Búsquedas
Search this site
Se encontraron 1535 resultados sin ingresar un término de búsqueda
- Piedrazos / Cynthia Eva Szewach
“Hay piedras que tropiezan dos veces con la misma vida” Jorge Boccanera “Cayó como una piedra la palabra” Anna Ajmátova Transito hace algunas semanas la lectura de “El piedrazo en el espejo” un libro de Pompeyo Audivert.1 Mientras lo voy subrayando, degustando, pienso que me daría ganas que los practicantes del psicoanálisis lo lean, por muchas y diversas razones, aunque trate de una ocupación distinta. Una razón, es el trabajo con la viva maquinaria colectiva que hace obra, de improviso, como acontecimiento teatral, en este caso. La fuerza de transmitir el desgarro que puede hablar en una pestaña que cae en el aire. Establece en el libro a la presencia, como fuerza inercial de la ausencia. Esa idea me resonó con el término ausencial, que se me presentó cuando la distancia no hizo posible encontrarnos. Otra, es la masticación incesante de las influencias, por eso al transcribirlas no son citas. Son trance de asistencias. Dicho a través de J. Ramponi: “Asistido en el trance que es yo mismo del revés en mi ausencia”. La fuerza ausente combate vital con el desquicio de la historia funeraria. Descalcarse en cada intervención, nos concierne. El autor lo ubica en relación a los calcos dramatúrgicos que se afirman en convenciones de lo establecido sin innovar el juego. Es la política de una poética y una técnica personal que nombra allí como Piedrazo en el espejo. Las líneas que se abren cada vez en el vitral espejado que se reconstruye en lo roto, hace de la contingencia una opción imprescindible. También puede cortarse una imagen para siempre. Dice que cuando apedreamos en el espejo, cuando rasgamos se des-oculta lo preexistente. Lo representativo es sólo carnada para seguir. El piedrazo en el espejo puede ir a nuestras agarraderas teóricas, morales, del ideal, del ritual técnico. Sin duda se desarrolla en el libro y se dice de forma sensible, delicada, seria, cómica, poética, metafísica, lo que atañe a la escena teatral, a lo actoral. Según afirma de forma enigmática el teatro no es relato ni ficción. Es instante, revelación, destiempo. O es el relatar en tanto ponga en cuestión, según creo, los lastres de aquello que no irradia, o aparece con sentidos coagulados, instituidos con amalgamas sólidas que impiden hacer de los restos, apertura. Eso también nos concierne. Nos concierne en las maneras de relatar la práctica, alertados de una “habla esclava”, o como usa Audivert, es habla a veces amaestrada para fines ramplones y mercantiles. Sin “la historia en un hacerse tal… relato vivo” no sin los puntos muertos donde se aloja la resistencia como motor donde pensar lo que hacemos, lo que nos preocupa. Nuestra improvisación al relatar, si puede nombrarse así está condicionada con alguna inquietud, con la confrontación de algún límite que avizoramos y del que formamos parte. El teatro es una potencia escritural que como sabemos mucho le transmitió a Freud en los nudos esenciales de su teorización. Escribieron algunos analistas acerca del lugar de la escena, la Otra escena, el sueño, el amor, el sexo, la tragedia o lo cómico, su relación con el juego, entre otras figuras que atañen a la ilusión, pero no sólo. El jugar analítico infiltra, incluye, diferentes posibles roturas de la convención, las que interrumpen o las que habilitan: “Si el polvo del estrado hace estornudar al que hace de muerto” … trae Octave Manonni como ejemplo. Contingencias desazonadoras, pero a veces instiladoras del relampagueo de una verdad como aliento anterior a cualquier saber. Recibimos a quienes sufren, llegan, esperan, hablan con los espejos ya apedreados, emparchados, planos, manchados, rajados, infinitos. Las maldiciones de un futuro escrito en lo mal perforado. Tirar una piedra para abollar algo puede ser un grito que pide que se escuche el ruido de un sollozo ahogado de furia. Hacer con lo roto que flota. Del espejo roto de piedra se hacen riachos, orillas. Restaurar el espejo con las huellas del tiempo o creando espejo. A veces saltan o salpican Esquirlas, que “implosionan palabras” dice Marcelo Percia. Esquirlas del miedo, pero también de la valentía. Entonces aguzar el oído al equívoco, al malentendido, a lalengua de la que estamos hechos, a la extranjeridad en nuestra propia lengua, a sueños no soñados. Una política de escucha abierta en las trazas de la transferencia, la abstinencia, en el deseo del analista como producto. Se trata de la difícil tarea de crear un marco sostenedor y al mismo tiempo dócil. El libro trabaja inmensidad de cuestiones que exceden las que apenas comienza a mencionar este breve texto en interlocución. Hace unas semanas fui a ver por segunda vez la maravillosa creación única y novedosa “Habitación Macbeth”, de P. Audivert. Entre fantasmas y visiones terroríficas que acechaban al personaje de Lady Macbeth con sus manos ensangrentadas, in- lavables de culpa criminal, de pronto una frase que dice el personaje que no viene del texto de Shakespeare, sino del texto creado, me atravesó inolvidable: “Como una pordiosera busco entre las cenizas mi muñeca”. Esa piedra, la palabra. 1 Libro-Regalo que debo agradecer al actor y amigo Fernando Khabie. “El piedrazo en el espejo” Teatro de la fuerza ausente. Ed. tt
- 3 / Marianela Saavedra
3 Me ahogaba la tierra en mis pulmones estaba viva mientras me enterrabas, me ahogaba el drama que no hacía por el miedo al miedo que me dabas, me ahogaba en las lágrimas de mi madre mientras sus manos ya no me alcanzaban, me ahogaba el humo del fuego con el que quemabas la que era nuestra casa, me ahogaba el asco al ver que uno tras otro en mí volcaban su veneno en manada y cómo? y dónde? y cuándo? será mi turno para el desahogo, en qué boca podré escupir esta ponzoña? en qué fosa podré enterrar a mi asesino? en qué cartel aparecerá mi cara? en qué expediente hay constancia de mi grito? en qué pulmón entrará el aire que me has arrebatado? y cómo? y dónde? y cuándo? será mi turno para el desahogo de este ahogo de tanto olor a macho? "Ni cuerpo parece que somos, parece que depósito somos, que un pozo somos, que en esto que dicen que somos vienen a desahogarse los machos y ni culpa ni cargo". ¿Hasta dónde? ¿Hasta cuándo? Nota: @marianela_poesíagorda Poeta, gorda, porfiada. Vive en el sur de nuestro país.
- Quién dijo que era fácil / Audre Lorde
Tiene tantas raíces el árbol de la rabia que a veces las ramas se quiebran antes de dar frutos. Sentadas en Nedicks las mujeres se juntan antes de marchar hablan sobre las chicas problemáticas que contratan para ser libres. Un empleado casi blanco ignora a un hermano que espera para atenderlas primero y las damas no se dan cuenta ni rechazan los pequeños placeres de su esclavitud. Pero yo que estoy limitada por mi espejo como por mi cama veo la causa en el color como también en el sexo. y me siento acá preguntándome cuál de mis yoes sobrevivirá a todas estas liberaciones. Tomados del libro Quién dijo que era fácil (Zindo & Gafuri), antología que incluye poemas escritos en la adolescencia hasta fines de los años 80 de la escritora afroamericana, activista y feminista nacida en Harlem en 1934.
