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- Vamos las bandas / Verónica Scardamaglia
Otra ceremonia en otro Obras de la Kermesse Redonda, esta vez celebrando el cumpleaños de Patricio Rey que, como siempre, andaba dando saltos por ahí. Los treintaypico grados de calor no fueron suficientes para detener a esa amalgama ricotera que trasciende edades, parentezcos y temperaturas hasta componer una entrañable identidad permanente y mutable al mismo tiempo. ¿Cómo contabilizar el paso de los años con músicos de una talla tal que logran vivir la fiesta en el escenario como si el tiempo no existiera -ya sea por su duración, ya por su intensidad-? ¿ Cómo no sentirme así , si se vive ese clima tan redondo que mantiene intactos códigos presentes en estos recitales desde hace más de 40 años? La suspensión de las morales represoras desata solidaridades alocadas que dejan de ver al desconocidx como sospechosx o enemigxs porque ahí pasamos a transformarnos en un redondito más. Recuerdo alguna vez, creo que en Villa María, que ante una casi agarrada a piñas, la mediación resolutiva consistió en varixs que repetían insistentemente mirando a uno y otro lado, hasta bajar la espuma: ¿somo redondo o no somo redondo?, ¿somo redondo o no somo redondo, eh?. El arrebato coral y contagioso del agite con cantitos que se vuelven palabras que, al decirlas, se reconocen en su recuerdo con esa extrañeza de una memoria en acto. Cantitos como ese, conmovedor y actual, que ya sabía que a Walter (y a tantxs más) lo mató la policía o aquel otro que sabe que “sin policías sin militares vamo a vivir mejor”. Los pogos, que ya no acontecen sólo en la delantera cercana al escenario y en los temas clásicos sino que, desde hace tiempo, lo okupan todo. El pogo no discrimina platea, vip, popular o campo. Ni edades y mucho menos cuerpos. Lo okupa todo. Aún el tiempo de espera a la aparición de la banda. La primera vez que corroboré esto nos habíamos ubicado a distancia prudencial de la zona pogo porque estaba con mis hijas. A los pocos minutos de iniciado el primer tema, una ola expansiva se desató de modo tal que las agarré a ambas del cuello de sus remeras y las arrastré rápidamente al fondo. Pareciera que hay formas que insisten tanto que pegan la vuelta. Pareciera que se han disuelto nuevamente las barreras que dibujan el arriba y el abajo del escenario. Pareciera que, como hace casi 50 años, el lugar de centralidad se desplaza y va de una banda con un sonido impecable y arrollador hasta las figuras sinuosas que arma y desarma el agite increíble de los cuerpos transpirados. ¿A dónde mirar? ¿Es posible mirar al escenario en el medio del pogo? ¿Importa? Las bandas (2025) Verónica Scardamaglia Fotografía. Este 28 de diciembre no sólo nos regalamos rocanrol del mejor, pogos y cantitos por doquier sino también un muy destacado agite arrasador en los teclados y cantándose todo de Mariano Pirato. La precisión vocal danzante y arengadora de Jorge Cabrera y el Chino Laborde, el caudal encantador y desbordante de Leti Lee, el patriotismo metalero y redondo de Walter Meza, la magia rap de Miss Bolivia, la grositud tanguera de Juli Laso, el vuelo al que nos invitaron los teclados de Lito Vitale y la maestría de los saxos invitados. ¡Y la banda! Esta banda que insiste en hacernos ejercitar la capacidad de sorpresa delineando un repertorio tan encantador y maldito como nuestros infiernos y nuestro días hermosos. Esa sagaz batería-Aramberri, encantadora y precisa, que generó ovaciones con los primeros sonidos del Capitán Buscapina; ese bajo entrañable y esas visuales maravillosas de Semilla con su presencia cercana y cómplice; esas magias envolventes de la virtuosa guitarra del ovacionado Tito Fargo; el juego impecable de la guitarra de Oscar Kamienomosky y la onda inigualable de don Sergio Dawi, señor de los vientos y destacado maestro de ceremonia capaz del silencio y la palabra justa. (¿cuántos pulmones caben en un cuerpo?) ¡¡Fulgurantes celebraciones a los 10 años de la Kermesse Redonda!! Fiesta recomendada para revivir ante lo invivible, para gritar contra injusticias, para denunciar siempre la farsa actual del teatro antidisturbio. Y bienvenidxs a aquellxs que quieran saber cómo eran los recitales de los redondos, porque eran como estos (ahora con generaciones varias) con el mix embriagador de rock y denuncia y fiesta y emoción y ardor y desacato y magia y conmoción y violencia que puede soportar un pogo de más de 5000 personas que acontece al mismo tiempo arriba y abajo del escenario. Un pogo redondo y de ricota. Nota: ¿Será que, a pesar de todo, siguen los festejos y el año que viene Patricio Rey cumple 50 años? Cumplimos, porque como afirmó Dawi “todos nosotros, el Indio, Skay, Willy Crook los pibes, los viejos, los maestros, todos somos Patricio Rey”. 28 de diciembre (2025) Verónica Scardamaglia. Fotografía.
- Los gestos mínimos / Sybilla Correa Perkins y Miguel Anuar Falú
La indiferencia es cómoda. Hay que nadar a contracorriente para no hundirse en la helada olla de la apatía. Habría que ser muy fuerte para poder sostener tanto tiempo nadando en contra, o ser muchos para hacer frente al curso del agua. Sólo pensar en la idea cansa y es más conveniente rendirse, dejarse llevar. ¿De qué agarrarse? En las orillas los árboles ofrecen sus raíces, firmes manos se clavan en la tierra. Un nadador atento puede valerse de ellas para resistir el empuje. ¿Cómo reconocerlas? Un martes caluroso, cerrada de cursada de psicología educacional, los estudiantes en ronda hablaron de gestos. Lo que hizo tan agradable el recorrido, no había sido otra cosa que los gestos mínimos. En ellos se asomaba la ternura. La clase comenzaba con una pregunta muy habitual ¿Cómo están? Lo que extrañaba era el silencio que se habilitaba después, una escucha dispuesta a esperar. Quienes tomaban la palabra, traían preocupaciones de lo que estaba pasando “afuera” dando cuenta que la separación era más bien ilusoria. Poniendo en evidencia el hermetismo silenciosamente consensuado en la universidad: en pleno caos electoral se inunda de preocupación una clase de psicoanálisis, no se habla del tema ¿Se puede transmitir ética en abstracto? ¿Pretender dar Lacan en el vacío? A veces alcanza con prestar atención a lo que atraviesa un aula: historias, afectos, luchas. Antes del comienzo de la clase de repaso, la docente anuncio que se reduciría el tiempo de esta a la mitad para que se pueda participar de la asamblea. Los martes, la mesa reservada para el exclusivo uso de la profesora, se veía transformada en el soporte de una merienda compartida. Montañas de cremona, galletitas, facturas, budines y mate, invitaban tímidos acercamientos. La ronda, la merienda, la conversación del comienzo de clase desarmaban el anonimato edificado. De estos gestos, como raíces en la orilla, nos tenemos que agarrar. Frente a la enormidad de lo que nos enfrentamos, los gestos como militancia para experimentar nuevos modos de afectar(se); sostenerse frente a una corriente que arrasa con todo legado, imaginación y atisbo de comunidad. Al detenerse, reconocer, y tomar las raíces entre las manos, uno puede mirar, soñar y sentir de modos inesperados. Patricio Reig Gesto # 3 2025 Fotografía impresa en papel tratado con café, químico 83 × 63 cm
- La traición de mi lengua (fragmentos II) / Camila Sosa Villada
Cosecho las palabras que escupen los demás. Con eso hago el poema del erotismo. Son sobras. Son las palabras insoportables. Insoportables de decir, de pensar , de escribir. Las encuentro pisoteadas en la vereda, mojadas por la lluvia, arrastradas por la inundación. No importa quién desdeñe su forma ni su origen. Importan para mí en tanto y en cuanto son el detrito de aquellos que no me supieron querer. La basura ajena me resulta tentadora. Es como el antojo de una embarazada. Inevitable. Y si no se contiene, deja una mancha en el cuerpo de tu hijo. Creo que la escritura y, por lo tanto, el erotismo nacen a partir de la basura. Soy una flor de esas que no llevan sabia sino veneno. Soy como los hongos que crecieron en la bosta y duplicaron las ideas de los monos. Fuente: La Traición de mi lengua. (Página 58) Colección andanzas. Tusquets editores, Buenos Aires, 2025 Dora Franco De la serie Bodegones 2021 Impresión Pigmentada 60 cm de alto x 80 cm de ancho
- Le virus, c’est moi: Sobre dos intervenciones de Roberto Jacoby / Michael Nieva
