Búsquedas
Se encontraron 1441 resultados sin ingresar un término de búsqueda
- Polvo / Marie Depussé
Las personas odiosas a veces dicen: «Pero aquí está sucio». ¿Sabrán ellos que el cuerpo de los enfermos, que sus gestos, desmoronan el espacio en lugar de habitarlo, en una descamación monótona que llena los ceniceros, que hace desbordar los cagaderos, que ensucia, que borra la gracia de los objetos y los pulveriza? ¿Sabrán que a menudo ellos tienen necesidad del polvo, que los protege de la violencia del día, de la de los otros, y que es necesario ser muy suaves cuando se barre? ¿Con qué mirada emocionada, incluso compasiva, los locos miran a los cuidadores juntar sus cenizas dispersas, sus medias duras, y luchar contra sus sábanas húmedas e ir a buscar unas toallas limpias? Es que mientras una gira alrededor de sus camas, mientras una junta sus migajas, una toca sus toallas, su cuerpo, se tienen los diálogos más dulces, la conversación infinita de aquellos que le temen a la luz con aquellos que toman sobre ellos la miseria de la noche, y pueden decir entonces que en la lavandería esperan camisas limpias, que el café todavía está caliente, que se apuren, que es un nuevo día, pero no es tan grave, que vamos a intentar poner un poco de orden ahí dentro. Me acuerdo de uno que permanecía en la cama mientras que yo juntaba sus cenizas, que él hacía caer a propósito. Él me llamaba Francoise. Y desde su cama, real, exasperante, me miraba barrer mientras me pedía que le resuma una parte de un diálogo de Platón, que él había olvidado. No siempre estaba contento. « -Relee al Sofista, Francoise, te hará bien. -Lo leeré mañana, si te cambias las medias » El reía mientras iba a la lavandería. Responder. Enroscamiento de palabras revoloteando por encima de la mugre. Proximidad irremplazable. Sí se le quita la palabra a la limpieza, no se está muy lejos de los campos de concentración. La cuestión dolorosa es decidir en qué momento de la mañana se va a afrontar el problema de los cagaderos. Taponados. La base de la obstrucción es invariable: interminables rollos de papel rosa. En La Borde es rosa. Se agregan, siguiendo los días, decenas de ruleros, calzones, y a veces un oso de peluche. Ni siquiera vale la pena esperar. Taponados. No hay, según mi conocimiento, una herramienta perfeccionada para ese trabajo. La especie de sopapa de caucho que todo el mundo conoce, es todo. Y baldes. Tenemos los guantes de goma y el largo delantal azul. Cada vez tenemos menos coraje, pero ni una sombra de resentimiento. En cada piso conocemos muy bien al culpable. Pero el sentimiento que experimentamos es más bien el de una real confraternidad. A cada uno, su trabajo en la casa, su ocupación de los lugares. Luego de haber destrabado los cagaderos, se tiene vértigo, náuseas, debilidades. Pero no se siente ninguna ira. El trapo de piso pasado al final de la mañana, sobre las baldosas del pasillo. El pasillo reluciente. Rápido. Colgar el delantal, desviar la mirada, cerrar los ojos. Un cuarto de hora más tarde, en el suelo, un desmigajamiento fulminante habrá formado una capa de mugre gruesa, indudablemente antigua. Siempre me pregunté a qué precio se obtenía esta limpieza perfecta con la cual sueñan algunos visitantes. Es verdad, las familias se portan mejor cuando abandonan a sus locos en clínicas relucientes con un cubrecama fucsia y pisos de madera brillantes sobre los cuales se puede derrapar. Algunos directores de clínica tienen un agudo sentido de hotelería. Eso supone una elección. Una tropa de mujeres de limpieza, un Puñado de enfermeros, un sistema de Vigilancia carcelario y flores en la mesa de luz. La batalla consiste en no abandonar, durante todo el día, la habitación de un Pensionario a los desechos, a la decadencia. «¿Cómo estás Pierre? Vamos a ver tu pieza». Tantas cosas yacen, grises, abiertas, sin intimidad, en la vecindad destruida de los cuerpos. Moverlas; decir con tono enfadado, como saben hacerlo aquí en la casa, frente a este apocalipsis gris: «¡No, pero qué desastre!». Los días de verano, cuando la luz acaricia los grandes prados, es muy difícil llevar con suavidad al ser de manos inertes hacia la sombra de su habitación devastada. No todos lo hacen. La clínica de La Borde no dispone de un personal totalmente angelical. No obstante, todos tienen su momento de santidad. El paciente trabajo del lugar vuelve inevitables esos momentos. Fuente : Dios habita en los detalles. La Borde, un asilo. Ediciones Té de Boldo. Córdoba. 2025 Dai Yuhua - Cama de hospital - 2020 - Carbón vegetal - 121,9 × 152,4 cm
- El sexo de las locas / Néstor Perlongher
El sufrimiento es muy grande antes de llegar al goce. DANTE PANZERI Al llegar a Buenos Aires, hace un par de meses, quedé sorprendido por el estado de las alusiones a la homosexualidad. En un muro de San Telmo una consigna prometía: "El 28 se lo tocamos, el 30 se lo rompemos". En la madrugada del 10 de diciembre, un grupo de demócratas fervorosos hostigaban a los policías que custodiaban la Casa Rosada al grito de "Quieren pija". Tomo un taxi y el chofer me comenta: "Seguro que los oficiales de las Malvinas se los pasaron a todos los gurkas". El fantasma gurka es reflotado por uno de los Chicos de la Guerra en una entrevista a El Porteño (set. 83): "Un compañero mío me habló de los gurkas, llevaban una perla en la oreja izquierda o en la derecha, y la ubicación representaba al homosexual pasivo o activo" (Pablo Macharowsky, clase 63). En el mismo reportaje otro conscripto da a entender que los soldados tenían, de antemano, cierto training: "Cuando yo estuve en Córdoba, antes de ir a las Malvinas, y nos daban franco porque no había qué darnos de comer, aparecían los 'tíos' o 'soplanucas', como les llaman a esos tipos que te dan casa y todos los placeres a cambio de una relación sexual. Yo digo que hay que tener mucho estómago pero ante ciertas situaciones te olvidás del estómago" (Marcos García, clase 62). En efecto, el hambre (el ragú) hace olvidar el estómago. Una vueltita por Lavalle nos dejará ver que, a la luz del tímido destape, colimbas desamparados han retomado sus posiciones, erizando las pestañas de acicalados señoritos. Un fantasma corroe nuestras instituciones: la homosexualidad. Habría que retrotraerse al Freud de la Psicología de las Masas (1920) para hablar de la naturaleza homosexual del vínculo libidinal que enlaza a las instituciones masculinas como el Ejército y la Iglesia. Esa homosexualidad es "sublimada", pero el mismo Freud sugiere que el amor homosexual es el que mejor se adapta a esos "lazos colectivos" masculinos. Quien haya hecho la colimba en Pigüé o el seminario en Luján, podrá prescindir de Freud. Claro que la eclosión del deseo homosexual está severamente castigadpor los códigos divinos y militares. Estos últimos -por lo menos era así hacia 1970- condenan al activo a una pena mayor que al pasivo: consideran que el pasivo es un "enfermo", que no podía evitarlo. En cambio, el activo es un vicioso. Que la preocupación por la homosexualidad -y por la moral en general- consterna a nuestros militares, es un hecho. La primera mención oficial a la homosexualidad aparece, oblicuamente, en 1932, bajo la dictadura de Justo, bajo la forma de una "orden del día" que punía a los sospechosos de pederastía que frecuentaren menores de edad (frecuentar no quiere decir acostarse, puede ser tomar un café con leche a la salida del kindergarten). Sobreviene luego, en 1942, el escándalo del Colegio Militar: el descubrimiento de la participación de cadetes en orgías homosexuales, sibilinamente fotografiadas, no sólo anticipa el pornoshop: instaura una mácula que nuestros próceres se preocuparán, desde entonces, por borrar. Ya en 1946 la pederastía se revela como "homo-sexualidad" (así con guión): el artículo 207 del Reglamento de Procedimientos Contravencionales de la Policía Federal, reprime "las reuniones privadas de homosexuales; de la misma época es el temible (¡por tan usado!) art. 2º H, que pune "incitar al acto carnal en la vía pública". Empero, la noción misma de homosexualidad no es desentrañada en el Reglamento: se sabrá quién es homosexual por "antecedentes", o "bajo la firma del Jefe del Departamento". La relativa juventud de estas condenas desmiente la pretensión de la normalidad de presentarse como arcaica y a-histórica. Marca que la normalidad precisa de la represión policial para imponerse no es tan "espontánea" cuanto pretende. Si no estuviese prohibido, ¿entraríamos todos (y todas) en la joda? No lo sabremos: por el momento te dan palos. Las locas, a la manera panzeriana tenemos de qué quejarnos. Ahora el horror del genocidio -producto, también de la normalidad militar: hay fotos de Hitler acariciando niñas- ha develado la pesadilla de secuestros y desapariciones, de lo que no se hablaba antes. Sin embargo, allá por el 69 (bajo Onganía), haciendo mis primeros trabajos de campo, un muchacho muy bien vestido me invitó a subir a un auto. Accedo, allí hay otros dos que se acaricia para mostrarme que son "entendidos". Resultado: tres horas de pánico y pálida. Despojada de mis bienes, una puta me dio dinero para volver al centro. Bajo del tren (había ido a parar a Olivos), y me para la cana. ¿La sospecha?: homosexualidad. Hablar de homosexualidad en la Argentina no es sólo hablar de goce sino también de terror. Esos secuestros, torturas, robos, prisiones, escarnios, bochornos, que los sujetos tenidos por "homosexuales", padecen tradicionalmente en la Argentina -donde agredir putos es un deporte popular- anteceden, y tal vez ayuden a explicar, el genocidio de la dictadura. Dice Carlos Franqui que en la Cuba castrista la lucha no era revolucionarios vs. contrarrevolucionarios, eran machos contra maricones. Acá los machos no han precisado de una revolución para matar putos. Y hay que decirlo: muchos de esos normales, con sus modales bieneducados, blanduzcos, genuflexos, han sido cómplices de esa pesadilla cotidiana, con sus prejuicios, su hipocresía, su recusa a hablar del tema. Recordemos lo que Evita le dice a Paco Jamandreu (quien lo cuenta en sus memorias), cuando éste la llama desde una comisaría: "Jódase por puto". Pero ¿dónde está el goce? ¿Qué pensar de esos muchachones que raptan a una loca para "verduguearla"? ¿De esos policías que -se rumorea- hacían cursos especiales para reconocer homosexuales (y lesbianas) por el espesor de sus orejas? ¿Qué pasa con la homosexualidad, con la sexualidad en general, en la Argentina, para que actos tan inocuos como el roce de una lengua en un glande, en un esfínter, sea capaz de suscitar tanta movilización -concretamente, la erección de todo un aparato policial, social, familiar, destinado a "perseguir la homosexualidad"? Cuando por el 74 el órgano fascista El Caudillo llamaba a "acabar con los homosexuales", podía leerse en ese "acabar" algo más que un lapsus. Para dar un ejemplo familiar, mi papá -porque las locas también tienen papá-, mientras yo estaba en el Brasil, a mil kilómetros de distancia, se desvelaba (literalmente) pensando qué miembros de qué negros estarían profanando el ano sagrado de su hijito -reservado sólo para la caquita. Y mamá -que sería una loca sin madre, deseoso es aquél que huye de su madre", dice Lezama Lima-, que se enorgullecía de que su apodrecido corazón saliese retratado, como caso raro, en una revista médica, decía que la homosexualidad era -como el bocio- una enfermedad. Bueno, le dije yo, entonces si vos me contás tus síntomas yo puedo contarte los míos. Se puede hablar del dolor, mas no del goce. ¿De dónde viene esa infatigable preocupación por los culos -o las lenguas- ajenas? En ella participan también nuestros políticos. Recuérdese a la JP del 73 gritando: "No somos putos, no somos faloperos..." O: "Para un gorila no hay nada mejor / que romperle el culo con todo mi amor". Tanto me identifiqué con esa consigna que estuve a punto de entregarme a la Libertadora... Pero me hubiera encontrado -como vi hace poco en Rosario- con los cartelones de la Liga de la Decencia convocando a luchar contra la Pornografía que amenaza la paz de los hogares... Ay qué miedo. La inmoralidad nos pringa. Recuerdo lo que me dijo una vez un muchachito "activo" (vulgo chongo): "No me doy vuelta porque tengo miedo que después me guste". El prohibicionismo sexual atiza el miedo a un deseo horroroso. Erige un Paradiso policial para oponerlo a un Infierno perverso. Al mismo tiempo, es la perversidad de ese infierno orgiástico que imagina, lo que le da manija para funcionar. La paranoia antisexual nos hace creer que, si se nos dilata el esfínter o se nos enciende la tetilla, nos "damos vuelta". Nos pasamos del otro lado. ¿A dónde vamos a parar? Libertad Lamarque se lo preguntaba ya en un "Fru Fru", por los 40: “a dónde va la moda con tanta innovación?". La censura mantiene viva la ilusión de que con la perversión "pasa algo", y que ese algo es un horror. ¿Habrá horror? Donde sí hay horror -palpable- es