- Naufragios en Montevideo / Gabriela Etcheverry
Siento mucha gratitud que, por tercera vez, me hayas vuelto a invitar a estar acá, produciendo un estado conversacional y balbuceando alguna idea sobre lo que pienso y lo que me pasa al leer y leerte una vez más. Así y todo cuando digo tu libro, me hace ruido. Me interesa poner como punto de partida lo que dicen Deleuze y Guattari acerca de que Un libro no tiene objeto ni sujeto, está hecho de materias diversamente formadas, de fechas y de velocidades muy diferentes. Cuando se atribuye el libro a un sujeto, se está descuidando ese trabajo de las materias, y la exterioridad de sus relaciones. ¿Qué es presentar un libro? Presentar, hacer presente, ofrecer, poner algo en una situación, delante, al frente, presente y presencia. También presentar es manifestar, ponerlo en presencia de otros y otras, entregar, dar, conceder. También anunciar. Si me permiten un poquito de asociación libre, cuando escribía estas palabras se me ocurrió que éste presente me llevaba a la situación de los presentes que decimos cada 20 de mayo, a propósito del día en el que en Uruguay se hace presente la memoria viva de los desaparecidos. Esa convocatoria a marchar en silencio y a repetir presente en la insistencia de recordarles. Emociones no solo se reducen a lo que estamos sintiendo ahora. Emociones acarrean historias, coagulan memorias no personales. Más que presentar este libro, mi idea es comentarles acerca del estado conversacional que se me produjo en el encuentro con este libro, que para empezar, y si quieren saber, es un libro poblado. Algunos de sus pobladores son Horacio González, Benjamin, Nietzsche, Lucrecio, Pascal, Pizarnik, Borges, Simone de Beauvoir, Rilke, Deleuze y Guattari, Freud y Lacan y Dalí. Foucault y Ricoeur, Juan Carlos De Brasi, Susan Sontag, Blanchot, Artaud, Eco, Vattimo, Clarice Lispector, Bion, Arlt , Cortázar, Laiseca, Jullien, Quignard, Ulloa, Barthes, Pavlovsky, Rozitchner, Miller, Macedonio Fernández, Levrero, Wittgenstein, Spinoza, Kaminsky, Pichon-Rivière, Zito Lema, Sylvia Molloy, Paulo Freire, Lao Tsé, Simone Weil, Primo Levi, Roberto Fontanarrosa, Ursula Le Guin, Cervantes, Pavese, Gramsci, Derrida, Indio Solari, Butler, Tute, Kafka, Beckett, Platón, Sócrates, Hipócrates, Oury, Carroll, Edgardo Gili , Sándor Ferenczi, Mauricio Goldenberg, Lévi-Strauss, Judith Butler. Todos ellos aportan líneas que producen sedimentos y fugas, movilidades y establecimientos, incertidumbres y angustias, alegrías que se pueden compartir y dolores que es necesario alojar. No son autores propuestos como numerosidad sino como multiplicidad. Nunca hay que preguntar qué quiere decir un libro, en un libro no hay nada que comprender, tan sólo hay que preguntarse con qué funciona, en conexión con qué hace pasar o no intensidades, en qué multiplicidades introduce y metamorfosea la suya. Puesto que un libro es una pequeña máquina, ¿qué relación, a su vez mesurable, mantiene esa máquina literaria con una máquina de guerra, una máquina de amor, una máquina revolucionaria, etc..., y con una máquina abstracta que las genera? Entonces, ¿qué ofrecer de este libro, en la jornada de hoy? Voy a ofrecer algunos decires del libro y otros que se me han ocurrido a partir de la lectura. Entiendo que es un libro que produce mapas y lecturas trazados por bibliotecas antiimperiales, donde se traducen decires para que estén disponibles y que permiten inventar otros mundos. El libro ofrece Sesiones como cuando el deseo de decir algo se encuentra con una disponibilidad que decide estar ahí escuchando Clínicas como acogidas, como anamnesis poéticas, como sabidurías de la espera, como temporadas en lo irremediable, como demoras en lo naciente y despidiente de una vida. Naufragio no como hundimiento, sino como partida deseada hacia no se sabe dónde. Naufragio no como desastre sino como oportunidad. Debilidades está presente como un hilo que zurce ideas, discusiones, deseos de otros modos de un común vivir. Debilidades como indocilidades que alojan ternuras, suavidades, dulzuras. Urge pensar un porvenir que abrace silencios y estados conversacionales. Urge imaginar embarcaciones que partan llevándonos. Vivir no consiste solo en aprender a navegar, trazar mapas, leer brújulas, orientarse con las estrellas, atravesar tormentas, eludir arrecifes, tener dónde amarrar. Vivir supone, también, darse a un naufragio. Entendí la invitación como convite a un estado conversacional, y por momentos estuve pensando que algo del libro me convocaba a estar reflexionando sobre lo que es para mí; cuando en el libro se trazan líneas que ponen a jugar las debilidades, la enfermedad de la fuerza, ante lo irremediable y estar despidiente, estar naciente, por ahí me estuve conversando y versando con esas cosas. La fuerza como pasión dañosa que impone autosuficiencias, que desprecia la debilidad, que alucina la inmortalidad. Que hace loas al héroe. Y como ya está escrito en otro lugar, para que haya un héroe es necesario que exista una tragedia. Se dice en el libro: Una voz acompaña y alienta a sensibilidades expuestas y desfallecientes: “¡Fuerza!”. El imperativo “Tenés que ser fuerte” demanda, reclama, culpabiliza. También se relatan presencias que llegan para dar fuerza, que admiten la digna debilidad de una soledad exhausta. En una época en la que los sentimientos de debilidad, vulnerabilidad, fragilidad, se viven como catástrofes personales, se busca (no importa cómo) estar del lado de la fuerza, la invulnerabilidad, la dureza. Y después aparecen las consolaciones: Resignaciones afirman que no vale la pena hacer nada. Consolaciones saben estar próximas de lo irreparable. Consolaciones abrazan lo insoportable. Pretendo no olvidarme de tu invitación hecha en 2008 a estar en la confortación de los hablantes, como forma de producir algún otro modo de estar. Consolaciones que atiendan la terriblez. Consolaciones que no intenten suprimir pesadumbres. Consolaciones que no nieguen lo perdido. Consolaciones que no añadan culpas ni demandas al pesar. Consolaciones que den el estar ahí. Consolaciones que, sin prometer el final de lo interminable, ofrezcan una pausa, un descanso, una tregua. Consolaciones que alojen dolores que no tienen dónde guarecerse. Consolaciones que rescaten desdichas caídas en lo impronunciable. Consolaciones que dan el no poder curar, el solo estar, la sola compañía, el solo tiempo de las cercanías. Leí este libro abriendo en cualquier página, y me encontré en otras palabras. Por ejemplo en Contentos y zozobras de una conversación. Allí habló también Foucault y Butler sobre el decir y la posibilidad de naufragar en él, en especial cuando se juega la zozobra y el desasosiego. Aparece la interrogación sobre la supuesta hazaña individual de decirlo todo, y emerge frente a ello la posibilidad de instalar un estado de escucha que permite ver qué se dice cuando se dice. Esto me conecta con un modo por el que transito que es el de “barriga fría”, es decir una condición que muchas veces me hace decir algo que está guardado en la barriga. Hay algo muy bello en el libro que dice: Judith Butler (2008) en una conferencia que titula Discurso valiente y resistencia traduce parresia como “discurso valiente”. Subraya que se trata de un habla que dice lo que piensa a pesar del miedo. Advierte que no se trata solo de decir todo, sino de poner en juego todo en el decir, incluso la vida. Aunque ese arrojo para enfrentar al poder político necesita de un concierto: la composición de una acción en común concertada entre cercanías en estado de paridad. Y entonces Conversaciones clínicas interesan como hablas encendidas que se entregan a lo no planeado. Con algunas de ustedes estuvimos viendo, hace unas semanas, que este mundo está bastante enmierdado. Me permito usar esa palabra porque me la enseñó Juan Carlos De Brasi, hace muchos años, para ubicar ese modo del lodazal donde a veces nos encontramos y que no nos deja ver más allá ni más acá. Y que entonces se necesita de alguna otra cosa, porque así a veces no se puede vivir. Así nos pusimos a leer otro texto, en clave de encontrar allí algo que permita una demora, dar tiempo a otros pensares, hacer lugar a otros modos de vida. Juan Carlos también es habitante de este libro, y dice allí que pensar supone hacer la experiencia de despertenecerse. Mientras tanto, vamos construyendo tentativas de torcer miradas, olfatos, sensibilidades, tactos, sonidos, para poder pensar que otros mundos son posibles. Pienso que la vida no es posible sin alimento y abrigo, sin angustia y deseo, sin palabras e imaginación. El libro también propone, para el porvenir, sostenerse en el gusto por el pensamiento compartido, el deseo de mejorar las vidas, el amor y la amistad, los encuentros y las pasiones, las alegres, las que nos permiten desplegar nuestras potencias, y las tristes, las que generan impotencia y dolor pero de las que también necesitamos seguir aprendiendo. Necesitamos otro porvenir, deseamos otro porvenir. Porvenir con actos afirmativos, para afirmar nuestras existencias. Y nos invita a considerar al saber que no impone un repertorio de verdades con mayúscula, donde no se necesita suprimir la inestabilidad, la incertidumbre, el riesgo. Tres condiciones inevitables del vivir. entiendo que con este fin se visibiliza que urge poner fin a la desigualdad. Su sin fondo de crueldad, y desaferrarse del peso de posesiones innecesarias. Hace un tiempo escribía que Producir lo común quizás esté más orientado a propiciar estares que habiliten más que encierren, que cuiden las vidas siendo potencias que se transformen en formas de poder no dañinas; dar espacio para producir lugares donde cada cual esté como pueda y que acompañen la fabricación de nuevas subjetivaciones. Proyectos que permanezcan en estado de ebullición para poder estar considerando sus paradojas y contradicciones, sus ambivalencias y ambigüedades, y que faciliten la interrogación sobre el mundo. La conversación que me provocó este libro acopla con algo más que también escribí tiempo atrás: ¿Cuáles son los espacios factibles para ciertas vidas condenadas, en este caso con las que portan el mundo de las violencias y desigualdades? Hay espacios que generan bordes por donde transitar acompañados aunque queda a la vista que las asperezas no se remedian fácilmente en tanto se trata de signos de la “civilización” actual; hacer lo que se puede parece persistir como precepto de lo posible. Otra cuestión que me importa a partir de conversar con el libro es la relativa a la importancia de hacer proliferar la interrogación, fisurando las vallas del sentido común para poder nacer en otros nombres, como lo hizo Rebeca Linke (Somers, 2009) cuando cortó su cabeza, a sabiendas de que los hablantes no pensamos todo lo que se piensa en nosotros, y que muchas veces las palabras salvan de lo peor cuando estamos sostenidos en la dirección figurada por Spinoza (1980 [1670]): “nosotros no intentamos, queremos, apetecemos ni deseamos algo porque lo juzguemos bueno, sino que, al contrario, juzgamos que algo es bueno porque lo intentamos, queremos, apetecemos y deseamos” (p. 132). El libro auxilia a la hora de abordar la pregunta acerca de cuáles son las condiciones de posibilidad para instalar clínicas de lo común, que atiendan a las vidas diversas sin perder de vista los eventuales daños del capitalismo, y que produzcan moradas donde demorarse. Gracias por escribirlo, entonces. Nota: Texto leído en la presentación del libro Sesiones en el naufragio. Una clínica de las debilidades. El sábado 13 de mayo 2023. En Minerva, libro y café. Montevideo. Bibliografía utilizada Deleuze, G. y Guattari, F. (1988). Mil mesetas (Trad. J. Vázquez). Valencia: Pre-textos. Percia, M. (2023). Sesiones en el naufragio. Una clínica de las debilidades. Buenos Aires: La Cebra. Spinoza, B. (1980). Ética: demostrada según el orden geométrico (Trad. Vidal Peña). Madrid: Orbis. Hyspamérica. (Trabajo original publicado en 1677).
