, inflexible, impenetrable. Una vida enorme para tan poco tiempo de habitarla. Una vida que a poco de andar encuentra, en esa otra que creció en sus entrañas, el sentido. El verdadero sentido. La apuesta es inmensa, inconmensurable, inviolable, leal, fiel, amorosamente acompañada de un deseo que busca abrirse camino en este mundo. “Sensibilidades caídas en heridas sin bordes encuentran momentos de calma en un abrazo”[3]. Y así se fueron pegando, tal vez para no repetir su historia. Tal vez para brindar ese amor que tenía guardado. Tal vez para despojarse de sus miserias de una vez por todas y vivir acompañada de amor y alegría. Pero toda esa vida puesta entre esas dos vidas, se desvaneció esa noche del accidente de su hijo.

¿Qué puede hacerse ahí con ese arrasamiento sufriente? Sino soportar esa cercanía que incomoda, que provoca, que avasalla, que paraliza. Dolor monumental que seca las miradas, empaña los ojos y cristaliza las palabras. ¿Qué hacer ahí en esa inmensidad que clama por lo imposible? Sino pensar una demora que detenga por un momento ese demoledor desconsuelo, que haga posta con el dolor y sacarlo por un momento a pasear por las palabras. ¿Qué hacer ahí en ese instante de certeza absoluta? Sino abrazar esos gestos, esas palabras grises que se apoderan del habla. ¿Cómo sostener una vida que llama desesperadamente a la muerte? Algo contra natura. La clínica se fabrica ahí, en la intemperie, no en la nosografía. La clínica se gesta en carne viva, no con protecciones diagnósticas. La clínica decanta ahí, cuando las palabras enmudecidas de pena se apersonan para decir un sentir vivo, aunque busquen la muerte.

Y aparecen las preguntas ligadas al fracaso y a la frustración cuando el compromiso clínico-político asumido parece no haber alcanzado. La inseguridad se apodera de las posturas éticas que tambalean con la moralina prejuiciosa que se desata en las comunicaciones. Podemos intuir que pasa por esa vida, pero nunca sabremos con exactitud lo que verdaderamente sucede. No se le puede reprochar que no lo intentó. Sondeó en la bruma más espesa para poder vivir. Intentó darle un curso a esa vida, pero a poco de andar quedó nuevamente atrapada en esa mortificación de la cual había podido salirse con amor. Con ese amor. Básicamente ese amor que le devolvió la vida, su vida. Había podido revertir cada desconsuelo. Ya no tenía rencores, y cada vez pensaba menos en eso que la había atormentado tanto tiempo desde su infancia. Pero esto fue un cros a la mandíbula. No hubo aviso. No hubo nada que la fuera protegiendo de lo más terrible. Y aquella noticia que descontroló su existencia, desbarató también su sentido. Ya no había posibilidades. Los esfuerzos eran en vano porque nunca volvería a estar él. “La vida que se frota, enciende recuerdos”[4]. El sufrimiento se apoderó nuevamente de su cotidianidad. Ya no había sosiego. “Heridas del vivir permanecen abiertas, intactas, en espera. A veces, cicatrices –duras y callosas– se transforman en indolencias, huellas calladas, mutilaciones. Y, ahí, las palabras: que pueden tardar años en llegar, o no llegar nunca”[5]. Ninguna muerte es evitable cuando una vida no es vivible. Ya no había nada que la retuviera a este mundo. Nada. No, sin él no.


[1] Percia, Marcelo. Sensibilidades en tiempos de hablas del capital – 1a ed. – Adrogué : Ediciones La Cebra, 2020.124 [2] Ídem. Pag. 143 [3] Ídem. Pag. 101 [4] Ídem. Pag. 144 [5] Ídem. Pag. 48



Giovanni Anselmo Torsión 1968 Instalación: Hierro y franela

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