• Revista Adynata

Caligrafía nómade IX / Patricia Mercado


La llave colgada al lado de la puerta, en ese gancho de bronce incrustado en la madera oscura. En realidad no uno sino una serie de ganchos donde se amontonan, como racimos fuera de estación, llaves que comparten destino atadas a una argolla plateada. Familias abigarradas, gregarias en demasía, donde va una, van todas sin chistar.

La mano, presurosa, memoriza como buscar en ese rejunte tintineante. Pesan en el bolso. Y a veces se enredan con otros objetos. Como transidas de un inexorable afán de compañía.


¿Qué puertas abrirán?


De algunas pueden darse explicaciones casi certeras: la puerta de calle, el cajón del escritorio donde está guardada la escritura. Y así.


Pensado con detenimiento las llaves llegaron con los años. Como si el tiempo trajera puertas y puertas y puertas. ¿Qué hubo que cerrar?


Acaso pudor de que cuerpos andariegos crucen fronteras inasibles al idioma con que se deletrea el día.


Porque cada cosa yace en una constelación cuyas órbitas custodia una puerta y su llave.

Y así cada universo ordena sus miedos, sus silencios, su soberbia.


Cruzar en la torsión de una llave que deje atrás lo demás. Una puerta se abre a condición de cerrar otra. El ojo de la cerradura una aduana, silente silueta que aguarda la vigorosa incrustación que abra el horizonte de los pasos.


Llaves que cifran la espera como bailarines derviches, mientras respiran infinitos giros.


Algunas cerraduras anhelan en vano llaves extraviadas para siempre. Inmóvil la puerta abriga el pestillo, ímpetu de una semilla acurrucada en la tierra un largo invierno.

Abrir y cerrar eso que la vida guarda.


¿Qué llave abrirá la puerta ignota de una voz aletargada?


Cada cosa yace huérfana sin la caricia de un aliento: Plato, silla, cuchara, libro, reloj, tijera, sábana, zapato, manzana, azúcar, piano, cebolla, carta, lámpara, cajón, escoba, caramelo, taza.


Las cosas terminan de nacer al abrigo de una órbita que las acune recitando su nombre.


En cada habitación un universo se abre tras la puerta. La potencia de un vaivén se arraiga a la inmovilidad.

Las llaves vacilan entre cerrar y abrir, duda en que germinan inesperadas potencias y desfallecen oportunidades a partes desiguales.


Poner bajo llave el áspero alfabeto cotidiano donde se recitan las argumentaciones del ser.Cuelgan las llaves en la vacuidad de la rutina.

Cada puerta sella un universo de contigüidades que oscilan entre piso y techo. Espesura en que gravitan los nombres de las cosas pronunciadas por bocas que retornan como memoria y reverberan contra paredes y vidrios, granizo lo dicho estrellado sobre el silencio.


La llave en la puerta retiene cada átomo de esa arquitectura para que el viento no se lleve todo, para que el artefacto de lo cotidiano abrigue duraciones.


Agua del tiempo, las llaves dibujan puntuaciones, rendijas por donde los cuerpos pasan y esperan remanidos e inesperados pasos dibujando senderos donde la vida arrastra su pollera.




Cy Twombly - "Peonies" - 1980 - Fotografía toma directa

Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.