Búsquedas
Search this site
Se encontraron 1535 resultados sin ingresar un término de búsqueda
- Un agujero con la mente alrededor / Eduardo Magoo Nico
Respondiendo a mi pedido Una señora de muy buenos modales Me trae un cuaderno que dice en la portada "Tengo un agujero con la mente alrededor" Yo la miro perplejo: -¿O prefiere uno con la Barbie? Al salir del negocio Una “nada” pasa salticando Mientras dos girasoles se abren Dando inicio así A una danza de conejos en cuadrillas Por el entero cuadrado del campo Ideas viejas: Como bailar una milonga o pericón En un trigal recién trillado... O pensar en Calino, Arquíloco, Ippareote Alceo, Minereno, Anacreonte Y en otros tantos nombres Para ser adoptados por la Fiat En su moderna línea de vehículos pesados -¿Muy pesados? -Nuevas marcas de Tractor -¡Ja!¡Ja! A nadie se le ocurriría... Después de todo, el desdén No es otra cosa, que el modo más benigno De la hostilidad -¡Ánimo, luzca el orgullo la obra del trabajo! Viejas ideas... Que tienen el poder de no conocer sus límites Y van de espero en desespero Aquí se trata (Sobre muchas incrédulas miras) De hacer un agujero: La misma mirada apunta -¡No puedes cerrar los ojos! Pues hubo un largo camino Entre su corazón y mi alma (Y sigue sembrado de trampas) Desde afuera se ve mejor: Yo lloro Mientras sigo leyendo lo que escribo Mi trabajo es infinito... ¿Tendrá alguna oportunidad (un cualquier amor) De venir a plantarse como planta de crecer En el entre (medio) de los dos? ¿Una plantita que siempre apunte al sol? En ese su-ponerse en re-lación a un otro (Que es ya parte de un lindo enredo) ¿Se pone el girasol? ¿Se re-ubican los anteojos? ¿La entera plantación? ¿O acaso la casita del hornero en otra horqueta del amor? Aunque haya cantado el mar Mis pies están bien plantados En la tierra abierta en surco Donde pasaba el agua (No tiene nada que ver con la Academia Y tampoco mucho con la vida) Quien crea un arte-facto compensa de algún modo Lo no vivido Con una cierta gracia... (Mis lágrimas de papel descartable, vuelan ahora hacia el basurero) ¡Puttana! ¡Puttana! (La maestra) Por delante el mundo, no faltará -¡Mirad! ¡Mirad el campo! -¡Cuánto verde hay más allá! Más atrás aún: Una entera laguna y el juncal Nidales de patos, teros, gallaretas... ¡Si hasta los biguaces hacen un nido! ¡Ay, de la bandada profunda! ¡Helicoidal(mente) envolvente! Es como si un arado hiciera surcos En un cielo Ya de por sí corrugado... (Lo que en definitiva nos cobija Es este, nuestro estar desamparados) Esta vez me rindo a la evidencia Se trata siempre, de aquella “rosa sin porqué…” (¡Ajeja-joja-jin-jojé!) Empero: Esta relación entre dos vaciados Debería tener su respiro (Su largo aliento) Una especie de “algo” alrededor Para luego sembrar la piedra El fundamento Sobre los bordes excavados Toda hondura se abre Al entero lago del corazón (O a esa fritura vasta De la materia) ¡Un día, una voluntad de hierro Ajena a todo desencanto Arrasará el aire y llegará a vosotros! ¡Los buscará en sus guaridas Les pondrá su mira en la frente (No cerrará los ojos) Es la belleza la que a veces opaca (o impide) La transparencia ¡Bum! He aquí un agujero con la mente alrededor… -¿O tal vez prefiere uno con la Barbie? ¡Toda juventud que ríe es invencible! Fuente: Agradecemos cariñosamente a Magoo las ganas de compartir su libro Servidumbres. (2022).
- El castillo de quienes buscan sentidos. “Una palabra sola, no un discurso” / Anne-Marie Norgeu
Está construido como un atleta, pero es frágil e impredecible. Siempre hace su entrada dando un portazo a la puerta doble que da al gran salón. Cuando se celebra allí la reunión de los viernes (de la que cree o más bien elige ser excluido), acostumbra a hacer este gesto con el que señala su presencia. Las puertas se cierran de golpe, así que ahí está. El gran salón con una decoración aristocrática, altos ventanales que realzan los majestuosos árboles del parque, una gran chimenea donde arden troncos de un metro veinte, un parqué claro, bien encerado y una enorme mesa ovalada. Jean Oury se sienta para la reunión semanal de bienvenida; a su lado estaba el presidente de la reunión, un papel que se ha convertido en un ritual para él a lo largo de los años. Como el escenario está preparado, el joven entra con su forma estruendosa, pero aquel día fue peor que cualquier otro. Tartamudeaba, balbuceaba, asolado por una gran ira. Silencio, la asamblea se paraliza, nadie se mueve, ¡nadie tiene nada que agregar! Cunde como un respeto consternado ante tanta violencia. Permanecemos apacibles, sabemos que esas vociferaciones expresan, especialmente, sufrimiento. En dos rápidas zancadas, se coloca frente a la mesa, agitando un puño amenazante hacia el presidente, que está en medio de la narración de un viaje en canoa. De su puño a la cara del otro, sólo los separa la mesa. Entonces su médico se acerca por detrás, le rodea los hombros con el brazo izquierdo y con la mano derecha bien abierta le envuelve suavemente el puño amenazante. "¡Pero si está celoso!" le dice con una sonrisa. ¡Paf! ¡Directo al grano, justo en la diana! La asamblea rompe en carcajadas, pero no para burlarse, sino por alivio. Lo apreciamos porque lo conocemos. Desconcertado, el chico aprueba, sonríe a su vez y baja el brazo. La amenaza se desliza. Una sola palabra, pero exacta, de una precisión perfecta, para drenar la hiel de la angustia y aliviar al paciente. Jean Oury palmea el banco en signo de invitación: "Dale, vení a sentarte y a contarnos tu última salida", le propone con gentileza. Inmediatamente el joven toma la posición anhelada y cuenta la última salida al campo en la que participó. Calmó la vehemencia, aplacó la fulminación, descartó el peligro. ¡Así proceden los antibombas en campos minados! Fuente: “Una palabra sola, no un discurso", 2006. En El castillo de quienes buscan sentidos. La vida cotidiana en la clínica psiquiátrica de La Borde. Traducción del francés de Juan Zavala, Cielo Invertido Ediciones, 2022
- Una respuesta a la pregunta fantasma / León Feldman Reinoso
6. Esta pregunta solo se ofrece para inquietudes en estado de revuelta que cursan sin apuro despreocupadas de las evaluaciones. Se la presenta como pregunta fantasma. Lea una y otra vez el relato Anamnesis de Silvina Ocampo solo lea escuchando lo que le pasa mientras lo lee. Luego, cuando las sensaciones decanten, escriba lo que pueda y sienta ganas entrecruzando lo que piensa con ideas que se transmiten en esta materia. Anamnesis Del interrogatorio a la intriga atenta, paciente, un diálogo se deshace en frases, ideas, elucubraciones, preguntas. Se lee una conversación entre ¿paciente? y ¿terapeuta? Un intercambio de palabras o palabras que intercambian fluidos de intensidades a través de cuerpos que sufren las desmesuras del sentido. Una literatura de la clínica. Una clínica de la literatura. ¿Un cuento? ¿Ensayo? ¿Experiencia? ¿Encuentro? El acto de escribir deviene clínico, en tanto se escribe para quien unx ya-no-es, a sabiendas de que la escritura es impredecible, aparece, emerge, surge contingente, ligada a cierta sensibilidad que cada tanto avizora más por el lado de la intuición que por el de la fórmula. La consigna presenta el desafío de leer, leer, leer otra vez y escuchar aquello que se siente mientras tanto. Se desvanecen fronteras entre texto y texto que no se intentarán volver a levantar. Fragmentos dispersos de inquietudes, vagas nociones, infinitas curiosidades y pocas certezas ¿se presentarán como “examen” a evaluar? Anamnesis es un relato hermoso, onírico, un ensayo que revela que la clínica, así como la vida, actúa abriéndose paso entre las ficciones que se presentan como realidad mientras las heridas de lo real cultivan evanescencias como potencias del desamparo. Es un diálogo que revela los infinitos mundos que anidan en una sensibilidad que se expresa como puede. Es el testimonio de una historia tan íntima como universal. Es un texto que presenta todos los textos. Un diálogo que saltea escenas, omite pasos, imagina sin prisa, se pasea por las cornisas. - Ella advirtió despreocupada que “en cada ser está el universo”. -“¿En cada universo estará el ser?”, preguntó. Revela procesos de duelo ante la incapturable inmensidad que acontece frente a nuestros ojos sin que se pueda explicar, atrapar, estructurar, aunque se intente. El cuento Anamnesis es una producción mágica, de ojo clínico agudo. Supone penetrar fibras estáticas porque del otro lado está el vacío contenedor de fragancias que consumen pasiones que reclaman tacto. Portadora de una belleza estética incierta, volátil, impredecible, anuncia el contacto antes que el impacto. Sobre clínicas y diálogos (im)posibles. La clínica no ofrece soluciones definitivas orientadas por manuales de intervención, protocolos del cómo curar, cómo vivir. La clínica traduce lo imposible con inventivas que radican en sensibilidades que se sumergen en las tempestades ajenas. La clínica siempre es la clínica de lo irreductible Es un abrigo, un refugio, un abrazo, un minuto de silencio. Un momento de presencia en homenaje a la ausencia. ¿Presencias ausentes?, ¿Ausencias presentes? “Ciñen la silueta de una ausencia en el aire” (Percia M, Estancias en común, 2017, p.66) Siluetas que emergen, danzan en el vaivén del tiempo, suavizan agonías silenciosas y desaparecen. Oxímoron ¿Hospicios carcelarios? ¿Hospitales hostiles? Sinónimos de psicosis como demencia, locura, alienación, se presentan cotidianamente en lo que se procura y preserva llamar "normalidad". Se advierte que no se trata de volver a traer de afuera (fuera de sí) hacia la normalidad a cuerpos encantados y destrozados por palabras que apuñalan, sino, dar lugar a preguntas que piensan cómo alojar brumas que despiertan y ven el mundo de otro modo. ¿Clínicas del vivir en común? Bocas expresan vocablos coloridos, grises, sobrios, extravagantes, secos, fuertes, cálidos, dulces, desgarradores, que cada singularidad toma como propios Se adjudican identidad y propiedad de esa identidad. Idéntica a sí. Ilusoria propiedad de su vida, como amos y esclavos de su propia desazón, transcribe el autor de Estancias, al decir de Pessoa, “Si el corazón pensara, dejaría de latir”. (Percia, M. Estancias en común, p.449) Por otro lado, desbordes que bordean las complejidades del vivir expresan otros puntos de vista. Cuestionan la fijeza de nociones y conceptos sólidos sobre los que se legitiman desigualdades médicas, históricas, íntimas, sociales, políticas, económicas, familiares, amorosas, conyugales, de género, étnicas, espirituales, territoriales, que reproducen formas de opresión que algunos nombran "progreso" "desarrollo" "civilización". Se revisan modos de leer, de ver, de hablar, de ser, aludiendo a pensar que hablas del capital se impregnan en cada gota de sangre que corre por las venas de un imaginario social que se nutre de sus derrumbes. Se navega entre grados de sujeción y singularidad. Las ilusiones del dominio de categorías que explican la vida, la muerte, el amor, los padecimientos, las ansias y angustias, los sueños y derivas, se chocan contra paredes de deseos que temen ser realizados. Acontecen potencias hablantes cuando cuerpos azotados por angustias florecen cuando encuentran sustento en abrazos fraternos. Se ofrece un gesto, se inventa una caricia aún con un silencio como modo de acompañar pesares inauditos. Se piensan grados de libertad y encierro en prácticas de la vida en común. Se propone salir de reduccionismos, de binarismos. De contemplar y escuchar la complejidad como contracara a la cerrazón de un discurso único, ordenador, total, que no permite escapes a las lógicas de lo ilógico. ¿Hay personas que hablan o hablas que encarnan personas? ¿Cuántos rostros puede poseer un rostro? Las palabras pueden arrojar al abismo por su exceso o por su falta. Abismo: ¿Agujeros de sentido que desgarran fibras vitales? Ella Ella heredó los vaivenes de alguna mecedora y la piel de una flor y los rasgos de algún personaje mágico. Supo cantarle a los órganos y desdibujar los márgenes de la realidad apelando a sustancias que se desplazan sin rumbo pero no al azar. Desde los tiempos anteriores al tiempo de lenguaje Ella cultivó el vacío, hospedó angustias, resguardó miradas que brillaban por su filo. Escapó varias veces no se sabe muy bien de qué.
- Adynata Noviembre / VPS
-¿Puedo pedirle un favor? Olvídese de lo que soy y piense en el viento. Dios muchas veces me habló desde el viento… -Sí. Miraré el cielo y las nubes. Me sorprenderé una vez más y escucharé lo que quiera decirme… Escucharé lo que dice el viento… Sabré que una voz amada nos habla desde el viento… Vicente Zito Lema ¿De cuánta capacidad para disfrutar disponemos en esta pospandemia pre electoral? ¿Qué podemos ante tantas muertes, ante esta crisis? ¿Cómo hacemos para conservar esa fuente de energía que despeja y recarga cierta posibilidad para imaginar que podemos vivir de otras maneras, soñar de otras maneras, amar de otras maneras, criar de otras maneras? ¿Cómo empujar a un costado, al menos por un rato, dolores, desesperación, desganos, hartazgos, tedio, frustraciones, obligaciones, fastidios para que se abran paso formas del disfrute no hackeadas, cooptadas y dirigidas por el capitalismo? Otra vez necesitamos recurrir a una cita de “Derecho al ocio y a la expropiación individual” (1930) escrito por Severino Di Giovanni: “Más trabajamos, menos tiempo nos queda para dedicarlo a actividades intelectuales o ideales; menos podemos gustar la vida, sus bellezas, las satisfacciones que nos puede ofrecer; menos disfrutamos de las alegrías, los placeres, el amor. No se puede pedir a un cuerpo cansado y consumido que se dedique al estudio, que sienta el encanto del arte: poesía, música, pintura, ni menos que tenga ojos para admirar las infinitas bellezas de la naturaleza. Un cuerpo exhausto, extenuado por el trabajo, agotado por el hambre y la tisis no apetece más que dormir y morir. Es una torpe ironía, una befa sangrienta, el afirmar que un hombre, después de ocho o más horas de un trabajo manual, tenga todavía en sí fuerzas para divertirse, para gozar en una forma elevada, espiritual. Sólo posee, después de la abrumadora tarea, la pasividad de embrutecerse, porque para esto no necesita más que dejarse caer, arrastrar." Quizás la embriaguez del disfrute pueda contagiarse como la fuerza de los ruidos que irrumpen en una plaza cada vez que la picardía y el ingenio se hacen presentes en un acote en una batalla de freestyle. O como las alegrías que exaltadas gritan y festejan cada caída a tempo en un ballroom. Allí dos modos del sostenerse. Quizás ahí, en el voguear y en el freestylear -acciones inventadas sin pedir permiso en las calles y en las plazas-, la lógica de competencias y batallas se asume con formas que las llenan de estilo y drama queen, de rimas y amor por las palabras. Quizás entre juventudes y la comunidad LGBTTIQNB+ revivamos y encontremos estrategias antiextractivistas para que podamos sostenernos y no nos roben también el disfrute. Muchas veces calles y plazas que se ríen y ni miran a las normalidades de género, raza y clase. Que bailan, twerkean y disfrutan de todos los cuerpos con todas sus formas en todos sus despliegues. Que hacen caso omiso a las advertencias adultocentristas que ven peleas y peligros por todos lados y en todo momento. Si algo saben las juventudes es ranchar y disfrutar, sin más, de pasar el rato. Y en estos tiempos del mundo, tenemos muchxs muchachitxs que saltaron de las plazas a llenar estadios y que prestan palabra a toda esa emocionalidad, a veces retraída, a veces exuberante que despliegan juventudes descreídas del mundo en el que viven. Juventudes que, en plazas y en estadios, gritan y rapean, garganta en mano, lo que pasa por y en esos cuerpos. Quizás, otro desafío amanece: lograr que freestylear y voguear perseveren cómo acciones de sostén y expansión de libertades, más allá del pinkwashing y más acá de vidas que puedan disfrutar de otras maneras. ¿Y si en este noviembre del orgullo advenimos a que, finalmente, "el deseo es una bailanta"?
- Sesiones en el naufragio (34) Nadie sabe / Marcelo Percia
(1) Nadie sabe cómo ahijar. (2) Nadie sabe cómo alojar amores desafiantes y filosos, fallidos conjuros al abandono, furias que no pueden decir qué están pidiendo (aunque siempre se trate de ternura). (3) Nadie sabe cómo habitar una firmeza dolorida. Una firmeza insegura sobre a qué llamar firmeza. Tal vez: una perseverancia desalentada o un deseo que vacila. (4) Nadie sabe cómo apagar el incendio en otra soledad. (5) Nadie sabe cómo pasar por la frustración, por la súbita emergencia de monstruosidades que desconocemos, por las irreductibles extrañezas que desconciertan, por las formas queridas que -de repente- dan miedo. (6) Nadie sabe qué hacer cuando irrumpe la sospecha fatal: ¿Tal vez no nací para esto? (7) Nadie sabe cómo contener cuando impulsos desquiciados arrasan todas las palabras, todos los razonamientos, todos los abrazos. (8) Nadie sabe cómo poner límites sin lastimar, sin decepcionar o cómo decir NO sin expulsar. (9) Nadie sabe cómo evitar ponernos en primer lugar cuando no encontramos lugar. Tal vez contener quiera decir contenerse de protagonismo. (10) Y, sin embargo, confiamos en que alguna manera vamos a encontrar, aun cuando, muchas veces, no la encontremos.