Uno de los interrogantes más acuciantes que expone el paradigma inmunológico que nace con los estados modernos y que, como el ensayo anterior pretendía ilustrar, construye al Otro como una enfermedad níțidamente extraíble y exterminable del cuerpo social, es si deja lugar para otra lengua de lo viral y lo bacterial que permita, en vez de expulsar a un Otro, conformar una comunidad. En tiempos de la dictadura militar argentina, y poco después, con la irrupción en democracia del VIH, la metáfora del virus como agente que contagia el cuerpo individual-colectivo y lo amenaza y corrompe cobró particular actualidad y urgencia en el país, y acaso quien mejor se encargó de desmontar sus implicaciones fue el artista Roberto Jacoby. Si el miedo al Otro como contagio (de sub-versión y per-versión) convierte al cuerpo individual, a su separación de las otrxs amenazantes, en el garante político de la inmunidad y de la comunidad. Jacoby propuso precisamente en sus intervenciones un paradigma antagónico en el que la dimensión de lo común, de lo propio, se define por la confusión, por el entrelazamiento de los cuerpos, o más bien, por aquello que hace que los cuerpos se confundan y entrelacen: el virus como un nuevo paradigma forjador de comunidad. Si el virus, de acuerdo con su modo de transmisión, se caracteriza por invadir lo individual de los cuerpos, confundir sus límites y manifestar que aquello que se considera más «propio» (la corporalidad) está, en realidad, definido por una heterogeneidad y una impropiedad radicales, varias intervenciones de Jacoby a lo largo de los años ochenta y noventa proponen que el virus no es lo Otro, sino que, en cambio, le virus, c'est moi . Como letrista de más de cuarenta canciones de la banda pop que, justamente, se llamó Virus, Jacoby digitó, a fines de la dictadura, una poderosa máquina de viralización de las costumbres retrógradas que dejaba la dictadura: los recitales de rock. Frente a la represión y militarización de las costumbres, al miedo que confinaba a las personas en sus casas, los recitales de Virus eran un nuevo espacio que ponía en la fiesta, en la insubordinación sexual y en las «superficies de placer» (nombre de un tema y disco de la banda) nuevas y radicales formas de asociación entre los cuerpos. Pese a que fue la «superficialidad» el elemento más achacado a Virus, por quienes veían en el travestismo, en la reivindicación queer, una frivolidad sin contenido político, acaso fue precisamente esta operación de superficie la que dio a la banda su mayor contundencia política. Porque si la superficie, entendida por piel, había sido en el paradigma inmunológico una frontera frente a la amenaza exterior, en las fiestas de Virus se volvía ante todo cruce, goce e intercambio; y si la piel, como legado siniestro de la dictadura, había sido una superficie de tortura, en este nuevo ámbito revertía absolutamente su signo y se reivindicaba su dimensión comunitaria y hedonista. Por supuesto, este discurso del virus como fiesta solo era posible en un contexto en el que el VIH era apenas conocido en la sociedad argentina. Ya a fines de los ochenta y toda la década de los noventa, con el avance crítico de la enfermedad, revivieron más que nunca las retóricas mediáticas de exterminio, que en este contexto eran encarnadas por la comunidad LGBTIQ. Por otro lado, la gestión neoliberal del menemismo, con sus medidas que deterioraban vertiginosamente la salud pública, las condiciones generales de trabajo y demás garantías estatales, facilitó la precarización de dichas comunidades, abandonadas a la desidia de lo que Achille Mbembe ha llamado «necropolítica», y que consiste en el «dejar morir» neoliberal a las personas que sobran. En 1994, y posiblemente en consonancia con la cultura del business que proponía el menemismo, Roberto Jacoby funda junto a Kiwi Sainz una agencia apócrifa de publicidad llamada Fabulous Nobodies, cuyo propósito era producir intervenciones contraculturales en el campo mediático. La agencia dirigida por Jacoby y Sainz montó el proyecto «Yo tengo sida», que consistió en la impresión masiva de camisetas con dicha leyenda, que cientos de personas debían vestir en su vida diaria. Hay que tener en cuenta que, a fines de los ochenta y comienzos de los noventa, la ignorancia generalizada respecto a las causas y los modos de contagio del virus suscitaron en la sociedad oleadas de discriminación y prejuicio, y que hacían que «ponerse la camiseta» del VIH produjera un efecto de transgresión mucho más categórico del que quizá tendría en la actualidad. En este escenario, la consigna Le virus, c'est moi (Yo tengo sida) no convocaba a la comunidad por la viralización de la fiesta, sino por la identificación con el/la/lx portador de VIH como el cuerpo precario que todxs potencialmente podían llegar a ser. Ponerse la camiseta del sida, en otras palabras, era proclamar que el VIH no era una ajenidad radical, sino que era más bien su carácter precario, vulnerable, despojado de todo tipo de garantías laborales y sociales por el Estado, aquel que en pleno menemismo también «contagiaba» y viralizaba a trabajadorxs, jubiladxs, jóvenes y docentes, y lo dotaba de una dimensión comunitaria. Porque decir «yo tengo sida» no era solamente evaporar de una vez y para siempre la alteridad radical a la que los discursos mediáticos y fascistoides confinaban a las comunidades LGBTIQ, sino que también era decir yo tengo el virus de ser jubiladx, el virus de ser estudiante, el virus de ser desempleadx, indix, mujer, negrx, el virus de todas aquellas comunidades que, para el neoliberalismo, sobran. Decir «yo tengo sida» era decir yo estoy afectadx por el virus neoliberal de la precarización. Fuente: Michael Nieva, Tecnología y barbarie, editorial Anagrama, primera edición febrero 2024. Dan Arps Hablamos de SIDA 2008-2015 Pintura acrílica, libro encontrado, masilla epoxi 26 × 21 × 3 cm
- Aburrimiento / F. Terencio Bó
(Fragmentos de un borrador de carta de la Sra. A. a su amiga Z., traído a indiscretas manos por el viento, fauno burlón y atrevido) Es, sin duda, el mayor mal que existe; búscate un ejército de adoradores, derrocha en pocas horas un dineral, ese estúpido de aburrimiento no te deja. Ni bien me levanto por la mañana y me endoso mi peinador, me asalta de súbito el vehemente deseo de bostezar, que ni en el baño me deja... Este aire de campo es enervante para mis sentidos, nada me satisface, ni en el placer hallo sosiego a pesar que aniquilo a Alfredo con exigencias que me avergüenza escribirte... ¡Nada me llena, nada me sacia! De noche, en la soledad de los jardines, atisbo ansiosa una casualidad cualquiera que me excite la vida, un sacudimiento misterioso que me interese, algo nuevo que me distraiga de este tedio... ¿Qué quiero? No lo sé, ni hallo nada. Las novelas me cansan. Mi cocinera Marieta, a quien abismo en los quehaceres hasta rendirla, siempre canta... ¡Ay! Yo nunca puedo cantar, me sonrío cuando mucho, como noches pasadas que sorprendí a esta chica con el viejo jardinero detrás de un seto, rindiéndoles culto a Venus... Se creían solos... El vejete es torpe ya... ¡Ah, cómo te hubieras reído si hubieses estado tú! Envidio tu carácter jovial, querida; tú ríes siempre, francamente, yo sólo muestro los dientes... Te notifico que nuestro médico se ha enamorado de mí: ríete de la noticia. Encontróme muy bien formada, el tunante y díjome que lo que necesitaba era hacer mucho ejercicio y... tener un hijo. ¿Qué te parece? ¿Quieres que te lo envíe? Es muy simpático, pero sus consejos no me convencen. ¿Prole, yo? ¡Jamás! Bien he visto cómo ha quedado Berta con cuatro: un vientre enorme, toda deformada, no, no, no! Se parece a mi lavandera, que tiene siete. ¿Te imaginas el dolor de hallarte fea, pero fea de no llamar la atención de nadie? Es algo horrible... Esto no puede continuar así, te lo juro, Adela; cualquier día hago una barbaridad, una locura genial, algo que suene; todo, cualquier cosa es preferible a este aburrimiento que me aprisiona cual un corselete de hierro. A ver, no te rías, tengo deseos de bajar desnuda a la calle, correr como loca hasta cansarme y entregar mi descontento cuerpo a todos los apetitos que pasen... Creo que no desdeñaría ni al gordo Paulo, el cochero, ni al fornido mayordomo de la casa. Sí, estoy harta de bailes, de salones, de conversaciones tilingas y de apretones de sofá: te juro que nada me sana de esta fiebre que arde en mí, producida por mi vida aparatosa... ¡Si al menos estuvieses tú! ¿Te acuerdas de aquellos hermosos días que pasamos juntas? A tu recuerdo se me enciende la sangre, Adela mía; tengo nostalgias de tus besos... Supongo que vendrás a verme este mes ¿eh? Tengo ansias de abrazarte a tí, a tí sola. Los hombres son unos tontos y no entienden de estas cosas ¿no es cierto? ¡Ah! Me desperezo inútilmente, bostezo y me estiro toda. Es inútil. La doncellita nueva viene a vestirme. Es una chica guapa y tiene unos ojos lascivos que me encantan... Cualquier mañana de éstas la hago deslizarse en mi cama y juego con ella, a ver si esto me pasa. Me parece que sabe el oficio y no es tonta... ¡Pero qué disparatada carta, Adelita mía! Perdóname, es este tedio, este aburrimiento que me mata. Ven pronta, querida, ven... Te espero... Fuente 1: F. Terencio Bó, Prometeo año I, n.1, segunda quincena de agosto de 1919, Buenos Aires, p. 14 Fuente 2: Contra toda autoridad, literatura anarquista rioplatense 1896 – 1919, Daniel Vidal y Armando v. Minguzzi (compilación e introducción), editorial Tren en Movimiento, 2021. Craig Hill Audífonos gratuitos para ciegos 2018 Collage de acrílico y papel sobre lienzo 27,9 × 25,4 cm
- ¿Con qué tiemblan los analistas? / gonzalo sanguinetti
El artículo masculino plural "los" que figura en el título no es incidental, ni es por desatención de la gramática patriarcal que dota al género masculino con la vocación de lo universal. Es una apelación decidida al conjunto masculino de varones cis-heteronormados que trabajan en espacios clínicos desde las coordenadas del psicoanálisis, y decimos escuchar . Un psicoanálisis no ocurre sino a partir de la puesta en acto de una desistencia ética . Un acto de renuncia a lo que el poder nos concede en esa relación sin condición más que gozar de lo concedido. Para ser concedido el poder exige ser ejercido, y exige ser ejercido para perpetuarse en sus efectos. Y exige especialmente a quienes gozan de las concesiones de su investidura. La subordinación a esa exigencia -impercibida en su imperatividad- suele sentirse como lo más propio de sí . La posibilidad de un psicoanálisis, entonces, comenzaría con una declinación de sí. Pero en el caso de analistas varones cis-heternormados ¿en qué consistiría una tal declinación de sí? ¿sobre qué nodos de una economía libidinal ordenada bajo el régimen epistémico, afectivo y político sensible de la heterosexualidad, operaría una tal declinación de sí? Para quienes trabajamos en espacios clínicos desde la práctica del psicoanálisis, nos corresponde pensar la inscripción específica que el principio de abstinencia comporta para varones cis-heteronormados. Especialmente por haber sido instruidos para habitar regímenes sensibles conformados en la matriz afectiva de una educación sentimental que nos preparó específicamente para afirmarnos