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  • Foto del escritorRevista Adynata

Piedrazos / Cynthia Eva Szewach


“Hay piedras que tropiezan dos veces con la misma vida”

Jorge Boccanera


“Cayó como una piedra la palabra”

Anna Ajmátova



Transito hace algunas semanas la lectura de “El piedrazo en el espejo” un libro de Pompeyo Audivert.1 Mientras lo voy subrayando, degustando, pienso que me daría ganas que los practicantes del psicoanálisis lo lean, por muchas y diversas razones, aunque trate de una ocupación distinta. Una razón, es el trabajo con la viva maquinaria colectiva que hace obra, de improviso, como acontecimiento teatral, en este caso. La fuerza de transmitir el desgarro que puede hablar en una pestaña que cae en el aire. Establece en el libro a la presencia, como fuerza inercial de la ausencia. Esa idea me resonó con el término ausencial, que se me presentó cuando la distancia no hizo posible encontrarnos. Otra, es la masticación incesante de las influencias, por eso al transcribirlas no son citas. Son trance de asistencias. Dicho a través de J. Ramponi: “Asistido en el trance que es yo mismo del revés en mi ausencia”.

La fuerza ausente combate vital con el desquicio de la historia funeraria. Descalcarse en cada intervención, nos concierne. El autor lo ubica en relación a los calcos dramatúrgicos que se afirman en convenciones de lo establecido sin innovar el juego. Es la política de una poética y una técnica personal que nombra allí como Piedrazo en el espejo. Las líneas que se abren cada vez en el vitral espejado que se reconstruye en lo roto, hace de la contingencia una opción imprescindible. También puede cortarse una imagen para siempre. Dice que cuando apedreamos en el espejo, cuando rasgamos se des-oculta lo preexistente. Lo representativo es sólo carnada para seguir. El piedrazo en el espejo puede ir a nuestras agarraderas teóricas, morales, del ideal, del ritual técnico.


Sin duda se desarrolla en el libro y se dice de forma sensible, delicada, seria, cómica, poética, metafísica, lo que atañe a la escena teatral, a lo actoral. Según afirma de forma enigmática el teatro no es relato ni ficción. Es instante, revelación, destiempo. O es el relatar en tanto ponga en cuestión, según creo, los lastres de aquello que no irradia, o aparece con sentidos coagulados, instituidos con amalgamas sólidas que impiden hacer de los restos, apertura. Eso también nos concierne. Nos concierne en las maneras de relatar la práctica, alertados de una “habla esclava”, o como usa Audivert, es habla a veces amaestrada para fines ramplones y mercantiles. Sin “la historia en un hacerse tal… relato vivo” no sin los puntos muertos donde se aloja la resistencia como motor donde pensar lo que hacemos, lo que nos preocupa. Nuestra improvisación al relatar, si puede nombrarse así está condicionada con alguna inquietud, con la confrontación de algún límite que avizoramos y del que formamos parte. El teatro es una potencia escritural que como sabemos mucho le transmitió a Freud en los nudos esenciales de su teorización. Escribieron algunos analistas acerca del lugar de la escena, la Otra escena, el sueño, el amor, el sexo, la tragedia o lo cómico, su relación con el juego, entre otras figuras que atañen a la ilusión, pero no sólo. El jugar analítico infiltra, incluye, diferentes posibles roturas de la convención, las que interrumpen o las que habilitan: “Si el polvo del estrado hace estornudar al que hace de muerto” … trae Octave Manonni como ejemplo. Contingencias desazonadoras, pero a veces instiladoras del relampagueo de una verdad como aliento anterior a cualquier saber.


Recibimos a quienes sufren, llegan, esperan, hablan con los espejos ya apedreados, emparchados, planos, manchados, rajados, infinitos. Las maldiciones de un futuro escrito en lo mal perforado. Tirar una piedra para abollar algo puede ser un grito que pide que se escuche el ruido de un sollozo ahogado de furia. Hacer con lo roto que flota. Del espejo roto de piedra se hacen riachos, orillas. Restaurar el espejo con las huellas del tiempo o creando espejo. A veces saltan o salpican Esquirlas, que “implosionan palabras” dice Marcelo Percia. Esquirlas del miedo, pero también de la valentía. Entonces aguzar el oído al equívoco, al malentendido, a lalengua de la que estamos hechos, a la extranjeridad en nuestra propia lengua, a sueños no soñados. Una política de escucha abierta en las trazas de la transferencia, la abstinencia, en el deseo del analista como producto. Se trata de la difícil tarea de crear un marco sostenedor y al mismo tiempo dócil.


El libro trabaja inmensidad de cuestiones que exceden las que apenas comienza a mencionar este breve texto en interlocución. Hace unas semanas fui a ver por segunda vez la maravillosa creación única y novedosa “Habitación Macbeth”, de P. Audivert. Entre fantasmas y visiones terroríficas que acechaban al personaje de Lady Macbeth con sus manos ensangrentadas, in- lavables de culpa criminal, de pronto una frase que dice el personaje que no viene del texto de Shakespeare, sino del texto creado, me atravesó inolvidable: “Como una pordiosera busco entre las cenizas mi muñeca”.

Esa piedra, la palabra.


1 Libro-Regalo que debo agradecer al actor y amigo Fernando Khabie. “El piedrazo en el espejo” Teatro de la fuerza ausente. Ed. tt



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Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.

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