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- Post Guardia XXI: Politrauma de la lengua / Débora Chevnik
Hay decires magnos, solemnes. Son los politrauma de la lengua. Y hay decires de pasillo, deseosos de desear desear. r ec tífu go s, Palabras amigas, bailan en los bordes; fuera de los relojes. (sueñan cantan crean creen andan en alfombras mágicas) Confusiones dicen que eso de los pasillos son rumores. Hay quienes saben que los rumores, son los otros. Magnas palabras matan. Matan hasta la muerte, hacen con palabras, inyecciones de anestesia. Quizá un día esa complicidad enmudezca. La muerte de las palabras acecha. (previsibles sin música sonadas) La ventana sigue abierta. Saltar de las palabras, invitación al vértigo riesgoso re-suscitar (en) la lengua. Quizá un día los pasillos irriguen las palabras, quizá nuevas palpitaciones logren asomarse ahí donde la palabra suicidio no se anima.
- Post Guardia XX: Insomnios saben demasiado / Débora Chevnik
Cada madrugada, en un hospital, retumba una muerte igual de ajena que de propia. No es la confusión ni la imitación lo que mezcla los tantos. En la imprecisión de las orillas se alimentan las cercanías cuando hacen mucha falta. En las noches saturadas de pena se escucha decir "se quitó la vida"; expresión que, tal vez, diga la última ilusión de que eso llamado vida sea una posesión. La temperatura bajó de golpe, también, para esas vidas nombradas como "pacientes" en la jerga de los hospitales. Una sangre desnuda inunda cansancios sin párpados. No existe una sola vigilia, paciente o impaciente, en la que quepa tanto espanto. Fríos extremos han salpicado vidas muy jóvenes. Han dejado cuerpos insomnes que de tan insomnes flotan caen se aceleran. Y se detienen justo un momento antes. Y flotan y no duermen y duermen todo el día y llaman y no hablan y hablan y no saben y saben demasiado. Sin (con)suelo, planeando en la extenuación. Sin paréntesis para abrazar la vida que, cada tanto, visita la misma vereda. Con escuchas de oídos muertos se paren preguntas institucionalizadas, rituales sin recreos ni pasillos. Llama reanimar oídos, humedecer lenguas resecas. Suavizar la clínica para inventar conversaciones con la muerte -y con la suerte- que insuflen brisas -y risas- cálidas que abriguen las melancolías noctámbulas. Urge reponer instantes donde se puedan de-morar vitalidades juveniles tiritantes en pleno verano. Estamos en la oscuridad, (con sus estrellas, con sus enigmas...)
- Los mil nombres de María Camaleón / Pedro Lemebel
Como nubes nacaradas de gestos, desprecios y sonrojos, el zoológico gay pareciera fugarse continuamente de la identidad. No tener un solo nombre ni una geografía precisa donde enmarcar su deseo, su pasión, su clandestina errancia por el calendario callejero donde se encuentran casualmente; donde saludan siempre inventando chapas y sobrenombres que relatan pequeñas crueldades, caricaturas zoomorfas y chistosas ocurrencias. Una colección de apodos que ocultan el rostro bautismal; esa marca indeleble del padre que lo sacramentó con su macha descendencia, con ese Luis junior de por vida. Sin preguntar, sin entender, sin saber si ese Alberto, Arturo o Pedro le quedaría bien al hijo mariposón que debe cargar con esa próstata de nombre hasta la tumba. Por eso odia tanto ese tatuaje paterno, ese llamado, ese Luchito, ese Hernancito chico y minusválido que a los homosexuales sólo les sirve para el desprecio y la burla. Así, el asunto de los nombres no se arregla solamente con el femenino de Carlos; existe una gran alegoría barroca que empluma, enfiesta, traviste, disfraza, teatraliza o castiga la identidad a través del sobrenombre. Toda una narrativa popular del loquerío que elige seudónimos en el firmamento estelar del cine. Las amadas heroínas, las idolatradas divas, las púberes doncellas, pero también las malvadas madrastras y las lagartas hechiceras. Nombres adjetivos y sustantivos que se rebautizan continuamente de acuerdo al estado de ánimo, la apariencia, la simpatía, la bronca o el aburrimiento del clan sodomita siempre dispuesto a reprogramar la fiesta, a especular con la semiótica del nombre hasta el cansancio. De esto nadie escapa, menos las hermanas sidadas que también se catalogan en un listado paralelo que requiere triple inventiva para mantener el antídoto del humor, el eterno buen ánimo, la talla sobre la marcha que no permite al virus opacar su siempre viva sonrisa. De esta forma, el fichaje del nombre no alcanza a tatuar el rostro moribundo, porque existen mil nombres para escamotear la piedad de la ficha clínica. Existen mil formas de hacer reír a la amiga cero positiva expuesta a la baja de defensas si cae en depresión. Existen mil ocurrencias para conseguir que se ría de sí misma, que se burle de su drama. Empezando por el nombre. La poética del sobrenombre gay generalmente excede la identificación, desfigura el nombre, desborda los, rasgos anotados en el registro civil. No abarca una sola forma de ser, más bien simula un parecer que incluye momentáneamente a muchos, a cientos que pasan alguna vez por el mismo apodo. Quizás el listado de chapas que se usan para renombrarse incluya un denso humor, un ácido acercamiento a esos «detalles y anomalías» que el cuerpo debe sobrellevar resignado. A veces cojeras, hemiplejías o «sutiles fallas» que tanto cuesta disimular, que tanto molestan y avergüenzan como agregados de la falla mayor. En este caso el apodo alivia el peso, subrayando de luminaria un defecto que más duele al tratar de esconderse. El apodo hace de ese lunar con pelos una duna de felpa. De esa jodida joroba, un Sahara de odalisca. De esos ojos miopes, un sueño de geisha. De ese enanismo petiso, un Liliput mini y recatado. De esa nariz de hacha, un ventisquero de alientos. De esa obesa calamidad, una nube blanca y rosada a lo Rubens. De esa calva simulada por la partidura casi en la oreja, un brillo de cráneo para la buena suerte. De esas elefánticas orejas, un par de abanicos flamencos. De esa boca de buzón, un beso empapado de tormenta. En fin, para todo existe una metáfora que ridiculiza embelleciendo la falla, la hace propia, única. Así la sobreexposición de esa negrura que se grita y llama y se nombra incansable, ese apodo que al comienzo duele, pero después hace reír hasta a la afectada, a la larga se mimetiza con el verdadero nombre en un rebautismo de gueto. Una reconversión que hace de la caricatura una relación de afecto. Hay muchas y variadas formas de nombrarse; está el típico femenino del nombre que agrega una «a» en la cola de Mario y resulta «Simplemente Maria». También esos familiares cercanos por su complicidad materna; las mamitas, las tías las madrinas, las primas, las nonas, las hermanas, etc. Además de otros personajes semicampestres, algo inocentes, que se extraen del folclor como las Carmelas, las Chelas, las Rosas, las Maigas, etc. Para las más sofisticadas se usa el remember hollywoodense de la Garbo, la Dietrich, la Monroe, la West. Pero para Latinoamérica hay nombres de vírgenes consagradas por la memoria del celuloide más cercanas: la Sara Montiel, la María Félix, la Lola Flores, la Carmen Miranda. Nadie sabe por qué las locas aman tanto a estas señoras doñas tan lejanas en el tiempo, y a veces casi extraviadas por el sepia de sus fotos. Nadie lo sabe, pero esos nombres se han homosexualizado a través de los miles de travestis que hacen su copia. A través de la mímesis de sus gestos y miradas matadoras. Toda marica tiene dentro una Félix, como una Montiel, y la saca por supuesto, cuando se encienden los focos, cuando la luna se descuera entre las nubes. El listado se alarga a medida que la moda impone estrellas con algo del gusto y el affaire coliza, a medida que se hace más útil un stock de nombres para camuflar la rotulación paterna, a medida que se requiere más humor para sobrellevar la carga sidosa. Aquí van algunos, sólo y exclusivamente de muestra, rescatados de las densas aguas de la cultura mariposa. La Desesperada La Cuando No La Cuando Nunca La Siempre en Domingo La María Silicona La Cortavientos La Puente Cortado La Maricombo La Maripepa La Faraona La Lola Flores La Sara Montiel La Carmen Sevilla La Carmen Miranda La María Félix La Fabiola de Luján La Loca de la Cartera La Loca del Pino La Loca del Piano La Loca del Moño La Cola del Rincón La Multiuso La Palanca La Moderna La Freno de Mano La Patas Negras La Patas Verdes La Yuyito La Pata Pelá La Pelá La Pituca La Putifrunci La Frunci La Chumilou La Trolebús La Claudia Escándalo La Ilusión Marina La Lola Puñales La Yo No La Compra Almas La Pide Fiado La No Se Fía La Perestroika La Poto Aguja La Siete Potos La Poto de Palo La Poto Ronco La Abeja Maya La Wendy La Ahí Va La Ahí Viene La Esperanza Rosa La Bim Bam Bum La Cola del Barrio La Inca Cola La Coca Cola La Pinche La Lola La Rose La Denise La Susi La Pupi La Mimi La Bambi La Teté La Totó La Nené La Lulú La Tacones Lejanos La Saca Corchos La Chupadora Oficial La Chupa Millonaria La Licuadora La Multimatic La Fácil de Amar La Krugger La Burger Inn La Prosit La Ninja La Karate Kid La Si me Llaman Voy La Doctora La Diente de Leche La Poto Asesino La Llave de Cachete La María Misterio La María Sombra La María Riesgo La María Acetaté La María Sarcoma La Mosca Sida La Frun-Sida La María Lui-Sida La Lúsida La Bien Paga La Nomeolvides La Ven-Seremos La Zoila-Sida La Zoila Kaposí La Sida Frappé La Sida On The Rock La Sui-Sida La Insecti-Sida La Depre-Sida La Ven-Sida *Publicado en Loco afán, editorial Anagrama, 2000.
- Una guerra sin fin / Úrsula K. Le Guin
Algunos pensamientos, apuntados en distintos momentos, sobre la opresión, la revolución y la imaginación. La esclavitud Mi país se unió en una revolución y casi acabó roto por otra. La primera revolución fue una protesta contra una explotación social y económica mortificante, estúpida, pero relativamente moderada. Fue casi totalmente exitosa. Muchos de los que hicieron la primera revolución practicaban la forma más extrema de explotación económica y opresión social: eran propietarios de esclavos. La segunda revolución estadounidense, la Guerra Civil, fue un intento por preservar la esclavitud. Tuvo éxito parcialmente. Se abolió la institución, pero en Estados Unidos se siguen pensando unos cuantos pensamientos con la mente del esclavista y la mente del esclavo. La resistencia a la opresión Phillis Wheatley, poeta y esclava liberada, escribió en 1774: “En todo pecho humano, Dios ha implantado un principio que llamamos el amor de la libertad; no tolera la opresión, y ansía la liberación”. Esa frase me parece tan cierta como que el sol brilla. Todo lo que es bueno en las instituciones y la política de mi país depende de ello. Y sin embargo veo que, aun cuando amamos la libertad, toleramos en gran medida la opresión y hasta negamos la liberación. Me parece peligroso insistir en que nuestro amor por la libertad siempre pesa más que cualquier fuerza o inercia que nos impida oponer resistencia a la opresión y buscar la liberación. Si niego que hay gente fuerte, inteligente y capaz que desea y acepta la opresión, tomo a los oprimidos por débiles, estúpidos e ineptos. Si fuera cierto que la gente superior se niega a ser tratada como inferior, se seguiría que quienes ocupan los órdenes más bajos realmente son inferiores, pues, de ser superiores, protestarían; dado que aceptan una posición inferior, son inferiores. Se trata del argumento cómodamente tautológico del esclavista, el reaccionario social, el racista y el misógino. Es un argumento que aún hoy acosa al examen del Holocausto hitleriano: ¿por qué “subieron a los trenes” los judíos? ¿Por qué no «lucharon»? Una pregunta que -así formulada- es incontestable y puede ser utilizada por el antisemita para dar a entender que los judíos son inferiores Pero el argumento también seduce al idealista. Muchos estadounidenses liberales y conservadores de conciencia humanitaria albergan la convicción de que todas las personas oprimidas sufren de un modo intolerable la opresión, deben estar dispuestas a rebelarse y ansiosas por hacerlo y, si no lo hacen, son moralmente débiles o incurren en un error moral. Yo creo de manera categórica que toda persona que se considere racial o socialmente superior a otra o le confiera una condición de inferioridad está equivocada. Pero algo muy distinto es juzgar de manera categórica y negativa a las personas que aceptan la condición inferior. Si digo que se equivocan, que la moral exige que se rebelen, me corresponde examinar qué opciones reales tienen, si actúan por ignorancia o convicción, si tienen alguna oportunidad de reducir su ignorancia o cambiar sus convicciones. Hecho el examen, ¿cómo puedo decir que están en falta? ¿Acaso son ellos, y no los opresores, los que hacen el mal? La clase dominante siempre es reducida, los órdenes inferiores son mucho más numerosos, incluso en una sociedad de castas. Los pobres siempre superan en gran medida a los ricos. Los poderosos son menos numerosos que aquellos sobre los que ejercen el poder. Los hombres adultos tienen una posición dominante en casi todas las sociedades, aunque siempre son menos numerosos que las mujeres y los niños. Los gobiernos y las religiones aprueban y mantienen la desigualdad, el rango social, el rango de género y el privilegio, total o selectivamente. La mayoría de la gente, en la mayoría de los sitios, en la mayoría de las épocas, pertenece a una condición inferior. Y la mayoría de la gente, aun hoy, aun “en el mundo libre”, aun “en la tierra de la libertad”, cree que ese estado de cosas, o algunos de sus elementos, son naturales, necesarios e inmutables. Sostienen que así ha sido siempre y que por lo tanto así debe ser. Puede tratarse de convicción o ignorancia; con frecuencia, se trata de ambas cosas. A lo largo de los siglos, la mayoría de la gente de condición inferior no tenía manera de saber que existía o podía existir cualquier otra forma de organizar la sociedad: que el cambio era posible. Solo aquellos de una condición superior han tenido conocimientos suficientes como para saberlo; y su poder y sus privilegios se verían amenazados si cambiara el orden de las cosas. La historia no ofrece una guía moral fiable en estas cuestiones, porque la historia está escrita por la clase superior, los instruidos, los empoderados. Pero no queda más remedio que remitirse a la historia y a la observación de los sucesos presentes. De acuerdo con esas pruebas, las revueltas y rebeliones son raras, las revoluciones sumamente raras. En casi todas las épocas, en casi todos los lugares, una mayoría de mujeres, esclavos, siervos, castas inferiores, descastados, campesinos, trabajadores, una mayoría de personas definidas como inferiores -es decir, la mayoría de las personas- no se han rebelado contra quienes las despreciaban y explotaban. Resisten, sí; pero su resistencia tiende a ser pasiva, o tan indirecta y enraizada en el comportamiento cotidiano que resulta casi invisible. Cuando se registran las voces de los oprimidos y las clases bajas, algunas son llamadas a la justicia, pero la mayoría son expresiones de patriotismo, alabanzas al rey, promesas de defender la patria, todas en leal apoyo del sistema que les resta poder y de quienes se benefician con ello. La esclavitud no habría existido en todo el mundo si los esclavos se hubieran alzado a menudo contra sus amos. La mayoría de los propietarios de esclavos no acaban asesinados. Son obedecidos. Los trabajadores ven cómo el director de su empresa cobra un sueldo trescientas veces superior al suyo y se quejan, pero no hacen nada. En la mayoría de las sociedades las mujeres mantienen las premisas y las instituciones de la supremacía masculina, se someten a los hombres, los obedecen (abiertamente) y defienden la superioridad innata de los hombres como un hecho natural o un dogma religioso. Los hombres de extracción baja -jóvenes y pobres- luchan y dan la vida por el sistema que los mantiene en el escalón más bajo. La mayoría de los incontables soldados muertos en las incontables guerras libradas para mantener el poder de los soberanos de una sociedad o de una religión han sido considerados inferiores por esa misma sociedad. No tienes nada que perder, salvo tus cadenas, pero preferimos besarlas. ¿Por qué? ¿Están las sociedades humanas construidas inevitablemente en forma de pirámide, con el poder concentrado en la punta? ¿Es la jerarquía del poder un imperativo biológico que la sociedad humana está obligada a cumplir? Casi con seguridad la pregunta está mal formulada y por lo tanto es imposible de contestar, pero no deja de hacerse y contestarse, y quienes la hacen suelen contestarla de manera afirmativa. Si existe tal imperativo innato y biológico, ¿impera por igual en los dos sexos? No contamos con pruebas incontrovertibles de que existan diferencias innatas de género en el comportamiento social. A ambos lados del debate, los esencialistas argumentan que los hombres están predispuestos por naturaleza a establecer un poder jerárquico, mientras que las mujeres, si bien no inventan esas estructuras, las aceptan o imitan. De acuerdo con los esencialistas, eso asegura que el programa masculino prevalezca, y sería de esperar que la cadena de mando, donde el superior manda al «inferior», con el poder concentrado en unos pocos, fuese un patrón casi universal en la sociedad humana. La antropología aporta algunas excepciones a esa presunta universalidad. Los etnólogos han descrito sociedades que carecen de una cadena de mando fija; en ellas el poder, en lugar de afianzarse en un rígido sistema de des igualdades, es flexible y se distribuye de diferentes maneras en diferentes situaciones, operando con frenos y contrapesos que siempre tienden al consenso. Se han descrito sociedades en las que un género no se considera superior al otro, aunque siempre hay cierta división del trabajo por géneros y las actividades de los hombres son las que más probabilidades tienen de premiarse. Pero todas ellas son sociedades que describimos como “primitivas”, tautológicamente, pues ya hemos establecido una jerarquía de valores: primitivo = bajo = débil, civilizado = alto = poderoso. Muchas sociedades «primitivas» y todas las civilizadas están rígidamente estratificadas, con mucho poder asignado a unos pocos y poco o ninguno a la mayoría. ¿Es la perpetuación de las instituciones que fomentan la desigualdad social el motor de la civilización, como sugiere Lévi-Strauss? Los que ejercen el poder están mejor alimentados, mejor armados y mejor educados y, por ende, son más propensos a seguir estándolo, pero ¿basta eso para explicar la ubicuidad y persistencia de la extrema desigualdad social? Sin