• Revista Adynata

Te lo juro por Batato. Biografía oral de B. Barea (fragmentos) / Fernando Noy

María Elena Walsh

...para que sigan hablando...

Me llamó por teléfono para invitarme a ver su espectáculo. Mucha gente ya me había hablado de él y a mí, en lo que había visto por los medios, realmente me causaba gracia su humor tan original. Nos conocimos durante una fiesta en lo de Ruth Benzacar. Estaba mirando a los invitados que entraban, de pronto veo aparecer una espalda rosada enorme y digo en voz alta: “Ay, esa chica, qué calor inmenso debe tener para andar así escotada”.

Era B., que llevaba un vestido color naranja muy ajustado, chico para él. En solfa, le comenté al acercarse: “No hay que descubrirse tanto”.

Su mirada, al volverse, en verdad me traspasó por completo. Era exactamente como yo lo imaginaba. Hilarante pero además tierno.

A lo largo de mi vida conocí algunos muy pocos personajes así. Incluso dos eran curas: el Padre Elizalde de Ciudadela y un párroco de San Nicolás, muy flaco y alto con quien una vez, sólo una vez y ya no sé por qué causa, tuve una charla. Al volver a mi casa me dije: “Este es un santo”, como una impresión que surge naturalmente, tal vez del conocimiento por lo que te dice. Algo transmitido más allá de las palabras. A estos seres además les di el rango de ángeles. Es como poder conservar a través de alguien tu propia inocencia.

Al mismo tiempo, de B. me sorprendía ese modo valiente de plantarse ante todo, su desparpajo, la chispa insolente.

También intuía otras cosas. Él no era así, sino más natural, de verdad muy humilde. Parecía alguien que al final jamás te iría a arrollar, ni a tratar de imponerse ni querer enseñarte alguna cosa. Él ni sabía quién era.

De algún modo u otro, la desmemoria en general nos inunda, esto pasa aquí y es terrible. Al final no se va a saber más nada de nadie, no sólo de B. Descubrí que una de las causas de nuestro trabajo (no me gusta utilizar la militar palabra lucha), es recuperar la memoria de esos artistas tan queridos.

Muchos creadores generalmente tienen una elaboración previa muy grande, o si no desde los propios personajes. Pero B. estaba como encarnado y nacido en su “rol” y además no aparecía la típica sobreactuación del travesti. Para nada. Era otra historia.

Siempre lo vi despertando la sonrisa de un modo casi involuntario.

Quizás tenía todo un trabajo anterior pero, si había escuela o conservatorio, eso no se notaba.

Poseía el toque secreto que tienen sólo algunas marcadas figuras con los misterios de la representación.

Yo también pienso escribir sobre este asunto de la desmemoria. Por otro lado, nunca nos van a permitir que olvidemos a Marilyn Monroe o a Kennedy. Nadie duda que se lo merezcan, pero es una serie de memorias, diríamos, previsibles.

Ahora, ¿quién se acuerda de tantos aniversarios de nuestra propia gente?

No se trata de sobrevalorar, sino de recordar con vehemencia que existieron seres como Batato Barea. Y cómo fueron.

Y qué hicieron para que se siga hablando tanto de ellos.

Un globo inmenso o su Historieta Obvia

Nadie puede amar la verdad y el bien sinceramente,

si no abjura de la multitud y el artista,

aunque puede utilizarla y estudiarla,

debe aislarse de ella para evitar el contagio.

Giordano Bruno

(escrito en su agenda 1978)


Si te llamaba B. para acompañarlo en sus andanzas por los escenarios casi siempre improvisados, seguro no serías capaz de sustraerte y te entregarías por completo a su séquito. Pero incluso si no te invitaba igual ibas a verlo, a palparlo, en camarines abiertos como calles, querido al extremo.

Sólo bebía jugos de frutas y las pocas veces que probó la merca nunca dijo nada. Yo me drogaba de él y de su amistad incomparable, incluso con odio y amor entrecruzándose como destellos para espantar el habitual hastío, como una mosca con la máscara de su desprecio que bien disimulaba en su propia sonrisa.