a través de las más variadas formas de aprovechamiento y abuso de las vulnerabilidades. Esas formas de aprovechamiento, usufructo y abuso, operan como actos de confección de un aciago privilegio masculino: la denegación de la vulnerabilidad constitutiva de lo vivo. De una continuidad viviente de la que no estamos eximidos, por mucho que el ejercicio de dañarla nos convenza de una apartada indemnidad. Los dolores infligidos allí serán sentidos aquí, no hay más que un extenso e irreductible aquí estremecido y estremecible. Una de las indiscutibles eficacias que el patriarcado comparte con el colonialismo, el capitalismo, el racismo, el cuerdismo, consiste en convencer de la existencia de un allí que no afecta al aquí. De un aquí desafectado del allí. Indemnidad, inmunidad, impermeabilidad nombran tropos del asunto central que ocupa a masculinidades cis-heteronormadas: su impenetrabilidad . Una de las formas en que se siente un dolor, entre otros afectos, es penetrando el cuerpo. Porosidad, permeabilidad, pasibilidad, penetrabilidad, vulnerabilidad, delinean tropos para pensar sensibilidades como paisajes compuestos entre pasajes, transmisiones, impregnaciones, rocíos, infiltraciones, absorciones, y exudaciones afectivas. Pensar la inscripción específica que el principio de abstinencia comporta para quienes ocupamos el polo dominante de poder en la estructura patriarcal quizás suponga un ejercicio desafiliatorio de los goces de someter, dominar, apropiar, humillar, explotar y abusar de la indefensión, mediante los que la fraternidad patriarcal nos promete el placer y la protección de una pertenencia exclusiva para quienes la perpetúen. Desafiliación del paradigma afectivo de una virilidad falocrática cimentada en una fantasía de indemnidad: una fuerza invulnerable a otras fuerzas, una fuerza capaz de someter a todas las fuerzas. Dicho de otro modo: el goce de vulnerar a la fuerza una vulnerabilidad para afirmarse invulnerable. Abstenerse de gozar del poder de dañar que las estructuras de violencia patriarcal y su economía de la crueldad reservan para nosotros: varones, blancos, cis y heteronormados, llamados a encarnar la razón de la fuerza conquistadora como único modo de relación con el mundo. Frente a un estado de indefensión, la razón patriarcal que nos habita, enseña a aprovecharnos. Aunque sepamos que el poder de dañar no se encuentra exclusivamente reservado para “nosotros”, no se trata de situar un monopolio del daño ejercido por la figura de ese “nosotros”, sino de pensar cómo percibimos nuestra participación en el abuso como estado de sensibilidad [i] , ¿qué percibimos de nuestra participación? ¿Y qué impercibimos? ¿Podemos sentir nuestra participación? Quizás convenga invertir el sentido de la pregunta “¿cómo es que un varón heteronormado incurre en prácticas de abuso? ” y tomarla por el filo, preguntarnos: ¿cómo es que no lo hace? ¿qué posibilita que no lo haga? ¿qué intercesiones hacen precipitar desvíos? ¿qué nos lleva a incumplir y traicionar la pertenencia a la razón patriarcal? ¿Qué posibilita un abandono de la satisfacción en el dominio, el sometimiento, la explotación de una vulnerabilidad? ¿Cómo dislocamos la erotización del dañar? ¿Cómo ocurre que, ante el daño, haya quienes se inclinan hacia la reparación y quienes se inclinan hacia la perpetuación del daño? Si potencias crueles (o bien, patriarcales ) nos habitan, crueldades, abusos, explotaciones, ultrajes, no son cualidades personales, ni anomalías o desvíos psicopatológicos, ni esencias del mal ajenas al bien. Conforman verosímiles históricos del poder de dañar, a disposición en cada ocasión de la vida en común de un varón heteronormado. Una interrogación ética específica para varones cis-heteronormados practicantes de una escucha clínica orientada por el psicoanálisis, supone atender cómo merodean, en qué lugares acechan, en qué momentos llaman, cautivan, seducen, persuaden, y en qué radicaría la fuerza incantatoria de esas potencias. ¿Cómo ocurre que un cuerpo se incline hacia el encanto de las eróticas de la debilidad antes que a la embriaguez gozosa de la fuerza? ¿Por qué varones heteronormados tienen tan a mano golpes y humillaciones, y tan lejos las caricias y las lágrimas? Entre los infinitivos que participan de la clínica, escuchar constituye un infinitivo indispensable para la composición de un estar clínico. En algún punto, escuchar , ¿consistiría en desistir, rehusar, abdicar, prescindir y traicionar lo que las hablas patriarcales que nos han constituido piden de “nosotros”? ¿Supondría decidir un exilio que no se ostenta? ¿o el desgarro de un despertenecimiento del que no se alardea, que no se presume? Como una efracción de sí sin altisonancias, de la que emana una intemperie que nos desposee radicalmente del ámbito de lo propio. Si para denotar la irreductible alteridad que constituye a vivientes que hablan, el psicoanálisis utiliza figuras como la " división subjetiva" o la " castración del sujeto", que aluden a una metafórica del filo que corta, la punta que tajea, el cuchillo que desgarra, el acero que mutila (tan solidarias con la narrativa del guerrero que Úrsula K. Le Guin problematiza y desanda), la figura de la efracción orienta hacia la ruptura de un espacio o de las medidas de seguridad que lo mantienen cerrado sobre sí. Entre las imaginaciones de una metafórica de la efracción, encontramos el momento de florescencia de las plantas o la eclosión de la crisálida que marcan un punto de quiebre en la transmutación de lo viviente. Pero el gesto desertor no podría conformar un nuevo capital libidinal desde el cual competir en el mercado de acumulación de reconocimientos, en tanto nos reintroduciría en la economía libidinal patriarcal. Desertar de sí no para ‘ contar mi historia de deserción’ o dar talleres de cómo desertar , sino para empezar a escuchar lo que tiembla -y hace temblar- tras el extravío de la lengua. Tal vez desertar de sí para poder temblar. Natalia Ortiz Maldonado (2025) piensa la deserción como “ un desplazamiento político y lingüístico, pero también epistémico, psíquico y afectivo. (…) hacia un lugar donde hablar y pensar son, en el mejor de los casos, tentativos, inciertos, no-autorizados ”. Y agrega: “ quienes desertan lo hacen porque ya no pueden seguir viviendo allí desde donde parten ”. ¿Cómo ocurriría que varones cis-heternormados ya no puedan seguir viviendo bajo las coordenadas del territorio patriarcal? Temblar la escucha , como una práctica del ir dándose a la intemperie imperceptible y delicadamente, ir dejándose llevar distraídamente, a la manera de Juan L. Ortiz, como "vagas orillas de silencio inclinado / o los oídos de la misma noche / abiertos a qué hálito de flor y de agua juntos?". Sin experiencia del exilio, errancia, orfandad, desasimiento, intemperie, extranjería ¿cómo nos encontraríamos con el dolor? Sin disponernos al encuentro con lo doliente ¿qué haríamos en un espacio clínico? Anne Dufourmantelle (2019) piensa en esa línea el pasaje del psicoanálisis por una vida cuando escribe “La necesidad del psicoanálisis es primeramente la de una ruptura íntima. Es aceptar el sentimiento de ser huérfano en todo idioma”. Varones heteronormados ¿qué sentirán ante esa transverberación poética ? ¿sentirán alguna transverberación poética? Vidas de varones heteronormados ¿admitirían el pasaje por un sentimiento de ser huérfano en todo idioma? ¿podrían querer no tener nada para decir? ¿gustar de no tener nada para decir? ¿sentir la dicha de enmudecer y asistir a lo impronunciable? ¿Qué pasaría si probamos nombrar así la regla de abstinencia: como pasaje por un sentimiento de orfandad en todo idioma ? En ese sentido, escuchar quizás suponga un modo de estar en duelo. Sin estar en duelo acaso no se haga lugar una escucha. Dejarse habitar por un estar en duelo implica, en sí mismo, una traición a la inconmovilidad patriarcal. Traición al principio de indemnidad sobre el que se erige la impasibilidad de las estructuras patriarcales. En la lectura donde aventura trayectorias de advenimiento del duelo, Freud (1917) señala que allí donde comenzaría el dolor, más bien se suele hallar una " comprensible renuencia [al retiro libidinal ante la ausencia de lo perdido] ; universalmente se observa que el hombre no abandona de buen grado una posición libidinal ". Si la economía libidinal patriarcal reserva posiciones libidinales que proveen exenciones del dolor (a través del poder de dañar) a varones heteronormados, el abandono de esas posiciones presupone el pasaje por alguna instancia de duelo. Para la constitución de una escucha clínica es precisa la constitución de un doliente. Una conmovilidad al dolor. O tal vez mejor: la constitución de una condolencia. El oído es un sentido vibratorio, escuchar quiere decir -muy precisamente- temblar . Y aún, escuchar no es reducible al sentido auditivo. Si escuchar consiste en afinar la susceptibilidad sensible al más tenue estremecimiento emitido por una vibración, necesitamos pensar que se escucha desde una corporalidad. Incluso, a veces, escuchar hace aparecer zonas y modos del cuerpo inauditas antes de escuchar. Advenimos a la existencia después de algún llamado. Nos preceden llamados. Audibles e inaudibles. No advenimos del mismo modo cuando oímos el llamado de un amor, que cuando oímos el llamado del miedo, que cuando respondemos al llamado del rencor o de la vergüenza. Hay modos de aparición de los cuerpos determinados por los modos en que son llamados, por las intrigas afectivas que nos llaman como voces flotantes de tiempos históricos. Una pregunta que mantiene el pulso de la clínica: ¿a qué llamados responden las solicitaciones afectadas que llamamos vidas? No parece posible escuchar sin experiencia del temblor. Pero, ¿con qué temblamos los varones cis-heteronormados? ¿Qué apertura a un