top of page
  • Foto del escritorRevista Adynata

Flotaciones / Ana Hounie

Se dice “libro de cabecera” a aquél que se tiene cerca de la cabeza para frecuentar su lectura. Y no importa de cuál cabecera se trate pues la propia y la de la cama se transforman en la misma. Ambas se acompañan en esa mágica descomposición cotidiana que toca cada noche a la puerta de los sueños, en la entrada a esa enigmática realidad y en los umbrales del no menos extraño despertar.

Me toca hoy aquí presentarles un libro de cabecera. Me consta que lo es por algo del orden de mi experiencia. Así como en los momentos de incertidumbre o zozobra, son fragmentos de poesía buscados al azar los que me ayudan a recomponer al lenguaje roto acompañando mi soledad; cuando no sé bien qué pensar sobre algo, en el momento en que quiero dibujar mis ideas, abro los libros que Percia ha escrito. No importa cuál exactamente, si el de Alejandra Pizarnik, el del sujeto fabulado, el de la inconformidad, el arte, el psicoanálisis y la política, el de las sensibilidades en tiempos de hablas del capital o cualquiera de las sustanciosas escrituras de su prolífica obra. Porque sea por donde sea que entre, sé que voy a encontrar imágenes de lo que acomoda y desacomoda lo sensible en un gesto del pensar que toca el cuerpo, una parresia que abre y cierra las heridas al mismo tiempo. Lo relevante en la parresia como mostraba Foucault no es tanto dar a ver la verdad de un discurso, -que ella es siempre contingente-, como el compromiso del sujeto con esta verdad, su entrega franca. Es la palabra valiente, dice Butler. Y así es. Porque se requiere coraje para desafiar los convencionalismos, sobre todo los del mundo psi que instala en el escenario político escenas a las que llama clínicas. Es por eso que la acción de resistencia que ofrece este libro cuando saca a lo clínico de los espacios totalitarios de los templos y los acompaña con conversaciones entre naufragios y debilidades, resulta tan vivificante. Lo digo por la importancia que tiene en la formación de aquellos que trabajamos con el dolor y con las potencias insurgentes.

La posición crítica como manera de estar en el mundo es una constante en el modo de acercarnos a los terrenos sensibles a la que nos tiene acostumbrado el autor, con intensidad y sin tapujos. Por todo esto, la invitación de un escritor de cabecera invita a su vez a decir de una posición de lectura,y es desde esta experiencia que hablo.


A decir verdad, no sé si estamos presentando un libro o es un libro que sepresenta. Quienes venimos siguiendo e incluso esperando las escrituras de Marcelo, solemos leer en sus textos, “este libro quiere decir”, “lo que este libro propone”, “a este libro le importa”, es decir que es el libro quien habla y uno empieza a sentir que tiene alma…

Entonces, siguiendo esta idea, les cuento que estoy convencida de que es el libro el que armó esta presentación. Seguramente porque tiene una insistente fuerza de sublevaciónal abrir surcos en el lenguaje y oponerse fervientemente a los muros de las palabras que convierten a los seres humanos en sombras. Todo él es potencia de rupturas y aliento de migraciones. Es que como decía Jean-Francoís Lyotard en sus “Rudimentos paganos”, detener de una vez por todas el sentido de las palabras, eso es lo que quiere el Terror. Ya este libro emergente de la pluma de Marcelo y a sus antecesores, los une una línea poderosa, a saber: una profunda convicción antitotalitaria que puja por transformar la mirada del mundo en pequeños gestos. Porque las formas del montaje de palabras e imágenes propuestas por este libro son armas de combate, -micropolíticas del arrojo diría, sacudón para los cuerpos afectados por las doctrinas neoliberales y su séquito de secuaces-, para así poder generar en la contingencia de los encuentros, condiciones para las supervivencias. En ese sentido, las escrituras que aquí se disponen son astutas y pertinaces. Textualidades más que bienvenidas, y eso da respiro y se agradece.