en la represión. Será cierto que en la tortura hay un goce pero, como decía el mismo Sade: "Hasta la perversión exige cierto orden". Si la pasión era juntar cadáveres, ¿no se les fue un poco la mano?. La perversión es, en verdad, objeto de un ordenamiento. Ese orden no sólo la reprime, sino también la clasifica. Diferencia a los sujetos según sus goces: homosexual o heterosexual, vaginal o clitoridiano, anal o bucal, por el pene o por el dedo gordo. La pretensión de definir a un sujeto conforme a su elección de objeto sexual es mitológica, pero es una mitología que funciona. No funciona desde hace tanto tiempo, es cierto: por ejemplo, la noción de homosexualidad es literalmente inventada en el siglo XIX -fruto de una combinatoria del saber médico y el poder de policía. No pretendo entrar en una discusión teórica sobre el concepto de homosexualidad. Pero lo menos que se puede decir de él es que es muy pobre. Iguala, bajo un denominador común, la infinidad de actos sexuales a los que un sujeto puede abocarse con otros del mismo "sexo" (aunque no siempre del mismo género). Pero, ¿qué tiene que ver una "relación de pareja" gay, con un soplido practicado a los pedos en el baño de un subte? Por otra parte, un acto sexual, aun cuando practicado con la misma persona, suele ser diferente de otro -en ese plano la rutina es esgrimida, tanto homo como heterosexualmente, como motivación para el divorcio, legal o no. Entonces, cuando se cuestiona la normalidad, cabe cuestionar también la pretensión de clasificar a los sujetos según con quién se acuestan. Pero lo que confunde las cosas es que la normalidad alza los estandartes de la heterosexualidad, se presenta como sinónimo de heterosexualidad conyugalizada y monogámica. Eso abre las puertas para una tentación: reivindicar la homosexualidad "revolucionaria" vs. la heterosexualidad "reaccionaria". Algunos hechos, empero, sabotean estas simplificaciones: la marica casada, el chongo que sale con minas y hace de tanto en tanto una escapadita por Charcas, un travesti que dice de su amante: "Él no es homosexual, ni activo ni pasivo. Él es hombre, hombre: le gustan las mujeres. Yo le he preguntado por qué está conmigo y lo único que me responde es que me quiere" (Revista Shock, dic. 83). El amor, a la manera de los románticos, hace saltar las convenciones sociales, las clasificaciones. Pero alguien podrá argüir: Todos esos son homosexuales no asumidos, o incorrectamente asumidos. En verdad, gran parte del movimiento gay (como el Grupo Gay de Bahía, Brasil) parece avanzar, con contradicciones, en esa dirección. Y ello parece casi lógico: ante la persecución, lo instintivo es refugiarse -en este caso constituir una fortaleza homosexual que resista a la dictadura heterosexual. Si es así, cada uno tiene que definirse, que "identificarse", que "asumirse": homo o hetero. El riesgo, es que se apunta a la constitución de un territorio homosexual -una especie de minisionismo- que conforma no una subversión sino una ampliación de la normalidad, la instauración de una suerte de normalidad paralela, de una normalidad dividida entre gays y straights. Tranquiliza a los straights, que pueden así sacarse la homosexualidad de encima y en otro lado. Esta normalización de la homosexualidad erige, además, una personología y una moda, la del modelo gay. Siendo más concretos, una posibilidad personológica -el gay- pasa a tomarse como modelo de conducta. Este operativo de normalización arroja a los bordes a los nuevos marginados, los excluidos de la fiesta: travestis, locas, chongos, gronchos -que en general son pobres- sobrellevan los prototipos de sexualidad más populares. Ahora, para enfrentarse con este peligro, es preciso vencer antes uno mucho más concreto: la cana. Sacar a la cana de la cama, al ojo policial del espejo del cuarto, es una necesidad inmediata que no puede quedar apenas en manos de los gays. Decía una diputada feminista brasileña, Ruth Escobar, en su campaña: "Que las mujeres puedan vivir su femineidad, los negros su negritud, los homosexuales su deseo". ¿Dejar a los homosexuales el monopolio del deseo? Se me ocurre que hay, en verdad, un estallido de la normalidad clásica, que la “moralización a las patadas" del Estado Argentino pretende contener. A ese estallido no le son ajenas las mujeres, con su trabajo de zapa contra la supremacía masculina. Guattari, el coautor del Antiedipo, habla de un "devenir mujer" que abre a todos los los demás devenires. Siguiéndolo, podemos pen.sar la homo o la heterosexualidad, no como identidades, sino como devenires. Como mutaciones, como cosas que nos pasan. Devenir mujer, devenir loca, devenir travesti. La alternativa que se nos presenta es hacer soltar todas las sexualidades: el gay, la loca, el chongo, el travesti, el taxiboy, la señora, el tío, etc. -o erigir un modelo normalizador que vuelva a operar nuevas exclusiones. El sexo de las locas, que hemos usado de señuelo para este delirio, sería entonces la sexualidad loca, la sexualidad que es una fuga de la normalidad, que la desafía y la subvierte. Locas bailando en las plazas, locas yirando en puertas de fábrica, locas haciendo cola en los bañitos. Hablar del sexo de las locas es enumerar los síntomas -las penetraciones, las eyaculaciones, las erecciones, los toques, las insinuaciones- de una enfermedad fatal: aquella que corroe a la normalidad en todos sus wings; que aparece en la hija del portero, en las trincheras de las Malvinas, en el seno de las garitas azules, en las iglesias de Córdoba donde las locas entran para yirar. Aparece, en su versión pedagógica-pederástica, en el insospechable "Himno a Sarmiento" cuando dice: "la niñez. tu ilusión y tu contento". Ahora, no subsumir esas singularidades en una generalidad personológica: "el homosexual". Soltar todas las sexualidades, abrir todos los devenires. Una escritora americana habla de idiosexo: la noción viene de idiolecto, usos particulares del lenguaje (como hablar al vesrres): idiosexo, usos singulares de la sexualidad. Que cada cual pueda encontrar, más allá de las clasificaciones, el punto de su goce. Mi idea es no retirar la homosexualidad del campo social, constituyendo un territorio separado de los puros, los buenos, los mártires, los ilustres. Hacer saltar a la sexualidad ahí donde está. Retirar a la cama de la colcha (no sea cosa que pasemos de la cárcel al boliche sin pasar por la vereda). Y, como decía Mao -aunque no creo que lo dijera en este caso-: "Que florezcan mil flores" (¿Flores del mal?). Y una arenga final: no queremos que nos persigan, ni que nos prendan, ni que nos discriminen, ni que nos maten, ni que nos curen, ni que nos analicen, ni que nos expliquen, ni que nos toleren, ni que nos comprendan: lo que queremos es que nos deseen. Nota: Perlongher publicó numerosos artículos en El Porteño así como en su separata Cerdos & Peces. Este ensayo fue originalmente una conferencia dada en el Centro de Estudios y Asistencia Sexual (CEAS) y se publicó en el n° 28 de la revista, en mayo de 1984. El Porteño existió entre 1982 y 1992. Fuente: Prosa Plebeya. Ensayos entre 1980 - 1992. Selección y prólogo de Christian Ferrer y Osvaldo Baigorria. Buenos Aires, Ediciones Colihue 2008. Colección Puñaladas dirigida por Horacio González. Rafaela Tellaeche - Puto el que lo lea - 2022 - Papel de sobre bordado - 30,5 × 24,5 cm
- Catacumbas / Susy Shock
Estamos en catacumbas desde hace siglos con la soga al cuello y en la mano izquierda una flor salvándonos de los fuegos y los fierros y los hielos y de toda supervivencia Somos unas cuantas tenemos poemas brazos y cigarras canciones y hermanas ojos y cuñados sueños y primos deseos y putas miradas y sucias acciones y bellos jirones de ropa ensuciada de nuestras piruetas y el olor a coito recién hecho y el pan horneado y la mano amiga Tenemos la lista de amores y compañeras y de arcoiris que son la meta y la pasión enfurecida que se hace subte, indiscreta pero busca luz. Sabemos que todavía no es tiempo: arriba vociferan el estiércol gesto y la tarada raza de números y cuotas de precios y desprecios que gobiernan desde sillas oxidadas en oro y pelo y mirada falsa y whisky añejo falsificado y tontitas platinadas anoréxicas de tanto concurso y pedo televisivo ¡con éxito! ¡con mucho éxito! Todavía no es tiempo estamos en catacumbas y desde allí olemos, conspiramos tejemos y nos reproducimos Hasta estallar en inteligencia y parir los agujeros que abran la tierra y que nos dejen liberada el alma Estamos detalladamente haciendo la poesía de los nuevos tiempos... Fuente: publicado en Realidades Swoon - Cicada - 2024 - VideoArte
- Guardián de las palabras, una carta de Néstor Perlongher
9 de feb., 1984 -año int. de la rata (orwelliana) Querido [i] , qué alejado, pampa y tundra: itsmitos. Acabo de regresar de la Argentina, tras dos estirados meses, que empezaron (7/12) participando de la reunión de formación del grupo: Comisión Pro Defensa de las Libertades Cotidianas (que clama la derogación de los edictos policiales y de la averiguación de antecedentes), el 8/12 me quedé afónico gritando en una estirada marcha de las Madres de Plaza de Mayo, rumbeé primero tras temblequeantes feministas y luego copóme (no cogióme) el ondular, el tremoleo de las enseñas anarquistas como en Odessa, en 1919 [ii] : decían las mismas cosas abstractas: Donde hay Estado hay Represión! El 10/12 [iii] me llegué al alfonsinismo con el disimulo de una columna gay, cuyo celoso recato rompí zarandeándome a la brasilera entre los tamboriles de los muchachos radicales, donde el recién electo dijo desde el cabildo una pavada escolar. Es como una directora de colegio técnico. Después, la euforia de una se fue enfriando: a fin de enero un cana de tránsito me pidió documentos en el mejor estilo procesista, pero no me llevó. La prepotencia policial empero ha disminuido drásticamente, no así el control. Reprimieron ferozmente una manifestación con un cartel de "Marihuana Liberada” que se transformó en antipolicial. Echaron a los mochileros de Gesell después de desmanes patoteriles (contra minas y maricas) en Mar del Plata. Al mismo tiempo la revolución es retórica (ya que no, cual el peronismo, semántica). Alfonsín proclama, a lo Lefort [iv] , el derecho a la diferencia, al tiempo que reconoce que los grupos de tareas (eufemismo por paramilitares torturadores, etc: a las embarazadas les metían una cucharita en el útero para picanear el feto) se pueden reorganizar con sólo chasquear los dedos. Todo indica que el aparato policíaco-militar está intacto, Alfonsín, en vez de lanzar el Nuremberg, opta por una sinuosidad perversa. Los gangsters serán juzgados por tribunales militares!; las denuncias recibidas en el Ministerio de Defensa... En lo cultural, piedra libre, total libertad de expresión, pero no se dice todo lo que se debiera, porque aún hay pozos de miedo y paranoia (pozos azules, les digo). Entonces la autocensura y la microcensura prosiguen. Un ejemplo marginal: la misma Sarita, en cuya generosidad me he acogido, impidió la salida de un reportaje que, bajo el nombre de Rosa L de Grossman, le hice para Alfonsina , una revista feminista nueva, por temor a que le hincharan en el laburo. En lo económico los nativos parecen haberse acostumbrado a una loca carrera que los lleva de un conchabo al otro, y en esa batalla del sobrevivir consumen energías que les exaltan (y les faltan para otras cosas). El clima es de una euforia moderada. La Frase: "La libertad y no el libertinaje". La cosa gay sigue pesada, hay boliches a rolete pero te chiflan por la calle. Cosas para hacer, muchas. Hay una revista, El Porteño que vale la pena, se puede colaborar. También en Alfonsina [v] . Se ha provincianizado mucho Buenos Aires. Parecía que al levantar la tapa de la olla iba a saltar la lujuria, y no: saltan los cadáveres que aparecen verso a verso. Un gran beso (he optado por volver) de Néstor Sigo un poquito. Hice mil cosas. Conflictuado con los incipientes (pero burocratizados) grupos gays locales, di una conferencia sobre El sexo de las Locas [vi] . Mi literatura está circulando mucho: mi poema largo "Cadáveres" saldrá en Colombia y Baires [vii] . Acá en Sao Paulo he conseguido una beca un tanto mayor (unos U$S 200), me quedaría acabar mi postgrado. Chicos, darse una vueltita vale la pena, pero quedarse... Gracias por tu lectura de Evita. En lo sexual no hay destape! _______________________________________________ [i] Carta a O [ii] Alusión a las revueltas anarquistas al interior de la Revolución Rusa. [iii] Fecha de asunción de Alfonsín a la presidencia. [iv] Claude Lefort (1924-2010), filósofo francés marxista especializado en análisis del totalitarismo y filosofía de la democracia, co-fundador, junto con Cornelius Castoriadis, de Socialismo o barbarie , desde donde practicó una crítica a la Unión Soviética como capitalismo de Estado [v] Alfonsina fue una revista editada entre 1983 y 1984 por María Moreno, en la que Perlongher colaboró varias veces (algunas como Rosa L. de Grossman). Fue la primera publicación feminista de la vuelta de la democracia. El Porteño fue una revista (contra)cultural fundada por Gabriel Levinas, Miguel Briante y Jorge Di Paola, editada mensualmente entre 1982 y 1993, dirigida por Levinas hasta el 85. La revista fue relevante y disruptiva, tocando temas como derechos humanos, identidades minoritarias, pueblos originarios, arte y literatura underground, y constituyendo un espacio de reflexión política antiautoritaria (participaban también las Madres de Plaza de Mayo), Suplemento cultural, Cerdos & Peces , dirigido por Enrique Syms, que luego se independizó de la revista, fue incluso más radical al punto que inauguró el debate sobre la legalización de la marihuana e investigó la represión a gays y lesbianas durante la dictadura. Estas postura le valieron a la revista varios atentados y amenazas contra sus directores. En El Porteño colaboraron, entre otros, Perlongher, Daniel Molina, María Moreno, Jorge Gumier Maier, Osvaldo Baigorria, Oscar Steimberg, Fogwill, etc. [vi] Conferencia en el Centro de Estudios y Asistencia Sexual (CEAS) y luego publicada como "El sexo de las locas”, en “El Porteño” Nº 28, Bs. As., mayo 1984, incluido en Prosa plebeya. [vii] Antes de aparecer en Alambres (1987), "Cadáveres" fue publicado en Eco Nº44, Bogotá, feb. 1984, y Revista de (Poesía) Nº 1, Bs. As. abril 1984. *Publicada en Correspondencia. Edición, introducción y notas Cecilia Palmeiro. Editorial Mansalva, 2016. Marcelo Pombo, Bodhisatva joven y náufrago, 2006. Colección de Arte Amalia Lacroze de Fortabat