- Último encuentro con Jacobo Fijman / Vicente Zito Lema*
Descubrí que al hablar de tu muerte, hablaba de la mía… Apenas momentos -Ha pagado con usura la búsqueda de la belleza, el haberla encontrado. ¿El dolor en su vida fue la usura, abrir los ojos en la oscuridad fue la culpa? ¿Se redimía de algún grave pecado? ¿Cuál es el peor de los pecados, si lo hay, que un poeta puede cometer? -La soberbia. Negarse a ser un niño. Dejarse atrapar por la tristeza, la soledad, y la desesperanza. -Duele estar solo mientras el corazón se apaga… -Vaya que duele estar solo, perdido en un desierto que no tiene principio, pero aun así un poeta no puede dejar de escribir. Hay que seguir en la tarea, poner palabras a lo que el alma siente, para que nazca la música. -¿Eso es ser poeta? ¿Volver a ser aquel niño que no distinguía la música de los ayes del dolor? ¿Cuando todo tenía una misma potencia de nacimiento…? -Sí, la legitimidad de la poesía la da el poeta cuando escucha las palabras, aun aquellas anteriores a la conciencia… Siempre hay un murmullo, una voz que nos dicta, aunque no distingamos todo lo que nos dice, su cifrado de alerta… -La poesía también nos dicta el silencio, es lo que a veces siento. ¿Dónde estará la luz en la noche apagada, cuando cada estrella se vuelve eterna y el silencio atemoriza…? -Cuando la noche es la luz, aquí aparece el misterio del alma… El alma escucha todas las palabras, también las que están por nacer y sólo se queda con algunas… -¿Y si el alma está herida, y si el alma está seca, y si el alma es un vacío…? -Ahí ya está escuchando las voces de la muerte… Prepárese entonces para el diálogo con Dios… -¿Le teme a la muerte, hablo de la muerte como un espacio infinito sin palabras? Leyendo su poesía pareciera que esa muerte cuanto menos ha perdido su jactancia. Creo que su único temor es no merecer el amor de Dios… -¿Cómo no temer a lo que amo? O al menos, ¿cómo temer a lo que ya no sé si amo, a lo que ya no sé si fue…? -¿La duda no es amor?, ¿su queja no es su deseo…? Leyendo su poesía siento que se puede seguir entre las sombras hasta encontrar el sentido final de la propia poesía, allí donde la poesía no se separa de su sentido, allí donde la poesía descubre que el dolor que dio la vida fue el único sentido… -La poesía tiene rituales sagrados, y lo sagrado puede ser doloroso, aunque nos ayude a construir el único aliento fugaz de felicidad, esa tabla de salvación a la que finalmente nos aferramos, aunque ya no haya mar. Sí, los rituales hay que cumplirlos, son mandatos que llegan desde el cielo, desde el mismo umbral de las nubes, son los presagios que anuncian la verdad del corazón… Aun en el hospicio me entero de lo que pasa en el mundo… y me lamento, y sufro… -Cuando los cielos del mundo se llenan de muerte, uno intenta respirar pero se ahoga… yo siento que me ahogo, la angustia se pervierte en una piedra… -Tendrá que esperar el fin de la noche para poder respirar con ese viento de música que usted sueña… cuando suceden todas las tristezas, cuando caen sobre nuestra alma todos los dolores, todos los que fueron y los que serán, todas las muertes… Hay que descubrir y enfrentar un solo dolor, buscar una sola muerte, entrar en esos únicos ojos, para poder verla. -¿Cómo es la muerte que ve? ¿Es el espanto, es una gracia? -La muerte que veo venir no es la muerte que aspiré para mí, no es la muerte que merezco… Tengo que decirle algo… pienso que me escuchará, que he encontrado en Usted esa buena amistad que nutre el alma… Somos amigos en la vida, en la poesía, ¿no es así? -Para mí Usted es un maestro al que respeto porque se consume en su propio desierto, un desierto que usted mismo creó para ser parte del mundo, ¿me entiende? Y he llegado a quererlo mucho, hablo de una fraternidad que no se explica, nació porque tenía que nacer… -¿Puedo pedirle un favor? Olvídese de lo que soy y piense en el viento. Dios muchas veces me habló desde el viento… -Sí. Miraré el cielo y las nubes. Me sorprenderé una vez más y escucharé lo que quiera decirme… Escucharé lo que dice el viento… Sabré que una voz amada nos habla desde el viento… -Sé que dentro de muy poco, me voy a morir, hablo de mi muerte aquí. Ya soy viejo y he sufrido lo suficiente. Pero tengo miedo de lo que me espera. No de la muerte, porque ya estoy muerto en Cristo, sino de que me abran la cabeza como hacen con todos los que mueren en el manicomio…. ¡No quiero presentarme ante Dios cuando resucite con el cerebro dañado y chorreando sangre! Mi vida ha sido el estudio, la poesía, quiero estar hermoso. Además me aguarda ella, la Virgen, la única que no se burló de mi amor, ni me rechazó… ¿Se ocupará de mí cuando muera? Sáquenme a toda prisa de la morgue del hospicio. No deje que me destrocen y humillen mi último dolor ¿Me lo promete? -Se lo prometo… y sentiré que alguien me espera en el final del camino… ¿Recuerda que escribió “es muy larga la noche del corazón”? -Fue hace muchos años… Nunca imaginé que duraría tanto esa noche, tampoco que serían mis días los de un poeta despidiendo la luz en los cielos que enturbian estos muros. *Texto reescrito en octubre de 2022.
- Flor y canto: Recuerdo del hombre en la tierra / Poesía Náhuatl
¿Sólo así he de irme como las flores que perecieron? ¿Nada quedará de mi nombre? ¿Nada quedará de mi fama aquí en la tierra? ¡Al menos flores, al menos cantos! ¿Qué podrá hacer mi corazón? En vano hemos llegado, en vano hemos brotado en la tierra. Ma nel xóchitl, ma nel cuicatl ¿Zan ca iuhquin o yaz in ompopoliuh xochitla? ¿An tle notleyo yez in quenmanian? ¿An tle nitauhca yez in tlalticpac? ¡Ma nel xochitl, ma nel cuicatl: ¿Quen conchihuaz noyollo yehua? 0 nen tacico, tonquizaco in tlalticpac. Fuente: Poesía Náhuatl. Manuscrito de la Biblioteca Nacional de México
- Sesiones en el naufragio (33) Anamnesis / Marcelo Percia
La palabra anamnesis significa recordar. En lenguaje médico, describe la disposición a reconstruir la memoria de un dolor, la “reseña circunstanciada de una aflicción”. Sin embargo, una vida no se resume, no se compendia, no se deduce, a través de una colección de datos más o menos relevantes. Una vida se insinúa imperceptible como la espiración de un suspiro o la secreta agitación de un sueño. En Anamnesis, Silvina Ocampo (1970) presenta una historia clínica como poética de sensibilidades inclasificables. Un informe que arrasa con impaciencias y lógicas diagnósticas. La extraña relación de intimidad que las afectividades traman con las miradas y los colores, los sabores y las texturas, los silencios y las palabras. Tras leer el relato de Silvina Ocampo, lo expongo intervenido con comentarios. A sabiendas que esta fragmentación descuartiza, quebranta, mata. Muchas veces la glosa compone un género parásito. Se lee: “Mi paciente tiene una idiosincrasia extravagante, un organismo con memoria, una sensibilidad, una presciencia infatigables. Preparada desde la más tierna infancia para el contagio absorbe gérmenes y contaminaciones a velocidades incontrolables. Mejor sería no hablarle de incestos”. Una historia de vida no interesa como destino sabido, importa como misterio siempre sugerido. Intrigas y veladuras componen los pliegues de los tiempos rememorados. La clínica practica una escucha de la sugerencia: la de las cosas que eligen callarse para decirse. Se lee: “Un rencor ancestral duerme, mas bien vela, en sus entrañas”. Una vida también se narra por lo que pudo hacer o no hacer con el resentimiento. Resentimientos almacenan el gusto rancio del amor perdido. La interminable fidelidad con un abandono. Quizás en toda existencia yacen odios envejecidos de remotos amores traicionados. Se lee: “Séquitos de materias inalienables cuyos orígenes oscuros se desconocen hacen abortar sus mejores planes”. Una vida se narra también por los planes no realizados, impedidos, desalentados, abandonados, fracasados. Nostalgias de lo que pudo haber ocurrido y no ocurrió. Circunstancias que con pequeños arreglos o azares hubieran conducido a no se sabe dónde. Se lee: “No puede abrir un cajón para buscar un lápiz violeta. ¿Por qué violeta? Dice que las palomas tienen algunas plumas de ese color sobre el pecho. Si interrogo extrañado: -¿Violetas? -protesta. -No. No son violetas. Si insisto en preguntarle: -Entonces ¿por qué dice que son violetas? Responde: -Son como si fueran violetas”. Contar una vida equivale a narrar lo insondable. ¡Qué arrogancia la del ¿por qué?! ¡Qué prepotencia la que pide explicaciones! ¡Qué ingenuidad la que pretende descubrir causas en las sinrazones! Sin embargo, la clínica no puede o no sabe hacer otra cosa: reemprende una y otra vez la gastada ilusión alumbradora. Y, con frecuencia, no entiende las respuestas a las