Esto de que sea el libro el que dice, piensa y propone tiene como corolario la experiencia lúdica como terreno inmediato. Para mí que el espacio que crea la obra de Marcelo es un mundo de múltiples dimensiones diseñando una cartografía clínico-estético-política que invita a parir cada vez la lengua que nos habita. Hecho nada común en el terreno situado en los confines de la psicología y que por suerte nos coloca a las puertas de un mundo infinitamente más vasto. Esta marca de estilo nos posibilita encuentros con filósofos, artistas, pensadores fundamentales, creadores de todos los tiempos y personajes únicos, sensibilidades que hablan (como gusta decir) de los caminos de la vida que interpelan nuestro común habitar. Particularmente en la aventura esta vez propuesta, saludamos, conversamos y abrazamos a Rilke, Jorge Macchi, Pascal, Lucrecio, Daniel Defoe, Blumberg, Nietzsche, Héctor Zamora, Comte, Benjamín, Pizarnik, Gombrowicz, Horacio González, Pichón Riviere, John Donne, Manrique, Pessoa, Wittgenstein, Borges, Idea Vilariño, Rodolfo Kusch, Beckett, Coleridge, Gabriela Mistral, Fernando Ulloa, Freud, John Berger, Winnicott, Alejandro Kaufman, Octavio Paz, Cortázar, Platòn, Kafka, Tamaki Saito, Roberto Arlt, Sartre, Foucault, Pavlovsky, Tenesee Williams, Miguel, Baltazar Gracián, Lewis Carroll, Jôsô, Bergman, Leonardo Favio, Andrew Niccol, Simone de Beauvoir, John Keats, Deleuze y Guattari, Lacan, Dalí, Stephan Zweig, Ricoeur, Susan Sontag, Umberto Eco, Clarice Lispector, Christian Heinroth, Melanie Klein, Edgar Allan Poe, Alberto Laiseca, Ricardo Piglia, Ludwig Börne, Bion, François Jullien, Barthes, Sigalit Landau, Macedonio, Fernández, Rozitchner, Miller, Spinoza, Kaminsky, Zito Lema, Sylvia Molloy, Lao Tsé, Simone Weil, Miguel Hernàndez, Primo Levi, Fontanarrosa, Gabriela Cabezón Cámara, Pedro Palacio alias Almafuerte, Horacio González, Ursula Le Guin, Elizabeth Fisher, Stanley Kubrick, Octave Mannoni, Cervantes, Cesare Pavese, Antonio Gramsci, Coleridge, Arnaldo Calveyra, Derrida, Liliana Lukin, Indio Solari, Leonard, Cohen, Vladimir Yankelevitch, Judith Butler, Tute, Henry Miller, Edgardo Gili, Sandor Ferenczi, Juan Carlos de Brasi, Lévi-Strauss, Lola Arias, Félix Bruzzone, Blanchot y Artaud, Heidegger y Hölderlin, Pascal Quignard, Mario Levrero, Lyotard, Jean Oury, Néstor Costa, Ana María Monzón, René Daumal, George Lucas, Daniel Tinayre, Gianni Vattimo, Horkheimer y Adorno, Josefina Ludmer y Sor Juana Inés de la Cruz, Paulo Freire, Eladia Blázquez:, Silvina Ocampo, Wim Tigges, Leibniz, Althusser, Dostoyevski, Virginia Woolf, Monique Wittig y Sande Zeig, Lévinas, Kōbō Abe, Oscar Masotta y al final, -fíjense de qué forma trae a quien lee al final-, “al final Marcelo Cohen porque como él mismo dijo una vez: al final, solo se lee para llegar a hacerse una pregunta y dejarla flotando”. Creo que es allí, en el corazón de esta imagen, donde se leen los autores.

Interpelados en su potencia de interrogación, los textos son leídos con delicadeza acompañando el borde sensible de sus preguntas. Lejos del (no por más acostumbrado menos terrible) modo de citación en las escrituras académicas, encontramos estas otras figuras:

Silvina Ocampo advierte cómo una historia está habitada por referencias que oscilan. Por encuentros aleatorios entre voluntades y azares, entre suertes y deseos, entre conexiones y desconexiones de afectividades que se rozan, se repelen, se lengüetean. Se lee: “En cada ser está el universo –exclamó con indiferencia”.