duda, el hecho de que los hombres son un poco más grandes y musculosos (aunque algo menos longevos) que las mujeres no alcanza para explicar la ubicuidad de la desigualdad de género y su perpetuación en las sociedades en las que el tamaño y la musculatura no tienen mucha importancia. Si los seres humanos odiáramos la injusticia y la desigualdad como decimos y creemos hacerlo, ¿cómo es posible que cualquiera de los grandes imperios y civilizaciones antiguas haya durado más de quince minutos? Si los norteamericanos odiamos la injusticia y la desigualdad con la pasión con que decimos hacerlo, ¿cómo es posible que algunas personas en este país no tengan suficiente comida? Exigimos un espíritu rebelde de aquellos que no tienen ninguna oportunidad de saber que la rebelión es posible, mientras que los privilegiados nos quedamos quietecitos y no vemos ningún mal. Tenemos buenos motivos para proceder con cautela, no hacer ruido, no causar problemas. Está en juego una gran cantidad de paz y tranquilidad. Con frecuencia, el cambio mental y moral necesario para pasar de la negación de la injusticia a la conciencia de la injusticia conlleva un coste alto. Puedo acabar sacrificando mi contento, estabilidad, seguridad y afectos personales por el sueño del bien común, por una idea de libertad que quizá no viva para disfrutar, un ideal de justicia que quizá nadie alcance. Las últimas palabras del Mababharata son: “De ninguna manera puedo lograr un objetivo que está fuera de mi alcance”. Es probable que la justicia, una idea humana esté fuera del alcance humano. Se nos da bien lo de inventar cosas que no pueden existir. Tal vez la libertad no pueda lograrse mediante instituciones humanas, pero debe seguir siendo un atributo de la mente o el espíritu que no dependa de las circunstancias, un don de la gracia. Tal es (si entiendo bien) la definición religiosa de la libertad. El problema que veo en ella es que su devaluación del trabajo y las circunstancias alienta las injusticias institucionales que vuelven el don de la gracia inaccesible. Un niño de dos años que muere de inanición o por una paliza o en un bombardeo no ha tenido acceso a la libertad, ni a ningún don de la gracia, en ningún sentido en que yo pueda entender las palabras. Mediante nuestros propios esfuerzos solo podemos lograr una justicia imperfecta, una libertad limitada. Mejor eso que nada. Aferrémonos a ese principio, el amor de la libertad del que habló la poeta, la esclava liberada. El terreno de la esperanza La transformación de la negación de la injusticia en reconocimiento de la injusticia no puede revertirse. Nuestros ojos han visto lo que han visto. Una vez que vemos la injusticia, nunca más podemos negar la opresión y defender al opresor de buena fe. Lo que era lealtad ahora es traición. En adelante, si no resistimos, conspiramos. Pero hay un punto medio entre la defensa y el ataque, un punto para la resistencia flexible, un espacio abierto al cambio. No es un espacio fácil de hallar o habitar. Muchos de los mediadores que intentaron llegar allí acabaron huyendo despavoridos a Múnich. Aun cuando alcancen el punto medio, es posible que nadie se lo agradezca. El tío Tom de Harriet Beecher Stowe es un esclavo que muere azotado después de hacer el valiente intento de convencer a su amo de que cambie de opinión y negarse de manera inamovible a azotar a otros esclavos. Sin embargo, insistimos en utilizarlo como un símbolo de la capitulación y el servilismo abyectos. Al admirar el desafío heroicamente inútil, despreciamos la resistencia paciente. Pero el espacio de la negociación, donde la paciencia efectúa cambios, es aquel en el que se posicionó Gandhi. Lincoln también llegó allí, con mucho esfuerzo. El obispo Tutu, después de vivir en esa zona durante años con singular honor, vio que su país se desplazaba, por incomoda e inciertamente que lo hiciera, hacia ese terreno de la esperanza. Las herramientas del amo Audre Lorde dijo que no se puede desmantelar la casa del amo con las herramientas del amo. Pienso en esta poderosa metáfora, intentando comprenderla. Los radicales, liberales, conservadores y reaccionarios estiman que la educación en los conocimientos del amo conduce inevitablemente a la conciencia de la opresión y la explotación y, por ende, a un deseo subversivo de igualdad y justicia. Los liberales apoyan la educación universal y gratuita, la escuela pública y las discusiones abiertas en las universidades por la misma razón por la que los reaccionarios se oponen a esas cosas. La metáfora de Lorde parece decir que la educación no es relevante para el cambio social. Si nada de lo que el amo utilizaba le sirve al esclavo, entonces la educación en los conocimientos del amo debe abandonarse. Así pues, una clase inferior debe reinventar la sociedad por completo, crear nuevos conocimientos, a fin de alcanzar la justicia. De lo contrario, la revolución fracasará. Puede ser. En general, las revoluciones fracasan. Pero creo que su fracaso empieza cuando el intento de re construir la casa para que todos puedan vivir en ella se convierte en el intento de agarrar todas las sierras y los martillos, hacer un fuerte en el cobertizo del antiguo amo y dejar a los demás fuera. El poder no solo corrompe, sino que causa dependencia. El trabajo se convierte en destrucción. Nada se construye. Las sociedades cambian con violencia y sin ella. La reinvención es posible. La construcción es posible. ¿Qué otras herramientas tenemos para construir sino martillos, clavos y sierras, vale decir, educación, aprender a pensar, capacidades de aprendizaje? ¿Existen, en efecto, herramientas que aún no se han inventado, que debemos inventar para construir la casa donde queremos que vivan nuestros hijos? ¿Podemos basarnos en lo que sabemos ahora, o es lo que sabemos hora un obstáculo para descubrir lo que necesitamos saber? Para aprender lo que la gente de color, las mujeres, los pobres necesitan enseñar, para aprender los conocimientos que necesitamos, ¿debemos desaprender todos los conocimientos de los blancos, los hombres, los poderosos? Junto con el sacerdocio y la falocracia, ¿debemos descartar la ciencia y la democracia? ¿Acabaremos intentando construir sin ninguna herramienta, más allá de nuestras propias manos? La metáfora es fértil y peligrosa. No puede responder a las preguntas que suscita. Solo en las utopías En el sentido en que permite columbrar una alternativa imaginada al “modo en que vivimos ahora”, buena parte de mi narrativa puede denominarse utópica, pero no dejo de resistirme a la palabra. Creo que muchas de mis sociedades inventadas mejoran en algún aspecto la nuestra, pero me parece que “utopía” es un nombre demasaiado grandioso y rígido para caracterizarlas. La utopía y la distopía proceden del intelecto. Yo escribo y partir de la pasión y la diversión. Mis historias no son advertencias nefastas ni proyectos de lo que deberíamos hacer. La mayoría, creo, son comedias sobre las costumbres humanas, recordatorios sobre la infinita variedad de formas en que acabamos siempre en el mismo sitio y homenajes a esa variedad infinita a través de la invención de aún más alternativas y posibilidades. Incluso las novelas Los desposeídos y El eterno regreso a casa, en las que calculé con más método que de costumbre ciertas permutaciones del uso del poder, que preferí a las disponibles en el mundo, constituyen esfuerzos tanto por subvertir como por mostrar el ideal de un plan social asequible que acabaría con la injusticia y la desigualdad de una vez por todas. Para mí, lo importante no es ofrecer una esperanza específica de progreso sino, al presentar una realidad alternativa imaginada pero convincente, sacudir mi mente, y también la mente del lector, a fin de que ambos abandonemos la costumbre perezosa y timorata de pensar que la manera en que vivimos ahora es la única manera en que se puede vivir. Esta inercia es lo que permite que no se cuestionen las instituciones injustas. Por su misma concepción, la fantasía y la ciencia ficción ofrecen alternativas al mundo presente y real del lector. En general, los jóvenes admiten ese tipo de historias porque su vigor y su sed de experiencia los animan a aceptar alternativas, posibilidades, cambios. Al haber llegado a temer incluso la imaginación de un cambio verdadero, muchos adultos se cierran a la literatura imaginativa, jactándose de no ver en ella otra cosa que lo que ya conocen, o lo que creen que conocen. Dicho esto, es cierto que mucha ciencia ficción y fantasía, como si temiera su propia capacidad para inquietar, es tímida y reaccionaria en materia de inventiva social la fantasía se aferra al feudalismo; la ciencia ficción, a la jerarquías militares e imperiales. Ambos géneros suelen premiar al héroe, o a la heroína, solo por realizar hazañas extraordinarias y masculinas. (Yo misma escribí de ese modo durante años. En La mano izquierda de la oscuridad, mi héroe no tiene género, pero sus actos heroicos son casi exclusivamente masculinos.) En especial en la ciencia ficción, a menudo nos encontramos con la idea que he mencionado más arriba: cualquier personaje de condición inferior, si no es un rebelde siempre dispuesto a hacerse con la libertad mediante la acción audaz y violenta, resulta depreciable o sencillamente no tiene importancia. En un mundo de tal simplicidad moral, si un esclavo no es Espartaco, no es nadie. Esa forma de presentar las cosas es despiadada y poco realista. La mayoría de los esclavos, o de los oprimidos, forman parte de un orden social que, dados los términos mismos de la opresión, no tienen siquiera la oportunidad de percibir como susceptible de ser alterado. El ejercicio de la imaginación es peligroso para quienes se aprovechan del estado de las cosas porque tiene el poder de demostrar que el estado de las cosas no es permanente, ni universal ni necesario. Al tener la capacidad real, aunque limitada, de poner en tela de juicio las instituciones establecidas, la literatura imaginativa tiene también la responsabilidad de ese poder. El narrador dice la verdad. Es triste que muchas historias potencialmente capaces de ofrecer una visión propia se conformen con tópicos patrióticos o religiosos, milagros tecnológicos o ilusiones vanas, sin que los escritores intenten imaginar. Las oscuras distopías de moda se limitan a invertir los tópicos y emplean ácido en vez de sacarina, pero siguen eludiendo el compromiso con el sufrimiento humano y las posibilidades genuinas. La narrativa imaginativa que admiro ofrece alternativas al statu quo que no solo cuestionan la ubicuidad y necesidad de las instituciones existentes, sino que amplían el campo de las posibilidades sociales y el entendimiento moral. Ello puede hacerse en un tono tan ingenuo y esperanzado como el de las primeras tres temporadas de la serie televisiva Star Trek, o mediante construcciones de una complejidad, sofisticación y ambigüedad ideológica y técnica como son las novelas de Philip K. Dick o Carol Emshwiller; pero siempre es reconocible el mismo impulso: llevar a imaginar un cambio. No conoceremos nuestra propia injusticia si no podemos imaginar la justicia. No seremos libres si no imaginamos la libertad. No podemos exigir que alguien intente alcanzar la justicia y la libertad si no ha tenido la oportunidad de imaginar que se pueden alcanzar. Quisiera cerrar y coronar estas reflexiones inconclusas con las palabras de un escritor que nunca dijo sino la verdad y siempre la dijo con calma, Primo Levi, que vivió un año en Auschwitz y conoció la injusticia. “La ascensión de los privilegiados, no solo en el Lager sino en todo lugar de convivencia humana, es un fenómeno angustioso pero inevitable: solo en las utopías no existe. Es deber del justo hacer la guerra a todo privilegio inmerecido, pero no debemos olvidar que se trata de una guerra sin fin”[i]. [i]Primo Levi, Los hundidos y las salvados, Ediciones Península, Barcelona, 2014. Traducción de Pilar Gómez Bedate. (N. del T.) *Publicado en Contar es escuchar, sobre la escritura, la lectura y la imaginación. Ed. Círculo de tiza (Derecho y revés, SL), España, 2018. The Wave in the Mind: Talks and Essays on the Writer, the Reader, and the Imagination (2004) Trad. Martín Schifino
- Gladis Cáceres. Esbozo de una vida viva 2: Domingo Cáceres, papá / Oriana Seccia
Cuando cae la tarde, recortada sobre un horizonte de claridad apenas disminuida, se asoma una figura cansada. Flaco, me figuro su silueta como la de Wenceslao, el personaje de El limonero real. Lo anteceden tres perros igual de flacos pero enérgicos que de tanto en tanto chumban, anunciando el retorno de Domingo tras un arduo día de trabajo; sus manos aún tienen las espinas de la cosecha del algodón, pero no las sienten, ya son una prótesis de un cuerpo que en el trabajo se consume. Y en la bebida: en ese perderse donde ya no sé sabe quién toma a quién. Gladis habla con un amor intachable de su papá. Lo recuerda volviendo de la estancia, de la cosecha del algodón, trayendo consigo tatú, iguana, chancho jabalí y moro para comer. Al horno el tatú es una delicia, parece ser. De chica, ella se adelantaba a esa llegada: tenía el fuego encendido para recibirlo con unos mates, y también la parrilla preparada para cocinarle las iguanas vuelta y vuelta. Primero comerían los perros, porque ellos eran los que trabajaban, decía su padre, “y tenía razón”, afirmará Gladis ya mucho después, en un ahora que hace tiempo que no cuenta con esa presencia, que tiró hasta los 63 años de vida. Gladis adora a su papá. La inflexión de su voz cambia al evocarlo, y ello es bastante recurrente: aún hoy parecería que para ella es un ejemplo. Incluso en lo malo, Gladis perdona a su papá que, ante todo, aparece como alguien que se rompió el lomo toda su vida. También –o quizá como modo de hacer tolerable esa explotación que se hacía pasar por trabajo– era “un tipo muy tomador”. Qué era exactamente lo que tomaba su padre cuando el vino se deslizaba por su garganta es difícil de saber. Una justicia malograda, una bronca por la vida dañada lo tomaban cuando tomaba, que era cuando no trabajaba. Durante los fines de semana, “no veía el sol”. En esos días se ponía a recordar qué habían hecho sus hijos en la semana, y les daba cinto a todos por igual. A veces, alguno intentaba encontrar una razón para aquellos golpes proferidos, algún mérito que justificara que esa mano se descargase sobre su lomo, ¿por qué a mí, si yo no hice nada?: “Porque cuando le pego a uno ustedes se matan de risa, entonces les pego a todos y ya está”, recuerda Gladis, sin bronca. Sucedía, de tanto en tanto, que la pequeña Gladis se enteraba de que su padre “estaba tirado por tal parte”, y ella iba y lo buscaba, lo lavaba con agua de un bidón, y lo levantaba para arrancar de nuevo para la casa. Estos recuerdos, incluso en su tristeza, son modos de traer de vuelta ese “amor de adentro”, con el que Gladis interpreta su amor de hija a padre: “Yo veía cómo venía mi papá de su trabajo. No era que venía así... ¡no! Venía re cansado. Porque vos imaginate que tenés que hombrear capaz que 20, 30 carros de algodón, capaz que eran 6 obreros. Vos tenés que bajar todo ese algodón del carro, llevar al pilón, pesar, de ahí sacar todo de ese pilón, después sacar todo del galpón ¡No era cualquier cosa! ¡Estamos hablando de bolsas de 80 kilos, 100 kilos! Y todo eso a mí se me venía a la cabeza; todo lo que él hacía en el día”. Todo ese fardo de trabajo no redundaba, de ningún modo, en un sustento que ofreciera a Gladis y sus hermanos la posibilidad de tener una niñez sin trabajo. Ya a los seis años, entre otras labores, ella trabajaba de niñera de la tía Paula, para quien cocinaba y hacía los quehaceres de la casa antes de partir a la escuela. Y eso no era un trabajo fácil: no por los pocos años de Gladis, sino por la tía Paula misma, que empezó a enloquecer. Una locura incomprendida, y espero que se me perdone la redundancia cercana a la tautología que acabo de enunciar: la locura es el nombre –uno de los nombres– para lo incomprensible, para lo que no hay marco, para lo cual todas las figuras del exceso y la desmesura se prestan y no alcanzan: un ruido persistente en el sentido. Sin embargo, allí donde los “profesionales de la salud” no están para ofrecer su dique ante ella –¿a quién protege ese muro del diagnóstico que precede al encierro?–, presurosos, los servidores de la comunidad, los pobladores mismos, se alistan a brindar soluciones. Uno quiso curar a la tía Paula metiéndola adentro de un tanque, para aplacar su furia; uno de sus hermanos la ató a un quebracho rojo para amansarla como a los caballos. Es que la tía Paula era peligrosa. Gladis recuerda que un día, durante la cosecha, había ido con Mercedes, una amiga, a tomar agua al pozo de la tía, que no tardó en aparecer. Machete en mano, corrió directo a Gladis: “hija de puta”, la increpó. Gladis, que sabía qué significaba el fulgor del machete, salió disparada para intentar cruzar un alambrado de seis 6 hilos, que sin dudas protege a la propiedad, pero no a un cuerpo desnudo en peligro, revelando así, en un instante, la conjunción de elementos que habilita el peligro máximo: la propiedad, sus límites privados, pone en juego lo que posibilita cualquier experiencia: la vida. En ese momento, dos claridades: la del filo del machete, y la de los hechos: “mi tía me quería matar”. A Gladis le quedó una cicatriz de aquella persecución, pero fue la tía Paula quien salió más malherida: en su carrera asesina se cayó y se lastimó con el machete. La ambulancia la llevó a Sáenz Peña donde, años más tarde, muy joven, moriría en el hospital. Gladis, al elaborar su recuerdo, tiene un diagnóstico de la locura de su tía: “mi tía se enfermó de soledad”. Con su esposo casi ausente del hogar, Paula le cantaba a la calabaza paraguaya, y hablaba idiomas que Gladis no podía comprender. Pero su diagnóstico no le brinda reposo: tiene que haber algo más; algo le tienen que haber hecho. Un mal difuso, algo que Gladis no tardaría en vivir en carne propia, le pasó a Paula: le habían quitado a sus hijos, que solo de grandes volvieron a su lado. “En ese pueblo es muy común adueñarse de los hijos de los demás”, dice Gladis como advertencia, frunciendo el ceño. ¡Y a Gladis la habían mandado a trabajar a su casa! En su locura aún no tan galopante, mientras Gladis limpiaba y también la cuidaba de algún modo –¿con seis años?