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  • Poder / Leonardo Dománico

    “El Poder es el tercer peligro, puesto que está en las dos líneas a la vez. Va de los segmentos duros, de su sobrecodificación y resonancia, a las segmentaciones finas, a su difusión e interacciones, y a la inversa. No hay hombre de poder que no salte de una línea a otra, y que no haga alternar un pobre y un gran estilo, el estilo populachero y el estilo Bossuet, la demagogia de café y el imperialismo del alto funcionario. Pero toda esta cadena y esta trama de poder están inmersas en un mundo que les escapa, mundo de flujos mutantes. Y es precisamente su impotencia la que hace que el poder sea tan peligroso. El hombre de poder no cesará de intentar frenar las líneas de fuga, y para ello tomará, fijará la máquina de mutación en la máquina de sobrecodificación. Pero sólo puede hacerlo creando el vacío, es decir, fijando primero la propia máquina de sobrecodificación, manteniéndola en el agenciamiento local encargado de efectuarla, en resumen, dando al agenciamiento las dimensiones de la máquina: así sucede en las condiciones artificiales del totalitarismo o del aislamiento”.(Deleuze, Guattari, 2002: 232). Se lee en Las enseñanzas de don Juan que quien venza a su segundo enemigo: "Sabrá entonces que el poder tanto tiempo perseguido es suyo por fin. Puede hacer con él lo que se le antoje. Su aliado está a sus órdenes. Su deseo es la regla. Ve claro y parejo todo cuanto hay alrededor. Pero también ha tropezado con su tercer enemigo: ¡el poder! El poder es el más fuerte de todos los enemigos. Y naturalmente, lo más fácil es rendirse; después de todo, el hombre es de veras invencible. Él manda; empieza tomando riesgos calculados y termina haciendo reglas, porque es el amo del poder. Un hombre en esta etapa apenas advierte que su tercer enemigo se cierne sobre él. Y de pronto, sin saber, habrá sin duda perdido la batalla. Su enemigo lo habrá transformado en un hombre cruel, caprichoso. -¿Perderá su poder? -No, nunca perderá su claridad ni su poder. -¿Entonces qué lo distinguirá de un hombre de conocimiento? -Un hombre vencido por el poder muere sin saber realmente cómo manejarlo. El poder es sólo una carga sobre su destino. Un hombre así no tiene dominio de sí mismo, ni puede decir cómo ni cuándo usar su poder. -¿Cómo puede vencer a su tercer enemigo, don Juan? -Tiene que desafiarlo, con toda intención. Tiene que llegar a darse cuenta de que el poder que aparentemente ha conquistado no es nunca suyo en verdad. Debe tenerse a raya a todas horas, manejando con tiento, y con fe todo lo que ha aprendido. Si puede ver que, sin control sobre sí mismo, la claridad y el poder son peores que los errores, llegará a un punto en el que todo se domina. Entonces sabrá cómo y cuándo usar su poder. Y así habrá vencido a su tercer enemigo”. (Castaneda, 2010: 90). Sostenemos que cuando Mil mesetas establece esta alianza entre Nietzsche y Castaneda lo hace respondiendo a la necesidad de resistir a la opresión capitalista contemporánea: ellos no conciben su pensamiento por fuera de la crítica al régimen de producción de subjetividad capitalista. Hay en Nietzsche un temperamento, cierta propensión vital que deja una profunda huella en los autores. Pero al volverlo a traer a escena no hacen historia de la filosofía, no explican a Nietzsche (como tampoco analizan a Castaneda), sino que más bien le rinden un homenaje al usar las huellas que en ellos quedan de él para fabricar conceptos como máquinas de guerra. ¿Pero qué conceptos? ¿Qué extraña herencia se trama? ¿Qué le brindan éstos autores? Se podría responder inicialmente diciendo que la salida del dispositivo moderno de lo humano, la posibilidad de pensar por fuera de una forma de vida moral. En éste sentido afirmamos que Nietzsche opera una crítica radical al sujeto en tanto principio arquimédico desde el cual se piensa. Lo cual es fundamental pues en la Modernidad el sujeto es fundamento no solamente a nivel gnoseológico, cuando se plantea que el sujeto es el ente cognoscente que conoce la realidad objetivándola mediante representaciones propias; sino también a nivel metafísico, en tanto el sujeto es quien reúne la diversidad de uno mismo; igualmente fundamento desde un punto de vista moral, ya que el sujeto es quien puede actuar autónomamente porque es propietario de sus deseos y de sus acciones; y, por supuesto, el sujeto es fundamento a nivel político bajo la figura del propietario. Situados en este escenario, la creación de conceptos no es sino una praxis de resistencia a la opresión capitalista. En ¿Qué es la filosofía? (1993), Deleuze sostiene que la función de la filosofía, de la ciencia y del arte es la creación de conceptos, de funciones y de perceptos respectivamente. Para comprender mejor esto, es necesario ubicar a Deleuze en el marco del debate que se daba en el campo intelectual francés del siglo XX respecto de la filosofía de la ciencia. Pues, creemos, existe una diferencia de proyecto si comparamos la tradición filosófica francesa con la filosofía anglosajona de la ciencia –caracterizada por el positivismo lógico que se introduce con el Circulo de Viena- y con la teoría crítica alemana. La epistemología francesa no entiende la ciencia como una forma de conocimiento y tampoco tiende a asimilar lo científico a un elemento meramente teórico (Gallego, 2014). Desde la perspectiva francesa, el problema de lo científico no reside en la cuestión de lo cierto, de lo seguro, de lo certero; no toma como punto de partida la duda ni el contexto de justificación. Más bien se concentra en la creación que rompe con lo dado, otorgándole importancia a las condiciones históricas y ontológicas que permiten la aparición de lo nuevo. Asimismo, se rompe el compromiso con la voluntad de hacer de la ciencia un ejercicio de re-presentación de lo regular, para reconvertirla en una práctica profundamente cercana al arte en tanto intenta captar el momento en que las cosas cambian de dirección (Díaz, 2014). Finalmente, en cuanto a los riesgos, la ciencia francesa no comparte con la ciencia anglosajona la preocupación por la posibilidad de engañarse respecto de un resultado que se creía cierto y resultaría falso (o viceversa), ni tampoco comparte el miedo de la epistemología alemana respecto de que la ciencia resulte un soporte de procesos de destrucción o alienación social, sino que el valor científico es asignado a la creación de verdades significativas. En efecto, es significativa aquella creación que alude a problemas relevantes en un momento histórico dado y que permite nuevas formas de subjetivación. De lo que se deriva que la metafísica es ya política o, para decirlo en términos deleuzeanos, que los conceptos implican modos de vida. De aquí que los postulados de Nietzsche sobre la subjetividad sean decisivos para comprender el aporte de Deleuze y Guattari al debate político contemporáneo. Un lugar importante para pensar la crítica que Nietzsche le hace al sujeto moderno y a la sociedad de su tiempo puede encontrarse en el prologo de Así Habló Zaratustra. En donde ésta figura del hombre moderno se plantea en términos de lo que Nietzsche llama el último hombre. Allí Nietzsche hace un largo discurso utilizando la voz de Zaratustra para hablar del ultrahombre, el hombre por venir. Y quien recibe ese discurso es, justamente, el último hombre. El último hombre: efecto de homogeneización, violencia del predominio atroz de las fuerzas unitivas. La sociedad que conforman aquellos últimos hombres es aquella donde todos quieren lo mismo, donde todos hacen lo mismo. Vidas vividas por las palabras que se prepararon para ellos no quieren al ultrahombre, se ríen de él, satisfechas de sí mismas. Como señala Mónica Cragnolini (2000) el concepto de “Übermensch”, no señala tanto al “superhombre” sino más bien al “ultrahombre”. El ultrahombre no es una “versión mejorada” del hombre, sino un más allá de éste. El ultrahombre es una figura que no se resuelve, que no se deja totalizar, resultado de un pensamiento de la tensión como es el de Nietzsche. Sobre el ultrahombre tan sólo disponemos de algunas metáforas que permiten pensarlo. La metáfora del caminante es tal vez una de las más bellas y relevantes para dicho cometido, pues el caminante nietzscheano es aquel que nos devuelve la imagen de un yo múltiple, que camina simplemente por el placer de caminar, pues su caminar no tiene meta ni final. De este modo, la conceptualización del wanderer en Nietzsche quiebra con el modelo de viaje –literario- de la modernidad, es decir, el viaje de formación, el viaje que propone mostrar los avatares de un sujeto hasta el momento definitivo de encuentro con sí mismo, que hace que todo cobre sentido cuando se mira hacia el pasado. Es así que, en el viaje moderno, el sujeto busca reconocer(se): todo transcurre como si él se desplazara en el espacio para sumergirse en las profundidades de su ser, como si dejara el hogar para poder tener, finalmente, un hogar. En detrimento del viaje de formación, como señala Cragnolini, la noción de wanderer supone la paradoja de la des-identificación en la constitución de sí. Ya no hay punto de regreso, no hay reunificación posible en el ser. Al caer el sentido, la vida se transforma en un caminar errante. El desasimiento parece erigirse como el gesto que impone la subjetividad nietzscheana: no quedar atado a nada, ni a los padres, ni a los valores reinantes, ni siquiera al mismo desasimiento. Tal vez por eso Deleuze señala en Pensamiento nómada (2005) que no es posible que emerja una burocracia nietzscheana, a causa de que las figuras mediante las cuales Nietzsche pretende poner en juego la subjetividad no admiten una llegada, una enseñanza, una jerarquía de valores. La metáfora del amigo es igual de sugerente. Un amigo tiene que tener un atributo fundamental: debe estar a la altura. ¿Por qué un amigo es alguien que debe estar a la altura? Porque cumple la misión de impedir que la conversación entre yo y mí se hunda hasta las profundidades. ¿Qué implica estar a la altura? Hacernos la guerra a nuestro favor. Y para ello es necesario que él se convierta en nuestro enemigo. El momento en que reconocemos que un amigo es nuestro enemigo es cuando más estima debemos sentir por él, pues es a través de esta voluntad pleitista que nos empuja hacia el ultrahombre. Frente a la idea tan arraigada en nuestros días de la figura del amigo como “nuestro hermano”, como aquel que es nuestro igual, Nietzsche plantea al amigo como distancia. En su filosofía el amigo no es “otro yo”, sino aquel que puede promover una disrupción de mi yo, aquel que me desconcierta, aquel que impide el cierre en la mismidad. Igualmente podemos afirmar respecto de la metáfora del niño: que el sujeto devenga niño implica revalorizar el papel del juego y del olvido. La figura del ultrahombre que presentan estas tres metáforas de la subjetividad nos brinda una imagen del mundo como caos, como una pluralidad de fuerzas que se condensan y se disgregan. Y, por tanto, se sostiene la necesidad de logicizarlo para darle cierta unidad, aunque cualquier unidad que se le dé no es fundamento último sino tan solo un momento transitorio, una ficción útil o inútil. Mónica Cragnolini (2010) escribe que en Zaratustra la imagen del desierto es el desierto del sinsentido1. Nos armamos caminos en el sinsentido. Hay un sinsentido, pero las palabras hacen frente a la nada. Para Nietzsche la vida es la voluntad de poder. La interpretación habitual, al menos la que nos hereda el siglo antepasado, es la que sostiene que a partir de esta igualación entre vida y voluntad de poder se puede concluir fehacientemente que Nietzsche es un pensador individualista, que plantea la idea de voluntad de poder como dominio de lo existente. Frente a ésta interpretación, preferimos pensar que voluntad de poder es el termino, la ficción, a la que recurre