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- Contracultura, contrapoder o ¿cómo hacer una revolución? / María Galindo
Contracultura, contrapoder o ¿cómo hacer una revolución? ¿Qué es la revolución feminista? No sé si a esta altura de las luchas sea necesario repetirlo: está claro que los feminismos son una propuesta de revolución, un cambio estructural del orden establecido, y no la incorporación de las mujeres a las mismas estructuras patriarcales para reforzarlas. Como contundentemente afirma Paul Preciado en su llamado a la revolución post-COVID: la revolución es lo que ya ha comenzado, es lo que está aconteciendo, es el hilo invisible de la historia que está juntando voces dispares de diferentes latitudes para amasar un cambio estructural gigantesco y planetario.1 Cuando Las Tesis lanzaron una voz corporal desde una plazuela en Valparaíso contra el patriarcado fijándolo como violador y atreviéndose, en el Chile de Sebastián Piñera, a parafrasear el himno policial, les respondieron como eco resonante las voces de miles y miles de mujeres que las traducen a sus propios idiomas para llenar con el mismo canto plazas, estadios y hasta parlamentos del mundo.2 Nos convertimos con Las Tesis en una multitud planetaria unida por una conciencia colectiva compleja, no identitaria e imposible de clasificar. Una conciencia colectiva de alianzas insólitas de indias, putas y lesbianas juntas, revueltas y hermanadas. La revolución feminista, sin ejército libertario, sin comandante preclaro, sin héroes de guerra, sin víctimas ni victimarios, sin armas y sobre todo sin enemigos que matar ni Estados que conquistar, es una revolución de las estructuras que está desestabilizando todo. La revolución despatriarcalizadora está devorando las instituciones patriarcales no para feminizarlas ni para darles una “perspectiva de género”, como absurdamente corean las oenegés, sino para desestructurarlas y deconstruirlas. El grito verde “Que sea ley” es también una consigna sin fronteras de algo que ya es una realidad, no porque se haya promulgado en el parlamento argentino sino porque se ha constituido en una voz sin dueño que tiene la magnitud de una conciencia colectiva y transforma los sentidos de la maternidad y del cuerpo para una, dos o tres generaciones enteras, más allá de los límites que imponen las fronteras y más allá de los contornos etarios que las ideologías han marcado tradicionalmente. Hoy la revolución feminista no sólo está en manos de las adultas, también las jóvenes y las niñas son ellas las que tendrán que encargarse de inventar este nuevo lugar de desobediencia. Horizontes de sentido: no tenemos línea, somos puro curvas El pañuelo verde argentino o la performance de Las Tesis son dos de los ejemplos más mediáticos; sin embargo, la suma de formas infinitas de desobediencia colectiva practicada por los feminismos del mundo, las incontables prácticas políticas que inventamos cada día, van acumulándose de forma intangible y subterránea y construyendo eso que llamo “horizontes de sentido”. La revolución feminista ha abierto la más profunda de las disputas, la que va por los sentidos. La disputa por el derecho de nombrar y de significar. Estamos disputando los sentidos de todo: de familia, de bienestar, de comunidad, de salud, de justicia, de educación, de placer, etcétera. Esa disputa está abriendo ventanas en el cielo y formulando sentidos nuevos. Su producción tiene el ritmo que tuvieron otrora los panfletos en esténcil, donde no podíamos parar porque las luchas sociales devoraban panfletos y más panfletos para derrotar dictaduras, para pedir amnistías, para denunciar desapariciones. La fiebre de sentidos no deja de inventar nuevas escenas y ni siquiera la pandemia la ha paralizado. Es un ritmo continuo, como cuando tejemos o bordamos. Cada punto va dándole a esto una forma que aún desconocemos, pero teje y teje estamos sabiendo que esto es más que una chompa o un vestido, teje y teje estamos sabiendo que esto no tiene forma conocida, lo único que intuimos es que la puntada final es lo que menos interesa. La conciencia de que todo lo que nos oprime descansa sobre nuestras espaldas está generalizada. Basta cruzar algunas palabras en la puerta de un colegio entre las madres o distraer de sus tareas a cualquier trabajadora en una farmacia, en un hospital o en un mercado; basta conversar brevemente con una trabajadora sexual para que nos lo diga con lucidez y precisión. Estamos listas para movernos del lugar que ocupamos, sabemos que si lo hacemos la estructura que sostenemos cae, y nos estamos preguntando no cómo, sino hacia dónde movernos. Contracultura, arte e imaginario social No hablo entonces de la contracultura únicamente en su conocido papel de medio de resistencia, ni de la revolución feminista como una revolución cultural no estructural. No hablo del arte como un instrumento de cambio donde supusiéramos que es “el arte” el que produce el cambio. Hablo de la cultura y del arte como herramientas que, cuando se colocan en el intersticio social entre aliento colectivo e historia, producen y recogen versos como los de Vivir Quintana: “Si tocan a una respondemos todas”, cantados hoy como se canta una “Internacional” socialista, es decir, una internacional feminista. Versos como el que dice: “Nos sembraron miedo, nos crecieron alas” saltan de la boca de la compositora a las de niñas que convierten estas palabras en fuerza política movilizada. El arte y la cultura feminista no son necesariamente aquello que los museos nos están tímidamente, y con mezquindad, mostrando como tales. El arte y la cultura que están creciendo en ese intersticio entre aliento e historia son los que ya no caben en un museo, en un lugar concreto, porque formulan un nuevo imaginario social, porque transforman el imaginario social a gran escala, y aquí nuevamente me refiero al trabajo de Vivir Quintana sobre el miedo, porque es mediático y todes quienes me leen lo pueden ubicar, pero los ejemplos son cientos de miles. Prácticas creativas transformadoras que van moldeando nuevos sentidos están aconteciendo a ritmo de latidos de corazón. Con toda la gráfica feminista podríamos construir un puente de hojas de papel dibujadas que vaya de continente a continente como otrora los conquistadores medían las cantidades de oro y plata extraídas de nuestras sociedades. La experiencia de las Mujeres Creando en Bolivia —a través de los grafitis que son tan sólo una de nuestras prácticas políticas sostenidas durante más de 25 años en cuatro ciudades del país, va concatenando un texto feminista gratuito callejero—, se ha ido convirtiendo en un espejo que modifica para las mujeres la imagen de sí mismas y el lugar que ocupan. Frases producidas para una marcha en defensa de la selva, como “Ni la tierra, ni las mujeres somos territorio de conquista”, han saltado de esa marcha a los movimientos indígenas de mujeres de todo el continente y son parte de la formulación política de sí mismas, de unas y de otras en diferentes coyunturas. La relación entre frase y conciencia, entre resonancia colectiva y sentido, es compleja, mágica y múltiple. La frase sola fotografiada y publicada es tan sólo el registro de una huella histórica que representa una nueva manera de comprender el territorio desde los cuerpos de las mujeres. El lugar donde estamos inscribiendo los sentidos no es el diccionario de la Real Academia Española de la lengua, sino el imaginario social colectivo. No estamos en paz, pero tampoco estamos en guerra Los feminismos estamos abriendo un conflicto descomunal con los Estados, los aparatos de justicia, las policías, los sistemas educativos, los sistemas de salud. Es un conflicto que nos coloca como movimiento insaciable y sediento, no uno que busca cerrarse ni resolverse. Es un conflicto al que cada día le salen más aristas y nuevos horizontes. La insatisfacción instalada no tiene límites, la náusea social colectiva hace que vomitemos cada día patriarcado; la indisposición política, la rabia, son los estados de ánimo colectivos que estamos experimentando. Ni el voto, ni la abolición de la esclavitud, ni la legalización del aborto, ni la Merkel de presidenta, ni la Kamala Harris de vicepresidenta, ni las leyes de identidad de género, ni las leyes contra la violencia, ni las leyes de participación política resuelven, achican, ni adormecen el conflicto. Las industrias intentan comerse nuestros contenidos y contratan raperas, fotógrafas o performeras para que ajusten sus marcas y nos conviertan en mansas consumidoras, y eso no pasa. Los feminismos siguen rebalsando e instalando problemas. Nuestros cuerpos con sus estrías, con sus delgadeces y gorduras, con sus achaques y matices, con sus colores de piel, se convierten una y otra vez en territorio indomable. Las tareas que tenemos por hacer son muchas. Resulta imposible saber qué es más importante, qué es más trascendente, todo se despliega como un gran mantel. Estamos ante una revolución continua, no finalista, donde las palabras, los colores, las formas y los movimientos que escogemos vienen a convertirse en la herramienta principal para alimentar esta conciencia y esta capacidad de inventar lo que queremos y de decir lo que no queremos. No somos un movimiento contracultural, aunque sí lo somos. Lo que producimos podría ser entendido bajo el rótulo de una contracultura, pero son las estructuras lo que estamos desestabilizando. Es la domesticación de nuestros deseos lo que estamos subvirtiendo. No hay un producto contracultural feminista que pueda ser comprado, empaquetado y vendido como producto que cierra y aniquila lo que estamos construyendo. Es Disney quien tiene que modificar sus parámetros para intentar alcanzar la rebeldía con la que crecen nuestr@s hijes, es la industria de la moda la que necesita buscar modelos trans para adecuarse a lo que estamos imaginando y haciendo, y no al revés. La revolución feminista parece tener la destreza de encontrar el punto en el que el orden se convierte en caos. La fiesta y el deseo Continuamente se reedita en nuestra práctica grafitera la discusión sobre la inutilidad de nuestro trabajo. “Ensucian la ciudad”, “ésas no sirven para nada”, “qué cosa han cambiado escribiendo la ciudad” , “vayan de una vez a cocinar”, “por lo menos ayuden a las mujeres”, “superen ya su adolescencia”, “sean útiles para la sociedad”. Son palabras que, adornadas con insultos, escuchamos continuamente. La irritación que los grafitis despiertan es directamente proporcional al cambio que provocan, al cambio que anuncian, al grito escrito que representan. Vienen periodistas a preguntarme qué hemos logrado en 25 años de lucha: ¿dónde está la ley escrita?, ¿cuál es el cargo que hemos ocupado?, ¿cuál la placa de bronce que hemos puesto en la institución?, ¿cuál el premio que hemos sujetado entre las manos?, ¿cuántas seguidoras tenemos? Yo me río y les respondo: “Nada hemos logrado nosotras. Somos el fracaso. Lo único que hemos construido es un espacio de fiesta y deseo sin trascendencia histórica.” Los periodistas me miran entre complacidos y desconfiados, no están seguros si me estoy burlando de ellos o no, en todo caso registran lo que creen que es la confesión de una resignada derrota. Y preguntan: ¿Qué es lo que proponen ustedes? Y la respuesta es: Proponemos una revolución. Entonces la mirada del periodista cambia, se pone tenso y vuelve a preguntar: ¿En qué consiste esa revolución, qué es lo que ustedes quieren cambiar? La respuesta es: Todo, queremos cambiarlo todo. ¿Y por dónde empezar?, repregunta el periodista. La revolución ya ha comenzado y usted no se ha dado cuenta porque no ha salido en las noticias, pero le explico, compañero: la revolución que estamos haciendo comienza por la fiesta y el deseo. El periodista deja de tomar notas, interrumpe la entrevista. Nada de lo que le estamos contando es digno de ser escrito en su periódico, en su registro lingüístico la palabra revolución ha desaparecido hace tiempo, la palabra deseo no existe ni existió nunca, ni siquiera para borrarla. Y la entrevista sale titulada: “Mujeres Creando confiesan su fracaso, dicen que nunca se presentarán a elecciones, que no se integrarán a un partido político, que no ejercerán cargo alguno”. Mi conclusión es: la revolución feminista es ininteligible para el patriarcado porque no es una pulseta de fuerzas ni una imposición violenta. Como lo exigía Audre Lorde, no estamos desarmando la casa del amo con las herramientas del amo. 1. Paul B. Preciado, “Estábamos al borde de una revolución feminista y luego llegó el virus”, El Independiente. Disponible en https://bit.ly/3aGW4ja ↩ 2. Performance colectivo Las Tesis “Un violador en tu camino”, Colectivo Registro Callejero. Disponible en https://www.youtube.com/watch?v=aB7r6hdo3W4 ↩ Publicado en el Dossier Cotracultura de la Revista de la Universidad de México, Marzo 2021 https://www.revistadelauniversidad.mx/articles/40bbe834-fb20-4252-b346-0fa53d532b0b/contracultura-contrapoder-o-como-hacer-una-revolucion
- Destellos que cuidan vidas frágiles / Ariel Mendoza