–, la tía hablaba sola, y algún que otro bife le propinaba. Gladis recuerda los golpes no solo de Paula: los nombra, no los esconde, pero su lenguaje no se detiene en las escenas, en el dolor de la piel (el dolor: ¿límite de toda palabra o terreno que se busca domeñar con ellas cual sables, estocadas precisas para inmovilizarlo con la etérea palabra “golpe”; ¿“golpe” protege?). Ese mismo día, Domingo volvió en pedo. Se guiaban por la luna para saber la hora, y serían eso de las tres y media de la madrugada cuando escuchó que Irma, su mamá, le cuenta lo ocurrido y le dice que ella no quiere ir más a trabajar. Gladis aún hoy escucha a su papá decir: “Sí, que no vaya más si le pega”. Pero Domingo no estaba durante los días para hacer cumplir su voluntad y la mamá, siempre en el hogar, la mandó igual. Este relato será uno de los miles donde Domingo aparezca en contrapunto con Irma: luz y sombras en el recuerdo de Gladis. Nada parece opacar su brillo. A eso de las cinco de la mañana, antes de que se fuera a trabajar a la cosecha, Gladis le preparaba unos mates y, en su ausencia, le lavaba la ropa en la represa. Es que Domingo los quería, y se los hacía sentir, sobre todo a ella, la preferida declarada: la única de todas las hermanas que tuvo un festejo a sus quince años. Aún resuenan las palabras de Domingo a través de Gladis, que dice que ella quería estar con su familia y punto, pero que él le había dicho: “«vos sos mi hija y yo te voy a hacer los quince». Y mi papá trajo una vaquilla de campo de cumpleaños e invitó a todo el mundo, y de repente yo tenía cumpleaños”. Pidieron un vestido prestado y armaron un baile de festejo en el patio de la carnicería del pueblo, donde fueron todos, incluso algunos “gringos” para los que ellos trabajaban, uno de los cuales la sacó a bailar; uno que para Gladis será “El Gringo”. Quizá por este cariño Gladis aún recuerda, bastante incólumes e incuestionadas, las verdades que le supo trasmitir su papá. Hasta hace dos años atrás, Gladis mantuvo casi a rajatabla la prohibición paterna de no tomar las bebidas frías, que rezaba: “eso mata los nervios de los dientes, y yo te digo porque a mí me dijo un indígena”. También se remonta a su fuente la creencia en el Lobizón, esa “persona que se transforma en perro”, y que cuando le pasa por debajo de las piernas a un hombre lo transforma en lobizón y, a cambio, se transforma él mismo en persona. “Y nosotros nos cuidábamos”, me cuenta riendo, y acordándose inmediatamente de su perro, Tito, que es bravo y “torea”: le aúlla a las sirenas de los bomberos. Entre sudor y copas, una vida dura y de pocas posesiones vivió Domingo Cáceres. Durante la dictadura lo golpearon y detuvieron tres días por no tener documento, y –no solo a él– le revolvieron toda la casa, llevándose alguna que otra pertenencia, con la excusa de obtener alguna información del Loco Vallejo, un ladrón rural. Advertido sobre esos modos de requisa, Domingo se había ocupado de sustraer dos tesoros del violento “interrogar” de los gendarmes, enterrando aquellas preciadas posesiones: sus cuchillos y una edición del Martín Fierro, cuyas letras mantenían una significación encriptada para Domingo, pero no así sus dibujos, que sabía apreciar junto a sus hijos. *Fragmentos del libro Gladis Cáceres. Esbozo de una vida viva (Tocoymevoy Ediciones, 2019)
- Sin saber lo vivido (Décima tercera entrega de esquirlas del miedo) / Marcelo Percia
Fragmentos que se iniciaron como esquirlas de miedo, de a poco, comienzan a sentirse como esquirlas del odio. El miedo macerado, ¿deviene aversión? No, el odio estaba desde el principio denigrando y hostigando un ideal de cuidado sin distinciones ni desigualdades. Una ética del cuidado se inclina sobre una soledad para averiguar qué le está pasando. Realiza una clínica del cada vez que practica la detención, la demora, la pausa. Emergencias sanitarias necesitan protocolos: economía de acciones programadas, pautas establecidas a partir de lo ya sabido, listados de recomendaciones razonadas. Mientras el protocolo sanitario da respuestas, una ética del cuidado da tiempo. Mientras el protocolo sanitario da esperanzas, una ética del cuidado da la espera. Mientras el protocolo sanitario da la voz autorizada que evita indecisiones, una ética del cuidado da el silencio que necesita la angustia. Mientras el protocolo sanitario formula consignas, una ética del cuidado da aire cuando el latido de una palabra se apaga. Una ética del cuidado hace respiración boca a boca a las palabras, a cualquier palabra, aunque se trate de vocablos que no signifiquen nada. Gusta a la vida que la sorprenda una intención bella. Tal vez considera bella una forma que no la ciña, no la aquiete, no la sepa. Dos años antes de la pandemia, el tres de enero de dos mil dieciocho, una respuesta por tuit de Trump pone al desnudo el aciago comienzo del siglo veintiuno. “El líder norcoreano, Kim Jong-un, acaba de afirmar que el botón nuclear está en su escritorio en todo momento. ¿Alguien de su régimen agotado y hambriento de comida le informará que yo también tengo un Botón Nuclear, pero es mucho más grande y más poderoso que el suyo, y mi Botón funciona?”. Reconforta encontrar un castillo de arena que pudo sobrevivir un día. Una perseverancia permeable a las infatigables disuasiones del mar. En momentos de peligro, cuando no se sabe qué hacer ni hacia dónde disparar, se necesita saber en qué o en quién confiar. Mientras la fe -como se dice- es ciega, la confianza se decide por una opción que sabe falible. En Hablemos sin saber (segmento de Peligro, sin codificar) pintorescos expertos -con explicaciones divertidas- parodiaban el sentido común sobre un tema. En uno de los episodios, se debatió por qué Messi no rendía en la selección nacional. Uno de los panelistas razonó que eso se correspondía con el número que llevaba en la espalda; recordó que el futbolista jugaba en el Barcelona y concluyó en que era obvio que diez euros no rendían lo mismo que diez pesos. Mientras otro, que decía que el problema residía en que no estaba jugando en su posición, aseveraba: “¡Messi es arquero!”. Hoy la televisión reproduce el esquema en forma macabra: argumentos caprichosos sobre las cuarentenas y las vacunas asumen la dolorosa forma de Matemos sin saber. Wittgenstein (1921) finaliza el Tractatus logico-philosophicus con una proposición precisa y enigmática: “De lo que no se puede hablar, mejor callar”. La puntuación se puede leer como recomendación a abstenerse de perorar de lo que no se sabe. También como llamado a un común silencio, para decidir una palabra que no haga daño. No conviene que la fuerza de una justa rabia se pierda consumida por odios y resentimientos. Una rabia alcanza la cualidad de justa cuando se libera del deseo de dañar: cuando enardece celebrando la vida. Un rostro de miedo refleja todos los miedos. Un fastidio, todos los fastidios. Una soledad, todas las soledades. Una gratitud, las gratitudes. Cada rostro concentra gestos enlentecidos por el tiempo. Se ofrece como delicada maqueta de un paisaje o tormenta sentimental. Se extrañan los rostros, aunque la voz y algunas imágenes trabajen más para evocarlos. Una enseñanza del dolor: la espera de un tiempo sin dolor. Tres sensibilidades se disputan estos tiempos: las del miedo, las de la indiferencia, las del odio. Una civilización que contabiliza muertes e infecciones todos los días en pantalla (a la vez que ostenta desigualdades) alimenta miedos, indiferencias, odios. Aunque, a veces, un común rabiar hace del miedo, la indiferencia, el odio, motivos de lucha y resistencia. Se recuerda Diarios del odio, una instalación realizada por Roberto Jacoby en 2014. Registra comentarios agresivos enviados a los diarios digitales más leídos en el país. Transcribe, con carbonillas, esas ofensas en las paredes de una sala. La simultánea precipitación de esas violencias apabulla. Lo odiado se designa como basura, excremento, peligrosidad infecta, extrañeza degradada. Injurias manuscritas en un muro con un carbón vegetal. Rudimentarios trazos de insultos anónimos que puede borrar una lluvia. Sensibilidades del odio, aterrorizadas, pueden suicidarse creyendo que se están salvando. Crueldades ofuscadas destrozan otras existencias. Las reducen a carnes apetecibles o putrefactas, osamentas sin sentimientos o portadoras de emocionalidades despreciables. Crueldades se ensañan con las debilidades, ¿necesitan vejarlas?, ¿temen reconocerse en la endeblez? Ni la hostilidad ni la aguerrida defensa. Se necesita aprender a guarecerse en una común intemperie. Una enseñanza del tiempo: hay momentos que solicitan sabiduría. Una práctica de la curiosidad que se pregunta cómo morar en circunstancias nunca antes vividas. Audre Lorde (1983) propone un habla de la ira no subsumida en el odio. Un común rabiar que proteja del resentimiento. Escribe: “Ira: pasión nacida del descontento que puede ser excesiva o inoportuna pero no necesariamente dañina. Odio: hábito emocional o actitud mental en los que a la aversión se une la voluntad de hacer daño. La ira, si se emplea, no destruye. El odio sí”. A lo que agrega enseguida: “…el odio es desear la muerte de lo odiado y no deseo de que cobre vida algo nuevo”. Nombrar, nombrar, nombrar: decir la vida hasta llegar a saberla sin necesidad de las palabras. Se trata de impedirse dañar como acto de gratitud con la vida. Aunque la vida no necesita gratitudes. La vida se da o no se da, sin intenciones. Saber la muerte complica las cosas. Quizás el odio desea la muerte para no saberla. Quizás la crueldad hace sufrir a la vida para desafiarla. Quizás el miedo se le somete para apaciguarla. Soledades dispersas olfatean la fatalidad. A veces, una común asistencia recorre en silencio los naufragios, abriga callando. Relata Audre Lorde (1983): “La línea de metro de Harlem. Me agarro a la manga de mi madre, ella va cargada de bolsas, el peso de las Navidades. Olor húmedo de las ropas invernales, el vagón pega bandazos. Mi madre avista un sitio casi libre, empuja hacia él mi pequeño cuerpo enfundado en ropa para la nieve. A un lado tengo a un hombre que lee el periódico. Al otro lado, una mujer con sombrero de piel me mira fijamente. Sus labios se tuercen mientras me observa, luego baja su mirada, arrastrando la mía. Su mano enfundada en cuero tira de la zona donde se tocan mis pantalones azules nuevos y su elegante abrigo de piel. Con un movimiento brusco, se acerca el abrigo al cuerpo. Miro con atención. No veo esa cosa horrible que ella ve en el asiento, entre nosotras… una cucaracha, probablemente. Pero me ha contagiado su espanto. Por la manera en que me mira, deduzco que ha de ser algo muy malo, así que yo también tiro de mi anorak para retirarlo de allí. Levanto la vista y veo que la mujer continúa mirándome fijamente, con las fosas nasales y los ojos muy dilatados. Y de pronto me doy cuenta de que no hay ningún bicho arrastrándose entre nosotras; a quien no quiere que toque su abrigo es a mí. Las pieles me rozan la cara cuando la mujer se levanta recorrida por un escalofrío y se agarra a un asidero mientras el tren acelera. Reacciono como cualquier niña nacida y criada en la ciudad de Nueva York: me apresuro a hacerme a un lado para hacerle sitio a mi madre. No se ha pronunciado ni una sola palabra. Me da miedo decirle cualquier cosa a mi madre porque no sé qué he hecho. Dirijo una mirada furtiva a los costados de mis pantalones. ¿Tendrán algo raro? Está pasando algo que no comprendo, pero nunca lo olvidaré. Sus ojos. Las fosas nasales dilatadas. El odio”. Una mirada de desprecio o de lasciva violencia se siente como dolor punzante en el pecho, en la garganta, en el sexo. Pero, si eso que arrasa no puede nombrarse en un común sentir, ese dolor deviene sufrimiento, pánico, escarcha, necrosis de lo sentido. Escribe Audre Lorde: “A veces tengo la sensación de que si experimentara todo el odio colectivo que han dirigido en mi contra por ser una mujer Negra, si tomara conciencia de sus implicaciones, esa carga desolada y espantosa me mataría”. ¿Un común rabiar salva vidas? Muchas veces dolores sentidos que no pueden nombrarse, no pueden decirse, no pueden saberse, se reviven, una y otra vez, encriptados en una intensidad sin fondo. Sin contornos ni superficies. Toda experiencia resulta fallida e incompleta. Siempre queda algo impensado. Una impresión muda. Una percepción incisiva de no se sabe qué. Tener experiencia no consiste en saber lo vivido. Tiene más relación con no rechazar lo inesperado, lo desconcertante, lo intraducible. Una experiencia no se completa poniéndole palabras y compartiendo su relato. Una experiencia reside en la recepción de lo incompleto: el pasmo sin terminar de lo vivo. Los nombres que damos a las cosas, sin embargo, afincan recuerdos. Asisten afectos que vagan despedazados. Pero, algo permanece sin decirse ni nombrarse. Una experiencia no se completa, se cierra con sentidos que la reducen, simplifican, etiquetan. No se pueden alojar todos sentimientos que asedian sensibilidades que hablan. Se apela a membranas protectoras, tamices, selecciones. A veces, cuando no se sabe qué hacer se imitan gestos sentimentales que actúan vidas queridas, admiradas o solo accidentalmente cercanas. Difícil decidir por qué dejarse afectar y por qué no. Las afecciones arrasan y las decisiones llegan tarde o no llegan nunca. Hacerse de una personalidad (tomando algo de aquí y de allá) ayuda a llevar la vida. Si la modernidad europea se organiza alrededor del dilema ser o no ser, estos tiempos se debaten entre la opción cuidar o dañar. Pero las disyuntivas adolecen ansiedades conclusivas: ahogan o expulsan preguntas que no se circunscriben a las alternativas identificadas. Dañar, ¿atrae más que cuidar? La intensidad de lo cruento, ¿provoca un goce que las disciplinadas y repetidas prácticas del cuidado desconocen? Crueldades no componen un carácter constitutivo o estructural de las sensibilidades que hablan. Hablas del capital, ¿inoculan repugnancias?, ¿infunden odios en afectividades desamparadas?, ¿aplican inyecciones de muerte para proteger de la muerte?, ¿enseñan la destrucción como un ejercicio de poderío? Crueldades se disputan corazones aterrados: les prometen la consistencia de las piedras. Crueldades se deleitan con exhibiciones de fuerza, arrogancias de la propiedad, ilusiones de invulnerabilidad. Un texto de Rafael Barrett (1910) que se llama Gallinas, comienza así: “Mientras no poseí más que mi catre y mis libros, fui feliz. Ahora poseo nueve gallinas y un gallo, y mi alma está perturbada. La propiedad me ha hecho cruel”. Compra unas aves ponedoras, traza un cerco, marca una línea diabólica, establece una división, siente la amenaza, ejerce la hostilidad como defensa, consiente y apela a la fuerza del odio para conservar su posesión. Se conoce el oxímoron, esa figura poética del desconcierto, que inventa modos de decir como un silencio atronador, una calma tensa, un lleno de vacío. María Lugones (2016) recupera un oxímoron que trastorna siglos de individualismos europeos: el yo comunal. Figura habitual entre mestizajes latinoamericanos. Un yo comunal que no equivale al término nosotros, esa fortaleza supra individual, ese muro impenetrable que difunde la peligrosidad del ellos. El pronombre de la primera persona del plural imprime una separación para defenderse de lo que queda fuera, del mismo modo que la idea de un yo rodea los cuerpos con alambres de púas, a pesar de suavizar los filos en los abrazos. No conviene insistir con la idea de yo, aunque esta vez se trate de un yo permeable a lo común. Se podría acudir a la figura de un respirar sentir pensar comunal. Al cabo, tanto los pronombres de la primera persona del singular como los de la primera persona del plural fabrican hostilidades. La distinción gramatical entre primeras personas, segundas, terceras, introduce fronteras, jerarquías, corporaciones. Se necesita imaginar un común sin pronombres: estancias innominadas, acéfalas, escurridizas. Lo común compone existencias borrosas. Existencias que, de pronto, disuelven límites artificiales. Existencias borrosas y barrosas, contaminadas y contaminantes. Existencias mestizas como sugería María Lugones y existencias impuras como pensaba Néstor Perlongher. No hay desorden perfecto, solo el orden aspira a la perfección. Un común vivir borroso y barroso aloja conflictividad. Solo lo nítido y una pureza exenta de toda mezcla, aspira a la armonía. Escribe Audre Lorde (1983) en una carta a su analista: “A veces, la maldición y la bendición de la poeta es percibir sin tener aún la capacidad de ordenar sus percepciones, y ése es otro de los nombres del Caos. Y es del Caos de donde nacen nuevos mundos”. Un año de pandemia: impresiona cómo han envejecido las ideas en tan poco tiempo. "Proliferaciones", Gisela Candas, 2020.
- Gallinas / Rafael Barrett (1910)
Mientras no poseí más que mi catre y mis libros, fui feliz. Ahora poseo nueve gallinas y un gallo, y mi alma está perturbada. La propiedad me ha hecho cruel. Siempre que compraba una gallina la ataba dos días a un árbol, para imponerle mi domicilio, destruyendo en su memoria frágil el amor a su antigua residencia. Remendé el cerco de mi patio, con el fin de evitar la evasión de mis aves, y la invasión de zorros de cuatro y dos pies. Me aislé, fortifiqué la frontera, tracé una línea diabólica entre mi prójimo y yo. Dividí la humanidad en dos categorías; yo, dueño de mis gallinas, y los demás que podían quitármelas. Definí el delito. El mundo se llena para mí de presuntos ladrones, y por primera vez lancé del otro lado del cerco una mirada hostil. Mi gallo era demasiado joven. El gallo del vecino saltó el cerco y se puso a hacer la corte a mis gallinas y a amargar la existencia de mi gallo. Despedí a pedradas el intruso, pero saltaban el cerco y aovaron en casa del vecino. Reclamé los huevos y mi vecino me aborreció. Desde entonces vi su cara sobre el cerco, su mirada inquisidora y hostil, idéntica a la mía. Sus pollos pasaban el cerco, y devoraban el maíz mojado que consagraba a los míos. Los pollos ajenos me parecieron criminales. Los perseguí, y cegado por la rabia maté uno. El vecino atribuyó una importancia enorme al atentado. No quiso aceptar una indemnización pecuniaria. Retiró gravemente el cadáver de su pollo, y en lugar de comérselo, se lo mostró a sus amigos, con lo cual empezó a circular por el pueblo la leyenda de mi brutalidad imperialista. Tuve que reforzar el cerco, aumentar la vigilancia, elevar, en una palabra, mi presupuesto de guerra. El vecino dispone de un perro decidido a todo; yo pienso adquirir un revólver. ¿Dónde está mi vieja tranquilidad? Estoy envenenado por la desconfianza y por el odio. El espíritu del mal se ha apoderado de mí. Antes era un hombre. Ahora soy un propietario... Fuente: Barrett, Rafael (1910). Gallinas en Breve antología de textos. Editorial Reconstruir. Federación Libertaria Argentina. Buenos Aires, 2014.
