• Revista Adynata

Una eternidad que se apaga / Ori Seccia

“That secret that we know

That we don’t know how to tell

I’m in love with your honor

I’m in love with your cheeks

What’s that noise up the stairs babe?”


Bon Iver – “Blood bank”



—La historia de la humanidad —farfulló Lea por toda respuesta.

Dalia acababa de contarle que se había enamorado de otra persona. Lo que se presentaba ahora como la explicación de su separación había demorado cerca de un mes. Antes, balbuceos, o palabras que, al ser interrogadas como explicación, eran como un río caudaloso que, a los pocos pasos, se seca en un arroyo débil, no dejando al paseante más remedio que el de volverse sobre sus pasos, para buscar una fuente más promisoria. Lea apeló a todas sus lecturas para defenderse del peso de la verdad revelada: quería creer que entender iba a aminorar el impacto, que poner en una serie de repeticiones anónimas lo que a ella le tocaba ahora vivir haría del dolor una palabra, un rótulo en el que se pueden subsumir innúmeras vivencias. Quería que lo estadístico de su fracaso transformara el vacío que dejaba el fin de esa historia -que era la suya, más que ninguna anterior- en un lugar ordenado, menos filoso. Después de dos cervezas a las seis de la tarde en un bar deshabitado, con la ironía de que la música alegre de Belle and Sebastian sonara de fondo, no había sido insincera aquella respuesta. No era sólo conveniente como escudo ante lo intolerable: creía, cada vez con mayor convicción, que una fuerza no contingente, no moldeable, densa, arrastraba a ese conjunto viviente que día a día se paseaba por sinceras ficciones a través de una repetición de la que no había redención posible. Dalia estaba, a todas luces, en el extremo opuesto. Más allá del infundado optimismo que el enamoramiento ofrece a quienes por él están atravesados, una fuerza nueva, con ganas de expansión, la atravesaba. Una ligereza de expresión se le marcaba cerca de los ojos y en esa sonrisa de gato que la distinguía. Esa fuerza la empujaba a creer que lo permanente de la vida era el cambio, la mutación, el perecer de los afectos al igual que el fenecimiento del verde de los árboles tras cada invierno, para ser sucedido por brotes que los transformarían de raíz y que sólo los incautos, los fenecidos, confunden aún por los mismos árboles del otoño anterior. Lo que para Lea era un declive inevitable que había que aceptar para entender los ciclos completos del desarrollo de un encuentro, siendo fiel a él, si es que éste había producido una mutación en quienes habían cambiado para siempre en su roce, para Dalia ese mismo ocaso era señal de que había que buscar otros horizontes, si la vida que habitaba cada cuerpo tenía que ser resguardada. Y para ella tenía que ser resguardada. El costo de no asumir ese desafío era la muerte en vida, una forma de vida tan extendida como Netflix. No dijo eso. Dejando caer un maní en su quinto vaso de cerveza, sin embargo, lo daba a entender. Probablemente no de manera articulada, pero Lea lo entendía. Estaba segura de saber cómo interpretaba Dalia el fracaso de la pareja que habían sabido ser. Y eso, también, era intolerable. Tomó otro vaso más de cerveza, y pidió otra más. De no ser por ellas, el bar habría cerrado ya, ninguna otra mesa estaba ocupada. Y en algún punto eso las liberaba: podían desplegar lo patético y desgarrador de la escena a sus anchas, hasta que llegó el momento en que la balanza de los costos y beneficios del bar dejaron de favorecerlas: no importa cuántas cervezas más quisieran tomar, los empleados querían tomárselas.

—¿Vamos a comer algo?

—Me parece que ya fue, Da.

Dalia la miró fijo a los ojos y acercó su cuerpo. Tras un silencio breve, agarró la cara de Lea entre sus dos manos y le dio un beso. Una afinidad ancestral entre sus cuerpos se activó enseguida, y esa noche, siguiendo el impulso, por primera vez desde que se habían separado, Dalia volvió a la casa donde habían vivido juntas. Durante las pocas horas que duró la calentura, su consumación y la calma tierna que la sucedió, estaban, otra vez, siendo esas que habían sido, tanto tiempo, juntas.