- Un mundo / Verónica Scardamaglia
El mundo, tal como me gustaría que fuera, está hecho de pequeños gestos y de una multiplicidad de miradas y de formas. Un mundo donde el blanco y negro puede ser elegante y tenebroso, cautivante y desolador, delicado y vibrante, intenso y sutil. Un mundo, también, con colores. Un mundo en el que los privilegiados son los insectos y las aves, los zancudos y las flores, los fuegos y las aguas. En todos sus estados. Un mundo donde las únicas monarquías posibles son las de los reinos animales, vegetales y minerales, los únicos expertos en lo vivo. Un mundo con la dosis justa de amigxs, amores y familias. Con la medida justa de músicas y visuales. Con las palabras justas y, también, con esas que no alcanzan. Un mundo que viaja en trenes y bicicletas que recorren todos los lugares, de todas las razas, todas las clases y todos los géneros. Un mundo desclasado, descolonizado y degenerado que aprendió, con el dolor de las muertes y los fracasos de las revoluciones, que los pequeños gestos son las pisadas que sostienen nuestro andar y nuestras andanzas. Un mundo que puede la fiesta porque puede los desbordes. Un mundo con protagonistas que no solo no matan ni mueren por protagonizar sino que, sobretodo, buscan pasar desapercibidxs. Desmaterializarse. Un mundo en el que a la única vedette que queremos endiosar es a Juli*. Nota: Texto escrito al finalizar la muestra "Humor, belleza y... un poco de desolación" como cierre del trayecto de fotografía del CFP 6 coordinado por Carolina Nicora. *Juli vive en el barrio Papa Francisco y Noelia Maruani la acompaña y retrata, desde hace tiempo. Orgullosa por protagonizar esa obra, fue la genuina estrella de la muestra. Juli del barrio (2025) Noelia Maruani. Fotografía.
- Variaciones sobre la caricia / Gonzalo Sanguinetti
Entre las eróticas de lo común, reparar en un solo gesto: la caricia . Demorarnos ahí, trazar variaciones en torno a la caricia. I. Indicio poético Quizás portemos una distinción -que no supone una separación ni una escisión respecto de lo viviente-, que consistiría en haber concebido la invención de las caricias: sucedemos en la vida habiendo adquirido el don de acariciar, transcurrimos entre lo vivo como un viviente que acaricia . Ha sido muy difundida (y discutida por no haber podido ser precisado su origen) una respuesta que Margaret Mead, antropóloga y poeta, da en el transcurso de sus clases, cuando un alumno le pregunta cuál fue a su criterio, el primer signo de civilización . Mead no lo sitúa ni en el descubrimiento del fuego, ni la invención de la rueda, ni en la agricultura, ni en el lenguaje, ni en la economía. El signo inaugural lo encuentra en el primer fémur quebrado y soldado: el cuidado, la espera, la provisión de alimento y agua para quien no podía procurársela mientras sanaba indican, para Mead, el nacimiento de la vida como vida en común. La promesa de lo común -no la civilización - habría comenzado con una donación de tiempo para atender un dolor. La disposición de una espera para cuidar lo herido. Una detención para reparar un daño. La alusión a la respuesta de Mead no interesa como elemento probatorio de una presumible bondad natural, un altruismo innato que determinaría la esencia de lo humano: su fundamento originario. La hipótesis interesa como indicio poético que abre la posibilidad de otro pensamiento en torno a lo común. Tampoco interesa la búsqueda por el origen fáctico de lo dicho -como si en eso radicara la potencia de una idea-, ni siquiera si lo dicho fue dicho , nos interesa más bien, la verosimilitud de una imaginación del pensamiento, es decir, el espectro de imaginaciones que se abren con el sólo hecho de su posibilidad, aunque no haya sido dicha aún. En De la magia (1588), Giordano Bruno busca imágenes de pensamiento con las cuales sostener una intuición sobre la que se enhebra su obra (y que le costará la vida): la continuidad espiritual del universo. En procura de ello, relata la siguiente conjetura: "Se cuenta que un instrumento en piel de cordero, puesto en presencia de un tambor en piel de lobo, pierde su sonoridad (...): es que el espíritu que está en la piel del animal muerto es capaz de vencer y de someter al otro, en tanto que participa de la antipatía y del deseo de dominación que habitaban en los animales vivos." Y agrega: "No he verificado yo mismo si lo que se dice es exacto: pero esto no deja de aparecer verosímil, y razonable." La hipótesis que arriesga Bruno, importa menos como entendimiento que como encantamiento. Importa que la ocurrencia da qué pensar . La idea de que las huellas impresas en la memoria afectiva de la materia, conservan resonancias sensibles vivas ante la presencia de lo que dejó esa huella, aún después de la muerte del animal, no sólo no es inverosímil, es conmovedora. El indicio poético de Mead, ofrece un mito de origen otro , nos cuenta el principio de una historia. Menos una utopía que un (re)inicio, no un futuro prometedor sino un comienzo otro. Nos regala un principio, un comienzo oblicuo, un venir de otro lado . Nos regala un había una vez de otro mundo. Un gesto que Úrsula K. Le Guin enseña en "Teoría de la ficción como red", para disputar el relato dominante que explica el origen de la cultura a partir del uso de objetos largos y duros para pinchar, atizar, punzar y matar. Siente no tener, ni querer tener nada que ver con la genealogía que impone esa narrativa. Conjetura que esa civilización teorizada por los hombres, pertenece a la imaginación civilizatoria propia de los hombres: parida del gusto por la posesión, el puñal, la penetración, la violación, el asesinato. El relato de los cazadores estructura la narrativa del héroe, lo que Le Guin no duda en llamar " relato del asesino ". Advirtiendo que el horizonte de ese relato, apunta a la desaparición misma de quienes cuentan, que la culminación de ese relato termina en el fin de la posibilidad de contar, escribe: "A veces, parece que este relato está tocando a su fin. Para que no se llegue a la situación de que ya no quede nadie contando relatos, algunos de nosotros aquí entre la avena brava, entre el maíz alienígena, creemos que es mejor empezar a contar otro relato, que quizás la gente pueda seguir desarrollando cuando el antiguo relato haya terminado. Quizás. El problema es que nos hemos permitido ser parte del relato asesino, y puede que su fin también sea el nuestro. Por eso es con cierta sensación de urgencia que busco la naturaleza, el sujeto, las palabras del otro relato, del nunca contado, del relato de la vida. Es un relato extraño, no se nos da con facilidad, no se nos pone en la punta de la lengua con la misma facilidad con la que lo hace el relato asesino." Le Guin deja una indicación clínica preciosa: no se nos da con facilidad imaginar el relato de la vida . El relato del asesino se aposenta en la lengua mediante los encantos seductores de la facilidad. Sería más fácil contarnos como quienes dan-la-muerte que imaginar relatos para la vida, para hacer vivir la vida -no la "nuestra "-, imaginar relatos para cuidar lo vivo. En el ejercicio de imaginar un relato para otro nacimiento y otro porvenir de lo vivo, sugiere que el primer artefacto cultural probablemente fue algo que contenga, no que lacere, lastime o penetre, sino un recipiente, algo que funcione como contenedor para guardar lo recolectado. Y agrega algo que nos devuelve al relato de curación de Mead: "Diría incluso que la forma natural, correcta, adecuada de la novela quizás sea la de un saco, o una bolsa. Un libro contiene palabras. Las palabras contienen cosas. Portan significados. Una novela es un botiquín , que contiene cosas en una relación particular, poderosa, entre sí, y con nosotros." Es difícil imaginar aquella escena de cuidado de una convalecencia herida , sin la invención de las caricias como un mientras tanto que apacigua el tiempo del dolor, hasta que encuentre alivio. Ese había una vez , sugiere que no vendríamos de la conquista, la fuerza y la guerra, sino de una convalecencia acariciada . II. Caricia y fascismo Hay una curiosa recurrencia entre caricia y fascismo que enhebra a Martín Baró, Fernando Ulloa y Jacques Lacan. Ignacio Martín Baró, formado en psicología, filosofía, teología y literatura, docente e investigador universitario, y sacerdote jesuita nacido en España, se instala en El Salvador, tras un recorrido por Ecuador, Colombia, Frankfurt y Lovaina, como parte de su noviciado en "la Compañía de Jesús". Es asesinado en 1989 junto a otros ocho sacerdotes, en la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas, en un operativo ejecutado por un batallón de las Fuerzas Armadas Salvadoreñas entrenadas e instruidas en la doctrina anti-comunista por la Escuela de las Américas. En el tiempo que ejerce la docencia y la investigación en Universidades Centroamericanas, se dedica a interpelar los marcos teóricos de las psicologías y el psicoanálisis de su tiempo, tras constatar los límites de esas teorías, al momento de pensar las incidencias traumáticas inscriptas en el cuerpo y la memoria de lo común por el uso de la tortura, la desaparición, la represión y el cultivo del terror que introdujeron los terrorismos de estado que ocuparon Latinoamérica durante los años de vigencia del Plan Cóndor. En la atmósfera de esas décadas de terror y exterminio como políticas de estado para erradicar imaginaciones alternativas a la totalización del capitalismo, Baró se detiene en la caricia, algo de ese gesto llama su atención, se dispone a pensarlo, le dedica un artículo breve que titula "Psicología de la Caricia" (1970) . Allí anota "La caricia, en las manos, se reviste de trascendencia. (...) Palabra táctil hecha de sensaciones y silencios." Ante la invención de formas inauditas de la crueldad, el horror y el espanto, piensa en la caricia, como algo capaz de desarticular el terror inducido en la piel, algo susceptible de deshacer la fatalidad irrigada entre los tejidos de un cuerpo. Algo similar sucede en Ulloa, cuando trata de pensar la condición de posibilidad de la crueldad, como sustrato histórico del terrorismo de estado, a partir del " fracaso del primer amparo ": la ternura. Pensémosla como un gesto de hospitalidad fundante de una común vulnerabilidad entre vivientes, que se compone de tres dones que mitigan el desamparo que nos constituye: abrigo frente a los rigores de la intemperie, alimento frente a los rigores del hambre y miramiento, que no es sino la consideración amorosa sobre una vida en estado de vulnerabilidad, de desamparo, de indefensión. Ese inasible don que Ulloa llama miramiento amoroso -quizá el más enigmático-, puede pensarse como una comparecencia ante el llamado de lo frágil . Una suavidad herida que atiende la solicitud de lo vulnerable. Ulloa merodea el gesto de las caricias, pero no alcanza a nombrarlas. ¿Qué lugar tiene Lacan en esta historia? En un fragmento del film " Una cita con Lacan ", una analizante relata una intervención que no olvida del tiempo en que se atendía con Lacan. Había nacido en la Alemania de 1938, "años de horror, angustia, hambre y mentiras". En una de las primeras entrevistas pregunta a Lacan si es posible curarse de ese sufrimiento. Un día le cuenta un sueño recurrente: "me despierto cada mañana las 5hs. Es a las 5hs que pasa la gestapo para llevarse a