preguntas que hace. No las estima pertinentes o las considera desvíos, aplazamientos, distracciones, de lo requerido. A veces, lo que se creía oculto, secreto, profundo, resplandece en un gesto o en una caricia respetuosa de lo incognoscible. Se lee: “No puede tapar el pomo de la pasta de dientes, ni recordar la fecha del cumpleaños de una persona que ofende el olvido”. Una vida también se narra por sus caprichos y rarezas. Aunque conviene hacer una distinción. Un capricho se precipita como pasión súbita y fugaz que, tras manifestarse, se olvida. Mientras una rareza persiste como ánimo que decide asentarse en una vida, construir un hogar y soñar una descendencia. El relato de Silvina Ocampo consigna sombras de probables caprichos y bellas rarezas. Se lee: “Cualquier pluma la mortifica severamente salvo las del pavo real que colecciona y guarda en una enorme caja de bombones. El incumplimiento variado de sucesivos suicidios (saltos en el abismo, venenos, tajos en las venas, tiros en el abdomen) modifica el esquema interior de su esqueleto”. Una vida también se narra por los actos no realizados. La clínica suele encontrarse, si se encuentra, ante un suicidio incumplido. Su posible realización la desvela. La clínica, tal vez, se sostenga en un solo imperativo: cuidar la vida. Pero, ¿cuando la vida no se desea? Entonces, la clínica no sabe qué hacer. Intenta impedir la muerte, desanudar cordeles del pesar, procurar alivios, jardines sin rosas, desiertos habitables. O intenta avisar a quien se pueda. Pero, a veces, la clínica no puede. Carece de poder para alentar al fuego a que se abrace con el agua. Se lee: “Quien no la oyó reír no conoce la emoción de su fragilidad capilar”. Una vida también se relata contando envolturas de una íntima fragilidad. Tal vez solo se trate de fragilidades. Fragilidades desenfundadas o cubiertas, blindadas, esclerosadas. Fragilidades que nacen y mueren, que se estremecen con los aplausos y se resquebrajan con el hambre. Fragilidades que se olfatean y se arañan, que laten en todo lo vivo. Materias y energías del universo dialogan con el tiempo. Se llama tiempo al silencioso transcurrir de las fragilidades, se llama fragilidad a la transitoriedad de lo vivo. Fragilidades no se conocen. No simpatizan con el infinitivo conocer. Se rehúsan, se dan, copulan, pero no se conocen. Conocimientos se intercambian como mercancías, fragilidades se pasean rotas y astilladas, convulsionadas por la risa. Se lee: “Una aguja viajó por su cuerpo durante muchas horas. Antes de llegar al pecho se detuvo: con un brillo helado cambió de rumbo y se clavó sobre la rosa artificial que sostenía en ese momento la mano delicada de mi paciente creyendo que formaba parte de la mano”. Una vida también se narra por la agujas que lleva clavadas en los sentimientos. Glosar no supone repetir lo leído ni extenderlo, glosar equivale a sacudir una lectura para despertar pensamientos. Tampoco equivale a interpretar. Una glosa no traduce, no infiere, no deduce. Una glosa no profana lo dicho. Como ocurre en una sesión con el análisis de un sueño: el psicoanálisis no lo interpreta, solicita y escucha asociaciones. Glosas tratan de tentar indecisiones entre el sentido y el sinsentido que se escabullen entre significaciones que asedian lo irreductible. Una aguja viaja por todos los cuerpos hasta clavarse en el dedo de un órgano o en el pie de un recuerdo. Una vida se narra como si se contara un sueño. Se lee: “Amó hasta el delirio una voz, una mirada detrás de un vidrio, sin otros aditamentos, una frase que una persona jamás llegó a decir pero que tal vez habría pensado sin expresarla con un leve suspiro pensando en otras cosas”. Una vida también se sabe por sus amores. Aunque sus amores no se sepan o no se entiendan o no se digan. El amor ama lo inaprensible. Una voz, una mirada detrás de un vidrio, algo que nunca se llegó a decir, una distracción presentida. Cosas como estas componen un encanto. El psicoanálisis pensó el amor como ensoñación. Se lee: “Teme la giba de la ancianidad, el insomnio de la hipertensión en los espejos de tres cuerpos”. Una vida también se narra por su relación con la vejez y el insomnio. La vejez quizás como deformación del miedo, como última fragilidad, como curiosidad final. El insomnio como vigilia ilusionada en prologar “los días de la noche”. Se lee: “Presiente la incongruencia de los espasmos abdominales el servilismo del riñón flotante en la epidermis de una fotografía de pasaporte, que no fue aceptada en el departamento central de policía”. Una vida también se narra por sus incongruencias y servilismos. Por su lejana o cercana percepción de que, más allá de las anécdotas, no se tiene qué decir. Se lee: “Pasa del rosa al verde asomado a la ventana del día, eléctrico, estremece a quien lo toca. He oído decir a mi paciente que adopta voz de nena y a veces hasta de laucha para narrar su sensibilidad”. Una vida también se narra por las voces que la habitan. Algunas sensibilidades se dicen con los sonidos de las infancias y de las lauchas. Otras no encuentran una voz o imitan la de una vecina o la del personaje de una serie o la de quien interpreta una canción que suena en la radio. Sensibilidades sin voz apelan al viento, a los pájaros, a las hormigas silenciosas pero disciplinadas. Se lee: “Teme ver a una persona que desea ver con ansias; en cambio se apresura a ver a las que le son desagradables. Como usted. Un hombre que la mira mata a mi paciente. Un perro que la sigue la esclaviza. Un niño que la busca la obnubila. Un durazno maduro la hipnotiza. Una tumbergia en flor la vuelve loca. Convendría no perturbarla”. Una vida también se narra por el desparpajo de sus rarezas. Rarezas no significan síntomas. Síntomas se presentan como rigideces que hacen daño. Rarezas y curiosidades no causan sufrimientos, solo desentonan en el horizonte de la normalidad. Sin embargo un matiz: mientras a las curiosidades (extravagantes y teatrales) les gusta llamar la atencióy67u8888un y disfrutan haciéndose ver, las rarezas suelen sentirse defectuosas. Se lee: “Transcribo nuestro diálogo: -Los médicos me nutren de enfermedades numerosas para distraerme de las mías. Los caramelos sirven para esos fines: me convidan con microbios seleccionados porque me creen golosa y no quiero defraudarlos. Yo la interrumpo. -¿Defraudar a quién? ¿A los caramelos o a los médicos? A esta pregunta capciosa invariablemente contesta: -A los caramelos porque los médicos no existen. Llego a una triste conclusión: Mi paciente es mentirosa. Mas ¿cómo desentrañar la verdad de la mentira? Si existe una verdad”. Una vida también se narra no tanto por su relación con la verdad y la mentira, sino por su inclinación (o no) a la omisión, la evitación, el disfraz. La intervención más disruptiva del relato “Mi paciente es mentirosa”, enseguida se ve atenuada por el mismo doctor que piensa “Mas ¿cómo desentrañar la verdad de la mentira? Si existe una verdad”. Las anamnesis clínicas limitan con las autobiografías, las confesiones, los diarios íntimos. Al cabo, una vida también se presenta como montaje deliberado. Aunque en toda narración editada, al cabo, se deslizan imponderables. Se lee: “Mi paciente ama con el páncreas con el plexo solar y con la médula. Espera con la garganta y con las rodillas. Teme con las recónditas venas. Con el sexo promete ¿qué? nada que el sexo pueda dar. Oye con los pies y las axilas (aunque mienta diciendo que es con la boca). Aborrece con las arterias y con el riñón derecho (el izquierdo lo ha donado). Arbitraria, muerde con los omóplatos, operación difícil pero posible. Ningún cromosoma es tan sutil, ninguna fístula tan corrosiva, ningún virus tan arcano como su corazón, único órgano perfectible del cuerpo”. Una vida se narra también amando con. ¿Cómo se ama con el páncreas, con el plexo solar, con la médula? Literaturas dicen que se ama con el corazón o con el alma. El psicoanálisis piensa que se ama con el narcisismo o con un ideal. Se ama con respeto, con ardor, con miedo. Se ama con culpa, con dedicación, con libertad, con voluntarismo. Se ama con imaginación y curiosidad. Se ama con la preposición de la astucia asociativa. Se ama, como se dice en Anamnesis, con zonas del cuerpo que se activan por su cuenta. Se ama, se espera, se teme, se oye, se aborrece, se muerde, con partes del cuerpo que se separan o se sueltan para amar, esperar, oír, aborrecer, morder. Tal vez algunas corporeidades se fragmentan para no estallar o para poder albergar tantas pasiones. Silvina Ocampo se da cuenta que una vida también se narra por el encanto de sus promesas incumplidas. Escribe: “Con el sexo promete ¿qué? nada que el sexo pueda dar”. La magia de la sexualidad