Nietzsche para caracterizar el fondo último de la realidad, su modo de escabullirse, de pensar por fuera del dispositivo del “ser”. Escribe Nietzsche en los Escritos póstumos que: “El hombre es una multiplicidad de voluntades de poder, cada una con una multiplicidad de medios de expresión y formas. Las pretendidas pasiones singulares (por ejemplo: el hombre es cruel) son tan solo unidades ficticias en la medida que lo que llega a la conciencia como homogéneo desde los diferentes instintos fundamentales es compuesto conjunta y sintéticamente en un “ser” o “capacidad”, en una pasión. Igual que el “alma” misma es una expresión para todos los fenómenos de la conciencia, pero nosotros la interpretamos como la causa de todos esos fenómenos (¡la autoconciencia es ficticia!) (…) Interpretación, no explicación. No hay ningún estado de hecho, todo es fluido, inaprensible, huidizo; lo más duradero todavía son nuestras opiniones. Proyectar sentido en la mayoría de los casos: una nueva interpretación sobre una vieja interpretación devenida incomprensible, pero que ahora es tan sólo un signo (…) ¿Qué es lo que únicamente puede ser el conocimiento? Interpretación, no explicación” (Nietzsche, 1998: 25, 27, 28). Es interesante observar que Nietzsche nos habla de “voluntades de poder” con lo cual está hablando en plural. No hay una voluntad de poder detrás de todo lo real, sino que hay multiplicidades pero, además de esto, está diciendo que aquello no es más que una interpretación. Esto es muy importante para entender a Nietzsche porque él dice que “no hay hechos sino interpretaciones”. Entonces si no hay hechos sino interpretaciones aun la frase que dice “no hay hechos sino interpretaciones” tiene que ser asumida como una interpretación. Y ahí hay como una piedra de toque del pensamiento nietzscheano. El problema a nivel filosófico, nos dice Nietzsche, es que nosotros estamos acostumbrados a pensar en términos metasistémicos, metalingüísticos, en términos de saltar por encima de algo. Siempre tendemos a pensar con bajo la idea de fundamento, de que hay algo que está por debajo y garantiza lo que se yergue. Eso seria lo metalingüístico (lo que le da sentido a lo lingüístico) o lo meta sistémico (en el sentido de que la unidad metasistémica explica el sistema). Lo que Nietzsche plantea es que no hay un adentro y un afuera, un interior y un exterior, entonces lo que hay que pensar es lo mismo que está siendo pensado. Nietzsche inaugura algo que después se llamará el “círculo hermenéutico” y tal vez sea esto lo que a toda una tradición de la filosofía no le gusta, lo que no comprende, pues en definitiva prefiere vivir en un mundo donde hay hechos, donde reinan los fundamentos. De ahí las acusaciones a Nietzsche por relativista, sin ver que cuando se acusa a una posición de relativista es porque se asume que hay posibilidad de lo absoluto. En términos del circulo hermenéutico no habría relativismo. El modelo explicativo es un modelo de pensamiento pero no el único: es necesario aprender a quedarse en el circulo hermenéutico asumiendo que no hay verdad y que solo disponemos de un criterio que es ficcional para dirimir si una ficción es más útil que otra. Nietzsche piensa la realidad en términos devinientes, de constante movimiento, en donde la voluntad de poder sería una pluralidad de fuerzas en constante movimiento. La voluntad de poder tiene dos aspectos: el aspecto de unificación, que es el que crearía la idea de yo, porque el yo es una unidad de densificación, y el aspecto disgregante que es el que rompe continuamente con las densificaciones y las ficciones. ¿Por que es importante tener en cuenta en la voluntad de poder estos dos aspectos? Pero también, ¿Por que Nietzsche juega con la idea de que la fuerza mas fuerte no es la que une sino la que disgrega? Afirmamos que para pensar la realidad en términos de interpretación es necesario que sea mas importante la fuerza que dispersa. Porque si primara la fuerza que une estaríamos muertos porque precisamente la muerte es el predominio de la fuerza unitiva, lo que deriva en un estado de inercia. Cuando las unidades de sentido se tornan demasiado constantes lo que acontece es la muerte. Lo vemos en la vida cotidiana, en las relaciones humanas, en las instituciones. La vida en sociedad implica un fuerte predominio de las tendencias unitivas que se asumen como instancias fundacionales. Hay una tendencia a la inercia en la vida cotidiana, que tiene su lado practico, pero que se puede convertir en algo intolerable si uno se acomoda demasiado a eso. Si uno considera que la mejor vida es la vida acomodada a ciertas instancias unitivas pierde la capacidad de transformación de la existencia. Klossowski sostiene que el predominio de éste aspecto disgregante en Nietzsche hace posible pensar su pensamiento como una práctica del complot y del delirio: “...este pensamiento, a medida que se desarrolla, abandona la esfera propiamente especulativa para adoptar, o en todo caso simular, los preliminares de un complot. (…) Hay un complot nietzscheano que no es el de una clase sino el de un individuo aislado (como en Sade) con los medios de esta clase, no sólo contra su propia clase, sino también contra las formas existentes de la especie humana en conjunto (…) ¿Pero que es lo que se quiere atenuar? El hecho de que este pensamiento gire sobre el delirio como sobre su eje. Por otra parte desde sus comienzos, Nietzsche aprende esta propensión en sí mismo, todo su esfuerzo reside en combatir la atracción irresistible que ejerce sobre él el Caos: hiato que, desde la infancia, procura colmar y atravesar por medio de su autobiografía” (Klossowski, 1972:12). Al respecto, consideramos interesante concebir que Nietzsche plantea (al igual que Castaneda en el conjunto de su obra), una autobiografía hecha con múltiples estratos que lejos están de lo que se entiende usualmente por tal, es decir, la autobiografía en tanto afirmación inexorable respecto de la existencia de un sujeto ordenado a partir de una esencia, de un destino o una tarea. Las autobiografías que llevan adelante Nietzsche y Castaneda proponen al igual que las otras autobiografías el recorrido de la propia vida a través de la letra, con la diferencia de que allí la vida aparece desde otra perspectiva: en aquellos libros cuando se mira retrospectivamente en el tiempo no se ve orden sino caos y los acontecimientos, aquellos que remiten al nombre propio, aparecen mas bien como puntos de intensidad, gustos o potencia y no como sujetos que se forman. Así, en el Ecce homo (2011) lejos de afirmarse como sujeto, Nietzsche opta por diseminarse, por mostrar todas sus contradicciones a punto tal que ya no parece ser la autobiografía de un filósofo. Habla, por ejemplo, de lo que le gusta comer y de lo que no le gusta comer. “Tanto la escritura como la lectura son ejercicios de la memoria y del olvido. El ejercicio de la escritura a lo largo de toda la obra nietzscheana permite la aproximación a otro modo del Selbst en el que se hace visible este entrecruzamiento. Escribir y leer implican modos de constitución del yo en un continuo diferimiento de una supuesta intencionalidad de la figura del autor, como a un tiempo de su presencia (…) La escritura y la lectura son modos de la desaparición del sí y del olvido, como también, de la apropiación del sí mismo mediante la continua desapropiación”. (Sabino, 2012 :141). Nietzsche nos señala que conceptos como materia, cosa, sustancia, finalidad, son nada más que ficciones. Ahora bien, es dable pensar que si no tuviéramos esas palabras que organizan la percepción, el pensamiento, las sensaciones, habría un devenir constante, estaríamos como siendo arrastrados por un río sin posibilidad de estar en común. Esta parcelación que hace el lenguaje, este tejido que el lenguaje tiende sobre el mundo, es lo que nos hace mínimamente comprendernos, fijar la atención sobre alguna cosa. Simétrica es la advertencia presente en Mil mesetas con respecto a la relación del organismo y el cuerpo sin órganos: hay que evitar los cuerpos cancerosos, vacíos, cuerpos de nada. No se trata de destruir todo, de borrar el lenguaje, sino más bien de asumir que no hay una correspondencia bidireccional entre las palabras y las cosas para darnos la posibilidad luego de buscar ficciones vitales útiles, asumiendo que son simplemente eso, ficciones. No es de extrañar que Deleuze y Guattari recurran a Nietzsche y Castaneda cuando se están preguntando, en Micropolítica y segmentariedad, sobre los centros de poder. El aspecto unitivo de la voluntad de poder tiene que ver con la segmentariedades duras de lo molar, el aspecto disgregante evidentemente con lo molecular. Los segmentos duros que constituyen los poderes de Estado, Iglesia, ejército, escuela, se ven inmersos en todo tipo de movimientos, de alianzas, de encuentros, de agenciamientos que escapan a su telaraña. Cada centro de poder está hendido molar y molecularmente; está atravesado por tendencias molares y moleculares. “Evidentemente, los centros de poder conciernen a los segmentos duros. (…) el punto central común no actúa como un punto en el que se confundirían los otros puntos, sino como un punto de resonancia en el horizonte detrás de todos los otros puntos. El Estado no es un punto que carga con los otros, sino una caja de resonancia para todos los puntos. E incluso cuando el Estado es totalitario, su función de resonancia para los centros y segmentos distintos no cambian (…) Cada centro de poder también es molecular, se ejerce sobre un tejido micrológico en el que ya sólo existe como difuso, disperso, desmultiplicado, miniaturizado, constantemente desplazado, actuando por segmentaciones finas, operando en el detalle y en el detalle de detalles. El análisis de las disciplinas o micropoderes según Foucault (escuela, ejército, fábrica, hospital, etc.) da cuenta de esos núcleos de inestabilidad en los que se enfrentan reagrupamientos y acumulaciones, pero también escapadas y fugas, y en los que se producen inversiones. Ya no es el maestro, sino el jefe de estudios, el mejor alumno, el vago, el conserje, etc. Ya no es el general, sino los oficiales subalternos, los suboficiales, el soldado que hay en mí, y también el tarambana, cada cual con sus tendencias, sus polos, sus conflictos, sus relaciones de fuerza. E incluso el brigada, el conserje, sólo son invocados para que se comprenda mejor; pues tienen un lado molar y un lado molecular, y ponen de manifiesto que el general, el propietario, ya tenían también los dos lados. Diríase que el nombre propio no pierde su poder; sino que encuentra uno nuevo cuando entra en esas zonas de indiscernibilidad(...) los centros de poder se manifiestan en los puntos en los que los flujos se convierten en segmentos: son permutadores, convertidores, osciladores. Sin embargo, no quiere decir que los segmentos dependan de un poder de decisión (…) ¡Antes ser un minúsculo cuanto de flujo que un convertidor, un oscilador, un distribuidor molar!”. (Deleuze, Guattari, 2002: 227,228,229). Es la misma textura de los centros de poder la que explica que el oprimido pueda tener un papel activo en la opresión y no se debe buscar su causa en la ignorancia o el masoquismo. Por tanto es cada vez mas importante para las existencias darse una relación con el afuera, es decir, una relación de la fuerza con la fuerza. Creemos que la única manera de franquear los poderes establecidos es componiendo una relación con el afuera, ¿Pero qué símbolo más grande del afuera absoluto podemos encontrar sino la muerte? 1“Somos habitantes del desierto desde el momento en que hemos asumido el carácter transitorio del hombre, la pérdida de las grandes totalidades y de los grandes significados, y la ausencia de los principios aseguradores. La cuestión es cómo transitamos ese desierto, y cómo lo habitamos, sin convertir en desierto la propia vida” (Cragnolini, 2010: 184).