O bien: “Marx supo advertir, mediando el siglo diecinueve, cómo el alma del Capital comenzaba a tener más prevalencia que los cuerpos hablantes reducidos a mera energía de trabajo sin encanto” o “Macedonio Fernández veía en los objetos la extraña comicidad de lo inerme, la absurda quietud de lo que carece de voluntad, la malicia secreta de lo inanimado. Formas calladas de una insurgencia “.

Como puede apreciarse, resulta contundente y sugestivo el tratamiento de las voces de los otros. Es como si el autor hubiera cruzado un puente para producir un acercamiento de lenguas reconociendo a los otros en su otredad, haciendo que su singularidad se proyecte a primer plano, afirmándola en un decir común.

Si la metáfora es puro movimiento que conmueve los cuerpos, este libro las habita invitándonos también a nosotros a este encuentro en el mundo de las sensibilidades que hablan, que dicen, que piensan, que leen y que escuchan usando sus palabras para componer silencios.


Así entonces nos vamos volviendo caminantes en la intensidad de la aventura de recorrer sus páginas. Si dije aventura y recorrido como en un mapa, es porque este libro es cartográfico. A la entrada, se anuncian lugares que invitan a habitar el placer del texto; son nombres que definen cosas, ideas, experiencias, conceptos (residuos de metáforas), aconteceres. Son los 58 tramos, fragmentos, que dibujan la geografía del libro: “Vivir entre metáforas, Aprender a naufragar. Un común vivir, Un común silencio, Orillas, imanes, Desolaciones, Incredulidades Propensiones. Delicadezas. Debilidades. Abyecciones. Con quiénes la soledad, Estar despidientes, estar nacientes. Sueños…”.

Se puede elegir por dónde empezar y por donde seguir, y no sólo llevados por nuestras voluntades sino atraídos por el ofrecimiento de los distintos lugares hacia donde somos llevados. Es decir que para encontrarse es preciso perderse en un espacio pleno de asimetrías, pasajes no-lineales del tiempo, zonas difusas en la que se dispersan oquedades, aberturas, tejidos y fronteras estableciendo el campo semántico y sintáctico por el que caminamos. Y en ese espacio, al mismo tiempo, se siente el compás.

Uno de estos golpes de ritmo que se encuentran en el tránsito, lo constituye, a mi entender, la serie de imágenes que hablan de escenas transcurridas bajo los árboles. Se trata de “relatos breves que intervienen como estallidos fugaces entre soledades” que “se intercalan como descansos o como destellos de vidas calladas que, de pronto, tienen ganas de contar algo”.

Estas escenas atraviesan el libro (nuestra cartografía) como una pequeña plaza a la que se va a descansar en el trajín de la ciudad (nosotros podríamos decir: en el trajín del pensamiento). Y la imagen que me evoca es muy lorquiana; “la noche se puso intima como una pequeña plaza”, decía Lorca en el Romance sonámbulo. Y sí, estas conversaciones fugaces contienen toda la intimidad del mundo. La saben palpar.


A nosotros lectores se nos hace claro que estos caminos están plenos de intensidades. Afectaciones de la lectura muy cercana a los efectos que produce la poesía. Y podría decirse que la prosa de este ensayo es poética, y sí que lo es. Pero además hay algo de nuevo en su género derivado de su tratamiento con el lenguaje que lo hace inédito, particularmente en el campo clínico. Una forma del ensayo casi performática, en el mismo sentido de que cuando decimos algo, hacemos algo, recordando a Austin en “Cómo hacer cosas con palabras”.