Mirando al cielo, las tipas extendían sus ramas hasta culminar con sus hojas finitas, fundiéndose con el celeste de la atmósfera. De tanto en tanto una nube se paseaba ociosa interrumpiendo los rayos del sol que, a esa hora, ya habían atemperado su fulgor. Sobre el muslo derecho de Lea reposaba la cabeza de Dalia. Ella había estado primero mirando hacia los patos del estanque, dejando su perfil a la vista de Lea, que escrutaba con atención las patas de gallo que se le dibujaban al lado de los ojos, y que se pronunciaban con cada risa. Después, de manera decidida, Dalia apoyó su nuca para mirar a los ojos que desde arriba se posaban en los suyos, afinando mediante ese punto de apoyo el ritmo de las palabras que iban hilvanando al son de las preguntas capciosas y graciosas de Dalia. Estaban deambulando, con júbilo y pereza, en torno a la vida, qué era esa vida que las singularizaba, pregunta que se desplazaba, como arena en un reloj, hacia la consistencia de la materia. Y cuándo algo dejaba de ser lo que era. Con la seguridad que da la felicidad y una escucha amorosa, Lea ensayaba artificios de respuesta que mezclaban trazos de filosofía con intuiciones propias que contrabandeaba con nombres ajenos, para poder decirlos con más soltura y menos temor al error -uno de sus insistentes fantasmas-.

—Somos una consistencia temporaria de átomos que mantienen relaciones de afinidad entre sí por un tiempo. Somos la persistencia de esa forma. Pero lo que nos compone, los elementos que nos componen pueden entrar en otras relaciones. Somos la forma que esos elementos toman en este momento, por un tiempo. Cuando entren en otras conexiones, nuestra forma se perderá, y así llegaremos a nuestro fin. No el fin de la materia, no el fin del mundo: sólo el fin de este encuentro de átomos que hoy nos hace decir yo.

—¿Y eso es la muerte?

—Sí de esta delimitación que somos, de esta forma de combinación de elementos o relaciones entre elementos que nos singulariza, pero no de los elementos que, al liberarse de una forma, quedan sueltos para encontrarse con otros y conformar otra figura - guardó silencio un segundo –. Quizás ésa es la manera en la que siempre vamos a estar en el mundo, el modo en el que algo de nuestra existencia será indeleble, eterna. Algo de eso que nos conformó seguirá aquí, dando lugar a nuevas formas, a vidas que ya no podremos presenciar.

—¿No te parece angustiante?

—No. Me parece el único modo de concebir una concepción materialista consecuente.

Lea, que le había estado acariciando la cabeza en medio del divague sesudo, ahora hizo presión con el pulgar en medio de las cejas de Dalia, que inmediatamente relajó la frente como respuesta.

—Pienso también que hay otro modo de persistir en este mundo, que es en el recuerdo de los otros. No estoy segura, pero creo que era Spinoza el que decía que mientras los efectos de una relación subsistan, persiste algo de esa esencia, en esta especie de acción continuada a la distancia.

Uno de los patos se puso a aletear, de golpe, acompañando cada movimiento con un graznido agudo. Lo vieron inmediatamente corretear tras una pata, intentando montarla. La pata moteada de marrón y blanco se deslizaba veloz por el agua del lago, dejando una estela en V tras de sí. Dalia se incorporó y, cruzando las piernas en modo indio al igual que Lea, le dio un beso largo.

—Yo pensé que vos venías a ver a los patos del parque cuando no querías pensar más —le dijo a modo de chiste.

—Cuando quiero pensar sin pretensiones de verdad ni método alguno —retrucó, riéndose Lea.

Dalia agarró la mandolina que había estado descansando en el borde la manta sobre la que estaban echadas. Lanzó unas notas al aire, y se concentró en la afinación. Y mirando cómo la tarde, de a poco, se iba yendo cambiando los colores del cielo hacia una luz más tenue y naranja, soltó, lento, un arpegio de cuatro notas. Se sucedían con precisión, repetidas hasta que, en el parque, para ellas, los demás sonidos se acallaron. Cuando la melodía se hizo agua, las notas comenzaron a espaciarse, y los contrastes entre los graves y los agudos se hicieron más tirantes; sola, la melodía se fue desplazando hacia los últimos trastes de la mandolina. Algo dictaba la música, el tacto preciso de Dalia sobre cada cuerda, y a la existencia, en medio de la música, de su duración, le faltó la falta.



El espacio urbano aireado de Azul había sido el plan para el fin de semana. Los cómplices musicales de Dalia habían planeado una fecha con su banda en el pueblo natal de Sebastián, que hacía de guía oficial. En el fondo de una casa lentamente prepararon un sonido enclenque. Allí, planeaban que la disposición generosa del hogar y las horas chiclosas que habilitan las vacaciones guarecieran a los raros del pueblo. “Aquelarre queer” era el nombre que se les había ocurrido para el mitín heteróclito que imaginaron: el infaltable y siempre desilusionante número de stand up, una pequeña obra de temática marica, y a altas horas de la noche la banda, que prometía baile y clima de aprete. El menú ofrendado a quien asomara su nariz, por el sólo hecho de exponerse a la habladuría que seguramente el evento traería consigo, era el de papas a la parrilla: así nomás tiradas al fuego, esperando que la cáscara fuera una coraza suficiente para separar un núcleo comible, cocido y blando.