  • Reb Feter Meier refuta al Gramático / Alberto Szpunberg

    Las sílabas se gastan de boca en boca, hay frases enteras que caen de golpe en un bostezo, letras borradas de un plumazo, sintaxis que tartamudea, concordancias imposibles, tiempos verbales que ya no son hay mayúsculas de bronce que pesan más que el remordimiento hay estructuras de la lengua condenadas para siempre a la voz pasiva hay sujetos que se creen la acción del verbo, versículos encaramados en un discurso, capítulos finales que no resuelven nada, silencios que se traducen a sí mismos, páginas en blanco que aún esperan, singulares que en plural cambiarían la vida, futuros perfectos que están en la punta de la lengua y no atinamos, gerundios que postergan y no definen, participios moridos de nacimiento, puntos suspensivos sobre el abismo, lenguas muertas, filologías clásicas, hay frases hechas que arropan peligrosamente a los amantes y amantes que desnudan nuevos lenguajes: mar de amar, rama que es arma, ama que amarra, telos que hotelan con haches que sobran y hechos que echan y que hachan, mientras quien calla traga saliva, pero no siempre otorga. Está demostrado que una palabra puede luchar contra otra palabra -memoria y olvido, hambre y piedra, caricia y ausencia, muerte y dolor, amor y conocimiento, gota y océano- pero difícilmente contra un gesto de desprecio o, mucho peor, de indiferencia: en última instancia, toda oración, aun la principal y más devota, es una proposición subordinada. * Publicado en La academia de Piatock. Fundación Editorial el perro y la rana, Caracas, 2008.

  • Texto surrealista / Antonin Artaud

    El mundo físico todavía está allí. Es el parapeto del yo el que mira y sobre el cual ha quedado un pez color ocre rojizo, un pez hecho de aire seco, de una coagulación de agua que refluye. Pero algo sucedió de golpe. Nació una arborescencia quebradiza, con reflejos de frentes, gastados, y algo como un ombligo perfecto, pero vago y que tenía el color de sangre aguada y por delante era una granada que derramaba también sangre mezclada con agua, que derramaba sangre cuyas líneas colgaban; y en esas líneas, círculos de senos trazados en la sangre del cerebro. Pero el aire era como un vacío aspirante en el cual ese busto de mujer venía en el temblor general, en las sacudidas de ese mundo vítreo, que giraba en añicos de frentes, y sacudía su vegetación de columnas, sus nidadas de huevos, sus nudos en espiras, sus montañas mentales, sus frontones estupefactos. Y, en los frontones de las columnas, soles habían quedado aprisionados al azar, soles sostenidos por chorros de aire como si fueran huevos, y mi frente separaba esas columnas, y el aire en copos y los espejos de soles y las espiras nacientes, hacia la línea preciosa de los senos, y el hueco del ombligo, y el vientre que faltaba. Pero todas las columnas pierden sus huevos, y en la ruptura de la línea de las columnas nacen huevos en ovarios, huevos en sexos invertidos. La montaña está muerta, el aire está eternamente muerto. En esta ruptura decisiva de un mundo, todos los ruidos están aprisionados en el hielo, el movimiento está aprisionado en el hielo; y el esfuerzo de mi frente se ha congelado. Pero bajo el hielo un ruido espantoso atravesado por capullos de fuego rodea el silencio del vientre desnudo y privado de hielo, y ascienden soles dados vuelta y que se miran, lunas negras, fuegos terrestres, trombas de leche. La fría agitación de las columnas divide en dos mi espíritu, y yo toco el sexo mío, el sexo de lo bajo de mi alma, que surge como un triángulo en llamas. *Publicado en "La Révolution Surréaliste", N° 92 (1925). Traducción Aldo Pellegrini para su compilación Antología de la poesía surrealista, reeditada en 2012 por Editorial Argonauta.

  • Adynata Noviembre / VPS

    Hay veces que... tabla de surf vital en el mar de la pandemia. ¿Cómo seguir cuando...? burocracias institucionales, destratos, odios, vedetismos e hipocrecías. El otro día recordaba cómo... ráfagas refrescantes, de a ratos, entre zozobras y estupores. Sigo sin poder creerlo... universos de imágenes que atraen, amplifican y dialogan. No sé cómo voy a hacer con... quizás, ir más allá del rendimiento y de los resultados. Me preguntaba que haría sin... un desafío: esquivar la soledad o la familia como predestinación. Hay veces, cómo seguir, recordaba sin poder creerlo, cómo voy a hacer, me preguntaba. Tabla mar pandemia institucionales ráfagas, estupores imágenes más allá predestinación.