estar-estremecido soportan los regímenes sensibles que habitamos? De los modos en que la experiencia de temblar nos acontece y constituye, Derrida (2004) resalta la irrevocable pasividad a la que nos conmina un temblor, escribe: “ el temblor, si es que existe, excede todo ‘hay que’, toda decisión voluntaria y organizada, todo deber bajo la forma de la ética, del derecho y de la política. La experiencia del temblor es siempre la de una pasividad absoluta, absolutamente expuesta, absolutamente vulnerable, pasiva ante un pasado irreversible, así como ante un porvenir imprevisible” . No hay quien que tiemble, hay ruina del quien en el temblor. Temblar ocurre como experiencia de una radical desposesión de sí. Hay escombros de sí tras el paso de un temblor. Darse-a-temblar supone una pasibilidad ante lo existente, que la vida que vivimos sea susceptible de conmoción ante lo que acontece. Quizás donde no temblamos, cada vez que nos afirmamos en algo para evitar temblar, consentimos, perpetuamos, infligimos modos de dañar impercibidos. Simone Weil (1947) escribió una orientación preciosa para estar en la clínica, para estar en la vida: " No ejercer todo el poder de que se dispone es soportar el vacío. " Soportar el vacío como prescindencias de querer-ser, querer-tener, querer-sobresalir, querer-figurar, querer-importar, querer-interesar, querer-renombre, querer-valer, querer-ocupar lugar, en una palabra: soportar privarse de algo. Soportar el vacío de una modesta apostasía, desinteresada de las formas de consistencia fálico-patriarcales. Pero también como deseo de querer-estar dando lugar, querer-estar dando el estar, querer-darse como un lugar, querer-estar dándose como lugar de manifestación para lo desconocido. Para Weil, lo que acontece en esa disponibilidad otorgada por la concesión de quien se da para que lo inadvenido exista, merece llevar el nombre de gracia . Cuando traza las diferencias entre el gesto elemental del filósofo occidental (saber la verdad de las cosas para tenerlas bajo dominio) y el gesto del poeta, María Zambrano (1940) plantea que la función poeta no consiste en nada más que concesión. No se afana en “ser-hombre”, “ser-humano”, “ser-algo”, no interesa ser , sólo darse como entera concesión, como gesto de hospitalidad incondicional abierta a lo inconcebible. Al pensar en una hospitalidad sin condiciones, Derrida (1997) escribe sin coartadas: un acto de hospitalidad incondicional no sería sino una vulnerabilidad expuesta y asumida. En Derrida, hospitalidad designa uno de los nombres del temblor, la poesía y el duelo. En esta constelación, escuchar podría suceder como estado de gracia desencarnado de la razón patriarcal, que da lugar a encarnaciones de lo herido por la historia dominante de quienes rechazan temblar. Pero si temblar “ excede todo ‘hay que’, toda decisión voluntaria y organizada, todo deber bajo la forma de la ética, del derecho y de la política ” ¿cómo temblar? No se trata sólo de enunciar una ética y denunciar sus faltas (aunque haya que ), sino de escucharse temblar , temblarse escuchar como práctica que abre un cuerpo . [ii] [i] Agradezco profundamente a v. Nicolás Koralsky el regalo de este sintagma, incisión de una abertura delicadísima que abrió el texto a horizontes de sentido insospechados. Pero no sólo de un sintagma, sino de una lectura que supo abrir la escritura y hacerla temblar, con una agudeza amorosa inusitadas. v. Nicolás Koralsky - "Colapso estructural" - 2025
- Malabares y malabaristas: practicando lo imposible / María Emilia Tejedor
Un recuerdo hecho (de) pedazos Me pregunté varias veces cuál era la mejor forma para hablar acerca de una contingencia: mi encuentro con lo real a partir del pasaje por una institución abocada a “La práctica entre varios”. Una práctica colectiva que se instala a causa de un insoportable clínico y no en vistas de un objetivo terapéutico. 1 Una práctica que sella un modo de pensar y hacer clínica a partir de tomar la posición de “sujeto supuesto NO saber” en las instituciones ¿Cómo hablar de esa tyché , de ese encuentro con lo real que desarma el mundo de representaciones en el que nos sostenemos todos los días?. Tomando las palabras Eduardo Pavlovsky “Tampoco quisiera ordenar demasiado la exposición, cada vez desconfío más de mis exposiciones ordenadas; prefiero hablar como boceto” 2 ejercitando la percepción de líneas que se van trazando, construyendo un dibujo del cual no se conoce su forma final. Estas escrituras están hechas de simples e inacabados trazos. Están hechas de pedazos. De restos. De aquellas líneas esbozadas sobre el piso, sobre las paredes, sobre la mesa, sobre los cuerpos (menos sobre el pizarrón). De aquellos silencios o ratitos de silencios como pequeñas alternancias entre el disparo continuo y pegoteado de palabras. De aquellas frases (varias, repetitivas como estribillo siempre igual. De esos cassettes de nunca acabar, eternidades tediosas). De aquellas palabras que a veces aparecían cuando el ruido cesaba, escondidas entre cánticos y murmullos, trabadas en la garganta, entrecortadas, apoyadas en mímicas. Distintas apariciones, pero siempre… pedazos. De aquellos gritos (alaridos ensordecedores a veces, inentendibles otras o simplemente sacados de la galera descontextualizados). De aquellas babas esparcidas por los objetos y el espacio. De aquellas heces esparcidas por el baño en un intento de arte rupestre, o de aquellas voladoras frente a un enojo. Trozos…pedazos que de sus juegos de entrecruzamientos nodales devendrán algunos posibles. Cada una con sus contornos, movimientos, cortes, distancias, relieves, interrupciones, vacilaciones, fijaciones, reiteraciones, figuras, grosores, direccionalidades, sentidos, errancias, sin verdadera significación y sin verdaderos sentidos. Devenires abiertos de los que no se sabe nada de sus determinaciones venideras. Determinación. Qué palabra. Vaya apuesta hablar de determinaciones. ¿Existirán? ¿O simplemente son una fantasía neurótica de la gestalt, de esa forma que (nos) encierra y cierra, de esa forma que (nos) fija, para nosotros estar tranquilos, para nosotros estar bien anclados? Así… como bocetos también llegan los recuerdos: pequeñas imágenes, partes de relatos, intervenciones aisladas, imágenes fragmentadas. Porque al fin y al cabo … ¿Los recuerdos no son como bocetos? ¿No son esos pequeños fragmentos, trazos, sonoridades, frases, palabras, sílabas, imágenes? ¿No son restos de lo vivido, de lo pensado, de lo actuado, de lo sentido, de lo experimentado? Restos, fragmentos, bocetos, innovadores de fecundidad… algunos. Puesto que algunos inauguran nuevas posiciones y caminos y otros… bueno, otros, mejor despedirlos. Despedirlos como los niños con sus primeras heces en el inodoro. La fecundidad de algunos restos es como esas semillas que se esparcen por la tierra, dando vida a flores nuevas. Flores provenientes de “La transitoriedad” 3 como bien nos señala Freud en aquel texto bello -(y poco leído, ¿Por qué será?)-. Transitoriedad presente en el rasgo de la caducidad, porque al final las flores se plantan, que crecen, duran un tiempo, y luego caen. Para luego volver a nacer… otra vez. “Hay cosas que necesariamente tienen que caer para poder empezar” escuche una vez de boca de un querido analista amigo. He aquí como la caída de los recuerdos habilita un espacio para la escritura. Escribir es como el trabajo del sueño: un hacer con los restos. Esa elaboración secundaria que le da sentido a los fragmentos bizarros, a partir del anudamiento de significaciones que- por momentos- es posible. Significaciones nunca totales, nunca verdades eternas, sino simplemente apuestas de contraseñas deseantes que intentan hacer letra a partir de una necesidad: dar algún orden de sentido a lo innombrable, lo intraducible, valiéndonos de las trazas que dan a leerse. Intentos y apuestas sin infinitivos, sin estridencias. Insistiendo en pensar sin poder nombrar, componen una danza de interrogaciones que inauguran el vacío estructural hospedando lo ilegible. “Incluso bajan la guardia para no cubrirse ni defenderse con el guión normativo de la institución (...) 4 , ni con esas lenguas del am(b)o. Pedazos trampolineros “El Trampolín”, es el nombre de una institución. Un Centro Educativo Terapéutico de la ciudad de Rosario emplazado en uno de los establecimientos físicos pertenecientes a la Fundación del Desarrollo Infantil con dirección en Italia 466. Esa también era la contraseña del wifi, pegada en el interior de una de las puertas de un placard en el salón de los talleristas. En ese placard se guardaba de todo. Desde ambos de profesionales actuales y de los que ya no estaban, ropa de niños que ya tampoco ya no estaban, galletitas y jugos para la merienda, hasta artículos de librería (frascos de témpera sin y con la tapa, cintas despedazadas y no despedazadas, hojas blancas, hojas dibujadas, rayadas, cortadas de múltiples formas y múltiples colores, y pedazos de juguetes). En fin, un placard de restos. Algunos perdidos en el fondo y otros que aparecían a flote y se dejaban ver de vez en cuando. Ese placard sí que era un quilombo. Las neurosis de los talleristas, esos diversos modos de intentar plantear una organización de los elementos dispersos, esas gestalts propias, intentaban dar un ordenamiento. De vez en cuando se escuchaba, “Hay que ordenar el placard” y después de ordenarlo se escuchaba “intentemos mantenerlo ordenado”. Si de imposibles hablamos, en el Trampolín todo intento de orden de lo disperso tenía un punto de imposible. Pero, aun así- (“aún” ... linda palabra para señalar un por-venir cada vez. ¿No cierto? )- esa frase siempre aparecía. Generalmente utilizábamos algunos minutos antes de que los niños y niñas comenzarán a llegar a la institución y entre los talleristas comenzaba la aventura. Agarrábamos las cajas y de una cosa por vez, y entre varios, tirábamos lo que ya había perdido toda condición de uso y dejábamos lo que aún le quedaba alguna que otra chance más. Tal es así que de boca de alguno se escuchaba: “Esto lo podemos usar para…”. Le hallábamos una vuelta más al objeto, cada vez. Armábamos y sosteníamos esos puntos suspensivos como potenciales de un decir. El Trampolín es el nombre de un “boceto de institución”, porque el Trampolín es un lugar donde se presentaban niños y niñas como fragmentos y pedazos con características bizarras y extrañas. Desorganizados, violentados, desordenados, mixeados, confundidos, pegoteados, ecolalizados, mimetizados, desubicados, borroneados, babeados, defecados, sonorizados, aullados, gritados, agitados, excitados, agresivos, asfixiados. En un entramado de conversaciones con Delfina Moreyra -psicóloga, psicoanalista, ex tallerista de El Trampolín-, bordeando y haciendo orilla al río de preguntas imposibles "¿Que es el trampolín?