• Revista Adynata

Junio Adynata/ MP

I.


Una antigua canción española, para niñeces que aprendieron la vida social hacia la mitad del siglo pasado, disciplinaba futuras protestas con cariños y caricias. Con una melodía sencilla y amable, anunciaba el dolor del hambre y respuestas de indiferencia y crueldad: se llamaba Aserrín aserrán.


La letra admitía variaciones, pero la versión argentina usual para las crianzas, decía:


“Aserrín, aserrán, / los maderos de San Juan, / piden pan, no les dan, / piden queso, les dan un hueso / ¡Y les cortan el pescuezo!”.


Se entonaba abrazando sobre la falda y balanceando con suavidad deseosas fragilidades de las infancias. Finalizaba con cosquillas en el cuello.


¿Se anticipaba, así, la decepción y costo de una revuelta?


¿Aquellas curiosidades pequeñas ingresaron al mundo hablado presintiendo que ya no les podía ocurrir algo peor?



II.


No hay manera de bajarse del mundo, salvo la muerte.


Se conocen formas de sustraerse de la aflicción: tal vez el enamoramiento.


O no querer salir de la cama. Hundirse en una gran tristeza, en alcoholes u otras sustancias.


Soledades se mueven dispersas ¿como si huyeran de un hormiguero pateado (para aprovechar una imagen de Cuchi Leguizamón)?


Cada día -si el desánimo no lo inunda desde el comienzo- se presenta como oportunidad para partir, para arrancar desde lo que nos está pasando, aunque no sepamos hacia dónde.


Entre las metáforas de las que disponemos para representar lo que sentimos, tal vez ayude a pensar la de la partida, la de una común partida, la de un decidido desarraigo, la de un éxodo que siempre recomienza.


Ni como mártires con cuellos cortados, ni como hormigas en diáspora desesperada: quizás zarpando, soltando amarras que duelen.


Un común zarpar, cada vez, de lo que lastima.


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