Oscar decidió no retomar su rutina. Se recuerda como un hippie que se sentía libre al viajar en su juventud y a sus 68 años, algún acontecimiento fue el que desencadenó en tal decisión: volver a volar a territorios desconocidos. No logra advertir cuáles fueron los motivos que lo llevaron a pasar una vida en la oficina, en tanto, de muchacho reconocía esos estados de sujeción desde el sistema capitalista. “Si alguna cosa todavía merece llamarse libertad, ella reside en la posibilidad de sospechar ataduras inadvertidas” (Marcelo Percia, en Sensibilidades en tiempos de hablas del capital -2020-, pág. 190) Rocío se recibió de licenciada en kinesiología y fisiatría hace cinco años en la UBA. Trabajaba sólo en el servicio de guardia de neonatología del Hospital Piñero en la Ciudad de Buenos Aires hasta la llegada de la pandemia por covid-19. Las Unidades de Terapia Intensiva -UTI- necesitaron más personal de salud. Asistió a la convocatoria y salió con nuevos empleos que le garantizaban un mejor porvenir, mientras se anunciaba una catástrofe. Lo anunció a los demás como un progreso, un tanto desde lo económico y otro poco desde el aspecto profesional. Consideraba que se avecinaban nuevas aventuras, desafíos y retos, con la intención de lograr hazañas, proezas y triunfos heroicos ante el virus desconocido, desde el placer que le genera su actividad humanitaria. Aunque la humanidad organice y dictamine cuidar la vida, lo común escapa de esa idea de humanidad. No obstante, en pocos días comenzó a sentir cierto malestar, generado por la situación pandémica misma. Lo que la ahondaba quizá era el sentimiento de que “se está extinguiendo una común corporeidad” (Marcelo Percia, en Esquirlas, en los pliegues de la peste -2021-, pág. 33). Vidas que se le escurrían entre las manos, sin posibilidades de algo más, como intentar lo imposible; Rocío, una debilidad con un respirador entre sus manos yendo a luchar contra un enemigo, la muerte de sensibilidades hablantes contagiadas. Un común cuidado se habíatransformado en evitar la muerte, en volver a esquivarla. “La pregunta: ´ ¿Alguna novedad? ´ revela, en estos días, un lado incómodo: la obligación de tener algo que contar por encima de los números que reportan muertes y contagios” (Marcelo Percia, en Esquirlas, en los pliegues de la peste -2021-, pág. 32. En el desarrollo de la vida se producen distintos movimientos, sin embargo, alguno de ellos es difícil o complicado de transmitir a otros. Rocío, la sensación de angustia, la intentaba reservar para sí, creía que no la podía transferir a sus padres, seres queridos, familiares, ni amigos, porque a tales se le incrementara esa incertidumbre que les producía la noticia del virus. Encontró algo de lo común de su angustia con compañeros y amigos de la profesión, porque atravesaban por la similitud de desesperanza. “Angustias se sienten, pero no se explican ni se cancelan. Angustias se expresan calladas haciendo hablar a todas las cosas” Marcelo Percia, en Esquirlas, en los pliegues de la peste -2021-, pág. 43). La terapia ya no era la misma. Sintió mucha distancia en el consultorio virtual. Hasta que se esfumó el video de la llamada y sólo eran charlas por teléfono. Hasta que se acabó. También lo era diferente el servicio de neonatología. Sonrisas, muecas, gracias, quejidos, gemidos, llantos resonaban más que el silencio de las UTI. Sensibilidades hablantes desvalidas llegaban a la vida antes de los nueve meses o permanecían allí a resguardo social. Era un espacio común en un común estar, donde se cuidaba la vida, fragilidades de la vida, la vida de sensibilidades hablantes en la intemperie. Una común intemperie, debilidad de los neonatos al principio, que al salir habitarán la otra común intemperie, las del capital. Rocío, aficionada y apasionada por la fotografía, llenó ese espacio de imágenes de neonatos dulces, suaves, agradables, tiernos, dóciles, cariñosos, conectados a una sonda, pinchados, que esperaban poder salir del cubículo de plástico. Como en la clínica circense, donde las pelucas, los colores y el maquillaje desborda la profesionalidad. Era, a su vez, un lugar más cálido, más cercano, para aquellas sensibilidades hablantes padres y madres que debían apaciguar el dolor, el sufrimiento, un transitar de lo inesperado de ver a sus hijos allí. Una madre se saca leche materna y el bebé se alimenta por una sonda. Las bellas y provocadoras imágenes de la pared repercutían cualitativamente; felicidad, alegría, contento, satisfacción, no viable de medición en tanto a cantidad. Hacía de un lugar gris de sufrimientos algo más cálido. Una foto ganó un premio; media beca para un curso. La imagen expresaba algo más que un pie de un neonato conectado a una vía en una incubadora. Transmitía la fuerza de una debilidad por sostenerse dentro de la vida. Un destello que alude a cuidar la vida en el embarazo, de cuidar la vida de los más vulnerables, de cuidar una común corporeidad. Rocío escucha que el presidente Alberto Fernández agradece enorgullecido por cadena nacional a médicos y enfermeras, los coloca en lo más alto del podio, como héroes llenos de valores; omite mencionar a kinesiólogos. Alguien le escribe un comentario al mandatario por Twitter para advertirlo; no hay réplicas, no comienza la conversación. Sólo algunas excepciones han alcanzado el contacto con los altos rangos de poder de gobiernos argentinos; es más repetitivo observar una unificación de voces, lo que dice el pueblo, lo más predominante luego de realizar una encuesta o estadística. Rocío conoce el triage que ordena prioridades. “¿Del derecho a vivir? ¿Del acceso a un respirador?” (Cintia Rolón, en El curso de la herida -2020-). Advierte que la suerte se colocó del lado de la vida por un instante; no hubo que recurrir a eliminar, expulsar, desechar, separar, excluir, descartar vidas algunas por otras; al menos no en sus cercanías. El color azul indica que podía esperar, que no era urgente, que se quedaba sin respirador. Fragilidades. Los neonatos, sus padres, sus madres, las vejeces, la “población de riesgo”, los médicos, las enfermeras, las kinesiólogas; todxs, sensibilidades hablantes frágiles, por sus sensaciones, por sus temores, por sus dolores, por sus angustias. Todxs habitan una común fragilidad; algunos les confían la vida a otras sensibilidades frágiles, por ende, ese cuidar común de la vida. El cauce de la UTI se frenó por un instante. Oscar pregunta quién es la que tiene un padre que se llama Oscar que me lo confesó mientras yo dormía, mientras lo asisten entre dos para que recupere su movilidad en las piernas, después de tres meses de los que no recuerda nada, pernoctando en una camilla, conectado a unas cuántas mangueras, con un respirador que le prolongaba el estar vivo, porque tenía una neumonía causada por el virus. Rocío responde: “Soy yo”. En ese instante un destello de llanto, emoción, abrazos, alegría, amor y sonrisas por el cuidado de la vida sacudió la UTI, al grupo de kinesiólogos, a los enfermeros, médicos, a camilleros, a todxs; fue inclusivo. Ese movimiento de cercanías y distancias, de Rocío hacia Oscar y de Oscar de regreso hacia Rocío, es lo que se debería reservar para lo común. Nota: el presente texto se hizo presente como respuesta a una consigna de un parcial de una de las comisiones de la materia Teoría y Técnica de Grupos Dos de la facultad de Psicología de la UBA. Referencias: - Percia, M: “Entrar en conversación. Insolencias clínicas”. Buenos Aires, 2021. En Revista Adynata. - Percia, M. (2021) "Sesiones en el naufragio: un común vivir". En Revista Adynata. - Percia, Marcelo. “Estancias en Común. Selección”. Buenos Aires: La Cebra, 2017. - "Adiós a las dinámicas de grupos". Clases teóricas 2 y 3, a cargo del prof. Marcelo Percia. - Weil, Simone. (1940). “La Ilíada o el poema de la fuerza”. En La Fuente griega. Madrid: Editorial Trotta, 2005. - Percia, Marcelo. “Esquirlas, en los pliegues de la peste”. Buenos Aires: La Cebra, 2021. - Publicación de Motivarte: (https://www.facebook.com/motivarte.fotografia/photos/a.10154998953806243/10154998964101243) - Rolón, Cintia. “El curso de la herida”. Entrega uno (confianzas). Buenos Aires, 2020.
- El cuidado de sí y la parresía filosófica como ruptura de la actividad política / Esther Díaz
¿Qué es lo moral en mí?, ¿por qué principio valorativo debo guiarme si quiero ser moral?, ¿cómo debo actuar para llegar a ser moral? Y por último, ¿a qué aspiro siendo moral? Foucault formula interrogantes de este tipo como expresión de la inquietud que moviliza a quienes quieren construirse a sí mismo como sujetos morales. Existe un juego de espejos entre estas preguntas y las cuatro preguntas kantianas: ¿qué debo hacer?, ¿qué puedo conocer?, ¿qué me cabe esperar?, y finalmente, ¿qué es el hombre? Las coincidencias son tangenciales pero intensas. Foucault había construido un nuevo kantismo epistemológico en las primeras etapas de su pensamiento. Sus conceptos acerca de la construcción de los discursos científicos, del saber y del poder replican ideas kantianas pero historiadas, despejadas de a priori formales. Y al iniciar un nuevo ciclo filosófico centrado en la cuestión ética, acude nuevamente al acerbo kantiano en el que cada sujeto es su propio legislador moral. Aunque en los grupos que Foucault estudia no se concibe ningún trascendental formal, necesario y universal. Por el contrario, las subjetividades buscan hacerse moralmente a sí mismas sin obedecer mandatos exteriores a ellas mismas. Foucault, al comienzo de su periplo por el pensamiento antiguo, relaciona la última etapa de su propio pensamiento con lo expresado por Kant en “Qué es la ilustración”. Hacer filosofía es pensar el presente. Incluso cuando ese pensar se vigorice desde el pasado. Retomemos nuevamente las preguntas de Foucault y –dicho con sus propias palabras- “ese trip grecolatino que ha durado muchos años”.i[i] El filósofo le consagró al pensamiento antiguo sus cuatro últimos cursos en el Collège de France, desde 1981 hasta poco antes de su muerte en 1984. Y, en ese mismo período, terminó de redactar sus dos últimos libros publicados, que versan sobre temas similares: El uso de los placeres y La inquietud de sí, además del “libro prohibido”, Las confesiones de la carne, que permanece inédito por expresa voluntad de su autor y refiere a las prácticas de sí entre los primeros cristianos. Ahora bien, ¿qué estatus filosófico le cabe a cada uno de los interrogantes planteados al comienzo de la presente reflexión? La primera pregunta es ontológica: ¿qué es lo moral en mí?, apunta a dilucidar cuál es la materia prima sobre la que me construyo en tanto sujeto moral. La segunda interpelación es deontológica: ¿a qué principio debo responder para ser moral? Podría ser a una ley natural, o divina, o reglas racionales, o valores estéticos, u otros. La tercera pregunta pertenece a la ascética: ¿cómo debo actuar o conducirme para lograr equilibrio moral?, qué prácticas realizar, a qué exámenes someterme, ¿debería ayunar?, ¿regular mis relaciones sexuales?, ¿predisponerme a hablar siempre con franqueza?, ¿o qué? La cuarta interrogación es teleológica: ¿a qué aspiro siendo moral?, ¿qué fin persigo?, ¿en pos de qué objetivo final busco hacer de mi vida una obra de arte?, ¿anhelo la libertad, o a la inmortalidad?, ¿busco la tranquilidad de espíritu, la suspensión de esperas y ansiedades, la disminución de las pasiones, el equilibrio entre el adentro y el afuera?, ¿cuál es mi meta en tanto ser moral? Este tipo de cuestiones desvelaron el pensamiento de Foucault y brillaron mientras su vida se apagaba. Época en la que su filosofía dio un giro de timón. Dejó atrás la constitución de los discursos científicos y los dispositivos de poder y se zambulló en las tumultuosas aguas de la ética. De todos modos aprovecha su propio acervo metodológico analizando arqueológica y genealógicamente los modos de subjetivación de grupos escogidos de pensadores o de religiosos preocupados por el gobierno de sí mismo y de los otros. Analiza las tecnologías del yo fundamentalmente en el dorado clasicismo griego, en el período helenístico imperial romano y en el cristianismo de los primeros tiempos, el que aún no estaba institucionalizado. En este volverse sobre las prácticas de sí y la filosofía de la existencia Foucault se reencuentra con la hermenéutica. No ese tipo de hermenéutica que pretende hallar verdades originarias, olvidadas o dormidas que existen y valen por sí mismas; sino la hermenéutica como sospecha, azar, instantes, elaboración. Toda interpretación es una construcción y, en este caso, hay interpretación productiva tanto de parte del investigador como de las subjetividades analizadas. Foucault produce conceptos filosóficos a partir de subjetividades que, a su vez, se producen a sí mismas. Se trata de seres que ejercen una hermenéutica del sujeto que ellos mismos son, una búsqueda por el resbaladizo fondo nebuloso de la propia interioridad, de un exterior que nos penetra y de un futuro incierto que nos acecha. El presente trabajo ofrece en primer lugar una semblanza de éticas estéticas y sus diferentes instancias, desde las que se va conformando la construcción de uno mismo mediante el cuidado de sí. En segundo lugar se ensaya una breve génesis histórica y valorativa del concepto de decir franco o parrhesía según concepciones diferentes del mismo término. En tercer lugar se arroja en el tapete del pensar la imposibilidad de un encuentro armonioso entre parrhesía filosófica y actividad política, otorgándole a la primera un carácter inescindiblemente ético y a la segunda un destino retórico. Así pues, se señala el divorcio entre el valor moral de decir la verdad de la parrhesía filosófica, y el mero y hueco afán de persuadir mediante otro tipo de parresia que, paradójicamente, no es del orden de la verdad sino de la retórica. He aquí la política.ii[ii] Estética de la existencia, prácticas de sí y tecnologías del yo Ontología. Los griegos carecían de un término equivalente a “sexualidad” o a “carne” (en el sentido que tiene en el cristianismo). El conjunto de prácticas relacionadas con el placer en general y el sexual en particular era denominado aphrodysia, es decir, placeres, y el gran interrogante consistía en buscar cómo hacer un buen uso de esos placeres. Esa cultura de varones -elitista, esclavista y misógina- se preocupaba por sobrellevar una vida armónica, mesurada, y por tomar medidas de autocontrol si el deseo