  • Gestos y gestas cumbieras / La Kory

    Cumbias, glitter y después Hay veces en que el tiempo se distorsiona. Hay veces que, en una sola noche y en un mismo lugar, confluye una superposición de capas temporales, una mixtura de signos y gestos que abren una bocanada de sentidos y te despeinan. Algo así sucedió hace algunas noches en Pompeya, en este momento de remarcado de territorios del “después del encierro”. Ya las redes anunciaban casi una fiesta garantizada: Sudor en la zanja. Rebelión marika. El barrio quedaba avisado: en el sur también vive el perreo y el glitter además de los bandoneones y la gomina. También Kory, la ex megadisco bailanta de la comunidad boliviana, nos ofrecía el brillo en su nombre: kory en quechua significa oro. Además, aquella megadisco te transportaba directamente a los destellos de los 80: por sus amplitudes, por el escenario elevado a dos metros del suelo ladeado por grandes columnas de sonido, por la larga barra a los costados y por la enorme bola de cristales en el centro tan digna de New York City como de Palladium. Recordemos que allá por 2019 Sudor Marika también tocó con Los besos en lo que fuera La France, sobre la calle Sarmiento al 1600, casi como anunciando su capacidad de puente agujereador de estratos fiesteros. Pero a diferencia de que, en aquellos boliches, el principio de no uniformidad rige, sin saberlo, montones de las vidas que con esta banda se sacuden. No sólo porque la moda no funciona como parámetro de vestimentas y decisiones sino porque en los modos de estar se respiran los fracasos de los ímpetus normalizadores. A la ambientación que el espacio ofrecía en la ex Kory se sumaba que esa noche de viernes, los 80 sobretodo venían por lo que traía el clima que allí se respiraba, se transpiraba. Como siempre que toca Sudor y casi como marca fundacional de la banda, la moral andaba suspendida. Casi como una misa ricotera sin rey, casi como aquellos guiños redondos que la fiesta irrumpía abajo y arriba del escenario. Podrá hablar aquí la exageración, pero los cuerpos transpirados de aquellos pogos sabemos cuando estamos en lugares donde la moral se queda afuera y la fiesta vibra. Mientras la fiesta la comandaba Rebelión en la zanja, Santa Gilda y el Gauchito Gil engalanaban con sus figuras esta nueva celebración pagana post encierro. Fiesta que arengaba, a todo ritmo de bajo cumbiero a quemar patrulleros y sacarse lo neoliberal acompañadxs de una sensual e inagotable bailarina que hizo brillar la alegría de esas cumbias dedicadas al tío-abuelo de 81 años que disfrutaba orgulloso entre el público. Cuando el brillante despliegue de Sudor Marika okupó el escenario, plantándose con todos los yeites de una banda de cumbia, quedaron a la vista estos 6 años de experiencias y escenarios que abrieron camino para las cumbias disidentes y antipatriarcales. No sólo por la confianza ganada al moverse, sino y, sobre todo, por el derroche de disfrute que emanaban. “La marca de Sudor” tiene múltiples potencias como una marca fractal que trae tanto esa capacidad desfachatada de reírse de la solemnidad impostaba de la moral, como ese despliegue de provocación ante su sola presencia, engalanando esta noche de octubre con atuendos de camisas de animal print junto al negro vinílico de las calzas. Un cambio de piel, metamorfosis animal, devenires felinos y texturados. Trae también una capacidad de afirmación del desakato hasta queerizar la guerrilla “somos guerrilla de la subversión sexual”, de subvertir las fórmulas hasta reclamar “¡reforma agraria trasnfeminista ya!”, “queremos semillas, pero no las de Monsanto” como arengaron frente al congreso ante los azorados muchachos que acompañaban el reclamo de la UTT y se veían mucho más cómodos con las chacareras que con los perreos de las disidencias sexuales. Otra vez la mirada paki que vislumbra, parpadea y se le mete una pestaña postiza en el ojo; que salta del pogo marika, de la cumbia lesbiana, del agite trans. El monopolio de las fuerzas se distribuye y confunde-conmueve también a esos que piden por la tierra, pero que no se habían cuestionado aún, quizás hasta esa noche, por la distribución de los placeres y la equidad gozosa. Megadisco sudando y perreando, destellos kory de amores planeros y tijeras piqueteras con la fuerza movediza cien por ciento pluma que ya fracasó en el amor libre porque, en esta especie de salida de los encierros de la pandemia necesitamos hacer lugar a todas estas múltiples capas tempororespaciales que la magia bruja convoca porque desde aquella noche los cuerpos saben que el deseo es una bailanta. Y el deseo salió de la casa, del adentro, del miedo, del protocolo, del dato, la cifra, la interioridad, el corralito y la burbuja. Los hits que sonaron desde el comienzo de la pandemia no eran bailables, ni generaban lazos, ni risas, ni afecto alegre alguno. Se vaciaron desde los teatros hasta las fábricas, y los fantasmas se multiplicaron. El deseo quedo solo, atrapado en teatros donde se repiten tragedias y dramas y, si bien alguna vez pensamos que en la fábrica se puede devenir más vital, allí también se dejó de producir, entonces, ¿dónde hay lugar para el deseo? En la bailanta y bien al Sur. Sabemos que la fuga suele ser por el Sur, en el norte está el centro, el rostro, el patrón, el amo y el macho, todos fantasmas reales que la pandemia no logró exorcizar, al contrario, proliferaron y ahora se llaman libertarios. Otra vez miran al norte y hacen covers como si fueran raros peinados nuevos. Ellos quieren volver a los 90 como paraíso perdido, pero algunxs sabemos que no hay donde volver. Ellos detestan la memoria, pero algunxs sabemos que en la memoria pueblan y laten gestos para inventar un porvenir. El futuro está detrás, empujándonos. En los 90, las fábricas vaciadas por las políticas neoliberales devinieron en bailantas donde las masas desempleadas se amuchaban para compartir algo de la vitalidad que aún no habían logrado privatizar. Los cuerpos saben encontrar en medio del sinsentido, algún espacio para sentir otros afectos. Cuerpo clase media, tan zombie ella en los 90, enceguecida por ese uno a uno, entregó su vitalidad toda, a cambio de objetos de todo por dos pesos y el deme dos. Cuerpos clase baja y desempleada que, en cambio, resistió por ese beso a beso de la mona o ese pasito a pasito de Gilda. Gestos como pases mágicos que se llevaron la tristeza por una o dos noches. Esos gestos compartidos en jarras locas, en vasos enormes, en rondas danzantes, en cuartetos de cuerpos apretadísimos. Las bailantas crecieron como portales incompresibles para la clase media, pero ella en su voracidad del deme dos, también quiso bailar cumbia. Pero sin sudar, sin mezclarse, sin extraviar nada, porque ya había perdido toda conciencia de clase a cambio de espejitos importados. Cumbia de gente bien, cumbia para entretenerse. Hijxs de toda esa clase media que pudieron quemar con la farándula berreta, el fin de la historia, las privatizaciones y los viajes a Disney, se apropian de lo mejor de esa cumbia; la de las fábricas vaciadas. Gestos que se quedaron en esas pieles y despertaron cuando otra vez sonaron los estribillos del individualismo, de menos estado, del derrame, del dios mercado, de la meritocracia. La vuelta del neoliberalismo y la pandemia, como su hija pródiga, ha vaciado otra vez las fábricas y quiso volver a privatizar el deseo, pero no saben que a algunxs creyentes de la Santa Gilda, lxs une la memoria colectiva, impersonal, ancestral. Esa que sabe que el Deseo es una bailanta, ni personal, ni individual, ni interior. Colectivo, multitudinario, anónimo, heterogéneo, expansivo y cumbiero.

  • Noviembre Adynata / MP

    La pandemia amenazó, hirió, arrasó, la vida que teníamos, dejando (dieciocho meses después) todo como estaba, lo que quiere decir: mucho peor a cómo estaba. No se puede seguir como si no hubiera pasado nada (extirpando emociones y silenciando terrores). Se puede seguir sí, con ilusiones y deseos, pero con la vida rota. ¿Cuánto tarda una civilización en aprender lo vivido? ¿Qué más hace falta para una común percepción planetaria de la fragilidad no eterna de lo vivo? Los días pasan sin que pase nada. Salvo el calendario del hambre, las desesperaciones que no cesan, las pérdidas irremediables. Salvo, quizás, la súbita fiesta de quienes se encuentran en una común protesta.

  • Sesiones en el naufragio (13) Con quienes la soledad / Marcelo Percia

    Recuerdo un grupo con infancias que no se llevaban bien con la escuela. Comenzábamos sentados en ronda sobre el piso. Antes de que cada cual se pusiera a hacer lo que quería, preguntábamos si alguien tenía ganas de contar una cosa. Ante la pregunta ¿Qué cosa?, decíamos: Una cosa o una cosa o alguna cosa. A veces, relataban algo; otras, nadie decía nada. Una vez, un nene dijo que quería contar una cosa, pero en secreto. Apoyó las dos manos haciendo un muro en mi oído y susurró algo que le pasó. Pregunté si podía contar lo que me dijo y respondió que no. Insistí si podía decir si se trataba de una cosa triste o alegre y respondió en voz alta: “¡Triste!”. En eso, alguien dijo: “Yo sé el secreto: un auto atropelló a su perrita y la mató”. El nene del secreto aclaró, fastidiado, que no tenía ninguna perrita. “Ah… yo pensé que ese era el secreto. Pero, ¿por qué se te ocurrió que podía haber pasado eso? Porque mi papá contó que atropelló a una perrita haciendo el reparto”. Y, entonces, en ese momento, se encienden las voces y, de a poco, comienzan contar otras historias: un perro perdido, otro que mordía, el novio de una prima que se murió por andar sin casco en una moto, que en la calle insultan a las chicas que pasan, que no me dejan cruzar para ir a hasta la panadería. Y así hasta que, de a poco, se van yendo a jugar. Al rato, vuelve el nene del secreto y me dice al oído: “¿Sabés una cosa?, a mí también me dieron ganas de contar mi secreto, pero no lo conté porque era un secreto”. Y volvió al juego. Tal vez estar en común solo resida en la invención de momentos de intimidad y confianza, instantes de conexión y desconexión, invitaciones y resguardos, oportunidades de entrar y de salir de las palabras, mientras el juego. El enunciado tener con quien jugar expresa uno de los grandes asuntos de las infancias. Desde entonces, la vida trascurre teniendo con quienes estar, con quienes hablar, con quienes salir, con quienes llorar, con quienes esperar, con quienes amar, con quienes reír, con quienes bailar, con quienes trabajar, con quienes pensar. Soledades necesitan tener con quienes la soledad.

