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Presentación de "Un destino común" / Lucrecia Martel y Malena Rey

  • Foto del escritor: Revista Adynata
    Revista Adynata
  • hace 4 horas
  • 19 Min. de lectura

15 de noviembre de 2025

Presenta: Malena Rey

Autora: Lucrecia Martel

Editorial: Caja Negra Editora


Malena Rey:

Bueno, estamos presentando tu primer libro, Un destino común, un libro que expande mucho tu práctica cinematográfica, que pensamos como una especie de caja de herramientas. Es un libro que queríamos leer y no existía. Entonces, desde Caja Negra, te lo fuimos a proponer.

Es un libro en el que trabajamos mucho con Pablo Marín también —lo quiero mencionar—, que vive en Madrid y no pudo estar acá, pero para mí está en espíritu. Y quería empezar conversando con vos un poco sobre esto, porque el libro, si todavía no lo leyeron, reúne tu práctica como disertante, tus intervenciones públicas, tus conversaciones públicas, que es algo que sucede mientras vos hacés películas. Tus películas te llevan muchos años, mucho tiempo, un trabajo más interno, y estas charlas son parte de tu vida pública.

Quería preguntarte qué te genera el hecho de que ahora se hayan reunido, que estén en un libro, porque las ideas se van transformando con el tiempo y en el libro quedan fijadas de algún modo, ¿no?


Lucrecia Martel:

Sí, bueno, muchas gracias a todos por venir. Muchas gracias, Malena. Muchas gracias a Pablo. Muchas gracias a Caja Negra, y felicitaciones, porque… ¿177 libros?


Malena Rey: 171 libros.


Lucrecia Martel:

171, y seis el año que viene. No, es increíble, ¿no?, un proyecto editorial como el de ustedes. Así que muchas gracias por hacerme parte.

La verdad es que yo siempre trato de que no se graben las charlas, ya lo he dicho, porque la gente se empieza a distraer y siempre piensa “después veo el link”, y entonces se ponen a ver el teléfono o se ponen a grabar y dicen “después veo lo que grabé”, y es difícil estar en el momento en que pasan las cosas. Entonces, por ahí yo trato de que no las graben.

Pero a veces me dicen: “Si las grabamos, te pagan más”, y entonces ahí aparece la prostituta que somos todas, y digo: “Sí, pero por supuesto, por favor”.

Y la verdad es que lo que hicieron los chicos… a mí me da mucha vergüenza, porque yo hago chistes como estos que, cuando los leés, decís: “Qué papelón”. Entonces, que los chicos hayan hecho un trabajo tan bueno para que el libro no sea un papelón… bueno, ya lo verán, y estoy muy agradecida.

¿Y qué pienso de que mis charlas estén en un libro? Pienso que, por vanidad sola, diría que no. Pero me parece que estamos en una época tan difícil que todas las ayudas que nos podamos dar entre todos, bienvenidas. Y por ahí a alguien le sirve leerlo, y bueno.


Malena Rey:

A veces me ocurre, para esto, que me hacen hacer preguntas muy sesudas, aprovechar el libro y usar algunas citas que aparecen ahí para que las podamos ir expandiendo y que todas ustedes se vayan con muchas ganas de seguir leyendo o yendo un poco más profundo.

Traje una cita que habla un poco de la cultura en relación con el cine. En un momento decís:


“El cine de ir a la calle es hablar con los vecinos, caminar por la ciudad y hablar con la gente. Es preciso mirar sin tanto prejuicio, sin tantos eslóganes, tanta doctrina. Y cambiar el mundo es casi la única cosa atractiva que hay para hacer en nuestra existencia”.

Me parece interesante que hablemos un poco de eso. También decís que, porque el mundo —como a veces medio una expresión—, bueno, hay que cambiar el mundo… pero el mundo es muchísimo. Cambiar el mundo es muchísimo.