- Flotaciones / Ana Hounie
Se dice “libro de cabecera” a aquél que se tiene cerca de la cabeza para frecuentar su lectura. Y no importa de cuál cabecera se trate pues la propia y la de la cama se transforman en la misma. Ambas se acompañan en esa mágica descomposición cotidiana que toca cada noche a la puerta de los sueños, en la entrada a esa enigmática realidad y en los umbrales del no menos extraño despertar. Me toca hoy aquí presentarles un libro de cabecera. Me consta que lo es por algo del orden de mi experiencia. Así como en los momentos de incertidumbre o zozobra, son fragmentos de poesía buscados al azar los que me ayudan a recomponer al lenguaje roto acompañando mi soledad; cuando no sé bien qué pensar sobre algo, en el momento en que quiero dibujar mis ideas, abro los libros que Percia ha escrito. No importa cuál exactamente, si el de Alejandra Pizarnik, el del sujeto fabulado, el de la inconformidad, el arte, el psicoanálisis y la política, el de las sensibilidades en tiempos de hablas del capital o cualquiera de las sustanciosas escrituras de su prolífica obra. Porque sea por donde sea que entre, sé que voy a encontrar imágenes de lo que acomoda y desacomoda lo sensible en un gesto del pensar que toca el cuerpo, una parresia que abre y cierra las heridas al mismo tiempo. Lo relevante en la parresia como mostraba Foucault no es tanto dar a ver la verdad de un discurso, -que ella es siempre contingente-, como el compromiso del sujeto con esta verdad, su entrega franca. Es la palabra valiente, dice Butler. Y así es. Porque se requiere coraje para desafiar los convencionalismos, sobre todo los del mundo psi que instala en el escenario político escenas a las que llama clínicas. Es por eso que la acción de resistencia que ofrece este libro cuando saca a lo clínico de los espacios totalitarios de los templos y los acompaña con conversaciones entre naufragios y debilidades, resulta tan vivificante. Lo digo por la importancia que tiene en la formación de aquellos que trabajamos con el dolor y con las potencias insurgentes. La posición crítica como manera de estar en el mundo es una constante en el modo de acercarnos a los terrenos sensibles a la que nos tiene acostumbrado el autor, con intensidad y sin tapujos. Por todo esto, la invitación de un escritor de cabecera invita a su vez a decir de una posición de lectura,y es desde esta experiencia que hablo. A decir verdad, no sé si estamos presentando un libro o es un libro que sepresenta. Quienes venimos siguiendo e incluso esperando las escrituras de Marcelo, solemos leer en sus textos, “este libro quiere decir”, “lo que este libro propone”, “a este libro le importa”, es decir que es el libro quien habla y uno empieza a sentir que tiene alma… Entonces, siguiendo esta idea, les cuento que estoy convencida de que es el libro el que armó esta presentación. Seguramente porque tiene una insistente fuerza de sublevaciónal abrir surcos en el lenguaje y oponerse fervientemente a los muros de las palabras que convierten a los seres humanos en sombras. Todo él es potencia de rupturas y aliento de migraciones. Es que como decía Jean-Francoís Lyotard en sus “Rudimentos paganos”, detener de una vez por todas el sentido de las palabras, eso es lo que quiere el Terror. Ya este libro emergente de la pluma de Marcelo y a sus antecesores, los une una línea poderosa, a saber: una profunda convicción antitotalitaria que puja por transformar la mirada del mundo en pequeños gestos. Porque las formas del montaje de palabras e imágenes propuestas por este libro son armas de combate, -micropolíticas del arrojo diría, sacudón para los cuerpos afectados por las doctrinas neoliberales y su séquito de secuaces-, para así poder generar en la contingencia de los encuentros, condiciones para las supervivencias. En ese sentido, las escrituras que aquí se disponen son astutas y pertinaces. Textualidades más que bienvenidas, y eso da respiro y se agradece. Esto de que sea el libro el que dice, piensa y propone tiene como corolario la experiencia lúdica como terreno inmediato. Para mí que el espacio que crea la obra de Marcelo es un mundo de múltiples dimensiones diseñando una cartografía clínico-estético-política que invita a parir cada vez la lengua que nos habita. Hecho nada común en el terreno situado en los confines de la psicología y que por suerte nos coloca a las puertas de un mundo infinitamente más vasto. Esta marca de estilo nos posibilita encuentros con filósofos, artistas, pensadores fundamentales, creadores de todos los tiempos y personajes únicos, sensibilidades que hablan (como gusta decir) de los caminos de la vida que interpelan nuestro común habitar. Particularmente en la aventura esta vez propuesta, saludamos, conversamos y abrazamos a Rilke, Jorge Macchi, Pascal, Lucrecio, Daniel Defoe, Blumberg, Nietzsche, Héctor Zamora, Comte, Benjamín, Pizarnik, Gombrowicz, Horacio González, Pichón Riviere, John Donne, Manrique, Pessoa, Wittgenstein, Borges, Idea Vilariño, Rodolfo Kusch, Beckett, Coleridge, Gabriela Mistral, Fernando Ulloa, Freud, John Berger, Winnicott, Alejandro Kaufman, Octavio Paz, Cortázar, Platòn, Kafka, Tamaki Saito, Roberto Arlt, Sartre, Foucault, Pavlovsky, Tenesee Williams, Miguel, Baltazar Gracián, Lewis Carroll, Jôsô, Bergman, Leonardo Favio, Andrew Niccol, Simone de Beauvoir, John Keats, Deleuze y Guattari, Lacan, Dalí, Stephan Zweig, Ricoeur, Susan Sontag, Umberto Eco, Clarice Lispector, Christian Heinroth, Melanie Klein, Edgar Allan Poe, Alberto Laiseca, Ricardo Piglia, Ludwig Börne, Bion, François Jullien, Barthes, Sigalit Landau, Macedonio, Fernández, Rozitchner, Miller, Spinoza, Kaminsky, Zito Lema, Sylvia Molloy, Lao Tsé, Simone Weil, Miguel Hernàndez, Primo Levi, Fontanarrosa, Gabriela Cabezón Cámara, Pedro Palacio alias Almafuerte, Horacio González, Ursula Le Guin, Elizabeth Fisher, Stanley Kubrick, Octave Mannoni, Cervantes, Cesare Pavese, Antonio Gramsci, Coleridge, Arnaldo Calveyra, Derrida, Liliana Lukin, Indio Solari, Leonard, Cohen, Vladimir Yankelevitch, Judith Butler, Tute, Henry Miller, Edgardo Gili, Sandor Ferenczi, Juan Carlos de Brasi, Lévi-Strauss, Lola Arias, Félix Bruzzone, Blanchot y Artaud, Heidegger y Hölderlin, Pascal Quignard, Mario Levrero, Lyotard, Jean Oury, Néstor Costa, Ana María Monzón, René Daumal, George Lucas, Daniel Tinayre, Gianni Vattimo, Horkheimer y Adorno, Josefina Ludmer y Sor Juana Inés de la Cruz, Paulo Freire, Eladia Blázquez:, Silvina Ocampo, Wim Tigges, Leibniz, Althusser, Dostoyevski, Virginia Woolf, Monique Wittig y Sande Zeig, Lévinas, Kōbō Abe, Oscar Masotta y al final, -fíjense de qué forma trae a quien lee al final-, “al final Marcelo Cohen porque como él mismo dijo una vez: al final, solo se lee para llegar a hacerse una pregunta y dejarla flotando”. Creo que es allí, en el corazón de esta imagen, donde se leen los autores. Interpelados en su potencia de interrogación, los textos son leídos con delicadeza acompañando el borde sensible de sus preguntas. Lejos del (no por más acostumbrado menos terrible) modo de citación en las escrituras académicas, encontramos estas otras figuras: “Silvina Ocampo advierte cómo una historia está habitada por referencias que oscilan. Por encuentros aleatorios entre voluntades y azares, entre suertes y deseos, entre conexiones y desconexiones de afectividades que se rozan, se repelen, se lengüetean. Se lee: “En cada ser está el universo –exclamó con indiferencia”. O bien: “Marx supo advertir, mediando el siglo diecinueve, cómo el alma del Capital comenzaba a tener más prevalencia que los cuerpos hablantes reducidos a mera energía de trabajo sin encanto” o “Macedonio Fernández veía en los objetos la extraña comicidad de lo inerme, la absurda quietud de lo que carece de voluntad, la malicia secreta de lo inanimado. Formas calladas de una insurgencia “. Como puede apreciarse, resulta contundente y sugestivo el tratamiento de las voces de los otros. Es como si el autor hubiera cruzado un puente para producir un acercamiento de lenguas reconociendo a los otros en su otredad, haciendo que su singularidad se proyecte a primer plano, afirmándola en un decir común. Si la metáfora es puro movimiento que conmueve los cuerpos, este libro las habita invitándonos también a nosotros a este encuentro en el mundo de las sensibilidades que hablan, que dicen, que piensan, que leen y que escuchan usando sus palabras para componer silencios. Así entonces nos vamos volviendo caminantes en la intensidad de la aventura de recorrer sus páginas. Si dije aventura y recorrido como en un mapa, es porque este libro es cartográfico. A la entrada, se anuncian lugares que invitan a habitar el placer del texto; son nombres que definen cosas, ideas, experiencias, conceptos (residuos de metáforas), aconteceres. Son los 58 tramos, fragmentos, que dibujan la geografía del libro: “Vivir entre metáforas, Aprender a naufragar. Un común vivir, Un común silencio, Orillas, imanes, Desolaciones, Incredulidades Propensiones. Delicadezas. Debilidades. Abyecciones. Con quiénes la soledad, Estar despidientes, estar nacientes. Sueños…”. Se puede elegir por dónde empezar y por donde seguir, y no sólo llevados por nuestras voluntades sino atraídos por el ofrecimiento de los distintos lugares hacia donde somos llevados. Es decir que para encontrarse es preciso perderse en un espacio pleno de asimetrías, pasajes no-lineales del tiempo, zonas difusas en la que se dispersan oquedades, aberturas, tejidos y fronteras estableciendo el campo semántico y sintáctico por el que caminamos. Y en ese espacio, al mismo tiempo, se siente el compás. Uno de estos golpes de ritmo que se encuentran en el tránsito, lo