se tornaba inmoderado. Sócrates, por ejemplo, les aconsejaba a sus amigos que se alejaran de los bellos muchachos, si ellos, como adultos, no sabían abstenerse y caían en la tentación de introducir sus manos entre las sugestivas vestiduras de los mancebos. En general, la dinámica de los placeres seguía el modelo diagramado por Platón en el Filebo, según el cual no existe deseo sin carencia de la cosa deseada. Aunque para el griego preocupado por el gobierno de su propia vida en vistas al gobierno de los demás, los placeres corporales –especialmente comida, bebida y sexo- poseían cierta inferioridad ontológica. Pues se trata de un tipo de placer compartido con los animales. La actividad sexual aparece como un juego de fuerzas de la naturaleza que puede prestarse a abusos. Este es el motivo por el que los placeres de Eros, al igual que los de la mesa, son motivo de problematización, no sólo de tipo médico y filosófico sino también moral. En la transición de la ética griega y romano-imperial a la cristiana se le restará preocupación moral a la bebida y la comida y se reforzará el cuidado sobre los avatares del cuerpo erótico. Los placeres eran la materia prima del hacerse a sí mismo del griego clásico y el estoico romano, entre los cristianos será el deseo y cómo domesticarlo. Quizás para nosotros, contemporáneos de una cultura psicoanalizante, esa también sea nuestra materia prima, ¿qué hacer con nuestro deseo?, ¿reprimirlo?, ¿liberarlo?, ¿dejarse llevar o no ceder ante el deseo? Deontología. En la antigüedad el uso de los placeres se instrumentaba de acuerdo a un principio autorregulador de la actividad moral. Sin imposiciones externas y sin noción de culpa. La estrategia a seguir era considerar aquello que realmente es necesario según la naturaleza, buscar las mejores oportunidades temporales y circunstanciales para satisfacer los deseos, y tener en cuenta el estatus social y moral de los individuos. Por ejemplo, el esclavo, el plebeyo, el niño y la mujer carecían de tal estatus. Por ello no son motivos de problematización y solo les queda obedecer y, en el sexo, ser pasivos absteniéndose de disfrutar. Gozar es privilegio del aristócrata varón y adulto. Pero si un señor es noble de alma no se arrojará al barro de la desmesura, observará más bien una estética de la existencia. Así designa Foucault al trabajo sobre sí de los griegos: “estética de la existencia”. El principio rector que los guiaba era la verdad en libertad. Ese principio, entre los romanos, se centró en el cumplimiento de las leyes naturales, y su métier se autodenomina “cuidado de sí”. A los primeros cristianos el principio que los movilizaba era el acatamiento a la ley divina. Foucault llama a esta práctica “hermenéutica de sí”. Se suele generalizar las prácticas de los diferentes grupos con el término “tecnologías del yo”. Ascética. El buen uso de los placeres requiere cierta actitud para relacionarse consigo mismo por medio de un trabajo autoimpuesto. Si se aspira a ser moral se debe realizar una faena sobre uno mismo y un dominio de sí. Conocerse para ocuparse y ocuparse para conocerse mejor. Esto implica una relación agonística con el deseo. La larga tradición del combate espiritual que parecería patrimonio de los cristianos, ya estaba claramente articulada en el pensamiento griego. Las fuerzas salvajes del deseo, a no ser que están bien controladas, llegan a invadirnos incluso durante el sueño. Esta idea expresada por Platón en la República, y reiterada entre los estoicos romanos reaparece fuertemente entre los cristianos. Agustín de Hipona pretendía erradicar sus malos pensamientos hasta en el sueño. Y si llegaba a gozar mediante una inconsciente polución nocturna buscaba en la confesión y la penitencia la austeridad vergonzosamente perdida. Exámenes de conciencia, ejercicios espirituales, contención de los deseos, libretas de apuntes para registrar propósitos, ayunos y abstinencias responden a una ascesis implementada por los griegos clásicos, reiterada por refinados grupos de romanos tardíos e entronizadas como propias entre los cristianos. El sentido de estas prácticas cambia en las diferentes culturas, pero no cambian demasiado las prácticas en sí mismas. Ascesis para greco-romanos y análisis inacabable para los cristianos. Teleología. El fuerte elemento griego de lo moral como búsqueda de la verdad se prolonga en las tradiciones estoicas y cristianas. Se trata de la sabiduría o de la santidad. Pero entre los griegos, el conocimiento de uno mismo no presenta al alma como un dominio de conocimiento posible. Esto ocurrirá con los cristianos y su obsesión por desentrañar las huellas del deseo. Los griegos se proponen como meta alcanzar la verdad en una ciudad libre. El telos griego es libertad y verdad. Los romanos imperiales por su parte, ya no aspiran a una ciudad libre, se retrotraen entonces a su interioridad y buscan la imperturbabilidad del ánimo. Para los paganos el yo es algo que se puede dominar. Esta concepción será retomada por los cristianos. Pero mientras griegos y helenísticos se autoimponían su disciplina, el cristiano, según se vaya institucionalizando dependerá cada vez más de códigos impuestos exteriores a sí mismo. En este punto cabe preguntarse cuál será nuestra meta, la de los ciudadanos (o los sin papeles) de las sociedades de control, de nosotros, los sujetos biopolitizados. Este es un dilema para seguir pensando. Las distintas fases de la parrhesía Los cuatro últimos cursos en el Collège de France representan algo así como el testamento teórico de Foucault. Se introduce de lleno en el tema de la subjetividad y del trabajo sobre sí mismo y, como cerrando una parábola que comenzó con sus primeras obras, se ocupa de la relación entre vida y verdad. Pero no ya desde una exterioridad que nos coacciona, sino desde lo que se genera en nosotros mismo, como la enfermedad que crecía en su cuerpo y que lo llevó a decirle con firmeza a sus alumnos: “Este es el último curso que dicto”. Sus lecciones culminaron con la muerte de Sócrates. Esos cuatro cursos convertidos actualmente en libros individuales (además, desde 1994 figuran en Dits et écrit, su obra completa) son “Subjetividad y verdad”, “La hermenéutica del sujeto”, “El gobierno de sí y de los otros” y “El coraje de la verdad”. Y si bien el concepto de parrhesía ya había sido adelantado en otros trabajos, donde levanta un monumento teórico al decir franco es en los dos últimos cursos. La parrhesía es una práctica que identifica al discurso veraz y valeroso. Foucault analiza el tema desde varias perspectivas, pero el tiempo y la extensión del presente trabajo me obligan a tomar solo algunas de sus acepciones. Me referiré a tres grandes formas de parrhesía: la política, la filosófica y la cristiana. El primer momento refiere a la figura de Pericles tal como lo presenta Tucídides. En esa instancia la parrhesía es la virtud del ciudadano que habla en su condición de tal, pero que sostendrá el carácter verídico de su discurso en la particularidad de su persona. Pero ese “hablar franco” de un ciudadano es también una operación técnica de la política, porque no se trata de una opinión cualquiera, sino la emitida por el “primero de los atenienses”, en este caso nada menos que Pericles. Su opinión deberá ser obligatoriamente compartida. Una veracidad performativa que se sostiene en la autoridad de la figura personal que la enuncia. Esta verdad opera desde el interior de la estructura política -también opera la autoridad personal- y se enuncia desde la reglamentación del discurso político “bien formado”, es decir, desde la regimentación retórica. En realidad esta primera acepción de parrhesía más que del orden de la verdad es del orden de la persuasión. El segundo momento de la parrhesía aparece como un desplazamiento. Esa veridicción política se convierte entonces en filosófica. El discurso parrhesíaco ya no será el que se dirija a la asamblea desde la política y con las armas de la política, es decir la retórica. Será el que se dirija a cada ciudadano y con el lenguaje cotidiano. Su figura central es Sócrates. Este corrimiento de la parrhesía desde la política a la filosofía dejará sus huellas también en esta última, cuyo desenvolvimiento en la antigüedad tardía será una articulación entre retórica y verdad. Pero regresemos a Sócrates en el que aparece el carácter “valeroso” del discurso veraz, no como el éxito o el fracaso de los enfrentamientos políticos, sino como el riesgo que debe asumir personalmente el riesgo de quien articula el discurso verdadero cuyo emblema -justamente- es la condena de Sócrates. De modo que en su desplazamiento la parrhesía pasará a constituirse como una forma de “vida filosófica”, incluyendo en ella el ethos, las acciones, las reacciones y la doctrina. Esta parrhesía filosófica puede a su vez ser entendida desde tres aspectos diferentes. En primer lugar como el desplazamiento que hemos visto de ese “hablar veraz” en la política a un “hablar veraz” ante la política, caracterizado por una exterioridad de la política que utiliza su verdad para dirigirla desde afuera y que, precisamente, toma su fuerza desde esa distancia. Este aspecto para Foucault se haría manifiesto en las cartas de Platón sobre su relación con el tirano de Siracusa. El segundo aspecto de la parrhesía filosófica antigua se manifiesta no ya como exterioridad respecto de la política sino como exclusión y oposición tanto respecto de la política como de su técnica, la retórica. Este aspecto lo encuentra Foucault en el Fedro dónde la parrhesía filosófica aparece como alternativa a la político-retórica. El tercer aspecto se manifiesta en el Gorgias. Aquí la parrhesía pasará a constituir una psicagogia, una educación del alma. Ya no será una relación indiferente entre ciudadanos sino una relación determinada entre maestro y discípulo, cuyo objetivo es el logro de un criterio de verdad opuesto a la “apariencia” de la retórica. Por ello la parrhesía se constituirá como una “piedra de toque” que dará cuenta de la autenticidad de las almas, en la homología lograda entre maestro y discípulo como criterio de verdad compartido. Desde el “Conócete a ti mismo” del oráculo de Delfos se ha ido desplegando un proceso de individuación de la parrhesía y se fue constituyendo un ámbito de “interioridad”. El principio de decir todo sobre sí mismo encontrará su modelo más extremo en el cristianismo, con su examen de conciencia permanente y su confesión sacramental. Ya no se trata del primer ciudadano emitiendo su opinión como retórica persuasiva, ni del filósofo que por tener el valor de decir la verdad pierda la vida, ni del pedagogo que educa con la verdad en esa búsqueda compartida que hace crecer las alas del alma. Con el cristianismo se constituye la indagación interminable de la verdad en la interioridad del creyente, una exploración de sí que solo culminará con la muerte. Pensemos en otro ejemplo desde San Agustín que, siendo octogenario, se torturaba tratando de dilucidar si la atracción que había sentido por un compañero en su adolescencia era una atracción espuria o un amor verdadero. Parece que murió sin resolverlo. Parrhesía filosófica y retórica política Asumir el decir veraz con actitud filosófica implica la ruptura de ciertos lazos que la parrhesía había establecido con la actividad política. La verdad ya no se produce desde la política (aunque ésta siga empeñada en hacernos creer que sí), pues el concepto de la verdad es capturado por el amor a la sabiduría y por la pedagogía. En función de ello, al bajar las aguas de la inundación retórica, queda despejado al panorama y se le puede llegar a decir al político algo equivalente a “el rey está desnudo”. La parrhesía socrática no consiste en proponerse decir la verdad en el campo político ni influir en sus decisiones. Consiste en cambio en mostrar que la parrhesía es una función de ruptura con respecto a la actividad política. El daimon le prohíbe a Sócrates ponerse al servicio de la política, pues la obligación de hacer actuar la verdad con referencia al campo político puede exponer al parrhesiasta a convertirse en sujeto de una acción injusta. Filosofar desde esta perspectiva es ocuparse de sí exhortando a los otros a que también se ocupen de ellos mismos. Hay un movimiento pendular: ocuparse de sí - ocuparse de los demás. Se impone buscar la verdad mediante la preocupación. Para que el discurso de la inquietud de sí sea verdadero es indispensable que no pretenda estar precedido por verdad alguna. La verdad es una función constante y permanente del discurso, no se deja encerrar en proposiciones, ni fluye de fuentes originarias. No soporta los límites de los carteles de propaganda política ni las retóricas partidarias. Esto no significa juicios valorativos. Significa que todo, aun la verdad socrática o la opinión de Pericles, requiere ser analizado con distancia crítica. Significa así mismo que cuando se tiene suficiente valor como para enfrentar la verdad, se actúa como Sócrates, que mientras se le entumecían las piernas por efecto del veneno siguió hablando amigablemente de filosofía; o como Foucault, que mientras el tumor se expandía por su cerebro continuaba dictando clases y, unos días antes del final, tuvo el coraje de mandar a la imprenta un escrito sobre la vida. Texto publicado en www.estherdiaz.com i[i] Foucault, M., El coraje de la verdad, Buenos Aires, FCE, 2010, p. 18. ii[ii] Las fuentes principales del presente trabajo son (además del anteriormente citado): Foucault M., El uso de los placeres, México, Siglo XXI, 1986; La inquietud de sí, México, Siglo XXI, 1987; El gobierno de sí y de los otros, Buenos Aires, FCE, 2009. Y Díaz, E., La filosofía de Michel Foucault, Buenos Aires, Biblos, 1995 (y reediciones).