Decís que es muy alarmante qué poco situado está nuestro pensamiento. Entonces pensaba en algo más próximo, ¿no? ¿Qué se puede hacer para cambiar nuestra existencia más inmediata, en todo caso?


Lucrecia Martel:

Sí, cuando uno dice “cambiar el mundo” parece como que uno va a cambiar todo, pero es aunque sea un poquito algo. Aunque sea el consorcio, que la gente se trate mejor, no sé, algo.

No sé cuánta gente de acá viene o tiene relación con el mundo del cine. No digo que levanten la mano… bueno, levanten la mano. Son muy pocos.

Para nosotros —no sé, otra gente tendrá cosas parecidas—, pero para nosotros, la gente que trata de hacer cosas audiovisuales, hay permanentemente una tendencia a buscar referencias para lo que vamos a hacer en películas, en cosas que han hecho otras personas. Y es genial que haya cosas a las que podamos ir a ver, acudir para iluminarnos de alguna manera.

Pero me parece que nos ha pasado —y que hemos ido perdiendo— la habilidad de mirar a la vuelta nuestro, y de que nos guste la luz, de que sepamos cómo se recrea esa luz que vemos en la vereda, que vemos en nuestras casas. Porque es mucho más fácil mostrarle una película al director de fotografía y al director de arte y referirse a lo que está en una película, y no a cómo intento eso que me gusta y que me hizo interesarme por contar una historia, por compartir algo con los otros.

Y yo creo que en nuestra época el espacio se ha contraído muchísimo, nuestro espacio vital se ha vuelto muy chiquito, y nos resulta muy difícil saber cómo relacionarnos con el espacio. Entonces, eso creo: que el cine es para salir a la calle.

Los que hagan cine o estén cerca de esa actividad acá: lo nuestro es —con cuidado, con precauciones, no a cualquier hora, con amigos si son horas complicadas—, pero lo nuestro es la calle, es la gente. No es tanto encerrarnos en el cine, que está buenísimo, pero lo otro es fundamental.

Y tenemos un país que es muy complicado de contar. Entonces esa vocación de salir me parece que es fundamental para encontrar algunas soluciones para esta locura que nos pasa.


Malena Rey:

Eso que decías del espacio en el libro aparece bastante en la última de las charlas, en la nota para Los indios insomnes: el hecho de que se contrajo el espacio y se aceleró el tiempo, que me parece que son dos ideas bastante fuertes. Quería ver si las podíamos expandir un poco para entenderlas mejor. ¿A qué te referís cuando decís eso?


Lucrecia Martel:

Yo pienso que es una cosa que constatamos todos diariamente. Primero, que en situaciones como estas de crisis —que todos tenemos muchísimos trabajos para poder lograr pagar las cosas mensuales—, eso hace que el tiempo que tenemos para salirnos de los circuitos habituales sea menor.

No tenemos tiempo de decir: “Ahora me voy a mi trabajo y voy por acá, que demoro media hora más”. No, porque después tenés otro trabajo y estás cansada. Entonces, la voracidad de cosas que tenemos que solventar con nuestro trabajo, la dificultad de encontrar trabajo, lo caros que son los alquileres… en fin, problemas que todos conocemos, hacen que nuestros recorridos espaciales sean muy acotados.

A veces el fin de semana vamos a algún lugar, pero es medio difícil tener la percepción de la ciudad —o de la ciudad donde vivan—. Y encima la crisis económica es un factor de disminución del tiempo disponible.

Pero además, la tecnología claramente aceleró el tiempo. Eso lo sabemos todos. Ya nadie puede soportar una pregunta más de cinco segundos: o buscamos la respuesta o le respondemos a alguien un mensaje. No tenemos paciencia para el tiempo. “A ver, después le escribo”. Le escribiste en una semana y la persona está ofendidísima. Eso antes no pasaba.