  • Destellos / Alejandro Kaufman

    El presente libro surge de la calamidad 2019 y durante todavía su transcurso. A fines de ese año se inició el porvenir aciago que nos mantiene en cautividad, mientras leemos las páginas que siguen y escribimos las que acompañan a los Destellos. Designación, destellos, de aquello que titila entre sombras, emerge de la oscuridad y ofrece una dirección hacia dónde ir en incertidumbre. ¿No necesitaremos nuevos conceptos?¿Algo así como una teoría de la indigencia? Más que nueva normalidad y “convivir con el virus”, una incipiente indigencia. No solo por cómo se distribuyó aun más injustamente la riqueza y las estadísticas señalaron un empobrecimiento general, sino porque aquello que para el mundo fue una ínfima dislocación ultramicroscópica -hasta conveniente para buena parte del propio mundo- para la especie humana resultó en algo para lo que no tenemos palabras. ¿Qué es no tener palabras? Saber algo que no sabemos cómo decir. Sabernos ante una presencia innominada y silente. Es uno de los rostros de lo que llamamos catástrofe. Entre sus pliegues habita una cotidianidad dotada de los rasgos de lo impensado, una normalidad recurrente, día a día, solo sustentada en lo que la corporeidad tiene como ley: sobrevivir. Cuando sobrevivir se convierte en una meta excluyente porque no hay otra que pueda considerarse sin tal condición esencial, volvemos, si es que eso fuera un retorno, o más bien, nos despojamos de nuestras pertenencias, como quien en el trance de ahogarse en las aguas intenta desprenderse de su indumentaria. En tal situación de supervivencia toda pertenencia que no sea el solo cuerpo es una sentencia. De ahí que cuando nos acercamos a la muerte se nos adhiere la desnudez como inminencia de una verdad, la de que solo en el aliento que ritma la existencia con el límite con que nuestros pulmones devoran la atmósfera reside esa verdad. Es por ello que las prácticas sapienciales recurren a situarnos en la respiración, concreción del límite con que cada inhalación desmiente a las desmesuras con que nuestras ilusiones nos engañan y referencia decisiva, la respiración, para definirnos con vida o sin vida hasta que desde hace unos dos o tres siglos comenzó la saga que ahora encuentra su culminación. Desde hace tan poco liquidamos el aliento como signo de la vida y lo sustituimos por artificios que nos la mantienen de modo ilimitado. Tal la demasía que la calamidad vino a enmudecer. Indigencia entonces del mundo que habíamos elevado en estos últimos dos o tres siglos (número que puede variar según los hitos elegidos: nos inquieta ahora el concepto, no su periodización discutible) y que en este último año y medio entró en colisión con algo no menos banal que un gran trozo desprendido de hielo, un corpúsculo reproductible en cuerpos que comparten una fuente aérea. En un mundo donde no ha quedado ángulo por transitar, la fuente aérea es el mundo todo, y no hay afuera. Indigencia de la cultura, designada antes como malestar; pero para mal estar hay que tener algo que discutir y calificar, y la indigencia en cambio designa la desnudez, la desposesión de todo aquello que se daba por sentado. Se daba por sentado respirar, la gratuidad del aire, la autonomía corporal, el lazo social. Que nos causemos la muerte recíprocamente sin enterarnos siquiera designa una pugna peculiar. Que una civilización orgullosa de emprender abordajes a Marte sea humillada por tan poca cosa... Y que la interconexión de todas partes con todas partes, no solo como suceso técnico, sino como deseo de hollar todas las superficies, aspirar todos los climas, degustar todas las comidas, y sonreír ante todos los crepúsculos se haya convertido, como en la pesadilla más inimaginable, en un veredicto sin fin y sin remedio para millones de almas. Pero si mentamos una nueva pobreza es por muchas otras razones, excedentes de estas líneas. Una de ellas, no menos decisiva de la indigencia de la cultura, reside en el colapso civilizatorio que transitamos. La llamada cultura reposaba su exterioridad solidaria con un mundo no exento de desastres, infortunios con los que limitaba la propia exterioridad que la hacía posible. Una conjunción operosa se había trazado entre horrores y cultura. Inflexiones que auguraban mundos infames eran refutadas, como dice la autora en una de sus entradas, por otras voces que hilaban la continuidad de las interlocuciones. Algo así sucederá seguramente en un futuro no lejano, ciertos como estamos de que la calamidad, de un modo u otro, con una resolución más o menos gravosa, concluirá en algún momento, y lo penoso aquí señalado será olvidado de las tantas maneras en que tienen lugar los olvidos, tal vez saturando hasta el agotamiento todas las superficies de inscripción con palabras vanas o plenas -al menos algunas, quizás-. Indigencia es algo sobradamente dotada de palabras vanas, que es lo que les sucede a las palabras cuando no se pueden pronunciar con serenidad frente a la muerte. Finalmente palabras plenas, poéticas, como las de este libro, son aquellas que se saben, y nos hacen saber que se saben, en el umbral. Haber atribuido a las palabras un estatuto ineludible de barbarie como éxito de los acontecimientos del horror necesitó la voz que refutara la literalidad del enunciado y los invistiera de carnadura radical mediante su escritura. Celan es quien restituye en la barbarie al lenguaje de su plenitud, y es por ello que solo puede manifestarse a contracorriente, como una nueva lengua. En la sucesión de la catástrofe, la lengua que al poema compete es la lengua del silencio y la fragilidad, la que da testimonio de la pérdida, y de una esperanza “que no es para nosotros”, pero que sin tal testimonio ni aun sería concebible para un futuro. Ante las soberbias que destruyen todo a su paso: en espera de la palabra que salva, no importa dónde ni cómo se inscriba. Los acontecimientos del horror, como los naufragios y los estragos, destituyen las superficies de inscripción que el poder determina para el registro. Así desde que existe la escritura, vicaria de la corporeidad, largamente debatida. Sea la piedra, el bronce, o aun el papel y demás medios de conservación de la palabra escrita en la larga era de la escritura -no tan larga en comparación con el inasible tiempo de la oralidad precedente- se ausentan en la adversidad y se escribe sobre cualquier superficie y con cualquier tinta con tal de dar el salto entre corporeidades en esas situaciones condenadas o limítrofes. En tiempos de superficies fotónicas, los nuestros, inscribirnos en pantallas con palabras no vanas puede ser un intento de supervivencia de la lengua a contramano. Algunas plumas lo intentan dentro de la llamada cultura que desfallece a manos del hiperobjeto corona. Sin pretensiones sublimes, solo en estado de vigilia, prevenidas frente al estupor en cuyo pliegue la desolación digital se prende a nuestras neuronas para dejarlas exangües. Que en tales circunstancias, semejantes superficies de inscripción hayan albergado las palabras que este libro redime de su origen, es un acontecimiento de supervivencia que nos llena de esperanzas en la íntima intemperie1. Fuente: Kaufman, Alejandro. "Prólogo" en Ortiz Maldonado, Natalia. Destellos. Cielo invertido ediciones. Córdoba, 2021.