- Gregorio Baremblitt. Fuegos klínicos, utopías activas / Mariano Tejo Arroyo
En la constelación Baremblitt habitan la generosidad, el respeto al silencio y a la palabra, la ternura clínico revolucionaria y galaxias de pensamientos y prácticas imprescindibles. Pudiendo ejercer la arrogancia del saber, él, como Bartebly, prefería no hacerlo. No importa quién o qué introdujo el pensamiento de Deleuze y Guattari en América Latina, pero sin dudas él fue partícula molecular fundamental en ese movimiento. Una vida Baremblitt, que vivió tanto, podía comentar al pasar, en medio de una conversación, anécdotas con René Lourau, Felix Guattari y otras potencias pensantes con las que trató, debatió, intercambió. Recuerdo ahora uno de esos episodios, al intentar que Felix Guattari le firme una copia del AntiEdipo, Así lo contó alguna vez: “Le pedí que me dedicase mi ejemplar del AntiEdipo que estaba enteramente subrayado en cinco colores diferentes. Él me dijo: "no lo estudies así, cortá un pedazo de una página y tratá de inventar algo al respecto". A partir de ahí me volví a sentir sólo millares de veces. Pero ya nunca me sentí solo teóricamente”. En otra ocasión, refiriéndose a las modulaciones que presenta el deseo, se preguntaba sobre las formas en que una vida podría elegir, si eso fuese posible, la disposición deseante que quisiera experimentar, advirtiendo acerca de las versiones del deseo que los sentidos comunes, la historia de la filosofía y las psicologías académicas pretendían hegemonizar. Agitaba de modo insurgente, como una posibilidad de vida, otras versiones de deseo que produzcan lo real y no se limiten a definirse por la falta. Esquizoanálisis y esquizodrama. Campos vitales y originales por los que transitó esa vida que se llamó Gregorio Baremblitt. Agenciamientos colectivos de enunciación para encender utopías activas, modos de creación o creaAcción, en el mar del caos o caosmos. Baremblitt como espacio de formación y praxis, al cual no le gustaba definir como Escuela. Baremblitt como usina nuclear de invenciones posibles para lidiar y transformar la realidad normativizada. Baremblitt como ReAlteridades nómades de lo sutil y lo bravío. Construcción de n realidades, n posibilidades, n vidas. Baremblitt como proliferaciones klínicas, con derivas y desvíos atomizados, más allá de ejercicios clínicos académicos consagrados. Baremblitt como madeja de multiplicidades, devenires y producción de diferencias. No solo estados de sensibilidad pensante, sino disposiciones realizativas, afectivas, éticas, políticas. Baremblitt también como máquina de guerra exiliada por el Estado Terrorista argentino. Agenciamiento amoroso, hospitalario e inventivo en Brasil, a donde “Fui a parar, y en donde fundé, con otros desterrados, una organización "casi" esquizoanalítica.”. Baremblitt como crítica lúcida y respetuosa del psicoanálisis; como práctica militante del análisis institucional y los ddhh; como conjugación inmanente en las esquizias del campo clínico, artístico, político, lúdico, imaginativo, ético, rebelde. Baremblitt como polémica pre-socrática. Alguna vez escribió: “No se trata de que el Ser sea inmóvil o eterno, ni tampoco que el Ser devenga, sino que el Ser es devenir… o el Devenir es el Ser. Dicho de otro modo: El Ser del devenir es la incesante producción de lo nuevo absoluto”. Estimado Gregorio, componen con tu vida los Pichones, los Artaud, los Rimbaud, los Lautremontt, los Tato, los Gilles, los Guattari y tantos otrxs. Viejo zorro, guerrero amigo. Hasta siempre, querido Gregorio
- Adynata Octubre / MP
Citas Recuerdo una mañana húmeda, gris, maloliente, en una de las tumultuosas asambleas del pabellón cuatro del hospital Cabred. Alguien dijo que, en la vida, se había sentido “como un barrilete sin cola”. Entonces un compañero susurró los versos del tango Sueño de barrilete que compuso Eladia Blázquez: “Y he sido igual que un barrillete, / al que un mal viento puso fin, / no sé si me falló la fe, la voluntad, / o acaso fue que me faltó piolín”. En eso, una voz recordó al Diego, nuestro barrilete cósmico. Y alguien desde las sombras expresó: “¡Cuántas ganas de remontar una gran cometa en la que podamos irnos de aquí!”. Y así, entre risas y recuerdos, una enfermera propuso hacer un taller de barriletes. Un muchacho al que nadie le conocía el nombre dijo que solo se necesitaban cañas, telas, papel, pegamentos, muchos metros de hilo. Y que él podía ayudar. Una psicóloga sugirió llevar el taller a la escuela que estaba en la entrada del hospital, y otra voz dijo que se podía invitar a vecinas y vecinos del pueblo. Por fin, se decidió que los barriletes tenían que tener cola. Y alguien quiso que, en cada tira de tela, se escriban nuestros deseos. El más viejo del Pabellón propuso juntarnos una tarde ventosa y hacer la gran fiesta de las cometas frente a la Basílica de Luján. Muchas soledades todavía esperamos día y hora de tan anhelada cita.
- Relampagueos 2001 – 2021: de la situación a lo situado / Verónica Scardamaglia
1. ¿Qué disponibilidades activó 2001 y qué actualizaciones encontramos en 2021? 2. 2001 en tanto crisis y revuelta nos obligó al desafío de nuevas maneras para habitar el colapso entre democracias. Impulsó nuevas formas ante lo estallado de los espacios. Si ya en los 90 trabajar en espacios institucionales implicaba convivir con el desarmado y el pasaje de formas que la llamada crisis de la modernidad venía discutiendo, esto se radicalizó para el 2001 con la necesidad, en plena crisis institucional, de volver a pensar el trabajo institucional. En el ámbito de educación, aquella crisis volvió a dejar a la vista todo lo otro que hace a lo pedagógico con las múltiples formas que se inventaron, y que en pandemia se volvieron a inventar, para acompañar, contener y alimentar, además de enseñar. 3. Uno de los enunciados que circulaba casi como denuncia sufriente del desacople ante el estallido social, familiar, institucional era “yo no fui preparadx para esto”, dando cuenta de los choques de formas que irrumpían en las escuelas. Escuelas del siglo XIX, formación docente del siglo XX y jóvenes del siglo XXI. Escuelas estalladas, familias estalladas, formas estalladas que dejaron ver que, para algunas cosas, ya no hubo vuelta atrás. Casi como respuesta a aquel enunciado Ignacio Lewkowicz planteaba en Pensar sin Estado. La subjetividad en la era de la fluidez” en el capítulo Instituciones perplejas: “Pues la irregularidad de los estímulos, el aluvión de provocaciones, solicitaciones y destituciones obliga a operar permanentemente sobre términos, sobre condiciones, sobre circunstancias para las que la institución no está preparada. Destaquemos, de paso, una condición actual: antes de la circunstancia, nadie ni nada está preparado para tratarla; estrictamente, nada está a la altura de las circunstancias. Para tratar sus problemas la organización ha de configurarse ad hoc.” 4. Hace unos días en una reunión de trabajo, refiriéndose a todo el trabajo administrativo online al que obligó la pandemia, una secretaria afirmó “Yo no estaba preparada para eso”. 5. Desde 2001 y casi como enunciado perforador de certidumbres y arrogancias, “Unx nunca está a la altura de las circunstancias” pasó a transformarse en uno de los criterios para trabajar posibilitando o acompañando intervenciones clínicas, pedagógicas, institucionales. 6. Desde la revuelta, quedó más que claro que “todo lo sólido se desvanece en el aire”, que trabajar en espacios institucionales implica, en diferentes dosis, dispersión, contingencia, simultaneidad, vértigo e incertidumbre. Que producir intervenciones, dar clases y acompañar dolores acontece entre los filos del desencanto que trae saber que muchos acuerdos duran lo que duran y los de la posibilidad que traen los encuentros con alianzas insólitas. 2001 nos legó la potencia de la disposición asamblearia en tanto fuerza de pensar en situación, de habitar la situación, de aprender a inventar entre fragmentos de formas vitales tantas veces deshilachadas y desgarradas. Quizás estas hayan sido, en términos de Foucault, algunas de las tecnologías que cada época histórica inventa para resistir a las técnicas de gobierno, para plegar la fuerza. 7. 2001 también nos alertó sobre qué operaciones tener en cuenta ante las formas de existencias que produce el neoliberalismo. Si los modos de relación instituidos se activan desde velocidad y aceleración como formas de estar en fluidez. Si las operaciones políticas promueven condiciones para producir fragmentación de lo articulado, choques, desligaduras de lo ligado, desgarros, amontonamientos, sustitución, flexibilidad e inmediatez, la interpelación pasa por encontrar modos situacionales de habitar / construir, desacelerar, suspender. Aprendimos de aquellas discusiones que decir situación puede significar considerar la producción / fundación de una demarcación, la determinación de un espacio-tiempo habitables y de un habitante. “Una situación constituye a su habitante”. 8. 2001 como velo descorrido que dejó a la vista, entre otras cosas, que en las escuelas y aún hoy, se repiten funciones que ya no funcionan, que se siguen sucediendo más choques que encuentros y que sigue constando pasar del fragmento a la situación. Quedó a la vista que conviene pensar lo institucional desde una lógica situacional. Y sobre todo, la necesidad de seguir dando discusión en torno a la inclusión. Escribía el Colectivo Situaciones en 2002 en Hipótesis 891. Más allá de los piquetes (2002) una conversación entre el MTD se Solano y el Colectivo Siutuaciones: “Se construye así la representación de la paradójica figura del excluido. Porque el excluido no es realmente tal. La exclusión es el lugar que nuestras sociedades biopolíticas producen para poder incluir a personas, grupos y clases sociales de manera subordinada. En palabras de Agamben, el excluido es el nombre del incluido como excluido”. Discusiones y avances de libros que, como las que traían Mujeres Creando, Cristina Corea e Ignacio Lewkowicz y muchxs otrxs que publicaban por aquellos años en revista Campo Grupal. 9. 2001 también funcionó en aquel momento como anuncio de que muchas las prácticas y las lecturas habían quedado viejas y ajenas ante eso que estaba irrumpiendo. Así como sucedió el año pasado, nos vimos interpeladxs a pensar cómo se nombra lo que sucede cuidándonos de no reducirlo a lo ya conocido pero tensionándolo con ello desde las dificultades y delicadezas de nombrar, de pensar lo que está pasando con el cuidado de dejarlo abierto a lo que trae en su diferir. 10. Quizás en la revuelta del 2001 y a través de sus desacoples volvamos a encontrar anclajes paridos en estos territorios para pensar (nos). 11. Escribir, leer, hacer clínica, trabajar en educación, vivir implican juegos de desacople de tiempos, de invención de encuentros y de recorridos posibles en un mundo que arma condiciones ideales para que se desplieguen enfrentamientos, discusiones, ataques y devastación de lo vivo. Cada tanto, entre estas regularidades, irrumpen saltos que invitan a revueltas, insurgencias en tanto destiempos que cuando llegan, llegan a tiempo. Así también al producir intervenciones, inventar conceptos, confabular mundos posibles conviene desmalezar los automatismos del sentido común, automatismos psi, automatismos de clase, de raza, adultocéntricos, egoheroicos, heteronormativos. 12. 2001 nos devolvió la disponibilidad de las calles y nos llenó de experimentaciones de prácticas colectivas de cuidado ante la desesperación, la pobreza y el dolor. Las palabras y las formas en las que veníamos no nos alcanzaron y se hizo necesario inventar algunas estrategias, algunos enunciados provisorios en tanto criterios y alertas desde donde trabajar en clínica, en educación y, tal vez, para vivir. Delicadeza con las maneras de nombrar. En las maneras de escribir, de leer. En la amistad, en los amores, en el vivir. Precauciones ante interpretaciones, ante atribuciones fijas y clasificaciones. Delicadeza para alojar el dolor y acunar con palabras eso que cuesta nombrarse. ¿Cómo nombrar lo que desborda? ¿Cómo trabajar para hacer lugar a lo desalojado? Leemos en “Sensibilidades en tiempos de hablas del capital” (Marcelo Percia, 2020): “Insinuaciones Discutir cómo nombrar la vida no alcanza para liberar lo vivo de las celdas en las que se conserva embalsamado; sin embargo, otros modos de vivir reclaman otras formas de nombrar. Intentar nombrar de otra manera no significa solo nombrar otra vez, también quiere decir volver a sentir en los bordes de lo ya nombrado.” 13. 2021 nos encuentra entre debates transfeministas que, desde hace algunos años vienen recuperando conceptos ya planteados que encuentran en estos escenarios mayores posibilidades de despliegue para ser alojados y reutilizados, quizás, que cuando fueron planteados. Escribía Donna Haraway en Ciencia, cyborgs y mujeres. La invención de la naturaleza (1995) “La objetividad feminista trata de la localización limitada y del conocimiento situado, no de la trascendencia y el desdoblamiento del sujeto y el objeto. Caso de lograrlo, podremos responder de lo que aprendemos y de cómo miramos.” 14. 2001 - 2021, entonces, como rememoración y afirmación situada de la vida como potencia de producción de formas, como decía en la inauguración de la cátedra “Políticas y estéticas de la memoria. Violencias, miedos y afectos” del Museo Reina Sofía, a cargo de Nelly Richards, este lunes 20 de setiembre, Suely Rolnik. 15. 2001 – 2021 en crisis, en las calles o desde nos encuentre hoy, con lo que hemos vivido en estos 20 años. Quizás en lucha contra la tendencia a la abstracción generalizante como envoltura que impulsa el neoliberalismo. Quizás releyendo aquello que planteaba Donna Haraway (1995) “No buscamos las reglas conocidas del falogocentrismo (que son la nostalgia de un mundo único y verdadero) ni la visión desencarnada, sino las que están regidas por la visión parcial y por la voz limitada. No buscamos la parcialidad porque sí, sino por las conexiones y aperturas inesperadas que los conocimientos situados hacen posibles la única manera de encontrar una visión más amplia es estar en algún sitio en particular.“ *parte del texto fue presentado en Diálogos en el IIGG 2021: A veinte años del 2001 el 22 de septiembre en el marco de las jornadas 2001: el futuro detrás. deseos /fracasos /derivas /saqueos. Organizadas por el Grupo de Estudio sobre Arte, Cultura y Política en la Argentina Reciente coordinado por Ana Longoni y Cora Gamarnik
- Octubre Adynata / VPS
¿Dónde te encuentra Octubre? ¿Dónde alguna revolución? ¿Dónde los sonidos que te despiertan? ¿Dónde el ritmo que te hace mover? ¿Dónde los caminos? ¿los apuros? ¿Dónde los colores, las imágenes que querés quedarte en la mirada? ¿las visiones? ¿Dónde la piel? ¿Dónde? ¿Dónde las lluvias, los sueños los dolores? ¿Dónde lo vivo?
