• Revista Adynata

Invernal / Sebastián Salmún

I

En las heladerías, los inviernos son mas largos que en otros comercios. Y aquel invierno fue más extenso y crudo que los habituales. Los pronosticadores del clima lo habían anunciado con displicencia, casi sin importancia, deshonrando esa suerte de fama que les proporciona el universo mediático contemporáneo. Voceros de la ideología climática del control social los prestidigitadores de las minucias de la vida cotidiana, estos falsos profetas del paraguas o el abrigo, de la musculosa o las sandalias ejercen un rol psicológico del ánimo citadino y ese invierno, no acertaron. Porque ese Junio el frio fue imprevisto. Empezó de modo sorpresivo, un asalto a la expectativa del clima terrenal, un rayo de viento helado en el tablero de la ciudad. Ese Julio el infierno blanco en Buenos Aires generó sensaciones de encierro eterno, de cárcel antártica con sus consecuente maldiciones supersticiosas ¿Por qué a nosotros? se preguntaban los religiosos mientras los hombres de ciencia formulaban sus teóricas pistas que poco servían para calmar la ansiedad de la población. De hecho, sucedieron lamentablemente un número considerado de suicidios en una franja media de la población que desesperada padeció la indiferencia de los vecinos y la ausencia de la asistencia estatal.


Esos meses fueron despiadados y como nunca, anónimos. Los clientes del barrio practicaron una recesión de helados deliberada, injusta, desagradecida. La probada conspiración contra ese dulce postre vastamente elegido cuando el sol veraniego ilumina las primeras horas del almanaque y derrite los cuerpos transpirados al comenzar la etapa feliz de las vacaciones. La venta de helados en sus diferentes variantes disminuyó a porcentajes de un digito por primera vez en la historia del país. Y nadie lo notó. Excepto, los dueños y trabajadores de heladerías. "Discriminación" decía Matías y se reía como si nada lo alterara. Mientras hubiera internet en el local, Matías, su último empleado ingresado, era feliz. “Callate la boca" le retrucaba Rubén, el encargado al que pocas veces miraba para correrse de la pantalla. “Es discriminación” repetía, “Es discriminación cremada” creía afirmar con inteligencia. Se seguía riendo, ahora con carcajadas. “Dónde aprendiste esa palabra gil? No sabés nada, callate, no existe” sentenciaba Rubén, furioso, alterado, enrevesado. Luego de buscar en el diccionario heredado de su abuelo ya fallecido descubrió que Cremada si existía. El veneno hecho de vocales y consonantes que Matías le había inyectado lo hacían odiarse. La bronca lo agitaba por unos minutos cuando perdía una apuesta, fuera interna o externa. Lo único caliente ese invierno fue su tensa relación con Matías “Callate gil no entendés nada”.


II

Aquel invierno el barrio se apagaba temprano, y apenas caía el sol, las calles padecían la enfermedad de los desamorados, una solemne indiferencia, enfermedad que Rubén conocía. Iba al diccionario y anotaba: “síntomas del invierno, la indiferencia”. Creía que al anotar las ideas podían organizarse mejor en la hoja y transitivamente, en su cabeza. Incluso creía que escribir en una hoja la realidad que lo rodeaba podría modificarse. Un conjuro del lenguaje. Anotaba: “Matías descuida las tareas del local por la captura de la pantalla de su teléfono celular: el esmarforro". Rubén se ocupaba de la limpieza y de la mercadería, es decir, de los helados, la guerra y el refugio de ese invierno. “Helados: tesoro olvidado de una sociedad indiferente, desamorada, ruinas de una necesidad que se partió en mil pedazos como el corazón de un glaciar, como el eco de una voz, como la carta de tu sonrisa que nunca llegó”. Los helados son como las parejas pensaba Rubén “necesitan mantenerse en la temperatura justa, no conviene que se derritan sin probarlo, no conviene que se congelen demás”. A Rubén le molestaba la risa exagerada de Matías, esa inocencia simulada por su falta de lucidez, por su excesivo culto a la estupidez del "esmarforro". Exagerada risa televisiva, exagerada seguramente por el daño que las pantallas ocasionan en pibes como Matías, intuía.