y de tantos desvaríos, reside precisamente en que saben prometer lo que no pueden dar. Muchas veces el corazón carga con demandas. Aloja casi todas las emociones. Se lo imagina partido y generoso, retraído y entregado, de piedra y de oro. ¡Ay… cómo se siente cuando de acelera! Se lee: “Tuvo relaciones íntimas con tres estafilococos dorados sobre almohadones de damasco amarillo. De un examen de fondo de ojo logré extraer sin modificaciones aparentes el diminuto cairel de una araña y un dije de plata minúsculo, con una figura grabada que no descifró ni pudo descifrar ninguno de mis colegas. Irritadas amebas, prestigiosos virus le anularon insustituibles años que ningún médico por competente que sea le devolvió”. Una vida se narra también por sus modos de alojar sus misterios e indecisiones. No resulta fácil desprenderse del ideal de desciframiento. Soltar la esperanza clínica de revelar la cifra de un sufrimiento para liberar a la vida de un innecesario pesar. Interpretaciones y adivinaciones rivalizan. Ambas confían en sus lógicas. Mientras desciframientos construyen y comunican teorías, adivinaciones ocultan sus secretos. Clínicas colisionan con lo imprevisto, con lo que descoloca, con lo que desestabiliza, con lo que acontece porque sí. No saben qué hacer en esos momentos de perplejidad que, a veces, desesperan, hacen reír, inspiran ternuras. Wim Tigges (1987) observa que la palabra inglesa nonsense (que se suele traducir como disparate o sinsentido) podría pensarse como vacilación entre el sentido y el sinsentido. Esa idea le conviene a la lectura de Anamnesis: clínicas participan de un movimiento de vaivén entre lo sabido y lo no sabido, entre lo dicho y lo no dicho, entre lo esperado y lo inesperado. Silvina Ocampo advierte cómo una historia está habitada por referencias que oscilan. Por encuentros aleatorios entre voluntades y azares, entre suertes y deseos, entre conexiones y desconexiones de afectividades que se rozan, se repelen, se lengüetean. Se lee: “-En cada ser está el universo -exclamó con indiferencia”. Una vida también se narra en un detalle ínfimo. En una sola aflicción se duelen todas las aflicciones. En un solo suspiro o en un único bostezo se insinúan todas las existencias. Silvina Ocampo hace una cita sin alardes. Tal como pensaba Leibniz (1714) en la Monadología, en cada pequeña cosa habita un mundo. Escribe: “Cada porción de materia es como un jardín lleno de plantas o un estanque lleno de peces. Pero cada rama de la planta o cada escama del pez es también un jardín o estanque similar”. Se lee: “Huyó del escorbuto y del carbunclo con las alas que da el tiempo. Huyó de la malaria en sucesivas reencarnaciones sin contar la viruela la lepra y la fiebre amarilla que buscó entre las rosas de un jardín oriental en las orillas crecientes de la putrefacción. Y todo eso para seguir viviendo, muriendo, ignorando a veces que la voluntad del alma es una sola”. Una vida también se narra considerando las amenazas de las pudo escapar. Se necesita burlar innumerables peligros para seguir viviendo. Se huye volando, se huye buscando, se huye sin saber que se está huyendo. O tal vez se huye desconociendo que se hubiera encontrado la salvación permaneciendo. Se lee: “Heredó la barriga de una ninfa de bronce que sostenía una antorcha para iluminar el descanso antiguo de una escalera los celos incontenibles de la cocinera por toda voz telefónica la aguda vista de la bordadora que hacía las veces de institutriz francesa el remolino de la ceja derecha en un retrato del tatarabuelo la afición por los caramelos ácidos del consabido portero que le enseñó a jugar al truco a los cinco años con naipes húmedos y bolitas de vidrio la agilidad de la tía Clorinda que era capaz de treparse a una palmera para juntar huevos de urraca o de paloma a la hora de la siesta. Heredó y esto parece una utopía el cutis de las magnolias que en los floreros daban con su perfume dolor de cabeza para el resto del día. Heredó con toda reserva el ímpetu avasallador de algunos adornos encerrados en la vitrina de una sala: un tigre de marfil rodeado por una serpiente con flores perversas. Heredó la belleza ¡quisiera saber de quién! ella dice que la heredó de un plato sopero donde en el fondo de la sopa de tapioca, brillaba siempre Diana Cazadora. De las consecutivas mañanas de primavera la mentira. De un gato la entrega aparente de sí misma a cualquiera o a nadie. De Narciso en un libro de mitología amarse por sobre todas las cosas. Heredó del lebrel la elasticidad y la dulzura el color de los dientes y de la lengua y ese apetito incontenible frente a cualquier plato de carne condimentada. Heredó el vaivén de la mecedora y del columpio de la plaza donde grabó en la madera del asiento sus iniciales. De los sapos la voracidad sexual que dura tanto en apagarse como las noches de Alcmena”. Una vida se narra también por sus herencias. Silvina Ocampo pone a la vista la imprevisibilidad de lo que el psicoanálisis intenta pensar como rasgos que identifican. Su lista de herencias puede leerse como repertorio de lo incapturable. Sus herencias ofrecen una colección de rasgos y presencias inspiradoras. ¡Qué bien hace esta anamnesis a la imaginación clínica! El listado de herencias ilustra una narrativa de las singularidades. Composiciones y momentos únicos de una vida que chapotea en el cosmos o se sacude batiéndose como una gota de agua en el universo. Finalmente, llamamos singularidad a un instante de asombro. Las herencias que se enumeran en el relato no se explican, pero eso no indica que haya que pasarlas por alto. Están ahí, justamente, para ahuyentar o reírse de la pasmosa estupidez de las explicaciones satisfechas. Tal vez el error consista en pretender encontrar algo en el despliegue. En la extensión lisa y legible de una existencia. Una belleza se insinúa en el sentido inasible de un doblez. Se dijo: nos aventuramos en la clínica con poco saber y bordeamos momentos de impoder. Se necesita recordar algo más: las teorías no están para establecer lo ya sabido, sino para avivar la imaginación o rescatarla de sus sillones adormecidos. Se lee: “Aunque nunca trabajó en un circo de contorsionista como era su vocación sus articulaciones tan flojas podían desmembrarse, lo he comprobado, en pocos minutos, sin instrumentos quirúrgicos ni la habilidad técnica que ya he olvidado pero que inspiraba la admiración de mis condiscípulos”. Al final, una vida también se narra como algo imposible de contar. Incluso como recuerdo prematuro de lo todavía no acontecido. ¿Vidas que se analizan se transforman, por amor, en existencias contorsionadas para ajustarse a los esquemas que profesan sus analistas? Anamnesis interroga el porvenir de todas las formas clínicas.
- Anamnesis / Silvina Ocampo
Mi paciente tiene una idiosincrasia extravagante, un organismo con memoria, una sensibilidad, una presciencia infatigables. Preparada desde la más tierna infancia para el contagio absorbe gérmenes y contaminaciones a velocidades incontrolables. Mejor sería no hablarle de incestos. Un rencor ancestral duerme, más bien vela, en sus entrañas. Séquitos de materias inalienables cuyos orígenes oscuros se desconocen hacen abortar sus mejores planes. No puede abrir un cajón para buscar un lápiz violeta. ¿Por qué violeta? Dice que las palomas tienen algunas plumas de ese color sobre el pecho. Si interrogo extrañado: -¿Violetas? -protesta. -No. No son violetas. Si insisto en preguntarle: -Entonces ¿por qué dice que son violetas? Responde: -Son como si fueran violetas. No puede tapar el pomo de la pasta de dientes, ni recordar la fecha del cumpleaños de una persona que ofende el olvido. Cualquier pluma la mortifica severamente salvo las del pavo real que colecciona y guarda en una enorme caja de bombones. El incumplimiento variado de sucesivos suicidios (saltos en el abismo, venenos, tajos en las venas, tiros en el abdomen) modifica el esquema interior de su esqueleto. Quien no la oyó reír no conoce la emoción de su fragilidad capilar. Una aguja viajó por su cuerpo durante muchas horas. Antes de llegar al pecho se detuvo: con un brillo helado cambió de rumbo y se clavó sobre la rosa artificial que sostenía en ese momento la mano delicada de mi paciente creyendo que formaba parte de la mano. Amó hasta el delirio una voz, una mirada detrás de un vidrio, sin otros aditamentos, una frase que una persona jamás llegó a decir pero que tal vez habría pensado sin expresarla con un leve suspiro pensando en otras cosas. Teme la giba de la ancianidad, el insomnio de la hipertensión en los espejos de tres cuerpos. Presiente la incongruencia de los espasmos abdominales el servilismo del riñón flotante en la epidermis de