- Muerto el perro, muerta la rabia / Griselda (Grillo) Cugliati
Día uno Llegamos al pabellón. Los muchachos están en asamblea. Habla una sola persona. Es una mujer robusta, de unos sesenta años. Tiene la voz carraspeada. Quizás por el cigarrillo, quizás por haber gritado mucho. Es “la jefa”. Todos la miran. Algunos con timidez, algunos con bronca o vergüenza. La mayoría con miedo. Llegamos en el momento justo en que está interpelando (a los gritos) a uno de los muchachos. Mujer- ¡Usted es un perro rabioso Gómez! ¡Un perro rabioso! ¡Le falta morder el piso! ¡Usted muerde Gómez! Muchacho- Yo… Yo no quería… Usted… Usted me dijo… Yo… Mujer- (cada vez más histriónica, casi poseída) ¡Usted me tiró con una silla! ¡Es un animal! ¡Dejó de ser persona! ¡Vamos! ¡Muerda Gómez! ¡Muerda el piso acá mismo en frente de todos! ¡Muerda! Muchacho- Yo… Yo no quería… Es que… Yo necesito ver a mi hermana. Y también cambiarme de pabellón. Mujer- (Ríe cínicamente) ¿Cambiarse de qué? Noooo Gómez… A tu hermana la quisiste ahorcar… ¿No te acordás? Muchacho- ¿Cómo? ¿Cómo voy a querer ahorcar a mi hermana? Mujer- Estaba borracho Gómez. Borracho y vaya a saber que más… ¡A usted no lo quieren en ningún lado! ¡Nadie lo quiere Gómez! ¡Ni su hermana! ¡NADIE! ¡Usted se va a quedar acá por mucho tiempo, animal! ¡Me tiraste con esa silla! ¡Menos mal que me corrí porque si no!… ¡Perro rabioso! ¡Rabioso! El resto de los muchachos está en un silencio casi sepulcral. No vuela una mosca. Y eso que la colonia está llena de moscas. Yo miro a mi compañera, ella también me mira. Nos decimos con la mirada. Pensamos parecido. Estamos presenciando un abuso. Todos los que estamos ahí estamos presenciando un abuso. Nos miramos. Y callamos. Porque sabemos, que esta es una práctica habitual en el pabellón y en general en la institución, es decir, en el manicomio. Callamos porque es nuestro primer día de taller y porque sabemos que si confrontamos en ese momento, corremos el riesgo de ganarnos el odio de “la jefa” y que nos quiera volar de un plumazo antes de haber llegado. Y eso no puede pasar ahora. Porque nos quedaríamos sin pabellón, los muchachos se quedarían sin taller y no sería posible inaugurar un nuevo espacio de existencia. Callamos. Por ahora. Pero ambas sabemos. Por la lógica misma de nuestra existencia en el hospital (o sea en el manicomio) que tarde o temprano confrontaremos con ella. Día dos Volvemos al pabellón. Los muchachos nuevamente en asamblea. En el centro, la jefa aún teñida por la intensidad furiosa del día uno. Un silencio cortado invade el ambiente. Matilde le comunica que trae con sigo la crónica que escribió durante la asamblea pasada. Mujer-¡Oh! ¡Mirá qué bueno! Acá eso no lo hacemos. Matilde- Nosotros sí. Siempre intentamos escribir la crónica de las asambleas y reuniones, para generar un registro, de lo que se dice, y se va construyendo colectivamente en espacios que habitamos en común. Es bueno poder leernos y mirarnos en nuestra propia práctica. Pensar y reflexionar colectivamente nuestras intervenciones, y las de todos. Silencio. La jefa callada. Los muchachos murmuran. Se genera una dispersión rara. Parece que algunos vacilan entre irse o quedarse, desconcertados. Matilde se para y convoca a oír la crónica. Los muchachos deciden quedarse. Pienso que debe ser la primera vez que toman una decisión digamos democrática. Se lee cada palabra dicha: Ahorcaste a tu hermana. Tu hermana no te quiere. Yo quiero. Necesito. Cambiarme de pabellón. Y así. Finaliza la crónica. La jefa tiene una cara rara, poco vista, casi de desconcierto. Se produce un silencio que dura un siglo. Hasta que uno de los muchachos empieza a aplaudir tímidamente. Otro se suma. Y otro. Hasta que el pabellón se ensordece de aplausos. De sonrisas. De miradas que se encuentran en una complicidad digna. Nos quedamos reunidos. La jefa se va. Suele suceder, (dicen las lenguas del pabellón) que cuando se va la jefa todos se retiran del lugar. Pero esta vez, todos se quedan. Intento tomar fuerzas para continuar. O más bien intento tomar coraje. Me levanto y comienzo. Los miro y alzando la voz (porque a veces hay que hacerse escuchar, sin perder la ternura) les lanzo a todos una caricia circular, envuelta en la pregunta: ¿Cómo están? ¿Empezamos el taller? Las cabezas asienten con intriga. No saben lo que va a pasar. Nosotras tampoco lo sabemos. Pero si sabemos que vamos a dejar mucho ahí. A vencer o morir. A callar o a existir. Nos ponemos en ronda. Nos miramos. Nos reconocemos. -Ahora vamos a jugar. -¿A jugar? -Sí. A jugar. Un juego divertido pero muy serio. ¡Ojo al piojo...! Risas cómplices, miradas que se encuentran, manos que se encuentran. Soledades que se acarician. Veo que Gómez rodea y rodea. Lo percibo. Me doy vuelta. Apoyo mi mano sobre su hombro. Le pregunto: ¿viene Gómez? ¿Tiene ganas de jugar? Gómez me mira no muy convencido. Se acerca. Me dice que si con la cabeza. -¡Bien! ¡Qué alegría!- Le digo. Gómez se suma a la ronda y comienza el juego. Risas, roces, carcajadas, silbidos, saltos, palmas. Es la primera vez que veo su sonrisa. En un giro sorpresivo se acerca y muy muy bajito me susurra al oído:- Yo… Yo nunca quise ahorcar a mi hermana. -Está bien Gómez. Está bien. Tranquilo. Ya va a haber tiempo para hablar de eso. Ahora estamos en el juego. Ahora jugamos. Gracias- responde Gómez- muchas gracias. El sueño Esa noche Gómez se acostó pero no podía dormirse. Quizás pensando en el juego… Quizás pensando en su hermana o en la jefa. Cuando logró dormirse soñó. Hacía tanto que no soñaba… Soñó que era un perro. Un perro grande y rabioso. Y que lo único que podía curar la rabia era una caricia. Esa que nunca tuvo, esa que nunca fue para él. Soñó que corría entre los arboles queriendo huir. Queriendo morder. Soñó con su hermana y con sus hijos, que no lo reconocían, porque él se había convertido en perro. Soñó que uno de sus hijos lo miraba. Casi no podía reconocerlo, pues ya tenía unos cuantos años encima. Los años que el mismo había pasado en el hospital, o sea en la institución, es decir, en el manicomio. Pero uno de sus hijos lo miraba. Primero con desconfianza. Tal vez sea por la espuma, que surge de mi gran boca putrefacta- pensó el perro- . Pero los ojos del niño fueron abriendo sus cuencas y transformándose en una mirada tierna. – ¡Mamá, mamá! ¡Mirá quién vino! ¡Un vagabundo! – Gómez (o sea el perro) lo miró absorto. El niño extendió su mano flaquita. -¡No lo toques! Gritó la madre desde la ventana de la cocina ¡Puede estar enfermo! ¡Puede tener rabia! ¡Y la rabia no se cura con nada! El niño se paralizó. Pero el deseo de acariciar ese frenesí pudo más. Puso su mano sobre la cabeza y la acarició suavemente. Con una ternura que solo los niños conocen. Y despertó. Se tocó tratando de constatar si seguía soñando o ya estaba despierto.
- Mirándonos a los ojos: mujeres negras, ira y odio / Audre Lorde (1983)
“¿Dónde va el dolor cuando se marcha?”. Gloria Joseph Toda mujer Negra en EE.UU. vive su vida en algún lugar a lo largo de una profunda curva de antiguas e inexpresadas iras. Mi ira de mujer Negra es un pozo de magma que está en mi mismo centro, mi secreto más ferozmente guardado. Sé que, siendo una mujer de poderosos sentimientos, buena parte de mi vida está entretejida con la ira. Es un hilo eléctrico que recorre todos los tapices emocionales en los que dibujo lo esencial de mi vida, un manantial que bulle a punto de entrar en erupción y derramarse desde mi conciencia como un fuego sobre el paisaje. Disciplinar esta ira en lugar de rechazarla ha sido una de las principales tareas de mi vida. Las otras mujeres Negras no son la causa original ni la fuente de este pozo de ira. Esto lo tengo claro, sea cual sea la situación particular en que me encuentro con otras mujeres Negras en cada momento. Entonces, ¿por qué la ira se desata reveladoramente, a la menor excusa, contra las mujeres Negras? ¿Por qué las juzgo con mayor severidad que a nadie y me enfurezco cuando no están a la altura de las circunstancias? Y si detrás del objeto de mi ataque se escondiera el rostro de mi propio ser, ese rostro que no acepto, ¿qué podría apagar un fuego alimentado por semejantes pasiones recíprocas? Cuando comencé a escribir sobre la intensidad de la ira que se desata entre las mujeres Negras, descubrí que apenas si había empezado a tocar una de las tres puntas de un iceberg cuya capa más profunda era el Odio, ese deseo de muerte que la sociedad dirige contra nosotras desde el momento en que naces mujer y Negra en EE.UU. A partir de entonces vivimos sumergidas en el odio; por nuestro color, por nuestro sexo, por la desfachatez de atrevernos a suponer que tenemos algún derecho a vivir. De niñas absorbimos el odio, nos impregnamos de él, y, en general, todavía hoy seguimos viviendo sin reconocer qué es realmente ese odio y cómo funciona. Y nos llegan sus ecos en forma de ira y de crueldad en el trato entre nosotras. Pues todas y cada una de nosotras somos portadoras del rostro que busca ese odio, y en nuestras vidas todas sobrevivimos a grandes dosis de crueldad porque nos hemos acostumbrado a ella. Antes de poder escribir sobre la ira de las mujeres Negras es necesario que escriba sobre la venenosa inmersión en el odio que alimenta la ira y sobre la crueldad que ambos engendran cuando se unen. He descubierto esto analizando mis propias expectativas con respecto a las demás mujeres Negras y siguiendo los hilos de mi ira contra el sexo femenino Negro hasta llegar al odio y al desdén que marcaron mi vida a fuego mucho antes de que supiera de dónde procedía ese odio o por qué lo acumulaban sobre mi persona. Los niños se atribuyen a sí mismos la causa de todo lo que les sucede. Así que, siendo niña, llegué a la conclusión de que en mí debía de haber algo terriblemente malo, ya que inspiraba tal sentimiento de desdén a los demás. El conductor del autobús no miraba a otras personas como me miraba a mí. La culpa debía ser de todas esas cosas que mi madre me había advertido que no hiciera ni fuera y que yo me había lanzado a hacer y ser. La búsqueda de poder dentro de mí implica que debo estar dispuesta a atravesar el miedo para llegar a lo que hay tras él. Si examino mis puntos más vulnerables y reconozco el dolor que he sentido, podré eliminar del arsenal de mis enemigos la fuente de ese dolor. Entonces, mi historia no podrá ser utilizada para afilar las armas de mis enemigos y eso reducirá el poder que tienen sobre mí. Nada de lo que acepto sobre mi persona puede ser utilizado para menospreciarme. Soy quien soy y estoy haciendo lo que he venido a hacer, actuar en vosotras como una droga o un cincel para recordaros lo que de mí hay en vosotras a medida que os descubro a vosotras en mí. La idea que de mí se tiene en EE.UU. ha levantado una barrera en el camino hacia el desarrollo de mis capacidades. Fue una barrera que hube de analizar y desmontar dolorosamente, pieza a pieza, para poder emplear mis energías plena y creativamente. Es más fácil tratar las manifestaciones externas del racismo y del sexismo que los resultados interiorizados de estas distorsiones, tal como se reflejan en la conciencia acerca de nosotras mismas y de nuestras semejantes. Pero ¿en qué se basa el rechazo a conectar entre nosotras sino es en lo más superficial? ¿Cuál es la fuente de la desconfianza y la distancia que separan a las mujeres Negras? No me gusta hablar del odio. No me gusta recordar la aniquilación y el odio vistos en los ojos de muchas personas blancas desde que tuve la facultad de ver, tan duros que deseaba morirme. Y esos sentimientos tenían su eco en los periódicos, las películas, los cuadros religiosos, los tebeos y los programas de radio de Amos y Andy. Yo carecía de las herramientas necesarias para analizarlos y del lenguaje preciso para nombrarlos. La línea de metro de Harlem. Me agarro a la manga de mi madre, ella va cargada de bolsas, el peso de las Navidades. Olor húmedo de las ropas invernales, el vagón pega bandazos. Mi madre avista un sitio casi libre, empuja hacia él mi pequeño cuerpo enfundado en ropa para la nieve. A un lado tengo a un hombre que lee el periódico. Al otro lado, una mujer con sombrero de piel me mira fijamente. Sus labios se tuercen mientras me observa, luego baja su mirada, arrastrando la mía. Su mano enfundada en cuero tira de la zona donde se tocan mis pantalones azules nuevos y su elegante abrigo de piel. Con un movimiento brusco, se acerca el abrigo al cuerpo. Miro con atención. No veo esa cosa horrible que ella ve en el asiento, entre nosotras… una cucaracha, probablemente. Pero me ha contagiado su espanto. Por la manera en que me mira, deduzco que ha de ser algo muy malo, así que yo también tiro de mi anorak para retirarlo de allí. Levanto la vista y veo que la mujer continúa mirándome fijamente, con las fosas nasales y los ojos muy dilatados. Y de pronto me doy cuenta de que no hay ningún bicho arrastrándose entre nosotras; a quien no quiere que toque su abrigo es a mí. Las pieles me rozan la cara cuando la mujer se levanta recorrida por un escalofrío y se agarra a un asidero mientras el tren acelera. Reacciono como cualquier niña nacida y criada en la ciudad de Nueva York: me apresuro a hacerme a un lado para hacerle sitio a mi madre. No, se ha pronunciado ni una sola palabra. Me da miedo decirle cualquier cosa a mi madre porque no sé qué he hecho. Dirijo una mirada furtiva a los costados de mis pantalones. ¿Tendrán algo raro? Está sucediendo algo que no comprendo, pero nunca lo olvidaré. Sus ojos. Las fosas nasales dilatadas. El odio. Mis ojos de tres años de edad están doloridos después de que los examinen con una serie de aparatos. Me duele la frente. Se han pasado toda la mañana hurgándome los ojos, maltratándolos, observándolos. Me acurruco en el alto sillón de metal y cuero, asustada, triste, añorando a mi madre. En el rincón opuesto de la sala de la clínica oftalmológica, un grupo de jóvenes blancos de bata blanca hablan sobre mis extraños ojos. Sólo una voz ha permanecido en mi memoria. “Por su aspecto se diría que también es retrasada”. Todos ríen. Uno de ellos se acerca y me dice pronunciando las palabras despacio y con cuidado: “Muy bien, niñita, ahora sal fuera a esperar”. Roza mi mejilla. Me siento agradecida cuando me tratan bien. La bibliotecaria de la Hora de los Cuentos está leyendo El negrito Sambo. Sus blancos dedos sujetan el pequeño libro alrededor de la figura de un niñito de rostro comprimido, con grandes labios rojos, muchas trencitas y un sombrero lleno de mantequilla en la cabeza. Recuerdo que los dibujos del libro me herían y pensé una vez más que había algo raro en mí porque todos los demás se reían, y además la biblioteca del centro de la ciudad había concedido un premio especial a aquel libro, según nos contó la bibliotecaria. ¿Pero qué problema tienes? ¡No seas tan sensible! Sexto grado en un colegio católico donde llego como la primera alumna Negra. Las niñas blancas se ríen de mis trenzas. La monja envía una nota a mi madre diciendo que “las trenzas no son peinado adecuado para asistir al colegio” y que yo debería aprender a peinarme “con un estilo más favorecedor”. Estoy con Lexie Goldman en la avenida Lexington: la primavera y la carrera que nos hemos pegado desde el instituto enrojecen nuestros rostros adolescentes. Entramos en un bar a pedir un vaso de agua. La mujer de detrás de la barra sonríe a Lexie. Nos da agua. A Lexie en un vaso de cristal. A mí en un vaso de papel. Después bromeamos diciendo que mi vaso es portátil. Bromeamos en voz demasiado alta. Mi primera entrevista para solicitar un trabajo a tiempo parcial que quiero simultanear con las clases. Una óptica de la calle Nassau ha llamado a mi colegio para pedir que le enviaran a una alumna. El hombre de detrás del mostrador lee mi solicitud y luego me mira, sorprendido por mi semblante Negro. Sus ojos me recuerdan la escena con la mujer del metro, cuando tenía cinco años. Luego aparece un ingrediente nuevo, el hombre me mira de arriba abajo, deteniéndose en mis pechos. Mi madre, de piel clara, me mantuvo viva en un entorno donde mi vida no era una gran prioridad. Para ello recurría a todos los métodos que tenía a mano que no eran muchos. Nunca hablaba del color de la piel. Mi madre era una mujer de gran valentía, nacida en el Caribe, que no estaba preparada para la vida estadounidense. Y me desarmaba con sus silencios. De alguna manera yo sabía que era mentira que los demás no se fijaban en el color. Mi piel era más oscura que las de mis dos hermanas. La de mi padre, la más oscura de todas. Sentía celos de mis hermanas porque mi madre las consideraba buenas chicas, mientras que yo era la mala, siempre metida en problemas. “Endemoniada”, solía decirme. Ellas eran pulcras, yo desastrada. Ellas eran calladas, yo ruidosa. Ellas tenían buenos modales, yo era maleducada. Ellas asistían a clases de piano y ganaban premios por buen comportamiento. Yo robaba dinero de los bolsillos de mi padre y me rompí el tobillo tirándome en trineo. Ellas eran guapas, yo era oscura. Mala, traviesa, alborotadora donde las haya. ¿Negra quería decir mala? Frotar y reí rotar con zumo de limón las grietas y hendiduras de mi cuerpo en desarrollo, cada vez más oscuro. ¡Y, ay, qué pecados se alojaban en mis oscuros codos y rodillas, en mis encías y pezones, en los pliegues de mi cuello y en la caverna de mis axilas! Las manos que me agarran desde detrás del hueco de la escalera son unas manos Negras. Manos de niño, manos que golpean, que restriegan, que pellizcan, que tironean de mi vestido. Lanzo al cubo de basura la bolsa con la que voy cargada, me aparto de golpe y corro escaleras arriba. Me persiguen sus gritos. “¡Haces bien en correr, asquerosa perra amarilla, ya verás lo que te espera!” Obviamente, el color era algo relativo. Con su ejemplo, mi madre me enseñó a sobrevivir desde muy pequeña. Sus silencios me enseñaron además qué era el aislamiento, la rabia, la desconfianza, el rechazo de mí misma y la tristeza. Mi supervivencia dependía de que aprendiera a utilizar las armas que ella me dio y, además, a luchar contra aquellos sentimientos que llevaba dentro, todavía sin nombrar. Y la supervivencia es el mayor regalo del amor. A veces es el único regalo que pueden hacer las madres Negras, y la ternura se pierde. Mi madre me trajo a la vida como quien graba un mensaje furioso en mármol. A pesar de todo, sobreviví al odio que me rodeaba porque, mediante referencias oblicuas, mi madre me hizo saber que, como quiera que fuesen las cosas en nuestra casa, en el exterior no eran como debían ser. Pero puesto que en el exterior eran así, me movía en una ciénaga de ira no explicada que me aprisionaba y se derramaba sobre cualquier persona próxima que tuviera el mismo ser odioso que yo. Claro está que entonces no lo comprendía. La ira era un pantano de ácido alojado en mis profundidades, y siempre que tenía sentimientos profundos la palpaba, adherida a las parcelas más imprevistas de mi ser. Y también a aquéllos que estaban tan desvalidos como yo. Mi primera amiga preguntando: “¿Por qué siempre estás pegándome golpes? ¿No sabes llevar la amistad de otra manera?”