- El camuatí (fragmento) / Edgardo Gili
Delta del Paraná, 1995 Natalia: Luna se dio cuenta de que en el bulto de las provisiones estaba tu olor. Y yo lo supe al ver el movimiento de su oreja derecha y oír el gemido que inventó para vos. Cuando encontré la carta (venía prensada entre el paquete de yerba y el de harina) me miró como preguntando ¿dónde está ella?. La leí junto al remanso, en voz alta, con una voz que me costó reconocer como mía. Luna descansó su cara sobre mis rodillas y emitió algún suspiro de esos que te hacían decir que deberíamos aprender su lenguaje. Cuando terminé la lectura nos quedamos en silencio, quietos, por largo tiempo. Nos interrumpió un cliente que necesitaba saber cuánto le cobraría por reformar un altillo. El sol ya estaba bien alto. Después de despachar el asunto caminé despacio hasta el “Camuatí”, quería prolongar ese momento. Debajo del ceibo imaginé tu mano sobre cada página, observé la forma de cada letra, te retuve conmigo. Cuando empecé a sentir frío, regresé. No podría decirte si estaba triste o alegre. Había salido de mí, había llegado a un estado en que las cosas cambian de nombre y los nuevos nombres aún no se conocen. Eso fue hace tres días. El mundo volvió a poblarse. Igual que las otras veces, fui tomado por asalto, me convertí en otro. Soy un instrumento ejecutado por una mano que está más allá, resueno y vibro con sonidos que no creí que existieran; los percibo desde adentro, como si su origen no estuviera en esa mano, sino en mí. Hasta que, en cierto límite, cuando la nota más intensa es la del terror, regreso. Así ocurre desde que te conocí. Así sucedió al leer tus palabras. Sé que no había forma, para mí, de conocerte sin quedar vulnerado. Y que no puedo contar tu historia sino la mía. O la de algo que entre nosotros anduvo, anda, como un resto sin nombre ni dueño. Fuente: Gili, Edgardo. El camuatí. La Cebra. Buenos Aires, 2012.
- Sesiones en el naufragio (12) Contentos y zozobras de una conversación / Marcelo Percia
1. Se dice que una embarcación está zozobrando cuando por la fuerza del viento o por una gran carga se inclina hasta casi hundirse. La misma palabra alude a estados de inquietud, aflicción, desasosiego, inseguridad. Interesan aquí zozobras conversacionales: ventarrones que hacen tambalear monólogos resguardados en sus certezas, soliloquios que simulan conversar. Interesan aquí contentos que sumen pretenciosos y creídos parlamentos personales en un común decir. 2. Muchas veces se lee para entrar en una conversación; tal vez se escriba para no abandonarla. 3. Una conversación clínica no consiste en una descarga desaforada en la que alguien dice, sin omisión, todo lo que le pasa por la cabeza. No se trata de la hazaña individual de decirlo todo. Acontece como vértigo sin barandas en el que, de repente, se escucha un común decir hablando solo. 4. No se trata de escuchar lo que el yo dice, el tú dice o el nosotros decimos, sino de escuchar qué se está diciendo cuando hablamos. Ni el yo, ni el tú, ni el nosotros. El se como potencia impersonal de un común decir. 5. El vocablo griego parresia se traduce como decirlo todo. Un habla libre de expresar lo que piensa. Un habla abierta, confiada, audaz, atrevida. Pero, más que otra cosa, un habla que desafía al poder. 6. Foucault piensa la idea de parresia en La hermenéutica del sujeto (1981-1982). La retoma en El gobierno de sí y de los otros (1982-1983) y en El coraje de la verdad (1984) También en un seminario que se publica con el título Discurso y verdad (1983). Escribe Foucault (1983): “En parresia, el hablante usa su libertad y elige la franqueza en vez de la persuasión, la verdad en vez de la falsedad o el silencio, el riesgo de muerte en vez de la vida y la seguridad, la crítica en vez de la adulación y el deber moral en vez del auto-interés y la apatía moral”. 7. Sinceridades dicen lo que sienten sin reparos ni inhibiciones, sin dobleces ni malicias. No se inclinan por temor a la autoridad ni pretenden convencer. 8. Judith Butler (2008) en una conferencia que titula Discurso valiente y resistencia traduce parresia como “discurso valiente”. Subraya que se trata de un habla que dice lo que piensa a pesar del miedo. Advierte que no se trata solo de decir todo, sino de poner en juego todo en el decir, incluso la vida. Aunque esa valentía para enfrentar al poder político necesita de un concierto: la composición de una acción en común concertada entre cercanías en estado de paridad. 9. La paridad también se realiza como zozobra y contento. Muchas veces conversaciones clínicas están por irse a pique. Se trata de circunstancias en las que no se sabe qué pensar. Momentos de silencio ante lo irremediable. Bamboleos callados entre presencias que, no obstante, no se retiran, que siguen estando ahí, aun cuando las palabras naufragan. La paridad clínica acontece como momento de una común vulnerabilidad, de un común no poder. 10. Borges (1952) cita a Chesterton para recordar que un “mecanismo arbitrario de gruñidos y de chillidos” nunca alcanzará a representar la vida. Ironía que compara la arbitrariedad de las lenguas que hablamos con sonidos inarticulados de grillos, cigarras, cerdos, abejas, cocodrilos, moscas, gatos, ballenas. Sin embargo, con esos sonidos arbitrarios de gruñidos y chillidos abrigamos, calmamos, celebramos, criaturas recién nacidas. Sin olvidar que volvemos a nacer otras tantas veces balbuceando porvenires. La vida se ríe de todas las hablas, pero más de las solitarias. 11. Muchas conversaciones persuaden, exhortan, recomiendan; en fin: tabican vacíos con mamparas de certezas. Una zozobra de las conversaciones consiste en la caída de las certezas. Y, sin embargo, sus contentos residen en las incertidumbres que nos hacen hablar, hablar y seguir hablando. 12. A veces, hablantes solo comunican lo que sienten; otras, conversan para llegar a saber lo que están sintiendo. 13. Importa, ahora, otro matiz: no tanto el decirlo todo, sino una común pasión en todo decir. La parresia como habla encarnada y estremecida, trémula y emocionada, que desafía la autoridad de un Amo, a la vez que reta al hablar que solo pretende afirmar lo que ya cree saber. Una de las zozobras de la conversación adviene tras un abandono sin precauciones. Cuando eso sucede, una tranquila confianza compone su contento. 14. Conversaciones clínicas interesan como hablas encendidas que se entregan a lo no planeado. Importan como fugaces esplendores que alumbran momentos de una común sorpresa. Sorpresa que se topa con imprevistos tropezando o saltando entre palabras. Sorpresa como soberanía de lo vivo. Sorpresa como repentina emergencia de un fabuloso cuerpo marino en el continuo movimiento de un océano. Una de las zozobras de la conversación reside en el asombro ante lo inesperado. Se dice: “Me encontré diciendo…”. “Las palabras salieron de mi boca”. Momento de pasmo: irrupción de lo impensado que estremece, perturba, alegra. Su contento reside en que ese momento recuerda que no habitamos un mundo cerrado. 15. Una común sorpresa que contrasta con la gesta de la libre asociación personal y la proeza de las ocurrencias solitarias. Una común sorpresa de ideas libradas al decir que contrasta con la confesión que arranca culpabilidades o inocencias retenidas. Una común sorpresa desafectada de las relaciones de poder. 16. Tute (2021) dibuja la escena de un psicoanalista, en su consultorio, sentado en un sillón con las piernas cruzadas que, dirigiéndose a una joven recostada en el diván, dice: “Dígame lo primero que se le cruce por la cabeza”. A lo que la mujer, mirando al techo, responde: “¿Podría ser lo segundo?”. No se trata de decirlo todo, sino de poder estar toda en el decir. Incluso avisando que algo no se está diciendo. Un común decir que incluye lo que no se puede, no se quiere, no se sabe decir. 17. Uno de los contentos y zozobras de una conversación reside en el miedo a perder el hilo, en su repentino olvido, en constatar que no hay un hilo. 18. Tal vez la primera conversación del psicoanálisis antes del psicoanálisis se encuentre en la correspondencia entre Freud y Fliess que se inicia en 1887. Doscientas ochenta y cuatro cartas, a lo largo de diecisiete años, en las que se leen indagaciones, balbuceos, insinuaciones, conjeturas. Zozobras y contentos de una conversación en la que el amor enciende el deseo de decir. Deseo de decir pulsado por un saber presentido en las cartas que se mezclan, en las letras que se adelantan, en las esperas que también hablan. 19. Se conoce poco sobre cómo transcurre el psicoanálisis entre Beckett y Bion. En una de sus cartas, Beckett cuenta que comienza a sentirse inmovilizado tras la muerte de su padre en 1933. Escribe: “Me aislé más y más, hice menos y menos y me presté a un crescendo de desprecio de los demás y de mí mismo. (...) En todo eso no había nada que me resultara mórbido. El sufrimiento y la soledad y la apatía y las burlas eran los elementos de un índice de superioridad. (...) No fue sino hasta que esa forma de vida, o más bien de negación de la vida, desarrolló esos aterradores síntomas físicos, que dejó de ser posible insistir en la misma, que tomé conciencia de que había algo mórbido en mí”. El corazón se le acelera, tiembla, suda, siente terror cuando entra en la noche. Pasa los días en una habitación mirando la pared sin hablar ni comer. Un médico sugiere una terapia del inconsciente. La madre ofrece pagarla, Beckett acepta. Como no hay psicoanalistas en Irlanda, viaja a Londres donde conoce a Bion en la clínica Tavistock. Se analiza durante dos años. Interesaría saber más sobre esos encuentros. No para curiosear angustias de un joven de veintiocho años ni para considerar conjeturas de un psicoanalista de treinta y siete. Interesaría saber qué ocurrencias brotaron entre confidencias y suposiciones. No se trata de romantizar una conversación espontánea, inteligente, deslumbrante, entre exquisitas sensibilidades que narraron una época. Entre una voz que unos años después interroga “¿Qué importa quién habla?” y una voz que desde entonces se propuso la práctica de un habla sin memorias y sin deseos individuales. Interesaría saber cómo hizo Bion para no impedir la conversación. Cómo evitó normalizar ese diálogo. Cómo sorteó impaciencias, patrones morales, consejos resolutivos. No importa qué dijo Beckett ni qué dijo Bion. Interesa algo que nadie podría relatar: la común demora en la que estuvieron mientras hablaban. Un respetuoso silencio resguarda ese hervidero. 20. Si hubiera un alma de la clínica se llamaría demora, morada, entrada en el tiempo: estar presentes en una conversación en la que dialogan todas las memorias. 21. Otras existencias no interesan como semejanzas o espejos, sino como extrañezas encarnadas, como cálculos escurridizos, como imágenes que fantasmean. Interesan como citas, llamados, silencios, misterios, ternuras, desconciertos, repentinos vértigos: todo eso que hace sentir que estamos en la vida. 22. Zozobras de una conversación sobrevienen cuando lo que se está diciendo amenaza lo ya sabido. Pero, justamente, ahí reside el contento de la conversación. 23. El deseo de conversar, a veces, tiene la misma urgencia que el sexo. 24. Pavlovsky cautiva relatando historias. Una vez cuenta algo que leyó o le contaron. En un encuentro entre amigos, un psicoanalista de Nueva York le pide a Henry Miller que atienda a sus pacientes durante las vacaciones. El inclasificable autor de los Trópicos, sorprendido, le recuerda que sabe poco sobre psicoanálisis y que no le simpatizan los burgueses freudianos. Pero, el otro insiste. Aclara que solo le pide que escuche con atención y diga lo que piensa. A la vuelta de las vacaciones, el psicoanalista encuentra que sus pacientes están mucho mejor. Entonces, propone otro encuentro, para tomar una copa, con el escritor de Sexus, Plexus y Nexus, esta vez para pedirle que lo atienda a él. Pavlovsky dramatiza esta parte de la historia. -¿Así que, ahora, querés que te analice? -Sí, eso te estoy pidiendo. (Silencio prolongado) -Está bien… son quinientos dólares…y dejamos por hoy acá (dice poniéndose de pie). -Pero, Henry, ¿me cobrás y te vas? -Vos, ¿te querés curar? (mirándolo casi con desdén). -¡Sí, claro! -Entonces, comencemos: ¡Tenés que pagar! (Silencio) Pavlovsky respira complacido por el remate de la anécdota. No agrega más. No explica nada. No concluye con una moraleja: entrega lo inconcluso. Deja pensando. ¿La observación depredadora del escritor, que sabe la lengua del sexo, percibe que el psicoanalista cree más en la seguridad que le da el dinero que en una felicidad literaria? 25. A veces una conversación prospera con la suspensión de la conversación. 