los judíos de sus casas." En ese momento Lacan se levanta de un golpe de su silla, atraviesa el espacio hasta llegar a ella, y le da una caricia " dulce, extremadamente dulce " en la mejilla. " Lo entendí como un gest-á-peau (en francés: gesto en la piel, una caricia) , un gesto extraordinariamente tierno . Y esa sorpresa no disminuyó el dolor, pero hizo algo más, lo transformó... la prueba es que cada vez que lo cuento, aún puedo sentirlo en mi mejilla .” Desde los efectos del fascismo en Latinoamérica, Argentina y Francia, Baró, Ulloa y Lacan se encuentran ante la perplejidad clínica de pensar cómo inscribir, en vidas ateridas por el terror, marcadas por la indecibilidad del horror, un desvío que (re)abra un porvenir para lo vivo. Frente a las huellas de lo atroz en cuerpos, memorias, afectos, pueblos transidos por el exterminio, algo los orienta hacia la caricia. ¿A qué responde esta extraña coincidencia? ¿Qué le hace una caricia a un cuerpo transido de terror? ¿En qué consiste una caricia? III. Texturas poéticas Una idea de Anne Dufourmantelle para pensar lo que inaugura el encuentro entre una caricia y lo acariciado: “Un encuentro no es un saber, no nos lo apropiamos, es una textura poética que se apodera del cuerpo.” Así como un cuerpo puede devenir materia apoderada, modulada, reducida y enclaustrada por el terror, también resulta susceptible de apoderamiento por una textura poética . La caricia se despliega como gesto inaugural de un encuentro, un acontecimiento capaz de hacer de un cuerpo estaqueado en el terror, la materia erótica de una textura poética . Una incidencia capaz de desencadenar en un cuerpo, el albor de una erótica inaudita de la materia capaz de desafiliarlo del terror . Como textura poética , la caricia contiene la posibilidad de inscribirnos en la vía de un acontecimiento sin regreso . A esta potencia incidental de un tacto poético que erotiza la materia, Dufourmantelle la piensa como un “riesgo radical , de la naturaleza de la alegría ”: heridas de belleza que inauguran una “ abertura psíquica a lo inaudito” . El tacto poético ínsito a la caricia, introduce una conmoción en la vida, inflige un traumatismo por deslumbramiento del que ya no nos repondremos. En Lo intacto , Claudia Masin escribe sobre esa extraña herida : La hermosura es violenta. No te deja en paz / una vez que entra en tu cuerpo aunque quieras arrancártela, / dejar de verla, de tocarla, de recibirla, como una infección voraz / en cada célula. No es posible curarse de lo demasiado hermoso / porque la vida se le aferra y la vida es la más fuerte y terca costumbre que tenemos. Quiere volcarse sobre lo hermoso, / porque lo hermoso promete algo que sólo hemos conocido una vez, muy brevemente. Promete un regreso, / una vuelta. Promete un incendio que no queme / la casa desde sus cimientos, una casa / que no se cierre sobre nosotros / como una zarpa o una boca hambrienta, / un cuerpo cuya ferocidad descanse. Promete un tiempo / en que la ferocidad no sea la única manera de tocarnos / los unos a los otros y dejarnos una huella. Y quién / no quiere esa promesa. El tacto poético de una caricia, introduce el horizonte abierto de una promesa, o la promesa como horizonte de lo abierto: el instante de suspensión de la ferocidad como modo único de tocarnos, una impugnación de la ferocidad como destino del tacto. Un hiato que interrumpe la convicción fatídica de que no queda otra que dañar o sufrir el daño, matar o morir. La caricia intercede sobre la trama desolada de desamparos aterrados, donde encuentra sustrato afectivo la querencia en el deseo cruel, que persuade con el postulado: matar para no morir, dañar para no doler . Interfiriendo esa trama, la caricia obra como un punto de cesura en el continuum del terror; rotura que inaugura -o restituye- el principio poético de lo vivo. IV. Una dicha de la desposesión de sí Una caricia acontece, en la medida en que no permite a lo acariciado volver sobre sí-mismo, interrumpe el círculo cerrado de la mismidad, la clausura en lo idéntico-a-sí, no permite el retorno-a-sí de lo acariciado. Lo acariciado no queda intacto. Una caricia nos inaugura como desvío de lo mismo, como una curiosa variedad del despertenecerse, una efracción de sí en manos de una alteración radical por la vía del tacto. Si para denotar la irreductible alteridad que constituye a vivientes que hablan, el psicoanálisis utiliza figuras tales como la " división subjetiva" o la " castración del sujeto", que aluden a una metafórica del filo que corta, la punta que tajea, el cuchillo que desgarra, el acero que amputa (tan cercanas a la narrativa del guerrero que señala Le Guin), la figura de la efracción orienta hacia la ruptura de un espacio o de las medidas de seguridad que lo mantienen cerrado sobre sí. Entre las imaginaciones de una metafórica de la efracción, encontramos el momento de florescencia de las plantas o la eclosión de la crisálida que marcan un punto de quiebre en la transmutación de lo viviente. Tras el paso de una caricia no volvemos adonde habíamos partido, ya no hay retorno posible a lo anterior. De esa interrupción, de esa discontinuidad, la caricia hace nacer algo inconcebido para la vida, abre el espacio de una indeterminación encantada . En ese suceso, ocurre una dicha de la desposesión de sí , algo que dice la palabra éxtasis: un estado del alma enteramente embargada por un intenso sentimiento de alegría, dicha, gracia. La caricia ocurre como gracia del desprendimiento de sí. Pero no es que la caricia busque precipitar ese acontecimiento en lo acariciado. Emmanuel Lévinas (1979) escribió: “Lo que se acaricia no se toca. No es la suavidad, ni el calor de esta mano que se da en el contacto, lo que busca la caricia. La esencia de la caricia es que no sabe lo que busca, y ese ‘no saber’, ese desorden le es esencial” (…) “Es como un juego con algo que se escapa, un juego absoluto sin proyecto, ni plan, no con aquello que pueda devenir nuestro, y convertirse en nosotros mismos, sino con alguna otra cosa, siempre otra, siempre inaccesible, siempre por venir. La caricia es la espera de ese puro porvenir sin contenido” No se trata sólo de que la caricia carece de télos, de búsqueda de finalidad, interés, retribución, beneficio, sino de que esa carencia constituye su condición. La intencionalidad anula el acariciar. Absteniéndose del saber, del poder que otorga el saber, del dominio que otorga el poder, como condición de su advenimiento, la caricia se realiza como potencia lúdica de lo indeterminado. En ese sentido, se difiere a sí misma, toca sin tocar, aplaza todo lo posible el instante de inteligibilidad que otorga el tocar, efectúa una dimensión lúdica del tacto. Esa abstención ante el poder de dañar, esa invidencia decidida para impedirse ver y saber, que la inauguran, hacen de la caricia el principio de una ética. Lila Feldman advierte con justeza que es preciso un trabajo ético interminable para tratar con las " potencias crueles " que nos habitan. Así, crueldades, abusos, ultrajes, no son cualidades ni esencias del mal, ajenas al bien, son verosímiles históricos a disposición en cada ocasión de la vida en común. Un trabajo ético supone atender cómo merodean, en qué lugares acechan, en qué momentos llaman, cautivan, seducen, persuaden, y en qué radicaría su fuerza incantatoria. ¿Cómo ocurre que un cuerpo se incline hacia el encanto de las eróticas de la debilidad antes que a la embriaguez de la fuerza? V. Común dicha indefensa Una singularidad de la caricia radica en que palpita como un fenómeno liminal, un litoral, un umbral de inminencia en el que se encuentran ternura y violencia, indefensión y fuerza, erotismo y terror. ¿De qué manera? Si bien toca sin tocar, una caricia se dirige hacia un punto preciso: la indefensión . Una caricia no toca en otro lugar, no se dirige hacia otro lugar. Quizás ahí encontramos otra condición: la abertura a la indefensión. Lo acariciable es tal si -y solo si- se abre a la indefensión. Sólo deviene acariciable lo que se da a la indefensión, de otro modo no hay posibilidad para la caricia, no hay pasibilidad a la caricia. Quizás erotismo y fascismo sean dos respuestas antitéticas ante una evidencia de indefensión. Si la caricia conlleva la capacidad de hacer desfallecer al fascismo es porque se ubica en el punto exacto en que nos encontramos ante la indefensión. Punto de decisión acerca de la indefensión, punto de inflexión y clinamen: sobre la indefensión se puede optar por dejar la marca de la crueldad (aprovecharse de ella, usufructuarla) o por la marca encantada de una caricia. Así pensada, una caricia no es sino en después. No está nunca antes, no preexiste a lo acariciado, acontece como después de su decisión ante la indefensión. Sólo entonces sabemos si hubo caricia. La caricia y lo acariciado nacen del mismo instante. Ante la indefensión, la caricia hace algo sin par: realiza la insólita maravilla de tornar en dicha la indefensión, nos dona una dicha de la indefensión . Eso que Juan L. Ortiz llamó el " gesto envolvente de una común dicha indefensa frente al sueño / o la muerte ”. Ese momento de encantamiento de la debilidad , suspende al mundo como destino de miedo, terror, asedio, hostilidad, hostigamiento; marca la suspensión del imperativo de fuerza para defenderse. En este punto, la susceptibilidad a la caricia requiere una claudicación, una desistencia, una rendición: un darse a la indefensión , sin ese movimiento la caricia no encuentra dónde acariciar. La caricia precisa y posibilita sucumbir ante la incandescencia de una común dicha indefensa. VI. Desasimientos de la fatalidad Dufourmantelle retoma el asunto del encuentro para pensarlo como dos desconocimientos que, entreverados, componen la alquimia de un saber extraño capaz de desaquerenciar a una vida de la fatalidad: “ Y el milagro es que, a veces, entre dos desconocimientos, se produzca un advenimiento. Un advenimiento que es del orden del amor (decimos transferencia, es más prudente), un advenimiento que es un encuentro. De este desconocimiento nace un saber extraño, que puede deshacer la fatalidad.” Una caricia hace marca erótica en el cuerpo de la indefensión, signatura poética de una amorosidad capaz de desandar la fatalidad de habitar vulnerabilidades en estados de mundo emperrados en dañar. Osvaldo Bossi, muy cerca de Lévinas, aconseja a dos amantes: “ Acaricia su cuerpo / como si contuviera todo el porvenir” Una caricia relumbra como refugio que está acá. Quizás una de las pocas cosas que está al alcance de las manos. Una iridiscencia capaz de hacer desfallecer el terror, una poética del tacto, una entre otras, eróticas de lo común . Ese punto que la caricia acaricia , que toca sin tocar , es el lugar donde anidan los temblores: los del terror, los de la rabia, los del miedo, los del frío, los del desamparo, pero también los de las amistades, los de los placeres, los de los erotismos, los de las caricias, los de los besos, los de los amores, los de la risa, los de la promesa. ¿Con qué caricias podemos tocar puntos de temblor que irradien sobre el presente, eróticas de lo común ? Mariana Yampolsky - Caricia - 1989 - Impresión en Gelatina de plata - 40 x 50 cm
- Adynata Julio: Lo inimaginable / VPS
Adynata Julio se presenta con textos que se mueven entre poéticas que muerden piedras y caricias que desvarían. Entre eróticas clínicas, antifascismos y ternuras emancipatorias. Entre milpas, buitres, jubilados y nopales. Entre cartas y guerras que vienen y van; democracias, vanguardias y cabezas, demasiadas cabezas. Entre desconfianzas y preguntas travas, que proponen resurgires y amistades. Entreverada y en medio de este barullo, Adynata asoma a otro mes en el que insistimos en resguardar los movimientos de olvidos y memorias de lo inimaginable: La ronda de las Madres, el zapatismo, la revuelta de Stonewall, Diciembre de 2001, el Movimiento Sin Tierra, el 17 de octubre, la fuga de Trelew, el Black power del Black Panther Party, el Ni una menos, la Colifata, la Comunidad Homosexual Argentina, el 15M y los indignados, los chalecos amarillos, el evade y la revuelta, el black lives matter, la furia trava, el Frente de Artistas del Borda, el me too, el yo si te creo, el movimiento de mujeres kurdas, la campaña por el aborto, la huelga de inquilinos, “La voz de la mujer”, la semana roja, el Tierra y Libertad, el Cordobazo, el Rosariazo, el Mayo francés, el Frente de Liberación Homosexual, la revolución cubana, la revolución sandinista, el vogguing negro en los ballrooms de New York, el movimiento de curas villeros, la Unión Feminista Argentina, las luchas autoconvocadas contra los incendios, y las que defienden los territorios, el movimiento piquetero, la marcha blanca, los frazadazos, el Santiagueñazo, el archivo de la memoria trans, la asamblea no a la mina, Sudor Marika, las fábricas sin patrón, Jubilados Insurgentes, la resistencia palestina ... Nicolás Koralsky (2025) Serie Frágil.