constituye, a mi entender, la serie de imágenes que hablan de escenas transcurridas bajo los árboles. Se trata de “relatos breves que intervienen como estallidos fugaces entre soledades” que “se intercalan como descansos o como destellos de vidas calladas que, de pronto, tienen ganas de contar algo”. Estas escenas atraviesan el libro (nuestra cartografía) como una pequeña plaza a la que se va a descansar en el trajín de la ciudad (nosotros podríamos decir: en el trajín del pensamiento). Y la imagen que me evoca es muy lorquiana; “la noche se puso intima como una pequeña plaza”, decía Lorca en el Romance sonámbulo. Y sí, estas conversaciones fugaces contienen toda la intimidad del mundo. La saben palpar. A nosotros lectores se nos hace claro que estos caminos están plenos de intensidades. Afectaciones de la lectura muy cercana a los efectos que produce la poesía. Y podría decirse que la prosa de este ensayo es poética, y sí que lo es. Pero además hay algo de nuevo en su género derivado de su tratamiento con el lenguaje que lo hace inédito, particularmente en el campo clínico. Una forma del ensayo casi performática, en el mismo sentido de que cuando decimos algo, hacemos algo, recordando a Austin en “Cómo hacer cosas con palabras”. Yo creo profundamente en el valor de transformación, de conmoción subjetiva de la función poética; por eso cuando estoy perdida, un solo fraseo alcanza para encontrarme. Y en este libro como en los otros, este encuentro es permanente. Es que el autor mantiene una intensidad tan constante que produce asombro y en ausencia de gradación ascendente de una trama, nos vemos introducidos al nudo mismo de la cosa en cada comienzo. Este ir al meollo es muy muy nietzscheano porque los conceptos, -entendamos por ello esa suerte de -aparatos de escritura en movimiento-, son ellos mismos versátiles, ya que no son otra cosa que el residuo de una metáfora y por eso mismo, no deben olvidar las diferencias, las notas distintivas, es decir sus sonoridades, como en la música. Ahora bien,esto es precisamente lo que este libro hace. En esta composición toda la intensidad del mundo se agolpa en las distintas frases. A modo de ejemplo: “Un común naufragio necesita imaginaciones insumisas ante las crueldades derivadas de todos los pánicos” o “Lo unísono, a veces, sobreviene como una decisión de anclar la vida, por un momento, en un solo tono: un fingido silencio que suspende los sonidos del mundo (y de lo inmundo)”. O “Se necesitan imaginar composiciones pasajeras. Rompientes de pasiones que se impulsan y expanden hasta desaparecer absorbidas en la arena. Urdir singularidades como súbitas conversaciones entre lenguas intraducibles. Presumir atonalidades, barullos, algarabías indisciplinadas. Estimar juegos rítmicos entre disonancias que se aproximan en los desacordes. No se pretende poetizar la idea de una singularidad no individual, se quiere volver más amable la inadecuación entre lenguaje y vida”. Hay frases en las que podés existir toda la vida, con las que te podés quedar y en las que te podés quedar, es decir que podés echar una mano a ellas porque las habitás. Es del orden de la experiencia que tenemos nuestras frases, como melodías que tienen ese no sé qué que sentimos que nos acompaña en distintos tiempos. Pues bien, este libro -gracias a la marca de estilo del que venimos hablando-, es generoso ofrecimiento de ellas. Con todo esto, el lector podrá ir vislumbrando cómo el texto se inscribe en una lógica del no-todo: podés no leerlo todo y no importa, ir y venir a él en un tiempo no lineal que no importa, pues no tiene que ver con el todo; es un libro que elimina los todos y al mismo tiempo, su carácter fragmentario revela una densidad en el detalle, es lo mucho de lo poco. La poquedad, lo fragmentario, constituye en sí mismo toda una lógica epistémica y poiética. La poquedad es una idea impoderosa pero no impotente. Digamos que elogia la potencia, no poder. El sentido se agolpa entonces en el pequeño gesto de escritura, en la palabra desnuda, descarnada y al mismo tiempo dócil. Entregada al juego donde se contrasta enlazándose con su oponente, se separa y se acerca, se le mete dentro, la toca y se va por su propio camino. Eso ocurre con espera y esperanza, por ejemplo, o con fuerza y debilidad y tantos otros pares que a veces son tríos (arte, política, psicoanálisis o demasías, locuras, normalidades), que se entraman en multitudes. Lo cierto es que en estas escrituras las palabras juegan y si juegan es porque tienen vida. Aquí vamos directo a un hallazgo en la escritura de Marcelo Percia y que entiendo absolutamente es clave, me refiero a la prosopopeya. Esta figura estilística que atribuye propiedades humanas a algo que creemos carece de ellas, es común en fábulas, relatos infantiles, textos literarios y en el lenguaje hablado (sería un ejemplo de ello decir: “el amor tocó a su puerta”). En palabras de Percia, son las sensibilidades las que traspasan fronteras, las demasías las que aturden, las cordialidades las que saben desconocerse respetando lo irreductible, las debilidades las que duelen o que aman… Pero aún más, sus textos ven recortarse los artículos gramaticales que anteceden a estos conceptos-metáfora, serán entonces simplemente: sensibilidades, demasías, cordialidades, debilidades. Y esta invención que auxilia al lenguaje que pesa sobre nuestros hombros tan acostumbrado a separar pronombres, alivia. Lo hace porque ayuda a pluralizar la vida. Nuestras vidas. Es que esto en el texto es permanente: las palabras cobran vida. O podría decir también: renacen del fondo del letargo, de una condena que sólo en apariencia es sin remedio. La conclusión más evidente es que no hay sujeto “yo”. Esta es una formulación que sirve al psicoanálisis y sirve a la psicología social o cualesquiera sean los nombres que designen a esos campos que sabemos indisciplinados y porosos. Pero más aún, sirve para construir la imaginación política necesaria para pensar y desear porvenir. No quisiera concluir sin antes decir que en esta cartografía que tiene zonas principales (naufragios y debilidades en aconteceres clínicos) y sendas laterales que importan (por ejemplo, el magnífico desarrollo acerca de la idea del “silencio”), el lector seguramente encontrará algo del orden de la genialidad. No me refiero a la idea de genio como una condición intelectual, sino más precisamente a la idea de genio como “duende” pues en el sentido lorquiano, en los textos de Percia, hay duende. He aquí a mi entender otra de las claves que nos permite entrar a la lectura como se entra a un juego. Toda una provocación. En mis resonancias, recordé el primer libro que leí, que me salvó de un naufragio a mis 8 o 9 años. Era uno de los muchos tomos de “Las travesuras de Naricita” de Monteiro Lobato, una niña que vivía en una quinta del pantanal brasileño con su adorable abuela y una serie de personajes extraños: una muñeca parlanchina, egoísta y divertida, una mazorcasería y políticamente correcta, una vieja cocinera liberada de la esclavitud, un rinoceronte sabio y tantos otros pobladores que se sumaban en cada historia. Allí los personajes viajaban a distintos mundos y allí vivían intensidades muy caras a la sensibilidad infantil. Por supuesto que en su viaje al “país de la gramática” supieron pelearse con adjetivos, correr tras verbos para que no se enojen o romper a patadas a una injuria. Quizás a partir de allí, creo mucho en la potencia de leer el mundo como en el juego del niño y los libros de Percia me recuerdan esto. Esto no tiene ningún lirismo porque la infancia no siempre es tiempo de bonanzas, más bien, es el tiempo en que inventamos herramientas contra el dolor desesperante ante demasías frente a las que nunca estamos preparados del todo. Pero el juego abierto que implica la esencia de lo lúdico es ante todo la experiencia de la invención de un lugar y un tiempo que sostenga nuestra existencia. Y en este acto detenemos la temporalidad frenética de nuestra época, relanzando la posibilidad de la temporalidad del acontecimiento y subrayando nuestra condición de “Homo loquens”; aquel que “al decirse da vida” y que al hacerlo, se juega y se piensa. Para terminar, voy a tomar naufragios y flotaciones, un par que en algún momento este libro invita a combinar. Quizás derivados de la idea de suspensión que se puso en juego en tiempos de su redacción, durante el Covid, donde Percia supo leer coreografías de las cercanías a partir de la sustracción de las presencias y desafíos a la muerte como polvo enamorado. Allí nos invitó a pensar esa atracción misteriosa de los cuerpos presentes y la vuelta al dolor de los tiempos oscuros en la muerte sin compañía. En todo esto la apuesta fue y sigue siendo a la creación de espacios posibles, donde se dé lugar a la confianza en una común flotación. Lo voy a decir en sus palabras; “una flotación sin la gravedad de la comprensión ni el peso de una moral. Como flotan humedades del aire o planean bandadas de aves. Una común flotación como momentánea calma de lo que no se hunde. Pero sabemos que hay momentos en los que se necesita hacer pie: cuando falta el aire, los brazos y las piernas no responden y el mundo se sumerge en la ruina. Y, aun así, se trata de una flotación, incluso cuando los cuerpos se hundan. Una suave flotación de debilidades. Como en el haiku de Jôsô: una flotación sin sostén ni intención, que flota por el solo deseo de flotar en una conversación”. Encantados con este convite. Flotemos entonces. Nota: Texto leído en la presentación del libro Sesiones en el naufragio. Una clínica de las debilidades. El sábado 13 de mayo 2023. En Minerva, libro y café. Montevideo.