“Daño neuronal” escribía en la libreta que solía mezclarse con el diccionario heredado. Era un “daño silencioso pero principalmente, silenciado. Las empresas vendedoras de aparatitos difícilmente negarían los daños de sus productos en un tribunal de la honestidad. Pero eso no existe ni existirá” rezongaba el puño y la letra de Rubén. “La vida sin publicidad parece aburrida”, reconocía. “El aparato neuronal de la inteligencia es inversamente proporcional a Matías” tallaba en su libreta. El adepto a las pantallas había llegado para reemplazar a su compañero anterior hacía nueve meses y nunca pudo dejar de mirar sin odio la carita sonriente que Matías exhibía frente al rectángulo de su teléfono. Aquel empleado que se fue, no era mucho mejor que Matías pero por lo menos no se reía todo el santo día, pensaba Rubén. Le gustaba si, el fútbol. Todo era el fútbol. Todo era fútbol. “Esa patología social de la pasión feligresa que entrega horas a esa religión masiva, también estúpida. Otro tipo de pantalla es el fútbol, la pantalla del circo que regala pan los domingos mientras en la semana los caga de hambre”, engordaba su ensayo. Solía tirar los suplementos deportivos para que no los leyera. Sentía un poco de lástima. El abuelo, le decía siempre mientras afilaba sus cuchillos, el fútbol es como este cuchillo, pero no corta carnes, sino que acuchilla la moral del pueblo. Rubén anotaba. Era muy devoto de su abuelo. Por la ausencia del padre dijo un psicólogo en alguna ocasión. Matías seguía con su risa inmotivada tan insoportable como ese invierno, y Rubén anotaba. Anotaba para sobrevivir.

III

Hipnotizado. “¿De qué te reís estúpido?” le decía mientras lo corría con sus manos que aleteaban en una disimetría que empezaba a la altura de su cara y temblaba hasta las periferias del tórax. “Un día te voy a destruir ese puto teléfono” se decía en voz baja "ese puto teléfono y a vos". Esa jaula invisible está empeorando la humanidad diría el abuelo, si viviera. “Sustancias coloridas y brillantes, las drogas de nuestro tiempo.

Nada de inyectarse LSD. Nada que inyectarse. En este tiempo las drogas son intangibles, no circulan por agujas que pintan los brazos de sensaciones invencibles, tatúan una inútil imaginación”. Extrañaba al abuelo, verlo ordenar los cuchillos, afilarlos y tratarlos como si fueran joyas preciosas, era su mejor momento de la semana. No tenía afición ni por las viejas drogas ni por las nuevas pantallas Rubén solo sabía vender los abandonados helados y ahora por necesidad, escribía. El teléfono lo tenía, en general, apagado excepto para llamar a su madre que hacía un año estaba postrada en la cama con su enfermedad de los huesos. Esa enfermedad que los médicos no habían podido registrar en los manuales de anatomía pero que “a mamá, le arruinó la vida. Y con eso nos la arruinó a todos”.

Las radiografías de los huesos de la madre no detectaban ni las manchas óseas ni el dolor que ella y él por añadidura, sentían cada mañana cuando abrían los ojos. Él se despertaba con las quejas de su madre y verse solo en su cama le generaba ganas de seguir durmiendo. Se sentía solo, mucho más desde que Karina ya no estaba. La enfermedad había empezado lentamente. La madre se quejaba pero seguía activa en su trabajo en la administración municipal. Me duele, decía cada tanto. “Ya se te va a pasar vieja, tenés que ir a ver al quiropráctico”. Hasta que el dolor se hizo cada vez más insoportable. La muerte del abuelo en ese confuso episodio agravó los dolores. Toda hija que pierde a su padre, se pierde un poco con él. Los médicos recomendaron yoga y psicoterapia pero la madre decía que tanto una como la otra eran cosas para sacarle plata. "¿Cómo cosas, mamá?" repetía Rubén que había intentado estudiar en la universidad la carrera de psicología pero la universidad lo expulsó, como a todos los que como él, asisten a las aulas sin ambiciones concretas.