- Eróticas clínicas / Marcelo Percia
Se puede llamar erotismo a extrañezas que humedecen segundos robados al tiempo. 1. La expresión eróticas clínicas guarda relación con los enunciados: amores clínicos y amistades clínicas . Se trata de amores y amistades que no se asemejan a ningún otro amor ni a ninguna otra amistad. Y, así, eróticas clínicas tampoco se asemejan a ninguna otra erótica. 2. Ítalo Calvino no concluye su libro sobre los cinco sentidos. Tras su muerte, en 1985, se publican tres de los relatos que formaban parte de ese proyecto. En cada escrito, a su manera, explora eróticas de los aromas, de los sabores, de las escuchas. No pudo completar las narraciones sobre el tacto y la mirada. Cercana a la voluptuosidad de los sentidos se sugiere una erótica del pensar. Una erótica clínica de lo inaudito, de lo intangible, de lo inasible, de lo no sabido. Una vida fantasmea más allá de lo que se cuenta o no se cuenta sobre ella. Que fantasmea quiere decir que tiene consistencia de niebla, perfume o ausencia. 3. Escribe Octavio Paz (1993) en La doble llama : “El acto erótico se desprende del acto sexual: es sexo y es otra cosa” . Eróticas clínicas se interesan por la expansión de esa otra cosa . Otra cosa que se compone de atracción y complicidad, de amor y ajenidad, de cuidado y espera, de sobriedad y embriaguez. 4. Sexo, erotismo, amor, se mezclan. Sensualidades atraviesan muros. Eróticas clínicas pasan todas las fronteras menos algunas. No pasan las del deleite de los cuerpos. Ni las del embeleso del yo. Ni las del regodeo del poder. ¡Qué rara la erótica de ese amor que disfruta conversando, pero se impide gozar de la fascinación de los cuerpos y de sus fluorescencias que encantan! ¡Qué rara esa erótica que se impide gozar de fortunas y glorias ajenas! 5. Acoplamiento y reproducción signan la sexualidad. Erotismo y amor pueden participar o prescindir tanto del acoplamiento como de la reproducción. ¡Qué extraña esa copula pensante que sospecha de los pensamientos que nos piensan! 6. Eróticas clínicas acontecen como sensación sanadora de estar pensando en compañía. Sin deseos de estar ahí, clínicas se secan. Sin imaginación, clínicas se aburren. Sin vacilaciones y desvelos, clínicas se protocolizan. Sin inconformidad, clínicas se vuelven conformistas. Sin humor, clínicas se solemnizan. Si no se encienden cada vez, clínicas se ensombrecen. 7. Sexos copulan con otros sexos, erotismos copulan con fantasías, clínicas se estremecen pensando. Llamamos eróticas clínicas a conversaciones que tiemblan, que aceleran el corazón de las palabras, que desvarían, que dan vueltas alrededor de un vocablo, que ríen imitando ruidos del habla. Llamamos eróticas clínicas a conversaciones que inspiran zonas enmudecidas. 8. Eróticas clínicas no se confunden con eso que Freud nombra como transferencia erótica . No se trata de un entrevero sentimental de demandas pretéritas que se actualizan o estallan en el presente. Llamamos eróticas clínicas a las alegrías y desánimos, entusiasmos y decepciones, del estar ahí. A las excitaciones y frustraciones que emanan del deseo de pensar. 9. Ulloa supo decir que abstinencia no quería decir indolencia. Abstinencia tampoco significa ausencia de juego y fantasía. Ni renuncia a una erótica del pensar. Una cosa no ceder ante reclamos, demandas, requerimientos, añoranzas, reparaciones de amor, en estados de transferencia; otra cosa ceder la alegría del encuentro y el gusto de un habla entre fantasmas. Una cosa no ceder ante la seducción y la fascinación, ante el deseo de agradar, cautivar, complacer, recibir perdón o aprobación; otra cosa ceder el entusiasmo y las ganas de discurrir. Una cosa no ceder a la tentación de querer curar o querer enseñar; otra cosa ceder la confianza de que en un común pensar se aprende y se sana. Más que frustrar solicitudes de satisfacción, se trata de escenificar un impoder: un pensar sin poder ni saber cómo. Un pensar sin poder recuperar lo perdido ni recomponer lo irreparable. Un pensar que recuerda que la vida ocurre en otra parte. 10. Freud consideró la transferencia como una erótica bajo sospecha. Pero esas sospechas, al cabo, no recaen tanto sobre las intenciones sabidas o no sabidas de quienes atendemos. Las sospechas pesan más sobre lo que sentimos y pensamos. No dominamos sentimientos y pensamientos. No hay forma de gobernar todo lo que pasa por un cuerpo o por una cabeza o como se llamen las porosidades, las memorias y olvidos que habitamos. A veces probamos poner en entredicho algo de lo que nos pasa en voz alta: “De pronto sentí una gran tristeza no sé por qué. Pero, ahora, que me escucho decir tristeza, no sé si no se trata de nostalgia, soledad u otra cosa” . No estamos ahí sólo para sentir o dolernos, sino como sensibilidades de recepción y pasaje de afectaciones que no sabemos cómo nombrar o de pensamientos que no sabemos de dónde vienen. 11. Freud (1914), en Puntualizaciones sobre el amor de transferencia , despliega un conjunto de razones sobre por qué no ceder ante esa alucinación amorosa. Pero sobre todo explica que la satisfacción de ese requerimiento equivale a la muerte del psicoanálisis. En ese contexto cuenta la historia del vendedor de seguros y el cura. Un agente de seguros, que no cree en dios, agoniza. Su familia llama a un sacerdote para que intente convertirlo y salvarlo antes de su muerte. La conversación se prolonga tanto, que sus parientes comienzan a tener esperanzas. Cuando se abre la puerta, el moribundo no se ha convertido, pero el sacerdote sale de la habitación habiendo comprado un seguro contra todo riesgo. ¿La racionalidad capitalista pudo más que la fe? Freud advierte que la seguridad material, a veces, contiene más que las palabras. 12. ¿Indolencias o afectaciones? ¿Cómo ocurrió que se llegara a formular esa opción? Mezquindades sensibles se corresponden más con sexualidades mecánicas que con las eróticas del pensar cuidando. 13. No se trata de cuerpos, sino de presencias evanescentes: la sutileza vaporosa de presencias que están ahí diciéndose. Presencias que sobrevienen como lo incorpóreo de los cuerpos, como halos, como soplos. Presencias desmadejadas que ponen delante de otras delicadezas quebradizas lo inapropiable, lo irreductible, lo intraducible. Misterios necesitan estar frente a otros misterios para insinuarse. 14. La palabra erótica no designa aquí lujurias de la pulsión, sino sensualidades y contentos de juntadas para pensar la vida. ¿Qué correas nos sujetan a un malestar? ¿Qué desata, suelta, desamarra? Hay lazos que nadie sabe. Acaso se trata de una erótica de los enlaces y desenlaces. 15. Clínicas detectan también voluptuosidades de exigencias arrasadoras vueltas sobre sí. Voluptuosidades de demandas insaciables vueltas sobre sí. Voluptuosidades de recriminaciones indeclinables vueltas sobre sí. Voluptuosidades de desprecio vueltas sobre sí. Voluptuosidades empecinadas en maltratos vueltas sobre sí. ¿Cómo se llama esa hostilidad que vuelve sobre sí ? El ensimismamiento como acto de devoración se dice en un momento en esa novela extraña y bella de Sara Gallardo (1971) que se llama Eisejuaz. Se lee: “Hijo, un animal demasiado solitario se come a sí mismo” . 16. El oxímoron compone la figura poética del desconcierto, la paradoja el enunciado que desafía normalidades lógicas. Amores clínicos practican eróticas castas y al mismo tiempo carnales. La expresión castidad carnal se presenta como oxímoron clínico y como paradoja sentimental del acto de pensar. Incluso como chiste moral. Desde Winnicott se conoce la afición clínica de hacer dialogar opuestos. 17. Eróticas clínicas practican conversaciones en las que, por momentos, quienes hablan se duermen para seguir dialogando en sueños. Como ocurre en Diálogo sobre un diálogo , ese texto en el que Borges (1960) relata a un tercero una conversación que tuvo con Macedonio Fernández sobre la inmortalidad. Cuenta que hablaban y hablaban sobre el alma y la insignificancia del cuerpo, cuando una música boba que venía de una casa vecina comenzó a molestarlos. Entonces, en ese momento, se propusieron suicidarse para discutir sin estorbos. Como el oyente, irónico, deduce que al final no lo hicieron, dado que lo está contando, Borges concluye con tono místico: “Francamente no recuerdo si esa noche nos suicidamos” . 18. Eróticas clínicas, se insiste, componen rarezas de la sensualidad. Renuncian a la comunión de los cuerpos para practicar encordados del pensar. Encordar no como ceñir a una teoría o dogma, sino como acción de poner cuerdas a un instrumento musical. Encordado como hilado de contentos y confianzas, sin adherencias ni sugestiones. Encordado desunido que sabe desemejanzas y despedidas. Que sabe el recato inviolable de las ausencias. 19. Eróticas clínicas tendrían que concebirse como eróticas de un impoder antes que como poderes, abusos o dominios sobre los cuerpos y las voluntades. Impoder que no sabe lo que puede, pero sabe lo que no puede. 20. Cuando se abraza un cuerpo en el umbral de una despedida clínica, a veces, se abraza una sombra desvalida. Tal vez se responda a una solicitud de amparo, de piedad, de compasión, de calidez, de afecto, de cordialidad. Pero más allá de todo eso, se roza el contorno de una soledad. 21. Hacía malabares para llegar a sesión desde muy lejos. Decía que venía porque necesitaba un abrazo. Cuando, por fin, viajó al lugar en el que habían nacido sus amores, sintió el abrazo de la tierra. El abrazo de la lengua. El abrazo de los pájaros y los árboles. La erótica del aire. 22. Erotismos no se encienden con monotonías ni estereotipos sexuales. Pornografías transforman erotismos en espectáculos. Poderes quieren mandar, conducir, someter erotismos. Pretenden reinar sobre lo incontrolable. Erotismos se sustraen a las capturas. Se escurren indómitos. 23. Eróticas clínicas saben lo irreductible. Se abstienen de reducir una vida a un cuerpo, a una borrasca, a un momento de gracia o inspiración. Sexualidades abrevian, erotismos sorprenden e inventan. Pensamientos se poseen y nos poseen, el pensar acontece impropio. 24. Eróticas clínicas dudan si llamarse eróticas . No mezclan sudores y flujos entre cuerpos. Excitan lo ilimitado, lo dispersivo, lo informe. 25. Eróticas clínicas no reducen erotismos a los cuerpos, ni reducen una vida a las posibilidades narrativas de una lengua. Eróticas clínicas intentan que la infinitud no sucumba ante una sensación vivida en un pasado que busca encajar en todos los presentes. Eróticas clínicas no anidan en los cuerpos, pasan por ellos como estremecimientos que aspiran a la vida sin poder tocarla. Eróticas clínicas habitan en los silencios. 26. Poéticas de todos los tiempos interrogan relaciones entre erotismos y palabras. Desde las de Safo de Lesbos o las de Catulo o las del Cantar de los cantares hasta nuestro días. Freud tomó recaudos respecto de la fascinación de la mirada y otras fascinaciones. Pero, ¿qué decir sobre una erótica del silencio? No un silencio acusador, que inquiere, que juzga o espera más u otra cosa. O, ¿qué decir de una erótica que lleva vida hasta el final? ¿Una erótica que prueba el sabor de la zona muda? Zona muda se llama un poema que escribe Enrique Lihn (1988) en su libro de despedida, Diario de Muerte . Se lee: “Nada tiene que ver el dolor con el dolor / nada tiene que ver la desesperación con la desesperación / las palabras que usamos para designar esas cosas están viciadas / No hay nombres en la zona muda” . 27. Si llamamos alma a un soplo , llamemos cuerpo a un estornudo o a una carcajada. Si llamamos alma a una calidez que se acaricia, llamemos cuerpo a la contextura que se duele por el filo de una daga. Si llamamos erótica al deleite de los sentidos, digamos que eróticas clínicas van más allá: no renuncian a la sensualidad cuando llega el momento de pensar la muerte. 