Miren, hay un libro del Fondo de Cultura Económica que se llama Cartas a América, una cosa así, que son cartas que se mandaban desde la península hacia América en el siglo XV y XVI. Creo que compila —no sé si la conocerán— un librazo así. Compila cartas del siglo XV y XVI, y las cartas dicen: “Hace dos años que le envié mi última carta, no he recibido respuesta”. ¡Dos años! Dos años ya. Alguien tendría hijos con otra persona.

Entonces es evidente que el tiempo ha ido en una… la tecnología ha permitido esa aceleración, pero nuestros organismos no están todavía acostumbrados a esa aceleración. Estamos todos un poco angustiados, un poco desesperados.

La pandemia, para mí —para todo el mundo— fue una revelación de que era posible vivir encerrados. Y esas son cosas que marcan mucho nuestra época.

Y los que escriben, los que quieren hacer algo, los que quieren expresarse a sí mismos y expresarse en relación con el mundo, necesitan callejear. Callejear es una parte importantísima. Y no callejear dentro de Nordelta —que está bien Nordelta—, pero digo: no, te vas a encontrar con gente toda muy parecida. Callejear donde te encontrás con gente diferente. La ciudad es ese lugar. Las rutas, el campo, las calles rurales.

Y eso hace, me parece a mí, que se haya constreñido nuestra experiencia de existencia. Y todos tenemos una angustia, una cosa… no creo que haya uno acá que no haya percibido en este año una fuerte sensación de angustia. Uno la puede relacionar con alguna cosa: alguna cosa que dejó de existir, alguna subvención, alguna ayuda que era fundamental para su actividad. Pero también es algo que está pasando planetariamente, no es solamente este país.

Y bueno, frente a eso… bueno, esto es una buena respuesta de espacio compartido, ¿no?


Malena Rey:

Pensaba que vos hablás de la aceleración del tiempo, pero que también sos de procesos muy lentos. En cada película sos de tomarte tu tiempo, y en la era de tanta inmediatez quizás es más revolucionario ver cómo hacer para frenar que para seguir montándose en ese ritmo.

Y en algo que también decías: que vamos a tener que usar nuestras horas de sueño, nuestras horas de ocio, para pensar cómo salir de todo esto. Y pensaba: es un sábado a la tarde, hace treinta grados de calor, todos ustedes podrían estar… no sé, ¿no tienen amigos con pileta? Podrían estar recreándose de otro modo, y estamos todas estas personas acá juntas pensando libros. Estamos usando nuestro tiempo libre para juntarnos.

Y quería preguntarte un poco sobre algo que para nosotras sobrevuela mucho esta jornada, que tiene que ver con eso que vos decís en el libro sobre cómo hablar con los que no piensan como nosotros. Pero a nosotras nos gusta también pensar cómo hablar con otras generaciones.

Eso que también decía Diego al principio: que haya gente de distintas edades dialogando, que haya un espacio para chicos más chicos, que haya gente más grande, que todas estemos en la misma conversación, o tratando de dar esa conversación.

Y pensaba también en la juventud como esa idea… o sea, la sociedad deposita sobre la juventud una idea de futuro. Las sociedades en general depositan sobre los jóvenes algo que no necesariamente se condice con lo que esa juventud quiere encarnar, ¿no?

Y quería preguntarte: para vos, ¿qué implica ser joven? ¿Qué tipo de juventud tuviste? ¿O qué hay todavía de tu Lucrecia joven en tu madurez?


Lucrecia Martel: Integral. Íntegra. Ajá. 


Malena Rey:

Seguro. Y también eso, ¿no? ¿Qué hay todavía de la juventud presente en lo que hacés? ¿Te importa hablar con los jóvenes a vos?


Lucrecia Martel:

Sí. Es que hay mucha gente joven… pero ya les va a pasar. Los que tienen edad lo saben: es muy difícil envejecer, porque uno no envejece a la misma velocidad por afuera que por dentro.