Lea tenía dificultades para lidiar con ese tipo de situaciones. La perspectiva de una fuga de la ciudad siempre la atraía, y es verdad que los shows que daba la banda congregaban a una multitud que magnetizaba su curiosidad entre sociológica y literaria, con la cual venía también una tenue frustración de no saber luego qué hacer con ella. Pero también se sentía suelta, como de sobra. Y oscilaba, en las situaciones sociales en general, entre la inmersión total y la obediencia impaciente al llamado interior de “ya no hay nada más que ver por aquí”. Consciente de que, efectivamente no era el centro de la escena y que tampoco le correspondía serlo, se entregó al remedio usual en esas y otras ocasiones: se copeteó hasta la médula. Vaso en mano, mató el tiempo hablando con un hippie que rechazaba las aristas más combativas y barderas de las consignas anti-heterocisexistas que se lanzaban desde los micrófonos, haciendo énfasis en la concordia universal ya pensada desde tiempos inmemoriales por los astros en sus regulares e imperturbables tránsitos. Intentando evitar la virulencia que hubiera cargado sus palabras si con sinceridad daba su parecer ante tan pánfila y adormecida concepción de la vida, prefirió callar y retirarse a “cambiar el agua de las aceitunas”. En el silencio, la borrachera se hacía peor: trazaba sus surcos en las profundidades que, al ser buceadas sin interrupción de ninguna seña externa, ocultaban palabras cizañeras: ella no pertenecía ahí; nunca podría pertenecer ahí. A su alrededor la vida popular bullía: vasos de plástico resguardando cerveza caliente, un sonido atado con alambre, de pésima nitidez, tres pibitos vestidos de negro, contando el mango para ver cómo sorteaban la noche, cómo harían para volver a su pueblo tras el periplo nocturno, desviado de su vida baqueana. ¿Era así, eso pasaba? No podía confiar en sus descripciones, en sus percepciones: mejor, las objetaba, no las soportaba. Cada palabra pronunciada por la cascada racional de mierda que la recorría la devolvía a su soledad, a su no pertenencia, a un sentimiento de origen social elevado, que detestaba y la hacía sentir culpable, enfrentada con las murallas impenetrables de lo popular, ese enigma. Fue en ese momento que decidió alejarse. Ya veía venir la constricción en el pecho, la garganta tensa, la dificultad en seguir bajando la cerveza, que, fatal, bajaba, seguía bajando. Un farol amarillo iluminaba la entrada de la casa. Más allá, la luz retaceaba, y hacía allí se dirigió. Sin sentirse parte del pueblo, agradeció su vacío, su irregular dispersión. El solaz estaba cerca, las gentes lejanas. Apenas la luz dejó de marcar su silueta, se sentó en cuclillas y se largó a llorar. El silencio en derredor le permitía poder sollozar, con angustia, sin tener que contener sus sonidos, sin percibir el tiempo, ése cuyo paso había creído poder engañar sorbo tras sorbo pero que, ahora, revelaba que esa periodicidad oral era un cronómetro: la medida tomada cada vez de cuánto podía soportar su extranjería.

—¿Qué pasa, mi amor?

Dalia se arrodilló y la abrazó casi con desesperación. Intentaba desocultar el rostro de Lea, perdido entre sus brazos cruzados, que lo rodeaban como una fortaleza defendida también por sus rodillas por ellos entrelazadas.

—Yo no soy de acá.

—¿Qué decís?

Dalia esperó un segundo una respuesta.

—Yo tampoco —agregó.

—Vos te manejás cómoda acá… Yo me siento muy sapo de otro pozo.

El tiempo juntas le permitió a Dalia una traducción aproximada de esas palabras, un atisbo de su significado y, casi con la misma velocidad, abonaron a un cierto tedio que, de todos modos, intentó matizar, por amor.

—Ninguna situación le corresponde a nadie. No hay lugares a los que se pertenece. Acá estamos todos juntos, y no hay guión correcto. Hay estar juntos, y ésa es la situación, eso es lo que pasa, eso es lo que va pasando. Lo otro es una idea tuya; acá nadie pide papeles de clase, Lea.



Acaso haya sido la personalidad magnética de Victoria, o su deseo de profundizar en esos dos autores que le parecía que lograban desandar, zafarse de los recovecos más conservadores y normativos de la teoría y práctica psicoanalítica. En todo caso, que Mariano, su cómplice fundamental, también hubiera decidido dedicar un sábado tempranero de por medio a la lectura grupal de Mil mesetas fue lo que la decidió aquel sábado de abril a mandarse con la bici enclenque -que tenía que arreglar, se recordaba vez tras vez sin hacerlo- para Belgrano. Sabía que estaba llegando tarde, y optó por comprar facturas en el camino, un poco a modo de disculpas, otro poco porque no había llegado a desayunar nada. Tocó timbre y esperó. Bajó a abrirle una chica que tendría su edad, se movía de modo enérgico, como resuelta. Apenas le abrió, la impactó lo grave de su voz.

