• Revista Adynata

Sesiones en el naufragio (33) Anamnesis / Marcelo Percia


La palabra anamnesis significa recordar. En lenguaje médico, describe la disposición a reconstruir la memoria de un dolor, la “reseña circunstanciada de una aflicción”.


Sin embargo, una vida no se resume, no se compendia, no se deduce, a través de una colección de datos más o menos relevantes.


Una vida se insinúa imperceptible como la espiración de un suspiro o la secreta agitación de un sueño.



En Anamnesis, Silvina Ocampo (1970) presenta una historia clínica como poética de sensibilidades inclasificables.


Un informe que arrasa con impaciencias y lógicas diagnósticas.


La extraña relación de intimidad que las afectividades traman con las miradas y los colores, los sabores y las texturas, los silencios y las palabras.



Tras leer el relato de Silvina Ocampo, lo expongo intervenido con comentarios. A sabiendas que esta fragmentación descuartiza, quebranta, mata. Muchas veces la glosa compone un género parásito.



Se lee:

“Mi paciente tiene una idiosincrasia extravagante, un organismo con memoria, una sensibilidad, una presciencia infatigables.


Preparada desde la más tierna infancia para el contagio absorbe gérmenes y contaminaciones a velocidades incontrolables. Mejor sería no hablarle de incestos”.


Una historia de vida no interesa como destino sabido, importa como misterio siempre sugerido. Intrigas y veladuras componen los pliegues de los tiempos rememorados.


La clínica practica una escucha de la sugerencia: la de las cosas que eligen callarse para decirse.



Se lee:

“Un rencor ancestral duerme, mas bien vela, en sus entrañas”.


Una vida también se narra por lo que pudo hacer o no hacer con el resentimiento. Resentimientos almacenan el gusto rancio del amor perdido. La interminable fidelidad con un abandono. Quizás en toda existencia yacen odios envejecidos de remotos amores traicionados.



Se lee:

“Séquitos de materias inalienables cuyos orígenes oscuros se desconocen hacen abortar sus mejores planes”.


Una vida se narra también por los planes no realizados, impedidos, desalentados, abandonados, fracasados. Nostalgias de lo que pudo haber ocurrido y no ocurrió. Circunstancias que con pequeños arreglos o azares hubieran conducido a no se sabe dónde.



Se lee:

“No puede abrir un cajón para buscar un lápiz violeta. ¿Por qué violeta?


Dice que las palomas tienen algunas plumas de ese color sobre el pecho.


Si interrogo extrañado: -¿Violetas? -protesta. -No. No son violetas.


Si insisto en preguntarle: -Entonces ¿por qué dice que son violetas?


Responde: -Son como si fueran violetas”.


Contar una vida equivale a narrar lo insondable. ¡Qué arrogancia la del ¿por qué?! ¡Qué prepotencia la que pide explicaciones! ¡Qué ingenuidad la que pretende descubrir causas en las sinrazones! Sin embargo, la clínica no puede o no sabe hacer otra cosa: reemprende una y otra vez la gastada ilusión alumbradora. Y, con frecuencia, no entiende las respuestas a las preguntas que hace. No las estima pertinentes o las considera desvíos, aplazamientos, distracciones, de lo requerido.


A veces, lo que se creía oculto, secreto, profundo, resplandece en un gesto o en una caricia respetuosa de lo incognoscible.



Se lee:

“No puede tapar el pomo de la pasta de dientes, ni recordar la fecha del cumpleaños de una persona que ofende el olvido”.


Una vida también se narra por sus caprichos y rarezas. Aunque conviene hacer una distinción. Un capricho se precipita como pasión súbita y fugaz que, tras manifestarse, se olvida. Mientras una rareza persiste como ánimo que decide asentarse en una vida, construir un hogar y soñar una descendencia.


El relato de Silvina Ocampo consigna sombras de probables caprichos y bellas rarezas.



Se lee:

“Cualquier pluma la mortifica severamente salvo las del pavo real que colecciona y guarda en una enorme caja de bombones. El incumplimiento variado de sucesivos suicidios (saltos en el abismo, venenos, tajos en las venas, tiros en el abdomen) modifica el esquema interior de su esqueleto”.


Una vida también se narra por los actos no realizados.


La clínica suele encontrarse, si se encuentra, ante un suicidio incumplido. Su posible realización la desvela. La clínica, tal vez, se sostenga en un solo imperativo: cuidar la vida. Pero, ¿cuando la vida no se desea? Entonces, la clínica no sabe qué hacer. Intenta impedir la muerte, desanudar cordeles del pesar, procurar alivios, jardines sin rosas, desiertos habitables. O intenta avisar a quien se pueda. Pero, a veces, la clínica no puede. Carece de poder para alentar al fuego a que se abrace con el agua.