  • Te lo juro por Batato. Biografía oral de B. Barea (fragmentos) / Fernando Noy

    María Elena Walsh ...para que sigan hablando... Me llamó por teléfono para invitarme a ver su espectáculo. Mucha gente ya me había hablado de él y a mí, en lo que había visto por los medios, realmente me causaba gracia su humor tan original. Nos conocimos durante una fiesta en lo de Ruth Benzacar. Estaba mirando a los invitados que entraban, de pronto veo aparecer una espalda rosada enorme y digo en voz alta: “Ay, esa chica, qué calor inmenso debe tener para andar así escotada”. Era B., que llevaba un vestido color naranja muy ajustado, chico para él. En solfa, le comenté al acercarse: “No hay que descubrirse tanto”. Su mirada, al volverse, en verdad me traspasó por completo. Era exactamente como yo lo imaginaba. Hilarante pero además tierno. A lo largo de mi vida conocí algunos muy pocos personajes así. Incluso dos eran curas: el Padre Elizalde de Ciudadela y un párroco de San Nicolás, muy flaco y alto con quien una vez, sólo una vez y ya no sé por qué causa, tuve una charla. Al volver a mi casa me dije: “Este es un santo”, como una impresión que surge naturalmente, tal vez del conocimiento por lo que te dice. Algo transmitido más allá de las palabras. A estos seres además les di el rango de ángeles. Es como poder conservar a través de alguien tu propia inocencia. Al mismo tiempo, de B. me sorprendía ese modo valiente de plantarse ante todo, su desparpajo, la chispa insolente. También intuía otras cosas. Él no era así, sino más natural, de verdad muy humilde. Parecía alguien que al final jamás te iría a arrollar, ni a tratar de imponerse ni querer enseñarte alguna cosa. Él ni sabía quién era. De algún modo u otro, la desmemoria en general nos inunda, esto pasa aquí y es terrible. Al final no se va a saber más nada de nadie, no sólo de B. Descubrí que una de las causas de nuestro trabajo (no me gusta utilizar la militar palabra lucha), es recuperar la memoria de esos artistas tan queridos. Muchos creadores generalmente tienen una elaboración previa muy grande, o si no desde los propios personajes. Pero B. estaba como encarnado y nacido en su “rol” y además no aparecía la típica sobreactuación del travesti. Para nada. Era otra historia. Siempre lo vi despertando la sonrisa de un modo casi involuntario. Quizás tenía todo un trabajo anterior pero, si había escuela o conservatorio, eso no se notaba. Poseía el toque secreto que tienen sólo algunas marcadas figuras con los misterios de la representación. Yo también pienso escribir sobre este asunto de la desmemoria. Por otro lado, nunca nos van a permitir que olvidemos a Marilyn Monroe o a Kennedy. Nadie duda que se lo merezcan, pero es una serie de memorias, diríamos, previsibles. Ahora, ¿quién se acuerda de tantos aniversarios de nuestra propia gente? No se trata de sobrevalorar, sino de recordar con vehemencia que existieron seres como Batato Barea. Y cómo fueron. Y qué hicieron para que se siga hablando tanto de ellos. Un globo inmenso o su Historieta Obvia Nadie puede amar la verdad y el bien sinceramente, si no abjura de la multitud y el artista, aunque puede utilizarla y estudiarla, debe aislarse de ella para evitar el contagio. Giordano Bruno (escrito en su agenda 1978) Si te llamaba B. para acompañarlo en sus andanzas por los escenarios casi siempre improvisados, seguro no serías capaz de sustraerte y te entregarías por completo a su séquito. Pero incluso si no te invitaba igual ibas a verlo, a palparlo, en camarines abiertos como calles, querido al extremo. Sólo bebía jugos de frutas y las pocas veces que probó la merca nunca dijo nada. Yo me drogaba de él y de su amistad incomparable, incluso con odio y amor entrecruzándose como destellos para espantar el habitual hastío, como una mosca con la máscara de su desprecio que bien disimulaba en su propia sonrisa. Si te llamaba, era como acceder a un privilegio cercano al don poético, el más alto de todos los dones. Pero igual serías al fin uno más, no tendrías que preocuparte ni por los detalles de cartel, él siempre te pondría primero, incluso haría la prensa para todos y nada de taxis o remises. En colectivos y caminando desde la redacción de Crónica a Editorial Atlántida, por las calles llenas de camiones con choferes silbando. Todavía no estaba la autopista y podían, recién llegados de todas las provincias, estacionar bajo los árboles. Si te llamaba, siempre estarían su caja con pastas, pintura y maquillaje prontos para ser usados. Un mismo rouge para casi diez, un lapicito marrón o azul, el mundo paupérrimo de aquellos días que en realidad fueron noches exhaustas de tanto taconeo y serenata: “Aquí me pongo a cantar / debajo de este membrillo / y quien no quiera escuchar / que apriete el gatillo. / Aquí me pongo a chupar / detrás de este estribillo / y quien no quiera gozar / que se cosa el calzoncillo”. Helena Tritek ...una morisqueta desdramatizadora... Con B. pasó como en ese cuento de la mariposa que ve por vez primera la llama de una vela. Enseguida desea saber qué es, para qué sirve. Se le acerca tanto que termina por quemarse en ella. Cierta noche se reunieron las mariposas. Una voló hasta un lejano castillo lleno de luces, al volver contó lo que había visto según la medida de su inteligencia. Otra mariposa pasó cerca de la vela, tocó con sus alas la preciosa llama, por suerte pudo volver y revelar algo del misterio. Una tercera mariposa se levantó, ebria de amor, dispuesta a arrojarse contra la llama. Cuando las mariposas vieron de lejos que la llama había identificado al insecto con ella, dedujeron: la mariposa ha aprendido lo que quería saber. Pero ella sola lo comprende y eso es todo. B. me ayudó muchísimo porque había en mi formación teatral enormes fallas para concretar cosas y él me inducía. Por él llegué al Parakultural, Mediomundo y otros lugares. Una vez en el Rojas, en diciembre de 1987, comprobó que su espectáculo le había quedado corto. Entonces me dijo: ‘Helena, tenés que hacer algo. Metete, hacé’. Siempre pintaba soles y me los regalaba. También poemas. Era un buscador de voces. Así conocí a la poeta uruguaya Marosa Di Giorgio, que me impactó. Después casualmente me regalaron uno de sus libros y se lo pasé a B. Se llamaba Clavel y tenebrario. Fue su regalo más precioso, más que un baúl con monedas de oro. Marosa Di Giorgio es realmente lo que ella oculta. Una Santa. El logro de una Santa. Incluso físicamente Marosa es bastante parecida a B. Intentábamos llevar la poesía al teatro o viceversa. Especialmente porque nos gustaba tanto, creíamos que eso podría disfrutarlo el público, como una morisqueta desdramatizadora. La primera vez que fuimos al Parakultural habían exactamente cuatro espectadores y B. actuaba del mismo modo que para cien. Otra vez hizo un espectáculo en el Rojas, cuando todavía el Rojas no era popular y había sólo tres. Éramos tres. No sé si los mismos. Y él volvía a hacer su espectáculo con la misma entrega. Fuimos amigos desde 1983, la noche en que con Antonio Gasalla lo vimos por primera vez. Antonio lo seleccionó enseguida. No tendría que dar prueba. Bastó con su presencia. La poesía es como Dios para nosotros. Me parecía increíble que Rumi, un poeta santo, pudiera ser recitado en la taberna o esas cuevas por las que andaba B. Oyéndolo, abandoné todos mis prejuicios. Ibamos al Café de La Magnolia, que rebautizamos así porque está frente a un árbol de magnolias. Contábamos cúantas flores tenía o jugábamos a adivinar para ver quién pagaba el café. Ahí leíamos a Elyttis, Kavafis, Yanni Ritsos. A veces me acompañaba al neuropsiquiátrico Moyano a hacer teatro para las internas. Es muy difícil encontrar voluntarios. Fue una de las pocas personas que se ofreció inmediatamente. Conseguía ropa, cosas, regalos para ellas, sus novias. Todavía me preguntan en el Moyano: ‘¿Dónde está tu amigo el payasito rojo?’. Me acuerdo de una señora en silla de ruedas, ni se movía. B. la invitó a bailar, insistió tanto que la mujer se levantó de la silla y se puso a bailar con él como si nada. Para colmo era una tarantela y él me decía: ‘Mirá Elena, mirá’. Yo pensaba no puede ser, no puede ser, esto es un milagro. Nadie lograría creerme. Después supe que tenía ‘aquella’ enfermedad. Había toda una teoría respecto a que si uno tenía ‘eso’ no debía hablar porque se bajan las defensas y por que la gente empezaba a manifestar compasión y debe ser muy duro sentirse compadecido. Ahí te ponen una cruz. Te archivan. Yo acepté su muerte como corresponde, pero hay un lugar que quedó vacío para siempre. Allí sólo cabe la misericordia divina. Vivi Tellas ...todo se improvisaba... Lo conocí con un oficio inesperado, mozo. Yo era una de Las Bay Biscuits y tendría como él, alrededor de veintitrés años. No mucho tiempo después, con Los Peinados Yoli, lo descubrí haciendo algo con una bolsa de arpillera y no lo podía creer; de haberlo visto sirviendo ahora mostraba esto que me dejaba con la boca abierta. Saltaba de un lado al otro y repetía: ‘Yo soy B... Yo soy B. Era una rareza, pero yo sentía que ese vacío estaba premeditado y su presencia era increíble. Luego preparamos juntos Actos de Pasión, donde B. ofrecía una especie de flamenco y ya empezábamos a imaginar el número de la mujer paseando su perro. Yo acababa de recibirme en la Escuela de Dirección. En Actos... trabajamos B., Jorge Gumier Maier, Rosario Bléfari y yo. B. bailaba con Rosario, Gumier Maier decía