- Caligrafía nómade XIII / Patricia Mercado
El otoño susurra un blues desde la computadora. Llueve y llueve. Escribe: pulsa el teclado para enlazar la carne esquiva de las letras. Las persigue. Cose alfabetos en disolución. Como si la lluvia fuera a llevarse todo por las alcantarillas de la ciudad. Casi no importa de que la va el asunto que prolifera en la pantalla. Importa el rítmico teclear en contrapunto al blues: que canta y canta, que llora y llora. Dicen que escribir es pensar. Pensar con las yemas de los dedos, mientras el otoño sucede. A veces escribir es dejarse ir por líneas melódicas que brotan en el alma gélida de un ordenador. Arrastrarse de caracol indolente los dedos sobre el teclado hurgando en la lluvia. Una sucesión incontable de letras cae de las falanges, hojas muertas del árbol de la intención. Al unísono las palabras resucitan cual milagro doméstico. Exorcismo del vaivén que las llama. Vienen desde un silencio blanco, digital. Roce del blues y la lluvia en el teclado. Espesor imperceptible en la pantalla el brote de palabras, musgo, sobre un tiempo húmedo. Busca un viento extenuado en las fórmulas cotidianas. Llueve, canta, llora: fragua del teclado para resucitarlas. Minúsculas, ellas nacen sin saber a ciencia cierta que les depara el destino. Se alzan frágiles en la pantalla como capricho de una primavera de otro hemisferio. Anuncian tormentas envueltas en cándidos caracteres. Hostigan la costumbre para que abra paso, antes que las voces sean extirpadas. Sórdida placidez donde los cuerpos reposan, mudos, en la masacre. Los dedos no dejan en paz esa somnolencia que invade todo, aguijonean el letargo de las horas para desencallar la morbidez. Flujos eléctricos, fototropismos, inclinan las manos ora a derecha, ora izquierda. Persistencia en los caracteres que se dibujan sobre la pulcra luminosidad de la pantalla. Cosquilleo impúdico escribe eso que no sabe. Errancia del tacto, sin pretensiones académicas, sin ganancia, que acaricia el áspero costado de la incertidumbre. El otoño susurra un blues desde la computadora. Llueve y llueve. Canta. Llora.
- horizonte - antes / Killa Orbe
horizonte contra todo algoritmo me imagino vieja antes perder el centro de las alucinaciones esperadas luciérnagas travestis sé ver en la oscuridad cuando mi corazón pasa de mano en mano mi sexo y digo nuestro y digo mío sé ver más allá de estos humanos porque los microbios desobedientes nos susuran Ancestras Transcestras luciérnagas travestis tropicales hagan temblar -esto es una plegaria- hagan temblar poquito un poco y después fuerte remuevan los siglos del asfalto ansioso y de la separación de las rocas del fondo de la piel. tengo miedo sostenme. quiero arrancarme la bronca no esperes ¿cómo abrazamos al fuego? Fuente: Killa Orbe - animal print 2022 - Puntos suspensivos Ediciones
- Zaratustreanas XV: ¡Cuidado Psicoanálisis! / Fernando Stivala
¡Cuidado Psicoanálisis! De la interpretación a la multiplicidad Alerta Lou Los miércoles psicoanalíticos eran reuniones donde se juntaban Freud y los primeros analistas desde los comienzos del siglo XX (Nietzsche muere un 25 de agosto de 1900). Se utilizaban para pensar personajes famosos, poetas, escritores, músicos, artistas. Trataban de sacarle su clínica y su patología. Lou Andreas-Salomé (escritora, poeta, pensadora, psicoanalista, filósofa, amiga de Nietzsche en su juventud) aunque no reconocida, participaba de esos pensamientos. Además de escribirse cartas con Freud y concurrir a algunos cursos, encontramos pistas en sus diarios durante el invierno de 1912/1913 en Viena. Les acercaba a este grupo ideas mejoradas, con más matices. Les sugería que no piensen al humano desde su centro, que no proyecten. Les decía que estaban armando una teoría alrededor del hombre, de centro, de lo que a ellos les pasa. Que se estaban equivocando. Les recomendaba que no hagan falocentrismo, egocentrismo, ni hombrecentrismo. Toda fuerza unitiva trabaja así: creerse que es lo único y desde ahí proyectar el resto de las cosas. A las personas que entran a un lugar y no tienen registro de que algo ya estaba pasando se les suele decir la fiesta no empieza cuando vos llegas Así también se arman teorías y ciencias, ciudades y sujetos. Lou se enviaba correspondencias con Freud en las que volcaba su pensamiento acerca de la sublimación, la neurosis, la locura, los celos, las pasiones. En una de sus cartas, haciendo referencia a Spinoza, escribe: “Resulta hermoso para mí el reencontrar aquí al único pensador por quien siento, casi desde mi infancia, una profunda afinidad intuitiva y que sea, también al mismo tiempo, el filósofo del psicoanálisis. Sea cual fuere el punto sobre el que se reflexione con profundidad, se acaba tropezando con él; le sale a uno al paso pues está siempre presto y a la espera en el camino.” [1] Spinoza, filósofo de las pasiones, filósofo de naufragios. Piloto de naves. Firmaba sus cartas con la palabra Caute. Cautela, prudencia, prevención, alerta, señal, peligro, cuidado. Cuidado es una palabra ambigua, palabra borde, palabra afectada, performática. Que protege y alarma. Lou Andreas-Salomé les recomienda a los diagnosticadores de los miércoles psicoanalíticos que estudien a Spinoza, que tengan presente la atmósfera spinozeana, como incluso Tausk -inteligencia admirada y celada por Freud- ya había hecho en 1907. Decimos psicoanálisis para referirnos a una manera de pensar, sentir, y acompañar la vida con interpretaciones, muchas veces unicausales y direccionadas a lo familiar, con interpretaciones en relación al deseo como falta, castradas de los ecos colectivos. Se deja todo servido para tener un tipo de pensamiento y corporalidad devaluados en relación a un modelo que aún falta. Aunque el modelo no se visualice, aunque ya no sea la normalidad o la mayoría. Incluso elevándolo a la categoría de simbólico. Alerta Mónica Ejemplos de estos hay miles. Nos servimos de uno que se encuentra en el libro moradas nietzscheanas (escrito en la Argentina del 2001) de Mónica Cragnolini a propósito de los miércoles psicoanalíticos. “El tema "Nietzsche" fue objeto de tratamiento de dos sesiones de los Miércoles, en los inicios del Psicoanálisis: la del 1 de abril de 1908, y la del 28 de octubre del mismo año. En la primera sesión, dedicada a analizar el tercer tratado de la Genealogía de la moral, el eje de la discusión lo constituyó el contraste entre la vida cotidiana de Nietzsche y los temas de sus obras. En este sentido, el expositor, Hitschmann, señaló que Nietzsche, tan agudo para reconocer los orígenes del ideal ascético en la cultura de Occidente, fue incapaz de ver de qué manera sus propios ideales eran deseos irrealizados, considerando que su obra representaba una forma de rechazo a las circunstancias en las que le había tocado vivir. De allí el "notorio contraste" entre su conducta cotidiana y el tema de sus obras: "mientras que en la vida real se mostraba triste y sombrío, sus obras rezuman gozo, júbilo y danza dionisíacos". El hombre "fino, delicado y compasivo" se transformaba en sus obras en un defensor de la crueldad. En la discusión posterior, los expositores, encarando la cuestión de dicho contraste desde un punto de vista patológico, apuntaron diversas explicaciones: sujeto con estigmas hereditarios, que acusa síntomas histéricos en sus estados epileptoides sin pérdida de conciencia, identificado con su padre tal vez por motivaciones homosexuales, dirá Sadger; Federn hablará del hecho de que su filosofía se ha con formado como contraste con su propia existencia, y dará importancia al tema de la homosexualidad y la represión de las pulsiones sexuales. Rank indicará que la delicadeza y la mesura de Nietzsche, por un lado, y su glorificación de la crueldad en sus escritos, por el otro, son explicables por la supresión de la pulsión sádica en su vida, Stekel, por su parte, señalará el desplazamiento que lo lleva del enigma de la sexualidad al enigma del mundo, como en todo filósofo. Sólo Adler recobrará algo de la multiplicidad del pensamiento y de la vida nietzscheanas, irreductibles a explicación por contrastes y deseos no realizados, al señalar que un filósofo (extendámoslo: una filosofía) es demasiado complejo como para poder ser reducido a una sola neurosis. La segunda sesión, iniciada por Häutler, se dedicó al Ecce Homo, centrándose en las relaciones entre la obra y la locura. Para Häutler, el retrato que Nietzsche hace de sí no responde a la verdad, pero es "una expresión de deseos: así quería Nietzsche que lo vieran". E interpreta las máscaras de Nietzsche-Schopenhauer, Wagner, Zarathustra, Dionysos- como un intento de identificación con "seres superiores", que lo llevaba a estados de éxtasis que le hacían creer que él mismo era el dios. Por otro lado, esa tendencia a la dramatización ("ser otros personajes") se hallaba relacionada con su abstinencia de toda satisfacción sexual. Entre los expositores de la discusión posterior, las opiniones variaron: desde la caracterización de Nietzsche como neurótico (Federn), psicótico (Rie), sádico (Rank), etc. Freud, por su parte, destacó la importancia de la enfermedad, que aparta al hombre de la vida, y lo retrotrae hacia sí mismo, poniéndolo cerca de aquello de lo cual todo homosexual se siente más cercano: su yo. Pero lo descubierto en su yo es lo que proyecta hacia el exterior como exigencia de vida, lo que lo lleva del "es" al "debe" (por eso para Freud Nietzsche es un moralista y no un científico). Como se evidencia en lo señalado, la mayoría de las interpretaciones apuntan a indicar el elemento de disparidad entre la vida "real" de Nietzsche, el tímido, delicado y prolijo profesor, y el carácter -según los intérpretes- exaltador de los sentidos, de los instintos y de las pasiones presente en sus obras. (...) Esta conclusión se basa, desde mi punto de vista, en una concepción del deseo