Se lee:

“Quien no la oyó reír no conoce la emoción de su fragilidad capilar”.


Una vida también se relata contando envolturas de una íntima fragilidad. Tal vez solo se trate de fragilidades. Fragilidades desenfundadas o cubiertas, blindadas, esclerosadas. Fragilidades que nacen y mueren, que se estremecen con los aplausos y se resquebrajan con el hambre. Fragilidades que se olfatean y se arañan, que laten en todo lo vivo.


Materias y energías del universo dialogan con el tiempo. Se llama tiempo al silencioso transcurrir de las fragilidades, se llama fragilidad a la transitoriedad de lo vivo.


Fragilidades no se conocen. No simpatizan con el infinitivo conocer. Se rehúsan, se dan, copulan, pero no se conocen. Conocimientos se intercambian como mercancías, fragilidades se pasean rotas y astilladas, convulsionadas por la risa.



Se lee:

“Una aguja viajó por su cuerpo durante muchas horas.

Antes de llegar al pecho se detuvo: con un brillo helado cambió de rumbo y se clavó sobre la rosa artificial que sostenía en ese momento la mano delicada de mi paciente creyendo que formaba parte de la mano”.


Una vida también se narra por la agujas que lleva clavadas en los sentimientos.


Glosar no supone repetir lo leído ni extenderlo, glosar equivale a sacudir una lectura para despertar pensamientos. Tampoco equivale a interpretar. Una glosa no traduce, no infiere, no deduce. Una glosa no profana lo dicho. Como ocurre en una sesión con el análisis de un sueño: el psicoanálisis no lo interpreta, solicita y escucha asociaciones. Glosas tratan de tentar indecisiones entre el sentido y el sinsentido que se escabullen entre significaciones que asedian lo irreductible.


Una aguja viaja por todos los cuerpos hasta clavarse en el dedo de un órgano o en el pie de un recuerdo.


Una vida se narra como si se contara un sueño.



Se lee:

“Amó hasta el delirio una voz, una mirada detrás de un vidrio, sin otros aditamentos, una frase que una persona jamás llegó a decir pero que tal vez habría pensado sin expresarla con un leve suspiro pensando en otras cosas”.


Una vida también se sabe por sus amores. Aunque sus amores no se sepan o no se entiendan o no se digan. El amor ama lo inaprensible. Una voz, una mirada detrás de un vidrio, algo que nunca se llegó a decir, una distracción presentida. Cosas como estas componen un encanto.


El psicoanálisis pensó el amor como ensoñación.



Se lee:

“Teme la giba de la ancianidad, el insomnio de la hipertensión en los espejos de tres cuerpos”.


Una vida también se narra por su relación con la vejez y el insomnio. La vejez quizás como deformación del miedo, como última fragilidad, como curiosidad final. El insomnio como vigilia ilusionada en prologar “los días de la noche”.



Se lee:

“Presiente la incongruencia de los espasmos abdominales el servilismo del riñón flotante en la epidermis de una fotografía de pasaporte, que no fue aceptada en el departamento central de policía”.


Una vida también se narra por sus incongruencias y servilismos. Por su lejana o cercana percepción de que, más allá de las anécdotas, no se tiene qué decir.



Se lee:

“Pasa del rosa al verde asomado a la ventana del día, eléctrico, estremece a quien lo toca. He oído decir a mi paciente que adopta voz de nena y a veces hasta de laucha para narrar su sensibilidad”.


Una vida también se narra por las voces que la habitan.


Algunas sensibilidades se dicen con los sonidos de las infancias y de las lauchas. Otras no encuentran una voz o imitan la de una vecina o la del personaje de una serie o la de quien interpreta una canción que suena en la radio. Sensibilidades sin voz apelan al viento, a los pájaros, a las hormigas silenciosas pero disciplinadas.



Se lee:

“Teme ver a una persona que desea ver con ansias; en cambio se apresura a ver a las que le son desagradables. Como usted.


Un hombre que la mira mata a mi paciente. Un perro que la sigue la esclaviza.


Un niño que la busca la obnubila.


Un durazno maduro la hipnotiza.


Una tumbergia en flor la vuelve loca. Convendría no perturbarla”.


Una vida también se narra por el desparpajo de sus rarezas. Rarezas no significan síntomas. Síntomas se presentan como rigideces que hacen daño. Rarezas y curiosidades no causan sufrimientos, solo desentonan en el horizonte de la normalidad. Sin embargo un matiz: mientras a las curiosidades (extravagantes y teatrales) les gusta llamar la atencióy67u8888un y disfrutan haciéndose ver, las rarezas suelen sentirse defectuosas.