26. Las sorpresas se urden. Practican la desprevención, la alegría de lo inesperado, la búsqueda de lo accidental. Pero, ¿quién urde lo que sorprende en una conversación? El diálogo mismo urde lo inesperado cuando la confianza entre hablantes asiste al momento en que pensamientos y memorias comienzan a pensar y a evocar por su cuenta. 27. Una de las zozobras de la conversación se llama anticipación: alerta, a veces involuntaria, de hablantes que se adelantan a pensar lo que presienten que se está por decir. Uno de sus contentos reside en las primicias que la vida siempre reserva a lo que se está por decir. 28. Clínicas practican conversaciones sin persuasión. No tratan de convencer ni de propiciar cambios de opinión o de conductas. Formas clínicas incitan a comenzar a hablar sin saber lo que se va a decir. No se desgastan en argumentaciones que pretenden mover montañas. 29. En Protágoras, una de las obras de Platón, Sócrates tras un encuentro casual con un amigo se dispone a contar el diálogo que tuvo con el gran retórico griego. Relata que Hipócrates acude para consultarlo sobre su intención de iniciarse como discípulo de Protágoras. Sócrates, a través de preguntas insidiosas, desalienta ese impulso falto de meditación. Dice: “¿El sofista viene a ser un traficante o un tendero de las mercancías de las que se nutre el alma? A mí, al menos, me parece que es algo así”. Recomienda, antes, despejar dudas y tomar precauciones. Dice “se necesita cuidar más la compra de enseñanzas que la compra de alimentos”. Entonces, acepta acompañar a Hipócrates a visitar a Protágoras que está en la ciudad invitado por Calias junto con seguidores que lo veneran, encantados y hechizados por sus palabras. Al llegar Sócrates le explica a Protágoras el motivo del encuentro. Así, el anfitrión de Protágoras propone organizar una asamblea en la que Sócrates dialogue ante todos con su gran invitado. Se inicia una exhibición argumental acerca de si la virtud puede enseñarse o no. Platón se llena de gusto anotando las intervenciones. En un momento, Sócrates se declara incapacitado de seguir los largos parlamentos de Protágoras que se alargan tanto que los oyentes olvidan las preguntas. Protágoras aduce que tiene derecho a dialogar cómo quiere y Sócrates amaga con retirarse. Despliegan astucias expositivas, sutilezas, lógicas imperturbables, revelan contradicciones, por momentos se elogian u objetan con ironías y respetos. El final del diálogo desconcierta: los protagonistas cambian de posición durante la conversación. Protágoras que comienza postulando sin dudar que la virtud puede enseñarse, termina desestimando esa posibilidad; mientras Sócrates que comienza descreyendo en esa afirmación, se va inclinando a admitir que la virtud puede enseñarse. 30. La persuasión trata de evitar zozobras apelando al poder, a la seducción, a la inducción, al consejo cerrado. La persuasión no duda ni se queda en silencio. En Protágoras, Platón ironiza sobre el poder de la argumentación. Pone a la vista un diálogo en el que la persuasión actúa como chiste de la conversación. 31. El arte del convencimiento pone en juego relaciones de poder entre hablantes. Recordemos el fragmento de Lewis Carroll (1865) en Alicia a través del espejo: -Cuando yo empleo una palabra -insistió Humpty Dumpty en tono desdeñoso-, significa lo que yo quiero que signifique. Ni más, ni menos. -La cuestión está en saber -repuso Alicia- si usted puede conseguir que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes. -La cuestión está en saber- replicó Humpty Dumpty- quién manda aquí. Eso es todo”. 32. Zozobras y contentos de una conversación acontecen cuando la magia hablante no está regulada por relaciones de poder. 33. Edgardo Gili escucha hablar de Sándor Ferenczi, un médico húngaro del círculo estrecho de Freud, a principio de los años sesenta cuando hace su residencia en el servicio que coordina Mauricio Goldenberg. En ese tiempo, Ferenczi nombra el atrevimiento de interrogar las relaciones de poder en la práctica psicoanalítica. La insolencia de imaginar la posibilidad de una simetría clínica que llama análisis recíproco. Desde entonces, Gili se interesa por las iniciativas de ese joven socialista de origen judío que sugiere a Freud en 1908 el término contratransferencia. Gili duda, en esos años, entre comenzar un análisis didáctico o dedicarse a las prácticas grupales y a la salud pública. Elije esto último y la literatura. En esos años, Edgardo proyecta escribir una obra de teatro basada en la propuesta que Ferenczi hace a Freud de practicar, entre ellos, un psicoanálisis mutuo y alternado. Se sabe que, a pesar de las insistencias del médico de Budapest, la idea no prosperó. Sin embargo, en la pieza de Gili, Freud aceptaba la invitación de su amigo diecisiete años menor. Cuando en 1988 aparece en castellano una edición del Diario Clínico de Ferenczi (1932), busca referencias sobre la ocurrencia de un análisis recíproco. Edgardo nunca deja de interesarse por la idea, aunque no considera ese intercambio de posiciones, al pie de la letra, en una sesión. Se divierte imaginando el momento en el que el analista pasa al diván y se pone a asociar cosas de su vida (que considera pertinentes para la ocasión) mientras el paciente escucha desde el sillón. Sin embargo, estima posible un análisis recíproco entre amigos que practican el psicoanálisis. Intersecciones entre quienes se ponen a hablar sobre lo que les está pasando en las consultas, en las clases, en la escritura, en los cuerpos que envejecen, en los amores que vuelven, en las casas que dejan, en los sueños. Cuando Edgardo enferma terminan nuestras conversaciones. El correr de los días le arrebata los pensamientos. De a poco, desaparece la voracidad con que escuchaba y el modo que tenía de esconder los ojos cuando contaba lo que le estaba pasando. La última vez que lo ayudo a salir, llegamos -con tremenda dificultad- hasta una plaza que está a cien metros de su casa. No emite palabras ni reconoce las cosas. Nos sentamos en un banco. Al rato comienzo a contar lo que me está pasando sin esperar nada. En eso, señala algo y se vuelve a apagar. Quiero creer que indica una flor de ceibo. Cada vez que extraño esas conversaciones, vuelvo a recordar que señala algo que no alcanzo a distinguir. Muchas veces decido que se trata del mar. 34. Una de las zozobras de una conversación se llama interrupción: arrebato que corta la continuidad de lo que se está diciendo. Interrupciones molestan a los monólogos y, a la vez, los salvan. En otra de las tiras de Tute (2021) se ve a una mujer sentada frente a una tumba con las manos sobre sus rodillas, que dirigiéndose a la lápida, dice: “Extraño que me interrumpas”. 35. Se lee que recíproco aludía en latín al movimiento de las aguas del mar hacia atrás y hacia adelante. De alguna manera, se transforma con el tiempo para significar una forma de intercambio entre iguales. Aunque en la amistad, en el amor, en la clínica no se cambie una cosa por otra. Se prefiere pensar en momentos de entrega al fluir de un común estar sin jerarquías ni mandos. 36. De Brasi habla mientras camina. Andar sin rumbo -dice- libera del sopor moral. En estado inmóvil el cuerpo se siente como un error de la razón. Objeta el supuesto de que un pensamiento tendría que completarse con su reverso, con su parte maldita, con el resto de su división. Considera que un pensamiento interesa cuando “excede de sí mismo hacia todo aquello que abre y no le pertenece”. Por suerte -agrega- el saber nos llega, de tanto en tanto, como un viento que golpea avanzando de frente cuando nos perdemos en una conversación.
- Lo peligroso de la cultura filicida / Eduardo Pavlovsky
Elaboración surrealista contratransferencial por contraidentificación proyectiva de un diagnóstico de psicosis epiléptica o Lo peligroso de la cultura filicida o Auras epilépticos de un segundo o Lo sincrético o La simbiosis o Las peleas que “los otros” nos preparan antes de nacer o La crisis desde el núcleo o Cariocinesis de la locura o Lo imaginario Eduardo Pavlovsky (en Adolescencia y mito. Ed. Búsqueda, Buenos Aires, 1977) Es probable que lo supiera. Tal vez que lo hubiera sabido alguna vez. Alguna vez. Recuerdo vago de algún cuerpo que debió haber estado solo. Pero no era su impresión actual. Intentaba a veces recordar qué lo había llevado a esa situación. Eran años de preguntar sin respuestas. Años de espera. No podía dudar porque tampoco había tiempo para pensar. Un golpe. Eso era común. Un golpe que lo volvía a la lucha. Ese era el motivo de su existencia cotidiana. Existencia cotidiana. Se preguntaba por qué el contacto con alguien. Intentaba zafarse. Sabía que era imposible. Otro golpe. Dudaba si hubo algún momento que hubiera habido reconciliación. Tal vez una hora de reconciliación. No podía recordar. Tampoco sabía cómo se había iniciado todo. Si en algún momento no había sido así. Pero cada vez que intentaba un proceso de reconstrucción otro golpe lo llevaba a golpear con toda su fuerza. Sabía que respondía mecánicamente. Pero también recordaba haber empezado muchas veces la pequeña batalla cotidiana. Lo que sabía era la ausencia del descanso y de toda posibilidad de estrategias conducentes a conductas posteriores. No había posibilidad de tomar la distancia suficiente para entender algo más que las primitivas sensaciones que lo ocupaban en el día. Sabía que la transpiración venía después. Pero no sabía a veces si era antes o después. Porque el antes y el después se sucedían a un ritmo tan vertiginoso que le era difícil precisar el tiempo. Sólo sus intestinos le marcaban el ritmo de lo que él creía era un trozo del tiempo. Pero desconfiaba porque a veces no distinguía sus intestinos o mejor dicho el olor de sus deposiciones con... otro golpe. Furia. Una terrible mordedura en la rodilla. Un movimiento que conocía porque en ese momento él sabía colocar su cuerpo hacia atrás y golpeaba ferozmente sobre la nuca del mordedor. Discriminaba que su boca no mordía y que su rodilla sangraba para saber que era él el mordido y no el mordedor. No era tan fácil a veces el proceso. Porque tenía antecedentes de haber sentido un fuerte mordiscón en su mano y luego darse cuenta que su boca había sido la atacante. Era en los momentos que dudaba. Pero generalmente esos gestos, pensaba, eran reflejos de luchas anteriores. De modo que no sabía si morderse no era una consecuencia directa de haber sido mordido. Si por lo menos pudiera recordar otro estado anterior. En los sueños le parecía a veces encontrar alguna posibilidad de... Pero ya le era difícil distinguir cuándo soñaba y cuándo estaba despierto. Sangre coagulada en su boca. Sólo dos dientes en su dentadura. Cosas concretas. “Esta es mi boca sangrante”. “Esta es mi boca sin dientes”. Intentaba aferrarse a lo concreto. Pero lo único concreto era su cuerpo y tampoco podía imaginarse los límites, quiero decir dónde empezaba y dónde terminaba. Sólo el dolor a veces le servía como pequeñas señales. Pero muchas veces oía quejidos y no sabía si los quejidos eran suyos o eran ecos de otros quejidos. De otro tiempo. De otros cuerpos. Le parecía a veces recordar la figura humana, vagamente pensaba por algo que creía en su momento un recuerdo, alguna imagen de hombre. Y digo de hombre porque en una época recordaba haber hablado. Había pasado la época de las puteadas. De los gritos infernales. Ya sus sonidos eran pequeños gemidos indescifrables. Dos golpes más. Pensaba en una pausa, en un grito de basta o por qué, pero su cuerpo reflejamente lo llevaba a devolver golpe por golpe. Recibía dos y daba dos. Recibía tres y daba tres. Pensaba también en la simetría de su contestación. Simetría. Alguna vez intentaba romper la paridad. Pero eso que no era él, que estaba fuera de él, parecía también adaptarse a la simetría. Como si se necesitase una paridad para poder detenerse. Digo eso que no era él, porque percibía que si bien podía ser él, había algo que le era “menos familiar”. A esto “menos familiar” él le adjudicaba en sus momentos lúcidos una posición por “fuera de él”. Aunque a veces llegaba a pensar que podía corresponder a una parte menos sensible o tal vez deteriorada de él mismo. Otras veces imaginaba que su figura, si así podía llamarse eso que sentía que era él, estaba formada por dos círculos. Un círculo más pequeño y sensible y otro más grande y menos sensible. Otro golpe. Parecía provenir de la parte menos sensible a la más sensible. O de lo “menos familiar” a lo “más familiar”. O de “fuera de él hacia él”. Esta precaria distinción a veces le parecía de fundamental importancia. Pero apenas llegaba a delinear algún boceto de estructura comenzaban sus dudas. Porque se confundía al pensar si lo “menos familiar”, lo “menos sensible” o lo “fuera de él”, sería algo parecido o por lo menos algo semejante a lo que creía ser él, o si por el contrario fuesen estructuras diferentes, o más confusamente si él mismo no formaría parte de una estructura más amplia, de