¿Que hay allí?" narraciones como caleidoscopio de su de puño y letra emergieron. El Trampolín era un espacio bizarro en el que ocurría no sé qué cosa, un sitio loco en el que se encontraban retazos, pedazos, porciones, trozos, partes y trazos. Pedazos de juguetes, trazos de crayón, retazos de telas, porciones de comida, fracciones de tiempo, micro momentos, micro espacios dentro de otros espacios, partes de un todo, fragmentos de un cuerpo, sectores bizarros. El Todo era para nosotros algo, una Gestalt a modo de guía. Una gestalt que de una forma neurótica nos perseguía y también nos limitaba. Nos encandilaba a la hora de ver lo que para un niño una parte significaba: el tratamiento de esa pequeña porción que para él era un todo, el trabajo que con ésta realizaba, construía y nos mostraba. Aunque se desintegrara una hoja en cien pedazos, cada uno de ellos era pensado por nosotrxs como un todo, y esa pequeña fracción nos convocaba a observar con el más riguroso detalle qué estaba ocurriendo. ¿Cuáles eran los modos de presentación que aparecían? ¿Qué singularidades podíamos leer clínicamente? ¿Qué pasaba en cada recorte de papel? ¿Lo haría un bollito, lo metería en agua, lo tiraría al piso sin más, lo rechazaría, buscaría la mano de un adulto? ¿Qué hacía el niño con ese breve fragmento de tiempo? ¿Se iría a los tumbos, giraría en círculos, se pondría a gritar, exigiría nuestra mirada? Ese pedazo de-, esa parte de-, se mostraba como un todo y era allí a donde apuntaría nuestra intervención. En un lugar así, como en toda institución, donde ocurren fragmentos de cosas y gestos que no configuran escenas, donde el principio y el final de una tarea se tornan difusos, donde el aquí y el allá no están claros, donde no existen fronteras, donde no hay bordes que funcionen de límites… en un lugar así aparecen todas las promiscuidades. Allí… en ese espacio uno siente la falta. Se vive como “un loco”, “un chino”, “un desmadre”, “un lío”, “un caos”, “un desorden” “anormal” difícil de soportar. Difícil de soportar para los trabajadores, por supuesto. La falta es difícil de soportar. Los fragmentos, los pedazos, los restos, a veces no pegan ni con plasticola ni arman imágenes. El no saber, las incertidumbres, cuestan … cuestan trabajo darles lugar. El deseo del analista, de analizar, la operatoria de vaciamiento sobre lo propio para dar lugar, para hacer lugar a que se hace respecto de ese otro, qué se piensa, qué se diseña para ese otro…es condición propiciatoria. Pero ella, la disposición a hacer lugar requiere de alguien para encarnarse. Se encarna y se pone a prueba cada vez en las instituciones. Algunas veces, ese deseo del analista, de analizar, encarnado en “alguienes” se encuentra con atrolladeros y trastabilla. Trastabilla cuando se inundan con las aguas de la pasión clasificatoria que nos pone de guardia frente al otro. Guardia que nos protege de la angustia manteniéndonos absolutamente por fuera del lazo y hasta a veces, impidiendo el lazo. Los pedazos, los fragmentos, angustian. No nos proveen de gestalts cerradas. Nos devuelven a los puntos de imposibles y contra los imposibles, vaya que lanzamos rúbricas y nombres “AUTISMO” O “PSICOSIS. Esfuerzos vanos porque aun así continúan siendo pedazos y fragmentos extranjeros dignos de señalar que hay algo que necesariamente tiene que no encajar para poder existir como alteridad. Esos pedazos de los cuales nos horrorizamos, son las que presentifican lo singular como alteridad. ¿Qué es lo singular?. Eso que anda suelto. RE- SUELTO, llaman en la ciudad de Reconquista ( Santa Fe) a ciertos negocios. Lo re- suelto, la marca de la diferencia absoluta balizan que el otro es lo que no se espera. Y justo allí, anidan y coexisten la dificultad de los lazos como también su posibilidad. La angustia: el lance de dados La angustia, es el afecto que no engaña. Es el afecto que interrumpe el engaño. Lo que se suelta, lo que anda suelto. Porque lo que engaña es el mundo de representaciones con el que nos manejamos día a día. Las un y mil razones con las cuales nos empeñamos, una y otra vez, en capturar todo aquello que se nos presente ajeno y extraño para quitarle su estatuto de alteridad, puesto que la alteridad nos incomoda y nos atraviesa. Velos ilusorios que hacen las veces de petrificaciones. ¿Esos velos con los que nos engañamos nos hablan del otro o de las profundas dificultades de todo ser humano de lidiar con la alteridad radical de lo otro? La angustia, la angustia como señal. ¿Qué señala? Señala la ilusión del velo. Briza de aire que corre un poco el velo, dejando ver la alteridad devolviéndonos al punto de no-todo, de imposibilidad, de castración. Rompe e interrumpe el mundo de ilusión. Con la angustia, reina la chance de una caída, de un despertar que instaure una falta que haga de agujero para que la respiración se alinee con el deseo y no ya con la imagen. Eso sí, si podemos anoticiarnos de ella y ponerla a trabajar. Sucede en nosotros que los acartonamientos teóricos en ciertas oportunidades son utilizados como armas y escudos con los que nos defendemos una y otra vez. Urgenciados por la prisa, los ponemos delante del otro haciendo las veces de condiciones. Anticipaciones precipitadas que en vez de invitar a comer al extranjero lo dejan absolutamente por fuera de la mesa. Pequeños gestos de crueldad que habitan cada institución y que nos involucran dejándonos sumergidos en las aguas de un impedimento… y sabemos bien que Lacan ubica al impedimento como un síntoma- síntoma institucional- que nos atrapa en una trampa de captura narcisista que no llega a un buen fin. Un ejército de ciegos y sordos conminados a no querer saber nada de las alteridades gestan cinismos e indiferencias que habilitan las crueldades más extremas. Deponer las armas, quemar las naves, habitar la angustia quizá sea más vivible. Orientados en el no saber, sueltos de los puntos de fijación convertidos en anclas, recuperamos la vista y la escucha. Navegar la incompletud, tolerar el caos, sostener la falta no es posible sin la invención de sentidos agujereados en el mismo navegar. Esas lecturas como puntos de sutura, capitonados, hechas con otros que responden punto por punto a tal sujeto y nada más que a tal sujeto, orientarán el navegar por momentos otorgando rumbos. Rumbos incerteros, que podrán o no devenir recursos, podrán o no dar en el blanco, posibilitarán o no ciertas condiciones de base. 1.Zenoni. A, “Orientación analítica en la institución psiquiátrica”, en La Otra Practica clínica- psicoanálisis e institución terapéutica”, Grama, CABA, 2021, p.24. 2.Pavlovsky, E. “La crisis del terapeuta”. Conferencia pronunciada en el ciclo psicoanálisis 71. Centro de psicología médico. 3 .Freud. S, “La transitoriedad” en Contribución a la historia del movimiento psicoanalítico. Trabajos sobre metapsicología y otras obras. (1914-1916). Tomo XIV. Amorrortu editores. Buenos Aires. 2017. 4.Chevnik,D. “Trescientos catorce pistas” en Post Guardia ¿Qué le hace un hospital a la noche?. Ciudad Autónoma de Buenos Aires. 2025. Gabriel Ruta - "A la mierda con eso (o me cago en la mierda)" - 2010 - Fimo y pedrería. Expuesto bajo una campana de cristal. - 6 × 7 × 7 cm
- Una reserva de ensoñación para una acústica nocturna* / val flores
¿Qué posibilidades se vislumbran en las frases que tartamudean y hacen pausas? Lauren Berlant, una teórica queer de los afectos que mantiene una preocupación ético-política sobre cómo imaginar, experimentar, construir y habitar nuevas formas de vida en común, nos anima a escuchar estas distorsiones del habla y del tiempo como ocasiones frescas para el desapego a las promesas de formas de vida normalizadas. Convoco a Berlant sólo como pasamanos, ese apoyo preliminar, esa superficie de contactos promiscuos, para llegar a este libro de relatos postguardia escrito por Debi que, me atrevo a decir, es una teórica queer de los gestos epifánicos que propician nuevas formas de vida en común en el ámbito hospitalario habitado por niñeces. Allí se escucha: “ Una silenciosa confianza en que una demora escuchante hace lo que ningún apuro puede… ”. La frase no tartamudea pero instala un destiempo en las corridas de hospital, una demora en la velocidad con que se imponen las ideas formularias y los protocolos sanitarios y administrativos, para que otra cosa suceda, no tanto la promesa de lo ya sabido, sino aquello que escucha lo que no se sabe. Irreverente a catecismos y manuales, estos relatos experimentan con un ingenioso lenguaje de los posibles que pone en riesgo la docta costumbre de clasificar y separar como invernáculo de la normalidad, o léase de la moralidad. Postguardia es un libro que intenta una pausa en la lengua de los apegos diagnósticos. Me gustaría reponer algunos hilos de los intercambios que mantuvimos con Debi hacia el año 2022 y que fueron cosiendo de a poquito la forma libro de