Se lee:

“Transcribo nuestro diálogo:

-Los médicos me nutren de enfermedades numerosas para distraerme de las mías. Los caramelos sirven para esos fines: me convidan con microbios seleccionados porque me creen golosa y no quiero defraudarlos. Yo la interrumpo. -¿Defraudar a quién? ¿A los caramelos o a los médicos? A esta pregunta capciosa invariablemente contesta:


-A los caramelos porque los médicos no existen. Llego a una triste conclusión: Mi paciente es mentirosa.


Mas ¿cómo desentrañar la verdad de la mentira? Si existe una verdad”.


Una vida también se narra no tanto por su relación con la verdad y la mentira, sino por su inclinación (o no) a la omisión, la evitación, el disfraz. La intervención más disruptiva del relato “Mi paciente es mentirosa”, enseguida se ve atenuada por el mismo doctor que piensa “Mas ¿cómo desentrañar la verdad de la mentira? Si existe una verdad”.


Las anamnesis clínicas limitan con las autobiografías, las confesiones, los diarios íntimos. Al cabo, una vida también se presenta como montaje deliberado. Aunque en toda narración editada, al cabo, se deslizan imponderables.



Se lee:

“Mi paciente ama con el páncreas con el plexo solar y con la médula. Espera con la garganta y con las rodillas. Teme con las recónditas venas. Con el sexo promete ¿qué? nada que el sexo pueda dar. Oye con los pies y las axilas (aunque mienta diciendo que es con la boca). Aborrece con las arterias y con el riñón derecho (el izquierdo lo ha donado). Arbitraria, muerde con los omóplatos, operación difícil pero posible. Ningún cromosoma es tan sutil, ninguna fístula tan corrosiva, ningún virus tan arcano como su corazón, único órgano perfectible del cuerpo”.


Una vida se narra también amando con. ¿Cómo se ama con el páncreas, con el plexo solar, con la médula? Literaturas dicen que se ama con el corazón o con el alma. El psicoanálisis piensa que se ama con el narcisismo o con un ideal. Se ama con respeto, con ardor, con miedo. Se ama con culpa, con dedicación, con libertad, con voluntarismo. Se ama con imaginación y curiosidad. Se ama con la preposición de la astucia asociativa. Se ama, como se dice en Anamnesis, con zonas del cuerpo que se activan por su cuenta.


Se ama, se espera, se teme, se oye, se aborrece, se muerde, con partes del cuerpo que se separan o se sueltan para amar, esperar, oír, aborrecer, morder. Tal vez algunas corporeidades se fragmentan para no estallar o para poder albergar tantas pasiones.


Silvina Ocampo se da cuenta que una vida también se narra por el encanto de sus promesas incumplidas. Escribe: “Con el sexo promete ¿qué? nada que el sexo pueda dar”. La magia de la sexualidad y de tantos desvaríos, reside precisamente en que saben prometer lo que no pueden dar.


Muchas veces el corazón carga con demandas. Aloja casi todas las emociones. Se lo imagina partido y generoso, retraído y entregado, de piedra y de oro. ¡Ay… cómo se siente cuando de acelera!



Se lee:

“Tuvo relaciones íntimas con tres estafilococos dorados sobre almohadones de damasco amarillo. De un examen de fondo de ojo logré extraer sin modificaciones aparentes el diminuto cairel de una araña y un dije de plata minúsculo, con una figura grabada que no descifró ni pudo descifrar ninguno de mis colegas. Irritadas amebas, prestigiosos virus le anularon insustituibles años que ningún médico por competente que sea le devolvió”.


Una vida se narra también por sus modos de alojar sus misterios e indecisiones.


No resulta fácil desprenderse del ideal de desciframiento. Soltar la esperanza clínica de revelar la cifra de un sufrimiento para liberar a la vida de un innecesario pesar.


Interpretaciones y adivinaciones rivalizan. Ambas confían en sus lógicas. Mientras desciframientos construyen y comunican teorías, adivinaciones ocultan sus secretos.


Clínicas colisionan con lo imprevisto, con lo que descoloca, con lo que desestabiliza, con lo que acontece porque sí. No saben qué hacer en esos momentos de perplejidad que, a veces, desesperan, hacen reír, inspiran ternuras.


Wim Tigges (1987) observa que la palabra inglesa nonsense (que se suele traducir como disparate o sinsentido) podría pensarse como vacilación entre el sentido y el sinsentido. Esa idea le conviene a la lectura de Anamnesis: clínicas participan de un movimiento de vaivén entre lo sabido y lo no sabido, entre lo dicho y lo no dicho, entre lo esperado y lo inesperado.


Silvina Ocampo advierte cómo una historia está habitada por referencias que oscilan. Por encuentros aleatorios entre voluntades y azares, entre suertes y deseos, entre conexiones y desconexiones de afectividades que se rozan, se repelen, se lengüetean.



Se lee:

“-En cada ser está el universo -exclamó con indiferencia”.