Si te llamaba, era como acceder a un privilegio cercano al don poético, el más alto de todos los dones. Pero igual serías al fin uno más, no tendrías que preocuparte ni por los detalles de cartel, él siempre te pondría primero, incluso haría la prensa para todos y nada de taxis o remises. En colectivos y caminando desde la redacción de Crónica a Editorial Atlántida, por las calles llenas de camiones con choferes silbando. Todavía no estaba la autopista y podían, recién llegados de todas las provincias, estacionar bajo los árboles.

Si te llamaba, siempre estarían su caja con pastas, pintura y maquillaje prontos para ser usados. Un mismo rouge para casi diez, un lapicito marrón o azul, el mundo paupérrimo de aquellos días que en realidad fueron noches exhaustas de tanto taconeo y serenata: “Aquí me pongo a cantar / debajo de este membrillo / y quien no quiera escuchar / que apriete el gatillo. / Aquí me pongo a chupar / detrás de este estribillo / y quien no quiera gozar / que se cosa el calzoncillo”.

Helena Tritek

...una morisqueta desdramatizadora...


Con B. pasó como en ese cuento de la mariposa que ve por vez primera la llama de una vela. Enseguida desea saber qué es, para qué sirve. Se le acerca tanto que termina por quemarse en ella.

Cierta noche se reunieron las mariposas. Una voló hasta un lejano castillo lleno de luces, al volver contó lo que había visto según la medida de su inteligencia. Otra mariposa pasó cerca de la vela, tocó con sus alas la preciosa llama, por suerte pudo volver y revelar algo del misterio. Una tercera mariposa se levantó, ebria de

amor, dispuesta a arrojarse contra la llama. Cuando las mariposas vieron de lejos que la llama había identificado al insecto con ella, dedujeron: la mariposa ha aprendido lo que quería saber. Pero ella sola lo comprende y eso es todo.

B. me ayudó muchísimo porque había en mi formación teatral enormes fallas para concretar cosas y él me inducía. Por él llegué al Parakultural, Mediomundo y otros lugares. Una vez en el Rojas, en diciembre de 1987, comprobó que su espectáculo le había quedado corto. Entonces me dijo: ‘Helena, tenés que hacer algo. Metete, hacé’.

Siempre pintaba soles y me los regalaba. También poemas. Era un buscador de voces. Así conocí a la poeta uruguaya Marosa Di Giorgio, que me impactó. Después casualmente me regalaron uno de sus libros y se lo pasé a B. Se llamaba Clavel y tenebrario. Fue su regalo más precioso, más que un baúl con monedas de oro.

Marosa Di Giorgio es realmente lo que ella oculta. Una Santa. El logro de una Santa. Incluso físicamente Marosa es bastante parecida a B.

Intentábamos llevar la poesía al teatro o viceversa. Especialmente porque nos gustaba tanto, creíamos que eso podría disfrutarlo el público, como una morisqueta desdramatizadora. La primera vez que fuimos al Parakultural habían exactamente cuatro espectadores y B. actuaba del mismo modo que para cien. Otra vez hizo un espectáculo en el Rojas, cuando todavía el Rojas no era popular y había sólo tres. Éramos tres. No sé si los mismos. Y él volvía a hacer su espectáculo con la misma entrega.

Fuimos amigos desde 1983, la noche en que con Antonio Gasalla lo vimos por primera vez. Antonio lo seleccionó enseguida.

No tendría que dar prueba. Bastó con su presencia.

La poesía es como Dios para nosotros. Me parecía increíble que Rumi, un poeta santo, pudiera ser recitado en la taberna o esas cuevas por las que andaba B. Oyéndolo, abandoné todos mis prejuicios.

Ibamos al Café de La Magnolia, que rebautizamos así porque está frente a un árbol de magnolias. Contábamos cúantas flores tenía o jugábamos a adivinar para ver quién pagaba el café. Ahí leíamos a Elyttis, Kavafis, Yanni Ritsos.