28. Clínicas están ahí para sostener la vaciedad de la existencia. No tendrían que anular esa cesura o herida con un efímero acople de los cuerpos o con un aplauso o con el estúpido aliento de salir a disfrutar de la vida. 29. Hasta tal punto eróticas clínicas se abstienen de la copula, que hasta se abstienen del uso del verbo copulativo ser y de sus vicios posesivos. Prefieren decir “me sobrevino un pensamiento” , antes que decir “yo pienso” . Prefieren decir “usted carga con ilusiones perdidas, ilusiones enmudecidas, ilusiones desesperadas que decidieron saltar a un abismo y que todavía siguen cayendo” , antes que decir “usted tiene una depresión” . Prefieren decir “en usted culpas, reproches, acusaciones, menosprecios y auto humillaciones, se hacen un festín o encuentran en sus elucubraciones un planazo” , antes que decir “usted es una persona culposa que goza con el ensañamiento” . 30. Marguerite Duras (1986) afirma en una entrevista que se hacen muchas cosas sin deseo (incluso tener sexo), pero aclara que no se puede escribir sin deseo. Tampoco se puede escribir sin que las palabras fracasen, sin que se retuerzan y rechinen los dientes. Sin que destilen el afrodisíaco que nos hace pensar. 31. Si no enardecen de deseo, clínicas clasifican cenizas en frasquitos. En su arenga final, en una conferencia publicada en 1984 con el título de El sexo de las locas , Néstor Perlongher dijo: “No queremos que nos persigan, ni que nos prendan, ni que nos discriminen, ni que nos maten, ni que nos curen, ni que nos analicen, ni que nos expliquen, ni que nos toleren, ni que nos comprendan: lo que queremos es que nos deseen” . Si las clínicas se abstuvieran de desear, despojarían a las palabras de sus memorias eróticas. 32. Momentos poéticos, a veces, se abren paso en las sesiones. No se trata de agradar ni de cubrir dolores con palabras bonitas, sino de (cada tanto) celebrar que la belleza o contento de pensar pueda sustraerse del cautiverio de pensamientos que abrazan haciendo sufrir o de pensamientos que confirman el sentido común de las psicologías. 33. Amores clínicos, ¿practican un erotismo ascético? Cuidan lo irreductible, aman lo inasible. Saben el dolor y el sosiego. Ataraxia clínica no quiere decir insensibilidad, sino serenidad sensible: calma erótica. 34. Eróticas clínicas tienen en común con amores no propietarios que ofician pasajes: de la exaltación al desánimo, de la iluminación a la oscuridad, de las lágrimas a la risa, de la rabia a la ternura, del amor al odio, de la simpatía a la envidia, de la frustración a una nueva oportunidad, de la despedida al próximo encuentro. 35. Desnudeces clínicas no muestran exuberancias de las formas o suavidades de las pieles, sino bordes helados del desamparo. Las sombras más solitarias de la soledad. El desasosiego de los cuerpos enfermos. El espectro insinuado de la muerte en cada momento único. 36. Así la clínica: restos flotantes de vidas contadas en voz alta. Labios dubitativos y vacilantes, lentos y apresurados. Susurrantes. Labios movidos por el humor, el miedo, el desánimo, la promesa. Vocablos gustados, suspirados, humedecidos. Palabras que no se sienten deseadas, languidecen. 37. Desde Bataille llamamos erotismo a un diálogo con la finitud. La expresión francesa petite mort describe el instante más intenso del placer sexual como momento de disolución del yo, de la mismidad, de la ficción de identidad. Bataille piensa esa experiencia límite no sólo como vivencia entre cuerpos, sino como conexión sin barreras. Eróticas clínicas interesan como súbitas disipaciones de sí o abandonos de la mismidad. 38. Una expresión curiosa: carne de diván . Se emplea para decir que alguien necesita analizarse. Una fórmula que recuerda a otra: carne de cañón que se utiliza para nombrar, en una batalla, a soldados enviados a la muerte. La carne recostada en un diván, ¿se encuentra en la primera línea de fuego? En el diván del psicoanálisis eróticas danzan con la muerte. Muchas veces se sale de una sesión llevando en brazos certidumbres que agonizan. 39. Eróticas clínicas tienen relación con memorias veladas, con hervideros de deseos, con excitaciones recónditas, con soledades, con silencios. 40. Desnudeces clínicas no refieren a los cuerpos, sino a las sinceridades voluntarias e involuntarias. Se podría llamar erótica a una sinceridad involuntaria. 41. Nietzsche escribe hacia el final del siglo diecinueve: “El desierto crece” . La desertificación avanza: consiste en la indolencia y en la falta de deseo, en el tedio de los protocolos y los diagnósticos reductivos. En las distancias de cartón y en las teorizaciones que se repitan vaciadas de temblor. ¿Qué clínicas sin sensualidades, sin vacilaciones, sin contentos? 42. Una de las historias más sensuales relatadas por Ovidio reside en la de Tiresias, personaje que vivió un tiempo como varón y un tiempo como mujer. Zeus lo llama para interrogarlo sobre un misterio que lo desvela: ¿quién goza más, la diosa Hera o Él, supremo Amo del Olimpo? No necesitó pensar mucho, Tiresias, para contestar. Como a Hera no le pareció conveniente la respuesta, lo castigó con la ceguera. Zeus compensó su confidencia con el don de ver vidas pasadas y futuras. Tiresias incurrió en una fatal indiscreción. Eróticas tienen el pudor de no mostrarse. Ramón Casas Joven decadente. Después del baile 1899 Óleo sobre lienzo 46,5 x 56 cm.
- La poesía: género antifascista y erótica de lo común / Lila María Feldman
¿Erótica poética o crueldad erotizada? I. Propongo pensar a lo poético como género antifascista. No me refiero al antifascismo como tema de la poesía sino como su mecanismo fundamental, su método y su condición de existencia: la discusión de lo ya dado como verdad primera y última. Su ánimo y perseverancia es la revuelta del sentido. La poesía, en particular, discute la administración de los sentidos fascistas, patriarcales, coloniales y neoliberales: por ejemplo, las diferencias desigualadas que son la ocasión para las jerarquizaciones que el poder necesita para operar. Volvimos a definir tantas cosas porque las poetizamos: mujer y varón, por ejemplo. Las teorías que han revolucionado la historia del pensamiento son teorías profundamente poéticas. Discutir lo establecido requiere necesariamente de poesía. El poder no es poético ni hace poesía, por el contrario, esencializa para volver definitivas las violencias y opresiones, convirtiéndolas en principio y destino, incuestionables y absolutas, rígidas y eternas. Fin de la historia. La poesía reabre la clausura, desafilia del poder y reinventa y relanza potencias, lo inesperado, el asombro, y es que la poesía habilita desvíos. El fascismo es una economía de los sentidos y de las subjetividades antes que una economía mercantil. Nos disputa el sentido, los afectos y el ánimo, corroe la subjetividad desde afuera y desde adentro. El poeta supo ser una figura mítica que romantizó aislamiento y repliegue, incluso romantizó el amor, pienso que necesitamos reconocer a los poetas de la calle, los poetas de a pie, no los del cuarto propio, a pesar de mi amor por Virginia, sino los de la intemperie común, en la que también incluimos nuestros odios y rabias. Allí late la poesía de la insurgencia, el arte de marchar y los carteles son una muestra de eso que llamo hoy “poeta” una figura menos singular y más colectiva, extendida. Los carteles en las marchas son una muestra de forma poética de lo común una erótica de lo común. No hay cartel sin cuerpo. El cuerpo los escribe, el cuerpo los porta, corporaliza lo común, lo erotiza. II. Lo poeta vendría a ser una política del lenguaje que entiende que ese es el terreno urgente de discusión del sentido y el sinsentido, un lugar privilegiado para des-esencializar el querer-decir y el modo de adjudicar valor a personas y cosas, a personas como si fueran cosas. La poesía cuando es poesía toca, escribe el cuerpo, altera el sentir, redistribuye afectos, la poesía no es experiencia de contemplación y entendimiento, no es una experiencia intelectual ni teórica sino física, carnal. La poesía no es un lujo, escribió Audrey Lorde, es una necesidad básica, y siguió escribiendo sobre desmontar la casa del amo. Para eso sirve la poesía. No es con las herramientas del amo que vamos a desmontarla sino con otras, nuestra tarea –poética- es inventarlas. Lo fascista es el imperio de la dominación a través del terror y la legislación del desánimo. Nos arrastra a convertirnos en consumidores pasivos y fervorosos y a la crueldad mayor que es la indolencia indiferente. La poesía re-sensibiliza, es reinvestidura libidinal encarnada en palabras. La poesía no es un discurso ni un texto sino un dispositivo de desarme y recomposición, restituye al lenguaje su condición de obra abierta, desordena los diccionarios y el fatalismo de las definiciones. La poesía se rescata a sí misma como lenguaje de órgano, ese órgano impreciso y no localizable del todo porque involucra mucho más que a la lengua. Tal vez más que lenguaje de órgano es lenguaje orgánico. Claro que es peligrosa. Una vez puesta en marcha, nada la detiene. Lo poético es confabulación de instigaciones, la primera gran instigación es la del derecho a la palabra, la propia y la de los demás. La poesía, si así la definimos, también es zona erógena. Superficie de borde entre un adentro y un afuera, la poesía anuda cuerpo y lenguaje, amplia sensibilidades. Poesía es palabra pero además y sobretodo es acción: es activación de sensibilidad e inteligencia. Acciona la restitución del derecho de existencia a lo minúsculo y a lo desalojado, a lo arrojado a la inexistencia. La poesía a lo largo de la historia humana es baluarte y acumulación de luchas, Juan Gelman, Federico García Lorca, Miguel Hernández, Wislawa Szymborska, Pier Paolo Pasolini son algunos nombres que dan cuenta de eso. De escribir poesías con el cuerpo en ellas y de sostener particulares luchas. Dije antes que la poesía no es solamente texto, es un dispositivo accesible para todes, un dispositivo humano, no técnico, y es contagioso. Lo poético, entonces, logra infiltrar creatividad en el sinsentido. Vaciarlo de desesperanza y relanzar o reencontrar la potencia de lo por-decir. III. Ahora bien, la poesía, lo poético, no nos hace ni más amorosos ni puros, ni nos vacía de nuestros legítimos y ciertos odios. Tampoco nos preserva del trabajo ético de resolver nuestras potencias crueles. En nombre del amor se han cometido y se cometen canalladas, violencias y tortura. Con disfraz amoroso se despliegan, en tantas ocasiones. Vengo diciendo, insistente, que el amor no vence al odio, ni evita que la crueldad ocurra. Nuestros afectos no son esencias ni totalidades, se intrincan, la vida va con ellos en permanente combate. Caricia y crueldad, entonces, no se oponen, no siempre. “ Por amor y con amor” hay crueldades que arrasan, que matan, que desmantelan. Incluso, a veces, infinitas veces, infiltran el erotismo infantil y adolescente, sus zonas erógenas, sus intimidades se dañan. Los abusos sexuales son arrasamiento interminable de erotismos. Sobrevivir a ello puede llevar toda una vida. Erotismo y ternura no son territorios libres de crueldad. Existe la caricia cruel, la caricia que se erige en instrumento del daño. Lo saben quienes la sufren, lo sabemos quienes trabajamos diariamente con las marcas del abuso y la violencia. Los crueles no son los monstruos, somos los humanos. Poesía y crueldad –entonces- son formas diversas de lo común. Lo común también puede ser la crueldad, y la crueldad incluso se puede erotizar. La poesía compromete a defender las palabras de la máquina que se traga nuestras vitalidades. El fascismo no es el arrasamiento de lo común sino el arrasamiento de lo común entendido como campo del semejante, en el que cualquier alteridad es “semejante”. En el que lo semejante no se distribuye desigualadamente según género, clase, raza, religión, etc. El fascismo hace de lo semejante territorio de alguna exclusividad o privilegio. La propuesta para esta erótica de lo común es contraponer Inteligencia poética a la inteligencia artificial y a la inteligencia del capital, pero también a la “inteligencia” cruel, la humana inteligencia cruel. Nuestra erótica de lo común integra y vuelve íntimas inteligencia y sensibilidad. Nos interesa sostener una esperanza no optimista, incluso pesimista. Una esperanza sin fe en el mundo ni en lo humano artificializado, sin fe frente a este proyecto descomunal de exterminio. Sin