. ¿Qué otra criatura del mundo, aparte de la mujer Negra, ha tenido que asimilar tanto odio para sobrevivir y seguir adelante? La guerra de secesión terminó hace poco. En un hospital de piedra gris de la calle 110 de la ciudad de Nueva York una mujer está gritando. Es Negra y saludable, y acaban de traerla del Sur. No sé cómo se llama. Su hijo está a punto de nacer. Pero le han atado las piernas por mera curiosidad camuflada de interés científico. Su hijo nace a la muerte contra sus huesos. ¿Dónde estás, Elizabeth Eckford de Little Rock, Arkansas, a tus siete años? Hace una mañana radiante de lunes y vas camino de tu primer día de colegio, cubierta de salivazos, el odio blanco se escurre por tu jersey rosa, la boca torcida de aquella madre blanca hace de las suyas -salvaje, inhumana- sobre tus airosas trenzas prendidas con cintas rosas. Numvulo ha caminado cinco días desde el desolado paraje donde la depositó el camión. Se detiene en Ciudad del Cabo, bajo la lluvia sudafricana, con los pies desnudos en las huellas del bulldozer que recorren el lugar donde antes se alzaba su casa. Recoge del suelo un trozo de cartón empapado que en tiempos cubría su mesa y tapa con él la cabeza del niño que lleva colgado a la espalda. No tardarán en detenerla y devolverla a la reserva, donde ni siquiera comprende la lengua que se habla. Nunca le darán permiso para vivir cerca de su marido. Es el bicentenario del país, en Washington D.C., dos fornidas mujeres Negras montan guardia junto a los efectos de una casa, amontonados de cualquier manera en la acera. Muebles, juguetes, hatillos de ropa. Una mujer balancea distraídamente un caballo de juguete con el dedo gordo del pie, adelante y atrás. Al otro lado de la calle, en el costado de un edificio, un cartel escrito con letras de la altura del edificio: DIOS OS ODIA. Addie Mae Collins, Carol Robertson, Cynthya Wesley, Denise McNair. Cuatro niñas Negras, ninguna pasa de los diez años, cantan su última canción del otoño en una escuela dominical de Birmingham, Alabama. Una vez que se despeja el humo de la explosión, es imposible saber qué dominguero zapato de charol corresponde a qué pierna cercenada. ¿Qué otro ser humano sigue desempeñando sus funciones mientras absorbe una hostilidad tan virulenta? Las mujeres Negras cuentan con una historia en la que han usado y compartido el poder, desde las legiones de amazonas de Dahomey, pasando por la guerrera reina ashanti Yaa Asantewaa y la luchadora por la libertad Harriet Tubman, hasta las poderosas asociaciones comerciales de mujeres del África occidental actual. Poseemos una tradición de proximidad, apoyo y atenciones mutuas que se remonta a los tribunales de mujeres de las Reinas Madres de Benín y llega hasta la actual Hermandad de la Buena Muerte, una comunidad de ancianas de Brasil que, después de escapar de la esclavitud, ayudaron a escapar a otras mujeres esclavizadas y les ofrecieron refugio, y que ahora se cuidan mutuamente (1). Somos mujeres Negras nacidas en una sociedad de arraigados desdén y aversión hacia todo lo que sea Negro y femenino. Somos fuertes y resistentes. Y tenemos profundas cicatrices. En su día, siendo mujeres africanas unidas, volvimos la tierra fértil con nuestras manos. Podemos lograr que la tierra dé frutos y también formar en primera línea de fuego para defender del Rey. Y habiendo matado, en su nombre y en el nuestro (el rifle de Harriet resuena, empuñado en el tétrico pantano), sabemos que el poder de matar es menor que el poder de crear, pues provoca un final en lugar del comienzo de algo nuevo. Ira: pasión nacida del descontento que puede ser excesiva o inoportuna pero no necesariamente dañina. Odio: hábito emocional o actitud mental en los que a la aversión se une la voluntad de hacer daño. La ira, si se emplea, no destruye. El odio sí. Racismo y sexismo son palabras de los adultos. La infancia Negra de EE.UU. no puede esquivar estas distorsiones y, muy a menudo, carece de palabras para nombrarlas. Pero ambas son correctamente percibidas como odio. Hacerse mayor a la vez que se metaboliza el odio como el pan de cada día. Porque soy Negra, porque soy Mujer, porque no soy suficientemente Negra, porque no respondo a una determinada idea imaginaria de mujer, porque SOY. A base de una dieta tan consistente, puede llegar un día en que se aprecie más el odio de los enemigos que el amor de los amigos, pues ese odio se convierte en fuente de ira, y la ira es un combustible poderoso. Es cierto, a veces se diría que sólo la ira me mantiene viva; me alumbra con una llama luminosa y constante. Pero la ira, como la culpabilidad, es una versión incompleta del conocimiento humano. Más útil que el odio, pero todavía limitada. La ira es útil para esclarecer nuestras diferencias pero, a la larga, la fortaleza que sólo se alimenta de ira se convierte en una fuerza ciega incapaz de crear el futuro. Sólo puede destruir el pasado. Dicha fortaleza no se basa en lo que tenemos delante, sino en lo que queda atrás, en lo que la generó: el odio. Y el odio es desear la muerte de lo odiado y no un deseo de que cobre vida algo nuevo. Crecer metabolizando el odio como el pan de cada día supone que, con el tiempo, toda interacción humana se impregna de la pasión negativa y la intensidad de los subproductos del odio: la ira y la crueldad. Somos mujeres africanas y sabemos, porque nos lo dice la sangre, de la ternura con que nuestras antepasadas se apoyaban unas a otras. Es esa conexión a la que aspiramos. Conocemos historias de mujeres Negras que se curaban las heridas unas a otras, que criaban a los hijos de unas y otras, que libraban las batallas de unas y de otras, que cultivaban la tierra de unas y otras y se facilitaban unas a otras el paso por la vida y la entrada en la muerte. Conocemos las posibilidades que ofrecen el apoyo y las relaciones que anhelamos y con las que soñamos tan a menudo. Contamos con una literatura femenina y Negra cada vez más amplia, intensamente evocadora de este potencial y estas relaciones. Pero las relaciones entre mujeres Negras no se establecen de manera automática en virtud de nuestras similitudes, y la posibilidad de entablar una comunicación auténtica entre nosotras no es fácil de llevar a la práctica. Muchas veces nos limitamos a hacer propaganda de la idea del apoyo mutuo y las relaciones entre mujeres Negras porque aún no hemos cruzado las barreras que hay en el camino hacia esas posibilidades, ni tampoco hemos explorado a fondo las iras y los miedos que nos impiden convertir en realidad el poder de una auténtica unión entre hermanas Negras. Y reconocer cuáles son nuestros sueños supone en ocasiones darse cuenta de la distancia que aún nos separa de ellos. Una vez reconocidos, nuestros sueños pueden modelar la realidad de nuestro futuro, armados con el duro trabajo y el análisis de hoy. No podemos conformarnos con relaciones fingidas o parodias de egoísmo. No podemos seguir eludiéndonos unas a otras en las relaciones profundas por temor a nuestra mutua ira, ni continuar creyendo que respetarse significa no mirar nunca directamente ni con franqueza a los ojos de otra mujer Negra. No era mi destino estar sola y sin ti, tú que comprendes (4). I Conozco la ira que albergo en mi interior como conozco los latidos de mi corazón y el sabor de mi saliva. Es más fácil enfadarse que hacer daño. La ira es lo que mejor se me da. Es más fácil estar furiosa que anhelante. Más fácil crucificarme en vosotras que competir con el amenazador universo blanco, reconociendo que nos merecemos amarnos unas a otras. Como mujeres Negras hemos compartido muchas experiencias similares. ¿Por qué no nos acercan y nos unen, y en lugar de eso nos incitan a degollarnos con armas bien afiladas por el uso continuo? La ira con la que reacciono cuando otra mujer Negra se desvía lo más mínimo de mis necesidades inmediatas, mis deseos o mi idea de lo que es una respuesta adecuada, es una ira profunda y dañina, una ira elegida sólo por desesperación, por esa desesperación que te vuelve temeraria. Esa ira enmascara mi dolor por estar separadas las que más unidas deberíamos estar -mi dolor- porque quizá ella no me necesite tanto como yo la necesito, o podría verme a través de los ojos afilados de los que odian, esos ojos que tan bien conozco por mis propias y distorsionadas imágenes de ella. ¡Aniquila o sé aniquilada! Estoy en la biblioteca pública, esperando que la empleada Negra que está sentada un par de metros tras el mostrador se fije en mí. Hermosa en su juventud y su seguridad, parece embebida en la lectura. Me ajusto las gafas y, a la vez, muevo mis pulseras por si acaso no me ha visto, aunque en realidad sé que sí me ha visto. Sin cambiar de postura, vuelve lentamente la cabeza y levanta la vista. Su mirada se cruza con la mía reflejando una hostilidad espontánea de tal calibre que siento como si fuera a fulminarme. Detrás de mí entran dos hombres. Entonces, la mujer se levanta y se dirige hacia mí. “Sí”, dice, sin la menor inflexión en la voz, desviando la vista cuidadosamente. Nunca en la vida había visto a esta mujer. Pienso para mí: “Esto sí es una actitud”, y me doy cuenta de que la tensión se acumula dentro de mí. El arte, más allá de la insolencia, en el rostro de esa chica Negra mientras me echa una elegante mirada de reojo. ¿Por qué sus ojos se desvían de los míos? ¿Qué ve que tanto la enfada, o la enfurece, o le repugna? ¿Por qué siento ganas de partirle la cara al ver que no me mira a los ojos? ¿Por qué su rostro es el de mi hermana? ¿Su boca la de mi hija, torcida hacia abajo, a punto de humedecerse los labios? ¿Los ojos de una amante rechazada y furiosa? ¿Por qué sueño con acunarte de noche? ¿Qué reparto tus extremidades en los platos de los animales que menos me gustan? ¿Con velarte noche tras terrible noche, desconcertada? Ay, hermana, ¿dónde está esa tierra oscura y fértil por donde queríamos vagar en compañía? Odio –dice la voz conectada en un compás de 3/4 impresa con caracteres sucios- el panorama es idóneo para matar, tú o yo, yo o tú. Y de quién era la imagen futura que hemos destruido -tu rostro o el mío- sin uno de los dos cómo podré volver a mirarlos -la ausencia de cualquiera de los dos es mi ausencia. Y si confío en ti, ¿a qué pálido dragón alimentarás con nuestra carne morena, llevada por el miedo, por el deseo de sobrevivir?, ¿o en qué altar de nuestro pueblo inmolarás a la que está desprovista de amor, sin lugar donde refugiarse, y por ello se convierte en otro rostro del terror o del odio? Una fiera muda que registra incesantemente en su interior los venenosos ataques del silencio -carne podrida- ¿qué podría crecer en esa madriguera oscura y cómo es que la criatura que era la víctima del sacrificio se convierte en embustera? Mi hermana de sangre, frente a mí, en la sala de su casa. Reposa en una silla mientras yo hablo con vehemencia, tratando de comunicarme con ella, tratando de modificar las percepciones que tiene de mí y que tanto dolor le infligen. Despacio, con deliberación, fríamente, para que no se me escape ni una de sus lacerantes palabras, me dice: “No me interesa comprender lo que estás tratando de decir… no me interesa escucharlo”. Nunca he superado la ira provocada porque no me quisieras como hermana, ni como aliada, ni siquiera como un entretenimiento ligeramente mejor que el que te proporcionaba el gato. Tú nunca has superado la ira provocada por el mero hecho de que yo llegara a existir. Y de que sea distinta, aunque no lo suficiente. Una mujer tiene los mismos ojos que mi hermana, la que nunca me perdonó que llegara al mundo antes de que ella tuviera la oportunidad de ganarse el amor de su madre, como si alguien pudiera. Otra mujer tiene los marcados pómulos de la hermana mía que quería dirigir; pero sólo le habían enseñado a obedecer, y ahora se dedica a mandar imponiendo obediencia, una visión pasiva. ¿Quién esperábamos que fuera la otra, ésa que aún no está en paz con nuestro ser? A ti no puedo silenciarte como silencio a las demás, pero tal vez pueda destruirte. ¿Debo destruirte? No nos amamos a nosotras mismas y, por tanto, no podemos amarnos las unas a las otras. Porque vemos en el rostro ajeno nuestro propio rostro, ése que nunca hemos dejado de desear. Pues hemos sobrevivido, y la supervivencia engendra el deseo de más y más ser. Es un rostro que nunca hemos dejado de desear y que, a la vez, tratamos de eclipsar. ¿Por qué no nos miramos a los ojos? ¿Esperamos ver una traición en la mirada de la otra, o mutuo reconocimiento? ¡Si por una vez al menos sintiéramos el dolor de la sangre de todas las mujeres Negras, desbordándose para ahogarnos! Yo me mantuve a flote sostenida por la boya de la ira que me causaba mi soledad, una ira tan honda que sólo me era dado seguir avanzando hacia la supervivencia. Cuando una no puede influir en una situación, es un acto de sabiduría retirarse (5). Toda mujer Negra de EE.UU. ha sobrevivido a varias vidas de odio, pues hasta en la tienda de dulces de nuestra infancia había galletitas en forma de bebés negros que testificaban en contra nuestra. Sobrevivimos a los salivazos arrastrados por el viento hacia nuestros zapatos infantiles y nuestras cintas de pelo rosas como la piel, a intentos de violación en las azoteas y a los punzantes dedos del hijo del portero, a la visión de nuestras amigas desintegrándose en pedazos en la escuela dominical, y absorbimos el odio como si fuera un estado natural. Teníamos que metabolizar tal odio que nuestras células han aprendido a sobrevivirlo, porque teníamos que hacerlo o morir por ello. El antiguo rey Mitrídates aprendió a comer arsénico poquito a poco y así burló a quienes trataban de envenenarlo, ¡pero no me habría gustado nada tener que besarle los labios! Ahora negamos que ese odio existiera porque hemos aprendido a neutralizarlo asimilándolo, y el proceso catabólico produce desechos de furia incluso cuando amamos. Veo odio estoy sumergida en él, ahogándome casi desde el principio de mi vida ha sido el aire que respiro la comida que como, el contenido de mis percepciones; el único hecho constante en mi vida es su odio… soy demasiado joven para tener tanta historia (6). Y no es que las mujeres Negras derramemos la sangre psíquica de nuestras hermanas tan fácilmente, pero hemos sangrado muy a menudo, y el dolor del derramamiento de sangre casi se ha convertido en un tópico. Si he aprendido a devorar mi propia carne en la selva -famélica, plañidera, aprendiendo la lección de la loba que se arranca a mordiscos la zarpa para salir de una trampa-, si debo beber mi propia sangre, muerta de sed, por qué no devorarte a ti hasta que tus queridos brazos cuelguen exangües sobre mi pecho como guirnaldas marchitas y yo llore por tu partida, ay, hermana mía, estoy doliente por nuestra muerte. Cuando un descuido hace que una de nosotras evite la dosis completa de furia protectora y el aire de despectivo menosprecio, cuando se nos acerca sin que la desconfianza y la reserva manen a raudales de sus poros, o sin que sus ojos tiñan cada valoración que hace de nosotras con esa dureza y desconfianza implacables que reservamos las unas para las otras, cuando se acerca sin la suficiente cautela, entonces le lanzamos el epíteto burlón que primero acude a los labios: ingenua, con el que queremos decir que no está programada para defenderse atacando antes de preguntar. Incluso más que confusa, ingenua es para nosotras el insulto por antonomasia. Las mujeres Negras devoramos nuestros corazones para alimentarnos en una casa vacía un recinto vacío una ciudad vacía en una estación vacía, y a todas nos llegará el año en que la primavera no regresará… aprendimos a saborear el gusto de nuestra propia carne antes que el de ninguna otra porque no se nos permitía otra cosa. Y nos hemos vuelto increíblemente preciosas e inconmensurablemente peligrosas las unas para las otras. Estoy escribiendo sobre una ira tan inmensa e implacable, tan corrosiva, que ha de destruir precisamente lo que le es más necesario para solucionarse, para resolverse, para disolverse. Ahora estamos tratando de mirarnos directamente a los ojos. Aunque nuestras palabras sean tan cortantes como el filo de la voz de una mujer perdida, estamos hablando. II Una mujer Negra afanándose año tras año, comprometida con la vida mientras la vive, los hijos alimentados y vestidos y amados como puede con una fortaleza que no les permite enquistarse como frutos amargos; sabiendo todo el tiempo y desde el principio que o bien tendrá que matarlos, o bien llegará el día en que habrá de enviarlos al territorio de la muerte, al laberinto blanco. Me siento a la mesa el día de Acción de Gracias, escuchando a mi hija hablar de la universidad y de los horrores de la decidida invisibilidad. Llevo años tomando nota de sus sueños de morir a manos de ellos, sueños a veces magníficos, otras veces insulsos. Mi hija me habla de los profesores que se niegan a comprender las preguntas sencillas, de que la miran como si fuera un tumor benigno -poco importante- pero desagradable. Llora. La abrazo. Le digo que no olvide que la universidad no lo es todo, que tiene un hogar. Pero le he permitido internarse en esa jungla de fantasmas habiéndole enseñado tan sólo a tener los pies ligeros, a silbar, a amar, a no salir corriendo. Cuando no es imprescindible. Nunca es suficiente. Las mujeres Negras entregamos nuestras hijas al odio que arrasó nuestros tiempos jóvenes dejándonos desconcertadas, y lo hacemos con la esperanza de haberles enseñado algo que les valga para abrirse sendas nuevas y menos costosas hacia la supervivencia. Sabiendo que yo no les cercené la garganta cuando nacieron, que no les arranqué el minúsculo corazón palpitante con mis dientes, desesperada, tal como hicieron algunas hermanas en los barcos negreros, encadenadas a cadáveres, y, por ello, abocada a que me llegara este momento. El precio que se paga por tener más poder es tener más enemigos (7). Escuchaba a mi hija que me hablaba del mundo torcido en el que estaba decidida a reintegrarse a pesar de lo que me contaba, porque considera que el conocimiento del mundo es parte del arsenal que puede usar para lograr un cambio global. Escuchaba ocultando mi dolorosa necesidad de volver a arrastrarla a mi pequeña red protectora. La observaba mientras ella averiguaba poco a poco, no sin dolor, lo que de verdad quería, y yo sentía cómo su ira llegaba al punto álgido y se iba desvaneciendo, la sentía cada vez más enfadada conmigo porque yo no podía ayudarla ni vivir por ella, ni ella me lo hubiera permitido. Todas las madres ven marcharse a sus hijas. Las madres Negras ven esta partida como un sacrificio, y la ven a través del velo de odio que, como capas de lava, obstaculiza el camino de sus hijas. Todas las hijas ven marcharse a sus madres. Las hijas Negras ven su partida a través de un velo de soledad amenazante que ningún fuego de confianza podrá rasgar. El mes pasado tuve en mis brazos a otra mujer Negra que lloraba con dolor la pérdida de su madre. Su inconsolable pérdida, el vacío en el paisaje emocional que veía ante ella, hablaba por su boca desde un espacio de intocable soledad en el que nunca volvería a entrar otra mujer Negra, que no permitiría que ninguna se acercase lo suficiente para que importase. “En el mundo hay dos clases de personas”, dijo, “quienes tienen madre y quienes no la tienen. Y yo ya no tengo madre”. Comprendí que me estaba diciendo que ninguna otra mujer Negra la vería como era, ni confiaría en ella, ni podría ser objeto de su confianza. Oí en su grito de soledad el origen del romance entre las mujeres Negras y nuestras mamás. Las niñas Negras, a quienes el odio ha enseñado a querer ser cualquier otra cosa. Le negamos la mirada a nuestra hermana porque en ella veríamos reflejado lo que todo el mundo, salvo mamá, parecía saber; que éramos seres odiosos o feos o inútiles, y, en todo caso, malditos. No éramos niñas ni éramos blancas, así que, salvo para nuestras mamás, no valíamos nada de nada. Si logramos aprender a otorgarnos el reconocimiento y la aceptación que habitualmente sólo esperamos que nos concedan nuestras madres, las mujeres Negras seremos capaces de vernos unas a otras con mucha mayor claridad y tratarnos de una manera mucho más directa. Pienso en la dureza que tan a menudo está presente en el menor contacto entre mujeres Negras, en el ánimo de criticar y valorar, en el cruel rechazo de la posibilidad de conectar. Sé que a veces siento que no vale la pena mostrarse en desacuerdo con otra mujer Negra. Mejor ignorada, retirarse, eludirla, evitar su trato. No sólo porque me irrita, sino porque puede destruirme con la potente crueldad de su reacción ante lo que debe de considerar una afrenta, es decir, mi mera existencia. O porque, por el mismo motivo, yo puedo destruirla con la fuerza de mi reacción. Los miedos están equilibrados. Si puedo absorber las condiciones particulares de mi existencia como mujer Negra, y multiplicarlas por mis dos hijos y por todos los días de nuestras Negras vidas colectivas, y no flaqueo bajo esa carga -¿qué mujer Negra no es alborozo, como el agua, como el sol, como la roca?