una fotografía de pasaporte, que no fue aceptada en el departamento central de policía. El pelo sufre las más extremas transformaciones: de noche sobre la almohada suena como la cuerda de un arpa. Pasa del rosa al verde asomado a la ventana del día, eléctrico, estremece a quien lo toca. He oído decir a mi paciente que adopta voz de nena y a veces hasta de laucha para narrar su sensibilidad. -Mi pelo tiene orejitas tiene también ojos (como la cola del pavo real). Teme ver a una persona que desea ver con ansias; en cambio se apresura a ver a las que le son desagradables. Como usted. Un hombre que la mira mata a mi paciente. Un perro que la sigue la esclaviza. Un niño que la busca la obnubila. Un durazno maduro la hipnotiza. Una tumbergia en flor la vuelve loca. Convendría no perturbarla. Transcribo nuestro diálogo: -Los médicos me nutren de enfermedades numerosas para distraerme de las mías. Los caramelos sirven para esos fines: me convidan con microbios seleccionados porque me creen golosa y no quiero defraudarlos. Yo la interrumpo. -¿Defraudar a quién? ¿A los caramelos o a los médicos? A esta pregunta capciosa invariablemente contesta: -A los caramelos porque los médicos no existen. Llego a una triste conclusión: Mi paciente es mentirosa. Mas ¿cómo desentrañar la verdad de la mentira? Si existe una verdad. Mejor sería no ofrecerle caramelos sino comerlos en su presencia para despertarle el apetito. Mi paciente ama con el páncreas con el plexo solar y con la médula. Espera con la garganta y con las rodillas. Teme con las recónditas venas. Con el sexo promete ¿qué? nada que el sexo pueda dar. Oye con los pies y las axilas (aunque mienta diciendo que es con la boca). Aborrece con las arterias y con el riñón derecho (el izquierdo lo ha donado). Arbitraria, muerde con los omóplatos, operación difícil pero posible. Ningún cromosoma es tan sutil, ninguna fístula tan corrosiva, ningún virus tan arcano como su corazón, único órgano perfectible del cuerpo. Tuvo relaciones íntimas con tres estafilococos dorados sobre almohadones de damasco amarillo. De un examen de fondo de ojo logré extraer sin modificaciones aparentes el diminuto cairel de una araña y un dije de plata minúsculo, con una figura grabada que no descifró ni pudo descifrar ninguno de mis colegas. Irritadas amebas, prestigiosos virus le anularon insustituibles años que ningún médico por competente que sea le devolvió. Los movimientos del colon dibujaron graciosas figuras televisadas en blanco y negro parecidas al fondo del mar. -En cada ser está el universo -exclamó con indiferencia. Sus excrementos olieron a jazmín cosa que no es frecuente, aunque el jazmín llegue a tener olor a excremento. Masticó lentamente en un cerebro ilusorio los nombres propios que molestan la memoria de cualquier ser humano capaz de escribir una palabra sobre un papel de seda. Huyó del escorbuto y del carbunclo con las alas que da el tiempo. Huyó de la malaria en sucesivas reencarnaciones sin contar la viruela la lepra y la fiebre amarilla que buscó entre las rosas de un jardín oriental en las orillas crecientes de la putrefacción. Y todo eso para seguir viviendo, muriendo, ignorando a veces que la voluntad del alma es una sola. Heredó la barriga de una ninfa de bronce que sostenía una antorcha para iluminar el descanso antiguo de una escalera los celos incontenibles de la cocinera por toda voz telefónica la aguda vista de la bordadora que hacía las veces de institutriz francesa el remolino de la ceja derecha en un retrato del tatarabuelo la afición por los caramelos ácidos del consabido portero que le enseñó a jugar al truco a los cinco años con naipes húmedos y bolitas de vidrio la agilidad de la tía Clorinda que era capaz de treparse a una palmera para juntar huevos de urraca o de paloma a la hora de la siesta. Heredó y esto parece una utopía el cutis de las magnolias que en los floreros daban con su perfume dolor de cabeza para el resto del día. Heredó con toda reserva el ímpetu avasallador de algunos adornos encerrados en la vitrina de una sala: un tigre de marfil rodeado por una serpiente con flores perversas. Heredó la belleza ¡quisiera saber de quién! ella dice que la heredó de un plato sopero donde en el fondo de la sopa de tapioca, brillaba siempre Diana Cazadora. De las consecutivas mañanas de primavera la mentira. De un gato la entrega aparente de sí misma a cualquiera o a nadie. De Narciso en un libro de mitología amarse por sobre todas las cosas. Heredó del lebrel la elasticidad y la dulzura el color de los dientes y de la lengua y ese apetito incontenible frente a cualquier plato de carne condimentada. Heredó el vaivén de la mecedora y del columpio de la plaza donde grabó en la madera del asiento sus iniciales. De los sapos la voracidad sexual que dura tanto en apagarse como las noches de Alcmena. Aunque nunca trabajó en un circo de contorsionista como era su vocación sus articulaciones tan flojas podían desmembrarse, lo he comprobado, en pocos minutos, sin instrumentos quirúrgicos ni la habilidad técnica que ya he olvidado pero que inspiraba la admiración de mis condiscípulos. Fuente: Ocampo, Silvina (1970). Anamnesis. Cuentos completos, Volumen II. Editorial Emecé. Buenos Aires, 1999.
- Autobiografía / Rodolfo Walsh (1965)
Me llaman. Cuando chico, ese nombre no terminaba de convencerme: pensaba que no me serviría, por ejemplo, para ser presidente de la República. Mucho después descubrí que podía pronunciarse como dos yambos aliterados, y eso me gustó. Nací en Choele–Choel, que quiere decir “corazón de palo”. Me ha sido reprochado por varias mujeres. Mi vocación se despertó tempranamente: a los ocho años decidí ser aviador. Por una de esas confusiones, el que la cumplió fue mi hermano. Supongo que a partir de ahí me quedé sin vocación y tuve muchos oficios. El más espectacular: limpiador de ventanas; el más humillante: lavacopas; el más burgués: comerciante de antigüedades; el más secreto: criptógrafo en Cuba. Mi padre era mayordomo de estancia, un transculturado al que los peones mestizos de Río Negro llamaban Huelche. Tuvo tercer grado, pero sabía bolear avestruces y dejar el molde en la cancha de bochas. Su coraje físico sigue pareciéndome casi mitológico. Hablaba con los caballos. Uno lo mató, en 1945, y otro nos dejó como única herencia. Este se llamaba “Mar Negro”, y marcaba dieciséis segundos en los trescientos: mucho caballo para ese campo. Pero ésta ya era zona de la desgracia, provincia de Buenos Aires. Tengo una hermana monja y dos hijas laicas. Mi madre vivió en medio de cosas que no amaba: el campo, la pobreza. En su implacable resistencia resultó más valerosa, y durable, que mi padre. El mayor disgusto que le causo, es no haber terminado mi profesorado en letras. Mis primeros esfuerzos literarios fueron satíricos, cuartetas alusivas a maestros y celadores de sexto grado. Cuando a los diecisiete años dejé el Nacional y entré en una oficina, la inspiración seguía viva, pero había perfeccionado el método: ahora armaba sigilosos acrósticos. La idea más perturbadora de mi adolescencia fue ese chiste idiota de Rilke: si usted piensa que puede vivir sin escribir, no debe escribir. Mi noviazgo con una muchacha que escribía incomparablemente mejor que yo me redujo a silencio durante cinco años. Mi primer libro fueron tres novelas cortas en el género policial, del que hoy abomino. Lo hice en un mes, sin pensar en la literatura aunque sí en la diversión y en el dinero. Me callé durante cuatro años más porque no me consideraba a la altura de nadie. Operación Masacre cambió mi vida. Haciéndola, comprendí que además de mis perplejidades íntimas, existía un amenazante mundo exterior. Me fui a Cuba, asistí al nacimiento de un orden nuevo, contradictorio, a veces épico, a veces fastidioso. Volví, completé un nuevo silencio de seis años. En 1964 decidí que en todos mis oficios terrestres, el violento oficio de escritor era el que más me convenía. Pero no veo en eso una determinación mística. En realidad, he sido traído y llevado por los tiempos; podría haber sido cualquier cosa, aun ahora hay momentos en que me siento disponible para cualquier aventura, para empezar de nuevo, como tantas veces. En la hipótesis de seguir escribiendo, lo que más necesito es una cuota generosa de tiempo. Soy lento, he tardado quince años en pasar del mero nacionalismo a la izquierda; lustros en aprender a armar un cuento, a sentir la respiración de un texto; sé que me falta mucho para poder decir instantáneamente lo que quiero, en su forma óptima; pienso que la literatura es, entre otras cosas, un avance laborioso a través de la propia estupidez. Fuente: Ese hombre y otros papeles personales. Seix Barral.1996.