A veces me acompañaba al neuropsiquiátrico Moyano a hacer teatro para las internas. Es muy difícil encontrar voluntarios. Fue una de las pocas personas que se ofreció inmediatamente. Conseguía ropa, cosas, regalos para ellas, sus novias. Todavía me preguntan en el Moyano: ‘¿Dónde está tu amigo el payasito rojo?’. Me acuerdo de una señora en silla de ruedas, ni se movía. B. la invitó a bailar, insistió tanto que la mujer se levantó de la silla y se puso a bailar con él como si nada. Para colmo era una tarantela y él me decía: ‘Mirá Elena, mirá’. Yo pensaba no puede ser, no puede ser, esto es un milagro. Nadie lograría creerme.

Después supe que tenía ‘aquella’ enfermedad. Había toda una teoría respecto a que si uno tenía ‘eso’ no debía hablar porque se bajan las defensas y por que la gente empezaba a manifestar compasión y debe ser muy duro sentirse compadecido. Ahí te ponen una cruz. Te archivan. Yo acepté su muerte como corresponde, pero hay un lugar que quedó vacío para siempre. Allí sólo cabe la misericordia divina.

Vivi Tellas

...todo se improvisaba...

Lo conocí con un oficio inesperado, mozo. Yo era una de Las Bay Biscuits y tendría como él, alrededor de veintitrés años. No mucho tiempo después, con Los Peinados Yoli, lo descubrí haciendo algo con una bolsa de arpillera y no lo podía creer; de haberlo visto sirviendo ahora mostraba esto que me dejaba con la boca abierta.

Saltaba de un lado al otro y repetía: ‘Yo soy B... Yo soy B. Era una rareza, pero yo sentía que ese vacío estaba premeditado y su presencia era increíble. Luego preparamos juntos Actos de Pasión, donde B. ofrecía una especie de flamenco y ya empezábamos a imaginar el número de la mujer paseando su perro. Yo acababa de recibirme en la Escuela de Dirección. En Actos... trabajamos B., Jorge Gumier Maier, Rosario Bléfari y yo. B. bailaba con Rosario, Gumier Maier decía su monólogo sobre las diferentes formas de suicidarse a la vez. Yo hacía de nenita. Cuando ensayábamos, era como caer en éxtasis. Todo tan intenso. Lo mismo con La Mujer y su perro. Y eso que simplemente se trataba de una mujer que sacaba a pasear el perro. Tenía una música diferente para cada momento y no había nada de texto. Se sentaba con una revista y le daba juguetes.

En un momento el perro se ponía pesado, me agarraba la pierna, me la quería cojer y yo lo sacaba, pero el animal insistía tanto que al final acababa chupándome entre las piernas. La resolución del vestuario que B. había hecho era simple y genial, con mi viejo tapado de llama, amarillo, parecía un afgano y llevaba medias de lana del mismo color. Era im-pre-sio-nan-te. A veces sentía que estaba realmente con un perro. Una noche en Cemento, alguien le comentó a Omar Chabán: ‘Ahí está Vivi, haciendo porquerías con su perro’. Llegaba a ser escandaloso y eso que se trataba apenas de un actor con su tapado hecho andrajos, pero cómo se movía, qué raza, qué furia, qué celo.

Y a pesar de que despreciara el término actor no dejaba de ser un verdadero intérprete. Además me encantaba verlo vestido de hombre. Haciendo su papel de seductor que al menos conmigo tenía que desplegar cada noche.

Y también armamos un número dramático de cierta mujer escribiendo una carta muy densa. Él, de pronto, me cacheteaba.

Enseguida había aullidos y después venía el gran abrazo de la reconciliación. Debe haber sido una de las pocas veces en que interpretó a un galán. Pero estaba bárbaro en ese personaje.

Muchos años después lo convoqué para debatir sobre el tema ‘¿Por qué el teatro se repite? ¿Por qué el teatro insiste en hacer funciones, lo que es realmente contrario a la performance?’ Yo sabía que B. odiaba los ensayos, repetir y repetir sin ton ni son y estaba en esa de que todo se hace por primera vez y punto. Incluso su corte de manga al Clú del Claun fue tal vez el hecho de comenzar a volverse travesti.