Por dentro, yo he intentado —y acá hay testigos— subirme a un hoverboard. Imagínense: yo estoy con un bastón. ¿Y cómo terminó eso? Me quebré la muñeca.Pero digo: la curiosidad por el mundo no se extingue con la vejez.

Tenemos también esta cosa horrible que ha pasado… yo los odio a todos los poetas y músicos que se han suicidado a los 26, 27 años. Los detesto. Porque era gente brillante que necesitábamos para que nos enseñe cómo ser viejos. ¿Y ahora qué nos queda? ¿Bob Dylan? ¿Neil Young? ¿Patti Smith? ¿Alguna queda?

Habrá que hacer una lista para ir a buscar cómo ser viejos en el siglo XXI. Y evidentemente, ahora, por esta misma situación, las distancias generacionales son muy abruptas. La mayoría de los que están acá es muy probable que —ojalá que no, pero— demoren mucho en tener un lugar propio. Van a vivir alquilando mucho tiempo, van a tener que tomar decisiones de compartir casa.

Las crisis aparentemente van a ser muy profundas, esta que tenemos. Y si no pasa algo terrible —que es la crisis—, va a pasar lo otro: vamos a empezar todos a tener plata y va a ser como en 2002, que nos olvidamos rápidamente de lo que había pasado, se terminaron las asambleas y chau.

Pero ser joven ahora es muy distinto a cuando yo era joven. Todavía, para mi generación —eso es increíble—, para la generación de mis padres, tener una casa propia era una posibilidad a través del trabajo. Para mi generación fue un poco más difícil y nos ayudaron nuestros padres. Para ustedes… si los padres somos nosotros, olvídense. Olvídense.

Si los padres de ustedes tienen entre 50 y 60, es muy poco lo que vamos a poder hacer para ayudarles.

Entonces… esa experiencia de…

¿A qué iba la pregunta?


Malena Rey:

Bueno, por un lado, algunas ya las fuiste contestando. Pero: ¿qué implica ser joven, más allá de lo biológico, como una temporalidad? ¿Qué recordás de tu juventud? ¿Qué hay todavía de tu juventud presente en lo que hacés?


Lucrecia Martel:

¿Qué recuerdo de mi juventud? Por Dios, es una pregunta de mierda.

No, recuerdo muy poco.

Pero lo que creo es que, indudablemente, cuando uno empieza a caminar más lento —que en mi caso pasó muy rápidamente, pero probablemente ustedes demoren más en llegar a ese momento—…

Mi percepción de la ciudad, sobre todo: yo pasé mi juventud en esta ciudad. Yo nací en Salta y a los 18 o 19 años me vine para acá.

Y para mí la experiencia de juventud fue caminar Buenos Aires. Caminar… bueno, también me pasaron cosas, pero digo: conocer esta ciudad que es infinita.

Entonces relaciono la juventud con una expansión del espacio. Yo pasé de ir a un colegio medio privado, haciendo un recorrido bastante pavote en Salta, a esta ciudad; a estudiar animación en Avellaneda y tener que irme desde Agronomía hasta Avellaneda.

Cuando una chica de colegio católico de una provincia tiene que tomarse el 124 de Agronomía a Avellaneda… es la Odisea, es la Ilíada, es todo eso.

Entonces, para mí, la juventud la relaciono con la expansión del espacio. Y por eso me resulta muy difícil, a veces, conectar con una juventud que resignó su espacio a encontrarse con los amigos en las plataformas. No lo digo como crítica, sino como algo que no conozco: no conozco esa forma de encuentro con los otros ni de expansión del espacio.

Porque el espacio virtual es caro. No es una experiencia asequible para todos. El espacio virtual se paga: tenés que pagarte el software, tenés que pagarte una wifi bastante rápida, tenés que tener una buena compu. No es tan fácil el espacio virtual como experiencia.

Y lo que reconozco en mí es algo bastante infantil: la curiosidad. Curiosidad por la gente.