Yo creo profundamente en el valor de transformación, de conmoción subjetiva de la función poética; por eso cuando estoy perdida, un solo fraseo alcanza para encontrarme. Y en este libro como en los otros, este encuentro es permanente. Es que el autor mantiene una intensidad tan constante que produce asombro y en ausencia de gradación ascendente de una trama, nos vemos introducidos al nudo mismo de la cosa en cada comienzo. Este ir al meollo es muy muy nietzscheano porque los conceptos, -entendamos por ello esa suerte de -aparatos de escritura en movimiento-, son ellos mismos versátiles, ya que no son otra cosa que el residuo de una metáfora y por eso mismo, no deben olvidar las diferencias, las notas distintivas, es decir sus sonoridades, como en la música. Ahora bien,esto es precisamente lo que este libro hace. En esta composición toda la intensidad del mundo se agolpa en las distintas frases. A modo de ejemplo:

Un común naufragio necesita imaginaciones insumisas ante las crueldades derivadas de todos los pánicos” o “Lo unísono, a veces, sobreviene como una decisión de anclar la vida, por un momento, en un solo tono: un fingido silencio que suspende los sonidos del mundo (y de lo inmundo)”.

O “Se necesitan imaginar composiciones pasajeras. Rompientes de pasiones que se impulsan y expanden hasta desaparecer absorbidas en la arena. Urdir singularidades como súbitas conversaciones entre lenguas intraducibles. Presumir atonalidades, barullos, algarabías indisciplinadas. Estimar juegos rítmicos entre disonancias que se aproximan en los desacordes. No se pretende poetizar la idea de una singularidad no individual, se quiere volver más amable la inadecuación entre lenguaje y vida”.


Hay frases en las que podés existir toda la vida, con las que te podés quedar y en las que te podés quedar, es decir que podés echar una mano a ellas porque las habitás.

Es del orden de la experiencia que tenemos nuestras frases, como melodías que tienen ese no sé qué que sentimos que nos acompaña en distintos tiempos. Pues bien, este libro -gracias a la marca de estilo del que venimos hablando-, es generoso ofrecimiento de ellas.

Con todo esto, el lector podrá ir vislumbrando cómo el texto se inscribe en una lógica del no-todo: podés no leerlo todo y no importa, ir y venir a él en un tiempo no lineal que no importa, pues no tiene que ver con el todo; es un libro que elimina los todos y al mismo tiempo, su carácter fragmentario revela una densidad en el detalle, es lo mucho de lo poco. La poquedad, lo fragmentario, constituye en sí mismo toda una lógica epistémica y poiética. La poquedad es una idea impoderosa pero no impotente. Digamos que elogia la potencia, no poder.

El sentido se agolpa entonces en el pequeño gesto de escritura, en la palabra desnuda, descarnada y al mismo tiempo dócil. Entregada al juego donde se contrasta enlazándose con su oponente, se separa y se acerca, se le mete dentro, la toca y se va por su propio camino. Eso ocurre con espera y esperanza, por ejemplo, o con fuerza y debilidad y tantos otros pares que a veces son tríos (arte, política, psicoanálisis o demasías, locuras, normalidades), que se entraman en multitudes.

Lo cierto es que en estas escrituras las palabras juegan y si juegan es porque tienen vida. Aquí vamos directo a un hallazgo en la escritura de Marcelo Percia y que entiendo absolutamente es clave, me refiero a la prosopopeya. Esta figura estilística que atribuye propiedades humanas a algo que creemos carece de ellas, es común en fábulas, relatos infantiles, textos literarios y en el lenguaje hablado (sería un ejemplo de ello decir: “el amor tocó a su puerta”).

En palabras de Percia, son las sensibilidades las que traspasan fronteras, las demasías las que aturden, las cordialidades las que saben desconocerse respetando lo irreductible, las debilidades las que duelen o que aman…

Pero aún más, sus textos ven recortarse los artículos gramaticales que anteceden a estos conceptos-metáfora, serán entonces simplemente: sensibilidades, demasías, cordialidades, debilidades. Y esta invención que auxilia al lenguaje que pesa sobre nuestros hombros tan acostumbrado a separar pronombres, alivia. Lo hace porque ayuda a pluralizar la vida. Nuestras vidas. Es que esto en el texto es permanente: las palabras cobran vida. O podría decir también: renacen del fondo del letargo, de una condena que sólo en apariencia es sin remedio.