fe pero sí con esperanza, una esperanza capaz de reinvenciones. El peor enemigo es la vivencia asimilada de la derrota, incluso la “ deserción ” como propuesta o salida. Nos importa restituir eroticidad al sinsentido. Regar poética y audacia en el sinsentido copado por la derrota. Y hacer de eso algo común. Común significa, para nosotros, común y corriente. Un común sin jerarquías. IV. Por último, comparto fragmentos poéticos de algunes autores: Adriana Riva, Erri de Luca y Paul Éluard. “ El artista sudafricano William Kentridge dice que dibujar a un hombre es comprometerse con ese ser humano. Hay una responsabilidad en lo que miramos, un compromiso que es a la vez completamente efímero y absolutamente singular, atemporal. Aplica para todo. ” - Adriana Riva Lo poético, agrego, es la capacidad de comprometernos con lo que miramos, implicarnos en el acto de mirar, interrogar los puntos de vista y los puntos de mira. Mirar pasa a ser, así, sensibilizarse, implicarse. "Cuando estuve en Sarajevo conocí a un poeta que organizaba veladas de poesía a oscuras que se llenaban, porque era gente a la que le faltaba de todo y que sólo tenía la palabra. De alguna manera, esas palabras eran el contrapeso a su desgracia. Entonces decían: los poetas hacemos el turno de noche para evitar que el corazón de la humanidad se detenga." - Erri De Luca Paul Éluard escribió el poema “Libertad” en 1942. En 1944 logró hacerlo llegar a la Resistencia Francesa por medio de su compañera, Nusch. Ambos estaban en la clandestinidad. Lograron arrojarlo desde aviones sobre la ciudad de París invadida por los nazis. Los poemas caían en cualquier mano, en todas las manos. Poetizar, entonces, también es defender y recuperar palabras y sentidos amenazados. Esa palabra, libertad , resuena en nuestro país, demanda poetizaciones, también en Gaza donde ahora es otro el genocidio, qué siniestra paradoja, en nombre de la libertad de un pueblo víctima de genocidio. La libertad necesita urgentes redefiniciones y recuperar sentido antifascista. Devolverle erotismo común igualitario y emancipatorio a la palabra libertad es desasociarla de cualquier plan de exterminio y hacerla nombre de nuestros placeres y no de la sola supervivencia. Alfred Steiner - Conejito - 2014 - Gesso acrílico y óleo sobre tablero de fibra de densidad media - 127 × 101,6 × 10,2 cm
- Eróticas de lo común: entre huelgas y juergas / Gonzalo Sanguinetti
Juerga, esa palabra con la que designamos estados de embriaguez en una común voluptuosidad, se abre lugar en la lengua a raíz de la fuerte aspiración de la palabra huelga en zonas andaluces de España. Se hace un lugar a partir de una desfiguración respecto de lo correcto, de lo que corresponde , una primera desobediencia , en este caso, a una correcta pronunciación. La juerga y la huelga comparten una raíz común , provienen de la misma gestualidad corporal. Llamamos huelga al tiempo en que no se trabaja, ya sea por ocio, descanso, divertimento, como por reivindicación, protesta, insurrección e impugnación de estados de cosas que legitiman ensañamientos que dañan, ultrajan, explotan y suprimen modos de vida insumisos a la normatividad exigida por la larga historia del patriarcado colonial capitalista. Huelga es una derivación de holgar , que proviene del latín follicare (resoplar, jadear, respirar apresuradamente) que, a su vez, deriva de la palabra latina follis que significa fuelle , en alusión al instrumento que se utilizaba antiguamente para avivar el fuego en un hogar, para hacer arder una fragua. Huelga y juerga comportan memorias ígneas : arrobamientos del cuerpo entre calores, sean los del fuego, los de la protesta, los de la insurrección, los de la lucha, los calores de los besos, de los roces, de los bailes, de las lenguas, calores emanados de esas formas de la voluptuosidad y la embriaguez que llamamos eróticas . Como cualquier otra cosa que existe, no se conciben huelgas, juergas ni eróticas sin dimensión de lo común. Juerga y huelga , toman su sentido del momento en que jadeamos y resoplamos después de un esfuerzo, de cuando necesitamos detenernos a descansar después de una fatiga que deja la respiración alterada. Juergas y huelgas marcan tiempos para recuperar el aire , para recomponer el cuerpo de la respiración, tiempos de descansar en una suspensión, en una intermitencia, una discontinuidad del mundo, una cesura del tiempo, de ahí que se las asocie a un tiempo ocioso . Holgar , también alberga el sentido de expulsar aire que nos sobra . De ahí la expresión " huelgan las palabras " para indicar que sobran comentarios. Una definición de Huelga-Juerga podría decir: Conspiración a la que acudimos para convidarnos los soplos que nos quedan, cuando no hay dónde respirar. De follis, también se deriva el verbo follar, que designa la cópula entre amantes, por el cuerpo que queda titilando entre jadeos, tras el paso del fragor amoroso. Antes de quedar fijada a las imaginaciones de la protesta, la reclamación y la manifestación para impugnar lo inadmisible, en el corazón de la huelga encontramos una juerga : en la protesta, la reclamación y la manifestación ya están presentes memorias secretas de placeres, contentos, alegrías, diversiones y regocijos sublevados. Cuando estados de ánimo se van de juerga , ¿no están también de huelga ? ¿Cuánta juerga cabe en una huelga ? En ocasión del lanzamiento de "Populismo Rosa" (2019), título que fue proferido como una injuria, un sintagma de lo abyecto para designar vidas indebidas , y luego transfigurado en reivindicación gozosa de un existir popular y rosa, Sudor Marika escribe una ManiFiesta en la que se pregunta: " ¿Qué es eso que tanto molesta? Eso que provoca el odio visceral, la respuesta reactiva, el deseo de extinción, ¿será acaso lo mismo que suscita ese desborde gozoso que palpita en las fiestas? Un derroche irreverente que jamás pide permiso. Puro despilfarro, berreta y popular." Juergas y huelgas nacen de la agitación y el jadeo. Suscitan excitaciones y turbaciones, entusiasmos y ardores, fricciones y ebulliciones, frotaciones y fervores, contactos y fiebres. La huelga constituye una juerga de erotismos: estados lúdicos de lo insurrecto . Lúdicas y eróticas se requieren, se atraen, se enredan, se entreveran, se confunden, se contagian. No se conocen eróticas sin lúdicas. Así, huelgas y juergas se despliegan como eróticas de lo común : Tanteo de formas de re-encantamiento y re-erotización de cuerpos, palabras, ánimos, imaginaciones, espacios, pieles, el aire, las lenguas, el tiempo. Herir de erotismo el derrotismo del presente: esa sensación de erótica derrotada, de presente derrótico , agitando exultancias, voluptuosidades, exuberancias, ferocidades, iridiscencias, de existir. Arrebatos de insensatez: ¿festejar qué en este presente? Asociaciones ilícitas: entre desesperación y placer, desconsuelo y embriaguez, éxtasis y desánimo, desaliento y enardecimiento. Un punto de partida compartido en juergas y huelgas es el de una radical desesperación de no saber bien qué hacer, más que auscultar y frotar eróticas de lo común que concedan ocurrencias con las que imaginar instrumentos para herir el rostro inmutable con el que se presenta lo atroz como inevitabilidad histórica. Juergas y Huelgas : Manifiestaciones por el desendeudamiento anímico por el desarreglo de la economía del sufrimiento por el despilfarrro de eróticas de lo común Colita (Isabel Steva Hernández) - Juerga gitana en Montjuich - Serie Gitanos - 1963 - Fotografía: Clorobromuro de plata virado al oro sobre papel - 17,9 x 27,9 cm
- Textura, narración, erotismo / Manuel Cantón
1. Las narraciones seducen de dos maneras: con su trama y con su textura. 2. A veces, como en los best-sellers , la trama tiene prioridad. Esto no implica la falta de textura, sino su reducción al mínimo indispensable; el objetivo de la prosa es eliminar la fricción y minimizar la dificultad. El vocabulario se reduce, el verbo sigue al sujeto y los diálogos llenan a medias el blanco de la hoja. Por eso son novelas suaves, lisas, que seducen por su vértigo. Además, como si tuvieran que aprovechar esa capacidad de procesamiento disponible, no paran de pasar cosas. 3. Otras obras —cada vez menos— se apoyan en la textura. Resumir el argumento de Glosa o de La ciénaga es posible, pero insatisfactorio. Algún despistado podría decir, sin demasiado miedo a equivocarse, que ahí no pasa nada. Y sin embargo pasan muchas cosas, solo que no tienen que ver con el argumento. La larga caminata entre Leto y el Matemático, que es el único evento de Glosa , o la vacación familiar y promiscua de La ciénaga sirven para mostrar todo lo que contar implica además de una historia. Producen experiencias sensoriales —Martel siempre ha hablado de sí misma como una artista sonora—, enseñan un modo específico de percibir, y transmiten, de una manera intrincada, una forma lenta y agobiante de estar. 4. La trama es visual, secuencial y suspensiva. Se compone de hechos, indicios y relaciones causales; no se limita al argumento —una sinopsis—, sino también a su disposición. Nadie empezaría a contar El corazón en las tinieblas por el momento en que Kurtz zarpa de Europa rumbo al Congo (o sí, pero estaría contando otro libro). A su vez, también entendemos que el final trágico de Kurtz, su muerte en la jungla, resignifica su pasado: ningún hecho en una historia vale únicamente por sí mismo. Si, al final de un cuento, Sherlock Holmes llama la atención sobre una colilla de cigarrillo, entonces su mención previa —que puede haber pasado desapercibida— adquiere relieve. La narración encadena; la trama se extiende largamente en el tiempo. Eso significa que cada hecho es a la vez prospectivo —por su posible relación con lo que va a pasar— y retrospectivo —por su relación con lo que pasó antes—. 5. Por su parte, la textura es sensitiva, experiencial y presente (tres categorías en crisis). Tiene que ver con la elección y el tratamiento de los materiales; su relación con el tiempo no es de dependencia, sino de latencia: como memoria sensible. Se relaciona, en rigor, con cómo se siente lo que está ocurriendo. No es, entonces, equivalente a la forma, sino más bien al efecto que la forma y el contenido tienen sobre el espectador; es una categoría más sensual que racional. Una naranja, un ovillo de lana y una bola de billar son esferas, dice Bruno Munari en El laboratorio táctil , y por lo tanto tienen la misma forma. Pero no son lo mismo (sobre todo al masticar). 6. La trama se decodifica lógicamente; la textura, eróticamente. 7. Cada tanto, la relación entre los dos planos es disonante. Eso produce buenas malas lecturas: interpretaciones a contrapelo, sancionadas por una crítica que se preocupa por entender bien, pero que a veces olvida que las narraciones nos hacen sentir cosas. Precisamente de eso hablaba Susan Sontag en “Contra la interpretación”. 8. Eso explica, por ejemplo, las apropiaciones incómodas de Fight Club o El lobo de Wall Street . Desde la trama, ambas películas cuestionan ciertos modos de la masculinidad; pero sus texturas contradicen, por lo menos en parte, esa crítica. Belfort, vendedor reconvertido en estafador, sucumbe a la tentación del consumo —tema fundamental para un cineasta católico como Scorsese—, pero su desborde es más minucioso y más atractivo que su castigo. Tres meses después de ver la película, es más fácil evocar la fiesta que el desastre. Tyler Durden será manipulador y violento, pero no hay personaje en Fight Club a quien la cámara mire con mayor deseo. Es el único con carga erótica; y además —dato no menor— es Brad Pitt. 9. La textura puede ser muy persuasiva, y en algunos casos obturar completamente la trama. Perfect Days es un buen ejemplo. Durante dos horas, el espectador atestigua la rutina inflexible de Hirayama, un limpiador de baños de Tokio. Lo vemos leer, limpiar, escuchar música y sacar fotos; cada una de esas actividades es ejecutada con precisión y detalle, y produce la satisfacción de las cosas bien hechas. A su vez, también entendemos que su día está minuciosamente planeado para evitar el contacto con otros seres humanos (cuando su compañero de trabajo le habla, Hirayama no responde). A lo largo de la película, varios guiños buscan mostrar a Hirayama como un monje moderno, pero en realidad es más bien un anacoreta: su vida no es monástica —pautada, rígida, pero sobre todo social—, sino ermitaña. En su reseña de la película, Leila Guerriero se pregunta si no tendrá algún problema de comprensión. Donde muchos —hasta su director— ven una comfort movie basada en apreciar las pequeñas cosas de la vida, ella encuentra la historia de un hombre condenado a la soledad por un pasado tortuoso. En rigor, lo que ella dice es cierto: Hirayama está completamente aislado, y los únicos placeres que incluye su rutina alienante son la repetición y el autodisciplinamiento. Pero esa cotidianidad, que alguien racional difícilmente elegiría para sí mismo, se relata con una textura tan elegante y publicitaria que puede, para muchos, volverse deseable. 