- Caligrafía nómade IX / Patricia Mercado
La llave colgada al lado de la puerta, en ese gancho de bronce incrustado en la madera oscura. En realidad no uno sino una serie de ganchos donde se amontonan, como racimos fuera de estación, llaves que comparten destino atadas a una argolla plateada. Familias abigarradas, gregarias en demasía, donde va una, van todas sin chistar. La mano, presurosa, memoriza como buscar en ese rejunte tintineante. Pesan en el bolso. Y a veces se enredan con otros objetos. Como transidas de un inexorable afán de compañía. ¿Qué puertas abrirán? De algunas pueden darse explicaciones casi certeras: la puerta de calle, el cajón del escritorio donde está guardada la escritura. Y así. Pensado con detenimiento las llaves llegaron con los años. Como si el tiempo trajera puertas y puertas y puertas. ¿Qué hubo que cerrar? Acaso pudor de que cuerpos andariegos crucen fronteras inasibles al idioma con que se deletrea el día. Porque cada cosa yace en una constelación cuyas órbitas custodia una puerta y su llave. Y así cada universo ordena sus miedos, sus silencios, su soberbia. Cruzar en la torsión de una llave que deje atrás lo demás. Una puerta se abre a condición de cerrar otra. El ojo de la cerradura una aduana, silente silueta que aguarda la vigorosa incrustación que abra el horizonte de los pasos. Llaves que cifran la espera como bailarines derviches, mientras respiran infinitos giros. Algunas cerraduras anhelan en vano llaves extraviadas para siempre. Inmóvil la puerta abriga el pestillo, ímpetu de una semilla acurrucada en la tierra un largo invierno. Abrir y cerrar eso que la vida guarda. ¿Qué llave abrirá la puerta ignota de una voz aletargada? Cada cosa yace huérfana sin la caricia de un aliento: Plato, silla, cuchara, libro, reloj, tijera, sábana, zapato, manzana, azúcar, piano, cebolla, carta, lámpara, cajón, escoba, caramelo, taza. Las cosas terminan de nacer al abrigo de una órbita que las acune recitando su nombre. En cada habitación un universo se abre tras la puerta. La potencia de un vaivén se arraiga a la inmovilidad. Las llaves vacilan entre cerrar y abrir, duda en que germinan inesperadas potencias y desfallecen oportunidades a partes desiguales. Poner bajo llave el áspero alfabeto cotidiano donde se recitan las argumentaciones del ser.Cuelgan las llaves en la vacuidad de la rutina. Cada puerta sella un universo de contigüidades que oscilan entre piso y techo. Espesura en que gravitan los nombres de las cosas pronunciadas por bocas que retornan como memoria y reverberan contra paredes y vidrios, granizo lo dicho estrellado sobre el silencio. La llave en la puerta retiene cada átomo de esa arquitectura para que el viento no se lleve todo, para que el artefacto de lo cotidiano abrigue duraciones. Agua del tiempo, las llaves dibujan puntuaciones, rendijas por donde los cuerpos pasan y esperan remanidos e inesperados pasos dibujando senderos donde la vida arrastra su pollera.
- Seis fragmentos a favor de lo indócil / María Negroni
1. Cultivar un jardín La decisión coincide con el diagnóstico. Una vez confirmado que tiene sida, el cineasta inglés Derek Jarman se lanza a dos tareas: escribir un diario y cultivar un jardín. Precisamente ahí donde se mueven sin pausa el sexo y la muerte –los más naturales de los estados—levanta un edén de piedras y otro de palabras. Las piedras parecen la partitura de una música olvidada. Las palabras también. Quién sabe, quizá sea posible aún convertir el terror en arte, hacer de la desdicha una ocasión florida. Ha comprado una casa al sur de Londres, a orillas de una costa ventosa y hostil. Allí consigue lo que siempre quiso: hacer cine, no películas. Blue es su testamento. Un film sin imágenes, despojado a extremos inauditos, que durante 90 minutos se niega a mostrar otra cosa que una pantalla azul. Sólo de vez en cuando, en off, los sonidos escalofriantes del hospital. O su propia voz, desafiando a los espectadores: “No pienso protegerlos del silencio con notas falsas, ni inventarles senderos a través del vacío. Otros les construirán autopistas con carriles de circulación rápida en ambas direcciones. Yo les ofrezco un viaje sin garantías, sin certezas de ningún tipo, sin dirección ni meta.” Hay aquí una figura de artista en profundo conflicto con su instrumento, alguien que ha comprendido, de pronto, que la materia misma de su arte, las imágenes –en tanto meros sustitutos de la vida— no le alcanzan. Un cineasta como un ermitaño en la tierra salvaje de la enfermedad. “Estoy harto del cine”, escribe, “de las obras amables pero espantosas, de los que hacen posgrados de autopromoción, de la codicia de los funcionarios del arte.” Del hospital al jardín, del jardín al hospital, la travesía, sin embargo, es unidireccional. Su objetivo: habitar plenamente la contingencia, dirigirse hacia atrás por la espiral antigua. Todavía no quiero morir, dice. Y vuelve a unir las piedras a las palabras. Luz sobre el deseo de un niño indócil. Sobre el enigma del dolor, que es insoluble y fértil. Sobre la idea –loca— de hacer una película sobre la muerte viva. 2. De la docta ignorancia Algo similar se propuso hace más de diez siglos el poeta provenzal Guillaume d’ Aquitaine, cuando dijo: Haré un verso de absolutamente nada. Esa ha sido siempre la ambición del poema: hablar de nada. Es decir, ser la voz de la cosa ausente, la acústica del alma para oír, no lo que dicen las palabras sino aquello –vinculado al origen, la escisión, la finitud— que siempre se sustrae a las redes del lenguaje. Quien escribe entiende, como nadie, que las palabras son insuficientes, a menudo tramposas, incluso nocivas. Por eso, se para ante ellas con recelo. Desconfía del pacto utilitario, comunicativo u ornamental que proponen. Lucha contra ellas, a pesar de tener plena consciencia de que no existe, como advirtió el poeta vietnamita Ocean Vuong, una lengua para salirse de la lengua. Toda escritura que se precie reflexiona, tarde o temprano, sobre la inadecuación entre lenguaje y mundo. En algunos casos, la operación es más visible, aparece en los ensayos que acompañan a la obra del autor o autora (pienso en Octavio Paz, Marina Tsvetáieva, y más cerca de nosotros, en Mario Montalbetti o Tamara Kamenszain). En otros, la poesía piensa adentro de la poesía misma. Un verso del poeta español Aníbal Núñez dice con sencillez brutal: “Para ser río, al río le sobra el nombre”. Y otro, de José Ángel Valente: “Las palabras crean espacios agujereados, cráteres, vacíos. Eso es el poema.” Yo agregaría que esos huecos, fisuras, agujeros son puertas, modos extremos de abrirse al mundo. También son avanzadas contra la doxa, la frase hecha y el espíritu mayoritario, que siempre embalsaman la vida, impidiendo a las criaturas el contacto con su propia inadecuación. Como el deseo, la poesía es díscola por naturaleza. No se deja encuadrar, gobernar, restringir. Se niega a la madurez. Hace que estalle la diferencia en el centro mismo de lo homogéneo. Entre la ley y el desacato, elige siempre el desacato. Quizá esto explique por qué es tan difícil, de leer y de escribir. En ella, todo se trastoca: la emoción piensa, la sintaxis se emociona, la obsesión se hace forma, la forma defiende la soledad en que estamos, y el silencio alcanza el difícil estatuto de la palabra muda. Néstor Sánchez, uno de los narradores argentinos que más admiro, propuso y practicó una insularidad radical que alcanzó su punto álgido cuando vivió de homeless en Manhattan, buscando que la calle fuera la puntuación de la vida, que su yo no solo fuera otro, sino mejor, ninguno. La postura de Sánchez es extrema. No sólo la expresión fácil le parecía inmoral, abogaba por una escritura sin personajes ni historias evidentes, contraria al testimonio, el consenso, la miseria informativa. La expresión del dolor está siempre afuera de su anécdota, decía. Por eso, tal vez, abominaba de la exigencia de representar. Le interesaba lo incomunicable, no el confort de la inocencia estética. La memoria que está afuera del tiempo, no la indigencia del yo chiquito. La voz, no el aparato discursivo. Una voz articulada con el vacío de sentido y con la dimensión de lo sagrado, que surgen en la exploración de aquello que ignoramos. La prosa no debería ser, escribió, más que una excusa para llegar a la poesía. 3. El discreto encanto de los activismos Toqué el tema en El corazón del daño. La poesía pertenece a la política de un modo singular. Esa pertenencia consiste en sostener una no pertenencia. ¿Y en qué consiste esa no pertenencia? En producir un cortocircuito entre el sentido y las palabras, para que el ruido de lo convencional, siempre repetitivo y asfixiante, pueda ser puesto en silencio. La poesía es un inutensilio, escribió Paulo Leminski. El neologismo es un hallazgo y una provocación. La poesía, tiene razón Leminski, se niega a servir para algo. Aparte de eso, es una casa o un aula o un cofre que aspira a la inadhesión, a mostrar lo incompleto, lo fuera de lugar de nuestra condición en el mundo. Eso, en sí, ya es altamente volátil. No conozco mejor antídoto contra el autoritarismo. Un poema, escribió Vicente Huidobro, es hermoso porque crea hechos extraordinarios que necesitan del poema para existir en algún lado. Sería un error pensar que la literatura va en busca de la verdad (la verdad es la más peligrosa de las mentiras). Se trata, más bien, de percibir que el lenguaje se construye en torno a un hueco y que siempre falta algo en toda representación. Esa conciencia es crucial para quien escribe. No sólo frente al Estado (que siempre quiere entender todo y fijar de una buena vez las ataduras entre significantes y significados), sino también frente al asedio de las agendas sociales que, aun siendo justas, acaban perdiendo su fuerza transgresora apenas el mercado (y otras instituciones culturales) las recogen, transformando la desavenencia en moda, la discrepancia en ocasiones de financiamiento. Theodor Adorno, si cabe, fue más lejos. El arte, dijo, no necesita afiliarse a nada. Le basta con preocuparse de su propio material –donde, dicho sea de paso, está contenida la sociedad entera— e instalar allí su crítica del poder. El arte, en definitiva, no es de orden ideológico sino pulsional. Ninguna reglamentación le sirve. Ninguna militancia. Salvo, tal vez, la que busca restituir al mundo como materia opaca, dejarlo a merced de su propia exigüidad, o, en el caso de la escritura, explorar la lengua, como quería Juan José Saer, con prepotencia y rigor, sin más interés en la moral que la moral de la forma misma. A esto se le llama: aporía mayor. Fantasía exacta de la literatura. 