Partidas de nacimiento / Emilia Tejedor
- Revista Adynata

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Onirografías del alumbramiento
Un mensaje, un día antes. No estaba mi nombre completo como era de su cotidiano. Hubo un momento en donde siempre aparecía coincidiendo con el momento en que empecé a usarlo entero. “María Emilia”, un nombre compuesto. Antes usaba solo “Emilia”, el “María”-con su etimología, con su peso- quedaba rechazado. Aquel día fue: “Buen día. Mañana 11:15 consultorio”. Así, seco.
Al día siguiente “Buen día. 11 hs ya estoy”. Escribió mi nombre completo atrás. Un horario adelantado, sin explicación. Con menos, había restado. Había resto: 15 minutos restó. Cuando llegué, cerré la puerta del ascensor con fuerza; el ruido pareció anunciar algo. Enseguida el tintinear de llaves cerca de la puerta, como si fuera a abrir. Estaba esperándome. Él siempre me esperaba.
De pronto el tintineo cesó. Pensé: Ya sabe que llegué. Lo escuché decir alguna vez: “Tenes que llegar”. Llegar … ¿a dónde? ¿a qué?. Él ya sabía que había llegado. El tintineo de llaves se detuvo. Está esperando a que toque el timbre pensé. A que me anuncie. A que enuncie. A que algo del decir se haga acto.
Toque timbre. Unos segundos. La puerta se abrió. Hola y pronunció mi nombre completo. Hola y pronuncié su nombre. Entré con un entusiasmo casi excesivo y como si el cuerpo se hubiera adelantado a mí. Me dirigí al consultorio. “Pasa nomás”. Escuche de atrás. ¿Cómo andás? Todo bien -le respondí. Pero esta vez, me giré y pregunté ¿y vos? Bien, dijo. Nunca antes le había devuelto la pregunta. Era la primera vez.
Me resulto aliviador estar otra vez ahí en ese espacio que ya era nuestro. Tenue la luz amarilla del velador en la esquina, los libros alineados en aquel mueble del lado izquierdo, los cuadros, la cortina de la ventana rectangular junto al velador. Una atmósfera de quietud donde el respirar se volvía posible. Los objetos permanecían en su lugar. Constancia que permitía algo del orden de la respiración, una mínima estabilización del cuerpo.
Sin embargo, algo empezaba a incomodar. Al salir del consultorio, los sonidos de la ciudad se volvían excesivos para mis oídos. Las bocinas, los gritos, las frenadas de los autos, las conversaciones por teléfono de los transeúntes, los colectivos. Antes, era lo habitual, lo tenía tan naturalizado que ya no los escuchaba. Ahora la contaminación sonora se imponía. Lo que había sido fondo, se volvía figura. Lo familiar comenzaba a tornarse extraño. Rosario ya no era del todo Rosario.
Me tendí en el diván. El cuerpo reconoció la posición antes que la conciencia. Lo había extrañado. Conté los segundos, aunque enseguida los perdí. Volvió. Y esta vez estaba muy atenta a sus movimientos, a su vestimenta. Podría haber hecho un inventario minucioso: remera negra, un pantalón negro, los zapatos… no los vi. Hay cosas que se ven y cosas que no. El detalle que no olvidé es que estaba más flaco. “¿Estará de luto?”, pensé, pero no lo dije. ¿Quién estaba de luto? Esa vestimenta parecía mostrarme que la que estaba de luto. Tal vez, era yo. La vestimenta era una pantalla.
Sostener el duelo de frente exige una posición. Terminar con la bella indiferencia de lo que se ve pero no se mira. Aquella que no desmiente la pérdida pero tampoco permite que se inscriba. Posición de reserva sostenida como defensa. Una forma precisa de estar, no sin costo. Una economía de goce.
Siempre intentó desarmar esa defensa y lo logra. A veces lo veía mirándome, como estupefacto, como si no terminara de comprender si la defensa había sido conmovida o apenas rozada. Si algo había caído algo o si todo seguida erguido, en pie. Lo veía dudar. Pero yo sabía que ya no estaba intacta, la defensa había sido tocada. No caída aún, pero si agujereada. Ya no operaba como antes, aunque todavía insistiera en engañar. Algunos la llaman “ceguera histérica” a mí me gusta nombrarla como un modo de existir para no hacer duelos. Ver sin consentir la pérdida, sostener la imagen.