Una vez en el departamento, comenzaron las presentaciones oficiales, ritmadas por mates, pausadas de tanto en tanto por la deglución de una factura. Ahí supo su nombre -Lea-, y que era socióloga. Por su parte, cuando le tocó su turno ella también tuvo que delatar su profesión, pero decidió también traer a colación el feliz desvío que estaba viviendo con la mandolina. Por su parte, Victoria dirigía de manera desordenada la batuta, y pautó un cronograma de lecturas. También apuntó algunas de las preguntas de los presentes, en su mayoría psicólogos. Había entusiasmo en el aire, y Dalia aprovechaba la algarabía general para mirar de tanto en tanto, de reojo, a la chica de voz grave, cuyas intervenciones eran, también, graves y serias: sesudas.

Cuando bajaron, al finalizar la reunión, coincidieron en el método de transporte elegido: ella tenía una bicicleta azul, inglesa y casi reluciente. Ante el halago de su rodado, Lea le dio una respuesta que la descolocó: “Digamos que la tomé prestada sin que sus dueños lo sepan”, dijo, mostrando una sonrisa plena. Y se alejó, primero por la vereda, evitando el empedrado, y luego bajó a la calle, hasta perderse en una esquina.

Dalia se estaba yendo con Mariano a una reunión de otro proyecto delirante que compartían, una revista sin forma sobre la que hacían confluir sus intereses por la música, la literatura, el odio al psicoanálisis como dispositivo normalizador. Mariano la miró, pícaro:

—Te gustó.

—Me enamoré de las cicatrices en sus piernas.



Habían decidido ir a una movida de banditas indies por un centro cultural medio clandestino, que tenía la virtud de tener un espacio grande y un sonido bastante nítido. Sobre el escenario, cuatro varones creaban un ambiente envolvente con sintes y teclados electrónicos; de tanto en tanto una guitarra completamente distorsionada cortaba las ondas de aire e imponía nuevos continentes sonoros. La música fluía, se imponía nota a nota. Los ojos sobraban, de tanto en tanto Lea los olvidaba: los cerraba y la conexión con el mundo era sonora y táctil, cada centímetro de la parte delantera de su cuerpo pegado al de Dalia, con un calce casi perfecto, rodeándola con sus dos brazos sobre sus hombros, su mejilla izquierda rozando su rostro, a veces escabulléndose más cerca de su cuello, siempre acompañando, las dos, el tempo con los pies, los pies firmes, arraigados a la tierra, acá.

Cuando la máquina de detener el tiempo dejó lugar al silencio y los aplausos, se separaron para ir a comprar una cerveza. Al retornar con un vaso de litro casi lleno, más allá de la oscuridad ambiente, Lea notó que la cara de Dalia estaba transfigurada.

—Está Romi.

La ex de Lea. O la ex que había sido parte de los largos prolegómenos a su relación, que durante mucho tiempo fue de a tres. Dalia había sido paciente, o persistente, o ambas; Lea se tomó su tiempo para vivir su confusión, hasta finalmente quedar obnubilada por la evidencia de su amor por Dalia que, no por eso, borraba el amor que sentía por Romi, superposición que dio lugar a innúmeros vericuetos y, también, al cansancio de los pocos pero cruciales amigos que escucharon sus devaneos, sus dudas. La presencia de Romi en ese lugar era más cortante que cualquier cuchillo, que cualquier distorsión. Para Lea esa escena -ellas dos juntas, Dalia y ella- era la escena que Romi no tenía que ver. No la tenía que ver. Y decidieron irse, escabullirse entre la multitud anónima.

Ya devueltas al espacio abierto de la noche, el silencio las acompañó por algunas cuadras.

—Perdón… Ya sabés que me gustaría resguardar a Romi de esta escena.

—Yo no sé cuánto tiempo más puedo soportar que lo que supuestamente se terminó no se termine.

—Todo se termina en algún momento. Incluso esto.

—No soporto tu ánimo de duelo. Eso de andar llevando la finitud a flor de piel con todo. Así no se puede —y calló.

Estaban llegando a la casa de Lea, que maquinalmente tendió a abrir la puerta.

—No quiero entrar. Me voy a mi casa.

—¿Por qué?

El silencio estaba lleno de palabras, tantas que se agolpaban por salir, sin lograrlo ninguna. Dalia se sentía harta de decir lo ya dicho, otra vuelta de tuerca.

—No te vayas —le rogó Lea—. Esta es tu casa.

Y le dio la llave.


Massimo Uberti, UNO STUDIO, 2003 Neón y cable de acero 360x500x500 cm

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