como carencia que apunta a determinados objetos y que, cuando no logra la realización en los mismos, se desplaza hacia otros niveles de objetualidad. Lo que intentaré en las líneas que siguen es mostrar, desde la propia idea nietzscheana del deseo, que tal disparidad y supuesto contraste carecen de sentido y que por el contrario denotan, más que una cuestión de represión o desplazamiento del deseo, otras formas de configuración del mismo.” [2] Piensan que la literatura es sublimación del deseo irrealizado y que la obra de Nietzsche es lo que quería hacer de su vida y no pudo, entre otras miles de interpretaciones berretas y conclusivas. Una alerta más La herencia de pensar nuestras antenas sensibles, nuestros faros, nuestras barcas, como casos clínicos. Así con Dostoievski, así con Richard, así con Anna O, Dora, Juanito, Schreber, Fijman, Pizarnik… Al rescate de este tipo de violencias Marcelo Percia, en el 2008 en Argentina, escribe el libro Alejandra Pizarnik, maestra de psicoanálisis. “La afirmación de que Alejandra Pizarnik es la primera analizante en castellano no necesita ser probada contando cosas de su intimidad o coleccionando circunstancias biográficas (historias de familia, judaísmo, aventuras sexuales, viajes, lecturas, depresiones, noches de insomnio, internaciones, intentos de suicidio o su muerte a los treinta y seis años por exceso de pastillas para dormir). Esos ´deshechos´ de su vida apenas interesan aquí. No se recorta su estar analizante para engrosar la lista de casos clínicos. “(...) Elijo a Pizarnik como maestra de psicoanálisis porque su obra resiste cualquier intento de armado o proyección de una escuela.” “Habría muchos otros modos de nombrarla: la mujer de la existencia venidera, la llamadora de ausencias, la que desespera del lenguaje, la que se aloja partida, la que arremete viajera, la enamorada de las ruinas, la que hace el mundo palabra por palabra, la que se siente deletreada por un semianalfabeto, la que vive desnuda como si llevara un traje de vidrio, la que tiene deseos de huir hacia un país más hospitalario, la inlúcida que sabe que ama sombras, la que escribe con humor ¨mi amante es obscena porque me toca la hora¨, la que se da cuenta que cumple una pena por nada, la del lenguaje alejandrino, la que va hacia no hay dónde, la que intenta nacerse sola, la que pregunta cómo es posible no saber tanto, la niña santa y lujuriosa, la que pide ser curada de algo que no se cura, la que advierte que habla para amueblar el escenario vacío del silencio, la que siente que el envejecimiento del rostro ha de ser una herida de espantoso cuchillo, la reina en el exilio, la que simpatiza con todos los sufrimientos, la que piensa que la felicidad consiste en estar a salvo del pronombre yo, la supliciada, la que fue demasiado lejos en su soledad.” [3] Multiplicidad Nietzsche Una de las magias de Nietzsche es que hace y construye un pensamiento de la multiplicidad. Una lógica de la multiplicidad. Su principal criterio es el de la libre conectividad. Todos los puntos pueden entrar en conexión con todos los puntos. Ahí donde hay un centro jerarquizado dando sentido lo que hay son rutas de elementos que pueden entrar en composición con otras. Las llamó interpretaciones. Hoy se convirtieron en tener el derecho de decir conclusiones. Un juego conclusivo. Multiplicidad, en cambio, se trata de que a ese múltiple se le pueda extraer su centro jerárquico y siga teniendo consistencia. Una multiplicidad tiene muchas direcciones a la vez. No es ni la reducción al Uno ni la dispersión de los elementos. La multiplicidad más que de elementos es de dimensiones. Y esas dimensiones le imponen a la multiplicidad cambios de direcciones. No tiene ni principio ni fin, siempre medio, por el que crece y desborda. Dimensiones sin sujeto ni objeto, distribuibles en consistencias que se sustraen del centro. No se trata de eliminar el centro y ponerse a guerrear, se lo deja como una dimensión más. Formas de consistencia no organizadas jerárquicamente. La unidad a eso lo llama dispersión o falta de estructura o falta de conducción. La propuesta es un tipo de consistencia donde eso que hace de conducción, y pretende seguir siendo lo que es, nunca sea más que una dimensión más. Que nada pueda tomar el poder sobre el conjunto de las dimensiones. Que ninguna dimensión pueda siquiera aspirar a darles unidad a las demás. Por lo cual las interpretaciones que hacían de Nietzsche no tenían en cuenta su filosofía. Estaban haciendo otra cosa. Una multiplicidad no es una vida recuperable con características biográficas ni literarias. Se ensaya una narrativa no conclusiva que tampoco es descriptiva. Algo que no se divide y es a la vez un continuo cambio de naturaleza. Una multiplicidad se define por su enorme capacidad de metamorfosis y es por eso que se opone a cualquier noción de individuo. Por eso justamente puede haber un nietzsche anarquista, un nietzsche nazi, un nietzsche fascista, un nietzsche comunista, un nietzsche artístico. Pero todavía algo más: loco, excéntrico, tímido, bigotón. Al que lo atacaban dolores de cabeza y malestares físicos, el que se regocijaba en lugares altos y tranquilos, el retirado, el solitario, el filólogo que quería ser alguien, el hijo de un pastor. Al que su amiga llamó orejas para captar lo inaudito, el que tuvo que ser cuidado por su madre, el tergiversado y celado por su hermana, el que odiaba a su cuñado nazi, el que leía Spinoza en Sils María. Erudito de religiones, crítico sagaz, lanzador de dados, al que jubilaron de la universidad en temprana edad, el que no pudo soportar la crueldad sobre un animal y se desvaneció para nunca más decir nada, el que un día lloró amargamente, el que escribió en menos de un mes en estado de éxtasis la mejor obra de imágenes y palabras jamás nunca escrita, el que desafió al cristianismo. Inventor del eterno retorno, ¿optimista del amor fati o pesimista de esta humanidad? ¿El amigo de Wagner o el discípulo de Schopenhauer? El martillador de morales, el creador de una filosofía, el primero de los psicoanalistas. Dionysos, crucificado, internado en un psiquiátrico, sobrediagnosticado a lo largo de los tiempos. El que nos cuenta sin condescendencias sobre las fuerzas de las pasiones y sus efectos. Ese viento que todavía nos sopla en las ciudades por venir. ¿Cómo se puede reducir una obra? ¿Y una vida? ¿A qué lugares se quiere llegar tan rápidamente, a dónde hay que ir, qué es lo que se quiere concluir? Pasión por finalizar el día, por terminar, deseo de morir. Nihilistas. ¿Podemos entonces reprocharle al psicoanálisis su relación con la falta, su estructuralismo tentador, su idea de deseo como llamado interno, su coqueteo con la pulsión de muerte? Alerta Lou: ¡No se olviden de Spinoza! [1] Aprendiendo con Freud. Spinoza. Lou Andreas Salome. Ed. Laerte. 1978 [2] Moradas nietzscheanas. Del sí mismo, del otro y del “entre”. Mónica B. Cragnolini. 2a ed. La Cebra. 2016. [3] Alejandra Pizarnik, maestra de psicoanálisis. Prólogo. Marcelo Percia. Ed. Alción 2008.
- Spinoza / Lou Andreas Salomé
No es difícil encontrar ya desde los primeros años la expresión de las interioridades más íntimas, y ello vale también para Tausk en relación con Spinoza y el ensayo escrito por él en 1907. Hay que destacar también el hecho de que entonces no hubiera leído o no conociera a Spinoza en su totalidad: ocurre con Spinoza que basta la lectura de alguna de sus páginas para poder decidir si una forma parte de los suyos o no, mientras que monumentales trabajos de interpretación escritos sobre él tienen como punto de partida los más doctos errores. Pues pensar como él no significa absoluto adoptar un sistema, sino -"pensar"-. Por otra parte, la palabra que en los coloquios de los miércoles atribuí a Tausk, me resulta ahora reveladora de su íntima adhesión a Spinoza. Pues basta desarrollar la idea de captar las expresiones corporales y espirituales como representaciones para llegar hasta Spinoza. Esto es algo muy distinto al paralelismo sistemático cuyo saber final no es otro que el establecimiento de o similares: es la concepción clara e íntima de la totalidad y presencia de dos mundos que no se excluyen ni condicionan pues son uno mismo. Es ir más allá de Freud en el terreno de la filosofía, pues él ha conseguido el método adecuado para uno de los dos mundos, el psicológicamente aprehensible, y ha aplicado al mismo su método hasta el final, método que perteneció anteriormente al otro. Hay algo en los fundamentos del psicoanálisis que lo acerca marcadamente al spinozismo: el concepto de sobredeterminación. Esta noción, de que todo se halla psíquicamente sobredeterminado, o tendría que estarlo a poco que investigáramos, es algo que se sale del concepto lógico habitual de determinación, rompe con una concatenación parcial y establece las bases de una interrelación multidireccional. Tal interrelación debe ser asumida hasta sus últimas consecuencias para alcanzar, desde el movimiento empírico, la paz eterna de la filosofía de Spinoza que incluye el más apasionado entusiasmo que haya conseguido quizá ningún otro pensador al identificar la naturaleza con Dios, sin dar un carácter sobrenatural a la naturaleza al mismo tiempo que tampoco hacía descender el nombre de su Dios hasta el nivel de las cosas. Resulta hermoso para mí el reencontrar aquí al único pensador por quien siento, casi desde mi infancia, una profunda afinidad intuitiva y que sea, también al mismo tiempo, el filósofo del psicoanálisis. Sea cual fuere el punto sobre el que se reflexione con profundidad, se acaba tropezando con él; le sale a una al paso pues está siempre presto y a la espera en el camino. Fuente: Libro Aprendiendo con Freud de Lou Andreas Salomé, diario que escribe mientras asiste a un curso de Freud durante el invierno de 1912/13 en Viena. Escritora, filósofa, poeta, psicoanalista.