-, ¿cómo extrañarse de que mi voz sea áspera? Lo que he de hacer es exigirme ser consciente, de manera que la aspereza no se dirija contra quienes menos la merecen, contra mis hermanas. ¿Por qué las mujeres Negras reservan una voz particular de rabia y desengaño para sus hermanas? ¿A quién creemos que debemos destruir cuando nos atacamos unas a otras con ese tono de aniquilación predeterminada y correcta? Nos reducimos unas a otras a nuestro mínimo común denominador, y, a continuación, tratamos de eliminar lo que más deseamos amar y palpar, el ser problemático, ése que ocultamos frenéticamente a la mirada de nuestras hermanas en lugar de reivindicarlo. Esta crueldad que mostramos entre nosotras, esta aspereza, forma parte del legado de odio con el que fuimos inoculadas desde el momento en que nacimos por aquéllos que pretendían que fuera una inyección de muerte. Pero nos hemos adaptado, hemos aprendido a aceptar lo que nos dan y a utilizarlo, sin analizarlo. ¡Pero a qué precio! Con objeto de soportar la intemperie, tuvimos que volvernos de piedra, y ahora nos magullamos al rozarnos con la mujer Negra a quien tenemos más cerca. ¿Cómo puedo variar de rumbo para que el rostro de toda mujer Negra con la que me encuentro no sea el rostro de mi madre o mi asesina? Te amaba. Soñaba contigo. Hablaba contigo durante horas y horas en mis sueños mientras, sentadas bajo un árbol de algodón, nos abrazábamos o nos trenzábamos mutuamente el pelo o nos aceitábamos la espalda la una a la otra, y cada vez que me encuentro contigo en la calle o en correos o junto al mostrador de la clínica quiero retorcerte el cuello. En nuestras vidas se presentan innumerables ocasiones para sentir una rabia justificada, multiplicada y que nos separa. *A las mujeres Negras se nos dice que podemos ser mejores y somos peores, pero nunca iguales. A los hombres Negros. A las demás mujeres. Que seres humanos. *La académica feminista blanca que me dice que se alegra mucho de que exista This Bridge Called Muy Back (8), porque le da la oportunidad de abordar el racismo sin necesidad de enfrentarse a la dureza del Negro no diluido por otros colores. Lo que quiere decir es que le evita la necesidad de analizar su terror y su odio a lo Negro y tratar con la ira de las mujeres Negras. ¡Apartad de mí vuestras sucias y asquerosas caras, eternamente retorcidas! *Un montador de cine racista al que creí haber manejado bien y con enorme paciencia. No destrocé su maldita máquina. Le expliqué cómo me hacía sentir su ceguera racial y cómo podía modificarse su película para que adquiriera sentido. Seguramente aprendió algo sobre cómo mostrar imágenes Negras. Luego volví a casa y estuve a punto de ponerlo todo patas arriba y de matar a mi amante porque no sé qué invitaciones estaban mal impresas. Sin comprender de dónde procedía mi carga de rabia. *Un preso Negro, torturador de mujeres y niños, entrenado para matar por el ejército, escribe en su diario, en la celda donde espera a que lo ejecuten: “Soy la clase de persona a la que se suele ver conduciendo un Mercedes o sentada en los despachos de dirección de cien grandes corporaciones”. Tiene razón. Salvo por el detalle de que es Negro. ¿Cómo podemos evitar dar rienda suelta entre nosotras a la cólera que nos provocan ellos? ¿Cómo me libro de este veneno con el que me cebaron como a un ganso de Estrasburgo hasta el punto de que vomitaba cólera en cuanto sentía el olor de algo nutritivo? Ay, hermana mía, tu beligerante encogimiento de hombros el aroma de tu cabello… Todas y cada una de nosotras hemos aprendido el arte de la destrucción. Era lo único que podían permitirnos y, sin embargo, mirad cómo nuestras palabras vuelven a encontrarse entre sí. Es difícil construir un modelo de salubridad estando rodeadas de sinónimos de inmundicia. Pero no es imposible. A fin de cuentas, si hemos sobrevivido por algo será (¿Cómo defino mi influencia sobre esta tierra?). Comienzo por buscar las preguntas correctas. Querida Leora: Para dos mujeres Negras entablar una relación analítica o terapéutica, significa comenzar un recorrido inseguro y básicamente desconocido. No hay prototipos, ni modelos, ni un cuerpo de experiencias objetivamente accesible; sólo estamos nosotras para examinar la dinámica específica de nuestra interacción como mujeres Negras. Ahora bien, dicha interacción puede influir en el resto del material psíquico al que prestamos una atención profunda. Busqué tu ayuda profesional precisamente para examinar esa interacción, y he llegado a darme cuenta de que para hacerlo debo abrirme camino a través de nuestras semejanzas y diferencias, así como a través de nuestra historia de premeditada desconfianza y deseo. Este escrutinio, que no se ha hecho nunca y si se ha hecho no se ha documentado, es doloroso y lleva aparejada la vulnerabilidad propia de todo escrutinio psicológico y, además, el obstáculo derivado de ser mujeres Negras en un mundo de hombres blancos; mujeres Negras que han sobrevivido. Es un escrutinio que suele eludirse, o considerarse poco importante, superfluo, ejemplo: no sabría decirte cuantísimas blancas buenas, profesionales de la salud psicológica, me han dicho: “¿Qué más da ser Negra o blanca?”, nunca pensarían en decirme: “¿Qué más da ser mujer u hombre?”. Ejemplo: No sé quién es tu superior en el trabajo, pero apuesto a que no es una mujer Negra. Así pues, el territorio que hay entre nosotras se presenta nuevo y amedrentador, así como apremiante, armado de los dispositivos detonantes propios de nuestras historias raciales individuales, ésas que ninguna de las dos escogimos pero cuyas cicatrices portamos. Y cada una tiene cicatrices propias. Pero hay una historia que compartimos por el hecho de ser mujeres Negras metidas en un caldero sexista y racista, y eso significa que una parte de este recorrido también es en alguna medida tuyo. En mí hay muchas áreas conflictivas que a ti, como profesional capaz y con experiencia, no te resultarán nuevas ni te darán problemas. Creo que eres una mujer valiente y te respeto por ello, pero dudo que tu aprendizaje haya podido prepararte para explorar la maraña de necesidades, miedos, desconfianza, desesperación y esperanza que bulle entre nosotras, y, ciertamente, no te habrá preparado para analizarla con suficiente profundidad. Como no somos hombres ni blancas, pertenecemos a un grupo de seres humanos a quienes no se ha considerado merecedores de ese tipo de estudio. Así que sólo contamos con nosotras mismas, con o sin el valor de emplear nuestro ser para analizar y esclarecer más a fondo qué influencia tiene sobre nosotras y sobre nuestro trabajo conjunto todo aquello que se interpone entre nosotras por ser mujeres Negras. Si no lo hacemos aquí y ahora, entre las dos, cada una de nosotras tendrá que hacerlo en algún otro lugar, en otro momento. Conozco estos hechos, pero aún no sé qué hacer con ellos. Más pretendo conseguir que encajen entre sí para ponerlos al servicio de mi vida y de mi obra, y no es una solución fácil la que busco. No sé cómo todo esto podrá enriquecer e iluminar tu vida y tu obra, pero sé que te servirá para ambas cosas. A veces, la maldición y la bendición de la poeta es percibir sin tener aún la capacidad de ordenar sus percepciones, y ése es otro de los nombres del Caos. Y es del Caos de donde nacen nuevos mundos. Espero que pronto estemos mirándonos a los ojos, Audre III Últimamente me he visto rodeada de tantas muertes y pérdidas, sin metáforas ni símbolos redentores, que a veces me siento atrapada en una sola palabra: sufrimiento: y su corolario: soportar. Y tengo el mismo problema con la ira. La ira se cuela en mis principales tratos con el mundo porque, en los últimos tiempos, he tenido que procesar grandes dosis de ira, o tal vez porque la maquinaria con que la proceso se está volviendo más lenta o menos eficaz. Tal vez por eso a las mujeres Negras a menudo les resulta más fácil interactuar con mujeres blancas, pese a que esas interacciones tiendan a ser un callejón sin salida emocional. Pues con las mujeres blancas existe un nivel intermedio de interacción posible y sostenible, un límite emocional a la relación entre dos seres que se reconocen. Pero ¿por qué no me sucede lo mismo con Frances, que es blanca y es la persona con la que trato en un plano más profundo? Al hablar de Frances y de mí hablo de una relación que no sólo es muy profunda, sino también muy tolerante, es una globalidad de diferencias que no se han fundido. Hablo además de un amor Modelado por nuestro compromiso compartido durante muchos años con el trabajo duro y la confrontación, pues ambas nos hemos negado a aceptar lo fácil, lo sencillo, lo aceptable y conveniente. La relación medianamente profunda que se entabla con mayor facilidad entre mujeres Negras y blancas resulta menos amenazadora que la maraña de necesidades y rabia sin analizar a la que siempre se enfrentan dos mujeres Negras que tratan de comunicarse directamente, emocionalmente, sea cual sea el contexto de su relación. Es así tanto si las mujeres son compañeras de oficina, como activistas políticas o amantes. Pero desentrañar la maraña es el único medio para lograr que las mujeres Negras adquieran nuevas visiones del ser y de sus potencialidades. Estoy hablando, una vez más, de relaciones sociales, pues es crucial que analicemos el proceso que se desarrolla tanto entre mujeres que no son amantes como entre las que sí lo son. Y me pregunto: ¿quizá empleo en ocasiones mi guerra contra el racismo para eludir otro dolor más difícil de resolver? Si es así, ¿la energía con que emprendo las batallas contra el racismo no se vuelve por ello más tenue, más confusa, más sujeta a tensiones y desengaños imprevistos? Es imposible que el pueblo blanco nos dé verdadera legitimidad. Por ejemplo: si en este momento el racismo se erradicara por completo de las relaciones medianamente profundas que hay entre las mujeres Negras y las mujeres blancas, dichas relaciones quizá se volverían más profundas, pero seguirían sin satisfacer la necesidad que las mujeres Negras sentimos unas de otras, nacida de nuestros conocimientos, tradiciones e historia compartidos. Son dos luchas muy distintas las que se están librando. Una es la guerra contra el racismo del pueblo blanco, y la otra es la necesidad de que las mujeres Negras se enfrenten a la estructura racista que sustenta nuestra desposesión mutua y la superen. Y ambas batallas tienen muy poco que ver. Pero en ocasiones nos parece que más vale la rabia justificada que el sordo dolor de la pérdida, la pérdida, la pérdida. Mi hija dejando atrás su época filial. Las amigas que se van de una manera u otra. …cuando quienes son aparentemente semejantes maduran, la naturaleza pone de relieve su singularidad y las diferencias se vuelven más evidentes (9). ¿Cuántas veces le he exigido a una mujer Negra algo que yo no me atrevía a darme a mí misma: aceptación, confianza, espacio suficiente para plantear un cambio? ¿Cuántas veces le he pedido que saltara sobre las diferencias, la desconfianza, la suspicacia, el viejo dolor? ¿Cuántas veces he esperado que sólo ella diera un salto sobre el espantoso abismo de nuestro desprecio aprendido, como un animal entrenado a no mirar el precipicio? ¿Cuántas veces he olvidado hacerle esta pregunta? ¿Acaso no estoy tratando de comunicarme contigo en el único lenguaje que conozco? ¿Tratas tú de aproximarte a mí con la única lengua que has rescatado? Si yo trato de escuchar la tuya a través de nuestras diferencias, ¿significa o significará eso que puedas escuchar la mía? ¿Analizamos estas preguntas o nos conformamos con el secreto aislamiento que ha significado esta tolerancia aprendida a base de desposeernos mutuamente -desposeernos del anhelo de la risa de la otra, de la oscura espontaneidad, del compartir y del permiso para ser nosotras mismas, permiso cuya necesidad no solemos reconocer porque sería admitir que no lo tenemos? ¿Nos conformamos con el dolor de lo que nos falta, persistente como una fiebre leve e igual de debilitante? ¿Representamos una y otra vez el crucificarnos entre nosotras, el evitarnos, la crueldad, los juicios, porque no se nos ha permitido tener diosas Negras, heroínas Negras? ¿Porque no se nos ha permitido ver a nuestras madres y vernos a nosotras mismas en su/nuestra grandeza hasta que ésta se ha convertido en parte de nuestra carne y nuestra sangre? Una de las funciones del odio es, sin lugar a dudas, enmascarar y distorsionar la belleza que nos otorga poder. Tengo hambre de mujeres Negras que no me den la espalda, airadas y desdeñosas, antes de conocerme o de escuchar lo que quiero decir. Tengo hambre de mujeres Negras que no huyan de mí aunque no estén de acuerdo con lo que digo. A fin de cuentas, estamos hablando sobre diferentes combinaciones de los mismos sonidos prestados. Hay ocasiones en que analizar nuestras diferencias es como marcharse a la guerra. Me lanzo ansiosa a la órbita de cada mujer Negra a la que quiero llegar, avanzo sosteniendo lo mejor que tengo para ofrecer en mis brazos extendidos… yo misma. ¿Ella ve lo mismo? Cuando yo estoy aterrorizada, esperando la traición, el rechazo, la reprobación de sus carcajadas, ¿también ella se siente juzgada por mí? La mayoría de las mujeres Negras a quienes conozco opinan que lloro demasiado, o que no oculto mi llanto como debiera. Me han dicho que llorar me hace parecer frágil y, por tanto, poco importante. Como si nuestra fragilidad tuviera que ser el precio que pagamos por nuestro poder y no, sencillamente, con lo que se paga más a menudo y con mayor facilidad. Batallo contra imágenes de pesadilla que llevo dentro, las veo, las poseo, sé que no me han destruido ni me destruirán ahora si las expreso, admito que me asustaban, que mi madre me enseñó a sobrevivir a, la vez que me enseñaba a temer mi propia Negritud. “No confíes en los blancos porque no nos desean ningún bien y no confíes en quienes sean más oscuros que tú porque sus corazones son tan Negros como sus rostros” (¿En qué situación me dejaba eso a mí, la más oscura?). Incluso ahora me resulta doloroso ponerlo por escrito. ¿Cuántos mensajes como éste nos llegan a todas, y de cuántas bocas diferentes, por cuántos medios distintos? ¿Cómo vamos a eliminar esos mensajes de nuestras conciencias si antes no reconocemos qué significaban y cuán destructivos eran? IV ¿Qué hace falta para ser dura? ¿La crueldad aprendida? Ahora resulta indispensable que se alce una voz diciendo que las mujeres Negras siempre nos hemos ayudado las unas a las otras, ¿no es verdad? Y ésa es la paradoja de nuestro conflicto interno. Contamos con una poderosa y antigua tradición de relaciones y apoyo mutuo, y las huellas de esa tradición viven en cada una de nosotras, oponiéndose a la ira y a la desconfianza engendradas por el odio a nosotras mismas. Cuando el mundo avanzó contra mí con mirada de desaprobación/ Fue mi hermana la que puso suelo bajo mis pies (10). Oír esta canción siempre ha provocado dentro de mí el más hondo y punzante sentimiento de pérdida por algo que deseaba sentir y que no sentía porque nunca me había sucedido. Algunas mujeres Negras sí lo han vivido. Para otras, esa sensación de poder confiar en un apoyo sólido como la roca prestado por nuestras hermanas es algo con lo que soñamos y por lo que trabajamos, sabiendo que es posible, pero también muy problemático a causa de la realidad del miedo y la desconfianza que se atraviesan entre nosotras. Nuestra ira está templada sobre los fuegos de la supervivencia, encubierta tras los párpados entornados, o resplandeciendo en nuestros ojos en los momentos más extraños. Al levantar la vista entre las piernas de una amante, al alzar la mirada de mis notas durante una conferencia (y casi pierdo el hilo de mis pensamientos), al apilar la compra en un supermercado, rellenando un formulario tras la ventanilla de la oficina de desempleo, saliendo de un taxi en el centro de Broadway, del brazo de un hombre de negocios de Lagos, apresurándose a adelantarme para entrar en una tienda mientras yo abro la puerta, mirándonos a los ojos durante una sola fracción de segundo… rabiosas, cortantes, hermanas. Mi hija preguntándome todo el tiempo cuando era pequeña: “¿Estás enfadada por algo, mami?”. Como mujeres Negras hemos malgastado nuestras iras demasiado a menudo, las hemos enterrado, hemos dicho que eran de otros, las hemos arrojado furiosamente a los océanos del racismo y del sexismo, sin que resonara ninguna vibración, nos las hemos lanzado a los dientes unas a otras y. luego nos hemos agachado para esquivar el golpe. Pero por lo general, evitamos expresarla abiertamente o le ponemos límites con una cortesía rígida e inabordable. La cólera que se cree ilícita o injustificada se mantiene en secreto, sin nombre, y preservada para siempre. Estamos rebosantes de furia, contra nosotras mismas, contra las demás, con terror a analizarlas por miedo a encontrarnos señaladas y nombradas en letra gruesa tal y como siempre nos hemos sentido y a veces hemos preferido estar: a solas. Sin lugar a dudas, en nuestras vidas sobran las ocasiones para emplear la ira justificadamente, son tantas que llenan el cupo de varias vidas. Podemos evitar la confrontación entre nosotras muy fácilmente. Resulta mucho más sencillo examinar nuestra ira en situaciones relativamente bien definidas y sin carga emocional. Resulta mucho más sencillo expresar nuestra ira en esas relaciones medianamente profundas que no plantean la amenaza de que haya que destaparse de verdad. Y, sin embargo, siempre está presente el hambre de la sustancia que conocemos, el hambre de compartir auténticamente, de la hermana con quien compartir. Es difícil mantenerse firme en las fauces de la agresión y el desdén blancos, del odio y los ataques de género. Y es aún mucho más difícil abordar de frente el rechazo de las mujeres Negras que tal vez ven en mi rostro el semblante que no han desterrado de sus espejos, y en mis ojos una figura que temen pueda ser la suya. Y el miedo que infesta las relaciones entre las mujeres Negras se recrudece aún más a causa del temor a perder al compañero varón, real o deseado. Pues también nos han enseñado que adquirir un hombre es la única medida del éxito, aunque los hombres Negros rara vez se quedan. Una mujer Negra observa y juzga en silencio a otra: qué aspecto tiene, cómo actúa, qué impresión crea en los demás. Ella misma es el contrapeso en el otro platillo de la balanza. Está midiendo lo imposible. Está midiendo ese ser que ella no desea del todo ser. No quiere aceptar las contradicciones, ni tampoco la belleza. Querría que la otra mujer se fuera. Querría que la otra mujer se convirtiera en otra persona, en cualquiera salvo una mujer Negra. Ser ella misma ya le causa bastantes problemas. “¿Por qué no aprendes a volar en línea recta?”, le pregunta a la otra mujer. “¿No te das cuenta de que tu torpeza nos pone en evidencia a todas? Si yo supiera volar, estoy segura de que lo haría mejor que tú. ¿No puedes ofrecer un espectáculo más convincente? Las chicas blancas saben hacerlo. Tal vez deberíamos traer a alguna para que te enseñara”. La otra mujer no puede hablar. Está demasiado ocupada tratando de no estrellarse contra el suelo. No derramará las lágrimas que van endureciéndose, convirtiéndose en piedrecitas afiladas que saltan de sus ojos y se clavan en el corazón de la otra mujer, quien enseguida cierra esas heridas y las identifica como el origen de su dolor. V Una serie de falacias sobre la manera de protegerse a una misma nos mantienen separadas y engendran dureza y crueldad donde más necesitamos dulzura y comprensión. 1. Que la cortesía y las buenas maneras exigen que no nos miremos directamente y sólo nos dirijamos disimuladas miradas para juzgarnos. Debemos evitar a toda costa la imagen de nuestro miedo. “Qué boca tan bonita tienes”, bien se podría escuchar como: “Mira qué labios tan grandes”. Mantenemos una discreta distancia entre nosotras también porque esa distancia me convierte menos en ti y te convierte menos en mí. Cuando no existe conexión alguna entre las personas, la ira es una manera de aproximarlas, de establecer un contacto. Pero cuando existen fuertes vínculos que son problemáticos, amenazadores o que no se reconocen, la ira es un medio de mantener separadas a las personas, de poner distancia entre nosotras. 