El cine… yo creo que enganché en esta actividad un poco porque alguien me vio condiciones, y uno termina haciendo lo que hace porque alguien te ve condiciones. Así de débiles somos.

Pero el cine es conversar con la gente. Y ciertamente el lenguaje de la conversación uno lo ejerce más cuando te cuesta entender a la otra persona: lo que piensa, lo que quiere, por qué está enojada.

Porque con los amigos con los que uno se entiende, simplemente te ponés a ver un video y te reís, escuchás música… nada. Hacés cosas donde el lenguaje está en la zona del chiste: chiste, chiste, ja ja ja.

Con la gente que uno no comprende es donde más se ejerce la invención del lenguaje. Y me parece que, por decisiones que han sucedido en nuestro país —desde su fundación—, hemos ido perdiendo, año a año, la capacidad de conversar con las personas con las que no nos entendemos rápidamente en términos de valores, ideas del mundo, del futuro, de la economía.

Eso me parece una pérdida enorme. Una pérdida que, además, estamos experimentando todos los días.


Malena Rey:

Me quedé pensando en algo que decías del registro de las imágenes. Por un lado, esto de la juventud… y en el libro hablás mucho de tus abuelas, de las conversaciones, de la oralidad, de tu mamá. Y después le hablás a los jóvenes. Hacés como un recorrido de muchas generaciones.

Y también eso que decías del registro de las imágenes: que la vida digital sale cara, pero que en otra parte del libro decís que las cámaras que ahora tenemos en los teléfonos son herramientas que filman mejor que las cámaras que vos tenías que pedir cuando estudiabas cine para que te las presten para hacer un corto.

O sea, las herramientas las tenemos. Todas estas personas que estamos acá tenemos un teléfono que registra imágenes. Y a la vez, esas imágenes que están en esos teléfonos… ¿cuántas veces las volvemos a ver? ¿Cuántas veces hacemos algo con ellas?


Lucrecia Martel:

No, las consideramos como parte de… no sé, de nuestro archivo. De lo que después, cuando pasen veinte años, las vamos a volver a ver. Nadie las imprime ya, se rompen los discos rígidos. ¿Qué hacemos? ¿Cómo hacemos para volver a generar ciertas condiciones de registro que nos enseñen a narrar de otras maneras?

Yo no sé bien cómo es el invento ese, qué es lo que hay que hacer. Porque mirá: ahora se me quemó mi computadora, el core. Entonces fui a que me la arreglen y me dijeron: “Lo único que puedo hacer es recuperar los datos”.

Yo trato de pensar qué datos quiero recuperar de la computadora y la verdad es que no me acuerdo nada. Pienso que hay algo importante que tengo que recuperar —algún documento de alguna cosa, de Salta, no sé qué—, pero ni siquiera sé qué es lo que tengo importante en la computadora.

O sea, no sé cuántos gigabytes enteros de fotografías de teléfono habré perdido, supongamos que no se recupera eso. Entonces eso también significa que —no significa que lo que haya sido registrado no tenga ningún valor—, pero evidentemente no generó ninguna memoria inmediata en mí, o algún anhelo.

O igual son cosas que todos sabemos, ¿no? La cantidad de veces que borramos estupideces que nos llenan los teléfonos y eso.

Pero, por ejemplo, cuando yo hice esta película —que a propósito vamos a estrenar en marzo del año que viene—… les digo el título para que no vayan y paguen la entrada para otro director. Se llama NUESTRA TIERRA.

Esa película… nosotros, para hacerla, durante muchos años recuperamos archivos. Le pedimos a la comunidad de Chuschagasta —que es una comunidad indígena en el Valle de Choromoros, en el norte de Tucumán— que nos compartieran sus chips, las tarjetas de teléfono y las fotografías antiguas que tenían. Y bueno, durante muchos años estuvimos haciendo ese archivo.