10. Últimamente, además, ha prosperado un tipo de narración que se despreocupa tanto de la trama como de la textura. No se interesa ni por el argumento bien estructurado ni por la experiencia dirigida. Son novelas pitch , muchas veces escritas por los malos discípulos de Aira o Laiseca: libros más divertidos de contar que de leer. La resurrección zombi de Maradona puede ser un argumento interesante, pero, para que su lectura sea disfrutable, su ejecución tiene que ser algo más que una puesta en existencia. Si la trama no tiene una disposición atractiva —cosa habitual en narraciones donde puede pasar cualquier cosa—; si la textura es obvia, despreocupada y hasta chapucera; si la locura es una pose y no un método, entonces no estamos hablando de una novela, sino de una sinopsis alargada. 11. En el fondo, este tipo de novelas participa de un género más amplio, exhaustivamente publicitado por Kenneth Goldsmith en su libro Escritura no creativa : libros o textos que, como el arte conceptual, valen por su idea y no por su ejecución. Goldsmith se fascina con los procedimientos y las mecanizaciones. Rescata, por ejemplo, los “poemas puros” de Shigeru Matsui. Inspirados en el lenguaje binario, cada poema puro tiene una extensión de cuatrocientos caracteres y está compuesto por solo tres signos, los números del uno al tres. El procedimiento de Matsui es original, pero tiene un problema básico: sus poemas son ilegibles. La literatura que practica, y la que propone Goldsmith, es una literatura sin lectores. Sin embargo, la ilegibilidad no es una condición de la literatura conceptual: Borges, contemporáneo estricto de Duchamp, solucionó esa dificultad convirtiendo al artista en personaje (qué son Pierre Menard o Herbert Quain sino artistas conceptuales). Las novelas de Aira valen más por su cantidad que por su calidad —“la cantidad es una cualidad en sí misma”, supo decir Stalin—, pero no por eso llegan al punto en que no tiene sentido leerlas. En realidad, Goldsmith y sus vecinos parecen haber aceptado la tantas veces anunciada muerte de la literatura a manos del audiovisual. Se han dado por vencidos. 12. Sin embargo, para quienes todavía estamos interesados en la narración, el problema es otro. La textura —su complejidad, por lo menos— está en crisis. El paradigma vigente es el de la insipidez: telas plásticas, muebles minimalistas, grabaciones comprimidas, caras sin arrugas. Los edificios son de vidrio y acero y los perfumes huelen a limpio, algo muy distinto a las fragancias abrasivas que estuvieron de moda a principios del siglo XX. El ácido hialurónico garantiza una piel tensa, lisa, sin marcas. Lo descartable y lo provisorio son ascépticos, higiénicos, y se han extendido tanto que el mundo parece un quirófano. La crisis de la textura no significa solamente que nos enfrentamos a una pobreza generalizada de lo táctil. En realidad, implica una reducción del espectro —en sus dos acepciones: variedad y fantasma— de lo sensible. 13. En parte, eso tiene que ver con un mundo confinado a la promoción visual. Nadie se detiene a tocar un suéter: lo mira y lo compra online. Pablo Maurette, en El sentido olvidado , habla de oculocentrismo, una tendencia de la cultura occidental que asocia visualidad, verdad y lógica. Hoy la imagen hipertrofiada acapara toda la experiencia sensible. Reduce a las personas y a los objetos a su aspecto, y olvida, en la medida de lo posible, su textura. La pantalla táctil es un oxímoron. 14. En algún punto, se puede decir que la textura es la presencia del cuerpo, de su deseo y su vulnerabilidad radical; su presencia no solo como huella, sino también como anhelo. Tocar, nos recuerda Maurette, también es ser tocado. 15. La crisis de la textura es una crisis del erotismo. 16. El sexo abunda. Casi se podría decir: el sexo agobia. Y sin embargo, es un sexo mecánico, transaccional. En todo el mainstream , desde el reguetón hasta las películas de superhéroes, los cuerpos se exhiben sin pudor; pero ese gesto se parece más a la ostentación que a la seducción. Como dice Raquel Benedict en el título de uno de los mejores ensayos de la década: “ Everyone Is Beautiful and No One Is Horny ”. Estamos permanentemente expuestos a cuerpos sin pliegues, sin pelos, sin arrugas, sin marcas; cuerpos perfectos y por eso mismo desprovistos de textura. No presentan resistencia, no implican ningún tipo de fricción. Si seducen, lo hacen a través de la suma financiera —lógica— de sus atributos, y no a través de la intriga de la carne. 17. Algunos teóricos del erotismo —Bataille, por ejemplo— lo diferencian de la pornografía mediante una fórmula más o menos canonizada: donde la pornografía muestra, el erotismo sugiere. Hay algo de cierto en esa idea, que no escapa al predominio visual. En realidad, podríamos considerar que el erotismo —que encuentra su versión obvia en lo táctil, pero no la única— tiene que ver con la dificultad. El velo, el susurro, la intriga, la fricción: todas son formas del erotismo, que invita a sentir lo que no está del todo ahí. 18. El erotismo presenta entonces una doble condición liminar. Por un lado, vincula el adentro y el afuera, la sensación y el estímulo. Por el otro, en su retirada mañosa, se ubica entre lo que no está y lo que sí: entre el ruido y el silencio, entre la voracidad y el aburrimiento, entre el beso y el vacío. 19. Por supuesto, la estimulación continua despista los sentidos. Nos drena de la energía necesaria para esforzarse en percibir: no hay capacidad de procesamiento disponible. Sin silencio o vacío, no puede haber contraste; vivimos, como diría Walter Benjamin, en un permanente estado de saturación. El shock aparece para protegernos del desborde psíquico. Nos da seguridad —y la seguridad ha sido la gran promesa del siglo XXI, como si viniéramos al mundo a vivir entre algodones—, pero también impide la vulnerabilidad necesaria para asimilar la experiencia. 20. Es posible componer narraciones seguras, sin fricción ni peligro, sin resistencia ni encanto; ese es el mundo en el que vivimos. Pero eso implica renunciar a su poder transformador. La trama y su moralidad solo seducen a quienes comparten la razón del texto; es el afecto de lo conocido, el alimento para los hambrientos. Si solo importa lo que va a pasar, entonces no hay razones para no adelantar, acelerar, mirar un resumen de tres minutos en YouTube. 21. La ansiedad, mal del siglo, es la voracidad de la trama; y también —lamentablemente— el fin del erotismo táctil. Al que solo quiere saber cómo sigue, no le interesa saber cómo se siente. 22. Si las malas buenas lecturas existen, es precisamente porque la textura tiene un impacto persuasivo. El esfuerzo de sentir funciona, en términos de la retórica aristotélica, como un entimema: no hay argumento más persuasivo que aquel que, para completarse, requiere de la participación del espectador. Un buen negociante diría: hacele creer que fue su idea. 23. Dicho de otro modo: la lógica es afirmativa, la erótica es persuasiva. 24. Hay que volver a seducir. Fuente: https://losanios20.substack.com/p/textura-narracion-erotismo Germán Téllez - Perdido en la noche - 2025 - Óleo sobre lino - 91,4 × 144,8 cm
- La Loreta (Fragmento) / Susy Shock
Capítulo 11 "La desconfianza es lo que hay que localizar, poder reconocer eso que nos tiene atrapadas, ese no poder entregarse a nadie, porque todo el mundo es un policía, es un guardiacárcel, es un proxeneta, es un dealer, es un papá que levantó la mano, es una mamá que se retiró por la puerta de atrás de la casa y de sí misma, para no querer ver ningún maltrato, es la silicona líquida chorreándote en el cuerpo, adueñándose de tu sangre, para la construcción artesanal y arriesgada del cuerpo barroco, moldeado para el mercado del sexo, que es el único que trae el pan; es la risita aguda que se trepa a los oídos cada vez que pasa ese cuerpo, de día, entre la gente, esa gente toda, a la que después no podés distinguir, rescatar de esa desconfianza que el mismo mundo te hizo crecer dentro, porque el puerco lápiz delineador de los vínculos les puso la misma jeta a todos, los hizo igual de violentos, de crueles. Todos se parecen cuando una se siente sola, todos portan la misma cara, y encima se televisa, se auspicia la violencia de esos rostros que te nombran con su único diccionario, porque no avalan nuestro decirnos, ese lenguaje propio, lumpen y callejero que nos va haciendo cuerpo junto a la parada, al taco, a los preservativos y la cocó. De esa desconfianza hay que resurgir, reaprendernos a lo nuevo, pero ¡qué lindo suena escrito! Pero ¿cómo se hace? ¿Cómo es posible decirle a esta lagarta que ame a ese pollito? ¿Cómo reconocerme pollito también, si mi disfraz ya es mi carne? Me hice dura anfibia para que no me entren más golpes y resulta que ¡ya es carne mi mentirosa defensa! ¿Sabré amar?... Si llego a vieja, que es esa otra de las mentiras, ¿habré sabido amar?... ¿Estará este cuerpo, amurallado contra golpes y abandonos, preparado para esa ausente caricia? ¿Se nos irá toda la vida sólo en eso? En esperarlo todo del amor... ¿No podremos nunca ver que hay otras a nuestro lado para armar otras delicias? ¿Nos dejarán presas de esas preguntas para que nunca nos encontremos las iguales, para que nunca nos alborote la rabia que levanta y agita batallas y no sólo las penas? ¿Cómo pensar una batalla propia? ¿Cómo habitar los otros lados alados de la rabia? ¿Existe un tiempo de paz posible para poder pensarnos solas? O todo lo haremos a las apuradas, contra el mundo y la desconfianza, y nunca será finalmente un plan propio y marica..." Y siguen las preguntas... "¿Somos sólo eso que se mira de nosotras? ¿O hay más? Y sabremos y podremos, si logramos zafar del hambre, de las drogas, del abandono, de que no nos ilumine nunca la belleza de los libros, de no tener salud, de no morir de viejas... ¿sabremos reconocer qué es lo que le vinimos a aportar a este mundo? ¿O en serio pensamos que estamos en cuerpos enfermos y equivocados? ¿En serio nos tomamos en serio lo serio de sus diagnósticos? ¿En qué momento de la auto creación revolucionaria, que es ser nosotras mismas, nos creímos el único cuentito posible de ser mujer todo y abandonamos el diamante travesti, el aporte, el puente, la rotura, la novedad, la piedra que se arroja y abre el futuro...?" * La Vicky: Guau, marica, esto es re fuerte... ¿De dónde de todo lo tuyo lo sacaste? La Loreta: Estuve toda la noche sin dormir, tratando de juntar todas estas palabras. Es increíble cómo de lo roto se puede unir... La Vicky: Hay que corregir unas cuantas faltas de ortografía, al-gunas comas, pero todo es increíble. ¿Esto vas a mandar al diario ese? ¿Vos pensás que lo van a entender? La Loreta: No, y no me importa, porque nosotras no lo entendemos todavía. Lo escribo para que hagamos el ejercicio osado de empezar a entenderlo, que es como nacer de nuevo casi, porque nos han robado este ejercicio, y hoy empezamos a quitarles lo que es nuestro. ¡Leémelo en voz alta, amiga! Quiero entender lo que siento... Fuente: La Loreta (2025), Susy Shock. Editorial Muchas Nueces Manuel Hernández - Cómo los Tlacuache Robaron el Fuego - 2023 - Acrílico sobre lienzo moldeado - 124.5 × 152.4 cm
Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.