2. Que como a veces nos alzamos en defensa mutua en contra de los extraños, no nos hace falta analizar el menosprecio y el desdén que hay entre nosotras. Prestarse apoyo en contra de, los extraños es muy distinto a cuidarse mutuamente. A veces la cuestión se plantea en términos de “quienes son iguales se necesitan”. Lo cual no significa que debamos apreciar a nuestra igual ni nuestra necesidad de ella, aun cuando esa igual sea el filo que separa la vida de la muerte. Porque si asimilo la valoración que el mundo blanco hace de mí: mujer-Negra-es-sinónimo-de-escoria, en mi fuero interno siempre creeré que no valgo para nada. Pero es muy duro mirar cara a cara el odio asimilado. Es más fácil verte como una inútil ya que eres como yo. Así que el hecho de que me apoyes porque somos iguales tan sólo confirma que tú también eres una nulidad, como yo. Es una postura con la que nadie puede ganar, una situación en que la nada sustenta a la nada y alguien tendrá que pagar las consecuencias, ¡y ese alguien no voy a ser yo! Cuando reconozco mi valía, estoy capacitada para reconocer la tuya. 3. Que la perfección es posible y es una expectativa adecuada con respecto a nosotras mismas y a las demás, y la única condición para la aceptación, para la humanidad (¡Observemos cuán útiles para las instituciones externas nos hace esta idea!). Si tú eres como yo, una mujer Negra, tendrás que ser mucho mejor que yo para ser simplemente aceptable. Y nunca lo conseguirás, porque por muchas virtudes que tengas seguirás siendo una mujer Negra, igual que yo (¿Quién se habrá creído que es?). De manera que cualquier hecho o idea que yo estaría dispuesta a aceptar o cuando menos a examinar si procediera de cualquier otra persona, se vuelve inaceptable cuando procede de ti, mi imagen especular. Si tú no eres MI imagen de la perfección, y nunca podrás serlo ya que eres una mujer Negra, entonces no eres más que un reflejo de mí misma. Nunca somos lo bastante buenas las unas para las otras. Todos tus defectos se convierten en reflejos ampliados de mis propios y amenazadores fallos. Debo atacarte antes de que nuestros enemigos nos confundan a una con la otra. Aunque, en cualquier caso, nos confundirán. Oh, madre, ¿por qué nos armaron para la lucha con espadas ceñidas de niebla y jabalinas de polvo? “¿Pero quién te has creído que eres?” Aquélla a la que por encima de todo temo (nunca) conocer. VI El lenguaje con el que nos han enseñado a desconfiar de nosotras mismas y de nuestros sentimientos es el mismo lenguaje que empleamos para desconfiar las unas de las otras. Demasiado guapa… o demasiado fea. Demasiado Negra… o demasiado blanca. Inútil. Eso ya lo sé. ¿Quién lo dice? Eres poco de fiar como para que te escuche. Hablas SU lenguaje. No hablas SU lenguaje. ¿Quién te has creído que eres? ¿Te crees mejor que las demás? Desaparece de mi vista. Nos negamos a prescindir de la distancia artificial que nos separa y a analizar nuestras diferencias reales para establecer un intercambio creativo. Somos demasiado diferentes para comunicarnos. Lo cual quiere decir que debo definirme por oposición a ti. Y el camino de la ira está pavimentado con los miedos inexpresados a que nos juzguen nuestras hermanas. A las mujeres Negras de EE.UU. no se nos ha permitido tratarnos unas a otras con libertad; nuestro encuentro está envuelto en mitos, estereotipos y expectativas impuestos desde fuera, en definiciones que no son nuestras. “Sois mi grupo de referencia, pero nunca he trabajado con vosotras”. ¿Cómo me ves? ¿Tan Negra como tú? ¿Más Negra que tú? ¿No suficientemente Negra? En cualquier caso, siempre me encontrarás alguna carencia… Somos mujeres Negras, definidas como nunca-lo-bastante-buenas. Para superar esto, debo ser mejor que tú. Si me pongo muy alto el listón, tal vez pueda ser distinta de como dicen que somos, diferente de ti. Si llego a ser lo suficientemente diferente, quizá deje de ser una “perra negra”. Si te vuelvo lo bastante diferente de mí, ya no te necesitaré tanto. Me haré fuerte, la mejor, sobresaldré en todo, seré la mejor porque no me atrevo a ser menos que eso. Es mi única oportunidad de ser lo bastante buena para convertirme en un ser humano. Si soy yo misma, no puedes aceptarme. Pero si puedes aceptarme, eso significa que soy como a ti te gustaría ser y, por tanto, no soy “auténtica”. Y tú tampoco, en ese caso. POR FAVOR ¿PODRÍA LA VERDADERA MUJER NEGRA PONERSE EN PIE? Alimentamos nuestra secreta culpabilidad, sepultada bajo ropas exquisitas y maquillaje caro y cremas blanqueadoras (¡sí, todavía!) y productos que estiran el pelo dejándolo ondulado. El instinto asesino que actúa contra cualquier mujer Negra que se desvíe de la máscara prescrita es preciso y mortífero. Actuar como quien ocupa su lugar a la vez que nos sentimos fuera, conservar el rechazo hacia nosotras mismas por ser mujeres Negras a la vez que lo superamos… eso creemos. Y la actividad política no salvará nuestros espíritus, por muy correcta y necesaria que sea. Aunque, es cierto que sin actividad política no podemos confiar en sobrevivir el tiempo necesario para efectuar ningún cambio. Y adquirir un poder propio es la tarea más profundamente política que existe, y la más dificultosa. Cuando no tratamos de identificar los sentimientos confusos que se alzan entre las hermanas, los expresamos de un centenar de maneras dañinas e improductivas. Sin hablar jamás del viejo dolor para poder superarlo. Como si hubiéramos establecido entre nosotras un pacto secreto de silencio, ya que la expresión de un dolor no analizado podría ir acompañada de otros padecimientos antiguos e inexpresados, incrustados en la ira acumulada a la que no hemos dado voz. Y esa ira, como bien nos enseñaron nuestros maltrechos egos infantiles, está armada con una poderosa crueldad, aprendida en la crudeza de tempranas batallas por sobrevivir. “No lo vas a soportar, ja”. Las Docenas. Un juego de los niños Negros que consiste en lanzarse mutuamente epítetos con un supuesto ánimo de rivalidad amistosa; en realidad, es un ejercicio crucial para aprender a asimilar los insultos verbales sin desfallecer. Nuestra infancia fue parte del precio que pagamos por la supervivencia. Nunca nos permitieron ser niñas. Los niños tienen derecho a jugar a vivir durante algún tiempo, pero cada acto de un niño Negro puede tener consecuencias tremendamente graves, y aún peores si es niña. Preguntemos, si no, a las cuatro niñas Negras a quienes volaron en pedazos en Birmingham. Preguntemos a Angel Lenair, a Latonya Wilson, o a Cynthia Montgomery, las tres niñas víctimas de los infames asesinatos de Atlanta, ninguno de los cuales ha sido resuelto. A veces tengo la sensación de que si experimentara todo el odio colectivo que han dirigido en mi contra por ser una mujer Negra, si tomara conciencia de sus implicaciones, esa carga desolada y espantosa me mataría. Quizá ése fue el motivo de que una hermana me preguntara en cierta ocasión: “Los blancos sienten, ¿y los Negros?” Es cierto que, en EE.UU., la gente blanca dispone por lo general de más tiempo y más espacio para analizar sus emociones. Las personas Negras de este país siempre se han visto obligadas a entregarse en cuerpo y alma a la ardua y permanente tarea de sobrevivir en los planos más materiales e inmediatos. Resulta tentador deducir de este hecho que las personas Negras no necesitamos analizar nuestros sentimientos: o que no son importantes, puesto que se han empleado tan a menudo para estereotiparnos o infantilizarnos; o que estos sentimientos no son vitales para nuestra supervivencia; o, lo que es peor, que no sentirlos en profundidad es una virtud adquirida. Pensar así es como llevar una bomba de relojería conectada a nuestras emociones. En mi vivir cotidiano, estoy empezando a establecer una distinción entre dolor ysufrimiento. El dolor es un hecho, una experiencia que se debe reconocer, poner en palabras, y después debe ser utilizada de manera que la experiencia se modifique, se transforme en algo diferente, en fuerza o conocimiento o acción. Por otra parte, el sufrimiento es el espanto de volver a vivir el dolor que no se ha analizado ni metabolizado. Cuando experimento dolor y, conscientemente, hago caso omiso de él, me privo del poder que se derivaría de utilizar ese dolor, el poder de alimentar un cambio que me permita superarlo. Me condeno a revivir una y otra y otra vez ese dolor siempre que algo próximo lo desata. Y eso es el sufrimiento, un ciclo aparentemente ineludible. Es cierto, experimentar dolores antiguos puede ser como lanzarse de cabeza contra un muro de hormigón. Pero me recuerdo que ESTO YA LO HE VIVIDO Y HE SOBREVIVIDO. A veces no se examina la ira que reside entre las mujeres Negras porque, en nuestro intento de protegernos y sobrevivir, nos desgastamos tanto analizando constantemente a los demás que no logramos reservar suficiente energía, para analizarnos a nosotras mismas. A veces no analizamos esa ira porque lleva tanto tiempo en su sitio que no la reconocemos, o pensamos que es más natural sufrir que vivir el dolor. A veces no la analizamos porque nos da miedo lo que podamos hallar. A veces porque no creemos merecerla. La repugnancia que refleja el rostro de una mujer que va a mi lado en metro, mientras retira su abrigo de mí y yo creo que ha visto una cucaracha. Pero veo odio en sus ojos porque quiere que lo vea, porque quiere que me entere, de la única manera en que puede enterarse una niña, de que en su mundo no hay sitio para alguien como yo. Si yo fuera mayor, probablemente me habría reído, o habría refunfuñado, o me habría sentido dolida al comprender lo que pasaba. Pero tengo cinco años. Lo veo, me consta, pero no sé nombrarlo, de manera que la experiencia queda incompleta. No es dolor; se convierte en sufrimiento. ¿Y cómo podría decirte en voz alta que no me gusta la forma en que apartas de mí tu mirada si sé que voy a desatar todas las iras sin nombre que llevas dentro, engendradas por el odio que has sufrido sin darte cuenta? Así pues, nos aproximamos unas a otras con cautela, exigiendo una perfección instantánea que nunca les pediríamos a nuestros enemigos. Pero es posible abrirse paso a través de esta agonía heredada, negarse a dar el visto bueno a esta amarga charada de aislamiento, ira y dolor. En las cartas de las mujeres Negras encuentro muchas veces esta pregunta: “¿Por qué me siento tan maldita, tan aislada?” Oigo esta pregunta una y otra vez, planteada de innumerables formas encubiertas. Pero tenemos la capacidad de modificar esta situación. Podemos aprender a cuidarnos con cariño maternal. ¿Qué significa eso para las mujeres Negras? Significa que debemos darnos la autoridad para definirnos a nosotras mismas y poner nuestras esperanzas y nuestros esfuerzos en un crecimiento que será el comienzo de la aceptación que esperamos sólo de nuestras madres. Significa que afirmo mi valía al comprometerme con mi supervivencia, tanto en mi ser como en el ser de otras mujeres Negras. Por otro lado, significa que a medida que voy conociendo mi valía y mis auténticas capacidades, me niego a conformarme con algo inferior a la rigurosa búsqueda de mis capacidades, y, al propio tiempo, distingo lo que es posible de lo que el mundo exterior me impulsa a hacer para demostrar que soy humana. Significa que soy capaz de reconocer mis éxitos y de ser afectuosa conmigo misma, incluso cuando fracaso. Comenzaremos a mirarnos unas a otras cuando nos atrevamos a empezar a vernos a nosotras mismas; comenzaremos a mirarnos a nosotras mismas cuando empecemos a mirarnos unas a otras, sin exaltación, sin desdén, sin recriminaciones, con paciencia y comprensión cuando no logramos dar la talla, y con reconocimiento y aprecio cuando lo logramos. Cuidarnos con cariño maternal significa aprender a amar aquello que hemos alumbrado al darle un nombre, aprender a ser a la vez amables y exigentes tanto en el fracaso como en el éxito, sin tomar ninguno de los dos por lo que no es. Cuando llegas a respetar el carácter de la época, ya no tienes que encubrir la vacuidad con fingimiento (11). Debemos reconocer y nutrir los aspectos creativos de nuestras hermanas sin necesidad de comprender en todo momento qué fruto darán. Cuando nos tengamos menos miedo las unas a las otras y nos valoremos más, aprenderemos a apreciar el reconocimiento que reflejan tanto los ojos ajenos como los nuestros, y buscaremos el equilibrio entre estas visiones. Cuidarse con afecto maternal. Reclamar autoridad para definir quiénes queremos ser, y saber que esa autoridad es relativa y depende de la realidad de nuestra vida. Pero sin olvidar que sólo a través del uso de esa autoridad podemos cambiar con efectividad estas realidades de nuestras vidas. Cuidarse con afecto maternal significa dejar en reposo lo débil, lo tímido, lo dañado -sin menospreciarlos-, proteger y fomentar lo que es útil para la supervivencia y el cambio, y explorar conjuntamente las diferencias. Recuerdo un hermoso y complejo grupo escultórico que representa la corte de la Reina Madre de Benín y lleva por título “El poder de las manos”. La Reina Madre, sus cortesanas y sus guerreras forman un círculo que celebra la capacidad humana para lograr el éxito en las aventuras prácticas y materiales, la habilidad de crear algo de la nada. En Dahomey, ese poder es femenino. VII Teorizar sobre la propia valía no sirve de nada. Ni tampoco fingir. Las mujeres que han vivido con un gesto inexpresivo en sus hermosos rostros pueden morir entre grandes tormentos. Yo me puedo permitir mirarme de frente, arriesgarme al dolor de experimentar lo que no soy y aprender a saborear la dulzura de quien soy. Puedo entablar amistad con las distintas parcelas de mi ser, tanto si me gustan como si no me gustan. Reconocer que la mayoría de los días soy más amable con el estúpido marido de mi vecina que conmigo misma. Puedo mirar al espejo y aprender a amar a la pequeña y turbulenta niña Negra que en su día anhelaba ser blanca o ser cualquier cosa menos lo que era, ya que nunca le permitieron ser nada más que la suma del color de su piel y la textura de su pelo, la tonalidad de sus rodillas y sus codos, todos esos rasgos a todas luces inaceptables en un ser humano. Aprender a amar nuestro ser de mujeres Negras no se limita a insistir de manera simplista en que “lo Negro es hermoso”. Es algo más amplio y profundo que la apreciación superficial de la belleza Negra, si bien esta apreciación constituye un buen comienzo. Pero si nuestro intento de reclamarnos a nosotras mismas y a nuestras hermanas se queda sólo en eso, nos arriesgamos a adoptar otro patrón superficial de medida del ser, un patrón superpuesto al anterior e igual de dañino en tanto en cuanto se detiene en lo superficial. Ciertamente, no nos otorgará más poder. Y el resultado de nuestro empeño ha de ser la toma de poder, el fortalecimiento de nuestro ser en beneficio propio y de nuestras hermanas, en beneficio de nuestra obra y del futuro. Debo aprender a amarme a mí misma antes de amarte o aceptar tu amor. Tú debes aprender a amarte a ti misma antes de amarme o aceptar mi amor. Antes de tendernos mutuamente la mano, hemos de saber que somos merecedoras de que nos acaricien. No debemos disimular la sensación de que no valemos para nada con frases como “no te necesito”, “da igual”, o “los blancos sienten, los Negros ACTÚAN”. Y lograr esto es enormemente difícil en un entorno que fomenta por todos los medios el desamor y el fingimiento, en un entorno que nos advierte que silenciemos la necesidad que sentimos las unas de las otras, y califica de inevitables nuestras insatisfacciones y de inalcanzables nuestras necesidades. Hasta el momento, apenas nos han enseñado a ser amables las unas con las otras. Con el resto del mundo, sí, pero no entre nosotras. Hemos contado con escasos ejemplos externos de cómo tratar a otra mujer Negra con cariño, deferencia y ternura, que es posible dedicarle una sonrisa afectuosa y espontánea sencillamente porque EXISTE; o que hay que comprender las deficiencias de las demás porque las conocemos por experiencia propia. ¿Cuál fue la última vez en que piropeaste a una hermana y mostraste que apreciabas su singularidad? Debemos estudiar conscientemente cómo tratarnos con mutua ternura hasta que ésta se convierta en un hábito, pues nos han robado lo que originalmente nos pertenecía, el mutuo amor entre las mujeres Negras. Siendo dulces con las demás podemos aprender a tratarnos a nosotras mismas con dulzura. Y podemos aprender a tratarnos mutuamente con dulzura aprendiendo a ser tiernas con esa parte de nuestro ser que resulta más inabordable, aprendiendo a ser más generosas con la valerosa y maltrecha niña que llevamos dentro, aprendiendo a rebajarle el listón de los gigantescos esfuerzos que hace por sobresalir. Podemos amarla tanto en la oscuridad como bajo la luz, apaciguar su ánimo perfeccionista y favorecer sus intentos de realizarse. Entonces tal vez lleguemos a comprender mejor cuánto nos ha enseñado esa niña y cuán valiosa es su aportación para que el mundo siga en su órbita y avanzando hacia un futuro vivible. Es absurdo creer que este proceso será rápido y fácil. No creer que sea posible es suicida. Al armarnos con nuestro propio ser y el de nuestras hermanas, podremos unirnos en el campo de ese riguroso amor y comenzar a hablar entre nosotras de lo imposible, o de lo que siempre nos ha parecido imposible. Es el primer paso hacia un cambio auténtico. Con el tiempo, si nos decimos mutuamente las verdades, el cambio para nosotras será inevitable. ♀ Notas 1. Artículo de Samella Lewis. 2. De “Letters from Black Feminists, 1972-1978”, de Barbara Smith y Beverly Smith, Conditions: Four (1979). 3. Del I Ching. 4. Del poema “Nigger”, de Judy Dothard Simmons, publicado en Decent Intentions(Blind Beggar Press, P. O. Box 437, Williamsbridge Station, Bronx, Nueva York 10467, 1983). 5. Del I Ching. 6. This Bridge Called My Back: Writings by Radical Women of Color, editado por Cherríe Moraga y Gloria Anzaldúa (Kitchen Table: Women of Color Press, Nueva York, 1984). 7. Del I Ching. 8. De “Every Woman Ever Loved A Woman”, de Bernice Johnson Reagon, canción interpretada por Sweet Honey in the Rock. 9. Del I Ching. 10. De “Every Woman Ever Loved A Woman”, de Bernice Johnson Reagon, canción interpretada por Sweet Honey in the Rock. 11. Del I Ching. Referencia El texto y las notas proceden de: Audre Lorde, “Mirándonos a los ojos: mujeres negras, ira y odio” (1983/1984/2003), en Audre Lorde, La hermana, la extranjera. Artículos y conferencias, traducción de María Corniero, revisión de Alba V. Lasheras y Miren Elordui Cadiz, Ed. Horas y horas, Madrid, 2003, pp. 167-210. (Texto original: “Eye to Eye: Black Women, Hatred and Anger”, en Audre Lorde, Sister Outsider: Essays and Speeches, 1984). https://sentipensaresfem.wordpress.com/2016/12/03/momnioal/
- Una canción como esa / Claudia Masin
A Milagro Sala En los pueblos anestesiados, adormecidos por un sol violento, cada vez que llueve se levanta de las calles de tierra una nube de vapor, un humo viejo que trae el olor picante de la pólvora vencida, disparada hace décadas sobre cuerpos desarmados o en enfrentamientos desiguales de cientos contra pocos, un humo que condensa el olor de todos los fuegos encendidos a la noche, jornada tras jornada, mes tras mes, año tras año, para asar la carne o calentar la comida que hubiera, unos junto a otros reunidos alrededor del fogón como luciérnagas que se han ido apagando para dejar su brillo en una caja que otros construyeron, sin agujeros por donde respirar porque no todos, se sabe, tienen derecho a la vida y a la belleza. Es denso ese humo y es tóxico, y se nos cierra la garganta cuando llega, porque guarda el olor corrosivo que se adhiere a los cuerpos de tanto andar juntando los desperdicios que otros dejan, la basura ajena, para seguir sobreviviendo. El olor de ese humo, a pobreza y a miedo, a veces crece y crece y llega a las ciudades ricas donde apesta más que nunca y hay que espantarlo con las manos como a un insecto. No tiene historia, no duele, a nadie le pertenece ese olor cuando entra a las casas y molesta, lo único que importa es apagarlo, taparlo, hacer que vuelva a donde pertenece, porque no se puede invadir la propiedad de los otros con la propia miseria. Sin embargo es más grande todavía el desprecio y el asco cuando esos hombres y mujeres un día se atreven a salir a las calles, a invadir el centro de ciudades que no fueron construidas para ellos: aunque han venido de tan lejos, y están sucios y cansados, no traen ese olor animal con ellos, no es pobreza ni miedo eso que los circunda como un halo imposible y los protege como una empalizada, como una fuerza torrencial y serena que los sostiene con la delicadeza con que debe ser sostenido algo que ha sido roto y recompuesto mil veces, algo a la vez infinitamente poderoso y frágil, porque ha conocido la experiencia de su propio derrumbe y ha vuelto. No es pobreza ni miedo, no están vencidos porque vienen cantando, se los oye desde lejos, nadie puede no oírlos, su canción tiene raíces tan hundidas en la tierra que a algunos les toca el corazón, les hace nacer una alegría que no conocían, tan intensa que pareciera que les rompe el pecho, pero en otros despierta una violencia incurable y quisieran arrancar ese canto y arrancarlos a ellos como a la mala hierba para que algo así, capaz de transmitir una esperanza tan tremenda, no pueda propagarse y contaminar a los demás, a los que bajan la cabeza y aceptan porque no saben, no les han dicho, nunca han escuchado una canción como esa. Que no existen los milagros es algo evidente. Pero sí existen algunos –poquísimos- seres con el coraje, la terquedad, la furia de insistir en lo que no se puede: caminan sobre el agua o multiplican los panes y los peces como si no estuvieran haciendo nada extraordinario, apenas lo justo, lo que tenía que ser hecho. Una sola de estas personas puede lograr que el mundo se ahueque como los ventrículos del corazón enorme y violento de las fieras del monte, cuyo latido retumba adentro de la tierra hasta que incluso los seres más mansos, más pequeños, lo escuchan y entonces despiertan y escapan de una vez y para siempre de su cautiverio.