Presté atención a como cerraba la puerta y sus movimientos para sentarse atrás del diván. Nunca había prestado tanta atención. “¿Cómo andás?”. No sé si esa fue la pregunta. Tal vez era la de siempre, porque la pregunta de siempre era “¿Cómo estás?”. Y sin embargo, estar no es lo mismo que andar. Andar puede hacerlo cualquiera, porque justamente no cualquiera se zambulle en lo que no anda. Pero estar, estar, en cambio, a veces es difícil. No poder estar. No poder estar de luto. Quizá ese era mi síntoma. No se puede estar de luto sin aceptar la falta.
Porque para estar hay que partir. Y también partirse. Entre partir y partirse, aparece el parir: hacer pasar algo por el cuerpo. Una sola letra de diferencia que escribe el pasaje del duelo en el horizonte. Duelos que comenzaban a vislumbrarse tras una neblina que comenzaba a disiparse, muy lentamente. Porque los duelos duelen. Y porque permitir que algo quede atrás- y que eso impulse- no es sencillo. Requiere disposición. Requiere trabajo.
Cuando la defensa cede, el cuerpo toma la palabra. Un cuerpo que sucumbe a ser superficie de inscripción del goce. Desbordado. Sin ganas. Con insomnio. Sin poder levantarse de la cama. Aburrimiento, tedio, hastío. Una petrificación mortífera. Todo se vuelve pesado. El aire es denso. Lágrimas que inundan la cara pero no alivian. La frase retorna insistente: “me quiero ir”. Aparece como empuje. Un pasaje posible aún sin acto. Anuncios de partida que nunca parten, pero que no dejan de ser la chance de que el avión, alguna vez, despegue y vuele. El anuncio de partida como borde del acto.
El salvajismo repetitivo e incansable del “ma” que retornaba una y otra vez en diversas escenas. “No me escucha” “Rechaza todo” “No me quiere”. El mismo guión, aunque cambien los personajes insistía una y otra vez. La repetición no fallaba.
Las respuestas oscilaban entre angustias melancólicas donde todo era una mierda y la sombra cae sobre el yo y amenazas de huidas. “Me quiero ir”. Escapar. Salir corriendo. Una actriz de las partidas: armaba las valijas, anunciaba la salida, pero el cuerpo no partía. El acto no se producía.
Una sutil localización de que las escenas no eran las mismas y que quien había adoptado ropajes similares a aquella madre de alguna vez, no era mi madre era otra persona. La repetición insistía. Pero ese algo, apenas algo, empezó a no encajar del todo. Partiendo de una localización volvieron los recuerdos… la resonancia de ese “pa” en aquel sueño.
Un camino de madera que direccionaba hacia las orillas del mar. De repente me lo encontraba a él en el camino. Era mi analista. Caminaba al lado. Preguntaba ¿Cómo estás? Tenía un paquete de papas. Me compartía varias. Luego me saludaba y se iba para el lado donde estaba su familia. Yo me iba para el otro lado donde se hallaban mis amigos.
“Pa” en todas esas palabras: parir, partirse, partero, partir, papas. Un “pa” que me eyectó Un “pa” que corta la serie del ma, ese circuito cerrado, pegajoso, donde todo retorna sin restos. Introduce una separación. No resuelve. Pero corta y abre una posibilidad: no la de comprender, sino la de perder algo sin quedar aniquilada. Bordes. Orillas que inauguran el deseo donde el deseo puede comenzar a inscribirse.
Hasta que, finalmente, partí. La fantasía de estar en otro lugar o de ser otra, llegaba a su límite. “Entraste justo en el límite” dijo alguna vez. Aquellas fantasías, habían tenido su tiempo de elaboración en la sala de pre-partos, su función de sostén, de placenta, ya no servía.
Todo un trabajo. Era un hecho, la espera llegaba a su fin. Dilataba las salidas orquestando despedidas. Des-pedidas, ya no pedía nada. La demanda se caía. La placenta ya no nutría. El líquido se iba. La bolsa se rompía. Y el parto iniciaba.