estos relatos. Un ensamblaje ficcional que se demoró en su hechura porque la línea de llegada de un libro a las manos lectoras tiene kilómetros de noches de microdecisiones e incontables días de negociaciones. Por aquel tiempo, apenas pospandemia, nos decíamos por mail: la escritura huele un poquito a algarabía de desvíos. el deseo de que las cosas encuentren otro idioma para vivir. amigxs trampolines hacia una expansión poesía No logro vislumbrar si es todo un delirio o si en cambio es todo un delirio. Je No sé si sería un taller o un s.o.s. consejero o una supervisión o un vinoconvocaideas o un mangazo poético o una terapia de libro o un amistoseo alrededor de ideas aún sin forma. accidente poético ¿Podría un accidente poético recuperar la orientación perdida entre tanta claridad diagnóstica? ¿Podría un accidente poético extraviar demandas institucionales de expulsión / estigmatización / normalización? Parpadeos indiciales de que el deseo de libro se abría al temblor de la voz derramada, de que esos relatos postguardia salieran a hacer la ronda diaria con sus preguntas quirúrgicas abriendo la sensibilidad de una reseca lengua hospitalaria, suturada con las costras del uso. Postguardia es un libro que tiembla entre el agotamiento de la guardia, la pregunta intemperante y el cosquilleo tierno de estampar sonrisas o sosiegos en la noche. Allí se escucha: “ La invitación a leer estos relatos post guardia es entrando por palabras que cosquilleen. ” Hay infinidad de modos de acercamiento sensorial a un libro. Una de las formas de lectura que me gusta ensayar es tomar las primeras palabras y las últimas. Los inicios y los finales dicen mucho de lo que va por el medio, de lo inesperado que urge en el medio. Postguardia es un libro que empieza con una pregunta “ ¿Las palabras están vivas? ” y termina con la expresión “ ganas de jugar ” en los agradecimientos. “ Las palabras están vivas ” y “ ganas de jugar ” son los hilos imperceptibles pero muy palpables en los que se tensa esta lengua postguardia que Debi prueba a partir de su trabajo en una guardia en un hospital de infancias, entre marzo 2020 y mayo 2022, en plena pandemia del Covid. También, en ese índice díscolo y fantástico que recibe a lxs lectorxs, con esas 314 palabras que impresionan por su lejanía con un vocabulario sanitario y su cercanía con un tacto y una ética como condición de otra práctica profesional deseable, se vislumbran otros hilos de la aventura. La primera palabra que aparece es “abismo” y la última es “zambullimos”. Abismo y zambullimos. Ambas palabras convocan estados de la materia. Abismo remite a una profundidad repleta de aire, de lo gaseoso, y zambullirnos reclama el agua, lo líquido. Una lengua postguardia y su materia que es el lenguaje mismo, tiene la capacidad metamórfica de habitar diferentes estados, de transformarse según se precise un susurro, un abrazo, un aliento, un silencio, un ratito, un peluche. Postguardia es un libro que nos acerca una química de la imaginación. La lengua postguardia que busca deshabituar la normalidad, que sueña reinventar la lengua de una guardia hospitalaria, una lengua que baja la guardia para re-suscitar colectivamente una lengua que aloje vida. La escritora María Negroni, citando a Edgar Allan Poe, dice que las palabras, como las imágenes, son sepulcros animados. Ejercitamos en ellas ritos de resurrección. Allí escuchamos: “La ventana sigue abierta/Saltar de las palabras/invitación al vértigo/riesgoso re-suscitar/(en) la lengua” “Re-suscitar colectivamente una lengua que aloje vida, con sus fatigas en las instituciones de salud” . Esas palabras que ofician de pistas desfibrilantes son el pulso de una lengua viva de la noche, que sabe de muertes tempranas, y se conmueve por ello. Postguardia es un libro que nos ofrece, que pone a disposición, una emergencia imaginante, tal como dice Debi. Sin aminorar la crudeza implacable que palpita en las escenas de la guardia, hace lugar a un hacer inventivo de la palabra. Hace espacio en la palabra para unas vidas y una práctica que reclaman más imaginación y menos medicación. Si "las historias que contamos son también las historias que aceptamos vivir”, escuchamos en estos relatos otras historias para esos seres ariscos al contrato social, seres no domesticados por la pedagogía del “buen paciente” porque sospechan con sus lengüetazos indomables de ese acuerdo tácito que se empeña en naturalizar las desigualdades en la piel. Imaginar otros modos de contar que se rebelan al dispositivo burocrático del lenguaje hospitalario es también imaginar otras imantaciones para esas vidas. Imaginar otras formas de narrar es otra forma de justicia, dice Nina Rodríguez del colectivo YoNoFui. Postguardia es un libro poético, porque cuestiona una lengua institucional que hace de las palabras destinos inexorables para vidas que rehúsan ser atrapadas por la vigilancia moral del progreso. Esta lengua postguardia, con invenciones lexicales y guiños sagaces, es una “lengua con onda”, como diría la nena que usa las malas palabras como brújula de tener onda. Allí se escucha: “ Una nena dice que las personas que no tienen malas palabras no tienen onda. Y las personas que tienen malas palabras son las que tienen onda” Una lengua con onda porque estas pistas son como malas palabras para el discurso clínico. Una lengua con onda porque se sale del aplanamiento -y el aplastamiento- de los chiclés hospitalarios. Una lengua con dobleces, ondulaciones, vibraciones, bucles, bifurcaciones, grietas, todos relieves necesarios para acoger esas vidas al límite. Postguardia es un libro marcado por una vena antipunitiva en un contexto hospitalario, donde el dispositivo clínico y el dispositivo policial aprietan vidas y deseos insurgentes de esxs pibxs que en su “excitación psicomotriz” dicen una época, un estado del mundo que se revela en esos cuerpos, cuyo presente dolido pide un asombro gramatical menos parecido al lorazepam y más cercano a un instante demorado, a una pausa, a un pase mágico. Allí se escucha: “Cercanías saben de riesgos como protocolos no saben de cuerpos ni de magias ni de estar en lo que pasa” Este libro es un acto de deslealtad con la lengua institucionalizada. Una lengua que rompe filas con un nosotrxs médico porque apuesta a que las pertenencias no sean territorios de desamparos. Una guía imaginaria contra la servidumbre ontológica y la deserción disciplinaria de la lengua del am(b)o y sus pactos de habla con sinapsis oclusivas. Postguardia es un libro que funciona como una reserva de ensoñación para una acústica nocturna. Cuando se derrumba la maquinaria del hacer aséptico y automatizado aparecen otros sonidos en que se modula el afecto como práctica curativa, los estados de curiosidad que cortejan lo indecible, lo improbable, lo ilegible. Allí se escucha: ¿qué le hace un hospital a la noche? “Necesitamos hacer silencio para escuchar alguna música que arrulle nuevas palabras por nacer.” En esas 314 palabras que Debi nos ofrece palpitan las vidas y las muertes de lxs pibxs que hacen a la experiencia de este libro. Vidas y muertes que narran las astucias de esos agenciamientos infantiles que teorizan en sus cicatrices la crudeza de andar por los bordes. Ahí se escucha al bebé de seis días que la pelea, al nene con un cartel que dice “aguante los personal de salu”, al pibe de 16 años esposado que murmura “No quiero caer preso”, a la nena de 8 que sentencia “a veces hay que actuar”, al pibe que rebota entre hospitales, al de 14 años y 10 de intervenciones quirúrgicas, a la piba de 14 que se hace cortes en la piel, a la de 10 que se trepa al armario a punto de caerse, al bebé punk, a la nena con barbijo de lentejuelas y su bañadera como refugio, al nene que con una espada de legos defiende el sueño de su mamá, a Alejo que falleció por falta de aire y de escucha, y también a Nikoo, Xoana, Brenu, Lu, Marquitos, B-risa, Lucho y Gilberto. Aficionada a los desvíos, me preguntaba qué podría significar el número 314 y apelando a esa epistemología popular de la que no podemos rehuir, ese apego a la promesa de conocimiento fácil que es google, me encontré con varios hallazgos. 314 es un código de área telefónica para Manzanillo, en México. Es el número de una Propuesta legal en Arizona para criminalizar la inmigración que se aprobó el año pasado. En matemática se asocia al número pi, el famoso 3,14. También, en estos tiempos de amenaza de dolarización, se me ocurrió preguntarme cuándo el dólar salía 314 pesos. Y así aparece el dólar Pi a 314 pesos, como se le dio en llamar al Dólar Qatar, en la época de Sergio Massa como ministro de Economía, a mediados de octubre 2022. Más o menos al mismo tiempo que Debi terminaba de escribir estos relatos. Por último, 314 es a su vez un "número de ángel" que indica que estás “en el camino correcto para alcanzar tus metas”. Es uno de los números más místicos en la numerología angelical, de la cual soy totalmente analfabeta. Aparentemente, representa un mensaje de aliento, que simboliza creatividad e independencia. Si nos damos a creer que los ángeles son mensajeros y protectores, como el ángel de la guarda que todxs conocemos de nuestra infancia, podemos concluir que Postguardia no es solo un libro de las experiencias de guardia sino la creación de una lengua de la guarda que sabe del poder de los accidentes poéticos y las palabras con onda para vivificar las tripas de un hospital. val flores 15 de noviembre del 2025 *Texto leído en la presentación del libro de Débora Chevnik, Postguardia ¿Qué le hace un hospital a la noche? , junto a Marcelo Percia y Graciela Bernztein, realizada en la casa del colectivo YoNoFui (CABA). val flores - "Asombro gramatical" - 2025
- Adynata Diciembre / VPS