- Pachamama / Paula Jiménez España
A Milagro Sala, presa política y dirigente indígena Yo no toco el cielo con las manos pero camino la tierra pedregosa lo seco del sendero incómodo, ondulado por el que van los collas. Los sigo como víbora ascendiendo llevada por el viento dulce de sus trombones. Como la extraña que soy, la deslumbrada me extasío ante la fiesta de sus ropas, sus plumas, sus coronas. Sigo la ronda de cerveza derramada sobre la Pachamama, la ofrenda de embriaguez con que esta noche todos entramos al mundo del Espíritu. Todos, aun yo que no bendije mi sueño en la Apacheta ni entregué mi tesoro a la cosecha que nadie me enseñó a adorar. Porque soy blanca no sé más que mirar con ojo ajeno la fanfarria que avanza en dirección al templo erigido en Kalassaya y copiado en la loma, entre las tunas en la aridez del Alto comedero por los bloqueros negros de Milagro, “la flaca”, emponchados de ovejas y vicuñas. Y al asomar el Inti por detrás de los cerros imito el gesto abierto de sus palmas pero sus corazones son los que crepitan apabullantemente vivos. Porque yo soy blanca y extranjera no toqué al animal sagrado ni veneré a los muertos vestidos para subir con él, tampoco he visto sembrar a Mama Quilla las semillas prolíficas. Todo lo que renace y lo que muere lo reciben sus manos reflejo de obsidiana en el rayo del amanecer. Porque soy blanca disipé el oro del solsticio que calienta el corazón de mis hermanos Ni un día fui comida por el hambre no fui esclava el azúcar fue dulce para mí. Por mis poros no pasan los secretos del Inti porque él no confía en esta piel que ha negado su influjo el surco por el cual entra el misterio como entra el amor haciendo despuntar la flor de la humildad de los guerreros. Veo las lanzas del dolor a punto de volar ya detenidas. La infinita paciencia que al grito de ¡Jalalla! le da vida otra vez al gran Tupac, víbora brava que inocula justicia entre los dedos de un Supay congelado en el invierno que en el alba soy yo.
- Trump y sus cuentas / Alejandro Kaufman
Un rasgo destacable de algunas intervenciones suscitadas por las restricciones impuestas por las redes sociales a las cuentas de Donald Trump es la banalidad con que se da por sentado que todas las personas venimos a ser usuarias de las redes de manera igualitaria y equivalente. Una versión degradada, democratista y boba de la ciudadanía, ahora definida por la habilitación a decir o mostrar cualquier cosa en las plataformas digitales sin otras restricciones que al tráfico de drogas, armas, pedofilia o incitaciones obvias a la violencia. No es un problema de sistemas automatizados por algoritmos carecientes (todavía, dicen) de capacidades lingüísticas plenamente humanas, portadoras de instrucciones tontas, razón por la cual la censura legítima o legitimada resultaría torpemente violenta e ineficaz. Lo mismo sucedía con la censura aplicada por agentes destinados a tal efecto porque el uso del lenguaje solo puede ser correspondido por el propio uso del lenguaje bajo formas conversacionales, de manera circular. El propósito de intervenir de otra manera ante la palabra pública se llama violencia, de la cual la censura es una forma perteneciente a épocas pretéritas y sin ninguna vinculación con lo que sucede en las redes. En otras épocas, hasta no hace mucho, y aun en algunos países que no son los nuestros de los que nos ocupamos, la censura era una intervención activa sobre el discurso consistente en suprimir aquellos enunciados que no se ajustaran a un programa conceptualmente determinable. Aun así, los resultados siempre fueron grotescos y lindantes con el ridículo, porque es errado el propósito de imponer un programa ideológico y pretender luego controlarlo de manera coercitiva. Todos los proyectos que históricamente intentaron tales acciones son materia del olvido, es decir, de la memoria histórica de crímenes, desapariciones y exilios, o de una actualidad brutal donde la mala fortuna les otorga renovadas condiciones. Las formas actuales de vincularse el poder con el discurso no consisten en ajustar un núcleo aprobado desde una cumbre para imponerlo a la sociedad. Eso no sucede más. Cuando hablamos de censura reproducimos con esa designación un residuo de épocas pasadas y lo aplicamos a acontecimientos de diversa índole, de un modo más bien metafórico, como cuando llamamos navegación al uso de la web. No hay tempestades ni corrientes marinas ahí. En nuestros días, la relación entre poder y discursos consiste en administrar espacios simbólicos de inclusión y exclusión, de selección y competencia, de estratificaciones y precios, de “visibilización” o de “invisibilización”, que se rigen por criterios heterogéneos, eventualmente implícitos bajo modalidades de sentido común establecido, y que dan lugar entonces a debates sobre las regulaciones o criterios en juego. En otras palabras, y para dar un ejemplo… Un nuevo canal de TV, de noticias, recientemente inaugurado en nuestro país, exhibiría probablemente la censura más extrema -si ese término cupiera- sobre los estereotipos con que compone su pantalla. Los rostros, cuerpos, edades, actitudes y dicciones se limitan a un exiguo grupo con exclusión de toda otra variante, de una manera decididamente calificable como políticamente incorrecta para los criterios vigentes en términos de derechos humanos y convivencia. (La expresión “corrección política” ha sido tan denostada que solo nos evoca su detracción.) ¿Es esto censura? Lo llamamos así porque hemos derivado el concepto al modo actual de incluir y excluir sin advertir las diferencias con las formas del pasado a las que se aplicaba la palabra. Este canal de TV no persigue a quienes no se ajustan al modelo estereotipado restringido con el que compone la pantalla, no les va a buscar a sus domicilios a la madrugada para internarles en campos de concentración, ni alberga proyectos exterminadores o deliberadamente disciplinarios. No hay un estado con una policía política que patrulle las mentes. Sin embargo, también cuando decimos “censura” pensamos que ese canal contribuye indirectamente a socavar al movimiento de mujeres y disidencias, no por lo que dice, sino por cómo compone su propia formulación, su imagen, su estética y su retórica. Lo sabremos responsable entonces de la opresión de género y de discriminación sexista y racista. Nos confunde el pensar que ese modo de proceder pueda tener afinidad con las modalidades ideológicas del pasado o con la vigencia de un patriarcado que se autorreproduce del modo en que ese canal procede. El canal alegará su sujeción a la ley en cuanto a sus agendas y enunciados, en tanto que las luchas emprendidas por las mareas verdes deberán seguir su largo camino. El reproche al canal de TV no reside en que censure del modo en que lo hacían las dictaduras, sino en cómo construye un discurso que es objetable por los movimientos emancipatorios. Las redes sociales intentan administrar criterios de convivencia minimalistas. Su fracaso no reside en equívocos sobre cómo regular, sino en un problema que concierne a su naturaleza estructural. Se trata de arquitecturas que pretenden -suponen- que todas las personas se comuniquen a la vez con todas las personas. Pretenden incluir a toda la población mundial, a todas las lenguas y a todas las edades, géneros y pareceres. Quieren erigir una torre de Babel para alcanzar el cielo de un esperanto mundial inexistente, imposible e indeseable. La idea misma de que algún significado pueda ser comprendido y compartido por toda la población mundial es inocente, disparatada y finalmente alberga el mal que solo puede inferirse de una bondad inocente, ingenua y en el fondo perversa. Ese es el verdadero problema, que tan solo se ahonda cuando hablamos de Trump como si fuera un usuario de redes, un tuitero como cualquier otro al que censuraron. Y a continuación seguimos sobre las reglas de juego de twitter internándonos en una conversación cada vez más absurda y fútil frente a lo real de la vida política y social. Trump pertenece, digamos con ironía, a una short list de tuiteros, creo que en este momento son todos varones, que disponen del llamado “botón nuclear”. Trump nos hizo saber (de un modo que se llama “amenaza” o “intimidación”) que tiene inconvenientes para pasarle ese botón a su sucesor. Tal circunstancia concerniente a Estados Unidos, a su política interna, y a que tal política en particular se articula con un puñado ínfimo de países poseedores de ese mismo botón, convierte a cualquier debate sobre “twitter” en un intercambio grotesco de enunciados vacíos. Recordemos que él ya había dicho en twitter, en un mensaje dirigido a Corea del Norte, que “el suyo es más grande”, en abierta amenaza nuclear. Con esto sería suficiente para calificar sus acciones en las redes, pero no lo es. Lo decisivo es qué más hizo en las redes: hacerse pasar por un usuario común para que se le adhieran multitudes dispuestas a subordinarse a un liderazgo carismático totalitario, para lo cual la primera condición es un supuesto falso de condición plebeya por parte de ese tipo de liderazgo, conjugada con el hecho de que desdeñó los canales institucionales e incluso la propia cuenta que twitter asigna al presidente. En el caso de Trump, el uso plebeyo de las redes para que las multitudes se identifiquen con él es del todo opuesto al caso de gobernantes y gobernantas o ex gobernantas que usan las redes de modo plebeyo en favor de las multitudes ante los monopolios mediáticos que impiden o tergiversan sus palabras. Trump aduce ese argumento contra los grandes medios por las razones opuestas en relación a las multitudes. Actúa del modo fascista, que es imitativo de las prácticas emancipatorias de masas. El fascismo las emula con la pretensión de distinguirse del terror blanco. El poder de las redes no se manifiesta cuando censuran a Trump sino cuando le sirven. El hilo conductor de las acciones trumpistas nos remite a las diversas modalidades del fascismo y su linaje de totalitarismos y coacciones que han conseguido hacerse del poder por vías inicialmente legítimas para al final cerrar el círculo de los despotismos. La agresión contra el Capitolio fue el corolario revelador para quien antes no lo hubiese advertido. La catadura de esas personas, los símbolos que ostentaron y la forma en que se condujeron dieron lugar a una situación singular que debe ser tratada en su especificidad. Si las redes se mantuvieran prescindentes ante tal ataque intimidatorio y amenazante asumirían una complicidad que decidieron declinar. La situación era urgente e incierta. Analizarla como un problema jurídico regulatorio puede ser también necesario, pero está muy lejos de adecuarse a lo que requiere ser pensado. Insistiría en lo siguiente: Trump no es un usuario, sino un presidente de los Estados Unidos que puso en crisis la legitimidad de su cargo, que resulta amenazante e intimidatorio, y que ha hecho un uso indebido de las redes. Es una cuestión política que requiere un abordaje afín y congruente, y que es muy fácil de deslindar: las decisiones que se le aplicaron remiten a usuarios con botón nuclear, de los cuales solo algunos son usuarios de redes, ¿tres o cuatro? No es la ocasión de ponernos en el lugar de personas usuarias para discutir todo lo que sea necesario en el marco adecuado que siempre conviene exigir con mayor y denodado esfuerzo conceptual, lejos de las trivializaciones inherentes a la vida de las redes. Acertaron quienes advirtieron que la crisis que arrojó el desenlace del uso trumpista de las redes impondrá un debate renovado sobre su estatuto y reglas contractuales. Al cerrar las cuentas, en este caso, las redes reconocieron un papel político que las compromete, y dieron un paso en la dirección de asumirse como entidades editoriales en lugar de solo arquitecturas virtuales prescindentes. En el primer caso no se trata de censura también porque cualquier entidad editorial es tal por su papel decisorio sobre lo que publica. Ningún medio está obligado a publicar lo que le soliciten, y esto es porque cualquier ciudadano puede ejercer su derecho a la expresión por múltiples vías. Esto también sucede con las redes sociales. Si asumen un papel editorial se les aplica la discrecionalidad atinente a cualquier medio de comunicación. Si son arquitecturas virtuales -lo son también o pretenden serlo- hay muchas discusiones que sostener y habría que preguntarse por sus obligaciones. ¿Acaso medios privados no tienen normas de admisión? Lo que aquí se plantea no es en favor de las redes sino todo lo contrario: el debate insustancial sobre la libertad de expresión y la censura les da en forma implícita un poder absoluto y totalitario a las redes porque supone que si se cierra una cuenta la persona usuaria queda privada de sus derechos, en lugar de considerárselo como una decisión privativa de un recurso de comunicación entre otros. Pero esta enunciación es consecutiva a una cesión de exclusividad a las redes dada por los usos que hacemos de ellas. La actitud frente a países “no democráticos” que cierran sus espacios virtuales en las redes es denostada también como censura en lugar de considerársela como soberanía. Es como si le imputáramos al New York Times la obligación de publicar no solo lo que le envíe cualquier ciudadano de su país, sino también cualquier ciudadano chino o ruso. Trump no sufre ninguna limitación a sus necesidades de expresión pública, que por otra parte distan de ser “opiniones” como las que puede enunciar cualquier persona, sino actos de gobierno que han sido objetados como tales, es decir, han sido contrarrestados en términos de una acción política en respuesta a sus acciones políticas reprochables por cualquiera que defienda los valores que se afirma defender con aquellas críticas. Trump venía usando de manera espuria las redes porque pretendía hacer pasar por opiniones equivalentes a cualesquiera otras sus publicaciones que constituían una estrategia de acumulación de poder totalitario, lo cual puso en evidencia el evento del Capitolio. Esta es una evaluación situacional, es decir, singular. El debate normativo tiene otra pertinencia. Convertir una escena política en una discusión regulatoria es lo que resulta banal y abstracto en este caso. Adopta la forma de una charla moralizante sobre eventos considerados de manera superficial. El marco del debate es el requerido por las prácticas emancipatorias, que no consisten solo en declaraciones y ciertas acciones, sino también en someter a escrutinio y problematización los discursos públicos. Los discursos publicitarios de los mercados capitalistas se entreveran y asimilan a y con las palabras de la emancipación para banalizarlas y tornarlas susceptibles del equivalente general de los intercambios y la acumulación del capital. Es por eso que a cada paso, a cada articulación de la voz se nos oponen los regímenes de presuntas libertades abstraídas del devenir corpóreo, deseante y de verdad libertario de las multitudes, aun mientras están subyugadas y su destino es impredecible y utópico. Lo cierto es que toda iniciativa emancipatoria, como lo es la marea verde, consiste en interpelar las regulaciones antes que nada, no en obedecer las vigentes ni tampoco en dar cuenta de nuevas normas, sino en demandar condiciones existenciales liberadas. Cualquier desenlace normativo es una consecuencia, no una condición de esas luchas. FUENTE: LATFEM, enero 15, 2021. https://latfem.org/trump-y-sus-cuentas/ IMAGEN: McJesus"(2015), Jani Leinonen.
Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.