Llegué. Y todo era extraño. Muy nuevo. Nada tenía que ver con el mundo anterior. Al menos no de entrada. Luego aparecieron algunas familiaridades. No todo era radicalmente Otro, pero ya no era lo mismo.
Respire Reconquista. Sus espacios, discursos, palabras, afectos, cosas, costumbres. Una atmosfera Otra, una atmosfera distinta. Alteridad. Dependencia desnuda. La intrusión de algo tan Otro sin mediaciones. Y sin embargo, allí, en ese borde, algo del deseo podía empezar a escribirse.
Allí lo tóxico. El medio profundamente Otro. El entorno se transforma en otro inquietante. El purgatorio empieza su rito: llantos, lamentos, y denuncias danzan a la par de imaginaciones febriles que ansían un regreso al hogar, un retorno a la quietud lejana. “me quiero ir de vuelta a Rosario”. La demanda de una vuelta a la placenta, a ese ecosistema de flotabilidad plácida donde el sujeto aún no estaba escindido. Imaginaciones febriles que deseando comodidad localizaban una incomodidad. La alteridad me había atravesado el cuerpo y descolocado. En hora buena: la comodidad a muerto.
Rosario fue el punto de partida. Rosario fue un lugar materno diferente al escrito en mi propia historia, un lugar amable. Punto de partida que persiste como un remanente inflamable con algunas llamas encendidas. Puntos de ignición que marca el pasaje. Hay una distancia que no es métrica, no es física. Uno puede estar lejos y estar próximo, estar cerca. La partida de Rosario fue un retiro sin consumar la ausencia, pues las marcas permanecen como cicatrices que se revisitan desde una identidad en flujo.
En los intervalos entre lo familiar y lo infamiliar, entre Rosario y Reconquista, entre lo familiar y lo extraño, reside la incomodidad de quien habita los bordes. La pregunta es clínica: ¿Cómo calibrar la distancia con lo extraño para no ser fagocitado por ello? ¿Cómo regular la proximidad con lo familiar para evitar la asfixia del encierro? El trazado de las orillas, aquellas zonas de contacto que permiten el enlace con lo extraño sin la pérdida de lo familiar.
Habitar el borde es una apuesta de equilibrio precario. Se oscila entre el mar y la tierra firme. No hay amortiguación garantizada para la caída; solo diferentes modos de inmersión. Algunos ejecutan una entrada paulatina, dejando que el nivel del agua cubra el cuerpo por sedimentación; otros, por el contrario, optan por el ingreso súbito, el zambullido que anula la transición. En ambos casos, el cuerpo es el único territorio donde la marea termina por decidir.
Persisto, por ahora, en la topología del entre. Habito la orilla como un estado de suspensión necesaria, un hiato donde la caída aun no se ha consumado y el peso de la decisión permanece en potencia. Reconocer(me) en el tránsito, ese ir y venir pendular, convertida en Tiresias: aquel que ha visto ambos lados, que ha cruzado los umbrales de lo propio y lo ajeno, y que extrae su saber precisamente de esa doble pertenencia. Umbrales donde el dolor se mezcla con la inminencia de lo nuevo.
No hay urgencia en la fijación. Habitar las reconquistas de mi propia historia, un territorio que se gana palmo a palmo en el presente. Un acto de recuperar un territorio personal. El después se mantiene como una variable no calculable, una zona de sombra que no me asfixia.
He arribado, sin embargo, a la naturaleza del proceso. En este espacio de fronteras y orillas, he llegado a un punto de certeza, entre varios. Los analistas somos parteros, aquellos que asisten al nacimiento de un sujeto, que, finalmente, emerge de las aguas para probar nombrarse.
Y así es como una larga estancia en la sala de pre-partos se convierte en un tiempo de espera necesario donde las contracciones entre lo que fui y lo que intento ser fueron temblores que preparaban el cuerpo para el desprendimiento.
Ya no temo a la caída ni a la profundidad del agua. Me dispongo a ingresar a la sala de partos. Allí, despojada de la comodidad de lo conocido, el análisis deja de ser teoría para volverse carne: el acto radical de parirse en una tierra nueva.
¡Bienvenida a Reconquista!. Me dijeron.




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