Igual, incluso con tetas, yo siempre lo vi muy varón. Nunca creí en su cuerpo femenino y ni él mismo lo era. B. trabajaba obsesivamente con los contrastes. Era un hombre vestido de mujer o una mujer en el cuerpo de un hombre, frente a frente.

La noche del debate en el ICI dijo: ‘Yo nunca me repito y como no lo hago...’ Ahí, ya sabemos, mostró las tetas, de pie. Todo está registrado en la videoteca del ICI. Cualquiera puede pedir que se lo pasen. Fue tan impresionante porque no se vieron solamente las tetas, también los restos de la reciente operación. Estaba todavía con las vendas, pero no se parecía en nada a un mutilado.

Noches de Mediomundo

“Oh mitad de mí

Oh pedazo arrancado

extirpado de mí”.

Chico Buarque


Era tal nuestra comunicación que nos aturdíamos incluso de silencio, en medio del aluvión de los fiesteros, desayunando a media noche en el Parakultural, cuando el público, por la misma escalera que los hacía parte de la escena por un segundo, comenzaba a llegar.

Mientras, B. se maquillaba como un colibrí y había un gran vaso de granadina en los camarines de espejos muy usados. La rutina garabateada en un cartel con alfileres y Omar Viola advirtiendo a cada rato los momentos de salida. En medio del trajín, a veces, quedábamos solos. Justo el tiempo para verlo desvertirse y, desnudo, hurgar en el gran bolso mientras sacaba los pertrechos que lo volverían una gorda.

Quería mostrarme algo especialmente, buscaba sin parar por todos los bolsillos. Cuando encontró un pequeño libro de tapas rojas yo ya le había preguntado: “¿Buscás Clavel y Tenebrario, el libro de Marosa Di Giorgio?”. Él, que sospechaba nuestro don, al comprobarlo, pareció asustado: “¿Cómo puede ser que sepas antes que yo las cosas mías?”.

B., Humberto y Alejandro eran guerrilleras del panfleto. Se columpiaban locas de alegría por la trasnoche de Corrientes. “Pasan los putos”, decían algunos, pero esta vez con simpatía, sin la indiferencia asesina y delatora a la que hubieran estado expuestos apenas diez años antes. Como los hippies del sesenta o los punk del ochenta, se atrevían a entrar en el bar La Paz vestidas o, mejor dicho, desgarradas de mujer, protegidas por la impunidad que da el coraje. Una marcha de divas divertidas para atraer el público hacia Mediomundo Varieté.

Cuando no actuaba, B. eligió llamarse Sandra. Después de cada función corría a su casa a atender los llamados. Había que ganar plata de algún modo. Ponía avisos en el rubro de acompañantes. Sandra era una vikinga del deseo, bárbara como un mongol, muerta de risa por el insólito destino que la había traído a Buenos Aires, esta ciudad con los hombres más deliciosos del mundo. Ser prostituta, para ella, era, según decía: “Unir lo útil con lo agradable”.

Tom Lupo

... la gente

pedía más...


Compartíamos el amor por la misma mujer: Alejandra Pizarnik. Fuimos los primeros en inventar recitales con sus poemas, casi imposible de encontrar en esa época.

Nos conmovían cosas diferentes de Alejandra. Por ejemplo, B. elegía: “Es tan lejos pedir y tan cerca saber que no hay...”. Yo retrucaba diciendo “Lo único malo de la vida es no ser lo que queremos pero tampoco lo contrario.” Y él luego: “Sobre todo, mirar con inocencia, como si no pasara nada. Lo cual es cierto”.

Yo pensaba un segundo y mi memoria me dictaba “vida, mi vida, que has hecho de mi vida” y él en el apogeo de su fascinación giraba tieso, inmutable y parecía hablar con la mirada mientras se golpeaba el pecho “yo, digo yo, pero me refiero al alba luminosa”.

Nuestro coloquio podía volverse interminable pero B. curtía el efecto de la síntesis. Salía con su palazzo fúcsia mientras la gente pedía más. Y yo concluía: “la soledad es no poder decirla”.

Cierta noche B. organizó una gran despedida tipo fiesta para recaudar dinero, porque se iba definitivamente hacia Brasil.