su monólogo sobre las diferentes formas de suicidarse a la vez. Yo hacía de nenita. Cuando ensayábamos, era como caer en éxtasis. Todo tan intenso. Lo mismo con La Mujer y su perro. Y eso que simplemente se trataba de una mujer que sacaba a pasear el perro. Tenía una música diferente para cada momento y no había nada de texto. Se sentaba con una revista y le daba juguetes. En un momento el perro se ponía pesado, me agarraba la pierna, me la quería cojer y yo lo sacaba, pero el animal insistía tanto que al final acababa chupándome entre las piernas. La resolución del vestuario que B. había hecho era simple y genial, con mi viejo tapado de llama, amarillo, parecía un afgano y llevaba medias de lana del mismo color. Era im-pre-sio-nan-te. A veces sentía que estaba realmente con un perro. Una noche en Cemento, alguien le comentó a Omar Chabán: ‘Ahí está Vivi, haciendo porquerías con su perro’. Llegaba a ser escandaloso y eso que se trataba apenas de un actor con su tapado hecho andrajos, pero cómo se movía, qué raza, qué furia, qué celo. Y a pesar de que despreciara el término actor no dejaba de ser un verdadero intérprete. Además me encantaba verlo vestido de hombre. Haciendo su papel de seductor que al menos conmigo tenía que desplegar cada noche. Y también armamos un número dramático de cierta mujer escribiendo una carta muy densa. Él, de pronto, me cacheteaba. Enseguida había aullidos y después venía el gran abrazo de la reconciliación. Debe haber sido una de las pocas veces en que interpretó a un galán. Pero estaba bárbaro en ese personaje. Muchos años después lo convoqué para debatir sobre el tema ‘¿Por qué el teatro se repite? ¿Por qué el teatro insiste en hacer funciones, lo que es realmente contrario a la performance?’ Yo sabía que B. odiaba los ensayos, repetir y repetir sin ton ni son y estaba en esa de que todo se hace por primera vez y punto. Incluso su corte de manga al Clú del Claun fue tal vez el hecho de comenzar a volverse travesti. Igual, incluso con tetas, yo siempre lo vi muy varón. Nunca creí en su cuerpo femenino y ni él mismo lo era. B. trabajaba obsesivamente con los contrastes. Era un hombre vestido de mujer o una mujer en el cuerpo de un hombre, frente a frente. La noche del debate en el ICI dijo: ‘Yo nunca me repito y como no lo hago...’ Ahí, ya sabemos, mostró las tetas, de pie. Todo está registrado en la videoteca del ICI. Cualquiera puede pedir que se lo pasen. Fue tan impresionante porque no se vieron solamente las tetas, también los restos de la reciente operación. Estaba todavía con las vendas, pero no se parecía en nada a un mutilado. Noches de Mediomundo “Oh mitad de mí Oh pedazo arrancado extirpado de mí”. Chico Buarque Era tal nuestra comunicación que nos aturdíamos incluso de silencio, en medio del aluvión de los fiesteros, desayunando a media noche en el Parakultural, cuando el público, por la misma escalera que los hacía parte de la escena por un segundo, comenzaba a llegar. Mientras, B. se maquillaba como un colibrí y había un gran vaso de granadina en los camarines de espejos muy usados. La rutina garabateada en un cartel con alfileres y Omar Viola advirtiendo a cada rato los momentos de salida. En medio del trajín, a veces, quedábamos solos. Justo el tiempo para verlo desvertirse y, desnudo, hurgar en el gran bolso mientras sacaba los pertrechos que lo volverían una gorda. Quería mostrarme algo especialmente, buscaba sin parar por todos los bolsillos. Cuando encontró un pequeño libro de tapas rojas yo ya le había preguntado: “¿Buscás Clavel y Tenebrario, el libro de Marosa Di Giorgio?”. Él, que sospechaba nuestro don, al comprobarlo, pareció asustado: “¿Cómo puede ser que sepas antes que yo las cosas mías?”. B., Humberto y Alejandro eran guerrilleras del panfleto. Se columpiaban locas de alegría por la trasnoche de Corrientes. “Pasan los putos”, decían algunos, pero esta vez con simpatía, sin la indiferencia asesina y delatora a la que hubieran estado expuestos apenas diez años antes. Como los hippies del sesenta o los punk del ochenta, se atrevían a entrar en el bar La Paz vestidas o, mejor dicho, desgarradas de mujer, protegidas por la impunidad que da el coraje. Una marcha de divas divertidas para atraer el público hacia Mediomundo Varieté. Cuando no actuaba, B. eligió llamarse Sandra. Después de cada función corría a su casa a atender los llamados. Había que ganar plata de algún modo. Ponía avisos en el rubro de acompañantes. Sandra era una vikinga del deseo, bárbara como un mongol, muerta de risa por el insólito destino que la había traído a Buenos Aires, esta ciudad con los hombres más deliciosos del mundo. Ser prostituta, para ella, era, según decía: “Unir lo útil con lo agradable”. Tom Lupo ... la gente pedía más... Compartíamos el amor por la misma mujer: Alejandra Pizarnik. Fuimos los primeros en inventar recitales con sus poemas, casi imposible de encontrar en esa época. Nos conmovían cosas diferentes de Alejandra. Por ejemplo, B. elegía: “Es tan lejos pedir y tan cerca saber que no hay...”. Yo retrucaba diciendo “Lo único malo de la vida es no ser lo que queremos pero tampoco lo contrario.” Y él luego: “Sobre todo, mirar con inocencia, como si no pasara nada. Lo cual es cierto”. Yo pensaba un segundo y mi memoria me dictaba “vida, mi vida, que has hecho de mi vida” y él en el apogeo de su fascinación giraba tieso, inmutable y parecía hablar con la mirada mientras se golpeaba el pecho “yo, digo yo, pero me refiero al alba luminosa”. Nuestro coloquio podía volverse interminable pero B. curtía el efecto de la síntesis. Salía con su palazzo fúcsia mientras la gente pedía más. Y yo concluía: “la soledad es no poder decirla”. Cierta noche B. organizó una gran despedida tipo fiesta para recaudar dinero, porque se iba definitivamente hacia Brasil. De verdad estaba todo el mundo bastante bajoneado ya que no lo veríamos como casi todas las noches. Logré llevar el móvil de mi programa Submarino Amarillo donde, en medio de un emotivo reportaje con lágrimas de despedida y todo eso, me dio un beso en la boca. Reapareció como si nada diez días después, sin dar explicaciones. También me parece verlo en Mediomundo Varieté, ya casi amaneciendo, como una mandrágora en un ambiente muy pesado. Dando su recital sin importarle nada, mientras las otras coperas pisaban con sus tacos las incontables “pitucas” arrojadas por el suelo o los papeles metálicos de todos los colores que ya habían sido utilizados. Laura Ramos ...mi corazón de perra... (...) Amigos míos, días atrás, en el Viejo Parakultural, el mejor aguafuerte argentino trepidó mis sentidos cuando, pasada la madrugada, se largó el show Tres Mujeres Descontroladas con B. Barea, Alejandro Urdapilleta y Humberto Tortonese. Venía yo de fatigar la Recoleta, apaciguando mi espíritu con los perfumes de flores, los tés de hierbas y la música gansa de El Portezuelo, cuando la lluvia torrencial pudrió flores, hierbas y gansadas y me arrojó en el sótano de la calle Venezuela. Él se escarba los dientes con un palo de escoba / escarba en verdad mi corazón de perra. Puerto Montt estalló desde los parlantes y B. revoleó el torso sobre el público. Los largos mechones de su peluca amarilla surcaron los aires y latigaron el rostro de Urdapilleta. El joven Barea hacía remolinos con los brazos y sus anillos de largas flores de plástico barrían con todos los objetos que encontraban a su paso. Si quieres refrescar tu alma de veras, amigo mío, contempla la tertulia de tres poetas argentinas: Herminia, María del Carmen Suárez y Alma Bambú. “Ay, si los ciruelos dieran nueces/ los nogales nuez moscada/ si las alegrías estuviesen petrificadas/ como huellas en la nieve/ cómo sería el paisaje/ si mi corazón se abriese como una compuerta/ y de allí saliese el niño que fui/ todo envuelto en carcajadas/ para ponerse a bailar sobre una hoja seca”. Alejandro Urdapilleta —actor notable, un trágico, un poeta, Alma Bambú— sorteó las risas del público y acomodó sus posaderas junto a Herminia/ Humberto. “¡Agua! ¡Agua! ¡Agua! Eso voy gritando/ por las calles y plazas/ ¡Agua! ¡Agua! ¡Agua!”. Herminia, su delgadez enfundada en un camisón blanco de seda, estola de piel y moño de gasa, rechazó el vaso de agua que le ofreció Alma Bambú. Las carcajadas del público sacudían el teatro. “¡No quiero tomarla!”, y la arrojó al mismísimo diablo. “¡No es mi boca la que pide agua! ¡Es el alma seca y reseca que se rasga!”. Herminia estaba verdaderamente fuera de sí y te garantizo que era la Alfonsina más lacerante que jamás haya atravesado mi corazón... Siento como un despecho con la gente cuando se ríe. Desde el personaje a veces les digo cosas: ya te va a pasar a vos también, pienso –dice Humberto Tortonese–, la poetisa loca como una cabra que se ríe a destiempo, un actor que empezó recitando Gustavo Adolfo Bécquer con su tocado de profilácticos amarrado a la cabeza y siguió recitando a Alejandra Pizarnik, Delmira Agustín y los poetas que conmueven su alma. Después de todo eso, amigos, vi a B. hacer play-back con una especie de Doménico Modugno que susurraba: “Pensaba en ti/ en el misterioso viajero de mi ser”. Entonces entendí que, con todo y las gasas y las margaritas, el aire del Parakultural sigue oliendo a pólvora, aun cuando ya no suene un sólo tiro de sus malditas paredes. *Fragmentos seleccionados publicados en Te lo juro por Batato. Biografía oral de Batato Barea. Fernando Noy - 2a ed . - Libros del Rojas, 2020.