- El inconsciente no es sin el cuerpo / Daniel Rubinsztejn
“Yo creo que en todo el cuerpo habitan pensamientos, aunque no todos vayan a la cabeza y se vistan de palabras. Yo sé que por el cuerpo andan pensamientos descalzos” F. Hernández “No sabemos lo que puede un cuerpo. La capacidad de actuar corporalmente es la capacidad de pensar, y viceversa.” B. Spinoza 1 El cuerpo en los pensamientos - los pensamientos en el cuerpo: Ojo!, Cuidadito… Ojo por ojo… Costar un ojo de la cara Dame una mano No tiene ni pie ni cabeza Nota al pie Meter la pata Perder la cabeza En la punta de la lengua Estómago resfriado Pecho frío Corazón de oro Dar la cara CATACRESIS: Brazos del río Ojo de la cerradura Pulmón de manzana 2 “En realidad no fue sino esto: de la sinfonía del acaecer universal se alcanzaron a escuchar sólo un par de acordes culturales y se desoyó de nuevo la potente, primordial melodía de las pulsiones” Freud i No es azaroso que Freud haya elegido a la pulsión escópica y a la invocante –la sadomasoquista- para dar cuenta de la estructura gramatical de la pulsión porque es en el inter-juego entre la mirada y la voz (lo visto y oído pero no comprendido) que se constituye el fantasma. Ambas pulsiones y sus correspondientes marcos fantasmáticos remiten claramente a la presencia/ausencia del Otro: frente al “a-priori” de la sexualidad del Otro, del deseo, del goce; el fantasma permite tramitar -como recurso defensivo- la incidencia traumática de la sexualidad. La alternancia entre fort y da (lectura de solo dos vocales, o-a) es modelo de la pulsión invocante: cuando se pierde, cuando el cuerpo de la madre deshabita el territorio que habita, hay llamado, invocación, grito. Si no está, que aparezca y, si está (demasiado!) que no esté tanto. Deseo de separarse. Modelo oral de cesión, separación del objeto: el objeto se separa, el niño se separa. Corte, caída, pérdida. El niño ingiere la voz materna con la leche, mientras la palabra haría las veces de “castración” de la voz. (“La voz es entonces la parte real del cuerpo que el sujeto pierde por hablar; la voz es el objeto caído del órgano de la palabra”, Lacan dixit). Los pensamientos inconscientes anclan en puntos de fijación pulsional: pensamos con el cuerpo erógeno. Pensamientos sin pie ni cabeza que los piense, pero crecen desde el pie estallando a veces la cabeza (rumia obsesiva). Las teorías sexuales infantiles se “conciben” con las zonas erógenas: lo oral, lo anal, la mirada y la voz estructuran argumentos en donde lo pulsional, los objetos parciales, son el entramado que las series psíquicas bordean, bordan. El pensamiento nace como sustituto de deseos alucinatorios, son pensamientos de repetición que no tienen Yo que los piense. Es el pasaje del polo perceptual al motor, en donde motor es palabra (acción), inscripción significante. Es a su vez el origen pulsional del juicio, fijación libidinal. Alucino luego pienso. Escrituras pulsionales que hacen ex-sistir al cuerpoii. Le insuflan alma (Ruaj, mito bíblico).iii Irene Vallejo nos regala un relato exquisito de escritura en el cuerpo: “No solo el pergamino (piel de animal), también la piel humana puede transportar mensajes y ser leída. Heródoto cuenta que Histieo, general ateniense, quería organizar una revuelta contra los persas y tuvo una idea ingeniosa: le afeitó la cabeza al más leal de sus esclavos le tatuó un mensaje en el cuero cabelludo y esperó a que le creciese nuevamente el pelo. El mensaje decía: subleva Jonia. Envió al esclavo -que no sabía nada de la conspiración- a Mileto, con la orden de afeitarse el cabello en la casa de Aristágoras, y decirle que echase una ojeada a su cráneo. Él nunca supo -nadie puede leer en su propia coronilla- qué decían las palabras tatuadas para siempre en su cabeza”.iv Para Fernando Pessoa ”la acción es una enfermedad del pensamiento, un cáncer de la imaginación”. Actuar, dice, es exiliarse. “Toda acción es incompleta e imperfecta. El poema que yo sueño no tiene fallas sino cuando intento realizarlo. Por eso realizar es no realizar”. El poeta, frente al poema realizado, caído de su pluma, se exilia. Al realizar el poema no lo realiza. El acto, entonces, descompleta y presentifica una pérdida intrínseca a toda acción: es y no es…el poema soñado. Se realiza una pérdida. Escribo luego pienso. 3 “El hombre, desde el momento en que habla, está ya implicado en su cuerpo por la palabra”. J. Lacan En el síntoma habitan pensamientos y transposiciones del afecto. En la histeria los pensamientos escriben jeroglíficos en el cuerpo. En las obsesiones los pensamientos escriben síntomas que se manifiestan en diseminaciones de dudas y de ceremoniales que martirizan al cuerpo, lo enferman hasta la hipocondría, lo hunden hacia la melancolía. Los pensamientos fóbicos escriben en el mundo blasones, marcas por donde el cuerpo puede circular y por donde no; sólo se trata de evitar. Pensamientos paranoicos -adjudican intenciones a gestos casuales y a murmullos- e interpelan hasta el límite del crimen. 4 Spinoza postula una correspondencia absoluta entre lo que pasa en el cuerpo y lo que pasa en la mente, no porque se influyan mutuamente, sino porque hay una misma sustancia que expresa las mismas cosas bajo atributos diferentesv. Si entre cuerpo y mente no hay correspondencia ni relación, no es debido al hecho de existir entre ellos un “paralelismo” sino precisamente porque se trata de una estricta identidad –no uniforme dado que cuerpo y mente se expresan de manera diferente–. Lejos de Spinoza, Descartes sostiene que el cuerpo es una cosa extensa que no piensa, y que el alma puede ser y existir sin el cuerpovi. La expresión “el hombre piensa” enuncia que el pensamiento es el ser del hombre, y no tanto que el pensamiento es una facultad entre otras, o que el hombre es una cosa que piensa. El hombre como ser-pensamiento, más que como ser pensante. Ninguna criatura es soberana, propietaria de sí: los seres no son en sí mismos sino en otro. En efecto, hay siempre una dimensión trans/individual e impropia en lo que hacemos y pensamos. Nos hallamos aquí en las antípodas del sujeto cartesiano, en medio del complejísimo juego de ser con otros en una trama de afecciones y afectaciones. “Si una piedra arrojada al aire tuviera conciencia de sí misma, seguramente pensaría que se mueve por su propia voluntad”. 5 Cuando el sentido es dormir las palabras se van a dormir, el lenguaje está ebrio (acerca de la escritura de Joyce). Beckett Por mi parte inserto cuñas para decir que ni tenemos (poseer) cuerpo ni somos cuerpo vii y que el pensa/miento incluye la mentira. Pienso/miento, al pensar…miento. “Todo pensamiento originariamente es mentiroso. Toda palabra es una mentira. Sueño y mentira son las palabras con las que juega nuestra lengua. Songe (sueño/fantasía onírica) Mensonge (mentira)”viii La verdad habla y porque habla ya es ficción porque los significantes están en el lugar de la cosa, al mismo tiempo que la segregan. El significante entonces inscripto en el origen como verdadero, es siempre falso. No es que en el principio hay cosa y luego -en un segundo tiempo- aparece el significante: cuando se inscribe, el significante pulsionalla expulsa. Es lo que Freud llamó afirmación primordial (Bejahung). El pensamiento comienza en el inconsciente, pensamiento de deseo que el Otro me piensa. Pensamos con las palabras que el Otro nos transmitió. “La mentira es lo simbólicamente real: Una de las revoluciones del alma infantil es el momento en que el niño, después de haber creído que todos sus pensamientos son conocidos por sus padres, se percata de que no es así. Nosotros los llamamos así, pensamientos; lo que el sujeto vive, esos pensamientos son todo lo que hay. Todo lo que hay, sus menores movimientos interiores, es conocido por sus padres. De ahí la importancia del momento en que se percata de que el Otro puede no saber. Ese no saber en el Otro se correlaciona con la constitución misma del inconsciente del sujeto. En cierto sentido, uno es el reverso del otro, y tal vez su fundamento”.ix Entonces mentir y pensar son homeomorfos; yo pienso como el yo miento han constituido un problema para la lógica (paradoja de Epiménides) y para nosotros, Freud con sus brillantes ejemplos, revela una lógica distinta: -Me dices que vas a Cracovia para que yo piense que vas a Lemberg cuando en realidad vas a Cracovia, entonces, ¿por qué me mientes? -Ud. me devolvió el caldero todo agujereado! -primero cuando me lo prestó ya estaba agujereado, segundo se lo devolví intacto y tercero Ud. jamás me prestó un caldero. -Tiene que pagar la copa de licor! - ¿Por qué? Si se la cambié por el pastel de manzana - Entonces pague Ud. el pastel! - ¿Por qué? Si no lo comí. Para concluir, algunas derivas del cogito: Del pienso luego x soy -pasando por el quiasmo: pienso donde no soy y soy donde no pienso- al Pienso (miento) luego…sufro -en souffrance- (la existencia). El neologismo hablanteser no reintroduce lo extraído en el planteo “falta en ser” como esencial al deseo. Ser que no cesa de perderse por hablar. Hablar introduce equívocos, homofonías (en francés: ser-carta-letra) que revelan otro modo de pensar el ser: “No hay otra cosa sustancial en el ser que esa palabra misma, él se satisface del ser, no podemos tomarlo por lo que es del ser, si no es al pie de la letra. (l`étre – lettre) … una satisfacción verbal”xi. Heidegger afirma que sólo en la medida que habla piensa el hombre y no a la inversa como cree la metafísicaxii. Hablo luego piensoxiii. i Freud S., Historia del movimiento psicoanalítico, O.C. Biblioteca Nueva, Madrid 1948. ii Más allá de la imagen cristalizada,narcisista, del cuerpo. Un más allá que introduce la dimensión del tiempo: el cuerpo es temporalidad. iii “Para los hebreos las vocales no son letras sino las “almas (aire-soplido, en hebreo) de las letras”, y en cambio las letras sin vocales son “cuerpos sin alma”.” Tatián Diego, Una introducción a Spinoza, Quadrata, Buenos Aires 2009. iv Vallejo Irene, El infinito en un junco, Siruela, Madrid 2020. v Sigo aquí a Diego Tatián. vi Sin embargo agrega Descartes en la meditación sexta: ”Me enseña también la naturaleza, mediante esas sensaciones de dolor, hambre, sed, que yo no sólo estoy en mi cuerpo como un piloto en su navío, sino que estoy tan íntimamente unido y como mezclado con él, que es como si formásemos una sola cosa… modos confusos de pensar, nacidos de esa unión y especie de mezcla del espíritu con el cuerpo”. vii Pienso la fórmula ni-ni, como una de las escrituras de la castración: ni soy falo ni tengo falo. viii Quignard Pascal, El sexo y el espanto, Barcelona, Minúscula 2005. ix Lacan J., Seminario 6 El deseo y su interpretación, Buenos Aires, Paidós 2014. x “Luego”, introduce un tiempo de comprender (dar tiempo) necesario para que advenga un momento (a posteriori) de concluir…en un pensa/miento que a su vez deriva hacia otro “luego” que concluye en soy y así sucesivamente. xi Lacan J., op.cit.. xii Las fusiones gramaticales francesa (je pense a) y alemana (Ich denke an) dejan abierta la cuestión del idealismo en oposición al realismo inglés (se piensa en el mundo, no se piensa el mundo). Heidegger dice que el inglés es torpe para pensar el ser y la muerte. xiii Pensamiento que horada el ser, certeza que lleva a un punto de desvanecimiento, de pérdida de ser.