Una vida también se narra en un detalle ínfimo. En una sola aflicción se duelen todas las aflicciones. En un solo suspiro o en un único bostezo se insinúan todas las existencias.


Silvina Ocampo hace una cita sin alardes. Tal como pensaba Leibniz (1714) en la Monadología, en cada pequeña cosa habita un mundo. Escribe: “Cada porción de materia es como un jardín lleno de plantas o un estanque lleno de peces. Pero cada rama de la planta o cada escama del pez es también un jardín o estanque similar”.



Se lee:

“Huyó del escorbuto y del carbunclo con las alas que da el tiempo.

Huyó de la malaria en sucesivas reencarnaciones sin contar la viruela la lepra y la fiebre amarilla que buscó entre las rosas de un jardín oriental en las orillas crecientes de la putrefacción.

Y todo eso para seguir viviendo, muriendo, ignorando a veces que la voluntad del alma es una sola”.


Una vida también se narra considerando las amenazas de las pudo escapar. Se necesita burlar innumerables peligros para seguir viviendo. Se huye volando, se huye buscando, se huye sin saber que se está huyendo. O tal vez se huye desconociendo que se hubiera encontrado la salvación permaneciendo.



Se lee:

“Heredó la barriga de una ninfa de bronce que sostenía una antorcha para iluminar el descanso antiguo de una escalera los celos incontenibles de la cocinera por toda voz telefónica la aguda vista de la bordadora que hacía las veces de institutriz francesa el remolino de la ceja derecha en un retrato del tatarabuelo la afición por los caramelos ácidos del consabido portero que le enseñó a jugar al truco a los cinco años con naipes húmedos y bolitas de vidrio la agilidad de la tía Clorinda que era capaz de treparse a una palmera para juntar huevos de urraca o de paloma a la hora de la siesta.


Heredó y esto parece una utopía el cutis de las magnolias que en los floreros daban con su perfume dolor de cabeza para el resto del día. Heredó con toda reserva el ímpetu avasallador de algunos adornos encerrados en la vitrina de una sala: un tigre de marfil rodeado por una serpiente con flores perversas.


Heredó la belleza ¡quisiera saber de quién! ella dice que la heredó de un plato sopero donde en el fondo de la sopa de tapioca, brillaba siempre Diana Cazadora.


De las consecutivas mañanas de primavera la mentira.


De un gato la entrega aparente de sí misma a cualquiera o a nadie. De Narciso en un libro de mitología amarse por sobre todas las cosas. Heredó del lebrel la elasticidad y la dulzura el color de los dientes y de la lengua y ese apetito incontenible frente a cualquier plato de carne condimentada.


Heredó el vaivén de la mecedora y del columpio de la plaza donde grabó en la madera del asiento sus iniciales.


De los sapos la voracidad sexual que dura tanto en apagarse como las noches de Alcmena”.


Una vida se narra también por sus herencias.


Silvina Ocampo pone a la vista la imprevisibilidad de lo que el psicoanálisis intenta pensar como rasgos que identifican. Su lista de herencias puede leerse como repertorio de lo incapturable. Sus herencias ofrecen una colección de rasgos y presencias inspiradoras. ¡Qué bien hace esta anamnesis a la imaginación clínica! El listado de herencias ilustra una narrativa de las singularidades. Composiciones y momentos únicos de una vida que chapotea en el cosmos o se sacude batiéndose como una gota de agua en el universo.


Finalmente, llamamos singularidad a un instante de asombro.


Las herencias que se enumeran en el relato no se explican, pero eso no indica que haya que pasarlas por alto. Están ahí, justamente, para ahuyentar o reírse de la pasmosa estupidez de las explicaciones satisfechas. Tal vez el error consista en pretender encontrar algo en el despliegue. En la extensión lisa y legible de una existencia.


Una belleza se insinúa en el sentido inasible de un doblez.


Se dijo: nos aventuramos en la clínica con poco saber y bordeamos momentos de impoder. Se necesita recordar algo más: las teorías no están para establecer lo ya sabido, sino para avivar la imaginación o rescatarla de sus sillones adormecidos.



Se lee:

“Aunque nunca trabajó en un circo de contorsionista como era su vocación sus articulaciones tan flojas podían desmembrarse, lo he comprobado, en pocos minutos, sin instrumentos quirúrgicos ni la habilidad técnica que ya he olvidado pero que inspiraba la admiración de mis condiscípulos”.


Al final, una vida también se narra como algo imposible de contar. Incluso como recuerdo prematuro de lo todavía no acontecido.


¿Vidas que se analizan se transforman, por amor, en existencias contorsionadas para ajustarse a los esquemas que profesan sus analistas?


Anamnesis interroga el porvenir de todas las formas clínicas.




V. Nicolás Koralsky (2022) De la serie "Talasofilias" Con la colaboración de Mariano Amor

Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.