Y hay algo muy valioso en el archivo del teléfono. Uno siente que hay una banalidad en ese registro, en eso que uno preservó. Pero muchísimas cosas de audio de la película son valiosísimas, porque son cosas muy difíciles de producir para el cine.

Es muy difícil, para la gente de cine, producir una fiesta de una familia en un cerro en Tucumán y que suceda ese ritmo de las voces, la inhibición para interpretar, decir cosas, los chistes, las cosas familiares. Ese sonido es valiosísimo.

Hay infinidad de videos cuando nosotros registrábamos con nuestros teléfonos tonterías, con nuestros amigos, con nuestra familia. Y hay cosas de sonido que quizás la imagen es más o menos, pero el sonido es imposible de volver a generar. Es de un valor incalculable para el cine, ese sonido.

De archivos y archivos, a veces prescindibles o repetidos, que uno tiene en el teléfono… no sé. Y a la vez, qué fácil es que cuando un teléfono se cae en un arroyo, lo pisa un caballo, se nos cae o nos lo roban, de repente desapareció.

Y eso pasa… como les digo, lo que yo perdí en la computadora, supongamos que no lo pueda recuperar. No sé, quizás alguna vez me diga “uy, cierto, tal cosa”, pero ni siquiera es que tenemos un acervo ahí al que añorábamos o del que uno pueda tener melancolía.


Malena Rey:

Ahora que mencionaste Nuestra Tierra, quería preguntarte porque la película es un documental. O sea, hacés un giro después de Zama hacia el documental.

Nuestra Tierra está basada en el asesinato —en el crimen— de un comunero, Javier Chocobar. Está el juicio en la peli, está el registro de la comunidad. Y pensaba… no sé, me imagino haber cambiado de registro para hacer esta película.

No quiero spoilear nada de la peli —igual el spoiler mucho no importa—, pero sí preguntarte: porque cuando hacíamos el libro, en un momento yo tendía a pensar que tenía que haber un texto sobre la película, porque vos estabas haciendo la película y si este libro iba a convivir con la película, entonces ¿de qué manera estaba también presente?

Y lo que te vino pasando —que me parece más interesante— es que se va colando todo tu proceso de trabajo de tantos años en muchas de las charlas del libro. Te preguntan sobre algo y vos decís: “No, estoy haciendo una película y tuve este problema”, o “estoy filmando y me encontré con esta cuestión”, o “estamos pensando con el equipo…”.

Entonces quería preguntarte, más que por la peli en general —que ya habrá tiempo en marzo de hablar más en extenso—: ¿en qué momento se te revelaron cosas de tu proceso de trabajo, de tu proceso artístico, con la película?

Si sentís que hubo puntos de inflexión en los que descubriste algo que necesitabas para seguir filmando, para el montaje… ¿qué momentos de revelación hubo en todos esos años de trabajo?


Lucrecia Martel:

Muchos, de muy distintas clases. El primero, creo, fue con el lenguaje. Ver lo difícil que era escribir una idea. Les doy este ejemplo porque creo que sirve para detectar el problema del lenguaje.

Si yo tengo que explicar que una comunidad fue desplazada de un lugar a otro porque fue entregada en encomienda a un personaje, inevitablemente, para la comunidad el nombre va a ser un gentilicio —o simplemente la palabra “indios”— y un número. Y el sujeto va a ser un nombre propio.

En la mayoría de los documentos se han registrado nombres propios de personas que no tienen ninguna relevancia real en su accionar sobre la historia. Tipo: “el capitán tal trasladó a…”. Exacto: por ejemplo, “el capitán Sotomayor trasladó cuarenta indios tasas de la comunidad de Chuschagasta al valle de Choromoro”.