De verdad estaba todo el mundo bastante bajoneado ya que no lo veríamos como casi todas las noches. Logré llevar el móvil de mi programa Submarino Amarillo donde, en medio de un emotivo reportaje con lágrimas de despedida y todo eso, me dio un beso en la boca. Reapareció como si nada diez días después, sin dar

explicaciones.

También me parece verlo en Mediomundo Varieté, ya casi amaneciendo, como una mandrágora en un ambiente muy pesado.

Dando su recital sin importarle nada, mientras las otras coperas pisaban con sus tacos las incontables “pitucas” arrojadas por el suelo o los papeles metálicos de todos los colores que ya habían sido utilizados.


Laura Ramos

...mi corazón de perra...


(...) Amigos míos, días atrás, en el Viejo Parakultural, el mejor aguafuerte argentino trepidó mis sentidos cuando, pasada la madrugada, se largó el show Tres Mujeres Descontroladas con B. Barea, Alejandro Urdapilleta y Humberto Tortonese.

Venía yo de fatigar la Recoleta, apaciguando mi espíritu con los perfumes de flores, los tés de hierbas y la música gansa de El Portezuelo, cuando la lluvia torrencial pudrió flores, hierbas y gansadas y me arrojó en el sótano de la calle Venezuela. Él se escarba los dientes con un palo de escoba / escarba en verdad mi corazón de perra. Puerto Montt estalló desde los parlantes y B. revoleó el torso sobre el público. Los largos mechones de su peluca amarilla surcaron los aires y latigaron el rostro de Urdapilleta. El joven Barea hacía remolinos con los brazos y sus anillos de largas flores de plástico barrían con todos los objetos que encontraban a su paso. Si quieres refrescar tu alma de veras, amigo mío, contempla la tertulia de tres poetas argentinas: Herminia, María del Carmen Suárez y Alma Bambú.

“Ay, si los ciruelos dieran nueces/ los nogales nuez moscada/ si las alegrías estuviesen petrificadas/ como huellas en la nieve/ cómo sería el paisaje/ si mi corazón se abriese como una compuerta/ y de allí saliese el niño que fui/ todo envuelto en carcajadas/ para ponerse a bailar sobre una hoja seca”. Alejandro Urdapilleta —actor notable, un trágico, un poeta, Alma Bambú— sorteó las risas del público y acomodó sus posaderas junto a Herminia/ Humberto.

“¡Agua! ¡Agua! ¡Agua! Eso voy gritando/ por las calles y plazas/ ¡Agua! ¡Agua! ¡Agua!”.

Herminia, su delgadez enfundada en un camisón blanco de seda, estola de piel y moño de gasa, rechazó el vaso de agua que le ofreció Alma Bambú. Las carcajadas del público sacudían el teatro.

“¡No quiero tomarla!”, y la arrojó al mismísimo diablo. “¡No es mi boca la que pide agua! ¡Es el alma seca y reseca que se rasga!”.

Herminia estaba verdaderamente fuera de sí y te garantizo que era la Alfonsina más lacerante que jamás haya atravesado mi corazón...

Siento como un despecho con la gente cuando se ríe. Desde el personaje a veces les digo cosas: ya te va a pasar a vos también, pienso –dice Humberto Tortonese–, la poetisa loca como una cabra que se ríe a destiempo, un actor que empezó recitando Gustavo Adolfo Bécquer con su tocado de profilácticos amarrado a la cabeza y siguió recitando a Alejandra Pizarnik, Delmira Agustín y los poetas que conmueven su alma. Después de todo eso, amigos, vi a B. hacer play-back con una especie de Doménico Modugno que susurraba: “Pensaba en ti/ en el misterioso viajero de mi ser”.

Entonces entendí que, con todo y las gasas y las margaritas, el aire del Parakultural sigue oliendo a pólvora, aun cuando ya no suene un sólo tiro de sus malditas paredes.

*Fragmentos seleccionados publicados en Te lo juro por Batato. Biografía oral de Batato Barea. Fernando Noy - 2a ed . - Libros del Rojas, 2020.


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