la que nunca podría tomar cabal conciencia. Esta última posibilidad le producía malestar. Prefería ser el centro de algo y tener preferentemente zonas menos sensibles periféricamente, que ser la periferia de algo cuyo centro desconocía. Algo parecido a la vanidad. Se reía, o por lo menos esa mueca que su boca hacía a veces, cuando la sangre coagulada le permitía una buena abertura. Otro golpe. Devuelve otros dos y agrega otro. Recibe otro. Sangre. Y una larga pausa que le parecía lógica. Se pregunta si se... Qui... Aff... Fff... Unkkk... respiración profunda ‘AAA’ ‘AAK’ ‘AAAK’. Evita inspiración, después espiración. La hace corta para evitar puntada. Duele menos, UUU, UUU, uu. Respiración, inspiración breve. Merecido descanso se dice después de haber dolido en zonas sensibles agujas infiltrantes en puntos álgidos desesperados. Pausa con boca entreabierta. Pausa de la desesperanza porque sabe que al descanso le sigue un período de pelea. En realidad es como si temiera descansar y prefiriera pelear, porque después de la pelea viene la pausa y después de la pausa la pelea. Su parte menos sensible le duele... les duele... Afuera de él... No como de él... Periferia... De afuera algo así como un hedor que no corresponde a su... Hedor... Sí... En ese momento es hedor... descomponer de periferia a centro... Le vienen ganas de vomitar, acto que define en este momento pero no recuerda nunca sino cada vez que ocurre y que es la salida de algo de su parte sensible superior entiéndase superior por arriba de... de acuerdo a la estadística de las veces arriba y abajo. Si estar seguro si hay abajo y arriba aunque debe ser importante la diferencia dice la salida de algo de su parte sensible superior hacia fuera teniendo en cuenta que afuera es una circunstancia especial que define contornos o si se quiere a veces separar lo duro de lo blando... Si es que esta diferencia le permite... La importancia de la teoría... Sabía que había habido algún momento que él intentaba a veces definir como comienzo... porque pensaba que debía haber algún gesto iniciador aunque a veces temía no hubiese ningún estado que se pudiese definir como primer momento... Le desesperaba si esta era la palabra que podía sintetizar dolores-humedad-pinchazos y ardores, no saber si había algo así o todo era así... No entender si eso que... eso que... Experimentaba... era todo siempre por siempre o quedaba antes o después algo fuera del todo. Sólo tenía ese gesto que entendía como parte del misterio. Quería conocer, dudaba si lo “fuera él” experimentaba de la misma manera, es decir con la misma intensidad por llamar intensidad algo más amplio que la simple descripción de lo físico, si es que había otra cosa referente a querer saber si hubo otro tiempo, otro lugar, otro antes u otro después. Había con todo un cierto sentimiento de orgullo de saberse solo aunque dudaba de su soledad o de una presencia inabarcable que lo rodeaba. Odiaba ese medio nivel de conciencia de no saber nada y sin embargo de saber tanto. Se preguntaba qué utilidad tenía el conocimiento de parcialidades, si es que podía llamar a eso parcialidad. Había con todo una vieja sensación de haber estado antes o después fuera de ese lugar, aunque a veces pensaba que era muy comprometida esa suposición. Pavadas se decía, cosas sin importancia, pasar el tiempo. ¿Tiempo? Había palabras, a veces ideas, con las que jugaba sus horas más felices, tomando la definición de horas más felices la que correspondía a la de sus dolores menos agudos, menos punzantes. Una cosa que intentaba a veces discriminar no sin esfuerzo era la diferencia entre lo que comúnmente sentía como dolor psíquico y dolor físico. Su estado a veces le hacía confundirlos. No sabía si su desesperación era anterior a sus dolores o consecuencia de los mismos. Dato importante se decía porque preferentemente hubiera deseado que su permanente desesperación se debiera a su cuerpo maltratado en su parte menos periférica, que el suponer que esa angustia abismal fuera un estado independiente de sus dolores. Esta segunda idea le atormentaba tanto que muchas veces se golpeaba a sí mismo para poder relacionar su angustia con el dolor físico. Le atormentaba la angustia sola, sin causa alguna, o por otras causas tan ajenas a él, tan distantes de sí mismo. También en esos pequeños momentos teóricos se preguntaba no sin temor si su angustia no sería todo eso, es decir que la angustia fuese eso todo, o si eso todo fuese la corporeidad de su angustia o si él (sólo) todo junto con sus humores fuese la angustia de Alguien. La sola idea de que la angustia fuese tan física o como él silenciosamente se decía, ser el espacio físico de la angustia le parecía atractivo, como si quisiese transmitir este nuevo descubrimiento. Tampoco le era sencillo tener que soportar todas esas incógnitas durante los intervalos de la lucha que a veces le parecía agobiante e injustificada. Pero en vano había tratado muchas veces de filosofar acerca de este punto. La lucha le había terminado de parecer tan suya como su angustia. A veces suponía que la lucha formaba parte de su metabolismo normal digestivo cuando sus deposiciones se concretaban en períodos de pelea. La dificultad como en este caso de poder establecer una línea divisoria entre lo exterior y lo interior o si formaba parte de lo de afuera o de lo de adentro le impedía muchas veces filosofar con autoridad. Había pocas cosas que distinguía con nitidez, pero a fe cierta que algo parecido a lo que creía entender como “inundarlo algunas veces”. Para decirlo de mejor manera, había momentos que tenía la impresión de detener alguna fuerza incontenible que partía desde lo más hondo de sí, al exterior de sí; y que de no contener esa tensión algo podría quebrarse o romperse; la posibilidad de poder controlar a tiempo la tensión que podría en caso de no ser contenida, producir la fractura del estallido le restablecía interiormente uno de los placeres más intensos de su cotidianeidad. El hecho de no entender el sentido de la dirección de la fuerza ni el orden de la misma, no le impedía sentir una inmensa sensación de bienestar cuando pensaba que detenía la marcha de los acontecimientos. A veces le parecía un verdadero incentivo para encarar la lucha siguiente con más optimismo. Cosa, cosas simplemente cosas se decía, juegos de palabras infames que no resolvían sus problemas fundamentales. Un juego de preguntas que correspondían al mito, y otros juegos de preguntas que correspondían al misterio, al gran misterio de lo inexplicable, de lo inabarcable, de lo... Se preguntaba acaso si esto que él consideraba el juego de preguntas hacia lo inabarcable eran preguntas que intentaban buscar respuestas o si eran respuestas por sí mismas; quería decir con esto que le resultaba estúpido buscar respuestas. Uff, le molestaba este trajinar de palabras a que lo llevaban sus momentos de angustia. Porque le resultaba difícil... No era esto... Tal vez una palabra que lo expresara mejor... Un simple comienzo... Cárcel de sonidos... Ya no pronunciaba exteriormente, pero pensaba en palabras, él sugería conceptos. Angustia sin palabras... El origen de... Cuando. Silencio... Cosas tan importantes como su angustia y tan menos trascendentes como el hedor de los restos de su boca, o sus gases tóxicos muchas veces. Todo ese conjunto de cosas estarían ordenadas... Pero no era obligatorio pensar en un orden... Se podía transcurrir decía, porque vivir era palabra demasiado ambiciosa, sin intentar deducir orígenes y relaciones. Odiaba ese nivel de... conciencia, si conciencia se podía decir de ese resto de... Si pudiera al menos dejar... Ordenación... Semi ordenación... Preciso... Quiere decir... Si piensa. Otra vez cautelosamente... Juntar... Algo de eso... Juntar... Algo de eso... (bis) Algo así como romper tabiques... No es ésta la, lo que... lo que... a veces pensaba... le atormentaban las imágenes porque a veces se le presentaban como simples imágenes visuales, y otras imágenes le remitían ideas... Imagen sin idea. Imagen con idea. Una simple sensación asco-vergüenza; el miedo le inspiraba una imagen que a su vez le remitía una idea. “Deduce que y a pesar suyo el asco le lleva a una comprensión de una idea... de algo, seamos cautos de su existencia, experiencia de su transcurrir... que es experiencia... como incluir la vanidad, o la lucha en este tipo de razonamiento. No le era fácil la pausa, al tener tanta recopilación de datos que a veces le parecían verdaderos torbellinos... Sucesión... No se atrevía a las preguntas fundamentales porque temía a un miedo que no soportaba... la caída al abismo le decía a ese tipo de miedos... que paradójicamente le resultaba más intenso que todos los otros temores. Muchas veces se reprochaba de cobarde al no intentar formular esas preguntas fundamentales... aunque la palabra cobardía le parecía demasiado teórica en relación a su estadía-experiencia... De lo que se deduce que el miedo no era algo a lo que podía tan fácilmente acostumbrarse. Las circunstancias a veces le hacían pensar que podría haber adquirido con el tiempo una especie de entrenamiento para sus miedos. Miedo voraz. Miedo voraz. Miedo sin lí-mites. Miedo abertura. Miedo plano. Si hubiera habido algún antecedente... Algún momento inicial... Algo parecido a un comienzo... Tal vez un nacimiento... Deducía de su EXPERIENCIA que se podría llegar al acostumbramiento o tal vez para decirlo decía de una manera más precisa a un entrenamiento de... No era fácil... Intentaba... Repetía... Daba vueltas... Se enroscaba (a medias) Giraba (sobre sí) Volvía sobre sí mismo... Un intenso tirón acompañado de un dolor punzante le hizo sentir que había llegado la hora de un nuevo enfrentamiento. Durante los primeros minutos de ese duelo, que nunca comprendió genuinamente, no dejaba o no podía dejar... Ocurriendo entonces que los primeros momentos de la lucha le sorprendían en medio de sus razonamientos filosóficos... Esto lo colocaba en una situación de aparente desventaja frente a su adversario, si ésta podía ser la palabra de aquello que golpeaba desde afuera de él hacia él. A veces se sorprendía de esa mezcla de placer y dolor que le producía seguir filosofando y sentir los punzantes golpes en su organismo. Algo parecido a un doble momento sucesivo y simultáneo de intensidades diferentes que confluían en su ser. Algunos de los golpes parecían haber sido muy arteros porque tenía la impresión de haber olvidado transitoriamente todo tipo de razonamiento. Sangre de alguna parte central que no podía distinguir. Se desconcentraba, siempre le ocurría lo mismo cuando los golpes que recibía eran de tanta intensidad... Y era este tipo de golpes lo que despertaba en él reflejamente el repertorio de movimientos que parecían desencadenar el contrataque o contragolpe. Su cuerpo parecía estremecerse en una especie de movimiento total, algo parecido a una convulsión, de la que sentía que se liberaba o así lo pensaba, de lo que desde afuera lo golpeaba hacia adentro. Esta convulsión, que él definía irónicamente como su contraataque más agudo, lo llenaba de orgullo y satisfacción, porque sentía que era un movimiento liberador, liberador, liberador... Le parecía recuperar violentamente su identidad. A veces los golpes cesaban y luego cedían del todo... Triunfo, se decía, después de un largo silencio... Triunfo, se repetía, sin entender bien a que se refería, cuando ni siquiera podía saber si todo lo ocurrido no era un simple estremecimiento de todo su ser. Prefería por supuesto pensar después de esas jornadas brillantes que tenía un rival o que había alguien que era el derrotado. OTRO. Necesitaba de la humillación de ESE OTRO que suponía fuera de él para poder lograr esa felicidad transitoria. Esta misma situación los colocaba en una encrucijada, o en una serie de pensamientos posteriores. Si no hubiera OTRO, ¿por qué no podría gozar ese estado de LIBERACIÓN? ¿Acaso los movimientos no eran los mismos, existiese o no ESE OTRO? ¿Qué o quién era ese OTRO, de quien tanto dependía para su estado de felicidad? Era sólo el aniquilamiento del OTRO lo que le producía felicidad. Su orgullo correspondía al sentimiento de humillación que lo invadía cuando EL OTRO era el poseedor de un triunfo transitorio. Una inmensa vergüenza o pudor lo invadía cuando se sentía a veces extenuado y vencido frente al OTRO en algún momento de la lucha. A veces pensaba en los significados de sus sentimientos de orgullo y TODO QUEDABA DENTRO de él. Esta misma situación lo colocaba en un estado de absurdidad y de perplejidad que... Ese maldito, decía, estado o semiestado de conciencia, era el origen de tantas emociones contradictorias. Porque decía sentirse feliz. Porque decía sentirse humillado. Para qué ilusionarse. Para qué desesperarse. Adónde lo llevaban todas estas diferentes situaciones...