IV

"¿Cómo cosas, mama? Escribía con agujeros la hoja para intentar no agredirla. “Toda la gente lo hace y vos te tenés que poner mejor. Te tenés que poner mejor" mientras le servía helado que sobraba del local en una cuchara que ella le pedía le acercara a la boca. La facultad lo había expulsado pero no sin recompensarlo. Había conocido a Karina. No entendía como ella, que era hermosa, inteligente y cariñosa se había fijado en él “Un pobre pibe, como dice la canción" le repetía mientras cantaban a capela. Karina era su hada, su "porno hada" susurraba ella mientras lo desnudaba con especial cuidado. Karina lo buscaba en la heladería y podían estar noches enteras cantando canciones del rock nacional. Cuando ya me haya ido cantaba él mientras ella protestaba por su mala elección. Ahora solo recordaba la tristeza facial de Karina tan parecida a la tristeza de todas las cosas. Dejó de escuchar rock, como podía preverse.


La enfermedad de su madre empeoró antes del invierno, de ese inhóspito invierno y todo empezó a definirse cuando la facultad le ofreció a Karina esa maldición, ese certificado implícito de defunción que llamaron beca de estudios. Karina tenía un excelente promedio y la facultad le ofreció una beca en España para hacer un año de estudios allí. "Vení conmigo" le dijo Karina sin dudar. "Nos vamos un año a España y después vemos". Karina no entendía el lazo que lo ataba a su mamá, al dolor de su mamá. "Es la ausencia del padre" hubiera dicho aquel psicólogo. Pero nadie entendía. Era como si los huesos de la madre fueran una parte invisible de sus huesos, como si la vejez de su progenitora lo afectara a su calendario, como si los nueve meses de embarazo hubieran durado nueve años, diecinueve años, toda la vida hasta hoy. Rubén no dormía pensando en las ganas que tenía de vivir la aventura de conocer otro continente, la madre patria, “pero sin madre”, anotaba ”solo patria”.

Se reprochaba con culpa abandonar a su madre que empeoraba conforme avanzaba la fecha de las decisiones. "Te tenés que poner bien" lloraba en silencio, gritaba sin gritar debajo de la ducha mientras la madre dormía. La ducha de agua fría calmaba sus palpitaciones. "Vos no entendés, Kari" le reprochaba él en las últimas tardes de lunes que pasaron juntos. "No entiendo, si entiendo. Sos muy pelotudo". Ella se fue en junio de ese año, antes del invierno. La soñaba por las noches que parecían empeorar la grisácea densidad del frio. Transpirado iba al diccionario heredado a buscar palabras que describieran esa sensación que la garganta parecía arrancar de la oscuridad de los sufrimientos de la historia, esa sensación de afonía por pensar a una velocidad imparable, mareado de tantas ideas que se amontonaban en su pizarra de la conciencia. Su madre siguió empeorando hasta que los huesos no pudieron más y estallaron como una barra congelada en mil pedazos de hielo. Se esparcieron en la casa dejando las huellas de sus silencios, la tristeza de la despedida. Extrañaba a Karina. Extrañaba a su mamá. Extrañaba cantar. Cada tanto lloraba y decía sus nombres entre lágrimas que se secaba con la almohada, donde imaginaba sus olores, sus formas. La silueta amante de Karina parecía un fantasma con cuerpo enlazado a su cuerpo. La extrañaba por su enorme capacidad para verlo bien, lindo, leal, hombre. Ahora, los retratos de su madre estaban tapados por las telas y las sombras del duelo y el espejo amante de Karina estaba del otro lado del mundo. El frío vidrioso de la heladería le devolvía una imagen sucia, opaca, seria, dócil. “Me miro en un espejo empañado en las madrugadas, cuando el sol tropieza con el día. Soy un perro sangrando en el ojo de su indecisión, una hebra de esperanza en el desierto de la duda. Soy el grillo mudo en una selva de ruidos mecánicos que solo aprenden a mentir. Quizás eso envidio de Matías, él pese a todo, puede reír”.


FIN


Robert Watts “Hueso” circa 1962/1979 Hueso de animal y papel 22.2 × 3.5 × 3 cm 5.8 × 12 cm

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