- Era tan rosa: historia de un primer fracaso / Dalila Iphais Fuxman
Finalmente se había decidido, estar con él iba a ser divertido. Ir a su casa se desglosaba en: pintar las paredes, comer lo que quisiéramos con papas fritas y ajo, bañarnos durante horas con pomposas burbujas de espuma, ir a los jueguitos, saltar en la cama elástica o en su cama era lo mismo; lavar el auto con nosotras adentro y ver pasar los rodillos o simplemente tomar un churro, a la tarde, comiendo un submarino. Recuerdo la brisa sobre mi rostro pequeño, emblanquecido, aquel domingo. Era la hora en que es aún temprano, el sol se asomaba tibiecito, algo tímido. El juego: ir sentadas en la ventana de un Falcon mientras el auto crujía al pisar las hojas de aquel otoño, mientras algo ya había oscurecido. Yo, en verdad, no sabía dónde estábamos pero parecía un bosque y tenía algo así como un río. Entre las hojas secas correteábamos hasta desplomarnos. Buscando ramas nos entreteníamos jugando. Recuerdo aquel vestido: era tan rosa, con sus volados tan nítidos, dos mariposas bien redondas una en verde y otra en amarillo patito. Luego por debajo, cortando la cintura, arriba de la barriga un lazo de la misma tela, tres botones por detrás y una caída pomposa de volados le daban un ritmo especial al caminar. Un cancán blanco y unas medias con puntilla eran abrigados por unas guillerminas. Así, sin pasar el metro, con tan sólo 5 años: estaba tan contenta. Yo tan rubia y cálida; el mundo, al lado, tan mezquino y frío. El viento entre mis cejas detenía el discurrir del pensar. A esa edad uno siente sin separar lo pensado, uno juega hasta los cachetes colorados, hasta desprenderse del mundo en sueños enmarañados. En esos días en que todo el fulgor de mundo se inmiscuía en mis pupilas conocí la debacle existencial. Luego de almorzar en la costanera, tras caminar por los escombros de lo que hoy es Puerto Madero, llegamos a la reserva. La reserva ecológica era en ese entonces, la punta biológica y silvestre más citadina que conocía. El auto estacionó. Y ahí sin más, como si viera la libertad en esas escaleras, en la bruma que hacían las plantas sepia, con hojas de cola de avestruz corrí a fundirme en la naturaleza. Como les decía, estaba yo tan rubia, tan de rosa, tan de rizos derrochando energía cuando me traicionó el destino y el agua de río... La corrida no la pude detener, había llovido, estaba todo inundado y esa libertad que aparecía entre el sepia avestruz y el verde pastizal rompió en un llanto voraz. Sentí la inundación en mis zapatos, sin posibilidad de evacuar mis medias, el agua sucia y el olor a lo estancado estaba por todos lados. De lejos mientras mi corrida se efectuaba en el mismo acto de mi hundimiento, rugía la voz en off de mi padre y mi hermana gritando: Nooo!!!. No pude detenerme, no pude detenerme hasta estar toda manchada de barro desbocada, atragantada en llanto. Entonces me rescató un abrazo, mis ojos se cerraron suavemente con la angustia en los labios, como quien conoce por primera vez el mundo, en una caída, en un fracaso hasta morir el día.
- Silencios / Eric Schvartz
Voces que atenazan, burocratizan vocablos. La voz de la razón, posesiona conocimientos, cadencias, secuencias, tecnicismos. Puede ser, y eventualmente es, pasional. Una razón extraviada, es una pasión recurrentemente hablada, o más temeroso aún, una pasión que nos habla. La categórica necesidad de apresar en absolutos, aquello que se escabulle en su indesignable materia. Razones pasionales, rigidizan, contabilizan, inflexibles. Las pasiones como hablas viscosas, como advirtió Spinoza. Como hablas apetitosas, voraces. Aquellas que pervierten la potencia, dado que nos hablan, y nos destierran al arrogante desvarío triunfal de creer poder enjaular incandescencias. Incandescencias han de ser liberadas. Incandescencias ya las llevamos dentro. Los grandes poemas, no se escriben, se descubren, se liberan de la palabra, con la palabra. Los prosistas escriben, apresando vocablos. Pueblan el espacio con despropósitos. En lo poético, “las palabras no hacen el amor, hacen la ausencia”1, para parafrasear a Pizarnik. Palabras adiestradas, son festines para golosos. Palabras adiestradas son para raciocinios pasionales. Palabra luminosa, es habla potente, no poderosa. Hablas potentes, destellan en penumbras, no por la pretensión de ser miradas, sino que está en su virtud obrar en su brillo. Potencias evocan el silencio. Domesticar la palabra es masticarla, rumiarla. Aquello es ruidoso, y como dijo Deleuze: componer, es en estado de ayuno. Estado en el que ni se atisba a masticar ni pensamientos, ni desvaríos. Nos gesta un silencio. El silencio. Armonía universal. Universal porque le corresponde al mundo. A la existencia misma. Conocida pero incorrespondida, dado que aflora antojadiza, en un incalculado acontecer. Armonías tiñen. Nos dejamos teñir por ella. Si bien no elegimos nuestros pensamientos, nuestras fantasías, creemos que nos corresponden. Que nos pertenecen. Predicamos su manifestación. Predicamos su materia. Profesamos el silencio. Nos fundimos en una indiscernible, e innombrable certeza. Se sospecha su registro por la cadencia de las cosas. Por la latencia del tiempo. Una latencia que nos integra en sus palpitaciones. No discrimina en recortes. Soledades que resguardan en una extrañeza de ancestral familiaridad. Una antecedencia, recóndita, que precede todas las lenguas, y aún así un lugar: Común. Reverbera en el quehacer del analista. De ser, a estar. Un estar que invoca un tercero que escucha. Un tercero que hace pendular las dudas. Dilata el espacio, y enaltece el tiempo. Languidecen las interrogantes, flaquean las voces, hasta fatigarse en sus mismos recovecos. Un tercero, titánico, e inconfesable. Infatigable e indeclinable. Callado que habla en su mutismo. El silencio, suspende, expectante. Otra clase de voces pueden aflorar, o más certero, pueden marchitar. Voces morales pugna en extremos, y marchitan silencios. Voces que jalan sus indelebles imperativos, tensan el aire y torsionan el espacio. Voces que miran, inquisitivas y recortan el cuerpo. Miradas inconcretas, amorfas, ambiguas. Miradas sin iris. Monstruosas. Irrepresentables. Miradas abismales. Un abismo que mira, franquea finitudes. Exalta en angustias, ansiedades, y desalojos. Engendra silencios perniciosos y dilacerantes. Asediantes y recortantes. Silencios que recortan emulan la materia de una noche despiadada. Una noche que no nos sueña, es un abismo sin filtros. Sin piedad ni resguardo. Soñar maquilla monstruosidades, maquilla abismos, más la potencia, dimensiona silencios. Silencios potentes son inmunes a la mirada del abismo. Silencios Comunes, son, una armonía compartida. 1 Alejandra Pizarnik, En está noche, en esté mundo.(1971) “las palabras no hacen el amor, hacen la ausencia”
Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.