- Golpe ciego / Oscar del Barco
Al final volvemos al comienzo, al útero, al golpe ciego de la materia. Miramos y se abren las alas de un pájaro fúnebre; levantamos la mano y en las grietas del acto de levantar la mano vemos la muerte. Sentimos que ese acto simple y escuálido se transforma en el acto. Sentimos la fascinación del ser que está en todo acto. Cavamos hasta que de sus profundidades surge eso que lo hace un sol, un sol único, conocido y desconocido, propio y extraño. Algún día podremos mirar, oír, pensar, amar, odiar, sacarnos de este cadáver, encontrarnos como seres vivos en esta podredumbre donde vivimos sin saber que adentro hay otra cosa que reproduce todo como distinto. Para ver hay que perder los ojos y para sentir perder la piel. Hay que quedar sin manos para alguna vez poder tocar, y tener dos muñones secos en lugar de piernas para poder caminar. Sólo quien muere de sed sabe lo que es una gota de agua. Hay que agonizar, cargar con todas las guerras en el alma y con todos los dolores en el cuerpo, sentir la rebeldía de todos los rebeldes y la miseria de los miserables, para comenzar a deletrear un lenguaje aún no escrito y que, de pronto, es uno mismo. Me destrozo. No puedo eternizar cada segundo. Soy el náufrago de infinitos “yo” que se despedazan sin jamás alcanzarse. Siempre es el último aliento quien nos sostiene. Para vivir tendríamos que tener una condena perentoria, suicidarnos o enloquecer, estar en la vida con los movimientos de la muerte, en el éxtasis de esa otra parte desprendida de todo. Sólo así la vida dejaría de ser una máscara para alzar su verdadero rostro hacia la limpidez de un cielo sin historia. La vida no es una flecha lanzada hacia un blanco invisible, ni un itinerario que abriéndose paso entre los azares engarza estas figuras ciegas. El feto ahogado en su impotencia no es este sonámbulo que se babea mientras grita y mueve en el aire sus miembros carcomidos. No hay pasado ni futuro sino el estallido de todo, esta instancia donde millones de cosas explotan en mi mente dejando sus huellas en el vacío psíquico. Nada. No puedo recogerme a mí mismo como a un náufrago que viene desde el pasado convertido en una calavera de polvo, ni como el fantasma demente que me espera en las avenidas del tiempo. ¿Qué, quién es uno? ¿En qué instante puedo decir “esto soy yo"? Uno es la muerte, sin nadie que la soporte. Uno no habla sino que está el habla, ni llora sino que hay lágrimas, ni odia sino que hay el odio, ni camina, ni ama, ni vive, ni muere. El espejismo está metido hasta en los huesos, y de allí hay que sacarlo. ¿Por qué "mi mente''? No hay “mi mente” sino la lluvia que cae allí, entre árboles; hay el viento que lleva nubes hacia las montañas, hay esa mosca volando, este polvo impalpable que penetra todos los cuerpos, los astros que giran sin sentido, la insignificancia de esta partícula que corre hacia su inmolación. No hay nada, adentro no hay nada. Somos un animal que atraviesa la noche con los ojos en blanco; las piezas de un juego perdido de antemano. No me explico cómo pude caer en esta trampa. Más allá de los actos sólo podemos avizorar lo desconocido, la noche oceánica por donde nuestros restos avanzan hacia otras playas vacías. Siento crecer una brizna y me desplomo, enloquecido por ese movimiento único universal. El espacio de desolación. La línea recta que sale de mí pero que algún día me atravesará la espalda al término de su curva misteriosa. Miro y veo lo visible, pero mi grito de angustia comienza en la boca de lo invisible. Soy un animal herido, un ser encadenado, devorado por el incendio, una planicie vacía, una pupila que levanta su párpado para mirar sin mirada, algo que vive sin vida y muere sin muerte, algo que no necesita de mí, pero que soy yo, el enigma que transita por la cabeza de los hombres y sólo sabe repetir su melopea de loco a los pies de su cuerpo crucificado. Engendrar otra odisea absurda para que nuestro corazón explote y salpique con su sangre hasta los rincones más lejanos del universo. Arrojar esta llamarada de polvo a los espacios. Ser un cuerpo: la boca de un cráter, una montaña, una selva, los torrentes que horadan la tierra, los astros, las moles de hielo, los desiertos, las águilas, las moscas, las flores, los excrementos, la luz del sol, la noche… En el cuerpo no hay otro cuerpo que busque deshacerse de él. Nadie domina la explosión de los cuerpos porque el cuerpo es todo, hay transición, somos manos, ojos, piel, nubes, rayos que caen sobre los hombres y los convierten en esqueletos humeantes. Lo uno es una multiplicidad aterradora. Lo uno es el mar que corroe los restos del naufragio. Lo uno retuerce adentro. Lo uno jamás descansa, vive de su destrucción, devora su propio cadáver para seguir existiendo y devorándose. Lo uno ríe de nosotros que somos un sueño que vive soñando y que sólo despierta para pudrirse en sus abismos. La pesadilla dura el tiempo que une el nacimiento con la muerte. Llévenme al suplicio y hagan conmigo lo que quieran. No existo. Soy este instante acorralado sin saber qué hacer. Soy la cresta de una ola que llega arrastrándose desde lo arcano. Asumo toda la podredumbre que los hombres depusieron en la sucesión de los tiempos. Soy el alarido del mono que un día enloqueció y que ahora, en nosotros, quiere regresar de nuevo a las sombras. Ese espacio de millones de años está hecho de segundos, de respiraciones, de miradas, de gestos que se encimaron unos sobre otros y se pudrieron y se olvidaron totalmente hasta aparecer hoy en mis palabras, en mis deseos. Entre yo y el ser que surgió del mono prendiéndose fuego, hay la continuidad de una bocanada de aire, mi mano que baja continúa el bajar de su propia mano, mis ojos están tejidos con la misma materia que los suyos, mi mirada continua mirando lo que ellos miraban, mis manos ahogan al ser que ellos destruían y todo yo, curvado por el dolor y la angustia, repito la crispación de aquel animal que un día se espantó de sí mismo y empezó a morir, a morirse con esta muerte que prolongará hasta quién sabe cuándo la primer agonía. Me arranco las manos, me ciego, me reduzco a una masa de carne, a un trozo de madera, a un pedazo de hierro. Soy un perro, un tigre, ese hombre que agoniza, ese feto al que meten en un frasco lleno de alcohol. Todos somos lo mismo. Nada nos distingue. Hoy me arrastré por innumerables calles y fallecí mil veces. ¿Qué es esto que en la carnaza aúlla "yo soy"? ¿Por qué, además del pulpo, está este ojo? ¿Qué pájaros son los que alzan vuelo desde la grieta que nos atraviesa? ¿Cómo separarnos de alguien en esta danza macabra? ¿Cómo desunirnos si nada nos separa, si en mí están todos y yo estoy en todos? De una u otra manera estoy en todos, soy todos. En los ojos del juez que juzga al criminal está el criminal juzgándolo al juez. Nos arrastramos buscando un oasis que no existe. Somos esa búsqueda que sólo encuentra el desierto, sus arenas y espejismos repitiéndose. Un cuerpo se abraza a otro cuerpo, pero sólo es un hueco retorciéndose contra otro hueco. Detrás no hay nadie. Todas las muertes pasan por el hombre. No existe ninguna enfermedad, ninguna tortura, ningún suicido que no lo estén atravesando. La muerte lo lleva en sus brazos desde que nació: es ese fantasma que surge en la noche y entre los alaridos de los sueños arroja su enigma sobre el cuerpo del cadáver dormido. Montada sobre mi espalda la muerte me hunde sus uñas en la garganta y me roe la nuca mientras agita dos alas que se pierden más allá de las nubes. La muerte estremece el universo con succiones y espasmos ululantes. La historia son los estertores de un animal que huye por dentro de esta huida gigantesca y que de pronto muestra sus pétalos ensangrentados. De noche despierto y la encuentro sobre mi cuerpo, chupándolo, comiéndolo, vomitándolo. De día como acabo de decir, la llevo a todas partes, prendida a la espalda y royéndome la nuca, con las garras hundidas en mi garganta y penetrándome con una verga enorme. Durante el día vivo en su ebriedad, y de noche, cuando no gimo extraviado en la red de sus sueños, estoy despierto entre sus brazos repugnantes y me posee sin descanso, labio sobre labio, dientes y gusanos que trituran la mortalidad de una carne espantada, uñas debajo de las uñas, salivas humeantes bajo los besos, manos que todo lo destrozan con otras manos, brazos que levantan a su criatura para estrellarla como una cáscara vacía contra el fin del mundo. Ella enciende su carbón y es un fantasma implacable que avanza por las sombras. Sus animales tienen el espesor baboso de los verdugos. Es un criminal en cuya piel yace la víctima. Salta sobre mí, me domina, me desgarra... Pero lo más terrible es la idea que se abre paso en las tinieblas de mi mente para gritar que yo, que solamente yo soy la muerte, que ese animal del cual huyo poseído por el horror, soy yo mismo, ¡yo mismo! Veo lo incomprensible … el cielo, los árboles, la tierra … adivino un hueco horroroso en la totalidad que me rodea... Lo presiento en el pasado y en el porvenir. Estoy aquí y no sé qué es esto que se desliza como una ola sobre otra ola, en un mar sin playas. Soy la tierra desgranándose, las nubes huyendo por los espacios, estas flores, estas sombras. Nada nos diferencia. Yo, frente a los vientos. Yo desprendiendo de mí el pájaro que renace del olvido y es el olvido. Hay la luz y el sonido que atraviesan esta cáscara y la hacen proclamar que oye y ve, cuando en realidad todo es silencio y absoluta sombra inmóvil. Del caos surge una cabeza sangrante. Enloquecida mira lo invisible y trata de nombrar lo sin nombre. Pero se engaña y se hunde con su secreto, un secreto guardado en la profundidad, en la transparencia que al interrogar el hombre destruye, este cristal que no resiste ni el aliento de una boca, pero que es habitado por la nada. Vemos con los ojos de la muerte, oímos con sus oídos y tocamos con sus únicas manos. No somos un alma encerrada en una cárcel sino la piedra de esa cárcel vacía: ni una garganta que aúlla sino el aullido que atraviesa el absurdo; ni hombres que sueñan con otros mundos y otras vidas y otros amores, sino un sueño sin nadie que lo sueñe. No somos sádicos que odian y matan sino el odio y la muerte deslizando sobre la nada sus tentáculos inertes. En el porvenir siempre será la noche. Bajo los párpados y desaparecen las nubes; aprieto con fuerza las mandíbulas y caigo en el vacío. Necesito destruir todo, destruirme, quemar el papel donde la confusión quiso ser algo claro sin ver la mentira oculta bajo sus signos, incendiar el mundo para después emprender la misma marcha sobre el mismo desierto, para avizorar: otra vez paisajes sin enigmas pero sabiendo de antemano que en la cima de la claridad encontraré el mismo círculo de sombras donde agonizo. Soy la víctima que se abraza al verdugo y lo besa en la boca; y soy el verdugo dominado por el pánico de saber que el hacha abatida sobre la víctima también cortará su cabeza, porque no hay verdugos ni víctimas sino una fuerza ciega que nos hace arrodillar a todos sobre el cadalso y nos ajusticia de un solo golpe y todos estamos unidos por su movimiento instantáneo. El gesto se repite en un eco sin fin. Las escenas se suceden iguales y distintas, sin continuidad. Caen a lo largo de lo insospechado que bulle en su propio ser. Lo continuo engendra espejismos cada cual más bello, pero detrás de lo continuo avanza la erosión que nos convertirá en polvo. Somos fragmentos de aquello que nos parecieron manos, labios, fuego, espíritu. Bajo la calma aparente del cielo crece la destrucción. La podredumbre avanza bajo la piel con sus jaurías invencibles. Veo morir a alguien y grito horrorizado. En los ojos danzan los viejos círculos. El espíritu se estremece en víspera de su transformación en lo distinto, en lo impensado. Estamos rotos. Nos invade la conmoción del caos. Nos come la lepra del ser. Avanzamos hacia una ciénaga absoluta. Somos masticación, defecación. El todo tiene sus bulbos podridos. Somos víctimas incógnitas que marchan a través de la materia. Flotamos en el silencio de la noche como esqueletos en la inmensidad del mar. ¿Cómo volver si soy el náufrago aferrado al madero de su propia muerte? ¿Cómo recomenzar si cuando quiero tocarme sólo toco otras cosas, si nunca soy yo sino esta red, este nudo deshecho, estos pasos sin rumbo, si esto que escribo ya está escrito, si mis palabras ya fueron dichas, si mis lágrimas ya cayeron y mi vida está muerta desde el comienzo, desde antes del comienzo? Es imposible ser algo, alguien. No obstante seguimos haciendo señales que nadie verá nunca… Fuente: Revista Literal, nro. 2/3, mayo de 1975. Buenos Aires.
- La canción de Haroldo / Vicente Zito Lema
Para Haroldo Conti, desaparecido no dejes callar la música de tu corazón la muerte no calma la fiebre de estar vivo la muerte no es amor viento de octubre trae la vibración suave y dorada de otros días viento de octubre en una rama y lleva y lleva y desparrama sin tino las cenizas sobre la tierra aunque tiemble de gozo la tierra no es humana no dejes callar la música de tu corazón de un momento para otro llegará la nieve y aguas negras en el Norte me sorprenderá a mí no a los pájaros ¡ellos son tantos! se habrán marchado dejarán una estela moverán el cielo lo callado pesará como eterno por favor amigo nuestro deja que escuchemos la música de tu corazón le has pedido al ciruelo de tu puerta que florezca aunque no volvieras tú que florezca él ¿quién ha dicho que las flores calman a los muertos? la muerte no es belleza la muerte no es amor no dejes callar la música no dejes callar la música de tu corazón. *Escrito en Amsterdam en 1980, publicado nuevamente en Peste y Memoria, Poéticas (2021) Editorial Gráfica 29 de mayo.
Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.