Entonces, ya el sujeto, el predicado, los complementos… ya hay una persona hábil, poderosa, que agarra a un gentilicio en gran número y lo puede llevar de aquí para allá. Es muy difícil, con el lenguaje. Uno tiene que empezar a poner oraciones y oraciones y oraciones —¿cómo se llaman?— oraciones subordinadas, para que esa frase no termine generándonos esa imagen tan clara en la cabeza: el capitán Sotomayor y cuarenta personas sin voluntad que obedecen y son trasladadas de aquí para allá.

La historia de un país como el nuestro, que ha sido colonia —pero esto seguramente pasa en todo país donde alguien se tomó atribuciones sobre la vida de los demás—, está plagada de estas frases donde un montón de voluntades desaparecen en un gentilicio. Un gentilicio que encima ni se respeta ni se recuerda, salvo que por alguna casualidad exista un paraje que se llame Chuscha o, en fin, el nombre de alguna comunidad.

Entonces, esa fue la primera dificultad: escribir y reescribir frases, y reescribir frases, y ver cómo, con la mejor de las intenciones, la frase volvía a reflejar la voluntad de un individuo y la no-voluntad de un conjunto.

Después, lo que nos pasó… no sé si Jero está por acá. ¿Jero, viniste? Yo lo vi. Acá está, mirá.

Jerónimo editó la película conmigo. Estuvimos en Salta y con Jero revisamos —imagínense— cuatrocientas horas de material audiovisual… un poco más, Jero, ¿no? Como cinco mil fotos. En fin, una cantidad de material enorme.

El juicio lo habíamos filmado. El juicio duró como catorce días de jornadas, a tres cámaras. Eran muchísimas horas para mirar.

Pero en un momento —que nosotros definimos como una espiral ascendente— nos dimos cuenta de que algo empezaba a aparecer. Revisando las mismas tomas, las mismas partes del juicio que ya habíamos visto, de repente algo hacía el segmento que elegíamos, o la cámara con la que era contado, y uno dice: “Ah, empezó a aparecer algo”.

Y cuando pasa eso, con Jero había una luz afuera de donde editábamos y la cerrábamos, cerrábamos la puerta y poníamos la luz, porque Julio venía cada rato a cantarnos y a perturbar las horas de edición.

Entonces, esa sensación… uno la reconoce. Por eso también hay que confiar mucho en la percepción compartida, no en la percepción en soledad. Cuando estás con alguien, con compañeros de trabajo, y empezás a sentir: “Che, empezó a aparecer”. Ese momento es genial.

Y mucho tenía que ver con el lenguaje. Con, de repente, entender el espanto de una frase dicha en el juicio, una expresión…

Quienes hayan editado imágenes y sonidos conocen bien este momento: cuando uno pasa muchos años buscando el lenguaje para compartir un acontecimiento como fue el crimen. Y no quién fue el autor del crimen, sino cómo fue posible ese crimen, de los que hay muchísimos casos en un país como el nuestro.

Es tan difícil encontrar las palabras con las cuales la gente vuelva a escuchar lo que ya sabe. Porque es obvio que le quitamos la tierra a alguien. Hay que ser muy mezquino para no aceptar esa idea. ¿Cómo se resuelve eso? No sé, es muy complejo.

Pero que eso ha sucedido en nuestro continente no cabe ninguna duda. Que ninguno de nosotros lo haya aprendido en sus manuales de primaria… salvo que hayan ido a una escuela muy progre. En el manual mío, editado en Salta —el manual Güemes—, las comunidades desaparecían en el siglo XIX por la malignidad de la Campaña del Desierto o por lo terrible de los realistas. Porque no hay nada mejor que echarle la culpa a otro de la invisibilización, de la desaparición.

Salir de esa educación es muy difícil. Pero la reflexión sobre los materiales y el tiempo… y por supuesto, el tiempo es algo carísimo. Yo digo “tiempo” y me da vergüenza, porque hay que tener plata para tener tiempo.

Pero a veces hay ciertas ideas que requieren tiempo, y entonces lo van a tener que sacar de donde sea. Y en general va a ser de las horas de sueño. Y en general la raza lucha les va a arruinar eso antes que a mí, van a estar con esto mucho antes que yo.

