• Revista Adynata

Sesiones en el naufragio (14) Saber lo vivido / Marcelo Percia

Contar lo vivido resulta tan necesario como respirar.

Sin embargo, el horror enmudece.



Como en las pesadillas, las devastaciones necesitan despertares.

No hay relato sin corte, sin interrupción de lo insoportable.


Lévi-Strauss (1964) observa diferentes culturas.

Chamanes o hechiceros hablan con la tierra, con el aire, con el fuego, con las lluvias, con la muerte, con el porvenir.

Todas las prácticas sanadoras procuran bailar y cantar para rodear un gran silencio.

En sus primeras Mitológicas piensa modos de comer y de tratar los alimentos: lo crudo y lo cocido, lo fresco y lo podrido, lo hervido y lo asado.

Así, una vida relatada interviene lo vivido como el fuego hace con lo crudo, como el agua que hierve hace con lo indigerible, como el tiempo (que sazona o descompone) hace con el pan.

¿Cómo sabemos lo vivido?

Necesitamos contar lo que estamos viviendo: sin esa narración la vida no termina de pasarnos.

Sabemos lo vivido narrándolo.

No se sabe lo vivido solo por haberlo vivido.

Se necesita una distancia, una separación, una discontinuidad, un después de lo vivido.

Se necesita deshabituar la tendencia de reducir lo vivido a lo ya conocido.

Se necesita poder contar lo vivido como perplejidad o pasmo.

Se necesita tener a quien confiar sensaciones sin organizar que vacilan o no saben cómo decirse.

Sin estos momentos, lo vivido se siente como cansancio, aturdimiento, confusión, embotamiento, amenaza difusa.

Cuando no se puede transformar lo vivido en una común experiencia de lo no sabido ¿qué se puede hacer para escapar a esa indecisión?, ¿suscribirse o abonarse a narraciones compactadas, rutilantes y concluidas?

Una observación de Benjamin (1936) en tiempos de la primera gran guerra europea del siglo veinte: “¿No se notó que la gente volvía enmudecida del campo de batalla?”.

¿No se observó que cargaban el horror silente de lo vivido?

Entre lo vivido y la experiencia se necesita tiempo, pero no el de relojes y rutinas, sino el tiempo de los sueños, el tiempo de los duelos, el tiempo de las conmemoraciones.

Escribe Benjamin en El narrador que se necesitan las horas de muchas noches para que las aves del sueño incuben el inasible cuerpo de una experiencia.

También menciona la trasmisión boca a boca como curso murmurante de gestación de una experiencia.

La maceración de lo vivido como pasaje susurrante de una voz a otra, de una lengua a otra, de un aliento a otro.

Boca a boca no como mercadotecnia ni como circulación de sentencias ni como comunicación de dictámenes, sino como soplos de asombro.

Boca a boca no como distorsión de un mensaje inicial, sino como resonancias que se mezclan en una común cavidad hablante

Benjamin distingue dos pasiones narrativas: la que desea contar un viaje y la que desea contar historias del lugar en el que se estuvo siempre.

Una voz que parte lejos y vuelve para relatar lo que vio y una voz que puede contar tradiciones y secretos del lugar en el que nació.

Benjamin (1936) advierte que la información suprime la experiencia. Manufactura lo acontecido. Lo mercantiliza en un conjunto de frases hechas. Edita datos, concisos y efímeros. Reduce lo vivido a lo ya conocido.

La experiencia, en cambio, necesita de uno y muchos relatos: una común ascesis de lo no sabido en lo vivido.

Habitamos mundos editados.

Fabricantes de información averiguan qué preferimos y nos complacen satisfaciendo, a la vez, sus intereses. Saben que no sabríamos qué desear si el capitalismo no renovara a diario carnadas pasionales que cuelga en el horizonte segmentado de la época.

¿Se podría vivir sin contar la vida? ¿Sin poder dejar asentada nuestra efímera pasantía?

Cuando duele vivir, tal vez la única sabiduría posible consista en una común demora en lo no sabido.

Uno de los mayores desafíos de la recepción reside en dar acogida a una desesperación que delira. Un delirio no compone un relato. Se dispara como un habla angustiada, aterrorizada, atolondrada, aturdida, superpuesta.

Un delirio necesita de cientos relatos, hasta que entre los suspiros cansados de un habla sin surcos pueda narrarse algo de lo insoportable. O pueda, al menos, decirse que se vivió algo que no se puede decir que sigue cargándose en la vida como una experiencia enmudecida.

Duele contar el dolor, contar la vida solo contando el dolor.

Pero ¿cómo contar el dolor haciendo también lugar a lo que no duele?

Cuando nos encontramos diciendo “no sé qué decir” o “no sé qué mas decir” o “me quedé sin palabras”, a veces, recién -entonces- comienza el relato del solo vivir.



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