La conclusión más evidente es que no hay sujeto “yo”. Esta es una formulación que sirve al psicoanálisis y sirve a la psicología social o cualesquiera sean los nombres que designen a esos campos que sabemos indisciplinados y porosos. Pero más aún, sirve para construir la imaginación política necesaria para pensar y desear porvenir.


No quisiera concluir sin antes decir que en esta cartografía que tiene zonas principales (naufragios y debilidades en aconteceres clínicos) y sendas laterales que importan (por ejemplo, el magnífico desarrollo acerca de la idea del “silencio”), el lector seguramente encontrará algo del orden de la genialidad. No me refiero a la idea de genio como una condición intelectual, sino más precisamente a la idea de genio como “duende” pues en el sentido lorquiano, en los textos de Percia, hay duende. He aquí a mi entender otra de las claves que nos permite entrar a la lectura como se entra a un juego. Toda una provocación.

En mis resonancias, recordé el primer libro que leí, que me salvó de un naufragio a mis 8 o 9 años. Era uno de los muchos tomos de “Las travesuras de Naricita” de Monteiro Lobato, una niña que vivía en una quinta del pantanal brasileño con su adorable abuela y una serie de personajes extraños: una muñeca parlanchina, egoísta y divertida, una mazorcasería y políticamente correcta, una vieja cocinera liberada de la esclavitud, un rinoceronte sabio y tantos otros pobladores que se sumaban en cada historia. Allí los personajes viajaban a distintos mundos y allí vivían intensidades muy caras a la sensibilidad infantil. Por supuesto que en su viaje al “país de la gramática” supieron pelearse con adjetivos, correr tras verbos para que no se enojen o romper a patadas a una injuria. Quizás a partir de allí, creo mucho en la potencia de leer el mundo como en el juego del niño y los libros de Percia me recuerdan esto. Esto no tiene ningún lirismo porque la infancia no siempre es tiempo de bonanzas, más bien, es el tiempo en que inventamos herramientas contra el dolor desesperante ante demasías frente a las que nunca estamos preparados del todo. Pero el juego abierto que implica la esencia de lo lúdico es ante todo la experiencia de la invención de un lugar y un tiempo que sostenga nuestra existencia. Y en este acto detenemos la temporalidad frenética de nuestra época, relanzando la posibilidad de la temporalidad del acontecimiento y subrayando nuestra condición de “Homo loquens”; aquel que “al decirse da vida” y que al hacerlo, se juega y se piensa.

Para terminar, voy a tomar naufragios y flotaciones, un par que en algún momento este libro invita a combinar. Quizás derivados de la idea de suspensión que se puso en juego en tiempos de su redacción, durante el Covid, donde Percia supo leer coreografías de las cercanías a partir de la sustracción de las presencias y desafíos a la muerte como polvo enamorado. Allí nos invitó a pensar esa atracción misteriosa de los cuerpos presentes y la vuelta al dolor de los tiempos oscuros en la muerte sin compañía. En todo esto la apuesta fue y sigue siendo a la creación de espacios posibles, donde se dé lugar a la confianza en una común flotación. Lo voy a decir en sus palabras;

una flotación sin la gravedad de la comprensión ni el peso de una moral. Como flotan humedades del aire o planean bandadas de aves. Una común flotación como momentánea calma de lo que no se hunde. Pero sabemos que hay momentos en los que se necesita hacer pie: cuando falta el aire, los brazos y las piernas no responden y el mundo se sumerge en la ruina. Y, aun así, se trata de una flotación, incluso cuando los cuerpos se hundan. Una suave flotación de debilidades. Como en el haiku de Jôsô: una flotación sin sostén ni intención, que flota por el solo deseo de flotar en una conversación”.


Encantados con este convite. Flotemos entonces.


Nota: Texto leído en la presentación del libro Sesiones en el naufragio. Una clínica de las debilidades. El sábado 13 de mayo 2023. En Minerva, libro y café. Montevideo.

V. Nicolás Koralsky (2023) Flo ta cio nes


Comentarios


Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.

bottom of page