La palabra clínica no se pretende como palabra poética. Puede tener belleza, sensibilidad, musicalidad, pero la urgen otras cosas: darse al estar ahí, ofrecer refugio, abrazarse al silencio, practicar un nombrar herido sin jergas ni lenguajes especiales. Marcelo Percia. El amor a las palabras, en todas sus formas, nos hace insistir en eso que amamos de la clínica. En eso que amamos de la escritura. Amor, riesgo y desafío en alojar los matices y los temblores de sus efectos, de sus composiciones, de sus múltiples combinaciones. La imperiosa necesidad de detenerse a escucharlas, a leerlas, a prestarles atención. A desestimarlas. Meterse con ellas. Ya sea para editarlas, corregirlas o cuando nos envían una propuesta de publicación o cuando decidimos decir algo a alguien en algún lugar y por algún medio. El riesgo de lo dicho. El riesgo de lo escuchado. Y ese abismo de posibilidades que a veces entablan conversación y otras tantas no lo hacen. Marcelo nos comparte con la perseverancia de un pájaro carpintero: “El tema de la clínica reside en la clínica. Pensamos porque nos interesa la clínica, conversamos porque nos interesa la clínica, volamos bajito porque nos interesa una clínica no detectada por los radares. Nos interesa todo lo que pasa en el mundo porque nos interesa la clínica.” Esa misma perseverancia capaz de hacer pequeños tajitos en un papel para aletear palabras. Estar en la clínica -estar en la vida- para armar complicidad y asomar con delicadeza y perspicacia a dolores y confidencias (así lo nombraron algunas sabias juventudes que llevan la ternura como bandera ). Estar en la clínica -estar en la vida- para acompañar y entretejer una red de telarañas decorada con glitter (así lo enseñaron y lo nombran esas juventudes tomadoras de escuelas). Estar ahí con los mordisqueos de esas perras negras y el estremecimiento de eso ríos feroces que nos permitió navegar Cortázar: “Sacás una idea de ahí, un sentimiento del otro estante, los atás con ayuda de palabras, perras negras, y resulta que te quiero. (…) estoy solo en mi pieza, caigo en artilugios de escriba, las perras negras se vengan cómo pueden, me mordisquean desde abajo de la mesa. ¿Se dice abajo o debajo? Lo mismo te muerden. ¿Por qué, por qué, pourquoi, why, warum, perchè este horror a las perras negras? Miralas ahí en ese poema de Nashe, convertidas en abejas. Y ahí, en dos versos de Octavio Paz, muslos del sol, recintos del verano. (…) En guerra con la palabra, en guerra, todo lo que sea necesario aunque haya que renunciar a la inteligencia, quedarse en el mero pedido de papas fritas y los telegramas Reuter, en las cartas de mi noble hermano y los diálogos del cine. Curioso, muy curioso que Puttenham sintiera las palabras como si fueran objetos, y hasta criaturas con vida propia. También a mí, a veces, me parece estar engendrando ríos de hormigas feroces que se comerán el mundo.” El magno desafío de habitar el mundo tratándonos con delicadeza, perspicacia y el andar bajito que nos enseñan arañas y hormigas. v. Nicolás Koralsky (2025) Serie Frágil
- El pueblo que volvió a respirar, donde yo respiro / Reyna Paz
Conocí aquel pueblo cuando el mundo recién empezaba a sacudirse la pesadez de la pandemia. Yo también caminaba con cierta prudencia, como si todavía midiera cada paso para no romper el silencio del después. Y tal vez por eso ese lugar me impactó tanto: un pueblo de apenas 16 manzanas y menos de 100 habitantes, tan pequeño que parecía más un paréntesis que un destino. Ahí, el silencio tenía textura. No era vacío: estaba lleno de pájaros que cantaban sin vergüenza y del sonido suave y lejano de las vacas, como un recordatorio de que la vida seguía latiendo aunque el resto del mundo se hubiese detenido un rato. Ese concierto rural era casi un gesto de ternura, como si el pueblo te dijera: acá no hace falta apurarse. Las calles, cortitas y tranquilas, parecían pensadas para caminar despacio. Algunas casas tenían paredes recién pintadas, como si sus dueños hubieran decidido devolverle color al tiempo. Otras seguían igual que siempre, sencillas y silenciosas. Y en cada ventana había una historia que uno podía imaginar sin demasiado esfuerzo. La gente tenía esa mirada que solo existe en los lugares pequeños: una mezcla de curiosidad, reconocimiento y calma. La panadera me regaló una factura “para endulzar el día”; el señor de la plaza me contó que durante la pandemia cuidaba las plantas “para que no se sintieran solas”; y la dueña del almacén me dijo que el pueblo estaba aprendiendo a respirar de nuevo, igual que nosotros. Caminé esas 16 manzanas como si fueran un mundo. Seguí un sendero que bordeaba un arroyo, y ahí sentí algo que hacía mucho no encontraba: tranquilidad sin culpa. El agua corría, los pájaros seguían su vida, y yo, por primera vez en mucho tiempo, estaba simplemente ahí. Presente. Sin ansiedad. Sin ruido. Al volver al centro, unos chicos jugaban a la pelota. Durante la pandemia, esa escena nos habría parecido ciencia ficción. Ahora, sus gritos y risas eran la banda sonora de un tiempo que volvía a abrirse. Desde entonces, vuelvo a ese pueblo cada vez que necesito desconectar del mundo adulto. A veces camino sin rumbo, a veces ando en bicicleta por los caminos de tierra, y siempre, siempre, me sorprendo con algo: un árbol que no había mirado bien, un caballo que aparece en la colina, un silencio nuevo, un aroma que me recuerda que la naturaleza nunca dejó de estar ahí, esperando. Ese pequeño pueblo – sus 16 manzanas, sus habitantes contados y su calma feroz – se volvió un refugio. Un espacio donde vuelvo a respirar, a aflojar los hombros, a recordar que también existe una versión mía que no vive a las corridas. Un lugar donde, de alguna manera, vuelvo a mí misma. Reyna Paz. Fotografía, 2025.
- Guardiana y cazadora. Notas sobre un libro de Débora Chevnik* / Marcelo Percia
Post Guardia, ¿Qué le hace un hospital a la noche? Un libro esperado, sólo eso. Un libro necesitado, nada más que eso. Un libro querido, qué más que eso. La clínica se siente reconfortada con los relatos de Débora. 1. Dedicatorias componen formas de cobijo. Este libro tiene más de una. Se lee: “A la hospitalidad que todos los hospitales atesoran / con uñas, con dientes y con todo el amor del mundo / para cuidar lo que nos cuida” . Hubo en nuestro siglo diecinueve un poeta que practicaba una medicina de la tristeza y el juguete. Ricardo Gutiérrez escribe este verso: “ Todo / lo vemos a través del llanto / cuando se pierde la esperanza ”. Florencio Escardó contaba que Gutiérrez curó a un niño que vivía en un conventillo llevándole juguetes. Le dijo a la madre: “Su hijo está enfermo de tristeza ”. 2. La frase con la que comienza relatos post guardia dice de entrada de qué se trata este libro: “Un bebé de seis días va a morir dentro de poco” . 3. Enseguida una ironía que duele: “…la siempre bien intencionada aplicación de los protocolos…” . Protocolos anestesian y automatizan sensibilidades. Ironías reponen furias y disidencias filosas. 4. No entienden. Nunca entienden. ¿Por qué no entienden? “La mamá y el papá, se estremecen ante la inminencia del final: quieren irse del hospital con el hijo recién nacido. ‘No pueden irse, ya les explicamos y no entienden’…” . ¿Por qué no entienden? A veces, entender significa no entender. O más adelante se lee: “Vidas expulsadas vuelven. Las derivan y vuelven. ¿Qué pasa…no entienden? (…) Una y otra vez les decimos acá no y, una y otra vez, vuelven” . Débora denuncia la crueldad pasamanos . No se trata de un lugar de agarre, sostén, apoyo, para subir o bajar de una escalera. Ni de la magia del cuidado, ni de un hechizo para escuchar, ni del encantamiento de las palabras. Tampoco de un truco con las manos que se hace con rapidez y destreza para sorprender. Pasamanos quiere decir pasar de una mano a otra sin que nadie agarre ni sostenga ni suavice. Se trata de un automatismo de la crueldad en las instituciones: “pase y no vuelva” . 5. Sin embargo, vuelven. Se obstinan en volver. Una y otra vez vuelven. No tienen a dónde ir. Se trata de una clínica entre quienes no saben qué hacer ni qué decir y quienes no tienen a dónde ir. 6. Se lee, en un mail que Débora escribe para dar la bienvenida a residentes. Se refiere a cómo y para qué estar allí: “También para esperar y bienvenir a las vidas que vienen a los hospitales a atenderse, a curarse, a buscar alivio, a socializar dolores. Esperar incluso a quienes esperamos que no lleguen ni nos llaguen” . Macedonio Fernández (1922) presenta un personaje al que llama Recienvenido . Una figura que vive en estado de pasmo, asombro, curiosidad. Una existencia recién llegada que desentona con la monotonía del lugar. Como si vinera desde otro país o se hubiera puesto los pantalones al revés o portara más de una cabeza o anduviera concentrada en la invisibilidad de los átomos. ¿Cómo, haber llegado muchas veces y, sin embargo, recién llegar cada vez? La clínica acontece, siempre, recién venida. 7. Se lee: “Ceci n'est pas un hospital” Una serie de René Magritte (1929) se conoce con el nombre de La traición de las imágenes . En una de esas pinturas se ve una gran pipa sostenida en el aire con esta inscripción debajo: “Ceci n'est pas une pipe”. Dice Magritte: “La famosa pipa. ¡La gente me reprochó por ello! Y sin embargo, ¿se podría rellenar con tabaco o se podría fumar esa pipa? No, sólo es una representación. Si hubiera escrito en el cuadro ‘Esto es una pipa’, ¡habría mentido!” . Se lee: “Ceci n'est pas un hospital” . Débora afirma: esto no es un hospital, siendo un hospital. No se trata de una proposición de arte conceptual en tiempos de la preguerra europea. Ni de una crítica política de las teorías de la representación. Se trata de otra cosa que no sabría nombrar. ¿Se trata de sostener una relación posible entre las palabras? ¿Acaso el día en que esa conexión se corte definitivamente ya no tendrán razón de existir ni las palabras ni las cosas? O, ¿ese corte habilitará otras palabras o ruidos o sonidos para nombrar otras cosas u otros gestos u otros silencios? 