Pero bueno, nos tocó la parte de la crisis, de la transición a otro mundo… no sé. Nos tocó esta época.


Malena Rey:

Te voy a hacer una última pregunta, porque esta jornada es muy extensa.

La última parte del libro reúne charlas desde 2009 hasta 2025. Junio de 2025 es la última, la de Los indios insomnes. Es una parte ya post-pandemia, donde cambia un poco tu perspectiva: pasás a sentir que tenés que decirle algo útil a los jóvenes que van a escuchar esas charlas.

Tengo algunas citas de ese momento. Decís:

“Estamos en una época en la que el desánimo lleva a la inacción y todas las circunstancias que nos rodean son malas para infinitas cosas, pero no para pensar ni para tomar notas con cosas baratas como una birome y un papel. Aunque hagamos todo bien, nos va a ir mal por un tiempo. Entonces, ¿para qué obedecer?”

Me gusta mucho esa frase.

Y en otro momento decís que la debilidad de nuestra vida pasa fugazmente.

Entonces, por un lado, quería preguntarte por eso. Y también: porque a vos el pesimismo te debe aplastar por momentos, ¿no? ¿De dónde sacás esa energía para pensar algo diferente?


Lucrecia Martel:

Yo, primero que nada, creo que seguramente la generación de ustedes —u otra que venga un poco después, o probablemente la de ustedes— ya tiene los anticuerpos para reaccionar frente a la transformación que está sucediendo en el planeta. Un poco sufriendo, un poco sucediendo.

Es indudable que han aparecido tecnologías que van a modificar muchísimo nuestra forma de vincularnos con las cosas. Ya les debe haber pasado esa sensación de que internet no está funcionando bien, de que la inteligencia artificial no era tan……copada como parecía. Y de repente, sí, un día ven una cosa y decís: esto es fabuloso.

Bueno, lo que sea que traiga toda esta tecnología —hasta que aprendamos cuál es nuestro lugar con eso— van a ser momentos de angustia, de zozobra. Pero lo que yo creo es que la humanidad se ha sobrepuesto a cosas más complejas que la inteligencia artificial y que lo que está pasando ahora.

Quizás sea posible para ustedes vislumbrar por dónde hay que salir.

Solamente les digo una cosa, para que no sea deprimente esta conversación: yo esperaba seis meses en la escuela de cine —que ahora se llama ENERC, antes se llamaba de otra forma— para que me den una cámara. Esperaba seis meses para una cámara cuya definición era cincuenta veces menor que la de cualquiera de los teléfonos que hoy tiene cualquiera de ustedes en el bolsillo.

Hay ciertas cosas que la tecnología nos ha provisto con las que reinventamos los géneros, reinventamos las formas narrativas. Vamos a poder, quizás, prescindir de los grandes financiamientos.

En esa computadora que se me quemó yo edité una cantidad enorme de materiales para esta película, y edité un montón de cosas más. O sea: hay una posibilidad de autonomía respecto del dinero bastante alta en la actualidad.

Entonces digo: junten esa suerte tecnológica con lo que están percibiendo y sigan adelante. No me parece que haya que sucumbir. No me parece que haya que enfrentar ninguna “batalla cultural”. La cultura no es para pelear: la cultura es para encontrarse.

Y una prueba viva de eso es Caja Negra.

Y con esto cerramos.


Julian Dupont - "Soñando en cóndores" - Blanco y negro toe - 2023-  Máscaras de lienzo recubiertas de yanchama, rellenas de hojas de coca, toe, eucalipto y flores de datura, sujetas por malla negra artificial, cintas sintéticas, lana de oveja y tiras de yanchama, pigmentadas con carbón de coca y carbón de palo santo, bañadas en flor de toe. - 150 × 90 × 30 cm
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Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.

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