4. Entrevista falsa a Paul Valéry ¿Podría decirme, Monsieur, qué significa para usted escribir? Suprimirse. ¿En qué sentido? En el más desesperado. ¿Y qué piensa de su trayectoria como escritor? Mire, joven, he perdido, en los últimos años, casi todo: el vigor del cuerpo, la agilidad mental, la habilidad de sonreír socialmente y otros equívocos que atañen a nuestra profesión, no sé qué más decirle. Pero alguna repercusión espera de su obra, ¿no? Ninguna. A decir verdad, me considero un escritor ínfimo, que apenas alcanza a detestar, en su conjunto y sin matices, todo lo que sigue al acto mismo de escribir. ¿Cómo funciona un poema? En un poema las palabras torpemente buscan lo que, sin ellas, no sería. Y, a veces también, lo que, con ellas, se pierde para siempre. Tarea paradójica: decir lo que se dice sin decirlo y no decir, diciéndolo. En esa noche oscura, las palabras cantan, se alzan contra el lenguaje que, sin embargo, les dicta el próximo verso. ¿Cosas que le desagradan? Me repugna la exaltación del margen. Como criterio literario, prefiero las obras no del todo infieles al parto nocturno de los griegos. Para terminar, ¿qué opina de la tríada hablar, escribir, existir? Perdón, joven, eso no es una tríada, es una verdadera trinidad. Una trinidad falaz, pero trinidad al fin. Déjeme decírselo como lo hubiera dicho Poe: Las palabras, como las imágenes, son sepulcros animados. Uno ejercita, en ellas, ritos de resurrección. Entra a escondidas en panteones y deambula entre los huesos para ver si puede hacer salir el sol en París. No entiendo. Yo tampoco, no se preocupe. Sólo piense que, en los tres casos, uno no se mueve hacia delante sino hacia atrás, donde están los teatros traumáticos que ayudan a iluminar las ruinas venideras. El único discurso legítimo es la pérdida. La única intransigencia: la infancia. La única certeza: la perfección de las palabras rotas. Cualquiera que tenga un ojo fanático podrá apreciar allí a ese animal que somos, espléndido en cenizas. Sabrá también que su carencia real engendra su riqueza imaginaria. El círculo siempre acaba donde empezó. Lo demás es Literatura. ¿No son sus pensamientos demasiado oscuros? No creo. A veces, me pregunto cosas, nada más: cuántas vidas llevo ya vividas; en cuáles aprendí, de veras, algo; y hacia dónde ahora quiero no ir. Por lo demás, siempre estuve a favor del progreso de las almas y a todo le pongo el cuerpo, incluso a las heridas de la acción. ¿Podría usted decirme en qué está trabajando ahora? En mí mismo. ¿Algo que agregar? Sí, me gustaría conocer a Erik Satie. Siempre me lo imaginé encerrado, componiendo silencios para su simpático perro. 5. Bienvenidos al encanto de correr hacia atrás Escribo para que me lean en 1640, dijo Pascal Quignard. También Héctor Murena, autor de un libro excepcional, La metáfora y lo sagrado, propuso practicar el arte de volverse anacrónico. Se refería, sin duda, al arte de percibir aquello que está más próximo al origen. Aclárese que el origen no está ubicado en ningún pasado cronológico: convive con el devenir histórico y no cesa de operar en él, del mismo modo que el embrión continúa actuando en los tejidos del organismo maduro y el niño en la vida psíquica del adulto. Esta relación atípica que se establece con el propio tiempo adhiriendo a él, a través de un desfasaje, es lo que Giorgio Agamben llamó “lo contemporáneo”. Obras contemporáneas, en su visión, serían aquellas que trabajan en contra de su propio tiempo para ser después, paradójicamente, su tiempo mismo. Estar siempre en otro lugar. Hablar del mundo sin hablar de él. Aullar sin ruido. No se trata de mantenerse al margen de la desdicha, las cóleras políticas, o las distorsiones brutales del presente. Se trata de lidiar con todo eso adentro de la realidad textual que se está creando, sin tener que rendir cuentas a nadie, porque el libro es la noche, lo cerrado, lo felizmente desconocido y está lleno de errores e insubordinaciones y dudas, y eso está bien, está muy bien para quien va en busca de una aventura literaria. Lo actual, en cambio, es territorio de la oferta y la demanda, tiene que ver con los trayectos comerciales del marketing, no con los proyectos de escritura. El resultado suelen ser libros que se retroalimentan y disimulan en medio de la vorágine de las redes sociales y la confusión general. Marguerite Duras diría: “libros de un día, sin silencio, sin pozo. Sin auténtico autor”. De lo actual, en suma, mejor ausentarse. Un libro, en cualquier caso, es algo brusco: cae, busca herir el acuerdo, desbaratar las definiciones, fundar un lugar donde quepan el bies, el borde, la cojera, el silencio y la infancia antes de la palabra. A eso, sin duda, se refería Clarice Lispector cuando dijo: Me gustaría que me lean en los renglones vacíos. O la norteamericana Louise Glück, en estos versos brevísimos: En una época solo la certeza me daba alegría. Imagínense… La certeza, una cosa muerta. Ni la frase de Lispector ni los versos de Glück son inofensivos. Son más bien piedras lanzadas contra la estupidez, lo políticamente correcto y la calamidad didáctica. Faulkner solía decir que, como escritor, apenas disponía de un territorio del tamaño de un sello de correos. Ese bastión minúsculo alcanza. Lo que se busca es siempre un carozo de infancia. Una unidad de medida que marque el advenimiento escueto y absoluto de un sí. A mí también me gusta pensar que la miniatura tiene algo en común con el poema, como los juguetes, las postales viejas, los caballos de las calesitas. Me gusta pensar que esas formas breves, e indiferentes a las peripecias, permiten moverse rápido entre el incípit y la cadencia final. No tengo más raíces que la letra, pareciera afirmar el poema. No insisto más que en lo anónimo. Los poemas son centros adentro de un centro, micrografías del deseo. No hay más asunto en ellos que la habitación del abismo, más privilegio que la posibilidad –única— de encontrar nuevos enigmas. En esa cacería, incansable y fallida, el poema apuesta a lo absoluto, que no es sino la dicha de encarnar una primera persona, cada vez más imbuida de su propia ausencia. Y esa tarea es incómoda y lúcida, como todo lo que está abocado a persistir en el mundo, para escuchar el silencio, para darlo a escuchar. 6. Una última indisciplina Que yo sepa, no hay razones válidas, ni siquiera lógicas, para esas nociones expandidas que vinculan a la poesía –exclusivamente—con la emoción, a la novela con la trama argumental, y al ensayo con el pensamiento. En materia de escritura, nos guste o no, el único personaje que cuenta es el lenguaje, allí donde quien escribe pone a prueba su voluntad de crear y donde mide (para desmentirlos o ampliarlos) los límites de su instrumento verbal que son también, como nos enseñó Wittgenstein, los de su propio mundo. Ya dije que las palabras viajan siempre desde lo que no saben hacia lo que no saben, como pequeños animales cuya única ambición fuera perderse, mejorar la calidad de su ignorancia. ¿No es acaso el arte, el arte por excelencia de preguntar? Fabulosa tautología que prueba –si fuera necesario— que, allí donde se vuelve posible lo insólito y el hábito se interrumpe, hay lugar para esa conciencia más fina donde se refugia desde siempre el espíritu. Realidad textual, entonces, no suma de contenidos triviales ni anorexias de la reflexión. El arte empieza allí donde la trama cede el puesto al trauma (la expresión es de Miguel Dalmaroni). O bien, lo que es igual: donde el lenguaje se vuelve falta de lenguaje y hace de esa falta un don. Las escrituras que me interesan conocen el peso y la urgencia de estas premisas. Son obras poliédricas que se mueven entre lo acabado y lo arisco, lo estilizado y lo híbrido, a fin de llegar más rápido a la meditación sobre el lenguaje. Su convicción de que la literatura es un ejercicio de la inteligencia, su negativa a dejarse marear por el elogio fácil, y su ambición de alucinar con lo perdido, constituyen su sello inconfundible. Por eso, tal vez, no figuran en las mesas más visibles de las librerías ni acceden siempre a los circuitos internacionales. Su música, sin embargo, no está sola: sale de un coro inquieto que postula un viaje a zonas que aún no existen. “Escribir es como abrazar un cuerpo que no se ve”, propuso Bernard Noël. A esta fiel persistencia en el deseo, a este riesgo de apostar una y otra vez a “lo que no se parece a nada”, le debe la literatura su privilegio mayor, su más alta felicidad. Fuente: Discurso de apertura de María Negroni en FILBA 2022. 29/09/2022.
Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.