8. Débora dice lo urgente: “En los hospitales sabemos perfectamente bien lo que es una emergencia: es cualquier condición que pone la vida o lo vivo en riesgo de perderse” . En un momento escribe: “vidas en pausa” . Tal vez en la emergencia, se trata de pausar la vida, pero ¿cómo se hace algo así? 9. Preguntas El libro de Débora, por momentos, desespera en las preguntas “cómo se dice” y “si no acá, ¿dónde?” . Se escucha: “Esto no es un hotel” . “Usan este lugar como parador” . Débora inventa la palabra acanoistas . Un relato post guardia cuenta que le recomiendan que vaya a un hospital porque allí lo van a ayudar. Va a un hospital. Explica que está mal, que necesita internarse. Evalúan. Concluyen en que no tiene criterio de internación. Le recetan pastillas. Se sube al tren. Regresa a ningún lado. Se toma todas las píldoras. Llega a otra guardia. No consideran que esté tan mal, pero se asustan cuando no puede respirar. Lo internan en terapia intensiva. Lo trasladan a otro lugar. Llega al mismo hospital en el que le dijeron que no tenía criterio de internación. Una trabajadora de salud voluntariosa, dice tras la crisis: “Bueno, bueno, a vivir contento y feliz y basta de tantos hospitales” . 10. Débora se pregunta: ¿cómo practicar la hospitalidad con lo que no se entiende, con lo que abruma, con lo mucho, con lo que angustia? O como gusta decir: ¿cómo practicar la hospitalidad con las llegadas que llagan ? 11. Se lee: “Hay vidas dolidas que de tan dolidas, ni se enferman; saben que no hay quien las cuide” . 12. Débora duda sobre cómo nombrar infancias que llegan al hospital: ¿pacientes?, ¿existencias rotas?, ¿congojas intraducibles?, ¿tormentos de la civilización? 13. Relatos post guardia cuentan historias de vidas deshabitadas . En Los deshabitados , la novela de Marcelo Quiroga Santa Cruz (1959), existencias que sólo viven por el hábito de hacerlo, se levantan para pasar el día hasta que la noche las devuelve a una cama o a un agujero en la calle. Sobreviven. ¿Habrá que inventar el nombre de deshabitantes ? Vidas deshabitadas de los infinitivos: jugar, cantar, dibujar, conversar, escuchar, desear. Deshabitadas de la posibilidad de dar y recibir calma, sosiego, ternura, suavidad. Vidas yermas, desiertas, sólo pobladas por violencias y crueldades. Deshabitadas incluso de los pliegues de las conciencias que llamamos inconsciente . 14. Los relatos de Débora nacen de conversaciones. Se lee: “Los relatos post guardia fueron escritos al día siguiente a una guardia, o a veces, incluso, durante la misma guardia (una urgencia dentro de otra urgencia). Ocurrencias de las tripas entre marzo 2020 y mayo 2022” . Llamamos clínica a un estado de conversación que sigue conversando aun cuando se cree terminada la conversación. Una conversación iniciada antes de nuestra llegada y que continua más allá de nuestras efímeras presencias. 15. La palabra clínica no se pretende como palabra poética. Puede tener belleza, sensibilidad, musicalidad, pero la urgen otras cosas: darse al estar ahí, ofrecer refugio, abrazarse al silencio, practicar un nombrar herido sin jergas ni lenguajes especiales. Se lee: “Hablas técnicas buscan decir algo , nombran, enruidan, ¿ no pasan por lo que pasa? Hacer un minuto de silencio , estar en la tormenta. ¿Cómo? Angustias escriben, tecnicismo avanzan ” . ¿Qué quiso hacer Débora con esas líneas sobre los vocablos? ¿Tachar palabras dejándolas visibles? ¿Provocar una lectura que vacile? ¿Introducir un obstáculo? ¿Poner a la vista una clínica que tartamudea? 16. Como alguna vez dijo David Viñas cuando alguien se está hundiendo necesita palabras que floten. 17. El tema de la clínica reside en la clínica. Pensamos porque nos interesa la clínica, conversamos porque nos interesa la clínica, volamos bajito porque nos interesa una clínica no detectada por los radares. Nos interesa todo lo que pasa en el mundo porque nos interesa la clínica. 18. Leemos, estudiamos, conversamos, escribimos (a veces con belleza, como lo hace Débora) para saber cómo estar ahí haciendo algo que llamamos clínica . 19. Tardé en comprender la cuestión de la traducción. Durante un tiempo creí que El cazador oculto y El guardián entre el centeno componían dos novelas diferentes de J. D. Salinger (1951). El título en inglés The catcher in the rye se traduce en forma literal como El guardián en el centeno . El guardián en el centeno se corresponde con las cinco palabras del título en inglés, pero esa literalidad afea la idea. Veamos. El guardián alude al arquero -como lo llamamos en el fútbol- o al jugador que en el béisbol corre para atrapar la pelota; si ese jugador se encuentra, de manera figurada, en un campo casi idéntico a un trigal, estará oculto y fuera del alcance del bateador. Entonces, cazaría la pelota desde una guarida y se comportaría como un cazador oculto . Se lee: “… me imagino a muchos niños pequeños jugando en un gran campo de centeno. Miles de niños y nadie allí para cuidarlos, nadie grande, eso es, excepto yo. Y yo estoy al borde de un profundo precipicio. Mi misión es agarrar a todo niño que vaya a caer en el precipicio. Quiero decir, si algún niño echa a correr y no mira por dónde va, tengo que hacerme presente y agarrarlo. Eso es lo que haría todo el día. Sería el encargado de agarrar a los niños en el centeno. Sé que es una locura; pero es lo único que verdaderamente me gustaría hacer. Reconozco que es una locura” . Débora Chevnik está ahí entre el centeno. 20. Querían escribir. Decidimos encontrarnos los martes temprano en el hospital. Pero ninguna escribía. Propuse consignas: El día más difícil que tuve desde que trabajo en la sala . Lo que nunca le conté a nadie . Volví a casa llorando . Tenía los ojos tristes . Nos quedamos calladas . Nos dábamos un tiempo para escribir. Pero en el momento de leer, no leían: contaban. Les gustaba contar. No paraban de contar. Me propusieron que tomara notas o grabara. Y que lo trajera escrito para la próxima vez. Acepté. Así leíamos y corregíamos. Un día me dijeron que estuvieron pensando. No querían en el texto la palabra serenas . Con ese nombre llamaba en el hospital a las enfermeras que hacían el turno de la noche. Me excusé diciendo que esa palabra la habían dicho ellas. Hay que sacarla , dijo una decidida. ¿Qué ponemos? Pongamos: guardianas . Sí , dijo otra: ¡Guardianas de la noche! Y continuaron: Guardianas de los sueños . Guardianas de memorias y olvidos . Guardianas de caricias ilícitas” . 21. Escribe Alejandra Pizarnik en su diario en septiembre de 1954. “¡Qué falta haría un nuevo diluvio! ¡Un torrente que arrebatase las eternas cantinelas domésticas!” . ¡Qué falta hace que guardianas y cazadoras inicien otra lluvia! *Palabras labradas para acompañar la bienvenida de " Post Guardia ¿qué le hace un hospital a la noche? " de Débora Chevnik, el 17 de Noviembre de 2025 Martha Cooper Sin título (Niños jugando con una escoba) 2022 Impresión pigmentada de archivo 50,8 × 76,2 cm
- Contar algo / Marcelo Percia
Solía comenzar con una pregunta. Se volvió un juego. Decía: “¿Quién quiere contar algo?” . Enseguida, alguien replicaba: “¿Algo como qué?” . Entonces respondía: “Bueno… se puede contar algo o, si no, algo; incluso se puede contar algo. Y, si alguien quiere, puede contar algo” . Si pedían aclaración, explicaba: “Se trata de que cuenten algo. Es decir, algo o algo o, también, algo” . Reían. A veces, alguien levantando la mano, decía: “¿Puedo contar algo? Sí, claro, lo que quieras. Entonces, decía en voz alta: ¡Algo!” . Se festejaba la ocurrencia. Y, cada cual, a su vez, pedía contar algo, diciendo la palabra algo. Así comenzábamos, hasta que llegaban propuestas para jugar, hablar, o nada. Aquella vez Cristian insistió. Insistió mucho. No podía parar. “Esperen, quiero contar algo: ¡algo!” . Así todo el tiempo. Pocas risas se reían con la suya. Hasta que Cristian se enojó. Y se quiso ir. Enseguida, Martina, reaccionó: “Profe, Cristian está cansando. Por eso, se enoja. Quiere contar algo que no puede contar” . De a poco, nos pusimos a hablar. Nadie se quedó en silencio. Mi hermana está viviendo en el hospital. ¿Cómo viviendo en el hospital? La semana pasada estuvo en el hospital y la otra también. Ya vine tres veces desde que mi hermana se fue. ¿Qué tiene? ¿Está enferma? ¿Te dijeron qué enfermedad? No, no me dijeron nada. ¿No se habrá muerto, tu hermana? Cuando se murió mi abuela, me dijeron que estaba en una clínica. Para mí, tiene una enfermedad y no te quieren decir. En tu casa, ¿están las cosas de ella? Sí, está todo igual. ¿Te fijaste si le llevan ropa? No, no me fijé. ¿Escuchaste alguna conversación secreta? No, no escuché nada. Y, tu mamá, ¿dónde está? Está en el hospital. ¿Hoy quién te viene a buscar? La hermana del novio de mi mamá. Profe, ¡salga antes! ¡Averigüe con la tía! Sí, vaya usted. Vaya, es un caso de fuerza mayor. Si, vaya, lo esperamos acá. Hay que saber por qué la hermana no vuelve. Vaya. Vos Cristian, ¿querés? Sí. Salgo, pregunto por la tía de Cristian. Se levanta una chica joven. Explico que Cristian pidió que le pregunte qué pasa con la hermana. Me dice que la madre no le quiere contar para no preocuparlo. Le digo que está preocupado. Después de dudar, me dice que tiene una leucemia grave. Se está muriendo. Explico que me comprometí a contar lo que ella me dijera en el grupo. Acepta. Con un nudo en la garganta, repito palabra por palabra lo que dijo la tía. Las emociones hablan en silencio. Alguien propone quedarnos un rato más haciendo una merienda. No se pudo. Cuando se estaba yendo, Cristian se dio vuelta para saludar. Ernesto Marenco - "Escribir y borrar" - 2022 - Lápiz de madera, goma y latón - 16,5 × 3,8 × 0,6 cm
Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.