  • Maternar en este mundo / FloreSeremos Guardianas del origen

    Maternar en este mundo patriarcal, es un muro enorme, Es un muro que te toma, Es un muro sólido, rígido, fuerte Maternar en este mundo, Es un muro en el que impactas y a la vez te absorbe. Maternar en este mundo patriarcal es lo más parecido romperte la cabeza y que se abra, Que chorreen todas tus expectativas insatisfechas por el suelo, Maternar en este mundo es como si cayera el velo que cubre todas las invisibilizaciones de nosotras. Nosotras cuidando, nosotras planificando un mañana, nosotras sosteniendo, nosotras nutriendo una vida, un hogar, un fuego, nosotras organizando, nosotras limpiando nuestras crías, nuestras heridas, nuestras casas, nuestras tiranías, nosotras alojando lo no dicho, lo sentido, lo dolido, nosotras pensando en todo lo que otros no piensan porque “no es su tema”, o “su día “o “su hijx”, nosotras cocinando, nosotras quizás, apostando a la par, tejiendo nuestros destinos, nosotras maternando materializando y andando.

  • Manifiesta "Las yeguas del apocalipsis" (2017) / Sudor Marika

    Descarriadas, sudorosas, invertidas. Insumisas, incorrectas, desviadas. Temblorosas monstruosidades, ¿qué es este sigiloso estruendo que se nos viene atragantando desde hace rato? ¿El grito de los cornalitos terrestres? ¿El revoloteo de la vida anfibia? Es lo vivo informe, antes de las clasificaciones, de los nombres, atributos, y etiquetas. Andamos adheridxs, aún, a identidades que nos sostienen tanto como nos asfixian. Marchamos alegres, borrachxs, y harapientxs. Endebles, dañadxs, furiosxs porque ¡ay!, cadáveres, ¡ay! de tantas monstruosidades asesinadas, violentadas, abusadas; ¡ay! de esxs niñxs que van a nacer con una alita rota,sin cielo para volar. Marchamos, pero no sólo hasta la Victoria, porque aunque ella llegue, vamos a seguir en las calles custodiando a lengüetazos el derecho a ser un monstruo. De la lengua de la Susy a la de la Perlongher; vamos y venimos abrazando palabras en las que late un deseo libertario: “no queremos que nos persigan, ni que nos aprendan, ni que nos discriminen, ni que nos maten, ni que nos curen, ni que nos analicen, ni que nos expliquen, ni que nos toleren, ni que nos comprendan: lo que queremos es que nos deseen”. El día en que el deseo de normalidad arda, arrojaremos en la hoguera a todas y cada una de las fábulas que nos sofocan. En esa fogata arderá el Capital, los nefastos titulares de los diarios del odio, las jerarquías, los recibos de sueldo, el monotributo, el sistema financiero, la indiferencia y los microfascismos. Arderá el daño que deja en los cuerpos un desabrazo. Arderán las deudas que dictan con anticipo la sentencia de muerte de lxs que han sido excluidxs de la fiesta meritogárquica. Arderán los manuales de autoayuda, la moral, las buenas formas. Maderitas para ese fuego andan juntando hoy unas yeguas no exentas de las miserias de estos tiempos. Cuadrúpedas que intentan torpe y decididamente levantar una trinchera de papel glasé, glitter y besos. Inyectándole sudor y disidencia a las tan misóginas y heteronormadas letras que tanto nos hacen bailar. Okupando las calles, la noche, los bailes, los discursos, las plazas y las camas. Yendo y viniendo de las formas, de las normas: entre la identidad y la diferencia, la propiedad y lo impropio, los amores conocidos y los que aún no se inventaron. En ese viaje oscilante lo vivo se toma un respiro. En ese ir y venir, asoma la posibilidad del desvío. Pero cuidado, changuitx, no te enamores tanto de las imágenes: ya somos muchxs lxs que venimos cayendo en esa trampa. Nada nuevo ha brotado de esa orilla putrefacta, y seguimos todavía preguntándonos cómo eyectarnos de las representaciones, cómo demonios vivir tantas pasiones. ¿Será que te sobra por ahí algún trocito de madera o de papel que quieras hacer arder? Cruzá el puente, te invitamos. Cruzalo y venite al docke a tomar unas fresquitas, que acá estamos intentando no sabemos bien qué cornos. Pero si el apocalipsis nos sorprende, que sea haciendo lo que nos gusta hacer. Que sea ensayando cómo queremos vivir. Yegua no se es, ¡se yegua a hacerlo! Abrazamos las mutantes líneas dibujadas por todas esas otras diferencias irreverentes fugadas del orden, habitantes de otros cuerpos, narradoras de otros cuentos. Abrazamos el galope de las matriarcas latinoamericanas, como la Lemebel, la Pancho Casas; yeguas originarias que homenajeamos y celebramos. Hermanas chilenas, furiosas perturbadoras de la conformidad y la complicidad con el Terrorismo de Estado; tentadoras de desvíos fugaces y urgentes. Abrazamos ese loco afán de desprogramar los mecanismos disciplinantes que instauran un orden corporal, estético, moral, social. Yeguas predecesoras: le arrebatamos a la historia ese precioso nombre; lo llevaremos como bandera a la bailanta para sudar con la manada. Vuelven las yeguas porque volvieron los dinosaurios, con nuevos manuales, modernizados, aggiornados. Yeguas, las preferidas de las amazonas de Monique Wittig y Sande Zeig, las que están donde quieren estar, “no eran nunca atadas o retenidas contra su voluntad (…) ningún lazo, ninguna cuerda, ningún freno era utilizado entonces para montarlas”. Criaturas indómitas que vibran en el juego y en la lucha. Yeguas del apocalipsis de un mundo que agoniza: el de los caballos y sus jinetes, el del macho patriarcal, tan derecho y tan humano, que da sus últimas patadas antes de caer.

  • Cicatrices / Warbear

    Potencia: Placer = Deber: Dolor El mundo dividido en dos es vertical y bipolar. Su verticalidad se da por medio de la alineación de sexo, género y sexualidad. Este axioma adquiere significado en una gama de variaciones algebraicas donde el polo positivo está representado por el hombre y el negativo por la mujer. El hombre forma parte del mundo de arriba, donde el poder se da de padres a hijos. En este mundo, el hombre asume las normas del género masculino a través del poder de experimentar placer. Este poder adquiere su estatus en una función directamente proporcional al dolor producido. El hombre se identifica con la alteridad, solo y exclusivamente si esta queda subordinada. La expresión masculina se ubica en un espacio de cruce entre apropiación y eliminación. El hombre se hace macho cuando penetra, perpetrando un asesinato vestido de creación. El acto de muerte pasa por la esclavitud de la vida. Así, este proceso queda asegurado por una lógica naturalista según la cual el esperma producido por el placer de poder es el único medio de perpetuar la especie humana. El hombre es macho cuando penetra porque solo así puede expresar la naturalidad, y por tanto la universalidad, de su poder. La mujer es parte del mundo de abajo, donde el deber la convierte en esposa, madre e hija. En este mundo las mujeres tienen el deber de estar subordinadas, por tanto, de ser penetradas y fecundadas para volver a reproducir al hombre y, por último, para sufrir muriendo. La vagina es el espacio para la transferencia de poder de una generación a otra. La sangre de la mujer es el garante del poder masculino. Esto representa el derecho natural del hombre para hacerla mujer, el lacre de cera en el que está grabada su norma de género. La naturalización del poder de matar fecundando y del deber de morir pariendo se estructuran en un proceso de institucionalización llamado familia. Esta produce el núcleo original del lazo social occidental. Este modelo es la columna vertebral de la estructura económica capitalista que naturaliza las desigualdades de poder de unos pocos sobre el deber de muchas haciendo del abuso del otro la unidad de medida de la esfera humana. En ella, el sentido del poder como proceso sexual de muerte encuentra su lugar natural. Matar es privatizar el placer sexual en una economía de la apropiación y de la exclusión. La subversión de ese vínculo entre poder y deber, donde una línea naturalizada y universalizante vincula el mundo de arriba al mundo de abajo, pasa a través de otro canal. Este canal es un pasaje secreto que crea extrañas convergencias entre los dos mundos, relaciones que son peligrosas para el mantenimiento de la homeostasis vertical. Por esta razón, ese canal debe permanecer oculto y suturado. Este pasaje tiene la capacidad cultural de producir placer solo en el acto de expulsión, dado que la penetración, en el mundo bipolar, solo puede ser identitaria. La supresión de la función transitiva y activa de ese pasaje es inaceptable en la medida en que pone en crisis el sistema de fronteras entre el mundo de arriba y de abajo. Ese pasaje debe quedar cicatrizado porque su sutura garantiza el poder de la diferenciación verticalizante. Pero, detrás de esta cicatrización, habitan mundos extraños con criaturas extrañas que palpitan con emociones extrañas; historias intestinas donde el macho y la hembra se pierden en un pastiche de pasta fecal. Olores profundos y músculos rectales ensucian las sábanas, allí donde la sangre pierde la primacía de la primera noche que define el poder del varón y el deber de la mujer. La escoria cuenta la historia, y la historia es otra. Es una historia visceral de otras noches, otros amores, otras pasiones. Es una historia de residuos y represiones, donde esa descarga crea un Aqueronte enloquecido que se come al propio Caronte, mezclando el bien y el mal entre sus olas. Un país de silencio donde los sonidos son subliminales y donde frecuencias imperceptibles transforman los miedos en deseos. Es una historia más allá del mundo, donde flotan polvaredas, autoorganizaciones, economías del ocio, sociologías del individuo. Subvertir es cortar la cicatriz para abrir la panacea de los vientos en una espiral inyectiva. Una explosión resuena. Es la fractura de los axiomas gritando. La insoportable levedad de convertirse en copos como nieve viral, donde la práctica del placer se convierte en el rechazo categórico del deber, donde se pierde el esperma en campanas tubulares, donde la repetición es cambio, donde entrada y salida formulan un proceso infinito, invertido, loco. Pasen señores pasen porque más allá del mundo hay un metaverso en proceso y, si se sabe vivir en la oscuridad, se descubren cegadores colores. Texto escrito por WB FRANCESCO MACARONE PALMIERI para “Por el culo” de Javier Sáez y Dejo Carrascosa. Editorial Egales, 2011 Barcelona-Madrid.

Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.

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